Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

La oración de un hombre instruido

Salmo 119:169-176

Después de un largo peregrinaje en la Palabra, el salmista no termina como un experto autosuficiente, sino como una oveja que clama a su Pastor: la verdadera madurez es dependencia humilde de Dios.

Predicado26 de noviembre de 2023
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Es el Salmo 119 desde el versículo 169 al 176. Ya que hemos estado hablando de la oración y que el Señor responde, veamos en esta porción de la Escritura la oración de un hombre instruido. Leamos la Escritura, la Palabra del Señor. Salmo 119, versículo 169 en adelante. Dice así el salmista en esta que es la última parte de este salmo, que es el salmo más largo de toda la Escritura, dice así la Palabra:

Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová; dame entendimiento conforme a tu palabra. Llegue mi oración delante de ti; líbrame conforme a tu dicho. Mis labios rebosarán de alabanza cuando me enseñes tus estatutos. Hablará mi lengua tus dichos, porque todos tus mandamientos son justicia. Esté tu mano pronta para socorrerme, porque tus mandamientos he escogido. He deseado tu salvación, oh Jehová, y tu ley es mi delicia. Viva mi alma y te alabe, y tus juicios me ayuden. Yo anduve errante como oveja extraviada; busca a tu siervo, porque no me he olvidado de tus mandamientos.

— Salmo 119:169-176

Y aquí termina con este versículo precioso: “Yo anduve errante como oveja extraviada, busca a tu siervo, porque no me he olvidado de tus mandamientos”. Leo de nuevo ese último versículo, escuchen cómo termina el capítulo más largo de la Escritura, dice el salmista con humildad: “Yo anduve errante como oveja extraviada, busca a tu siervo, porque no me he olvidado de tus mandamientos”. Pueden sentarse, hermanos.

Llegamos al final del Salmo 119 y, como sucede con las películas, este capítulo cierra, y el cierre para algunos puede parecer quizás decepcionante, pero para otros que son piadosos será un cierre revelador. Después de un salmo tan largo donde se ocupa de las Sagradas Escrituras, el salmista no termina dando clases, sino que termina orando. Y recuerdo que el domingo pasado les mostré que en el segmento penúltimo el salmista no oraba, sino que solamente testificaba de la Palabra, y ahora lo único que hace es orar.

En 21 segmentos, con este 22, hemos visto al salmista permaneciendo en la Escritura, luchando por las Escrituras y haciendo grandes sacrificios para vivir de acuerdo a ellas. Al final, ahora lo tienes ante ti: ¿cómo se ve el hombre y qué está haciendo? No sé yo cómo lo escribió, si lo escribió de una sentada o lo escribió en diferentes temporadas de la vida, pero asumo que un salmo tan largo y tan sentido probablemente fue escrito por él a través de su peregrinaje espiritual, luchando con las Sagradas Escrituras. Y si esta es la última parte, nos encontramos con el salmista al final: ¿cómo se ve el hombre?

¿Cómo luce al final un hombre instruido en la Palabra?

Y él ha luchado con la Palabra, ya le ha tomado partido a Dios y a su Palabra, ya ha exaltado las riquezas de las palabras del Señor, y al final de su viaje, ¿cómo se ve el hombre? Quizás ahora sea un experto, un erudito de estos que tiene la respuesta para cada dilema a flor de labios. Quizás ya tenga una cátedra, quizás sea de esos a quienes la gente les pregunta: “Tú tienes muchos años leyendo la Biblia, ¿te graduaste? ¿Ya terminaste de leerla? ¿Qué aprendiste? ¿Ya sabes este dilema?”.

Quizás sea un hombre de estos que caminan sobre una nube, que ya no tienen necesidad de nada, sino que en todo están suplidos en Dios, como estos hombres que las personas piensan que después de un largo peregrinaje espiritual lo van a encontrar como suspendidos, personas que aparecen impávidos, que no sienten, que ya como que están por encima del bien y del mal. “Ya, te aseguro, tú no luchas, ya estás satisfecho en Dios, ya todo… has vivido tantos años en su Palabra, que seguro ya todas tus necesidades fueron suplidas en Dios”.

No. Este hombre que quizás ha dedicado ya toda su vida a las Escrituras y fue inspirado por Dios para escribir el capítulo más largo, en vez de terminar dando clases, termina orando. Este hombre que ha dedicado su vida a estudiar la Escritura ahora al final ya no está ni siquiera estudiando, está orando. Sigue siendo un hombre dependiente. Y si creció en algún sentido en este viaje, fue en humildad y autoconciencia de sus necesidades de dependencia.

Si para algo sirvió haber disertado tantos años a las Escrituras, sirvió para darte cuenta de tu profunda necesidad de ser ayudado por Dios. Yo predico estos salmos, hermanos, y para mí una cosa es predicarlos y otra cosa es vivirlos. Yo tengo muchos años leyendo la Escritura, pero yo no tengo tanto tiempo invertido en orar junto a la Escritura como en estudiar la Escritura misma. Y me doy cuenta que este hombre quizás al final del camino aparece no como un sabio de los de este mundo, sino como una oveja perdida que necesita ser buscada por su Pastor.

La verdadera cúspide de la madurez: vulnerabilidad y dependencia

Yo no creo que la cúspide de la madurez espiritual a la luz de la Escritura sea un hombre independiente. Yo creo que la cúspide es un hombre que está muy consciente de que él es vulnerable. Yo no creo que los muchos años de estudios bíblicos lo que produzcan sea un hombre que tenga muchas respuestas; yo creo que lo que produce es un hombre que sabe que Cristo es la respuesta, y que él tiene muchas necesidades. Aún no, pero en otro momento yo pensaba que si uno leía la Escritura y dedicaba su vida a estudiarla, llegaría un momento cuando tendría las respuestas.

Lo que me doy cuenta en este viaje es que llega un momento que tú tienes a Dios, y Dios tiene respuestas, aunque yo no sé cuáles son. Y ahora debato y participo a veces en discusiones, aunque frecuentemente evito, donde la gente quiere encontrarse con alguien que tiene respuestas, y algunos hasta impostan y tienen la actitud como que lo saben todo. Realmente sabemos muy poco. Lo que sabemos es que somos muy vulnerables. Lo que sabemos es que todavía necesitamos de Dios como el primer día, y aún más.

