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La Locura de Nacubonodosor

Daniel 4:1-37

En el punto más alto del esplendor de su reino, Nabucodonosor fue confrontado por Dios en su orgullo, humillado hasta la locura y luego restaurado cuando reconoció la soberanía del Altísimo. Este testimonio ilustra con fuerza cómo el Señor resiste al soberbio, pero tiene misericordia y restaura al que se humilla y reconoce que todo lo que tiene proviene de Dios.

Predicado8 de marzo de 2020
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que el Señor bendiga a su iglesia. Acompáñenme en su Palabra, libro de Daniel en el capítulo cuatro. Póngase ahí sobre sus pies para que leamos la Escritura. Libro del profeta Daniel en el capítulo cuatro, estaremos leyendo todo el texto, un texto amplio, desde el versículo 1 y hasta el versículo 37. Es la locura del rey Nabucodonosor. Libro del profeta Daniel en el capítulo cuatro. Estaremos leyendo 37 versículos de la sagrada Escritura. Libro del profeta Daniel en el capítulo cuatro. Dice así la Palabra del Señor:

Nabucodonosor rey,

A todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz sea multiplicada.

Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios altísimo ha hecho conmigo.

¿Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas!

Su reino, reino sempiterno,

Y su señorío de generación en generación.

Yo Nabucodonosor estaba tranquilo en mi casa, y floreciente en mi palacio.

Vi un sueño que me espantó, y tendido en cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron.

Por esto mandé que vinieran delante de mí todos los sabios de Babilonia, para que me mostrasen la interpretación del sueño.

Y vinieron magos, astrólogos, caldeos y adivinos; y les dije el sueño, pero no me pudieron mostrar su interpretación.

Hasta que entró delante de mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, y en quien mora el espíritu de los dioses santos; conté delante de él el sueño, diciendo:

Beltsasar, jefe de los magos, ya que he entendido que hay en ti espíritu de los dioses santos, y que ningún misterio se te esconde, declárame las visiones de mi sueño que he visto, y su interpretación.

Estas fueron las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama:

Me parecía ver en medio de la tierra un árbol, cuya altura era grande.

Crecía este árbol, y se hacía fuerte, y su copa llegaba hasta el cielo, y se le alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra.

Su follaje era hermoso, y su fruto abundante, y había en él alimento para todos.

Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y se mantenía de él toda carne.

Vi en las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama, que he aquí un vigilante y santo descendía del cielo.

Y clamaba fuertemente, y decía así:

Derribad el árbol, y cortad sus ramas, quitadle el follaje y dispersad su fruto;

Váyanse las bestias que están debajo de él, y las aves de sus ramas.

Mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce entre la hierba del campo; sea mojado con el rocío del cielo, y con las bestias sea su parte entre la hierba de la tierra.

Su corazón de hombre se ha cambiado, y le sea dado corazón de bestia, y pasen sobre él siete tiempos.

La sentencia es por decreto de los vigilantes, y por dicho de los santos la resolución, para que conozcan los vivientes que el Altísimo gobierna el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres.

Yo el rey Nabucodonosor he visto este sueño. Tú, pues, Beltsasar, dirás la interpretación de él, porque todos los sabios de mi reino no han podido mostrarme su interpretación; mas tú puedes, porque mora en ti el espíritu de los dioses santos.

Entonces Daniel, cuyo nombre era Beltsasar, quedó atónito casi una hora, y sus pensamientos lo turbaban.

El rey habló, y dijo:

Beltsasar, no te turben ni el sueño ni su interpretación.

Beltsasar respondió, y dijo:

Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que mal te quieren.

El árbol que viste, que crecía y se hacía fuerte, y cuya copa llegaba hasta el cielo, y que se veía desde todos los confines de la tierra; cuyo follaje era hermoso y su fruto abundante, y en que había alimento para todos, debajo del cual moraban las bestias del campo, y en cuyas ramas anidaban las aves del cielo, tú mismo eres, oh rey, que creciste y te hiciste fuerte; pues creció tu grandeza y ha llegado hasta los cielos, y tu dominio hasta los confines de la tierra.

Y en cuanto a lo que vio el rey, un vigilante y santo que descendía del cielo y decía:

Cortad el árbol y destruidlo; mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra, con atadura de hierro y de bronce en la hierba del campo; y sea mojado con el rocío del cielo, y con las bestias del campo sea su parte, hasta que pasen sobre él siete tiempos;

Esta es la interpretación, oh rey, y la sentencia del Altísimo, que ha venido sobre mi señor el rey:

Que te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada, y con hierba del campo te apacentarán como a los bueyes, y con el rocío del cielo serás bañado; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que conozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y que lo da a quien Él quiere.

Y en cuanto a la orden de dejar en la tierra la cepa de las raíces del mismo árbol, significa que tu reino te quedará firme, luego que reconozcas que el cielo gobierna.

Por tanto, oh rey, acepta mi consejo:

Tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades haciendo misericordias para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad.

Todo esto vino sobre el rey Nabucodonosor.

Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo:

¿No es ésta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?

Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo:

A ti se te dice, rey Nabucodonosor:

El reino ha sido quitado de ti;

Y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación, y como a los bueyes te apacentarán; y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que reconozcas que el Altísimo tiene dominio en el reino de los hombres, y lo da a quien Él quiere.

En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres, y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águilas, y sus uñas como las de las aves.

Mas al fin del tiempo yo Nabucodonosor alcé mis ojos al cielo, y mi razón me fue devuelta; y bendije al Altísimo, y a la vez y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno, y su reino por todas las edades.

Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano y le diga:

¿Qué haces?

En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta, y la majestad de mi reino, mi dignidad y mi grandeza volvieron a mí; y mis gobernadores y mis consejeros me buscaron, y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida.

Ahora yo Nabucodonosor alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y Él puede humillar a los que andan con soberbia.

— Daniel 4:1–37

Que el Señor me ayude, hermano. El Señor nos ayuda, hermanos queridos. Qué larga carta, hermanos. Treinta y siete versículos del testimonio de un rey pagano. En todo el Antiguo Testamento, esta porción de la Escritura es una excepción. A diferencia de otras partes del libro de Daniel, donde están las palabras de Daniel o las palabras de Dios, aquí tenemos las palabras de Nabucodonosor.

Y pareciera que esta porción de la Escritura fue un apéndice, fue un inciso, era una carta de la corte del rey Nabucodonosor en Babilonia, que había sido puesta en circulación, y Daniel, para testificar el poder, la grandeza y sobre todo las misericordias de su Dios, tomó esta carta, que era una carta que el rey Nabucodonosor puso a circular entre todos sus súbditos, y la insertó dentro de su libro.

