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Un creyente y sus emociones

Salmo 42

En el Salmo 42 vemos a un siervo de Dios luchando para conciliar su fe con sus emociones: pasa por desesperación, añoranza y finalmente consuelo en la confianza en Dios. Ese mismo camino emocional lo recorre también el creyente hoy, con sed del Dios vivo en medio de la aflicción.

Predicado15 de marzo de 2020
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Dios le bendiga, hermanos queridos. Acompáñenme en la Biblia, en el libro de los Salmos, en el capítulo 42. Póngase ahí sobre sus pies para leer la Escritura. Estaremos leyendo los once versículos de este salmo. Doy un momento para que puedan buscarlo.

Un dato interesante, hermano: el libro de los Salmos está dividido en más de un libro al mismo tiempo. El libro uno, el libro dos, el libro tres: es el mismo libro, pero tiene como partes, secciones. El capítulo 42 es el que da inicio a la segunda sección del libro de los Salmos, y el 42 y el 43 al parecer fueron inicialmente un mismo salmo; eventualmente llegó a estar compuesto en dos partes. Estaremos leyendo el capítulo 42 completo, del versículo 1 hasta el versículo 11.

Dice así la Palabra de Dios, la Sagrada Escritura:

Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios? Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas cosas, y derramo mi alma dentro de mí; de cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta. ¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.

Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de Mizar. Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. Pero de día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida. Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.

— Salmo 42:1-11

Puede sentarse, hermanos queridos.

Emociones reales en el pueblo de Dios

Saben que más que un maestro yo soy un pastor, y vivo en esta tarea de buscar pasajes de la Escritura con los cuales traer aliento al corazón de mis hermanos en los momentos de dificultad. Los pastores no podemos solamente ponerle Escritura al pueblo; nosotros necesitamos exponerle Escritura de forma tal que tenga utilidad práctica para el corazón de la congregación. De hecho, el proyecto de un pastor es mover a su pueblo hacia la voluntad del Señor. No predicamos la Palabra del Señor solamente para que el pueblo entienda; queremos que la Palabra del Señor sea realmente aliento y estímulo para el pueblo de Dios. Por eso el libro de los Salmos es un libro tan propio en momentos de dificultad.

Mal haríamos como iglesia si no fuéramos sensibles al momento en que está el pueblo. Nosotros no solamente somos carne, hermano: los seres humanos somos emociones, y estamos viviendo una temporada de emociones entremezcladas. Recuerden que el año pasado terminamos afirmando que el Señor nos había llevado a terminar un año, y que con su ayuda pudimos mantenernos en pie, pero será recordado como uno de los años más difíciles para muchas de las familias de nuestra iglesia. Fue un año de muchas limitaciones en más de un sentido, un año de tribulación en cuanto a temas de salud y en cuanto a temas económicos. Y aún no hemos cerrado el primer trimestre del veinte, hermano, y ya lo que dicen todos los pronósticos es que probablemente este sea un año aún peor que el año anterior.

Creo, hermano, que podemos sentir hoy especialmente con el salmista cuando dice: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío». Llama la atención que el registro emocional del corazón de un siervo de Dios, tal y como aparece retratado en el libro de los Salmos, puede ser impresionante. Va desde la más absoluta confianza a la más honda desesperación, de la añoranza a la esperanza, y de la tribulación al gozo. Son emociones muy fuertes y también reales. Por eso, al leer los Salmos podemos llegar a identificarnos, a sentir empatía, y con la ayuda del Señor a encontrar dirección. Los Salmos están escritos por gente real, gente que está luchando para conciliar su fe con sus humanidades.

Los salmistas no son hombres de emociones perfectas; son gente de emociones reales, que cuando están desesperados pueden gritar y decir «siento la desesperación», y cuando encuentran confianza decir «en el Señor estoy confiando». Hace muchos años la realidad de nuestra iglesia en cuanto a la adoración al Señor era que éramos un pueblo relativamente muerto, donde se decían grandes cosas pero no se expresaban. Yo creo que tenemos una tarea por delante ahora con relación a las emociones de nuestra iglesia local: si en otro tiempo nuestra tarea por delante era poder expresarle al Señor adoración, ahora la tarea que tenemos ante nuestros ojos es poder expresar apropiadamente nuestros sentimientos.

Este es el caso del Salmo 42, cuyo autor resume en once versículos diferentes estados emocionales que vivió en algún momento de su vida. Él comienza con un estado emocional que era la absoluta desesperación: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía». Luego pasa a la añoranza, a recordar otros momentos de su vida donde estaba en otras circunstancias. Y termina el salmista encontrando el consuelo que da la confianza en nuestro Dios. Yo creo que nosotros también, a la distancia, tenemos sed de Dios, del Dios vivo.

Una temporada, no un día

Antes de exponer como exhortación algunas partes de este salmo, me gustaría mostrarle a mi iglesia que este salmo no está describiendo un día en la vida del salmista: probablemente está describiendo una temporada. A veces uno lee estos pasajes de la Escritura y parecen pasajes escritos por hombres bipolares que pasan en un instante de la manía a la depresión, y no es así. Al igual que los poemas, al igual que las canciones, probablemente está reflejando una temporada completa, donde al principio de la temporada él se sintió desconsolado, después comenzó a sentir añoranza, y al final —de un mes, de un año o de más de uno— terminó encontrando la confianza.

