Pueden buscar sus Biblias y compartir su Biblia con alguna persona que tengan cerca. Leeremos la carta de Pablo a los hermanos de la iglesia en Filipos, a los filipenses, en el capítulo dos. Es la unidad en la iglesia local.
Si usted está hoy en nuestra iglesia por primera vez, quizá usted tenga una percepción distorsionada de lo que es el pueblo del Señor. Quizá usted viene y se encuentra en un culto especial como este, y encuentra todo el mundo testificando y dando gloria al nombre del Señor por lo que el Señor ha hecho, y tenga una imagen idílica de lo que es una iglesia. Quizás si usted solamente pasa por aquí de vez en cuando y viene un domingo, usted vaya a su casa y piense: el pueblo del Señor es fabuloso, ahí no hay problemas.
Quizás si usted no ha leído todavía el Nuevo Testamento, tiene una percepción distorsionada de cómo eran las primeras iglesias cristianas. He venido a decirle que la iglesia no es un sueño, que es una realidad, y que la iglesia tiene dificultades. Y que lo más común en el pueblo del Señor es que haya entre nosotros diferencias. En el mejor de los casos son diferencias de opinión, pero en otros momentos más tristes son diferencias más grandes.
Las iglesias no son un sueño, la iglesia es una realidad. Es más, la metáfora que ha elegido el Señor para hablar de su pueblo ha dicho que la iglesia es una familia, y las familias son reales. Cada uno de ustedes es parte de una familia, y estoy seguro que en su familia usted no siempre ha estado de acuerdo. Entre los hermanos hay pleitos; entre los mismos padres a veces hay diferencias; complicadas entre padres e hijos, no siempre hay una buena relación. Aspiramos a tener buenos momentos, pero tengo que decirle: la iglesia no es un sueño, la iglesia es una realidad.
El pueblo del Señor es un grupo de personas que ha elegido vivir esta realidad para la gloria del Señor. No porque siempre estemos de acuerdo, sino porque sabemos y tenemos una profunda convicción de que somos el pueblo del Señor. Yo miro atrás estos seis años, hermanos, y encuentro que han sido años de mucha alegría y al mismo tiempo han sido años de mucha dificultad. Pero esto no me avergüenza ni me hace sentir en extremo triste, sino que con esto le doy las gracias y la gloria al Señor, porque cada vez nos parecemos más a las iglesias del Nuevo Testamento.
El ruego del apóstol Pablo
La constante en las iglesias de los tiempos bíblicos eran las diferencias. Y en estas diferencias aparecía la oportunidad para que el Señor se glorifique. Veremos hoy una carta enviada por el apóstol Pablo a la iglesia de los filipenses, y es una carta donde el apóstol clama porque en la iglesia haya unidad. No es una carta que existe sobre el vacío: es una carta que ha venido a responder un problema. Acompáñenme a Filipenses capítulo dos, y leamos desde el versículo 1.
Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
— Filipenses 2:1-11
Extiendan su manito sobre alguna persona que tengan cerca y permítanme orar por la iglesia antes de exponer la Escritura en Filipenses capítulo dos. Le presentamos, Señor, esta congregación aquí reunida. Te damos gracias porque en estos seis años hemos visto, Señor, evidencia de que tu iglesia está viva, evidencia de que has estado en medio nuestro.
Testificamos, Señor, que por tu misericordia no hemos sido consumidos. Venimos, Padre, aquí como el apóstol Pablo, a clamar por la unidad de tu iglesia. A pedirte que en estos años que vienen, Señor, nuestra iglesia sea una iglesia cada vez más cercana. Una iglesia que supere cada vez de manera más rápida sus diferencias, una iglesia donde se perciba realmente el mismo sentir que hubo en Cristo.
Te encomiendo a cada persona aquí congregada. Mira a aquellos que no son parte de una iglesia; permite, Señor, que al ver la maravilla de cómo tú logras que personas de diferente trasfondo, con diferentes prioridades, en diferentes momentos de su vida, puedan ser puestas de acuerdo en nombre tuyo y no en nombre de los hombres, se sientan, Señor, animados a pertenecer. Y que aquellos que ya son parte de tu pueblo, Señor, al escuchar el consejo de tu palabra, este clamor del apóstol Pablo por la unidad de la iglesia, se sientan a sí mismos, Señor, compelidos a hacer todo lo que esté a su alcance para que disminuyamos nosotros mismos y prevalezca tu voluntad, para que la unidad se haga real. Esto te lo pedimos en el nombre de Cristo Jesús, amén.
