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El hombre a quien Dios celebra

Mateo 5:1-12

El más grande discurso de todas las Escrituras es el Sermón del Monte, proclamado por Cristo al comienzo de su ministerio. La primera parte del mismo comprende lo que se conoce como «Las bienaventuranzas» una serie de descripciones que con toda seguridad echaron un balde de agua fría sobre las expectativas materiales (poder, dinero, reconocimiento) que muchos tenían sobre el reino de Dios. En conjunto, conforman una descripción pormenorizada del carácter que deben tener los hombres dignos de ser celebrados (bienaventurados) elaborada directamente por Dios.

Predicado25 de agosto de 2013
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

En una actitud de que estamos juntos como iglesia, les pido que pongan su manito sobre alguna persona que tengan cerca, y que en oración nos presentemos como congregación ante el Señor, para que sea él quien nos conduzca a través de la sabiduría de su palabra.

Mira esta oportunidad, Señor: es un pueblo reunido en torno a tu libro. Mira esta oportunidad extraordinaria, Señor, para que puedas convencer hoy a alguien de pecado. Mira qué hermoso momento, Señor, para que aquellos que ya creyeron puedan ser fortalecidos en su fe. Venimos aquí, Señor, con la expectativa de que estaremos predicando tu palabra, y de que tu palabra es poderosa. Venimos aquí, Señor, con la experiencia previa de que ha sido tu palabra la que ha cambiado nuestras vidas.

Venimos aquí hoy, Señor, con el testimonio de que lo que la gente ve distinto en nosotros es obra tuya a través de tu palabra. Mira este momento que reservamos, Señor, para recibir con atención y reverencia tu consejo. Permite que sea tu Santo Espíritu quien traiga hoy iluminación a esta congregación. Permite, Padre, que esta semilla, la semilla de tu palabra que hoy será esparcida, sea recibida en buenos corazones, en buen terreno; permite que sea atesorada, Señor, y permítenos pronto comenzar a ver brotes, hojas, ramas y mucho fruto. Tenemos la expectativa, Señor, de que estamos predicando tu palabra y de que todo va a traer un gran fruto en nuestra congregación. Hoy, Señor, cuando tu palabra hable, permite que el pueblo entienda.

Hoy, Señor, cuando tu Espíritu Santo convenza, permite que no nos aferremos a nuestro pecado y a la oscuridad, sino que caminemos a la luz. Permítenos tener frutos, Señor. Pastoréanos tú a través del evangelio. En el nombre de Jesús, amén.

Hermano, predicaremos hoy la palabra del Señor en el Evangelio de Mateo, en el capítulo 5. Les invito a que me acompañen allá, al capítulo 5 del Evangelio de Mateo. Mateo es el primero de los cuatro evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. Estaremos en el capítulo 5, considerando los primeros versículos. Este debe ser, hermano, el más grande sermón de nuestro Señor Jesucristo, y recibe el título del Sermón del Monte; la primera parte de ese sermón recibe el nombre de las bienaventuranzas.

El primer discurso después de cuatrocientos años

La razón por la cual es seleccionada esta porción de la Escritura no es casual, hermano. El propósito que tengo es muy preciso: he venido hoy a ayudarles, a través de las Escrituras, a que ustedes puedan verse como realmente el Señor los ve, y para que ustedes puedan ver cuál es el modelo del Señor para un hombre que ha de ser celebrado. Dice la introducción que el más grande discurso de todas las Escrituras es el Sermón del Monte, proclamado por Cristo al comienzo de su ministerio. La primera parte del mismo comprende lo que se conoce como las bienaventuranzas, una serie de descripciones que con toda seguridad echaron un balde de agua fría sobre las expectativas materiales de poder, dinero y reconocimiento que muchos tenían sobre el reino de Dios.

En conjunto conforman una descripción pormenorizada del carácter que deben tener los hombres dignos de ser celebrados; esto es, los hombres bienaventurados. Y lo mejor de esta descripción es que fue elaborada directamente por Dios. Les digo también, hermano, que predico esta porción de la Escritura cargado de humildad, porque yo mismo no siento que esté a la altura de ella. Cuando durante la semana leí el pasaje y comprendía cómo Dios describe a un hombre que debe ser aplaudido, a un hombre bienaventurado, yo mismo decía: «Rafael Pérez, qué lejos estás tú de recibir el aplauso de Dios». Es más, cualquier hombre que lea las bienaventuranzas y entienda de quién dice Dios que deberíamos celebrar, a quién dice Dios que deberíamos aplaudir, a qué hombre deberíamos decirle «fulano, a ti te fue bien», y luego lo compare con sus propias expectativas, debería sentirse avergonzado.

