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Revisando prioridades

Ageo 1

Dios nos llama a revisar nuestras prioridades, reconociendo que todo lo que tenemos es suyo y que nuestra verdadera satisfacción solo viene cuando Él ocupa el primer lugar.

Predicado9 de marzo de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Antes de orar le invito a que busquen en sus Biblias el libro del profeta Ageo. Es uno de los últimos libros del Antiguo Testamento. Pueden buscar allí el capítulo 1 y dejarlo abierto. Estaremos exponiendo hoy la profecía de Ageo. Pueden buscar sus Biblias y poner ahí un marcador en el libro del profeta Ageo, en el capítulo 1. Ageo está justo antes de Zacarías y Malaquías, justo antes de Mateo. Es uno de los últimos libros del Antiguo Testamento. Pueden buscar ahí en sus Biblias, tenerlas abiertas, para que entonces nos presentemos juntos delante del Señor. Si ya buscaron sus Biblias, entonces cierre sus ojos un momento y oremos ante el Señor, para que sea Él quien nos dirija en el estudio de su Palabra.

Como hacemos cada domingo, Señor, venimos con reverencia, venimos con respeto, con humildad de corazón ante tu presencia, a pedirte que al leer tu Palabra, nuestro corazón se mueva. Yo no tengo la capacidad, Señor, con mis palabras naturales, mis palabras de hombre, para lograr que algo cambie en el interior de esta iglesia. No tengo la capacidad, Señor, de mudar el corazón de los hombres, pero yo sé que tú sí puedes hacerlo. Te quiero pedir hoy, Señor, dependiendo de ti totalmente, que cuando tu Palabra sea expuesta, cada persona aquí congregada pueda ser conmovida en su interior, y no solamente conmovida, sino que pueda ser movida a tomar una decisión, una resolución de colocarte a ti en el primer lugar.

El mover del Espíritu y el contexto histórico

Sabemos que tu Santo Espíritu se mueve en medio de tu iglesia. Tú has dicho que nos convencerá de pecado, de justicia y de juicio. Permite, Señor, que no sean solamente razonamientos humanos; permítenos sentir tu poder sobrenatural obrando en el interior de nuestro ser, para colocar, Señor, el orden de prioridad que tú has determinado para el hombre. De nuevo, Señor, permite que tu Palabra expuesta sea acompañada de tu Espíritu Santo moviendo el corazón de esta iglesia, de esta congregación, para que hagamos juntos, para tu gloria, lo que tenemos que hacer. Dirígenos tú, Señor, acompáñanos tú. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.

Estaré exponiendo la Palabra del Señor en la profecía de Ageo. Ageo es uno de los últimos profetas del Antiguo Testamento y es contemporáneo a la misma historia que estuvimos exponiendo el domingo pasado, del libro de Esdras. Esdras, el libro de Ester, el libro de Ageo, el libro de Zacarías, todas son historias bíblicas contemporáneas, sucedieron al mismo tiempo. Y es el tiempo del regreso del cautiverio del pueblo de Dios.

Dice así mismo nuestra introducción: en el libro de Esdras se narra el regreso de Israel luego de 70 años de cautiverio. Dios hizo posible que se les permitiera regresar a su tierra con la misión principal de que edificaran el templo, y al mismo tiempo les enriqueció materialmente para que pudieran lograrlo. Los tres primeros años, al regresar del cautiverio, ellos emprendieron la tarea con mucho ánimo, pero al llegar las primeras dificultades abandonaron la misión.

Introducción a Ageo y la misión descuidada

Y utilizaron la provisión de Dios, esa provisión en libertad y recursos materiales, para edificar sus propias casas, quedando la obra detenida por 16 años. Dios les envió al profeta Ageo con un mensaje de reprensión: debían meditar sobre sus caminos y revisar sus prioridades. No era malo que tuvieran sus casas bien arregladas, pero al comparar el estado de sus propias casas con el estado de la casa de Dios, la diferencia atestiguaría contra ellos mismos.

El mensaje del profeta Ageo, dado a otro pueblo, con otra misión y en otro tiempo, puede hacernos a nosotros hoy considerar nuestras prioridades con respecto a nuestra propia misión en el mundo. Acompáñenme, hermanos, a Ageo capítulo 1, y veamos cuál fue la reprensión, y permitamos que esta misma reprensión hable hoy a la iglesia del Señor.

Lectura bíblica: Ageo 1

Es la Palabra del Señor en el libro de Ageo, profeta Ageo, capítulo 1. Leeremos una porción extensa de la Palabra del Señor, desde el versículo 1 y hasta el versículo 15. Dice así la Palabra del Señor:

En el año segundo del rey Darío, en el mes sexto, en el primer día del mes, vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, diciendo: Así ha hablado Jehová de los ejércitos, diciendo: Este pueblo dice: No ha llegado aún el tiempo, el tiempo de que la casa de Jehová sea reedificada. Entonces vino palabra de Jehová por medio del profeta Hageo, diciendo: ¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, y esta casa está desierta? Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad sobre vuestros caminos. Subid al monte, y traed madera, y reedificad la casa; y pondré en ella mi voluntad, y seré glorificado, ha dicho Jehová. Buscáis mucho, y halláis poco; y encerráis en casa, y yo lo disiparé en un soplo. ¿Por qué? dice Jehová de los ejércitos. Por cuanto mi casa está desierta, y cada uno de vosotros corre a su propia casa. Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos. Y llamé la sequía sobre esta tierra, y sobre los montes, sobre el trigo, sobre el vino, sobre el aceite, sobre todo lo que la tierra produce; sobre los hombres, y sobre las bestias, y sobre todo trabajo de manos. Y oyó Zorobabel hijo de Salatiel, y Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y todo el resto del pueblo, la voz de Jehová su Dios, y las palabras del profeta Hageo, como le había enviado Jehová su Dios; y temió el pueblo delante de Jehová. Entonces Hageo, enviado de Jehová, habló por mandato de Jehová al pueblo, diciendo: Yo estoy con vosotros, dice Jehová. Y despertó Jehová el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y el espíritu de Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote, y el espíritu de todo el resto del pueblo; y vinieron, y trabajaron en la casa de Jehová de los ejércitos, su Dios, en el día veinticuatro del mes sexto, en el segundo año del rey Darío.

