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Sabiduría para cerrar un año

Salmo 90

El Salmo 90 nos enseña a pasar balance de fin de año sin engañarnos: nuestros días son cortos y difíciles a causa del pecado, pero el mismo salmo que declara la soberanía de Dios nos invita a clamar por su misericordia.

Predicado27 de diciembre de 2015
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Damos las gracias al Señor porque durante todo este año nos ha permitido considerar diferentes partes de su Palabra. En gran medida el Evangelio de Mateo, pero entre un momento y otro también hemos estado considerando el libro de los Salmos, libro de gran aliento para el pueblo del Señor. Acompáñenme al Salmo 90. Y encomendémonos al Señor en oración. Cierren sus ojos un momento y oremos a Él.

Señor, tal cual hemos hecho, del mismo modo que hemos procedido durante todo este 2015, lo hacemos otra vez. Pedimos, Señor, al trono de la gracia, clamar por ser ayudados. Hemos asumido, Señor, este compromiso de exponer tu Palabra, de recibir tu Palabra, de ser expuestos a ella. Y no lo hacemos solos, Señor; lo hacemos contando contigo.

Con expectativa siempre lo hacemos, Padre, contando con que el milagro suceda. Que sea tu Santo Espíritu en medio de tu santo pueblo, llevando, Señor, a tu pueblo a tu voluntad. Permite, Padre, que haya resoluciones. Que en este año que se está cerrando, Padre, podamos cerrarlo de manera distinta a como lo hace el mundo. Permite, Padre, que sin importar el resultado de nuestro balance, podamos encontrar razones y motivos para darte gloria y para darte gracias. Aquí está tu pueblo, Señor, y aquí está tu Palabra, como te hemos pedido domingo tras domingo y cada vez que hemos abierto la Escritura en este año. Señor, permite que estas dos partes se encuentren: por un lado tu pueblo y por el otro tu Palabra. Que sea tu Santo Espíritu, Señor, quien una esas dos entidades.

Permite, Señor, que aquellos de mis hermanos que están aquí, que pasaron balance y terminaron tristes, sean alentados; y que aquellos, Señor, que pensaban solamente seguir de largo, entiendan la solemne responsabilidad que tienen ante ti, pues un día tendrán que rendir cuentas y tendrán que responder. Glorifícate tú, Señor, dándonos hoy el pan de tu enseñanza, y glorifícate tú también, Señor, fortaleciéndonos para comportarnos en consecuencia. Desde ahora te damos las gracias, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Recuerdo que hace unos años les mencioné un padecimiento de esos que los psicólogos y psiquiatras cada cierto tiempo identifican y documentan: se llama la depresión de fin de año. Y es que en este momento, cuando ya vamos cerrando, cuando ya se van acabando los días del año saliente, las personas tienden a sentirse tristes.

Quizá tenga que ver esto, hermano, con el impulso de la Nochebuena, el doble sueldo y todo aquello. Ya cuando el año cerró y no hay otra cosa que hacer, uno no trata de comenzar cosas nuevas para el 2015, que ya no da tiempo. Ya solamente hay que cerrar el libro, pasar balance y comenzar de nuevo. Y muchas personas terminan tristes. Se hacen preguntas. La tristeza los inunda porque consideran que quizás no han aprovechado bien el tiempo, que quizás no están donde piensan que debían haber estado.

Dice nuestra introducción que al finalizar un año es natural que la gente pase balance para ver sus logros. Unos terminan entristecidos al encontrar que están en el mismo punto o más atrás que en años anteriores. Y otros prefieren evitar el asunto, refugiándose en las distracciones del momento. Para los creyentes, evitar el tema no es una opción. Sabemos que el Creador ha dispuesto intencionalmente ciclos en su creación para recordarnos algo, y las Escrituras nos llaman a contar nuestros días de forma que traigamos al corazón sabiduría.

El Salmo 90 es un buen punto de partida para cerrar un año. Comienza expresando la eternidad de Dios y uno de los atributos de su carácter, esto es, su misericordia, expresada en forma de refugio. Luego nos muestra la realidad de la vida del hombre —con pocos años y cargada de dificultades— y la razón por la que esto es así: la ira de Dios a causa de nuestra maldad. Alcanza su punto más alto con un llamado a contar nuestros días con sabiduría, convirtiéndonos y evitando que por las dificultades de la vida maldigamos a Dios. Pero el mayor aliento de este salmo es la parte final: nos muestra que aun cuando las precariedades de nuestra vida temporal han sido puestas soberanamente por Dios, podemos clamar.

Dice el versículo 12 del Salmo 90: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». Yo no quisiera desperdiciar, hermano, la oportunidad de que quizás ustedes han estado pasando balance, para mostrarles la sabiduría del Señor respecto de estas cosas. No quisiera imitar al mundo, que utiliza las distracciones para evitar los temas importantes, y cuando llega la dudita le pone unos cuantos grados de alcohol y sigue de largo.

Sabiduría, no alegría

Es el Señor quien ha dispuesto que los años comiencen y terminen. Es el Señor quien ha dispuesto que el sol salga y después se oculte. La creación funciona en forma de ciclos. Y parece que es la voluntad del Señor que en cada uno de esos ciclos haya pausas estratégicamente colocadas para que el hombre reflexione, medite y actúe en consecuencia.

Ya que esto es así, hermano, yo no he venido a endulzar la píldora y a decirle que todas las cosas están bien, que se olvide del año anterior, que —como dijo alguien— lo que hay que hacer es tomar los propósitos del año pasado, tachar la fecha y ponerle el año nuevo encima. Yo lo que le vengo a decir, hermano, es que si hay razones para preocuparse, preocúpese. Y que si hay razones para estar triste, esté triste. Es más: si usted tiene que terminar el año llorando y clamando al Señor por su misericordia, clame. Hágase en este tiempo las preguntas importantes.

Por ejemplo, una pregunta que un creyente sabio se debe hacer en esta temporada del año es: ¿cuántas de las cosas que estás haciendo hoy serán significativas de aquí y hasta la eternidad? ¿Cuántas de tus preocupaciones son razonables a la luz de tu destino eterno? ¿Cómo te estás asegurando hoy de tener algo que mostrar cuando llegues a la presencia del Señor? ¿Cuáles cosas comenzaste a hacer que no hacías el año pasado, y cuáles cosas estás dejando de hacer intencionalmente? La realidad, hermano, es que el fin de año es un momento de pasar balance, y es la voluntad del Señor que así sea.

