Dios le bendiga hermanos, amigos queridos, acompáñenme en la palabra del Señor, estemos juntos en el primer libro de Samuel, en el capítulo 15. Pónganse un momento sobre sus pies para leer la Biblia, para leer la palabra de Dios. Primer libro de Samuel en el capítulo 15. Es un texto extenso, estaremos leyendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 35. Es una historia relativamente conocida para todo aquel que tiene un tiempo leyendo la palabra del Señor, pero son estas las historias donde necesitamos depender más que nunca de la ayuda de Dios a través de su Santo Espíritu, de que sea el Señor trayendo a nosotros visión, entendimiento, sensibilidad, que estas cosas que probablemente ya demos por sabidas, las utilice nuevamente el Señor para corregir nuestro corazón. Que sea Dios hoy mostrando nuestros puntos ciegos a través de su palabra, que sea un espejo para nosotros; hoy es mi deseo, es mi oración.
Dice así la palabra del Señor, primer libro de Samuel en el capítulo 15:
Después Samuel dijo a Saúl: Jehová me envió a que te ungiese por rey sobre su pueblo Israel; ahora, pues, está atento a las palabras de Jehová. Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene; y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños y aún los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos.
Saúl, pues, convocó al pueblo y les pasó revista en Telaim: doscientos mil de a pie y diez mil hombres de Judá. Y viniendo Saúl a la ciudad de Amalec, puso emboscada en el valle. Y dijo Saúl a los ceneos: Id, apartaos, salid de entre los de Amalec, para que no os destruya juntamente con ellos; porque vosotros mostrasteis misericordia a todos los hijos de Israel cuando subían de Egipto. Y se apartaron los ceneos de entre los hijos de Amalec.
— 1 Samuel 15:1-6
Y Saúl derrotó a los amalecitas desde Havila hasta llegar a Shur, que está al oriente de Egipto. Y tomó vivo a Agag, rey de Amalec, pero a todo el pueblo mató a filo de espada. Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron. Y vino palabra de Jehová a Samuel diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí y no ha cumplido mis palabras. Y se apesadumbró Samuel y clamó a Jehová toda aquella noche.
Madrugó luego Samuel para ir a encontrar a Saúl por la mañana; y fue dado aviso a Samuel, diciendo: Saúl ha venido a Carmelo, y aquí se levantó un monumento, y dio la vuelta y pasó adelante, y descendió a Gilgal. Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo: Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová.
Entonces Samuel dijo: ¿Pues qué valido de ovejas y bramido de vacas es este que yo oigo con mis oídos? Y Saúl respondió: De Amalec los han traído, porque el pueblo perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová tu Dios; pero lo demás lo destruimos.
Entonces dijo Samuel a Saúl: Déjame declararte lo que Jehová me ha dicho esta noche. Y él le respondió: Di. Y dijo Samuel: Aunque eras pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho jefe de las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido por rey sobre Israel? Y Jehová te envió en misión, y dijo: Ve, destruye a los pecadores de Amalec, y hazles guerra hasta que los acabes. ¿Por qué, pues, no has oído la voz de Jehová, sino que vuelto al botín, has hecho lo malo ante los ojos de Jehová?
— 1 Samuel 15:7-19
Y Saúl respondió a Samuel: Antes bien he obedecido la voz de Jehová, y fui a la misión que Jehová me envió, y he traído a Agag, rey de Amalec, y he destruido a los amalecitas. Mas el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, las primicias del anatema, para ofrecer sacrificios a Jehová tu Dios en Gilgal. Y Samuel dijo:
¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey.
— 1 Samuel 15:20-23
Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado; pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temía al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado, y vuelve conmigo para que adore a Jehová. Y Samuel respondió a Saúl: No volveré contigo, porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel. Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y éste se rasgó. Entonces Samuel le dijo:
Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú. Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá ni se arrepentirá; porque no es hombre para que se arrepienta.
— 1 Samuel 15:24-29
Y él dijo: Yo he pecado; pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel, y vuelvas conmigo para que adore a Jehová tu Dios. Y volvió Samuel tras Saúl, y adoró Saúl a Jehová. Después dijo Samuel: Traedme a Agag, rey de Amalec. Y Agag vino a él alegremente, y dijo Agag: Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte. Y Samuel dijo: Como tu espada dejó a las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las mujeres. Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag delante de Jehová en Gilgal.
Se fue luego Samuel a Ramá, y Saúl subió a su casa en Gabaa de Saúl. Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel lloraba a Saúl, y Jehová se arrepentía de haber puesto a Saúl por rey sobre Israel.
— 1 Samuel 15:30-35
Siéntense, hermanos queridos. Aquí tenemos un mal ejemplo, aquí tenemos un texto amplio de las cosas que como creyentes no deberíamos hacer. Sin embargo, antes de exponer este texto, yo me veo en la necesidad de decirle a mi iglesia que no se apresure a buscar aquí cuál es el bueno y cuál es el malo. Desde los muñequitos de los niños estamos precondicionados a que en todas las historias hay buenos y hay malos, y probablemente ya usted concluyó que el malo es el rey Saúl y el bueno es el profeta Samuel. Lo que sabemos en la Escritura es que el único justo es Cristo.
Identificarnos con Saúl y la lucha con la obediencia
Y que nosotros deberíamos identificarnos, para el bienestar de nuestras almas, aún más con Saúl de lo que nos identificamos quizás con Samuel. Probablemente en esta historia tengamos un espejo delante de nosotros para poder reconocer nuestras propias faltas. Aquí hay un ejemplo de desobediencia, y algo que a mí me parece curioso es que los hijos de los predicadores tienen una tarea difícil porque frecuentemente se convierten en parte de sus sermones. Y lo mismo pasa con los poetas y también con los cantantes, y con los choferes de guagua pública que le ponen ahí el nombre de sus hijos; el asunto es que yo estoy luchando para mostrarle lo que es obediencia a una niña de cinco años y medio.
Y mientras más yo lucho porque mi hija aprenda obediencia, más me recuerda mi relación con mi hija, mi relación con mi Padre celestial. Y mientras yo intento que ella conozca los ojos de obediencia, su desobediencia me recuerda a mí mismo mi condición delante de mi Padre. Frecuentemente le digo a mi hija: “Duérmete”, y ella me quiere peinar; le digo: “Siéntate”, y entonces me abraza; le digo: “Guarda silencio”, y ella me dice: “Papi, vamos a orar”. Pero ese no es el tema, el tema no es la oración, es el silencio. Le digo: “Enfócate, vamos a hacer la tarea, vamos a terminar”, y ella quiere hacerme cinco dibujos. Hermanos, es el caso de nuestra relación con nuestro Dios: el Señor está demandando una cosa y humanamente hablando nosotros queremos darle la otra.
