En este año comenzamos las predicaciones acerca de la novedad, y ahora nos mudamos a las epístolas del Nuevo Testamento. En esto yo me gozo, porque podemos hablar de Cristo desde toda parte de las Escrituras: podemos hablar de su encarnación desde el Antiguo Testamento, podemos hablar desde los Evangelios, y también podemos utilizar las epístolas. Hoy estaremos considerando la Navidad, la encarnación, la natividad del Señor desde el libro de Filipenses.
Le pido que me acompañen a Filipenses capítulo dos. Veamos allí la encarnación de Cristo y el ejemplo que, a través de su encarnación, Cristo nos da. Con la ayuda del Señor estaremos exponiendo desde el versículo 3 hasta el versículo 11, esta parte de la Escritura que habla acerca de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo y de la manera en que nosotros podemos seguir el ejemplo de Cristo a través de su humildad.
Como siempre hacemos, encomendémonos al Señor en oración. Gracias, Señor, porque aquí estamos juntos reunidos en tu nombre. Gracias por la seguridad de esta promesa, Señor, de que eres tú quien está en medio nuestro. Gracias también, Señor, porque podemos celebrar Navidad con entendimiento; no solamente seguir la corriente de este mundo con una festividad sin causa. Para nosotros tiene causa, y la causa eres tú. Para nosotros esto no es superficial, tiene significado, y el significado eres tú.
Te exaltamos a ti, Señor. Comenzamos esta serie de enseñanzas relativas a tu encarnación, a tu nacimiento, exaltando tu nombre, destacando tu carácter, diciendo tu grandeza. Antes de cualquier cosa, queremos celebrarte a ti, queremos dar honra a tu nombre, queremos maravillarnos ante este hecho extraordinario, sorprendente, inverosímil, de que Dios mismo se hizo hombre y estuvo en medio nuestro. Gloria sea a ti. Te pedimos que nos acompañes de la manera que lo haces siempre, que pongas mayor gracia cuando los instrumentos son más débiles, para que se muestre que la gloria es tuya, el poder es tuyo, la sabiduría es tuya. Te pedimos, Señor, que seamos conducidos por tu palabra. Haznos parecernos a ti, asumiendo tu mente y dejando atrás nuestras propias ideas preconcebidas. Glorifícate en todas estas cosas. Nos ponemos en tus manos reverente y dependientemente, Señor, con expectativa de fe, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Mientras me preparaba, hermanos, para exponer esta porción de la Escritura —el método que ya se los he compartido antes, cómo es que lo hago—, frecuentemente oro al Señor en la semana y trato de seleccionar el pasaje que sea más propicio a la ocasión. Y siento que el Señor me guio y puso estos versículos de Filipenses en mi mente, ese sentir que hubo en Cristo, de tenerlo nosotros también. Mientras iba orando al Señor y preparándome para enseñar, cuando llega el sábado lo que hago es que imprimo, ordeno todas estas cosas, y para ponerlo en el programa le pongo un título.
Pero sucedió esta semana que ayer sábado, cuando ya le puse el título y tenía todo listo para imprimir, había algo que no me terminaba de dar sosiego. Yo sentía como que faltaba algo, sobraba algo, y no sabía lo que era. Lo que hice fue que me acosté y dejé esto así, y pensé levantarme al otro día para imprimir. Al final imprimí tal cual estaba, pero creo que el Señor me mostró en la mañana, cuando me levanté: creo que he encontrado, hermano, qué es lo que sobra en el título que tienen ahí.
En la exposición de hoy dice: «La encarnación de Cristo: un ejemplo de humildad». Y la realidad es que no es que Cristo no nos dio a nosotros un ejemplo de humildad. Un ejemplo de humildad se lo han dado a usted diferentes hombres. Lo que Cristo nos ha dado a nosotros es el ejemplo de humildad. Un ejemplo de humildad puede dármelo tú, un ejemplo de humildad te lo puedo dar yo a ti. Ahora, lo que Cristo nos dio a nosotros no fue un ejemplo, nos dio el ejemplo: el ejemplo trascendental, el ejemplo más grande, el ejemplo que otro no podía dar. Por eso le pido que humildemente, en el programa, usted subraye o le ponga una equis donde dice «un».
Los cristianos sí tenemos motivos
Lo que estaremos viendo hoy no es un ejemplo cualquiera de humildad. Hoy veremos el más grande ejemplo de humildad, el ejemplo que otro no pudo habernos dado. Este es el ejemplo singular: es la encarnación de Cristo.
Dice así nuestra introducción: en el mes de diciembre el mundo da inicio a una temporada de benevolencia sin causa. El llamado «espíritu de la Navidad» envuelve a los hombres en una atmósfera temporal de mucha consideración mutua; se evita el conflicto y se promueve la paz, aunque no haya causa para hacerlo, sino solamente la fiesta navideña y la tradición de que estas cosas se hacen para esta fecha.
Sin embargo, los cristianos sí tenemos motivos. La carta a los filipenses nos recuerda que la razón central para evitar la contienda y la vanagloria, llegando a considerar sinceramente a los demás como superiores a nosotros mismos —en todos los meses del año, no solamente en diciembre—, es el hecho sobrecogedor de la encarnación de Cristo. Ya que nuestro Dios ha dado tal muestra de humildad, despojándose de sí mismo y tomando forma de siervo, lo mínimo que podemos hacer nosotros es seguir su ejemplo. Hoy veremos el verdadero significado de la humildad, tal cual se expresa en la encarnación.
Acompáñenme a Filipenses capítulo dos y consideremos la Escritura desde el versículo 3 hasta el versículo 11. El apóstol ha estado instruyendo a los filipenses acerca de tener consideración entre ellos mismos, a mantener la unidad, a sentir la misma cosa, y les exhortó de la manera siguiente a partir del versículo 3. Leemos la palabra del Señor:
Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
— Filipenses 2:3-11
Si acaso el mundo muestra benevolencia en Navidad, nosotros debemos mostrar benevolencia a causa de la Navidad. Si acaso en el mundo hay en este tiempo una efervescencia de las buenas acciones, de la consideración mutua, de la paz, de no buscar cada uno lo suyo propio sino considerar también a los otros —aunque sea durante los días de Navidad, los días de diciembre—, nosotros tenemos que hacerlo durante todo el año. Si acaso ellos lo hacen porque sienten el olorcito a pintura en la casa, porque se está pintando por la Navidad, o porque sienten el ajetreo de las compras, o porque sienten la brisita navideña, nosotros lo hacemos por un entendimiento profundo: y es que Dios mismo se hizo hombre.
Si el Creador se humilló, si el Creador manifestó su carácter en esto, le queda muy fea a la criatura manifestar vanagloria y soberbia, dado el ejemplo que el Creador mismo nos ha dado. Si los hombres tienen razón durante treinta días para ser humildes, nosotros tenemos que hacerlo trescientos sesenta y cinco días al año, veinticuatro horas, siete días a la semana. Y la motivación nuestra está en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
Me gustaría mostrarles desde Filipenses, y temo, hermanos, que no puedo hacerle tanto honor a esta porción de la Escritura. Hay tanto que ver en Filipenses dos que he tenido que seleccionar pinceladas. No hay otra porción de la Escritura donde se hable tan directamente acerca de la deidad de nuestro Señor Jesucristo. Aunque algunos todavía quieren afirmar que Cristo fue solamente un gran maestro, un profeta, dice Filipenses en el capítulo dos que él es igual a Dios.
