Estaré hoy exponiendo la Escritura en el capítulo 9 del libro de Josué, en una historia que a mí hace años me llama la atención, casi desde que comencé en los caminos del Señor: la salvación de los gabaonitas. El domingo pasado, en la exposición de la palabra del Señor, mencioné esta historia como apoyo a otro texto más. Ahora quisiera concentrarme específicamente en la salvación de los gabaonitas, y en el libro de Josué, en el capítulo 9, para que leamos allí 21 versículos de la palabra del Señor. Como hacemos siempre antes de exponer la Escritura, le invito a que, donde están, cierren ahí sus ojos y extiendan su manito así sobre alguna persona que ustedes tengan cerca, en una manifestación de que somos el pueblo del Señor y que estamos juntos como congregación.
Reunidos para ser expuestos a su palabra. Te presento, Señor, esta congregación aquí reunida, personas que están en diferentes momentos de su compromiso contigo. Mira aquellos de mis hermanos que ya han creído, Señor, permite que la exposición, Padre, de tu palabra sea para ellos afirmación, sea para ellos edificación, sea para ellos fortalecimiento. Mira aquellos, Señor, que han dado ya un paso de fe y comienzan a transitar en los caminos tuyos; permite, Padre, que al escuchar esta historia se sientan todavía más animados en esta decisión que ya han tomado. Y mira aquellos, Padre, que están aquí congregados porque quizás ya tienen temor de ti, ya entienden, Señor, el valor que tienen estas cosas, pero que todavía no han tomado una firme resolución de unirse al pueblo tuyo.
Permite que, a través de esta historia, Señor, se sientan animados a tomar la decisión de salir, Señor, quizás de su entorno, de su contexto, e ir a unirse, Señor, con tu familia, con la iglesia. Bendice esta congregación, Señor, mira el privilegio que tenemos de exponernos todos a tu revelación; permite que sea tu Santo Espíritu en medio nuestro. Capacítanos hoy, Señor, de manera especial, para entender tu voluntad y para ponerla por obra. Anímanos a todos, Señor, bendice desde ahora esta congregación que aquí se reunió; permite que el próximo domingo, Señor, tengamos una congregación todavía más grande y que más personas estén expuestas a la predicación de tu palabra. En el nombre de Cristo Jesús, amén.
Josué capítulo 9, hermanos, acompáñenme a leer esta porción de la Escritura.
Lectura bíblica: la historia de los gabaonitas
Es la salvación de los gabaonitas. Leemos la palabra del Señor desde el versículo 1 y hasta el versículo 27:
Cuando oyeron estas cosas, todos los reyes que estaban de este lado del Jordán, así en las montañas como en los llanos y en toda la costa del mar Grande delante del Líbano, los heteos, amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos se concertaron para pelear contra Josué e Israel. Mas los moradores de Gabaón, cuando oyeron lo que Josué había hecho a Jericó y a Hai, usaron de astucia, pues fueron y se fingieron embajadores, y tomaron sacos viejos sobre sus asnos, y cueros viejos de vino, rotos y remendados, y zapatos viejos y recosidos en sus pies, con vestidos viejos sobre sí; y todo el pan que traían para el camino era seco y mohoso.
Y vinieron a Josué al campamento en Gilgal, y le dijeron a él y a los de Israel: Nosotros venimos de tierra muy lejana; haced, pues, ahora alianza con nosotros. Y los de Israel respondieron a los heveos: Quizá habitáis en medio de nosotros; ¿cómo, pues, podremos hacer alianza con vosotros? Ellos respondieron a Josué: Nosotros somos tus siervos. Y Josué les dijo: ¿Quiénes sois vosotros y de dónde venís? Y ellos respondieron: Tus siervos han venido de tierra muy lejana, por causa del nombre de Jehová tu Dios; porque hemos oído su fama, y todo lo que hizo en Egipto, y todo lo que hizo a los dos reyes de los amorreos que estaban al otro lado del Jordán: a Sehón rey de Hesbón, y a Og rey de Basán, que estaba en Astarot.
Por lo cual nuestros ancianos y todos los moradores de nuestra tierra nos dijeron: Tomad en vuestras manos provisión para el camino, e id al encuentro de ellos, y decidles: Nosotros somos vuestros siervos; haced ahora alianza con nosotros. Este nuestro pan lo tomamos caliente de nuestras casas para el camino el día que salimos para venir a vosotros; y he aquí ahora ya seco y mohoso. Estos cueros de vino también los llenamos nuevos; y he aquí ya rotos. También estos nuestros vestidos y nuestros zapatos están ya viejos a causa de lo muy largo del camino.
Y los hombres de Israel tomaron de las provisiones de ellos, y no consultaron a Jehová. Y Josué hizo paz con ellos, y celebró con ellos alianza, concediéndoles la vida; y también lo juraron los príncipes de la congregación. Pasados tres días después que hicieron alianza con ellos, oyeron que eran sus vecinos, y que habitaban en medio de ellos. Y salieron los hijos de Israel y al tercer día llegaron a sus ciudades; y sus ciudades eran Gabaón, Cefira, Beerot y Quiriat-jearim.
Y no los mataron los hijos de Israel, por cuanto los príncipes de la congregación les habían jurado por Jehová Dios de Israel. Y toda la congregación murmuraba contra los príncipes; mas todos los príncipes respondieron a toda la congregación: Nosotros les hemos jurado por Jehová Dios de Israel; por tanto, ahora no les podemos tocar. Esto haremos con ellos: les dejaremos vivir, para que no venga ira sobre nosotros por causa del juramento que les hemos hecho. Dijeron, pues, de ellos los príncipes: Dejadlos vivir; y fueron constituidos leñadores y aguadores para toda la congregación, concediéndoles la vida, según les habían prometido los príncipes.
Y llamándolos Josué, les habló diciendo: ¿Por qué nos habéis engañado, diciendo: Habitamos muy lejos de vosotros, siendo así que moráis en medio de nosotros? Ahora, pues, malditos sois, y no dejará de haber de entre vosotros siervos, y quien corte la leña y saque el agua para la casa de mi Dios. Y ellos respondieron a Josué y dijeron: Como fue dado a entender a tus siervos que Jehová tu Dios había mandado a Moisés su siervo que os había de dar toda la tierra, y que había de destruir a todos los moradores de la tierra delante de vosotros, por eso temimos en gran manera por nuestras vidas a causa de vosotros, e hicimos esto.
Ahora, pues, henos aquí en tu mano; lo que te pareciere bueno y recto hacer de nosotros, hazlo. Y él lo hizo así con ellos, pues los libró de la mano de los hijos de Israel, y no los mataron. Y Josué los destinó aquel día a ser leñadores y aguadores para la congregación, y para el altar de Jehová, en el lugar que Jehová eligiese; lo que son hasta hoy.