Una carta escrita por amor a la iglesia
Dice, hermanos, nuestra introducción, que la iglesia de los filipenses fue comenzada por el apóstol Pablo en su segundo viaje misionero, y desde entonces mantuvo una estrecha colaboración con él en todo su ministerio. La carta dirigida a ellos es uno de los documentos más personales del Nuevo Testamento, cargada de gozo y de gratitud, pero sobre todo de una profunda preocupación casi paternal por la unidad de la iglesia local.
Los filipenses se preocupaban tanto por Pablo que, cuando supieron que había sido encarcelado en Roma por causa del evangelio, enviaron a un hermano —este era Epafrodito— para que le llevara un donativo y se ocupara de atenderle personalmente. Pablo envió de vuelta a Epafrodito con esta carta en las manos. Les rogaba que, si había en ellos algún afecto entrañable, completaran su gozo, no por medio de donativos económicos ni ocupándose de atenderle durante su prisión, sino teniendo entre ellos el mismo amor, manteniendo la unidad y evitando las contiendas.
Hoy veremos que la unidad de la iglesia local es un gran motivo de gozo para su liderazgo, y también cuatro formas en que podemos buscarla. Pretendo responder desde la Escritura, hermanos, cuatro ideas cortas acerca de cómo nosotros, cada uno de los miembros de esta iglesia, podemos trabajar por la iglesia local. Todo esto a la luz de Filipenses dos, del 1 al 11.
Primero: evitar las luchas del ego
¿Cómo se busca la unidad en la iglesia? En primer lugar, les diré, hermanos, que se busca la unidad en la iglesia local evitando las luchas del ego. Así mismo lo dice el apóstol Pablo: no hagáis nada por contienda o por vanagloria. Hermano, hay algo dentro de nosotros que nos hace querer que prevalezca nuestra opinión, y cuando hacemos con tanta fuerza que prevalezca nuestra opinión —a veces para celebrarnos a nosotros mismos— dañamos la iglesia local. No pretendo detenerme en cada uno de los puntos, sino solamente anunciarlos y dejarlo en ustedes a fin de que reflexionen acerca de esto.
¿Cómo se manifiesta esto? Enumero algunas razones. En primer lugar, algunos —y en este grupo de personas estuve yo en algún momento de mi vida— discuten sobre la Biblia no con el interés de animar o edificar al hermano, sino con el interés de mostrar su intelecto y cuánto saben. Eso son las luchas del ego: aquello que hace que el hermano utilice la palabra del Señor no para predicar a Cristo, sino para predicarse a sí mismo.
¿Cómo evitamos la lucha del ego? Una recomendación podría ser defender más el propósito de Dios que nuestros propios proyectos. Con tristeza digo esto, hermanos, porque a veces siento que hermanos nuestros que tienen gran capacidad, a quienes el Señor les ha dado grandes herramientas, en vez de utilizar sus manos para colocar piedra sobre piedra y edificar la casa del Señor, en vez de colocar las piedras unas sobre las otras, se lanzan ellos mismos las piedras; y con las mismas herramientas que el Señor ha determinado que edifiquemos su iglesia local, se utilizan para destruir.
¿Cómo se manifiesta esta lucha del ego en la iglesia local? Algunos se aferran a sus proyectos y no entienden que hay algo más: es el proyecto de Dios. Hermanos, casi todos los problemas que uno enfrenta en la iglesia local no son problemas de hermanos que no quieren hacer la voluntad del Señor, sino de hermanos que quieren hacer la voluntad del Señor, pero cada uno a su manera. Y uno encuentra que este hermano está convencido de que la voluntad del Señor es impulsar ese proyecto, y otro hermano quiere el proyecto contrario. Si cada uno de nosotros entendiera que la prioridad es la unidad de la iglesia, creo que podríamos deponer nuestros propios proyectos y buscaríamos más los propósitos de Dios.
La soberbia detrás de las contiendas
Hay algo que está detrás de esto, por lo cual me preocupa en gran manera, y es algo que se llama soberbia. ¿Qué hace que queramos imponer nuestras ideas y nuestro punto de vista y olvidarnos de los proyectos de Dios? Es un pecado, hermano, muy antiguo, y quizás la raíz de todos los pecados. He estado analizando el tema y he visto que en la Escritura no se nos dice de dónde es que viene el mal, pero se nos dice la primera vez que el mal se manifestó; y la primera vez que el mal se manifestó fue llenando a un ángel de soberbia, a un punto tal que quiso rebelarse contra Dios.
¿Por qué advierto a mi iglesia sobre esto? Hermano, porque si dejamos que la lucha del ego nos domine, terminamos siendo soberbios, y la soberbia es un pecado que tiene su origen directamente en la influencia satánica.