Y si para algo sirve un viaje espiritual de permanecer años en las Escrituras es para darte cuenta que no puedes dejar de depender de Dios. Comenzamos a exponer el Salmo 119 en el 2020, 16 de agosto del 2020. Cada año he expuesto algunos cuatro de los segmentos: en el 2020, en el 2021, en el 2022, y en el 2023, siete. Y después de haber dedicado horas a estudiar este salmo y exponerlo, yo me sorprendo a mí mismo que todavía no tengo la pasión que tenía él, no tanto por la Palabra, sino por el Dios que inspiró la Palabra y por permanecer en oración buscando el rostro de Dios.

En esta parte del salmo hay primero un clamor por entendimiento y después hay una necesidad de salvación. Comienza él diciendo: “Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová”. Él está orando, pero a mí me llama la atención la forma en que el hombre ora. Él no está orando en automático, él no está orando como un hombre que asume su relación con Dios. Él está clamando para ser escuchado por Dios en oración.

El milagro de ser escuchados: no asumir la oración

Él no asume su relación con Dios como un asunto dado, él está buscando primero intencionalmente ser escuchado. “Pero a ti te escuchan siempre”. Yo creo que este hombre es un hombre maduro en su relación con Dios, y si para algo ha servido que su mente esté llena de la Escritura es para darse cuenta que no debemos asumir nuestra relación con Dios, sino que siempre deberíamos entender que es un privilegio ser escuchados por Dios. Y él está orando para ser escuchado.

Yo anoté, hermanos, así mismo, y pongo que la elaboración doctrinal no anula el hecho de que Dios es muy grande y nosotros somos polvo. Que si realmente tú has conocido al Dios de la Escritura, la oración para ti todavía es un asunto que te rompe la cabeza. Que si Dios es quien las Escrituras dicen que Dios realmente es, y yo soy lo que la Escritura dice que yo realmente soy, entonces que yo pueda orar y ser escuchado por Dios, hermanos, eso es un asunto impresionante. Si para algo sirve llegar a conocer el Dios de la Escritura es para darte cuenta del milagro que es ser recibido en oración por el Dios de las Escrituras.

Que nosotros no podríamos orar asumiendo simplemente que mandamos mensajes, son mensajes recibidos por el cielo. ¿Quiénes somos nosotros para ser escuchados por Dios? No asuma, hermano, que porque usted tiene muchos años ya Dios le conoce; ore y clame por ser recibido por Dios. Tener cercanía e intimidad con Dios no debería alejarnos, sino hacernos maravillarnos todos los días ante este milagro. Si realmente Dios es Dios, yo me estremezco y digo: “¡Wow!”. Yo he estado pensando en esto; ayer yo decía: la oración anuncia que ese hombre es piadoso o es loco, una de las dos.

Eso es lo que es la oración: o él es un hombre piadoso y muy devoto, o él es un desconectado. ¿Cuál de las dos es usted? Porque para orar a Dios debe entender que le hay, que Dios existe, y si no, entonces estás hablando al aire. Dos veces él pide ser escuchado, dice el 169: “Llegue mi clamor”, y dice el 170: “Llegue mi oración”. Es un recurso de reiteración, él no está asumiendo que va a ser escuchado.

Orar conforme a la Palabra y con reverencia

La gente piensa: “Como tú tienes muchos años, a ti siempre te escuchan. De hecho, te piden la oración: ‘Ora tú, que a ti Dios te escucha’”. Ah no, yo espero ser escuchado, yo anhelo ser escuchado y me maravillo por el hecho de poder ser escuchado por un Dios tan grande. Al orar, el salmista pide conforme a su Palabra, no en una forma de demanda, sino de dependencia. Dice él así: “Llegue mi clamor delante de ti, oh Jehová; dame entendimiento conforme a tu palabra”. Ese “conforme a tu palabra”, tú ves leyéndolo detenidamente, porque yo decía: esto es una demanda, él está diciendo: “Tú tienes que escucharme, porque tu Palabra dice que me vas a escuchar”.

No. Él lo que dice es: “Yo veo en tu Palabra que tú escuchas, y como yo veo en tu Palabra que tú escuchas, entonces yo pido”. Quisiera yo cuidar, hermanos, hasta mi lenguaje al respecto de cómo orar. No solamente decir “llegue mi clamor” como “mi clamor va a llegar, a ver, ponte ahí que yo voy a hablar con Dios”. Nadie habla así. De hecho, el Señor cuando nos enseñó el modelo de oración, lo hizo con una oración humilde, no con la oración de alguien que entiende que Dios es como una máquina que está ahí y va a responder, sino con la oración de una persona que entiende que realmente Dios es Dios, que Él es santo, que Él es muy grande y que yo soy su siervo y Él, en misericordia, me escucha.

“Yo pido primero para ser escuchado por Dios”. Hay actitudes que deberíamos evitar en la oración. No abuse de la cercanía, ese abuso donde se pierde toda reverencia y sentido de dependencia. No mande cosas al aire: mejor no ore. Hace un rato yo dije que no… óigame, pero para usted tratar a Dios como si Dios fuera un objeto, como si Dios no fuera una persona tan grande, mejor no ore, hermano, porque quizá le va mejor. Si es para eso, es mejor no hable, pues Dios es grande.

No asuma cosas en la oración: “Yo soy hijo de Dios, a mí Dios me recibe”. Espérate, espérate, qué hombre… Mejor es que tú ores con más reverencia. No abuses de la cercanía en la oración. Dios es verdad que Él es un Dios cercano, pero Él sigue siendo Dios. Hay este abuso de la cercanía donde se pierde toda reverencia, todo sentido de dependencia. De hecho, yo he visto personas orar a Dios como si Dios fuera un muchacho: tratan de mandarle cosas, y que: “Adiós…”. Ten cuidado, hermano, cuidado.