Sin embargo, pretendo mostrarles desde el versículo 3 hasta el versículo 4 un claro entendimiento de lo que significa ser humildes. Porque una de las cosas que hace un creyente es tratar de entender, a la luz del consejo de Dios, cada concepto y cada término. Nosotros no definimos humildad en los términos del mundo; nosotros definimos humildad a la luz del consejo de Dios. Lo que pretendo hacer es darle una definición bíblica de lo que es ser humildes, porque probablemente el concepto que usted tiene de humildad no es un concepto ajustado a la idea de Dios que su revelación es su palabra. Después me gustaría mostrarle una fuerte razón para cultivar esta humildad, que es la encarnación. Y luego terminaremos considerando cuál es una correcta expectativa para hacerlo: ser exaltado por Dios y no necesariamente por los hombres.
Lo que no es humildad: contienda y vanagloria
Primero consideremos los versículos 3 y 4, que dicen algo que no debemos hacer y luego algo que tenemos que hacer:
Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
— Filipenses 2:3-4
Aquí hay una estructura gramatical que muestra primero un ejemplo negativo —lo que no es humildad— y luego un ejemplo positivo: lo que sí es humildad. Es una estructura como de hacer un parangón, que sigue el apóstol Pablo, y todo el capítulo sigue esta misma estructura: da una cosa y la contrapone con la otra. Contrapone primero lo que no es humildad y después lo que sí es humildad; luego lo que Cristo era con lo que Cristo llegó a ser. Esta estructura de comparación es muy característica del apóstol Pablo.
Primero el ejemplo negativo. Dice el apóstol Pablo que si usted es humilde, debería evitar el espíritu contencioso, no hacer algo por contienda —esto es hacer algo para provocar—, y debería evitar el espíritu altivo, esto es la vanagloria, hacer algo como para demostrar. Un creyente no solamente considera sus acciones, sino la motivación que hay detrás de sus acciones. No solamente considera lo que se hace, sino la actitud con la cual se hace. Y lo que dice aquí es que no deberíamos hacer nada por contienda. Cuando haces algo por contienda comienza a evidenciarse si has llegado a ser humilde o si todavía no has aprobado esto que es parte del carácter de Dios, que es la humildad. Si todavía haces cosas por contienda, muy probablemente lo que se está expresando es la soberbia y no el carácter de Cristo.
Quizás ustedes pueden decir conmigo que esto se evidencia cantidad de veces en reuniones de trabajo, donde te das cuenta de que una persona no está siendo motivada ni siquiera por la mutua consideración de un proyecto, sino por aferrarse a proponer cosas que él sabe en su interior que no contribuyen ni siquiera a la armonía, sino a que las cosas no se concreten.
Quizás en vez de la resolución de un conflicto. ¿Cuántas son las veces que los conflictos están detenidos porque las personas no se orientan a glorificar al Señor, sino a aferrarse a su mismo espíritu contencioso? Y quizás lo hacen en asuntos ministeriales y en el trabajo para el Señor. Este espíritu contencioso es una persona que siempre anda buscando provocar. Es alguien cuyos pensamientos, cuyas propuestas, cuyas interacciones con los hombres tienen una abierta provocación. Y tú dices: «¿Qué te provoca hacer eso que estás haciendo?». Lo que me provoca hacerlo es que tengo el espíritu de contienda.
Hay otros en quienes el asunto no es la contienda, sino la vanagloria. Quizás sea el caso más común. A esto yo le podría llamar proyectos basados en el ego, propuestas basadas en el ego, relaciones basadas en el ego. Hay unos que, cuando les preguntan por qué hacen lo que hacen, dicen: «Porque puedo hacerlo». Además, hay un libro de una periodista, creo que es mexicana, que trabaja en Univisión, que se llama así mismo: Porque quiero, porque puedo. Es como todo yo, yo, yo. Un creyente no hace las cosas porque puede hacerlas, un creyente no hace las cosas porque tenga la capacidad de hacerlas, un creyente no las hace para la vanagloria, no las hace para pretender demostrar. Hay otros que dicen: «Lo hacemos porque podemos hacerlo mejor, mejor de lo que se ha hecho, mejor de cómo lo hace fulano».
Un creyente no se involucra en proyectos de contienda, tampoco en proyectos de vanagloria. Dice: «Nada hagáis» por ninguna de esas dos cosas. Porque si lo están haciendo por cualquiera de esas dos cosas, entonces no están siendo humildes. Un humilde no es contencioso y un humilde no es vanaglorioso. La motivación para una propuesta, la motivación para un accionar, no es enseñar a los otros que somos sabios, que somos íntegros, que somos santos o que somos mejores. La humildad es algo que debe adornar el carácter de un cristiano.
Lo que sí es humildad: estimar al otro como superior
El apóstol Pablo, entonces, da en primer lugar el ejemplo negativo, lo que no debemos hacer, y luego lo contrasta con el ejemplo positivo. Si aquel que es soberbio, si aquel que es vanaglorioso y altivo no es humilde, entonces, ¿quién es humilde? Él lo muestra ahí de manera pronta, antes de mostrar el ejemplo de Cristo. El ejemplo positivo de lo que sí es humildad dice que uno que ha llegado a ser humilde es alguien que ha llegado a estimar a los demás como superiores a sí mismo. Y eso solamente lo logra un creyente con sinceridad. El hombre natural está vendido al pecado, está vendido a sí mismo, y nunca va a poder considerar que el otro es superior. Un creyente lo hace porque en el fondo cualquier hombre es superior a ti; pero si tú no encuentras la manera de entender cómo otro te supera, entonces tú lo haces por convicción, tú lo haces porque tengo que hacerlo, y al servirle, al relacionarte con él, asumes esta actitud que fue la actitud que hubo en Cristo.
Quizás esta es una manera en que se evidencia lo que sí es humildad. Algo que me llama la atención es la manera en cómo tú reaccionas de acuerdo a quién te pide que hagas algo, la manera en que tú sirves de acuerdo a quién te lo solicita. Si el que te lo está solicitando es superior a ti, entonces vas a mostrar diligencia, vas a estar presto a hacerlo; pero si tú entiendes que es inferior, lo primero es que le vas a dar tres vueltas y lo vas a considerar diez veces: «¿Quién es que me lo está pidiendo?». Lo que dice el Señor es que aquel que es humilde hace lo que hace como si el otro fuera superior, y llega a considerarlo así. Es un asunto de convicción.
Si estimas a los demás como superiores a ti mismo, esto lo vas a demostrar con la disposición que muestras al servirles. Qué distinta es una fila cuando llega una persona que tiene capacidad de hacer cosas, los poderosos de este mundo. Qué distinto es el trato. Hay personas que hasta le miran a los ojos, por poner un caso, y es posible que le miren a los ojos porque saben que la persona que está del otro lado de la fila es una persona que tiene capacidad de disponer de ellos. Si es superior a ti, entonces le atiendes, le sirves con prestancia; pero si la persona es inferior a ti, entonces puedes reconsiderarlo. Dice la Escritura que deberías considerar a todos los hombres como superiores a ti mismo, y cuando llegues a hacer tal cosa, entonces has llegado a ser humilde.
Se ve también en el ánimo con que se hace, en el deber de sacrificio que estamos dispuestos a soportar para servir. «Si me lo pide este, que yo necesito algo de él, entonces me sacrifico hasta lo sumo; pero si me lo pide aquel que siempre está pidiendo y nunca me ha dado nada, entonces el esfuerzo será mínimo». Dice la Escritura que aquel que ha llegado a ser humilde es aquel que ha llegado a considerar a los demás, sin importar su condición, como superiores a él mismo. Y esto sin ser serviles, le digo, hermano; sin ser aduladores, sin buscar nada a cambio.
Lo primero, dice el apóstol, es que ustedes, si son humildes, no son contenciosos ni son altivos: eso no es lo que les mueve, y deberíamos revisar nuestro corazón. Y lo otro es lo que sí les debe mover: una alta consideración a todos los demás, de forma tal que te relaciones con ellos como si fueran superiores a ti. Esto hace un ruido enorme en el ser humano, porque la naturaleza del ser humano es una naturaleza altiva. Él es soberbio, él está vendido a sus propias opiniones. Pero con la ayuda del Señor estas cosas pueden ser logradas.
