Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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La provisión de Dios para nuestra liberación

Esdras 1

Dios es poderoso para salvar y también generoso para proveer todo lo necesario a aquellos que, saliendo de su cómoda esclavitud, deciden obedecerle y caminar en libertad.

Predicado2 de marzo de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden buscar y poner ahí un marcador para que oremos al Señor y encomendemos a Él este tiempo de enseñanza. Ahí donde están les pido que cierren sus ojos por un momento y que nos encomendemos en oración al Señor antes de leer su palabra, para que sea Él quien permita que su palabra tenga en nosotros el mayor aprovechamiento. Nos encomendamos ahora reverentemente, Señor, ante tu presencia. Estamos por leer tu palabra, por escudriñar, Señor, las sagradas Escrituras.

Queremos pedirte, Padre, ahora humildemente, dependientemente, que sea tu Santo Espíritu en medio nuestro. Tú has provisto, Señor, anteriormente, provee en este momento. Permite que cuando tu palabra se predique nuestro discernimiento sea especialmente despertado. Que la sensibilidad de nuestro corazón, Señor, sienta; permítenos sentir en el corazón, que la sensibilidad esté presente para que sienta. Y permite, Padre, que la voluntad, ayudada por tu Santo Espíritu en este momento, esté fortalecida.

Te encomiendo a cada persona congregada. Mira a aquellos, Señor, que han sido salvos y todavía no entienden el poder que operó allí. Mira a aquellos, Señor, que están considerando tus caminos y se sienten atemorizados de que si acaso podrán permanecer. Permite que al estudiar tu providencia en nuestra liberación, todo este pueblo sea animado. Anima a los que ya creyeron, Señor; anima a aquellos que comienzan a creer; anima, Padre, a los que dieron pasos de fe hace años y anima a aquellos que recién comienzan.

Permite que cuando veamos tu palabra todos nosotros seamos alentados a hacer tu voluntad contando con tu provisión. Para la gloria tuya te pedimos esto en el nombre de Jesús. Amén.

Estaré predicando tanto este domingo como el domingo próximo del libro de Esdras. Hoy estaré hablando específicamente acerca de la provisión de Dios para nuestra liberación. Acompáñenme a Esdras capítulo 1. Dice así la palabra del Señor:

En el primer año de Ciro rey de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino, diciendo: Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá.

¿Quién hay entre vosotros de todo su pueblo? Sea Dios con él, y suba a Jerusalén, que está en Judá, y edifique la casa de Jehová Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén. Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde more, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganados, además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén.

Entonces se levantaron los jefes de las casas paternas de Judá y de Benjamín, y los sacerdotes y levitas, todos aquellos cuyo espíritu despertó Dios para subir a edificar la casa de Jehová, la cual está en Jerusalén. Y todos los que estaban en sus alrededores les ayudaron con plata y oro, con bienes y ganado, y con cosas preciosas, además de todo lo que se ofreció voluntariamente.

Además el rey Ciro sacó los utensilios de la casa de Jehová, que Nabucodonosor había sacado de Jerusalén y los había puesto en la casa de sus dioses. Los sacó, pues, Ciro rey de Persia, por mano de Mitrídates tesorero, el cual los dio por cuenta a Sesbasar príncipe de Judá. Y esta es la cuenta de ellos: treinta tazones de oro, mil tazones de plata, veintinueve cuchillos, treinta tazas de oro, otras cuatrocientas diez tazas de plata, y otros mil utensilios. Todos los utensilios de oro y de plata eran cinco mil cuatrocientos. Todos estos Sesbasar los trajo con los que subieron del cautiverio de Babilonia a Jerusalén.

— Esdras 1:1–11

Esta porción de la Escritura inaugura una sección en toda la revelación de Dios y es nuestra introducción. Los cuatro grandes relatos de la Biblia que conforman la historia de la redención son: 1) la salida de Abraham; esto se detalla en Génesis; 2) el éxodo de Israel; 3) el regreso del cautiverio, que es lo que estamos viendo hoy; y 4) la formación de la iglesia. Todos guardan una estrecha relación, y aunque pueden ser estudiados de forma particular, se debe tener siempre en cuenta la perspectiva completa y su propósito.

Esto es bendecir con un descendiente de Abraham, que fue Cristo, a todas las naciones de la tierra. Cristo, y no los personajes secundarios —Abraham, Moisés, Esdras— es el tema central de la historia, y la primera meta de un estudiante de la Biblia debería ser poder ver a Cristo en cada uno de sus relatos.

Ver a Cristo en el regreso del cautiverio y en la iglesia

¿Por qué buscamos este relato del Antiguo Testamento? Porque creemos que en este relato usted aprenda a ver a Cristo. El relato que veremos hoy, el regreso del cautiverio, muestra a Dios reuniendo un pueblo que durante setenta años había sido dispersado, edificando un templo que había sido destruido y habitando una ciudad que había sido despoblada. Tres analogías que son perfectamente equivalentes con lo que Cristo está haciendo con su iglesia.

En este momento, Cristo está reuniendo su pueblo, edificando su iglesia para que sea su templo, y asentando una ciudad sobre lo alto de un monte con el fin de que sea la luz del mundo. Por eso dice la Escritura:

Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia.

— 1 Pedro 2:9–10

Hermano, ¿por qué le predico este sermón para introducir los sermones que estaré predicando próximamente? En primer lugar, porque me interesa que usted tenga dos cosas con relación al texto bíblico: que tenga profundidad en cada uno de los relatos, pero también que tenga perspectiva de la revelación de Dios en conjunto. Hay hermanos que ya tienen profundidad: conocen los personajes, conocen los lugares, conocen los libros; pero no saben cómo todos esos relatos sueltos hacen sentido con una historia más grande que se llama la historia de la redención.