Hay hermanos nuestros que leen esto y quieren ser como el salmista, es decir: «No, yo rápido quiero encontrar ya el consuelo». Espérate, hermano, cabeza: el consuelo tarda más de un día. A veces la desesperanza nos visita por más de una semana. Estos versículos están juntos, hermano, pero los hechos que describen probablemente están un poquito más espaciados.

Desde el versículo 1 al versículo 3 se muestra la desesperación del salmista. No sabemos de manera precisa quién escribió el salmo ni en qué circunstancia lo escribió, pero se ve que era una circunstancia desesperada. La mejor expresión que él encontró para describir sus sentimientos fue la sed. Es un ciervo, o sea, un animal que está desesperado: él quiere agua. Se describe así: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía».

Y hay quien es como decirle: «Tú tienes sed de Dios, y Dios está en todas partes; bebe». Hermano, a veces uno tiene sed y no puede beber. A veces uno tiene necesidades que solo Dios puede satisfacer y no está encontrando satisfacción. Yo quisiera que como iglesia camináramos a ser una iglesia un poquito más real, y que entendamos y respetemos un poco más los sentimientos, porque una de las cosas que más aturden en los momentos de desesperación de un creyente es la agitación de otro creyente para que uno beba agua cuando uno no puede beberla. Uno quisiera decirle al salmista: «Tú eres un imprudente, Dios está en todas partes, tú debes contar con tu Dios». Hermano, Dios en su providencia a veces nos deja desamparados durante un tiempo para después recogernos.

Aquí yo puedo encontrar por lo menos tres fuentes distintas de desesperación que está viviendo este salmista. Quizás lo primero es la desesperación por su aflicción misma, desconocida para nosotros en cuanto a lo que fue, pero muy familiar en cuanto al sentimiento. Yo creo que todo verdadero creyente en algún momento se ha sentido como un ciervo desesperado por las corrientes de las aguas, y dice: «Señor, yo quiero beber agua, tengo la garganta seca». No sabemos qué fue lo que causó esta desesperación, y bueno, quizás no lo sabemos para que podamos identificarnos mejor. Lo que quiero acotar es que como creyentes, a veces nos podemos sentir desesperados.

Sed del Dios vivo

Después él describe en el versículo 2 la lejanía de su Dios: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?». Oh, salmista, ahora mismo podemos hacerlo, ven que yo voy a orar contigo. Hermano, sabemos que eso es cierto, sabemos que el Señor responde la oración, sabemos que el Señor está presente, pero a veces en nuestra relación con él nos sentimos lejos.

Hay hermanos que dicen que las aflicciones son muy buenas porque nos acercan al Señor. Eso sucede, pero frecuentemente al final. A mí particularmente lo que hace la aflicción es que me separa. Y lo mismo pasa con la dieta: hay gente que dice «mira, ese está pasando tanta aflicción que se ha secado, no quiere comer»; a mí es al inverso, a mí me engorda. Yo respeto a los hermanos que me dicen: «Mira, cada vez que el Señor me permite a mí un tiempo de aflicción, me consagro especialmente». Eso sucede frecuentemente al final. En mi caso particular, lo que produce la aflicción es que me aleja, y por eso no tengo el deseo igual de buscar la presencia del Señor. Por eso me identifico con el salmista cuando él dice «¿cuándo vendré y me presentaré delante de mi Dios?».

El salmista no desconoce a Dios. Lo que él desconoce es cuándo va a poder volver a sentirse como él se sintió en algún momento. Lo que él quería era experimentar al Dios vivo. Hay hermanos nuestros que piensan que cuando uno está afligido y aturdido y cansado, el problema es que uno no conoce a Dios. A veces usted conoce a Dios, pero no está experimentando al Dios vivo, y son cosas distintas. A veces su teología es la teología correcta, y el asunto es que su corazón va por otra parte. El salmista no desconocía al Dios de Israel; lo que él quería era conocerle, que Dios se revelara a sus emociones como el Dios vivo y de poder, agregaría yo. Yo creo que no todos nosotros podemos decir eso. Conocemos al Dios verdadero, pero a veces tú dices: «Yo no solamente le conozco, sino que yo le conozco de cerca, como el Dios vivo y de poder; ya Dios no es solamente para mí una realidad, sino que es una realidad viviente».

Yo podría decir que el salmista no necesitaba en este momento un estudio bíblico acerca de los atributos de Dios. Que Dios es poderoso, que Dios es justo, que Dios es perfecto: yo lo sé. Yo lo que necesito es que eso sea una realidad viva en mi ser en este momento, y yo no puedo lograrlo por mis propios medios. Hermano, así como Dios se revela a lo intelectual, también Dios se revela a lo emocional, y a veces tú llegas a sentir que Dios es una realidad viviente para ti.