Una definición bíblica de humildad
A la luz de estos dos contrastes, quizás me animo a darle una definición bíblica de lo que es un creyente humilde. Un creyente humilde es aquel que, sin estar obligado a hacerlo, renuncia voluntariamente a sus legítimos derechos, sin contienda ni vanidad, y toma la iniciativa en beneficio de quienes son iguales o inferiores a él, como si fueran superiores. Tú dices: «Yo quiero llegar a ser humilde, ¿a qué debo apuntar?». Debemos apuntar a eso: a renunciar voluntariamente.
Me tengo que detener, hermano, para clarificar todavía más esto, porque hay entendimientos incorrectos de humildad. El primero de ellos es aquel que te dice que la humildad es carencia de bienes, que el que es humilde es el que no tiene algo. Esto se cae porque Cristo lo tenía todo. Un humilde no es una persona que carece de medios; un humilde es aquel que, teniendo los medios, renuncia a ellos voluntariamente. Humildad no es carencia de bienes, no es pobreza material, aunque así se utiliza el término, quizás por un asunto de la traducción.
Yo trato, hermano, de no traerle términos raros a la predicación, porque a mí me parece muy bien traducida casi toda nuestra Biblia; lo que dice ahí es lo que dice el original, y cada vez puedo constatar más esto. Hay hermanos que piensan que siempre hay que estar redefiniendo las palabras: «No, porque como dice el original, como dice el griego…». Hermano, eso se tradujo al español por un comité de traducción donde estaban los mejores biblistas del mundo, y la palabra que utilizaron es, en casi todos los casos, la mejor.
Sin embargo, a veces ayuda ver un término original para entender por qué se traduce así. El término humildad, como regularmente se traduce en la Escritura, es un término en griego que se podría pronunciar tapeinos, y significa algo que no se suspende mucho del suelo, algo que no se levanta mucho. Por eso, aquel que no ha logrado en su patrimonio levantarse mucho, se termina diciendo que es un humilde: es uno que no se ha levantado mucho. Sin embargo, como aparece el término en el libro de Filipenses, tiene dos palabras juntas: la primera es esta, que da la intención de algo que no se levanta mucho, y la otra que tiene al lado es frenes, mente. Es algo junto: que no se levante mucho la mente, uno cuyas consideraciones no se suspenden del piso.
¿Quién es un humilde? Una persona que, cuando se considera a sí mismo, no se eleva. No hay que agarrarlo, no hay que aterrizarlo. Eso es lo que es ser humilde. Humilde no es carecer de bienes materiales. Aunque en otra parte de la Escritura se dice de aquel que no tiene ni siquiera con qué levantarse del suelo: ¿se puede decir que es humilde? Sí, es materialmente humilde. Pero la humildad a la cual se está refiriendo el apóstol Pablo aquí es la humildad de la mente, es la humildad de la propia consideración. Es tapeinos con frenes, mente, con no levantarse demasiado del suelo. Un creyente humilde es aquel que en sus consideraciones propias no se suspende, es aquel que no se despega para la estratósfera y hay que bajarlo. Es el hombre que se sabe todavía entre los mortales. Ese es un humilde.
¿Qué no es humildad? Humildad no es carencia de medios materiales, eso no es humildad. Humildad es aquel que tiene los medios y voluntariamente se desprende, como Cristo. Cristo nunca ha sido pobre; o sea, él ha vivido en gloria eternamente. Él se desprendió voluntariamente, a él no lo despojaron: él se despojó. Un humilde es una persona que posiblemente tiene el poder, posiblemente tiene la autoridad, posiblemente tiene los medios materiales, y aun así no se suspende, sino que considera a todos los que no tienen el poder, a todos los que no tienen la autoridad ni tienen los medios, los considera como superiores a sí mismo. Hermano, si vas a ser humilde, tienes que aprender a no suspenderte mucho del suelo, a andar siempre muy a nivel de tierra, y a que puedas mirar a los hombres hacia arriba. Cuando los logras mirar hacia arriba y no desde arriba, entonces has crecido en humildad.
La humildad tampoco es una falta de valoración propia, esto que le llaman baja autoestima, que frecuentemente se confunde. Estimarte a ti como poca cosa no te hace humilde; lo que te hace humilde es estimar a los otros como algo. No es considerarte a ti como poco, es considerar a los otros como mucho. Por eso, si tú tienes una falta de valoración, eso no te hace humilde de golpe y porrazo automáticamente. Un humilde sabe que vale algo; sabe sobre todo que la imagen de Dios está en él, que es el centro de su identidad. Sin embargo, a pesar de la imagen de Dios en él, él puede dejar de levantarse, porque ha entendido a la luz del evangelio que, si Cristo lo hizo, a la criatura le queda muy feo tratar de suspenderse. Esa es la razón principal que tenemos para no hacerlo.
Tampoco es humilde una persona que tiene una personalidad relativamente pasiva. Estas personas que como que ni hablan mucho, y además son humildes… eso son brazos caídos, llámenle otras cosas. Pero hay veces personas que en su silencio, en su personalidad retraída, son muy soberbias. Y te encuentras con aquel que en su silencio no habla mucho de sí mismo, pero se considera a sí mismo como mucho. Por eso le digo, el problema no es hablar. «Yo nunca hablo de mí», no se trata de evitar hablar de ustedes. Es algo más: el apóstol Pablo, cuando iba a hablar de sí mismo, decía: «Perdónenme un momento de locura». Un creyente evita suspenderse diciendo de entrada que cualquier cosa que él diga puede ser locura, puede ser un despropósito. Sin embargo, aunque no lo digas, si en tu fuero interno tú te entiendes superior —aunque en tus brazos caídos y en esa personalidad recogida tú entiendas que pareces humilde—, la humildad es un asunto de la intención del corazón. Y a menos que entiendas a los otros como superiores a ti mismo, aunque tengas una personalidad recogida, no vas a llegar a ser humilde.
Tampoco es humildad la falta de ostentación. La falta de ostentación, en la Escritura, eso se llama modestia; y lo contrario a la modestia, en la Escritura, no es la soberbia, sino la vanidad. Así que tampoco tiene que ver una cosa con la otra.
Un humilde es un creyente que, sin estar obligado a hacerlo, renuncia voluntariamente a sus legítimos derechos, sin contienda ni vanidad, y toma la iniciativa en beneficio de quienes son iguales o inferiores a él, y lo hace tal cual lo haría si aquellos fueran superiores.
Hermanos, ya hemos clarificado un poco el término humildad. ¿Qué es lo primero que usted tiene que hacer para crecer en cualquier área del conocimiento bíblico? Lo primero es que usted tiene que tener categorías bíblicas para su pensamiento. Y una categoría bíblica para el pensamiento con relación a la humildad es que humildad no es lo que dice la cultura popular; humildad es lo que dice Filipenses capítulo dos: es una persona que en su mente no se va muy alto, sino que siempre se recoge intencionalmente, aunque tuviera medios para hacerlo. El mismo apóstol dice: «Conozco a un hombre —si en el cuerpo, no lo sé—, a ese hombre le fue dada una revelación y fue llevado hasta las alturas de Dios». Oigan cómo él decía: «Conozco a un hombre». No decía: «Yo, el apóstol Pablo, estuve allá en la presencia del Señor, a mí me llevaron». No. Él decía: «Conozco a un hombre». Pablo tenía de qué gloriarse y elegía no ostentar tal cosa. Elegía recogerse.
