Cristo es el tema central de todas las Escrituras. Si entendemos esto, podemos ver a Cristo claramente reflejado en cada parte de la Escritura. Por ejemplo, estuvimos hablando acerca de Esdras capítulo 1 hace cuatro semanas, la provisión de Dios para nuestra liberación, y veíamos que Cristo es nuestro Libertador y que todas las grandes liberaciones del Antiguo Testamento están reflejando a Cristo. Después estuvimos revisando nuestras prioridades a la luz de Ageo capítulo 1 y decíamos que, así como el pueblo antiguo descuidó sus prioridades, también la iglesia contemporánea podría descuidar sus prioridades ante Cristo. Estuvimos hablando acerca de la reconstrucción del muro en Israel y de la saludable separación que debe haber entre el pueblo del Señor, en aquel momento Israel con los pueblos circundantes, y la iglesia de Cristo en este momento también, que debe invitar al pueblo a que entre, pero manifestar una frontera.
Y el domingo pasado estuvimos predicando sobre la salvación de los gabaonitas y veíamos cómo un pueblo completo fue alcanzado con salvación por medio de hacer un pacto con el Señor. Hoy estaré predicando un tema muy parecido a lo que expuse el pasado domingo. La diferencia está en que, en este caso, veremos la historia de una mujer específica, no de un pueblo completo, y de cómo el Señor alcanza con salvación en los lugares más inhóspitos. Acompáñenme a Josué, capítulo 2, y leamos esta larga porción de la Escritura que va desde el versículo 1 y hasta el versículo 24. Es la salvación de Rahab la ramera. Leemos la Palabra del Señor, Josué, capítulo 2 desde el versículo 1:
Josué hijo de Nun envió desde Sitim dos espías secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó. Y ellos fueron, y entraron en casa de una ramera que se llamaba Rahab, y posaron allí. Y fue dado aviso al rey de Jericó, diciendo: He aquí que hombres de los hijos de Israel han venido aquí esta noche para espiar la tierra. Entonces el rey de Jericó envió a decir a Rahab: Saca a los hombres que han venido a ti, y han entrado en tu casa; porque han venido para espiar toda la tierra. Pero la mujer había tomado a los dos hombres y los había escondido; y dijo: Es verdad que unos hombres vinieron a mí, pero no supe de dónde eran. Y cuando se iba a cerrar la puerta, siendo ya oscuro, esos hombres se salieron, y no sé a dónde han ido; seguidlos aprisa, y los alcanzaréis. Mas ella los había hecho subir al terrado, y los había escondido entre los manojos de lino que tenía puestos en el terrado. Y los hombres fueron tras ellos por el camino del Jordán hasta los vados; y la puerta fue cerrada después que salieron los perseguidores. Antes que ellos se durmiesen, ella subió al terrado, y les dijo: Sé que Jehová os ha dado esta tierra, porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón, ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros; porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra. Os ruego, pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así la haréis vosotros con la casa de mi padre, de lo cual me daréis una señal segura; y que salvaréis la vida de mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas, y a todo lo que es suyo; y que libraréis nuestras vidas de la muerte. Ellos le respondieron: Nuestra vida responderá por la vuestra, si no denunciareis este asunto nuestro; y cuando Jehová nos haya dado la tierra, nosotros haremos contigo misericordia y verdad. Entonces ella los hizo descender con una cuerda por la ventana, porque su casa estaba en el muro de la ciudad, y ella vivía en el muro. Y les dijo: Marchaos al monte, para que los que fueron tras vosotros no os encuentren; y estad escondidos allí tres días, hasta que los que os siguen hayan vuelto; y después os iréis por vuestro camino. Ellos le dijeron: Nosotros quedaremos libres de este juramento con que nos has juramentado. He aquí, cuando nosotros entremos en la tierra, tú atarás este cordón de grana a la ventana por la cual nos descolgaste; y reunirás en tu casa a tu padre y a tu madre, a tus hermanos, y a toda la familia de tu padre. Cualquiera que saliere fuera de las puertas de tu casa, su sangre será sobre su cabeza, y nosotros sin culpa; mas cualquiera que se estuviere en casa contigo, su sangre será sobre nuestra cabeza, si mano le tocare. Y si tú denunciares este nuestro asunto, nosotros quedaremos libres de este juramento con que nos has juramentado. Ella respondió: Sea así como habéis dicho. Luego los despidió, y se fueron; y ella ató el cordón de grana a la ventana. Y caminando ellos, llegaron al monte y estuvieron allí tres días, hasta que volvieron los que los perseguían; y los que los persiguieron buscaron por todo el camino, pero no los hallaron. Entonces volvieron los dos hombres, descendieron del monte, y pasaron, y vinieron a Josué hijo de Nun; y le contaron todas las cosas que les habían acontecido. Y dijeron a Josué: Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos; y también todos los moradores del país desmayan delante de nosotros.
— Josué 2:1–24
Es una historia de salvación. Es una historia de cómo el Señor puede alcanzar con salvación lugares más inhóspitos. Quisiera exponer esta historia y responder desde ella una pregunta, pero antes permítanme dirigir la iglesia en oración. Donde están ahí, cierren sus ojos un momento y encomendémonos al Señor y permitamos que sea Él el que nos dirija en este tiempo.
Nos disponemos, como cada domingo, Señor, a exponer tu Palabra ante esta congregación. Y pedimos, Señor, que sea tu ayuda sobrenatural en medio nuestro. Sabemos que lo que está ante nosotros no son simples palabras, sino que son palabras inspiradas directamente por ti para nuestro beneficio. Permite, Señor, que todo el beneficio que tú habías dispuesto para tu iglesia a través de inspirar a estos hombres para que plasmaran en papel estas historias, sea por nosotros hoy tenido, y que cuando consideremos la historia de Rahab la ramera, consideremos también nuestra propia salvación.
Permite que aquellos que están aquí presentes, que ya milagrosamente y providencialmente han sido hechos parte del pueblo del Señor, puedan ver en esta historia reflejado el proceso de su salvación, entenderlo todavía de manera más clara y sentir el gozo, Señor, que da la convicción. Y permite que aquellos que han estado considerando la vida cristiana sean conducidos, Señor, por el ejemplo de esta mujer, y que den los pasos necesarios para obtener lo que ella obtuvo y que todos nosotros seamos parte de la misma promesa. Alcanza hoy al pueblo, Señor: a una parte con instrucción, con ánimo, con alegría, y a otra parte, Señor, con convicción y con perdón de sus pecados. Todo esto te lo pedimos para la gloria tuya, en el nombre de Jesús.