Él no necesitaba leer un excelente libro que lo ayudara en su situación. Yo tengo amigos que quiero mucho, hermano, pero en momentos de aflicción su comunión no me satisface tanto, porque ellos entienden que con leer un libro de los puritanos todos los problemas del creyente se resuelven. «¿Hermano, tú estás sufriendo? Mira, yo tengo aquí este pequeño libro; yo voy a querer que tú leas el libro, y a través de este libro se van a solucionar todos tus problemas». Hermano, llega un momento en que uno está tan aturdido que uno no quiere leer un libro. «Si este no te resuelve, para que te lo leas el fin de semana: léelo, resúmelo, toma notas, y tú verás cómo desaparece tu aflicción». Hermano querido, esto es una forma de violencia contra una persona afligida, contra una persona aturdida. Yo a veces lo he hecho, hermano, y me disculpo, porque miren, es muy duro cuando tú no puedes ver la puerta y lo que te traen es un tomo de libro para que tú lo leas y lo resumas.

Eso ofende. El salmista no quería un sermón con los siete pasos para salir de su aflicción; él no quería un recordatorio de las mismas cosas que ya sabía. Él lo que quería es volver a experimentar a su Dios, no solamente como el Dios real, sino como el Dios vivo. Hermano, lo que puede traer aliento a nuestras aflicciones no es un nuevo conocimiento nominal de nuestro Dios; es que nuestro Dios se revele a nosotros mismos en medio de nuestro dolor, con toda su potencia, con todo su candor, con toda su energía, con esa paz que sobrepasa todo entendimiento, con eso que nuestras palabras no pueden producir.

Y yo puedo testificar, hermano, que en momentos de aflicción uno a veces no ha logrado encontrar la salida, pero llega a encontrarse con el Dios vivo con que quería encontrarse el salmista, y eso no lo produce la lectura de un libro, eso no lo produce un consejo profundo: eso lo produce Dios en su providencia. De hecho, a veces cuando un hermano está sufriendo, lo mejor que tú puedes decirle es: «Yo espero que en esta temporada de tu vida tu Dios se te revele especialmente como el Dios vivo, porque ya yo sé que tú conoces al Dios de Israel; yo lo que quisiera es que tú le conocieras, que le reconocieras como el Dios vivo».

Hermano, hay momentos en la vida del creyente en la que parece que el creyente rechaza algo, pero realmente lo que está buscando es algo más. Yo podría abrir aquí, con estos versículos, una discusión retórica al respecto de si el salmista tiene o no tiene conocimiento de Dios, porque pareciera —y así han concluido algunos autores— que el problema era que el salmista entendía que para encontrarse con su Dios tenía que ir a la ciudad, tenía que ir a Jerusalén, y él estaba quizás en el destierro. Quizás ese no era el problema, hermano. El problema es que a veces tú estás en el centro de la ciudad del Señor, en medio del pueblo del Señor, y tú te sientes más lejos que nunca, y tú dices: «Señor, yo no solamente quisiera un culto, yo quisiera un encuentro real».

Y no rechazamos congregarnos, hermano, pero hay algo que es más allá que la reunión de la iglesia, que es una comunión real con nuestro Dios, que es un testimonio en nuestro corazón de que nosotros somos suyos. A veces, más que el versículo, tú lo que necesitas es que ese texto se haga realidad para ti. ¿Tú has sentido que en algún momento un texto se hace realidad para ti, y que ya ese texto no es solamente un texto de la Biblia —es un texto que es de la Biblia—, pero que es como especialmente para ti? Es un encuentro con el Dios vivo. Quizás ahí hace sentido lo que dijo aquel: «De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven».

La desesperación que traen los comentarios

El Señor, en su providencia, a veces hace que tú leas el mismo texto que pasaba delante de tus ojos y ese texto como que se levanta y te pastorea especialmente en medio de la tribulación. Más que orar, sentir que estamos siendo escuchados, vistos, atendidos por Dios; una confirmación en nuestro corazón. Lo que puedo decirte, hermano, es que cuando te sientas desesperado —y yo mismo quizá tenga la tentación de regalarte un libro—, cuando te sientas completamente solo y sin la empatía de ningún otro ser humano, aférrate de lo que dijo el salmista en otro momento:

Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu.

— Salmo 34:18

Cuando te sientas especialmente aturdido y afligido, entiende que probablemente tu Dios está más cerca.

Está describiendo aquí asuntos que lo desesperaban, y después describe más hacia adelante la desesperación que crean los comentarios de la gente. Dice el versículo 3: «Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?». A veces uno no sabe si afecta más la aflicción misma o el comentario de la gente al respecto de la aflicción; comentarios que frecuentemente están tan bien intencionados, hermano, pero son tan agresivos, que terminan haciendo más daño que bien. En este momento él dice que la gente se está preguntando dónde está su Dios, y más hacia adelante dice que también sus enemigos se preguntan dónde está su Dios. Yo lo que concluyo aquí es que a veces nuestras tribulaciones llaman la atención tanto de los de adentro como de los de afuera.