Ya sea porque el sol ha dado una vuelta, o porque nosotros hemos dado una vuelta alrededor del astro, ya sea porque te estás poniendo más viejo, hay momentos para pasar balance. «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». No alegría. Lo que el Señor está buscando a través de este salmo no es refrescar tu mente diciéndote que está todo bien, que sigas de largo, que hay una nueva oportunidad, que lo que no se hizo ayer se hará mañana. Muy probablemente, si no añades al corazón sabiduría, repitas las cosas año tras año. No dice: «enséñanos, Señor, a contar de tal modo nuestros días que añadamos al corazón alegría». Dice sabiduría.

Y creo que en el Salmo 90 hay sabiduría para cerrar un año. Este salmo comienza mostrándonos, desde el versículo 1 hasta el versículo 2, lo eterno de Dios; luego, desde el versículo 3 y hasta el versículo 12, nos enseña la realidad de la vida del hombre; y termina con la parte donde yo encuentro más gozo, y es diciéndonos que a pesar de todas estas cosas podemos encontrar esperanza. Acompáñenme al Salmo 90 y consideremos cada uno de los versículos. Es un salmo escrito por Moisés. Dice así la Palabra del Señor:

Señor, tú nos has sido refugio de generación en generación. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios. Vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres. Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche. Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana. En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca. Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro. Porque todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento. Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan, y volamos. ¿Quién conoce el poder de tu ira, y tu indignación según que debes ser temido? Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.

— Salmo 90:1-12

Dios es eterno; el hombre es polvo

Dejémoslo hasta ahí por un momento, hermano. Comienza el salmista mostrándonos la eternidad de Dios y luego hace la contraposición con la fragilidad de la vida del hombre. Dice que el Señor nos ha sido refugio de generación en generación, y después nos dice la eternidad de sus días.

Cuando usted lea un salmo, trate de entender lo que el salmo le dice acerca de su Dios. Y aquí hay dos cosas que este salmo nos dice acerca de nuestro Dios. Lo primero que nos dice es que Él ha sido misericordioso desde hace mucho tiempo. La misericordia del Señor no la descubriste tú ni la descubrí yo: se ha hecho evidente de generación en generación. Y lo segundo que nos dice del carácter de Dios es que Dios sí es eterno. «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios». Primero su carácter, que es un carácter misericordioso, y luego su eternidad. Dios no tiene comienzo ni tiene final. Dice que antes de la creación —o sea, antes de los montes y la tierra— y antes del tiempo, desde el siglo y hasta el siglo, Dios ha sido Dios.

Cobra entonces sentido lo que dice Daniel en el capítulo 2, versículo 21, y en esto podemos encontrar esperanza:

Él muda los tiempos y las edades; quita reyes, y pone reyes; da la sabiduría a los sabios, y la ciencia a los entendidos.

— Daniel 2:21

La historia está en las manos de Dios. Y si a ti no te emociona esto, hermano, debería emocionarte, porque si la historia está en las manos de Dios y tú estás sirviendo al Dios de la historia, entonces en esto podemos encontrar propósito y al mismo tiempo consolación. A mí me sobrecoge el hecho de saber que estoy sirviendo a Aquel que no es temporal como yo, Aquel que ya escribió la historia. Y este salmo va avanzando hasta que te enseña que tu parte en la historia es solamente un punto.

Si Dios es eterno, entonces, ¿cómo es el hombre? Dice que «vuelves al hombre hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres». Eso es lo que es el hombre: como si fuera polvo. Me gusta cómo traduce este mismo versículo La Biblia de las Américas: «Haces que el hombre vuelva a ser polvo, y dices: Volved, hijos de los hombres».

Y hay otra versión que traduce de manera todavía más clara: «Tú haces que los hombres vuelvan al polvo cuando dices: vuélvanse al polvo, mortales». Hay una gran contraposición en esto, y es que Dios es eterno y tú no lo eres. Dios tiene control de la historia y tú eres un punto dentro de la historia. Dice la Escritura que lo que nosotros somos es simplemente polvo. En otra porción la Escritura dice que somos como un pestañear, que estamos hoy y no estamos mañana.

La duración de cada vida está en las manos del Señor. La realidad, hermano, es que tú te estás envejeciendo, tú estás muriendo todos los días, y tu transitar en estas tierras es un asunto efímero. La única manera en que nosotros entendamos que esta vida no dura mucho es cuando entendemos la vida desde los ojos de Dios: que esto no es nada. Y la realidad, hermano, es que cuando tú entiendes la temporalidad del hombre y la eternidad de Dios, entiendes al mismo tiempo que hay un breve espacio para hacer en este tiempo las cosas que convienen a la luz de la eternidad, porque sabes que no vivirás en esta tierra para siempre. Si nuestra vida en este tiempo es solamente un ensayo de aquí para la eternidad, deberíamos aprovechar bien el tiempo.

La duración de cada vida está en las manos de Dios. No hay ningún hombre que haya podido evitar Génesis 2:17. Ahí se nos dijo que el día que el hombre comiera, ciertamente moriría, y la realidad, hermano, es que esto se ha estado cumpliendo de generación en generación. Ni con el avance de la ciencia —hay una nueva disciplina que se llama medicina antienvejecimiento— me sorprende que la gente sigue muriendo aproximadamente a los 70. ¿Han considerado ustedes ese asunto, que en los tiempos bíblicos la gente duraba como 70 años y miles de años después sigue durando más o menos eso? Es Dios quien ha puesto el límite a tus días, y deberías vivir tus días a la luz de ese límite establecido por el Señor.

Yo tengo agendado el año entrante hablar de la vejez, hermano, pero le diré que un creyente ve la vejez con optimismo.

No ve esto como un asunto vergonzoso ni como algo trágico. Él entiende que la vejez es natural. El Señor dispuso la vejez. Te estás muriendo. Mire, si la medicina antienvejecimiento no ha logrado extender ese límite más allá de los 70, tampoco la medicina preventiva ha logrado mucho. Viva una vida saludable en la medida de lo posible, glorifique al Señor en eso, hermano. Usted puede correr todos los días, puede hacer una dieta saludable, puede sacar el gluten y toda aquella cosa, y usted seguirá muriendo aproximadamente a los 70. Los límites de nuestras vidas han sido establecidos por el Señor.

Y si a ti te preocupa el hecho de que está terminando el año, de que te estás poniendo más viejo, de que el tiempo va pasando, preocúpate más bien por el hecho de que estás viviendo un pestañear y quizás no te estás preparando para vivir a la luz de tu destino eterno. La preocupación no es tanto si te morirás o no; la preocupación debe ser: ¿qué responderás cuando el Señor te diga «qué hiciste con eso que yo te di»? Ah, ¿que pasó el año y todavía entiendo que no estoy donde debería estar? El problema no es ese. El problema es si te estás preparando de aquí y hasta la eternidad.