Evidencias de que falta humildad
No me pregunte quién es el humilde: el humilde es aquel que tiene los medios y aun así no se aferra desmedidamente a ellos. Hermanos, mi intención no es señalar; lo digo para señalarme, yo soy el que está aflicto, está escrito, hablando de mí mismo: yo soy el que está primeramente afligido. Pero si acaso pudiéramos puntualizar evidencias de falta de humildad, esto es, evidencias de soberbia en los hombres, una manera en que se nos manifiesta que hay un espíritu poco humilde en ti, de soberbia, es exagerando la ofensa recibida. Uno que es soberbio, que no es humilde, usted le pone un dedo y él siente que le han dado un golpe. Si le da un golpe, él siente que lo han derribado; y si usted lo derriba, él dice que lo mataron. Y responde en consecuencia.
El soberbio nunca responde con igual fuerza, responde siempre más arriba. Cuando le pones el dedo, él dice que le diste un golpe; cuando le das el golpe, entonces él dice que lo derribaste; y cuando lo derriban, dice que lo mataron. Eso es lo que es un soberbio: una persona que responde desproporcionadamente ante la ofensa recibida. Quizás el ejemplo más trascendental de soberbia que hay en la Escritura, en el Antiguo Testamento, es un hombre que se llamaba Lamec, que era un descendiente de Caín. Y dijo Lamec a sus mujeres —oigan la soberbia—, dijo él:
Ada y Zila, oíd mi voz; mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: que un varón mataré por mi herida, y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será.
— Génesis 4:23-24
Eso es soberbia. Y tú lo miras y parece caricaturizado el asunto: «No, yo no llego tan lejos». Pero, ¿cómo reaccionas tú? ¿Te han dicho un comentario despectivo? ¿Cuál fue tu reacción? ¿Te han quitado un derecho? ¿Cómo reaccionaste? ¿Alguien te puso un dedo encima? ¿Alguien te afectó? Cómo eso es heredero en el corazón, eso es soberbia. El humilde soporta el golpe, el humilde no responde en consecuencia. Si usted quiere saber dónde está el espíritu de la soberbia en el corazón del hombre, está en esa exageración de la ofensa recibida.
¿De qué otra manera se hace evidente la falta de humildad? Hermano, en la falta de iniciativa en la reconciliación. En un conflicto siempre hay una parte que se mantiene altiva en su derecho, y a veces tienen derechos sorprendentes. O sea, la altivez no es la ausencia del derecho; el altivo, el soberbio, no lo es porque le falten razones. Aquel que está en conflicto dice: «La otra parte tiene que ceder, porque yo sé que tengo la razón». Sí, es verdad, puede ser que tenga la razón. «Me han quitado mi derecho, a mí se me ha ofendido, y hasta que no se me devuelvan mis derechos y se repare mi ofensa, entonces me mantengo así». Sí, yo sé que usted tiene su derecho. «No, yo no voy a ir, que venga la otra parte. A mí fue que se me ofendió, a mí fue que se me faltó, a mí fue que se me puso el dedo encima. Que venga la otra parte. Yo soy la parte herida, yo soy la víctima de la situación».
Hazte la pregunta, hermano: ¿quién era la parte herida, quién era la víctima con relación a Cristo? ¿De qué manera Cristo te faltó? ¿De qué manera Cristo te ha ofendido? ¿Qué te debe Cristo? A ti no te debe nada. ¿Qué necesita Cristo de ti? De ti no necesita nada. Y él, al cual se le había ofendido, contra el cual se había pecado, él tomó la iniciativa. Eso es lo que es humildad. En un conflicto, ¿cuál de los dos es el que debe tomar la iniciativa? No, hermano, no se trata de quién tiene la razón: se trata de quién es humilde. El que es humilde es aquel que, aun habiéndole faltado, aun estando él perdiendo en la balanza, dice: «Yo tomo la iniciativa».
Insistir desmedidamente en un derecho, en una razón, hermano… Y no es que no haya derechos: hay derechos, y es la voluntad del Señor que los derechos se respeten, que las razones se concedan. «Hermano, reconozco que tienes la razón. Reconozco que hablaste con verdad». Es más, como dijo aquel personaje bíblico: «Reconozco que tú has sido mejor que yo». Eso es algo que eleva, hermano; eso exalta.
Sin embargo, aquel que siempre está insistiendo para que se le reconozca… Hemos tenido incluso debates abiertos: «Una vez tuvimos un tema y tú tenías esa posición y yo tenía la otra», y eso pasó de largo, no era ni siquiera un asunto importante. Hay gente que tiene temas de años: «Usted recuerda cuando estábamos en un estudio bíblico en la casa de la hermana, allá, que tú dijiste que era tal cosa; yo sigo diciendo que era tal otra». Y alguien te lo recuerda. Lo que está buscando es que se le reconozca que tenía la razón, pero ya ni siquiera recordamos de qué se estuvo hablando. Digo, ese caso es un caso ficticio y curioso, hermano, para enseñar lo que son aquellos que insisten desmedidamente en que se les reconozca que tienen la razón, en que se les reconozca que tenían el derecho. Muérase a ese asunto y va a crecer en humildad. Muramos a eso, hermano; no nos quedemos donde estamos. Son evidencias, y lo que quiero es contrastarlo para que se haga evidente que ser humilde no es tan sencillo.
Y están los que siempre están esperando ser reconocidos, ser recompensados, ser correspondidos. El que entiende: «No se me está dando, no notan que estoy aquí, no reconocen que yo fui el que lo hice, yo fui el que lo hizo». Hermano, el justo reconocimiento es algo que glorifica al Señor: decir que alguien de verdad ha sido usado por el Señor en un proyecto. Pero la realidad es que gran parte de las cosas que hace un creyente son asunto anónimo, de que nadie se entera, y no hay que estar buscando que se destaque.
Un humilde es un creyente que, sin estar obligado a hacerlo, renuncia voluntariamente a sus legítimos derechos —legítimos derechos—, sin contienda, sin vanidad, y toma la iniciativa en beneficio de quienes son iguales o inferiores a él. ¿Tú quieres saber si tú eres humilde? Pregúntate: «Yo, en mi ser interior, entendía que yo tenía el derecho, pero yo renuncio a mis derechos voluntariamente. Yo, en mi ser interior, entendía que yo tenía la razón, pero a pesar de eso… yo puedo dejarlo de lado, yo puedo decir: mira, no lo exijo desmedidamente».
Por qué Cristo actuó con humildad
Creo que ya entendemos, hermano, lo que es humildad y lo que no es. Y si entendemos lo que es humildad y lo que no es, veamos ahora por qué Cristo actuó con humildad. Si esto que hemos visto es humildad —despojarse voluntariamente, tomar la iniciativa, hacerlo por aquellos que no te van a recompensar o que no son más, sino iguales o inferiores—, veamos por qué Cristo verdaderamente sí fue humilde. Es el versículo 5 al 8:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse.
— Filipenses 2:5-6
Está mirando ahí, hermano: eso es lo que es ser humilde. Cristo en ningún momento dudó de su deidad. A él le preguntaron directamente, y él siempre afirmó que él era lo que él era: «Yo y mi Padre una misma cosa somos». «¿Cómo es que él sabe que yo soy el único que he descendido y que he estado ahí?». «¿Pero tú eres el Cristo de Dios?». «Tú lo has dicho». En ningún momento dudaba acerca de su deidad. No era que él dijera: «Yo no soy nadie, yo solamente soy un hombre». No, ese no es el caso; esa es una falsedad, hermano. Tampoco debemos decir que uno no es lo que uno sí es.
La realidad, hermano, es que Cristo no solamente tiene poder, sino que también tiene autoridad para demandarnos a nosotros humildad. Y esto debe mover a un creyente. Él es tu Creador, él tiene el poder para hacerlo; pero no solamente el poder: él al mismo tiempo tiene la autoridad. Y eso son cosas distintas: una cosa es tener poder, otra cosa es tener autoridad.