Y a veces el mismo pueblo del Señor se comporta con tanta insensibilidad ante las aflicciones de los otros, que parece que son nuestros enemigos. Son aquellos que dicen: «Tú eres un cristiano, tú no puedes sentir lo que sientes y pensar lo que piensas y decir lo que dices». Yo sé que soy un cristiano, pero a veces me siento así. Hermano, no es que te voy a hacer una apología de que nos entreguemos a la desesperación, de que nos entreguemos a la carnalidad, pero le digo: a veces nosotros sabemos que somos del Señor, pero nuestros sentimientos y nuestras convicciones no se están encontrando. Son aquellos que te dicen: «Tú eres un pastor, tú eres un líder, tú eres la cabeza de una casa, tú no puedes estarte sintiendo como te sientes». ¿Y qué hago? Es que me estoy sintiendo así, me siento desesperado. «Tú eres un cristiano, tú no puedes desesperarte».

Aquí lo que puedo decirte es que la única respuesta es el evangelio: que cuando no estamos a la altura de las circunstancias podemos agarrarnos de Romanos 7 y decir:

¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.

— Romanos 7:24-25

Hay veces en que tus emociones y tus convicciones no se corresponden; dale las gracias a Jesucristo, que él hace que esa contradicción tenga sentido, que nosotros podamos estar en la más profunda desesperanza y todavía tener esperanza en nuestro Dios. Si eso no se entiende, gracias doy al Señor por Jesucristo.

Él mencionó después a los enemigos, y probablemente las expectativas de sus enemigos dependían de sus convicciones paganas. Dicen los paganos que los dioses existen para hacer que nuestra vida sea una buena vida, y que si los dioses existen y una persona está haciendo las cosas correctas, los dioses le van a dar las cosas correctas. Lo que sabemos aquellos que a través del entendimiento y a través de las circunstancias hemos conocido al Dios vivo y de poder, es que nuestro Dios es soberano y es bueno, pero que a veces su bondad para nosotros es ininteligible. Nosotros no podemos llegar a entender de manera pormenorizada las circunstancias que nuestro Dios nos receta.

De hecho, se ha hecho una caricatura de la vida cristiana victoriosa, y pareciera que la vida cristiana victoriosa es una vida ausente de conflictos, de dolores o de insatisfacción. Lo que enseña la Escritura es que la vida cristiana victoriosa se trata de que permanecemos en Cristo a pesar de. Y que la historia a veces la notamos todavía en el prólogo, pero al final de la historia nuestro Dios vence en nuestras circunstancias. La vida cristiana victoriosa no es una persona que está ausente de conflicto, no es una persona que está ausente de emociones negativas entre paréntesis: es una persona real que, en medio de sus realidades, ha conocido al Dios vivo y de poder, y su Dios termina venciendo en sus circunstancias.

Es como el jugador de béisbol: si él llega con el uniforme limpio, parece que no jugó; pero cuando llega con el uniforme sucio, parece que ganó. A veces el cristiano está maltrecho, hermano, porque su Dios está venciendo en sus circunstancias. Yo creo que nuestro sufrimiento podría testificar a los incrédulos acerca de conocer al único Dios verdadero, que es al mismo tiempo soberano y al mismo tiempo amoroso. Probablemente nuestras circunstancias sean útiles para que ellos entiendan que el cristianismo es verdad y que el paganismo es mentira. Entender que si existe un Dios y ese Dios es verdadero solamente te va a dar cosas buenas, eso no se sostiene. Lo que se sostiene es que nuestro Dios es soberano y al mismo tiempo nos ama y tiene planes para nosotros que son eternos.

Del balcón al camino

¿Para qué puede ayudar todo esto, hermano? Yo creo que el sufrimiento podría ayudarnos a generar un poquito más de empatía y de identificación. Yo sé que en este momento estamos siendo atribulados especialmente por circunstancias internas y externas. Ya veníamos de un mal año, hemos comenzado, humanamente hablando, con el pie izquierdo, y probablemente este año termine peor que como comenzó. ¿Y para qué puede servir? Yo creo que el Señor puede sacarnos como iglesia de toda esta temporada un poquito más empáticos. Yo creo que podríamos salir de aquí con una vida cristiana más real. Yo creo que podríamos parecernos más al salmista cuando hablemos de nuestro Dios. Yo creo que el orgullo en nosotros podría ser menguado un poco más.

Un autor que me deleita mucho leer elaboró una metáfora de la vida cristiana vista desde el balcón y la vida cristiana vista desde el camino. La vida cristiana vista desde el balcón es un creyente que está siempre en medio de sus seguridades, que está en medio de sus privilegios, en medio de sus satisfacciones, y desde allá él mira el mundo. Y después hacía la otra imagen: la vida cristiana desde el camino es cuando convergen nuestra convicción y nuestras realidades. Y tú dices: «Aquí estoy yo, creyendo en el único Dios verdadero, pero en este momento no tengo cómo llegar a fin de mes. Aquí estoy yo, creyendo en el único Dios verdadero, pero quizá yo no sé si tendré salud para un año más. Aquí estoy yo, creyendo en el único Dios verdadero, pero tengo que lidiar con las humanidades, tengo que lidiar con la vida diaria». Es la vida cristiana vista desde el balcón o la vida cristiana vista desde el camino.