La diferencia entre nosotros y Dios se hace evidente en nuestro origen. Dice la Escritura que nosotros somos polvo. Y en esto, hermanos, hasta las personas que no confían en la Escritura, que no creen que eso es Palabra de Dios inspirada, están de acuerdo en que los elementos constitutivos del hombre son elementos que están en la tierra. Si usted buscara los componentes químicos que hay en nosotros, todo eso, hermano, eso es polvo, eso son elementos que están en la tierra.

Lo único diferente que tienes tú es que hay aliento de vida. Y por eso, hermano, a mí no me preocupa tanto que digan: «hicimos un estudio y encontramos que el hombre tiene tanto en común con otras especies». Lo que tenemos diferente de otras especies es que en nosotros el Señor ha soplado aliento de vida. Y así como sopló aliento de vida, en el momento en que Él se lo quita, así mismo se va. Por eso, hermano, por mucho que ha avanzado la biología, por mucho que ha avanzado la física, todavía los hombres no han logrado replicar la vida.

Tu historia no es más que un punto

La vida sigue siendo un misterio, porque sabemos que no es solamente vida química, vida física. En el laboratorio no se produce el aliento de vida que Dios ha dado. Y lo que dice este salmo es que eso es lo que a nosotros nos hace diferentes: el soplo, el aliento. Y al momento en que se cumplen los días que te han contado, Él lo quita.

Desde la perspectiva de Dios, hermano, tu historia no es más que un punto. Dicen los versículos 4 y 5: «Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer que pasó, y como una de las vigilias de la noche. Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana; en la mañana florece y crece, a la tarde es cortada y se seca». Miren las expectativas que da la Escritura de la vida del hombre: que no es ni tan grande como tú crees que es, ni tan especial tampoco.

La verdad, hermano, es que nosotros entendemos que somos protagonistas de la historia. Tú eres apenas un párrafo. Nosotros somos una oración, hermano, en el libro de Dios. Si tú pusieras tu existencia en relación con las generaciones de hombres que han vivido, tu página no se ve. La vida nuestra no es tan grande como nosotros pensamos que es. Nuestra vida temporal es un punto en el libro de Dios. Y aun los que viven mucho, dice la Escritura que aun los que pasan de 70 y llegan a 80, lo que tienen es tormento. La expectativa que da la Escritura acerca de nuestra vida nos dice que nuestra vida es corta y es difícil.

No es una expectativa de «qué buena es la vida». La vida fue muy buena un momento antes de que entrara el pecado. Dice la Escritura que todo lo que Dios hizo era bueno en gran manera. De ahí en adelante, hermano, las cosas no han sido iguales.

Dice que mil años son como una vigilia de la noche. Los judíos dividían la noche en tres vigilias de aproximadamente cuatro horas cada una. Dice la Escritura que para Dios mil años son como una vigilia, son como cuatro horas. Por eso hay personas que se desesperan con relación a la intervención de Dios: «el Señor ha tardado mucho para hacer las cosas». Desde tu perspectiva. Desde la perspectiva de Dios, hermano, esto es un pestañear. Dios habita la eternidad.

Nuestra existencia es temporal; no es tan trascendental como parece. Muy probablemente las quejas que tú tiendes ante el Señor son caprichos. Siendo tan corto, hermano, siendo esto tan rápido, tú te estás quejando porque entiendes que estás puesto para vivir aquí en plenitud y para siempre. Por eso dice la Escritura que nuestra vida es un pestañear, que tú eres como la hierba, que no estarás aquí para siempre.

Y aquí yo encuentro respuesta para muchos lamentos de los hombres que dicen: «yo tengo años clamando al Señor por eso y el Señor todavía no me ha respondido». La realidad, hermano, es que si usted va a dormir una noche en un hotel de pasada, no en un hotel para vacacionar, sino en un hotel de pasada, uno no pide toda la comodidad de una cama; en un lugar de paso se duerme en cualquier parte. Dice la Escritura que nuestra vida es como un sueño.

«Ah, yo miro hacia atrás en este año y me doy cuenta de que el Señor no me respondió eso que para mí era el anhelo más profundo». Míralo a la luz de la eternidad y te darás cuenta de que quizás estás haciendo un hoyo en el trono de la gracia del Señor por algo que no tiene relevancia a la luz de la eternidad. Y cuando te encuentres en la presencia del Señor, te darás cuenta de que oraste durante años por cosas que no tenían mucho significado a la luz de tu destino eterno. «Invertiste 15 años, Señor, pidiéndome tal cosa, y ahora tienes toda la eternidad en lo adelante para deleitarte en mi presencia». Y durante 15 años solo pediste eso. Que por un momento el Señor no respondiera un capricho no hace que tu Dios ni su carácter dejen de ser bondad. La realidad, hermano, es que nuestra existencia temporal es una existencia finita, es una existencia limitada, y dice la Escritura que esto es corto y que no es confortable.

¿Qué es nuestra vida desde la perspectiva de Dios? Dice que es como un punto, que no es nada, como una vigilia de la noche. Siendo así, hermanos, lo temporal de nuestra vida actual debería llevarnos a anhelar la eternidad. Dice el libro de Eclesiastés que Dios ha puesto la eternidad en nuestros corazones. La realidad es que el hombre sabe que Dios lo hizo para vivir eternamente, pero se está muriendo. La mayoría de tus planes, de tus proyectos, hermano, no caben en tu existencia: se te acaba.

Y está bueno que sea así. Si tú analizas lo que es la degeneración del hombre, la maldad, si el Señor no hubiera establecido límite para nuestros días, hermano, la tierra sería inaguantable. Sabemos que el hombre se está degenerando.

Y que cada vez peca de manera más elaborada. Por ejemplo, un niño es tan pecador como un adulto; sin embargo, todavía no ha desarrollado todos los medios para ejecutar el pecado. Y llega un momento, ya adulto, en que se le van acabando las fuerzas. El pecado sigue igual en el corazón, hermano, pero algunos van perdiendo la visión, y eso ayuda a que peque más lentamente. No puedo evitar reírme, pero son cosas reales: la pérdida de las facultades en el hombre al mismo tiempo disminuye su capacidad para pecar, para que no destruyamos completamente la creación.

No es casualidad. Dicen por ahí que los viejos son más buenos. Yo pienso que los viejos no son más buenos que los jóvenes; lo que pasa es que tienen menos medios. La maldad sigue en el corazón del hombre. La edad no hace que el hombre sin Dios se regenere. Un anciano sabio es otra cosa, hermano, pero un viejo sin Dios es tan malo como cualquiera: no hay diferencia. Sin embargo, el Señor en su gracia hace que en la vejez se pierdan algunos medios para controlar la creación, y llega un momento en que al malvado más malvado el Señor le dice: se te acabó. Pero imagínense ustedes cómo hubieran quedado las cosas si a Hitler le hubieran dejado 40 años más.