Esta porción de la Escritura también es relevante por lo siguiente, hermano: durante cuatrocientos años el Señor no habló. El Antiguo Testamento concluye con la profecía de Malaquías, y a partir de ese momento suceden cuatrocientos años donde el Señor no envió un profeta, cuatrocientos años donde el Señor no envió una carta, cuatrocientos años donde no hubo una nueva enseñanza. Y después de cuatrocientos años, entonces el Señor habló. Este es su primer discurso, dado desde un monte. Recuerden que en el Antiguo Testamento, en el momento en que el Señor habló más alto, habló también desde un monte, por medio de la ley. Aquí el Señor vuelve a un monte, y después de cuatrocientos años Mateo introduce su porción de la Escritura diciendo, capítulo 5, versículo 1:

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba.

— Mateo 5:1-2

Las bienaventuranzas y el hombre que la sociedad celebra

Hermano, cuatrocientos años después se abre la boca del Señor para enseñar nuevamente a su pueblo, y prepárense ustedes para ver lo que fue que el Señor enseñó. Yo voy a leer las bienaventuranzas, pero no pienso explicarlas todas. Es más, tampoco les ofrezco que en los próximos sermones estaré considerando las otras bienaventuranzas. Solamente me limitaré a explicar la primera de ellas, que es la que le da paso a todas las demás, y les dejo a ustedes de tarea, hermano, que lean ahí el perfil que hace el Señor de un hombre que ha de ser celebrado, que es lo que significa bienaventurado. Algunas traducciones contemporáneas lo traducen como «feliz el hombre». Es como lo que en República Dominicana decimos: «a fulano le fue bien».

¿Han visto esa actitud cuando se dice «a fulano le está yendo bien», «fulano está bien»? El Señor a eso le llama bienaventurado. Y son muchas; las voy a leer todas y después me concentraré solamente en la primera. Dice el Evangelio de Mateo, capítulo 5, del versículo 1 en adelante:

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo: Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.

— Mateo 5:1-12

Hermano, qué tremenda descripción del hombre que ha de ser aplaudido. Aquí no aplaude la sociedad. La sociedad aplaude al hombre competitivo, aplaude al hombre bravo, aplaude a aquel que no se mide en palabras para desbaratar a cualquiera.

¿A quién aplaude la sociedad? Aplaude al hombre que, cuando lo agreden, responde con energía, y dicen: «ese sí es enérgico». Es más, está demostrado que los países votan por presidentes que en su descripción no se parecen en nada a las bienaventuranzas: hombres que no sean mansos, hombres que no sean humildes, hombres que no tengan un espíritu empobrecido; hombres soberbios, enérgicos, competitivos. ¿A quién celebra la sociedad? Estuve mirando en una página de internet que hace perfiles de series de televisión y busca cuáles de los personajes son los más admirados, y entre los personajes más admirados aparece uno de una serie de televisión que algunos de ustedes conocen: se llama Doctor House.

Y preguntan por qué razón el doctor House es uno de los personajes icónicos de la televisión, de los más celebrados, y dicen: combina una personalidad ácida, sabe colocar la respuesta apropiada en el momento, hace cosas por la izquierda y siempre se sale con la suya. ¿Y qué dice el Señor? Bienaventurados los pobres en espíritu; bienaventurados los mansos; bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Ese no es el hombre que la sociedad celebra. En la primera parte dice que está celebrando a los pobres en espíritu, y aquí quiero detenerme. ¿Quién es un hombre que es pobre en espíritu? Luego les diré cómo podemos nosotros reconocer nuestra pobreza, y terminaré explicándoles cuál es la razón por la cual ser pobre en espíritu ante los ojos de Dios es un asunto bueno.

Quién es un pobre en espíritu

¿Quiénes son los pobres en espíritu? Les voy a responder primero etimológicamente, lo que significa ser pobre en el contexto en que el Señor está enseñando; después, las evidencias de la pobreza; y luego, una pequeña definición. Dice Mateo, capítulo 5: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». ¿Quién es pobre en espíritu? Etimológicamente, la palabra pobre en el contexto en que el Señor la usó significa tres cosas complementarias. Cuando el Señor dice «bienaventurados los pobres», un pobre, en el término que el Señor utilizó, se puede traducir como aquel que se agacha. Bienaventurado el que se agacha: es una persona que no anda mirando hacia arriba, sino que se agacha con humildad.

Un pobre, etimológicamente, es también el que no tiene un patrimonio propio, sino que depende del de otro para conseguir su sustento. ¿Y quién más es un pobre etimológicamente? Es el que no produce para guardar, sino que busca diariamente su sustento. Dice el Señor, espiritualmente hablando: bienaventurado el que espiritualmente se agacha, bienaventurado el que espiritualmente depende de otro, bienaventurado el que espiritualmente tiene que buscar diariamente su sustento. El Señor no está hablando de una pobreza material; está hablando de una pobreza que está en el corazón de uno, de un hombre que tiene la disposición de agacharse con humildad. La realidad, hermano, es que pobres somos todos, pero solamente algunos hombres excepcionales reconocen su pobreza.