El Señor nos dice claramente cuál es el mandamiento; nosotros no decimos que no vamos a hacer el mandamiento, sino: “Señor, yo voy ahora, yo lo hago en un momento”. Prestar atención al mandamiento, hacerlo de forma pronta, a la manera en que se nos indicó, y encontrar deleite mientras lo hacemos, estos son los elementos de la obediencia, y los cuatro elementos son igualmente difíciles para nuestro hombre natural. Nos debatimos entre hacer la voluntad de Dios o la nuestra, intentando graduar el mandato “de ser necesario”; nos debatimos entre ser reconocidos por Dios o por los hombres, pues frecuentemente obedecer a Dios nos conduce a ser aborrecidos por ellos; nos debatimos entre esperar ser recompensados por Dios o buscar nuestra propia recompensa.
Buscamos tomar aquello que está a la mano y ante nuestros ojos en vez de esperar en las cosas que no se ven. Esta fue la historia del rey Saúl, el camino que le llevó a la ruina: obedecer parcialmente, valorar inadecuadamente la opinión de la gente, ocultar sus faltas con excusas y luego luchar para cuidar su imagen pública cuando su corazón estaba cada vez más lejos de Dios. Hoy estudiaremos un ejemplo de desobediencia para no tener que repetirlo; veremos la instrucción, la obediencia parcial y también cuáles fueron sus consecuencias. Comienza este largo texto mostrando la clara instrucción de Dios; alguien podría decir que esta instrucción la encuentra grotesca, que la encuentra innecesaria, pero nadie puede decir que la instrucción no fue clara.
La instrucción clara de Dios y la obediencia parcial de Saúl
Comienza la instrucción desde el versículo 1 y hasta el versículo 3, y cuando usted lea eso se encontrará que nuestro Dios no es ambiguo. Le dijeron en forma clara, precisa y descriptiva qué hacer, cuál era el objetivo, cuál era la razón, cuál era el alcance, un alcance definido, y le advirtieron: “No te apiades de él”. Es evidente que nuestro Dios sabía dónde estaban las debilidades para hacer obediencia y está de antemano advirtiéndole al rey Saúl cuáles son las cosas que debía hacer y en qué debería tener cuidado. Comienza con un preámbulo necesario donde le dice: “Jehová me envió a que te ungiese por rey sobre su pueblo Israel. Ahora, pues, está atento a las palabras de Jehová”.
Hermano, para llegar a obedecer necesitamos recordar esas dos cosas: primero, cuál es nuestro lugar, y con toda seguridad es un lugar que está por debajo del lugar de Dios; y después, que para obedecer necesitamos estar atentos, que nuestros oídos deben estar bien dispuestos. Desde el versículo 4 hasta el versículo 9 se nos describe la obediencia parcial del rey Saúl. Aquí me gustaría que, por favor, hermano, dependamos especialmente del Espíritu Santo, porque no es común que un creyente esté en abierta desobediencia. Pocas veces yo he encontrado un hermano mío que esté en el carril contrario; lo que está es entre medio de dos carriles, está corriendo peligro, pero él dice: “No, yo no estoy en vía contraria, yo estoy cerca”. Si estás parcialmente en la voluntad del Señor.
Lo más común, lo más frecuente, es que la cumplamos parcialmente y al cumplirla parcialmente entonces nos demos por satisfechos. En esta obediencia parcial se comienza a describir desde el versículo 4 hasta el versículo 7 las cosas que Saúl hizo bien; en todas estas cosas él pasó el examen con sobresaliente. ¿Qué fue lo que hizo bien Saúl? Pues convocó al pueblo y les pasó revista en Telaim: doscientos mil de a pie y diez mil hombres de Judá. Muy bien, esto es lo que hace un militar, sabe con qué está contando. Luego de eso dice: “Y viniendo Saúl a la ciudad de Amalec puso emboscada en el valle”. De diferentes estrategias militares, la que él encontró como un general de un ejército más apropiada fue hacer una emboscada: un aplauso.
Saúl no tenía problema alguno en hacer incursiones militares, él era un buen militar. Y del mismo modo todos nosotros tenemos áreas de fortaleza donde hacer la voluntad del Señor para nosotros eso es una pasada: usted dice “Vamos a obedecer al Señor en este asunto”, claro que sí, de primero. El asunto no está en nuestras áreas de fortaleza, está en nuestras áreas grises, en las áreas de debilidad. En todo lo que correspondía a una incursión militar se puede decir que Saúl lo hizo bien, pero en todo lo que correspondía a humillarse y obedecer a su Dios se puede decir también que lo hizo muy mal. Hermano, por favor, déjese ayudar por el Espíritu Santo, porque todos nosotros tenemos puntos ciegos. Nos regodeamos de nuestras fortalezas y de nuestras flores delante del Señor, pero al mismo tiempo guardamos silencio por algunas cuantas cosas que están quizá barriendo por debajo y todavía no se han hecho evidentes.
En el versículo 6 dice: “Y dijo Saúl a los ceneos: Id, apartaos, salid de entre los de Amalec para que no os destruya juntamente con ellos; porque vosotros mostrasteis misericordia a todos los hijos de Israel cuando subían de Egipto. Y se apartaron los ceneos de entre los hijos de Amalec”. Guau. Este rey primero fue preciso, porque a él no le mandaron a destruir a los ceneos sino a los amalecitas; y después fue compasivo, pareciéndose a su Dios. Bueno, mientras yo veo a Saúl, a mí se me parece a mí mismo; yo digo: hay áreas de mi vida donde yo puedo ir, hermano, así rápido corrigiendo como si fuera un examen de selección múltiple. Y Saúl derrotó a los amalecitas; en el 7 dice: “Desde Havila hasta llegar a Shur, que está al oriente de Egipto”. Guau, una incursión militar exitosa.
Fortalezas, puntos ciegos y obediencia con “peros”
No era la primera vez; Saúl anteriormente había derrotado a los filisteos, había derrotado a otros pueblos. Para él no era extraño ganar, tener una victoria militar. El asunto es que esta misión es una misión particular; no estamos hablando solamente de una avanzada militar, estamos hablando de la misión de Dios. Hasta este momento Saúl está operando como había operado antes, con su criterio militar, con su sabiduría, con su experiencia práctica, y está logrando hacer una misión que es exitosa. El asunto es que no solamente es una misión militarmente exitosa, es hacer la voluntad de Dios. Algo que he visto, hermano, es que frecuentemente nosotros hacemos primero aquello en lo que destacamos y consideramos que nuestra nota sobresaliente equivale a la obediencia completa, y no es así.