Ideas equivocadas sobre la salvación y la pregunta central
Dice nuestra introducción que son muchas las personas que piensan que la salvación es para la gente buena, gente que cultiva la moral, las buenas costumbres. Otros piensan que es un asunto de formación familiar, un valor tradicional que se recibe de la familia y va pasando de una generación a la próxima. Y aun otros piensan que es un asunto cultural de cada pueblo, casi como que en algunas partes del mundo se adoran muchos dioses o a ninguno; hay países “cristianos” en los que se adora a Jehová Dios. Hoy veremos la historia de una mujer de moral relajada que, sin provenir de una familia creyente ni de un pueblo devoto, reconoció que Jehová era Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.
Veremos que la salvación es para todo el mundo y que aquellos que aparentemente más lejos están de Dios podrían ser los primeros en ser alcanzados. Veremos también, paso a paso, cuánto se parece la salvación de Rahab la ramera a nuestra propia salvación. Hay una pregunta que me gustaría que ustedes mantengan en su mente mientras exponemos todo el consejo de Dios que aparece en el capítulo 2 del libro de Josué. La pregunta es la siguiente: ¿en qué se parece la salvación de Rahab a nuestra propia salvación?
En diferentes partes de esta historia me gustaría recordarles a ustedes el mismo modo en que ustedes fueron salvados. Sospecho que tengo aquí presentes, hermanos míos, que ya olvidaron el proceso de su salvación. Algunos de ustedes quizá fueron salvados hace cinco años, otros hace diez, otros hace quince; quizá alguno de ustedes en este año pasado el Señor obró para salvación, pero no tienen muy claro qué es lo que ha sucedido al interno suyo, cuál ha sido el proceso necesario y de qué manera la salvación obró para nosotros.
Quiero explicar eso por dos razones: lo primero, para que vean el orden de Dios, y en esto se emocionen; y lo segundo, para que puedan acompañar a otros. Es la historia de una persona que fue llevada de un lugar al otro, que fue transportada y le gustó lo que vio, pero no sabría cómo lograr que familiares suyos, que amigos suyos, que vecinos suyos hagan la misma ruta y lleguen al mismo lugar. Me dispongo a explicar el proceso de la salvación tomando como ejemplo el caso de Rahab, para que todos ustedes estén en la capacidad de conducir a otros hacia la salvación.
La historia dentro de la Historia y la llegada de mensajeros
Al mismo tiempo quiero que ustedes vean la sabiduría de Dios, que se encargó de poner la historia dentro de la Historia. Y, así como hay una sola gran Historia en la Escritura, que es la historia de la redención, una historia que tuvo su inicio en el libro de Génesis, que tuvo su mayor desenlace en los evangelios —Mateo, Marcos, Lucas, Juan— y que tiene todo su desarrollo hasta llegar a Apocalipsis y al tiempo presente, asimismo dentro de todo el relato bíblico hay historias entremezcladas dentro de la Historia. Y la historia completa de la salvación también se puede ver reflejada en historias mucho más pequeñas.
Hoy veremos una de esas historias complementarias, que es la salvación de Rahab, pero me gustaría que tengan los ojos abiertos para que vean en este proceso la totalidad de la salvación. La pregunta a contestar es: ¿en qué se parece la salvación de Rahab a nuestra propia salvación? La primera cosa a la que se parece está clara y está en el versículo 1: comenzó con la llegada de unos mensajeros. Estos eran emisarios de Josué, espías que fueron enviados a esa tierra. Ya el Señor había dispuesto que todo ese territorio debía ser dado al pueblo de Israel y que los pueblos de esa tierra, por sus pecados, que se habían hecho abominables delante del Señor, tenían que ser expulsados, tenían que ser destruidos.
El Señor estaba en este momento ejecutando castigo contra los pueblos de esa tierra y al mismo tiempo cumpliendo una promesa que le hizo a Abraham, que le iba a dar toda esa tierra que estaba delante de sus ojos. ¿En qué se parece la salvación de Rahab a nuestra propia salvación? En primer lugar, se parece en que comenzó con la llegada de unos mensajeros. Esta es una historia, hasta cierto punto, un poco extraña. Dos espías del pueblo del Señor son enviados para que consideren la tierra de Jericó, y el lugar donde ellos llegan es el lugar de una ramera, una casa quizá poco apropiada para miembros del pueblo del Señor.
Pero la manera providencial en que el Señor llevó salvación a esa casa fue por medio de esos mensajeros. Yo veo aquí, hermanos, dos posibilidades para esta extraña visita. ¿Por qué los espías de Josué fueron a casa de Rahab la ramera y no fueron a casa de Manuel el comerciante? ¿Por qué fueron a la casa de Rahab la ramera y no fueron a casa de Marta la agricultora? ¿Qué visita más extraña, no? Yo veo dos posibilidades, hermanos, para esta visita extraña. La primera posibilidad es que fueran llevados allí providencialmente, hasta esa casa.
No dice la Escritura si ellos sintieron la dirección directa del Señor para que visitaran la casa de la ramera, pero hay muchos casos en la Escritura donde se ve la dirección de Dios directa para que personas sean alcanzadas con salvación. Un caso de eso es Jesús reuniéndose con la mujer samaritana. Cristo estaba pasando de un lugar al otro, tomó la ruta más larga y dice: “Me es necesario pasar por Samaria”. ¿Y por qué era necesario que Jesús pasara por Samaria? Porque era necesario que en un pozo, sacando agua, se encontrara con la mujer samaritana. En esto vemos la providencia del Señor.
Había un discípulo de Cristo, Felipe, que recibió una dirección precisa. Se le dijo: “Felipe, ve por el camino del sur”. Y cuando Felipe tomó el camino del sur, dice que iba en su carro un etíope que venía leyendo las Escrituras, pero no las entendía. ¿Y de qué manera el Señor mandó a Felipe a que tomara el camino del sur? Le mandó a que tomara el camino del sur porque por el camino del sur se encontraría con el etíope y le explicaría al etíope lo que estaba leyendo, porque el Señor providencialmente lo había enviado a Felipe. Diciendo, hermano, que veo dos posibilidades: la primera es que el Señor directamente haya enviado a estos dos hombres a que vayan a la casa de la ramera.