La pobreza de la que el Señor está hablando aquí es una pobreza espiritual. ¿Hay evidencia de que somos pobres? Sí. La pobreza se anunció en el libro de Génesis, cuando el Señor advirtió que en el momento en que el hombre pecara le iba a venir la ruina, la destrucción espiritual. La pobreza también llegó: dice Génesis 3 que el hombre pecó, y cuando el hombre pecó, entonces espiritualmente murió. Y dice Romanos 5:12, versículo que tengo que leérselo:

Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

— Romanos 5:12

Hermanos, la pobreza espiritual llegó a Adán, y como él es nuestro ascendiente, nosotros heredamos también su destrucción. Dice la Escritura: bienaventurados los pobres. Después de decirles, hermano, lo que significa ser pobre —que es un hombre que puede espiritualmente agacharse, que es un hombre que no tiene un patrimonio espiritual propio sino que depende del de otro, que es un hombre que no produce para guardar sino que busca diariamente su sustento— y de que la Escritura habla de la pobreza espiritual, que dice que llegó la pobreza y que se heredó la pobreza, entonces, ¿quién es un pobre en espíritu?

Una definición sencilla: un pobre en espíritu es aquel que tiene la humildad necesaria para reconocer ante Dios su bancarrota espiritual y depender de la provisión de Dios cada día. Bienaventurados los pobres. ¿Y quién es pobre? Aquel que no es altivo, sino que puede humillarse y decirle al Señor: «yo reconozco que espiritualmente estoy muerto, que no tengo fuerzas en mí mismo para actuar espiritualmente, sino que necesito la ayuda tuya». Y dice la Escritura que de los pobres es el reino de los cielos. El Señor está aquí mandando que le demos un aplauso a la gente que puede humillarse ante su presencia. ¿Quién es un pobre? Un pobre es un hombre que puede espiritualmente agacharse. Un pobre es un hombre que espiritualmente depende de Dios. Un pobre es un hombre que tiene que decir, como dice el Padrenuestro: el sustento de cada día, dámelo hoy.

Permítanme pasar al siguiente punto. Estaba explicando quién es un pobre espiritualmente hablando. Pobres somos todos; ahora, quien se llama pobre, quien reconoce su pobreza, ese está en el carril correcto para ser enriquecido. ¿Qué no es pobreza espiritual? Miren, pobreza espiritual no es la falsa modestia. Hay cantidad de hombres que dicen «es que yo no, yo no soy nadie», regodeándose en el «yo no soy nadie». Eso no es ser pobre espiritualmente. Los que dicen que no son nadie mientras dentro de sí se consideran que son mucho, esos no son pobres espiritualmente hablando.

¿Qué no es la pobreza espiritual? No es aquel que niega su dignidad, que niega sus dones, que niega su talento. ¿Han visto a personas a quienes Dios les ha dado dones y dicen «yo no tengo nada»? Sí, tú tienes la dignidad de Dios, tienes los dones de Dios. Eso no es pobreza espiritual; no es mentir, no es buscar indirectamente la celebración de los hombres. ¿Han visto a quien humanamente está haciendo lo indecible para que el hombre lo celebre, pero cuando le dicen «fulano, tú estás buscando que te celebren», responde «yo no, yo no estoy buscando que el hombre me celebre, yo soy muy humilde»? Eso no es pobreza espiritual. El que es pobre espiritualmente es aquel que puede decir: espiritualmente estoy muerto, lo reconozco con libertad delante del Señor, y digo que dependo de su ayuda para poder mantenerme espiritualmente en pie. Bienaventurados los pobres en espíritu.

Cómo reconocer nuestra pobreza

Paso al segundo punto. Ya les dije quién es un pobre en espíritu: el que se agacha, el que no tiene un patrimonio propio, el que tiene que buscar diariamente su sustento. Ahora diré cómo podemos reconocer nuestra pobreza. Vengo a demostrarles que ustedes son pobres. Tremenda tarea, imagínense ustedes: vengo a evidenciar su pobreza. ¿Cómo podemos nosotros reconocer nuestra pobreza? Miren, la mejor manera es hacerlo como si yo hablara como un contador. Si yo hablara como un contador, les diría: la mejor manera de usted reconocer su pobreza es hacer un estado de resultados y ver lo que queda debajo de la línea. Si un contador te quiere demostrar si usted es pobre, le va a decir: tráeme todo tu patrimonio, ponlo aquí; tráeme todos tus compromisos, ponlos aquí; y vamos a ver la diferencia. Y si la diferencia está en rojo, usted es pobre. La manera más rápida de reconocer si uno es pobre es buscando un contador que se lo diga.

