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Tremendo y fascinante

No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal. Porque será medicina a tu cuerpo, y refrigerio para tus huesos.

— Proverbios 3:7-8 (RVR1960)

La única razón por la que estás seguro en la presencia de Dios es que él decidió que lo estuvieras.

Cada vez que se explica el temor a Jehová, se lava tanto el término que termina sin significar gran cosa. Se repite que el temor es reverencia, y queda una palabra cómoda con la que nadie se incomoda. Vale la pena recuperar su peso original. Hay un temblor necesario en la adoración, la sensación de estar ante algo más grande que uno. Cuando un motor enorme se enciende junto a ti, el cuerpo siente la vibración antes de que la mente alcance a explicarla; quien trabaja con alta tensión se aproxima al cuarto de máquinas con un respeto que se le nota en el modo de caminar, porque sabe que entró en zona de peligro. Esa persona dice algo sencillo: «La electricidad se respeta.» Si un fenómeno físico impone ese respeto, conviene preguntarse qué será encontrarse con el Dios que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra.

Un teólogo alemán del siglo pasado, Rudolf Otto, acuñó un término para describir esto: lo «numinoso». Lo usaba para nombrar un misterio que es, al mismo tiempo, tremendo y fascinante. Tremendo porque produce sobrecogimiento, ese impulso de esconderse que tuvieron Adán y Eva cuando Dios se manifestó en el huerto. Fascinante porque, a pesar de todo, atrae: fuimos creados para vivir en comunión con un Dios santo, y algo en nosotros lo busca aunque al mismo tiempo no se atreva a acercarse. Por eso, cuando alguien dice «yo no estoy listo para ir a la iglesia, todavía tengo que dejar tal cosa», aunque ignora la gracia de Dios tiene un elemento de verdad. La pregunta incómoda es cuándo fue la última vez que, en medio de la adoración, te sentiste tan pequeño que pensaste: «Si Dios realmente está aquí, yo soy muy poco para estar en su presencia.»

El texto une dos cosas: «teme a Jehová, y apártate del mal». Lo interesante es la razón. Un creyente se aparta del pecado, en primer lugar, porque teme a Dios y respeta su santidad; las consecuencias del pecado son reales, y aun así el motor principal es la reverencia. Hay cosas que sencillamente dejan de tener lugar en alguien que pasa tiempo con un Dios así, y eso, según el versículo, termina siendo medicina y refrigerio. Conviene recordar algo para no quedar aplastados bajo el peso de esto: aunque Cristo se humilló hasta la cruz, el Cristo a quien hoy adoramos habita en gloria. Juan se recostaba sobre él en la última cena; años después, en la isla de Patmos, ese mismo Juan cayó como muerto al volver a verlo. Es el mismo. La única razón por la que puedes estar en su presencia sin ser destruido es que él decidió mirarte a través de Cristo. Por eso, cuando dos o tres se reúnen en su nombre, ese lugar deja de ser un sitio común.

Oración: Señor, perdóname por acercarme a ti como si fueras pequeño. Reconozco que solo por Cristo puedo estar en tu presencia sin ser consumido. Devuélveme el temblor que se me ha gastado, y que la reverencia hacia ti me aparte del mal. Amén.