En todas las tareas que usted desarrolle, usted se da cuenta que hay tareas que a usted le salen bien y tareas que a usted no le salen bien; y las que le salen bien frecuentemente las pone primero, y las otras, bueno, si queda el tiempo. Yo le he contado la historia, hermano, pero recuerdo una de las primeras veces, quizá no fue la primera, pero fue la más memorable, cuando en lo profesional yo fui reprendido. Me habían contratado en una empresa como desarrollador y durante mi primera semana en el trabajo me asignaron mi tarea, y la tarea que me asignaron no era la tarea que yo quería hacer. Me contrataron como programador y yo me dediqué a hacer interfaces; en vez de utilizar la herramienta de desarrollo, abrí Photoshop y tuve cuatro días haciendo interfaces muy bonitas.
Y cuando llegó mi supervisor me dijo: “¿Cómo va el trabajo?”. Yo le mostré mis avances, y todo lo que le mostré eran píxeles. Y él quedó muy impresionado: “Todo eso está muy bien, pero ¿dónde está el trabajo? Te han contratado como programador”. Yo le había quitado las interfaces al sistema, eran coloridas, eran bonitas, y él me preguntó: “¿Y se le puede hacer clic? ¿Tiene funcionalidad?”. “No, no tiene funcionalidad”. “Usted tiene un problema”, me dijo, “porque no le contratamos como diseñador gráfico, sino como programador. Y ha tenido una semana para hacer trabajo y ha gastado ya cuatro días haciendo diseño gráfico”.
Hermano querido, lo que quiero hacerte ver es que hay áreas de tu vida donde el Señor probablemente te califique como sobresaliente, que son las áreas de tu facilidad, que son las áreas de tu deleite; pero hay áreas de nuestra vida que probablemente no queremos visitar tanto ni hablar tanto de ellas, porque parece que no son tan importantes, pero en esa área de tu vida es que el Señor está esperando que se haga su completa voluntad. ¿Qué era lo que Saúl no quería hacer? Los versículos 8 y 9 dicen: “Y tomó vivo a Agag, rey de Amalec, pero a todo el pueblo mató a filo de espada”. Ese “pero”, hermano, puede caracterizar tu obediencia: es una obediencia que tiene “peros”, es un asunto parcial.
Pareciera que con relación a la destrucción que se ha causado ya todo sucedió, pero no, no todo sucedió. Después dice: “Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; más todo lo que era vil y despreciable destruyeron”. Hermano, esa es nuestra obediencia. El Señor fue claro, pero tú confías en tu criterio. El Señor ha dado órdenes directas, pero tú entiendes que tú tienes un buen punto de vista. Ay hermano, el Señor te habló tan claro, que te impresionó cuando te dijo cuál era su voluntad, pero tú le pusiste un “pero”: “Tomó vivo al rey Agag, pero a todo el pueblo mató a filo de espada”.
Aquí hay debate de por qué razón le habrá perdonado Saúl la vida al rey Agag; Josefo decía que fue por un asunto de afinidad de rey a rey. Hay otros que han dicho que quizás pretendía eventualmente pedir un rescate por su vida, pero lo que a mí me parece es que Saúl quería regresar a su pueblo con un trofeo. Era común que cuando un pueblo derrotaba a otro salvaba la vida del rey para avergonzar al rey derrotado y demostrar su poderío delante de su pueblo. Él no quería regresar a Israel con las manos vacías, dijo: “No, me voy a llevar a Agag conmigo”. Y en el versículo 9 dice que también tomó lo mejor del botín; “mas todo lo que era vil y despreciable destruyeron”. Hermano, aquí militarmente hablando esto es un exabrupto.
Temor a los hombres y cuidado de la imagen antes que Dios
Se estilaba que el ejército era dueño del botín después de una guerra; el ejército ganador tomaba los despojos, y para que sus hombres obedecieran el rey Saúl se iba a tener que tirar encima a sus militares, a ese ejército que él contó, que estaba confiando en que al final de la incursión militar iban a ser premiados con un botín. Él iba a tener que decirles que no. Hermano, y a veces uno quiere hacer la voluntad del Señor por uno mismo, el asunto es tener que decirle al otro que no. Si la obediencia siempre se tratara de un asunto personal entre nosotros y nuestro Dios, todo el mundo fuera obediente; el asunto es que a veces ser obediente a nuestro Dios significa tirarse un ejército en contra.
Y la verdad que en este momento del reinado del rey Saúl él no estaba para “galletitas”. La última incursión militar fue una incursión casi trágica, donde él, con un mal juicio, aconsejó mal al pueblo y de hecho le dijo al pueblo antes de ir a la batalla que no tomara nada del botín, que no probaran nada, y casi se murieron de hambre. Y después dijo: “Si alguno se atreve a probar algo de la comida, algo del botín, ese irremediablemente morirá”. ¿Y saben cuál fue el primero que comió? Jonatán, su hijo. Y cuando le dijeron al rey: “Jonatán, tu hijo, te desobedeció”, él dijo: “Tiene que morir”. Y saben lo que hizo el pueblo, le dijo: “Cuidado se le pone un dedo al muchacho; el que tuvo el consejo loco fue usted, porque nadie va a la guerra a pasar hambre”.
Y qué tuvo que hacer el rey Saúl, hermano, dar hacia atrás y decirle al pueblo: “Bueno, ya que ustedes quieren salvar a mi hijo y dado que lo que me dicen es muy loable, es verdad, coman todos”. Y ahora en esta ocasión el Señor fue que le dijo, no su juicio, sino el Señor: “No tomen, no cojan, no coman”. Y cuando él tiene que ver con el ejército, les dice al ejército lo que había que hacer, pero no les dijo cuál era el mandato del Señor. Ay hermano, frecuentemente hacer la voluntad del Señor para nosotros de manera individual es fácil; el asunto es hacerlo de manera colectiva, hacerlo cuando podemos granjearnos ahí la mala opinión de los hombres.
¿Cómo fue la obediencia de Saúl? Una obediencia parcial; hay asuntos que voy a hacer, y hay asuntos que yo no voy a decir que no los hice, sino que los voy a hacer parcialmente. ¿Y cuál fue la represión del Señor? Desde el 10 al 35 es el texto más amplio, y comienza la represión llamando al profeta Samuel: “Y vino palabra de Jehová a Samuel diciendo…”. Ay hermano, esa expresión es recurrente en el Antiguo Testamento, y frecuentemente cuando viene es mala; “Y vino palabra de Jehová…”, y cuando eso sucede, hermano, pues algo está por suceder. El versículo 11 dice: “Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí y no ha cumplido mis palabras”. Y se apesadumbró Samuel y clamó a Jehová toda aquella noche.