Sucede aquí que, en el punto más alto del esplendor de su reino, Nabucodonosor fue reprendido por su orgullo mediante una visión que Daniel también interpretó, pero no se arrepintió el rey. Entonces, un día, mientras se paseaba por su palacio y vinieron a su mente pensamientos grandilocuentes, de vanagloria, jactancia y suficiencia, se cumplió el castigo anunciado. Si ustedes siguen la narración, verán que primero Nabucodonosor hace como un prólogo de su carta, los primeros cuatro versículos, y da un testimonio, y después comparte su historia personal. Es un texto amplio, pero al mismo tiempo está muy bien estructurado.

Estructura de la carta y propósito del testimonio

Los primeros tres versículos son una introducción a la carta, donde Nabucodonosor, en retrospectiva, claro, está dando un testimonio. Por favor, mantengan el hilo del tiempo, porque los primeros tres versículos son el testimonio de lo que pasó al final de su vida. O sea, los primeros tres él da testimonio del resumen de su vida, y del cuatro en adelante entonces cuenta el testimonio de lo que pasó anteriormente.

Tomo esta porción de la Escritura porque entiendo que el Señor podría utilizar una descripción figurada, ilustrada, del pecado del orgullo para hacernos ver nuestra propia condición delante suya. Estos son de los pecados, hermanos, que no se hacen evidentes de manera natural. Son pecados que podrían convivir en el corazón de uno y, a menos que el Señor tenga misericordia y nos muestre por un espejo cuál es nuestra condición, la vanagloria, la jactancia, el orgullo, podrían cegarnos y podrían llegar a dominarnos.

Espero que el Señor, mientras exponemos este texto, tome el ejemplo del rey Nabucodonosor para llamar la atención de nuestra iglesia respecto de este pecado, que podría ser un pecado que llega a caracterizarnos, y tenga hoy misericordia del mismo modo que tuvo misericordia de este rey.

Comienza el texto describiendo al autor y también a sus destinatarios. Dice él, recuerden, esto es una correspondencia formal. En la correspondencia, ustedes les enseñaron que primero usted pone el destinatario, pone el autor. Así mismo: “Nabucodonosor rey, a todos los pueblos, naciones y lenguas que moran en toda la tierra: Paz sea multiplicada”. Después dice las razones por las cuales está escribiendo esta carta. Dice él: “Conviene que yo declare las señales y milagros que el Dios altísimo ha hecho conmigo”. Es característico que en los primeros versículos, que fue lo que él escribió ya después en retrospectiva, él siempre se refiriera al Dios de Israel como el Dios altísimo.

Las razones por las cuales “conviene que yo declare”… A mí me parece muy necesario explicar esto. Y es que yo creo que el Señor seleccionó este testimonio para permitir que mucha gente llegue a conocerle. A veces el Señor alcanza con salvación a un hombre que está en una posición muy alta para que todos los hombres miren hacia allá y después entonces lleguen a conocer a Dios.

Aquí tuvimos una preciosa oportunidad, y es que todo el mundo antiguo llegó a tener testimonio del Dios altísimo. Esta carta circuló, y él tenía los medios para poner una carta circular. De hecho, los reyes antiguos tenían sus correos, tenían su manera de hacer llegar sus decretos y sus correspondencias. Y Nabucodonosor, el rey de Babilonia, pone a circular una carta; esta carta va a llegar a mucha gente. Dios está tomando esta circunstancia para manifestar su gloria.

Esto daría testimonio a muchos otros paganos sordos de que solamente existe un Dios y que este Dios tiene poder y no comparte su gloria con nadie. Él dice lo que va a declarar: su testimonio, las señales y milagros que el Dios altísimo ha hecho con él. Primero, señales y milagros, unas evidencias dramáticas del poder de Dios, de su señorío, y después dice “lo que Dios ha hecho conmigo”. Hermano, en todo testimonio personal, usted tiene que poner esa nota. Yo no voy a decir lo que Dios hace; yo quiero decir lo que Dios hizo conmigo.

Yo me imagino, hermano, que en el mundo antiguo esto fue una noticia, la noticia del momento. Se paró todo y “vamos a escuchar lo que el Dios altísimo ha hecho con el rey Nabucodonosor”. Hermano, qué grande nuestro Dios, que se levanta instrumento donde nosotros no lo estamos esperando. Quizás, por su influencia en el mundo antiguo, el testimonio de Nabucodonosor iba a llegar aún más lejos que cualquier testimonio que pudiera dar el profeta Daniel. Hermano, Dios sabe hacerse sus plataformas.

Después, del cuatro hasta el veintiocho, describe el sueño, la interpretación y también el cumplimiento. Dice el estado en que se encontraba Nabucodonosor cuando lo sorprendió. Dice hacia el cuatro: “Yo Nabucodonosor estaba tranquilo en mi casa y floreciente en mi palacio”. Esa es la calma característica que precede a las grandes tragedias. Dice él: “Yo no estaba pensando en Dios, yo no estaba pensando nada espiritual. De hecho, yo no sabía que estaba haciendo nada malo”. Frecuentemente, cuando el Señor ha dispuesto salvación para alguien, la persona describe lo que era su momento y dice: “Yo estaba tranquilo en mi casa y floreciente en mi palacio”.

Lo que se ha visto en toda la Escritura es que uno de los efectos del pecado es el adormecimiento, y el Señor a veces tiene que utilizar circunstancias muy drásticas, muy dramáticas, para traer al hombre en sí mismo. Por su éxito militar, por sus grandes construcciones, por su hegemonía sobre el mundo antiguo, por sus jardines colgantes, probablemente Nabucodonosor estaba cegado a la realidad de Dios, y entonces el Señor tiene que chocarle de frente para que él pueda volver en sí.

Tengo que clarificarle a mi iglesia que la mayoría de los pecadores en este momento se encuentran tranquilos. Es un estado irresponsable de ignorancia. Los cristianos a veces pensamos que los pecadores están como ajetreados y que siempre son los pecadores que están “jalando la greña”. No, hermano. La mayoría de los pecadores en este momento están tranquilos y florecientes.

La inquietud del sueño y la descripción figurada del orgullo

Es un desahogo cristiano pensar que todo el que no tiene a Cristo en este momento anda como volviéndose loco. No; muchos están muy tranquilos. Los pecadores regularmente llegan a alcanzar gran prosperidad. De hecho, su momento más alto es justo antes de ser destruidos. Hay unos prejuicios de que todo el que necesita a Cristo en este momento se está jalando los moños y está en desesperación. No. Probablemente en estos momentos estén frescos y rosagantes.

Del cinco al nueve se describe la inquietud que le produjo el sueño: “Vi un sueño que me espantó”. Miren, el espanto es directamente proporcional a la comodidad. Mientras más tranquilo usted está, cuando le damos malas noticias, más espanta. Yo, que estaba tranquilo en mi casa y floreciente, ahora me vienen a dar malas noticias. “El sueño me espantó. Y tendido en cama, las imaginaciones y visiones de mi cabeza me turbaron”.

