Nos encomendemos delante del Señor y le presentemos este tiempo de exposición en su palabra. Claro, si ustedes me dan un momento, les voy a pedir que donde están extiendan una manito así sobre alguna persona que usted tenga cerca, y en una manifestación de que estamos juntos aquí como congregación, recibiendo la palabra del Señor, nos encomendamos reverentemente en oración delante de Él.
Aquí estamos, Señor, congregados. Aquí tenemos, Señor, tu palabra. Mira qué gran oportunidad hay aquí de que el hombre se encuentre con tu palabra. Permite que la exposición de tus sagradas Escrituras, que sabemos que es una palabra viva, que hace obra en el hombre, permita que, por un lado, a aquellos que ya han creído les sirva de ánimo o de edificación.
Y a aquellos, Señor, que todavía no se consideran creyentes y no han puesto en ti su confianza, que sean motivados, Señor, a profundizar aún más en las Escrituras, a permanecer aún más en tu palabra y, sobre todo, a hacer lo que ellas demandan de cada hombre. Te pedimos que durante este tiempo de enseñanza sea tu Santo Espíritu en medio nuestro, que tu palabra, Señor, caiga en buena tierra. Permite que veamos pronto el fruto de las semillas que hoy se siembren.
Te pido en este momento, especialmente, por los miembros de esta iglesia, Señor. Permite que la porción de la Escritura que hoy estaremos predicando sea memorable de aquí a muchos años y que esto contribuya, Señor, al refinamiento de nuestra iglesia, al perfeccionamiento, y a que como iglesia local todavía te glorifiquemos más. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Cristo, amén.
Tal como han visto, en este año hemos estado poniendo la palabra del Señor siempre en libros del Antiguo Testamento. Hemos cerrado una larga serie de enseñanzas acerca de la monarquía en Israel. Hemos visto cómo Israel nació como nación. Hemos visto al mismo tiempo cómo el Señor les proveyó de reyes. Hemos visto cómo el Señor les envió profetas. Y el domingo antepasado estuvimos viendo que por el pecado de Israel su ciudad fue destruida y ellos fueron enviados a otra nación en cautiverio.
Terminamos esta exposición con Israel siendo destruida como pueblo y enviado al cautiverio. El domingo pasado consideramos un salmo de las Escrituras, también relativo a esta época histórica, y hoy estaremos considerando uno de los profetas del Antiguo Testamento. Acompáñenme al profeta Abdías.
Presentación del libro de Abdías y la tesis del sermón
El libro del profeta Abdías está en la última parte del Antiguo Testamento, después de Amós y justo antes de Jonás. Si usted no lo puede conseguir fácil, puede auxiliarse del índice de su Biblia. Doy un chance para que todos puedan buscar en sus Biblias el libro del profeta Abdías, donde estaremos hoy exponiendo la palabra del Señor.
Hermanos, Abdías es el libro más corto de todo el Antiguo Testamento, y en extensión es el segundo libro más corto de todas las Escrituras. Hay personas que dicen: “Yo quisiera leer un libro completo de la Biblia”. Esta es la oportunidad. Son 21 versículos solamente. Este es un libro que consta de 21 versículos nada más. Quizás si usted lee el editorial del Diario Libre y un artículo largo, ya usted leyó el libro del profeta Abdías. Es un libro sumamente corto.
Y tiene una precisa lección espiritual que a mí me interesa que nuestra iglesia local, específicamente, aprenda. A diferencia, por ejemplo, del libro del profeta Isaías, que es un libro extenso y se nos habla de diferentes temas muy variados, el libro del profeta Abdías habla de un solo tema y ya. Es más, yo no aspiro hoy, hermanos, a desarrollar un sermón muy largo. He venido hoy a predicarle específicamente a mi iglesia local acerca de una verdad espiritual. Y cuando les pongan mano, ahí mismo lo cerramos, porque es un libro muy corto y en el momento en que uno entiende de qué se trata el libro y cuál es la lección espiritual, uno puede moverse.
Cuando estuve preparando esta exposición de la palabra del Señor, estuve pensando específicamente en nuestra iglesia local. Y lo que he venido a traer quizás no es un problema para nosotros ahora mismo, pero he venido a prevenir un problema. Hay veces que uno reacciona a una situación que ya está dada, y hay veces que uno se antepone a esa situación y llega antes de que llegue el problema.
He venido, hermanos, a advertir a nuestra iglesia local de un mal que podría atacar a la iglesia para que nosotros no corramos ese mismo destino. He venido a hablarles acerca de nuestra actitud ante el hermano que ha caído. Quizás conoces tú alguna persona que fue un cristiano durante un tiempo y se apartó de los caminos del Señor. Quizás conoces a una persona que estuvo visitando una iglesia y ya no la visita.