Busquemos la unidad de la iglesia local. ¿Cómo lo hacemos? En primer lugar, hermano, evitemos luchar por el ego. Yo también, siendo pastor, lucho con esto. Y te pregunto, hermano: cuando participas en una reunión de trabajo de la iglesia, ¿estás haciendo que prevalezca la opinión de Dios o estás aferrado a tu punto de vista? Cuando discutes por alguna cosa, ¿estás discutiendo para que prevalezca la opinión de Dios sobre todos los hombres, o estás aferrado a tu ego, a la manera en que tú entiendes que eso se debe hacer?
Recuerdo con tristeza reuniones donde a veces duramos una o dos horas discutiendo cosas, y yo me pregunto: ¿acaso estamos afanados porque prevalezca esto que ya yo pensé, o estamos afanados porque prevalezca la opinión de Dios sobre todos los hombres? Dice la Escritura que nada hagamos ni por contienda ni por vanagloria; que lo que esté en nuestro corazón no sea defender nuestro propio ego ni defender nuestro propio proyecto, sino que sea siempre buscar la unidad del pueblo del Señor, y a veces sacrificarnos nosotros mismos para que la iglesia siga avanzando.
Segundo: cultivar la humildad
No solamente el apóstol nos dice que evitemos esta lucha del ego; también nos da otra recomendación muy práctica de cómo podemos hacerlo, y aquí nos dice que con humildad estimemos cada uno a los demás como superiores a sí mismo. Hermanos que están aquí presentes, lo que el apóstol Pablo nos recomienda no es que mintamos, no es que exageremos. ¿Cómo puedo yo lograr ver a los demás como superiores a mí mismo? De la manera siguiente: entendiendo que cada uno de nuestros hermanos nos supera en algo. Y que en el hermano que tú menos piensas, hermano, el Señor ha puesto dones, habilidades y capacidades que te superan a ti con creces.
¿Cómo se logra? La humildad no es negar la propia virtud, sino la disposición a reconocer la virtud ajena generosamente. Dice la Escritura en otra porción que no debáis a nadie nada, y que al que honra, dadle honra. La humildad no es algo que aparece en el vacío, hermano; es algo que aparece cuando tú te dispones a reconocer los dones, habilidades y talentos que el Señor ha puesto en cada uno de tus hermanos. En el hermano que tú menos estás reconociendo, el Señor ha puesto alguna habilidad que te complementa y que es de bendición para su pueblo.
Por poner un ejemplo, hay hermanos que quizás su habilidad es una habilidad para comunicar cosas; hay otros que tienen habilidades musicales; pero el Señor también ha puesto en nuestra iglesia hermanos que son cariñosos. Y usted dice: bueno, este hermano es un buen maestro de la Escritura, pero este hermano es cariñoso. Con ninguno me quedo, me quedo con los dos. La iglesia, hermano, es un mosaico de corazones que el Señor ha reunido, donde cada uno viene a aportar algo. Quizás el hermano no está aportando lo que yo creo que debe aportar, pero está aportando algo. Hay hermanos que solamente con su presencia ya están hermoseando la casa del Señor.
Aprende a buscar la virtud que hay en tus hermanos, para que aprendas a ser humilde y reconozcas que tus hermanos te superan en muchas otras cosas. Recuerdo el momento en que yo comencé en los caminos del Señor, y descubrí que en casi cualquier área en que yo podría dedicarme a los caminos del Señor iba a encontrarme una persona que me iba a superar. Si tú sales a buscar cualquier área de ejercicio ministerial, tú encontrarás otro hermano que lo hace mejor que tú.
Y la motivación para esto no es dejar de hacerlo, sino crecer. Humildad es decir: el Señor quizás a este hermano le ha dado algo, y a mí me ha dado otra cosa. ¿Cómo cultivamos la humildad? Reconociendo que todos nuestros hermanos nos superan en algo.
¿Cómo se evidencia la falta de humildad en la iglesia? Hay algunos que están categorizando mentalmente a sus hermanos y dicen: este está en la lista A, este está en la lista B; estos están los hermanos que son más dispuestos, estos están los hermanos que son más hermanos. Le animo a evitar esa categorización mental, porque en eso Satanás encuentra la razón para destruir la iglesia. El mérito que tiene cada uno de nuestros hermanos es que es parte del pueblo del Señor. Y sin importar la categoría que tenga en mi mente, entonces yo depongo mi categoría y amo a mi hermano, no por lo que yo entiendo que mi hermano es, sino por lo que el Señor ha hecho en mi hermano.
