Estamos por leer Mateo capítulo 7, los versículos 13 y 14. Es la última parte del sermón del monte. Les recuerdo que ya el Señor había dado gran parte de las lecciones que tenía y en este momento él sigue enseñando, pero con el propósito de concluir, ya está cerrando la enseñanza. Dice así la palabra del Señor:
Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
— Mateo 7:13-14
En este punto ya el Señor ha cubierto la enseñanza principal del sermón del monte y pasa inmediatamente a confrontar a sus oyentes con un llamado. Después de explicar detalladamente en qué consiste el reino de los cielos, les presenta dos puertas y dos caminos: la puerta y el camino estrecho, que es vivir a la luz de lo propuesto, o la puerta y el camino ancho, que es seguir con sus vidas como lo habían hecho hasta ahora. Evidentemente el Señor no había estado lanzando ideas al viento. Su intención es mover a sus oyentes de una forma de vida a la otra y ahora les invita a tomar una decisión.
Hoy veremos las implicaciones de entrar por la puerta estrecha y el camino angosto, que es el camino de vivir a la luz de este llamado. Estaremos viendo una decisión trascendental. Me gustaría, hermanos, mostrarles que nuestro Señor Jesucristo no enseñaba sin propósito. Cuando estaba enseñando no lo hacía como los filósofos de su tiempo, solamente para llamar la atención. La enseñanza de nuestro Maestro perseguía un propósito intencional. No se trataba solamente de impresionar a un auditorio con su sabiduría; se trataba de mover una audiencia de un lugar al otro. En la enseñanza del Maestro se percibe cierta intencionalidad.
Estamos ya al final del sermón del monte y me gustaría considerar con ustedes el lugar que ocupan estos dos versículos en el sermón completo. Ya el grueso de la enseñanza ha sido dado.
La predicación busca decisiones, no aplausos
El Señor no iba a quedarse aquí enseñando para siempre. En este momento está presto a descender. Y antes de descender del monte, entonces confronta a sus discípulos y a las personas que pudieron estarle escuchando con que tienen que tomar una decisión. Y esto a mí me parece muy apropiado para el momento de nuestra iglesia, porque en este año ya estamos cerrando un largo programa de enseñanzas. Son muchos los sermones que se han predicado en nuestra iglesia local desde este púlpito. La pregunta es la siguiente, hermano: ¿cuál es la resolución que has tomado? ¿Qué harás con lo que has recibido? Tú eres un discípulo de Cristo, tú no eres un filósofo. Tu meta no es acaparar conocimiento para poner tu mente cada vez más grande. Tu meta es parecerte a Cristo.
El propósito de la predicación cristiana no es deslumbrar, no es lanzar cohetes o fuegos artificiales. El propósito de la predicación cristiana es mover el corazón de los hombres. Ya que Cristo está cerrando el sermón del monte, ahora entonces pasa a confrontar, y está confrontando con una decisión. Él dice que debemos tomar un camino o el otro camino. Hermano, estamos cerrando el sermón del monte y creo que hemos tenido la oportunidad de considerar las alturas del pensamiento del Señor, y me gustaría en esto traerles una carga solemne: el propósito del sermón del monte no es solamente emocionarte. El Señor no está predicando para obtener aplausos.
Está predicando para mover corazones, para buscar decisiones. Y digo esto, hermano: predicar sin confrontar es perder el tiempo. La realidad es que quien ocupa un púlpito cristiano y viene aquí solamente con el propósito de transmitir información, no debería ocupar el púlpito cristiano. Lo que venimos a hacer aquí, hermanos, no es a llenar nuestra mente de ideas. Venimos aquí a entender cuál es el camino con la intención de tomar una decisión a favor de un camino. Tristemente, dice asimismo Pablo a Timoteo que hay algunos que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad. Hermano que estás aquí, después de tanta consideración del consejo de Dios en este año, te pregunto: ¿cuáles son tus resoluciones?
La iglesia se santifica tomando decisiones
¿Cuáles son tus decisiones? ¿Qué es lo que vas a hacer con esto que has estado recibiendo? La realidad, hermano, es que cuando se predica la palabra del Señor no se predica para lanzar golpes al viento. Quiero cargar a los maestros de escuela bíblica de esta iglesia: maestro de escuela bíblica, si te estás preparando para enseñar solamente con la intención de volcar un conjunto de conocimientos en la mente de tus estudiantes, estás perdiendo el tiempo. Un maestro de escuela bíblica se prepara para buscar decisiones. Un predicador se prepara para mover corazones. Mi meta no es llamar la atención hacia mí, porque no tengo nada que darle. Mi meta no es ni siquiera llamar la atención hacia Cristo como un asunto final. Mi meta es llamar la atención hacia Cristo con la intención de que esta iglesia tome resoluciones.
Escuchar sermones sin tomar resoluciones es un proyecto vano. El sermón del monte no es solamente para que dijéramos qué sabio es Cristo. El sermón del monte es para que tomemos un camino. Por eso, cada vez que se predica la Escritura, hermano, hay una confrontación. Se confronta la sabiduría de Dios contra la sabiduría del hombre. Cada vez que vienes aquí vienes con tu propia sabiduría y te mostramos la sabiduría de Dios, pero no es con el propósito de que la veas solamente; es con el propósito de que dejes tu sabiduría de hombre y asumas el pensamiento de Dios. Dependemos los predicadores del Señor, le pedimos la ayuda al Espíritu Santo para que cada vez que su palabra es predicada, los hombres tomen una resolución y digan: yo antes pensaba así, pero ya yo no pienso de esa manera, porque ya yo entiendo cuál es el pensamiento de Dios, y el pensamiento de Dios es más alto que mi propio pensamiento.
Hay una confrontación. Es el poder de la luz contra el poder de las tinieblas, son los valores del mundo contra los valores del reino. Hermano, la pregunta que te hago como tu pastor es la siguiente: ¿en qué sentido lo que se ha predicado en nuestra iglesia en este año te ha ayudado a ti para hacerte más a Cristo? No es cuántos sermones recuerdas. La pregunta es: ¿has tomado un camino o has tomado el otro? ¿Ha sido puesto un estrés, un punto tal que has tenido que tomar una resolución? La iglesia cristiana no se santifica escuchando sermones, la iglesia cristiana se santifica tomando decisiones. No va a marcar ninguna diferencia en tu vida escuchar el sermón del monte; lo que va a marcar una diferencia en tu vida es tomar un camino o el otro al final del sermón del monte.