Hay más evidencia de casos como ese en la Escritura. Miren, había un hombre llamando Ananías que estaba orando en un lugar. Había otro hombre perverso en ese momento que se llamaba Saulo, que estaba persiguiendo la iglesia. Por otro lado, el Señor dejó ciego a Saulo y lo mandó a que llegara a la ciudad, y de allá llama a Ananías y ora por él para que recobre la visión, porque “instrumento escogido me es este”. Y uno encuentra a Ananías yendo a encontrarse con Saulo, enviado directamente por el Señor. Hay otros casos, claro: Pedro estaba orando y, por otro lado, Cornelio estaba pidiendo. Y Pedro recibió una visión de que había un hombre que estaba orando al Señor; ese era Cornelio, que necesitaba la visita de Pedro. El Señor dispone a veces de manera providencial que mensajeros suyos se encuentren con personas que necesitan salvación.
Providencia, prudencia y mensajeros hoy
Porque el Señor ha dispuesto que llegue salvación a esa casa. Primera posibilidad que veo para esta extraña visita de dos hombres del Señor entrando a casa de una ramera es que el Señor al parecer providencialmente les dirigió. Otra posibilidad que no descarto es que estos hombres fueran conducidos hasta allí guiados por la prudencia. ¿Y qué hay de prudente en que dos hombres piadosos entren a una casa de una ramera? El asunto es que estamos en guerra, y muy probablemente un prostíbulo sea un lugar muy discreto.
Resulta estratégico, ¿verdad?, visitar un prostíbulo. No era prudente ir al hotel que está en el downtown de la ciudad y pedir una reservación diciendo: “Yo vengo del pueblo de Israel, resérveme ahí una habitación”. Ellos fueron a un prostíbulo donde había una ramera porque muy probablemente ahí había cierto contexto de privacidad. Yo lo imagino quizás como una casa con una entrada discreta, quizá tenía árboles alrededor, quizá un poco oscura. Quizás la propia gente del pueblo les dijo: “Vayan a esa casa, porque ustedes son espías, y en esa casa no les van a descubrir”. Otra cosa: la casa estaba junto al muro y en ese sentido era estratégica, tenía una vía de escape.
Pero también yo sigo infiriendo y veo cosas más: muy probablemente un prostíbulo sea un punto de encuentro donde uno puede saber la condición de los hombres de esa ciudad. Y quizás ahí mismo a Rahab se le pregunta: “¿Aquí vienen hombres regularmente, es verdad? ¿Y los hombres que vienen, vienen armados, vienen en caballo, vienen a pie?”. Son posibilidades que digo, hermanos; muy probablemente hayan sido dirigidos a casa de Rahab directamente por la providencia del Señor y quizá les condujo la prudencia, pero quizás ambas cosas sean correctas. Y estos hombres prudentes entendieron que era correcto ir a esa casa para cumplir su misión, y al mismo tiempo el Señor había establecido que a esa casa iba a llegar la salvación.
¿Qué les animo con esto, hermanos de nuestra iglesia? Cuando uno se está moviendo, uno a veces se siente compelido a hacer cosas: “Debo visitar a mi primo fulano, déjame visitar a mi tío sultano”. Y cuando uno llega allá, quizá movido solamente por atender al tío, el Señor ha dispuesto que, en esa conversación relevante, llegue salvación a esa casa. Quiero animarles a que tengan los ojos abiertos y entiendan que en encuentros que parecen fortuitos hay direcciones providenciales del Señor para llevar salvación a cualquier lugar.
No son pocas las personas que han sido alcanzadas con salvación de maneras que parecen casuales. Me comentaba un amigo de un amigo suyo que fue alcanzado con salvación porque un pastor marcó el número por error y le cayó a él. Y le dijo: “No, yo te estoy llamando por error, pero ya que eres tú… Hace mucho que no nos vemos. Ven, para que hablemos”. Y se juntaron a hablar, y la persona hizo profesión de fe y aceptó a Cristo. Y ustedes dicen: “No, porque el dedo le cayó mal en un número”. Yo diré: quizá el dedo cayó mal en un número, pero el Señor había dispuesto que eso fuera una llamada de salvación.
Hermanos, una visita, una llamada, un pequeño esfuerzo puede lograr que la salvación llegue a una casa. ¿En qué se parece la salvación de Rahab a la nuestra? En que comenzó con un mensajero. Cualquier persona que está aquí presente hoy, que se llame cristiano, recordará que en algún momento algún mensajero de Dios tocó su puerta. El Señor usa diferentes instrumentos, pero todos aquellos que hemos sido agregados al pueblo del Señor fuimos agregados por medio de un mensajero del Señor. Todo proceso de salvación comienza con un mensajero que es enviado.
Estamos por salir casa a casa. El próximo sábado estaremos saliendo casa a casa, predicando el Evangelio, invitando personas a la iglesia. Y uno podría entender que eso es algo rutinario o fortuito, hermanos, pero el tocar una puerta quizá sea tocar la puerta de una persona con la cual el Señor ha estado tratando en esa casa, en la soledad. Una conversación, y llegan emisarios de Dios a decirles: “Somos de la iglesia evangélica que está al lado de la lavandería, al lado del colmado, y hemos venido a invitarle a un culto. Hemos venido a orar por usted”. Y quizá el Señor ha determinado que salvación llegue a esa casa.
Hermanos, el pueblo del Señor no deja de estar en misión. La actitud nuestra es que estamos siendo siempre enviados, enviados, enviados. En el trabajo podemos estar en misión, en nuestra casa estamos en misión, una persona pasa por al lado y estamos en misión. Entendamos que la salvación de Rahab comenzó con mensajeros y la nuestra también. Los versículos que van del 2 al 7 describen la mentira de Rahab, algo que no se justifica, pero que yo no voy a disponer de mucho tiempo para explicarlo, porque ya el domingo pasado les expliqué un caso similar, que es el caso de los gabaonitas: son personas que no tienen temor de Dios, pero tienen interés, y a veces usan recursos que son cuestionables.
El recurso que usó Rahab fue que mintió, y no quiero de nuevo desarrollar el punto extensamente, pero les diré: mentir está mal. La intención de Rahab era muy buena; no respaldamos que ella haya utilizado la mentira para hacer estas cosas, pero también les diré, hermanos, que la intención que ella tenía era muy buena. Hay veces que personas usan métodos inadecuados por falta de sabiduría, por falta de prudencia, pero en el fondo manifiestan una buena intención.