Bueno, imagínense que la Escritura fuera un libro de contabilidad. El diagnóstico que hace del hombre la Escritura es que está muerto en sus delitos y pecados. El contador dijo que usted es pobre. Esa es una manera de demostrarles a ustedes que son pobres: una persona con el expertise necesario, esto es Dios, escribió en su Escritura que todos estamos perdidos en nuestros delitos y pecados, que estamos muertos. Y al que le dice «Señor, ¿y todo esto que yo he hecho?», le responde: eso se llama trapo de inmundicia. Si quiero demostrar que somos pobres, la primera demostración es esa: vamos a buscar los libros, y dice la Escritura que estamos muertos en nuestros delitos y pecados.

¿Pero hay alguno que no considera que el expertise del contador sea un asunto concluyente? Bueno, también podría demostrarte que eres pobre por tu propia experiencia de vida. Tu propia experiencia anuncia tu pobreza. Está el hombre a quien el contador le dijo «usted es un hombre pobre», a pesar de que vive como rico; pero sus cuentas no dan, está viviendo una ilusión. Y él dice: «es que yo no siento que soy pobre, mi tarjeta todavía pasa». Dese un chancecito y usted va a ver; dese un chancecito y usted verá cómo la pobreza que ya se anunció en los libros ahora lo alcanza en su experiencia del día a día. ¿Qué nos dice nuestra experiencia? La experiencia nos dice que regularmente el ser humano siente dentro de sí un sentido de vacío.

¿Qué nos dice la experiencia? Nos dice que frecuentemente el ser humano que está muerto en sus delitos y pecados también siente que en su vida hay una falta de propósito, que se aburre, que las cosas no le saben a nada. Y dice: «yo, como que estoy aquí y no estoy aquí; a mí una cosa me da y otra no me da; a veces estoy, a veces no estoy», como ese sentido de falta de dirección. ¿Qué nos dice nuestra propia experiencia de vida? Nos dice que adentro de nosotros hay grandes dudas existenciales. Dice la Escritura que Jesucristo es el camino, y la verdad, y la vida. Si tú no crees lo que dice el diagnóstico del contador, que estás muerto en tus delitos y pecados, te pregunto: ¿tú no sientes de vez en cuando como que te falta vida?, ¿tú no sientes de vez en cuando como que te falta propósito?, ¿tú no sientes que no sabes para dónde vas?

Nuestra experiencia de vida nos dice lo que sucede, pero lo que hace la gente es usar aspirina. El dolor de cabeza es un regalo del Señor. Dicen los médicos que, cuando la cabeza te duele, te duele por algo, y es una alerta que está dando tu sistema nervioso para que pongas atención a alguna parte. Hay gente a quien le llega el dolor de cabeza, que es una providencia de Dios, un sistema de alerta temprana, y le manda ahí una aspirina, y lo que van a controlar son los síntomas que le están diciendo que hay un problema en el sistema. La gente tiene grandes dudas existenciales, la gente tiene falta de dirección, falta de sentido, falta de propósito, le faltan las ganas de vivir; ¿y qué hace? Placeres, reconocimientos, acumulación de dinero.

Y todas esas cosas hacen temporalmente que a uno se le olvide que le llegó ese dolor de cabeza. Es más, hay gente a quien le llega la pregunta importante providencialmente. Miren, hay veces en que uno está así y el Señor le pone la pregunta en la mente, y la gente busca ahí algo para jugar, busca en el celular algo para entretenerse: «búsquenme algo, entreténganme con algo; ese dolor de cabeza y yo nos vemos ahorita; duda, no tengo tiempo para ti». Hermanos, el Señor llama nuestro interés para recordarnos nuestra pobreza de diferentes maneras, pero el hombre utiliza placeres y reconocimientos para olvidarse de que es pobre. Este caso es muy común: gente que ha perdido su patrimonio y durante muchos años puede mantener su nivel de vida.

El testimonio de toda la Escritura

Pero ellos saben que no tienen una fuente de sustento. Son como la rama de una planta que es cortada y usted la pone en agua y la rocía de vez en cuando; ella no está conectada a la planta, pero se marchita muy lentamente y adorna bien durante mucho tiempo. Si tú has sido separado de Dios, si estás en enemistad contra Dios, tu vida se está secando; lo que pasa es que no te vas a dar cuenta de manera tan rápida. Quiero demostrarles que son pobres. Lo primero, la Escritura lo dice: el contador te declaró en bancarrota espiritual, estás muerto en tus delitos y pecados. Lo otro, tu experiencia de vida te dice que hay un vacío, una falta de dirección, que hay grandes dudas, y tú le mandas aspirina por medio del placer o por medio de las distracciones.