Y él hace que desfilen delante de él todos los sabios del mundo antiguo que estaban bajo sus servicios. Y aquí hay entonces el contenido de la visión, una descripción figurada del pecado de la soberbia. Y aquí yo quisiera detenerme un poco. Si usted me acompaña desde el diez hacia adelante, verá cuál fue la visión. El Señor no le mencionó el pecado por su nombre, no le dijo “orgullo”, sino que le describió el pecado, hermano, como lo hace un artista. Le dio descripciones muy figuradas, con las cuales yo quisiera que como iglesia llegáramos a identificarnos.

Nadie se pone un letrero en la frente que dice “orgulloso”, pero probablemente esta descripción que está aquí usted dice “guau, pero como que me calza”. Se parece a una actitud que yo he sentido en mi corazón. O si se parece a mí. ¿Cuál fue la descripción figurada del pecado del orgullo y la soberbia que el Señor hizo? Dice así en el versículo diez en adelante: “Estas fueron las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama. Me parecía ver en medio de la tierra un árbol cuya altura era grande”.

Usted quizá no se llama a sí mismo “orgulloso, soberbio”, pero usted siente que es un poco grandecito. Y dice: “Yo soy un árbol; yo no soy de los pequeños, yo soy de los árboles grandes”. Un sentido de importancia. Dice que estaba “en medio de la tierra”, un sentido de grandeza. Era el árbol más grande que él podía ver.

Dice el versículo once que “crecía este árbol y se hacía fuerte, y su copa llegaba hasta el cielo”. Es una orientación al logro, al crecimiento, al desarrollo. Probablemente ese eres tú. Tú mismo te dices: “Ya van a tener que conocerme de nuevo. Quien te ha visto y quien te ve. ¡Wow, fulano, lo que nadie creía que tú ibas a poder tener ese nivel de desarrollo, lo que nadie pensaba que ibas a poder crecer!” De hecho, hermano, este es el pecado en nuestro tiempo. En nuestro tiempo, nadie se muestra igual que cinco años atrás. Tú hablas con una persona y, si tienes que hablar de su vida, lo que va a hablar es para decir que su vida está avanzando.

Que él está creciendo. “Ya yo no tengo el problema que tenía ayer, ya yo no tengo las condiciones que tenía ayer; yo estoy mejor que antes”. Era un árbol que estaba en el centro de la tierra, que su altura era impresionante y al mismo tiempo se hacía fuerte, llegaba hasta el cielo. Esto recuerda un poco el pecado que se cometió en tiempo antiguo, cuando los hombres quisieron hacer una torre cuya cúspide llegara al cielo. Es el pecado de jactancia, de soberbia, de orgullo.

Es el pecado de nuestro tiempo: “Esta es mi propia esfuerzo, el hombre que se hace a sí mismo”. ¿Cuál es la historia que llama la atención? Una persona que viene desde abajo y logra, a través de su constancia, a través de su esfuerzo, a través de su sacrificio. Historias novelescas. Las historias “naturales” de una persona que dice: “No, yo nací ya con privilegios, con comodidad”. Eso no genera “likes”. Las historias que llaman la atención son historias de un árbol que era pequeño, pero yo vi su crecimiento y su cúspide hoy llega hasta el cielo.

En el once, los deseos de admiración: “Se alcanzaba a ver desde todos los confines de la tierra”. Usted dice: “No, pastor, yo no quiero eso”. Hermano querido, adentro de todos nosotros habita un pequeño Nabucodonosor. Y quizás tú no tienes un reino, pero tú tienes una vida, y este es el trabajo de la vida del hombre que está sin Cristo: llamar la atención hacia sí mismo, y que su árbol se vea desde todos los confines de la tierra.

Después, impresión estética: “Su follaje hermoso”. Y después, utilidad: “Su fruto abundante”. Hermano, todo el mundo quiere tener un follaje hermoso y un fruto abundante. De hecho, de esto se trata, sin Cristo, socializar. Socializar es enseñar que tienes un follaje hermoso y un fruto abundante. Socializar cuando no tienes a Cristo es pasar tiempo con tus iguales para demostrar que tú eres diferente. “Fulano, ¿y cómo te va?” Bueno, esas son conversaciones agresivas donde el otro te enseña su carta y tú quieres enseñar también la tuya.

El árbol, la sombra y el peligro de sentirse indispensable

“¿Y qué fue de tu vida? ¿Te casaste? —Sí, muy bien. —¿Y tienes hijos?” Ahí lo tienes: la gente va haciendo “check”, va midiendo. Uf. Ahora, donde creo que más se puede parecer, hermano, a cómo la soberbia se hace presente aún entre los cristianos, es lo que aparece del doce en adelante. Dice: “Debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo, y en sus ramas hacían morada las aves del cielo, y se mantenía de él toda carne”. Es sentir que otros dependen de ti, que eres necesario para ellos, que sin ti nada podría subsistir.

Hermano, al hombre natural le gusta eso. “Yo quiero que otro dependa de mí; yo no quiero depender de él. Yo quiero que él dependa de mí”. Dice que “había en él alimento para todos”, que “debajo de él se ponían a la sombra las bestias del campo”. ¡Y cómo la gente quiere eso! “Yo quiero que se sienta que esta empresa depende de mí, que mi conocimiento nos ha traído hasta aquí, que mi liderazgo, que mi capacidad, que mi ejecución…” Y eso no es malo. Déjame decirte, hermano, definitivamente no hagamos de todo una caricatura. No está malo tener un deseo genuino de logro, no está mal un deseo de conquista, no está mal un deseo de utilidad, no está mal que tu vida sirva para algo. Lo que está muy mal es tratar, a través de esto, de parecerte a Dios.

Quizá tú no te imaginas tanto como el árbol, hermano, pero ¿cómo esto se podría estar mirando en nuestras vidas? Es sentir que hemos fracasado si no damos sombra suficiente, alimento suficiente, ramas para nidos. Hay personas que parecen muy generosas, pero realmente no son generosas, son orgullosas. Porque quieren siempre tener recursos para que los otros hagan sus nidos; quieren tener recursos para poder producir sombra; quieren tener recursos para proveer alimentos, pero no por generosidad, es por orgullo. Porque esto hace que yo me sienta que mi árbol realmente vale la pena, que está muy alto.

Hermano, no está mal la generosidad, todo está muy bien, pero cuida tu corazón, porque probablemente detrás de esa generosidad lo que hay es un abierto orgullo que hace que los demás se sientan como que tú eres imprescindible. Pruébate lo siguiente: ¿cómo te sientes tú cuando eres tú el que tienes que cobijarte bajo la sombra de alguien? Cuando tú eres el que tiene que ser alimentado por alguien, y que tú no eres el árbol, sino el pajarito que hace los nidos. “No, así no me gusta; yo quiero ser el árbol”. Ese es el pecado del orgullo.