Iglesia, antes de avanzar yo tengo aquí que explicarte algo. En este momento también el corazón del profeta Samuel estaba siendo probado, y lo que tengo que explicarte es que cada vez que uno de los nuestros desobedece al Señor el corazón de todos nosotros está siendo probado. ¿Cuál es la actitud tuya y mía cuando nuestros hermanos deshonran a nuestro Dios? ¿Cuál era la actitud que iba a evidenciar Samuel cuando el Señor le dice: “Samuel, me siento muy mal con Saúl, porque Saúl me ha desobedecido”? Me parece que en este momento el corazón de Samuel está siendo probado, ver si responde carnalmente o responde como un hombre espiritual.
Cómo reaccionamos al pecado del hermano: Samuel y Saúl
¿Cuáles son las posibles reacciones carnales que pudo haber tenido el profeta Samuel cuando escuchó el comentario del Señor al respecto de uno como él? ¿Cómo te sientes tú con el trabajo que Dios ha hecho en otro? ¿Cómo te sientes tú cuando un hermano tuyo cae? ¿Cómo te sientes tú cuando te das cuenta que el otro ha cometido abiertamente un pecado? Probablemente Samuel en este momento diga: “Yo le dije a ese pueblo que eso de estar eligiendo un rey no era cosa buena, yo se lo advertí; te lo dije”. Probablemente le mencionara al Señor que Saúl anteriormente intentó reemplazarle; recuerde aquel episodio cuando el profeta Samuel tenía que presentar el sacrificio, se tardó un poco, y antes de llegar se dio cuenta de que ya el rey había tomado el lugar del profeta y presentó el sacrificio él mismo.
¿Qué le dijo Samuel a Saúl en aquel momento, tiempo atrás? “Locamente has actuado”. Quizás era el momento para decirle a Saúl: “Saúl, yo te dije que no te apresuraras, yo te dije que obedecieras al Señor”. Si actúa carnalmente, quizás lo que haga en este momento es mostrarse a sí mismo superior a Saúl. Hermano, ¿cómo te sientes tú cuando un hermano tuyo ha pecado? ¿Te sientes tú superior a tu hermano, te sientes tú mejor que tu hermano? A veces el Señor te permite saber lo que está pasando en el pueblo no para que tú te sientas mejor que la media del pueblo, sino para que tú ores y te sientas apesadumbrado.
Y me avergüenzo ver que frecuentemente cuando hay un líder que cae, cuando hay un hermano que peca, el comentario frecuente es de iglesias que se sienten regodeadas de que “nosotros somos mejores que los otros, porque nosotros no hemos caído”. Samuel no estaba en el momento para regodearse, estaba en el momento para hacer lo siguiente; dice: “Y se apesadumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche”. Cuando el pecado llegó al vecino suyo no es el momento para sentirse contento, es el momento para sentirse apesadumbrado, es el momento, hermano, para interceder.
Después aparece la reprensión; dice el versículo 12: “Madrugó luego Samuel para ir a encontrar a Saúl por la mañana; y fue dado aviso a Samuel, diciendo: Saúl ha venido a Carmelo, y aquí que se levantó un monumento”. De aquí en adelante aparecen, hermanos, cuáles fueron las actitudes en Saúl que demostraron su deplorable condición después de haber desobedecido al Señor, después de haber hecho las cosas parcialmente, después de haber permitido que el pueblo hiciera lo que el pueblo no debía haber hecho. La primera actitud que aquí es evidente es que él se levanta un monumento.
Es evidente que Saúl había confundido la misión de Dios —que era un castigo, era un asunto de juicio— con una victoria militar suya. Yo estoy convencido de que esa victoria fue tan sencilla porque era Dios que estaba en el asunto; no solamente era una incursión militar, era el castigo de Dios contra otro pueblo. Pero ahora toma Saúl la ocasión para celebrarse a sí mismo como militar y levantarse un monumento a su pericia militar, a su capacidad, quizá hasta a su obediencia. Hermano, frecuentemente cuando uno está en abierta desobediencia delante del Señor es cuando más tentación tiene de autopromoverse: “Yo soy un gran militar, yo soy un gran siervo”.
Mientras más necesidad tiene de levantarse monumentos, probablemente peor es su condición delante de Dios. Llama la atención que la gente termina buscando lo que inicialmente evita. Este rey Saúl era el mismo rey que cuando lo fueron a coronar no apareció porque se estaba escondiendo, y el Señor lo mandó a buscar; dice que estaba detrás del bagaje, estaba detrás del equipaje, y él no quería ser rey, estaba ahí como apesadumbrado. En este momento no solamente se siente muy bien siendo un general, sino que hasta se levanta un monumento. ¿Y no eras tú que querías el anonimato?
Excusas, autoengaño y el “tu Dios” de Saúl
Primera actitud deplorable que anuncia el estado de su corazón es que él intentó promoverse. Hermano, no se promueva; si el Señor lo usa a usted para hacer algo, para bien o para mal, promueva usted al Señor que le mandó a la misión, no se promueva usted mismo. Viene Samuel a reprender a Saúl y lo que encuentra es que se ha levantado un monumento; yo imagino a Samuel cuando vio tal cosa. Después dice el versículo 13: “Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo: Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová”. ¿Y quién te lo preguntó? Bueno, frecuentemente el que se encuentra en falta es el primero en ponerse adelante: “Yo obedecí al Señor”.
Ay hermano, cuando usted tenga la tentación de anunciar primero su virtud, de anunciar primero su obediencia, sea cuidadoso, porque probablemente es un mecanismo de defensa que está anunciando su mala conciencia. El que se apresura a defenderse, tiene eso mala conciencia. Lo que le responde Samuel es: “Y si realmente tú has obedecido, ¿pues qué valido de ovejas y bramido de vacas es éste que yo oigo con mis oídos?”. Y Saúl respondió: “De Amalec los han traído…”. Por favor, sea cuidadoso cuando lea el texto porque es muy descriptivo; dice: “De Amalec los han traído”. No “lo hemos traído”, sino “los han traído ellos”, porque “el pueblo” —o sea, no yo, el pueblo— perdonó lo mejor de las ovejas y de las vacas para sacrificarlas a Jehová tu Dios; “pero lo demás lo destruimos”.