Hermanos, veamos desde la revelación de Dios. ¿Saben cuántos libros tiene la Escritura? Alguien que me diga cuántos libros son: son 66 libros. Miren ustedes, comparen lo que es el Antiguo Testamento y lo que es el Nuevo Testamento; déjenme enseñarles. Ese es el Nuevo Testamento, y todo esto es el Antiguo Testamento. Proporcionalmente hablando, el Antiguo Testamento es tres veces más grande que el Nuevo Testamento. O sea que desde Génesis hasta Malaquías hay más contenido, hay más revelación, hay más instrucción que desde Mateo hasta Apocalipsis. Es más, hermano, el evangelio como tal, los cuatro primeros libros del Nuevo Testamento, dentro del gran cuadro de la revelación de Dios es muy poquito. Los evangelios son cortos; una persona podría en un día leer los cuatro evangelios sin dificultad.

Yo podría decirles: en lo que ustedes leen la sección de opinión de un periódico, ya leyeron el Evangelio de Juan. Proporcionalmente, el Antiguo Testamento es tres veces más grande que el Nuevo Testamento. ¿A qué se debe esto, hermano? El Antiguo Testamento son 39 libros que hacen un diagnóstico claro de cuál es la condición humana. El Señor se tomó 39 libros para demostrarnos que la experiencia humana es un fracaso. Si ustedes buscan el libro de Malaquías, se darán cuenta de que termina con una expresión contundente: dice «maldición». Hermano, la misma estructura de la Escritura nos dice que el Señor se tomó 39 libros para diagnosticar cuál es la realidad del ser humano. ¿Y cuál fue el diagnóstico al final de esos 39 libros?

Están muertos en sus delitos y pecados. Después utilizó cuatro libros para dar la solución, y después de esos cuatro libros para dar la solución, enseñó 23 libros más aplicando el tratamiento. Quiero demostrar que estamos muertos en nuestros delitos y pecados: el Antiguo Testamento es una evidencia de que el hombre por sí solo no puede hacer la voluntad de Dios; los evangelios, que son cuatro, nos enseñan cuál es la respuesta de Dios a este gran problema que hay en el ser humano; y los 23 libros restantes nos explican de qué manera el tratamiento funciona en nuestras vidas. Miren, yo puedo hacer mi mejor esfuerzo para demostrarles que la pobreza espiritual es una realidad, que aquel que es pobre espiritualmente es el que puede humillarse, el que depende y el que depende diariamente. Yo podría hacer mi mejor esfuerzo para decirles a todos ustedes que están muertos en sus delitos y pecados y que solamente con la ayuda del Señor podemos ser levantados; pero el Señor no nos lo pone difícil.

Dijo el Señor que convenía que él se fuera, porque cuando él se fuera iba a venir el Espíritu Santo, y que el Espíritu Santo iba a hacer tres cosas: iba a convencer al hombre de pecado, de justicia y de juicio. Miren, Rafael Pérez, por muy grande que sea el esfuerzo que haga, no va a poder hacer que tú entiendas cuál es tu realidad ante Dios; pero dice la Escritura que el Espíritu Santo te convencerá de pecado, de justicia y de juicio. ¿Cómo podemos nosotros reconocer nuestra pobreza? Si no lo haces con lo que dice el Señor, que estás muerto; y si no lo haces con tu propia existencia, toma en cuenta los 39 libros del Antiguo Testamento que demuestran lo que tú eres; y si eso no te es suficiente, dice la Escritura que el Espíritu Santo te convencerá de pecado, de justicia y de juicio.

Hermano, una de las cosas más difíciles es que uno reconozca cuál es su propia situación financiera, y espiritualmente pasa lo mismo. ¿Saben por qué la mayoría de la gente no da la lucha para hacer un presupuesto? Porque el presupuesto nos dice que tenemos poco y queremos mucho. Es más fácil seguir de largo: cuando pagan el 30 uno no hace el presupuesto, y piensa que a veces el dinero da; y es que el dinero nunca da. Pero hay que hacer un presupuesto. Si tú haces un presupuesto espiritual, estás en quiebra delante del Señor. Bienaventurados los pobres, dice él. ¿Y quiénes son bienaventurados? Aquellos que pueden con humildad reconocer su pobreza desde la Escritura, porque de ellos es el reino de los cielos.

Los obstáculos: subestimar el daño y la soberbia espiritual

¿Cuáles son los principales obstáculos que tenemos para reconocer nuestra pobreza espiritual? Primer gran obstáculo: la gente subestima el daño. «Yo sé que estoy mal, pero no te preocupes, que yo no estoy tan mal; mira, fulano está peor». Dice la Escritura que estamos todos muertos en nuestros delitos y pecados. «Es que yo todavía no me muero; usted dijo que estoy muerto, pero yo siento que estoy muy vivo». Miren, el deterioro que el pecado va haciendo en el alma de uno es un asunto progresivo, a un punto tal que llegará un momento en que todo esto será destruido por fuego; pero ahora mismo yo no lo siento. Se subestima el daño.