Quizás conoces tú alguna iglesia local que se ha apartado de los fundamentos de la palabra del Señor. Quizás has escuchado por los medios de comunicación de algún ministro cristiano que ha terminado avergonzando la iglesia del Señor. Dice así nuestra introducción: cada cierto tiempo se hace pública la caída de algún creyente, el desvío de una iglesia local o el mal testimonio de alguna organización cristiana. Quizás ustedes lo han oído.
Todos esos son casos muy tristes, pues dañan el cuerpo de Cristo en general y son usados por los impíos para acusar a Dios. Sin embargo, hay algo aún más triste en todo esto: es la actitud de muchos de sus mismos hermanos que, en vez de lamentarse de la caída y sus consecuencias, en vez de interceder o tratar de restaurar, aprovechan la ocasión para exaltarse a ellos mismos, proclamando su propia justicia.
Aprovechan la ocasión para anunciar el cumplimiento de su pronóstico, diciendo que ellos lo sabían, que ellos se lo dijeron, o hasta para tomar provecho de la situación. El pueblo de Israel se corrompió a un punto tal que se hizo abominable ante Dios y recibió su castigo. Pero mientras su ciudad era destruida, la ciudad de Jerusalén, los edomitas, que eran familiares suyos, se alegraron, se jactaron, echaron mano de sus bienes y hasta mataron ellos mismos a quienes lograron escapar.
Hoy veremos que en nuestra actitud hacia el hermano caído se puede hacer manifiesto nuestro propio pecado, y que si en vez de mostrar compasión nos alegramos, probablemente ellos serán restaurados y nosotros completamente destruidos. ¿Cuál es el contexto histórico de este pequeño libro de la Escritura, la profecía de Abdías?
Contexto histórico: Jerusalén destruida y la soberbia de Edom
Tal como vimos hace tres domingos, Jerusalén fue destruida. Este pueblo se corrompió delante del Señor, participó de pecados abominables ante Dios. El Señor determinó que Israel debía ser castigado. Pero cuando Israel estaba siendo castigado, aparecieron sus primos, que eran los edomitas.
Los edomitas son los descendientes de Esaú, hermano de Jacob, su antepasado. Vivían en Edom, y esos edomitas se alegraron de que Israel fuera destruido. Cuando la ciudad estaba siendo derribada, dice que ellos se jactaron de tal cosa. Es más, ellos se unieron a los enemigos de Israel y fueron los que le dieron la estocada final al pueblo del Señor. Ese es el contexto de la profecía: por un lado, Dios castigando a un pueblo, y por otro lado, un pueblo alegrándose del castigo de Dios.
Antes de desarrollar mi sermón, quiero preguntarle a mis hermanos: ¿cómo reaccionas tú cuando alguien cae? ¿Qué haces tú cuando un hermano tuyo se descarría? ¿Cuál es el sentimiento que hay en tu corazón cuando escuchas que alguna iglesia local o que algún ministro terminó en vergüenza? ¿Te unes tú al mundo? ¿Te regodeas de la desgracia del otro? ¿O haces como debemos hacer los cristianos, que es mostrar misericordia a aquel que está siendo abatido?
Hermano, quisiera prevenir a mi iglesia local de que terminemos siendo una iglesia soberbia, una iglesia que anda buscando las otras iglesias locales a ver cuál cayó o cuál se levantó, y que nos convirtamos más bien en una iglesia que restaura al caído y que hace todo lo que está a su alcance para que el nombre del Señor sea levantado.
Quizá podemos leer Abdías completo. Primero es la reprensión del Señor, después la razón de esa reprensión y después cómo terminará la historia. Les recuerdo: los edomitas eran primos de Israel, eran descendientes de Esaú. Dice así la palabra del Señor, capítulo uno de Abdías, que es el único.
Visión de Abdías. Jehová el Señor ha dicho así en cuanto a Edom: Hemos oído el pregón de Jehová, y mensajero ha sido enviado a las naciones: Levantaos, y levantémonos contra este pueblo en batalla.
He aquí, pequeño te he hecho entre las naciones; estás abatido en gran manera. La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada, que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?
Si te remontares como águila, y aunque entre las estrellas pusieras tu nido, de allí te derribaré, dice Jehová.
— Abdías 1:1–4
Escuchen cuál es el castigo que le va a venir a los edomitas. Dice el Señor que Él los va a destruir. Ahora les dice cómo lo hará:
Si ladrones vinieran a ti, o robadores de noche (¡cómo has sido destruido!), ¿no hurtarían lo que les bastase? Si entraran a ti vendimiadores, ¿no dejarían algún rebusco?
¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú! Sus tesoros escondidos fueron buscados.
Todos tus aliados te han engañado; hasta los confines te hicieron llegar los que estaban en paz contigo. Prevalecieron contra ti los que comían tu pan; pusieron lazo debajo de ti. No hay en ello entendimiento.
¿No haré que perezcan en aquel día, dice Jehová, los sabios de Edom, y la prudencia del monte de Esaú?
Y tus valientes, oh Temán, serán amedrentados; porque todo hombre será cortado del monte de Esaú por el estrago.
