Hermanos, amados y amigos, en la sociedad contemporánea se aboga mucho porque los niños sean incluidos. Ese es un tema contemporáneo: la inclusión de los niños, que los niños estén presentes, que los niños sean vistos, que los niños sean tratados con sus derechos. El mundo ve esto como una novedad, como algo moderno, pero esta ha sido la norma en la iglesia cristiana desde sus comienzos y, de hecho, la clave en sus momentos más gloriosos. Los niños tuvieron también un lugar importante en el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. El Maestro miró a los niños, permitió que se acercaran a Él, los tomó en sus brazos, oró por ellos y los bendijo. Todas estas cosas eran contrarias a las costumbres y expectativas de la gente de su tiempo; la gente del tiempo de nuestro Señor Jesucristo no hacía eso, lo veía como algo malo.
Por eso los discípulos razonaron negativamente y les reprendieron. Y esto podría seguir siendo así entre los creyentes en otros días, del mismo modo, si no somos instruidos. Por eso se hace necesario instruir a la iglesia en este sentido. Hoy estaremos reiterando un imperativo: dejemos que los niños vengan. He venido, hermano, a decirle algo que ya ustedes saben. Cada vez que en nuestra iglesia presentamos niños y cada vez que vamos al Evangelio y leemos esta porción, ya ustedes lo saben; pero yo quiero decirle hoy las razones por las cuales tenemos que permitir que los niños vengan. Este es un pasaje de la Escritura que no es único en el Evangelio de Mateo, de hecho, es un pasaje paralelo: aparece en Marcos y en Lucas, en los tres se detalla la misma historia. Los niños vinieron al Maestro, los discípulos reprendieron a quienes habían traído a estos niños y el Maestro los incluyó.
Lo detalla Mateo, lo detalla Marcos y lo detalla Lucas: cada evangelista documentó la misma historia. Sin embargo, como lo he dicho antes cuando esto sucede, si todos nosotros presenciamos un mismo acto, a cada uno de nosotros algo nos llama la atención de manera particular. Y aunque narraron la misma historia, de hecho Mateo, Marcos y Lucas describieron la misma historia sin contradecirse entre ellos, cada uno abundó un poco más en algún detalle. Por ejemplo, Mateo es el único que menciona que los padres querían que el Maestro orara por sus hijos. Y Marcos es el único que dice que el Maestro se indignó profundamente cuando vio la actitud de los discípulos, y también Marcos es el único que dice que el Maestro tomó los niños entre sus brazos.
Similitudes, diferencias y un malentendido común
Marcos es el único que dice que el Maestro, al hacerlo, les bendijo. Y Lucas es el único que incluye la enseñanza secundaria, diciendo que después de haber orado por ellos y bendecido a los niños, entonces el Maestro declaró que para entrar al Reino de los cielos tenemos que ser como niños. Lucas no dice que el Maestro los tomó en sus brazos y tampoco dice que los tocó. ¿Hay similitudes? Sí. Todos dicen que los discípulos reprendieron a los padres. Todos dicen que el Maestro dijo explícitamente: “Dejen que los niños vengan”. Y todos dicen que el Reino es de ellos. Esas son las similitudes y las diferencias.
Antes de entrar de lleno a exponer el texto, yo tengo que resolver un malentendido: no debemos limitar este texto solamente a la lección secundaria. Lo que más frecuentemente sucede es que se toma este texto para decirnos que tenemos que ser como niños para entrar en el Reino de los cielos. Eso es verdad, pero es la enseñanza secundaria. El Señor dio primero la enseñanza principal: permitir que los niños vengan a Él. Y después que tenía allí los niños, entonces dio otra enseñanza más: que para entrar al Reino de los cielos tenemos que ser como niños. Pero una enseñanza no anula la otra. Que Lucas haya documentado que el Maestro, después de bendecir y orar por los niños, utilizó los niños presentes para ilustrar una lección espiritual, no quita que el Maestro tuvo un profundo interés por los niños, que los recibió, que los abrazó, que los tocó, que los bendijo. Ambas cosas son correctas, ambas cosas son necesarias.