Sentir que sin nuestra presencia o liderazgo el ministerio, la empresa o los proyectos fracasarían. “Si yo no estoy ahí, eso se cae”. Cada vez que alguien deja un empleo, dice: “Eso se cayó”. “¿Fulano, y qué pasó con la empresa cuando tú saliste?” —“No, después que yo salí eso no…; nadie apareció que pudiera reemplazarme”. Ese orgullo que hay detrás de eso. Exagerar nuestro valor en las relaciones de autoridad. Esposos, padres, pastores, señores, todos nosotros representamos a Dios en nuestras casas, en nuestros contextos, y tu familia subsiste no por tu liderazgo, es por la misericordia de Dios.

Hermano comerciante, tú no eres más sabio que la media de los comerciantes; y si realmente tú has logrado hacer algo, ha sido por la misericordia de Dios. Hermano profesional exitoso, si acaso su árbol está muy grande, adore al Señor con cuidado, porque usted va a querer llegar hasta el cielo. Exagerar nuestro valor, demostrar insistentemente nuestros atributos: “Hermoso follaje, fruto abundante. ¡Hey, hermoso follaje, fruto abundante! ¿Lo notaste? ¿Viste mi follaje? ¿Y mi fruto, qué tal, abundante, lo viste?”

Las temporadas bajas, el otoño y la falsa humildad generosa

Hermano, ¿cómo te sientes en la temporada baja? Miren, todos nosotros tenemos temporadas bajas por momentos. Aún las mejores aves se les cae el follaje, se les cae el plumaje. Los mejores árboles tienen sus otoños. Hermano, ¿cómo tú te sientes cuando te llega el otoño? “No, yo lucho, porque cuando yo siento que el árbol no está frondoso, mi autoestima se cae. Yo siento que no valgo para nada. Yo siento que he perdido todo”.

Hermoso follaje, fruto abundante. Hermano, ¿cómo te sientes cuando el fruto no es abundante? “No, no, no, si el fruto es abundante, yo tengo una alegría y, mire, un deseo al Señor extraordinario”. ¿Y qué pasa cuando el fruto no es abundante? “Hermoso follaje, fruto abundante; ¿viste mi fruto, viste? Yo te dije que yo iba a ser exitoso. Yo te dije que yo no me iba a quedar ahí. Yo te dije que después iba a poder levantar cabeza”. Hay gente que el Señor le ha colocado en situaciones de la vida que utilizan eso también para orgullo y soberbia.

“Yo estoy ahora mismo apretado, pero yo voy a salir de abajo. Tú vas a ver: yo tengo capacidad, yo tengo fuerza. Hermoso follaje, fruto abundante. Tengo salida”. Y, así como describió gráficamente el pecado del orgullo, también describió gráficamente lo que iba a ser castigo del Señor. Y yo creo, hermano, tengo la sospecha de que Nabucodonosor entendió. Él manda a buscar gente para que la interpreten, pero si él estaba azotado por algo, era por esa conciencia.

Hay veces que tú sabes lo que el Señor te está diciendo, pero tú convocas gente y dices: “Vengan, hombre, y díganmelo ustedes”. Ya había llamado a los sabios. Llama la atención que en el capítulo anterior pasó un hecho similar y todos los sabios comenzaron a improvisar y decían mentiras para tratar de hacerle entender al rey que esa era la interpretación. Pero en este momento ningún sabio se atrevió a hablar. Se ve que ellos entendieron. Y cuando llegó Daniel, dice que Daniel también se asustó; Daniel también entendió rápido de qué se trataba. Aquí todo el mundo estaba claro, hermano.

Qué difícil decirlo. En muchos de nosotros también, a veces sabemos cuando ese pecado está ahí en la esquinita del corazón. Me decía una persona que todo hombre tiene el deseo de algún día caminar por su casa con un jarrito en la mano, “cinco, cinco, cinco”, diciendo: “Esto es mío”, y dar vueltecitas así, como en chancleta, en tu casa, y moverte por las habitaciones, los pasillos, diciendo: “Sí, esto es mío, sí”. Cuando el pecado está ahí en la esquinita del corazón…

“He aquí la gran Babilonia que yo creé”. Hermano, todo empresario quiere pasearse en algún momento por su negocio y decir así, aunque sea en silencio, con la cara: “Sí…”, y cuando va diciendo ese “sí” con la cara, en silencio, sabe lo que está diciendo: “Lo logré. Esto es mío. Decían que no, pero aquí estoy”.

El decreto del vigilante: castigo que viene de Dios

Ay, hermano, todo el que ha cerrado un negocio importante en algún momento sabe que mira el cheque tres veces. Yo en un momento le tomé una foto a un cheque, hermano. En euros un cheque, hermano. Mire… debería borrarla, ¿verdad? Todo el que compite por un negocio sabe que a veces hay proyectos que son difíciles y tú logras prevalecer contra tus competidores, y todo el mundo llega, sabe quién fue que ganó el contrato. Y tú no lo dices, sino que tú eres magnánimo y te sonríes solamente: “Fulano, lo ganaste tú”. —“Sí”. —“Humildad”. Tú sabes: “El Señor que me abre puertas”.

Hermano, hasta Dios lo utilizamos para que el pecado se alimente. Y si descriptivo fue el pecado, descriptivo fue el castigo. Que todo el mundo se estaba dando cuenta. La descripción figurada del castigo comienza en el trece. Dice: “Vi en las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama…” Ay, hermano, todo esto fue en una noche, en una cama. Es que lo pusieron así como una película: “Ven, que te voy a mostrar”.

“Que he aquí un vigilante y santo descendía del cielo”. Lo primero es que descendía del cielo: es Dios que está en el asunto. Es fácil tú pensar que es una incursión de un rey, que a veces Dios te hace ver: “Soy yo que estoy en el asunto”. Esto no es un asunto natural, no es un asunto circunstancial. Dios es el que está interviniendo. El Señor quiso dar testimonio de que todo era una circunstancia dirigida por Él.

Qué interesante que no fue decir “vino un ejército” o “vino una hambruna”; no. Es: “Yo estoy detrás de las circunstancias”. Él manda a un ángel. Recuerde que es un rey pagano y que él describe las cosas según su vocabulario. Ellos le llamaban a los ángeles “vigilantes”. Como mismo era politeísta y él dice: “No, Daniel, tú que… tus dioses”. Era un rey pagano que está describiendo un encuentro con el único Dios verdadero. La gente, cuando se encuentra con Dios de frente, describe a Dios, hermano, como pueda, pero sabe que es grande y que es altísimo.

