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Reconstruyendo el muro - La frontera necesaria

Nehemías 2:11-20

Dios reconstruyó el muro de Jerusalén para fortalecer la identidad de su pueblo y marcar una frontera sana con las naciones; de la misma manera, la iglesia debe mantener una separación saludable del mundo sin dejar de invitarlo a entrar por la puerta del evangelio.

Predicado16 de marzo de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden buscar sus Biblias en Nehemías, capítulo dos, y dejarlo allí abierto. Estaremos exponiendo las Escrituras, Nehemías capítulo dos desde el versículo 11 y hasta el versículo 20. Es la reconstrucción del muro de Israel, el muro de Jerusalén, la ciudad amurallada, capítulo dos del libro de Nehemías. En estos últimos domingos he estado exponiendo las Escrituras en lo que los judíos conocen como literatura del segundo templo, todo lo que abarca desde la reconstrucción de Israel en tiempos de Zorobabel hasta los tiempos de Daniel, los tiempos de Nehemías. Esto es la literatura judía; ellos le llaman esto literatura del segundo templo, también se le llama el regreso del cautiverio. Recuerden que el pueblo de Israel fue formado milagrosamente por el Señor, fue colocado en una tierra que no le correspondía, pero que el Señor le permitió que ocuparan ese territorio providencialmente.

Con la condición de que tenían que hacer ahí la voluntad del Señor, y que si le obedecían, entonces iban a habitar en esa tierra, pero que si desobedecían al Señor, entonces serían deportados. El Señor envió una gran cantidad de profetas para que le entraran al pueblo por su desobediencia. El pueblo nunca llegó a tener un verdadero arrepentimiento, entonces fue deportado a otra tierra, fue deportado a Babilonia y después de Babilonia, al pasar 70 años, tal cual lo profetizó el Señor a través de sus diferentes profetas, entonces el pueblo fue nuevamente regresado a su tierra. Después de 70 años vemos el regreso del cautiverio. Todos estos sermones han estado en ese mismo período de tiempo, la reconstrucción de Israel. Hemos visto, por ejemplo, la edificación del altar, después la construcción del templo y hoy estaremos viendo la edificación de los muros, reconstruyendo el muro, y veremos que esto es una frontera necesaria.

Antes de exponer las Escrituras le invito, ahí donde están, cierren sus ojos ante el Señor y que le pidamos como iglesia que sea Él el que nos dirija, que sea Él el que nos acompañe, que sea Él el que nos fortalezca. Oremos en este momento y nos presentamos en oración. Estamos por exponer las Sagradas Escrituras; Señor, Tú mismo cuando estuviste en medio nuestro nos dijiste que escudriñáramos las Sagradas Escrituras porque eran ellas las que daban testimonio de Ti. Te queremos pedir en este momento que seas Tú acompañando a nuestra iglesia local, que seas Tú, Señor, pastoreando a Tu iglesia a través de Tu Palabra, que seas Tú poniendo el entendimiento, que sea Tu Santo Espíritu en medio nuestro fortaleciendo nuestra voluntad. Permite, Señor, que este sermón basado en Nehemías pueda marcar una diferencia en nuestra actitud hacia el mundo, pueda marcar una diferencia, Señor, en nuestra vida cristiana.

Y que podamos hacer, Señor, lo que conviene, todo esto para la gloria tuya. En el nombre de Cristo, amén. En su programa está en manos la introducción de este sermón. Dice que al regreso del cautiverio el pueblo de Israel emprendió el proyecto de reconstrucción de la ciudad en diferentes etapas y bajo diferentes líderes. Primero se reconstruyó el altar, luego el templo y después los muros. La reconstrucción de los muros podría parecer un proyecto innecesario, un proyecto poco prioritario y muy costoso, sin embargo, Nehemías, impulsado por Dios, sí entendía que era absolutamente necesario el muro. El muro apuntaba a un doble propósito. En primer lugar, el muro fortalecería la identidad de Israel y, en segundo lugar, el muro le recordaría a los pueblos que estaban alrededor que, aunque estaban físicamente cerca, permanecían separados del pueblo de Dios.

Este relato guarda una estrecha relación con la iglesia, pues aunque vivimos dentro del mundo y estamos bajo la autoridad temporal de gobernantes impíos, Cristo espera que seamos un pueblo particular, que recordemos siempre que estamos en el mundo pero no somos del mundo, y les recordemos a los hombres su verdadera condición ante Dios. Las preguntas son: ¿están notando nuestros relacionados que ahora somos diferentes? ¿Les estamos recordando su verdadera condición ante Dios y la forma en que pueden unirse a su pueblo? Acompáñenme a Nehemías capítulo dos y leamos la Escritura desde el versículo 11 en adelante. Dice así la Palabra del Señor, es Nehemías hablando de forma autobiográfica.

Llegué, pues, a Jerusalén, y después de estar allí tres días, me levanté de noche, yo y unos pocos varones conmigo, y no declaré a hombre alguno lo que Dios había puesto en mi corazón que hiciese en Jerusalén, ni había cabalgadura conmigo, excepto la única en que yo cabalgaba. Y salí de noche por la puerta del Valle hacia la fuente del Dragón y la puerta del Muladar, y observé los muros de Jerusalén que estaban derribados, y sus puertas que estaban consumidas por el fuego. Pasé luego a la puerta de la Fuente, y al estanque del Rey, pero no había lugar por donde pasase la cabalgadura en que iba. Y subí de noche por el torrente, y observé el muro, y di la vuelta, y entré por la puerta del Valle, y me volví. Y no sabían los oficiales a dónde yo había ido, ni qué había hecho; ni hasta entonces lo había declarado yo a los judíos y sacerdotes, ni a los nobles y oficiales, ni a los demás que hacían la obra. Les dije, pues: Vosotros veis el mal en que estamos, que Jerusalén está desierta, y sus puertas consumidas por el fuego. Venid y edifiquemos el muro de Jerusalén, y no estemos más en oprobio. Entonces les declaré cómo la mano de mi Dios había sido buena sobre mí, y asimismo las palabras que el rey me había dicho. Y dijeron: Levantémonos y edifiquemos. Así esforzaron sus manos para bien. Pero cuando lo oyeron Sanbalat horonita, Tobías el siervo amonita, y Gesem el árabe, hicieron escarnio de nosotros y nos despreciaron, diciendo: ¿Qué es esto que hacéis vosotros? ¿Os rebeláis contra el rey? Y en respuesta les dije: El Dios de los cielos, él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos; porque vosotros no tenéis parte, ni derecho, ni memoria en Jerusalén.

— Nehemías 2:11-20

La aparente inutilidad del muro

Lo que vemos aquí, hermanos, es la historia del comienzo de la reconstrucción del muro. El domingo pasado veíamos el ánimo que el pueblo tenía para reconstruir la ciudad, reconstruir el templo. Veíamos anteriormente la reconstrucción del altar. Todo esto compone la reconstrucción de la ciudad. El muro fue la última etapa y se comenzó en tiempos de Esdras. Antes de entrar al sermón, el cual yo cubriré en dos puntos principales, quiero enmarcar un poco esta parte. Estos puntos principales son el propósito del muro: en primer lugar, el propósito interno y después el propósito externo. Pero antes de esto, en el primer punto me gustaría explicarle la aparente inutilidad que tenía este muro. Quizá de los proyectos que se reconstruyeron, de los proyectos de reconstrucción de Israel, el proyecto que parecía más innecesario era reconstruir el muro de la ciudad.

Tenía una aparente inutilidad. Usted me pregunta: ¿para qué una ciudad que está todavía bajo el dominio de Persia quiere construir un muro? Los muros se construyen para apartarse, los muros se construyen para defenderse, pero ¿de qué había que defender? Ellos no tenían autonomía como ciudad, estaban bajo el dominio de otro pueblo. No era este el Israel en tiempo de Salomón que tenía un ejército, no era el Israel en tiempo de David que tenía valientes. ¿Para qué son los muros? Los muros son para defensa y para que, ayudados por un muro, se pueda detener un poco el ataque para que el ejército interno entonces pueda contraatacar. Si venían los enemigos a atacar a Jerusalén, ¿para qué iba a servir el muro?