¿Por qué más? Porque esta parte de la historia que comienza con el cautiverio es la parte menos conocida. Casi todo el mundo puede encontrar a Cristo claramente en los evangelios, en los Hechos, en las cartas pastorales. Hay otros que pueden encontrar a Cristo en la salida de Israel de Egipto. Hay otros que pueden ver a Cristo en la providencia de sacar a Abraham de Ur de los caldeos para hacer de él una nación. Pero no todo el mundo puede ver a Cristo claramente reflejado en el poder que tuvo Dios para libertar a su pueblo que estaba cautivo en Babilonia.

¿Qué más? Esto introduce próximos sermones. ¿Y por qué más? Porque yo he sentido la dirección del Señor de que predique todo por aquí. Eso es, por último, ¿verdad? Hay dos cosas específicas, hermano, que yo quisiera que ustedes recuerden hoy cuando leamos detalladamente esta historia. La primera cosa específica que me gustaría que ustedes recuerden el día de hoy es la autoridad que tiene Dios para libertar.

He elegido intencionalmente la palabra autoridad y no la palabra poder. Es autoridad. Si estuviera predicando en este momento la salida de Israel de Egipto, diría: el poder de Dios para libertar a su pueblo. Pero en este momento vengo a explicar la autoridad de Dios para libertar a su pueblo. Y lo otro que quisiera explicarles hoy es la provisión de Dios para aquellos que hemos sido libertados.

Si ustedes ya se fueran de aquí con dos ideas, llévense estas dos ideas. Lo primero: poderoso es Dios para libertar. Y lo segundo: poderoso es Dios para proveer. Primera parte: son los versículos que van del 1 al 3, Ciro rey de Persia libertando al pueblo de Dios.

Historia universal y autoridad de Dios en la liberación

Si ustedes buscan la historia del cautiverio encontrarán que quien se llevó cautivo al pueblo de Dios no fue Ciro ni fue el imperio medo–persa, sino que fue Nabucodonosor y que fue Babilonia. ¿Qué sucedió en el medio de la historia? Los persas conquistaron Babilonia. Y como los persas conquistaron Babilonia, entonces el pueblo de Dios quedó siendo cautivo ya no del rey de Babilonia, que había sido destruido, sino de Ciro rey de Persia.

Estos relatos que estaremos leyendo la próxima semana, de algún modo, la revelación de Dios guarda relación con la historia universal. La gente no entiende, pero quiero explicárselo: que los mismos relatos que aparecen en la Escritura son pueblos que aparecen en la historia universal. Es más, el pueblo de Israel aparece en la historia del pueblo persa. Babilonia, mi hermano, fue un reino real; no son historias ficticias, son historias reales.

Después sucedió en medio un período donde vino otro que conquistó Persia, y todos son reinos de esta tierra que pueden aparecer en la historia universal. Y la historia de la redención se va entretejiendo: Egipto, hermano, no es un invento, Egipto está allí. Es más, gran parte de la infraestructura que hicieron los judíos estando en Egipto todavía aparece edificada. Los relatos de Dios aparecen entretejidos con la historia universal.

¿Qué veremos en este relato de la liberación? Veremos la autoridad de Dios para liberar. Ciro rey de Persia está dejando ir al pueblo del Señor. Ahora le pregunto, hermanos: si uno analiza la historia del éxodo encontrará que el Señor libertó a su pueblo Israel con mano fuerte y por medio de señales, por medio de prodigios. El Señor tuvo que hacer grandes cosas para que Faraón dejara ir a su pueblo. Pero con Ciro no pasó así.

¿Cómo fue la liberación del pueblo del Señor en tiempo de Ciro? El Señor inquietó el corazón de Ciro y Ciro, de buena voluntad, permitió algo que es inaudito en la historia universal de la cautividad, y es que un pueblo dejara ir a otro pueblo libremente sin cobrar ni siquiera un rescate. El mandato para que Israel saliera del cautiverio y volviera a habitar su ciudad no se tiró un tiro.

Usted me preguntará: “Pastor, ¿qué tiene que ver esto con la historia?” Esto tiene que ver con lo siguiente: la autoridad de Dios se manifiesta en diferentes maneras, a veces con mano fuerte y a veces con una simple persuasión, con una simple ordenanza. Por la autoridad del Señor se pueden hacer cosas.

Profecía sobre Ciro y ejemplos de autoridad divina

Ciento cincuenta años antes —sorpréndanse— antes que naciera Ciro, el Señor habló por medio del profeta Isaías y dijo: el Señor se levantará un hombre que se llamará Ciro, y a ese hombre yo le daré los reinos de la tierra, y él será levantado y yo le engrandeceré, dijo el Señor. Y dijo Dios también que Ciro a Él no le conocería, pero de todos modos sería su instrumento. Y al final dice el Señor que Ciro dejará ir a su pueblo de la cautividad y no lo hará ni por ejército ni por cobrar ningún rescate. Ciento cincuenta años antes, hermano; todavía no había sucedido el cautiverio, todavía Ciro no había nacido.

Dice el historiador Josefo, que es un historiador judío de siglos tempranos, que quien le leyó a Ciro la profecía fue Daniel, y que Daniel fue donde Ciro con los libros y le dijo: aquí se manifiesta que se levantaría un rey llamado Ciro. Hermano, dijo el Señor en Isaías 45 que a Ciro le pondría sobrenombre y que el Señor mismo le iba a poner el sobrenombre. ¿Saben cuál era el sobrenombre de Ciro? Ciro el Grande.

Yo me imagino la sorpresa de este hombre cuando llegó Daniel con la profecía de Isaías diciéndole: “Ciro, usted es rey de Persia, ¿verdad? Aquí dice Isaías que se levantaría un hombre que el Señor le iba a dar los reinos y que este hombre sería engrandecido y que sería siervo del Señor, y que iba a haber un pueblo que iba a estar bajo su autoridad. Y que ese hombre Ciro, que es usted, iba a dejar voluntariamente ir al pueblo del Señor y que no iba a cobrar por eso ningún rescate ni sería utilizado ningún ejército”. ¿Y qué sucede, hermano? Que dice Esdras:

Para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia.