Un vigilante: el castigo venía de Dios. Después dice que este vigilante no vino en silencio, sino, versículo catorce: “Y clamaba fuertemente y decía”. Ay, no, no lo diga tan duro. ¿Tú sabes lo que es, hermano, tú tener una visión de que alguien se te va a parar en la puerta del negocio y te toque la puerta y diga: “Va a quebrar. Todo cerrado. Jamás consigues un cliente”? No lo digas duro, que te están oyendo. Nadie quiere ese “mal augurio”, entre comillas. “Y tu familia va a fracasar, tu familia”. “No, que tus hijos no van a hacer lo que tú esperabas”. Mis hijos. “Que te vas a levantar la mano, el proyecto familiar…”. “Dilo bajito”.

“Y clamaba fuertemente y decía: Derribad el árbol y cortad sus ramas, quitadle el follaje y dispersad su fruto. Váyanse las bestias que están debajo de él y las aves de sus ramas”. Hermano, eso tú lo sientes a veces: la gente que venía a buscar ya no viene, y el que venía a buscar sombra ya no halla sombra, y las aves se van de sus ramas. Es un árbol siendo cortado: la pérdida de toda su prestancia, la pérdida de toda su representación, la pérdida de todo el motivo de su jactancia.

Ya, verso quince, la misericordia del Señor, con una promesa de eventual restauración. Dice: “Mas la cepa de sus raíces…” O sea, el tocón: “Mas la cepa de sus raíces dejaréis en la tierra con atadura de hierro y de bronce entre la hierba del campo”. Impresionante. Decía el Señor: “Que se desbarate todo, pero todavía que queden las raíces, porque eventualmente yo voy a hacer que vuelva a florecer”. El Señor le está demostrando: “Así como tú no te hiciste rey por tus propios medios, yo puedo cortarte y permitir que florezcas no a la manera tuya, sino a la manera mía”.

Hermano, hay gente que el Señor tuvo de ellos misericordia y en este momento están haciendo historias grandilocuentes. Probablemente el Señor corta el árbol y haga que crezca de nuevo, pero ahora, cuando crezca, tú vas a ser testigo de que no creciste por tus propios medios. Si no se secó fue porque Dios tuvo misericordia, y si vuelve a florecer es porque Dios está en el asunto. Hace falta a veces, hermano, experiencias dramáticas para que uno llegue a reconocer a Dios y su presencia en la vida de uno, porque con palabras no funciona.

El llamado al arrepentimiento ignorado por un año

Y el veintisiete trae un llamado al arrepentimiento: “Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia y tus iniquidades haciendo misericordia para con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de tu tranquilidad”. Hermano, el llamado aquí es que cuando tú, por este oído, escuchas la reprensión de Dios y te conviertes, eso es una prolongación de tu tranquilidad. Hermano, si tú estás bien en este momento, redime tus pecados, haz misericordia, porque tal vez eso es una prolongación de tu tranquilidad.

Donde me impresiona más esto es que en el veintisiete y veintiocho se ve que Nabucodonosor, después del susto, no prestó atención. “Todo esto vino sobre el rey Nabucodonosor”. “Al cabo de doce meses…” Paseando él en el palacio. De nuevo vuelve la historia y aparece él tranquilo, un año más tarde. Aquí hay una alerta: y es que el susto es útil, pero no suficiente. Y hay gente a la que Dios le da un susto. La persona se encuentra como choqueada por un momento, pero su deseo de jactancia, de orgullo, de vanagloria son más fuertes que cualquier susto. “Sí, me asusté por un momento, pero no importa. Vamos a ver los jardines, no importa, vamos a ver el palacio, vamos a pasarle balance al pueblo”.

Este llamado al arrepentimiento, hermano, nos muestra que tarde o temprano el susto pasa. Antes estaba turbado; el versículo cuatro. Pero en el veintiocho y veintinueve, ahora Nabucodonosor vuelve y se recrea. Dice: “Ya no estoy pensando en eso”. El hombre natural no quiere pensar en tragedias. El hombre natural no quiere pensar en fracasos. El hombre natural no quiere pensar que por mucho que él desea algo en su corazón, probablemente el Señor no se lo va a conceder. Lo que hace es que se distrae en otras cosas.

Pasó un año, y un año… Imagino que en los primeros meses todavía los días él estaba como “guau, qué susto me di”, pero ya eso pasó, eso es agua que pasó por el río, “sigamos caminando”. Eso no va a pasar porque fue una visión que él vio, no una realidad. “Esos son delirios, eso es que uno… Dios, esa es la actitud mía: como yo vengo de abajo, yo siempre estoy pensando que lo voy a perder todo”. Historias raras.

Hermano, atienda temprano, porque quien no se arrepienta a tiempo lo que termina es en una condición aún peor. Cuando un hombre reprendido no se arrepiente, podría llegar a ser aún más entregado en su degeneración. Aquí pasaron doce meses; un compás de misericordia que el rey no aprovechó. Hay gente que el Señor quizás el año pasado le dio susto el año anterior, y durante el momento se volvió reflexivo, introspectivo. ¿Tú te has sentido así en algún momento, como introspectivo? Dicen: “Fulano, ¿y qué es que está tristón?” —“Sí, es que he tenido una circunstancia, este año no ha sido bueno, estoy así”. Pero después viene un mes bueno, y tú como que te entusiasmas de nuevo, y “vamos a darle para adelante, que eso es la vida y estamos vivos”.

El rey que anteriormente estaba turbado ahora se recrea. El mismo que anteriormente estaba preocupado ahora aparece aquí, no preocupado, sino distraído. Quiero explicarle aquí, hermano querido, que esto no es malo, no es malo recrearse. Aquí aparece Nabucodonosor recreado. Dice él: “Al cabo de doce meses, paseando en el palacio real de Babilonia”. O sea, “yo estoy disfrutando”. No está malo recrearse.

Tengo que clarificar que no hubo maldad alguna en que Nabucodonosor se recreara y disfrutara de sus bienes. De hecho, el libro de Eclesiastés nos dice que tenemos que deleitarnos de nuestros bienes. Deleitese en su esposa, deleítese en sus hijos, deleítese en su carrera, en su vocación, en su negocio, deleítese en su patrimonio. Si usted tiene un carro, úselo; si tiene una casa, habítela; si tiene la oportunidad de tomar vacaciones, tome vacaciones. De hecho, sería pecaminoso no hacerlo en algún sentido.

“¿No es ésta la gran Babilonia…?”: jactancia y castigo súbito

El problema no está en la recreación. El problema es que Nabucodonosor no solamente quería recrearse; también él quería buscar jactancia, él quería hacerse su propio Dios. El problema no está en hacer nada de eso; el problema está en dejar de ver a Dios detrás de tus privilegios, ignorando que si tenía algo era porque el Señor se lo había concedido. Como le dijo Pablo así mismo a los corintios: “¿Por qué te jactas? Porque si acaso tienes algo es porque se te concedió”.