¿Qué era Jerusalén en tiempos de Esdras? Era una ciudad desabastecida, era una ciudad empobrecida, era una ciudad destruida. Esdras, Nehemías, ¿no hay otro proyecto que sea más prioritario que reconstruir el muro? Nehemías decía que el muro era necesario. Quizás le decían los judíos: nosotros estamos acostumbrados a vivir sin muros. Ya nosotros vivimos tantos años en Babilonia, 70 años en Babilonia y en Persia, y no tuvimos muros y, aun así, el pueblo permaneció. Lo que era más alarmante es que el muro podría tener aparentemente más daño que beneficio. Sus enemigos le decían que eso aparentaba que era rebeldía, y lo que menos Israel necesitaba en este momento era tener un problema con el gobernante de turno, pero Nehemías decía que era necesario construir un muro.

Llamaría la atención a sus enemigos pasivos. Hermano, quien construye un muro tiene algo para cuidar, tiene algo para defender o está maquinando algo. Que en Jerusalén se reconstruyera el muro, de algún modo iba a sonar la alerta en todos los pueblos vecinos de que en esa ciudad o hay algo para cuidar o algo se está tramando. Limitaría la movilidad, la producción, el comercio, los separaría del pueblo grande. Jerusalén en tiempos de Nehemías no era Jerusalén en tiempos de David, Jerusalén en tiempos de Salomón; era una ciudad despoblada y una ciudad despoblada, ¿para qué hace falta amurallarla? Cualquier persona que tenga sentido común lee la reconstrucción del muro y dice: es un proyecto innecesario. Porque hay que reconstruir muros en un momento en que nosotros éramos cientos de miles, pero en este momento se calcula que habían menos de 50,000 judíos que estaban habitando en esos pueblos de Jerusalén.

Parece un proyecto innecesario, ¿para qué separarse? El proyecto de reconstrucción de la muralla de Jerusalén es un proyecto necesario y me gustaría exponerle dos razones principales por las cuales este era un proyecto necesario y tenía que construirse. El primer propósito del muro, el muro fortalecería la identidad de Israel. El Señor está comenzando a hacer de nuevo a su pueblo y el pueblo necesitaba tener una identidad. En Jerusalén no solamente estaban habitando ya aquellos que eran parte del pueblo de Dios, habían otros pueblos, los llamaban los pueblos de la tierra, que estaban habitando allí, y el muro era necesario para fortalecer su identidad. Hay diferentes cosas que componen la identidad de un pueblo. El primer elemento que compone la identidad de un pueblo son sus gobernantes, son sus formas de gobierno.

Voy a poner un ejemplo: los romanos decían “César es el señor”, y miren, lo decían de buena gana. Cuando un romano decía “César es el señor”, estaba diciendo: nuestros gobernantes, el gobernante más grande, y ante él se doblan todos los pueblos. ¿Cuál es la identidad de una ciudad? En primer lugar, su forma de gobierno y sus gobernantes. Yo me sorprendo porque los españoles defienden la monarquía, y yo, que no habito bajo una monarquía, digo: eso es innecesario, ¿para qué la monarquía? Pero ellos te explican que la monarquía es necesaria porque es parte de la identidad. Gran Bretaña tiene su monarca, también es parte de su identidad. ¿Qué conforma la identidad de un pueblo? Sus gobernantes, sus formas de gobierno.

¿No recuerdan ustedes que Israel en un momento pidió rey y cuando le presentaron a Saúl, el pueblo se sintió complacido? Dijo el pueblo: ahora nosotros tenemos un hombre que nos representa, ese es el hombre que va a marcar la identidad de Israel, Israel ya se parece a las demás naciones. Estoy describiendo, hermanos, cuáles son los elementos de la identidad de un pueblo: en primer lugar, sus gobernantes o su forma de gobierno. Pero no estoy hablando aquí de Gran Bretaña, ni estoy hablando de España; en República Dominicana no es muy lejos. Miren, el día pasado el presidente dominicano fue a una cumbre internacional y habló duro, y sus niveles de popularidad se dispararon. Hermanos, Danilo Medina fue a una cumbre internacional, y uno está acostumbrado a ver a Danilo hablando bajito; Danilo habló duro y defendía la soberanía nacional. O, pero Danilo llegó aquí y se recibió con aplausos.

Y los dominicanos sintieron: por fin un presidente que nos defiende. Hermano, estoy hablando en este momento de la identidad del pueblo de Dios. ¿Qué conforma el proyecto de identidad? Lo conforman los gobernantes o su forma de gobierno. ¿Qué más? Las leyes. Cada pueblo tiene una constitución, tiene una normativa legal. Y en esto de nuevo cito los romanos: los romanos se daban el derecho romano, el famoso derecho romano. No hay tal cosa como derecho romano en el sentido de que tú lo puedas igualar a todos, pero se conocía así. ¿Qué más aparte de las leyes? Los usos y costumbres. Un pueblo es conocido por su gastronomía, por sus prácticas, por su música. Pero hay otra cosa que determina lo que es un pueblo: se llama territorio, territorialidad. ¿Qué sucedía en Israel? Que Israel necesitaba marcar su propio territorio porque ellos eran un pueblo particular, y era necesario que su identidad se fortaleciera. Ustedes están entre los otros pueblos, pero ustedes no son un pueblo más, ustedes son el pueblo de Dios, y el pueblo de Dios necesita fronteras.

Hay beneficios puntuales de que este muro sea levantado. Un muro reforzaría el sentido de pertenencia: tú eres parte del pueblo de Dios. Miren, cuando uno sale de su país y uno llega a su aeropuerto nuevamente y le dicen “Bienvenido a la República Dominicana”, uno se siente bien. Uno dice: este es el lugar al cual yo pertenezco. Hasta la persona que no tiene un espíritu patriótico muy desarrollado cuando ve “yo estoy de nuevo en mi país, bienvenido a la República Dominicana” siente ese sentido de pertenencia de que este es mi pueblo y esta es mi tierra, a esto pertenezco. ¿Y qué tiene que ver esto con la iglesia? Hermano, la iglesia, dice la Escritura, que es el nuevo Israel.

La iglesia como Israel espiritual y la necesidad de fronteras

Dice la Escritura que nosotros somos el Israel espiritual, y el Israel espiritual necesita tanta frontera como el Israel antiguo. Y lo que vengo a explicarles hoy es que la separación saludable que tiene la iglesia con el mundo no es un capricho. Así como en Israel había que reconstruir muros para que el pueblo entendiera que, a pesar de que habitaba entre otros pueblos, era un pueblo diferente, la iglesia del Señor tiene que tener alguna frontera que le separe y que le diga: aquí está la iglesia, y allí está el mundo. La iglesia tiene miembros, la iglesia tiene visitantes. La iglesia atiende a sus visitantes, pero tiene que entender hasta dónde llega el compromiso de la membresía. La iglesia celebra el crecimiento de su membresía, pero la iglesia también invita a que la membresía no se relaje, que se entienda quién está dentro y quién está fuera del pueblo del Señor. Había una parte del muro que le decían la parte gruesa, el muro ancho, y eso era una referencia a la fortaleza.

La iglesia necesita separarse del mundo, y vengo a enseñar que esto no es un capricho, que no es ego, que no es un asunto de orgullo, sino que es totalmente saludable y que al mismo mundo le hace falta que la iglesia se separe. ¿Cuáles eran los beneficios? Esto reforzaría el sentido de pertenencia. Israel decía: nosotros somos Israel y allá están los otros pueblos. Esto les recordaría que ellos eran un pueblo diferente, esto crearía un entorno relativamente seguro para hacer la voluntad del Señor. Quizás sus contemporáneos no entendían la urgencia del muro, pero Nehemías lo entendía. Nehemías sabía que cuando un muro se edificara, cada vez que los pueblos pasaran por allí, por sus puertas, a pesar de que entraran a Israel, ellos entenderían: ahora estamos dentro del pueblo de Dios. Había muros, había puertas, y cada vez que una persona cruzaba una puerta decía: yo dejé de estar en los otros pueblos y ahora estoy dentro del territorio del pueblo de Dios.