— Esdras 1:1

¿Qué fue lo que hizo el Señor? Despertó el espíritu de Ciro. Hermano, cuando alguien presenta la liberación del Señor, parece una gran cosa; a veces parece algo imposible. A veces uno está esperando que si el Señor no viene con mano fuerte a hacer una obra en medio nuestro, entonces las cosas no suceden. El Señor tiene autoridad, y quien tiene autoridad, con que decrete las cosas, las cosas suceden.

Yo estoy orando al Señor, hermano, por una gran cosecha de almas para Monte de Dios en este año. Y la oración que yo tengo es que el Señor decrete: “Señor, decreta libertad para el cautivo.” No hay que tirar un tiro; en silencio el Señor puede libertar un pueblo. Dios no necesita hacer grandes obras para lograr sus propósitos. Cuando hace grandes obras, cuando hace milagros, proezas, señales, solamente lo hace por amor a los incrédulos.

El éxodo es un ejemplo. Uno de los más grandes milagros que aparecen en los evangelios es la resurrección de Lázaro. Y dijeron los contemporáneos de Lázaro algo que hace mucho sentido. Escuchen lo siguiente. Decían ellos: “¿Lázaro no era amigo del Señor? Amigo entrañable del Señor. El Señor dejó que Lázaro se muriera.” Y no solamente dejó que Lázaro se muriera, sino que Lázaro quedara bien muerto.

Los discípulos le dijeron al Señor cuando Lázaro estaba malogrado, ya malo: “Señor, Lázaro tu amigo está enfermo, puede ser que se muera; vamos ahora para que lo veas.” El Señor respondió: “No, todavía no ha llegado el tiempo de que yo vaya a ver a Lázaro.” Oh, caramba, murió Lázaro. “Señor, murió Lázaro.” “Sí, yo sabía.” “Vamos ahora.” “No, no vayamos ahora.”

Cuando el Señor llegó a la ciudad a ver a Lázaro, ya Lázaro tenía días de muerto. Y le dijeron los contemporáneos de Lázaro, le dijeron al Señor: “Señor, ¿no podía éste que abrió los ojos al ciego haber hecho también que Lázaro no muriera?” Oyó lo que dijeron los contemporáneos de Lázaro: “Si este hombre le abrió los ojos al ciego, ¿no podía evitar que su amigo se muera?” ¿Sabe qué dijo el Señor?

Padre, gracias te doy por haberme oído. Yo sabía que siempre me oyes; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.

— Juan 11:41–42

Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: “¡Lázaro, ven fuera!” ¿Y saben qué sucedió? Que Lázaro, podrido, ya en descomposición… yo no sé cómo, hermano, pero la carne volvió a sus huesos, los órganos comenzaron a funcionar y se paró Lázaro de entre los muertos.

Milagros, incredulidad y el carácter silencioso de la obra de Dios

Usted me dice: “Pero, ¿cómo aquel Señor que tenía el poder para hacer que Lázaro no muriera permitió que Lázaro muriera?” Aquí está la misma lección de Ciro. Es que el Señor, cuando hace grandes proezas, no lo hace porque le falte poder, hermano; no es que al Señor le falte potencia. Lo que pasa es que a ti te sobra incredulidad. Y a veces el Señor tiene que hacer grandes milagros en medio nuestro, no porque el Señor necesite para libertar un pueblo un gran despliegue de fuerza y de parafernalia. El Señor muchas veces libera con mano fuerte para que haya testimonio de cuán poderoso es Dios para salvar.

¿Por qué cuando el Señor sacó a su pueblo de mano de Ciro no hizo lo mismo que hizo en tiempo de Faraón, hermano? Los milagros ya habían sido hechos. En tiempo de Faraón aparecieron diez plagas; aquí ninguna. Lo mismo dice la gente en este tiempo: “¿Por qué en este tiempo el Señor no hace tantos milagros como hizo aquel tiempo? Si el Señor en este tiempo levantara un Lázaro, yo creería.” Hermano, lo que yo he visto en la historia es que cuando Faraón, los milagros estuvieron por doquier; pero cuando Ciro, el Señor parece que les decía: “Miren para atrás, que ya yo hice los milagros. Entiendan que con mi autoridad es suficiente.”

Ciro rey de Persia dejó ir al pueblo del Señor tal como el Señor, ciento cincuenta años antes, había profetizado: voluntariamente, sin pedir rescate, y el mismo Dios dio de sus recursos para que el pueblo fuera libertado. Basta con la orden de Dios para que las cosas sean hechas.

Otra historia: un centurión. ¿Quién era el centurión? Tenía un siervo que amaba, un siervo muy querido. El centurión entendía que el Señor tenía poder y le dijo: “Señor, ¿tú podrías hacer el milagro?” El centurión quería que el Señor hiciera el milagro, pero el centurión decía: “Yo sé lo que es estar bajo autoridad y yo sé lo que es tener autoridad”.

El centurión dice que iba de camino hasta donde el Señor y le dijo: “Señor, no te muevas. Yo no soy como los de Lázaro, que hay que hacerle milagros de más para que crean. Yo sé que tú tienes autoridad, porque yo tengo autoridad. Y cuando yo dispongo cosas, a mí me hacen caso y las cosas se hacen. Como yo sé que tú tienes autoridad, no vayas a mi casa; quédate aquí, da la orden.”

Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.

— Mateo 8:8

Y mi siervo será sanado. El Señor dijo que ni aun en Israel había encontrado tanta fe. El Señor decretó con autoridad que el siervo del centurión fuera sanado, y cuando el centurión llegó, dice que el muchacho ya estaba sano.