La pasividad de quien espera santificarse por ósmosis
El Señor está diciendo que en este momento han escuchado las bienaventuranzas, han escuchado las implicaciones de la ley, han escuchado las perspectivas del reino con relación a las relaciones interpersonales. ¿Qué piensan hacer al respecto? Van a tomar un camino o van a tomar otro, van a entrar por la puerta o no van a entrar. Hermanos que están aquí presentes: tú no vas a alcanzar la santidad a menos que tomes decisiones, resoluciones. Un creyente, cuando escucha un sermón, está presto a esperar el momento donde él decidirá una cosa o decidirá la otra. Tenemos que llevar cada pensamiento cautivo a Cristo. Esa es la meta de la predicación. Hay actitudes que son totalmente incorrectas al exponerse a un mensaje cristiano, y la que encuentro más peligrosa de todas es esa total pasividad que tienen algunos, esperando que va a llegar el momento en que su vida se va a parecer a la vida de Cristo sin tomar ninguna decisión.
Son aquellos que consideran que con venir a la iglesia del Señor y sentarse y exponerse a que un pastor le enseñe la Escritura, su vida así como por ósmosis va a ser santificada. Usted se santificará tomando resoluciones, tomando un camino o tomando el otro. Y si en este año no ha tomado decisiones, ha estado perdiendo el tiempo. El Señor no solamente quiere iluminar; el Señor quiere iluminar con el propósito de que eventualmente podamos encontrar una puerta, encontrar un camino. Y si no tomas una decisión, estás perdiendo el tiempo. Me dirás cuántos sermones se han predicado. La pregunta no es esa, es cuántas decisiones se han tomado. Me dirás: guau, ahora yo entiendo mejor las Escrituras. La pregunta no es esa, es qué harás con tu nuevo entendimiento de las Escrituras.
Hay una sabiduría que alcanza para salvación y esa sabiduría no es la sabiduría de los griegos. Es una sabiduría que nos lleva a tomar decisiones a favor de nuestra alma. Tú estás aquí con la intención de tomar una decisión; esto no es un museo. Usted no viene aquí a deslumbrarse y a ver la Escritura como si fuera teoría. Usted viene aquí a buscar el consejo de Dios para actuar de acuerdo al consejo de Dios. Esa total pasividad, eso de estar esperando que un día como que todo solo va a aprovechar de repente: mira, yo no sé para qué me va a servir, pero ese sermón que yo escuché en el 2013, yo espero que algún día en el 2018 haga en mi alma algún efecto. No funciona así. Hace el efecto cuando tomas una decisión en consecuencia. Por eso yo siento, hermano, que hay gente tan sobrepredicada.
El sibaritismo de disfrutar el sermón sin decidir
Se ha predicado, se ha predicado, se ha predicado, y te pregunto: dime por lo menos alguna decisión que has tomado a favor de tu alma en este año. «No, pero yo escuché tal, y yo fui a tal conferencia, y yo tuve el otro». No es eso. «Yo leí tal libro». No es eso. ¿Qué decisión trascendental tomaste, un camino o el otro camino? Peligrosa esa total pasividad.
Hay otro más: es como un sibaritismo, como de venir aquí a deleitarse. Hay personas que llegan a tener un disfrute muy intenso de la predicación cristiana, pero es un disfrute emocional e intelectual. Son aquellos que dicen: guau, mira, el sermón del domingo tenía estructura, tenía cadencia, fue un sermón bien ilustrado, correcto uso de la voz, qué profundidad. Se parecen a aquellos que van a un recital al Teatro Nacional y cuando salen dicen: majestuoso, sublime, alcanzó excelencia en notas altas, la sostuvo. Y yo le pregunto: ¿qué usted va a hacer con eso? «No, si lo repiten yo vuelvo». Bueno, esto no es teatro. Nosotros no venimos a deslumbrarte para que tú tomes la cadencia del sermón y digas: guau, qué alto llegó, mira ese predicador, ese sí lo logró. Eso es carnalidad. La pregunta es qué usted hizo con lo que usted recibió. «No, lo disfruté intensamente, yo quisiera que lo grabaran». La pregunta, hermano, es: ¿decidiste? ¿Movió esto tu corazón? ¿Dejaste algo atrás? ¿Tomaste algo que no tenías?
Si después del sermón del monte no hay un camino o el otro, has perdido todo el sermón del monte. Hay otros que quieren decidir, pero eventualmente. Son aquellos que dicen: yo estoy escuchándolo todo, yo no he tomado nada todavía, yo tengo mi alma igual, yo no me he movido, pero ya me va haciendo sentido, yo voy a esperar que después voy a tomar todas las decisiones juntas. Miren, uno no se santifica de repente, de golpe, por raso; uno se santifica progresivamente, y el que está esperando juntar diez sermones, una serie completa, para tomar la decisión, no la va a tomar nunca. Es común que uno va a una tienda a comprar ropa, a diferentes departamentos, y se mide una prenda y vuelve y la pone, se mide otra. ¿Usted contrasta? Al final usted se queda con más ropa bajo el brazo y usted dice: si yo encuentro otra antes de salir, bien, pero si no, esta prenda se va conmigo para la caja.
Vestirse de Cristo cada día
El que se mira y se mira, se mide y no se lleva nada, no se viste. Usted se tiene que vestir de Cristo poniéndose una prenda nueva de Cristo todos los días. Uno viene a la iglesia de Cristo y debe decir: guau, esa camisa me sirve, pónganmela a mí y no me la quiten. Esa persona que va a la tienda y compra los zapatos se los lleva puestos. Uno viene a la casa del Señor a llevarse puestas decisiones de santidad. Uno viene a la casa del Señor, no a medirse, diciendo: no, yo no sé si yo pueda, como que yo estoy mirando. Usted vino aquí a tomar decisiones por su alma.
Y quien junta quince sermones al final no sabe qué decidirá; quien junta quince exposiciones de la sabiduría de Dios, al final no tomará ninguna. Por eso, después de cada confrontación entre tu mente y la mente de Cristo, hay un camino que se debe tomar. Les he estado diciendo el lugar que ocupan estos versículos en el sermón del monte: es que Cristo no va a perder su tiempo. Cristo no va a golpear el aire, Cristo no va solamente a lanzar ideas. Cristo no es un filósofo, Cristo es el Maestro, él es el Señor, y el Señor te está diciendo: hay un camino ancho y hay un camino angosto. ¿Cuál de los dos?