Hermano, la territorialidad es un asunto necesario. Dicen los sociólogos que el entorno condiciona la conducta. Yo he experimentado eso de primera mano. Cuando una persona está en un entorno organizado, por muy desordenado que sea, se comporta de manera organizada. Usted puede ser la persona que menos respete la señal de tránsito, pero si usted conduce en un país donde se respetan las señales de tránsito, el entorno condiciona la conducta. En Israel era necesario que existiera un muro porque ese muro decía: aquí hay un entorno donde se hace la voluntad del Señor, y dentro de estos muros, a pesar de que estamos nosotros bajo el dominio de Persia, dentro de estos muros está el pueblo que se ha resuelto tener la Palabra de Dios como ley, tener a Dios como su Señor y que aquí prevalezca su voluntad.

Nehemías, pero la mitad de estas cosas no existen ahora mismo. Sí, pero es necesario que se comiencen a hacer. Iglesia que está aquí presente, ¿cuál es mi ánimo? Mi ánimo es recordarte que, a pesar de que tú estás en el mundo, dice el Señor: “Ellos están en el mundo, pero ellos no son del mundo”. Le decía el Señor: “Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad”; decía Cristo: “Como tú me enviaste al mundo, yo les envío al mundo, pero ellos no son del mundo”. Iglesia que está aquí presente, ¿cuál es el ánimo con esto? Es que quizá parezca innecesario que nosotros tengamos una distinción saludable de ser la iglesia del Señor dentro del mundo, como tener una frontera sana, o mezclarnos simplemente con los otros pueblos, pero esto es útil y cuando la iglesia lo hace, le va bien a la iglesia y le va bien a los otros pueblos.

Algo que he visto es que cuando usted porta uniforme, usted tiene una actitud distinta. Si usted fuera un militar, usted no se comporta igual cuando está de civil que cuando está uniformado. En las empresas, cuando usted entra a su entorno de trabajo, ahí ya hay otras prioridades, hay un entorno distinto. Cuando usted le coloca un carné a una persona y usted le dice: usted es un empleado de esta empresa y usted tiene un uniforme en esta empresa, cuando usted entra ahí, usted comienza a respetar las normas de conducta de esa empresa. Miren, hasta la vestimenta habla. Yo probé eso hace unos años. Ahora mismo tengo una oficina en mi casa y de ahí hago algunos trabajos. Cuando yo necesito hacer un trabajo formal, yo me visto para trabajar.

Usted dirá: “Mira, Rafael, pero tú estás en tu casa”. Bueno, el asunto es que estoy en mi casa, pero si no me coloco una vestimenta que yo entiendo que es vestimenta de trabajo, entonces confundo mi tiempo de descanso con mi tiempo productivo. Y hay gente que eso no le da nada, pero a mí me afecta. Por ejemplo, si voy a trabajar en botines y en pantalones cortos, hay una vestimenta que es la vestimenta con la que yo trabajo y usted encontrará que si yo voy a trabajar mañana, yo me voy a levantar, voy a echar agua al cuerpo, me voy a poner mi ropa que es ropa de trabajo, pero hay otra ropa que es la ropa con la que yo hago ejercicio. Yo tengo un tenis amarillo, esos tenis amarillos no son ni para trabajar, eso es para descansar, son para correr. No sé si ustedes puedan seguirme el hilo de la argumentación, hermano: el entorno condiciona la conducta, la vestimenta condiciona la conducta, lo que tú dijiste que ibas a hacer condiciona lo que tú terminas haciendo.

Y a menos que haya un lugar en esta tierra donde uno sepa que estas son las fronteras del pueblo de Dios, uno no termina comportándose a la altura de la dignidad del llamado que el Señor nos ha hecho. ¿Por qué Israel tenía que separarse? ¿Era que Israel fuera mejor? No, no era que Israel era mejor que nadie, era que tenía una encomienda distinta, ya era un pueblo diferente. Las murallas de Israel fueron el último gran proyecto de reconstrucción y estaban delimitando el pueblo de Dios y decía: aquí está el pueblo de Dios, y todo el mundo es invitado a entrar por una puerta, porque cuando usted entra por una puerta, entienda que ha entrado a compartir con el pueblo de Dios.

Eran puertas, eran murallas. Lo que quería el pueblo es que la gente entrara, pero que sepa hacia dónde estaban entrando. Les he dicho cuál es el propósito del muro. No es un muro inútil, es un muro que va a delimitar. ¿Qué tiene que ver esto con la iglesia? Hermanos, tenemos nosotros como iglesia local que reforzar un poco nuestra identidad. Tenemos que recordar que somos el pueblo del Señor, que somos un pueblo especial. ¿Cómo podemos reforzar el sentido de pertenencia? Algo que yo he hecho énfasis en diferentes años de nuestra iglesia local es que le llamo la atención a los visitantes: no triples, hermano. Miren, atendámoslos como podamos atenderlos, de forma tal que se sientan tan bien como puedan sentirse.

Visitantes, membresía y puertas de entrada

Porque al final del día a la gente le conviene recordar cuándo está dentro del pueblo del Señor y cuándo está fuera, porque le conviene a ellos saberlo. “Pastor, ¿eso no es ser elitista, eso no es entender que uno es más especial que nadie?” No, no es eso. Así como cuando usted va a la clínica le conviene saber quién es el doctor y quién es el paciente, así como cuando usted entra a un restaurante usted sabe que usted va a entrar a un lugar donde lo van a atender y quién es el que está atendiendo, de la misma manera es necesario. Cuando una persona participa en un culto en la iglesia, entienda que está participando en el culto del pueblo de Dios, pero que no necesariamente en este momento yo soy parte del pueblo del Señor. ¿Y qué deseamos nosotros? Usted no se imagina lo que deseamos de que el pueblo del Señor crezca, pero, por favor, usted tiene que entrar por una puerta.

Yo como pastor de iglesias, hermano, yo quisiera que cada persona que pasara por esa puerta fuera un miembro del pueblo del Señor; yo quisiera cargarlo. Jorge se me acercó el domingo pasado, que él quiere ser bautizado; yo casi le di besitos. No sé si me entienden en esto, o sea, la pasión que hay en el pueblo del Señor es que el pueblo crezca, pero, por favor, que exista una puerta por la cual los otros pueblos entren. Si Israel no tuviese muros y puertas, entonces todo el que estuviera en el territorio entendería: también soy parte del pueblo del Señor. No. Hay muros y usted dirá: “Pero esos muros no son muy altos, yo podría saltarlos”. Son muros simbólicos.

Pero mientras tú estás del otro lado del muro, tú te recuerdas que tú estás separado del pueblo de Dios, y cuando tú entras al muro, entonces tú entiendes: yo estoy dentro del pueblo del Señor. Miren, los judíos eran nacionalistas a un punto tal que dañaron el asunto. Ellos entendían que solamente los judíos podían ser parte del pueblo del Señor y que solamente había salvación para los judíos. ¿Y saben qué les decía el Señor? “¿Abraham es el padre de ustedes de verdad?” Entonces Él decía: “Yo he elegido a Abraham para que en Abraham sean benditas todas las naciones de la tierra”, pero no a la forma de las naciones de la tierra, sino las naciones de la tierra a la forma mía.

Cualquier persona podía ser un prosélito del judaísmo, pero tenía que asumir el judaísmo y tenía que asumir al Dios de los judíos, con la diferenciación de que una cosa es usted estar en el territorio y otra cosa es usted estar dentro del pueblo del Señor como miembro. Y cualquier persona era invitada a visitar Israel, pero sabíamos que tú no eras parte del pueblo de Israel. “Ah, pues yo quisiera ser parte del pueblo de Israel.” Bueno, el pueblo de Israel tiene la ley de Dios, tiene el señorío de Dios, hace la voluntad de Dios; tú eres invitado a ser parte del pueblo de Israel, pero vas a tener que circuncidarte y aceptar nuestra religión. Hermano, todos los pueblos de la tierra están invitados a participar en la iglesia local, y la iglesia local desearía que todo el mundo sea parte también de la iglesia, pero es necesario que exista una puerta. Y si quitamos los muros, alguien me dirá: “Pastor, y si la iglesia no tuviera muro, si la iglesia no fuera un pueblo distinto, ¿no sería mejor? ¿Más personas fueran cristianas?” No.