Cuando le atribuimos a Dios nuestros caprichos
¿Cómo se manifiesta la falta de humildad? En la falta de expresiones positivas hacia los demás. Y hay otros que le atribuyen a Dios sus caprichos. ¿No es soberbio entender que, por ejemplo, en una discusión que yo veía en días pasados, discutían dos líderes de una iglesia: uno decía que prefería que se adorara al Señor con el órgano, y otro entendía que se debería adorar al Señor con otro tipo de instrumentos, y cada uno de ellos estaba convencido de que Dios estaba de acuerdo con él?
Yo me pongo a pensar, hermanos, qué soberbia hay en nuestro corazón, que nosotros podemos decir que Dios está de acuerdo con nuestras preferencias particulares; y para presionar en cuanto a nuestras preferencias particulares, entonces terminamos concluyendo que esa es la voluntad de Dios. Muchos problemas de la iglesia tienen su origen en eso: en que hermanos atan sus preferencias a lo que es la voluntad del Señor y no reconocen que otros hermanos tienen también otras cosas.
También quiero animar a mis hermanos con relación a las iglesias locales. Mire, si usted busca las iglesias del Nuevo Testamento, cada iglesia del Nuevo Testamento tenía una virtud y tenía una amplia carencia. ¿Cuál iglesia era la mejor de todas las iglesias del Nuevo Testamento? Para mí, la iglesia de Corinto: muchos dones, pero una iglesia carnal. Si usted lee las cartas del Nuevo Testamento, encontrará que cada iglesia local tiene una gran virtud y una gran carencia.
Quiero animar a mis hermanos a que no se sientan los menos, pero tampoco se sientan los más. Hay cantidad de iglesias en Santo Domingo a las que el Señor ha dado bendiciones en un área, y hay otras iglesias que tienen otros dones que el Señor les ha dado. Hacemos comparaciones innecesarias: algunos dicen que su iglesia es más bíblica que aquella; otro dice que su iglesia es más madura; otra que es más histórica; otras que son más grandes, otras más pequeñas; que nuestros programas son más interesantes; que mi pastor es un pastor más erudito, más elocuente.
Hermanos, ¿podemos nosotros como iglesia local reconocer a otros ministros en Santo Domingo? ¿Podemos reconocer a otras iglesias locales? Yo me gozaba cuando fui a predicar a una iglesia, a un templo evangélico, hermanos, que poco se parece a nuestra iglesia, pero ¡cuánto me gocé! Qué distintos son en algunos momentos, hermanos, a la manera en que hacemos las cosas en PezMundial. Y no diré cuál es la mejor de las dos: Cristo es mejor que las dos.
La unidad también con otras iglesias
Animo a mis hermanos porque siento, hermanos, que en nuestra iglesia estamos corriendo el riesgo de un gran problema. Es el mismo problema que hay ahora mismo en la iglesia en Estados Unidos. Hablaba con unos hermanos días pasados de que habían ido a una iglesia, y en esa iglesia la gente trata de preguntar qué día es que va a predicar el pastor fulano, porque ese día es el que yo quiero ir a la iglesia.
Yo recuerdo en mis tiempos en la universidad que tenía un amigo de una iglesia de Santo Domingo, que cada vez que yo iba a hablar con él me enseñaba las virtudes de su pastor. Y yo, sin conocer a su pastor, hermano, me di cuenta de que ya estaba predispuesto. Era tanto lo que me decía de lo erudito que era su pastor, de lo bíblico que era su pastor, de cómo el Señor lo había usado, que yo terminé pensando: pero esta persona se ha envanecido.
Hermanos de nuestra iglesia local, aquí estoy animando a que cuidemos la unidad no solamente entre nosotros, sino también con otras iglesias. Tengo la intención de que en los próximos domingos estén por aquí desfilando pastores de otras congregaciones. Hermanos, vamos a salir.
Vamos a compartir con hermanos que no sean como nosotros, y vamos a entender que en cada iglesia local el Señor ha puesto algo, y que todas las iglesias nos superan en algo. ¿Qué le estoy animando en esto? Que cuando usted comparta con otro hermano, usted trate de identificar no cómo usted está superando a su hermano en algo, sino cómo su hermano te supera a ti. Y cuando tú compartas con otra iglesia local, pregúntate a ti mismo en qué sentido esta iglesia local nos supera, y en qué sentido nosotros podemos ayudarle.
Imagínense qué distinta sería la iglesia del Señor si cada uno de nosotros, en vez de competir para ensoberbecernos, tratáramos de identificar en qué sentido es que este hermano me está superando.
Tercero: evitar el individualismo
¿Cómo cultivamos la unidad de la iglesia? En primer lugar tenemos que evitar las luchas del ego, evitar que nuestra propia naturaleza dañe la iglesia; pero al mismo tiempo tenemos que cultivar sinceramente la humildad, reconociendo la superioridad de nuestros hermanos sobre nosotros mismos. Pero el apóstol Pablo no se quedó aquí; también nos animó en otro aspecto. Nos decía, en primer lugar: nada hagáis por contienda o vanagloria —esas son las luchas del ego—; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a sí mismo. Pero me llama la atención esta tercera: no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.