— Josué 9:1–27
Hermano, esta es una historia excepcional en todo el Antiguo Testamento. ¿Qué estaba sucediendo? Los pueblos que moraban esa tierra, los cananeos, se habían corrompido en gran manera. Dice la Escritura asimismo que sus pecados se habían vuelto tan abominables que ya habían subido a la presencia del Señor y el Señor había resuelto destruirlos. No era solamente porque moraban allí que estaban siendo destruidos, sino por la maldad que había en ellos. El Señor dijo que los cananeos habían pecado y pecado, pecado sobre pecado, tantas veces que ya no merecían morar en esa tierra, que la tierra le sería dada a otro pueblo, al pueblo de Israel.
Propósito de la serie: salvación extraordinaria
Dice en nuestra introducción: Dios llamó a Abraham e hizo de él un pueblo grande. Este fue Israel, con el objetivo de que en él sean benditas todas las familias de la tierra. Por más de mil años, hasta llegar a Cristo, que fue el Salvador de todos los hombres, el trato de Dios tuvo su enfoque en Israel, pero eso no evitó que muchos otros, de forma particular y hasta pueblos completos, fueran alcanzados con salvación al reconocer a Dios y convertirse. Hoy veremos la historia de uno de esos pueblos, los gabaonitas, que aunque por sus pecados estaban destinados a la destrucción, llegaron a temer a Dios, fueron de forma extraordinaria añadidos a su pueblo y hasta obtuvieron el privilegio de llegar a servir en su santo templo.
¿Por qué predico esto, hermanos? Porque esto tiene importantes lecciones para la iglesia el día de hoy. En preguntas: ¿estamos nosotros dispuestos a aceptar a todos aquellos a quien Dios salve? ¿Entendemos realmente que la salvación puede alcanzar a todo el mundo? ¿Recordamos que fuimos salvos por gracia y no por nuestros propios méritos? Y esta pregunta importante, hermanos: ¿qué tan dispuestos estamos nosotros como iglesia a recibir a gente que no necesariamente se parece a nosotros y a enseñarles a guardar a ellos la ley de Dios? Esos eran los gabaonitas.
Antes de desarrollar el tema, hermanos, quiero hacer un pequeño preámbulo. Históricamente, este pasaje de la Escritura, Josué capítulo 9, ha sido expuesto por grandes maestros de la antigüedad desde una perspectiva muy particular, y es la necedad de Israel al hacer un pacto con Gabaón sin consultar al Señor. Y es correcto. La mayoría de los predicadores en la historia de la iglesia han expuesto esta porción de la Escritura, Josué capítulo 9, desde la perspectiva de la imprudencia del pueblo del Señor al hacer pacto con un pueblo de la tierra a la cual ellos estaban entrando a habitar, sin haber consultado al Señor. Y eso es correcto; sin embargo, hoy he traído otra perspectiva posible, y es la siguiente: la misericordia del Señor, que es grande y que alcanza a todos los pueblos y no solamente al pueblo de Israel.
Con esto inauguro otras prédicas que traeré eventualmente, otras exposiciones de la palabra del Señor que le he llamado “Salvación extraordinaria”. Y son pueblos que para un judío sería muy raro imaginar que llegarían a ser parte del pueblo del Señor. Un caso de ello: los gabaonitas. Otro caso muy raro, hermanos: ¿saben ustedes que en la genealogía de Jesús hay una ramera? Y no solamente esto, sino que esa ramera llegó a ser la bisabuela del más grande rey de Israel. Rahab la ramera fue la mamá de Salmón. Salmón se casó con la ramera y dieron a luz a Booz; de Booz es descendiente Isaí, de Isaí es descendiente David, y David… David también fue ascendiente de Salomón.
Yo te decía: ¿cómo va a ser que en la genealogía de los reyes de Israel haya una ramera? Hermanos, he venido a predicar esta serie de mensajes para que ustedes entiendan que no hay hombre sobre esta tierra que no pueda encontrar la misericordia del Señor. Y que pueblos paganos, que obraron hasta con engaño como los gabaonitas, encontraron misericordia. Y no es un mensaje ingenuo, no es que encontré una porción de la Escritura y vine a predicársela porque sí; es que quiero que ustedes entiendan que cuando esta iglesia crezca, personas de diferentes contextos, de diferentes trasfondos, de diferentes calidades morales, serán añadidas al pueblo del Señor. Y que cuando el Señor añade a un hombre a su pueblo, nosotros decimos: “Señor, tú lo añadiste, y si tú pactas con él, entonces yo también”.
Dos actitudes frente a Dios: soberbia y humildad
Son casos extraordinarios de salvación. He venido a predicarlos con la intención expresa de que mi iglesia se haga sensible. Gente que tú no te imaginarías que sería posible que el Señor alcanzara con salvación, probablemente dentro de un año sean miembros de tu iglesia. Estudiemos a los gabaonitas. Lo primero: dos actitudes diferentes. Los pueblos de Canaán vieron el avance del pueblo de Dios y que contaban con el favor del Señor, y una parte de los cananeos se aliaron, hicieron alianza para combatir al pueblo de Dios. Bueno, la mayoría de ellos. Si acaso, bien, diez reyes, nueve reyes, se aliaron para combatir al pueblo del Señor, pero hubo un pueblo de ellos que no salió.
Dice el capítulo 9, versículo 1, que cuando oyeron todas estas cosas, los reyes que estaban a este lado del Jordán, así en las montañas como en los llanos y en toda la costa del mar Grande delante del Líbano, los heteos, los amorreos, cananeos, ferezeos, heveos y jebuseos se concertaron para pelear con Josué e Israel. Pero hubo un pueblo que no lo hizo. Ese pueblo que no lo hizo se llama el pueblo de Gabaón, los gabaonitas. La soberbia que hay en el hombre le hace querer luchar contra Dios. Hermanos, desde Génesis hasta Apocalipsis, hasta el día de hoy, se manifiesta un gran conflicto en la humanidad. Y es que una parte de la humanidad humildemente ha reconocido el señorío de Cristo, y la otra parte, que es la parte más grande, entonces se mantiene en rebelión.
Y todavía hay hombres que entienden que son tan fuertes como para prevalecer contra Dios. Usted dirá: “Pero yo no he luchado”. Bueno, hay una lucha casi intelectual, hay una lucha que es emocional, hay una lucha que es la oposición a que la iglesia avance. Y usted me dirá: “¿En cuál de los dos lados estoy?”. Dijo el Señor que el que no recoge conmigo desparrama. Si tú no estás a favor del pueblo del Señor, entonces tú estás en contra del pueblo del Señor. En esta lucha no hay un punto medio, no hay un punto neutral. Lo que sucedió fue que la mayoría de los pueblos de esa tierra lucharon contra el pueblo del Señor, pero hubo un pueblo que no luchó.
Qué cosa rara: los gabaonitas dijeron: en vez de luchar, vamos a intentar unirnos. Y dice que obraron con astucia. Manifestaron humildad. Es un reconocimiento de que nosotros no tenemos el poder para luchar contra ese pueblo, porque Dios está a favor de ellos. Y en vez de tener soberbia y buscar poderío militar, nosotros vamos a ser humildes y vamos a tratar, aunque sea con engaño —que fue lo que hicieron, que les explicaré ahora de qué se trató—, de dar la vuelta. Buscaron vestiduras viejas y aparentaron y quisieron hacer alianza con el pueblo del Señor. Por un lado hay soberbia: “Vamos a juntar fuerzas para combatir contra Dios”; y por otro lado hay humildad: “Vamos a hacer todo lo posible para que esta gente haga con nosotros alianza”.