Hermano, todo lo que hay en ese versículo es malo. Lo primero malo que hay ahí es ese “los han traído”; él está acusando a los demás de su incumplimiento. ¿Cuánto me recuerda eso a Adán? El hombre dijo: “La mujer que me diste…”. Y ahora él dice: “El pueblo…”. Todo lo que hay en ese versículo es malo. Después, él intenta darle un propósito loable a su pecado, dice: “para sacrificarlas a Jehová”. Hermano, eso no es mentira, yo creo que es verdad, porque del botín algo se va a sacrificar a Jehová; el asunto es que esa no fue la motivación principal de su corazón.
Ay hermano, por favor, no vea a Saúl, trate de verse a usted mismo. ¿Cuántas veces uno ha participado en algo que sabe que es desagradable al Señor, y de eso desagradable termina produciendo algo bueno, y uno dice: “Bueno, pero por lo menos tenemos con qué sacrificarle algo a Jehová”? Eso no es lo que está en discusión, sino la inclinación de su corazón. Que el Señor, en su misericordia, de su pecado haya sacado algo bueno no significa que su pecado sea agradable. “Bueno, pero por lo menos mira lo que ha sucedido, ha sucedido algo bueno”. Sí, pero eso no es el tema; el tema es lo que hay en tu corazón: desobediencia. No tomes la misericordia del Señor para hacer receta tu pecado; el pecado es pecado.
Pero lo que más me parece deplorable del versículo 15 es cómo se refiere a Jehová; usted puede notar lo que hay ahí extraño: “Jehová tu Dios”. El Dios tuyo, el Dios ese que me mandó en la misión, no es el Dios mío, no es nuestro Dios. Lo que evidencia todo esto, hermanos, es que el problema más grande no era si lo hizo o no lo hizo, sino el lugar que ocupaba Dios en el corazón de Saúl. Yo no quisiera exponer esto solamente diciéndole, hermano, que no es un asunto binario de hacerlo o no hacerlo, el asunto es más allá de hacerlo o no hacerlo: qué lugar ocupa Dios en tu corazón.
Hermano, en cada ocasión para la obediencia nuestro corazón está siendo probado. ¿Qué lugar tiene Dios en nuestro corazón? ¿Es un lugar principal o es un lugar terciario? ¿Qué relación tienes tú con tu Dios? Probablemente tú estás conectado con el Señor a través de alguien, a través de algo: “El Dios de nuestra iglesia, el Dios de nuestra fe, el Dios al que servimos, el Dios a quien aquí se le sirve”, no la relación personal que tienes con tu Dios. Dos veces en este capítulo aparece esa expresión: “tu Dios, tu Dios”, no “nuestro Dios”, no “el Dios que murió por mí”, no “el Dios al cual servimos”.
De hecho, vemos que para Saúl, Dios es evidente que era más bien una tarea gravosa, no era un deleite, era algo que había que hacerlo al Dios que le mandó. Todo en el 15 es malo; aquí aparece que él intenta exagerar una parte para simular obediencia, ignorando la otra; dice al final del 15: “Pero lo demás lo destruimos”. “Ahí estamos bien”. No, lo demás no es lo principal. Entonces dijo Samuel a Saúl: “Déjame declararte lo que Jehová me ha dicho esta noche”. Y él le respondió: “Di”. Hermano, aquí uno se da cuenta por qué era que Samuel estaba clamando; es que Samuel sabía algo, y lo que sabía Samuel era esto: “Aunque eras pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho jefe de las tribus de Israel, y Jehová te ha ungido por rey sobre Israel?”.
Autojustificación y comparación con adivinación e idolatría
“Y Jehová te envió en misión”; o sea, esto no era solamente una incursión militar, es que Jehová te envió en misión, y dijo: “Ve, destruye a los pecadores de Amalec y hazles guerra hasta que los acabes. ¿Por qué, pues, no has oído la voz de Jehová, sino que, vuelto al botín, has hecho lo malo ante los ojos de Jehová?”. Hermano, del 20 en adelante, por favor trate de verse a usted mismo. ¿Qué es lo que está intentando hacer Saúl? Aferrarse a su visión distorsionada de los hechos para intentar que su pecado pareciera un poco más agradable. Dice el 20: “Y Saúl respondió a Samuel: Antes bien he obedecido la voz de Jehová…”. ¿Tú te has sentido así alguna vez, hermano, cuando tú eres sorprendido en una falta y te encuentras como a la defensiva, acorralado?
Normalmente uno comienza como a hiperventilar, te sube la voz, tranca una puerta: “Eso que tú estás diciendo no es verdad; antes bien he obedecido”. Hermano, no es que tú lo digas, es que lo diga el Señor. Yo puedo celebrar mi obediencia, yo puedo autopromocionarme, yo puedo gratificarme, pero mis palabras no marcan la diferencia; es que mi Dios lo considere obediencia. “Yo hice la tarea”, dicen tus hijos; tus hijos dicen así: “No quieren que uno haga nada, nunca reconocen, siempre están mandando”. Y tú dices así delante de tu Dios: “Uno se esfuerza, uno fue y destruyó el asunto, y salimos bien, y ya yo me he hecho todas las cosas…”.
Por favor, hermano, no trate de ver a Saúl como el malo de la historia; que los malos somos nosotros todos. “Y Saúl respondió a Samuel: Antes bien he obedecido… yo he obedecido la voz de Jehová, y fui a la misión que Jehová me envió, y he traído a Agag, rey de Amalec”. Pero es que no tenía que traerlo, el asunto era que no lo trajera. ¿Te ha pasado, hermano, que tú repites tanto la misma historia que llega un momento que tú mismo te persuades de que eso es verdad? Pero a ti te dijeron que no lo trajeras; no había que traerlo, y él lo está presentando como un logro. Él lo está mencionando aquí quizás como un logro militar; dice: “Fue tan exitosa la misión que hasta trajimos al rey, míralo aquí”. Era que no lo trajera, ese era el mandamiento.
Y después dice: “Y he destruido a los amalecitas”. Pero no los ha destruido, evidentemente, porque aquí hay uno. Y, de hecho, después en la historia, comienzan a aparecer amalecitas por todas partes; más adelante, quien terminó de rematar a Saúl cuando ya perdió una batalla fue un amalecita. ¿Recuerdan esas historias con las que comienza segundo de Samuel? Dice que vino un muchacho y encontró al rey Saúl que estaba maltratado y que tenía su espada sobre él, y dice el muchacho que el rey le pidió que se le tirara encima y él se le tiró, y después dice: “Y era amalecita”. ¿Y no que tú habías destruido lo más a los amalecitas?