Por eso es que dicen que no hay mal que dure cien años. La realidad es que el Señor ha limitado los días del pecador de forma tal que la creación no se arruine, que en la creación haya todavía un poco de esperanza. Y gloria al Señor, hermano, por aquel pecador muy activo que envejeció; gloria al Señor por aquel que perdió algunas facultades para pecar, que no fue necesariamente que se santificó, sino que el Señor lo limitó. Diré con esto, hermano, que en eso podemos ver hasta la sabiduría de Dios en su creación. Y gloria al Señor porque las cosas sean así. La realidad es que Dios no está ausente de su creación.

Hay tres ejemplos aquí que ilustran lo frágil de la vida. Dice: «como torrente de aguas».

Agua que va corriendo en un río. Y tú dices: «yo soy parte de esa agua». ¿Pero cuál de esa agua soy yo? El caudal de un río. Aquí estoy hablando como mi suegro, como don Elton. Siempre sus temas son de hidrología. Don Elton me dijo que el caudal de un río se mide en metros cúbicos por segundo. Y buscando algunos ríos, por ejemplo el Haina, encontré que el caudal del río Haina son 22 metros cúbicos por segundo. Tú dices: «mi vida es parte de ese gran río que es la historia», y yo quiero saber cuál de los metros cúbicos que hay ahí eres tú. ¿Tengo un metro cúbico, tengo un litro? Onzas somos nosotros, hermano, y nuestra vida está en este gran río que se llama la historia. Y dices: «yo soy el centro de la historia». Hermano, eres un metro cúbico de agua que hace rato que cruzó. Y quizás ni nos enteramos de que estaba ahí.

En todo ser humano Dios ha grabado la eternidad, y todo ser humano quiere perpetuarse. Toda la gente quiere que de su vida haya memoria, quiere ser recordada, y por eso algunos le ponen su nombre a una institución, otros tienen hijos, otros se lanzan a levantar un monumento. Todo el mundo quiere ser recordado. Todo el mundo quiere perpetuarse en la eternidad. La realidad, hermano, es que solamente el justo será perpetuado, porque su memoria está ante el Señor. La historia no tiene sentido a la luz de nuestra existencia temporal, y por eso todo el mundo termina en tragedia, todo el mundo termina en tristeza, sin Dios.

Dios sí es eterno; tú eres limitado. Tu vida es un metro cúbico de agua que va en el caudal de un río. ¿Con qué otro ejemplo dramático nos enseña esto el salmista? Primero, torrente de aguas; después, la hierba. Dice: toda la hierba que crece en la pradera. ¿Y cuál de esa hierba soy yo? No sabemos. «Tíreme una foto para que quede». Yo soy la hierba, tú eres una hierba igual que todas las otras hierbas; la realidad es que no es muy distinto el asunto. Y lo otro que pone de ejemplo es un sueño: dice que tú eres como un sueño. La realidad, hermano, es que después de 8 horas ya casi nadie duerme. La cama alcanza hasta cierto tiempo. No hay nadie que diga: «estoy cansado, yo quisiera un sueño de 15 horas». No se puede, hermano.

En todas esas descripciones el Señor está diciendo lo que es tu vida. Permíteme al finalizar este año, hermano, poner en tu pensamiento una perspectiva eterna: tú no estarás en esta tierra para siempre, tú no eres tan importante como crees que eres. Tu grandeza es grandeza solamente ante tus propios ojos. La gente piensa que el mundo está muy pendiente de ella. La realidad, hermanos, es que el mundo no está tan interesado en tus pensamientos como tú crees cuando estás en Twitter. El mundo no está tan interesado en tu selfie como tú crees cuando estás en Instagram. A la gente no le interesa tanto tu vida, hermano.

Una vida corta y difícil: la causa es el pecado

Nuestra vida es corta. Dice la Escritura que la única manera de poder darle sentido a todas estas cosas es a la luz de la eternidad de Dios: una vida corta y al mismo tiempo una vida limitada. Pero también la Escritura nos dice la razón por la cual esto es así. Dice el versículo 7: «Porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. Pusiste nuestras maldades delante de ti, nuestros yerros a la luz de tu rostro».

Oye, ¿por qué razón es que tenemos una vida limitada y con dificultades? Esa razón se llama el pecado. Si tú quieres saber, hermano, lo trascendental que es el pecado ante Dios, dice la Escritura que tus pecados, tus yerros, están ante su rostro. Y esa es la razón por la cual no vivimos más años. Una existencia limitada, una existencia con dificultades, es lo que nos queda a nosotros del Edén hacia adelante. La muerte y el dolor, hermano —dice que somos consumidos y somos turbados— tienen una causa, y esa causa es la maldad de los hombres. ¿Por qué el mundo no es un mejor lugar? Porque hay pecado en el mundo. ¿Por qué la vida no dura más años? Porque hay pecado en el mundo, y porque Dios soberanamente lo estableció así.

Tú no podrás saltarte el Génesis. Tú no podrás medir una vida como tú entiendes que se debe vivir. Dios estableció, después del pecado, límite a tus días. Solamente la conciencia cauterizada del mundo encuentra que Dios es injusto porque ha limitado los días. Dios es bueno, Dios es justo, y le ha dado al hombre la justa retribución por su pecado. Le dijo: el día que pecaras, ese día ciertamente morirás.

Lo interesante es que algunos han pensado que pueden saltarse el decreto de Dios con astucia. Y la realidad, hermano, es que sin importar si tú tienes poco o tienes mucho, no hay manera de encontrar el sustento en esta tierra sin sudor. Siempre la vida tiene un elemento de incertidumbre, siempre la vida tiene un elemento de insatisfacción; ni siquiera aquellos que están más cómodos tienen plenitud ni seguridad.

Dices: «cuando yo llegue a tener tal cosa, ya yo voy a sentirme establecido». No, vas a sentirte todavía más atribulado, porque dice que el conocimiento añade tristeza, y mientras más del mundo tú experimentes, más ansiedad va a haber en tu corazón por asegurar aquellas cosas del mundo que has logrado experimentar. La realidad, hermano, es que tu vida en esta tierra no habrá manera de que sea plena, ni que sea segura, ni que sea estable. Siempre habrá ese elemento de incertidumbre que el Señor soberanamente ha establecido. La creación gime, dice la Escritura.