Antes de que se vaya nadie: ¿cuál de los dos caminos? ¿Quién se inscribe? Por eso quiero decirle como pastor, hermano, que usted tiene todos los domingos que venir aquí con la intención de tomar decisiones, no solamente de adquirir ideas, no solamente de adquirir conocimiento, no solamente de deslumbrarse. Hay una carnalidad en eso, hermano, y se hace un daño a usted y le hace un daño al predicador, porque tarde o temprano un hombre va a coger el gusto de deslumbrarte. Pero un predicador cristiano es un hombre que tiene una responsabilidad ante el Señor, no solamente de informar las almas, sino de convertir las almas. La información no salva; lo que salva es la conversión.
El maestro se prepara para confrontar
Tú puedes llegar al cielo y decir: Señor, yo conozco la Biblia de tapa a tapa, yo tengo la mente llena. No es la mente llena. Tú no serás salvado porque seas muy inteligente; tú serás salvado porque te convertiste a Cristo humildemente. Por eso, hermano, cuando no hay confrontación, hemos perdido el tiempo. Y cargo con esto a mis maestros de escuela bíblica que me acompañan en el ministerio de enseñanza: hermano, prepárese durante la semana para confrontar a sus estudiantes. No venga aquí solamente a enseñar lecciones. No venga aquí solamente a dar cátedra; venga aquí a buscar decisiones. Y cuando tenga un tema en la mano, entienda que eso es una piedra, y pídale al Señor que eso sea poder de Dios.
Y diga a sus estudiantes qué es lo que vamos a resolver. ¿De qué manera esta lección nos está llevando a parecernos a Cristo? ¿Cuál es la decisión que hay que tomar? Hermano, pregúntate tú mismo. Un creyente debe hacer la práctica de por lo menos semanalmente, mensualmente, pasar balance y decir: ¿cuáles han sido mis decisiones de santidad este año? ¿De qué me aparté? ¿A qué me acerqué? ¿En qué me parezco más a Cristo? No es cuánto conozco, sino cuánto he resuelto. En primer lugar, hermano, quiero cargarte acerca de esto: si el Señor no perdió el tiempo predicando por predicar, tampoco pretendo yo, si me lo permite mi Señor, perder el tiempo dedicando en esta iglesia décadas de enseñanza solamente para hacer que esta gente sepa más de Dios.
Queremos una iglesia que se parezca a Cristo. Queremos una iglesia que tenga el corazón de Cristo. Queremos una iglesia que sienta como Cristo, que decida como Cristo. Por eso cada domingo debe ser una oportunidad para la santidad. Mira qué carnalidad hay: hay algunos que hasta les gustan los predicadores que les sobresaltan y dicen: guau, tiraron duro, dieron duro. No, eso es carnal. «No, ese predicador sí, ese sí habló duro». No es que habló duro. A veces habló de manera sencilla, pero de manera sencilla te dijo: hermano amigo, debes tomar una decisión. No es solamente sobrecoger corazones y acercarse a que se batan.
Entrad: un imperativo, no una deriva
Queremos que los corazones permanentemente se pongan en el lugar que Cristo quiere que esté cada corazón. Por eso, en esta lucha, hermano, yo tengo que decir que esto no va a salir empate. Uno no viene aquí para decir: vine aquí, salió empate. Hermano, no, no se vaya empate de la casa del Señor. Pierda o gane para la gloria del Señor. Y ganando se pierde, y perdiendo se gana. Gloria al Señor por su exhortación al final del sermón del monte, que no lo dejó como al descuido, sino que puso el dedo ahí: ¿qué es lo que van a hacer? ¿Están mirando, están solamente escuchando, o van a tomar un camino, van a tomar el otro? «Entrad por la puerta estrecha», le está diciendo el Señor.
Me muevo un poco, hermano, y permítanme considerar esa palabra. Le está diciendo «entrad». Es un imperativo. Miren, en la vida cristiana la gente no entra como por descuido. No diga: es que yo estaba aquí y ya yo soy parte. No, usted en algún momento debe demostrar intencionalidad. Sospecho que hay gente que está jugando ese jueguito de venir a la iglesia y como tal pasito, como que me voy integrando, y va a llegar un momento en que ya yo estoy aquí y ya yo soy parte. Tú no eres parte hasta que intencionalmente entras. Llega un momento en que una persona llega a ser parte del pueblo del Señor, y algunos empiezan así como por costumbre: yo nunca me convertí, yo nunca decidí nada, sino que a mí me trajeron para acá desde mi juventud y aquí yo estoy siempre, yo soy un cristiano. No.
¿Usted entra o se queda afuera? Usted tiene que abandonar un camino y entrar a otro camino. Es un imperativo, y el imperativo es entrar. Miren, en la evangelización se debe percibir esa intencionalidad. Todo el que comparte el evangelio quiere buscar una decisión. Y en esto yo le diré, hermano, tenemos mucho que aprender del movimiento pentecostal, porque son confrontacionales. Y se mueven por las calles buscando decisiones: venga, Cristo resuelve, haga algo hoy por tu alma, no te quedes ahí en esa pasividad. Si tienes meses viniendo a la iglesia del Señor y todavía no tomas una decisión, la decisión que hay que tomar es esa: entrad. Termina de moverte.
Nadie llega a la puerta por casualidad
Hay gente que yo a veces pienso que están esperando como que el molote se los lleve al reino, como que los entren. «Yo estoy aquí parado y todo el mundo quiere entrar, como que me…». No, usted va a entrar por sus propios pies. Me llamó la atención esto de la Escritura, que en Segunda de Corintios capítulo 5, versículo 20, dice la Escritura que somos embajadores, como si Dios rogase por medio de nosotros: reconciliaos con Dios. Es intencionalidad. La gente la debe percibir en nuestra iglesia local. Cuando aquí vienen las personas que no tienen a Cristo, deben entender que nosotros hemos orado por sus almas y queremos y esperamos su conversión, que en esta iglesia no dejamos eso al descuido de que ellos van a venir poco a poco. Hermano, cuando una persona venga a nuestra iglesia y no se ha confrontado para que entre, hemos perdido como iglesia el tiempo, una oportunidad de salvación.