Dice Santiago 4:6 que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Hay gente que está luchando contra Dios, que está luchando contra hacer la voluntad del Señor, y hay otros que dijeron: “Señor, contra ti no se puede; por favor, haz alianza con nosotros”. Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes. ¿Razones para unirse? Bueno, lo primero: el testimonio de las grandes obras de Dios. Dice que los gabaonitas habían escuchado lo que el Señor había hecho del otro lado del Jordán, en Egipto; dice también, en el versículo 9, versículo 10, a los amorreos. Ellos entendían que Dios estaba con ese pueblo. ¿Por qué intentaron unirse? Porque manifestaron humildad, lo primero, porque escucharon las grandes obras de Dios.
Cómo nace la fe: obras de Dios, incapacidad y urgencia
Dice la Escritura que la fe viene por el oír, y es el oír la palabra de Dios. Una de las razones por las cuales nosotros congregamos un pueblo para exponerle la palabra del Señor es para que la gente entienda las grandes obras de Dios. Dicen ellos que habían escuchado lo que el Señor había hecho en Egipto y que por eso habían temido. Gente que está aquí presente: cuando se te ha expuesto a las grandes obras de Dios en la historia, ¿cómo te sientes? ¿Acaso llegas a entender que hay un Dios real que está operando hacia el ser humano, que se ha estado revelando progresivamente, que ha estado tratando con un pueblo?
Ellos mencionaron Jericó, mencionaron a Egipto, mencionaron a Hai. A través de la Escritura nosotros entendemos lo que el Señor está haciendo. ¿Cómo te sientes tú cuando escuchas las grandes obras de Dios? Los gabaonitas escucharon las obras de Dios y respondieron con humildad y trataron de buscar un pacto. Hay obras contemporáneas. ¿Cómo un hombre se hace cristiano? ¿Cómo una mujer resuelve seguir a Cristo? No es que un día se levanta y dice: “Yo voy a seguir a Cristo”. Es que esta persona es puesta en contacto con las grandes obras de Dios.
Y le digo diferentes fuentes. Miren, hay gente que ha abierto sus ojos a la realidad de Dios al leer la Escritura, las obras de Dios. Y hay otros que han abierto sus ojos a la realidad de Dios quizás por la salvación de un amigo. Hay personas que han visto en la Escritura a Cristo, y cuando le ven allí entonces reconocen que es un hombre excepcional, que tiene que ser el Hijo de Dios; y hay otros que lo que han visto es a Cristo operar en la vida de un familiar que ha hecho profesión de fe y su vida ha sido diferente. La fe viene por el oír, y es el oír la palabra de Dios.
Hay otros que han visto la vida de la iglesia. Hay personas que se congregan un día y dicen: ¿qué es lo que hace que esta gente quiera estar junta? No nacieron juntos, no son familiares, pero ellos hacen lo posible para tener comunión. La comunión de la iglesia es testimonio a los incrédulos de las obras de Dios. Hay personas que han recibido milagros por la gracia común. Hay personas en las que el Señor se ha manifestado en su familia, a favor de ellos, y han sido tan necios que, a pesar de recibir la provisión del Señor por su gracia común, no abren los ojos de que Dios tiene algo más que darle.
Hay hogares restaurados, hay familias que han sido restauradas, hay personas que han recibido conocimiento que no pensaban que podían tener; todo ha sido por la gracia del Señor. Al escuchar, al participar en las grandes obras de Dios, tienes que abrir los ojos de que con Dios necesitas tener una alianza. ¿Qué hizo que estos hombres intentaran unirse? Lo primero, las razones para unirse fueron esas: haber escuchado las obras de Dios. Pero al mismo tiempo reconocieron su propia incapacidad. Quizás ellos miraron sus herramientas, miraron su poder y dijeron: “Nosotros no podemos, no podemos prevalecer en pie por nuestras propias fuerzas”.
Ese sentido de la incapacidad es lo que hace falta en este tiempo, que la gente perciba en ellos mismos. ¿Acaso algún día amaneciste y dijiste: “Yo no tengo capacidad para lidiar con mis propios problemas, no tengo la capacidad para salir adelante, necesito ser ayudado, para mantenerme en pie necesito de alguien más grande”? Si estás tú dispuesto a reconocer tu propia incapacidad, muy probablemente estés cerca de hacer con Cristo una alianza. Pero me gusta, sobre todo, que manifestaron un gran sentido de urgencia. “Esta gente viene conquistando y conquistando y nadie ha prevalecido contra ellos”.
¿En qué se parece esto a la predicación? Cuando exponemos la palabra del Señor, estamos exponiendo sus grandes obras. ¿Por qué leemos las historias de las Escrituras? Porque queremos que la gente abra los ojos a la realidad de Dios. ¿Por qué en la iglesia hay testimonio? Porque queremos que la gente abra los ojos a que Dios opera en este tiempo. ¿Por qué en la iglesia hay alabanza? Porque queremos que la gente entienda que en el cielo hay un Dios. Al ser expuesto a las obras de Dios, lo que queremos es que abras tus ojos a tu necesidad de salvación.
Para qué predicamos en nuestra iglesia: para que los hombres reconozcan, como reconocieron los gabaonitas, cuál es su verdadera condición. “Estamos condenados y quizá nos quedan solamente tres días de vida y tenemos que hacer algo urgente”. La predicación cristiana le pone urgencia al pecador para que corra a hacer una alianza con Cristo. Le recordamos cuál es su verdadera condición. ¿Cuál fue la estrategia que utilizaron estos hombres? Muy cuestionable. No quisiera yo venir a defender a los gabaonitas, como si lo que hicieron estaba bien. No estaba bien. Es incorrecto engañar, no es correcto engañar.
Medios equivocados, actitud buscadora y religiosidad mal orientada
Tengo que hacer en esto la aclaración: no estamos respaldando los medios que utilizaron los gabaonitas para tener una alianza con el pueblo del Señor, pero caramba, hermanos, seríamos nosotros injustos si no reconociéramos su actitud. Otra cosa es el valor que es reconocer que el pueblo del Señor viene hacia ti, y buscar ropas viejas, buscar odres viejos, buscar diferentes cosas para aparentar que vienes de lejos para intentar hacer con el pueblo de Dios una alianza. No estamos celebrando los medios, hermanos, pero hay que reconocer que esta gente tenía el deseo de acercarse a Dios.