La perspectiva que tenemos los cristianos de la historia, hermano, es que esto es corto, que esto es temporal, que nuestras vidas no son tan importantes. Por eso, vivir a la luz de nuestra vanidad es un despropósito, porque nadie será recordado por mucho tiempo. Muy probablemente ni siquiera tus nietos te recuerden tanto como tú piensas que te van a recordar, y digo esto con cuidado y con tristeza. Y tú piensas: «no, mi generación, mis nietos». Probablemente tú seas un nombre. ¿Tú conociste a tu tatarabuela? «Ah, sí, yo sé quién es, me han hablado de ella». Pero no estás pensando en ella todos los días. Es un nombre, hermano, un nombre para ponerlo en la portada de un álbum. Y de ahí para adelante tu nombre se pierde, así como las generaciones que han vivido y de las cuales nadie se acuerda.

¿Qué es nuestra existencia, hermano? Nuestra existencia temporal es un pestañear. Y tú estás afligido porque terminó el 2015 y no tienes tanto como piensas que debías tener, porque no se concretó tanto como se concretó en otras partes, porque estás en el mismo lugar donde estabas. Lo importante no es dónde estás con relación a tu vida temporal, sino con relación a la eternidad: ¿dónde estás?

Dios no es indiferente ante el pecado del hombre. A mí me sobrecoge el hecho de que dice aquí que nuestros delitos están ante su presencia. Nuestros yerros están ahí, y Él los está mirando. En algún momento de mi vida, hermano, yo tuve el pensamiento de que mis pecados estaban en un folder amarillo, en el archivo del trono de la gracia, y que cuando yo me reuniera con el Señor iba a rendirle cuenta por esas cosas: iban a traer el folder y lo iban a abrir. Pero dice que el Señor lo está mirando ahora. Mire el versículo 7: «porque con tu furor somos consumidos, y con tu ira somos turbados. Pusiste nuestras maldades delante de ti». O sea, que en este momento Dios tiene conciencia de ellas.

Las consecuencias del pecado

«Nuestros yerros a la luz de tu rostro». Tus pecados ahora mismo están ante la presencia del Señor. Tus desvaríos también. No es algo que está guardado para que un día sea develado. Dios en este momento está viendo el caminar de los hombres. Y esto debería ser una solemne advertencia para que busquemos la santidad. La razón de ser de todo esto, hermano, es que Dios le ha dado al hombre la justa retribución por su pecado.

Nuestros pecados tienen consecuencias; dos consecuencias principales. El versículo 9 dice así: «Todos nuestros días declinan a causa de tu ira; acabamos nuestros años como un pensamiento». La vida se acaba rápido. Y el versículo 10, la segunda: «Los días de nuestra edad son setenta años; y si en los más robustos son ochenta años, con todo, su fortaleza es molestia y trabajo, porque pronto pasan y volamos».

O sea, que tener largos años tampoco es la gran cosa, hermano. Dices: «a ese sí le fue bien, vivió cien años». Cien años de aflicción. «Ah, que tuvo una larga vida». Y de nuevo, la Escritura enseña una larga vida como un regalo del Señor. Sin embargo, está la solemne advertencia de que aun en las vidas largas hay aflicción. «Ah, que vivió cien años, qué bueno». Pregúntale si fueron cien años satisfactorios; te darás cuenta de que en pocos momentos se sintió seguro. Es más, es tan frágil la vida, hermano, que usted no tiene seguridad ni siquiera de que va a poder comer mañana. Eso es la existencia: una existencia de incertidumbre, una existencia de limitaciones. Eso es lo que nos recuerda todos los días que el pecado tiene consecuencias.

Me llama la atención, en cuanto a esto, la manera vívida en que se cumple el libro de Génesis. Dice que la tierra fue hecha maldita a causa del hombre. «Maldita será la tierra por tu causa», le dijo el Señor a Adán, «y comerás el pan con el sudor de tu frente». Y de ahí en adelante no hay nadie que haya podido saltarse ese decreto. Usted puede trabajar bajo aire acondicionado y tendrá que comerse el pan con el sudor de su frente. La realidad es que la aflicción en la vida diaria es natural.

Entonces termina el año y la gente habla de seguridad financiera. «Yo quisiera tener seguridad financiera pronto». ¿Qué es seguridad financiera? Un momento en que uno no tenga que preocuparse, en que no tenga que trabajar. No hay manera, hermano. Usted puede tener todos los ahorros, pero no hay seguridad plena; la realidad es que la vida sigue siendo frágil. Y no está mal tener ahorros, no está mal tener por lo menos un mes adicional para que pase cualquier eventualidad; pero seguridad plena en esta tierra, no.

«Oye, yo quisiera tener esa libertad, esas cosas». No hay tal libertad, hermano. Nuestra tierra, la creación como tal, es una creación limitada. El pecado está aquí. Hay quien dice: si no lo pierdes por tu propio pecado, lo vas a perder por el pecado del otro. Algo que a mí siempre me ha parecido muy injusto, por ejemplo, es que te choquen el carro y haya que ir al seguro y te reparen el carro. Mi carro quedó reparado, pero yo no tuve la responsabilidad de que se estropeara: yo cuido mi carro, pero él viene y se estrella en el mío. Esa es la vida, hermano. No hay manera de que tengas una seguridad plena. Uno termina el año siempre con aflicción y empieza el año también con aflicción.

Otro asunto que causa mucha incertidumbre: si en la tierra hubiese pecado, pero el pecado fuera estándar, si todos amáramos el mismo pecado, la cosa fuera más o menos llevadera. El problema está en que todo el mundo ama pecados distintos. Y en una tierra de pecado no hay un solo pecado. Puede ser que tú tengas cierta inclinación a un pecado y ames ese pecado, y si todos los pecadores amaran tu pecado, entonces la tierra fuera más o menos llevadera. El asunto es que en la multiforme expresión de la maldad algunos aman un pecado y otros aman otro pecado. Y tú no vives en una tierra donde la gente ame a Dios; la gente no ama a Dios, y cuando tú logras una cosa el otro no la quiere. Es un dilema: vivir en el mundo es difícil a consecuencia del pecado.

Cómo se añade sabiduría al corazón

Entender el propósito de esta limitación es lo que produce sabiduría. Y aquí es que cobra sentido el versículo 12, que dice: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría». ¿Cómo se trae sabiduría al corazón? Para traer sabiduría al corazón, hermano, lo primero que usted debe entender es que la existencia limitada ha sido provista por Dios; que es el Señor quien ha decretado que haya incertidumbre, que es el Señor quien ha decretado que haya esas limitaciones, y que es el Señor quien ha decretado que nuestra existencia temporal la vivamos como podamos, pero sin plenitud. Y el que no entiende eso, maldice a Dios. Quien no entiende eso siempre es un creyente sombrío, siempre es una persona maldiciente, siempre es alguien que ora por trivialidades; y cuando Dios no le responde una oración, entonces niega a su Dios.