Probablemente el Señor nos está llamando a que vivamos la vida cristiana del camino y que salgamos del balcón, porque aunque yo se lo he predicado a ustedes, yo creo, hermano, que todavía esta iglesia no ha entendido que hemos tenido aproximadamente nueve años de muchos privilegios, nueve años de muchas comodidades, donde yo veo que a todos mis hermanos en los últimos nueve años les fue muy bien. Les fue tan bien que no se dieron cuenta, y no se dieron cuenta porque todavía deseaban algo más. Y tú les decías: «Hermano, a ti tu Dios te ha enriquecido en tanto sentido en los últimos nueve años, ¿y tú no te das cuenta?». No, porque todavía no me ha enriquecido hasta el punto donde yo entiendo que Dios puede enriquecerme. Probablemente ahora, cuando se comienzan a perder cosas, tú valores más la poderosa mano de Dios que te había rodeado de atenciones y de privilegios.

La añoranza de tiempos mejores

Quizá el Señor nos está llamando a que seamos una iglesia desde el camino y no desde el balcón. Uso el versículo 4 para mostrarle a mi iglesia que, así como el salmista estaba triplemente desesperado al mismo tiempo, él llegó después a pasar a otro estado emocional, y ese estado emocional era la añoranza. Añorar, hermano, es desear, es recordar, es rememorar, es hacer memoria de un tiempo pasado. Dice el versículo 4: «Me acuerdo». Y así mismo dice en el 6: «Me acordaré». Me acuerdo, me acordaré. «Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí». ¿De cuáles cosas? «De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta». Guau, él se está acordando de un pasado mejor.

Tener recuerdos podría ser un medio de gracia del Señor. Tener recuerdos fue lo que salvó al hijo pródigo: el hijo pródigo, en su momento de desesperación, en algún momento llegó a comerse la comida de los cerdos, y cuando llegó a comerse la comida de los cerdos, él dice: «Guau, pero yo recuerdo que en la casa de mi padre había comida, que en la casa de mi padre había dignidad, que en la casa de mi padre había seguridad. Yo me acuerdo». A veces tu Dios te permite comerte la comida de los cerdos para que llegues a acordarte. Yo creo que en este año, hermano, tendremos muchas oportunidades para decir «yo me acuerdo»: yo me acuerdo de momentos mejores, yo me acuerdo de momentos material y emocionalmente mejores. Y quiera el Señor utilizar esa añoranza para pastorearte.

Cuando nos faltan las cosas que damos por comunes, llegamos a valorarlas especialmente. Yo creo que el tiempo que tuvo Israel en el exilio, en el destierro, le fue muy bien a su alma. Salieron de ahí valorando que el Señor les dio la tierra donde fluía leche y miel. Y cuando estuvieron allá en el destierro llegaron a ver lo malagradecidos que habían sido con Dios: «Nuestro Dios nos dio esta buena tierra, nuestro Dios nos liberó de todos nuestros enemigos, y no le dimos las gracias, lo asumimos como asuntos comunes. Ahora que vivimos en medio de los enemigos y tenemos que comer lo que nos dan, desearíamos regresar. Oh, Jerusalén». Ahí vienen esos salmos del destierro: «Oh, Jerusalén». Hermano, que el Señor te permita, si este año será de muchas dificultades, añorar años mejores y recordar que fue él también quien te los dio.

La añoranza fortalece nuestra identidad. ¿Cuáles son los dominicanos más dominicanos que usted conoce? Los que están fuera del país. Los mismos que decían «yo no aguanto este país, yo de aquí me voy» son los más dominicanos. Esos tienen siempre una bandera en su lugar de trabajo; es impresionante, en su lugar de trabajo tienen una bandera. Y hablan de los refrescos rojos con Country Club, hermano, como si eso fuera el elíxir de la vida. Y enseñan el escudo, y les gusta tener gorra con el escudo. Ninguno de ustedes tiene gorra con el escudo, porque ninguno de ustedes ha estado fuera de su nación. Esos que dejan su país son los que más añoran su país. A veces el Señor nos manda un poco lejos de su presencia para que la anhelemos más intensamente.

Aprender a derramar el alma

Le muestro acá a mi iglesia, hermano, que expresar con prudencia nuestros sentimientos puede ser algo muy valioso. Dice él: «Derramo mi alma dentro de mí». Yo te pregunto, hermano: ¿tú sabes derramar tu alma dentro de ti? Hay hermanos a los que hay que darles el curso de sentimientos 101, cómo expresar tus sentimientos 101, para que sepan que decir que estás triste no es pecaminoso. Pero te quiero advertir, hermano: no vamos a hacer ahora un culto a nosotros mismos. Y para evitar hacer un culto a nosotros mismos, entiende que tu hermano también está sufriendo, porque a veces la gente entiende que el único sufrimiento que existe es el sufrimiento suyo. Todos estamos sufriendo de manera distinta.

Y no es una competencia, hermano, de «mira, el mío es más grande que el tuyo, enséñame tu aflicción; mi dolor es más grande, o tiene más tiempo, o es más complicado de entender». Hermano, todos estamos sufriendo. Te advierto porque también aquí la carne y el viejo hombre toman ocasión: «Ahora vamos a entender que la iglesia se trata de mí y de mi dolor y de mis lágrimas, y que todo el mundo me pase la mano». Estamos todos sufriendo. De hecho, este año va a ser un año especial, porque aquí todos vamos a sufrir. Uno habla abiertamente de esto porque uno confía en su Dios, pero humanamente hablando, la economía va para el suelo. Este país depende de las remesas y del turismo. ¿Quiénes son los primeros que se quedan sin trabajo en el extranjero? La mano de obra informal, que es la que atiende a la gente que manda para acá la remesa. Hay hogares en la República Dominicana que dependen de que la mamá, la tía o alguien les mande desde Europa la remesa, y no saben qué van a comer. ¿Y usted trabaja directa o indirectamente para el turismo? Este país es un país que depende del turismo.