Humildad al orar, sin exigir ni “acorralar” a Dios

Este salmista, que es un hombre, recuerden, es la oración de un hombre instruido. Este hombre, que a todas luces en el Salmo 119 es un hombre instruido, no oraba así. Él oraba con humildad, con reconocimiento, con dependencia: “Señor, clamo a ti, que llegue mi clamor; oro a ti, pido a ti que llegue”. Evitemos la forma imponente de orar con gritos, con demandas, con exigencias, sabidurías que usan el “como dice tu Palabra, como dice tu Palabra…”. Ay no, hermano, así no, de como que quieren acorralar a Dios.

Entiende: vamos, Dios hace lo que va a hacer y Él en su misericordia nos escucha pronto; no podemos acorralarle. Oramos con dependencia, con humildad, con reconocimiento. Yo entendí, hermanos, trabajando para hombres poderosos, que uno no acorrala al poderoso. ¿Qué es acorralar? Es decir: “Usted va a hacer esto y esto, y esto es lo único que se puede hacer”. De verdad, a los hombres poderosos no les gusta ser acorralados; a alguien que tiene cierta dignidad no le gusta que lo pongan contra la pared.

No es “solo que usted va a hacer esto, es que eso es lo único que se puede hacer”. Espérate, aunque sea lo único que se puede hacer en tu entendimiento, ora con humildad: “Padre, yo te pido que hagas esto, pero si tú quieres hacer otra cosa, yo me humillo y lo recibo”. Sobre todo, hermano, evite orar sin entendimiento, orar por cualquier cosa, por absurda o contradictoria que sea.

Dice Juan 15:7: “Si permaneciereis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queréis y os será hecho”. No es que Dios dijo que pidamos cualquier cosa. Él dice que si permanecemos en su Palabra, si tenemos la mente imbuida de Él, si nuestro pensamiento se parece al pensamiento suyo, Él lo hará. No te está diciendo que responderá cualquier cosa absurda. De hecho, el salmista en el 169 ora por entendimiento: “Dame entendimiento”. Literalmente: dame comprensión.

Pedir entendimiento y liberación en medio de la aflicción

Y por eso se ora, claro, hermano: porque yo quiero entender. “Dame entendimiento conforme a tu palabra”. Él está orando por entendimiento; luego pedirá por liberación, pero la falta de entendimiento es una parte importante de la aflicción. Cuando tú no sabes qué es lo que está pasando… Y humildemente digamos que en muchas de las circunstancias que nos afligen nosotros decimos que sabemos lo que pasa, pero si tú piensas un poco, realmente tú no sabes lo que está pasando.

Bueno, tú sabes que tú necesitas ser librado, pero tú no sabes concretamente de qué necesitas ser librado. “Orar como conviene, no lo sabemos”, por eso nos humillamos y decimos: “Señor, yo quiero que tú me des entendimiento y que tú también me des liberación”. Órale por las dos cosas. Recuerden, hermanos, que mientras yo les voy predicando a ustedes, me lo digo a mí mismo, porque yo frecuentemente creo que sé: “Esto es lo que Dios debe hacer”. Ja, ja… ¿y qué sabes tú lo que Dios está haciendo?

Sus pensamientos no son nuestros pensamientos y sus caminos son mucho más altos. Nosotros andamos como a tientas; Él ve las cosas como son, y nosotros, que andamos en un mundo de neblina, como a tientas, queremos trazarle a Dios la agenda de lo que Él tiene que hacer, sobre todo en nuestras vidas. ¿Qué sabes tú lo que Dios está haciendo en tu vida? Hay cosas en las que seremos afligidos y Dios no nos concederá entender, pero hay otras cosas que el Señor, como respuesta a la oración, te permite entender.

Job fue un hombre que entendió. Vean la historia de Job: él no solamente fue librado de la aflicción, sino que le dieron primero entendimiento, y cuando le dieron entendimiento pareciera que ya tenía cierto descanso. Y después que tuvo entendimiento, el Señor también le dio físicamente el descanso. El Señor te quiere dar dos cosas, te quiere dar entendimiento y al mismo tiempo te quiere dar liberación. Ore por las dos cosas y no asuma que tú entiendes tu aflicción.

El dolor es algo tan, tan, tan profundo y tan privado que todo el mundo cree que sabe lo que necesita. Hermano, tú sabes que te duele, pero tú realmente no sabes por qué duele ni qué es lo que lo está causando. Y si el Señor te respondiera, imagínate que el Señor te responda y lo que dolía no era eso, sino otra cosa.

Entendimiento para obedecer, no por curiosidad

El propósito del entendimiento no es curiosidad, hermano; es un entendimiento para obedecer. “Yo quiero obedecer”. Ahí hay madurez: en llegar a entender el propósito de Dios en un asunto y reconocer lo que Dios está haciendo a través de la Escritura. Llegar a conocer a Dios con eso nos permite obedecer, por decirlo de un modo, de buena gana. Llega un momento que tú quieres obedecer porque Dios te concede saber lo que está haciendo en la circunstancia y tú te alineas a lo que Dios está haciendo. Él no está obligado a revelarlo, pero Él puede hacerlo.

Hay gente que conoce la Escritura, pero yo creo que conocer la Escritura solamente no basta; Dios es una persona real, y por eso oramos. No tengas miedo a eso, hermano. En medio de la aflicción, la gente conoce mucho la Escritura porque ellos te quieren, como a través de versículos, utilizar el texto bíblico para manipularte en tu dolor. Y Dios sí conoce mi dolor, por eso oro; yo veo la Escritura y oro a Dios para que Dios me diga qué Él está haciendo en el asunto.

Y alguien te dirá: “Pero tú conoces las Escrituras, hermano, tú conoces la Escritura”. Sí, pero Dios es Dios y Él sigue siendo una persona real y soberana, y ayuda mucho hablar con el autor del asunto. Yo estaba atrancado, hermano. Recuerden, soy pastor bivocacional y tiro líneas de código una semana y luego la Escritura la otra; son las dos cosas que yo hago. Estaba con un código que se hizo hace 15 años, un código de mi empresa, hermano, pero estaba leyendo el código y yo mismo no lo entendía.