Yo le pregunté una vez a un comerciante —ya les he hablado antes de este caso—, alguien que me ayudó a mí cuando estaba envuelto en los negocios. Él fue una vez a mi oficina; yo recién había remodelado la oficina, le había puesto muy bonitas todas las cosas, y yo lo invité. Le digo: «Fulano, pase por aquí para que vea lo que se ha hecho». Y él pasó y vio, y dijo: «Ah, mira, Rafael, está todo muy bonito, qué lindos los colores, el cristal, muy lindo todo. Ah, mira, un espacio pequeño pero muy acogedor. Lo que yo te recomiendo es que vengas mañana y que limpies tú mismo el frente». Yo primero me sentí un poco ofendido. Le digo: «Don Fulano, ¿por qué, está sucio?». Dice: «No, no, no es eso, las cosas no están sucias, pero límpialo tú, límpialo tú, y que tus empleados te vean barriéndolo; coge la escoba y bárrelo».
Yo le pregunté por qué, y él estuvo explicando durante como cuarenta minutos la razón por la cual, cuando un dueño de una empresa toma la iniciativa y barre su negocio, se le roba menos, se le considera más, los empleados llegan más a tiempo. Hermano, tiene toda una razón de ser. Me dijo: «Tú no puedes demandar lo que tú no estás dispuesto a dar». Si usted, en su casa, puede limpiar los trastes y va a contratar a alguien para que limpie los trastes, límpielos usted primero, porque usted bien podría hacerlo. Primero usted está cediendo una oportunidad para que alguien limpie los trastes; y después, cuando contrata a esa persona, esa persona entiende que tiene dignidad, porque limpiar los trastes no quita dignidad. Si usted le va a pagar a una persona para que limpie su oficina, usted tiene que estar dispuesto a limpiarla usted mismo, porque si usted no la limpia, usted está pagando un salario que quita dignidad. Pero si usted la ha limpiado con sus propias manos y las personas lo han visto limpiar, esa persona dice: «Pero si él, el dueño, es el que la está limpiando, y ahora me dice que él quiere dejar de limpiarla… pero como me enteré de que él la limpiaba, yo la limpio con gusto, porque si don Fulano la limpió, entonces la puedo limpiar yo».
Cristo podía demandar, hermano, pero él nos dio un ejemplo: «Sean humildes, aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón». ¿Y por qué? Porque yo soy humilde y ustedes me han visto hecho hombre y estando en medio de ustedes. No hay criatura alguna que pueda resistir este asunto, porque la realidad es que el ejemplo se nos ha dado, hermano. El ejemplo está ahí. Él dice: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse».
Servimos a un Dios humilde
Dios no perdió un pedazo cuando se hizo hombre, en su deidad. La majestuosidad de esto, hermano, es que Dios es humilde. Nosotros servimos a un Dios humilde. Escuchen esto: los dioses griegos y los dioses de los pueblos paganos eran dioses soberbios. Nuestro Dios es un Dios humilde, y demostró su humildad en la encarnación. A ese Dios es que tú estás sirviendo.
Esa es la razón, hermano, por la cual dice la Escritura que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. ¿Por qué? Porque un soberbio es alguien que está desafiando a aquel que ha venido a hacerse hombre. Y habitó en medio nuestro, se hizo hombre, «vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». Queda muy feo para una criatura, ante un Creador que se encarnó, manifestar altivez. Esa es la razón, hermano: Cristo ha demostrado que él tiene autoridad para demandar de nosotros humildad.
Entonces sorprende encontrarse con un pesebre, hermano. Lo que emociona del pesebre… muchos niños tienen menos que eso. La gente se emociona: «Ay, un pesebre, qué humildad demostró». Miren, en los países nórdicos hay la costumbre de que a una mujer, cuando va a dar a luz, se le da una caja de cartón. Y esa caja de cartón tiene ahí lo que será necesario para dar a luz, y la caja tiene la capacidad de que se puede convertir en una cama, en una cuna. Y eso en los países nórdicos, los países donde hay el mayor PIB de todo el mundo; por allá a la gente le dan una caja de cartón, y para ellos es un honor que les regalen una caja de cartón, y dicen que muchas madres, la primera cuna que tuvieron sus hijos fue una caja de cartón. Y eso no necesariamente hace que los países nórdicos, cuando tienen esa práctica, sean más humildes que nosotros.
La realidad, hermano, es que lo que emociona no es ver un niño en un pesebre. Lo que emociona es ver a aquel que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra, tomando forma de hombre y reposado en un pesebre. Eso sí emociona. La encarnación de Cristo, hermano, es algo que da duro en la soberbia del hombre, porque se hizo hombre y habitó un pesebre.
Y aprovecho, mi hermano, para aclarar un chin: los pesebres no son pecaminosos. Esto siempre es una discusión enorme; hay iglesias que están divididas por si se debería celebrar la Navidad o no, si se debería poner un pesebre o no ponerlo. Hermano, una cosa es usted hacer una representación de una verdad, y otra cosa es la idolatría. Sobre todo tenga cuidado, porque si usted ha sido un idólatra, adorador de imágenes y demás, probablemente usted termine atribuyéndole al pesebre poder que no tiene. Pueden entender la sabiduría que hay en esto: no está malo poner un bombillito, no está mal poner un nacimiento y demás; el problema está si usted le atribuye un poder mágico. Si acaso un poder tiene, es que usted vea un pesebre y entienda: «Wow, y eso fue Dios, y eso es él». Pero mi actitud no está bien, no me veo bien desde el cielo con estas actitudes soberbias, con esta falta de iniciativa, con este aferrarme a mis propias ideas. Eso es él.
También aclaro, hermanos: una cosa es un Jesús en un pesebre y otra cosa es un divino niño, que es distinto. Los que vinieron del catolicismo saben lo que es un divino niño. Una cosa es una cruz y otra cosa un crucifijo; una cosa es un nacimiento, un pesebre, y otra cosa un divino niño. El divino niño, hermano, tiene otra connotación, son cosas distintas. Pero si cuando usted ve un pesebre por ahí usted dice: «Guau, ahí están representando que el que me hizo a mí estuvo ahí», y ese soy yo que estoy aferrado a mi opinión, a mi derecho, a mi razón, a mi soberbia… No, no se ve bien desde el cielo. Por eso es que Dios resiste a los soberbios: porque si él se hizo hombre a favor de nosotros cuando no necesitaba hacerlo, ¿cómo nos queda esto a nosotros?
Juan el Bautista lo reconoció cuando vino Cristo, ya grande, a ser bautizado por Juan. Él dijo: «No, yo no soy digno; bautízame tú a mí». Y hay una pregunta, hermano, y es como un contrasentido teológico: el bautismo de Cristo. La verdad es que es un dilema. ¿Por qué Cristo está siendo bautizado? No tenía pecados que confesar, en él no había maldad, en él no había pecado, era perfecto. ¿Para qué se bautiza, hermano? Es que eso es humildad. Hay cosas que hay que hacerlas. «¿Por qué?». Porque tú también necesitas ser bautizado. Lo que dijo Juan el Bautista fue: «Yo no soy digno».
Y qué feo se veían Jacobo y Juan buscando poder político: «Señor, queremos que uno esté a tu derecha y otro a tu izquierda». Hombre de Dios: «Yo me hice hombre, dejé todo aquello, ¿y tú me estás diciendo, tú que no has hecho nada, que ahora tú quieres que te den el lugar que tenía yo?». Nos vemos feo, hermanos, desde el cielo. Hay cosas que la ignorancia es atrevida, hermano, porque mire, esas luchas de poder, esas luchas intestinas de ver quién va a ser primero, se ve feo estar pidiéndole eso a aquel que se ha despojado. Versículo 6 y 7: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo». A este que se ha despojado para tomar forma de siervo le dijeron: «Señor, queremos tener uno a la derecha y otro a tu izquierda». Se ve feo, hermano.