La gente se pregunta: “Pero, ¿y por qué hay que formalizar un proceso de membresía? ¿Por qué hay que bautizarse? ¿Por qué hay que ser miembro de una iglesia? Y si la iglesia quitara el bautismo, si la iglesia quitara las fronteras, ¿más personas fueran cristianas?” No. Lo que sucedería es que la gente no entendería que es un pueblo particular. La gente no entendería que está fuera. Dice la Escritura que la iglesia es sal y que la iglesia es luz y que la iglesia es una lámpara que está sobre una mesa. “Pastor, pero entonces vamos a apagar la luz para que todo el mundo esté al mismo nivel.” No, mejor vamos a encender a todo el mundo para que todo el mundo vea la luz. La iglesia es necesario que sea un pueblo distinto dentro del mundo y esto no es un capricho.

No es algo para poner muros como para decirte que tú estás afuera. No queremos ponerte el muro para que tú entiendas que tienes que entrar. Queremos que pases por una puerta, queremos que tú entres por una puerta para que cuando tú entres por esa puerta tú entiendas: yo quisiera quedarme aquí dentro. Y nuestro deseo es que tú llegues a ser un hermano nuestro. Pero es necesario que el pueblo del Señor se separe de los otros pueblos y que haya una frontera, y esa frontera sea una frontera necesaria. ¿Cómo lo hace la iglesia? Hermano, la iglesia celebra su crecimiento, pero también la iglesia evita que su membresía se vuelva un asunto nominal. No hay un asunto más triste que una iglesia local donde no se sabe quién es un cristiano y quién está comenzando a conocer los caminos del Señor.

Miren, yo durante mucho tiempo visité una iglesia, no fui cristiano, yo visitaba la iglesia. Yo de adolescente visitaba la iglesia, visitaba el templo, pero todavía yo no era un cristiano. Y cada vez anunciaban en la iglesia que hay membresía, y ese anuncio yo lo escuchaba muchas veces, y nadie me hacía sentir mal. Es más, yo le he preguntado a personas que visitan esta iglesia: “¿Tú alguna vez te has sentido como mal?” Una vez le preguntaba a Jefferson: “Jefferson, ¿en algún momento tú te sentiste mal?” Y él me dijo: “No, no.” Pero Jefferson en todo momento supo que hasta que él no fue miembro de la iglesia, él no era miembro; él era un visitante, y se sentía triste; no, hermano. Cuando Jefferson se hizo miembro de esta iglesia, a mí me consta que toda esta iglesia se alegró.

¿Pueden entenderlo? Me consta, me consta que hay alegría en el pueblo. Pero digamos que cada vez que Memo viene aquí, yo tengo una alegría en mi corazón que me estremezco. Pero es necesario que sepa el que no es parte del pueblo que hay un muro y que él ve el muro, y cuando el muro está, y él todavía está del otro lado, él diga: ¿de qué lado del muro estoy? ¿Estoy fuera del pueblo o estoy dentro del pueblo? No para que te quedes fuera, sino para que entres. ¿Cómo la iglesia hace esto, hermanos? La iglesia tiene una ceremonia que es sencilla y es que bautiza. Y también la iglesia tiene un recordatorio, esa ceremonia que se hace cada cierto tiempo, que es participar de la mesa del Señor.

¿Y qué es eso, hermano? Eso es como cuando nosotros cantamos el himno nacional dominicano, “Quisqueyanos valientes”, cada vez que una persona participa de la mesa del Señor está como cantando el himno, está diciendo: yo soy parte de este pueblo. Y las otras personas nos ven participando de la mesa del Señor y, de nuevo, el interés no es que tú te sientas mal, ya te diré ahora por qué, el interés es que se sepa que somos parte del pueblo del Señor y que tenemos signos y que tenemos características que son distintas, y andamos como hijos de luz también, dice la Escritura. El primer propósito del muro era fortalecer la identidad de Israel. También crearía un entorno relativamente seguro porque la iglesia tiene que existir como tal. Miren, los judíos tenían que hacer cosas que los otros pueblos no hacían.

Y era muy difícil hacer esas cosas rodeado de gente que no entendía las cosas que tú estabas haciendo. Yo me imagino que para un judío debía ser un asunto extraño estar en un pueblo que no conoce lo suyo; el judío tenía que hacer una cantidad de oraciones mirando hacia un lugar cada cierto tiempo, tenían que participar en unos rituales que para los pueblos de la tierra, lo primero es que ellos no entendían, y lo otro es que eso les parecía un asunto hasta innecesario. Los judíos tenían una frontera para que dentro de esa frontera hicieran la voluntad del Señor con relativa paz. Hermano, tú estás en el culto de la iglesia local, estás adorando con tu iglesia, tú participas de los unos a los otros que están en el Nuevo Testamento y tú estás con tus hermanos. Tú dices: guau, aquí como que hay un entorno de gente que también quiere hacer lo mismo.

Advertencia: muros falsos y falsa superioridad

¿Y tú te sientes animado a hacerlo? Por eso es necesario que exista un muro. Hay una advertencia antes de pasar a la segunda parte. Tengo que advertirles: hay muros falsos, expresiones incorrectas de separación. Hermano, por favor, no incurran en esto. ¿Qué son muros falsos? Los cristianos, a pesar de que hemos sido alcanzados con la salvación del Señor y hoy estamos dentro de su ciudad y no fuera, nunca deberíamos pretender superioridad moral. Usted no es más bueno que los otros; lo que pasa es que de usted se tuvo misericordia. Un problema grande ahora mismo son hermanos míos que entienden que ellos son mejores que los otros, y cuando comparten con la gente se les sienten encima, como diciendo: “Ven a la ciudad para que tú seas como yo.” No.

No vengas a la ciudad para que tú seas como yo, porque yo soy tan malo como tú. Usted tiene que entender que nosotros somos cristianos por gracia, que la salvación es por gracia a través de la fe. Esto no es un asunto por mérito humano. Hay gente que ha entendido que es cristiano porque tiene diez puntos más que el inconverso. Usted estaba muerto en sus delitos y pecados lo mismo que su vecino, lo mismo que su primo, lo mismo que cualquier otro, y de usted se tuvo misericordia. Usted es la persona que reprobó el examen y el Maestro tuvo misericordia de usted, no para que usted salga a enrostrarle su nota a los compañeros, de que “ah mira, yo saqué 100”. No, tú no sacaste 100, a ti te imputaron el 100 de Cristo.

Que la iglesia esté separada del mundo no hace que la iglesia sea mejor que el mundo. El mundo lo sabe y no lo dice, pero yo cuando comparto con mis familiares también dicen: “Son inmorales”, y es verdad. Usted no los conoce. Digamos, yo no los conozco, pero si usted los conociera, yo tengo por ahí hermanos míos que porque están ahora dentro de la ciudad de Dios y el Señor tuvo misericordia, entienden que son superiores a los otros y andan como dentro de una burbuja, como “no, ellos son malos y yo soy bueno”. Dice la Escritura que no hay justo ni aun uno, que todos nos descarriamos como ovejas, que cada cual se apartó por su camino. Y si nosotros hoy somos parte del pueblo del Señor, lo somos por su inmenso amor y por su gran misericordia, y en esto no hay vanidad.

No es para que tú salgas a la calle a decirle: “Usted está mal y yo estoy bien porque usted está fuera y yo estoy dentro”, no. Es para tú decirle: “Mira, yo soy tan malo como tú y me dejaron entrar”. Eso es hacer evangelismo, no ir casa por casa diciendo a la gente: “Somos nosotros los evangélicos, tú sabes, nosotros somos el pueblo de Dios, que somos el pueblo santo”. No, no, no. Es para decirles: “Nosotros también somos pecadores como tú, pero somos pecadores convertidos, pecadores arrepentidos, de nosotros se tuvo misericordia.” Tú vas a compartir el evangelio con gente que quizá moralmente están por encima de ti, vas a tener que compartir el evangelio con gente que es más ordenada que tú, gente que aparentemente, hablando en lo externo, hasta son más piadosas que nosotros.