La confesión de Rahab y la fuente de su fe
¿En qué se parece la salvación de Rahab a la nuestra? En segundo lugar, se parece en que el proceso de salvación se hizo posible con una confesión. Leamos desde el versículo 8 nuevamente, qué confesó Rahab del 8 al 11:
Antes que ellos se durmiesen, ella subió al terrado, y les dijo: Sé que Jehová os ha dado esta tierra, porque el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y todos los moradores del país ya han desmayado por causa de vosotros. Porque hemos oído que Jehová hizo secar las aguas del Mar Rojo delante de vosotros, cuando salisteis de Egipto, y lo que habéis hecho a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán, a Sehón y a Og, a los cuales habéis destruido. Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón, ni ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros; porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra.
— Josué 2:8–11
Hermanos, ¡qué confesión para venir de una mujer que no era parte del pueblo del Señor! Quiero analizar la confesión de Rahab. En primer lugar, ella había llegado a conclusiones que eran conclusiones personales, había estado reflexionando. Y ella comienza diciendo en el versículo 9: “Sé…”. Ese “sé” es como decir: “Ya yo estoy convencida de esto. Ya he estado atando cabos y he llegado a esta conclusión, he resuelto”. Con la confesión de Rahab comienza, hermanos, manifestando sus conclusiones personales: “Sé que Jehová os ha dado la tierra”. “Yo he estado atando cabos, he llegado a la conclusión, he resuelto”.
Ella también habla del sentimiento que había en su corazón; dice que había temor, como una carga en el corazón, y que el pueblo entero ya se sentía así. También menciona el origen de su confesión: ella dice que había estado considerando las obras de Dios, que Dios secó el Mar Rojo, que el Señor venció a otros reyes, lo había oído. De nuevo les digo, no estamos hablando de una mujer que viene de un pueblo cristiano, de un pueblo devoto, de un pueblo de gente que tiene fe. Estamos hablando de un pueblo pagano que no tenía idea de Dios, pero las grandes obras de Dios ya habían llegado hasta el oído de los paganos.
Hay conciencia de las obras de Dios que está en la cultura. El hombre que menos ha leído sabe que hubo un hombre que habitó esta tierra que decía que era Dios, Jesús, que murió en una cruz. Hermanos, ese nombre “Jesús” es casi universal; en todas las partes del mundo se reconoce. En esto les diré que hay gente que ya tiene la revelación de Dios directa, clara, precisa, pero hay otros que por lo menos tienen una idea de Dios. Y con lo que Rahab tenía, que quizás lo había escuchado entre una cosa y la otra; quizá pasó por ahí un cliente suyo y le dijo: “¿Supiste que mataron a Sehón y a Og?”. Es muy probable, hermanos, que pasara por ahí un cliente: “¿Pero tú no supiste lo que le hicieron a Sehón y a Og? Por ahí viene un pueblo acabando con todo el mundo de que Dios le dio esta tierra”.
Y quizás Rahab haya dicho: “Yo sabía que tarde o temprano para donde iban ellos iba a llegar el asunto; nosotros aquí no estamos haciendo nada bueno”. Uno a veces piensa que para que la gente haga una profesión de fe necesita que se le dé teología bíblica y sistemática totalmente ordenada, punto uno, punto dos. Hay gente que, con muy poco, va atando cabos: “Mataron a Og, mataron a Sehón, abrieron el Mar Rojo en dos. Esta gente viene… ¿de dónde salieron? Salieron de Egipto”. Hermanos, las grandes obras de Dios deben ser un testimonio para aquellos que todavía no tienen paz con Dios.
Hay un Dios con el cual tú estás en enemistad. Ahora mismo Dios ha estado avanzando progresivamente a desarrollar una gran obra en medio nuestro. Rahab no tenía, hermanos, el testimonio de un profeta que le mandaran a decir, como le mandaron a Nínive. A Nínive le mandaron un profeta que lo anunciara: “La ciudad será destruida”. A Jericó no llegó Jonás, no llegó nadie, pero a Jericó llegaron los testimonios de las grandes obras de Dios.
¿Cuál fue, hermanos, la fuente de su confesión? Las obras que Dios venía haciendo. Y Dios habla de diferentes maneras; por eso el hombre no tiene excusa. Miren, Dios habla por medio de una revelación general. Enero 5 prediqué yo un sermón aquí acerca de la gracia común y de cómo el conocimiento de Dios ha corrido por toda la tierra.
Revelación general, preguntas existenciales y medios de gracia
Hay una revelación general de Dios que está en la creación. Dice así mismo el libro de Romanos, en el capítulo 1 versículo 20, que ningún hombre tiene excusa ante Dios, porque lo que de Dios se conoce —sus grandes obras, su poder— le son manifiestos por medio de las cosas creadas. Considere usted una mata de plátano y entenderá que detrás de la naturaleza hay una fuerza más grande. Considere el cuerpo humano en todas sus partes, y usted entenderá que debe haber un Creador inteligente que está detrás del cuerpo humano.
Considere el ser humano como tal, un ser moral, inteligente, racional, y usted entenderá que debe haber un ser más moral, más inteligente y más racional que hizo al ser humano. La revelación general de Dios es un testimonio para todos los pueblos. Alguien me dirá: “Pastor, pero hay lugares donde no ha llegado nadie; hay ciudades donde ningún predicador ha llegado”. Pero a esa ciudad salió el sol. Y si el sol se mueve encima de ti, tú tienes que reconocer que hay alguien que hizo el sol y lo hace moverse encima de ti.
La revelación general se une con las preguntas existenciales. El ser humano ha sido diseñado para encontrarse con su Creador. Hay por lo menos tres preguntas que le laten a todo hombre en el interior de su corazón en los momentos de silencio: ¿Quién soy? ¿Por qué estoy aquí? ¿De dónde vengo, para dónde voy? Esas preguntas están ahí y uno las apaga de vez en cuando. Hay gente que no considera eso y dice: “¿Por qué yo estoy aquí? ¿Por qué yo nací? ¿Por qué respiro y por qué abro los ojos? ¿Quién soy? ¿Soy un accidente?”.
Esas preguntas el Señor las ha creado, las ha escrito en nuestro corazón, porque Él mismo quiere dar respuesta a esas preguntas: “¿Quién soy?”. Criatura suya, creado en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Él preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. “¿De dónde vengo?”. No eres un accidente de la naturaleza, eres creación de Dios, criatura suya. “¿Para dónde voy?”. Ahí es que se complica. ¿Para dónde voy? Depende. Pero esas preguntas existenciales que tenemos en el corazón, de algún modo son preguntas retóricas que ha escrito el Señor en el corazón del hombre, porque Él mismo quiere responderlas.