Casi todos, oyendo este texto, sospecho que están pensando ahora mismo: “El pastor está exponiendo esto porque ahora está trabajando con un ministerio que trabaja con niños y nos quiere contagiar del asunto”. Yo sé cómo funciona el pueblo, hermano, yo conozco esos mecanismos. Miren, yo no predico la Palabra del Señor porque sea mi interés particular principal, yo predico la Palabra del Señor primero porque es la Palabra del Señor. Y aunque ciertamente trabajo ahora mismo con un ministerio que hace que la Palabra del Señor llegue a cada niño, le doy las gracias al Señor porque este interés comenzó a calar en mí años atrás. Yo tuve el privilegio de leer un libro sobre el ministerio pastoral de un pastor de edad, que murió hace mucho tiempo.
Influencias pastorales y pasión por los niños
Ese pastor, el doctor Criswell, tiene un libro sobre ministerio pastoral donde dedica capítulos completos a hablar de la importancia que tiene en el plan del Señor que los niños sean atendidos en la iglesia local. Lo que hice, hermano, fue que imprimí una hoja del libro de Criswell porque quiero leerles lo siguiente. Dice Criswell —y fue un recurso que utilizó el Señor para comenzar a abrir mi corazón y poner en mí pasión por el ministerio de los niños— dice él en su libro: “Es sabio el pastor que tiene en cuenta los niños de la familia”. Dice él: “Pastor, si es posible, diríjase a los niños por su nombre. Tome tiempo para hacerles sentir bienvenidos a hablar con usted. No existe mayor honor concedido al pastor que sea más precioso que el que un niño se sienta atraído por él. Semejante amistad establece luego la relación que será necesaria para que el niño comparta con el pastor y con la iglesia su decisión de entregarse a Cristo.
“Cuando una familia se muda a la ciudad, llame al niño por teléfono. Aún mejor: si usted sabe que la familia viene, llame de larga distancia al niño por teléfono. Semejante amabilidad impactará a cada miembro de la familia. Hay un ejecutivo de empresa que ha pertenecido a nuestra iglesia por años. Cuando supe que se mudaban a nuestra ciudad, llamé a su hijo. Le conté todo acerca de la iglesia, su campamento, retiros, áreas recreacionales, todo. Cuando la familia se ubicó en la ciudad y llegó el domingo, ese muchacho orgullosa y enfáticamente anunció: ‘No sé en cuanto a ustedes, pero yo voy a la Primera Iglesia Bautista. El doctor Criswell es mi amigo personal’”. Dice Criswell que ese muchacho tenía solamente nueve años de edad.
Hermano, gloria al Señor por esas relaciones que un niño llega a tener dentro del pueblo del Señor y que son medios de gracia que utiliza el Señor para eventualmente integrar a ese niño a la vida cristiana y a la comunión de los santos. Gloria al Señor también por el pastor Criswell. No solamente esto, después leí un contemporáneo, este vive aún, John Piper, que dice algo que se tiene que tener en cuenta cuando se está evaluando la actitud espiritual de una persona para el ministerio: la manera en que él o ella se relaciona con los niños. “Pon un niño en un cuarto y observa. Esto es lo que Jesús hizo para mostrarnos algo. Los niños son como el papel tornasol que se usa para revelar la presencia del orgullo. Algo está profundamente mal en el alma que no desciende —o deberíamos decir, que no asciende— a amar y valorar un niño”.
Introduzco estas dos citas para transmitirle a mi iglesia la pasión que tenemos por dejar que los niños vengan. Paso ahora a exponer la Escritura. El Señor está sentado, sus discípulos están alrededor de Él. Hay adultos que han recibido milagros del Señor, hay adultos que han recibido instrucción del Señor, hay adultos que han recibido pan y peces del Señor. El reconocimiento del Señor comienza a ser cada vez mayor en su entorno. Y así como venían multitudes para ser sanadas, para ser instruidas, para ser alimentadas, al mismo tiempo la gente entendió que era necesario que también sus hijos entren en contacto con el Maestro. No dice la Escritura si eran hijos, si eran tutores, quién había llevado a los niños, pero los niños llegaron hasta allí.
