Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel.
— Zacarías 4:10 (RVR1960)
Las pequeñeces hechas para Dios tienen una densidad que las grandezas hechas para los hombres jamás alcanzan.
El templo que se construía con Zorobabel, después del regreso del exilio en Babilonia, fue mucho más modesto que el de Salomón. Tenía menos oro, menos detalles, menos pompa. Los ancianos del pueblo, que habían visto el templo anterior antes del cautiverio, lloraban al comparar las dos construcciones. La nostalgia del esplendor pasado opacaba lo que Dios estaba haciendo en el presente. Sin embargo, fue precisamente ese templo modesto el que un día recibiría al Hijo de Dios encarnado bajo su techo. La gloria postrera de esa casa sería mayor, dijo el Señor por el profeta Hageo. Y lo fue.
Ese mismo desdén por lo pequeño nos persigue. El axioma de nuestro tiempo es que todo lo valioso debe ser grande, masivo, ruidoso. Una iglesia pequeña parece un fracaso. Un ministerio sin proyección parece tiempo perdido. Una vida discreta parece desperdiciada. Pero Dios no se mueve con la lógica del mercado. Una congregación de doce personas compradas por la sangre de Cristo carga un peso eterno que ninguna cifra de asistencia logra medir. Una vida que ama bien a su familia, que sirve con discreción a su barrio, que sostiene fielmente sus disciplinas, está construyendo algo cuya escala se verá en otra dimensión.
La invitación es a recuperar el gusto por lo pequeño. Sé fiel donde Dios te puso. Cuida bien al puñado de personas que ha encomendado a tu cargo. Ora por nombres conocidos. Lleva tu trabajo con esmero aunque nadie te observe. La plomada en la mano de Zorobabel era un instrumento humilde; medía si la pared iba derecha, una piedra a la vez. Tu vida también se construye así: una decisión a la vez, un acto de obediencia a la vez. Quien menosprecia esos días terminará sorprendido, alegrándose con lo que Dios estaba haciendo mientras él miraba a otro lado.
Oración: Padre, perdóname por mirar con desdén lo que tú estás bendiciendo. Enséñame a celebrar lo pequeño cuando es tuyo. Quiero ser fiel donde me has puesto, sin envidiar plataformas ajenas ni añorar magnitudes que no me has pedido. En el nombre de Jesús, amén.