Es como el profesor que preguntaba las cosas que sabía. Asimismo, Dios te puso en el corazón las preguntas que Dios quería contestar, y qué satisfacción da al ser humano cuando Dios responde sus preguntas. Hay gente para la cual el origen de su confesión es un sermón: se predicó la Palabra del Señor, entendió y, al escuchar el sermón, dice: “¡Guau! Definitivamente en el cielo hay un Dios y yo estoy en enemistad con Él, y Dios quiere hacer un pacto conmigo”. ¿De qué manera puede ser? ¿Cuál puede ser una fuente de la convicción? No lo niego, la formación familiar.
Qué privilegio es eso. Hoy escuchábamos en nuestra iglesia el testimonio de una madre de una niña pequeña, que su niña ya comienza a dar testimonio de las obras de Dios. Y eso está más que claro que es hermoso, hermanos. Pero esa niña en un momento tendrá que utilizar esa formación familiar para atar cabos, del mismo modo que hizo Rahab la ramera, y concluir: “Jehová es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra”.
El testimonio de un amigo con vida o con palabra es otra fuente. Leer los evangelios es otra. Yo tengo pasión por regalar Biblias. Yo regalo Biblias; me gusta regalar Biblias. En nuestra familia, Carol y yo vamos, compramos Biblias y regalamos Biblias. ¿Por qué? Porque cuando yo regalo una Biblia, de seguido le digo a la persona: “La Biblia tiene dos lados, Antiguo y Nuevo Testamento. En el Nuevo Testamento comienza con los evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Y en los evangelios te encontrarás con la historia de un hombre que se llama Jesús”.
Y cuando tú leas el evangelio de Juan, tú vas a tener que colocar a Jesús en algún lugar. C. S. Lewis explicó hace mucho que cuando la gente lee los evangelios tiene que sacar una de tres conclusiones posibles. Dirá: “Ya vi la vida de Jesús, ya vi los milagros de Jesús, ya vi las enseñanzas de Jesús, ya vi su muerte, vi su resurrección. ¿Y quién es Jesús?”. Algunos dirán: “Jesús era un lunático, un loco”. Otros dirán: “Jesús era un mentiroso”. Y otros tendrán que afirmar, junto con la multitud de cristianos y Rahab la ramera, que han confesado en algún momento de su vida: “Definitivamente era el Hijo de Dios”.
Y si Jesús era el Hijo de Dios, entonces lo que Jesús dice no son simples consejos, sino que son palabras rectoras para nuestra vida. ¿Por qué regalamos Biblias? Porque la gente en la Escritura puede encontrarse con Cristo y quedar en condición de hacer una confesión. Me gusta de Rahab también su resumen: “Jehová vuestro Dios es Dios”. Esa exclusividad, hermanos. Aquí en Jericó hay dioses; hay varios. Pero “Jehová vuestro Dios”, no “el mío” todavía. Me llama la atención también que Rahab no se emocionó diciendo: “Ya todos somos…”. No, Rahab entendía en este momento que no era parte del pueblo del Señor. Ella dijo: “Jehová… vuestro Dios es Dios”. No dijo: “Jehová nuestro Dios”. “Jehová vuestro Dios es Dios”.
Y ella no lo manifiesta con muchas palabras, pero se evidencia en el contexto que su convicción era profunda. Ella entendía que ese pueblo que venía por ahí, que no tenía un ejército muy fuerte, podía ser instrumento para que las murallas de Jericó, en las cuales ella habitaba, fueran derribadas.
Fe en medio de los muros y el poder de Dios
No era fácil destruir Jericó. Las murallas de Jericó eran tan grandes que ahí hacían cuevas y habitaba gente como Rahab. Era una ciudad amurallada, y realmente el pueblo de Israel no tenía el armamento físico para destruir los muros y entrar a la ciudad a pelear. Es más, se evidencia tanto que no tenían el poderío militar para luchar contra Jericó que ellos ni siquiera lo intentaron. ¿Saben cómo cayó la ciudad de Jericó? El Señor les dijo: “Den vueltas”. El Señor les dijo: “Vayan, den vueltas, y cuando ustedes den vueltas, den otra vuelta más, otra vuelta más, griten, y los muros van a caer. Y cuando caigan los muros, entren”.
¿Qué les digo con esto, hermanos? Que definitivamente Rahab era una creyente. Ella entendía que Dios tenía poder para destruir esa ciudad en cuyos muros ella habitaba. ¿Qué hace a un cristiano cristiano? Una persona que dice: “Yo ahora mismo vivo y respiro en la tierra, pero yo sé que llegará un día que el Señor del cielo hablará. Llegará un momento, en un abrir y cerrar de ojos, en que el firmamento, las cosas como son ahora mismo, pasarán, y la iglesia será levantada, y las ciudades serán destruidas, y aparecerá la nueva creación, que ya no estará sujeta a la ley del pecado, y descenderá una nueva ciudad del cielo”.
Hermanos, uno afirma esas cosas con la misma fe que las afirma Rahab. “Rahab, ¿qué tú crees, que estos muros, que ese pueblo errante va a venir a destruir estos muros?”. “Sí; yo creo que ese pueblo va a destruir estos muros”. Cierro el punto con esto: la fe de Rahab fue un poco silvestre. No vino de una familia creyente, no vino de un pueblo piadoso, no vino de una persona con una moral fuerte. Uno esperaría que se hagan manifestaciones de fe de un sacerdote, de una religión falsa, pero ¿una prostituta que está afirmando estas cosas?
Hermanos, a veces los de moral relajada pueden llegar a ser los creyentes más devotos. A veces la gente que más muerto está en sus delitos y pecados es la gente que más Dios se deleita en salvar. Es más, yo pienso que a veces uno no tiene más éxito en la evangelización personal porque no busca a su amigo que parece que es “bueno” y dice: “Mira, ese es medio de iglesia, le voy a predicar el Evangelio; voy para allá”. Piensa en tu amigo más perverso, piensa en tu compañero de trabajo más inmoral, piensa en aquel que tú piensas que no tiene esperanza, y a ese hombre el Señor se deleita en salvar.