— Ageo 1:1–15

Esta historia guarda estrecha relación con lo que expuse en este mismo púlpito el domingo pasado. Estuve exponiendo cómo el Señor milagrosamente permitió que el pueblo de Israel regresara a su territorio luego de 70 años de cautiverio. Con la autoridad de Dios, este pueblo fue sacado de Persia y fue llevado nuevamente a Israel, y no solamente recibió de la provisión del Señor la libertad para regresar, también recibió recursos materiales.

Propósito del sermón y primer punto: nada es nuestro

Me propongo el día de hoy explicarles a ustedes algunas cosas. Se lo digo primero a modo de preámbulo: ¿a qué he venido hoy?, ¿qué me propongo? Me propongo explicarles que cualquier proyecto que ustedes estén edificando ahora mismo, para ello están utilizando recursos que no son de ustedes, sino de Dios. Tamaña cosa me propongo: enseñarles que lo que ustedes tienen no es suyo.

En segundo lugar me propongo enseñarles que su justificación quizá no tenga valor delante de Dios, y que aquello que tienen como excusa para no hacer lo que tienen que hacer muy probablemente es ruido ante la presencia de Dios, y que todos los hombres se excusan por razones que parecen más o menos justificadas, pero evitan hacer la voluntad de Dios.

En tercer lugar, yo vengo a acusarles, y la evidencia que tengo son ustedes mismos, y les diré que la mayor evidencia de su falta de devoción muy probablemente sean sus propios bienes. Y en cuarto lugar yo les enseñaré que cuando uno no hace con sus bienes lo que tiene que hacer —por bienes me estoy refiriendo a tiempo, esfuerzo, dedicación, tesoro y a todo lo que el Señor le haya dado— muy probablemente no llegue a tener mucho, pero disfruta poco. Y ya, Pastor, ¿eso solamente? También le tengo una llave al final, y es lo que uno hace cuando recibe la reprensión de Dios.

Arranco con el primer punto, hermanos, que es el que encuentro que es más difícil explicarle a todos ustedes: que ninguno es dueño de lo que tiene, sino que lo que tiene es de Dios. Que esta otra no lo entendieron, pero hace cerca de seis meses yo expliqué aquí, por medio de un sermón, que “de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”. He venido a recordárselo: de Jehová es la tierra y su plenitud. Dios es el creador del tiempo y del espacio, Dios es tu creador.

Cuando el hombre fue puesto en el jardín del Edén no fue puesto en el jardín del Edén para que inventara cosas; fue puesto allí, y la Palabra del Señor lo dice textualmente, como mayordomo, como administrador de la creación de Dios. El primer problema de la devoción tiene su raíz en entender que nosotros podemos decir que lo que tenemos es nuestro, y uno comienza a cultivar la devoción cuando uno le dice al Señor en oración: “Señor, lo que yo tengo no es mío, sino que es tuyo, y yo solamente lo administro”.

Mayordomía: recursos, dones y libertad peligrosamente amplia

Cuando Israel salió de Persia recibió riquezas, pero recibió riquezas con un propósito determinado. Acompáñenme al libro de Esdras; les repito lo que les expuse el domingo pasado. Capítulo 1 de Esdras, es un solo versículo que quiero recordarles. Miren cómo el Señor bendijo materialmente a Israel y con qué propósito. Esdras 1:4 dice, el Señor hablándole a los persas, le dice, a través de Ciro su siervo:

“Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde more, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganados, además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén.”

— Esdras 1:4

Cuando Israel salió de Persia, salió con los bolsillos llenos, salió bendecido materialmente. ¿Y saben con qué propósito fueron bendecidos materialmente? Lo primero, para que pudieran regresar, y lo segundo, para que edificaran la casa de Jehová, Dios de Israel.

Hermanos que están aquí presentes, amigos que escuchan la Palabra del Señor, tengo que decirles que cualquier cosa que usted tenga y diga que es suya, no es suya, sino que es de Dios y usted solamente la administra. Dice la Escritura que somos mayordomos de la creación de Dios, y que aquello que nosotros decimos que es nuestro, tarde o temprano se nos pedirá cuenta. Dice la Escritura en la parábola de los talentos que el Señor le da dones a los hombres. Esta iglesia es una iglesia de gente que ha recibido mucho del Señor.

Le cito cosas: usted tiene unos conocimientos que no son suyos. Quizá eres un hombre de ciencia, quizá eres un ingeniero, quizá eres un doctor. ¿Saben qué te enseñaron en la universidad? Te enseñaron cuáles son las leyes de Dios que rigen la creación; ¿qué es la investigación científica? Es buscar cómo funciona la creación para poder administrarla, pero las leyes físicas no las hiciste tú, las hizo Dios.

Quizás, no sé si tenemos agricultores en medio nuestro. ¿Usted cree que usted tiene la potestad para hacer que la semilla germine? ¿Usted cree que usted tiene la potestad para lograr que los nutrientes que están sobre la tierra hagan su función? La tierra es de Dios. ¿Y qué es lo que yo hago? Yo pongo la semilla, y la semilla, ¿quién la trajo? Dios. Quizá usted me dice: “Yo solamente tengo mis hijos, soy un proletario”. ¿Y los hijos de quién son? Dice la Escritura: “Herencia de Jehová son los hijos”. Usted no tenía la capacidad, la potestad para traer vida al mundo, y el Señor se lo permitió.

Si tiene hijos, si tiene tierras, si tiene oficios, todo lo que tiene es del Señor, y tarde o temprano el Señor pedirá cuentas. ¿Qué sucedió con Israel cuando llegó de nuevo a su territorio? Que llegaron a la abundancia, pretendieron que la abundancia era de ellos: “Esto es mío, yo puedo hacer con esto lo que yo quiera. Lo que voy a hacer es construir mi casa”.

La libertad del mayordomo y la prioridad de la casa de Dios

El Señor nos llama a nosotros, que somos administradores, que somos mayordomos de las cosas suyas. Miren, el Señor le da mucha libertad a sus administradores, y esa libertad a veces confunde. Quizás hay altos ejecutivos en este momento en nuestra iglesia. Los altos ejecutivos saben que en una empresa tienen virtualmente la potestad de los accionistas para hacer lo que les venga en gana. Pero saben que tarde o temprano tendrán que verse con el consejo administrativo de las empresas y rendir cuentas. Y usted podría operar todo un ejercicio fiscal hacia izquierda o hacia derecha, con plena libertad, pero tarde o temprano tendrá que rendir cuentas a los accionistas que pusieron el capital.

