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Cuatro Actitudes que arruinaron Israel

Jeremías 6:11-17

Jeremías resume cuatro actitudes que llevaron a Israel a la ruina: avaricia, soluciones superficiales al pecado, falta de vergüenza y rebeldía contra la voz de Dios; este sermón nos llama a mirarnos en ese espejo y corregir la marcha con arrepentimiento genuino.

Predicado26 de enero de 2020
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Dios les bendiga, hermanos, que el Señor les guarde. Acompáñenme en su Biblia en el libro de Jeremías. Pueden buscar el capítulo 6 del libro del profeta Jeremías, y al encontrarlo se ponen sobre sus pies para que leamos desde el versículo 11 hasta el versículo 17. Libro del profeta Jeremías en el capítulo 6, desde el versículo 11 hasta el 17.

El tema general de todo el libro del profeta Jeremías era el mensaje del Señor al pueblo con respecto del castigo que estaba por venirles. Y antes de que el Señor trajera el castigo, entonces mandó un resumen a través del profeta Jeremías, donde les detalló las causas por las cuales tal cosa iba a suceder. Este resumen aparece aquí en el capítulo 6, desde el 11 hasta el 17: las cuatro actitudes que arruinaron a Israel.

El Señor mandó el castigo, pero no solamente mandó el castigo; al mismo tiempo mandó el mensaje, y las dos cosas son necesarias. Yo sé que cuando uno está siendo castigado no quisiera recibir la retroalimentación negativa, pero también sirve de ayuda: ¿por qué lo has hecho, Señor?, ¿por qué lo harás? Estas fueron las razones.

Dice así el libro del profeta Jeremías en el capítulo 6, desde el 11 y hasta el 17. Es el profeta hablando en nombre del Señor, dice él:

Estoy lleno de la ira de Jehová; estoy cansado de contenerme. Derramaréla sobre los niños en la calle, y sobre la reunión de los jóvenes; igualmente, porque será preso tanto el marido como la mujer, tanto el viejo como el muy anciano. Y sus casas serán traspasadas a otros, sus heredades y también sus mujeres; porque extenderé mi mano sobre los moradores de la tierra, dice Jehová. Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Y curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz. ¿Se han avergonzado de haber hecho abominación? Ciertamente no se han avergonzado, ni aún saben tener vergüenza; por tanto caerán entre los que caigan; cuando los castigue caerán, dice Jehová. Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. Puse también sobre vosotros atalayas que dijesen: Escuchad el sonido de la trompeta. Y dijeron: No escucharemos.

— Jeremías 6:11-17

Puede sentarse ahí, hermanos queridos.

Este resumen, dado por Dios de las actitudes que condujeron a Israel a su ruina, es tristemente útil. Nos sirve para mirarnos a nosotros mismos en este espejo y que, con la ayuda del Señor, evitemos repetirlo. Para eso se escribieron estas cosas, no solamente se escribieron para dar testimonio, se escribieron para dar una alerta, una precaución. Las piedras donde tropezó Israel no necesariamente deberían estar anunciando tu propio tropiezo. Bien harías en mirar estas cosas y corregir la marcha.

Estos son asuntos sutiles, son universales y socialmente aceptados, por lo que con facilidad encuentran abrigo entre nosotros. Son asuntos insistentes como la llama, como la hierba, y ante nuestro descuido volverán a crecer. Un autor, Jerry Bridges, les llamó a estos pecados: pecados respetables. Son asuntos con los cuales uno quizá no tenga mucho problema. De hecho, como cristianos podemos tener una actitud de alerta ante algunos pecados, pero estos pecados, si no afilamos el entendimiento, se difunden, se celebran y son muy bienvenidos en medio de nosotros.

Las cuatro actitudes y la avaricia generalizada

Hoy estaremos repasando este listado de actitudes despreciables, hablaremos en su contra, las identificaremos y, con la ayuda del Señor, trabajaremos para erradicarlas. Se trata de la avaricia, se trata de la solución superficial al problema del pecado, se trata de la falta de contrición y se trata también de la rebeldía: las cuatro actitudes que arruinaron a Israel.

Cuando titulé el sermón, he puesto intencionalmente la palabra “actitudes” y no “pecados”. Deberían poner ahí “cuatro actitudes” entre comillas, porque son pecados. Sin embargo, entre nosotros podemos llamarle: “eso es una actitud”, “eso es una inclinación que tiene mi corazón”, “es mi rasgo de personalidad”. Y si no estamos muy atentos, con facilidad repetiremos los mismos patrones.

Comienza el listado en el versículo 13 diciendo:

Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores.

— Jeremías 6:13

El primer pecado que había dominado a Israel era la avaricia. Alguien se preguntará: pero lo más insistente ante los profetas no era la avaricia, sino que era la idolatría. Es que, según la Escritura, más adelante es lo mismo: la avaricia es idolatría. La avaricia es un pecado que pare muchos otros pecados. A veces se traduce en la Escritura como codicia, deseos, a veces irresistibles, un deseo incontrolado de poseer cosas; no solamente dinero, bienes en general, placeres, privilegios.

En Éxodo 20:17, por ejemplo, ya en tiempo antiguo, el Señor estaba advirtiendo a través del profeta Moisés y les decía:

No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

— Éxodo 20:17

Sin embargo, al día de hoy, ¿cómo se vive? Ya eso es un ansia continua, constante, y nadie está satisfecho. Vivimos en medio de una sociedad, y la iglesia no está ajena a eso, donde todo el mundo está insatisfecho. De hecho, usted conoce a una persona, y la persona le dice que está satisfecha en algún área de la vida, y eso parece debilidad.

Pregúntele a una mujer si está satisfecha con su marido y, si dice que sí, parece ingenua. Hay hombres que si usted les pregunta si están satisfechos con su esposa y te dice que sí, el mundo te dirá que es un hombre débil: “¿Qué tú estás satisfecho con tu esposa?”. Pregúntele a un empleado si realmente le gusta hacer lo que hace, si está satisfecho con su empleador. No de este trabajo, pregúntele de sus últimos cuatro trabajos, y si en algunos encontró satisfacción le dirían: ninguno, todavía lo estoy buscando.

Vivimos en tiempos donde pareciera que nadie está satisfecho, todo el mundo vive en modo avaricia activa: “quiero cada vez más”. Nadie está contento con su familia, ningún hijo está contento con los padres que le han tocado, ningún padre está contento con los hijos que tiene. Nadie está contento con su país, con el empleo, y hasta con la iglesia. Vivimos en medio de una generación que tiene una patente insatisfacción, y todo el mundo vive entregado a la avaricia, y aún dentro de la iglesia no se da cuenta que la gente no está satisfecha ni siquiera con su iglesia local.

De hecho, por primera vez en la historia tenemos la experiencia de que la gente puede ser expuesta a diez sabores de iglesia, y si tú le preguntas: “De las diez, ¿alguna te ha gustado?” —“Ninguna”. La primera actitud que arruinó a Israel fue esa insatisfacción rampante, que la Escritura le llama avaricia, ese deseo de siempre tener más.

Dice que la avaricia era tan generalizada que no había distinción de edad: desde el chico hasta el grande. Y uno pregunta: ¿y pueden haber niños dominados por la avaricia? Sí, los hay. Ya antes le he corregido a mi iglesia la actitud de pensar que el pecado está fuera de nosotros. El pecado está en nuestros corazones. Quizás todavía no han tenido la ocasión para practicar ese pecado abiertamente, pero ya el pecado está en ellos. Si no nos cuidamos, los niños serán también dominados por la avaricia.

¿Cuál es el estereotipo de niño más común en medio de nosotros? El niño que tiene tantos juguetes que no sabe con cuál jugar, el niño que tiene tantos privilegios que no valora ninguno. Así se ve un niño dominado por la avaricia: tiene privilegios, tiene cosas, no las valora, quiere nuevas, y descuida las que tiene.