Sí, se ve feo. La soberbia no cabe en la vida de un creyente, hermano, porque la realidad es que Cristo… ¿Cómo te vas tú con una petición de egocentrismo, de soberbia, de vanidad a la presencia de aquel que se despojó a sí mismo, que no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse? Tú aferrado a tu soberbia: se ve feo, hermano. La humildad es lo que nos toca.
La humildad de Dios antes de la encarnación
Es interesante que dice: «Este sentir que hubo también en Cristo», antes de la encarnación. Ya él tenía esto. Nuestro Dios es un Dios humilde, y cuando usted quiere salirse de eso no se parece a él. Tu Dios no es un Dios soberbio, no puede ser soberbio, no puede ser altivo.
Antes de encarnarse ya él había manifestado esta humildad, ese no devolver el golpe. Lo demostró en el jardín del Edén, cuando el hombre le deshonró, le pecó. Él tenía el poder para eliminarle en el momento: «Guau, me han ofendido». Dios fue ofendido en el jardín del Edén y no respondió en consecuencia; respondió extendiendo su misericordia. El hombre, Adán y Eva, no merecía eso. Lo que pasa es que Dios es un Dios humilde, y cuando a él se le ha ofendido, él trata de resarcir, él trata de buscar. No fue Adán el que fue donde él a decirle: «Señor, he pecado, por favor». No. Dios, ante el cual el hombre pecó, fue el que vino y le preguntó: «Adán, ¿dónde estás tú?».
Oye, qué fuerte habla esto acerca de la reconciliación, hermanos. Qué fuerte habla esto acerca de cuando alguien te ha quitado a ti un derecho. El Señor, al cual se le quitó un derecho, contra el cual se pecó… Adán no iba a venir, lo que iba a suceder es que se iba a esconder cada vez más, la serpiente lo iba a atar más; pero pronto el Señor le preguntó a Adán: «¿Dónde estás tú?». Dios ha tomado la iniciativa de reconciliarse, y esto, hermano, nos habla acerca de su humildad.
Tengo que recalcarlo, hermano: antes de encarnarse él ya era en forma de Dios. No lo vea como el nacimiento —bueno, se habla de nacimiento, hermano, pero el término correcto es la encarnación—: es el que existía, el preexistente, tomando forma de hombre. Por esa es la razón, hermanos, por la cual Jesús se refería siempre a María y no le decía «mami» ni «mamá», le decía «mujer». Y eso es raro. Él cuidó de ella y tuvo un trato hasta en la cruz, ahí está cuidando de ella. Uno ve a Cristo en eso. Pero la realidad, hermano, es que Cristo, en la adolescencia, se reunió con los maestros, leía, él manifestaba que tenía todo conocimiento.
Pero a mí, hermano, algo que me alarma, me sorprende, es imaginarme que el Creador, siendo niño, así de pequeñito, dejando que cuiden de él: «Tengo que cuidar al Creador de la vida». Hermano, ¿tú te imaginas aquel que le vio en el templo, que dijo: «Ya mis ojos han visto la consolación de Israel», cargar al Creador de la vida? ¿Cómo voy a cargar yo a Dios hecho hombre? Eso es algo que hace que cualquiera se desmaye.
Cristo soportó la niñez, la adolescencia, la primera juventud y el desarrollo normal de los hombres. Es un asunto, hermano: Dios adolescente, Dios siendo un juvenil, y después entrando hasta la consumación de esa senda. Eso duró, hermano, más de treinta años de proceso. No fue una humillación de un momento; él se humilló durante treinta años. En un momento le dijo a sus discípulos: «¿Hasta cuándo voy a tener que soportarlos?». Pero no los soportó durante un ratico, hermano. Yo me imagino a Cristo caminando hacia la cruz, y humanamente hablando, en su humanidad que compartía con nosotros, quizás él todos los días encontraba razones para no ser más humilde: «Ya yo me encarné, y ahora viene esta gente con tal cosa; ya yo tuve que soportar ser niño tanto tiempo».
Ay, Señor, perdóname, estoy poniéndole palabras, hermano; sin irreverencia a este asunto, lo estoy tratando como de destacar. O sea, usted, al mínimo dedo que te ponen: «Ay, ya, esa es la última vez, no soporto otra más». Cristo durante treinta años soportó, hermano, soportó la humanidad. No nos queda bien, no nos queda bien. Él era en forma de Dios, todopoderoso, Creador, y entró en la creación. Él era absolutamente santo y entró en un mundo caído. Él es eterno, y entró en el tiempo y el espacio. Coexistente, una Trinidad perfecta, él nunca ha estado solo; la soledad no es algo que la deidad entienda, porque la deidad se complementa en ella misma, él es coexistente.
Si usted duda de que Cristo tuvo toda esa gloria desde antes y que se había despojado, dice Juan capítulo 17: «Ahora pues, Padre», orando dice, «glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese». Hay gente que piensan como que la glorificación de Cristo es un premio al logro. No, no, hermano; es darle a él lo mismo que tuvo desde antes. No puede tener más ni menos, porque él siempre ha sido Dios.
Humildad y obediencia
Es interesante la forma antitética con que Pablo dice esto; ese parangón, ese contraste, es lo que marca toda esa parte de la Escritura. Dos frases: primero «forma de Dios», después dice «forma de siervo»; dice que él era igual a Dios, después que era semejante a los hombres. La condición de hombre, la condición de un siervo, la condición de alguien que está aquí para el servicio de Dios. Dice que se despojó, que él se humilló. Esa es la razón, hermano, por la cual nos dice a nosotros que el que quiera ser el primero, que sea el último y que sea el servidor de todos, porque él se hizo hombre para servir. Él dijo: «El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos».
La actitud de humildad, hermano, es seguir a Cristo, el despojarte de algo. Él tenía legítimo derecho de manifestar todos sus atributos y de mantenerse en su gloria eterna. Él se despojó voluntariamente, no lo despojaron. No crea que Cristo fue asesinado. Él dice: «Ustedes no me quitan mi vida, yo pongo mi vida, yo soy el que la doy». Los hombres no podíamos haber demandado a Cristo: él se ofreció. Nosotros no podíamos ni siquiera haberlo pedido: él se ofreció. Nosotros no podíamos haberlo sacrificado: él puso su vida. Los hombres no podíamos haberlo buscado: él nos buscó.
Es fuerte la soberbia, porque si él ha hecho todo esto por nosotros, ni una altivez de espíritu, ni una herida, ni una raíz de amargura, nada de eso tiene sentido. Siendo igual a Dios, menos todavía. Los testigos de Jehová dicen que Cristo no era igual a Dios; ¿y qué tal Filipenses capítulo dos, versículo 6? Ahí mismo dice que él era en forma de Dios, que era igual a Dios y que no se aferró.
Hay algo aquí en lo que tengo que detenerme, hermano: miren, la humildad está hermanada con la obediencia. Eso es algo que vamos descendiendo. Dice primero que se hizo hombre y después que se humilló a sí mismo hasta la muerte. Dice que todo esto lo hizo en obediencia. Dice el versículo 8: el primer paso fue la condición de hombre, y después, estando en la condición de hombre, todavía más abajo, dice: «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte».