No dejemos eso para después. «Entrad», dice el Señor. Esto da a entender que al hombre el Señor le da cierta capacidad para entrar, pero al mismo tiempo tiene una incapacidad para encontrar la puerta. En esto yo tengo que ver la evangelización, hermanos, como dos fuerzas: el Señor está enseñando una puerta y está diciendo «entrad», que te estoy enseñando la puerta. ¿Usted cree que el Señor no está enseñando la puerta en el sermón del monte? O sea, está enseñando, pero no se conforma con enseñar la puerta; él también le dice: entren, entren. Hay gente que es maravillosa enseñando puertas, pero invita a entrar con tanta pasividad, como que no, si tú quieres tú entras, pero tú no tienes que entrar hoy. Entre hoy, hoy entre.
Esa pasividad como de que no, miren, ahí está la puerta, el que quiera; yo voy a cerrar los ojos, el que quiera entrar que entre. No, no, no. Tú que estás aquí, que estás del otro lado, yo te estoy diciendo: entra, entra. Hay cierta intencionalidad en la evangelización y se debe percibir. Y cuando estés colocado frente a la puerta, entre, porque esta puerta no todo el mundo la encuentra. Si estás puesto frente a la puerta es porque el Señor te ha ayudado. La gente a veces no sabe, hermano; alguien se encuentra en medio de un culto en una iglesia local y piensa que eso es natural. Solamente el Señor sabe las fuerzas que ha estado moviendo para que usted se encuentre en medio de un culto cristiano el día de hoy.
El Señor te trajo con cuerdas de amor
Es verdad que el Señor atrae gente. Aquí hay personas hoy que quizá todavía no tienen la convicción de que la sangre de Cristo ha sido a favor de ellos y entienden que es algo normal. Usted no sabe si mañana va a estar aquí, usted no sabe si mañana va a haber otra oportunidad. Entre hoy. La Escritura dice que el Señor nos atrae hacia él, nos atrae con cuerdas de amor. Son cuerdas tan delicadas que a veces uno no las siente, pero si usted está hoy siendo predicado con el evangelio, no es algo casual, es providencial. El Señor te ha traído a la puerta con cuerdas de amor y te dice: entra. Por eso dice Hebreos capítulo 3:
Entre tanto que se dice: si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.
— Hebreos 3:15
Y desde Juan capítulo 6 el Señor mismo dice: «Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera». Y dice Apocalipsis:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20
Usted no pudo traerse a Cristo a la puerta, eso lo determinó él, pero puedes abrir la puerta o puedes cerrar los oídos y cerrar los ojos. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Amigo que estás aquí hoy, persona que todavía no te entiendes parte del pueblo del Señor: «entrad», dice el Señor. Dice Deuteronomio capítulo 30, versículo 15: «Mira, yo he puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal». El Señor no te está desalentando, te está advirtiendo. Él quiere que entres, pero que entres con esa conciencia, no que entres por casualidad, no de que ya yo estaba aquí, me acostumbré. El Señor quiere que tú entres y que recuerdes que entraste. Por eso todo creyente en algún momento de su trajinar cristiano debe recordar el momento en que él entró, que cruzó una puerta, que pasó al frente, que escribió su nombre, que fue bautizado. No: «yo soy cristiano, pero yo tengo tanto tiempo aquí». No, eso no es un cristiano. Un cristiano entra y sabe que entró.
Una invitación poco atractiva
Si el Señor fuera mercadólogo, y no lo es, yo le diría: Señor, lo estás haciendo mal. Así nos invita. Oye, hermano, qué invitación tan poco atractiva esta es. El Señor está invitando a las personas a entrar, pero no las está invitando a que entren porque del otro lado hay una fiesta, del otro lado hay un cumpleaños. Les dice: entrad por una puerta que es estrecha, que les conduce a un camino que es angosto. Qué poco atractiva aparece la invitación de Cristo. Uno diría carnalmente: esto es poco atractivo, Señor, vamos a ponerle unas cuantas luces, vamos a darle más vistosidad para que más gente entre. «Entrad por una puerta que es angosta, que lleva a un camino que es estrecho».
¿Y para qué? Porque así se llega a la vida. Carnalmente, si esto fuera mercadeo, yo le decía: Señor, así no se vende, esa no es manera de promocionar el producto, así no se mueve el inventario, vamos a quebrar, Señor, invitando de esa manera. Vamos a poner una fiesta del otro lado, vamos a poner bocinas, que entren, que aquí está bueno. «Entrad por una puerta que es estrecha, que lleva a un camino que es angosto». O sea que después, cuando han cruzado la puerta, la cosa no mejora. Yo esperaría que él me dijera: entren por la puerta, qué estrechita, pero después que tú entras por ahí, todo el camino como que se expande.
El Señor dice: la puerta estrecha, el camino también. La realidad, hermanos, es que en la evangelización lo que uno está promoviendo aquí no es carnalidad, no son deleites temporales. La evangelización, hermanos, es algo muy poco atractivo para el hombre natural. Miren, la majestuosidad de una ciudad del mundo antiguo dependía del tamaño de su puerta. Y hay toda una bibliografía de grandes puertas de la antigüedad, porque usted sabía la dimensión de una ciudad por su puerta. Por ejemplo, si la puerta de la ciudad era estrecha, no había mucho comercio, porque no entraban muchas cosas; pero si la puerta era una puerta impresionante, una puerta espaciosa, usted decía: ¿a qué ciudad estamos entrando?
Cristo sin atractivo para el hombre natural
Pero cuando uno entra a la ciudad de Dios, esto no impresiona. Esto es una puertecita chiquita. Uno dice: ¿qué será, qué ciudad es esa? ¿Ahí es que me están invitando a mí a que entre? Sí, así era que el Señor invitaba: entrad por la puerta estrecha, que conduce a un camino angosto. Contrasten esto con las técnicas de evangelismo contemporáneas. Comparen esto con lo que muchos venden como si fuera el evangelio. Hacen una falsa promesa, dan falsas seguridades. La promesa es: cuando venga Cristo todo se resolverá. Camino angosto. Hermano, la realidad es que la evangelización es locura para los que se pierden. Ni siquiera Cristo es atractivo; el único Cristo atractivo que el hombre va a poder conocer es el propio Cristo que él ha creado con su mente carnal. Pero del Cristo de las Escrituras nos dice que le veremos sin atractivo como para ser deseado.
Nosotros predicamos a Cristo crucificado. El héroe del cristianismo, humanamente hablando, es uno que termina en cruz. Tropezadero le llama Pablo, locura le llaman, hermano. Y con ese Cristo crucificado es que el Señor nos está invitando. Me decía alguien a mí lo de los multinivel —y a veces digo esto con cuidado, hermano, no es que uno se oponga tajantemente a eso—, pero lo que es más popular de eso son sus técnicas agresivas para enrolar a la gente en su asunto. Yo he tenido una compañera de trabajo que fue a un evento de eso, y ella fue, hermano, y al otro día ya ella no quería su trabajo. Se dieron vehículos de lujo, le entregaron la llave ahí mismo, caían papeletas.