Y después, en los tiempos de la reina Ester, aparece por allá también un Agagueo; o sea que no, que tú destruiste lo más a los amalecitas. Hermano, por favor, no sea muy pronto en proclamar su propia obediencia, porque nuestra obediencia la conoce el Señor. Dice el versículo 21: “Mas el pueblo tomó del botín ovejas y vacas, las primicias del anatema…”. Eso es lo normal, es lo que se estila. Él está diciendo: “Señor, tú pretendías que yo no le pagara a la gente; para que me acusen de que los voy a dejar morir de hambre, como ya me acaban de acusar”. Lo que en este momento está diciendo Saúl es verdad, se estilaba que los militares cuando hacían incursiones tomaran del botín, ese era su salario; él está diciendo: “¿Tú querías que yo no les pagara?”.
“Las primicias del anatema para ofrecer sacrificio a Jehová tu Dios en Gilgal”. Me imagino cuando le mencionó ese “tu Dios” por segunda vez a Samuel; cuando yo lo leo me voy como encolerizando al escuchar ese “tu Dios”, pero después me recuerdo que quizás Agag soy yo, quizás Saúl eres tú, hermano. No hay un momento en que nuestro Dios se sienta mal, tanto que en aquel momento, cuando nosotros intentamos obedecer y fracasamos, parece que Dios tal vez, lejos, lejos, está diciendo: “Tu Dios, tu Dios”. Es que yo no quiero tenerlo cerca; quien obedece quiere tener a Dios cerca, pero quien desobedece quisiera tener a Dios a través de un intermediario.
Entonces viene aquí la reprensión, versículos 22 y 23: “Y Samuel dijo: ¿Se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas como en que se obedezca a las palabras de Jehová?”. Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Oye, hermano, qué reprensión esa, más bien hilada y qué cortas palabras, y se ve que es del mismo Señor que está reprendiendo. “Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación”.
Aquí yo tengo que detenerme, hermano, porque hay pecados que nosotros combatimos férreamente. Yo no me imagino, hermano mío, parado delante de un adivino, delante de una bruja, delante de personas agoreros; ahora, ya con facilidad puedo imaginarnos a todos nosotros ajustando un poco los parámetros de la obediencia a nuestro Dios hasta que nos quede bien. “No, porque yo estoy obedeciendo al Señor…”, sí, porque ya tú adaptaste el mandamiento hasta que te quedó bien.
Por qué Dios se deleita en la obediencia y la gravedad de la rebelión
¿Cuáles son las razones por las cuales Dios se complace en la obediencia? Hermano, quizá la misma razón por la cual te complaces tú. La creación ha sido diseñada de forma tal que nosotros aprendamos obediencia, y la mejor versión de ella. Todas las instituciones de esta creación de Dios anuncian obediencia; todo ser humano en esta tierra está en relaciones de sujeción de forma tal que anuncien que en la creación hace falta obediencia. De hecho, para que la creación siga funcionando hace falta obediencia; por eso un cristiano nunca puede ser un anarquista.
La primera relación que usted conoce cuando llega a esta tierra es la relación con sus padres; hay padres que le concibieron, y usted aprende a honrar a sus padres, a sujetarse en obediencia. Y a través de la obediencia a sus padres eventualmente su corazón se va preparando para que usted llegue a obedecer a su Dios. Y si usted está dentro de una nación, usted aprende a sujetarse a sus gobernantes, a las leyes, y cuando usted obedece las leyes y se sujeta a sus gobernantes su corazón se va preparando para que eventualmente usted llegue a honrar y a obedecer a su Dios.
El problema que estamos teniendo al día de hoy es que queremos a la gente enseñar la obediencia a Dios, pero todavía no han aprendido los elementos más básicos de la obediencia; es una labor titánica, que el Señor nos ayude. Nadie quiere obedecer, pero todos esos sucedáneos de sujeción y obediencia van preparando tu corazón para que llegue a obedecer a tu Dios. El Señor se complace en la obediencia porque Él diseñó la creación de forma tal que la obediencia sea proclamada y sea anunciada, y cuando alguien obedece eso significa que lo que Dios estableció para dar testimonio en la creación está funcionando bien.
Al mismo tiempo, el Señor se deleita en la obediencia porque el Señor está buscando el bien de sus criaturas, y la obediencia nos lleva a un buen camino; la desobediencia siempre acarrea mal. La gente piensa que desobedecer es un asunto solamente moral; pero también es asunto práctico. Hay una urgencia en todo padre en que un muchacho aprenda obediencia, porque un muchacho que no aprenda obediencia es un peligro para él mismo, para su familia y para la sociedad. Habrá un muchacho que se apresure y, si no ha aprendido, en vez de detenerse cuando su papá le dice “Detente”, no se detiene; ¿qué probablemente le sucede?
Y después, eventualmente, un empleador quiere señores… quien tiene empleados sabe lo difícil que es para los empleados al día de hoy sujetarse a la obediencia. Y cuando tú te frustres con tus empleados, entonces recuérdate de lo frustrado que está tu Dios contigo. Ay, por favor, quiero hablar con los maridos en este momento que están luchando para que sus esposas se sujeten a ellos; qué difícil, hermano, qué lucha esta. Y cuando usted lo es lucha y se frustra, trate de pensar que probablemente su Dios también está frustrado.
Los padres estamos criando, hermano, esta lucha porque nuestros hijos escuchen atentamente y hagan correctamente lo que estamos pidiendo, y cuando usted se frustre trate de pensar lo mismo que decía Dios: “Me siento defraudado, me siento cansado, ya no quiero ni siquiera verlo”. Hay dos comparaciones que hace aquí el profeta para describir las formas de desobediencia, y las compara con pecados que son muy escandalosos para nosotros. Dice que rebelión y adivinación es la misma cosa, y tú dices: “No, yo nunca iría donde un adivino”. Ahora, yo podría rebelarme; dice él que es lo mismo.
¿Saben por qué compara la rebelión con la adivinación? Porque igual que la adivinación, quien se rebela pretende ignorar la voluntad expresa de Dios; Dios dijo esto, pero quien va donde un adivino quiere que el adivino le diga otra cosa. Todo el que va donde un adivino trata de que el adivino violente el mandamiento de Dios; Dios ha establecido cosas, pero usted quiere que le digan otra. ¿Recuerdan cuando Saúl fue a la adivina de Endor? Saúl quería que le dijeran lo que él quería escuchar. ¿Por qué la rebelión se compara con la adivinación? Porque al igual que el adivino, el rebelde pretende saber más que Dios: “Dios dijo esto, pero yo estoy por encima de Dios”.