Un creyente que ha añadido sabiduría al corazón es un creyente que entiende que las limitaciones del tiempo presente han sido decretadas por Dios y con justicia. Y cuando dice «yo no tengo tanto como yo deseaba tener», entonces dice: «yo tengo más de lo que realmente me merezco». Si todavía tienes vida, aunque sea una vida limitada, dale gloria al Señor por los días que tienes.

Añadir sabiduría al corazón, hermano, no es un aforismo, no es simplemente repetir «enséñanos a contar nuestros días de forma tal que añadamos al corazón sabiduría». No es eso, hermano. Es una convicción. Cómo se añade sabiduría al corazón es entendiendo primero que el sufrimiento en este mundo tiene una causa, que no es irracional. Los impíos dicen que este mundo no tiene sentido. Sí tiene sentido. ¿Que en este mundo hay aflicción? La aflicción tiene una causa. No es un asunto de que esto sea una carambola de la vida. Realmente lo que tienes en este tiempo es la aflicción que hay en esta tierra a causa del pecado. Para un creyente, esto tiene sentido.

«Enséñanos a contar nuestros días de forma tal que añadamos al corazón sabiduría» es entender, hermano, que la existencia temporal, limitada y perecedera ha sido colocada por Dios soberanamente, y que en esto no maldigamos a Dios, no nos quejemos del Señor amargamente; que si acaso tenemos mucho o tenemos poco, digamos: tenemos mucho o poco más de lo que merecemos.

La segunda mitad del salmo: misericordia

Sin embargo, yo encuentro más consuelo en la segunda parte del salmo. Y aquí les diré, hermanos, que hay diferentes sistemas teológicos, pero yo doy gracias de que nunca terminé vendido a ese determinismo de los calvinistas y todas esas cosas, porque hay mucha esperanza en la Escritura a pesar de esto.

Desde el versículo 1 y hasta el versículo 12, el salmista describe la realidad de la vida, hermano, como un asunto que no vale la pena. Si ese fuera el caso, un creyente sería un pesimista: «no vale la pena, los días son limitados; el Señor está diciendo que aunque vivamos mucho vamos a vivir siempre con carencias». Entonces habría que poner la cara dura y asumir: «bueno, eso es lo que toca». Eso se llama determinismo: Dios es soberano y Dios lo estableció así, conformémonos; el Señor lo decretó, y si el Señor lo decretó, eso es bueno.

A mí me llamó la atención, hermano, que en este salmo no solamente se manifiesta la soberanía de Dios, sino también su inmensa misericordia. Es verdad que nuestros días son cortos y pueden ser días malos, pero dice el salmo, del versículo 13 en adelante:

Vuélvete, oh Jehová; ¿hasta cuándo? Y aplácate para con tus siervos. De mañana sácianos de tu misericordia, y cantaremos y nos alegraremos todos nuestros días. Alégranos conforme a los días que nos afligiste, y los años en que vimos el mal. Aparezca en tus siervos tu obra, y tu gloria sobre sus hijos. Y sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros, y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros; sí, la obra de nuestras manos confirma.

— Salmo 90:13-17

Este salmo no termina, hermano, en desmotivación. No termina en una resolución mecánica. No termina en un determinismo que nos dice que no hay nada que hacer, que si el Señor soberanamente lo decretó, entonces crucemos los brazos y digamos «gracias, Dios». Lo que dice el salmo, hermano, es que a pesar de las limitaciones y la precariedad de la vida, Dios es un Dios misericordioso. Es verdad que la vida es difícil, pero con la ayuda del Señor se vuelve más llevadera. Es verdad que nuestra existencia temporal es como paja, pero el Señor hace que encontremos alegría, que reposemos junto a algún pozo de agua en medio del camino.

Yo no voy a tratar de menospreciar a nadie, hermano. Yo celebro, por ejemplo, a Agustín de Hipona; y su determinismo pasó a Juan Calvino, que fue su heredero teológico, y a Jonathan Edwards, que por el siglo XVIII lo rescató, y a John Piper, que más recientemente predica todas esas cosas: que Dios es un Dios soberano y que lo que Dios ha determinado siempre será así. Yo los dejo ahí en su asunto, hermano, pero yo clamo al Señor por misericordia.

Porque dice también un salmo:

Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.

— Salmo 34:6

Yo los dejo a ellos en el versículo 2, hermanos, y yo continúo en la Escritura hasta el versículo 17. Es verdad que la vida es difícil, es verdad que la vida es limitada, hermano, pero al mismo tiempo yo sé que Dios ha mostrado ser un Dios misericordioso, un Dios en el cual hemos encontrado refugio de generación en generación. La vida es difícil, hermano, y la vida es precaria, pero Dios sigue siendo Dios y Dios sigue siendo bueno.

La misericordia de Dios no riñe con su soberanía. Hay gente que te enseña que el único propósito de la oración es que nosotros entendamos los decretos de Dios. Te enseñan que uno no debería orar, porque intentar orar es intentar cambiar a Dios, y Dios es soberano y tú eres la criatura. Yo no oro para cambiar a Dios, hermano. Dios ya era misericordioso antes de que yo me encontrara con Él. O sea, yo no necesito cambiar a un Dios misericordioso para que sea misericordioso. Lo que hago es apelar a uno de los atributos del carácter de Dios, y es su inmensa misericordia. «Rafael, ya están decretadas las consecuencias de tu pecado». Aun así, Dios sigue siendo misericordioso.

Y yo quiero enseñar a final de año, hermano, que no se deje vender por ese pensamiento determinista que te dice que no hay que orar al Señor para que las cosas cambien, que las cosas solamente hay que asumirlas de manera estoica, que lo que hay que hacer es ser agradecido aun en la tribulación. Sea agradecido en medio de la tribulación, no deje de hacerlo nunca, hermano. Pero yo le diré que en un momento el Señor había determinado que no era el tiempo de los gentiles, que era el tiempo de los judíos, y le dijo a sus discípulos: «por camino de gentiles no vayáis». Y vino una mujer que era sirofenicia, que tenía una hija endemoniada. Y vino a la presencia del Señor, y el Señor le dijo: «no, no podemos quitarles la comida a los hijos para dársela a los perrillos». Esta mujer, hermano —gloria al Señor— apeló a la misericordia de su carácter y le dijo: «pero aun los perrillos comen de lo que cae de la mesa». Y es verdad, hermano: no era el tiempo, no era el tiempo, pero aun los perrillos comen si algo cae.

Con una migaja de la misericordia del Señor puedes saciar toda tu necesidad. Por eso, clama al Señor. Y te dirán: «no, no clames al Señor, que si el Señor lo decretó, decretado está». Misericordia, Señor, misericordia: eso es lo que clamamos. Y de nuevo, yo no te invito a que ores para cambiar a Dios; no podrás cambiar a Dios, y tampoco puedes obligarlo a concederte. Yo te digo que ores porque Dios es soberano, pero al mismo tiempo Dios es grande en misericordia.