— Abdías 1:5–9
Escuchen cuál es el castigo que le está viniendo a este pueblo de parte del Señor. Dice el Señor que los va a destruir completamente. Ahora les dice cuál es la razón. Escuchen con atención, hermanos, cuál es la razón por la cual los edomitas van a ser destruidos:
Por la injuria a tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás cortado para siempre.
El día que estando tú delante, llevaban extraños cautivos su ejército, y extraños entraban por sus puertas, y echaban suertes sobre Jerusalén, tú también eras como uno de ellos.
Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron, ni debiste haberte jactado en el día de la angustia.
No debiste haber entrado por la puerta de mi pueblo en el día de su quebrantamiento; no debiste haberte alegrado de su mal en el día de su quebranto, ni haber echado mano a sus bienes en el día de su calamidad.
Tampoco debiste haberte parado en las encrucijadas para matar a los que de ellos escapasen; ni debiste haber entregado a los que quedaban en el día de la angustia.
— Abdías 1:10–14
La pregunta es: ¿no fue el Señor el que determinó el castigo a Israel? ¿Y por qué el Señor se ofende de que Esaú se junte a los otros en el castigo? Bueno, esto es una preciosa lección espiritual.
Lección espiritual: Dios disciplina, nosotros no nos alegramos
La lección espiritual es que el Señor castiga de vez en cuando a sus hijos, pero nosotros no estamos llamados a alegrarnos. Nosotros sabemos que el Señor destruye al impío, pero nunca deberíamos cultivar en nuestro corazón el deseo de que el impío sea destruido. Nosotros deberíamos lamentarnos del destino que corren aquellos que se apartan de la voluntad del Señor, pero el anhelo más profundo en nuestro corazón debería ser que aquellos que se han apartado se restauren.
Al mismo tiempo les diré, hermanos, que esto se torna difícil. Vivimos en una sociedad que no ama a Dios, y quisiéramos a veces, en lo más profundo de nuestro corazón, que todos los impíos tropiecen en algo y que sean destruidos en este momento. Sin embargo, les diré que lo que debe prevalecer en el corazón de cada cristiano es la misericordia, y que hasta que el Señor haya terminado de destruir totalmente al impío, lo que debe haber en nuestro corazón es un profundo ruego delante del Señor para que cada hombre sea restaurado.
Es más, les diré que si nosotros nos dejamos confundir y anidamos en nuestro corazón un deseo de destrucción improcedente hacia el impío, probablemente aquellos serán restaurados y nosotros mismos destruidos. Tenemos que ser sabios. Dios tenía razones de peso para que Israel fuera destruido. Era un pueblo idólatra. Había corrompido hasta el mismo templo del Señor. En Israel la abominación llegó a ser tal que los mismos judíos sacrificaban sus hijos a los dioses falsos.
Y cuando el Señor determinó castigo a los judíos, recriminó a los edomitas porque se unieron a los enemigos. Al mismo tiempo les diré que en los edomitas había una actitud muy soberbia. Dice la Escritura:
La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada, que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?
— Abdías 1:3
Hermanos queridos, dice la palabra del Señor en el Nuevo Testamento que “el que piensa estar firme, mire que no caiga”. Quizás tú te sientas tentado a opinar contra aquel hermano que cayó porque tú mismo piensas que estás firme. Te diré: no confíes en tu propia seguridad. Por la misericordia del Señor tú puedes prevalecer en pie, y por la misericordia del Señor tu hermano también podría ser restaurado.
El lugar donde habitaban los edomitas era una montaña de piedra. Dice que ellos habitaban en la hendidura de la roca. Su ciudad, la capital, se llamaba Petra; esto es “piedra”. Y vivían en unos acantilados de piedra. Nadie podía llegar adonde estaban los edomitas. Ellos, en su soberbia, decían: que destruyan a Jerusalén, a nosotros no, porque no nos pueden alcanzar.
Ejemplos de soberbia en iglesias locales
Quisiera contarles, hermanos, algunas expresiones de soberbia en iglesias locales. Son muchas las iglesias locales que han sido descuidadas y han permitido que su buen testimonio se convierta en un motivo de soberbia. Quizás alguien te ha dicho: “Guau, tú eres de tal iglesia, qué bueno que tú eres de esa congregación, es una congregación con muy buen testimonio”. Hermano, no te dejes llevar de esto para sentirte más especial que la media de los cristianos.
Mira tu iglesia local: no es la mejor iglesia ni tampoco la peor, es una iglesia local. Pero son muchas las iglesias que se han dejado llevar por su buen testimonio y han terminado como Esaú. Han escuchado de iglesias que tienen maestros elocuentes, y dicen: “Guau, los pastores de esa iglesia, los maestros de esa congregación, esos sí tienen palabra del Señor”. Hermano, la palabra del Señor está en muchas partes.