Hermanos, una de las cosas más difíciles en la vida cristiana es esa. El individualismo nos hace sentir que cuando ya mi necesidad fue saciada, entonces todo el mundo se sació; y cuando lo que yo estaba buscando lo encontré, entonces todo el mundo lo encontró. ¿Cómo evitamos el individualismo en la iglesia local? No aferrándonos a lo que llamamos “lo mío”: mi razón para participar, mi momento de madurez, mi momento de servicio.
Animo a estos hermanos: miren, cuando comenzamos esta iglesia hace seis años, teníamos unas actividades que eran los jueves en la noche. ¿Y qué pasaba? Que esa actividad llenaba una necesidad en Santo Domingo. ¿Saben qué necesidad llenaba en Santo Domingo? Que había una gran cantidad de jóvenes que estaban en un momento de su vida particular y estaban buscando una actividad de ese tipo.
Y muchos de esos jóvenes que participaban en la actividad de los jueves en la noche en PezMundial eran jóvenes solteros. Veo aquí a mi hermana Juli Guevara, gloria al Señor; veo a mi hermano Juan Carlos. Ahora quizás en el momento de vida de esta iglesia todos nosotros después nos casamos y nos llenamos de compromisos. Pero la pregunta: ¿usted no cree que ahí habrán muchos otros jóvenes en Santo Domingo que estén buscando un momento entre semana para escuchar la palabra del Señor y participar en una iglesia? Bueno, pero yo ya llené mi necesidad, ya yo vengo los domingos.
Yo me gozaba cuando había alguien aquí esta mañana, porque recuerdo cómo en el estudio bíblico de los jueves en la noche ella se venía saliendo de su trabajo y llegaba a PezMundial, y traía gente con ella: traía sus hermanos, traía sobrinos y demás. Y yo le dije en un momento: hermana, pero quédate allá en tu casa, en tu iglesia, que vas los domingos. Y ella me dijo con mucha madurez: no, Junior, yo tengo que seguir yendo a la iglesia, porque cuando yo voy, fulano también va.
Hermano, ¿qué es no buscar lo suyo propio? Que tú entiendas: bueno, soy un cristiano, ya yo vengo; yo sigo viniendo porque quizás si yo vengo, alguien más viene conmigo. Así mismo recuerdo que cuando participaba en unas actividades en la asamblea había una hermana ancianita, y yo me preguntaba: ¿y qué busca esta hermana aquí? Y esa hermana me dijo lo que buscaba. Me dijo: no, yo estoy aquí respaldando, estoy apoyando, porque cuando yo vengo y estoy aquí, parece que con eso yo animo a que alguien más también venga.
Venir a dar y no solamente a recibir
Bueno, ¿qué es no buscar lo suyo propio? Que tú entiendas que ya se llenó mi expectativa, y entonces yo sigo viniendo. Las escuelas bíblicas: yo tengo el convencimiento de que muchos de mis hermanos son autodidactas, que pueden en su casa estudiar las Escrituras, ellos solos hacen su estudio bíblico. ¿Y por qué venimos a la escuela bíblica? Porque hay gente que quizá no tiene la habilidad autodidacta que tienes tú, y él sí necesita una escuela bíblica. Y cuando tú, que conoces bien la Escritura, vienes a una escuela bíblica, ese hermano que está comenzando también viene a una escuela bíblica contigo.
Hay cantidad de cosas que las hacemos en las iglesias. Hermanos, en las iglesias a veces hacemos cosas más sencillas, a veces cosas más complejas, pero los hermanos más maduros dicen: ya yo no necesito eso. Hay veces que uno viene a recibir, pero a veces uno viene a dar.
Y hay veces que venimos a compartir. Les animo de nuevo. Ustedes se preguntan por qué nuestra iglesia tiene una reunión entre semana. Por la razón siguiente: miren, hay personas como yo que necesitamos mantenernos conectados a una iglesia para mantenernos firmes en los caminos del Señor; necesitamos ese empujoncito de nuestros hermanos, ese aliento. Hay gente que no necesita eso. ¿Pueden seguirme en esto? Hay personas que en su vida cristiana no necesitan una reunión entre semana, no necesitan venir a la iglesia. Pero yo vengo, ¿y por qué vengo? Porque lo necesito. Y hay otro hermano que va a venir porque él sabe que los hermanos lo necesitan. También un estudio bíblico en tu casa: y a mí ya se me predicó, ya yo busqué lo mío, pero déjame buscar ahora también lo de los demás.