Si tú eres un creyente, yo tengo que explicarte que la humildad no es algo que sale solo: es algo que sale a consecuencia de la obediencia a Cristo. «Haciéndose obediente», dice ahí, «obediente hasta la muerte». Mire, un hombre humilde, un cristiano humilde, es en esencia un creyente obediente. Un creyente que ha cultivado la humildad es un creyente que está cultivando la obediencia. Necesitamos humillarnos ante los hombres para hacer la voluntad de Dios. Gloria al Señor que en este año nos permitió cultivar casi todo el Sermón del Monte. Si usted no lo hace en obediencia al Señor, no lo hace. Consideren ustedes el Sermón del Monte y verán que lo que el Señor nos está pidiendo allí, hermanos, son cosas que si usted intentara hacerlas para los hombres no salen; hay que hacerlas primero como para Dios.
Me llamó la atención esto, hermano: que el interlocutor que tenía Cristo en la encarnación no era él, sino que era el Padre. Dice que él se hizo hombre para obedecer al Padre. Cuando él vino a encarnarse: «Recházame tú, pero yo no vine inicialmente a complacerte a ti, yo vine a complacer a mi Padre que me envió». Por eso le digo que cuando un creyente se humilla no pierde su dignidad, porque no se humilla delante de los hombres primeramente; él lo hace ante los hombres, pero a quien él tiene en mente es al Padre.
Y tú dices: «Guau, pero yo… mira, es muy indigno que ahora yo venga y toque de nuevo esa puerta cuando me han rechazado tantas veces. Ay, pero yo tengo algo de dignidad. Ese es mi punto de vista, es mi derecho; yo soy también un ser humano, yo también tengo derecho». Sí, es verdad. En Cristo dice que él se hizo obediente hasta la muerte. Necesitamos humillarnos ante los hombres para hacer la voluntad de Dios. Y para ser humildes tenemos que tener a Dios como nuestro objetivo. Cuando nos enfocamos en Dios, él es glorificado, no nosotros ni aquellos a quienes nosotros servimos. Tú tienes que tomar la iniciativa para humillarte ante alguien, y tú primero piensas que te estás humillando delante de Dios, aunque toque hacerlo con fulano, aunque toque hacerlo con sutano; no es el instrumento.
Dios glorificado, no nosotros
No eras tú el que estaba siendo glorificado en la encarnación: era el Padre que se estaba glorificando. No eras tú el que estaba siendo glorificado en tu salvación: era Dios que se estaba glorificando. Cuando él se humilló para que tú seas salvo, él no te estaba sirviendo a ti primeramente: estaba sirviéndose a sí mismo. Sorprendente, hermano: Dios se deleita en sí mismo. Dice Juan capítulo 17, versículo 4: «Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese». Padre santo, porque Cristo no era un humanista: Cristo era un adorador del Padre.
Al hacerse hombre, él no lo estaba haciendo primariamente para el beneficio de nosotros: estaba glorificando a su Padre celestial. Por eso soportó el insulto, por eso soportó la cruz, por eso le escupieron y él no escupió. Por eso le dieron el latigazo y él no pidió ángeles que vinieran a cortarle la mano a los que le estaban dando el latigazo. Por eso fue humillado hasta la muerte y soportó la humillación hasta la muerte: porque no estaba haciendo una humillación ante los hombres, se estaba humillando ante su Dios, ante su Padre.
Cuando un creyente se humilla, cuando un creyente depone su derecho, cuando un creyente depone su propio interés, cuando sin estar obligado a hacerlo renuncia voluntariamente a sus legítimos derechos, sin contienda ni vanidad, y toma la iniciativa en beneficio de quienes son iguales o inferiores a él, no lo hace por quienes son iguales o inferiores a él: lo hace sobre todo porque esto glorifica a su Padre celestial. Por eso un creyente no pierde su dignidad cuando se humilla ante los hombres. Tú eres digno aunque los hombres no te lo reconozcan. Tú te puedes humillar, y en eso tú no dejas de ser un ser humano; en esto te conviertes en un adorador de tu Dios y sigues a Cristo en humildad, cuando lo haces voluntariamente, cuando lo haces sin contienda.
La expectativa correcta: exaltación de Dios
Y en esto, hermano, tenemos la expectativa de ser reconocidos no por los hombres, sino por Dios. En primer lugar he tratado de darle un concepto claro acerca de lo que es ser humilde: que no es ser pobre, no es ser poca cosa, no es negarte humanamente, que es simplemente renunciar voluntariamente, sin mucha contienda, sin mucha vanagloria, para la gloria de Dios, a lo que te correspondía: tú lo puedes deponer. En segundo lugar les he mostrado la más fuerte razón para cultivar esta virtud, que es la encarnación de Cristo: si él se encarnó, si él dio ejemplo, el ejemplo está dado.
Ahora déjeme mostrarle cuál es la expectativa correcta al hacerlo. La gente me dice: «Guau, mira, he sido motivado a tomar esta decisión que yo sé que me va a requerir un desprendimiento de mi derecho, de mi razón, de mi punto de vista; me va a hacer vulnerable ante los hombres, porque voy a tener que ir yo a tocar una puerta, voy a tener que buscar yo la iniciativa, voy a tener que hacerlo cuando los hombres no quieran recibirlo, voy a tomar la iniciativa. Y cuando lo haga me van a recompensar, ¿verdad? Van a actuar en consecuencia, van a proceder. Lo que hace falta es que alguien tome la iniciativa, y cuando yo tome la iniciativa entonces la otra persona va a entrar en razón y nos pondremos de acuerdo».
No. Todavía la humanidad, hermano, sigue en su despropósito a pesar del hecho dramático de que Dios se hizo hombre; la mayoría de los hombres todavía siguen enemistados contra él, todavía siguen entendiendo que él es lo que no es y no terminan de entender lo que él es verdaderamente. La realidad, hermano, es que cuando usted lo haga, usted no lo hace tratando primariamente de que se solucione el conflicto. Usted lo hace primariamente para que el nombre de Dios sea glorificado.
La salvación que Cristo obtuvo no va a salvar a todos los hombres; pero en la condenación de aquellos que no lo recibieron, el nombre del Padre celestial será glorificado. Dios será llamado sabio. Lo sorprendente de la salvación: la gente dice: «Guau, pero Cristo vino y murió, y la verdad es que la gente no se ha salvado y no le han hecho caso todavía; esas personas no van a terminar glorificándolo». Me gusta cómo termina:
Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
— Filipenses 2:10-11
En el sacrificio de Cristo, hermano, no hay necesariamente una correspondencia de los hombres, pero habrá necesariamente gloria para Dios Padre. Cristo murió e hizo esta preciosa obra de salvación, y hasta en la condenación de aquellos, Dios será llamado sabio en su justo juicio. En la mayoría de los casos, cuando un creyente depone su legítimo interés, no es correspondido; el impío seguirá en su perdición. Y tú dirás: «Guau, pero mira, yo me morí a mí mismo para ir y tocar esa puerta, y cuando toqué la puerta me la abrieron un chin, me trajeron el rostro». Pero el Padre celestial ha sido glorificado, porque te comportaste como se comportó Cristo.
La sabiduría que hay en esto, hermano, es que aunque los hombres no te correspondan, esa humillación valió la pena. Aunque los hombres no respondan a esa iniciativa, valió la pena; aunque el caso no se resolviera, el intento de resolverlo para la gloria del Señor ya glorificó al Señor. Y tú dices: «Pero mira, no cambió». La realidad es que sí cambió una realidad: Dios fue glorificado. La otra persona no cambió, pero hubo un cambio en el creyente. La humildad, hermano, funciona no porque necesariamente ante los hombres alcance su debido propósito. La humildad funciona porque Dios recibe esto como ofrenda fragante, como algo de olor grato: «Se comportó como me comporté yo, él lo hizo como lo hice yo».