¿Saben por qué se compara la rebelión con la adivinación? Porque, de lo mismo que sucede con quien visita un adivino, quien se rebela hace de un instrumento humano su fuente de dirección, su fuente de reconocimiento y al mismo tiempo su fuente de autoridad. Porque como la rebelión, asimismo la adivinación. Y después hace otra comparación, de otra descripción de desobediencia; primero la compara con adivinación y después con idolatría. ¿Qué tienen que ver los ídolos y la idolatría con la obstinación? Así como un idólatra es un obstinado, un desobediente es un obstinado también. ¿Y por qué? Porque pretende lograr por sus propios medios lo que Dios no quiere darle, y eso es idolatría.
Dios no te ha dado algo, pero tú te sientas delante de un palo y dices: “Palo, respóndeme, palo, dámelo”. Y del mismo modo Dios no quiere darte algo y tú te trancas en tu posición: “Él quiere que yo vaya para allá, pero yo quiero otra cosa”. Eso es idolatría, es hacer de ti mismo tu propio Dios, hacer de ti mismo tu fuente de representación y de provisión. El problema que tiene la rebelión, hermano, es que casi te logra lo que estás buscando, y después tú piensas: “¿Y cómo lo administro sin la voluntad del Señor? ¿Y cómo lo celebro sin la voluntad del Señor? ¿Y cómo me da satisfacción permanente?”.
Hermano, no hay manera en que en la creación de Dios nos sintamos satisfechos dejando al Dios de la creación de lado. La rebelión hace idolatría; la rebelión es conspiración. Pero lo más fuerte de todo esto, hermano, y donde yo quisiera que nos identifiquemos con la reacción de Saúl, dice al final del versículo 23: “Por cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, Él también te ha desechado para que no seas rey”. Yo esperaría que él se sienta aquí molesto porque Dios le desechó; pero no se siente molesto. Es evidente en todo el texto desde el 24 hasta el 31 que lo que le está molestando a Saúl no es ser desechado por Dios; lo que le está molestando es que el rechazo de Dios va a repercutir en una pérdida en su imagen ante los hombres.
Arrepentimiento superficial y obsesión con la honra pública
Hermano, ¿qué es lo que a ti te aflige?, ¿qué es lo que a ti te molesta? Qué hermoso es un padre que puede reprender a un hijo, y el hijo hace una rabieta o hace algo, pero después viene: “Papi, yo te amo; lo que tú me estás diciendo todavía a mí me duele, pero yo quiero estar contigo”. Y qué duro es un padre que dice: “Yo realmente sé que él vino, pero sé que él no me ama; él viene porque yo significo para él un beneficio, él viene porque si se va él sabe que se va a morir de hambre. Él vino no porque me ama, él vino porque él quiere lo que yo represento para él”.
Hermano, en nuestra desobediencia nuestra relación está siendo probada. Aquí hay un aparente arrepentimiento: “Él también te ha desechado para que no seas rey”. Y dice el 24 en adelante: “Entonces Saúl dijo a Samuel: Yo he pecado, pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temía al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado…”. Lo que está diciendo aquí es verdad, el problema no es decirlo con palabras; lo que está diciendo con palabras es cierto. Lo primero aquí que es cierto es que él pecó, y lo otro aquí que es cierto es que había quebrantado el mandamiento de Jehová. Y después dice: “y tus palabras”, y también es cierto el origen de su problema.
El origen de su problema es “porque temía al pueblo y consentí a la voz de ellos”; me estaban diciendo que querían el botín y yo no quería quitárselo. Todo eso es verdad. Hermano, frecuentemente cuando nosotros deshonramos al Señor es porque le tenemos temor a los hombres. Temor, ¿a qué? Es más fácil eso decirlo que vivirlo, hermano; todo ser humano quiere ser celebrado, sobre todo por la gente cercana a ti. Tú quieres que esa gente te afirme, que la gente esté de acuerdo contigo, es difícil. La gente dice: “No, yo no me debo a nadie, nadie tiene que decirme nada”; no, sí, tú te debes a alguien, tú andas buscando el “like” de alguien, tú andas buscando la afirmación de alguien: “Estoy de acuerdo contigo”.
El temor a los hombres significa temor al rechazo, temor a la crítica, temor al cuestionamiento. Hay gente que el “qué dirán” los destruye, y si a ti te desbarata el “qué dirán” probablemente nunca llegues a hacer la voluntad de Dios. Temor a ser diferente, temor a no ser popular, temor a perder algún beneficio. Saúl temía que este pueblo de guerreros le viera como un rey débil; “este rey se está volviendo loco, este es un rey débil”. Sin embargo, hermano, lo más triste de todo esto es que a Saúl no le importaba la relación con Dios, le importaba su posición política; él no quería dejar de ser rey.
Y es mejor dejar de ser rey ante los hombres, hermano, y seguir siendo aprobado por Dios. Es mejor que los hombres te rechacen y que Dios te apruebe. A Saúl no le importaba el perdón de Dios, sino el perdón de Samuel. Le dice a Samuel: “Perdona ahora mi pecado”; ¿y quién soy yo para perdonar tu pecado? Tú eres la persona que significa… como tú eres el profeta del Señor, estar bien contigo significa que estoy aprobado delante del pueblo, por eso yo creo que tú me perdones. El problema no es que te perdone yo, el problema es que te perdone Dios.
Hermano, si hay gente que deshonra al Señor y después quieren que la iglesia les perdone, no es la iglesia; ¿quién somos nosotros? Un pecador igual que tú. Y quizá yo, en tu posición, necesitaría las mismas misericordias que estás necesitando tú en este momento. Gente que piensa que cuando ha deshonrado a su Dios en cualquier área y el Señor le mandó un instrumento, como que el problema es con el instrumento; “mira, yo quiero que tú sepas que no soy yo, es Dios”. Yo soy un pecador igual que tú, yo necesito la misericordia del Señor igual que tú. No le ores a Samuel, órele al Dios de Samuel; órele a tu Dios personalmente.
En todo esto hay un ánimo en él de que tres veces creo que menciona: “Vamos a adorar, vamos a adorar, vamos a adorar”. El problema no es que adoremos. “Yo he pecado, pues he quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temía al pueblo y consentí a la voz de ellos; perdona, pues, ahora mi pecado y vuelve conmigo para que adore a Jehová”. A él no le preocupaba tanto la adoración a Jehová; ¿saben lo que él quería? Él quería adorar a Jehová junto con Samuel, porque eso daba puntos. Si estamos juntos los dos adorando al Señor, el pueblo se da cuenta de que tú eres un hombre santo, y yo estoy al lado de un hombre santo, y los dos estamos adorando al Señor; “vamos juntos para que adoremos a Jehová”.