En manos de Dios le da una amplia libertad a sus mayordomos, y esa libertad a veces confunde. Y en la libertad que el Señor nos ha dado, a veces llegamos a entender que esto es realmente nuestro y no de Él. ¿Cuál fue la libertad que el Señor le dio a Israel? Miren, durante 16 años esa gente habitó una tierra que no era suya, con unos recursos que no eran suyos tampoco, y se les olvidó que en el cielo había un Dios que exigía que se le construyera un templo. Y usted me dice: “¿Y el Señor esperó 16 años para mandar a Ageo?”. Esperó 16 años.

Amigos que están aquí presentes, la devoción al Señor comienza con la mayordomía de los recursos del Señor, y el Señor a veces es paciente y espera mucho tiempo, pero al final “de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan”. ¿Qué es lo que está haciendo Ageo? Ageo le está recordando al pueblo: “Ustedes han sido bendecidos por el Señor y no está mal su casa, pero está muy mal que la casa del Señor esté desatendida”.

Usted me dirá: “Pastor, nosotros no estamos llamados en este tiempo a construir un templo”. Es verdad. Dice la Escritura que somos el templo espiritual del Señor. La misión de nosotros en este tiempo es edificar la iglesia del Señor, que dice la Escritura que es “columna y baluarte de la verdad”. Pero para edificar la iglesia del Señor hace falta manos. Estamos por lanzar en nuestra iglesia un plan de evangelismo casa por casa. Y yo me pregunté: ¿con quién es que lo vamos a cumplir, con los ángeles? La realidad que yo veo como pastor es que esta es una iglesia de gente altamente ocupada y muy sensible con sus recursos.

Es más, tengo amplia preocupación porque esta iglesia es de gente económicamente muy generosa, pero que no quiere que se juegue con su tiempo. “Yo soy un hombre muy ajetreado, yo soy una mujer de trabajo, llego a mi casa cansado, yo no tengo tiempo para nada”. De Jehová es la tierra y su plenitud. Aquí hay gente que con mucha facilidad le da al Señor su cartera completa: “Señor, mira mi cartera”. Pero tú le dices: “Hermano, mire, vamos a caer ahora dos horas adicionales a la semana para hacer la obra del Señor”, y: “¿Dos horas a la semana? ¡Mi tiempo!”.

Ese es el problema de esta iglesia, hermanos. Esta iglesia es de gente que ya rindió al Señor sus recursos económicos, pero no quiere rendir al Señor su tiempo. Y usted me dirá: “Yo no tengo tiempo”. De nuevo le recuerdo que a nadie el Señor le está pellizcando el reloj; a todo el mundo le da 24 horas. Y uno tiene que ser sabio y prudente para utilizar 24 horas al día de forma tal que al dueño de las horas se le dé la prioridad.

Ilustración de la casa en el campo y las “fundas de mangos”

¿Qué sucedía en tiempo de Ageo? Decían ellos… Nosotros ya llegamos. ¿Y cómo esto opera? ¿Cómo esto opera en este tiempo? Y uno analiza una historia; solamente se la voy a repetir. Recuerdo con la misma historia que le cuento a todos los hermanos en los talleres de membresía cuando llegan a nuestra iglesia. Es una historia real de un hombre que tenía una casa en el campo.

En su casa en el campo, este hombre quería disfrutar su casa, pero él vivía en la ciudad. Buscó una familia, la instaló en su casa en el campo y les dijo: “Miren, yo les voy a traer una compra cada 15 días. Le voy a dar una cama que ustedes no compraron, una habitación que ustedes pueden habitar; ahí hay una cocina donde pueden cocinar, y la comida se la traigo yo. Ustedes van a vivir en mi casa. Hay matas de mango; de las matas de mango ustedes pueden comerse todos los mangos que ustedes quieran. Pueden bañarse en la piscina. Pero por favor, cada vez que la mata de mango tenga producción, ustedes van a agarrar tres fundas negras y me mandan mis tres fundas de mango, que sean para mí los primeros mangos”.

Bueno, estas personas vivieron en esa casa, usaron la piscina, usaron las habitaciones, recibían su compra, hasta un salario les pagaban. Oye, pero cualquiera quisiera vivir así. Pero el dueño exigía que cada vez que las matas de mango, sus matas de mango produjeran, se le mandara la primera parte. ¿Y cuántos mangos puede producir? Bueno, esta persona entendió que el dueño no necesitaba los mangos, y cuando los mangos llegaban él decía: “¿Y qué se va a comer este hombre sus mangos?”. Y una vez mandó los mangos, y cuando fue a visitar al dueño de la casa encontró que los mangos se habían podrido en la funda, y dejó de mandar los mangos.

El dueño fue y le dijo: “Quizá yo no me como los mangos. Pero mías no son las dos fundas de mango que tú me mandas; mía es la casa, mías son las matas, mía es la comida que te comes, y lo único que te pido es que me mandes mis dos fundas de mango para yo recordarte, para que tú te recuerdes que la casa es mía. Y si tú dejas de enviarme los mangos, entonces yo entenderé que tú estás entendiendo que la casa no es mía, sino que es tuya. Y tú no deberías considerar qué yo hago con mis mangos, porque las matas son mías”.

Hermano, el Señor requiere el primer lugar de nuestra vida, el primer lugar de nuestro tiempo. ¿Y por qué el Señor requiere el primer lugar? ¿Él no puede hacer las cosas con el poder de su Palabra? Lo que pasa es que eso significa adoración. Durante mucho tiempo yo lidié con esa idea de decir: “Pero si el Señor no necesita… ¿por qué el Señor quiere devoción?”. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras. Podemos operar con libertad, pero tenemos que ser sabios y tenemos que ser prudentes. Todo lo que tenemos son recursos del Señor.

Escuchaba… Si la casa del Señor se viera como una organización, escuchaba por lo menos dos casos de gerentes generales en Estados Unidos, de empresas que no tomaron sus utilidades, y usted se hace la pregunta: “¿Y por qué estas personas no recibían sus bonos?”. Y ellos decían: “Nosotros no vamos a recibir bonos en este año porque nosotros no produjimos con qué generar utilidades”.