Al mismo tiempo, hermanos, entre nosotros hay actividades que preferimos. Por poner un ejemplo, hay hermanos entre nosotros que son hermanos intelectuales y les gustan los estudios bíblicos, les gustan los cursos, y por ellos diéramos cuatro cursos en un año, y van a participar en todos esos. Pero hay hermanos cuyos intereses no son tan eruditos como los tuyos; quizás lo que a ese hermano le hace falta es que hagamos sancocho en su casa y nos lo comamos. Sería tristeza para la iglesia, hermanos, si en nuestra iglesia nos la pasáramos solamente exponiendo la Escritura y dando cursos entre semana, pero hay un hermano que no quiere un capítulo de un estudio bíblico, sino que lo que quiere es sentarse a comerse un sancocho con su hermano.
¿Qué dice la Escritura? No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Yo me reunía con los diáconos y hacíamos planificación de actividades. Este año pusimos actividades relacionales, y alguien me va a decir esta noche, por ejemplo, en la reunión de miembros, cuando le enseñe el calendario, me va a decir: pastor, pero yo en mi casa no tengo esas necesidades de ir a un lugar, yo prefiero quedarme. Esa es la necesidad tuya, ya tú estás así; pero está la necesidad del hermano que sí necesita ese tipo de actividades.
La iglesia es para todos los hermanos
Hay otros hermanos que prefieren la música, otros que no son tan musicales. Yo estoy convencido de que hay gente que recibe mejor la palabra del Señor con una canción bien escrita que por un sermón.
Hay hermanos que quisieran que en la iglesia no se cante, que solamente se predique. Yo te diré: tú lo entiendes porque ya tú conoces la palabra del Señor a través de un sermón y eso se te da; pero hay personas, hermano, que gran parte de la teología que tienen es una teología musical. Y hay hermanos que se oponen a eso y dicen: no, todo el mundo tiene que tener teología sistemática. No, hay gente a la que lo que hay que cantarle es “solo Cristo, y murió por mí en la cruz, solo Cristo”. ¿Por qué vienen los problemas en la iglesia? Porque hay un hermano que dice que se deben cantar diez canciones, y hay hermanos que dicen que no, porque lo que tenemos que hacer es predicar la palabra del Señor.
Cada uno, cada uno, no buscando lo suyo propio. Quizás a ti, hermano, a ti particularmente, a ti se te da participar en un curso durante tres horas. Yo me gozaba el año pasado, hermanos: tuvimos qué cantidad de cursos, y había hermanos que se pasaban conmigo tres horas estudiando la Escritura, tres horas directas. Hay gente que necesita la canción y hay otros que necesitan el sancocho.
Me llama la atención que Cristo sea el mayor maestro que ha pasado por esta tierra, y Cristo a veces enseñaba, Cristo a veces comía, Cristo a veces se paseaba con sus discípulos. Y uno dice: Señor, ¿por qué tú no buscabas a tus discípulos, los sentabas todos ahí y les dabas la escuelita bíblica? Porque hay gente que aprende caminando.
¿Y por qué hacemos campamentos y por qué hacemos retiros, hermanos? Porque tenemos que suplir no solamente mis necesidades, sino las necesidades de todos; no buscando cada uno lo suyo propio, sino cada cual mirando también por lo de los otros. ¿Cómo evitamos el individualismo en la iglesia local? Buscando el interés del otro.
Hermano, he venido a animarte: si tú eres un hermano musical, ten un poco de paciencia; entiende que hay otro hermano que es más expositivo, más erudito. Y si hay hermanos para los que esas no son sus cosas, quizás son hermanos relacionales. La iglesia tiene actividades para diferentes hermanos, porque no podemos buscar solamente las necesidades de alguien.
Cuarto: asumir la función de un siervo
En primer lugar, les he dicho que tenemos que evitar la lucha del ego, que hace tanto daño en la iglesia del Señor. ¡Qué rápido serían las cosas en una iglesia si no estuviéramos aferrados a nuestros puntos de vista! En segundo lugar, les he dicho cómo cultivar la humildad: reconocer sinceramente la superioridad de los otros, no mentir, hermanos, sino hacer un esfuerzo intencional de destacar en qué tu hermano te supera. Y en tercer lugar les he dicho que podemos evitar el individualismo.
Qué distinto sería el año siete de nuestra iglesia si cada uno de nuestros hermanos dijera: mira, ya yo llené esa necesidad, pero yo quisiera ahora llenar esa necesidad en alguien más. Ya yo estoy saciado, pero no todo el mundo está saciado. Ya yo llené mi expectativa, pero no los demás la llenaron.