Quizás tú tengas el maestro más elocuente, quizás tengas el menos elocuente, pero tienes un maestro. Y dondequiera que se predica la palabra del Señor, con o sin elocuencia, es la palabra del Señor. Son muchas las iglesias locales que se han dejado arrastrar de que tienen un gran maestro, tienen grandes pastores, y ahí han terminado llegando a su destrucción. Es la soberbia.
La numerosa membresía o la membresía muy pequeña también se convierte en motivo de orgullo. Hay iglesias que dicen, y se sienten orondas, porque “tenemos muchos miembros nosotros”. Otros dicen: “Nosotros tenemos una membresía pequeña y somos más fieles”. Hermanos, todo eso es soberbia. Que seas una iglesia grande o una iglesia pequeña no hace que seas una iglesia mejor que otra, pero probablemente, con números muchos o pocos, termines cometiendo el mismo pecado que cometieron los edomitas.
Hay un orgullo denominacional. Algunos dicen: “Nosotros sí, porque somos una iglesia reformada”. Otro dice: “Nosotros sí, porque somos una iglesia pentecostal”. Otro dice: “Nosotros sí, porque somos una iglesia bautista”. Yo les diré: nosotros sí, porque somos la iglesia de Cristo, todos. Tú puedes ser bautista, tú puedes ser reformado, siempre y cuando estemos de acuerdo en las cosas más básicas. Lo más básico es Cristo, gloria al Señor por eso.
Pero ese orgullo, esa espinita denominacional, a veces se apodera de uno. Viene el espíritu de los edomitas y terminamos deseando el mal del otro o no metiendo la mano temprano cuando el Señor está castigando. El reconocimiento público: hermano, gloria al Señor por las iglesias que tienen buen testimonio y que todo el mundo las conoce, y que cuando alguien menciona “Ah sí, yo sé cuál es esa iglesia”, son conocidas.
Pero ten cuidado, porque el testimonio público se podría convertir en un estorbo para que termines tú lleno de soberbia y desmeritando a los demás. Una iglesia madura. Miren, la madurez de todas las congregaciones no es igual. Seríamos poco sabios si entendiéramos que todo el mundo está al mismo nivel de madurez. Hay congregaciones que tienen miembros más maduros, hay otras que tienen miembros más inmaduros, pero tienen miembros y son cristianos.
Y el nivel de madurez de unos cristianos no debería convertirse en una ocasión de caer para desmeritar el trabajo que se está haciendo en otra parte. Quiero darles algunas expresiones de cómo esa soberbia se manifiesta en el hombre. Hay iglesias en que quizás la soberbia se manifiesta en una falta de comunión hacia los demás. Yo te pregunto, hermano: ¿cómo tú te sientes cuando ves una iglesia que no es la tuya?
Quizás tú piensas que tu iglesia es la mejor. Tú piensas: “No, hermano, mira, hay iglesias que adoran al Señor de un modo y otras que adoran al Señor de otro”. Siempre y cuando las iglesias estemos de acuerdo en las cosas más fundamentales, que es la doctrina de Cristo, que es la salvación, hay asuntos que son secundarios, hermanos, en los cuales no necesariamente tenemos que estar de acuerdo.
Les pongo un ejemplo: quizás vayas a una iglesia que tenga un estilo de adoración más histórico, quizás que solamente canten himnos históricos. Quizás vayas a una iglesia que tenga una adoración más contemporánea. ¿Eso hace que una o la otra sea mejor? No. Lo que tiene que ser cuidado es que la soberbia de tu corazón puede terminar engañándote y hacerte entender que tu iglesia es la única iglesia que existe.
Burlas, discusiones y rivalidades entre hermanos
Las burlas son otra expresión de soberbia. Yo no quisiera saber que ninguno de mis hermanos de esta iglesia han participado en esto, pero hay creyentes que se burlan de otros. Por ejemplo, yo he escuchado con tristeza burlas de hermanos de iglesias bautistas y reformadas hacia iglesias pentecostales, y se burlan de ellos, de su culto, de su estilo de adoración. Dicen: “Esa iglesia sí…”, y se ríen. Yo no quiero eso para mis hermanos.
Pero al mismo tiempo he visto iglesias pentecostales que se burlan de las iglesias bautistas y reformadas y les dicen: “En esa iglesia no está el Espíritu Santo”. Y yo les pregunto: ¿cómo llegaron hasta el salón? Porque sin el Espíritu Santo no hay convicción, sin Espíritu Santo no hay convencimiento de pecado. Es una burla que no tiene sentido.
Las discusiones agrias también son una expresión de soberbia. Yo les pregunto, hermanos: cuando usted discute asuntos de doctrina, ¿cómo discute? ¿Discute para la exaltación personal o discute para la edificación? Es algo muy lamentable encontrar hermanos cristianos que se enfrascan en discusiones donde cada uno trata de tener la razón. Yo me pregunto: ¿usted cree que de verdad usted tiene la razón, o cree que Cristo tiene la razón?