Avaricia en niños, adultos y ministerios

Tengo que mencionarlo porque dice aquí que desde el más chico hasta el más grande. Este deseo incontrolado por poseer cosas, bienes, placeres, privilegios es tan peligroso que en Efesios 5:3 la avaricia se menciona junto con la fornicación y la inmundicia, y nos dice que ni aun se nombre. Se presenta en el adulto y también se presenta en el muchacho, y en cada uno se ve como una falta de contentamiento y falta de confianza en el cuidado y la provisión continua de Dios.

¿Cómo se ve un niño con avaricia? Son deseos incontrolables por poseer nuevas cosas, para un corto tiempo, y luego perder de nuevo el interés. Y usted me dirá: los niños son así. Sí, porque el pecado está en ellos. No lo vea como que son “actitudes de niño”, véalo como que es el pecado que tenía yo, y un padre sabio sabe limitar a su hijo para que la avaricia no le domine. Los padres que no se dominan a sí mismos tienen hijos con avaricia sin control; el mismo pecado que afecta a uno les afecta a los otros.

Lo que se ve en la Escritura es que los pecados no solamente alcanzan personas, alcanzan también familias y generaciones. Cada vez que un pecado visita a los padres, diga que visitará también a los hijos. Una generación de gente dominada por la avaricia produce hijos que tienen avaricia sin control.

¿Cómo se ve la avaricia en el adulto? He mencionado esta insatisfacción generalizada. Hermano, por favor tenga cuidado de eso, porque es fácil uno mirar hacia el terreno del vecino. Esa maleza crece también en mi patio. Para que un creyente tenga un deleite activo, hermano, debe hacer un ejercicio intencional de por lo menos dos veces al día: caminar en medio de su casa tratando de volver a buscar la satisfacción.

Y usted va a tener que mirar su casa y sus bienes y decir: “Señor, gracias por lo que tú me has dado”. Porque si se pone a ver los catálogos, no digamos el de Ikea que eso no lo mandan siempre, pero usted dedica a verlo, hermano, los enseres que el Señor le ha dado van a aparecer aborrecibles. Usted, como creyente, va a tener que hacer un esfuerzo activo de mirar a su esposa, a su esposo y deleitarse. Y decir como el salmista:

Las cuerdas me cayeron en lugares deleitosos, y es hermosa la heredad que me ha tocado.

— Salmos 16:6

Los hijos, lo mismo. La persona mira los hijos de los otros y dice: “Yo quisiera que mis hijos fueran así”. Los padres, los trabajos, la iglesia, el oficio. ¿Cuántas personas han elegido carreras para su vida no de acuerdo a los dones que el Señor les ha dado, sino de acuerdo al potencial económico que tiene esa carrera? Lo que bien debías haber estudiado, dado como Dios te ha cableado, es esto; pero tú quieres estudiar lo otro. ¿Y por qué quieres estudiar lo otro? Porque ahí está la solución de tu avaricia.

Vivimos en tiempos donde hay mucha posesión y muy poca mayordomía. Se quieren propiedades y hasta negocios que la gente ni quiere ni puede administrar. Pero, ¿por qué lo tienes?, ¿por qué adquieres ese bien que no puedes glorificar al Señor en su mayordomía? Recuerden, hermanos queridos, que no estamos en esta tierra para dominar, no estamos en esta tierra para poseer, estamos aquí para hacer mayordomía de la creación.

La razón por la cual estamos en medio de una creación es que esta creación tiene dueño, y el dueño te ha contratado a ti, te ha puesto a ti para que hagas mayordomía de esto, para que hagas administración de los recursos de Dios. No se trata de poseer por poseer, se trata de glorificar a Dios en las cosas que estás haciendo.

¿Qué nos dice la electrónica de consumo? Que si su celular no tiene cuatro cámaras, aunque todavía no ha usado la primera… Me preguntaba yo la semana pasada: ¿cuántas cámaras vamos a llegar a tener? Antes no tenían ninguna, después tenían una, ya tienen dos, después cuatro; hay uno que tiene ocho. Hermano, ¿cuántas cámaras hacen falta? Y no es para tomar fotografías, es para demostrar y ostentar: “¿Cuántas son las cámaras?”.

Vi que ahora venden un sticker que tiene forma de cámara. Entonces solo lo pegan al celular atrás. Es la electrónica de consumo: desear algo por lo que representa estatus, no por su utilidad. ¿Por qué quieres el carro que quieres?, ¿por qué quieres el celular que quieres?, ¿por qué quieres vivir en el lugar donde quieres vivir?

La imposibilidad de retener un empleo, practicar un oficio, al estar en un estado de constante comparación. Tú tienes tu trabajo, pero estás en LinkedIn y ves las ofertas, y llegan, y tú te preguntas: “¿Cuánto es que está el rango salarial allá? Guau, estoy dos por debajo, estoy cuatro. Ay no, ya mi trabajo no es tan satisfactorio como el otro”. Dice que va a cambiar de empleo y tú le preguntas: “¿Cuál es la razón?” —“Aquí me están dando tres mil pesos más”. Y el hermano debe hacerlo; no sabe que está siendo dominado por la avaricia, porque en todas las decisiones de su vida lo que importa es eso.

Deseos de emprender por vanidad: la sociedad no aguanta un emprendedor más. Y no está mal emprender, no es que está malo emprender, pero alguien debe hacer el trabajo tarde o temprano. ¿Cuántas personas podrían tener vidas muy satisfactorias y muy dignas teniendo un empleo de 8 a 5, yendo para su casa, estar con su familia, podrían tener quizás mejores ingresos, podrían tener mejor calidad de vida, pero quieren ser emprendedores? ¿Y por qué quieren ser emprendedores? Porque es la única vía para llegar a tener la “libertad financiera”. ¿Y qué es la libertad financiera? Tener un poco más que el vecino.

Ay, hermano querido, por favor entienda que nuestra iglesia no vive en una nube. Nosotros vivimos en medio de una sociedad, y la sociedad nos afecta, nos retroalimenta, y a menos que evitemos intencionalmente esas actitudes, seremos dominados por ellas. Esa grama crece en nuestro patio.

Avaricia también en profetas y sacerdotes

Dice que esto no hace distinción de oficio o responsabilidad espiritual. Así como iba desde el más chico de ellos hasta el más grande, iba desde el profeta hasta el sacerdote. Y uno dice: ¿y hasta con las cosas sagradas se puede encontrar ocasión para la avaricia? Sí. Lo más sencillo es pensar en el deseo inapropiado de bienes, pero ¿qué tal el reconocimiento, el poder?

¿Cuántos son los pastores que al día de hoy están insatisfechos porque quisieron pastorear una iglesia más grande, o una iglesia más influyente, o una iglesia que tenga un mejor presupuesto? Y no es un asunto necesariamente para “poder hacer más cosas”, hermanos, contentos con lo que Dios les ha dado. Tristemente uno encuentra pastores y les dice: “¿Tú te imaginas pastoreando a ese mismo pueblo por los próximos veinte años?” —“No, esto es un peldaño para algo más grande”. Una búsqueda incesante de trascendencia.

¿Cuánta gente anda buscando a través de un ministerio hacer historia, dejar un legado? Miren, los ministros no estamos en esta tierra para dejar un legado; estamos aquí para hacer un depósito en el cielo, como decía el apóstol Pablo, y quizás, buscando hacer un depósito en el cielo, logramos dejar un legado. Pero “hacer historia”, “dejar un legado”, “poner nuestro propio nombre” no es, ni debe ser, nuestra motivación principal.

¿Cuántos Absalón hay en este tiempo que andan haciendo obeliscos para ponerles sus propios nombres? No es que quiero abusar de esto, hermano, pero el texto dice que desde el profeta hasta el sacerdote. Era un asunto tan generalizado que, así como no hacía rango de edad, no hacía tampoco una diferencia de llamado.