Hermano, ¿qué quiero enseñarle por medio de esto? Que el Señor quiere todavía salvar y que el Señor tiene poder para salvar. Y que a veces uno no entiende que a menos que el Señor haga estruendos, señales y prodigios, no hay salvación. El Señor tiene algo que es más importante que poder: se llama autoridad. Y cuando alguien que tiene autoridad habla, las cosas suceden.

Anécdota sobre autoridad humana y aplicación a la salvación

Una anécdota sobre lo que es autoridad, y ahora yo se la he contado ya varias veces, pero se la repito. Yo estaba teniendo dificultades con una cuenta corriente que quería hacerme. Me pedían documentos, documentos, documentos… me marearon pidiendo documentos. Yo iba siempre al servicio al cliente del banco, ahí un cliente más, y me ponían la fila. Tomaba un ticket para que me atiendan a ver si ya por fin. “Mire, aquí está la constitución, aquí están los documentos.” “Ah, que le falta tal cosa; que hagan de nuevo una asamblea.” Y yo: “¿Y usted sabe lo que cuesta hacer una asamblea? Hay que buscar de nuevo ahora un abogado, que haga la notaría y traiga la…” Óigame cuántas vueltas di yo para que me permitieran hacer una cuentica corriente.

Yo trabajo con uno de los poderosos de esta tierra, de la gente que es poderosa en esta tierra. Y me dice: “Rafael, ¿y qué es lo que pasa?” “No, que me están poniendo ahí a dar vueltas.” “¿Cómo va a ser?” Él hizo una llamada telefónica. Me recogieron en la oficina de este que es poderoso en este mundo, me llevaron a una torre altísima, me entraron a una oficina que la alfombra me daba como por ahí. No hice fila; o sea, estaba una alfombra, hermano, usted camina y los pies se le hunden en la alfombra. “¿Qué va a querer? ¿Te va a querer café? ¿Va a quererte el frío?” Y otra cosa: ahí no había frío del malo.

Yo no vi un cajero en esa transacción, hermano, un cajero yo no vi. Yo no hice una fila. Ahí, sentado en la oficina, con aire, con la alfombra… de ahí me llevaron todos los documentos; yo firmé toda la cosa: “¿La va a querer así?” “La voy a querer así.” “¿Y tal cosa?” “Sí.” “¿Y yo tengo que hacer la fila entonces para ir…?” “Por Dios, no venga; deme el dinero.” Él fue, lo depositó por mí. ¿Y qué es lo que pasó? Es que Rafael Pérez no tiene una autoridad, pero yo fui ahí con uno que tiene una autoridad sobre esta tierra, hermano.

A veces uno duda de que el Señor tiene poder para hacer las cosas que decreta. Si el Señor decreta que ese hombre ha de ser salvo, será salvo. Yo he analizado a mi padre; yo oro por la salvación de mi papá y a veces digo: “Oye, Señor, si tú alcanzas a Ernesto Pérez… ¿y cómo tú vas a atender esto? ¿Y cómo sacar a mi papá del nudo de aquí? ¿Y qué tendrás que hacer con aquella cosa por allá?” Y yo me pongo a tirar cálculo, a sumar: dos más dos dan cuatro, y no me da salvación para Ernesto Pérez.

Pero a mí Dios me recuerda: poderoso es Dios para salvar. Y si acaso el Señor quiere salvar, hermano, yo sé que sin estruendo el Señor podría arreglar toda la cosa de forma tal que mi padre rindiera su vida plenamente al Señor. ¿Se le cansó el brazo al Señor? Poderoso es Dios para salvar.

A mí me interesa la historia de Esdras porque es una historia silenciosa. Es como de diplomacia. En Israel vemos caballería, ejército que entra por aquí, sale por allá y que le caen detrás, y viene Faraón. En la historia de la liberación del Señor del cautiverio no se tiró un tiro; era todo como con diplomacia. Ciro da un decreto, que el decreto se ha leído. El pueblo se reúne, pone generosidad. Todo en silencio, pero en ese momento, aproximadamente cincuenta mil personas fueron libertadas.

Poderoso es Dios para salvar. Cuando alguien te dice: “Mira, eso no se puede”, él no está hablando de la imposibilidad, está hablando de su incapacidad para hacerlo. Hay personas que tú tienes alrededor que son primos, son tíos, son hermanos, son cónyuges, de los cuales tú dices: “Es imposible que ese ser querido mío sea salvado.” En tu propia capacidad, sí. Pero poderoso es Dios para salvar.

Cuando el Señor ha declarado liberación, hermano, la liberación sucederá. Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Tengo que recordarte esto: la liberación no depende de varias cosas. No depende de la fuerza que tenga el cautivo para libertarse por sus propios medios; ni de la astucia que tenga el mensajero; ni del poderío que tenga quien te tiene cautivo. Depende solamente del poder del Libertador.

Yo no recuerdo el cuento entero, pero era algo como sigue: eran dos borrachos que estaban bebiendo juntos. Y borrachos que se juntan a beber, se juntan a filosofar. Los dos borrachos estaban ahí bebiendo y estaban borrachos como una uva, luego de beber y de beber. Y, en su borrachera, uno le dice al otro: “Compadre, yo tengo tiempo bebiendo; a mí la bebida me quitó la familia, me quitó el trabajo, me quitó tal cosa; solamente me quedó la botella.” Borrachos los dos. Y el compadre que estaba al lado suyo: “Compadre, a mí también la bebida me ha quitado esto, me ha quitado aquello.” Y comienzan los dos a contar su historia.

Y le dice el borracho A al borracho B: “A mí la bebida hasta me ha quitado a Cristo.” “¿Cómo, compadre? ¿Y usted es evangélico?” “Sí, yo era cristiano, y la bebida a mí me quitó también hasta a Cristo.” Pero él, en lo hondo, compadre, y en su borrachera, un compadre borracho, otro compadre borracho, y en medio de eso el compadre B hasta creyó el evangelio por medio del mensaje que el borracho A le dijo. El borracho A le dice al borracho B: “Compadre, ahora sea problema, porque yo sé que lo que usted me dice es verdad. Yo he creído en Cristo, pero tú estás borracho, yo también.” Y el borracho A: “No se preocupe, compadre. Nosotros los dos estamos borrachos, pero Cristo está sobrio.”