Y es difícil reconocerlo porque uno está acostumbrado a tener apariencia de riqueza. También es apariencia de riqueza sonreír cuando no se tienen ganas de hacerlo, la cara de servicio al cliente. La gente sale: «ay, ¿cómo está?, ¿todo bien?». Ese saludo es un cumplido: «fulano, ¿cómo tú ‘ta?». «Todo está bien, todo está bien». Y tú sabes que no todo está bien. Es difícil reconocer nuestra pobreza delante de Dios: subestimamos el daño, tenemos apariencia de riqueza. Pero lo más peligroso se llama soberbia espiritual. Bienaventurados los pobres en espíritu. ¿Y con qué compite la pobreza en espíritu? Con la soberbia espiritual. ¿Qué es la soberbia? Una exaltación desproporcionada de tu posición ante Dios. La gente me dice, y yo le doy el punto: «¿cómo está tu relación con Dios?». «Excelente». «¿Y cómo estás tú?». «No, no, eso está bien».

Pero dice la Escritura que, si tú no tienes vida espiritual, estás en tus delitos y pecados y estás en enemistad contra Dios. Tú le dices a las personas: «mira, dice la Escritura aquí que estás enemistado contra Dios, y que tus pecados han hecho un abismo, y que Dios no está escuchando tus oraciones». «¿Cómo va a ser? Pero yo hablo con él todos los días». Esto es difícil de explicar, pero dice la Escritura que nuestros pecados han hecho una separación entre nosotros y Dios, y que el Señor no escuchará nuestras oraciones. Es más, dice la Escritura: apártense del pecado para que sus oraciones suban sin estorbo.

Y la gente dice: «bueno, no, pero yo estoy bien con Dios, yo hablo con él todos los días». Ten cuidado, porque muy probablemente le estás hablando a la pared, muy probablemente le estás hablando al aire. Dice la Escritura que el Señor escucha la oración del justo, y que la oración del justo puede mucho. Bienaventurados los pobres en espíritu, los que pueden reconocer ante el Señor su pobreza. ¿Cuál es la oposición para esto? La soberbia espiritual: la exaltación de tu posición ante Dios, la exaltación de tus capacidades. Todavía hay gente que entiende que los problemas espirituales pueden ser resueltos de manera material: «yo voy a comenzar a portarme bien delante del Señor». Mira, a un buen comportamiento delante del Señor de parte de un hombre que está muerto en sus delitos y pecados, el Señor le llama hipocresía, falsedad.

Lo que el Señor está buscando de ti no es que tengas un buen comportamiento; lo que el Señor está buscando de ti es que tengas la capacidad de confesar que estás muerto en tus delitos y pecados, que eres pobre en espíritu. Y cuando confiesas tu pobreza, no eres tú: es el Señor quien comenzará a enriquecerte. ¿Cómo se manifiesta la soberbia? Primero, exaltando tu posición ante Dios, diciendo que tienes paz cuando estás en enemistad. ¿Cómo más se manifiesta la soberbia espiritual? Exaltando tus capacidades. Hay gente que cree que portándose bien puede resolver sus problemas con Dios: «mira, yo voy a durar un mes que no voy a hacer tal cosa, dos meses». No es un asunto de un mes o dos meses; es un asunto de que no hay obra que salga de ti que el Señor considere buena mientras estás perdido en tus delitos y pecados.

Una transacción o una relación

Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que pueden confesar su pobreza. ¿Cómo más se manifiesta la soberbia? Hay gente que exagera su dignidad. Tengo que concederles que todos somos un poco dignos. ¿Y por qué somos un poco dignos? Porque dice el libro de Génesis que fuimos creados a imagen de Dios, y el simple hecho de que usted tenga el sello de fábrica, de manufactura, creado por Dios, hace que la vida humana tenga cierta dignidad. Por eso los cristianos históricamente nos hemos opuesto al suicidio, al homicidio, a cualquier cosa que intente dañar la obra de Dios. Dice la Escritura que el cuerpo es templo del Espíritu Santo; este vaso, este envase, lo creó Dios, y este envase, por haber sido creado por Dios, tiene cierta dignidad.

Hay que reconocer el valor que tiene la vida; esta es una posición cristiana. Sin embargo, esta dignidad que tenemos nosotros por haber sido hechos a imagen de Dios ha sido progresivamente degenerada como consecuencia del pecado. Y a pesar de que dentro de nosotros todavía hay algo importante, que es la imagen de Dios, hermanos, se ha enmarañado, se ha ensuciado de forma tal que solamente el mismo fabricante es quien puede componerlo de nuevo, purificarnos, limpiarnos, restaurarnos y devolvernos a nuestra anterior condición. ¿Qué es la soberbia? Es exagerar tu dignidad. Dicen algunos: «todos somos hijos de Dios». ¿No han escuchado eso? Dice la Escritura que todos somos criaturas de Dios, pero hijos de Dios somos aquellos que hemos sido adoptados por él, después de que hemos reconocido nuestra pobreza espiritual.