Una competencia por los logros: llenar estadios, tiempo en pantallas, número de seguidores o la calidad de los mismos. “No, quizás no me siga mucha gente, pero los que me siguen son importantes”. Esa avaricia es un deseo incontenible por cada vez cosas más grandes. Hermanos, la grandeza no está mal. Hay gente a la que Dios le ha dado esa carga, y si el Señor se la dio, Él le dará la fuerza. No está mal pastorear pueblos grandes, no está mal tener influencia, no está mal usar plataformas. Lo que está mal es buscar eso en primer lugar, porque se llama avaricia, simple y llano. Y tú le puedes poner toda la capa de pintura espiritual que quieras ponerle encima, y es tan carnal como la persona que no tiene contentamiento en su trabajo y que siempre anda mandando un currículum más.

¿En qué momento vas a dejar de mandar currículum?, ¿en qué momento dejarás de mirar hacia el lado?, ¿en qué momento dejarás de compararte? En el momento que entiendas que tú tienes lo que Dios te ha permitido, y que tengas satisfacción en lo que Dios te ha dado.

El libro de Hebreos relaciona la avaricia con la insatisfacción, dice así mismo:

Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.

— Hebreos 13:5

Guau, ese “ahora”, hermano, es duro, porque la alegría de mucha gente depende de lo que va a tener mañana. Dice: “Tú no aprendiste a tener alegría por lo que tú tienes ahora; probablemente tampoco tengas alegría mañana”. Contentos con lo que tienen ahora. Guau, hermanos, esa cosa debería animarnos a lavar el carro: “Este es el que toca, vamos a gozarlo”. A limpiar la casa y tener un deleite en el lugar donde Dios te ha permitido vivir. A reunir tus hijos y gozarlos. O buscar tu esposa, tu esposo, salir con él y deleitarte.

Y amar también tu iglesia local. Claro, hay mucha gente que no tiene negocio con su iglesia local porque, al día de hoy, hay tantas opciones para ver iglesia en todas las partes del mundo que casi es imprudente. Hay hermanos míos que conocen la vida de iglesias locales donde nunca han pisado, pero conocen el liderazgo, conocen la carga de corazón de su pastor, conocen los programas, conocen lo que están haciendo y bien saben lo que pasó en el culto del domingo. Y tú les dices: “Pero hermano…”.

Y lo mismo pasa con la vida de los otros. Vivimos en tiempos donde tú podrías bien, con mucha dignidad, llevarle la vida a diez personas. Con mucha dignidad, mucha honra y con poca vergüenza, porque ya no hay que pararse en la ventana. Antes, para usted llevarle la vida a cinco personas, tendría que pararse en la ventana. Ahora usted no tiene que pararse en la ventana, desde la casa usted puede ir haciendo scroll y ver: “Mira cómo viven, mira lo que tienen, mira lo que compraron y mira dónde fueron”. ¿En qué momento vas a dejar de mirar lo que tiene el vecino y vas a tener contentamiento con lo que tú tienes?

Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora. Por favor, hermano, cuando me oiga predicar esto no sienta que yo se lo predico como que yo estoy bien y usted está mal. Esto también crece en mi patio. Yo tengo que desyerbar mi corazón de la avaricia cada cierto tiempo, porque la mata crece ahí. Y si tú no estás atento, hermano, se te llena el patio de eso y tú dices: “¿Qué es lo que pasa?, ¿cómo que ya no me da mucha satisfacción?” Es que estás dedicado a ver lo que está creciendo en otra parte.

Y la razón por la que él dice eso es: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Hermano, lo que usted tiene, alto o bajo, ancho o estrecho, abundante o más escaso, es lo que Dios ha entendido que usted debe tener ahora mismo. Y cuando usted deja que su corazón se llene de avaricia, usted lo que está es quejándose con aquel que le ha dado lo que usted tiene. Si usted mirara su provisión como la oportunidad que su Dios le ha dado, se vería distinto.

¿Cuánto recuerdo aquel conflicto entre un Acab avaricioso y un Nabot agradecido? Acab quería la viña de Nabot: “Dame tu viña, que a mí me gusta la tuya”. Y Nabot le dice: “Rey, pero tú tienes una viña más grande que la mía; la mía es más pequeña que la suya, dame la tuya, no, dame la tuya”. Decía: “¿Cómo te voy a dar la mía, si fue la que Dios me dio?”. Al final se la arrebató, y no pudo disfrutarla porque la avaricia lo derrumbó. Nabot estaba contento con su viña; el rey quería una viña cada vez más grande.

Hermano, ¿en qué momento es que vas a tener satisfacción con tu negocito?, ¿en qué momento es que tu trabajo te va a dar satisfacción?, ¿en qué momento el lugar donde tú vives, en qué momento tu iglesia, en qué momento tu familia? Esta actitud aspiracional hay que cortarla en algún momento.

Les decía, hermanos, que vivimos en una generación donde con mucha dignidad usted puede llevar diez vidas sin tener carga de conciencia. Yo le recomiendo que si hay una persona que usted no está cerca de ella ni usted puede incidir en esa persona, no lo haga. Y yo, tratando de no hacerlo, luego me he dado cuenta que vivo muy al tanto de los dolores, desesperanzas, triunfos de gente caminando, la verdad es que ni sé quiénes son. De hecho, a veces están muy tristes, yo no tengo ni siquiera la ocupación de consolarlo porque digo: “Guau, ¿qué hago?, ¿le mando un mensajito?” Pero se asustaría. Ya ha pasado, ¿verdad?, que usted ve a una persona tan triste y dice: “Guau, pero yo tengo ya cinco años llevando el registro emocional de personas”. Me doy cuenta que está en un momento muy triste, pero si yo le escribo me dirá: “Tú no me conoces, ¿quién eres tú?” —“Es que yo te sigo…”.

No. A menos que cortes algunas cosas, no vas a cuidar tu corazón. Y lo mismo les digo de las empresas: si el Señor le da a usted un empleo durante un año, concéntrese en hacer su trabajo. Y cuando la gente le diga: “Están contratando”, dígale: “Yo no estoy recibiendo oferta, tengo que hacer un trabajo”.

Mayordomía, contentamiento y primera actitud que arruinó a Israel

Guau, pero mira: “Aquí te van a dar una mejor posición, aquí mayor salario”. Espérese, que ya yo estoy haciendo mi trabajo. Contento con su oficio. Si usted es plomero, gócese la plomería. “No, es que la electricidad la están pegando mejor”. Pero no es la suya, es la electricidad. “Ah, pero que yo lo que soy mecánico; déjame ver si yo podría ser artista”. Espérese, hermano, no todo el mundo es artista plástico. Usted lo que es es mecánico, sea mecánico con mucha honra y para la gloria del Señor. Ese deseo constante de hacer lo que Dios no le ha permitido hacer se llama avaricia.

Porque desde el más chico de ellos hasta el más grande, cada uno sigue la avaricia; y desde el profeta hasta el sacerdote, todos son engañadores. Guau, primera cosa que derribó a Israel fue que no pudieron contener su avaricia. Limpie el patio, hermano, saque las matas, gócese con lo que Dios le ha dado. Primera cosa es eso.

¿Qué era lo siguiente? Dice el versículo 14 que ellos habían estado buscando soluciones superficiales al problema del pecado:

Curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: Paz, paz; y no hay paz.

— Jeremías 6:14

El problema del pecado se presenta aquí como una herida abierta. Los sacerdotes, que eran los maestros, ¿qué era lo que hacían los falsos profetas? Que le decían al pueblo: “No hay herida, no hay problema, tú no estás traumatizado, tú estás bien, no hay ningún problema; eso es algo superficial”. Es como cuando un niño se raspa un poquito, se cae, viene el papá y le sopla, y parece que ya está todo bien. Pero si se rompió el brazo, si hay una arteria sangrando, por favor, no le sople, que es una herida profunda. Las heridas profundas requieren atenciones profundas.

Entendamos: la Escritura le llama al pecado una herida abierta. Y cuando alguien tiene una herida abierta, no es para poner una pomada. Ay, hermano, yo quisiera que todo se resolviera con una pomada, pero hay cosas que no; hay cosas que requieren raspar la llaga para trabajar desde adentro. El pecado se presenta como una herida porque es algo que puede ocurrir, pero que generalmente se evita. Es algo cuyas consecuencias dependerán de qué tan pronto y qué tan bien sea atendido.