Dice la Escritura que estaban muertos en sus delitos y pecados de la misma forma que estábamos todos. No hay justo ni aun uno. Advertencia, hermanos: usted está dentro de la ciudad de Dios, no por sus méritos personales, está dentro de la ciudad de Dios por los méritos de Cristo. En tu conversación y en tu trato, hermano, por favor, que no se sienta ningún miembro de la iglesia del Señor con un sentido de superioridad, con un sentido de que “yo soy mejor que tú porque soy cristiano”. No, yo soy tan malo como tú, pero de mí se tuvo misericordia y de ti también se puede tener misericordia. Hay gente que no solamente edificó un muro, sino que también cerró la puerta. Si usted ve un mapa de la ciudad amurallada de Jerusalén, usted encontrará que el muro era largo, pero cada ciertos metros había una puerta.

Había puertas. Claro. No es que queremos ser la iglesia del Señor para no compartir con nadie. Queremos ser la iglesia del Señor para compartir con otras personas, pero que entren por la puerta. No cierren la puerta. La iglesia no está llamada a aislarse dentro del mundo. La iglesia tiene que ser una congregación de puertas abiertas y que cualquier persona pueda participar dentro del pueblo del Señor, pero que entienda que cruzó la puerta y que quizá después tenga que salir para ir a dormir a su casa. Aislarse es lo que han hecho muchos cristianos, que dicen: “Yo solamente hablo con cristianos, solamente comparto con cristianos, solamente me relaciono con cristianos, me aparto de mi familia, no quiero compartir con nadie.” Eso es aislarse, eso es cerrar la puerta. Estamos llamados a edificar el muro, pero no le ponga pestillo a la puerta.

La iglesia tiene que salir al mundo, el mundo tiene que venir a la iglesia. Tenemos que interrelacionarnos, hermanos, para poder cambiar el mundo, pero que se entienda que nosotros somos una ciudad y aquella es otra. Y esta ciudad no está compuesta por gente que es mejor que la otra, está compuesta por personas de las cuales se ha tenido misericordia. ¿Qué son falsos muros, expresiones incorrectas de separación? Hay gente que le quiere imponer a los otros pueblos sus propias condiciones. Un hermano iba en una guagua, en transporte interurbano de la capital para su pueblo y le estaban sonando música inmoral. “Apaga esa música, que eso ofende a Dios.” A ti te ofende porque tú amas a Dios, pero eso ellos lo celebran.

Mi consejo es, hermano, cuando te compartas con los pueblos de la tierra, hasta donde te sea posible, aguanta eso, que esa gente eso le gusta; a usted no. Ahora no lo haga en su casa. Nosotros no estamos llamados a salir por la tierra a decirle a la otra gente: “Nosotros somos el pueblo del Señor y hay que hacer las cosas a mi manera.” Recuérdense que Jerusalén, hermano, era un punto dentro de un mapa enorme que era Persia y dentro de ese punto la gente hacía la voluntad del Señor. Y casi siempre los judíos, cuando salían de ese punto, se agotaban. “Ah, que yo estoy rodeado de gente que no le gusta hacer la voluntad del Señor.” Bueno, a ellos les gusta hacerlo de otra manera. Ora para que ellos lleguen a tener la luz que tienes tú. Pero los cristianos no estamos llamados a estar apagando radios, a estar mandando a la gente, a estarle imponiendo normas de comportamiento, a estar midiendo ropa a ver si está corta o está larga, a estarle diciendo a la gente qué hacer. No, ese no es mi llamado, hermano.

Ahora, dentro de la iglesia, dentro de lo que somos el pueblo del Señor, tenemos que ser un pueblo diferente. Para eso también sirven los muros. Cuando uno vive un poco cansado, porque si acaso no hubiera muro, uno quisiera, hermano, que toda Persia hiciera la voluntad del Señor. Hay un muro para que entendamos que dentro de ese entorno queremos hacer las cosas de manera diferente. Es muy triste ver a los hermanos saliendo a la calle a decirle a la gente que lo está haciendo mal. Hermano, si usted puede, con amor, con amor, con amor, decirle a la gente que hay una mejor manera, que hay una manera que glorifica al Señor, que hay un pueblo que es distinto, que está dentro de un pueblo que es muy grande, hágalo.

No imponer convicciones al mundo: en el mundo pero no del mundo

Pero entienda que ese no es su pueblo. Yo no puedo ir a que los suecos me canten el himno nacional dominicano. Llegar allá: “Quiten eso, tóquenme el himno nacional dominicano”. No, ese es el himno nacional dominicano, eso lo cantamos aquí. O, pero los cristianos quisiéramos que en la televisión se hable la Palabra del Señor, que en la radio no pongan las canciones inmorales, que en la radio pongan las canciones cristianas. Entienda que este mundo no es nuestro hogar. Quizás no lo ha entendido mucho. Acompáñenme a Juan 17 para leérselo desde el versículo 14, Juan capítulo 17. Miren cuál era la oración de Jesús por sus discípulos. Juan 17:14, estoy hablando de la necesidad de un muro. Juan 17:14 dice así la Palabra del Señor, es Cristo orando por sus discípulos al Padre y le dice:

Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad. Mas no ruego solamente por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos.

— Juan 17:14-20

¿Qué es lo que el Señor está haciendo? El Señor está diciendo al Padre: “Padre, yo te pido que aquellos que me aceptan como Salvador personal los metas en una nube y los saques de la realidad.” Hermano, no se me ría, pero siento que hay hermanos míos evangélicos que quieren vivir en un platillo volador, como que están en un mundo paralelo, como que esta es la tierra y hay otra fuera de la tierra. Israel estaba dentro de Persia, todavía estaba bajo el poder de Persia, pero en un pequeño entorno que se llamaba la ciudad amurallada de Jerusalén se recordaba que esa era la ciudad de Dios y que en esa pequeña ciudad se hacían las cosas de manera diferente.

Hasta donde usted no tenga que ofender al Señor, trate de ser un poco, no sé si la palabra adecuada sea esa, pero la voy a usar, un poco tolerante con el mundo. No pretender que el mundo se doble para ti, sino tú sacrificarte para soportar un poco al mundo, de mantener tus valores, tus convicciones, que son míos personales. Me pasaba con mis compañeros de trabajo cuando yo tenía un empleo, hacían una fiesta y me invitaban, y decían: “Rafael, ven a la fiesta porque vamos a brindar, vamos a beber alcohol.” Y yo les decía: “No, si ustedes desean consumir alcohol, consuman; yo tomaré otra cosa.” Rafael, vamos a hacer tal cosa, pero como que querían encajar conmigo, y yo se lo agradecía, que ellos quisieran encajar conmigo. Pero yo no estoy llamado a que cuando una persona me invita a su casa esconda cosas, deje cosas guardadas.

No sé si te ha pasado eso: gente que te invita a su casa y dicen: “No, guarda eso, que él viene, él es cristiano, y él no debe ver que aquí tomamos”, es que mis convicciones son mías. Esas son las tuyas. Ahora, yo tengo las mías y yo te pido que me permitas mantener mis convicciones, y cuando tú vayas a mi casa, en mi casa quizá tomaremos otra cosa o comeremos otra cosa o haremos otras actividades, pero eso es en mi casa. Un cristiano no está llamado a imponer sus convicciones al mundo, eso no es construir un muro. Asumir una fachada externa, una apariencia de piedad, le dice la Escritura eso. Hay gente que entiende que está dentro del pueblo del Señor siempre y cuando hablen y digan “varón”, “varona”, “hermano”, “santo”.