Buscar primero el Reino y la falsa escasez de tiempo

Uno administra, hermanos, recursos que son de Dios, pero uno tiene que recordarse que está trabajando para la gloria del Señor, que la primera parte de nuestra existencia tiene que ser para Él. Dice la Escritura: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas os serán añadidas”. Dice la Escritura también que hay un grupo de personas que pide y no recibe porque pide mal, para gastar en sus deleites.

Tengo que moverme al segundo punto, hermanos, pero en este primer punto les he dicho que nosotros no somos dueños, sino mayordomos, y que las cosas podemos vivirlas como si fueran nuestras, pero tenemos que recordar que no son nuestras, sino que son suyas.

Paso a un segundo punto. Quiero explicar ahora la justificación del pueblo. El Señor les dijo dos veces: “Este pueblo dice que no es el tiempo, que no es el tiempo de edificar mi casa. No es el tiempo”. Miren, Israel no negaba la misión que le fue encomendada de construir la casa del Señor. Ellos estaban dispuestos a retomar la misión en algún momento del futuro. Y usted me va a decir: “¿Cuándo iban a retomar la misión?”. Cuando fuera el tiempo.

¿Y cómo Israel entendió que no era el tiempo de edificar la casa del Señor? Ellos durante tres años dieron un intento y no se pudo, y ellos relacionaron dificultad con negación de Dios: “Si acaso era la voluntad del Señor, ¿por qué hay dificultades?”, decían ellos. Durante tres años el pueblo trabajó, pero el tercero se sentó. ¿Y por qué se sentó? Porque había dificultades. ¿Y qué hicieron cuando se sentaron? Se dedicaron a construir sus propias casas. Les dice el Señor: “No es tiempo, pero para vosotros sí es el tiempo”.

“No es el tiempo”: excusas y etapas de la vida

¿Cuándo será el tiempo? Le pregunto, hermanos, de esta iglesia, le pregunto: ¿cuándo usted va a tener tiempo para hacer la misión de la iglesia del Señor? Ay, Pastor… Yo no estoy mirando a nadie, hermanos, y por favor no maten al mensajero. El Señor no le mandó a alguien a dar un mensaje y lo que hicieron los dos hombres perversos fue que mataron el mensajero. No estoy mirando a nadie, hermanos, pero le pregunto: ¿cuándo va a ser el tiempo? Yo pongo mi ejemplo personal: miren, cuando nazca la criatura que mi esposa tiene en el vientre, ahí sí es verdad que yo me voy a dedicar. Después yo le voy a decir: cuando camine, cuando crezca y sea un adolescente, cuando sea joven, cuando terminen mis hijos la carrera universitaria, ya yo voy a tener tiempo para hacer la casa del Señor, cuando se casen mis hijos.

Eso es lo que la gente dice: “Hermano, tenemos casa… la misión del Señor… lo que el Señor…”. “Ay, Pastor, usted sabe que tengo un niño chiquito, ¿verdad? Es tan difícil”. ¿Y cuándo va a ser el tiempo, cuando tus niños sean grandes? “Ay, Pastor, yo tengo adolescentes”. “Yo tengo a mis hijos en la universidad ahora mismo”. Y después estoy casando mis hijos, y después cargando mis nietos: “Cuando mis nietos caminen, cuando mis nietos sean adolescentes…”. “Ay, me duele el cuerpo, Pastor, ahora me dan unos dolores… ahora estás cargando los nietos”.

Hermano, se lo digo como broma, pero nunca es el tiempo. Nunca es el tiempo. Cuando no hay devoción, cuando el Señor no ocupa el primer lugar de tu vida, nunca es el tiempo. Y tú me dices: “No, que a mí me faltan horas, me faltan fuerzas”. Nunca será el tiempo.

Algunos dirán: “Cuando tenga trabajo”. Otros dirán: “Cuando tenga un trabajo que me permita tener unas cuantas horas más disponibles”. Antes el problema era que no tenías trabajo; ahora es que tienes mucho trabajo. ¿Cuándo va a ser el tiempo? “Cuando termine la universidad, cuando termine la maestría, cuando termine el doctorado, cuando sea yo el catedrático que haga a otros y les dé el grado, y después la materia…”. ¿Cuándo va a ser el tiempo del Señor?

“Cuando tenga carro”. “Ay, Pastor, el Señor ya me dio el carro, pero es que la calle está tan difícil, los problemas del tránsito, ¿cómo yo voy a hacer la obra del Señor?”. “Miren, cuando el gobierno haga el metro, y uno no tenga que coger guagua y uno pueda ir de un lugar al otro así, con más tranquilidad, entonces yo voy a hacer la obra del Señor. Cuando construyan la segunda línea del metro; cuando pongan la ruta alimentadora; cuando el metro pase por el frente de mi casa”. Hermano, ¿cuándo va a ser el tiempo?

“Entonces vino palabra de Jehová por medio del profeta Ageo diciendo: ¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas y esta casa está desierta?”. Hermano, no me des a mí, no me des una justificación; dele su justificación al Señor, y muy probablemente la justificación que tenga delante del Señor sea ruido.

Hay excusas que son comunes, ¿qué dice la gente en este tiempo? “No es el tiempo”. ¿Cuál es la excusa? Hay una falsa responsabilidad. Yo le he compartido el Evangelio a algunas personas, y las personas entienden el Evangelio, y cuando yo les predico el Evangelio, ¿saben lo que me dicen? “Pastor, yo entendí, ya yo siento que el Señor me tocó; lo que pasa es que yo soy una persona muy responsable. Yo no quisiera decirle que yo voy a seguir a Cristo para después entonces quedarle mal a Dios. Como yo soy muy responsable, cuando yo tenga de verdad la intención de seguir a Cristo, yo le aviso”.

Hay otros que hacen una obediencia parcial. Yo no tengo la mente de los judíos, hermanos, del tiempo de Esdras, pero yo supongo que muchos de ellos dirían: “Pero lo que el Señor decía no era que había que salir de Persia y volver para Jerusalén. Ya estamos en Jerusalén, ¿y qué tanto es que quieren que uno haga? Ya nosotros dejamos Persia y vinimos a Jerusalén porque el Señor dijo que había que volver a Jerusalén; ya yo lo hice”. Hermano, no era volver a Jerusalén, era volver a Jerusalén a reconstruir la casa del Señor.