“Yo tengo ahí un pecado, pero la verdad es que eso no es tan grave, eso yo lo puedo, yo puedo lidiar con mi pecado”. Es como una persona que tiene una herida abierta y dice: “No, yo creo que puedo atenderme, yo me la limpio cada cierto tiempo”. Espérate, no; eso hay que atenderlo de manera profunda. No es un paño que hace falta, no es una venda; hace falta que la herida sea atendida en su justa dimensión.

¿Cuántos son los hermanos que andan con heridas abiertas, con pecados abiertos, con partes de su vida que están expuestas? El Señor, en su misericordia, permitió que cuando nuestro cuerpo físico recibe una herida lo anuncie. Primero sale sangre; si no se atiende, sale pus; después comienza la necrosis, entonces el dolor; se va infectando, vienen las bacterias. No es: “Mira, es una parte de mi cuerpo que está llena de bacteria, pero no importa, yo le pongo una ropa por encima”. No. No es una ropa por encima. Eso hay que limpiarlo. No es que “no se ve”. Ay, no es si se ve o no se ve; se está infectando tu vida, por el peligro.

Una persona politraumatizada no es para que la lleven a dormir a su casa, es para que la lleven a un centro médico a darle atenciones completas. “No, mira, está politraumatizado, pero yo creo que con un poco de reposo él se mejora”. Cuánta gente se está tratando de “mejorar con un poco de reposo” los problemas del pecado. Los problemas del pecado no mejoran con reposo.

Curan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: “Paz, paz”; y no hay paz. Eso es curar la herida con liviandad: decir “eso no es tan complejo como parece, dale un poco de tiempo, que el tiempo cura las heridas”. La del pecado, no. Lo que hace el tiempo con la herida del pecado es que salga pus; lo que hace el tiempo con la herida del pecado es que eso se vuelva más necrótico; lo que hace es que requiera amputación. Y si tú amas tu integridad espiritual, deberías buscar soluciones prontas.

Soluciones superficiales al pecado y urgencia espiritual

Estuve leyendo que en asuntos de urgencias médicas se habla de una “hora dorada” después que una persona tiene una colisión. Hay una hora donde esa persona debe recibir el tratamiento, tan buen tratamiento como esté al alcance. Y es mejor a veces llevarlo a un lugar más cerca donde se pueda tratar, que esperar llegar a un lugar mejor equipado dentro de tres horas. Es mejor que llegue en treinta minutos, aunque sea a un hospital regional, que llegar al traumatológico en diez horas, porque quizás en diez horas ya no está vivo, o llega con consecuencias permanentes.

Lo que quiero traer a mi iglesia es la urgencia de que con el pecado no se juega. Es una herida abierta que requiere atención profunda. ¿Por qué la gente no quiere rápida atención para el pecado? Primero, por orgullo y autosuficiencia. “Yo creo que yo puedo lidiar con esto, eso no es pecado, ¿sabes? Eso es una debilidad que yo tengo y yo la tengo bajo control”. Me dijo alguien una vez que yo solicité que me dijera: “Tú te puedes beber un poquito de veneno todos los días, no te mueres”. Estaban pegando su trago. “No, no te mueres”. Sí te mueres; eso afecta a los órganos.

“Yo creo que puedo lidiar con eso”, y así evita ponerse en evidencia, porque no quisiera traer vergüenza sobre su vida. Amigo, si usted tiene una herida abierta, no es cuestión de vergüenza o no vergüenza, es cuestión de vida o muerte. Lo que evita más frecuentemente que la gente atienda el pecado es que entiende que ellos solos pueden. “Yo creo que yo puedo”.

Me recuerda a uno de los presidentes de Estados Unidos, Theodore Roosevelt. Una vez iba a dar un discurso. Oyéndolo, un poco engreído; según la lectura que hago de su biografía, me parece que era un hombre altivo. Y él se iba a dar un discurso, y uno de sus opositores, que no quería que él volviera a ser presidente de los Estados Unidos, lo esperó y le disparó. Y él dijo: “Yo salí a dar un discurso…”. Él, con algo de experiencia, entendió: tosió y no escupió sangre, y dijo: “Parece que no me perforó los pulmones, yo puedo hablar”, y dio un discurso de una hora.

Y en el discurso él dijo: “Se requiere más de un tiro para matar un alce. Soy un hombre fuerte. Él quiso que yo no diera mi discurso, dijo que ya no iba a dar mi discurso”. Dice que el discurso lo tenía en el bolsillo y perforó el discurso; el proyectil perforó el discurso, y él sacó el discurso con el agujero, y dio su discurso de una hora. Y le dijo a la audiencia: “Discúlpenme si no les hablo muy fuerte, no se preocupen, yo lo tengo controlado. El proyectil está en mi cuerpo; tengo algo de dificultad, no hagan mucho ruido para que no tenga que proyectar muy fuerte la voz”. Y dio una hora de discurso. Y después se cayó; salvó la vida, pero con qué imprudencia.

Así hay gente que, con el pecado encima, anda dando discurso y manifestando: “Míralo ahí, que yo puedo, eso no es algo muy grave todavía, yo puedo controlarlo”. Entienda, hermano, que el pecado es una herida, y esa herida se podría convertir en podrida llaga. Y desde podrida llaga, quizá lo que queda es amputación, y después de amputación lo que queda es la muerte.

Sanan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: “Paz, paz”, y no hay paz. El problema del pecado requiere una atención profunda. El médico negligente es aún más condenable que el paciente mismo, porque obra con conocimiento. Son aquellos que crean falsas expectativas de paz y recuperación acelerada. Hay gente que le ha cerrado la puerta a Dios en su vida, y después quiere venir: “Yo quiero que sea un asunto… yo no tengo mucho tiempo, ¿sabes? A ver si en una hora podemos hacerlo”. Y yo le digo: “Bueno, la verdad es que vete muy rápido, vete, porque…”.

Una persona que se accidentó en el trabajo, llegó con el cuerpo abierto a la emergencia, y le dice: “¿Hay alguien que me pueda dar puntos? Vete a una pared, que yo tengo una línea de blocks; si no, me la paras ahí. ¿Alguien me puede dar los puntos? Porque si no puedo coger esta mano, yo trabajo con la otra, no hay problema; voy a terminar la casa entera, hágalo bueno”. No es que me quiero reír; lo que le quiero mostrar es lo imprudente que es aquel que, con una herida abierta, quiere entender que son asuntos superficiales: ese “Paz, paz, está todo bien, está ok, no es tan grave”.

No debemos nosotros generar falsas expectativas de paz, frecuentemente para agradar a los hombres. Conozco, es verdad, miren, el Señor perdona los pecados, pero el pecado tiene consecuencias, y son consecuencias que frecuentemente son permanentes. Y la gente le dice: “No, mira, él está herido, pero yo lo que quisiera es que eso se vaya pronto y que no tenga ninguna consecuencia”. Consecuencia tendrá.

Yo admiro mucho a determinados médicos, y les he preguntado: ellos tienen que darle diagnósticos difíciles a sus pacientes, porque todo el que está enfermo subestima su enfermedad y su condición. “No, yo creo que eso no es muy grave”. Y yo admiro al médico que le dice: “Tómeselo en serio, eso es grave”. De hecho, enfermedades crónicas: quienes son diagnosticados, las personas que he sentido que mejor les va son la gente que tiene conciencia de que tienen una enfermedad crónica. No que “yo soy hipertenso, por eso no he nadado”. No; asúmase como hipertenso. Debutó diabético, entienda, asuma su diabetes como una enfermedad y entienda sus limitaciones.

“No, yo creo que yo voy a seguir viviendo normal”. No es normal; tienes que entender dónde estás. Y lo mismo pasa con el pecado: si debutaste en cualquier expresión del pecado, busca rápido el rostro del Señor, busca rápido tu restauración. Mientras más temprano, mejor. Hay consecuencias que permanecen.