En el treinta y uno se ve que el castigo de su pecado llegó de manera imprevista. Hermano, así llega el castigo del Señor. Primero te turban, te ponen a prestar atención; tú dices: “No, pasó un mes, pasaron dos meses, eso ya no viene”. “Habló el rey y dijo: ¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” Yo no imagino ningún hermano mío diciendo así. Primero, usted no tiene un reino, y usted tampoco es Nabucodonosor. Pero probablemente tú digas: “Esta es mi carrera que yo he edificado con mi propia constancia. Cuando mis amigos lo botaban era perdiendo el tiempo, yo estaba estudiando. Y cuando estaban en fiesta yo estaba forzado, y aquí estoy yo hoy cosechando los frutos de mi esfuerzo. ¿No es ésta la Babilonia que yo he creado con mis propias manos?”

Quizá tú no lo dices, hermano, pero tú dices: “Este es mi patrimonio, con sudor y lágrimas, aquí hay esfuerzo de treinta años”. “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” Ay, hermano, quizá tú no lo digas así, pero tú dices: “Estos son mis hijos”. Es que hay un orgullo entre nosotros de la formación de nuestros hijos. De hecho, es una expresión muy característica de los padres: “Aquí estoy entregando estos hijos míos formados; se los entrego a la sociedad. Muchachos de bien, profesionales, todos bien casados; aquí está mi crianza, aquí está mi camada, aquí está la gran Babilonia que yo he formado con mis propias manos”.

Dice el Señor: “Te avergüenzo haciéndote que se te desbarate el proyecto familiar y que a tus hijos les vaya mal, para que se muera el orgullo que hay en tu corazón”, porque tú puedes criar en un mundo de injusticia, pecado, de maldad, y si tus hijos salen bien es por su misericordia, no por tu esfuerzo. ¿Cuántos padres que hicieron las cosas correctas…? El Señor dice: “No, porque yo le dije, le dije lo que había que hacer, yo le instruí, yo le di la formación, le di todas las oportunidades”, pero tú no eres Dios.

“Aquí está mi carro, aquí está mi estilo de vida, aquí están mis amigos, mi condición física”, porque hasta eso al día de hoy se ostenta. “Aquí está mi ministerio, aquí están mis vacaciones, mis privilegios, aquí está mi matrimonio”. Yo tengo temor, hermano, porque probablemente hemos hecho de nuestros matrimonios —entre paréntesis, matrimonios cristianos— muchos de estos nuestro Dios. Y si nosotros podemos permanecer casados por el Evangelio, y cuando el proyecto familiar de alguien fracasa, hermano, tírese ahí a pedirle al Señor misericordia, porque usted no es mejor que ellos. En un mundo de pecado, de injusticia y de maldad, que usted pueda permanecer casado no es que usted es mejor que nadie, es que Dios tuvo misericordia de usted.

¿Cuántas son las personas que no lo dicen pero ostentan su matrimonio? Treinta años de matrimonio, cuarenta años de matrimonio y “hemos permanecido juntos”. “¿No es ésta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?” “Aún estaba la palabra en la boca del rey…” Uf. Ante la destrucción de la jactancia, no había acabado de hablar. Vino la lectura del decreto. En el treinta y uno: “Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino ha sido quitado de ti; y de entre los hombres te arrojarán, y con las bestias del campo será tu habitación…”

“¡Guau! Sí, lo que soñé me vino, lo que me dijo Daniel, lo que los sabios vieron, no me querían decir, lo que yo mismo sabía… me llegó”. “En la misma hora se cumplió la palabra…”. Hermano, la paciencia del Señor es amplia, pero su castigo es acelerado. Y la gente puede pasarse años burlándose de Dios y sin pensar que existe un Dios, pero el castigo es acelerado. La paciencia fue extensa, hermano, pero el castigo fue un asunto como acelerado. Todo venía en “slow motion”, y ahora va en cámara rápida.

“En el mismo día, en la misma hora…”, todo es inmediato, inmediato, inmediato, pronto. “En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor, y fue echado de entre los hombres, y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águilas y sus uñas como las de las aves”.

Les repito: cualquier persona que está aquí hoy congregada que no quiera abandonar su orgullo, que no quiera abandonar sus jactancias, que no quiera reconocer que en el cielo hay un Dios… La paciencia de nuestro Dios es muy amplia, pero el castigo viene de repente y es rápido.

La locura, los “siete tiempos” y el propósito de la disciplina

Quiero hablar un momento de arrepentimiento y restauración. Sería mi deseo, hermano, que el Señor nos evite a todos la locura. Que con el sueño y la visión uno le ponga atención, y que antes, al escuchar la Palabra, uno diga: “Mira, ese orgullito que se había estado anidando ahí en la equinita de mi corazón, porque en ese departamento de mi vida me estaba yendo bien, déjame deponerlo y reconocer que eso fue una misericordia especial lo que pasó conmigo. No es que yo soy mejor que nadie, sino que el Señor fue mejor que todos nosotros”.

Y si acaso yo puedo deleitarme en eso que el Señor hizo en esa parte de mi vida, yo tengo que reconocer que fue su misericordia, no mi capacidad, no mi poder, sino el suyo. Qué hermoso sería, hermano, que el Señor nos evite la locura. Sucedió, dice el treinta y cuatro: “Mas al fin del tiempo…” Tres veces el Señor le dijo: “Le tocan siete tiempos”. No sabemos si esos tiempos eran años, si eran semanas. Lo más probable es que sean años, pero no dice años, sino “tiempos”. Lo que es seguro es que en el cronómetro de Dios había un tiempo definido en el cual la disciplina iba a alcanzar su propósito.

Y yo cada vez más, hermano, respeto ese asunto. Yo veo gente que tiene el agua aquí, y yo quisiera ayudar a que respiren un poco más, y después digo: “Quizás no han llegado todavía los siete tiempos. A veces hay que comer grama un ratico más”. Lo que le quiero explicar con esto, hermano, es que el Señor tiene un tiempo en que la disciplina alcanza su propósito. Y a veces uno se aventura a querer sacar a una persona de la circunstancia, pero todavía tiene —dijo el Señor— que coger un poco de rocío del campo, un poco más; no le han crecido las uñas el tiempo suficiente; todavía el cabello lo tiene en corto.

Ay, hermano, no es mi deseo que nos regodeemos en el sufrimiento de nadie. Lo que quiero decir es que es Dios que sabe cuándo la disciplina ha alcanzado su propósito. Ahora, sabemos que sucedió algo al fin del tiempo. Nabucodonosor no salió de la circunstancia cuando él quiso, sino cuando Dios lo determinó. Y es duro a veces ver hermanos nuestros que están teniendo aflicciones, que están teniendo formas variopintas de la disciplina de Dios, y uno querer acelerar los tiempos. Hermano, los siete tiempos se cumplirán. Yo no sé cuánto tiempo el Señor te recetó, pero no abandones el tratamiento.

