Tema
Humildad
9 piezas sobre este tema.
El día de las pequeñeces
Las pequeñeces hechas para Dios tienen una densidad que las grandezas hechas para los hombres jamás alcanzan.
El siervo que pocos miraban
Que te baste ser conocido por aquel que te envió, aunque tu nombre no quede en los libros.
Cuando el camino no sale
El orgullo se mide por el tiempo que te toma devolverte.

La oración de un hombre instruido
Después de un largo peregrinaje en la Palabra, el salmista no termina como un experto autosuficiente, sino como una oveja que clama a su Pastor: la verdadera madurez es dependencia humilde de Dios.
Nuestra especial relación con Dios
Dios nos llama a una humildad profunda para reconocer nuestras limitaciones, dejarnos instruir por otros creyentes y así conocer más exactamente el camino del Señor, como hizo Apolos guiado por Priscila y Aquila.
La encarnación de Cristo - Un ejemplo de humildad
La encarnación no es un ejemplo más de humildad, sino el ejemplo: Dios mismo, teniendo todo derecho, se despojó voluntariamente. Por eso el creyente renuncia a sus derechos legítimos y toma la iniciativa hacia los demás, esperando la exaltación de Dios y no el reconocimiento de los hombres.
Nuestra actitud ante el hermano caído
Cuando un hermano, una iglesia o un ministerio cae, no estamos llamados a unirnos al mundo en su burla y condena, sino a responder con humildad, intercesión y deseo de restauración, cuidando nuestro propio corazón de la soberbia.
La unidad de la iglesia local
La iglesia no es un sueño sino una realidad con diferencias reales; la unidad se cultiva evitando las luchas del ego, cultivando la humildad, renunciando al individualismo y asumiendo ante los hermanos la función de un siervo.
El hombre a quien Dios celebra
El más grande discurso de todas las Escrituras es el Sermón del Monte, proclamado por Cristo al comienzo de su ministerio. La primera parte del mismo comprende lo que se conoce como «Las bienaventuranzas» una serie de descripciones que con toda seguridad echaron un balde de agua fría sobre las expectativas materiales (poder, dinero, reconocimiento) que muchos tenían sobre el reino de Dios. En conjunto, conforman una descripción pormenorizada del carácter que deben tener los hombres dignos de ser celebrados (bienaventurados) elaborada directamente por Dios.