¿Cómo se manifiesta la soberbia? Exagerando tu dignidad. Hermanos, solamente nos falta un punto, y no me voy a extender mucho en este; pero tenemos que decir otra cosa que hace mucho daño para que la gente no reconozca su pobreza delante del Señor. Yo les dije lo que era la pobreza: pobreza es uno que dice «puedo agacharme», o sea, «me puedo humillar»; «no tengo un patrimonio espiritual propio, dependo del de otro»; «no tengo con qué guardar, sino que tengo que venir donde el Señor diariamente a buscar mi sustento». ¿Con qué compite esto? En el ser humano hay un sentido de transacción, y el Señor no quiere una transacción: el Señor quiere una relación.

¿Qué es una transacción? El carro se te dañó, tú lo llevas al mecánico, haces una transacción y tú no vuelves a ver al mecánico hasta que el carro se dañe de nuevo. Eso es una transacción. El carro se pone en E, sabes que necesita combustible, tú vas donde el bombero, te ponen combustible al vehículo, y tú vuelves a la bomba cuando se vuelva a poner en E: es una transacción. ¿Qué es una transacción? Tú tienes un dolor, vas al médico, el médico te da determinado tratamiento, tú cumples el tratamiento y no vuelves a ver al médico hasta que te vuelva a doler alguna otra parte del cuerpo: es una transacción. Ahora recuerda que la definición que te enseñé de pobreza es una persona que no tiene un patrimonio propio, que tiene que humillarse y que tiene que depender diariamente del sustento que le da otro.

¿Sabes por qué no hay más creyentes? Una de las razones es que la gente quiere tener con Dios una transacción: «yo quiero venir un día a la iglesia, que el Señor me dé algo, y me iré, y después me veré con el Señor de vez en cuando». No, hermanos. No es bienaventurado el que es pobre porque le van a decir «mira esto, llévatelo»; no. Bienaventurado el pobre porque el Señor te va a enriquecer diariamente, y a medida que camines con el Señor serás más y más y más enriquecido. Pero el patrimonio no es tuyo. ¿Saben cuál es el patrimonio, el regalo de Dios? Es Cristo. Por eso dice la Escritura que si alguno está en Cristo, nueva criatura es. No dice que alguno se encontró con Cristo por ahí y Cristo le hizo algo, no.

El sentido es de permanencia. «Si alguno está en Cristo». No dice «si alguno visitó a Cristo», ni «si alguno se encontró con Cristo en el camino», ni «si alguno ve a Cristo de vez en cuando»; no: «si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas». Recuerda el término: estar en Cristo. No es una transacción en la que vas a venir al Señor y decirle «Señor, soy pobre en espíritu, enriquéceme y nos vemos»; no. «Señor, soy pobre en espíritu, yo dependo de ti para diariamente ser enriquecido». Ya les expliqué lo que es la pobreza espiritual, ya les he dado idea de cómo podemos reconocer nuestra pobreza; ahora permítanme terminar diciéndoles por qué la pobreza espiritual es una bienaventuranza.

Por qué ser pobre en espíritu es una bienaventuranza

¿Por qué dice el Señor en Mateo capítulo 5, versículo 3, «bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos»? ¿Por qué es de aquellos que son pobres en espíritu el reino de los cielos? ¿Por qué la pobreza espiritual es una bienaventuranza? Termino aquí, hermanos. La primera razón, y la razón más gloriosa, es porque reconocer nuestra pobreza delante del Señor nos conduce a la salvación. Dice la Escritura: humillaos bajo la poderosa mano de Dios y él os exaltará cuando fuere tiempo. Dicen las Escrituras que Dios resiste a los soberbios, pero recibe a los humildes. ¿Por qué la pobreza espiritual es una bienaventuranza? La razón número uno es que, para usted ser salvo, usted necesita reconocer su pobreza delante de Dios.

Yo no he conocido ningún hombre que haya sido salvo porque vino con el pecho abierto delante del Señor a decirle: «Señor, mira lo que hice para ti». Es más, hubo un joven rico que lo intentó; el joven rico vino donde el Señor y le dijo: «Señor, yo desde mi juventud he guardado la ley, he hecho esto, he hecho aquello». Y el Señor le dijo que nada de eso era suficiente, y el joven se fue confundido. La pobreza espiritual es una bienaventuranza porque conduce a la salvación. Hermano, a esto no hay que ponerle palabras bonitas; esto funciona así. Bienaventurado es el pobre porque conduce a la salvación: para ser salvo hay que humillarse.

El Señor quiere que tú confieses tus pecados; eso dice la Escritura: si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. ¿Y qué son los pecados confesados? La mayor expresión de pobreza espiritual que tenemos. Para confesar los pecados hay que ser pobre espiritualmente. Los altivos no confiesan sus pecados. ¿Por qué, hermano? Porque los pobres en espíritu somos una excepción dentro de la creación. Mira la cantidad de habitantes que hay en la tierra en este momento, cada uno con un corazón adentro donde Dios puede vivir; y de esa proporción extraordinaria, de ese universo, ¿saben cuántos son los pobres en espíritu? Un chin. Pueblo escogido, dice la Escritura; nación santa, real sacerdocio.