Los celos, la falta de valoración a las contribuciones de los otros, también son expresiones de soberbia. Pero había algo más profundo en Edom, hermanos: había una razón histórica. Dios había bendecido a Israel y le dio una bendición mayor que la que le dio a Edom, y eso no lo podía determinar Esaú. Esaú era el que le tocaba la primogenitura, pero la bendición del pacto se la dieron a su hermano.
Su hermano fue bendecido y tuvo una mayor prosperidad. En cinco ocasiones los edomitas intentaron destruir al pueblo de Israel. ¿Por qué? Porque al pueblo del Señor le dieron un “chis” más que a ellos. Con esto quiero animar a nuestra iglesia local: hermanos, hay gente a quienes el Señor les da más que a otra gente, y esto también se ve a nivel individual.
Mírenlo en su trabajo: usted va a encontrar gente que el Señor le dio más talento que a usted. Y cuando tú cultivas en tu corazón un deseo de que el otro, porque tiene más que tú, sea destruido, estás en el camino de ser destruido tú mismo.
Ahora quisiera considerar de nuevo la razón del castigo. Ya les he dicho de dónde viene esta rivalidad. Permítanme repetir la razón del castigo. Dice así, refiriéndose al día en que Jerusalén fue tomada:
En el día que estando tú delante, llevaban extraños cautivos su ejército, y extraños entraban por sus puertas, y echaban suertes sobre Jerusalén, tú también eras como uno de ellos.
Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron; ni debiste haberte jactado en el día de la angustia.
— Abdías 1:11–12
Hermano, la advertencia es esta: mira, cuando un hermano tuyo falla, cuando un hermano tuyo cae, y tú te unes, tú participas como uno de ellos. “No debiste”, le dice el Señor. No debiste mirar, no debiste alegrarte, no debiste jactarte.
Menciono casos que han sido muy sonoros, no con la intención de echar más lodo en ellos, sino con la intención de marcar la diferencia. Ustedes escucharon cuando cayó Jimmy Swaggart, ¿verdad? ¿Alguien escuchó eso? Fue un hecho muy vergonzoso. Jimmy Swaggart quizás era el predicador más reconocido en ese momento. El hermano cayó, y cayó feo en pecado.
Lo primero que sucedió es que todos los cristianos aparecieron a tirarle tierra. Jimmy Swaggart: unos diciendo que lo sabían, otros diciendo que “es verdad”, otros diciendo que ese hombre no era de Dios, cantidad de cosas. Lo que usted no sabe, hermano, es que quien “echó al medio” a Jimmy Swaggart fue otro hermano suyo: Jim Bakker.
Dijo un autor que en la iglesia de Cristo es el único ejército que mata a sus propios soldados. Hermanos, no compartimos el pecado de Jimmy Swaggart, pero a mí me parece que el otro lo hizo peor. Es un asunto que daña el testimonio de la iglesia. Le traigo la anécdota por lo siguiente.
Palabras más o palabras menos, me dice mi pastor Parra que cuando sucedió el caso Jimmy Swaggart, el pastor Jacinto, que era su pastor, escuchaba los sermones de Jimmy Swaggart, y él admiraba a ese predicador. Parra, para el momento, era como su asistente. Él manejaba con él y demás. Ya Jacinto estaba un poco anciano, y el pastor Parra, siendo muy joven, le dijo al pastor Jacinto: “Pastor Jacinto, yo sé que a usted le gustan los sermones de Jimmy Swaggart. ¿Usted vio que cayó en pecado?”
Y palabras más o palabras menos, no sé si puedo hacer la historia completa, pero el pastor Jacinto le dijo a Parra: “Sí, Parra, yo escuché que él cayó. Y tú escuchaste si se arrepintió?”. Y Parra le dijo: “Sí, pastor, él dijo que se arrepintió y confesó su pecado”. Entonces Jacinto le dijo: “Ah, bueno, pues tráeme tres casetes de él, que yo quiero volver a escucharlo”.
Actitud correcta ante el hermano caído y distinción con falsos maestros
Hermano, lo que le quiero decir con esto es que en este caminar cristiano muchos hermanos tuyos caerán y recibirán su castigo. Muchas iglesias serán confundidas y recibirán su castigo. Muchos ministerios cristianos terminarán deshonrando a Cristo y recibirán su castigo. Pero nosotros, como iglesia local, cuando caiga un hermano, cuando caiga una iglesia, cuando caiga un ministerio, lo que deberíamos hacer es lo mismo que hizo Abraham por la ciudad de Sodoma y Gomorra: interceder hasta el último lugar.
Decirle: “Señor, ten misericordia de ellos. Señor, permite que el arrepentimiento sea sincero. Señor, permite que haya una restauración genuina y, sobre todo, permite que vuelvan a dar fruto”.
Sin entrar en detalle, hermanos, pero miren, en las últimas semanas ustedes escucharán comentarios: “Mira que esta iglesia falló, que este ministerio cayó, que este pastor…” Como cristianos, nosotros no estamos llamados a ponernos del lado del mundo. No significa esto que respaldemos pecado, hermano. Lo que tenemos que hacer en esto es ser cuidadosos, para nosotros mismos no terminar avergonzando a Cristo.