Yo llamé al desarrollador, llamé a alguien: “¿Qué es lo que hicimos aquí?”. Y me dice: “Mira, yo no entiendo bien, pero… mira, Rafa, lo que pasa es que en esa tabla se relaciona esta entidad con la otra, y eso se hizo en aquel momento, y eso hace como 12 años que no le ponemos la mano”. Y yo digo: “Es verdad”. Pero qué bueno es tener no solamente el código. Entonces me dicen: “Pero tú tienes repositorios, tú tienes el código”. Yo estoy leyendo el código, no lo entiendo. Yo quiero hablar con aquel que escribió el código.

Llega un momento que tú no solamente quieres la Escritura; tú quieres la Escritura, pero tú quieres sentir que Dios te dé entendimiento en la Escritura, y así se hace mucho más llevadera la aflicción.

La liberación viene de Dios, no de nuestras fuerzas

Dice él en el 170: “Llegue mi oración delante de ti y líbrame conforme a tu dicho”. O sea, él está esperando que Dios le libre. No quiero hablar aquí solo con respecto a la liberación, yo quiero hablar con respecto a que la liberación viene de Dios, es lo que está diciendo. Hay un rasgo de madurez en una persona: entender que él está luchando con cosas que no están a su alcance, y donde él, de algún modo, se quita y dice: “Yo voy a hacer lo que el Señor me indique, pero yo sé que por mis propios medios no puedo liberarme”.

Hay mucha madurez en eso: es tú entender que tú no vas a poder salir de la situación, pero que Dios te puede sacar de ahí. Primero, tú vas a sentir impotencia, incapacidad, vas a sentirte frustrado, y después tú dices: “Esto no está a mi alcance, pero está al alcance de Dios. Líbrame”. Lo que está diciendo es: “Dios puede hacerlo, yo no”. Madurez es saber que hay cosas que no están en nuestro alcance, la mayoría de ellas. Aun esas cosas sencillas que tú piensas que sí, y se complican.

No sé, algo que parecía sencillo y tú dices: “Señor, yo puedo”, y cuando tú intentas, esto es mucho más complicado de lo que parecía. Así eso está al alcance del Señor. Dice él: “Dame entendimiento conforme a tu palabra”. Hermano, ore por tener entendimiento en la Escritura. Así animaba Pablo a Timoteo cuando le escribió: él le decía: “Considera lo que te digo, y el Señor te dé entendimiento en todo”, decía Pablo.

A mí no me gusta esas personas que quieren “dímelo, qué es lo que hay que hacer”. Es que yo no solamente quiero que tú hagas lo que hay que hacer, yo quiero que tú entiendas. Dios es una persona real que se relaciona con nosotros, no solamente quiere que tú obedezcas mecánicamente, y por momentos y temporadas obedecemos mecánicamente, pero que hermoso es la persona que obedece con entendimiento. Cuando alguien dice: “Yo quiero hacerlo ya no solamente porque Dios me mandó hacerlo, sino porque yo entiendo, Dios me dio entendimiento de por qué eso hace sentido para mi vida”.

Obediencia con entendimiento y deleite en la ley de Dios

En mi primera juventud, hermano, me dio mucho aliento estudiar la Escritura con ese sentido. Yo digo: “Si yo tengo que obedecer esto, yo quiero saber por qué Dios lo estableció y por qué Dios quiere que yo viva así”. Uno dirá: “Sé humilde, tú deberías obedecer porque Dios mandó”. Es cierto, pero Dios no es contradictorio, y si Él estableció eso, lo estableció con algún sentido. Y mientras tanto yo le estaré obedeciendo, pero yo quisiera que el Señor me dé entendimiento al respecto de por qué quiere que lo obedezca en esa área de vida y de esa manera en particular.

No, “yo no voy a hacer ni siquiera el esfuerzo”. Entonces siempre vas a tener una obediencia mecánica, que no da tanta satisfacción a un Dios que es personal, un Dios que es real. Dios no es solamente un abogado que hace leyes; Él es bueno, esas leyes son justas. Y qué hermoso son personas que llegan a ver la grandeza, la hermosura, el andamiaje de la ley de Dios. Uno no siempre puede verlo así, hermano, no te estoy diciendo que Él te muestre los planos del edificio para que tú vivas ahí; a veces tú vives ahí por convicción.

Yo vivo así, hermano, yo creo que eso está bien hecho. Hablo físicamente de donde vivo, que el Señor nos guarde y no se caiga. Pero a mí no: “Ven, enséñame las varillas”, y si me enseñaran las varillas probablemente tampoco entendería si está bien hecho o no. Yo vivo ahí. El otro día pasado hablé con una persona que participó en la construcción del edificio. “El edificio lo hicieron muy bien, en tal cosa…”. Y yo, como que sentí un descansito: “Oh…”.

Ay, hermano, te estoy diciendo que no para todo puedes exigirle a Dios “tú no tienes que esperar que el Señor te dé todos los argumentos, que te muestre toda la cosa”, pero si tú pides entendimiento: “Señor, ahora yo entiendo”. Mira, yo estaba haciendo esto durante gran parte de mi vida, yo lo hacía, pero ahora yo sé por qué tú quieres que yo haga esto. Tú me has concedido no solamente tu mandamiento, que hace bien a mi vida, sino que tú me has concedido el entendimiento de entender el mandamiento.

Yo durante muchos años estudié la familia, leí de la Palabra del Señor, y entendí por qué los roles de la familia existían de forma tal, que hago mi rol con más satisfacción que antes. ¿Por qué? Porque entendí que Dios hizo eso con algún sentido, con algún propósito. La iglesia del Señor, la eclesiología: la gente dice: “¿Por qué la iglesia no se puede administrar de cualquier modo?”. Eso tiene una lógica interna, que las personas que dedican su tiempo a buscar entendimiento en eso dicen: “¡Wow! Pero es que el Señor no solamente nos dio su iglesia, sino que también nos dio la manera en que su iglesia debería funcionar, y esto tiene un sentido para que lo otro sea posible”.