Son muchos los que limitan su enfoque estrictamente a remediar las consecuencias del pecado. Hermano, mire, el pecado es un asunto complejo. Yo tengo que pastorear gente, y yo veo todas las semanas cómo el pecado afecta a las familias, cómo el pecado afecta la vida, cómo el pecado afecta la integridad de la gente, y me doy cuenta que las personas quieren subestimar y pensar: “Mira, yo practico ese pecado y, no, eso no es tan grave”.

No quisiera tener que hablar de eso, pero los cigarrillos electrónicos te hablan de eso, como si fuera la cosa más pura del mundo: “Eso es aire. Mira, esto es saludable, es algo muy puro; parece hasta un remedio. Está fumando para vivir en salud, porque tan saludable es…”. Hermano, el pecado no es un asunto saludable, el pecado no es algo higiénico, el pecado no es algo “natural”. El pecado es algo que daña, el pecado es algo que rompe, el pecado es sobre todo algo que ofende a nuestro Dios. Y no deberíamos solamente querer lidiar con las consecuencias puntuales o prácticas del pecado; cada vez que en esta creación se ha pecado, hay un Dios al cual se le ha faltado.

Y la gente viene y te dice: “No, yo quisiera lidiar con mi pecado porque yo creo que esto va a afectar a mi familia”. Aún antes de que afectara a tu familia, afectó a tu Dios. El primer ofendido ha sido el dueño de toda esta cosa, la soberanía de nuestro Dios. Tu pecado le dijo a Dios: “Yo me rebelo contra tu soberanía”.

Una solución superficial al pecado es aquella que trata solamente la consecuencia. Yo me he dado cuenta, sobre todo con incrédulos, que cuando pecan, vienen a buscar consejería pastoral. ¿Y tú sabes para qué vienen? Porque quieren ir al matrimonio y jugar a la esposa la carta de: “No, mira, yo te deshonré, pero yo busqué consejería”. Y yo me pregunto: ¿realmente tú quieres consejería porque entiendes que has ofendido a Dios, tú entiendes que has dañado, o tú estás buscando que las consecuencias de tu pecado poder administrarlas? ¿Es un asunto de gestión del pecado, o es un asunto de que tú aborrezcas el pecado? “No, yo todavía estoy dispuesto a volver a cometerlo; lo que yo quisiera es que ese pecado específico ya no tuviera consecuencias”.

Hermano, una solución profunda al problema del pecado no es solamente remediar las consecuencias temporales. Cada vez que el pecado te visitó, hay algo que Satanás suplió a tu corazón. La pregunta de rigor es: ¿qué área de tu vida no satisfecha en Dios encontró disponible ese pecado? “Ay, hermano, yo tengo una debilidad”. No; tú tienes una necesidad no satisfecha en Dios, y cuando el pecado tocó eso, lo tocó porque eso no estaba satisfecho en Dios.

¿Qué relaciones deberías limitar para no exponerte?, ¿qué estímulo evitar? Hermano, cuando se trata el pecado profundamente, no solamente se ven sus consecuencias inmediatas; al mismo tiempo hay que revisar los antes, poner los correctivos. Hay personas que el pecado vino, les dio fuerte; ellos pusieron los correctivos, lo amarraron, dijeron: “Eso jamás vuelve”.

Ahí se entiende la parábola del Señor que dice que si tu mano derecha te es ocasión de caer, córtala. Y la gente quiere exagerar eso. ¿Sabe a qué el Señor se refiere? A que si con esa actitud, con esa mano, con esa práctica… Hay gente que debería cambiar de trabajo, hay gente que debería cambiar de oficio, hay personas que deberían cambiar de barrio, hay gente que debería cambiar sus opciones de entretenimiento, por amor a su Dios primero y por amor a su integridad.

“No, ya yo me arrepentí, hermano”. A veces hemos abusado de la justificación por la fe: “Yo confesé mi pecado y, ya, vuelvo y todo listo para volver a pecar”. No. Si realmente has lidiado profundamente con tu pecado, no solamente hay justificación; al mismo tiempo hay rectificación, hay un deseo de caminar derecho.

Por eso cada vez admiro más a la gente que participa en programas de Alcohólicos Anónimos y de Narcóticos Anónimos, porque a veces se toman más en serio el pecado que los cristianos. Yo conozco adictos recuperados que eligieron salirse del entorno. Dijeron: “Ese entorno, para yo lidiar con mi adicción, no puedo”, y salieron del entorno. Y yo digo: guau, otra persona salió de su entorno por su recuperación. Yo conozco adictos recuperados que tienen vidas, al día de hoy, muy estables, muy dignas, pero se cuidan más que la media de los cristianos.

Hay lugares que no visitan, hay registros emocionales que tratan de evitar, y cuando sienten que están corriendo riesgos, hacen una llamada a alguna persona: “Fulano, estoy…”.

Sanan la herida de mi pueblo con liviandad, diciendo: “Paz, paz”; y no hay paz. Por favor, iglesia, no ofrezcamos mal las promesas de nuestro Dios. Es verdad que en nuestro Dios hay restauración, es verdad que en Él hay perdón de todos los pecados, pero media siempre el arrepentimiento, media siempre la fe. Hechos 3:19 no dice “tus pecados serán borrados”, lo que dice es:

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.

— Hechos 3:19

“Yo quisiera los tiempos de refrigerio…”. Arrepentíos y convertíos. Hermano, si no hay arrepentimiento, no hay conversión, no hay refrigerio. La gente quiere el refrigerio, y hay iglesias que están predicando “refrigerios”: “En este año Dios cambia tus tiempos, dice el Señor que no más…”, lo que quieren es prosperidad de este lado.

Hermano, no es que me quiero burlar de eso. Frecuentemente lo hacen por ignorancia. Lo que quiero mostrarle a mi iglesia es que no deberíamos ofrecer soluciones superficiales. Ese “Paz, paz” —cuando se repetían dos veces las cosas entre los hebreos— era una absoluta confianza. Era que el profeta le decía: “Estate seguro que tú estás bien”, y después decía el Señor: “Y no hay paz”.

Lo que dice 2 Crónicas 7:14 no es: “Yo abriré las ventanas de los cielos”, lo que dice es:

Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.

— 2 Crónicas 7:14

A ver, si le pregunto a la gente: “¿Y tú tienes el deseo de buscar el rostro del Señor?” —“No, yo lo que quiero es su perdón”. Y su rostro, ¿te importa su rostro? “No, me importa que me perdone, quiero que me prospere”. Pero, ¿te importa su presencia?, ¿te importa el gozo de tu salvación? Como decía el salmista:

Vuélveme el gozo de tu salvación.

— Salmos 51:12

“Repite conmigo esta oración y ya estás perdonado”. Ay, hermano, por favor. Tú puedes lograr que alguien repita mecánicamente una oración, pero tú no puedes poner contrición en su corazón.

Lo que dice Romanos 10:9 es:

Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

— Romanos 10:9

Si Jesús es el Señor, cien de cien lo confiesas, y después dice: “y creyeres en tu corazón”. No es otra cosa; en mi corazón lo creo. En la boca, yo puedo decirlo. ¿Cuántas son las personas que han tenido una supuesta salvación porque fueron a una iglesia y repitieron una oración? “Repita conmigo: confieso mis pecados, me arrepiento, escribe mi nombre en el libro de la vida…”. Hermano, no es que me burlo de eso; lo que le quiero mostrar es que hace falta creerlo en el corazón, hace falta una disposición a la obediencia, hace falta algo más que la superficialidad de repetir palabras.

Sanan con liviandad la herida de mi pueblo. El pecado del pueblo, “Paz, paz”, y dice el Señor: “No hay paz”.

Falsa paz, falta de vergüenza y corazón endurecido

La manera en que en Israel se había alentado su esperanza de “Paz, paz” es que decían los maestros al pueblo: “Dios ama a Israel, por lo cual nunca traería mal sobre nosotros, porque Dios nos ama”. ¿Cuánta gente dice que Dios le ama?