Había mucha gente en Jericó; por ahí había una ramera que estaba atando cabos, que estaba haciendo consideraciones. A veces el Señor levanta casos como ese, porque Él ha dicho que lo vil y menospreciado del mundo ha elegido Él para avergonzar a los sabios. Hermanos, veamos en este segundo punto la misma verdad: la fe se puede cultivar en cualquier parte. Hay gente que uno piensa: “Mira, ese va a ser muy difícil porque es una persona que cuando uno habla de las cosas del Señor se burla”.
Piensa cuál era tu familiar que más se burla de las cosas de Dios. No me lo respondas, piénsalo. Piensa en aquel que más se burla de las cosas de Dios, que más chiste hace de la iglesia y de la fe cristiana, que más avergüenza a los cristianos. Muy probablemente mañana ese será un discípulo de Cristo. Y cuando el Señor lo saque de allá, cuando el Señor le saque de sus pecados, quizás no te sorprendas de la salvación y de cómo corre la misericordia del Señor.
En primer lugar les he dicho que la salvación de Rahab se parece a la nuestra porque comenzó con la llegada de mensajeros. En segundo lugar, se parece en que el proceso de la salvación se hizo posible por una confesión. Ella confesó que Jehová es Dios, y cuando ella confesó que Jehová es Dios se abrió la puerta de la salvación para esa casa.
El pacto: la salvación se hace concreta
En tercer lugar, la salvación se hizo concreta por medio de un pacto. Y aquí vuelvo a insistir en el mismo punto: no somos salvos por emociones, somos salvos por un compromiso firme que el Señor hace con nosotros, que se llama pacto. Versículo 12 en adelante dice:
Os ruego, pues, ahora, que me juréis por Jehová, que como he hecho misericordia con vosotros, así la haréis vosotros con la casa de mi padre, de lo cual me daréis una señal segura.
— Josué 2:12
Rahab no está pidiendo aquí solamente una oferta; está pidiendo que, por favor, está rogando: “Os ruego…” que se haga con ella un pacto. ¿Qué diré sobre el pacto? ¿Qué puedo adicionar a lo que ya les enseñé con el pacto a los gabaonitas el domingo pasado? Tengo que decir algo de la actitud de ella: al solicitar, ella ruega. Personas que están aquí, que no tienen la seguridad de tener en este momento una relación de pacto con Dios, yo les diré que la actitud que demanda el momento es una actitud de humildad. No es: “Yo demando un pacto porque yo lo merezco; a mí que me den tierra aquí. Si no me dan tierra a mí, los matan ustedes también”. No. No es: “A mí que me den tierra”. Es: “Señores, yo os ruego, con humildad, que si se puede…”.
Esa es la oración del pecador. La oración del pecador no es: “Señor, ya yo hice todo; yo he guardado todos los mandamientos”. El viernes pasado estábamos analizando con unos hombres en la sala de mi casa al joven rico. “Señor, todas estas cosas las he guardado…”. Esa es mala actitud. La actitud es: “Señor, yo sé, yo sé, yo sé que no merezco. Os ruego, por favor, que caigan conmigo en un pacto”. Me llama la atención también la autoridad que tenían los emisarios de Josué para firmar pactos. Esto es raro. Quizás otra persona diría: “Déjame hablar con el mayor; tráiganme a Josué aquí para que Josué firme; si Josué firma, yo creo que es verdad”. No.
Los embajadores de Josué tenían la misma autoridad que Josué. Hermanos, para entregar tu vida a Cristo y entrar a una relación de pacto con el Señor no hace falta que sea un pastor o un “reverendo”. No hace falta que tú hagas una procesión a un lugar especial. El hermano más humilde, el hermano que tú entiendas que menos mérito tiene, tiene la autoridad del Señor, porque el Señor ha dicho que nos ha enviado a nosotros como embajadores, como si Él mismo rogara por medio de nosotros: “Os rogamos, reconciliáos con Dios”. Cualquier cristiano que ya tiene un pacto con el Señor tiene autoridad del Señor para llevar a otro también a una relación de pacto. Y estos emisarios no vacilaron un momento, entendieron que tenían la autoridad para ofrecer, pero también tenían la disposición de hacerlo sin importar la condición de la mujer.
Yo sospecho que algunos hermanos míos tienen ciertas reservas, “que hay que cuidarse”. “¿Esta persona será sincera? Porque él como que todavía no ha cambiado mucho; no es que haya cambiado, no…”. Si su confesión es sincera, ¿merece o no merece? ¿Lo merecías tú anteriormente? Dios no hace acepción de personas, dice la Escritura. Hermanos de nuestra iglesia, me llama la atención la preocupación de Rahab por su familia. Oigan: “Lo van a hacer pacto, lo van a hacer. Ay, yo también quisiera que me incluyan a mi papá, a mi mamá, a mis hermanos, a mis hermanitas, a mis primos. Ponme ahí unos cuantos familiares míos para que no se pierdan”.
Hermanos de nuestra iglesia, yo te pregunto: ¿dónde están tus familiares en este momento? ¿Dónde están tus padres? ¿Dónde está tu esposo, tu esposa? ¿Dónde están tus hijos? ¿Estás tú rogando al Señor por los tuyos para que se salven? ¿Dónde están tus primos? Es más, yo a veces me pregunto —y perdónenme que les manifieste esto—, pero yo palpo el desinterés que algunas personas manifiestan por sus familiares que aún no han creído, y yo me pongo a pensar si realmente ellos entienden de qué se trata el asunto. Que se va a destruir esta ciudad, que de aquí a poco aquí no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada.
Me pregunto si acaso el desinterés que algunos muestran porque se salven sus familiares quizá evidencia que ni siquiera ellos mismos están convencidos de su propia salvación. Debe haber en nosotros un profundo ruego porque nuestros familiares directos sean alcanzados con salvación. ¿Qué será de los míos? ¿Qué será de mis padres, qué será de mis hermanos, qué será de mis hijos? Hermanos, nosotros no tenemos capacidad para convertir a nuestros familiares directos, pero clamemos ante el Señor por ellos, pidamos por ellos. Les advierto aquí también: muy probablemente algunos familiares de Rahab no querían entrar en la casa de Rahab para disfrutar de los beneficios, pero Rahab hizo el esfuerzo.