Mis labios rebosarán de alabanza: adorar con entendimiento

Era necesario que entonces se haga primero, y cuando no se hace de la manera de Dios, entonces no queda como Él soñó que se iba a quedar. Ahora no solamente soy iglesia, sino que soy iglesia con entendimiento. Ahora no solamente soy familia, sino que soy familia con entendimiento. Ahora no solamente soy esposo o esposa, sino que entiendo por qué Dios lo hizo así. “Ay, Señor, yo quiero obedecerte, pero dame entendimiento del mandamiento, permite que el mandamiento tenga satisfacción para mí, para que la Palabra del Señor sea agradable, sea una delicia para tu vida”.

Vale la pena invertir unas cuantas horas en ver cómo funciona el código: “¡Guau, Señor, pero por qué tú lo harías así! Oh, ahora entiendo”. Bueno, yo entendí a Israel de ese modo: “Ok, Señor, entonces para que yo pueda entender mi salvación, tú tuviste que haber libertado a este pueblo y darnos tantas historias. ¿Para qué existe el Antiguo Testamento? No, usemos el Nuevo, hermano”. Hay una lógica en esto: “Dame entendimiento, Señor”.

De hecho, yo no quiero que la gente solamente haga cosas. Yo, que soy un hombre, hermano, yo soy polvo. A mí no me gusta que la gente haga solamente algo porque yo digo que lo haga. Yo he tenido empleados que me decían así: “Dígame directamente qué es lo que tú quieres que yo haga, yo lo voy a hacer”. No. Y si a mí eso no me satisface, no me satisface a Dios tampoco. ¿Has visto las personas que obedecen para salir de ti? “No me explique, dígame”. Hubo uno que me dijo: “Yo soy un soldado”. Yo no quiero soldado, yo quiero un ser humano que entienda.

¿Por qué en la empresa hacemos eso? ¿Cómo lo hacemos? “No, a mí no me explique por qué lo hacen aquí, cómo que ustedes quieren que lo haga; así mismo es que yo se lo pongo donde usted me diga”. Ay no. No. “Que yo soy una persona así…”. Hermano, pero yo en mi corazón —yo no lo voy a decir con palabras—, pero mira, yo preferiría que te vayas y trabajes en otra parte, porque así no. Y yo no creo que Dios espere que tú le obedezcas tampoco como si fueras su soldado mecánico: “Señor, dime el mandamiento, a ver, qué tú quieres que yo haga, yo lo hago, lo hago”. No. “Señor, dame entendimiento, yo te amo, Señor, yo quiero entenderte, yo quiero obedecerte con agrado, yo quiero deleitarme en el mandamiento”.

Del 171 al 172, hasta para adorar él pide ayuda. Eso es una nota: nos congregamos para adorar al Señor, hermano, y hasta para eso tú necesitas ayuda, porque adorar al Señor no es un asunto mecánico; tú necesitas ser consciente de lo que Dios está haciendo y qué es lo que Él dice. Dice él —recuerden que todo en esta parte del salmo es oración—: “Mis labios rebosarán de alabanza cuando me enseñes tus estatutos”.

Cantar con la mente abierta por Dios

¡Guau, hermanos, qué hermoso! Es una persona que rebosa de alabanza a causa de haber entendido. No es igual repetir palabras mecánicamente. “Ay, qué alabanza más bonita…”. Pero, ¿es bonita para ti? ¿Tú entiendes su hermosura? Yo estoy esperando, hermano, que cantemos en Navidad algunos himnos, porque yo tengo esa tradición, hermanos, de los himnos de Navidad: “Vamos a cantarlos porque son himnos navideños”. Hermano, ¿usted sabe lo que está cantando?

¿Usted entendió? Usted está cantando su salvación, está cantando la redención, está cantando la obra de Dios. Son “dulces himnos”, pero, ¿por qué son dulces? No es solamente un asunto de cantar, es cantar con entendimiento. Y para cantar con entendimiento, Dios debe darte ese entendimiento, de forma tal que una doctrina como que se abra en tu mente, y cuando esa doctrina se abre a tu mente, no es que tú tienes ahora que pronunciar palabras, sino —dice el salmista— que “mis labios rebosarán de alabanza”.

Qué hermoso una persona que, a quien Dios ha permitido que se le abra el entendimiento, y sus labios ahora se rebosan de alabanza y naturalmente él canta, no solo que canta, sino que proclama al Señor —hasta con palabras sencillas—, porque dice lo siguiente: “Hablará mi lengua tus dichos, porque todos tus mandamientos son justicia”. Dice: “Ahora yo veo que todos tus mandamientos son justicia”.

Yo luchaba en debates apologéticos, me recordaba, claro, ayer el tema de la esclavitud: “¿Y por qué la Escritura habla de esclavitud?”. Hermanos, cuando yo entendí la institución de la esclavitud y la gracia que Dios puso en algo que podría ser muy perverso, como terminó siendo, yo dije: “¡Wow!”. Saqué que mi posición no es una posición débil, es una posición fuerte.

El divorcio: las personas te hablan del divorcio. Cuando yo entendí el divorcio a la luz de Deuteronomio, entendí que el Señor estaba resguardando la dignidad, sobre todo de la parte más débil, asegurando sus derechos civiles por medio de una institución que quizá no era la mejor, pero el Señor concedió carta de divorcio para que las personas no sean usadas como un objeto. Yo dije: “Guau, pero hasta en algo que parece muy feo, el Señor saca de aquí algo muy bueno. ¡Qué pensamiento tan alto!”.

Y ahora glorifico al Señor, hermano. Mientras más entiendo, con más confianza hablo de la ley de Dios. Yo creo que muchos de mis hermanos no hablan más de la ley de Dios porque ellos mismos no la entienden del todo. Eso pasa, hermano. A veces tú puedes decir: “Yo, nominalmente, lo afirmo”, pero no entiendes su andamiaje interno.

Un sabio que se sabe vulnerable: necesidad de socorro

Del 173 al 176 se hace evidente su necesidad de salvación. Él no se siente que por sí mismo está seguro. De hecho, este hombre está hablando como que está al borde del colapso. Y tú dices: “¿Qué es lo que te pasa? Estate quieto, componte”. “No, pero tú eres como una hoja que se la lleva el viento”. No. No es “una hoja que se la lleva el viento”, él es un hombre instruido que sabe el peligro que está corriendo su alma.