Les pongo un ejemplo. Hay una gran diferencia entre un hermano que ha errado y un falso maestro. En la iglesia primitiva se encontraron Priscila y Aquila con un maestro que se llamaba Apolos. Dice que Apolos era elocuente, pero que no estaba muy firme en los caminos del Señor. Y cuando se encontraron con Apolos, dice que ellos lo consolaron, lo rectificaron y le enseñaron el evangelio completamente.
Eventualmente, Apolos fue uno de los maestros que más fruto dio en la iglesia primitiva. Usted encontrará muchas personas que quizás, por desconocimiento, andan predicando doctrinas de error. ¿A qué estamos llamados a hacer como iglesia local? A restaurar a esa persona, buscando que dé tanto fruto para la gloria del Señor como el que podría dar.
Hay una diferencia entre un hermano errado y un falso maestro, y es que el falso maestro ya fue confrontado en su pecado y eligió seguir predicando esa cosa. Dice la Escritura que ante un falso maestro es sabio apartarse. Otro es el caso de un hermano que abraza una doctrina equivocada quizá porque le falta la oportunidad, quizá porque no ha tenido instrucción, quizá porque no ha sido expuesto tal cual has sido expuesto tú.
¿Cuál es la actitud nuestra ante un hermano errado? En la medida de lo posible, llamarle, confrontarle y rectificarle, si quiere el Señor que ese hermano dé tanto fruto como puede haberlo dado. Ya les he dicho, hermanos, que no es sabio cultivar una actitud de soberbia, de superioridad, de entender que “nosotros sí y los otros no”.
Ya les he dicho cuál fue la razón del castigo: esta gente se unió a los enemigos del pueblo del Señor. Quiero invitar a mi iglesia local a que no se unan. No se unan al mundo en su condena, no se unan en su burla, no se unan en su destrucción. Hermano, no hay manera en que esto no termine dañando la iglesia del Señor.
Por ejemplo, alguien te va a decir: “No, tú supiste lo que tal pastor predicó, tú escuchaste ese sermón, tú viste ese programa”. Ahora se utiliza que los programas del mundo llamen a los ministros del Señor para hacerles preguntas. Entonces les hacen preguntas complicadas y después utilizan esas respuestas para dañarles. Hermano, lo que una persona responde a una entrevista no necesariamente representa totalmente lo que esa persona cree.
Es más, yo mismo escucho mis sermones. Yo escucho mis sermones y a veces oigo cosas que digo: “Caramba, ¿y qué fue lo que yo dije?”. No se corresponde completamente, pero no hay una mala intención, no hay una intención de destruir. Me parece muy injusto que se desmerite el ministerio de alguien por una corta expresión que dijo en algún momento.
Destino de Edom y de Israel: advertencia para la iglesia
Ahora permítanme decirles cuál será el destino de uno y el destino del otro. Dice Abdías:
Porque cercano está el día de Jehová sobre todas las naciones; como tú hiciste se hará contigo; tu recompensa volverá sobre tu cabeza.
De la manera que vosotros bebisteis en mi santo monte, beberán continuamente todas las naciones; beberán, engullirán, y serán como si no hubiesen sido.
Mas en el monte de Sion habrá un remanente que se salve, y será santo; y la casa de Jacob recuperará sus posesiones.
— Abdías 1:15–17
Escuchen la maldición de esta gente: dice que serán “como si no hubiesen sido”. Mas en el monte de Sion, aquello contra lo cual ellos se unieron para atacarlo, habrá un remanente que se salve. Y será santo, y la casa de Jacob recuperará sus posesiones.
¿No les llama la atención la paradoja? Edom se unió con los enemigos del Señor para destruir a Israel, y dice el Señor: “De ustedes no habrá memoria; de Israel habrá un remanente y será salvo”. Yo les pregunto: ¿algunos de ustedes han escuchado hablar últimamente de Edom? ¿Conoce alguien un edomita aquí? Hermano, del año 70 para acá esa gente jamás se ha escuchado de ellos. ¿Y algún judío? ¿Alguien sabe hablar de Israel? Todo el mundo.
Ten cuidado con tus comentarios destructivos hacia el pueblo del Señor, porque probablemente aquellos de los cuales tú has venido a darle la última tocada, el Señor mañana los restaure y a ti te deseche. Quisiera llevar esto ahora a un modo más personal. Quiero volver a donde comencé: ¿conoces tú algún cristiano que se descarrió?
Yo te pregunto: ¿te alegraste tú de que ese hermano se descarriara? Quizás tú me dices que no te alegraste, pero en el fondo cultivaste en tu corazón un pensamiento de: “Yo sabía que él no estaba muy firme”. Yo te pregunto: ¿has conocido tú algún cristiano que ha terminado en vergüenza? Yo te animo a que tú pienses que ahí donde está él quizá pudiste haber estado tú, y que Dios, que ha tenido contigo misericordia, también puede tener misericordia de él.