Y vio una matica que se movía allí alrededor, una mata que se movió alrededor, y dijo —borrachos los dos como una nube—: “Es más, ¿ve esa matica que se mueve así por la brisa? Es más, compadre, Cristo está sobrio, viene hacia nosotros, mírelo ahí, que yo puedo verlo; la mata se está moviendo.”

Poderoso es Dios para salvar, hermanos. Cristo está sobrio. A veces uno predica el evangelio y la gente entiende: “Ah, no, ¿y quién eres tú para predicarme? Tú eres un borracho como yo.” “Sí, yo soy un pecador; soy un pecador arrepentido, soy un pecador que ha sido tratado de misericordia. Yo no soy mejor que tú; yo soy el borracho B, tú eres el borracho A, pero poderoso es Dios para salvar.”

Cuando uno predica el evangelio, no predica el evangelio bajo su propia defensa. Es como decir: “Mira, yo te voy a predicar el evangelio.” “¿Y quién eres tú para predicarme?” “Nadie soy yo para predicarte. Yo solamente soy el mensajero. Por detrás de mí viene uno que es grande. Poderoso es Dios para salvar.”

A veces uno sale a predicar el evangelio, hermano, y la gente te dice: “¿Quién eres tú para predicarme? Mira, que tú no tienes tal cosa; mira, que te falta la otra. Yo te conozco; tú eres débil.” “¿Y quién eres tú?” “Yo te conozco.” “Sí, yo sé que tú me conoces, pero yo vengo a hablarte de uno que tú no has conocido todavía. Dios está sobrio; poderoso es Dios para salvar.”

Autoridad de Cristo, enemigos espirituales y los que no regresan

La autoridad de Dios en su iglesia, hermanos, ¿cómo se refleja? Ha dicho el Señor, palabras textuales, en la gran comisión:

Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos…

— Mateo 28:18–19

Hermano, ¿qué es lo que el Señor está diciendo? “Porque toda autoridad me ha sido dada…” Miren, hay hombres que están presos ahora mismo, presos de las garras de Satanás. Y Satanás los tiene agarrados así; a veces, hermano, uno dice: “¿Podrá soltarse de ahí?” Yo no puedo soltarlos, pero poderoso es Dios para salvar. Ha dicho el Señor: “A mí me ha sido dada toda autoridad.”

Y otros que son presa del pecado. Los hombres, hermano, han participado y el pecado te va encadenando, te va encadenando, y dice la Escritura que el que peca se hace esclavo del pecado. Hay gente que tiene grilletes del pecado que son de ese gordo, y uno dice: “¿Y podrá el Señor romper esas cadenas del pecado que están atando a ese ser humano?” Poderoso es Dios para salvar. Toda autoridad me ha sido dada.

Hay otros que son esclavos de la mundanalidad, y estos tres enemigos parecen enemigos poderosos: el pecado, el mundo, el diablo. Hermano, dijo el Señor que toda autoridad ha sido dada en el cielo y en la tierra; por tanto, vayan y hagan discípulos. Nuestra iglesia, en este año, estará haciendo discípulos, hermano, pero no estaremos haciendo discípulos bajo nuestra propia potestad. Estaremos en el nombre del Señor, al cual le ha sido dada toda autoridad en el cielo y en la tierra.

Uno no conoce, pero uno a veces toca puertas y ahí adentro, hermano, hay estructuras que son diabólicas. Hay estructuras ahí dentro; uno no ve esas cosas porque uno no tiene siempre los ojos abiertos al mundo espiritual. El pecado ha hecho presa a la gente, pero toda autoridad le ha sido dada al Señor. Dice también la misma Escritura, dice el Señor hablando que Él va a edificar su iglesia:

Y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.

— Mateo 16:18

Tengo que dar una ñapa aquí en el punto primero antes de moverme al punto segundo. Hermano, no todo el mundo regresó del cautiverio. Se calcula que aproximadamente cincuenta mil personas fueron libertadas en ese momento. Y ahora les pregunto: ¿les faltó poder al Señor? ¿Le faltó poder al brazo del Señor para salvar? Cincuenta mil personas aproximadamente. ¿Qué pasó con los otros?

Bueno, se entiende por la historia misma que muchos judíos habían hecho riqueza en el cautiverio. Es verdad que ellos eran cautivos, pero muchos de ellos llegaron a hacer fortuna en el cautiverio y se asentaron allá. Es más, algunos judíos entendían que no había que volver a la tierra; decían: “¿Y para qué? Estamos bien. Nosotros podemos prosperar en cualquier parte.”

Aproximadamente cincuenta mil judíos regresaron en ese primer viaje. ¿Y por qué los otros se quedaron? Muchos se quedaron porque estaban atados a la riqueza y decían: “Es verdad que yo soy cautivo, pero yo soy rico.” Eso es lo mismo que dicen los pecadores: “Tú me andas diciendo que yo soy esclavo del pecado, que soy pecador, pero a mí me está yendo bien, más que a tú.”

¿No nos dicen eso a nosotros? “Ustedes están hablando de que liberación y demás y que el Señor tiene poder para salvar, pero más te está yendo a ti que a mí. ¿Por qué más judíos no regresaron del cautiverio?” Poderoso es Dios para salvar; no, Dios sí dio el decreto. ¿No proveyó Ciro para aquellos que regresaron? Lo proveyó. ¿Por qué se quedaron? Muchos eran presos de sus propios bienes.