«Ah, no, no oremos, porque el Señor lo decretó, ya está establecido; Dios es soberano, Él habita la eternidad, tú solamente eres la criatura». Hubo un rey a quien el Señor le dijo que se le terminó el tiempo. Y le mandó al profeta Isaías: «dile al rey que recoja, que se muere, que se le acabó su tiempo». Pero este rey sí fue diligente, hermano: inmediatamente dice que clamó al Señor por misericordia, y todavía el profeta estaba de camino cuando el Señor llamó al profeta y le dijo: «Isaías, devuélvete, ve donde el rey y dile que le di 15 años más». ¿Y qué fue lo que pasó? El rey oró, pidió, y se le dieron 15 años más. Quince años más de aflicción, 15 años más de dificultad, pero le dieron 15 años, hermanos. Gloria al Señor. Y el Señor le dijo que no solamente le iba a dar 15 años más, sino que también lo iba a librar de sus enemigos.

«Ay, no, no clamen al Señor, porque Dios es soberano; si ustedes van a orar, oren solamente para que el Señor cambie su corazón y puedan aceptar soberanamente sus decretos». Hermano, clame por misericordia, que Dios sigue siendo Dios y Dios es bueno. Es más, si no fuera por la misericordia de Dios, hermano, yo le diría: es verdad, entreguémonos, abandonémonos a ese asunto de que la vida no tiene sentido, esperemos ya la existencia eterna, esperemos entrar en su presencia solamente. Pero te digo que clames, porque encuentro evidencia en la Escritura de que este pobre clamó y le oyó Jehová.

El que escribió este salmo, Moisés, sabía de eso. Dicen algunos que este salmo fue escrito por Moisés después de que el Señor le concedió no destruir al pueblo. Se recuerda aquel momento cuando mandaron a los espías y los espías dieron el informe; dice que todo el pueblo se turbó y comenzó a maldecir. El Señor le dijo: «los voy a destruir a todos ellos y te voy a buscar otro pueblo que sea mejor que ellos». Dice que Moisés clamó al Señor: «ay, Señor, no los destruyas, por amor a tu nombre».

Lo que Dios puede hacer cuando clamamos

Y por amor a su nombre, el Señor no los destruyó. Y de Jerusalén, ¿verdad, hermano? De Jerusalén también había salido el decreto del Señor, y dice que la razón fue que no había nadie clamando por la ciudad. «Dejémosla; no oremos por Santo Domingo, no oremos por esta ciudad». Eso no es bíblico, hermano. Dice que al final de los tiempos vendrá toda esta destrucción; que el pueblo clame por su ciudad. Clame por el lugar donde el Señor lo puso, ore por Santo Domingo, sin importar el despropósito, porque Dios ha sido misericordioso de generación en generación.

Y Abraham intercediendo por Sodoma y Gomorra. Pero te dicen esos deterministas que Abraham no estaba persuadiendo al Creador; ellos le llaman a eso un antropomorfismo, que es un recurso literario en el que un escritor le atribuye a la deidad las características del hombre para poderla explicar. Hermano, eso no es un jueguito retórico. Ahí hay un clamor real y hay una resolución de misericordia real. Cuando Moisés estaba clamando, cuando Abraham estaba clamando, eso no es un recurso literario para explicar a Dios. No, hermanos: realmente clamaron y Dios les respondió.

¿Qué es lo que Dios puede hacer cuando clamamos, hermanos? Yo te digo: mira, es verdad, la mitad de este salmo es un poco tétrica, te dice que tus días son limitados, que tus días son difíciles; pero la segunda mitad, a partir del versículo 12 en adelante, hermano, esto mejora. ¿Qué es lo que el Señor puede hacer cuando clamamos? Dice que puede aplacar su justa ira. Y es verdad, hermano, que lo que nos toca es la ira del Señor por nuestro pecado, pero el Señor en su misericordia la aplaca.

David sabía de eso, hermano. En un momento David pecó y el Señor le dijo: «¿qué quieres, esto o aquello? ¿Quieres que te castigue así o así? Determínalo tú». Y dijo: «Señor, porque es mejor que venga de tu mano y no de la de aquellos».

Y le diré, hermano, que Dios también acomoda tu corazón a que quizás el Señor no te responda lo que tú estás pidiendo. Pero no debes dejar de intentarlo, hermano, no debes dejar de clamar. Por ejemplo, David, en un momento cometió pecado otra vez, y el Señor le dijo que el niño iba a morir. Es uno de los pasajes de la Escritura que encuentro más difícil. Dice que David, hermano, estuvo en la presencia del Señor en ayuno y oración, clamando por la vida de su hijo. El Señor dijo: «no, mi decreto es que el niño muere».

Y efectivamente el niño murió, hermano. Y David se paró de ahí y en medio de eso encontró gozo: dice que se lavó, se levantó, fue y adoró al Señor.

Jesús, el Hijo, estuvo también clamando: «Padre, si es tu voluntad, pasa de mí esta copa». Eso no es retórica. Él no estaba pidiendo otra cosa; eso es lo que Él estaba pidiendo. Porque esta gente ahora quiere interpretar toda la Escritura a la luz de su sistema y decir que Jesús realmente no estaba clamando, que estaba dando una demostración para nosotros. Él estaba clamando ahí, en su humanidad, y decía: «si te es posible, pasa de mí esta copa». No le pasaron la copa, pero los ángeles lo consolaron, hermano.

A Pablo muchas veces el Señor le respondió su oración, y en otro momento le dijeron: «bástate mi gracia», y lo dejaron enfermo. Y Timoteo, un colaborador tan cercano a Pablo, dice que tenía problemas del estómago, y parece que no lo curaron: lo dejaron así. Con esto te diré, hermano, que es verdad, no tenemos la capacidad de demandar que el Señor aplaque su ira, pero inténtalo. La oración, hermano, marca diferencias reales. Oramos confiando en que Dios es misericordioso de generación en generación.

Dice el versículo 13 que Él puede aplacar su justa ira. También dice el versículo 14 que podemos saciarnos de su misericordia. Sea cual sea tu necesidad apremiante, eso que te tiene desasosegado, clama al Señor y el Señor puede concederlo.

Pero me llama la atención el versículo 15, que dice que Él puede alegrarnos tal cual y por tanto tiempo como fuimos afligidos. Esa aflicción, esa incertidumbre de hoy, muy probablemente mañana te dé un gozo que sea tanto o mayor, o por lo menos comparable, con la aflicción del tiempo anterior. El Señor cambia la tristeza; dice que Él cambia el lamento en baile:

Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.

