Honra a Jehová con tus bienes, y con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto.
— Proverbios 3:9-10 (RVR1960)
Dar sin reflexión convierte una ofrenda en un soborno.
Honrar, como se usa aquí, tiene que ver con hechos que reconocen de manera práctica la dignidad de alguien. Cuando los reyes visitaban los pueblos, no todos sus súbditos tenían la misma prosperidad: unos eran ricos y otros eran pobres. Y aun así, ricos y pobres recibían al rey con dignidad. Algunos le ofrecían su lugar en la mesa; otros, su propia habitación, la mejor de la casa, diciendo en los hechos: «Tú eres más grande que yo, esto te corresponde.» La honra no siempre alcanza el nivel de la dignidad de la persona que se recibe, pero anuncia que la reconoces. Honrar a Dios con tus bienes es eso: dar de lo que tienes al nivel en que se note a quién estás recibiendo, con los medios que él mismo te ha dado, aunque te parezcan pocos.
La honra verdadera tiene dos elementos que van siempre juntos: el desprendimiento y la reflexión. Cuando le quitas la reflexión y dejas solo la parte material, lo que era hermoso se vuelve ofensivo: la persona percibe que le diste la mejor habitación, pero que tu corazón no estaba ahí. Por eso un creyente que dice «voy a ofrendar, voy a diezmar» todavía no ha dicho nada sobre la honra. Cuando hay desprendimiento sin reflexión, eso se parece peligrosamente a un soborno y pierde todo el sentido. Y hay otra manera de fallar: darle a Dios el recorte que sobra. Atiendo todo lo mío, resuelvo mis necesidades, y si queda algo al final, eso le entrego al Señor. A Dios se le honra con el primer corte del tiempo y del corazón, con la porción que se aparta antes de repartir lo demás.
Piensa en la viuda del Evangelio (Marcos 12:41-44). No tenía resueltas ni las cosas mínimas, y aun así se desprendió a un nivel radical porque entendió la dignidad de aquel a quien daba; esa ofrenda agradó a Dios. En cambio, hay quien gasta grandes sumas sin pensarlo en sus propios gustos y después se presenta «con generosidad» delante de Dios. La honra empieza cuando primero valoras lo que tienes, lo pones en su lugar, y desde ahí lo entregas. Por eso el versículo habla de «las primicias»: la primera porción y la mejor. Conviene leer la promesa que sigue («serán llenos tus graneros con abundancia») sin convertirla en una fórmula automática, como si el desprendimiento activara una recompensa garantizada. Lo que el texto describe es la respuesta de un Dios que se siente realmente honrado por su pueblo. Que el Señor tenga el primer lugar de tus prioridades, y que aquello que le entregues lleve, junto con tus bienes, tu reflexión.
Oración: Señor, no quiero darte lo que me sobra ni hacerlo de manera mecánica. Tú mereces lo primero y lo mejor de mí, de mi tiempo, de mis dones y de mis bienes. Enséñame a honrarte con desprendimiento y con reflexión a la vez, reconociendo quién eres. Recibe lo que te doy como adoración, con el corazón puesto en ti. Amén.