Esa obediencia parcial que tienen algunos: “Ya yo soy un cristiano, ya yo vengo a la iglesia. ¿Y por qué hay que hacer más de ahí?”. Dice la Escritura: “Es necesario hacer esto sin dejar de hacer lo otro”.

Excusas modernas y el problema del tiempo y los niños

Hermano, hay tantas excusas, que son excusas ligeras, que la gente tiene para no hacer la obra del Señor, que uno se pone las manos en la cabeza. Digo esto con prudencia, pero recuerdo cuando era miembro de la iglesia de Lucerna. En Lucerna teníamos dos cultos el domingo y casi todo el mundo vivía por ahí, llegaba con facilidad. Por lo menos la mitad de la iglesia vivía cerca físicamente del templo. Nosotros nos reuníamos en la mañana para la escuela bíblica y volvíamos para el culto de predicación en la noche.

Recuerdo una reunión de miembros donde aparecieron muchos hermanos muy preocupados, y decían —no me lo decían a mí, se lo decían a Parra—: “Pastor, nosotros estamos muy preocupados porque la inseguridad ciudadana ha avanzado tanto y esta iglesia tiene culto los domingos a las 6 de la tarde. Ya sin luz, hay que salir de su casa. Pastor, nosotros quisiéramos que la iglesia tenga más tiempo para nosotros poder visitar a familiares nuestros que no son creyentes y poderlos evangelizar. Queremos que la iglesia tenga más tiempo para practicar las cosas que estamos aprendiendo, que son muy buenas”.

Oye, todo el mundo decía que sí: “Es verdad, es verdad, es verdad; tengamos más tiempo, más tiempo”. Cuando se terminó resolviendo que se iba a cancelar el culto del domingo en la noche —porque la gente necesitaba tiempo para evangelizar, porque necesitaba tiempo por la inseguridad social—, ¿saben qué pasó? Yo no sé si fue ahí mismo, pero había un hermano de la iglesia que era el que menos respaldaba las cosas que él quería hacer: un equipo de pelota. Se hizo un equipo de pelota, y en corto tiempo estábamos los domingos en la noche jugando softball, y éste encontraba a la iglesia completa empujando el juego de softball, las carreras y demás.

“Pero venga acá, ¿no era que no había tiempo para evangelizar, que no había tiempo, que la inseguridad…?”. Los juegos igual podían terminar a las 10, hermano, y jugábamos, y estaba la iglesia entera jugando softball. Hermanos, ¿qué es lo que les estoy diciendo? Que nunca hay tiempo cuando el Señor no ocupa en el corazón el lugar correcto. Pero si acaso el Señor tuviera la prioridad en tu vida, aparecería el tiempo.

Y esa apariencia de piedad y de prudencia el Señor no siempre la recibe. Hay otros que dicen que están dedicados a hacer ahora mismo una cosa: “En este momento de mi vida estoy estudiando; en este momento de mi vida estoy criando; en este momento de mi vida estoy gestando”. ¿Cuándo será el tiempo?

Una excusa que regularmente recibo es que no hay actividades para niños: “Nadie va a cuidar los niños”. Yo le pregunto: ¿cuántas son las iglesias evangélicas que hay actividades para niños? Por lo menos yo crecí en una iglesia evangélica desde niño donde las mujeres agarraban sus niños ahí, todo el mundo. Y me preguntan: “Pastor, ¿van a haber actividades para niños?”. No siempre hay actividades para niños, pero usted no puede detener su asistencia porque tenga niños.

Me dicen: “¿Va a haber alguien que va a atender a los niños? Porque es que si no yo no me concentro”. Aprenda a concentrarse. Busque la manera de que el Señor le ayude. Perdónenme, pero tengo ahora mismo cierta carga, porque presiento que nuestra iglesia a veces coloca a los niños —y yo mismo he sido autor de eso— en un lugar tan, tan alto, que si no hay actividades entretenidas para un niño, entonces el niño no va. Quizás no aprendan a ser cristianos.

Ser cristiano conlleva un poco de dificultad; hay que soportar un poco. Y supongo que si a los niños de nuestra iglesia siempre tenemos actividades para niños, siempre actividades, siempre una actividad divertida para ellos, y no aprenden a estar ahí chocando con una silla como hay que chocar, quizás mañana no aprendan a sentarse en una silla a recibir el sermón de Dios. ¿Pueden seguirme en esto? Si no le enseñamos hoy a nuestros niños que la iglesia no siempre es chula y divertida, que no siempre la iglesia es un lugar adecuado para el niño, donde el niño tenga su satisfacción, muy probablemente mañana ni siquiera puedan ser cristianos.

Es un reto enseñarle a un niño a comportarse en una iglesia, hermano, pero eso no son excusas para nosotros no hacer lo que tenemos que hacer.

Historia de los hermanos en “Romana” y la devoción parcial

Comparto esta anécdota y me muevo. En el primer punto les he enseñado acerca de que somos mayordomos del Señor y el Señor requiere la primera parte. Nuestra principal devoción debe ser hacia el Señor, y con lo que quede entonces nosotros. No somos dueños, somos mayordomos; de ahí comemos, pero el Señor tiene la primera parte. Lo segundo, les he dicho que nuestras excusas no siempre el Señor las está comprando.

Comparto una anécdota y me muevo al tercer punto. Estuve ayudando una iglesia hace un tiempo —bueno, hace cerca de siete años— donde habían personas que eran acaudalados, personas que tenían recursos materiales, que habían hecho profesión de fe. El problema que tenía esta iglesia era que los domingos la mitad de la iglesia estaba en “Romana”. No en La Romana, sino en Romana. Era una iglesia de una membresía amplia. Yo decía: “Pastor, ¿y qué es lo que pasa?”. “No, es que la mitad de los hermanos están en Romana”.