Me he dado cuenta, hermano, que mientras más sabio tú te vuelves, te vuelves más cauteloso. Has visto lo imprudente, que se lleva todas las cosas por delante, que dice: “No, eso no es nada”, y pierde los dientes. Yo creo que el sabio se detiene. Hablaba ayer con un ingeniero de la vieja guardia, por decirlo de algún modo, un ingeniero eléctrico, y él me decía que él estaba comenzando un proyecto para ayudar en seguridad, porque él vio leñadores que habían perdido extremidades, y el peligro de lidiar, y él quiere quedar con unos entrenamientos respecto de esto.

Yo digo: “¿Y por qué este hombre realmente está pensando en seguridad?”. Y me mostró una fotografía de un amigo querido de él que perdió los dos brazos. Yo le aseguro que él, en este momento de su vida, un ingeniero experto que sabe los peligros, él no se apresuraría como se apresura el novato. El salmista aquí parece un novato; eso no es una novatada: es un hombre sabio. Un hombre sabio no se aproxima al peligro con el pecho abierto, sino que él entiende su vulnerabilidad.

Y todo lo que hay aquí no es un nuevo creyente que está hablando. No piensen que un creyente maduro es un creyente como que ya puede darse determinados permisos. No. Yo recuerdo, hermano —y tengo cuidado de hablar del acondicionamiento físico—, porque uno vive en esto de cuidar un poco la salud y todo, que pierde unas cuantas libras y comienza a pontificar. Pero algo que yo he reconocido es que las personas que se dedican con seriedad al acondicionamiento físico se dan menos licencias que los neófitos.

Aparte de tú no llegar a ninguna meta en cuanto al cuidado del cuerpo es que tú todo te lo concedes: “El dulcito, eso no es nada, mañana yo camino”. Suelta eso, hermano, ellos no lo hacen. Dicen: “Ese dulcito hoy, no; quizá después”. Y hacen sacrificios que tú no haces. Yo creo que un hombre maduro parece un novato respecto de esto, porque se limita de cosas a las que el que es nuevo se aproxima. Dice él —que yo asumo que es un hombre instruido y entendido en la Palabra del Señor—: “Esté tu mano pronta para socorrerme”.

“Pero, ¿qué es lo que tú vas a hacer?”. “Nada, que yo sé que soy vulnerable. No te me vayas muy lejos, Señor”, figuradamente hablando. Dice él: “He deseado tu salvación, oh Jehová…”. “¿Y ya tú no fuiste salvo?”. Sí, pero yo necesito que Él me siga salvando. Dice él: “Viva mi alma y te alabe”. “O sea, ¿tú te estás quejando de que te vas a morir? ¿Eso es lo que tú me dices, que te vas a morir?”. Sí, hermano, por momentos tú sientes que desfalleces, y después termina coronando el salmo con una pequeña imagen literaria de una oveja perdida.

Más conocimiento, más conciencia del peligro

“Pero tú no vas perdida, tú tienes la Palabra, tú has luchado por la Palabra, tú permaneces en ella”. Hermano, mientras más usted crezca en el conocimiento del Señor, más crecerá en la aceptación de su propia vulnerabilidad y entenderá el peligro que estamos corriendo. Y ese crecimiento es la sabiduría. “En la mucha sabiduría hay molestia, y quien añade ciencia, añade dolor”, y es verdad. Mientras más usted conoce, más reconoce su peligro. Mientras más usted vive, menos seguro en sus propios medios usted se siente.

Mientras más sabio es el hombre, más cauteloso se vuelve, ya no habla con ligereza, ya sus palabras tienen un poquito de peso. “Fernando, pero ahora tú tienes como más miedo que antes”. No es miedo, es respeto. Hablando con hombres ricos, yo le decía en mi ignorancia: “Yo no valoro mucho el dinero, el dinero…”. Y él hizo así. Un hombre rico, hermano, una persona que no tiene problema; a mí todas esas personas que ya en lo económico no es su problema. Y estábamos hablando de dinero y dije: “Mira, quizás es que yo al dinero… yo no le respeto mucho el dinero”. Y él abrió los ojos así y me dijo: “El dinero se respeta”.

Ah, sí, entiendo. O sea, no que tú tengas dinero no significa que tú puedas prodigarlo. Que tú tengas Biblia no significa… La sabiduría se respeta. Que tú seas un creyente ducho en la Palabra no significa que tú puedas correr más peligro que el otro. Eso se respeta. Mientras más sabio, el hombre habla con menos ligereza y sus palabras tienen más peso.

Él dice —está diciendo aquí—: “Esté tu mano pronta para socorrerme”, y habla de tres peticiones de auxilio. La primera de ellas dice así: ser socorrido: “Esté tu mano pronta para socorrerme”. Por favor, no confíe en su sabiduría. Yo me digo a mí mismo: “Rafael Pérez, no confíes en tu criterio”. Con frecuencia tengo sesgos, con frecuencia yo me engaño a mí mismo, sobre todo cuando quiero concederme lo que no debo.

“Señor, ten pronta tu mano para que me des un jaloncito, porque yo no creo que sea sabio creer que puedo…”. “Bueno, pero tú conoces la Escritura, ¿por qué el miedo?”. Que tú no tengas miedo está anunciando tus niveles de desconocimiento de los peligros que acechan. La otra, el 174, habla de desear la salvación de Jehová: “He deseado tu salvación, oh Jehová”. El común de los hombres no desea la salvación de Dios; ellos se sienten salvos.

La vida cristiana: salvados todos los días

Oye, tú te das cuenta que tú estabas muerto en delitos y pecados porque tú entendías que estabas seguro, y ahora tú te das cuenta que no lo estás. Una de las primeras obras que hace el Señor en nosotros a través del convencimiento de pecado es mostrarte el riesgo que estás tomando, y tú dices: “Pero yo ni siquiera me daba cuenta del riesgo en el cual yo estaba viviendo”. Así vive el hombre sin Dios: no entiende su necesidad de salvación.

¿A qué se debe que el Evangelio rebota en la mente del hombre? A que el hombre no quiere ser salvo. “¿Salvador, para qué? Aquí está el Evangelio, no lo necesito”. Una de las cosas que te das cuenta de que estás adquiriendo sabiduría es porque tú adquieres una imperiosa necesidad de ser salvado. Y tú dices: “Pero ya yo soy cristiano”. Que tú seas cristiano no significa que tú puedas vivir ahora como si fueras tu propio salvador.