Aparentaron venir de lejos por ropa vieja. Propusieron una alianza sin condición. Mostraron gran humildad; dijeron varias veces: “Somos tus siervos”. Con mucha astucia, ellos no mencionaron los pueblos más recientes, no mencionaron —cuando estuvieron ante los líderes— a Hai ni mencionaron a Jericó, sino que mencionaron Egipto, una historia que se había oído en el mundo antiguo completo, casi diciendo: “No, déjame mencionarles a ellos, pero no a los más recientes, para que no piensen que somos de por aquí”. Ofrecieron provisiones: “Miren lo que les hemos traído aquí para que ustedes se ayuden en el camino”. De nuevo, celebramos su actitud, su iniciativa, no sus medios, que fue el engaño.
¿Y qué tiene que ver eso con el mundo contemporáneo? Miren, son muchos los hombres que yo he encontrado tratando de encontrar a Dios de maneras muy raras, pero en sus despropósitos yo tengo que reconocer que, en el fondo, aunque sea en el fondito, hay una intención de hacer la voluntad del Señor. Aunque yo sé que así no se llega, yo sé que así no es que se tiene que llegar, hermanos, pero hay que reconocer que ahí, en el fondo, en eso, hay una actitud.
Cosas que tengo que mencionar, por ejemplo: yo he encontrado hombres que son presa del ritualismo. “Yo tengo que peregrinar a tal lugar para que el Señor perdone mis pecados” y tal cosa. Y yo quisiera decirle: mira, amigo, el Señor no perdona los pecados porque usted cruce a tal lugar y suba la escalinata de rodillas. El Señor no perdona así; los pecados son perdonados cuando nos arrepentimos y nos convertimos, eso no es necesario. Pero, hermanos, hay que reconocer que quien tiene la devoción necesaria para llegar allá y subir de rodillas una escalinata, ese hombre tiene un entendimiento de que Dios es grande.
“Pero, Pastor, ¿y eso está bien?” No, no está bien, pero en el fondo, en el fondo, en el fondo, en ese deseo hay una buena actitud. Estoy compartiendo el evangelio con un vecino y él me dice: “Mira, yo soy un adorador del Divino Niño”. Yo: “Ok, vecino, vamos a leer la Escritura”. “Sí, yo todos los días, cuando me levanto, le pongo la mano al Niño Jesús”, y tiene su Niño Jesús ahí, lo tiene en diferentes lugares. Hermano, ¿usted cree que eso es lo que la Escritura enseña, que colgarse cosas en el cuerpo, el Niño Jesús…? Dice la Escritura que esos son ídolos que nada sienten. Pero en el fondo, en su idolatría, está manifestando que está buscando al Señor, aunque por ahí no se llegue.
Son muchos los que quieren comprar el reino de los cielos con donaciones, con generosidad. Hay empresarios en esta tierra que usted va y le dice: “Mira, tenemos un proyecto para la iglesia, o no, para la iglesia”, y dicen: “Hay dinero, a mí me encanta contribuir con la obra del Señor”. Ellos entienden que con eso están comprando el favor del Señor, y con dinero no se compra el favor del Señor. Pero cuando una persona quiere contribuir generosamente, manifiesta que hay un entendimiento en él, y en el fondo, en el fondito, aunque sea en el fondito, ahí hay algo que es bueno.
Religiosidad popular y puntos de contacto
Cultivando la moral, falsos mediadores de cantidad; gente orando hoy a ídolos, a María, al Divino Niño; idolatría. Hay gente que tiene la Biblia abierta en el Salmo 23 y siente que eso le da protección. Se le pone la página dura en el Salmo 23 ahí, hermano, pero ellos tienen abierto el Salmo 23 y tú ni siquiera lo has leído. ¿Y usted cree, hermano, que eso al Señor le agrada? No. Dice la Escritura que es en el corazón, en la mente; que uno tiene que vivir la palabra del Señor. La Biblia no funciona como un objeto. Sin embargo, que una persona tenga en su casa abierta la Biblia en el Salmo 23 a ti te anuncia que esa persona, parece, tiene el deseo de hacer una alianza con Dios, aunque sea con engaño, aunque sea con despropósito, aunque por ahí no se llegue.
Pero están bien intencionados. Crucifijos… Hay gente contando toda la cuenca con un crucifijo. Hermano, no es lo mismo una cruz que un crucifijo. Un crucifijo es un objeto de adoración. Nosotros no adoramos la cruz. Nosotros adoramos a Cristo, que murió por nosotros en la cruz. Por eso la cruz que enseñamos es una cruz que está vacía, porque entendemos que Cristo ya resucitó de entre los muertos y venció la muerte. Bueno, hay gente que tiene el crucifijo porque entiende mal: “El crucifijo me libra de accidentes, el crucifijo me trae buena suerte; cuando yo ando con el crucifijo yo estoy bien con Dios”. Y quizá tú le digas a esa persona: “Amigo, no es la manera en que el Señor ha establecido. No por María, no por crucifijo. Hay un solo mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo hombre. Pero tu intención está muy buena”.
Usted dirá: “Pastor, eso no es muy raro lo que usted está diciendo”. Es lo mismo que hizo Pablo cuando llegó a Atenas. El apóstol llegó a Atenas y lo primero que hizo cuando llegó a la ciudad fue visitar los altares de Atenas, donde les prendían fuego, donde les ofrecían sacrificios a esas deidades que nada sienten. Y Pablo fue a Atenas y revisó todos los dioses que tenían, y entre los dioses encontró uno. Los atenienses eran tan, tan y tan religiosos que tenían un dios por precaución, un “backup”, por si acaso aparecía uno que ellos no estaban adorando, y le ponían —oigan la religión que tenían los atenienses— un altar: “Al Dios no conocido”.
Esta gente tenía tanto deseo de encontrarse con el Creador que tenían decenas y decenas de dioses, pero hubo alguien con astucia que dijo: “Mira, puede ser que haya un Dios en alguna parte del mundo que todavía no le estemos adorando; pongan uno ahí, pónganle debajo: ‘Al Dios no conocido’. Si aparece algún Dios que nosotros no hayamos encontrado y no le estemos dando adoración, cuando él llegue, pónganle”. El apóstol Pablo entró a la ciudad de Atenas y, desde el Areópago, dijo: “Oh, varones atenienses, yo he estado explorando su ciudad y he visto que ustedes son muy religiosos. Yo vine a presentarle al Dios no conocido”.
Comentarle esto, hermanos: tú te encontrarás en tu transitar personas que manifiestan una religión equivocada, personas que manifiestan una adoración que no es la adoración que el Señor está esperando, que en muchos sentidos es hasta ofensiva, pero no deseches a las personas completamente, porque ahí debajo hay una intención de adoración. Los gabaonitas mintieron, engañaron, usaron a los demás, pero en el fondo, en el fondo, ellos reconocían que había un Dios poderoso que estaba a favor de ese pueblo.