Si usted desea decirlo, dígalo, pero no haga de eso una apariencia de piedad. O sea, no hay que decirle a la gente “varón, siervo, sierva, pare la guagua”. De nuevo, hermano, o hablar como Reina-Valera del 60, eso no es construir un muro, eso se llama apariencia de piedad. O una ropa particular; por ejemplo, hay una falda que yo he visto en la Duarte, dicen: “Tenemos faldas para evangélicas”, y yo digo: ¿y cuáles son las faldas para evangélicas? Una falda allí que ya solamente las usan las hermanas de tal línea. O sea, la Escritura no dice que hay una moda que es una falda de color jean que es para las hermanas evangélicas, no. La Escritura dice que todos, hombres o mujeres, tenemos que vestir de forma tal que glorifiquemos al Señor.

Eso es lo que dice la Escritura, que vistamos decorosamente. No que hay una vestidura evangélica, no que hay un vocabulario evangélico. Es más, gente que dice: “Ya yo soy cristiano porque yo hablo como el grupo”, hablan como con el “swing”: “Gloria a Dios, aleluya, varón, siervo.” Hermano, eso se llama apariencia de piedad. El muro no es para que tú entiendas que tú vistes de cristiano; el cristiano viste de manera decorosa, no es que hay prendas que son “ah, pues entonces los evangélicos tenemos que usar tales prendas”, no, eso se llama apariencia de piedad. Si a usted le gusta, úselo.

¿Usted entiende lo que es esto? Eso se llama un amplio espectro, se llama libertad cristiana, y es que siempre y cuando usted lo haga decorosamente para la gloria del Señor, disfrútelo. No me pregunte: “Pastor, ¿cómo debemos venir vestidos a la iglesia?” Hermano, venga vestido de una manera que usted entienda que tenga un poco de sentido común. Un poco de sentido común: usted no va a llegar a un evento social en traje de baño; eso es sentido común, ¿verdad? Sería inapropiado. Hay ropa que es inapropiada, pero eso lo dice el sentido común. Yo veía una persona que yo contraté, que trabajaba en mi empresa, y se me apareció a trabajar en pantalones cortos. Y yo me pregunto: ¿pero esta persona? Un poco de sentido común.

O sea, tú entiendes que si tú vas a un horario laboral, en un lugar, hay cierta ropa que tienes que usar. Pero es sentido común, hermano, no significa eso que eso sea un muro. O sea, los cristianos no estamos llamados a imponer muros de ese tipo. Repito esto porque confunde el propósito. Nuestro propósito no es evitar que otros entren. Hay gente que entiende que su meta como cristiano es que nadie entre, como cuidar la puerta para que nadie entre, como que sea para nosotros solamente, como que la iglesia sea para nosotros. No, hermanos, no confundan el propósito del muro. El propósito del muro no es evitar que otros entren, sino avisarles para que sepan a dónde están entrando. No es para que tú te quedes fuera y digas: “El muro está ahí, nosotros somos cristianos y tú no eres cristiano, es para que tú no vengas”. No. Lo que queremos es que tú vengas.

Un caso de esto son los gabaonitas. Miren, esos se le colaron a Israel. Los judíos eran judíos celosos, celosos con quién era parte del pueblo del Señor. Y hubo un pueblo pagano, se llamaban los gabaonitas, que supo que la mano de Dios estaba a favor de Israel, y cuando Israel venía conquistando ciudades, ¿sabe lo que hicieron los gabaonitas? Dieron la vuelta, se pusieron vestiduras rotas, buscaron pan viejo y fueron por detrás del pueblo y dijeron: “Ey, nosotros estamos aquí hace rato con ustedes. Desde que salieron estamos caminando con ustedes.”

Y le dijeron los judíos: “Hagan pacto con nosotros.” “No, está bien, quédense ahí.” Hermano, esta gente, eventualmente se descubrió que habían llegado y que se habían colado dentro del pueblo de Israel porque tenían miedo de que Israel los destruyera, porque temían a Dios y sabían que Dios estaba con los judíos. ¿Y saben qué pasó? Que fueron donde el líder y dijeron: “Bueno, ¿y esta gente que está aquí?” Ya habíamos hecho pacto con ellos y dijimos que los íbamos a dejar vivos. Los gabaonitas terminaron habitando en medio de Israel. Y estos que eran paganos, fueron parte y asumieron las costumbres de Israel, la religión de Israel, el Dios de Israel, fueron gente devota al Dios de Israel también.

Hermano, fue tan sorprendente el asunto que los judíos entendían: “Bueno, y qué vamos a hacer con los gabaonitas.” Se colocaron ahí y les dieron una encomienda, les dijeron: “Ustedes van a ser los aguateros, van a cargar el agua para el templo del Señor.” ¿Y qué dijeron ellos? “Felices, nosotros cargamos agua, no hay problema.” Después la historia avanzó y los gabaonitas, la tierra que les dieron dentro de la tribu de Benjamín, me parece, terminó siendo un territorio donde también habitaban los levitas, o sea, que terminaron habitando entre los sirvientes del templo, entre los sacerdotes. Y después de que Israel se fue al cautiverio, los gabaonitas cogieron cautiverio también, fueron para allá. Y cuando Israel regresó del cautiverio aparecen los gabaonitas reconstruyendo con Nehemías también el muro.

¿Y usted me dice: “Oye, pero esa gente se les coló”?. ¿Qué te enseña el ejemplo de los gabaonitas? Que no es la voluntad del Señor como que un pueblo sí y un pueblo no. La voluntad del Señor es que todos procedan al arrepentimiento y que cualquier persona que quiera hacer en su vida la voluntad del Señor está invitada a que sea parte del pueblo del Señor, que todos nosotros somos pueblo por misericordia y no por nuestros propios méritos. Recuerde: la iglesia es sal, la iglesia es luz. En primer lugar les he dicho cómo parecería que era como un proyecto innecesario hacer un muro. En segundo lugar les he anunciado el primer propósito del muro, que era reforzar, fortalecer la identidad del pueblo del Señor. Ahora déjeme terminar diciéndole el segundo propósito: ¿para qué servía el muro? Servía para recordarle permanentemente a los otros pueblos cuál era su verdadera condición: estaban separados de Dios.

El muro como recordatorio para el mundo

Póngase usted el caso de que usted fuera de los árabes que estaban por ahí dando vueltas. Ellos decían: en Israel hay un muro, y dentro del muro, ¿qué está? Dentro del muro está el templo, dentro del muro está el altar, dentro del muro está el pueblo del Señor. ¿Y yo dónde estoy? Estoy de este lado del muro. Eso es lo que estábamos diciendo, lo mismo que les dijo Nehemías a estos que se oponían. Miren lo que Nehemías les dijo. Dice Nehemías, Nehemías capítulo dos y versículo 20:

En respuesta les dije: El Dios de los cielos, él nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos; porque vosotros no tenéis parte, ni derecho, ni memoria en Jerusalén.

— Nehemías 2:20

¿Qué es lo que Nehemías les está diciendo? Ustedes son otro pueblo, nosotros somos el pueblo de Dios. ¿Y esto es necesario que se le diga a la gente? Absolutamente. Es más, más personas al día de hoy no proceden al arrepentimiento porque entienden que están dentro del pueblo de Dios. ¿Saben por qué más personas no rinden su vida a Cristo en este tiempo? Porque ellos ya entienden que son parte del pueblo de Dios. Hay una expresión popular que te dicen la gente, ellos te dicen: “Todos somos hijos de Dios.” “No, no, no te preocupes, yo sé que tú vas a la iglesia, pero todos somos hijos de Dios”, te dicen. “Yo también oro”, y eso es algo bíblico. No. La Biblia en ninguna parte dice que todos somos hijos de Dios.

La Biblia dice que Dios es el creador de todos los hombres; nosotros todos somos criaturas de Dios. Y dice Juan capítulo uno y versículo 12. Juan 1:12 dice de la manera siguiente; leo el 11 también:

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

— Juan 1:11-12

Hermano, según las Escrituras, ¿quiénes son hechos hijos de Dios? Los que le recibieron y los que creen en su nombre. ¿Y los otros qué pasa, que ellos dicen que son pueblo de Dios? Bueno, ellos pueden decir que Dios es su padre, pero díganlo, me imagino yo a Dios allá en el cielo diciendo: “Ellos dicen que yo soy su padre, pero ni se parecen a mí ni tienen acta de nacimiento.” Los cristianos tenemos dos cosas, hermanos, que nos dan identidad. Lo primero que tenemos es un acta de nacimiento, es un asunto legal. Somos hijos por adopción, dice la Escritura. Cuando nosotros aceptamos a Cristo somos hechos hijos de Dios.