— Salmo 30:11

Y sobre todo, hermanos, el versículo 17, y con esto termino. Si uno sacara a Dios de la ecuación, todas nuestras obras serían vanidad. Y yo les diría a ustedes: no hagan planes ni proyectos, no emprendan nada, no comiencen nada, nada vale la pena; no se casen, no tengan hijos, no comiencen empresas, no comiencen instituciones, no hagan nada, que todo esto está dañado. El último que apague la luz.

Sin embargo, los versículos 16 y 17, hermanos, dicen lo que el Señor puede hacer cuando clamamos a Él. Miren lo que dice: «Aparezca en tus siervos tu obra, y tu gloria sobre sus hijos». La verdad es que nuestras obras pueden ser vanidad, nuestras cosas pueden serlo, pero el Señor puede hacer que estas obras de manos limitadas, de gente que es como la hierba, gente que es como un sueño, gente que es como un torrente de aguas, gente que piensa que la existencia no vale la pena… el Señor puede hacer que las cosas de estas criaturas suyas tengan significado y que manifiesten hasta su gloria. «Ah, no, no hagamos nada, entreguémonos, que todo esto está dañado, que la vida es limitada, que la vida es difícil». No, hermano: clama al Señor y pídele al Señor que llene de su gloria tus obras.

«Sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros». Para eso uno clama, hermano. Las obras de los hombres solamente son oscuridad; clama al Señor para que sea la luz de Jehová nuestro Dios sobre nosotros «y la obra de nuestras manos confirma sobre nosotros». Y de nuevo lo reitera: «sí, la obra de nuestras manos confirma».

Les reitero, hermano: si estás pasando balance de fin de año y encuentras que has estado en dificultad, eso es lo que toca, es verdad. La realidad de nuestra vida es que sus días son cortos y serán difíciles. Pero podemos contar de tal modo nuestros días que añadamos al corazón sabiduría; podemos ver nuestra existencia a la luz de la eternidad de Dios y a la luz de sus decretos. Y sobre todo, hermano, si usted cree en la Escritura más que en cualquier sistema teológico, clame al Señor con confianza, confiando en que aun en nuestras precariedades el Señor puede aplacar su ira. Y aunque merezcamos castigo, hermano, clamemos por su misericordia y esperemos respuesta del Señor; y a la luz de su respuesta, entonces tendremos existencias que sean satisfactorias.

Llamado final y oración

Oro al Señor para que esta sea una iglesia que reciba los decretos del Señor con agradecimiento, pero al mismo tiempo que sea una iglesia que vaya al trono de la gracia para alcanzar gracia y el oportuno socorro. Cierren sus ojos un momento.

Tal como he estado orando, primero clamo por aquellas personas que están aquí presentes que todavía no se saben parte del pueblo del Señor. No te refugies en tu razonamiento. Tú y yo sabemos que tú no merecías nada de esto, es verdad; lo que merecías era sumarte a la condenación, merecías haber sido destruido. Pero dice la Escritura que podemos clamar al Señor, y que el Señor no solamente nos da asuntos temporales, sino que sobre todo nos da la vida eterna. Si tú has estado aquí hoy, en el último culto público de nuestra iglesia en este año, yo te invito a clamar al Señor, sobre todo por tu alma.

Si tú todavía no eres cristiano, lo que te espera es la destrucción. Si difícil es tu existencia temporal, difícil será tu existencia eterna, alejado de la presencia del Señor. No pretendo yo convencerte; el Espíritu Santo es quien lo hace, por amor, y quien te convence de pecado, de justicia y de juicio. Pero puedo decirte que ahí mismo clames por misericordia, que clames por tu alma.

Si tú no eres cristiano, clama en este último domingo del año, clama por tu alma. Dile: «Señor, ten misericordia de mí, que soy pecador. Sé que lo que merezco es la justa retribución de mi desvarío, pero no me respondas en consecuencia; aumenta tus misericordias». Pídele al Señor ahí por la salvación de tu alma. Antes de cualquier otra cosa, pide salvación. Puedes tener una vida temporal precaria, pero tendrás una eternidad de abundancia en su presencia. Dile al Señor en oración: «perdona mis pecados, recíbeme por tu hijo, dame el derecho, la potestad, de ser llamado hijo de Dios, y permite, Señor, que pueda pasar la eternidad en tu presencia».

Oro sobre todo por mis hermanos. Si te has sentido triste, hermano, si te has sentido descorazonado, si has sentido las consecuencias de un mundo caído en este año especialmente y te sientes descorazonado, te invito a que añadas sabiduría al corazón y que entiendas que es justo que el mundo sea así, que es justo que la creación esté limitada, que en el decreto de Dios no hay injusticia, que tenemos lo que merecemos. Pero te invito, hermano, a no quedarte ahí, sino a apelar por misericordia.

Pídele al Señor misericordia para tu familia; pide por misericordia en tu trabajo, pide por misericordia en tu negocio, pide por misericordia en tu cuerpo y en tu salud. Es natural que se pierdan facultades, pero el Señor a veces las devuelve. Al cojo le correspondía no caminar, pero el Señor le devolvió su facultad; al ciego le correspondía no volver a ver, pero el Señor le devolvió la visión. El sordo no tenía que oír, pero el Señor abrió sus oídos.

Todas las limitaciones en la creación nos recuerdan que el pecado es real y tiene consecuencias. Pero el Señor da mayor gracia. Clama al Señor con confianza. Pídele al Señor, hermano, por las áreas de tu vida donde te gustaría tener un poquito más de desahogo, donde no quisieras estar tan estrecho. Él no quita la incertidumbre del todo, hermano, pero responde con provisión extraordinaria. Habrá aflicción en esta tierra, pero al mismo tiempo habrá provisión del Señor. Pídele ahí al Señor, clama en oración ante Él.

Gracias, Señor, por tu Palabra; gracias por tu sabiduría; gracias, Señor, por el Salmo 90. Gracias, Señor, por esta dosis de realidad que nos da, al mismo tiempo, Señor, este sobrecogimiento y esperanza. Te pido, Padre, por esta iglesia que cierra el año. ¿Qué otra cosa pedirte, Señor, que no sea que nos abras el trono de la gracia? Que nos des, Señor, libre acceso a tu presencia; que tus oídos estén dispuestos a escuchar el ruego de un pueblo, Padre, que clama por cosas que quizás no son muy trascendentales, pero que son oportunidades para que tú te glorifiques. Todas estas cosas las pedimos para la gloria de tu precioso nombre, en Jesús. Amén.

Que el Señor les guarde, hermano. Que el Señor le bendiga.

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