Gente que está aquí presente, quizás ustedes mismos anteriormente eran adoradores de dioses falsos y fueron alcanzados con misericordia. Reconocemos también, hermanos, el error de liderazgo, una imprudencia: no haber consultado con el Señor. Una imprudencia, ¿verdad? Pero hasta ese despropósito el Señor lo utilizó para glorificarse. Tengo que moverme al otro punto, pero recalco aquí: miren, hay gente que usa medios incorrectos, pero que está muy bien intencionada; en el fondo lo que quieren es adorar al Señor. Lo que hace falta es que usted le diga: mira, arrepiéntete de tus pecados, confiesa tu pecado ante el Señor y haz su voluntad. Eso es lo que hace falta, pero en el fondo de lo que tú estabas haciendo hay una buena intención.
Fe torpe pero insistente: ejemplos bíblicos y llamado a discernir
Hay cosas muy raras en la Escritura. Hubo una mujer que tenía un flujo de sangre que intentó robarse el milagro del Señor. Y usted me dice: “¿Y hay que robárselo el milagro al Señor?” No, el Señor te lo da generosamente, pero esta mujer, entendiendo su indignidad: “A menos que yo tome al Señor desprevenido por la espalda y le toque el manto, yo no voy a recibir mi milagro”. Y usted me dice: “¿Hay que robarle un milagro al Señor?” El Señor dice: “Vengan a mí los que están trabajados y cargados, y yo los haré descansar”. Pero esta mujer, que tenía un flujo de sangre, una necesidad, fue entre la multitud y tocó al Señor así de lejos. ¿Y sabe qué dijo el Señor? “Ey, yo sentí que de mí salió virtud. Yo sé que el milagro operó”. E hizo que la mujer confesara su necesidad, y esa mujer encontró salvación.
Al mismo tiempo, yo veo esto con tristeza: hay incrédulos que manifiestan más expectativas, más devoción, que algunos de nosotros mismos como cristianos. Hubieron unos señores —digo señores, la Biblia no dice su edad— que tenían un amigo paralítico. Y su amigo paralítico… ellos entendían que el Señor lo podía parar de la cama. Y entre todos ellos cargaron a su amigo paralítico, llegaron a donde estaba el Señor, y cuando llegaron donde estaba el Señor encontraron que no podían entrar a la casa, había tanta gente reunida. “Se nos va a quedar nuestro amigo; tenemos que hacer algo”. Porque, óyeme, pero qué gente tan avispada. ¿Saben lo que hicieron? Le quitaron el techo a la casa y bajaron en sogas al paralítico desde allá.
Y usted me dice: “¿Y había que desmontarle el techo a una casa para bajar un paralítico?” Hermano, esta gente tenía la plena convicción de que el Señor tenía poder para sanar a su amigo y era necesario hacerlo. No, no era necesario, pero el Señor vio su fe. ¿Y sabe qué dijo? El Señor lo sanó y lo salvó. Primero le dijo: “Tus pecados te son perdonados”, y después le dijo: “Levántate y anda”. Jacob, hermano, Jacob se embotó con un ángel. Y agarró a ese ángel —ahí en Génesis aparece—, aprovechando un ángel, y le decía al ángel: “Si no me bendices, no te vas; si no me bendices, no te vas”. Y usted dice: “Pero qué hombre tan agresivo es este, que se le quiere rellenar a un ángel”. Era un hombre que estaba absolutamente convencido de que ese ángel podía decir algo que iba a ser para su bendición.
¿Qué le estoy diciendo con esto? Que hay medios que la gente utiliza que no son necesarios, a veces que son hasta contraproducentes, pero que en el fondo anuncian devoción. ¿Qué pasaba con el pueblo de Gabaón? Un pueblo de gente que no tenía la ley de Dios, un pueblo de gente que estaba acostumbrada al engaño, e intentó engañar, pero el Señor permitió que con Gabaón se hiciera una alianza.
Paso a otro punto, hermanos. En primer lugar les he enseñado dos actitudes diferentes: un grupo de hombres soberbios y un pueblo de gente humilde. Les he enseñado que, si bien lo que hicieron estaba mal —no afirmamos el engaño—, al mismo tiempo les diré que la actitud que tenían de hacer alianza con el pueblo del Señor es algo celebrable.
El valor del pacto y la doctrina de la justificación
Permítanme hablar de los versículos del 15 al 20. Dice que el pueblo de Israel hizo pacto con ellos:
Y Josué hizo paz con ellos, y celebró con ellos alianza, concediéndoles la vida; y también lo juraron los príncipes de la congregación.
— Josué 9:15
Lo primero, hermanos: el valor de un compromiso. Digo esto con pena, y es que siento que los compromisos cada vez se relajan más. Y la gente dice hoy una cosa y mañana la otra; el pueblo del Señor no debe ser así. Dice la Escritura que nuestro “sí” sea “sí” y nuestro “no” sea “no”. Ciertamente, fueron e hicieron pacto por engaño, pero los príncipes hicieron pacto, y ya cuando hicieron pacto y descubrieron el engaño dijeron: “No podemos devolver esto”.
¿Cómo se describe un pacto? Lo primero es paz y luego alianza. Paz significa ausencia de conflicto, y alianza, trabajo conjunto. Ellos dijeron: entre nosotros no va a haber guerra; y por otro lado, vamos a trabajar juntos, vamos a ser pueblos aliados. Una cosa, con relación a los pactos, que tengo que decirles para exponer después la doctrina, es que esto no se trata de un sentimiento; era un asunto legal. No era de que: “Ay, ahora ellos y yo somos amigos”. No, no. Era un pacto formal. A un punto tal que, si mañana tú estás guapo, el pacto se mantiene; si tú estás contento, también.
¿Por qué tengo que hablar del pacto, hermanos? Porque la salvación que nosotros tenemos con el Señor no es un asunto de emociones, es un asunto de pactos. Muchos hermanos míos han hecho profesión de fe y han venido a los caminos del Señor, y a veces piensan: “Yo como que ya no soy cristiano”. Usted hizo un pacto con el Señor. “Sí, pero es que yo le he fallado”. A pesar de que usted le falle, el Señor se mantiene fiel. ¿Qué convicción tenemos en esto, hermanos? Que nosotros estamos haciendo pacto con uno que es tan fiel, que aunque nosotros nos descarriamos, él se mantiene fiel.
¿Qué nos enseña esto con relación a nosotros mismos? Miren, los gabaonitas mintieron, hicieron chanchullos, cosas muy feas, pero el pueblo del Señor entendió: si con esa gente hicimos pacto, hay que mantenerles el pacto. Al día de hoy eso crea mucha confusión, porque hay hermanos míos que se comportan de manera imprudente y la gente dice: “Wow, pero ¿ese es cristiano?”. El asunto es que es un pacto, y mientras tanto él mantenga las credenciales de un pacto y él crea en ese compromiso y no lo rompa, es un cristiano. Es un cristiano pecador, es un cristiano inmoral, pero hay un pacto con él.
Los pactos se han relajado, pero no era un asunto emocional, era un asunto legal. Fue endosado por el líder, también por los príncipes, y esto tenía valor ante Dios. Se demostró el valor tan grande que esto tenía ante Dios en el pacto que Israel hizo con Gabaón, a pesar de que fue un pacto fruto del engaño. Tiempo después de Josué se levantó rey en Israel y vino Saúl, y en un arranque de nacionalismo que operó, Saúl quiso perseguir a Gabaón y matarlos. ¿Y saben qué hizo el Señor? Mandó destrucción a Israel, y hasta que no dejaron de perseguir a los gabaonitas, en Israel no hubo paz.