Por ahí viene el aniversario de nuestra iglesia. El aniversario de nuestra iglesia siempre es un culto evangelístico. Yo les animo a que desde ahora vayan buscando cuál es el primo, cuál es el tío, cuál es el hermano, cuál es el padre, cuál es el abuelo que usted va a traer a la iglesia para que le prediquemos el Evangelio, a ver si el Señor le alcanza con salvación. Ella clamó por los suyos. Qué hermoso: ella no pidió salvación para ella solamente, también pidió salvación para los suyos.
Las condiciones del pacto eran claras. No era un pacto irrevocable de cualquier manera; le dijeron: “Hay que estar en la casa, hay que poner una señal. Y si eso sucede, cuenta con la salvación”. Rahab cambió de pueblo, pero no se movió de la ciudad. ¿En qué se parece eso a nuestra salvación? Casi lo mismo somos nosotros. Nosotros somos salvados y no dejamos de vivir en Santo Domingo, República Dominicana. Permanecemos en Santo Domingo, República Dominicana, pero con una gloriosa esperanza. Rahab fue salvada y la dejaron ahí en su muro de Jericó. No le dijeron: “Vámonos para allá y después venimos juntos”. No.
Hermano, cuando tú eres salvo por el Señor, a ti te dejan en tu familia, te dejan en tu ciudad, te dejan en tu país, pero en esa ciudad, en ese país y en esa familia tú vives al borde de una gloriosa esperanza.
La señal simbólica: el cordón rojo y nuestros símbolos
¿En qué se parece la salvación de Rahab a la nuestra? En que la salvación se hizo memorable con una señal simbólica: un cordón rojo en una ventana. Un cordón. Me llama la atención que es rojo, hermanos. Así como Dios les dijo a los judíos cuando iba a llegar la muerte a Egipto —el Señor castigó a Egipto con muerte—, les dijo al pueblo: “Miren, pongan sangre en los dinteles de la puerta, para que cuando pase el ángel de la muerte, la destrucción no les alcance a ustedes”. A Rahab le dijeron: “Deja caer un cordón rojo por tu ventana. Y si no vemos el cordón, entonces tú y todo el que esté en tu casa no serán salvos; pero si vemos el cordón, tú y todo el que esté en tu casa serán salvos”.
Hermanos, la vida cristiana tiene también sus señales simbólicas. Los judíos tenían la circuncisión y la pascua; nosotros tenemos el bautismo y la comunión. Son señales. ¿Y cuál es el beneficio de una señal? Que cuando estaba el cordoncito guindando de la ventana de ella, mantenía vivo su interés en su eventual salvación. Yo me imagino que Rahab, cuando ponía su cordón ahí en la ventana, decía: “Esta casa, sin importar lo que aparente ser —la casa de una ramera—, esta es la única parte de esta ciudad que quedará en pie. La misericordia del Señor me la recuerda el cordón que está colgando de mi ventana”.
Pero al mismo tiempo ese cordón iba a ser el sello que iba a identificar a Rahab, y ella iba a poder ser reconocida también por el pueblo del Señor cuando el pueblo llegara. Personas que están aquí presentes, el bautismo no es un asunto voluntario o opcional. El Señor estableció dos símbolos para la iglesia cristiana; ha dicho que el que creyere y fuere bautizado en agua será salvo. Y ha establecido que frecuentemente la iglesia de Cristo parta el pan y el vino recordando el sacrificio del Señor.
Los cristianos evangélicos, a veces en esto no nos parecemos a otros credos que creen más profundamente el significado de los símbolos. Ciertamente son simbólicos, pero son importantes. Este cordoncito que caía de la casa de Rahab recordaba que Rahab tenía un compromiso con el pueblo del Señor y que el pueblo del Señor tenía un compromiso con Rahab. A veces yo dudo, hermanos, de que el Señor me salvará, y entonces yo recuerdo que en un momento Rafael Pérez fue llevado a las aguas. Yo experimento que el testimonio de Rafael saliendo de las aguas es como el cordoncito que caía de la casa de Rahab.
Y no solamente hacía falta el color, no. También había que estar ahí en la casa. Miren qué interesante: no era solamente el cordón, y no salir de ahí, había que estar ahí reunidos. Pero el cordoncito anunciaba. Los símbolos, este símbolo expresaba regularmente que ella mantenía viva la convicción y la esperanza. Cada vez que un cristiano parte el pan y el vino, él se recuerda a sí mismo: “Yo mantengo viva mi convicción y mi esperanza. Yo sé que el Señor fue molido por mis pecados. Yo sé que en su sangre yo tengo un nuevo pacto, en su sangre”.
Hermanos, cada vez que el vino —que es un símbolo, de nuevo les digo, no es la sangre de Cristo literal— llega a tus labios, ese vino tiene que recordarte que, así como la ramera tenía un pacto con el pueblo del Señor, hay un pacto que nosotros tenemos con Cristo en su sangre. Y algo más: había algo concreto de lo cual agarrarse. La promesa estaba, pero ella tuvo el símbolo, hermanos, y es como algo más concreto; tú dices: “Sí, sí, yo estoy esperanzado en estas cosas”.
Desarrollo un punto más y termino, pero hoy nosotros los cristianos veremos nuestro cordón. Hoy estaremos partiendo el pan y el vino, estaremos recordando que tenemos un pacto con Cristo, del mismo modo que Rahab tenía su pacto con el pueblo del Señor.
La salvación de Rahab a través del tiempo
Termino con este quinto punto, hermanos: la salvación de Rahab es evidente a través del tiempo. No voy a buscar todas las referencias bíblicas, pero de Rahab no solamente se habla en el libro de Josué. En el libro de Mateo, Rahab aparece en la genealogía de Jesucristo. Dice que se casó con un hombre que se llamaba Salmón. “Oh, pero no era prostituta…”. Bueno, el asunto es que las prostitutas que conocen a Cristo llegan a tener una vida diferente.
Amigo que estás aquí presente, el Señor te recibe en tu condición presente, pero tu condición presente no será tu condición perpetua. Quizás tú seas “Manuelito el ladrón”, quizás tú seas José el fulano, quizás tú tengas el apodo que sea, pero si tú vienes a Cristo tu vida será distinta. Rahab se casó con un hombre y ya era doña Rahab de Salmón. Podemos ver esta dinámica de cómo el testimonio de un hombre es cambiado. Ella era “la ramera”, y todavía uno por confianza le dice “Rahab la ramera”, pero ya no era Rahab la ramera; ya era doña Rahab, la mujer de Salmón.