En cuarto lugar, ¿cuál es el ejemplo? El apóstol termina con un largo ejemplo, y solamente podré mencionar lo que nos enseña el ejemplo de Cristo. Esta fecha es propicia, porque más o menos en un momento como este nuestro Señor Jesucristo tomó un lebrillo, tomó agua y lavó los pies de sus discípulos. Eso está en Juan 13. Casi todo el mundo recuerda el ministerio de Cristo, pero casi nadie recuerda que el Señor en un momento lavó los pies de sus discípulos. Y cuando el Señor lavó los pies de sus discípulos, les dijo: ejemplo os he dado, para que como yo lo hice, también lo hagan ustedes.
Entonces, ¿cómo cuidamos la unidad de la iglesia? Asumiendo ante nuestros hermanos la función de un siervo. Yo te pregunto, hermano: ¿la actitud tuya es de un siervo, o tú viniste a ser servido? ¿Quién es un siervo? Alguien que está dispuesto a doblarse por los demás. Alguien que está dispuesto a identificar necesidades no cubiertas en los demás; alguien que cuida la honra de su señor; alguien que pasa desapercibido, que no quiere que siempre se le dé el mérito.
Lavarnos los pies unos a otros
El secreto está, hermano, en que cuando a nosotros nos dijeron que laváramos los pies, no se nos estaba hablando de los pies de Cristo, sino de los pies de tu hermano. Los pies de Cristo todo el mundo está dispuesto a lavárselos. El Señor le fue a lavar los pies a Pedro y Pedro le dijo: no, Señor, yo te voy a lavar los pies a ti. Ah, qué chulo, Pedro; lávaselos a Juan.
Bueno, la maravilla de la iglesia local es que nosotros no estamos aquí lavando los pies de Cristo, estamos lavándonos los pies los unos a los otros. Hablo de esto figuradamente. Es muy chulo decir: yo soy un siervo de Cristo; pero esto es ser un siervo de tus hermanos. ¿Tú te doblas para que alguien cruce? ¿Tú te despojas a ti mismo para que alguien pase? ¿Tú tienes el desprendimiento que tenía Jesús? Es muy bueno decir “yo soy un siervo de Cristo”, porque Cristo no tiene un cuerpo aquí.
Él es espíritu; el cuerpo que él tiene, hermano, un cuerpo glorificado, no está en medio tuyo. Pero tus hermanos están al lado tuyo. Él dijo: ejemplo os he dado, no para que ustedes me laven los pies a mí, sino para que se laven los pies los unos a los otros. Hermano que estás aquí presente: ¿tú te estás doblando un chin? Hay un parámetro para tú saber cuál es tu nivel de servicio: pregúntate si te es un poco incómodo.
Resumen: la unidad se cultiva intencionalmente
¿Cómo cultivamos la unidad de la iglesia? Quisiéramos decir, hermanos, que esto es un asunto maravilloso y que sale porque sale. No, no sale porque sale. La unidad de la iglesia se cultiva cuando tú buscas intencionalmente renunciar al ego y a esa soberbia, que fue lo que hizo que Satanás se sublevara contra el Señor. No te aferres a tu posición, no te aferres a tu idea, no te aferres a tu punto de vista.
¿Cómo cultivamos la unidad de la iglesia local? Reconociéndoles a los demás algún tipo de superioridad. Te desafío, hermanos, a que busques a cada uno de tus hermanos y reconozcas que ese hermano en algo te supera. Yo sé más Biblia, pero ese hermano es más cariñoso que yo. Mira, ese hermano no es tal cosa, pero ese hermano da a la iglesia; ese hermano crea ese ambiente en la iglesia. Gloria al Señor por ese hermano.
¿Cómo se cultiva la unidad en la iglesia? Evitando el individualismo. No es lo que yo necesito, sino lo que necesita el pueblo; no es lo que yo necesito, sino lo que necesitan mis hermanos. Sin importar tu momento de madurez, sin importar tu momento de servicio, sin importar tus temas preferidos. Gente que está presente cuando tú pasas tiempo con tu hermano: ¿tú siempre le hablas de tu tema, o tú permites que el hermano se exprese, a ver qué tiene él en su mente? ¿O estás aferrado solamente a las cosas que a ti te gustan?
Y el último punto, hermano: tenemos que asumir ante los demás la función de un siervo. Decía así mismo la Escritura:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres.
— Filipenses 2:5-7
Oración final
Termino con esto, hermano: una iglesia local es un pueblo real que está buscando que prevalezca la unidad más allá de nuestro propio punto de vista. Quiero orar por mis hermanos, porque esto es más fácil escucharlo que hacerlo. Yo mismo he luchado con esto y me he preguntado en qué áreas estoy deteniendo que la iglesia avance; y con esto, hermano, quiero también motivarte a ti a que lo pienses: quizás tú estás deteniendo el avance de la iglesia del Señor y su unidad.