Eso no es un negocio, es una técnica de publicidad agresiva. Oigan cómo se publicita el evangelio de Cristo: una puerta estrecha y un camino angosto. Y no mejora pronto. Uno dice: ¿cómo, entonces yo estoy aquí y no va a ensanchar el camino? ¿Dónde es que esto se pone bueno, dónde? Tremenda invitación está haciendo el Señor. Dios se deleita en que la hermosura del evangelio se perciba por gracia. Y solamente a quien realmente ha puesto en Cristo su confianza se le permite percibir las delicias del caminar cristiano. Y todo el superficial, el que solamente anda buscando emociones, asuntos pasajeros, esto le resulta poco atractivo, aburridísimo.
El Señor se deleita en vasos de barro
Usted puede ponerle al culto cristiano humor, luces, lo que sea, y esto nunca va a ser atractivo para el hombre natural. Solamente un hombre que ha nacido de nuevo puede encontrar la satisfacción en la revelación de Dios, en la sabiduría de Dios, en el culto cristiano, en la palabra del Señor, en la comunión de los creyentes. Solamente el que nació de nuevo puede entender la delicadeza que estas cosas tienen; para los demás esto es estrecho y angosto. Hermano, solamente por la misericordia del Señor nosotros podemos entender que esto es verdadero deleite, que esto es verdadera comida. Y eso hace que el superficial se quede afuera. El Señor se deleita en utilizar vasos de barro para transmitir la hermosura de su evangelio.
Lo despreciado del mundo, dice la Escritura, es lo que él ha elegido. Por eso a veces uno no pone su esperanza en el evangelista que tiene pomposidad. Los más efectivos en la historia de la Iglesia no han sido los picos de oro para la evangelización; han sido los hermanos más limitados. Y al día de hoy eso es así. Miren, yo me gozo con mis hermanos a quienes el Señor ha dado gran sabiduría, como grandes maestros; nuestro país ahora mismo tiene todo esto, es una meca de grandes maestros, es una potencia a nivel de instrucción. Pero no son los grandes maestros ahora mismo lo que el Señor está utilizando con más efectividad para extender su iglesia: son las iglesias de los barrios, es la gente que está en los lugares más remotos, son los pastores que no son doctos.
Son hombres sencillos que conocen la majestuosidad sencilla que tiene el evangelio del Señor. Los lugares donde el Señor más obra no son las iglesias que tienen aire acondicionado, son las iglesias que están en lugares más deprimidos, en campañas evangélicas al aire libre. Y el Señor lo usa así, el Señor lo usa así para demostrar, hermano, que la gloria del evangelio debe ser dada solamente a Dios: no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria. Es más, hasta un predicador cristiano, todo predicador cristiano, tendrá que admitir que sus sermones más fructíferos no han sido, hermanos, aquellos donde él había puesto toda su esperanza. Uno a veces, como maestro de la Escritura, dice: mira, qué guau, yo tengo ahora mismo una porción de la Escritura que yo siento que ahí vamos a matar una vaca el domingo.
Nuestra esperanza no está en la retórica
Vamos a comer, hermano, la palabra del Señor. Y a veces no es cuando uno siente que va a matar una vaca en el púlpito que el Señor más se goza en utilizar ese sermón para bendecir. A veces son aquellos sermones, hermano, donde uno no pone mucha esperanza. A veces el Señor trae lo que uno, como maestro humanamente hablando, piensa que son hojas de lechuga, y el Señor, hermano, ahí es que mata la vaca. Por eso, hermano, un predicador cristiano no pone su esperanza en su retórica; pone su esperanza en el poder de Dios para salvar y en que el Señor quiera utilizarle como su instrumento. Esto, hermanos, no es atractivo humanamente hablando.
Hay tiempos de adoración que parecen haberse caído. Hay gente que evalúa y dice: la adoración tuvo medio caída hoy. A veces ahí es que el Señor liberta a su pueblo, cuando uno siente que no estuvo a la altura. A veces, si cantamos la verdad, ahí es que el Señor más se glorifica. Lo que hace falta, hermano, no es una invitación dramática, no es una presentación con luces. Lo que hace falta es mostrarle a la gente claramente cuál es el costo de llegar a ser un cristiano, y que las personas tengan esa oportunidad de considerar el costo. Dice la Escritura que un hombre prudente, cuando construye una casa, calcula si tiene con qué terminarla. Las personas no deben venir a Cristo engañadas. Deben entender cuánto cuesta seguir a Cristo.
Lo que hace falta es que la gente vea la realidad de Dios, que vea primero su propia realidad y luego la realidad de Dios, y cuál es el costo de juntar una cosa con la otra, cuáles son las implicaciones. Hay que entrar por una puerta estrecha. Y eso no podemos nosotros maquillarlo, hermano; no podemos enseñar la vida cristiana como si fuera para todo el mundo. No es para todo el mundo. No todos los hombres van a pagar el precio. La realidad, hermanos, es que esto es un asunto para determinadas personas, a las que no solamente el Señor les permite ver la puerta, sino que están dispuestas a morirse a sí mismas. Y tienen que dejar cosas atrás, porque por esa puerta estrecha hay cosas que no caben.
Por la puerta estrecha hay cosas que no caben
Y aquella expresión de «ven como estés»: usted, si va a venir, tiene que dejar cosas atrás. Me recuerda a esa que ahora tengo en los apuntes: cruzar un aeropuerto. Ahora mismo hay que casi quitarse todo, y yo veo a la gente quitándose las correas, los zapatos y todo para poder pasar por un escáner, una puerta estrecha. Hay cosas que no caben, hermano, hay cosas que no caben. Cuando uno entra a Cristo hay cosas que tienen que quedarse atrás. «Venga al Señor, eso no le importa». Sí, al Señor eso le importa. «Ven, que eso no es nada». Eso es algo. «Fulano también entró y tiene eso». Ten cuidado, que probablemente tú piensas que entró y no ha entrado.