O sea que en este año probablemente muchos de nuestros hermanos se queden sin trabajo, muchos de nuestros hermanos se queden sin sustento, y al que más tiene y al que menos, a todos no les alcance, hermano. Yo quisiera prepararte para que tú te sientas cómodo diciendo que no estás bien, que tienes miedo, que estás preocupado, que tú no sabes si vas a llegar a fin de mes, que tú no sabes si vas a tener clientes. Todos mis hermanos que dependen en este momento del mercado, de la industria de servicios, están preocupados, porque saben que no saben ni a quién enviarle un presupuesto ni a quién mandarle una cotización. En esta semana particularmente, hermano, mandar cualquier propuesta de venta es hasta ofensivo: estamos en cuarentena.

Sí, hermano, probablemente sea un año muy difícil y tú tengas que aprender a manifestar tus emociones. Dice él que derramó su alma dentro de sí. Yo lo que he encontrado es que la represión de las emociones es una gran debilidad del pueblo evangélico. En esto hasta los impíos nos superan, hermano. Todo impío tiene un compadre, un amigo, con el cual se encuentra y habla de sus dificultades. Los evangélicos tenemos una dificultad para manifestar nuestras emociones, sobre todo entre los hombres.

Préstame tu atención y al mismo tiempo toda tu precaución, hermano, porque no quiero desaconsejar. Pero yo he llegado a veces a tener el deseo de tener esas amistades que tienen los impíos, con un compadre. Se sientan: «Compadre, ¿y cómo está tu tato? ¿Y cómo está la familia? Estamos complicados. ¿Y cómo está tu economía? Está complicada ahora mismo también». Y al hermano: «¿Cómo está?». «Estamos bien, triunfando, confiado». Aprender a derramar nuestros sentimientos, hermano, con prudencia; poder hablar con un hermano y decirle: «Hermano, estamos afligidos ahora mismo, estamos en un momento de dificultad, tengo miedo, tengo temor».

Le digo, deme toda su atención y al mismo tiempo toda su precaución. Aún me quedo en mi casa; yo tengo un colmado que cuando paso por ahí manejo despacito, y me doy cuenta de lo que está pasando, y frecuentemente encuentro hombres sentados de dos en dos, los dos con una mesita en medio. En otra temporada de mi vida yo veía eso como algo absolutamente pecaminoso, consumadamente ofensivo. Al día de hoy yo digo que es verdad que hay cosas que quizás sobran, pero ahí hay algo que es bueno que está sucediendo: y es que los compadres hablan y cada uno carga la lucha del otro. Yo les preguntaba a hermanos míos que han tenido amistades cercanas: ¿qué tal esa amistad que tú tuviste, de manifestar abiertamente nuestras emociones?

«Ah, el pastor está recomendando que tenemos que visitar el colmado, agarrar el cerveceo y pedir la Jumbo». No, hermano, no es eso. Lo que estoy diciendo es que tenemos que hablar; lo que estoy diciendo es que tenemos que expresar las emociones; lo que estoy diciendo es que es muy saludable cuando tú, en un contexto piadoso, le dices a tu hermano: «Hermano, yo estoy sufriendo; hermano, estoy luchando». Sí, póngale un jugo, póngale un café, póngale un té, bébalo en su casa. Pero hágalo, hermano, que eso glorifica al Señor y es muy saludable.

Y yo sé que muchos de ustedes necesitan versículos bíblicos para hacer lo que hay que hacer. Si usted necesita un versículo bíblico que le recuerde lo que hay que hacer, dice Malaquías en el capítulo 3:

Decimos, pues: Bienaventurados son los soberbios, y los que hacen impiedad no sólo son prosperados, sino que tentaron a Dios y escaparon.

— Malaquías 3:15

¿Tú no te has sentido así a veces? Que tú dices: «Los que no son cristianos están mejor que nosotros». ¿Y tus hermanos qué hacen? Porque parece que en otro tiempo Dios se olvidó de uno. Después dice el versículo siguiente:

Entonces los que temían a Jehová hablaron cada uno a su compañero; y Jehová escuchó y oyó, y fue escrito libro de memoria delante de él para los que temen a Jehová, y para los que piensan en su nombre. Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe.

— Malaquías 3:16-17

Si tú necesitas un texto bíblico, hermano, entiende que es sabio decirle a un compañero también temeroso de Dios que tú estás sufriendo, y que tu Dios oye, y que lo anota en un libro, y que tu Dios actúa.