Cristo es descendiente de esa mujer. Miren la dignidad. Cristo es descendiente de la ramera. Salomón es ascendiente de David; David ascendiente de Rahab. Miren la dignidad que esto tiene. Pero usted sabe que Rahab es de las pocas mujeres que aparecen en el libro de Hebreos capítulo 11, entre los héroes de la fe. Eso les diré: que tú puedes venir a Cristo con tu testimonio en el suelo: “Una ramera, que lo que yo tengo en mi casa es un prostíbulo…”. “Tengo en mi casa un prostíbulo, pero vine a Cristo y ya soy parte del pueblo del Señor”. Muy probablemente mañana lo que te toque sea tener un matrimonio honroso, y por tu testimonio llegues a estar en la lista de los héroes de la fe.
Y Santiago, cuando estaba hablando de cómo se relaciona la fe con las obras, ¿adivinen usted qué ejemplos cogió? Abraham por un lado y Rahab la ramera por el otro. Hermanos, ¿qué les estoy diciendo con esto? Que la salvación de Rahab es evidente a través del tiempo. Ese es el caso nuestro. Una persona viene a Cristo y tú dices: “Mira, este, este…”. Tú le puedes poner los calificativos despectivos que encuentres, pero tiene un pacto con el Señor y su vida está encaminada a ser una vida diferente.
En esto establezco: ven a Cristo como estás hoy, pero prepárate, porque en Cristo tu vida será distinta. “Mas vosotros sois luz”, dice la Escritura. Quiero animar a mis hermanos que están aquí presentes a que consideren personas que tienen cerca, a las cuales no se han atrevido a predicarles el Evangelio porque quizá tienen una moral relajada, porque quizá han mostrado agresividad hacia las cosas del Señor, porque quizá parecen estar muy envueltos y uno dirá: “¡Guau, pero es que está tan envuelto en los negocios de la vida que no tiene tiempo para Dios!”. Yo les animo, hermanos, a que hagan como estos espías y que vayan a la casa de esa persona, que le den una llamada, que le hablen del Señor.
Se puede cosechar en cualquier parte. Cierren sus ojos ahí un momento.
Llamado a salvación: imitar a Rahab
Oro en dos sentidos, como siempre. Quizás aquí hay personas que han escuchado ya la predicación del Evangelio. Tienen más evidencias que la ramera para desear tener un pacto con Cristo. Y sé que hay personas que tienen más información que la que tenía Rahab cuando pidió. He dicho tantas veces este versículo en nuestra iglesia, pero lo digo nuevamente. Dice Apocalipsis:
He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.
— Apocalipsis 3:20
La necesidad más apremiante que hay en tu vida en este momento es tener paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. Es tan sencillo como que tú hicieras lo mismo que hizo Rahab: recibió mensajeros en su casa, Rahab hizo una confesión, Rahab pidió un pacto. ¿Estás tú dispuesto a recibir lo que se ha predicado hoy como el mensaje directo del Señor? ¿Estás tú dispuesto o dispuesta a expresar delante del Señor, con palabras sencillas, las conclusiones personales a las que tú has llegado? Quizá tú puedes decirle al Señor: “Ya yo estoy convencido de que definitivamente tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Y yo soy creación tuya, pero estoy muerto en mis delitos y pecados; no soy hijo tuyo”.
Quizás hoy puedas hacer un pacto con el Señor, del mismo modo que lo hizo Rahab. Puedes decirle al Señor, usando de sus palabras la misma confesión que hizo esta mujer. Yo no puedo confesar por ti; tú tendrás que confesar, pero dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Dile ahí al Señor, con tus palabras: “Señor, al igual que Rahab la ramera, yo hoy confieso que tú eres Dios y que no hay otro Dios ni en el cielo ni en la tierra. Yo confieso que de aquí a poco todo lo que yo veo ante mis ojos será destruido; solamente habrá esperanza para aquellos que tengan contigo un pacto”.
Dile al Señor con tus palabras: “Perdona mis pecados, inscribe mi nombre en el libro de la vida. Recíbeme en una relación de pacto; quiero ser parte de tu pueblo”. Esto quizá no emocione mucho, pero eventualmente se te dirá que pongas un cordón en tu ventana, y ese cordón es el bautismo. Los cristianos nos bautizamos en un reconocimiento de que estamos asumiendo nuestra identidad con el pueblo del Señor, que estamos reconociéndonos públicamente, visiblemente, desde la distancia, como miembros de la familia de Dios. Dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo.
Te animo en este momento a poner en Cristo tu confianza, a confesar tus pecados y a tomar la firme decisión de bautizarte. Todavía hay chance en nuestra iglesia; estamos dando talleres de membresía para personas que quieren poner simbólicamente un cordón en su ventana, personas que quieren ir a las aguas a recibir a Cristo.
Oro ahora por mis hermanos que están aquí. Antes de decir esta oración anterior: bienvenido a la familia del Señor si ya has creído y confesado; sólo hace falta que te prepares para ir a las aguas, y el Señor vio tu resolución.
Carga por los familiares y llamado a ser luz
Oro por mis hermanos. Hermano que estás aquí presente, escúchame con atención. Donde tantos familiares en este momento están muertos en sus delitos y pecados, no tienen esperanza en el pueblo del Señor. Te animo a clamar en esta semana, especialmente, por la salvación de tus seres queridos. Ora por primos, ora por tíos, ora por padres, ora por vecinos. Ora por gente por la cual tú tienes un afecto natural, pero no tienes la convicción de que cuando Cristo venga esa persona tenga en Cristo su esperanza.
Te animo a que prediques en esta semana, que le des un tratado evangelístico, que le des una porción de Escritura a alguna persona que tengas cerca, sabiendo que se puede cosechar en cualquier parte. Personas que están aquí, oro ahora por todos. Yo no sé cómo era tu vida antes de venir a Cristo, pero tu vida tiene que ser distinta. Rahab la ramera llegó a ser doña Rahab, la esposa de Salmón. ¿Quién eres tú? ¿Está cambiando tu vida para manifestar que realmente has sido salvo?
Pídele al Señor ahí ahora, si acaso ya fuiste salvo. Dile al Señor: “Señor, permíteme ser luz, y permite que mi testimonio anime a otras generaciones que están por venir”. Gracias, Señor, por la predicación de tu Palabra. Gracias, Señor, por el Evangelio. Gracias, Señor, por la historia dentro de la Historia. Bendice toda esta congregación. En el nombre de Jesús.