Un remanente dentro de un universo que se está perdiendo; aquellos que han reconocido su pobreza espiritual y han sido enriquecidos por el Señor. Somos una pequeña proporción. Bienaventurado: te fue bien. Con razón dice el Señor «feliz el hombre que es pobre espiritualmente»; con razón dice el Señor «un fuerte aplauso para los que reconocen su pobreza», porque somos una excepción dentro de la creación. ¿Hay otra razón más? Sí: mira, la primera bienaventuranza es la que da paso a todas las demás. Todas las demás tienen su origen en esta principal. La pobreza espiritual es una razón para regocijarse, porque quien reconoce su pobreza ante el Señor está en el carril correcto para tener una vida en plenitud.

El paso necesario

Les pido que cierren sus ojos un momento; termino en oración. ¿Cuál es el paso necesario? Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de los tales es el reino de los cielos. ¿Cuál es el paso necesario? Dejar la soberbia, dejar la altanería, dejar la autosuficiencia y decirle al Señor en oración que reconoces tu pobreza, que reconoces que espiritualmente tú no puedes lidiar con tu hombre interior, que necesitas la ayuda de él. Yo quiero que todos ustedes salgan de aquí siendo bienaventurados. ¿Cuál es el paso? Reconocer tu pobreza. Dice el libro de Apocalipsis, el Señor hablando:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Dice la Escritura que en esa casa, adentro, hay un problema, y que el que puede resolver el problema que está dentro de esa casa está del otro lado de la puerta; y que tú tienes dos opciones: o mantienes tu soberbia, tu altivez de espíritu, tu autosuficiencia, o con humildad le dices «Señor, entra, te abro la puerta, ven a mi casa y enriquéceme tú». Si hay gente aquí hoy que pueda reconocer su pobreza espiritual delante del Señor, dígaselo al Señor ahí en oración: «Señor, yo he escuchado la predicación del evangelio». Si el Espíritu Santo te ha dado hoy convencimiento de pecado, de justicia y de juicio, le pido a mis hermanos ahí en la iglesia que intercedan.

Es necesario que la gente entienda estas cosas, que su vida sea consolidada en el Señor; si alguien quiere hoy no ver a Cristo desde lejos, sino que su vida esté en Cristo; si alguien quiere recibir hoy la mayor riqueza, que es tener el patrimonio ilimitado de Dios a la disposición de tu alma. Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, y él os exaltará cuando fuere tiempo. Puedes decirle ahí al Señor, si tú no eres cristiano, si tú no has reconocido nunca tu pobreza delante del Señor, puedes decirle ahí en oración —no tienes que decírmelo a mí, díselo a él, que es quien enriquece; él es quien enriquece espiritualmente—, dile al Señor en oración: «Señor, reconozco mi pobreza delante de ti».

«Reconozco que adentro de mí hay un vacío que ha estado siendo llenado por cosas que no lo llenan. Reconozco que hay dudas existenciales que yo mismo no puedo responder. Reconozco que hay falta de propósito, hay falta de sentido de la vida». Él ha dicho que él es el camino, que él es la verdad y que él es la vida, y que nadie viene al Padre sino por él; que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Si hoy te reconoces como un pobre en espíritu, una persona que se agacha, una persona que depende del patrimonio de otro, una persona que tiene que ir donde otro diariamente a buscar su sustento, estás en el carril de la salvación.

Puedes decirle: «Señor, perdona mis pecados, recíbeme en mi pobreza, enriquéceme tú, inscribe mi nombre en el libro de la vida». Este es el primer paso necesario: creer en el Señor y aceptarle como tu Salvador, recibir esta riqueza. Lo siguiente: dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo. El bautismo es la ceremonia por la que, por más de dos mil años, los cristianos hemos confesado nuestra fe delante del Señor públicamente. Si tú dijiste una oración ante el Señor, el siguiente paso es bautizarte; será un gusto para nuestra iglesia acompañarte, enseñarte la doctrina cristiana y recibirte en las aguas del bautismo.

Oro por toda la iglesia. Te doy las gracias, Señor, porque tú me permitiste a mí en algún momento reconocer mi pobreza delante de ti. Gracias, Señor, porque tú has permitido aquí que los pobres en espíritu confiesen su pobreza y sean salvados. Gracias, Padre. Dale las gracias al Señor ahí, porque fue el Espíritu Santo quien te convenció de tu pobreza, quien te enseñó tu bancarrota y quien te puso en el carril de la salvación. Gracias, Señor, por la salvación de nuestras almas.

Nos disponemos ahora, Señor, a tomar el pan, a tomar el vino, a recordar a través de los elementos que nuestra vida está en ti. Desde ahora nos presentamos, en el nombre de Jesús, amén.

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