Todo el que va a cruzar por la puerta estrecha tiene que dejar cosas atrás. Tu prestigio anterior. Muchos de tus compromisos actuales. Que no me diga nadie que es cristiano y que su agenda siga igual: «no, yo estoy ahora militando la vida cristiana, pero yo sigo haciendo mi mismo horario de siempre, mis mismos entretenimientos de siempre, mis mismas cosas de siempre». Envuelto en los negocios de la vida. Es como una gente que se casa y quiere tener el mismo tiempo de antes. No. «Yo tengo ahora un hijo, tengo dos, tengo tres, y yo sigo con mi mismo tiempo». No es verdad. Que no está perdiendo sueño, que no tiene ojeras. Ten cuidado.
O sea que no me diga una persona que es cristiana el día de hoy y que siga envuelta en sus mismas cosas de siempre. Miren, hay cosas que no son pecaminosas. Uno a veces piensa que cuando uno viene a Cristo deja atrás asuntos que son aberrantes, vergonzosos. No, hay veces que son asuntos legítimos, pero para los que no hay tiempo. La vida cristiana demanda, hermano, cuando se vive plenamente. Por eso decía el apóstol Pablo que ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado. «No, yo soy un cristiano, pero tú sabes, eso solamente está afectando a mí ahora mismo un par de horas los domingos». Toda mi agenda igual. Estás perdiendo el tiempo.
Ejercítate para la piedad
Un creyente deja oportunidades que son legítimas y dice: no puedo envolverme en eso, pues yo tengo… Un creyente, lo mínimo que tiene que tener son horas para adorar al Señor y horas para servir al Señor en un ministerio. Me decía una persona que vino a Cristo y que no lo ha sentido. Si tú no lo has sentido, muy probablemente estás todavía fuera. Es que uno acaba de llegar al gimnasio y te duele el cuerpo. Vuelva y vaya. Si no le duele, perdió el tiempo; o sea, repita el ejercicio. Dice la Escritura: ejercítate para la piedad. Ser cristiano es algo que toma tiempo, que toma disciplina. Hay que repetir cosas, repetir cosas, participar en dinámicas. Es por eso que los cultos entre semana son tan difíciles, porque la gente está envuelta en los negocios de la vida.
Y tú encuentras: oye, pero gloria al Señor que el miércoles pasado tuvimos récord de asistencia. Por lo menos el estudio llenó el miércoles. Pero eso siempre es cuesta arriba. ¿Y qué es lo que pasa, dónde está la gente? Trabajando, estudiando, echando a los muchachos para adelante. Sí, es verdad, están envueltos en los negocios de la vida. Si esto fuera un negocio de la vida y este fuera su patrimonio que tuviera garantizado, aunque sea con los muchachos ahí amarrados, estuvieran ahí haciendo, echando palante su negocio. Por mi casa pusieron ahora en una esquina un negocio muy bonito de empanadas. Ayer yo crucé a las diez y media de la noche y todavía estaban abiertos recogiendo cosas. Le están dando para adelante a su negocito. Sí.
Si usted le va a dar para adelante a la vida cristiana, si le va a dar para adelante al ministerio cristiano, esto toma tiempo, esto toma sudor, esto toma lágrimas. Hay cosas que no caben, y no necesariamente son cosas pecaminosas. Hay unas jornadas que se recortan, hay unos tiempos para asuntos personales que se recortan, porque hay que militar la vida cristiana. Un militar es una persona que deja atrás cosas y se va a defender una batalla. La batalla de nosotros es la batalla de Cristo. Militamos la vida cristiana; uno no solamente se inscribe, uno milita la vida cristiana. Hay viejas seguridades que se quedan atrás. Regularmente, hermano, lo que pasa con la puerta es que no pueden entrar por grupos.
Por esa puerta se pasa de uno en uno
Hay personas que están esperando que un molote se convierta, que se conviertan con ellos. Por esa puerta se pasa de uno en uno, y te cruzas sin la seguridad de que su esposo cruce, de que su hijo, su hija venga, de que su amigo, su amiga venga. Te cruzas solo. En la puerta estrecha no es «vamos, vamos agarrando la mano, entramos todos juntos». No, usted entra solo, dejando atrás sus seguridades, dejando atrás su pecaminosidad, dejando atrás sus ocupaciones triviales. Aquí viene siempre la pregunta: ay, ¿entonces el Señor no fue que hizo la familia? Mire, un creyente aprende a desarrollar un proyecto de familia en medio de un proyecto ministerial, de un proyecto de vocación al Señor.
El mejor beneficio a tus hijos es que tus hijos crezcan viendo a sus padres militar la vida cristiana. Y qué mal testimonio le han dado esas generaciones anteriores de padres cristianos nominales, que el ejemplo que le dieron a sus hijos es que su pasión principal eran los negocios, eran las cosas de la vida, y asistían a la iglesia el domingo. Que tus hijos te vean militar la vida cristiana. Que tus hijos te vean a ti agarrado y con ellos participando en un culto entre semana, empujando un ministerio en una reunión con tu muchacho a rastras, que tu muchacho te vea militar la vida cristiana, porque eventualmente él, con la ayuda del Señor, también la militará.
¿Qué testimonio le estamos dando a esta iglesia? Le pregunto de nuevo, hermano: no que entramos por la puerta y seguimos con nuestras mismas ocupaciones de siempre. Si usted va a entrar por la puerta estrecha, cosas se quedarán atrás. Le he hablado antes de entrar por la puerta; déjeme hablar un chin del camino angosto. Y es angosto el camino cristiano. Miren, las opciones culturales que tiene un creyente en este mundo cada vez son menos.
Un camino angosto en lo cultural y en lo material
Yo le pregunto: ¿usted últimamente puede escuchar radio, disfrutar la radio FM y disfrutarlo? Si usted lo escucha, si usted tiene deleite todavía en eso, muy probablemente tiene la mente del mundo y una mente carnal, porque la expresión cultural que está saliendo por radio ahora mismo un creyente legítimo no la disfruta. ¿Y al teatro, han visto alguna obra de teatro últimamente? ¿Han ido a un asunto de humor últimamente? Ustedes van a ver: si usted ha disfrutado eso, muy probablemente usted no ha entrado por la puerta estrecha, porque todavía su mente es la mente de este mundo. El cine, las series, la televisión, todas esas cosas, hermano: un creyente cada vez encuentra que su rango de oportunidades de disfrutar la cultura popular contemporánea son mínimas. Es una puerta estrecha, y el mundo lo disfruta todo plenamente.