Y yo acompañé al pastor a visitar a uno de estos hermanos que no se estaba congregando, y fuimos, visitamos al hermano. Era un comerciante de mucho dinero. Y cuando fuimos a su casa, lo primero que él nos dijo fue: “¿Qué hace falta para la iglesia? Porque yo he reservado los recursos. Este mes he reservado 150,000 pesos para programas de la iglesia solamente”. Y el pastor —hermano, tengo que reconocer, fue muy pronto— dijo: “No, nosotros no hemos venido… la iglesia tiene todas sus necesidades cubiertas; lo que hemos venido es porque queremos que tú vengas con nosotros a adorar al Señor la mañana del domingo”.

“Ay, Pastor, ya hemos hablado antes de eso. Usted sabe que yo me convertí, ¿verdad? Sí, yo me convertí, yo soy un cristiano. El asunto es que yo soy un comerciante, yo tengo una vida muy ajetreada y yo trabajo de lunes a sábado. Y cuando llega el sábado en la mañana, yo me voy para mi villa en Romana, hermano, y yo no tengo tiempo para la iglesia”. “Lo que pasa —decía él— es que hace falta que adoremos al Señor la mañana del domingo, que sirvamos al Señor con nuestros dones”. Y él le dijo: “Pastor, pero mire, hay mucha gente desempleada. Vamos a buscar hermanos en la iglesia que están desempleados, que hagan la misión de la iglesia, y nosotros déjenos trabajar. Porque por eso es que los evangélicos no crecen”.

Yo oía eso, hermano, yo oí eso, y cuando uno lo oye… Es más fácil decirlo que oírlo. Este hombre entendía que lo que el Señor necesitaba era su bolsillo, era su dinero, y que él desde La Romana podía hacer la obra del Señor.

Yo no quiero ofender a nadie, hermano, pero a mí los otros diáconos me dieron el informe preliminar que vamos a presentar en la reunión de miembros del año pasado, y esta iglesia levantó el año pasado, hermano, una cantidad de dinero vergonzosa con relación al tiempo que esta iglesia le está dedicando al Señor. Y cuando yo veo, hermano, la generosidad que tiene esta iglesia con su bolsillo, y yo veo que en los últimos cultos los miércoles nos hemos juntado dos hermanos, tres hermanos adorando al Señor con fidelidad, muy probablemente nuestros bienes testifiquen contra nosotros al final de los tiempos.

No puede ser que esta iglesia levante más de un millón de pesos en recursos en un año y no levante cuatro horas para un culto al Señor a la semana. Pongamos nuestros valores en remojo, hermanos. ¿Hay que esperar que nos manden a Ageo?

¿Cómo va a ser que esta iglesia pueda levantar recursos millonarios siendo un pueblo pequeño y de gente que, la verdad, es que aquí no hay ricos, pero no… tenga que hacer de tripas corazón para decir: “Hermanos, vamos a orar al Señor, a llevar como iglesia nuestras necesidades”? No es fácil. Eso es un asunto de proporcionalidad.

En el primer punto, hermanos, les he dicho que nada que usted tenga —ni sus hijos, ni su carro, ni su carrera, ni su casa— es suyo, sino que es del Señor. En segundo lugar, les he dicho que dejemos de excusarnos delante del Señor y que hagamos lo que hay que hacer, que el Señor no siempre está contando con nuestras excusas.

Acusación: casas artesonadas y bienes que atestiguan

Permítanme ahora acusarlos, en el nombre del Señor. Le decía Ageo al pueblo: “¿Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas?”. Hermanos, ya no solamente estaban avanzando en casa, sino en casas artesonadas, en casas dispuestas, en casas arregladas, en casas bonitas, casas con adornos. Y usted me preguntará: “¿Y eso qué tiene que ver, su casa adornada?”. Lo siguiente: “Porque yo no modificaba la casa del Señor”. “Porque era peligroso, los pueblos circundantes no nos dejaban poner una piedra; poníamos una piedra y nos la botaban”. “Ah, pero usted pudo poner veinte piedras juntas para su casa”. “¿Y por qué no podemos hacer la casa del Señor?”. “Bueno, porque cuando intentamos en la casa del Señor, los pueblos nos amenazan”. “¿Y no te amenazaron cuando ibas a hacer tu propia casa?”. “Sí”. “¿Y la obra se detuvo?”. “No, la de mi casa”.

“¿No requería esfuerzo físico edificar tu propia casa?”. “Sí”. “Y la del Señor también”. “¿Y los recursos materiales, no hacían falta madera y piedra para edificar la casa del Señor?”. “Sí”. “¿Y para la tuya conseguiste?”. “Sí, Pastor, ya conseguí”.

Hermanos que están aquí, miren, la mayoría de ustedes han ido a la universidad, que no está al lado de su casa, y se van de noche, y han hecho maestrías y grados. Quizás montamos su guagüita para coger para la universidad a estudiar. ¿Y qué es lo que pasa? “Ay, hermano, que sobre la universidad hay que estudiar, usted sabe”. “¿Y no requería constancia edificar tu propia casa?”. “Sí, requería constancia también”.

Miren, cuando Cristo venga, sus títulos, sus múltiples ascensos en el trabajo, su casa, su carro, sus negocios y hasta sus hijos testificarán contra usted. ¿Para qué van a servir sus bienes en el día del juicio? Para que el Señor pueda constatar que usted no edificó su casa —la casa de Él— no fue por falta ni de recursos, ni de capacidad, ni de oportunidades. Cualquier persona que ha tenido hijos responsablemente sabe que eso es un sacrificio, se esforzó para eso. ¿Y por qué no puede edificar la casa del Señor? Porque es la casa del Señor.

Hermano, ponga al dueño en el primer lugar. Que su patrimonio —que no está mal, hermano; “Pastor, ¿usted se opone a que tengamos carros, o bienes, negocios?”. No—, yo me gozo cuando los negocios de mis hermanos van avanzando, cuando las familias de mis hermanos están creciendo, cuando las carreras de mis hermanos cada vez les va mejor, cuando en sus trabajos están siendo prosperados. Y tengo temor, hermano, de que todas esas cosas cuando usted se encuentre con el Señor y le hable de eso, el Señor mire para otra parte.