Había otros que ya eran viejos y no podían arriesgarse en esos momentos de su vida. Mira, la gente mientras más años cumple se vuelve menos flexible. Yo he predicado a personas que me dicen: “No, eso que usted dice es verdad, pero yo tengo ya los años encima. ¿Y tú crees que yo estoy a tiempo para volver para atrás? Yo soy católico, apostólico y romano. Yo nací, a mí me bautizaron, me confirmaron, me casaron en la católica. ¿Y tú crees que yo voy a ponerme ahora, de nuevo, a aprender y a decirme que esa es la verdadera religión? La religión de la Biblia. La verdadera religión es la que me enseñaron a mí mis abuelos, mis padres; en eso hemos creído siempre. Yo estoy viejo ya para esas cosas.”

El costo de regresar y la aplicación del decreto de Ciro

¿Por qué más judíos no regresaron? Estoy suponiendo que muchos judíos ya estaban entrados en años. Sin embargo, algunos viejos sí vinieron, y estos viejos que vinieron, dice que cuando vieron el templo, las ruinas, ellos que habían conocido la gloria del primer templo —se entiende que tenían más de noventa años—, dice que estos ancianos lloraron, lloraron, lloraron y dieron gritos recordando la gloria pasada del templo y la gloria presente al ver el templo arruinado, destruido.

Parece que algunos viejos hicieron el viaje y no era un viaje sencillo. Yo busqué los mapas, porque tuve más tiempecito ahora para preparar el sermón. Yo busqué los mapas. ¿Y saben qué dicen los mapas? Dicen los mapas que el trayecto era cerca de cuatro meses de camino, por terrenos inhóspitos, donde había gente que vivían como nómadas, que te atacaban. “Diablo, tú, un viejo de noventa años; viejo, vámonos para la casa de los padres, para allá, para Jerusalén, que el Señor la va a reconstruir.” “¿Para Jerusalén? O sea, desde Persia…” Había que pagar un precio. A veces, para no coger ese trayecto, ese trayecto peligroso.

Era un viaje largo, incierto, peligroso. ¿Cuál es la aplicación? Dios ha decretado liberación para todos los hombres. Dice Juan 3:16 que es para todo el que crea:

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

— Juan 3:16

¿Y por qué todos no creen? También lo responde el mismo Juan:

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

— Juan 3:19

Si el decreto de Ciro fue para todos los judíos que estaban en la dispersión, ¿por qué no todos los judíos regresaron? Porque gran parte de los judíos amaron más su situación presente en esclavitud que su situación posible en libertad.

Los cristianos, hermano, somos personas que pagamos el precio de salir fuera y dejar nuestra comodidad aparente en esclavitud para aceptar la promesa del Señor. Ya he enseñado en este primer punto la autoridad de Dios en nuestra liberación. Déjeme decirle ahora lo que el Señor provee. Sospecho que aquí tengo dos grupos de personas.

Un primer grupo de personas que piensa: “¿Yo acaso podré, si me comprometo con la vida cristiana y asumo la vida cristiana tal cual el Señor la ha ordenado? ¿Acaso yo podré, acaso yo podré por lo menos sobrevivir materialmente hablando?” Son muchos los casos de personas que ven la luz del evangelio. Cuando ven la luz del evangelio entienden el precio de ser un discípulo de Cristo y dicen: “Yo quiero, yo quiero ser cristiano. El detalle es que mi negocio no es compatible con la voluntad del Señor. Y yo a mi negocio le he dedicado años. Yo quiero ser cristiano, lo que pasa es que si yo soy cristiano voy a tener que decir la verdad. Óyeme, y el que dice la verdad en esta tierra muere pobre.” ¿No han escuchado ustedes eso?

“Que si tú solamente dices la verdad, tú vas a ver si alguien se ha hecho rico en esta tierra sin decir mentira. Este es un mundo de falsedades”, decía alguien. Hay gente aquí que está pensando: “¿Y si acaso, si acaso, si acaso, si el Señor despierta mi espíritu como despertó el espíritu de aquellos y yo decido ser un cristiano, qué va a pasar con mi familia? ¿Se morirán de hambre?” “Yo sé que el Señor me saca, pero si yo no saco y me paso… ¿tú no ves la mochila en el suelo para que yo arranque por ahí, que comience a hacer algo?” No, no, no, hermano.

El Señor que es poderoso para libertar, que es poderoso para servir bien, provee a aquellos que salen. Bien provee el Señor a aquellos que salen. ¿Cuál es la provisión de Dios? Comienza el versículo 4:

Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde more, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganados, además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén.

— Esdras 1:4

Provisión material y espiritual para los que salen

Algo que yo puedo testificar, que puede testificar cualquier cristiano, es que cuando uno decide hacer la voluntad del Señor, los recursos del Señor están dispuestos para que podamos hacer su voluntad. Ciro decretó que había provisión material, pero no era para todos los judíos; era para aquellos que decidieran salir y volver a reconstruir la casa del Señor.

Amigo que está aquí presente, que está pensando si acaso salir de su comodidad aparente, presente, de su esclavitud, para servir al Señor, yo le diré: cuando uno resuelve dar un paso de fe por el Señor, el Señor dispone recursos ilimitados para que uno pueda hacer su voluntad. Decía el salmista asimismo: “No me des tanto para que me aborrezcas, pero tampoco me dejes tan chin como para que te maldiga.” El Señor provee justamente cuando uno quiere hacer su voluntad.

Hay tres provisiones claras de Dios que se ven aquí. Primera provisión de Dios: recursos materiales, plata, oro, bienes, ganados. ¿Y qué tiene la iglesia del Señor? La promesa de que abrigo y sustento no nos faltarán. Aquí hay gente que está considerando la vida cristiana con seriedad y piensa: “Y me moriré de hambre.” Hermano que está aquí, quizás no tenga con qué irse de vacaciones, pero dice la Escritura que abrigo y sustento no te faltarán. El Señor provee de acuerdo a sus riquezas ilimitadas para que podamos hacerlo, y a veces utiliza hasta los pueblos circundantes.