El Señor no solamente te salvó al inicio, te seguirá salvando todos los días. Y tú necesitas su socorro también mañana. La gente piensa que salvación es el primer paso en la vida cristiana; esa es la vida cristiana completa. La historia de un creyente es la historia de un creyente que ha sido salvado por el Señor todos los días. Y ahora vengo al tema, hermano: ¿y qué tiene que ver esto con las Escrituras?

Que la Escritura te muestra tu vulnerabilidad y te muestra tu necesidad diaria de salvación. Mientras más tú lees la narrativa del Antiguo Testamento, tú dices: “Pero si un hombre como ese cayó, ¿quién soy yo?”. Si un hombre tan sabio fue reprendido, ¿qué será de mí? Si alguien que me lleva la milla en cuanto a su cercanía con Dios falló, ¿qué no será de nosotros, hermano? No se sienta seguro, dependa del Señor para su salvación.

Me gusta cómo traduce la Nueva Traducción Viviente el versículo 175, donde él está hablando de un peligro real. Dice la Reina-Valera: “Viva mi alma y te alabe”. Parece como una oda, como una loa: “Viva mi alma…”. Me gusta cómo lo traduce la Nueva Traducción Viviente porque creo que se acerca un poco a lo que yo, como lector, percibo que transmite el texto. Dice el texto en esa traducción: “Déjame vivir para que pueda alabarte”.

El clamor de uno que siente que se muere

Este hombre cree que se va a morir. “Tú estás dramatizando eso, hermano”. Pero por momentos usted debe reconocer el peligro en que vive. Y en ese peligro, decir: “Señor, déjame vivir para alabarte. Señor, yo sé que ahí hay tal abismo y aquí estoy yo, y voy de camino al abismo. Déjame vivir para que te alabe”, dice él. Me gozo, hermano, en que un hombre instruido no subestima el peligro, no lo soslaya: “Déjame vivir para que te alabe”.

Y si usted todavía no entiende que con esas tres peticiones él está resumiendo que él necesita ser socorrido —y usted también—, tomemos ahora la imagen. ¿Cuál es la imagen? Dice la Biblia de las Américas: “Me he descarriado como oveja perdida; busca a tu siervo”. Él no está diciendo: “Haré algo para buscarte”. Ay, hermano, no. Momentos dramáticos donde yo he sido rescatado por Dios, yo reconozco que no tenía capacidad ni espiritual, ni intelectual, ni emocional para salir a buscar a Dios por mis propios medios. Que si el Señor no sale a buscar su oveja perdida, aquí no estaría yo.

Dice el salmista: “Me he descarriado como oveja perdida”. “Ay, a mí no me gusta hablar de mí en esos términos, oveja perdida”. No, porque tú sí estás seguro. Ah, tú sí. Recuerdo, hermano, canciones que fueron controvertidas, y recuerdo los debates en las iglesias, hermano, respecto a esas canciones. La misma canción que decía: “Porque todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado, Señor”. Y aparecieron intensos: “¿Todo? No, porque parte de lo que hay dentro de mí…”. Así. Cuando uno se pone muy piqui respecto a su necesidad de rescate.

“Porque todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado”. Eso es. Otra decía: “Mátame, quiero morir, y que nazcas tú dentro de mí”. Y otros: “¿Cómo que ‘mátame’? No, si me matas a mí, entonces vas a matar la obra de Cristo también”. Bueno, hermano, figuradamente hablando, el poeta está diciendo: “Mátame, quiero morir, y que nazcas tú dentro de mí. Quiero que mates lo que soy; ni un día más quiero ser yo”. “¿Cómo que no quieres ser tú? Pero tú eres también la obra de Cristo…”.

Eso lo que anuncia es tu ignorancia, tu soberbia, tu falsa seguridad. Si realmente tú eres un hombre instruido, como el salmista, tú lo que acabas de decir es: “Me he descarriado como oveja; busca a tu siervo”.

Reconocer incapacidad: clamar por rescate

“Busca a tu siervo, porque no me he olvidado de tus mandamientos”. Él está diciendo: “Yo necesito que tú me busques”. Uno encuentra creyentes que están como ni para atrás ni para adelante, hermano, y ellos no te quieren decir que no pueden darle ni para atrás ni para adelante. Yo creo que hay un rasgo de madurez en tú reconocer tu incapacidad de darle tracción a tu vida espiritual, donde tú dices: “Señor, búscame, rescátame”.

Si él puede esgrimir algo, aquí dice: “Porque no me he olvidado de tus mandamientos”. Aquí él está hablando de que, aun con entendimiento y experiencia, él se siente como una oveja perdida. Si la Palabra de Dios, y tus estudios, no te hacen oveja, quizá tú estás perdiendo el tiempo. ¿Para qué sirve ser instruido en la Palabra del Señor? Para reconocer tu necesidad de que el Señor siga cuidando de ti.

¿Para qué sirve invertir horas en el estudio bíblico? Sirve para darte cuenta de tu apremiante necesidad de ser rescatado diariamente por el Señor que una vez te rescató. Para eso sirve. La sabiduría no te hace menos vulnerable; la sabiduría lo que te hace es más dependiente. Tú dices: “Ahora dependo más de Dios”. En lo personal, los hombres más duchos en la Escritura que yo he conocido tienen más tiempo de oración que el común de los hombres.

Tú quisieras encontrar una persona que sea enciclopédica y tú lo que te encuentras es una persona que tiene un corazón dependiente. Los que más han crecido en el conocimiento de Dios no necesariamente son personas que tienen como muchas citas, muchas referencias cruzadas en la mente, personas que te pueden hablar de toda la doctrina. Lo que ellos retienen mucho es: “Soy una oveja perdida y necesito un Salvador”. Eso es lo más importante.