Pidámosle al Señor en oración que nos enseñe áreas de nuestra vida donde quizá con nuestra soberbia estamos dañando el pueblo. Que nos permita ver áreas de nuestra vida donde estamos buscando lo nuestro propio y no lo de los demás. Que nos enseñe áreas, hermanos, de nuestra iglesia donde nosotros no hayamos destacado la superioridad que tienen sobre nosotros. Y sobre todo, que ponga en nosotros este sentir que hubo también en Cristo.
Cierren sus ojos un momento ahí y permítanme orar por la iglesia. Damos gracias, Padre, porque nos permites reconocer y celebrar que por tu pura misericordia nuestra iglesia cumple un año más y tenemos seis años para tu gloria. Ahora te quiero pedir, Señor, como pastor de esta congregación, que este año al cual vamos entrando sea un año donde dejemos atrás el ego. Que sea el año, Señor, donde podamos levantar nosotros a cada uno de nuestros hermanos y destacar sus fortalezas. Que sea un año donde evitemos mirar por lo nuestro propio y miremos por lo de los demás. Y que sea un año, Señor, donde en esta iglesia no solamente seamos siervos de Cristo, sino que seamos siervos de nuestros hermanos.
Te doy un chance ahí, hermano que estás aquí presente, para que le pidas al Señor que cultive en ti la humildad. Dile que si acaso hay áreas de tu vida en las que estás afectando el crecimiento de la iglesia, que si acaso en ti hay aspectos que en vez de edificar están maltratando, están destruyendo a esta iglesia local, Señor, enséñanos dónde está nuestra falta para que podamos rápidamente arrepentirnos. Pídele ahí al Señor en oración que te revele dónde hay áreas de tu vida donde no estás buscando el interés de los otros. Dame un chance ahí para que ustedes mismos puedan orar. Te invito, hermano, a que consideres proyectos de tu iglesia que tú no estás respaldando porque piensas que ya cumpliste esa área de tu vida.
Te animo a que busques momentos de tu vida en los que tú sí lo necesitabas y allí estabas. Enséñanos, Señor, cómo podemos crecer. Oro por mi iglesia. Te pido, Padre, que tú bendigas a nuestra iglesia en este año que estamos comenzando de trabajo. Permite, Padre, que en cada ocasión busquemos la oportunidad de edificar. Permite, Padre, que esta iglesia sea reconocida como una iglesia que se dobla. Mira qué fácil es decirlo, Señor, y mira qué difícil es hacerlo. Mira nuestros puntos de vista, que a veces nos nublan y nos aferramos a ellos como si fueran los tuyos. Haznos humildes, Señor. Permítenos celebrar el pueblo que tú nos has dado; permítenos encontrar en cada uno de los miembros de esta iglesia algo que destacar.
Invitación a los que visitan
Termino orando también por las personas que nos visitan y no son parte del pueblo del Señor. Quizás hoy he traído esta exhortación más privada, más íntima, para mi iglesia; pero no es imposible que el Señor haya permitido que tú escucharas esto para animarte también a ser parte de su iglesia, a identificarte con la iglesia local. Tal como decía la introducción: la iglesia no es un sueño, es una realidad; pero qué bendición es ser parte del pueblo del Señor.
Si tú estás aquí presente hoy y solamente eres un espectador de esta casa, solamente eres un visitante, dice la Escritura que nosotros ya no somos extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios. Si tú has escuchado que el Señor tiene una familia, que tiene un pueblo, y quisieras ser parte de ese pueblo, yo te animo ahí en oración a reconocer ante el Señor tus faltas y pedirle que te permita ser parte de su familia. Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.
Si tú en este momento quieres reconocer ante el Señor tus pecados, dile ahí en oración al Señor —yo no puedo orar por ti—, dile al Señor que perdone tus pecados, dile al Señor que te enseñe tus faltas, que te acepte en su familia. Si te has arrepentido de tus pecados y tienes la humildad de ser parte del pueblo del Señor: bienvenido a un pueblo que no es perfecto, sino que se está perfeccionando; y esperemos que el Señor permita que se manifieste en ti también el mismo sentir que hubo en Cristo.
Bendice, Señor, esta congregación que está aquí presente. Gracias porque nos permites celebrar. Desde ahora te pedimos por la reunión de miembros de esta noche: pon tu entendimiento y permítenos practicar, Señor, también la humildad. En el nombre de Jesús te pedimos todo esto.
Amén.