Y en cuanto a prosperar en lo material, un creyente entonces no puede prosperar. Prospera, hermano, pero lentamente, paso a paso. Y los de este mundo son como el salmo 37, que van rápido, van rápido, van rápido prosperando, y tú ahí como que sientes que te estás quedando, porque el avance de ellos es tan grande que tú sientes que estás caminando para atrás. Es que solamente en un mundo caído, para un creyente prosperar en este mundo es un asunto muy lento. Hermano, eso es chin a chin, chin a chin. Porque lo que potencia, lo que potencia el desarrollo material en un mundo caído son la ilegalidad, la explotación, las herramientas mundanas, el exceso de trabajo. Eso es lo que permite echar palante rápido.
En este mundo el catalizador, lo que le da velocidad, lo que le pone el turbo a los negocios, es algún chanchullo ilegal que alguien te hace por atrás. Y tú sientes que ese dio como dos pasos más rápido, y él no trabajó, hermano. Te crees que eso es verdad y que dependiendo del Señor y con fidelidad usted va a estar rápido. No. Mire, la sensualidad es un asunto poderoso para uno carnalmente escalar en los negocios, en los trabajos. Miren, hay un asunto, la gente le llama a eso energía sexual, le dicen. Es que tú tienes que vestirte como para dominar y ser atractivo, y que la gente quiera estar contigo, y cuando la gente quiere estar contigo, tú ves que se cierran los negocios. Así es que prospera el carnal.
Las dificultades no se reducen en el camino
¿Y un cristiano cómo lo hace? Depende del Señor y se enriquece muy lentamente. Con esto le digo, hermano, que usted no puede venir a Cristo y cruzar y pensar que las cosas van a ser igual. El camino es estrecho. El aspecto de la cultura que usted va a disfrutar cada vez será menor; en los negocios será menor. La dificultad de poder encontrar un compañero en los negocios, buscar un socio, con cristianos, hermano, es un dolor de cabeza. Los compromisos que usted pone después de esas dos líneas, después de una hoja larga, donde usted firma y usted es solidario en el compromiso con otro: un creyente ora al Señor y lo piensa tres veces antes de unirse con alguien en un negocio, en un compromiso.
Claro, dice la Escritura que mejores son dos que uno. En los negocios todo comerciante quiere tener al lado una persona con quien darle para adelante: un socio, una ayuda. Y si tú eres un cristiano, ¿qué haces? Tú pagas el precio de ir a paso lento. Y le pido al Señor que te motive, que el Señor te ayude. Dice la Escritura que mejores son dos que uno, porque si uno cae el otro lo levanta, pero también dice: ¿cómo andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? Y sobre todo, dice la Escritura que no nos unamos en yugo desigual con los incrédulos. «Yo voy a juntarme con fulano en un asunto de negocio». El negocio que hace fulano no es el negocio que haces tú.
Y lo más probable es que sucedan una de dos cosas: o que el negocio quiebre, porque llega un punto donde no hay avance, porque él tiene cincuenta y tú tienes cincuenta, y lo que él quiere hacer tú no lo haces; o que él te arrastre, en contra de la decisión de un creyente, que por sus fuerzas arrastra un incrédulo. Las dificultades no se reducen en la vida cristiana. La vida cristiana es un camino angosto, y uno solamente con la ayuda del Señor permanece en ese camino angosto. Y cada cierto tiempo tú quisieras como que el Señor hiciera una ampliación en el camino. Hermano, esto no se amplía. La verdad es que uno entiende que por la misericordia del Señor estamos en pie. La vida de un cristiano es una vida militar, hermano, una vida de limitación, una vida de perseguir un propósito.
Pocos lo hallan: eso no es fracaso, es victoria
No el deleite del momento: usted persigue una meta, que es glorificar a su Señor. Les he mostrado en primer lugar la importancia de tomar una decisión. Les he mostrado también, con la ayuda del Señor, el imperativo de que es necesario entrar y no postergar. También lo poco atractiva que es la invitación. Déjenme mostrarles ahora lo poco popular que siempre ha sido el camino verdadero: dice que pocos lo hallan.
Carnalmente hablando, al ser humano le encantan las multitudes. Yo no quisiera decir esto como un guau, pero mira, hacen un festival y eso se llena, y las iglesias están vacías. ¿Ay, hemos fracasado? No, no hemos fracasado, hemos vencido. Pocos lo hallan, y si usted lo halló, usted es un bienaventurado. Si el Señor lo sacó del molote del mundo y le puso en el camino estrecho, si permitió que cruzaras la puerta, usted no fracasó, usted venció.
¿Usted es la excepción? En usted hay virtud, si es que la hay en usted. Felicidades, hermanos, con la ayuda del Señor vencimos. No estamos tristes porque nosotros lo hallamos y la mayoría de la gente no lo halló. Esa es la realidad, hermano, el mundo seguirá en su despropósito. Si usted hoy está entre los amigos del Señor, está entre los amigos del Señor por la misericordia del Señor. No sienta que su soledad es algo lamentable, hermano; esto es virtud. ¿Usted cree que todos van? ¿Cuántos son los atletas de alto rendimiento en un país? Uno per cápita. Ay, yo estoy triste porque yo soy el único que logré hacer los cien metros. No, esos aplausos, eso es algo admirable.
Si en un mundo que camina a la perdición usted fue de los afortunados que encontró el camino que lleva a la vida eterna, aunque sea el camino angosto, aunque sea el camino estrecho, como estrechos son todos los caminos que valen la pena. Gloria al Señor.
El contraste: placer pasajero o vida eterna
Termino, hermanos, mostrando el contraste, y con esto concluyo. El Señor no engaña, él no nos redujo, hermanos. Y miren, esto lo digo con cuidado: los creyentes no negamos que el mundo es atractivo. Las luces del mundo atraen, atraen, atraen a los creyentes. No negamos que el pecado puede ser satisfactorio, intensamente satisfactorio.
¿Ustedes creen que el placer no es bueno? Sí, ese placer desmedido, eso debe ser buenísimo por un ratico. Lo que nosotros decimos es que lo que hay después de ese deleite intenso es destrucción. Los creyentes no negamos, hermano, que aquellos vayan con cierta comodidad, que vayan espaciosos y que tengan en eso cierta satisfacción. No negamos nada de eso. Nosotros lo que decimos es que esa satisfacción no permanece. El Señor nos cuida, hermano, pero las drogas fuertes pueden ser intensamente satisfactorias, eso nadie lo niega; que conduzcan a la destrucción es otra cosa. La lujuria y el libertinaje: estar en eso puede ser intensamente satisfactorio, no lo negamos. El asunto es dónde termina.