Él nos da un título, dice: tú eres hecho hijo. Otra cosa es que dice la Escritura que si somos hijos de Él verdaderamente nos vamos a parecer a Él. Las cartas de Juan hablan de eso, de que los hijos de Dios se parecen a Él y que si nosotros no nos parecemos a Él, entonces no debemos decir que somos hijos suyos. Bueno, pero todo dominicano en la media dice: “Pero todos somos hijos de Dios.” Y tú le dices: Juan 1:12 dice que a los que le recibieron y creen en su nombre se les ha dado la potestad —eso significa derecho, autoridad, privilegio— de ser hechos hijos de Dios. Bueno, pues entonces somos distintos, pero no somos distintos porque seamos mejores, somos distintos porque hemos sido adoptados en la familia de Dios. Y tú le dices: “Vecino, usted dice que es hijo de Dios, pero dice Juan 1:12 que a los que le recibieron, los que creen en su nombre, esos son los que son hechos hijos de Dios. ¿Usted quisiera ser hecho hijo de Dios?”

“No, porque yo no quiero ni recibirlo ni creer en su nombre, yo no quiero, yo no quiero.” Bueno. Entonces usted sigue siendo criatura de Dios. Términos bíblicos diferenciadores: criatura, hijo. Miren, el culto cristiano es un culto para todo el mundo. Todos los hombres tienen la responsabilidad de rendir gloria al Señor, pero en el culto cristiano hay una parte que son hijos y otra parte que son criaturas. Dice la Escritura que unos son pecadores condenados y hay otros que somos pecadores perdonados, pero los dos somos pecadores. Decía el apóstol Pablo de los pecadores: “De los cuales yo soy el primero.” ¿Y qué pasa? Soy un pecador perdonado. Bueno, la Biblia habla de que hay una parte que se llama mundo, que es un sistema de valores opuesto a Dios, y dentro del mundo hay otra parte que se llama iglesia, que es la parte dentro del mundo —ese es el muro— que hace la voluntad del Señor.

La Escritura dice que hay una sabiduría humana y de este mundo, y también dice que hay una sabiduría que viene de lo alto, le decía Pablo a Timoteo, que es la sabiduría que alcanza para salvación. Dice la Escritura que algunos son presa del pecado y otros hemos sido libertados del poder del pecado, que unos son esclavos y otros son libres. Dice la Escritura que algunos están degenerando y que su vida va de continuo al mal y hay otros que quizá todavía no estamos completamente bien, estamos medio malogrados, pero que por lo menos sabemos que nos estamos regenerando. La Escritura dice que hay hombres que están perdidos en la tierra y que hay otros que encontraron el camino.

¿Y es lo mismo? No, no es lo mismo. Pero eso no solamente lo dice Rafael Pérez, no lo inventó la iglesia evangélica Pez Mundial, lo dice la Escritura: que no es lo mismo. Este mundo posmoderno te dice que todos los caminos llegan a cualquier parte. Llega ahí en la carretera del sur: “No, todo es lo mismo, lo importante es saber que todos somos hijos de Dios.” No. Lo importante es saber que usted está en perdición, en condenación, que usted es parte del mundo, no del pueblo de Dios, que usted tiene una sabiduría que es humana, no la sabiduría que viene de lo alto, que usted es esclavo del pecado, que usted está en degeneración, que usted está en tinieblas, no en la luz, que usted está en muerte, no en vida. Y usted dice: “¿Y para qué hay que decírselo al mundo?” Para que se arrepientan. ¿Y para qué quieres decírselo? ¿Para decir que soy mejor? No, porque yo quiero que se arrepientan, para eso se lo decimos.

Hermano, si no le decimos al mundo su verdadera condición, entonces el mundo nunca entenderá su necesidad de Dios. Si le decimos: “Todo está bien y lo importante es que tú vengas”, no. Nosotros queremos que tú vengas porque dice la Escritura que la fe viene por el oír la Palabra del Señor, pero es necesario que todos procedan al arrepentimiento. El muro de Israel le recordaba al pueblo que era distinto y les recordaba a los otros pueblos que estaban separados de Dios. Ahora tú me vas a preguntar: “Pastor, ¿y eso no es elitismo, eso no es racismo, eso no es discriminación?” No, no lo es. ¿Por qué? Por lo siguiente: tres razones por las cuales esto no es ni elitismo ni racismo ni discriminación. Les doy tres razones. Primera razón: miren, el cristianismo no toma en cuenta la condición del hombre ni moral, ni económica, ni racial. Todos los hombres son potenciales cristianos y parte del pueblo del Señor, sin importar lo que tengan en su bolsillo, sin importar lo que tengan en su corazón, sin importar lo que tengan en su mente.

El analfabeto puede ser parte del pueblo del Señor. Hombres quebrados que no tienen nada en su cartera pueden ser parte. Los pueblos más recónditos de esta tierra, de los cuales ninguna otra nación haría un acuerdo con ellos, tienen esperanza, tienen. Cristo es para todo el mundo. Juan 3:16:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

— Juan 3:16

¿Es esto elitismo? ¿Es esto racismo? ¿Es esto un sentido de superioridad? ¿Hay discriminación en esto? No lo hay. Le pongo el ejemplo. Usted quiere ser ciudadano americano, yo le digo cómo lo logra. ¿Hay alguien que quiera visa? Yo no le voy a conseguir una visa, yo le digo cómo usted puede conseguir una visa americana. Hay una visa, una visa. Si usted va donde un cónsul norteamericano y usted consigue medio millón de dólares, lo pone en una cuenta corriente. Yo no me lo estoy inventando, lo busqué y lo consulté ayer. Si usted es un empresario que tiene medio millón de dólares, usted va a la embajada americana, usted le dice: “Yo tengo medio millón de dólares para invertir en territorio norteamericano y darle trabajo a americanos.” Y el cónsul le va a decir: “Ah, usted tiene medio millón de dólares, nosotros quisiéramos que usted venga.”

“¿Y usted ya me va a hacer ciudadano? ¿Voy a ser ciudadano americano?” “No, le vamos a dar una visa. Le vamos a dar una visa temporal que se le va a renovar cada cierto tiempo y después veamos si podemos darle residencia.” Hermano, para ser cristiano no hace falta dinero, no hace falta ser de un pueblo especial, no hace falta tener ninguna dignidad, no hace falta ser ni siquiera bueno. ¿Por qué esto no es elitismo? ¿Por qué hacer un muro no es elitismo? Hermano, porque cualquier persona que quiera puede venir. Está disponible para todo el mundo. Se obtiene gratuitamente, dice la Escritura. Compárenlo con la ciudadanía romana en tiempos de Pablo. Miren, la ciudadanía romana; lo primero, había tres formas de conseguir ciudadanía romana: usted era ciudadano romano por nacimiento, era ciudadano romano porque compró su ciudadanía, o era ciudadano romano por sus amplios méritos.

Y en Roma ni las mujeres ni los esclavos podían llegar a ser ciudadanos en pleno derecho. Y usted dice: “Guau, pero yo soy mujer, entonces, ¿qué? ¿No era ciudadana romana?” No. Usted: “Vamos a darle residencia, pero usted no puede ser una ciudadana romana plena.” ¿Y qué dice la Escritura en Gálatas? Gálatas 3. Miren qué dice Gálatas 3, versículo 27 y 28; leo Gálatas 3, capítulo 3 versículos 27 y 28:

Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.

— Gálatas 3:27-28

¿Usted entiende la palabra “revestimiento”? Hay una paleta que hace Bon, una paleta de mantecado que está revestida de chocolate, y usted cree que es de chocolate y cuando la muerde se encuentra que por dentro no tiene chocolate, que es por fuera. Dice la Escritura: tú estás revestido de Cristo, lo que significa que por dentro tú quizá no eres muy bueno, pero por fuera estás vestido de Cristo. ¿Pueden entender? Yo quisiera cultivar la humildad, mis hermanos. Somos como la paleta que no es de chocolate sino que tiene revestimiento de chocolate, y usted la muerde y encuentra esa capa de chocolate. Hermano, nosotros estamos revestidos de Cristo, pero no es que ninguno de nosotros es muy bueno, es que nos pintaron de Cristo.