¿Y por qué? Porque el Señor había establecido pacto con Gabaón. Hermanos que están aquí presentes, si usted tiene una relación con el Señor, no es un asunto de emoción de que: “Ay, yo hoy lo siento, mañana… como que al Señor lo siento ahora muy cerca y a veces lo siento muy lejos, ya yo no soy un cristiano”. Es un pacto que tienes con el Señor. Él dice que tenemos pacto en su sangre.
No es que yo hoy lo siento y mañana no. Hermanos, en mi vida cristiana muchas veces yo he dejado de sentir a Dios. “¿Pastor, usted, como pastor, ha dejado de sentir a Dios?” Así mismo. Yo he sentido que mis oraciones no pasan del techo. ¿Y qué yo hago en esos casos? Busco las Escrituras, busco la palabra de la Escritura que me dice que yo tengo un pacto con el Señor. No es cómo Rafael se sienta, es lo que Dios dice. El cristianismo es un camino de convicción, no un camino de emoción. Hay gente que se emociona y dice: “Ay, yo soy un cristiano”, y mañana no lo es. No, es un asunto de convicción: yo tengo el pleno convencimiento de que el Señor ha borrado mis pecados, de que tengo una relación con Él.
Eso es lo que anuncia la comunión, el pacto en su sangre. Que tú sientas o no lo sientas, Israel esté guapo o no, no anula el pacto. ¿Cuál fue la consecuencia de la imprudencia? Murmuración. El pueblo murmuró. El pueblo murmuró, pero la gente ya estaba adentro. Usted puede entender lo que estoy explicando. Quizá tú sientas: “Yo no merezco ser un cristiano”, pero el Señor firmó contigo un pacto. Ese es el lío. “Fulano no lo merece”, pero el Señor murió por él, igual que por ti. No deseamos el engaño, no deseamos, hermanos, la inconstancia en los caminos del Señor, pero tenemos que reconocer que tenemos una esperanza, y una esperanza cierta y firme. Fiel es el que prometió.
En esto tengo que reconocer también lo que se ve en los versículos 19 al 21, y es la valentía que tuvieron los líderes.
Valentía para sostener el pacto y recibir al distinto
Hermanos, el pueblo no estaba dispuesto a recibir a los gabaonitas, estaba murmurando. Versículo 19:
Mas todos los príncipes respondieron a toda la congregación: Nosotros les hemos jurado por Jehová Dios de Israel; por tanto, ahora no les podemos tocar.
— Josué 9:19
Y el versículo 18 dice que toda la congregación murmuraba contra los príncipes. Miren el liderazgo. Un pueblo a veces tiene que hacer cosas que el pueblo no entiende por los pactos. ¿Por qué, hermanos, que muchos quisieran que desde que algún nuevo creyente se cae, que lo dejáramos fuera, y vienen a darle con el palito? Yo tengo que quitar el palito de la mano y decirle: “Estate quieto, que el Señor murió por él”. “Pastor, pero mire lo que anda, en tal cosa”. No es nuestro deseo que ningún hermano de nuestra iglesia ande de manera imprudente, pero tenemos que entender que el Señor ha firmado con nosotros un pacto.
Es como los hijos. Usted no desearía que ningún hijo suyo se vuelva un perverso. “Llegó mi hijo borracho como una uva”. Estoy enojado, estoy triste, me siento mal por él; es mi hijo. Hermanos, yo estoy seguro que a Cristo le duelen más todos sus hijos que a nosotros mismos. Hay gente que tiene unos celos por cuidar las fronteras del pueblo del Señor: que no entre lo inconstante, que no entre el pecador, que no entre… Mire, si Cristo murió por ese, que venga el gabaonita como venga. Y Cristo murió por él, y por ti también, y por ti, y por mí.
Y que tampoco los judíos eran muy buenos. El Señor tenía que decirle a su propio pueblo Israel cada cierto tiempo: “Recuérdense que yo hice un pacto fue con Abraham, que no es que ninguno de ustedes merezca lo que tiene, sino que yo hice pacto con Abraham”. Es un asunto de pacto, es un compromiso divino con el hombre. Porque los judíos a veces creían que ellos eran el pueblo del Señor porque eran buenos. El Señor les decía siempre: “No hay justo ni aun uno; todos se descarriaron como ovejas”. Pero hay gente con los cuales yo he entrado en alianza, y con quienes yo entré en alianza, hay que hacerles un espacio en el pueblo del Señor.
Hermanos que están aquí presentes, yo quiero invitarles a que sean un poco más receptivos con la gente que venga. Te encontrarás personas que vienen y el Señor le enseña: “Mira, yo tengo un pacto con el Señor, yo me he arrepentido de mis pecados”. “¿Wow, tú te arrepentiste?” “Sí, y me convertí también, y yo tengo en mi corazón el testimonio de que el Señor borró mis pecados”. “Ay sí, oye, pero tú todavía no pareces un cristiano”. Bueno, pero es un cristiano. ¿Tú crees que un gabaonita se parecía a un judío? ¿Qué tenía en común un gabaonita con un judío? Nada. Yo me imagino el tremendo reperpero que fue para Israel recibir a un pueblo tan grande, en medio de gente que no era como ellos, pero tuvieron, hermanos, que agarrar a los gabaonitas, porque ya eran parte del pueblo del Señor.
¿Cuál fue la respuesta del liderazgo? Me llama la atención esto. Primero, valentía. Quizá el liderazgo se sintió como: “Wow, se nos va a tirar el pueblo en contra por lo que hemos hecho, por nuestro error. ¿Qué hacemos, los matamos?” “No, no, no. No le podemos poner la mano, porque hicimos pacto con ellos en el nombre del Señor”. Qué valentía manifestaron estos príncipes. ¿Vas tú a tener valentía para defender a la persona porque Cristo ha muerto por ella?
Yo a veces como que veo hermanos que son tan, tan duros con los que vienen llegando, y digo: “Hermano, estate quieto; Cristo murió por él, y tú eras así también hace poco tiempo”. Lo que pasa es que se les olvida. A mí me consta que hay hermanos que han hecho profesión de fe en nuestra iglesia, que a veces quizá han estado ebrios por ahí, han estado dando mal testimonio, han estado poniendo los ojos donde no tienen que ponerlos. ¿Y qué hacemos con ellos? Vamos a enseñarles, como a los gabaonitas, cómo es que se vive en el pueblo del Señor. Pero están dentro.
Otra cosa prudente: corrección. Les designaron leñadores y aguadores. ¿Cuáles son las implicaciones de este segundo punto? La doctrina de la justificación. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, y esto no es de nosotros, sino que es don de Dios”. La doctrina de la justificación nos dice a nosotros que, en el momento en que un hombre con sinceridad confiesa sus pecados, independientemente de que ese hombre sea o no sea, en este momento, bueno, le es imputada la justicia de Cristo. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios, y esto no es de nosotros; es un don de Él, no porque lo merecíamos”.