A mí me preocupa la gente que le dan un tratamiento y lo usan hasta la mitad: “Yo me siento bien”. Haga el tratamiento completo. Nosotros no podemos hacer un “shortcut” en la disciplina de Dios. Ahora, el treinta y cuatro dice: “Mas al fin del tiempo”, o sea, cuando Dios dijo que se iba a hacer, se hizo. La disciplina debe alcanzar su tarea completa. Hermano, intentar suspender la disciplina, eso es necedad y orgullo también.

Mi oración es: “Señor, permite que los tiempos sean cortos y que se alcance el propósito que tú tienes en la circunstancia en cada uno de nosotros. Evítanos, Señor, castigo, pero si acaso ya estamos en tu poderosa mano, permite ahora que el castigo alcance su buen propósito”. Me entusiasma el saber que el Señor aseguró el tronco. Y la convicción que yo tengo, hermano, es que conoce el Señor a los que son suyos, y si es del Señor, el Señor cuidará de él. Y yo no creo que el Señor terminará matándolo. Y si lo mata, algún propósito tendrá.

No quíteselo al Señor de la mano. No vaya a quitárselo usted. Me llamó la atención que dice que sus sirvientes iban, hermano, parece que le llevaban comida. En este momento tenemos uno que el Señor dijo: “Ese es rey, que él va a hacer todas las cosas, pero se está comportando como un buey; vamos a darle comida como los bueyes”. La gente a veces se pone las manos en la cabeza: “Pastor, agárrelo; yo puedo ayudar, hermano”. A veces hay que hacer como los amigos de Job, sentarse ahí, esperar que la disciplina del Señor alcance su buen propósito, y estar muy prestos a celebrar cuando el Señor restaure. Eso es lo que hay que hacer, hermano: cuando el Señor restaure al rey, estén ahí sus consejeros, sus sirvientes, todo el mundo buscándole.

Dice que sucedió “al fin del tiempo”, hermano, y después su primera expresión fue alzar los ojos al cielo. El treinta y cuatro dice: “Alcé mis ojos al cielo”. Anteriormente, sus ojos se posaban en su patrimonio, en sus jardines, en su éxito; ahora, los ojos al cielo. Allá es que tienen que ir los ojos, al cielo.

Recuperar la razón: adoración, gratitud y verdadera sabiduría

Así fue su primera expresión. Antes él miraba a sí mismo y a sus logros; ahora reconoce que en el cielo hay un Dios. Qué hermoso es cuando una persona, ya la circunstancia ha producido ahí su buen efecto, a un punto tal que comienza a mirar y decir: “Hay un Dios en el cielo; yo no puedo seguir como vivía antes”.

En el treinta y cuatro dice: “Mi razón me fue devuelta”. “Y mi razón me fue devuelta”. Hermano, la soberbia es pecado de locura. Lo dice así mismo el salmo que dice: “Dice el necio en su corazón: no hay Dios”. La soberbia es locura, y la humillación delante de Dios es razón. Dijo algún día Francisco de la Cueva que los hombres nunca usan de modo correcto su razón hasta que comienzan a reconocer el eterno poder y la deidad del Creador, y que tampoco viven como hombres de veras mientras no viven para la gloria de Dios.

Hablando de Nabucodonosor, decía él que su locura fue así: paradójicamente, el mejor remedio para entrar en razón, para volver en sí, es menester que él haya salido de sí. El Señor primero lo enloqueció para que después le volviera la razón, y cuando tuvo la razón, el mejor uso que le puede dar a la razón, el mejor uso que podemos hacer de nuestras facultades recuperadas, es adorar el nombre del Señor. ¿Para qué sirve recuperar la razón? Para que comiences a adorar el nombre del Señor.

Lo primero que tú deberías hacer con tu raciocinio, con tu capacidad, no es usarla para tu propia gloria, sino para su gloria. Del treinta y cuatro al treinta y siete, hermano, Nabucodonosor está adorando como un muchachito, como alguien cuerdo y razonable. Usted se da cuenta que es razonable cuando usted se inclina ante la grandeza de su Dios.

¿No le ha pasado que una persona ve a alguien que tiene objeto de dignidad y no lo reconoce, y alguien le llama y le dice: “Ven, reconoce; es que esa persona es una persona que tiene dignidad”? No reconoce quién es quién. Una persona que ha llegado a reconocer la presencia de su Dios es una persona que tiene que reconocer que vivía en la locura y Él siempre había estado aquí. Yo no lo adoraba; Él siempre estaba aquí, y yo me comportaba como que todo era mío.

“Y bendije al Altísimo y a la vez y glorifiqué al que vive para siempre, cuyo dominio es sempiterno y su reino por todas las edades”. Aquí está Nabucodonosor adorando a Dios. Un grande entre los paganos está en este momento con palabras de alabanza ante su Dios: “Todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y Él hace según su voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces?”.

Eso es adoración a Dios. Hermosa, una persona que después de la circunstancia se sienta y dice: “Vamos a decir quién es Dios”. “En el mismo tiempo, mi razón me fue devuelta…” Hermano, mientras más adora, más razonable se vuelve. Hay algo que produce la adoración a nuestro Dios, y es que suspende la locura. Y él había recibido la razón, y con el poco de raciocinio que recibió, adoró. Y después que adoró, recibió más razón todavía.

Usted quiere volverse muy inteligente, reconozca a Dios en su camino, reconózcalo. Mientras más lo reconozca, será más sabio, será más inteligente, será más razonable. Locura es no adorar a Dios. Es mucha la doxología que hay aquí, la adoración. Dice: “En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta y la majestad de mi reino…” Hermano, como uno sale a veces de esos atolladeros es adorando. El Señor te ha quitado algo, adora a Dios. “Humillaos bajo la poderosa mano de Dios, y Él os exaltará cuando fuere tiempo”.

Hay pocas cosas, a veces, que hacer en la circunstancia más que adorar a Dios en tu circunstancia. A veces estamos atados, hermanos, como estaba atado el tocón con hierro para que no crezca, y lo único que puede hacer que salgamos de la situación es reconocer que Dios te puso ahí, es reconocer que Dios es soberano, es reconocer que Él te pudo haber puesto ahí. Hay gente que reconoce que Dios lo puso, pero le parece todavía injusto.

Por eso aquí Nabucodonosor dice: “No hay quien detenga su mano y le diga: ¿Qué haces?” Hay gente que todavía está preguntándole a Dios y diciendo: “¿Qué tú haces, Señor, y qué tú haces?” Parece altisonante, hermano, pero Él puede responder lo que le dé la gana. El único que puede responder así es el que es soberano. “Señor, cuidado, ¿qué tú haces conmigo?” Eso es inapropiado. “No me toques por ahí”. ¿Qué sabes tú? ¿Qué anda el barro dándole lecciones al alfarero? “No, Señor, es inapropiado, demasiado”.