Ser exaltado por Dios, hermano. Usted me dice: «Guau, qué llamado este, me dice que seamos humildes». Casi siempre en los conflictos la gente ni siquiera intenta solucionar el conflicto, porque entiende que el conflicto no será solucionado: «Vamos ni siquiera a intentarlo, porque eso ya no tiene salida». Hay una solución todavía. Quizás humanamente no se solucione, pero puede ser utilizado ese conflicto para hacer que tú mueras más, que te despegues menos del suelo y que Dios sea más glorificado. Dice: «Guau, pastor, pero el negocio como quiera no se concretó. El asunto como quiera se quedó en un punto muerto. Al final no hubo reconciliación, al final no hubo ni siquiera perdón como tal». No, quizá no. Pero hay dos cosas que están garantizadas cuando tú eres humilde: lo primero garantizado es que eso ayudó a que tú te despegaras menos del suelo, que es ser humilde —recuerde, no te levantes demasiado—, y lo segundo, que tu Padre celestial fue glorificado.
Oración final y llamado
Oro por la iglesia local, para que en esta Navidad, recordando la natividad, pueda despegarse menos del suelo, pueda humillarse todavía un poco más, para que pueda seguir a Cristo; y que si acaso esto no nos da resultado delante de los hombres, que sepa que hay un resultado garantizado delante del Señor: que sea Dios glorificado por medio de la humildad con que se corresponden sus hijos.
Gracias, Señor, porque te hiciste hombre. No alcanza nuestra mente finita a dimensionar, Señor, lo que tuvo que suponer este despojo, este dejar tu gloria, tu eterna habitación en gloria, tu trono: «Dejaste tu trono, tu corona por mí, por salvar a este vil pecador». Todavía, Señor, nosotros tenemos que decir gloria en esto, asumiendo que todavía quizá nuestra mente no alcanza a dimensionar lo que es esto: más de treinta años entre nosotros, soportar esa encarnación durante más de treinta años.
Te quiero encomendar a aquellos de mis hermanos que tienen una semana soportando, quizá solamente días soportando una vejación, una desconsideración, un derecho no reconocido. Si acaso tienen que soportarlo durante diez más, Señor, que piensen que no han llegado a los treinta que lo soportaste tú. Gracias, Padre, por enseñarnos este largo obedecer en la misma dirección, que termina dando gloria al Padre aunque los hombres no lo reciban. Te pido por mis hermanos, para que resuelvan hoy manifestar actos de benevolencia a favor de sus enemigos, a favor de quienes les maltratan; a no despegarse, a no levantarse.
Mira este viejo hombre, Señor, que se levanta en un conflicto; mire este viejo hombre que quiere reclamar derechos; mire este viejo hombre, Señor, viciado por el pecado, que entiende que la soberbia es el camino. Te pido, Padre, que tu encarnación tenga ese efecto en nosotros, y es hacernos poco, hacernos menos; entender, Señor, que si tú te humillaste hasta lo sumo, más abajo tenemos que humillarnos nosotros, y entender al mismo tiempo que cuando lo hacemos el Padre es glorificado. Te pido, Señor, cómo no pedirte que quieras tú que las iniciativas benevolentes de humildad de mis hermanos, de dejar la contienda y la vanagloria, sean correspondidas, así como anhelamos, Señor, que tu sacrificio no solamente sea proclamado.
Te pedimos, Señor, que las iniciativas de paz, de reconciliación, de mantener el vínculo del amor, el vínculo de la paz, de mis hermanos, sean correspondidas; pero si no, Señor, llénalos de esperanza. Enséñales que no es un fracaso haber buscado la reconciliación sin conseguirla; enséñales que no es un fracaso, Señor, volver la otra mejilla. Enséñales, Señor, que cuando menguaron para que tú te levantaras, ya ganaron, que tu gloria ha sido manifestada, Señor, que tu nombre ha sido celebrado. Haz de nuestra iglesia una iglesia humilde.
Mantén tus ojos cerrados, hermano. Decía que hay personas que todavía no tienen a Cristo. Hermano, si tú crees que eres un creyente bautizado, ayúdame a interceder. Si aquí hay alguien que todavía no tiene a Cristo, si aquí hay alguien que todavía no se sabe cristiano, dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo. Si hay alguien aquí que ha visto esta dramática manifestación del carácter de Dios, de un Dios humilde que ha venido a tomar la iniciativa para reconciliarnos con él mismo… Dios se glorificará con tu salvación o con tu perdición, pero queremos tu salvación. El nombre del Señor será levantado en su justo juicio al final de los tiempos, tú le recibas o lo rechaces; pero queremos que le recibas. Con el simple hecho de que hoy a ti se te predicara, aunque tú lo rechazaras, ya Dios ha mostrado su gloria, ya ha sido glorificado, porque sale a buscar al pecador. Pero queremos que el pecador al cual Dios salió a buscar sea un pecador que se ha encontrado.
Dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo. Quizá hoy aquí hay personas que ya han creído y necesitan resolver bautizarse. Alguien me preguntará: «¿Cuándo es el momento para bautizarse?». En el momento en que el Señor te enseñe que eres un pecador y que necesitas la misericordia suya, cuando tengas la conciencia necesaria para reconocer eso: que te has vendido a la maldad, que no serás bueno por tus propios medios.
Si aquí hay alguien que ha de aceptar a Cristo en su corazón, aceptar a Cristo es eso: por fe poner en él tu confianza, reconocer que él es quien dijo que era. Dice la Escritura: «Aquel que creyere y fuere bautizado será salvo». Arrepentirse es dejar tu anterior entendimiento para tomar un entendimiento nuevo, resolver —aunque no tengas la fuerza ahora mismo— actuar de una manera diferente con la ayuda suya. «Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, para que vengan del Señor tiempos de refrigerio».
Si tú nunca has orado confesando tu pecado delante del Señor, puedo decirte cómo eso se hace. Confesar un pecado es admitir ante el Señor en oración que eres un pecador. Tú dices: «Señor, reconozco que soy un pecador; reconozco que si tú tuviste que encarnarte porque yo he pecado, es un asunto muy grave, y solamente tú podías cubrirlo. Te acepto hoy como mi Salvador». Dile al Señor: «Perdona mis pecados». Dile con tus palabras: «Acéptame como tu hijo». A los que le recibieron, a los que creyeron en su nombre, les ha dado potestad de ser hechos hijos suyos. Dile: «Acéptame como tu hijo, quiero ser parte de tu iglesia, de tu familia espiritual».
Y te pido ahí en oración que le pidas al Señor que te dé la fuerza para inscribirte en nuestro taller de membresía, que es algo con lo que acompañamos a las personas a las aguas del bautismo. Que quiera el Señor darnos esa gran victoria, y es verte salir de las aguas, donde los creyentes dramáticamente siguen a Cristo en su humillación. «En las aguas humillantes hoy confieso yo mi fe: Jesucristo me ha salvado, bien su amor me gozaré». Son las aguas del bautismo, mi señal de salvación.
Gloria al Señor por aquellos que han podido seguirle a él en su humildad, en su reconocimiento; los que no han sido soberbios, sino que han reconocido que necesitan de él. Oro por toda la iglesia. Encomiendo, Señor, la iglesia que me has permitido por tu misericordia pastorear. Líbranos, líbrame a mí, Señor; mira cómo he sentido el aguijón, Señor, esta semana donde tu palabra. Te pido que mis hermanos también lo sientan. Permíteles, Señor, que por un momento puedan verse como tú les ves en su soberbia, que por un momento puedan verse como los ves tú en su altivez.
Y que cuando se vean ellos mismos, Señor, recuerden que tú te encarnaste, y que esto, Señor, les mueva a tomar iniciativas de reconciliación, de perdón, de sacrificio, de dejar sus puntos de vista, sus razones, para que la razón que prevalezca sea la tuya. Que tú seas glorificado por medio, Señor, de nuestro recogimiento. Haznos humildes, mantennos humildes, mantennos como Cristo. Todo esto te lo pedimos para la gloria tuya, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.