Los medios de gracia también son para los más pequeños
Ah, sorpresa: cuando llegan los niños, los discípulos dicen: “No, no es apropiado. ¿Cómo vamos a permitir que vengan los niños a interrumpir el ministerio tan urgente que está desarrollando el Maestro? Puede ser que haya una persona que necesite ser libertada, puede ser que haya alguien que necesite ser instruido, quizás haya alguien que necesite ser salvado. ¿Por qué vamos a permitir que los niños vengan al Maestro?” El Maestro, viéndolo de lejos, se sorprende, se indigna —dice Marcos—, reprende a sus discípulos y les dice: “Dejen que los niños vengan y no se lo impidan. Yo quiero que los niños vengan”. Él está diciendo: “Yo quiero que los niños vengan”.
Quiero mostrarles algunas cosas sobre este texto, y lo primero que estaré mostrando hoy a mi iglesia es que los medios de gracia del Señor pueden beneficiarnos a una muy temprana edad. Que esto no es un asunto sólo de adultos, adolescentes o de jóvenes; que los medios de gracia del Señor entran en funcionamiento cuando el corazón está todavía tierno. Que tenemos que permitir que los niños vengan porque ellos también son objeto de la gracia del Señor, porque nuestro Señor es provisión también para los niños. El texto dice que ellos querían que Él pusiera las manos sobre ellos; querían que orara por ellos. Estos que habían llevado a los niños entendían que el Señor podía hacer algo por esos niños. No veían esto como un estorbo, sino como una necesidad.
Me impresiona que los discípulos se sorprendan, porque entre los judíos era una práctica que personas de autoridad espiritual sobre una familia, sobre un pueblo, impusieran las manos sobre los niños. Era el ejemplo de los patriarcas. De hecho, se narra en la historia de los judíos que los judíos gustaban de que, cuando venía un maestro reconocido a la comarca, ese maestro impusiera las manos sobre los niños, que les transmitiera alguna bendición espiritual. Quiero mostrarles, hermanos, que los medios de gracia del Señor no son asuntos que comienzan a entrar en operación a los quince o a los veintiocho años. Comienzan a entrar en operación en las edades tiernas, y por esto es necesario que los niños vengan al Señor.
Frecuentemente, el niño que cuando llega a la adolescencia toma la decisión firme de asumir un testimonio cristiano y bautizarse es aquel niño en el cual desde su niñez se ha estado trabajando con la Palabra del Señor y se le han abierto los ojos a las realidades de Dios. ¿Qué sucede con esto, hermano? Que tenemos que ser sensibles para entender y atender esas necesidades y también sus respuestas. Quiero transmitirle hoy a mi iglesia cierta sensibilidad hacia el tema de los niños, hacia la necesidad de los niños, para que puedan reconocer que los niños desde muy temprano dan señales espirituales. Se manifiesta en ellos la virtud y se manifiesta en ellos la maldad. Un padre no cierra los ojos al corazón de su hijo, está atento. Los medios de gracia del Señor pueden alcanzar a un niño; la maldad alcanza su corazón y se manifiesta.
Preservación, memorización y doctrina en la niñez
Lo que quiero hacer hoy, hermano, es dar mucha aplicación y darles un listado extenso de ejemplos de los medios de gracia del Señor que pueden ser manifestados en los más pequeños. Comienzo hablando, hermano, de la preservación de un niño. Mire, un niño no es una página en blanco. En el niño se van escribiendo cosas. Hay una cantidad de referentes en la mente de ese niño que comienzan a entrar a las edades más tempranas. Todavía el niño no concatena, todavía el niño no sintetiza, todavía ese niño no está procesando toda la información que está recibiendo, pero está recibiendo los medios con los cuales eventualmente tomará decisiones. Gran parte de las decisiones de un adolescente, un joven y un adulto son decisiones tomadas con los elementos que entraron en la niñez.
Esos referentes que entran a la pequeña mente tierna de un niño, esas historias, esas memorias, son las cosas que se concatenan y eventualmente se convierten en sus decisiones. Como iglesia tenemos que estar apasionados porque la vida, la mente y los corazones de los niños sean preservados para Cristo. La violencia, la inmoralidad, la maldad llegan a edades muy tempranas. Eventualmente se manifiestan. Los niños, en las edades más tempranas, quizá no tienen la capacidad para cometer determinados pecados, pero los cometerán porque tienen los medios, y estos medios son alimentados por el mundo, son alimentados por el diablo, son alimentados por el medio en el cual los niños están creciendo.