¿Se recuerdan Israel saliendo de Egipto? ¿Qué hicieron los egipcios? Dice que las mujeres egipcias se quitaban sus aretes, y esas mujeres usaban mucha prenda. Se quitaban los aretes, la argolla que usaban en la nariz, se la quitaban y se la daban a los judíos: “Llévensela, váyanse. Tengan, para que se vayan. Llévense.” ¿De dónde sale esa generosidad? Del Señor. Y uno se pregunta: “¿De dónde está la generosidad de los persas, que están ayudando al pueblo del Señor?” Hermano, el Señor abrirá las fuentes que tenga que abrir para que la iglesia del Señor tenga los recursos para hacer la voluntad del Señor.

Yo quisiera poderle transmitir a mis hermanos esta seguridad, la gente que está pensando aquí: “Mira, quizá tenga yo que hacer cosas indebidas para hacer la voluntad del Señor.” Te tengo que decir, hermano, que cuando te dispongas a hacer la voluntad del Señor, el Señor responderá providencialmente. ¿Qué más el Señor proveyó? Hay una provisión espiritual: dice que el Señor despertó su espíritu.

¿Qué significa despertar el espíritu? Mira, tú no solamente eres materia; tú también tienes un ser interior que está ahí adormecido. A eso se le llama la doctrina de la regeneración. Cuando uno decide hacer la voluntad del Señor, el Señor despierta el ser interior de uno. ¿Y cómo eso se manifiesta? Lo primero que sentirás es un interés renovado y especial en las cosas espirituales. Esto que antes para ti era locura, pasa a ser la cosa más satisfactoria.

¿Cómo comienza a sentir uno cuando el Señor despierta su espíritu? Uno comienza a sentir una renovación interior, una sensibilidad especial, un discernimiento de la verdad. El Señor abre tu entendimiento. Algo que he visto y puedo dar fe de ello es que para el no creyente entender la Biblia es muy difícil, muy difícil. Aquellas personas a quienes Dios no ha levantado su espíritu, cuando leen la Biblia, hermano, lo que les aparece primero es: un libro cansón, un libro largo, un libro que no tiene ningún hilo conductor, un libro confuso. Y si le tocó Levítico, que le va mal; ya ahí se le complica la cosa.

Pero miren, cuando el Señor abre el entendimiento de uno, uno comienza a escuchar, uno comienza a leer la Escritura. Y casi todo creyente que de verdad ha tenido una conversión lo que certificará es que cuando yo vine a Cristo, yo tenía hambre de leer la Biblia. Yo quería ver todo el consejo de Dios. Hermano, el Señor no solamente sensibiliza tu ser interior, también el Señor te da el discernimiento para entender. Pero no se queda ahí: te da la capacidad de hacer su voluntad.

Alguien me dirá: “Pastor, yo quiero hacer la voluntad del Señor, pero yo no puedo, yo sé que no puedo.” Y yo le digo: “Yo también sé que tú no puedes; yo tampoco puedo. Y nadie puede.” Ahora, yo sé que el Señor ha dicho que no nos dejará solos, que nos dará un ayudador, que es el Espíritu Santo. Y no hay una cosa, hermano, más hermosa que un hombre cargado de debilidad pero lleno del Espíritu Santo, donde él dice: “Yo no tengo en mi propia capacidad fuerza para dar un paso más por el Señor, pero el Señor ha dicho: ‘Yo no te dejaré ni te desampararé.’”

El Señor provee para que hagamos su voluntad: nos da capacidad. ¿Qué más? Visión, hermanos. Nos permite entender el plan de Dios y nos da pasión, el deseo de participar en él. No hay una cosa más hermosa que un hombre que el Señor, por medio de su Espíritu Santo, ha llenado de pasión y desea involucrarse en las cosas del Señor.

Provisiones de Dios para nuestra liberación: poderoso es Dios para salvar, y cuando Él va a salvar nos da, lo primero, provisión material; lo segundo que nos da son recursos espirituales. ¿Qué pregunta queda por responder?

Temores prácticos, costo de seguir a Cristo y liderazgo

Me preguntará aquí alguna persona: “Pastor, ¿yo tendré la fuerza, si me hago cristiano, para sobrevivir materialmente? ¿No me echarán de mi trabajo?” Miren, cualquier hombre que con sinceridad se toma los caminos del Señor tiene que entender que probablemente puede perder su empleo. ¿Ustedes no creen que eso es así? ¿Usted cree que alguien que se ponga a decir la verdad, que se ponga a hacer lo correcto, que no hable de lo que no es en nombre de nadie, usted cree que tiene su cabeza a salvo en un mundo lleno de pecadores? Cualquier profesional, cualquier persona que quiera hacer la voluntad de Dios en esta tierra debe hacerla con temor y temblor; siempre tú estás pensando que te corten la cabeza.

Pero, por otro lado, se preguntará: “Pastor, ¿tendré yo la capacidad para resistir al diablo? ¿Tendré yo la capacidad para resistir el mundo? ¿Tendré la capacidad para vencer al pecado?” Tú no la tienes, yo tampoco, ni nadie la tiene. Pero poderoso es Dios para salvar, y poderoso es Dios para proveer.

Gente que está aquí presente, terminé mi sermón: dos cosas. Dios es poderoso para salvar y Dios es generoso para proveer. Cuando salva, ¿qué más nos dio el Señor? Recursos materiales, recursos espirituales. Puso otra cosa más el Señor: el Señor puso líderes. Y tengo que preguntar: “Pastor, ¿y qué tiene que ver esto con la liberación?” Lo explicaré en el tercer sermón.

Pero una de las cosas más valiosas que el Señor le dio a su pueblo se llamaron Zorobabel, Jesúa, Esdras y Nehemías. El Señor te da recursos materiales, recursos espirituales y el Señor también te pone liderazgo.