Bueno, también el Espíritu Santo eventualmente nos regenera y nos cambia de adentro para afuera, pero de forma legal, con que usted tenga el revestimiento de chocolate de Cristo es suficiente. Dice que nosotros estamos revestidos de Cristo, ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer porque todos vosotros sois uno en Cristo. Miren, la iglesia cristiana es la única institución de esta tierra en que una persona que quizá no tenga los conocimientos, ni las letras básicas, puede ser pastor de los doctores, de los ingenieros, de los hombres más encumbrados de esta tierra. Hay evidencia de que en la iglesia primitiva habían familias que tenían esclavos y los esclavos eran esclavos, y cuando llegaban a la iglesia ellos eran diáconos y los otros se sentaban.

Entonces, ¿qué pasó ahí? Es que en Cristo ya no hay libre ni esclavo, ni hay varón ni hembra. Cristo es para todo el mundo. “Pastor, ¿hay elitismo, hay racismo, hay discriminación?” Yo te he dicho en primer lugar que no toma en cuenta tu condición ni moral ni económica ni racial, que está disponible para todo el mundo, Juan 3:16, y que se obtiene gratuitamente. Iglesia, concluyo con esto. Es necesario que nosotros vivamos dentro del mundo, pero es necesario que la iglesia mantenga su saludable separación. Te conviene a ti y le conviene al mundo. Es necesario que se sepa que en la tierra, en medio de la tierra, hay un pueblo que es un pueblo especial, que no está compuesto por gente que es mejor que nadie, que está compuesto por gente que Dios tuvo de ellos misericordia y los revistió de Cristo.

Que no hay mérito alguno humano en esto, que toda la gloria es de Cristo. Que la iglesia del Señor tiene un muro y es verdad, y la gente a veces siente el muro y dice: “Yo vengo a la iglesia, pero ellos no me dicen que soy un miembro todavía.” No, ni te lo vamos a decir hoy. Siéntete bienvenido. Es necesario que la gente entienda que todavía está fuera para que tenga el deseo de estar adentro. Si la iglesia derribara el muro, entonces el mundo no entendería su necesidad de Dios.

Aplicación final y llamado a salvación

Cierren sus ojos un momento. Permítanme orar por la iglesia que está aquí presente. Oraré en dos sentidos. Oraré por aquellos que ya son parte del pueblo del Señor, pero que todavía se comportan desordenadamente. Si usted es ciudadano de la ciudad de Dios, compórtese como un miembro de esta ciudad. Usted es embajador de Cristo en esta tierra; lo que la gente piense de usted pensarán casi lo mismo de la iglesia. Cierre sus ojos un momento. Oro por mi iglesia. Te pido, Señor, por la iglesia evangélica Pez Mundial. Mira tu iglesia que opera dentro del mundo pero que no es parte del mundo. Mira la iglesia, Señor, que está de este lado de la muralla, de la parte de adentro. Gracias, Señor, por haber tenido misericordia de cada uno de nosotros. Gracias, Señor, por habernos revestido de Cristo. Gracias por no tomar en cuenta nuestra condición anterior. Gracias, Señor, por habernos justificado gratuitamente. Permite, Padre, que la gente nos vea y que sepa que hay una separación y que no se sientan rechazados, sino invitados.

Mantén tus ojos cerrados, hermano, y oro por cualquier persona que esté aquí hoy participando del pueblo del Señor y entró por una puerta, pero que no tenga plena conciencia de que es ciudadano en pleno derecho del reino celestial. Dijo Cristo: “El que a mí viene, yo no le echo fuera.” Dice Cristo: “El que a mí viene, yo no le echo fuera.” Si estás compartiendo hoy con el pueblo del Señor, pero en tu corazón sabes que no eres parte de este pueblo, eres un extranjero más, un advenedizo, dice así mismo la carta de Pablo a los Efesios: “Ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios.” Quizás hoy eres un extranjero, quizá eres un advenedizo, una persona que pasó por aquí, entró, quizá eres solamente un visitante.

Pero no queremos que te vayas del culto de la iglesia sin decirte que puedes ser un miembro. Tú no eres miembro de una iglesia por tus méritos personales, por tus méritos raciales, por tus méritos económicos; eres miembro de la iglesia de Cristo por tener la humildad necesaria para reconocer que estabas del otro lado del muro. Ay Señor, permite que tu puerta sea abierta de par en par. Mantén tus ojos ahí cerrados. Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Dice la Escritura que “el que a mí viene”, decía Jesús, “yo no le echo fuera.” Dice también la Escritura, Jesús tocando tu corazón: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré a él, cenaré con él y él conmigo.”

Dice la Escritura: “Clama a mí y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.” Dice la Escritura: “A los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios.” La ciudadanía en el reino celestial es gratis, en este momento está en oferta. Es tan sencillo como que confieses tus pecados delante del Señor y le digas: “Señor, yo reconozco que hay una muralla grande, reconozco que estoy separado del pueblo de Dios. Reconozco que aquí hay gente que eran igual que yo y tú tuviste de ellos misericordia; te pido, Señor, que tengas conmigo la misma gracia, que tengas conmigo la misma misericordia.” Pídele al Señor ahí en oración: “Señor, te pido que perdones mis pecados.”

¿Qué haré para ser salvo? Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados y vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.

— Hechos 3:19 (parafraseado en el sermón)

Dijo un hombre: “¿Qué haré para ser salvo?”, y la respuesta fue: “Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados y vengan del Señor tiempos de refrigerio.”

Dile al Señor ahí en oración: “Señor, estoy arrepentido de mis pecados.” Dile al Señor ahí en oración: “Señor, en este momento me arrepiento de haber pasado tanta parte de mi vida lejos de tu pueblo, lejos de tu ciudad.” Dile ahí al Señor: “Señor, en este momento yo me convierto.” Convertirse es tomar una decisión firme de dar la vuelta en U y caminar hacia la voluntad del Señor. Amigo que está aquí presente, persona que no eres parte de la ciudadanía del pueblo del Señor, dice la Escritura que tú estás perdido, eso es lo que dice la Escritura, que estás perdido. Dice la Escritura que estás lejos de Dios; por donde estás caminando no se llega. Yo te exhorto en este momento a que te devuelvas, a que tengas la humildad de reconocer tus pecados. “Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados y vengan del Señor tiempos de refrigerio.”

Si te has arrepentido de tus pecados, si te has arrepentido de tus pecados, si te has convertido de tus malos caminos, dice la Escritura que el Señor te perdonó. Bienvenido al pueblo del Señor. También dice la Escritura que “el que creyere y fuere bautizado será salvo.” El bautismo es la puerta de entrada, el bautismo es la ceremonia, el bautismo es la inauguración de la ciudadanía, el bautismo es la gran fiesta cristiana donde celebramos que ya pasaste de muerte a vida, que ya cruzaste la puerta, que ya no estás afuera, sino que estás dentro. Y será un gusto para nosotros como iglesia darte la bienvenida, formar parte del pueblo del Señor. Acércate también al final del culto, llámame en la semana y dime: “Pastor, yo he decidido bautizarme, entiendo que estoy fuera y yo quiero estar dentro.”

Ese es el gozo del pueblo del Señor: ver su pueblo crecer, pero crecer a la manera de Dios, con gente que hace su voluntad. Termino orando por esta congregación. Gracias, Señor, por la iglesia evangélica Pez Mundial. Permite, Padre, que más y más personas no cristianas vengan a nuestros cultos y permite, Señor, que más y más de esas personas entiendan su necesidad. Aumenta grandemente la iglesia, Señor, en este año. Permite que más personas entiendan su verdadera condición y que más gente, Señor, obtenga la ciudadanía celeste para la gloria tuya. En el nombre de Jesús, amén. Que el Señor les bendiga, hermanos. Nos vemos el próximo miércoles para nuestro culto de oración y de estudio bíblico.

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