Correr tras el viento buscando los negocios del tiempo y buscando los bienes materiales. Hermanos, tener bienes materiales en abundancia, eso es algo muy bueno; el problema es poner la confianza en esos bienes. ¿Dónde termina? Nosotros no negamos que hay un camino más amplio; lo que decimos es que hay virtud en transitar por el camino estrecho, porque este es el camino.
Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
— Mateo 7:13-14
Uno dice: Señor, oye, pero es que como que estás promoviendo lo otro, lo espacioso. Sí, pero lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella. Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
Llamado final: resuelve hoy
Cierren sus ojos un momento y permítanme orar al Señor por sus resoluciones. Estamos concluyendo el sermón del monte, hermano. ¿Cuál es tu decisión? ¿En qué camino sigues? No hay que hacer un esfuerzo para transitar el camino ancho; en ese ya estás caminando, ahora mismo tú naciste en ese camino. El esfuerzo se requiere para salir del camino ancho al camino estrecho, aparentemente perdiendo para terminar ganando. Para ser un pecador que se deleita en la maldad y camina a destrucción no hay que ser un genio; ese camino te encontró a ti, naciste en tu perdición. Lo excepcional es que sacrifiques tu camino ancho en este momento por el camino estrecho que te lleva a la vida.
Si hay algún hermano mío aquí a quien el Señor le ha inquietado acerca de su militancia, yo le invito a que devuelva lo que ha estado recogiendo del mundo, que devuelva algún compromiso para tener tiempo para el Señor, que devuelva la pecaminosidad para vivir en santidad. Si tú entraste por esa puerta y dejaste eso atrás, no salgas a buscarlo, no lo mandes a buscar. Estoy inquieto como pastor de esta iglesia, mi iglesia, acerca de tomar decisiones. Hermanos, en este año, ¿qué has hecho con lo que has recibido? ¿Lo contemplaste, lo dejaste ir? ¿Cuál fue tu decisión? ¿Te ejercitaste, te disciplinaste para la piedad? Decide cosas a favor de tu alma. ¿Cuál es tu decisión el día de hoy, hermano querido?
¿Seguirás de largo, o considerarás lo que has recibido hoy y tomarás una decisión a favor de la santidad, a favor de la vida cristiana fructífera? ¿Te seguirás dejando envolver por los negocios de esta vida, o harás sacrificios significativos y trascendentales para el avance de la causa de Cristo? Si aquí hay personas que no son cristianas, el Señor te está diciendo: entra. Tú dices: yo no sé si este es el momento. Entra, que tú no sabes si el momento se repite. Si oyeres hoy su voz, no endurezcas tu corazón. No hay plantillas para hacer esto, pero un pecador sabe que entró porque le dijo al Señor en oración: Señor, reconozco mi perdición, reconozco lo ancho que vivo ahora mismo en el pecado, reconozco mi necesidad de ti y asumo el camino estrecho. Es tan sencillo como que le digas al Señor en oración esas palabras. Si estás aquí, probablemente el Señor te está tratando con cuerdas de amor; si estás aquí, muy probablemente el Padre te trajo a él. Dice la Escritura que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y al que a él viene no le echa fuera.
Dile al Señor en este momento: Padre, en este último domingo de noviembre resuelvo —usa esa palabra, resuelvo, decido— salir del camino ancho que era cómodo, pero que sé que termina en destrucción, y milito el camino estrecho, que sé que puede ser incómodo pero que termina en bendición. Mantengan sus ojos ahí cerrados. Hay que decidir hoy, esa es la vía, porque tu existencia temporal es limitada y tú eres creado para vivir eternamente. Nos sacrificamos por un tiempo para entrar en una eternidad de deleites en la presencia del Señor. Si tú has hecho hoy esa resolución ante Cristo, gloria al Señor, no a ti, porque por la ayuda del Señor fue que pudiste hacerlo. Tú no podías encontrar la puerta, el Señor te trajo a la puerta, y en tus propias fuerzas no podías cruzar: el Espíritu Santo obró, poder salió de Dios para obrar salvación el día de hoy. Dice la Escritura: aquel que creyere y fuere bautizado será salvo. Un creyente no solamente recibe información, resuelve cosas, y la primera resolución es esa: ir a las aguas del bautismo.
Oración final
Junto a cada creyente que en dos mil años ha dado un testimonio público de su fe, a decir públicamente: yo soy un cristiano, muero al mundo, muero al camino ancho y nazco al camino angosto. Oro por toda la iglesia congregada. Tengo carga por mis hermanos que se han dejado distraer con asuntos que pueden ser no directamente pecaminosos, pero que son distracciones. Hermano, debe haber un límite hasta dónde vas a seguir estudiando y estudiando sin servir al Señor —y estudiar no es malo—; debe haber un límite, hermano, hasta dónde seguirán negociando sin servir al Señor —y negociar no es malo—; debe haber un límite hasta dónde te estarás volcando a tus familiares sin servir a Cristo, aunque la vocación del Señor es que proveas y cuides de los tuyos.
Uno que milita no se envuelve en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que le tomó por soldado. El Señor fue que te tomó, hermano. Tienes el privilegio de utilizar tu vida de forma tal que sirva a la causa de Cristo. Invito a mi iglesia en este momento a tomar resoluciones de abandonar cosas de menor valor, aunque no sean directamente pecaminosas, para asumir cosas que tienen valor eterno. Hermano, quizá la decisión que puedes tomar hoy es no dejar desabastecido el culto del Señor entre semana. Quizá esa es una solemne decisión: apagar el televisor, apagar el trabajo, apagar el negocio adicional, para venir a rendir culto al Señor miércoles o jueves con tus hermanos. Eso es lo que santifica, decisiones de ese tipo, no seguir de largo.
Ten misericordia de tu pueblo, Señor. Aquellos que hemos cruzado y hemos mandado a buscar cosas del otro lado, ten misericordia. ¿Qué cosas hemos devuelto, Señor? Gracias, Padre, por tu sabiduría; gracias por el sermón del monte. Gracias, Señor, por la manera en que tú nos ayudas a descender contigo del monte con una decisión tomada. Permite que las decisiones, las resoluciones que hoy se tomaron, sean resoluciones que se honren y que se mantengan. Provee, Señor, los medios para que mis hermanos se mantengan en el camino angosto, para la gloria tuya. En el nombre de Cristo. Amén.