Yo te pregunto, hermano, no me respondas: ¿acaso crees tú que tu iglesia es una iglesia especial, que tú eres un cristiano de primera categoría, y que hay cristianos de segunda y de tercera? ¿O entiendes tú que Cristo murió por todos nosotros, y que siempre y cuando las personas se mantengan sujetas a la palabra del Señor no hay uno que sea más valioso que el otro?
La precaución es la siguiente: es muy fácil cultivar entre nosotros mismos un espíritu de soberbia y entendernos que nosotros somos mejores. No hay, hermanos, dos pueblos del Señor. O nosotros estamos a favor del Señor, o estamos en contra suya.
Termino con esta advertencia. Mi llamado, hermanos, no es a tener un compañerismo cristiano sin reservas. Mi llamado no es a entender que todo el mundo está bien, que todo el que dice “Cristo” está en Cristo. Ese no es el llamado. Miren, las personas que se apartan de la palabra del Señor reciben vergüenza y reciben castigo.
Mi llamado es a que, cuando el Señor esté castigando a sus hijos, tú seas sabio y no intervengas de manera destructiva. Les pongo esto como una anécdota: hay padres que castigan a sus hijos. Algunos les castigan con reprimendas, otros les castigan con vara. Cuando un padre está castigando a su hijo con vara, usted no coge un palito y va y le da por la cabeza, ¿verdad que no? Porque el hijo es suyo, es su responsabilidad.
Cada padre disciplina a su hijo como bien entienda, y el Señor disciplina a los suyos también de la manera que Él encuentre conveniente. Y cuando un hermano tuyo, por su pecado, esté siendo castigado, yo te animo, hermano, a que en vez de buscar el palito para dar tú también, mejor mires su ejemplo y entiendas: “Ahí terminan las personas que se apartan de los caminos del Señor”. Y en vez de destruir, ores al Señor para que el Señor tenga misericordia.
Le dijeron a Esaú, le dijeron a Edom, le dijeron: “No debiste”. Lo repitieron como cinco veces: “No debiste, no debiste, no debiste”. ¿Y por qué que no debiste? Porque tú eras primo suyo. Otras naciones se unieron a destruir a Jerusalén. Por ejemplo, el profeta Ezequiel habla de aproximadamente ocho naciones más. Pero a esta nación, Edom, el Señor le dedicó un libro completo.
¿No les llama a ustedes la atención que el Señor dedicara un libro completo del Antiguo Testamento a reprender a Edom, y a otras naciones no? ¿Por qué Edom y los otros no? Porque tú eras primo, eras hermano, eras cercano. No te lucía, no te correspondía.
Aplicación a la iglesia local y llamado a edificar
Ha estado triste, hermanos, el sermón de hoy. Ha estado pesado. De nuevo, hermanos, no he predicado esto porque crea que es un problema para nosotros ahora mismo, pero quiero advertirles: caerán muchos, se apartarán otros, muchos serán castigados, multitudes serán reprendidas. Y cuando suceda esto, mi ánimo a toda mi iglesia local es que oremos, que restauremos, que evitemos esparcir rumores innecesariamente.
Y, sobre todo, que recordemos que ahí donde cayeron otros pudimos nosotros haber caído, que por la misericordia del Señor solamente nosotros hemos sido preservados. Quisiera orar para que nuestra iglesia local cultive un espíritu de humildad, rechace totalmente la soberbia y esté dispuesta, en vez de destruir a sus “primos”, a restaurar, hasta donde sea posible, a todo el que cayó.
Quiero dar una palabra humana antes de cerrar, hermanos. Miren, el caso más común en la cristiandad es que no todas las iglesias sean iglesias muy fundamentadas bíblicamente. En Latinoamérica ahora mismo es un gran problema el poco fundamento bíblico que hay en multitud de iglesias cristianas. Es un caso grave, hermanos, es un caso grave.
Hay congregaciones en las que ya ni siquiera se está predicando la palabra del Señor. Hay gente que se llama cristiana y no se lee la Biblia. En Latinoamérica hay una gran crisis de maestros cristianos. Las personas necesitan ser puestas en contacto con la palabra del Señor, y tristemente se ha reemplazado la palabra del Señor por muchas otras cosas.
Pero también les diré que hay una gran oportunidad. Se usaba en la iglesia primitiva que las iglesias que tenían mucho de una cosa le dieran a la que le faltaba de otra. Yo quisiera animar a mis hermanos a que ellos mismos busquen intencionalmente llegar a ser buenos expositores de la palabra del Señor, con la intención no de que se sientan superiores a los demás, sino de que tantas iglesias locales como usted pueda ayudar con su ministerio, lo haga.
Y que en vez de criticar, edifiquemos. Oro al Señor para que ponga en nosotros este espíritu.