Dice aquí el Señor que sus casas serán traspasadas a otros y sus heredades y también sus mujeres, porque extenderé mi mano sobre los moradores de la tierra, dice Jehová. ¿Sabes lo que decían los falsos profetas? “Realmente nosotros no estamos tan mal; si nos comparamos con los vecinos, mal están los de allá, nosotros estamos ok”.

Hermano, no se compare con un incrédulo; compárese con Cristo. Porque si se compara con el incrédulo, siempre usted saldrá aprobado. Pero si usted se mide con Cristo, que es el varón perfecto, Él es el estándar, saldrá avergonzado. El que se anda midiendo siempre con los que no han conocido al Señor, ojo, es un creyente tan superficial como ellos mismos; siempre está de cien.

¿Sabe que hay gente que ha estudiado en determinados colegios, que estaban de cien, de cien, hasta que llegaron a determinadas universidades, y ahí se dieron cuenta que, siendo de allá, eran como el 70 de pagar? A mí me pasó eso, hermano. Yo me matriculé en la PUCMM, estudiaba con muchachos de determinados colegios que trabajaban a la primera; el profesor explicaba, y yo necesitaba que explicara de nuevo. Había gente que lo captaba a la primera. Y yo: “Pero yo como que entendía antes…”. Lo que pasa es que una cosa es la Liga Menor y otra cosa son Grandes Ligas.

Cuando Cristo entra, son Grandes Ligas. Cristo es el estándar, Él es nuestro parangón; con Él tú deberías medir. ¿Sabes lo que le decían a Jeremías? “Jeremías, tú estás exagerando, tú quieres imponernos un estándar demasiado alto. Si nos llevamos de ti se va a caer la economía, si nos llevamos de ti se va a caer el reino. Jeremías, tú eres pesimista. Paz, paz”, y no hay paz.

Me moveré, hermano, pero quiero enfatizar: resultan expresiones de falsa paz. ¿Cuántos son los que dicen “Paz, paz” porque tienen una falsa comunión cristiana? “Yo soy miembro de una iglesia, tú sabes”. Hermano, tú me puedes engañar a mí, yo te puedo engañar a ti; podemos pasarnos aquí diez años engañándonos los unos a los otros. Y tú: “Guau, nadie descubrió mi pecado ni yo descubrí el de nadie tampoco”. Dios no puede ser burlado.

Podemos pasarnos nosotros aquí con la ilusión de la falsa aprobación: “Yo soy miembro…” Vamos, el ser miembro de tu iglesia no tiene la gran importancia; que tu nombre esté inscrito en el libro de la vida, eso es otra cosa. Que tú hagas taller de membresía, que alguien se reúna contigo, la persona siente que la han aprobado: “Vamos a recibirlo”. Eso no significa que estás bien, hermano. Quizá fuimos negligentes y tú fuiste muy habilidoso. Se han encubierto cosas, pero Dios no puede ser burlado. La falsa comunión de los santos es una falsa paz.

Hay otros que tienen el canto de sirena de la música de adoración. ¿Cuántos son los impíos que en su corazón no hay arrepentimiento ni conversión, que ponen los CD y dicen: “Aquí ya solamente estoy escuchando música cristiana, tú sabes, en mi carro; desde que salgo hasta el trabajo hasta que vuelvo eso son música, alabanza, y me encanta esa atmósfera de adoración, yo siento a Dios aquí en el carro”? Tú puedes sentir muchas cosas, pero probablemente cuando lo veas y veas su rostro refulgente ya no tengas el mismo sentimiento. Lo que tú cantas hoy, tú sientes que Él te aprueba; un día sentirás que Él rechaza. Vergüenza.

No está mal escuchar música de adoración, hermano. Lo que quiero decir es que tenemos todo un país que ya está inmerso en esto. Donde hay que entender que, con escuchar la música, ya es suficiente. No, hermano.

Dicen: “Sanan con liviandad la herida de mi pueblo, diciendo: Paz, paz; y no hay paz”.

¿Cómo puedes identificar que la herida ha sido mal curada? Hay veces que tú sabes que el procedimiento no fue el correcto: “Háganlo de nuevo”. Se ha sabido de gente que le hicieron mal el procedimiento, lo han tenido que operar dos veces. ¿Y tú dices: guau, ya lo operaron una vez, otra vez más de nuevo hay que hacerlo? Porque la salud lo requiere.

Tú sabes que la herida fue mal curada por tu falta de precaución. Si realmente tú entendiste lo que era un proceso de restauración de un pecado, tú no vas a estar repitiendo las mismas cosas. Tú deberías valorarlo un poco más. Tú sabes que no tienes una actitud relajada al respecto de ese asunto.

Si realmente el Señor te restauró de ese pecado, ya tú no haces chistes de ese asunto. Si alguien todavía bromea con el pecado, probablemente no ha conocido la dimensión del pecado. Escuché una conversación, no en vivo, sino una entrevista, de gente que estaba interactuando con una persona que había venido de la guerra. Y unas personas hablando superficiamente de los asuntos, y quien había estado en la guerra le dijo: “Joven, cállese, que usted no sabe lo que es la guerra. Joven, cállese, que usted no sabe lo que es la guerra”.

Bueno, usted que sabe lo que es estar postrado en el pecado y se ha levantado por la misericordia del Señor, ya no se relaja con ese asunto. No se comparten memes al respecto, no se bromea. Tú dices: “No, no, yo no voy a jugar con eso”. Quien vivió lo que es el abismo de las drogas y de allá el Señor le sacó, no juega con los narcóticos. Dice: “Mire, eso no es un relajo, eso no es recreativo; eso es imprudente”.

Sobre todo, una señal de que realmente la herida fue curada debidamente es que más para acá hay caracterización. Realmente hay gozo. Me recuerda el hijo pródigo, cuando se fue de la casa del padre y después regresó. Cuando él regresó, el padre no solamente le recibió en la casa, sino que primero salió a buscarle y, cuando salió a buscarle, lo encontró, y lo abrazó, y lo besó, y mandó hacer fiesta, y le devolvió su lugar de honra, y lo defendió. No solamente había restauración, también había gozo. Hermano, hay fiesta.

Tú te das cuenta que la herida no ha sido sanada porque no hay gozo. Te encuentras cantidad de personas que te pueden decir nominalmente: “Mis pecados fueron borrados”, pero tú dices: “¿Dónde está tu gozo?, ¿dónde está la alegría?, ¿dónde está la fiesta?” Si realmente has sido restaurado, debería ser esto una celebración, debería ser esto una algarabía. “No, el Señor me perdonó…” Pareciera que fue solamente un asunto legal, donde dos bufetes de abogados se pusieron de acuerdo en cuáles iban a ser las condiciones, firmaron todo al final de una hoja larga, y ya: “Tú vete por allá y yo me voy por acá”. No, hermano, si realmente tú has vuelto a la comunión con tu Padre, debería haber gozo.

¿Quién no ha sentido una relación que “se restauró” y tú sientes la tensión? Quizás bajó la hostilidad, pero no hay alegría. ¿No has sentido eso? Dos personas que están en conflicto, que se reúnen para “limar las asperezas” y después dicen que “ya se resolvió”. ¿Y dónde está la alegría? Si se resolvió, debería ser como el encuentro entre Jacob y Esaú, que después comieron juntos, compartieron juntos. Debería ser un encuentro como el hijo pródigo en la casa de su padre, que hubo fiesta.

Lo que me recuerda es la paz que hizo Salomón con Simei. Simei fue aquel que maldijo al rey David cuando David va saliendo de Jerusalén, y David le perdonó la vida. Pero cuando llega a reinar Salomón, David le dice a Salomón: “Yo le perdoné la vida, pero tú eres un hombre inteligente. No dejes que su cabeza descienda con paz”. Y le dijo: “Tú eres un hombre inteligente”, y Salomón lo mandó a buscar. Le dijo: “Simei, vamos a hacer paz tú y yo. Mira, yo también te voy a perdonar la vida. Por favor, quédate viviendo en Jerusalén, pero no te atrevas a salir de la ciudad. Si sales de la ciudad, no garantizo tu vida”.