He predicado un sermón triste hoy, hermanos. Yo quisiera traerles caramelos, pero me tocó Ageo hoy, y a mí también me ha dado duro. Yo no vengo a decirles esto desde arriba; a mí también me ha dado duro. Yo no quisiera que mi cuenta corriente, al final de los tiempos, testifique contra mí. No quisiera, hermano, que mi patrimonio…

Estaba mirando mi casa el día pasado, hermano. ¡Guau! Vayan allá, bebés un cafecito conmigo. Le hemos puesto unos toldos, que se ven más bonitos. Vayan para que usted vea. Pero yo no quisiera que cada uno de esos toldos testifique contra mí en el día del juicio, ni contra usted.

Les he enseñado en primer lugar, hermanos, que usted no es dueño de nada, que todo es de Dios. Les he enseñado que el Señor muy probablemente no está recibiendo nuestras excusas. Les he enseñado que la evidencia, lo que va a evidenciar en contra tuya al final, cuando el Señor te pida cuenta, va a ser tu propio patrimonio.

El castigo: mucho trabajo, poca cosecha, cero satisfacción

Y permítanme decirles ahora que el castigo de Dios se había mostrado en dos sentidos: primero en carencia, pero por otro lado algo mucho más peligroso, y es falta de satisfacción. Dice la Escritura, versículo 9 del capítulo 1: “Buscáis mucho y halláis poco. Encerráis en casa y yo lo disiparé en un soplo”. ¿Qué le estaba pasando a esta gente? Son muchas las evidencias. Dice: sembraban mucho y cosechaban poco, comían y bebían y no se saciaban, se vestían pero quedaban con frío, tenían trabajo y cobraban, pero el salario no rendía.

Hermano, uno puede edificar un patrimonio alejado de Dios, pero para disfrutar de un patrimonio hay que estar cerca. Usted puede hacerse rico en esta tierra obviando a Dios, pero para disfrutar de los bienes de esta tierra hay que poner al Señor en el primer lugar. Los ricos de esta tierra que yo he conocido, su problema no es falta de recursos, es falta de disfrute. Tienen villas, tienen casas, tienen dinero; “pero eso no me da satisfacción”. Tienen mujer, tienen hijos, “pero la familia no me da…”. ¿Y qué es lo que pasa? Dice Proverbios 10:22 que “la bendición de Jehová es la que enriquece y no añade tristeza con ella”.

Sin tomar en cuenta a Dios, usted puede comprar carros, casas, ropa, pero la verdadera satisfacción se encuentra cuando se busca primeramente el reino de Dios y su justicia. Muy probablemente tú me dirás: “Yo nunca he tomado en cuenta a Dios y me ha ido bien. Yo he podido hacer negocios, yo no soy un cristiano, yo tengo una carrera exitosa y yo nunca he puesto a Dios en el primer lugar”. Muy probablemente tú hayas construido casa; el asunto es que la casa no te abriga. Muy probablemente tú hayas edificado familia; el asunto es dónde está tu familia el día de hoy. Muy probablemente tú tengas bienes materiales para hacer cualquier cosa que se te antoje en este momento, pero lo que es del Señor es la riqueza que no añade tristeza con ella.

Perdónenme, hermanos, si he sido muy vehemente en estas cosas, pero es que yo quiero que ustedes disfruten. Lo caro no es un problema, ¿lo sabía? Las profesiones tampoco, los hijos son bendición de Dios, pero cuando no se coloca a Dios en el lugar correcto, por mucho que produzca el negocio, no rinde.

Les voy a compartir de mi testimonio personal. Miren, los momentos en que menos a mí me ha rendido lo que he producido han sido los momentos en que más lejos he estado de Dios. “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas les van a ser añadidas”.

Les he dicho que lo que tienen no es suyo. Les he dicho que muy probablemente se están justificando y Dios no lo está recibiendo. Les he dicho también que la evidencia en contra de ustedes al final serán sus propias posesiones, y les he explicado ahora que el castigo de Dios se evidencia en dos maneras: hay gente que no consigue, hay gente que consigue y no se sacia. Y yo le tengo más miedo a lo segundo.

Vacío y desesperación: el rico sin satisfacción

¿Saben ustedes por qué es que los ricos de este mundo terminan cortando su vida, terminan frustrados, muchos terminan hasta con desórdenes psíquicos? ¿Saben por qué terminan así? Por la impotencia que da usted sentirse rodeado de recursos y con un hoyo de este tamaño en el corazón. Podría cenar en el restaurante que quiera, podría tener las mujeres que quiera, podría comprar los carros que quiera, pero nada, nada, nada da satisfacción. “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia”. “La bendición de Dios es la que enriquece y no añade tristeza”.

Finalmente, hermanos, ¿qué fue lo que hizo el pueblo de Israel? Mi meta en este día no es que usted se golpee el pecho y diga: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, y vuelva a su casa a hacer lo mismo. Dice Hechos capítulo 3 y versículo 19:

“Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”.

— Hechos 3:19

Hay dos cosas que hay que hacer. Hay gente que se arrepiente todos los días y es que siente. Hay gente que el Señor le permitió sentir, sentir, y dijo: “Mira, es verdad que he estado poniendo otra cosa primero que el Señor, quizás me he deslizado en mis prioridades, he colocado la capacitación, los oficios, el avance en esta tierra primero”. Hay gente que lo hace y se siente ahí compungido. Pero ese no es mi propósito, no es que usted se arrepienta solamente.

Dice la Escritura: “Arrepentíos y convertíos”. Hace falta que usted sienta, pero hace falta que usted dé la vuelta. Hace falta que usted sienta algo en el corazón, la reprensión del Señor, pero hace falta también que usted resuelva algo en su accionar. Arrepentíos y convertíos. Y la meta de eso es que vengan del Señor tiempos de refrigerio. Hay gente aquí que tiene casas, que tiene cocina, que tiene despensa llena; el Señor puede mandar tiempos de refrigerio. ¿Y qué es lo que hay que hacer? Lo mismo que hizo el pueblo.

Dice Ageo que el pueblo oyó lo que Ageo tenía que decir, que el pueblo temió, y temer, hermanos, no como el temor al cuco. Cuando la Escritura habla del temor de Dios es un respeto reverente, es una conciencia de que Dios es real y que Dios te está hablando. Eso es lo que es temer a Dios, no es “tengo miedo, me voy, ay, ay”. Temer a Dios es: Dios es real, Él es mi Creador, está por encima de mí y ha hablado a mi corazón. El pueblo oyó, el pueblo temió y, en último, el pueblo trabajó.