Adora, ama al Señor y adóralo tú solo; ¿y cuál es tu problema, Saúl? ¿No puedes adorar al Señor tú solo? Que probablemente ni conoces a Dios, ni esa adoración a Él te interesa. Hay una parte externa de la adoración que al que no conoce al Señor le interesa; ¿saben cuál? La parte externa de mostrarse como una persona piadosa. No abuses de eso, hermano, no es algo inapropiado, es algo bueno. A veces uno está en la casa del Señor y suceden cosas tan preciosas, tan sublimes, que uno quiere tomarle una foto, uno quiere hacerle un video y tanta cosa; pero cuántas personas hay que van un domingo, y ustedes que tienen Instagram, ¿verdad?
Ustedes conocen a incrédulos que los domingos usted ve que están subiendo su “live”: “Aquí en la iglesia”. ¿Qué significa eso?, “Aquí en la iglesia”. Yo estoy aquí, yo soy bueno, y él es bueno, está adorando al Señor junto conmigo, míralo ahí. Hermano, no es eso, no es que los hombres te vean adorando junto con Samuel; idealmente, en nuestro corazón hay un sincero deseo de adorar a nuestro Dios. Por favor, no abuse de eso; si usted quiere tomar su foto, tómela, yo tomo fotos, a mí me encanta ver a mis hermanos adorando al Señor. Lo que quiero decirle es que frecuentemente aquel que no tiene un corazón para el Señor quiere hacerlo.
Dice del 26 al 30: “Y Samuel respondió: No volveré contigo, porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel. Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y éste se rasgó”. Entonces Samuel le dijo: “Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo mejor que tú. Además, el que es la Gloria de Israel no mentirá ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta”. Y él dijo: “Yo he pecado, es verdad; pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel…”. Escuchen lo que le preocupaba al rey Saúl: a él no le preocupaba realmente su pecado, a él le preocupaba ser honrado por el profeta de Dios.
Su imagen. No le importaba el consejo del profeta, sino lo que la presencia del profeta significaba: “…para que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel”. Él quería ser honrado, él no quería ser perdonado, quería ser honrado. “Vuelve conmigo para que adore a Jehová tu Dios”.
El acto duro de Samuel y el llamado final al arrepentimiento
La última parte del texto, hermano, nos muestra que Samuel sí hizo una tarea difícil. Y todo siervo del Señor en algún momento de su vida tendrá que hacer una tarea difícil. Del 32 en adelante, Samuel dijo —ay, hermano—: “Después dijo Samuel: Traedme a Agag, rey de Amalec”. Y Agag vino a él alegremente y dijo: “Ciertamente ya pasó la amargura de la muerte; el profeta me está llamando, es para algo bueno. Seguro me va a dar un consejo, seguro me va a predicar”. Hermano, póngase en la situación del profeta Samuel; Samuel desde niño, desde la más temprana edad, estaba en el santuario. No era un hombre de guerra, era un hombre pacífico, era un hombre interesado en los asuntos espirituales, y ahora este hombre que no es un hombre de guerra, que es un hombre pacífico, un hombre interesado en los asuntos espirituales, tiene que hacer algo difícil.
Al no ser un militar ni estar en el fragor de una batalla, es esperable que la labor le fuera especialmente dura, pero no ha terminado de hacer aquello que va a satisfacer plenamente la voluntad de nuestro Dios. Bueno, hacer esto en la guerra… usted ve los documentales; en la guerra la persona se lleva del fragor de la batalla y llega a disparar a cualquiera: “pa, pa, pa”. Cualquiera dispara. Ahora, cuando no hay guerra: “Tráiganlo aquí, que yo tengo la espada y voy a hacer la voluntad del Señor”. Hermano, eso es difícil. Pero la voluntad del Señor, aquello que está mostrando es que Samuel, siendo un profeta, hizo lo que Saúl, siendo un militar, no se atrevió a hacer.
El celo porque el mandato de Jehová se cumpla hizo que esto fuera posible. ¿Qué fue lo que fue posible? Versículo 33: “Y Samuel dijo: Como tu espada dejó a las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las mujeres. Entonces Samuel cortó en pedazos a Agag delante de Jehová en Gilgal”. Se fue luego Samuel a Ramá, y Saúl subió a su casa en Gabaa de Saúl. “Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel lloraba a Saúl, y Jehová se arrepentía de haber puesto a Saúl por rey sobre Israel”.
Hermano querido, termino diciéndote que tarde o temprano usted tendrá que obedecer al Señor en algo que a usted le va a ser dificilísimo, y que solamente el celo porque la obediencia a Jehová prevalezca hace posible que nosotros hagamos cosas difíciles. Oro por la iglesia, sobre todo para que el Señor use esta porción de la Escritura para evidenciar dónde están nuestros puntos ciegos. Cierra tus ojos un momento, permíteme orar.
Señor, sobran las palabras si hace falta tu presencia. Permite, Señor, que hoy haya entre nosotros un “yo he pecado” sincero y no acartonado; permite, Señor, que amemos más tu presencia, que amemos más tu obediencia, que amemos más tu palabra, que amemos más la relación contigo, Señor, de lo que eso pueda significar delante de los hombres. Permítenos, Señor, realmente obedecerte. Mira mis puntos ciegos, mira los puntos ciegos de mis hermanos, Señor; mira las áreas donde parece que estamos bien y no lo estamos. Mira nuestras expresiones públicas, Señor, donde parece que todo está bien, y mira, Señor, nuestras interioridades donde probablemente estamos siendo reprendidos y cerca de ser desechados. Ten misericordia de todos nosotros, Señor.
Mantén todo cerrado ahí, hermano; si aquí hay alguien que todavía no conoce a Cristo y ha visto en esta Biblia descripciones de lo que el pecado significa para Dios, que entienda lo que el pecado significa para Dios. Por su pecado, el pueblo de Amalec fue destruido; por su pecado, Saúl fue desechado. Y si no te arrepientes, también tú lo serás. Cuando un cristiano encuentra su insuficiencia, lo que hace es que se acerca al trono de la gracia para hallar gracia y oportuno socorro. Si tú has escuchado la predicación de la palabra, has escuchado hablar de arrepentimiento superficial, yo te invito a que haya en ti un verdadero arrepentimiento. Confiesa tus pecados delante del Señor con sinceridad, ama al Señor y también obedece al Señor.
Oro de nuevo por la iglesia: Padre, permite que allí donde nosotros no podemos vernos los unos a los otros, allí donde está, Señor, nuestra ceguera, que sea tu Santo Espíritu llevándonos a la verdad, convenciéndonos de pecado, de justicia y de juicio. Todo esto para tu gloria en Jesucristo. Amén.
Dios les bendiga, hermanos, Dios les guarde, terminamos cantando alabanzas al Señor.