Les he dicho, en primer lugar, que hay dos actitudes en el mundo: gente que se opone a Dios y gente que tiene la humildad de reconocer su verdadera condición y trata de hacer con Dios un pacto. En segundo lugar, les he dicho que el compromiso tiene un valor, y que cuando Dios dice algo, Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.
Convicción, no emoción, y el carácter legal del evangelio
Alguien me dice a veces: “Pastor, yo me convertí, pero yo no siento nada, como que no me siento emocionado, como que no siento nada. Yo sé que acepté al Señor, pero no siento”. Quisiéramos que sienta, ¿verdad?, que sienta la convicción de haber sido perdonado, pero si usted no siente nada, le repita a usted mismo: “Justificados, pues, por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”. Los documentos legales no son para emocionarse, son para creerlos; son derechos que se otorgan.
Yo lo anuncié a usted una vez, y recuerdo haberlo dicho en esta misma iglesia: los certificados de depósito no tienen colores, no tienen dibujitos; tienen derechos. Un título de una casa… a nadie le ponen un título de una casa con dibujitos. Lo que dice ahí es cuántos metros cuadrados son, dónde que están y de quién son. Esa es nuestra identidad en Cristo, es un asunto legal. Si Cristo te ha aceptado como tu Salvador, usted, por la fe —es un asunto legal—, la doctrina de la justificación.
Paso a mi último punto al respecto, los gabaonitas: el privilegio de servir.
De engañadores a servidores del templo
Josué les llamó de nuevo. Versículo 22 en adelante:
Y llamándolos Josué, les habló diciendo: ¿Por qué nos habéis engañado, diciendo: Habitamos muy lejos de vosotros, siendo así que moráis en medio de nosotros? Ahora, pues, malditos sois, y no dejará de haber de entre vosotros siervos, y quien corte la leña y saque el agua para la casa de mi Dios.
— Josué 9:22–23
Qué problema: un pueblo extraño, oigan el oficio que le han asignado. Bueno, si los judíos eran sensibles, como les enseñé el domingo pasado, con su frontera y su muro, imagínense ustedes lo sensibles que eran con su templo. Y cuando vienen los gabaonitas, una gente que no conoce la ley de Dios, que no conoce la ley ritual, que no conoce la norma de alimentación, que no tiene una historia común con ellos, que no conoce sus fiestas… óigan la responsabilidad que le dan: atender la leña y el agua.
¿Saben qué agua era esa que ellos cargaban? El agua con que los judíos se limpiaban para que ritualmente les fuesen perdonados sus pecados. ¿Y la leña? ¿Entonces en qué leña era esa? La leña que le ponían al altar de sacrificio para tener expiación. ¿Y a quién le han dado ahora mismo la ministración del “back office” de la casa de Dios? A los gabaonitas. Quiero enseñarle con esto, hermanos, algo que escandaliza a cualquiera: los gabaonitas que no le pongan la mano a la leña del Señor; “El templo está en manos extrañas”, van a decir. Es muy raro eso, pero era esa gente la que le llevaba la leña para el sacrificio, la que cargaba el agua para el sacrificio, para el lavacro, para la purificación.
¿Cuál fue la respuesta de Josué? Él les preguntó primero para que reconocieran su falta, pero después ellos expresaron también su motivación. ¿Para qué Josué les pregunta? Para que ellos sean evidenciados: “Mira, nosotros hemos engañado”. Pero también ellos dijeron que tenían una motivación, y era una motivación hasta cierto punto justa. ¿Cuál es su motivación? Está en el versículo 24:
Y ellos respondieron a Josué y dijeron: Como fue dado a entender a tus siervos que Jehová tu Dios había mandado a Moisés su siervo que os había de dar toda la tierra, y que había de destruir a todos los moradores de la tierra de delante de vosotros, por eso temimos en gran manera por nuestras vidas a causa de vosotros, e hicimos esto.
— Josué 9:24
Humildad: “tus siervos”. Temor de Dios. Óigan qué características estas: son gente que está reconociendo: “Es verdad, nosotros mentimos, pero lo hicimos porque teníamos temor de Dios”. ¿Qué más? Él constató su sinceridad, y es así mismo. El versículo 25 dicen ellos:
Ahora, pues, henos aquí en tu mano; lo que te pareciere bueno y recto hacer de nosotros, hazlo.
— Josué 9:25
Esta es la actitud que tiene una persona cuando se convierte. Cuando tú aceptas a Cristo, tú lo que vienes al Señor y le dices: “Señor, mira, yo he estado haciendo un grupo de cosas que son muy raras, que yo sé que a ti no te agradan, pero estoy aquí en tu mano; ¿qué tú vas a hacer conmigo?” Dice así el refrán: que el que debe, ruega y paga. Nadie viene a Cristo con el pecho abierto de que: “No, yo vine aquí, y me queda mi terreno en Israel porque yo me lo gané”. No, usted viene humilde y le dice: “Señor, yo reconozco que he estado viviendo de espaldas a ti, que no he estado haciendo tu voluntad, y yo estoy en tu mano”.
Esa es la actitud: “Estoy en tu mano”. Y muy probablemente del Señor reciba la responsabilidad de servirle en su casa. Hermanos, ¿cuáles eran las implicaciones prácticas de esta unión Israel–Gabaón? ¿Cuáles eran las implicaciones prácticas? Lo primero es que los judíos iban a estar un poco incómodos. Los judíos eran tan religiosos que no le daban la mano a una gente que era de otro pueblo, y ahora no solamente hay que darle la mano, sino que hay que dejar que esta gente le ponga la mano al altar del Señor y al lavacro.
¿Cuáles eran las implicaciones prácticas? Que esta gente no conocía la ley de Dios. ¿Qué le esperaba a Gabaón? Que la conozcan. Yo me imagino que hubo que buscar con urgencia “escuelita bíblica” para los gabaonitas, para que esta gente por lo menos conozca los asuntos básicos, pero ya son parte del pueblo. O sea, vamos a ver cómo a esta gente la integramos, vamos a tener que integrarlos.
Integrar a los nuevos: paciencia y enseñanza
¿Cuáles eran las implicaciones prácticas? Yo me imagino las controversias que había en Israel. Pónganse un ejemplo: los judíos no comían cerdo. “Vecino, lo invito para mi casa”, y cuando llega le dan una patica de cerdo. “Ay, vecino, es que en Israel no se come esa cosa; bota ese caldero”. Es un lío, hermanos, integrar dos pueblos. Entiéndanme, yo no sé si mi iglesia local me está entendiendo este asunto: integrar dos pueblos es un sacrificio. Es compartir con gente que no es como tú, pero que necesita también de Dios. Es compartir con gente que no conoce lo que tú conoces, pero que lo va a llegar a conocer, y mientras tanto hay mucha controversia.