El compañerismo del pueblo en fiesta

¿Qué era lo que el salmista añoraba? Dice él: «Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí». Después de derramar su alma, él dice lo que añoraba: «De cómo yo fui con la multitud, y la conduje hasta la casa de Dios, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta». ¿Qué era lo que él añoraba, hermano? El compañerismo con el pueblo del Señor, que es un privilegio que nosotros —yo sospecho— hemos tenido en poca cosa. Hermano, qué fácil ha sido congregarse en los últimos años, y qué difícil se está poniendo ese asunto.

Y ahí, hermano, no es que yo sea un pesimista, pero yo tengo altas expectativas de lo que quizá un tiempo de cuarentena pueda producir en el pueblo del Señor: que quizás cuando no podamos reunirnos en reuniones grandes, usted anhele y diga «guau, con qué facilidad podíamos hacerlo antes, qué difícil es ahora vernos». Es mi deseo que el Señor tenga misericordia, pero si él no tiene misericordia en el sentido práctico, yo creo que al alma esto le puede hacer bien, porque usted ha tenido domingo tras domingo la oportunidad de reunirse con un gran pueblo, abrazarse, besarse, glorificar al Señor, levantar juntos manos santas, y ahora probablemente haya que tener un protocolo para adorar al Señor.

Está llorando ese compañerismo con su pueblo de otro momento, ahora que se encuentra fuera de su tierra. Dice él: «Me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán», desde el lugar donde ahora yo estoy, donde no está el pueblo del Señor en fiesta; desde aquí me estoy acordando de ti. Él se está recordando de otro momento donde él no estaba solo, sino que adoraba al Señor, a su Dios, junto a una multitud, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta.

Él se está recordando en este momento, hermano, de otro momento en que él no estaba abatido, sino que dirigía la multitud hacia la casa de Dios. A veces tú te sientes, hermano, tan en paz, te sientes tan florecido, que tú sientes que tú puedes dirigir la multitud hacia la casa de Dios; y a veces es la multitud la que tiene que dirigirte a ti. En la vida cristiana tenemos los dos momentos: hay momentos en que tú eres el más fervoroso y el más animado, y hay momentos donde vamos a tener que llenarte a ti de estímulo y ayudarte. Pero el efecto multitud ayuda. Él está recordando un momento en que no había lágrimas ni luto, sino voces de alegría, alabanza y fiesta. Así como hemos tenido, hermano, todos estos años de sosiego, tranquilidad, estabilidad, provisión, que ahora la añoranza nos permita valorar más los privilegios recibidos, y al mismo tiempo esperar que el Señor nos los devuelva para valorarlos aún más.

El consuelo de la confianza en Dios

Hermano, todo lo que tú estás sintiendo en tu mente, en tu corazón, el Señor puede ponerle una pausa; y quiere el Señor que cuando él ponga la pausa tú seas mucho más agradecido que antes. Al final él termina de nuevo. Pongo una pausa entre el versículo 4 y el 5: no entienda que eso fue de repente. No es mágico ni religioso, hermano; nuestra relación con Dios es real. Al final de esa temporada de aflicción, que yo no sé cuánto duró, entre el 4 y el 5 yo infiero que ahí hay un período de tiempo. Él está recordando la temporada y probablemente los puso juntos, pero quizás entre el aturdimiento, la añoranza y el consuelo hubo espacio.

Pero al final termina así, dice el 5. Digo que termina porque después el salmo vuelve y se repite, como es frecuente en la poesía de los orientales, que repite la misma cosa con las mismas palabras. Pero lo que él quería decir, yo creo que hasta el 5 se resume bien. El 5 presenta el consuelo de su confianza en Dios. Yo anhelo, hermano, que llegue una temporada en este año donde pueda decir: «¿Por qué te abates, oh alma mía?». El que antes no encontraba ni un clavo caliente para agarrarse, llega un momento y dice: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío». Yo creo que el Señor puede permitirnos sentir eso otra vez.

Él expresa su confianza, hermano, con una autorreprensión. Dice: «¿Por qué te abates, alma mía?». Se está reprendiendo a sí mismo. Y es que la verdad, hermano, es que cuando nosotros recuperamos la esperanza, cualquier desahogo anterior parece desproporcionado. Cuando el Señor te permite volver a sentir esperanza, lo anterior parece locura, y tú dices: «¿Cómo era que yo hablaba así?». Ay, con la esperanza es totalmente diferente. El asunto es cuando no tenemos la esperanza: después de que pasó la enfermedad, uno mira para atrás diciendo «pero yo me estaba ahogando en un vaso de agua». ¿Tú quieres que te lo repitamos?

Con la paz que sobrepasa todo entendimiento es diferente. Él ahora como que se reprende: «Pero ¿por qué tú te abates con lo que está pasando aquí?». Después él se da una orden, este que anteriormente no sabía ni en qué pie estaba parado. Ahora él tiene la capacidad de darle órdenes a sus sentimientos. Hermano, a veces el Señor te transporta, te pasa, te promueve a otro momento emocional, y tú te sientes hasta con la capacidad de darte órdenes. ¿De dónde viene esta autodeterminación? ¿De dónde viene esta persona que parece que está en completo control de sus emociones? ¿Dónde estaba antes? Se dice a sí mismo: «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?», y reacciona.