Llamado a salir de “Persia” y oración por los que temen rendirse

Quiero orar por un momento por personas que están aquí en nuestra iglesia, que han estado considerando el evangelio, y que con sinceridad dicen: “Yo no tengo la capacidad de hacer la voluntad del Señor.” Cierren sus ojos un momento.

Amigo que estás aquí presente, hermano que estás aquí, que estás considerando seriamente hacer la voluntad del Señor, seguir a Cristo, tendrá un costo sobre tu vida. Tendrás que renunciar a cosas. Tendrás que dejar cosas atrás. Tendrás que aprender cosas nuevas. Tú mismo te preguntarás diariamente si tendrás la capacidad de mantener la promesa que has hecho. Vivirás al humor siempre del riesgo.

Te pregunto, te pregunto: tú que estás aquí pensando en seguir a Cristo, tú que estás aquí pensando en recomprometer tu vida con Cristo y dedicarte totalmente a hacer su voluntad, habrán cosas que tendrás que dejar atrás y esas cosas serán costosas. Hay asuntos en los cuales tú tienes décadas participando, que probablemente el Señor aborrece; tendrás que dejarlos. Hay prácticas que tendrán que desaparecer de tu vida. Hay cosas que tendrás que rendir ante el Señor. Pero poderoso es Dios para salvar y generoso es Dios cuando salva.

Hermanos de nuestra iglesia, que ya fueron bautizados, que están aquí, ahora hablo con ustedes. Quizá ya ustedes son cristianos bautizados, pero todavía en tu vida hay reservas y tú estás pensando: “¿Podré yo soportar eso? ¿Podré yo sobrellevar eso? ¿Podré yo mantener mi testimonio cristiano en ese contexto?” Si el Señor te sacó de la mano de Ciro, el Señor te proveerá en el camino generosamente.

Hermano que estás aquí, yo te invito hoy a decidir salir de Persia y volver a la tierra del Señor. Quizás tú eres un judío de los que están ahí, están como en dos aguas: “¿Y voy? ¿Y vengo?” Ven. Ven a renunciar a lo que ofende a Dios y aceptar completamente lo que hace su voluntad. Ven a recibir la provisión de Dios para tu liberación.

Quiero orar por toda la congregación aquí presente para que el Señor traiga una liberación completa, una liberación total; para que el Señor provea los recursos; para que te permita hacer su voluntad. Oro, Señor, por esta congregación reunida.

Mira a aquellos, Padre, que están comenzando en este momento a considerar rendir áreas de su vida que no habían sido rendidas ante ti. Mira a aquellos, Señor, que comienzan a sentir el temor de que quizás pierdan recursos materiales, de que quizás pierdan relaciones importantes, de que quizás pierdan, Señor, cosas en las cuales han estado participando durante décadas. Pues poderoso eres tú, Señor, para salvar.

Te pido que proveas a esta congregación de todos los medios que hagan falta para hacer tu voluntad. Mira a aquellos, Padre, que les faltan recursos materiales. Hago una pausa, hermano, aquí en mi oración. Quizás aquí hay gente que quiere servir al Señor, pero está atado a recursos materiales que no son del Señor, sino que son de Persia, y se está preguntando que si renunciando a esos recursos materiales podría subsistir materialmente. ¿Podrá? El Señor te ayudará.

Padre, te pido que proveas materialmente para que el testimonio de tu nombre no quede en vergüenza. Mira a aquellos de mis hermanos que tengan que hacer grandes sacrificios personales para consagrarse a ti. Mira a aquellos que tengan que renunciar a proyectos, renunciar a negocios. Mira a aquellos, Señor, que tengan que renunciar a propiedades para hacer tu voluntad. Te pido, Padre, que como le dijiste a Pedro, suceda con ellos: cien veces más en esta tierra y, en el venidero, la vida eterna.

Te pido, Padre, ahora por aquellos que comienzan a caminar. Vuelvo y te oro, Señor; te pido por Leticia, te pido por Jefferson, te pido por personas de esta iglesia, Señor, que comienzan ahora a abrir los ojos a la realidad tuya. Te pido que ellos sean provistos en este momento de una forma especial.

Que sea tu Santo Espíritu en ellos, Señor. Genera, Padre; vivifica; sensibiliza; capacita para hacer tu voluntad. Te pido por toda esta iglesia para que tú pongas líderes sobre ella, para que cuiden de ella, Señor, y de la iglesia, para que siga el liderazgo que tú le has puesto. Gracias, Señor, por tu provisión. Gracias, Señor, por tu liberación.

Oración por el sector y clamor por una gran cosecha

De modo, más hermanos, no debemos dejar de orar por este sector. Demos un momento más, porque no debemos dejar de orar por el sector. Únete a mí en esta oración.

Te pido en este momento específico, Señor, por el barrio circundante. Mira las personas que están allá encaramadas en apartamentos, Señor, donde no tenemos mucho acceso a ellos, pero necesitan liberación. Que tú puedas hacer que bajen, que vengan, que vengan a rendir su vida ante ti, Señor.

Te pido, Padre, por toda esta manzana que tenemos alrededor, por personas que están atadas al pecado, que están esclavizadas, Señor, al mundo, que son presa de Satanás, para que tú dispongas solamente con tu autoridad y que, con tu autoridad, Señor, las cosas sean hechas.

Permite, Padre, que haya un gran pueblo que se levante y que salga, Señor, y que venga a adorarte a ti aquí juntamente con nosotros. Mira este sector circundante, pon gracia en tu iglesia, Señor. Permite que cuando anunciemos liberación, la liberación suceda. Levanta más de cincuenta mil, los que levantaste en aquel momento; aumenta cada vez más gente a tu pueblo.

Bendice, Señor, esta congregación. Nos disponemos ahora a la comunión, Padre; prepara este pueblo también para esto. En el nombre de Jesús. Amén.

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