Oración por la iglesia y llamado al arrepentimiento
Te pido, Señor, por el estado de tu iglesia en Santo Domingo, específicamente. Te pido, Señor, por nuestros hermanos que quizás se han apartado. Te pido por aquellos, Señor, que quizás han avergonzado tu nombre. Te pido, Señor, que tú tengas misericordia de todos nosotros.
Te pido por mi iglesia local, Señor, para que cuide su corazón de la soberbia, para que evite alegrarse de la desgracia de su hermano, para que en vez, Señor, de aprovechar la ocasión para destruir, interceda y edifique. Te pido, Señor, que haya en nosotros este mismo sentir que hubo en Cristo, que cuando estuvo en la cruz, en vez de pedir destrucción, oró por sus enemigos.
Te pido, Señor, que como iglesia local nos cuides, nos preserves, nos permitas mantenernos fieles a tu palabra. Sobre todo, Señor, permite que la iglesia evangélica Pez Mundial no sea una iglesia que destruya, sino que edifique. Permite que haya la intención en cada uno de mis hermanos de cortar todo rumor, de extender la mano y de buscar aquel que se apartó.
Ay, Padre, te pido que nos cuides sobre todo, y que si acaso cualquiera de nosotros mañana cae, que podamos recibir, Señor, lo mismo que recibió Israel: que haya un remanente, que ese remanente sea salvo. Cuídanos de la soberbia, cuídanos del orgullo, cuídanos, Señor, de entender que somos más de lo que por tu misericordia somos. Haznos humildes, andando dependientes de ti, Señor. Permite que nuestra seguridad no esté en nuestros propios recursos.
Mantengan sus ojos ahí cerrados, y a pesar de que he predicado más hoy para la iglesia local, permítanme también hacer un llamado a las personas que están aquí. No hay cuatro lados, solamente hay dos: estás en Cristo o estás fuera de Cristo. Las iglesias cristianas no somos iglesias perfectas, pero tenemos a Cristo.
Si tú has escuchado la exposición de la palabra del Señor específicamente hacia la iglesia local, quizás tú no reconoces que eres parte del pueblo del Señor. Tú estás todavía peor. Quizás el Señor quiere utilizar esta exposición de la Escritura para animarte a ti también a que no te quedes fuera, sino que vengas a los caminos del Señor.
Mantengan sus ojos ahí cerrados. Son muchas las personas que dicen: “Yo no puedo ser cristiano porque no soy perfecto”. Son muchas las personas que dicen: “Todavía no ha llegado el momento en que yo pueda dejar de hacer esto o dejar de hacer aquello”. Quizás tú entiendes que ser cristiano es algo muy grande y que tú eres muy pequeño. Es verdad. Por la misericordia del Señor, todo cristiano recibe algo que no estaba en capacidad de recibir.
Por la misericordia del Señor, nosotros somos llamados hijos, no por los méritos nuestros, sino por los méritos de Cristo. Por la misericordia del Señor, nosotros somos parte del pueblo de Dios, un pueblo que no es perfecto, sino que se está perfeccionando, pero que es un pueblo diferente. Dice la Escritura en el libro de los Hechos que el Señor añadía a su iglesia todos los días a los que habían de ser salvos.
Quizás hoy sea día de salvación para ti. No estoy hablando en este momento de tu perfección; yo sé que tú no tienes capacidad. Yo tampoco la tengo, y ninguno de mis hermanos la tiene. Pero dice la Escritura que si nosotros confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y es justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
La iglesia cristiana no es una iglesia compuesta de gente perfecta; está compuesta de gente que ha sido perfeccionada en Cristo y se está perfeccionando. Yo te invito a no esperar un momento más para hacer lo que la Escritura dice. Tú no eres perfecto, pero el Señor te recibe como estás. Dice la Escritura que si confesaras tus pecados, el Señor es fiel y es justo para perdonar tus pecados y limpiarte de toda maldad.
No cuentes con tus propias fuerzas. Dile al Señor ahí, en oración: “Señor, perdona mis pecados. Inscribe mi nombre en el libro de la vida. Acéptame como un hijo tuyo. A partir de este momento yo resuelvo cambiar: de ser enemigo tuyo, pasar a estar en el pueblo de gente que es amiga de Dios”.
Si tú has hecho esta oración, dice la Escritura que cualquier persona que creyera en el Señor —eso es creer, poner en Él tu confianza— y fuere bautizada, será salvo. En nuestra iglesia estamos dando ahora mismo talleres de membresía para personas que han escuchado la predicación de la palabra del Señor y han resuelto seguir a Cristo.
Yo te invito a que te acerques a mí al final de este servicio de adoración, y será un gusto darte los primeros rudimentos de la fe cristiana y acompañarte a glorificar al Señor siendo un cristiano comprometido.
Bendición final y despedida
Bendice, Señor, a todas las personas que están aquí congregadas. Bendice a unos con salvación y a los otros con edificación. De nuevo, Señor, cuida nuestra iglesia local de la soberbia. En el nombre de Cristo nuestro Señor, amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor nos guarde. Nos vemos el miércoles.