Y qué, ¿yo soy un siervo del Señor? A veces no se siente así, hermano. A veces tú sientes que con la ayuda del Señor eres un gigante ante tus circunstancias, y a veces tú te sientes, hermano, que eres el más pequeño de los hombres. En este momento, cuando le vino la esperanza, la convicción, el consuelo, él siente que está en el dominio de la circunstancia. «¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí?». Y después se da una orden, dice: «Espera en Dios». ¿Y por qué tú te lo dices ahora y no te lo decías antes? Porque en este momento fue que el Señor me lo concedió. Hay momentos en que uno se siente especialmente fortalecido, hay momentos en que uno se siente especialmente esperanzado. Hermano, lo mejor es saber que en un momento o en el otro tu Dios te ama, que en un momento o en el otro él ha estado presente, que en los momentos de más claridad y en los momentos de más oscuridad tu Dios ha estado mirando.

Ahora le expresa su confianza con una orden: hermano, «espera en Dios». Por favor, hermano, siéntase así, con esa libertad de ordenarse a usted mismo. Entienda que eso no es para el vecino. «Hermano, ¿qué pasa? Espera en Dios». Yo estoy esperando, hermano; es que en este momento no tengo la fuerza para decírmelo a mí mismo.

Después expresó su confianza como un hecho, un asunto consumado; saludó su liberación como si ya fuera. Dice él: «Aún he de alabarle». Es como una persona que en medio de la más hostil circunstancia dice: «No importa, yo volveré a alabar el nombre del Señor». ¿Y cómo tú lo sabes, hermano? Miren, eso es un asunto del Espíritu Santo, no lo producimos nosotros, por favor. El consejo de un creyente puede producir eso si el Espíritu Santo obra; si Dios obra en el consejo del creyente, el libro chiquito o el grande pueden hacerlo. Si el Señor está detrás del asunto, una alabanza puede hacerlo, si Dios quiere hacerlo a través de la alabanza. Pero nuestros medios no pueden producir los fines. Hermano, nosotros podemos abrir la mano, pero quien la llena es el Señor.

En este momento parece un héroe de la fe: «Aún he de alabarle». Hermano, esa resolución a veces la he sentido en medio de la tribulación, y dice uno: «La tribulación no se ha detenido, pero yo creo que en este momento yo puedo pronosticar que va a haber una gran victoria». Es como le dijo una vez el profeta al rey: «Prepara el carro y corre, que la lluvia viene». A veces el Señor te visita con visión, hermano, y en medio de la mayor sequía tú dices: «Por ahí yo siento que viene la lluvia. Yo siento que viene una buena temporada, ya yo puedo por fe ver la nube». «Espera en Dios, porque aún he de alabarle». Hermano, qué hermoso es un creyente que está muy atribulado y que puede decirse a sí mismo: «Alma mía, espera en Dios, que aún he de alabarle». Hay alguien que dice: «Dios lo hará otra vez, le adoraremos nuevamente, el Señor cambiará nuestros tiempos». Gloria al Señor por esa convicción que da él.

Después expresa su confianza con sentido de identidad, pertenencia y propiedad. Dice él: «Salvación mía y Dios mío». Este que anteriormente sentía que Dios estaba a cuatro mil pies de altura, ahora dice «salvación mía»; es mío, mío, mío. Y eso da como una satisfacción especial: «Salvación mía y Dios mío». Él se siente ahora, hermano, especialmente atendido por su Dios; se siente especialmente esperanzado en su Dios. Ay, hermano, mis palabras no podrían hacer eso, pero es mi oración que el Señor te lo conceda: que en medio de un año muy oscuro tú puedas decir, hermano: «Yo estoy esperando al Dios mío y a la salvación mía». Todo se repite luego hasta el final.

Recuerde que la poesía hebrea es así: repite lo mismo con las mismas palabras. Está recordando de nuevo el momento anterior:

Dios mío, mi alma está abatida en mí; me acordaré, por tanto, de ti desde la tierra del Jordán, y de los hermonitas, desde el monte de Mizar. Un abismo llama a otro a la voz de tus cascadas; todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí. Pero de día mandará Jehová su misericordia, y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida. Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí? ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios? ¿Por qué te abates, oh alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío.

— Salmo 42:6-11

Cierra ahí tus ojos y permíteme orar. Señor, los discursos no pueden producirlo; señor, la erudición no lo hace, pero tu presencia es real y llena multitud de cosas. Permite que en este año, señor —un año que se pinta como uno de esos años que la gente evalúa como los más malos—, te sintamos más presente que nunca. Permite, Padre, que pronto, en medio de las circunstancias, cambien los tiempos. Pásanos, señor, de la desesperación a la convicción. Que tu presencia, señor, nos satisfaga; que cuando nos falten otras cosas, señor, las convicciones no nos falten. Padre, danos los medios para expresarnos adecuadamente, y al mismo tiempo, señor, danos tu provisión para hablar como llegó a hablar el salmista. Bendice especialmente, señor, a este pueblo; acompaña especialmente a mis hermanos que están padeciendo cantidad de males. Permítenos, Padre, que pronto podamos juntos volver a reunirnos con el pueblo en fiesta, para tu gloria. En el nombre de Jesús.

Dios le bendiga, hermano querido, que el Señor le acompañe. Nos despedimos cantando alabanzas.

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