Simei se quedó dentro de la ciudad, pero él no era amigo del rey. Quizás cuando veía a Salomón de lejos, le daba una inclinación. Hay gente que está en medio del pueblo del Señor y dice: “Yo fui perdonado, hay paz, paz”, y mientras más “paz” repiten, menos paz hay de cercanía e intimidad. Simei no era íntimo, él no era invitado a la mesa del rey. Y a los tres años, unos sirvientes suyos salieron, y él salió a buscarlos. Y cuando salió a buscarlos, era un rey, el hombre salió. “Ay, Simei, yo te dije que no salieras. Mire, llegaron tus sirvientes. Uf”. Se despide a Simei, y su sangre está sobre él.

Hay gente que siente que tiene paz con Dios, no tiene paz con Dios. Lo que tiene es una paz tolerada. Se parece a aquella parábola corta del Señor que dijo: “Un año más, y después córtalo”. Hay gente que supuestamente tiene paz, pero no hay paz; lo que hay es una conciencia de castigo.

He hablado acerca de las ruinas que vinieron por la avaricia y de la ruina que vino por la falta de soluciones profundas al problema del pecado. Dice el versículo 15:

¿Se han avergonzado de haber hecho abominación? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun saben tener vergüenza; por tanto, caerán entre los que caigan; cuando los castigue caerán, dice Jehová.

— Jeremías 6:15

La contrición es un asunto que hay que cultivar. Es mi oración que esta iglesia no sea una iglesia solamente de decidir cosas, sino una iglesia de sentir cosas. Es un privilegio sentir tu pecado en la presencia de Dios. Es un privilegio que cuando tu corazón se ha endurecido todavía tú te avergüences de tu pecado.

Qué triste es cuando una persona ha perdido toda sensibilidad y su conciencia se ha cauterizado, que llega a hablar del pecado como si fuera un asunto transaccional. “No, eso se practicó, se hizo, ¿verdad?” Pero, ¿tú entiendes que has ofendido?

Recuerdo haber tenido una reunión con un impío hace cerca de cinco años, que había desarrollado toda una familia a través de sus pecados. Su pecado no solamente le dañó a él, sino que dañó a su esposa, dañó la familia de su esposa completa y dañó también su familia. Yo le pregunto a la persona: “¿Pero tú sientes contrición por tu pecado?” Y él dice: “Bueno, yo quisiera no perder mi matrimonio; yo quisiera que los viajes que nosotros hacemos al campo, que damos cada cierto tiempo, que eso no nos afecte mucho”. Pero, ¿tú puedes sentir el dolor, sobre todo ante Dios, de lo que tú has hecho?

En la película de Netflix que ganó premios ahora, muy premiada, se llama “El irlandés”: era un hombre mafioso que estaba al servicio de la familia Bufalino en Estados Unidos, una familia mafiosa. Y ya al final de su camino, el hombre terminó en un hospital, y fue un cura y le dice al hombre: “¿Usted se arrepiente de lo que ha hecho?” Él dice: “Bueno, vamos a rezar…” Y después que rezó, le dice: “¿Usted sintió algo?” —“Sí, fue muy agradable lo que hice”. Pero, ¿tú sientes alguna contrición por la familia? Después de rezar, ¿sientes algo por lo que has hecho? Y él, entonado: “Pero el hecho de que yo estoy rezando como un intento, eso debe ser tomado en cuenta”. Y él le dice: “¿Tú sientes algo por la familia, algo en tu corazón?” —“No, ya eso es agua pasada”. “¿Algún remordimiento por la familia que afectaste?” —“No, yo no conocí ninguna de esas familias. Bueno, a una la conocí”.

¿Cuántas personas están al día de hoy, aun siendo creyentes, en un estado de insensibilidad espiritual que tú les preguntas: “Hermano, ¿tú sientes tu pecado? ¿Pero tú sientes que ofendiste a Dios?” —“Bueno, es que Dios es tan misericordioso, y Él lidia con tanto pecado todos los días, que eso no es tan grave, eso son cosas que son faltas, son ‘casi menutas’. Eso se barre por abajo, no hay que verlo tanto”.

Se han avergonzado, dice, “ni aun saben tener vergüenza”. Esa emoción hace tiempo que no les visita. Qué hermoso es un creyente que sabe tener vergüenza. Qué privilegio tener un corazón que se avergüenza ante su Dios.

¿Cómo tú sabes que tu corazón se está endureciendo? Cuando tú comienzas a buscar referentes para tu pecado que están fuera de Dios. “Mira, en ese rango de ahí, yo estoy como en 4 de 5”. No es 4 de 5; en ese rango entre Dios y tú, ¿dónde tú estás?

Tú te das cuenta que tienes un corazón endurecido porque llegas a la presencia del Señor con un sentido de dignidad. No quiero hacer esto un asunto muy categórico, pero tú te das cuenta cuándo una persona tiene un corazón duro ante Dios, porque ora con altivez. Y cuando ora, como que saca pecho y dice: “Señor, aquí está el más digno de toda tu creación. Me presento ante ti; te pido, Señor, por esto, por aquello, desde mi integridad, desde este templo de la integridad que yo, con mis propias manos, he construido”, porque realmente se siente digno; él realmente se siente “el sexto”; él realmente entiende que “se lo merece”.

Recuerdan aquel fariseo que oraba en el libro de Lucas. Tú te das cuenta que tu corazón se endureció porque cuando tú vas a la presencia del Señor realmente tú te sientes más digno que tus hermanos. En mi trabajo pastoral, yo me doy cuenta cuándo el corazón de mis hermanos está corriendo peligro, porque se vuelve muy sensible ante los pequeños desvíos de todos sus hermanos, pero no puede ver los propios.

“Messi, saca primero la viga de tu ojo para que puedas ayudar con la paja del ojo de tu hermano”. Tú te das cuenta que tienes un corazón duro y que no sientes vergüenza, ni aun sabes avergonzarte, porque tú sientes que eres el más santo entre tu congregación. Sientes que eres el único perfecto, sientes que eres el único que cumple.

Ten cuidado con esa actitud, porque esa actitud podría anunciar que tú no tienes la capacidad de ver tu propia falta en la presencia de Dios. Qué más sería mi oración que si el Señor permitiera que esta congregación fuera una congregación que sienta contrición, que sienta la realidad de su situación delante de Dios. La falta de contrición arruinó a Israel.

Ay, hermano, que el Señor te conceda un corazón siempre sensible; que el Señor te conceda, hermano, que tu oración siempre sea una oración humilde; que cuando tú pidas al Señor, tú no pidas desde arriba, que tú pidas desde abajo: “Señor, ten propicio a mí, que soy pecador”.

Rebeldía contra la senda antigua y la voz de Dios

He mencionado tres hasta ahora: actitudes que arruinaron a Israel: avaricia, la liviandad en tratar el pecado, la falta de contrición. Hablemos un poquito de la rebeldía. Dice así el 16 y el 17. Por favor, entiendan que lo que Jeremías está diciendo aquí no es algo para que el pueblo hiciera ahora; está describiendo algo que el pueblo había escuchado y no había hecho. Frecuentemente se predica Jeremías 6:16 como un asunto en tiempo presente. Jeremías no está llamando en este momento al arrepentimiento, lo que está diciendo es “esta fue la manera en que ustedes no se arrepintieron”. Es una descripción de lo que había pasado, dice él:

Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. Puse también sobre vosotros atalayas que dijesen: Escuchad el sonido de la trompeta. Y dijeron: No escucharemos.

— Jeremías 6:16-17

Lo que el Señor les dijo a ustedes en el pasado fue: “Paraos en los caminos, mirad, preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, andad por él, hallaréis descanso para vuestra alma”. Más dijeron, ¿qué dijeron? Díganlo ustedes: “No andaremos”.