Esa gente no conoce la fiesta, no tiene la historia, no vieron cuando Dios les dio la ley, que el monte estaba echando humo, ni tampoco vieron la piedra echando agua. Esa gente no tiene historia con nosotros, pero la puede conocer. ¿Qué significa esto para nuestra iglesia local, hermanos? Dice Mateo 28:20 que tenemos que ir por todas las partes del mundo haciendo discípulos para Cristo, y que cuando las personas son hechas discípulos para Cristo, entonces lo que sigue es esto: “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”.
¿Cuál es la implicación práctica para la iglesia local que esto tiene? Que cuando otro pueblo es integrado —dice la Escritura que vayamos por todas las partes del mundo haciendo discípulos—, lo siguiente es: “enseñándoles a que guarden todas las cosas que yo os he mandado”. Hermanos de nuestra iglesia local, quiero invitarles a ser un poco más sensibles con los que no conocen a Dios. Hay gente que alcanzó salvación y todavía no ha leído el evangelio de Juan. Hay gente que alcanzó salvación que todavía no sabe cómo se comporta un cristiano. Hay gente que ya es parte de nuestro pueblo y necesita que se le enseñe a guardar todas las cosas que el Señor ha mandado. Tengamos la paciencia necesaria.
No significa esto, hermanos, que estemos respaldando conductas incorrectas. No significa esto, hermanos, que queramos que el pueblo del Señor se contamine. Lo que significa esto, hermanos, es que si el Señor hizo pacto con Gabaón, Israel, lo mejor que ustedes pueden hacer es enseñarles a guardar todas las cosas que el Señor les ha mandado. Iglesia local, todos nosotros en algún momento fuimos gabaonitas. Todos nosotros en algún momento fuimos agregados a un pueblo que no conocíamos.
Les pregunto a mis hermanos: ¿usted se recuerda cuando usted no sabía buscar la Biblia? Oh, pero es que hay gente que parece que siempre ha sabido dónde queda cada uno de los 66 libros de la Biblia, donde el dedo les ha llegado solo ahí. Hubo un momento: nuevo creyente en una iglesia, intentando buscar un texto en la Biblia y no sabe. “Enseñándoles que guarden todas las cosas que yo les he mandado”.
La responsabilidad del pueblo de Israel es integrar a Israel a todos aquellos con los cuales el Señor también hiciera pacto. La responsabilidad del pueblo del Señor en este tiempo es integrar a su iglesia local a todos los hombres que el Señor alcance, sin importar su condición, sin importar el prejuicio social que exista, y ayudarles a que lleguen a ser todo lo que el Señor quiere que sean. El próximo domingo yo estaré predicando acerca de otro caso de salvación extraordinaria: una prostituta que llegó a ser parte del pueblo del Señor. Cierre sus ojos un momento y encomiendo a la iglesia en oración.
Oración por la iglesia y por los que no conocen al Señor
Quiero orar primero por mis hermanos. Te pido, Señor, por mi iglesia local. Mira los miembros de nuestra iglesia, Señor, y te quiero pedir especialmente para que tú pongas en nosotros una sensibilidad especial para recibir a la gente que no es como nosotros. Permite que esta iglesia, Señor, sea una iglesia que tenga puertas abiertas. Permite, Señor, que en esta iglesia recibamos a todos aquellos con quienes tú has hecho pacto, del mismo modo que lo hiciste con nosotros. Permite, Señor, que seamos una iglesia sensible con la necesidad de quienes no te conocen, que seamos pacientes, Señor, con el más débil, que seamos pacientes, Señor, con el que no conoce lo que quizá ya conocemos nosotros.
Hermano, pídele al Señor ahí que te haga sensible a la gente que no es como tú: personas que quizás no tienen tu vocabulario, gente que dice malas palabras, gente que quizá está participando todavía en actos inmorales, personas que no conocen cómo se comporta un cristiano para glorificar al Señor. Pídele al Señor ahí que te haga sensible y que te dé paciencia. Pídele al Señor ahí que te dé la paciencia para integrar a otros, también para darles la bienvenida. Para que cuando el Señor a una persona le declare salvo, tú entiendas que ha sido salvo; para que cuando el Señor a una persona le impute su santidad, tú entiendas que es santo, sin importar su comportamiento.
Haz, Señor, de esta iglesia una iglesia sensible al que no te conoce; a que en esta iglesia los incrédulos se sientan bienvenidos; a que en esta iglesia, Señor, los gabaonitas, las personas que todavía no tienen temor de ti, aprendan a comportarse como cristianos. Oro al mismo tiempo por las personas que están aquí que todavía no se saben parte del pueblo del Señor. Qué privilegio… Vinieron los de Gabaón y dijeron: “Somos siervos, pero somos parte del pueblo de Dios”.
Pero si aquí hay gente que está dispuesta a dejar la soberbia de los pueblos de la tierra y a imitar a los gabaonitas en su humildad, este es un momento de salvación. Es tan sencillo como que tú confieses tu incapacidad, que tú confieses que no tienes la capacidad de hacer la voluntad del Señor y que clames. Dice la Escritura: “Clama a mí y yo te responderé”. El mismo Señor decía en Apocalipsis: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré, cenaré con él y él conmigo”. Un cristiano es una persona que confiesa sus pecados, se arrepiente y comienza a buscar la voluntad del Señor.
Dile al Señor en oración: “Señor, yo estoy consciente de que en este momento no soy parte de tu pueblo, pero al mismo tiempo se ha predicado que tú puedes justificarme a mí por la fe y hacerme parte”. Dile al Señor con tus palabras: “Padre, te pido que perdones mis pecados, inscribe mi nombre en el libro de la vida. En este momento yo me arrepiento de mis pecados, me convierto de mis malos caminos, comienzo a buscar tu voluntad”. Dice la Escritura, así mismo: “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, y vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”.
Dile al Señor ahí: “Perdona mis pecados, me arrepiento de ellos, me convierto, comienzo a buscar tu voluntad. Acéptame como tu hijo”. Dice la palabra del Señor —es su promesa, de aquel que no miente— que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Yo no sé qué tú estás sintiendo en este momento, pero si tú, con sinceridad, has reconocido tu pecado delante del Señor y te has arrepentido de ellos y le has pedido a él que quieres ser parte de su pueblo, él dice que al que a él viene, él no le echa fuera.
Ten la plena convicción de que tú eres un cristiano, sin importar lo que estés sintiendo. Y yo te invito a que el próximo domingo vengas a nuestra iglesia, te integres en los talleres de membresía, y al final del culto de hoy acércate a mí, que quiero también acompañarte, darte la bienvenida al pueblo del Señor.
Oro por toda la congregación: bendice, Señor, este pueblo que se reunió hoy para cantarte, para adorarte, para ser instruido en tu palabra. Permite que el próximo domingo más personas que no te conocen estén aquí presentes también. Aumenta, Señor, esta congregación, permite que más personas de esta gran ciudad sean expuestas a tu palabra. Todo esto para la gloria tuya. En el nombre de Jesús, amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos, y preparémonos para que el Señor aumente nuestra iglesia.