De hecho, llama la atención que al final de un salmo que se ocupa de la Escritura, él termina hablando de que él es una oveja perdida, y si para algo sirve el mandamiento es para recordarme que por mis propios medios no puedo vivirlo. Yo amo la Palabra, es verdad. Ahora voy yo a ponerme en la situación del salmista: yo amo la Palabra, hermano.

No basta la Palabra sin el Dios de la Palabra

Bueno, voy a Romanos 7. Luchaba el apóstol: él decía: “Es verdad, yo amo a Dios, pero hay dentro de mí algo que al mismo tiempo rechaza lo mismo que yo amo”. Dice él: “El estado en que me encuentro… Me he descarriado”. Eso no fue “recientemente”, fue algo que pasó hace muchos años. Él está hablando de algo que, en el texto, parece ser una situación hasta presente. Dice: “Me he descarriado”, habla en tiempo presente, no en pasado. Y mientras más pronto y claro reconozcas tú tu condición, más cerca estás de ser encontrado por Dios, de que se establezca un protocolo de rescate.

Hay cosas que no van más rápido porque las personas intentan demasiado tiempo resolverlas por sus propios medios. Mientras más rápido tú digas: “Señor, necesito ayuda”, y te humilles profundamente, más rápido vas a ser levantado. Hay un protocolo, hermano, para gente que está extraviada: inmediatamente usted sea consciente de que se perdió, active el protocolo para que le salven la vida. No te pongas de orgulloso: “Yo encuentro la puerta, entonces yo digo que me…”. No.

Si en este momento tú percibes tu necesidad, clama en este momento por la ayuda de aquel que puede responder a tu necesidad. No hay que esperar: “Déjame intentarlo a ver si yo puedo…”. No intentes, hermano. Di: “Señor, estoy perdido y necesito que tú me ayudes”. Reconocerlo no es señal de debilidad o mal testimonio, sino de madurez y humildad.

Dice Isaías 53:6: “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros”. ¿Todos quiénes? ¿Cuáles fueron los que se descarriaron? La gente que utiliza un falso plural: “Es que aquí todos somos…”. “Todos…”. No, hermano, la Escritura dice que sí, que todos. “Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros”.

Y la Escritura está llena de esa imagen, hermano, de que nosotros no podemos solos, de que corremos un gran peligro, pero creemos y pretendemos que estamos seguros. “Anduvieron perdidos por el desierto —dice el Salmo 107—, por la soledad sin camino, sin hallar ciudad en donde vivir; hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos. Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones”.

El protocolo del rescate: clamar a Dios

¿Entonces leyeron un libro, se volvieron expertos?”. No. “Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Los dirigió por camino derecho para que viniesen a ciudad habitable. Alaben la misericordia de Jehová y sus maravillas para con los hijos de los hombres, porque sacia al alma menesterosa y llena de bien al alma hambrienta”.

Hermano, diga: “Yo soy un alma hambrienta, un alma menesterosa, yo necesito tu ayuda”. ¿Cuál es su completa esperanza? Ser encontrado. Él no confía en que puede encontrar el camino a casa por sus propios medios. “Yo quiero ser encontrado”. Una oveja, figuradamente hablando, es completamente vulnerable. Es un animalito —dicen que son tontos, pero es que Dios lo hizo así, hermano—, lo hizo para que alguien cuide de ellos.

No es tonta ni sabia; la oveja no “se la busca”, es un animalito muy dependiente. Y así se siente un hombre maduro: como una oveja que no confía en que puede encontrar el camino. Su esperanza no está puesta en su instrucción. ¿Para qué me sirve la instrucción? Para reconocer la voz de Dios. Para eso me sirve. No para decir: “Tú eres tan instruido que sales solo”. Yo no salgo solo; mi nivel de instrucción alcanza para escuchar la voz de Aquel que viene a ayudarme. Para eso.

Y su experiencia acumulada —¿qué tal? Porque tú te habías pasado el salmo diciendo que tú has estado luchando con la Palabra—. Su experiencia acumulada no le sugiere la posibilidad de que tampoco él pueda salir por sus propios medios. La única razón que le esgrime es: “Porque no me he olvidado de tus mandamientos”. Cuando tú me ayudes, yo los conozco.

Y te testifico, hermano, que eso es real. A veces tú conoces el mandamiento, pero no tienes la capacidad de obedecerlo. Alguien te dirá: “Pero si tú conoces el mandamiento, ¿para qué te estás presentando como una oveja perdida?”. Es que la oveja perdida, a veces, tenemos el mapa, hermano, y no sabemos…

Conclusión: la lámpara que alumbra al Rescatador

¿Cuántas veces tú sabes lo que hay que hacer y no tienes la capacidad de hacerlo? Esa es la conclusión al final del Salmo 119: que no es suficiente con tener la Palabra de Dios; es necesario tener al Dios de la Palabra para que te ayude a vivir de acuerdo a ella. Es que no basta con retenerla: para tú vivir de acuerdo a la ley de Dios es necesario que Dios te ayude.

No manipules a Dios con esto, hermano, pero pareciera que él esgrime esto como una razón. Dice: “Porque no me he olvidado de tus mandamientos”. De hecho, yo le siento hasta cierta impotencia al hombre, que él dice: “Yo te los recuerdo, yo los conozco, aunque no puedo. Ahora, si tú me ayudas a hacer lo que hay que hacer… Yo sé lo que hay que hacer, tú puedes”.

¿Certificar, hermano, de sentirte así, que tú ves el mandamiento, tú dices: “Yo intelectualmente puedo entenderlo, yo sé lo que… ahora no tengo la fuerza para hacerlo, pero yo todavía estoy esperando que el Señor me ayude”? Para concluir, hermano, y hablándote a ti mismo: si vas a recordar algo de estos años de exponer el Salmo 119, recuerda que la Palabra de Dios es una lámpara a tus pies, una herramienta que ilumina el camino.

Pero que el mejor uso que puedas hacer de ella, de esta lámpara, es alumbrar a Aquel que vendrá en tu rescate, y esto es Cristo. ¿Para qué sirve la Palabra? Para mostrarte a Cristo, y Cristo puede rescatarte. Es mi oración, hermano, que tú te vuelvas tan sabio que digas: “Con el mandamiento solo no es suficiente, es necesaria la ayuda de Cristo”.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio