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La batalla contra la desmotivación

1 Tesalonicenses 2:1-12

La desmotivación es una de las tácticas que más frecuentemente emplea Satanás para detener el avance de la iglesia de Cristo. Pablo nos enseña a combatirla examinando no los números ni la apariencia externa, sino la fidelidad con que hacemos la obra de Dios.

Predicado1 de septiembre de 2013
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Estamos congregados, Señor, alrededor tuyo, alrededor de tu palabra. Tenemos la plena convicción, Señor, que tu palabra es más cortante que una espada de doble filo y que puede marcar una diferencia. Tenemos la firme convicción, Señor, que la predicación de tu palabra es algo que cambia vidas. Nos disponemos ahora, Señor, a considerar estos versículos de tu Escritura y te pedimos tu ayuda en estos dos sentidos: permite que cada persona aquí congregada entienda, permite que nadie, Señor, se quede sin ver la hermosura de tu revelación.

Y permite que aquellos, Señor, que milagrosamente, ayudados por tu Espíritu Santo, puedan ver tu revelación, al mismo tiempo obedezcan. Te pedimos encarecidamente, Señor, tu soporte, tu compañía en este proceso de enseñanza, para que el pueblo entienda, para que el pueblo obedezca. Te encomiendo a aquellos de mis hermanos aquí presentes que se sientan especialmente desmotivados por una razón u otra. Permite, Señor, que podamos ganar esta batalla contra el desaliento, la desmotivación, y seguir haciendo tu obra, Señor, para la gloria tuya, esperando que de parte tuya tendremos un fruto.

Como pastor te presento este pequeño rebaño, Señor, que has puesto a mi cuidado. Como tú orabas, Señor, por los tuyos, oro yo: permite que ninguno se pierda. Mira a aquellos, Señor, que se sienten descorazonados, mira a aquellos, Señor, que tienen los brazos caídos. Permite que tu palabra sea aliento, permite que tu palabra sea consuelo, permite que tu palabra sea soporte, Señor, para que hagamos lo que tenemos que hacer para la gloria tuya. Acompáñanos hoy, en el nombre de Jesús. Amén.

La batalla contra la desmotivación. Yo he tenido un gozo extraordinario, hermanos, porque después de una corta vacacioncita que tuve de la predicación, yo he estado predicando últimamente. Creo que he predicado ya cuatro sermones distintos, y han sido sermones evangelísticos; he estado predicando especialmente pensando en que la gente haga profesión de fe y que entregue su vida a Cristo. En eso me siento satisfecho, porque gloria al Señor que su palabra ha producido fruto, y tenemos a nuestra hermana Laura, que estaremos acompañándole hacia el bautismo.

Sin embargo, hoy tengo que predicarle a mi iglesia específicamente, y el sermón que traigo hoy, hermanos, aunque la palabra del Señor aprovecha a todo el mundo en sus diferentes circunstancias, he preparado un sermón para hablarle a mi iglesia, a los miembros de la iglesia de Pez Mundial. Vengo a alentarlos en esta batalla que todos nosotros tendremos que enfrentar contra el desaliento y la desmotivación, considerando el capítulo 2 de la carta de Pablo a los tesalonicenses. Primero leeremos toda esta porción de las Escrituras y luego les diré la razón por la cual he seleccionado esta porción para predicarle hoy específicamente a los miembros de esta iglesia.

Lectura bíblica: 1 Tesalonicenses 2:1-12

Dice así la palabra del Señor, capítulo 2 de la primera carta de Pablo a los tesalonicenses. Dice así el apóstol a la iglesia:

Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana; pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos de nuevo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición. Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño, sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones. Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo; ni buscamos gloria de los hombres, ni de vosotros ni de otros, aunque podíamos ser os carga como apóstoles de Cristo. Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios. Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes; así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros, y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria.

— 1 Tesalonicenses 2:1-12

Hermanos, este capítulo 2 de la carta de Pablo a los tesalonicenses es una porción de la Escritura que, junto con las cartas de Pablo a Timoteo y la carta de Pablo a Tito, su colaborador, constituyen porciones de las Escrituras que son llamadas cartas pastorales o porciones pastorales. Sin embargo, esta porción de la Escritura fue dirigida a la iglesia completa en un momento histórico específico, donde la iglesia estaba enfrentando un grave desaliento.

Dice así nuestra introducción: que la desmotivación es una de las tácticas que más frecuentemente emplea Satanás para detener el avance de la iglesia de Cristo. Usando argumentos carnales intenta hacernos creer que nuestra labor es en vano y, cuando le creemos, entonces logra que así sea. El apóstol Pablo tuvo que luchar en innumerables ocasiones con la desmotivación suya y la de las pequeñas iglesias que iba sembrando en medio de grandes dificultades. Su principal herramienta de defensa era la siguiente: Pablo revisaba junto a sus compañeros de labor y ante la iglesia si habían trabajado con fidelidad, pues sabía que al obrero fiel Dios siempre le respalda con fruto.

Sabía que si había sido fiel a Dios, la obra permanecería a lo largo del tiempo, aunque inicialmente no tuviera el reconocimiento de los hombres. Pero si dejaba de lado la fidelidad para conseguir la aprobación temporal de los hombres, entonces perdería la aprobación de Dios y la obra sufriría gran daño. Hoy aprenderemos a luchar bíblicamente contra la desmotivación. Hermanos, en el día a día del ministerio, cualquiera de ustedes que tenga un tiempo en los caminos del Señor, estoy seguro que ya ha enfrentado el desaliento.

Cualquiera de ustedes que ha intentado hacer algo para la gloria del Señor, estoy seguro, no tengo que preguntarle, estoy 100 % seguro que ya se ha sentido desalentado, desmotivado, que ya sus brazos en algún momento los ha dejado caer. A nivel general también hay una desmotivación que como que por temporadas llega a la iglesia del Señor en general, y llega un momento cuando se pregunta: “¿Estará el Señor en medio nuestro?”

Desmotivación en la iglesia y comparación de ministerios

“¿Acaso este valle de huesos secos en algún momento volverá a tener carne y se moverá? ¿Desaparecerá nuestra iglesia? ¿Habrá sido en vano el trabajo que hemos hecho para la gloria del Señor?” Esta batalla contra el desaliento a veces afecta a una porción de la iglesia, afecta a la iglesia completa y es peligrosa. Es tan peligrosa que el apóstol Pablo le dedicó todo un capítulo, usa una gran porción de su carta para lidiar contra esta grave desmotivación que podría afectar el desempeño espiritual de los hermanos en Tesalónica.

Satanás trata de desmotivarnos y cuando nos desmotiva, entonces logra que la obra del Señor se detenga. No dice Pablo directamente qué cosas eran las que estaban afectando a la iglesia, pero cuando leemos el capítulo 17 del libro de los Hechos y las cartas a los tesalonicenses, podemos inferir de dónde estaba viniendo la desmotivación. Entre las razones que pudieron haber afectado el estado de ánimo general que tenía la iglesia en Tesalónica, una de ellas es quizás que cuando Pablo y sus colaboradores fueron a predicar vieron muy pocas conversiones.

Más si Pablo midiera el fruto de su ministerio con el fruto del ministerio de Pedro. Hermano, el pastor Pedro predicaba y se convertían al Señor miles de personas en un solo día. Perdónenme, el apóstol Pedro predicaba y se convertían al Señor miles de personas en un solo día, y a Pedro casi nunca le tiraban piedras. El apóstol Pablo predicaba, lo sacaban apedreado; se convertían alrededor de cinco. Hermano, yo me imagino la lucha emocional que tenía Pablo de decir: “¿Debo yo ser un apóstol del Señor? Porque Pedro predica y se convierten las multitudes, pero yo predico, las multitudes me tiran piedras y algunos cinco se convierten”.

Las pocas conversiones que Pablo estaba mirando en su ministerio era un asunto desproporcional con relación a las multitudes de personas que se convertían con el ministerio de Pedro. Y quizás esto, hermanos, era una razón que traía desmotivación tanto para Pablo como para la iglesia: hay muy pocas conversiones. Por otro lado, los convertidos que habían tenido aquí la iglesia en Tesalónica eran algunas mujeres gentiles, algunos hombres y unos cuantos judíos, pero ninguno hombres de mucha importancia humanamente hablando.

No fue que empezaron y que se convirtieron los principales, no fue que rindieron a Cristo su vida las autoridades, no. Hombres del pueblo aceptaron al Señor en un grupito y se congregaron en la casa de un hombre llamado Jasón. Quizás decían los opositores: “Pablo, tu ministerio no tiene mucho fruto. Mira cómo tú predicas, te sacan apedreado y lo que se convierten ahí son unas cuantas mujeres y hombres que se pueden contar con las dos manos; sobran dedos”.

Apariencia externa y sentimiento de fracaso

Al mismo tiempo, otra de las causas de la desmotivación: estas iglesias que Pablo comenzaba, y entre ellas la iglesia de Tesalónica a la cual está escribiendo en este momento, eran iglesias que no tenían un amplio reconocimiento público. El Nuevo Testamento nos muestra que Tesalónica era una ciudad muy grande. En Tesalónica hubo un cierto alboroto y eso se desapareció. No era como que en Tesalónica quedó una gran iglesia establecida que tenía una gran infraestructura. Los judíos sí tenían eso. Había una gran sinagoga en Tesalónica y era un edificio majestuoso, y cuando los hombres llegaban a esa sinagoga decían: “¡Guau, este es el edificio de la sinagoga de los tesalonicenses! Y ahí es que los tesalonicenses adoran al Señor”.

Pero la iglesia de Cristo en Tesalónica, ¿dónde se reunía? En la casa de uno de los hermanos que no tenía mucha importancia. Cualquiera se siente desmotivado. Son asuntos humanos y carnales, pero la verdad es que el ser humano cuando ve un edificio bien bonito y acomodado como que piensa que Dios está ahí. Yo recuerdo los tiempos, hermanos, cuando esta iglesia se reunía en un parqueo, que a mí la persona me preguntaba: “¿Y cuándo es que ustedes van a ser una iglesia de la de verdad?” Y yo: “Pero somos una iglesia de verdad”. “Sí, sí, tú sabes, una iglesia de la de verdad, de la que tienen los bancos y hay sillas, y hay un púlpito. Es ahí, como en un parqueo, como que eso, como que no es de verdad. ¿Cuándo ustedes van a ser una iglesia de verdad?”.

Miren, ahora mismo también es más fácil pastorear esta iglesia, hermanos, pero los primeros años fueron años difíciles. Uno ve ahora la iglesia evangélica Pez Mundial y dice: “Es la verdad que gloria al Señor que hemos avanzado un poco”, y eso carnalmene da uno un chin. Pero antes era más difícil. ¿Cuál era la causa de la desmotivación? Esta era una iglesia que en la apariencia, hermanos, era un grupo de personas que no hablaba mucho, no tenía un gran testimonio en la ciudad, se sentía triste, la iglesia se sentía triste. Pablo podía sentir que había fracasado.

Pablo comienza este capítulo diciendo: “Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana”. Primera causa de su desmotivación: Pablo sentía que, guau, quizás esta gente lo están zarandeando; le dicen que fracasamos, le dicen que no fue posible. Y él comienza el argumento diciendo que su visita no fue en vano. Ahora, la pregunta que yo me hago es: ¿por qué razón Pablo dedicó tanta porción de su carta a demostrar que la visita no fue en vano, si Pablo decía que no buscaba la aprobación de los hombres?

Por qué Pablo combate la desmotivación

Si Pablo decía que no le importaba tanto lo que los hombres dijeran sobre él, que su testimonio estaba ante el Señor, ¿por qué razón Pablo dedicó una porción tan amplia de su carta a subsanar este problema de desmotivación? Bueno, la razón es la siguiente, hermanos: la falta de madurez produce desmotivación, y la desmotivación emocional regularmente termina afectando el desarrollo espiritual.

Miren, yo fui miembro de una iglesia muy grande que era la iglesia Asamblea de Lucerna. Recuerdo que fui líder de jóvenes allá durante dos años, que trabajé también coordinando escuelas bíblicas; en diferentes momentos de la iglesia coordiné diferentes áreas. Hermanos, el ministerio de jóvenes de Iglesia Lucerna era dos veces más grande que esta congregación. O sea, solamente en jóvenes, esa iglesia, imagínense, una iglesia multitudinaria. Yo recuerdo que cada cierto tiempo las personas se me acercaban, a mí me conocen por Junior; me decían: “Junior, ven acá”, me llamaban aparte y me decían: “Yo siento como que la iglesia, como que no está avanzando, como que yo siento que la iglesia está estancada, como que siempre la misma gente”.

Hermanos, estamos hablando de una congregación que tenía cerca de 300 miembros. Recuerdo el caso específico de un momento donde había mucha tristeza en la congregación. Habíamos recibido, en un solo momento, cerca de 40 nuevos creyentes. Y esos 40 nuevos creyentes, yo me involucré en unos procesos de discipulado, hice talleres de membresía para ellos y les acompañamos a las aguas. Hermanos, imagínense el gozo, y después de eso la iglesia volvió a su curso regular. La gente se me acercaba: “Junior, yo como que siento que la iglesia está estancada, como que no está creciendo, como que la iglesia no va ni para adelante ni para atrás”.

Y lo que más me preocupa, y la razón por la cual he seleccionado esta porción de la Escritura, es que esas personas que venían a mí con esta desmotivación normalmente, no en todos los casos, pero era un caso frecuente, terminaban apartándose de los caminos del Señor. Es una alerta, es una alarma. Estas personas percibían que la iglesia estaba estancada, pero yo decía: “Pero ahora mismo 40 nuevos creyentes llegaron y fueron bautizados. Aquí tenemos una congregación de, imagínense, hermanos, el templo de Lucerna es como seis veces este tamaño, lleno de personas que están rindiendo su vida a Cristo todos los domingos, pero estas personas se sentían desmotivadas”.

Una táctica de Satanás es hacernos pensar que la iglesia no está avanzando y que cuando la iglesia no avanza, entonces las cosas están mal, y cuando logra tal cosa, entonces hace que la obra se detenga. Hay una analogía de esto: Carolina me llevó al cine a ver una película, la película “El Teniente Amado”. Y yo fui con Carol, ella me llevó a ver la película y yo estaba emocionado, hermanos, esa película, miren, yo estaba gozándome, gozándome en el asunto.

Ilustración del cine y contagio del desaliento

Terminó la película, yo terminé tan contento y dije: “Guau, yo quisiera invitar a todo el mundo que venga a ver esta película”. Si a mí me permitieran evaluar la película, en ese momento yo le daba 10 de 10. Bueno, yo fui a mi casa emocionado y fuimos hablando de la película, y comencé después a buscar en Internet a ver qué decían los críticos de cine. Y cuando busqué lo que decían los críticos de cine de la película “El Teniente Amado”: “Esos diálogos no están a la altura; la trama no se cierra; esta escena quedó tal…”. Oigan, hermanos, después que yo vi lo que decían los críticos de la película, yo mismo ya le estaba dando como un 5 de 10.

Hermanos, la desmotivación es un problema en la iglesia, porque cuando un hermano se siente desmotivado y Satanás usa eso, entonces al mismo tiempo como que nos contagia. Si nos lleváramos por los críticos de cine, nadie fuera a ver ninguna película. Las películas nunca son buenas, los diálogos nunca son suficientes y la trama nunca se cierra. O sea, si uno se lleva de los críticos, nadie va al cine. Hermanos, desarrollar una iglesia —y le estoy hablando en este momento a mi congregación, estoy hablando en este momento a los hermanos de nuestra iglesia— es un asunto donde tenemos que lidiar con esta batalla interior de entender que lo que estamos haciendo para el Señor no es en vano.

Que sin importar lo que en algún momento aparente, sin importar lo que en algún momento podamos sentir, nosotros tenemos que buscar los argumentos bíblicos. Y yo he encontrado aquí, hermanos, una serie de once argumentos que nosotros deberíamos recitarnos a nosotros mismos, y son preguntas que nos tenemos que hacer para saber si lo que estamos haciendo vale o no vale la pena. Yo he resuelto, hermanos, que yo me voy a predicar a mí mismo 1 Tesalonicenses capítulo 2 en los próximos años, aunque sea una vez al mes.

Pretendo ponerlo así en un lugar visible, para que cada vez que sienta que se me caen los brazos, entonces preguntarme: “Rafael Pérez, ¿la obra que estamos haciendo para el Señor en Santo Domingo, en la Iglesia Evangélica Pez Mundial, es en vano o no es en vano?”. Veamos cómo Pablo respondió. Comencemos desde el capítulo 2 y en el versículo 2. Pablo está ahora mismo defendiendo el fruto de la misión ante los tesalonicenses. Antes de leer, les diré que cómo Pablo argumentó no fue por los números o por la apariencia de la iglesia, sino que Pablo dijo que la labor ante los tesalonicenses no había sido en vano por su fidelidad a Dios.

Primeros criterios de éxito: tribulación, Evangelio e integridad

Pablo no dice aquí en ningún momento: “No fue en vano porque…”, él pudo haberles dicho: “Pero ustedes que me están preguntando, ¿ustedes están ahí?”. A otra congregación él le dijo: “Si para otros yo no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy, porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor”. Pablo les dice a los tesalonicenses que la labor no fue en vano porque trabajaron con fidelidad ante Dios. En primer lugar les dice: “Habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos… tuvimos de nuevo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio…”. ¿Cómo medía Pablo el éxito de la misión? Pablo decía que había sido una misión exitosa porque habían soportado la tribulación y, en segundo lugar, porque habían predicado el Evangelio a pesar de esa tribulación.

Si usted me pregunta: “Pastor, ¿estos cinco años han valido la pena?”, yo le pregunto: ¿no hemos soportado la tribulación? Vino el zarandeo y estamos aquí. Y en medio del zarandeo pudimos predicar el Evangelio. Si acaso, hermanos, soportamos la tribulación y seguimos predicando el Evangelio, entonces este asunto ha valido la pena. Cuando uno busca aliento en medio de la desmotivación, hace la siguiente pregunta: ¿He soportado yo, para el Señor, la tribulación, y a pesar de la tribulación he podido seguir predicando el Evangelio?

Si soportamos la tribulación, no la soportamos porque seamos fuertes en nuestros propios medios; la hemos soportado por la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo que nos ha mantenido en pie. Y si hemos predicado el Evangelio es porque el Señor nos lo ha permitido. Primeras dos cosas que Pablo dijo: la labor, sin importar cuánto usted vea, sin importar si tienen un templo grande o un templo chiquito, sin importar si se reúnen en la casa de Jasón, no importa que a nosotros nos hayan sacado apedreados. ¿Cómo mido el éxito de la misión ante Tesalónica? Porque se resistió la tribulación y porque se predicó el Evangelio a pesar de.

Eso quizá yo debería ponerlo en una pared ahí para yo preguntarme cada cierto tiempo, mes tras mes, cada vez que los brazos se me caigan: “Rafael Pérez, ¿estamos soportando la tribulación? ¿Se está predicando el Evangelio?”. Si se pasa por la tribulación y se está predicando el Evangelio, entonces la misión no es en vano. En tercer lugar dice Pablo, versículo 3: “Porque nuestra exhortación no procedió de error, ni de impureza, ni fue por engaño”. Pablo está diciendo: mi enseñanza, mi exhortación, fue una enseñanza íntegra.

Lo que un pastor, lo que un maestro, lo que un obrero del Señor se debe preguntar no es cuántas son las personas que yo tengo en mi iglesia; lo que tiene que preguntarse es: ¿mi exhortación es una exhortación íntegra? Cuando pasamos balance y vemos lo que estamos enseñando, ¿estamos enseñando la palabra del Señor o estamos enseñando error? ¿Estamos enseñando impureza o estamos enseñando engaño? Si estamos predicando con integridad, a pesar, hermanos, de que nosotros no veamos a simple vista lo que está sucediendo, sabemos que hemos puesto la buena semilla.

Fidelidad frente a los hombres: agradar a Dios, no a las multitudes

Yo no entendía eso, pero lo había leído: que el bambú primero desarrolla raíces y después crece. Bueno, nos regalaron unas ramitas de bambú decorativas y las pusimos en agua; ya tienen raíces de pulgada y media, pero la ramita de bambú no ha crecido, pero ya tiene raíces de pulgada y media. Hermanos, ver el crecimiento en la obra del Señor no es algo que el ser humano siempre ve. A veces el crecimiento del Señor son raíces que se están cimentando bajo la tierra para mantenernos firmes en los momentos de tribulación.

Yo te pregunto: ¿la integridad de la enseñanza puede ser aprobada por el Señor? Si resistimos la tribulación, si seguimos predicando el Evangelio a pesar de, y si enseñamos con integridad, entonces esto ha valido la pena. Dice la parte del versículo 4: “Sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones”. Hermanos, una gran tentación en la iglesia del Señor en este tiempo —y enfrentamos esta situación específicamente ahora mismo en nuestro país— es una gran cantidad de personas que están enseñando no para agradar a Dios, sino para agradar a los hombres.

Son estas congregaciones que acercan las multitudes para que les digan: “Los tres pasos para tú ser feliz; las cinco herramientas para que puedas vivir tu mejor vida”. Son enseñanzas para agradar a los hombres. Hermanos, Pablo está diciendo aquí que el Señor le confió el evangelio y que así hablaba: no para agradar a los hombres, sino a Dios, que es quien aprueba los corazones. Pablo dice que la misión en Tesalónica valió la pena porque, a pesar de que no eran muchos, lo que se había hecho en Tesalónica se había hecho para agradar a Dios y no a los hombres.

Fíjese qué interesante: Pablo en ningún momento está haciendo aquí un estudio de mercado; Pablo en ningún momento está haciendo una comparativa Tesalónica con Filipos, Filipos con Corinto, no. Pablo está diciendo: “Lo que se hizo entre ustedes, a pesar de que el fruto ahora mismo es poco, se hizo con fidelidad al Señor, porque no se intentó agradar a los hombres, sino a Dios”. En quinto lugar, luego dice Pablo, en la primera parte del versículo 5: “Porque nunca usamos de palabras lisonjeras”.

¿Qué son palabras lisonjeras, hermanos? Son estos predicadores que le predican al pueblo lo que el pueblo quiere oír. Una lisonja es cuando tú llegas a una tienda de zapatos y el vendedor te ve y te dice: “Mira, estos son los zapatos que a ti te convienen”. No es verdad; esos son los zapatos que él te quiere vender. Usted va a una tienda de electrodomésticos y quieren que usted se lleve unas cositas: “Pero yo no necesito eso”, pero te está agradando el oído, te está agradando los ojos para que tú hagas algo que tú no quieres hacer.

Lisonja, avaricia y gloria de los hombres

Predicar con lisonja es eso: decirle a la gente que tiene comezón de oír, decirle a la gente lo que la gente quiere escuchar. Pablo dice: la misión en Tesalónica valió la pena porque nosotros no predicamos con lisonja. Hermano, yo he pensado preguntarme en los próximos 20 años varias veces a mí mismo: “Rafael Pérez, ¿tú estás rascándole el oído a las personas que se congregan ahí o tú estás predicando lo que hay que predicar? ¿Estás poniendo la buena semilla o estás poniendo ahí lo que el hombre quiere que se le ponga?”. Pablo dice: la misión en Tesalónica valió la pena porque resistimos la tribulación, porque predicamos el Evangelio a pesar de, por la integridad de nuestra exhortación entre ellos, por haber agradado a Dios antes que a los hombres y porque evitamos la lisonja.

Hermanos, es una gran tentación. Miren, el ser humano es lo más manipulable que hay y cualquier persona un poco intrépida sabe cómo se manipula. Miren, hay determinados mensajes que se predican y atraen multitudes, eso es fácil de hacer. ¿Saben por qué es fácil de hacer? Por lo mismo que funcionan los trucos de magia. Los trucos de magia funcionan porque a quien se lo están haciendo quiere que funcione. ¿Sabes por qué funciona la lisonja y la falsa doctrina para atraer multitudes? Porque la gente quiere ser atraída.

Hermanos, la gente no quiere que usted le diga la voluntad de Dios; la gente quiere que usted le diga lo que la gente quiere oír. Y les aseguro que para un predicador del Evangelio mantenerse durante años sin intentar rascar los oídos de la gente, hermanos, es una gran tentación. Pero Pablo dice que no solamente la lisonja; también dice la parte b del versículo 5: “Como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo”. ¿Cuántos son los púlpitos que se están utilizando en este momento para encubrir avaricia? Y en esto, hermanos, miren, yo lo digo avergonzado, es una realidad.

Son cientos los púlpitos que se han levantado ahora mismo para personas cubrir avaricia, buscando proyectos económicos personales, al punto tal que uno se distingue ahora mismo. Miren, yo luché durante años para entrar al ministerio pastoral, ¿ustedes saben por qué? Porque yo no quería decirle a la gente que yo era un pastor. Y el Señor tuvo que confrontarme a mí durante años y enseñarme la dignidad de mi llamado, porque, miren, es más fácil —yo se lo certifico a ustedes—, yo comencé una empresa por vanidad.

O sea, yo comencé una empresa porque para mí era más fácil, cuando llegaba a una reunión social, la gente me preguntaba: “¿Y tú a qué te dedicas?”, yo decirle: “Yo soy un empresario”, que decirle: “Yo soy un pastor”. Porque si le digo que soy un pastor, lo primero que la gente va a pensar es que estoy encubriendo avaricia, que soy uno de los que comenzó una iglesia en algún lugar para hacerse rico. Lo que le decían a Marta es verdad o por no. Ese es el posicionamiento que tiene el ministerio pastoral ahora mismo en Santo Domingo.

Pablo dice: la misión valió la pena porque cuando estuvimos en medio de ustedes no encubrimos avaricia. Dice la parte 7, luego el 6: “Ni buscamos gloria de los hombres”. Hay algo dentro de cualquier obrero del Señor que le hace sentirse satisfecho cuando el hombre le aplaude. Miren, yo una vez fui a un lugar, a una iglesia, que con el tiempo le conocí, entendí que era una congregación de gente muy carnal. Y yo fui a ese lugar y prediqué un sermón y a mí me aplaudieron de pie.

Carga apostólica, servicio y trabajo con las manos

Y yo salí de ahí casi volando. Yo no había visto eso. Normalmente cuando Pablo predicaba el Evangelio lo sacaban apedreado; yo fui a ese lugar y prediqué y me sacaron aplaudido. Otros hablan con acento y te lee el periódico y la gente les aplaude. Y uno se siente bien: la gloria de los hombres, hermanos. Lo que yo he visto es que cuando un obrero del Señor hace su asunto como tiene que ser, no produce muchos aplausos. Por eso yo tengo cierta reserva con estos ministros que aparecen ahora por televisión que la gente les aplaude, los celebran. Yo digo: “¿Estará predicando el Evangelio? Porque cuando Pablo predicaba le tiraban piedras; cuando el Señor predicó el Evangelio, lo crucificaron”.

Si cuando estamos predicando nosotros tenemos la gloria de los hombres, es para preocuparnos. Dice Pablo: la misión en Tesalónica no fue en vano, porque cuando estábamos entre ustedes, no sólo no encubrimos avaricia, sino que no buscamos la gloria de los hombres. Dice asimismo el versículo 6: “Ni de vosotros”, o sea, tampoco estábamos buscando la gloria de la iglesia, “ni de otros”, tampoco estábamos buscando la gloria de los judíos. Hermanos, la triple tentación de cualquier obrero es conseguir la gloria de su iglesia local, es conseguir la gloria de los que están en el mundo y es conseguir la gloria de las demás, o sea, de las demás denominaciones, las demás religiones.

Es más, que un ministro exitoso ahora mismo es una persona así: una persona que se celebra en los medios seculares, una persona que se celebra en su congregación y es una persona que se celebra ante las demás congregaciones. Ese es un hombre aprobado. Dice Pablo: nuestra misión entre ustedes valió la pena porque no estábamos buscando reconocimiento ni de los hombres, ni de los otros, ni tampoco el reconocimiento de ustedes.

En octavo lugar dice Pablo que la labor valió la pena por lo siguiente. Dice él: “Aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo”. ¿Qué es ser carga como apóstoles de Cristo? Miren, cuando Pablo llega a un lugar, llegaba con la autoridad de que era un apóstol del Señor. Ya no hay apóstoles de Cristo en este tiempo, no hay apóstoles de la iglesia de Cristo. Los apóstoles de Cristo eran esa serie de hombres, o sea, los doce apóstoles, los doce discípulos de Cristo, más Pablo, que el Señor personalmente comisionó. Y cuando esta persona llegaba a una ciudad, hermanos, imagínense ustedes lo que es estar ante un apóstol de Cristo.

Y ese asunto se pudo haber convertido en una carga para la iglesia. ¿Cómo se pudo haber convertido el apostolado de Pablo en una carga para la iglesia? En diferentes maneras. Lo primero es que la iglesia se dedique a celebrar y atender al apóstol en un reconocimiento especial o extraordinario. Miren, hay obreros del Señor que se vuelven gravosos para los lugares a donde van porque abusan de su dignidad como obreros del Señor para llamar la atención hacia sí mismos. Pablo dice: “Entre ustedes yo era un apóstol del Señor, pero mi apostolado tampoco se convirtió en una carga”.

Nuestra autoridad apostólica no fue una carga para la iglesia, y eso lo desarrolla hasta el versículo 8. Dice él: “Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos”. Veo con tristeza cómo algunos ministros del Señor se apartan de su congregación y piensan que están en un nivel más alto.

Veo con tristeza cómo algunos están perdiendo su tiempo en el lugar donde el Señor los ha puesto y, en vez de celebrar a Cristo y predicar el Evangelio, utilizan eso para llamar la atención hacia sí mismos. Digo esto no como chisme, sino con tristeza, que yo tuve un maestro en el seminario bíblico que no permitía que se le llame por su nombre, sino que si usted quería llamarle, tenía que decirle “reverendo”. ¡Ay, la carnalidad! O sea, usted le decía: “Profesor fulano”, y él decía: “No, no, no, no, fulano no, porque usted y yo no somos iguales; dígame reverendo”.

¿Cuántos son los hombres del Señor que están buscando ahora y abusando y malusando su autoridad como obreros del Señor para que la gente les esté pasando la copa de agua, para que la gente les esté atendiendo, para tener un séquito de gente que les sirve a ellos? Pablo dijo: “Cuando yo estaba entre ustedes, ustedes no me sirvieron a mí; fui yo quien les sirvió a ustedes. Yo sé cómo lo hice para el Señor”, Pablo. “Cuando estuve en medio de ustedes, a pesar de que yo era un apóstol del Señor, no eran ustedes que me servían, era yo quien les servía a ustedes, como una nodriza que cuida de los suyos”.

Trabajo, conducta santa y verdadera medida del éxito

“Y me fueron tan queridos que yo no quise darles solamente el Evangelio, sino que yo quise darles hasta mi propia vida”. Pablo está resumiendo. Él ya ha dicho que no fue en vano la misión en Tesalónica porque se resistió la tribulación, porque se predicó el Evangelio a pesar de, por la integridad de su exhortación, por haber agradado a Dios antes que a los hombres, al evitar la lisonja —eso es rascar el oído—, al evitar la avaricia, al evitar la gloria de los hombres y evitando que su autoridad apostólica se convirtiera en un estorbo. Dice Pablo, en el punto 9, que él trabajó con sus propias manos para evitar ser gravoso.

Lo dice Pablo así: “Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios”. Hermanos, qué dignidad también en el apóstol Pablo. Pablo sabía —la Escritura dice— que el obrero es digno de su salario y que es muy digno que aquellos que le están dando la palabra del Señor, alimentación espiritual, sean sustentados por la iglesia. ¿Y saben qué hacía el apóstol Pablo? El apóstol Pablo tenía un oficio: él hacía tiendas de campaña.

Y cuando él llegaba a los lugares, la gente decía: “Pablo está trabajando en medio nuestro, que tenemos que sostenerle”. Pablo decía: “No, nosotros les sostenemos a ustedes y les damos”. Yo soy un “tendedor”. Oigan qué hermosura del Señor, hermanos, que Pablo tenía un oficio que era muy portátil. O sea, Pablo podía hacer casas de campaña en Tesalónica, podía hacer casas de campaña en Filipos, podía hacer casas de campaña en Corinto. Pablo tenía un oficio que era manual, era una habilidad manual, y con eso él mismo se sustentaba. Y le decía a la iglesia: “Cuando yo estuve en medio de ustedes, trabajé con mis propias manos para evitar serles gravoso”.

Dice también el versículo 10: “Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes”. Pablo está diciendo que entre ellos se comportó de manera santa, de manera justa y de manera irreprochable. Hermanos, qué distinto cómo Pablo medía su éxito en el ministerio y cómo quieren medir la gente el éxito de una iglesia en estos días. Si alguien le preguntara a cualquier persona en la calle ahora mismo: “¿Cuál es una iglesia exitosa?”, diría: “Una iglesia que tiene un templo grande, una iglesia que tiene multitud de personas que se reúnen, una iglesia que sale por televisión”.

¿Y está mal salir por televisión? No, no está mal, es parte de la marca. ¿Y una congregación grande, está mal? Tampoco. ¿Y está mal tener un templo bonito? Ojalá Dios que nos lo dé a nosotros. Ahora, yo les diré, hermanos, que el éxito de una iglesia no se mide por eso. El éxito de una iglesia se mide por su fidelidad al Señor. ¿Cómo sabemos que lo estamos haciendo bien? Lo estamos haciendo bien, hermanos, cuando soportamos la tribulación y en medio de ella seguimos predicando el Evangelio; lo estamos haciendo bien cuando tenemos integridad en nuestra exhortación.

Lo estaremos haciendo bien cuando hayamos agradado a Dios antes que a los hombres. Estaremos teniendo el aplauso de Dios cuando evitemos la lisonja, cuando evitemos la avaricia, cuando evitemos la gloria de los hombres y cuando evitemos que la autoridad de nuestro llamado se convierta en una carga para la iglesia. Cuándo tendremos la aprobación de Dios, aunque no tengamos la aprobación de los hombres: cuando trabajemos con nuestras propias manos, de ser necesario, para evitar ser gravosos, y cuando nuestro comportamiento entre la iglesia sea santo, justo e irreprochable. Eso es una iglesia exitosa.

Paternidad espiritual y aplicación a la iglesia Pez Mundial

Yo quisiera, hermanos, como quitar de la mente de la sociedad: “Necesito hacer una iglesia grande; una iglesia que tiene…”. ¿Sabe cuál iglesia es exitosa? “La iglesia donde va tal persona que es artista reconocido; la iglesia donde va tal empresario; es más, aquella iglesia que le dicen la iglesia de Fulano, o sea, del artista más renombrado que se sienta allí”. ¿Cuál es una iglesia exitosa, hermanos? Una iglesia exitosa, dice Pablo en el versículo 10, es una iglesia donde quien está trabajando allí se está comportando de manera santa, justa e irreprochable.

Dice Pablo que no fue en vano porque él sabe cómo fue que lo pastoreó. Dice: “Yo sé que aunque ustedes sean cinco, yo sé que de esa obra va a permanecer, porque yo sé cómo los pastoreé”. Dice así el versículo 11: “Así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos…”. Hermanos, miren cómo era que Pablo pastoreaba la iglesia. Y les digo: yo sé que hay, hermanos, en la congregación que a veces, a veces yo puedo ser un poco gravoso, porque les veo participando en cosas y tengo que advertirles; les veo en asuntos que son… Es que dice la Escritura que Pablo, como pastoreaba esta iglesia, no era como lo haría un tutor.

Un tutor era una persona que una familia le pagaba para que enseñara al muchacho, y si el muchacho no quería aprender, el problema no era del tutor: “A mí me pagaron”. Esto era algo muy conocido en la cultura de Pablo. Muy probablemente Pablo haya tenido un tutor, o sea, una persona que le enseñaba y que era pagada por su padre. Pablo decía: “Yo a ustedes no les enseñé como si yo fuera su tutor”. Él les dice: “Yo les pastoreé como si fueran mis propios hijos”. Y esa es la confianza que un miembro de una iglesia sana debe tener.

¿Quiere tu padre lo mejor o lo peor para ti? A mí líbreme el Señor de pensar que un hombre de Dios tiene el interés de dañar una oveja, ¿para qué? Dice Pablo: “Yo les pastoreé, y ustedes lo saben”, así que Pablo está diciendo: “Así como también sabéis, vosotros”, y dice: “Y ustedes lo saben, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros”. Pablo está diciendo: la manera en que yo les pastoreé fue de esta manera: con exhortación, con consolación. Y dice un poco más hacia adelante: “Y os encargábamos que anduvieseis como es digno de Dios, que os llamó a su reino y gloria”.

Pablo está diciendo: “Yo les pastoreé a ustedes como el padre a sus hijos, con exhortación y con consolación, y nos encargábamos”, o sea, él dice: “Yo me cercioraba de que ustedes anduvieran bien”. Viene la pregunta: “Sí, hermano, pero Pablo tuvo solamente en esta iglesia algunas semanas”. Pero Pablo no tuvo aquí un tiempo para desarrollar un largo ministerio. Por el poco tiempo que Pablo tuvo en esta congregación, él trabajó con tanta fidelidad al Señor que tenía la plena confianza de que el Señor, a su tiempo, iba a hacer que permaneciera, que en ese lugar hubiese fruto.

Recuérdense, hermanos, que he venido a hablarles a los miembros de esta iglesia. Una pregunta: “Pastor, ¿estos cinco años han valido la pena?”. Entonces yo te pregunto, no mires los números, yo te pregunto: ¿hemos soportado juntos tribulación? ¿Hemos soportado tribulación juntos? ¿Usted se acuerda de usted estando en la sala de mi casa cuando nos encontramos con que no teníamos un templo donde reunirnos? ¿Estuvimos juntos?

Historia de la iglesia y confianza en la obra de Dios

Usted salió conmigo de Auto Air América para buscar algún lugar, a ver dónde el Señor nos llevaba. Usted estuvo ahí en el parqueo mirando a ver lo que iba a suceder. Cuando se burlaban, no es que yo quiera como desahogarme, pero a veces sentía que se burlaban de uno; yo lo sentía así, como que se burlaban de uno: “Ah, esos son los que se reúnen ahí al aire libre”. Hasta del nombre, hermanos. ¿Saben que esta iglesia se llama Pez Mundial no porque yo le pusiera primero el nombre Pez Mundial a mi página de Internet, y se terminó llamando Iglesia Pez Mundial porque Pez Mundial era lo que aparecía abajo? Y se burlaban: “Iglesia Pez Mundial, qué nombre tan raro es ese, y ese es nombre de iglesia”, me dijo alguien una vez.

Hermanos, yo les pregunto a ustedes, no lo que dicen los hombres, sino lo que dice Dios: ¿hemos soportado tribulación? Sí, hemos soportado tribulación. ¿Hemos predicado el Evangelio? ¿Hemos tenido integridad en la exhortación? ¿Hemos agradado a Dios antes que a los hombres? ¿Hemos evitado atraer a la gente con lisonjas? ¿Hemos evitado la avaricia? ¿Hemos evitado la gloria de los hombres? ¿Hemos evitado que la autoridad y el llamado de Dios a un hombre se convierta en una carga? ¿Trabajamos con nuestras propias manos para evitar ser gravosos?

¿Ha sido un comportamiento santo, justo e irreprochable? ¿Se ha hecho como un padre a sus hijos, con exhortación y con consolación? Hermanos, si así lo hemos hecho, sabemos y tenemos la plena certidumbre de que al trabajo de Dios hecho a la manera de Dios nunca le faltará la ayuda de Dios. Usted me dice: “Habla serio”, y yo he pensado, hermanos, y le digo a la gente: tenemos la esperanza de que esta iglesia, en los próximos años, pueda producir mucho fruto para la gloria del Señor, y cualquiera te dirá: “Pero no se ve”. Pero sabemos cómo lo hemos hecho.

Quiero concluir con la siguiente anécdota. Hay una pequeña novela que se llama “Buscando mis raíces”. Les recomiendo a todos ustedes que lean esa novela, cómprenla en alguna librería cristiana. Es la historia de una pareja de misioneros que fueron a predicar al Congo, en África. Ellos se movieron; eran belgas, fueron allá a África y trataron de predicarle a una tribu en específico. Cuando llegó esta familia, se mudó; oró al Señor durante meses para que el Señor les permitiera predicar en el Congo, tomaron un avión, era una pareja de hermanos, una pareja de recién casados que había comprometido su vida a las misiones en el Congo.

Llegaron al Congo y cuando llegaron, la tribu donde ellos pensaban predicar no les permitió predicar. Es más, ni siquiera les permitieron construir una pequeña casita de barro allí, sino que les dijeron: “Si ustedes quieren estar por aquí, váyanse a las afueras, y allá hagan su casa”. Esta familia trató de predicar, trató de acercarse al jefe de la tribu, trató de predicar en diferentes lugares, y nunca pudo predicar. Estuvieron años en el Congo sin nada de fruto. La única persona a la que la esposa de esta pareja misionera tuvo acceso fue a un muchacho que le vendía huevos.

Y ella dijo: “Si este es el único africano al que yo voy a poder predicarle, entonces él será mi misión”. Él iba todos los días a venderle los huevos, ella le compraba los huevos y le predicaba el Evangelio. Hermanos, la frustración de tener dos años en un lugar y no ver nada de fruto, yo me imagino que es desesperante. Bueno, Luzón nos invitó a orar la última vez que yo me reuní con Luzón. Yo le pregunté: “¿Has estado con tu familia en el norte de África? ¿Cuántas personas han aceptado al Señor?”. “Bueno, Rafael, hay alguien que como que se ha mostrado interesada, pero su familia no lo permite”. Luzón está en el norte de África, hermanos, viviendo en el desierto, con turbantes, y él todavía no puede decir que concretamente hay un alma ahí que se haya convertido al Señor.

“Buscando mis raíces”: ilustración final y oración

Bueno, esta pareja estuvo por ahí dos años. A los dos años, la frustración era mucha; enfermaron de malaria. Y en medio de la enfermedad, entonces la esposa quedó embarazada. Narran en la novela la peripecia que fue conseguir que una de las parteras de la tribu a la que ellos intentaban predicar asistiera a su esposa en el embarazo. No querían. En medio de esta dificultad, estos misioneros ya tenían más años en el Congo, no habían podido todavía tener un alma; solamente estaba el huevero, al que ella le predicaba el Evangelio, y el niño quizá para que le siguieran comprando los huevos, quizá seguía escuchando.

Hermanos, la hermana dio a luz, y cuando dio a luz a un bebé, entonces murió de malaria. Este hombre quedó frustrado, abandonó la misión en el Congo, salió, pidió a la niña en adopción. Él dijo —y así mismo él se describe en la novela—: “Dios me lo quitó todo; Dios me quitó mi sueño; Dios me quitó mi familia; Dios me quitó mi esposa; Dios no me ama”. Y el hombre terminó abandonando no solamente la misión, sino que también terminó abandonando al Señor.

Los años pasaron. Esta niña fue adoptada por una pareja de norteamericanos. En Norteamérica creció como una cristiana, llegó a casarse, y cuando se casó, se casó con el rector de una universidad. En un momento vio un informe misionero; a ella le dijeron que su familia le había concebido cuando estaba de misión en el Congo. Ella vio el reporte misionero y cuando vio el reporte misionero vio que en una parte del Congo había testimonio de Cristo.

Fue cuando una persona trajo esa literatura que vino del Congo, alguien que trabajaba en la universidad con su esposo, y le dijo: “Tradúceme esta información”. En la información aparecía el nombre de su madre y decía que en el Congo había una congregación que se estaba reuniendo. Ella siempre se mantuvo con el deseo de buscar sus raíces; por eso la novela se llama “Buscando mis raíces”. En un momento, a su esposo le dieron licencia en la universidad, le pagaron un viaje y ellos se fueron y llegaron al Congo. Y cuando llegaron al Congo se encontraron con que en el Congo, efectivamente, había una congregación.

Y la veneración —o sea, el respeto es la palabra más adecuada— el respeto que se le tenía a su madre en el Congo era tal que su tumba era cuidada por todos los hermanos del Congo. Oigan lo que sucedió: el jefe de la tribu nunca permitió que ellos entraran a la tribu, sin embargo, el niño que era el huevero al cual la madre suya, que murió de malaria en el Congo, le predicaba, logró que el jefe de la tribu le permitiera predicar el Evangelio. Permitió que se estableciera una pequeña escuela y en esta pequeña escuela el huevero fue alfabetizado, estudió y ganó para el Señor a sus compañeros de estudio.

Sus compañeros de estudio ganaron a sus padres, y cuando ella llegó al Congo había una congregación de cerca de 100,000 personas. Y el huevero —oigan, el niño huevero— era quien supervisaba esa gran cantidad de almas en el Congo. Luego ella quiso buscar a su padre. Buscó y encontró a sus medios hermanos; cuando los encontró, encontró que su padre, aquel misionero que había ido con su esposa, era un alcohólico y que no permitía que nadie le mencionara el nombre de Dios. Ella fue donde su padre y en una tarde ganó a su padre para Cristo. Le dijo a su padre que la misión de ellos como familia en el Congo no había sido en vano y, a los dos meses, entonces su padre murió.

Hermanos, la labor para el Señor, cuando se hace con fidelidad, no es en vano. Humanamente hablando, podemos sentir que fracasamos. Quizás tú vas a sentir desmotivación de vez en cuando, la sentiré yo también, hermanos, pero tenemos la firme convicción de que aquel que empezó la buena obra será fiel en completarla.

Permítanme orar al Señor para que el Señor ponga un ánimo renovado en nuestra congregación y, sin importar lo que nosotros veamos, que hagamos la obra del Señor, que ganemos la batalla contra el desaliento. Cierren sus ojos un momento.

Te oro hoy específicamente por mi iglesia aquí congregada, Señor. Mira esta manada pequeña, este pequeño rebaño que tú has congregado en Santo Domingo, mirándonos a nosotros, Señor, que humanamente hablando no somos muy deseables, pero que sabemos, Señor, con qué lo hemos hecho. Mira estos años de trabajo aquí, Señor, algunos con más fruto, algunos con menos. Mira el desaliento que a veces quiere derribarnos y quiere lograr que dejemos de hacer lo que hacemos para tu gloria.

Te quiero pedir, Señor, que tú pongas una fidelidad renovada. Permítenos seguir haciendo tu obra, Señor, sin importar lo que aparentemente se vea. Permítenos ver tu obra como la ves tú. Permítenos añorar, Señor, que la semilla que se está plantando en este lugar de aquí a años, Señor, produzca cientos de miles de almas como fruto. Que cuando estemos en el cielo, en tu presencia, Señor, tú nos digas que el trabajo entre nosotros no fue en vano y que ha valido la pena.

Te pido que calientes tú mismo el corazón de cada uno de mis hermanos. Te pido, Señor, que traigas un aliento renovado a mi propio corazón. Mira este fin de año que nos espera, Señor; permite que este fin de año sea un fin de año de mucho trabajar. Trae, Señor, almas a nuestra iglesia, trae fruto. Gracias, porque hemos visto, Señor, y probado los primeros frutos. Permite que la cosecha sea grande para la gloria tuya. En el nombre de Jesús. Amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos, y nos vemos el miércoles para nuestro culto de oración y estudio bíblico.

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