Video final y oración por prioridades correctas

Hay un video que yo quiero mostrarles, si Jonathan me ayuda. Y después de este video quiero orar por la iglesia, para que el Señor les permita reajustar sus prioridades, que el Señor les permita colocar la obra de Dios, colocar los proyectos de Dios en el lugar correcto. Veamos juntos este video y luego terminaré orando.

El hombre sin propósito es como un barco sin timón, un soplo, nada, nadie. Realicé grandes obras, me construí casas, me hice de sirvientes y amontoné dinero y disfruté de todos los deleites. Me engrandecí en gran manera, más que a los que me precedieron. Consideré luego todas mis obras y el trabajo que me había costado realizarlas y vi que todo era absurdo, un correr tras el viento, que ningún provecho se saca en esta vida. Me fijé entonces en otro absurdo en esta vida: vi a un hombre solitario y que nunca dejaba de afanarse. Jamás le parecían demasiadas sus riquezas. “¿Para quién trabajo tanto y me abstengo de las cosas buenas?”, me pregunté. También esto es absurdo y una penosa tarea. Y, además, que tanto el afán como el éxito en la vida despiertan envidias. Aquí tienen el hogar del hombre que no buscó refugio en Dios, sino que confió en su gran riqueza y se afirmó en su maldad. En vano he trabajado, he gastado mis fuerzas sin provecho alguno. Mis días se van más veloces que una lanzadera, y sin esperanza alguna llegan a su fin. Tengo en poco mi vida; no quiero vivir para siempre; déjame en paz, que mi vida no tiene sentido. ¿Qué provecho saca el hombre de tanto afanarse en esta vida? Generación va, generación viene, mas la tierra siempre es la misma. Sale el sol, se pone el sol y afanoso vuelve a su punto de origen para de ahí volver a salir. Dirigiéndose al sur o girando hacia el norte, sin cesar va girando el viento para de nuevo volver a girar. Todos los ríos van a dar al mar, pero el mar jamás se sacia; a su punto de origen vuelven los ríos para de ahí volver a fluir. Todas las cosas hastían más de lo que es posible expresar; ni se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír. Lo que ya ha acontecido volverá a acontecer, y lo que ya se ha hecho se volverá a hacer, y no hay nada nuevo bajo el sol. Vamos, pues, haré la prueba con los placeres y me daré la gran vida, pero aun esto resultó un absurdo. A la risa la consideré una locura; en cuanto a los placeres, ¿para qué sirven? Dice el necio en su corazón: “No hay Dios”. Están corrompidos, sus obras son detestables, no hay uno solo que haga lo bueno. Desde el cielo, el Señor contempla a los mortales para ver si hay alguien que sea sensato y que busque a Dios; pero todos se han descarriado, a una se han corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni uno solo. ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo, se vuelve enemigo de Dios. A menos que se dé por hecho la existencia de Dios, la búsqueda de propósito de vivir no tiene sentido. El que confía en sus riquezas se marchita, pero el justo se renueva como el follaje. Bendito el hombre que confía en el Señor y pone su confianza en Él. Será como un árbol plantado junto al agua, que extiende sus raíces hacia la corriente. No teme que llegue el calor y sus hojas están siempre verdes; en época de sequía no se angustia y nunca deja de dar fruto. Hazme saber, Señor, el límite de mis días. Hazme saber lo efímero que soy. En esta tierra soy un extranjero; no escondas de mí tus mandamientos. El que se apega a su vida la pierde; en cambio, el que aborrece su vida en este mundo la conserva para vida eterna. Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios, pero por su gracia son justificados gratuitamente mediante la redención que Cristo Jesús efectuó. El que cree en el Hijo tiene vida eterna. El Hijo es el resplandor de la gloria de Dios, la fiel imagen de lo que Él es, y el que sostiene todas las cosas con su palabra poderosa. Porque por medio de Él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades; todo ha sido creado por medio de Él y para Él. Lávame de toda mi maldad y límpiame de mi pecado. Reconozco mis transgresiones. Contra ti he pecado. Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva la firmeza de mi espíritu. Muchas son, Señor mi Dios, las maravillas que tú has hecho; no es posible enumerar tus bondades a favor nuestro. A ti no te complacen sacrificios ni ofrendas, pero me has hecho obediente. Me agrada, Dios mío, hacer tu voluntad; tu ley la llevo dentro de mí. La ciudad no necesita ni sol ni luna que la alumbren, porque tu gloria la ilumina y el Cordero es su lumbrera. Y somos transformados a tu semejanza por la acción de tu Espíritu. Guíame a no vivir como necio, sino como sabio, aprovechando al máximo cada momento. Mi corazón humano genera muchos proyectos, pero al final prevalecen tus designios, pues el sentido de mi vida lo he encontrado en tus propósitos.

Oremos. Señor, nosotros queremos que tú seas el centro, que tú seas el primero. Queremos, Señor, reconocer delante de ti que lo que tenemos no es nuestro, que nuestro tiempo no es nuestro, que nuestros hijos no son nuestros, que nuestra carrera no es nuestra, que nuestros recursos materiales no son nuestros, que todo es tuyo. Te pedimos perdón, Señor, por haber muchas veces puesto tus proyectos de último en la agenda. Te pedimos perdón porque muchas veces te hemos dado las sobras del tiempo, las sobras de las fuerzas, las sobras de la mente.

Te rogamos, Señor, que por medio de tu Espíritu Santo tú despiertes el espíritu de esta iglesia como despertaste el espíritu de Zorobabel, de Josué y del resto del pueblo, y que nos muevas a trabajar en tu casa, en tu obra, en tu iglesia, en la misión que tú nos has dado. Que podamos, Señor, buscar primeramente tu reino y tu justicia y descansar en que todas las demás cosas nos serán añadidas.

Ayúdanos a arrepentirnos y a convertirnos, que no sea solamente emoción, sino decisión. Que hoy, Señor, se tomen resoluciones concretas de tiempo, de servicio, de devoción, de prioridad. Y que vengan de tu presencia tiempos de refrigerio sobre esta congregación, sobre cada hogar, sobre cada vida.

En el nombre de Jesús. Amén.

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