Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.
— Proverbios 3:6 (RVR1960)
El orgullo se mide por el tiempo que te toma devolverte.
El versículo promete algo concreto a quien camina sujeto al Señor: «y él enderezará tus veredas.» Conviene detenerse en esa promesa. Hay dos maneras de caminar hacia una decisión. Una dice: «Yo sé que por ahí se llega; ya calculé y veo lo que hay después de la curva.» La otra dice: «Quizás se llega o quizás no, pero si por ahí no se llega, creo que el Señor puede abrir una senda.» La promesa del texto descansa sobre la segunda. Lo que sostiene a quien camina así es la convicción de que alguien más grande va por delante; el mapa puede ser borroso.
Esto no es una invitación a la imprudencia. A veces hay que tomar una decisión sin claridad y decir: «No tenemos certeza del camino, pero por aquí vamos, y que el Señor nos ayude.» Y a veces hay que reconocer, sin ponerse a la defensiva, que uno está confundido y aun así cree que Dios va por delante. La pregunta que revela si vives en sujeción es muy concreta: cuánto luchas para devolverte. Mucha gente disfraza de firmeza lo que en el fondo es orgullo: «A mí no me gusta devolverme; cuando dije que por ahí voy, por ahí es que voy.» La vida está llena de entuertos y de caminos que no salen, y resulta hermoso poder reconocer, sin orgullo, que se iba sin futuro y que el Señor hizo futuro de todos modos.
¿Cuánto tiempo te toma renunciar cuando Dios te interrumpe? ¿Estás dispuesto a soltar un plan, o estás aferrado a tus caminos? Hay un texto en Romanos que pone las cosas en perspectiva: «pedir como conviene no lo sabemos, pero el Espíritu intercede por nosotros» (Romanos 8:26). Si no sabemos ni siquiera cómo orar, conviene preguntarse cuánto sabemos realmente sobre cómo decidir. Una vida de veredas enderezadas suele ser una vida donde tú saliste, te equivocaste, y el Señor te cuidó de todos modos, hasta que un día reconoces: «Cuando yo no podía cuidar de mí, tú estabas cuidando de mí.» Esa disposición a devolverte rápido, sin pelear con Dios para que prevalezcan tus ideas, es una de las señales más claras de que el centro de tu vida ya no eres tú.
Oración: Señor, confío en que tú enderezas mi camino y en que abres senda donde yo no veo salida. Gracias porque me cuidas incluso cuando decido mal. Amén.