Y quizá usted dice: “Pastor, yo nunca le he dicho eso al Señor”. No con palabras, yo tampoco se lo he dicho. Yo nunca le he dicho al Señor: “Yo no voy a hacer tu voluntad”. Yo lo que le he dicho es que no la voy a hacer ahora.

Verso 17: “Puse también sobre vosotros atalayas que dijesen: Escuchad el sonido de la trompeta”. Y dijeron ellos: “No escucharemos”. Y alguien me dirá: “Pastor, yo nunca recuerdo haber orado hacia el Señor: ‘Señor, deja de hablar, que no te voy a escuchar’”. Yo tampoco lo he dicho con palabras.

Ese rechazo explícito a la advertencia, ese rechazo explícito al camino correcto, probablemente tú no lo relacionas con tu comportamiento. Sin embargo, cada vez que el Espíritu Santo te confronta y tú eliges subir el volumen, tú estás diciendo al Señor: “No andaremos”, y le estás diciendo al Señor: “No escucharemos”.

¿Cuántas veces el Espíritu Santo ha querido tocar tu corazón? Y cuando el Espíritu Santo te contrista, te confronta, y tú te sientes avergonzado y dices: “Yo no quiero este sentimiento”… Deberías amar ese sentimiento en ese momento. Deberías atesorar ese momento. Mire, a nosotros nos han preparado, sobre todo a los millennials —recuerde, hermano, que soy millennial— y a los millennials nos han preparado para que no admitamos los sentimientos de vergüenza. Y si hay un millennial que siente vergüenza, rápido va a buscar algo en que entretenerse: va a abrir una red social, va a hacer algo, porque no estamos preparados para estar mucho tiempo sintiendo vergüenza.

Gloria al Señor por aquel que puede sentir la vergüenza y, en vez de salir corriendo a buscar honra por su propio medio, le dice: “Señor, gracias; gracias, Señor, gracias porque hoy el pecado no me fue agradable, porque hoy lo que sentí no me regodeé en eso. Señor, gracias porque hoy escuché tu voz y no cerré el oído”. Quizá tú dices: “Yo nunca le he dicho al Señor ‘no andaré’, nunca le he dicho ‘no escucharé’”. Hermano, cada vez que el Espíritu Santo te confronta y tú eliges pensar en otra cosa, lo estás diciendo. Cada vez que la Palabra habla a tu corazón y, en vez de decidir, eliges “reflexionar”, lo estás haciendo.

Yo creo que nosotros hemos sido más una iglesia reflexiva que una iglesia de decisión. Hermano, tú escuchas toda la predicación: “Guau, interesantísimo, estoy pensando en eso”. Hermano, no es para pensar, es para hacer. Es como estar en la guerra y el capitán le dice al “recluta”: “Haga tal cosa”. “Déjeme considerarlo”. Hazlo, hermano; tu Dios te está hablando. Y cuando tu Dios te está hablando a través de su Palabra, no es un asunto para anotarlo: “Ahí yo pienso que sí, yo voy a estar pensando, pensaré al respecto”.

Así me dijo un cliente a mí, yo le llamo. Ese “yo le llamo” me destruye. Ay, hermano, a veces tu Dios te manda hacer; lo que hay que hacer, hazlo. No le digas “yo le llamo”. Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Hermoso sería una iglesia que decida rápido y reflexione luego. En cuanto dependa de ser: Dios, obedécele primero y reflexiona mañana. Ahí está, Señor, esto es lo que tú mandaste hacer; ya está hecho. “Señor, ahora déjame ponderar qué fue lo que el Señor me mandó hacer”. Pero ya está hecho. “Señor, habla, que tu siervo escucha”.

Cada vez que te engañas a ti mismo poniendo fechas futuras o momentos ilusorios para obedecer a Dios, le estás diciendo: “No andaré”, y le estás diciendo: “No escucharé”. Alguien me dice: “Yo, precisamente, nunca se lo he dicho. Yo sé que esa área de mi vida puede ser mejorada, pero yo voy a dejar eso para el verano, y después lo dejaré para el invierno, y después para el año entrante. Ahora mismo estoy muy afanado”. Cada vez que postergas la obediencia, le estás diciendo al Señor: “No andaré”, le estás diciendo al Señor: “No escucharé”.

Santiago 4:17 dice:

y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.

— Santiago 4:17

Por la iglesia, hermano, de nuevo le repito: no tome esto como que es de mí para ti. Hermano, en mi patio también crecen esas malezas. Que el Señor nos ayude.

Oración final: pedir paz verdadera y tratamiento profundo

Padre, permite que como iglesia seamos sensibles. Ay, Padre, qué más deseo que tú traigas una sensibilidad renovada a este pueblo. Ay, Señor, rompe la rebeldía de nuestro corazón. Trabaja nuevamente con nuestro pecado, Señor, abre una vez más y trabaja una vez más, y hazlo para siempre, Señor.

Padre, si alguien aquí ha recibido tratamiento ligero para su pecado, permite que tenga la madurez cristiana de decir: “En esa área de mi vida necesito seguir trabajando. Paz, paz; y no hay paz”.

Ay, Padre, no permitas que estemos en una iglesia contenta con la avaricia. Que la avaricia se corte temprano, que la avaricia se corte temprano. Bendice este pueblo, Señor. Si hay alguien que ha escuchado la predicación de la Palabra y el Espíritu Santo ha traído sentimientos a su corazón, atesore ese sentimiento. Siente vergüenza, siente inquietud, siente contrición.

Si el Espíritu Santo ha traído vergüenza sobre ti, atesora temporalmente esa vergüenza para que el Señor mañana la cambie por honra. Si el Señor ha traído inquietud a tu corazón, no trates de estar tranquilo en este momento. Permite que sea el Espíritu Santo el que traiga en ti el convencimiento de pecado, de justicia y de juicio, que Él te lleve a toda verdad.

Ay, qué hermoso sería si cuando tú te encuentres de nuevo con tu Padre ya vengas con un corazón arrepentido, que haya fiesta en su casa. Que no sea solamente “ahí está la habitación, ve y entra”, sino que haya fiesta en la casa del Señor y que se sienta.

Padre, bendice este pueblo, bendice este pueblo, Señor, con una porción renovada de tu presencia. Bendícenos con la alegría profunda de aquellos que saben que su pecado verdaderamente ha sido perdonado. Quítanos de las vanidades ilusorias, Señor, y trae tú la única y verdadera paz, esa paz que sobrepasa todo entendimiento.

Si hay alguien aquí que todavía no ha experimentado esta paz, esta paz que no la pronunciamos nosotros, sino esta paz que viene del cielo a la tierra y no de la tierra al cielo, que le diga al Señor en oración. Recuerda, la repetición vana no lo resuelve. “Que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y lo creyeres en tu corazón…” Si hay alguien aquí que hoy puede milagrosamente creerlo en su corazón, que le diga ahí al Señor, con palabras: “Padre, yo anteriormente lo he hecho y lo he repetido, pero en este momento lo creo en mi corazón. Le pido que perdone mis pecados, Señor, que trates con mi herida, que me recibas, Señor, en tu casa. Que haya fiesta, Señor; trae alegría, trae alegría, trae gozo. Perdona mis pecados, recíbeme como tu hijo”.

Dile ahí al Señor con tus palabras, ora a Él, no a nosotros. Oro por mi iglesia. Hermano, pide ahí por tus debilidades consistentes, pide ahí por las áreas de tu vida donde todavía sigues luchando. Pídele al Señor que trabaje con eso definitivamente. Pídele al Señor por esa debilidad que te avergüenza. Pídele al Señor por ese pecado mal administrado del pasado. Dile que en este momento no quieres administración: que estén rotas las cadenas del pecado definitivamente, para la gloria del Señor.

Pídele ahí al Señor que lidie profundamente con tu corazón. Padre, bendice este pueblo. Gracias por tu presencia, gracias por tu Palabra. En el nombre de Cristo, amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos. Un gusto compartir con ustedes en la Escritura. Que el Señor nos ayude.

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