Como hijos, a veces uno no ha sentido la disciplina del Padre. Uno piensa que “se le fue la mano, fue muy duro”. No se queje. Diga usted como Nabucodonosor: que no hay quien detenga su mano y le diga “¿Qué haces?” Dios sabe lo que hace.

Orgullo vs. gratitud y el peligro de olvidar a Dios

“En el mismo tiempo mi razón me fue devuelta…” La gente piensa que lo inverso al orgullo es la humildad, pero según la Escritura, lo inverso al orgullo no es la humildad; lo inverso al orgullo es la gratitud. Es un reconocimiento de dónde vienen tus bienes, de dónde vienen tus privilegios, de dónde vienen tus posiciones. Lo contrario a un hombre orgulloso no es un hombre “humilde”. La gente piensa que alguien que fue orgulloso lo que debe hacer es tener menos, tener una vida más humilde, “con menos”. Con menos te puedes ser tan orgulloso como antes.

Yo me impresiono porque hay una tendencia ahora mismo de personas que viven en partes del mundo donde hay mucha opulencia a irse a vivir a los campos, y una persona que tiene todos sus problemas resueltos dice: “Mira, yo soy lo más humilde; me voy a dedicar a vivir en una cabaña”. Eso no es humildad. Perdón, eso no es la cura para el orgullo. La cura para el orgullo es decir que si usted puede vivir en un palacio o en una cabaña ha sido por la misericordia de Dios.

Lo opuesto es gratitud, un reconocimiento explícito de dónde vienen tus provisiones, de dónde viene tu representación, de dónde viene tu gozo, de dónde viene tu sustento, de dónde viene la extensión de tus días. Eso es lo que cura el orgullo. Tristemente, lo que sucede más frecuentemente es que la multitud de los beneficios del Señor nos hace que nos olvidemos de Dios. El Señor nos ha dado tanto que se nos olvida, hermano, que Él es el que nos lo ha dado, y no nosotros mismos. Hace que nos olvidemos de Dios como nuestra fuente.

Por eso decía el salmista, él mismo se reprendía: “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga mi ser, todo mi ser, su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová…” Como si se estuviera reprendiendo y diciendo: “Deja la locura, deja la locura, deja la locura. Recuérdate, recuérdate, recuérdate”. “Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias, el que sacia de bien tu boca, de modo que rejuvenezcas como el águila”.

Hermano, lo inverso al orgullo y la soberbia no es humildad, entre paréntesis, es gratitud; es reconocer a Dios como la fuente. Por eso mismo el llamado reiterado de Moisés a Israel, cuando les libertó de Egipto, no fue “sean humildes”, no; lo que les dijo fue, Deuteronomio 8 del 11 en adelante: “Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios”. Cuídate. Bueno, cada vez que el Señor le prospere un área de su vida, cuídese más. Si tú dices: “He tenido un buen mes”, cuídate; un buen año, cuídate.

“Cuídate de no olvidarte de Jehová tu Dios, para cumplir sus mandamientos, sus decretos y sus estatutos que yo te ordeno hoy. No suceda que comas y te sacies y edifiques buenas casas en que habites, y tus vacas y tus ovejas sean aumentadas, y la plata y el oro se te multipliquen, y todo lo que tienes se aumente, y se enorgullezca tu corazón y te olvides de Jehová tu Dios, que te sacó de tierra de Egipto, de casa de servidumbre; que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, lleno de serpientes ardientes y de escorpiones y de sed, donde no había agua; y Él te sacó agua de la roca del pedregal; que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para a la postre hacerte bien; y digas en tu corazón: ‘Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza’. Sino acuérdate, hermano, acuérdate, acuérdate de Jehová tu Dios, porque Él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres, como en este día”.

“Mas si llegaras a olvidarte de Jehová tu Dios, si anduvieres en pos de dioses ajenos y les sirvieres, y te inclinares a ellos, yo lo afirmo hoy contra vosotros, que de cierto pereceréis. Como las naciones que Jehová destruirá delante de vosotros, así pereceréis, por cuanto no habréis atendido a la voz de Jehová vuestro Dios”. Hermano, acuérdate, acuérdate.

Y esta es la razón por la cual él decía que “conviene que yo declare esto”. Claro que conviene; para que no me manden de nuevo a comer grama. Claro que conviene. “Conviene que yo declare…” Claro que conviene. Yo quiero declarar también, y tú deberías declarar, y todos deberíamos declarar las grandezas y maravillas de nuestro Dios, porque nadie quiere vivir en el monte cogiendo sereno y comiendo grama.

Aplicación a la iglesia: prosperidad, orgullo y súplica final

Concluyo aquí, hermano. Miren, año tras año se vuelve a repetir la misma historia: gente que Dios prospera y luego no tiene tiempo para congregarse; luego, a causa de la prosperidad que el Señor le concedió, están ampliando sus graneros; luego dicen que han comprado una hacienda y necesitan ir a verla; que tienen cinco yuntas de bueyes y tienen que probarlas; que acaban de casarse y, por tanto, no pueden ir.

Y es la misma gente que termina enferma, que termina con el proyecto familiar fracasando, que termina insatisfecha. Lo que hay detrás es el pecado del orgullo. En vez de deleitarse en Dios, se regodean en ellos mismos. Y dicen, como decía Nabucodonosor: “¿No es ésta la gran Babilonia que yo he creado con mis propias manos?” Que el Señor tenga misericordia, que nos evite la locura, o si no, que nos saque pronto.

Hermano, oro por toda la iglesia, que estamos acompañados por Él: “Padre, tú has prosperado mucho a mis hermanos. Ten misericordia de ellos. Permite que se acuerden, Señor, dónde estaban antes, dónde los has puesto hoy”. Podemos testificar, Señor, que tu misericordia nos ha traído aquí como iglesia. Podemos testificar, Señor, que en casi todos los departamentos, por dondequiera que miramos, Señor, estamos mejor que antes.

Permite, Señor, que nunca falte la alabanza en nuestra boca. Permite, Señor, que nunca falte el tiempo para servirte a ti. Permite, Señor, que el Dios que nos ha dado todas estas cosas siga ocupando el primer lugar de nuestra agenda. Permite que estemos más satisfechos con la carrera, pero que te amemos más a ti; más satisfechos con los hijos, pero que te amemos más a ti; más satisfechos con el negocio, pero que te amemos más a ti.

Señor, que sea nuestro reconocimiento público que no se nos olvide, Señor, que no éramos nadie y por tu misericordia hemos levantado cabeza. Señor, conviene que declaremos hoy que tú has tenido misericordia de la Iglesia Evangélica Pez Mundial. Haznos una iglesia humilde, Señor, pero más que esto, haznos una iglesia agradecida. En el nombre de Jesucristo nuestro Señor, amén.

Dios les bendiga, hermanos queridos. Conviene que alabemos el nombre del Señor ahora.

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