Por eso es necesario, hermano, utilizar su tiempo más tierno para ayudarles a aprender las Escrituras, a memorizar las Escrituras. Les digo: los momentos más gloriosos de la iglesia son los momentos en que la iglesia se ha tomado la niñez en serio. Puedo mencionar por lo menos dos. Miren la Reforma protestante. Normalmente se mencionan los adultos, pero Martín Lutero tuvo tanta pasión por la niñez como por los adultos. De hecho, cuando hizo un catecismo, una confesión de fe, él tomó el tiempo para hacer que ese catecismo y confesión de fe también estuviera al nivel de los niños. Él quería que los adultos fueran formados en la Palabra del Señor, pero también entendía que había una generación que tenía que ser permeada con la Palabra del Señor. Hizo las dos cosas: preparó la doctrina para los adultos y también preparó la doctrina para los niños.
Dice en la introducción al catecismo menor que escribió Lutero unos consejos para utilizar este material y alcanzar la mente de un niño. Dice él: “Debemos escoger una forma buena del texto y adherirse a ella año tras año para no confundir a los niños y jóvenes por cambios en el texto”. Él quería que la Palabra del Señor, en un solo estándar, llegara a la mente del niño. Si lo pudiéramos poner en modo contemporáneo: si el niño se va a aprender un versículo, que se lo aprenda en la misma versión.
Que pueda repetirlo, repetirlo, repetirlo: “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Decía Martín Lutero con sabiduría: que sea este texto, esta versión u otra, pero adhiéranse a una, y que esa sea la versión que llega a la mente del niño. Escuchen la sabiduría que tenía el reformador. Sin que cambiemos una sílaba siquiera, él quería que una cadencia del texto bíblico entrara en esa mente y quedara allí fijada.
En segundo lugar decía Lutero: “Exigir e insistir que los alumnos aprendan este texto escogido de memoria, palabra por palabra, repitiéndolo muchas veces hasta que se les quede grabado en la memoria para toda la vida”. La pasión de Lutero en Alemania, en el momento más brillante de Alemania, era que los niños alemanes tuvieran sus mentes amuebladas con la Palabra del Señor y que eso se quedara allí para siempre. Dice él, en tercer lugar: “Cuando hayan aprendido el texto de memoria, enseñarles también el sentido del mismo, de manera que conozcan su significado. No es necesario tomar todas las partes a la vez”. Interesantísimo: él dice primero pon el texto, pon los versículos, cuando ellos todavía no pueden concatenar, cuando todavía no pueden sintetizar, cuando todavía no pueden resumir, cuando no pueden llegar a una conclusión. Pon el texto, y cuando llegue el momento, entonces explica el texto.
Hermano, qué beneficio sería para nosotros si ya tuviéramos la Palabra del Señor en la mente y ahora nos explicaran el significado de la Palabra del Señor. Qué cosecha espiritual tendríamos si todos nosotros tuviéramos la mente permeada de la Sagrada Escritura y, al oír la predicación, no hubiera que enseñar tanto el texto, sino que se pudiera pasar inmediatamente al significado y a su aplicación. Ahora mismo la iglesia cristiana dedica tiempo a las tres cosas: a enseñar el texto, a tratar de que los hermanos conozcan el texto, después a que entiendan el significado del texto y después a que lo apliquen. Decía Martín Lutero: “Utilicemos sus primeros años para que memoricen el texto, y llegará el momento en que entenderán también el significado”.
Dice él: “Después de haber enseñado el catecismo menor, tomar el catecismo mayor, impartirles un conocimiento más abundante y extenso”. Y por último dice: “Encontramos que muchos no acuden a la cena del Señor, sino que la desprecian. Por tanto, es necesario que apremiemos esto, sin olvidar desde luego que no debemos forzar a nadie a que crea o a que reciba la mesa del Señor”. Hermanos, escuchen el nivel de pensamiento que tenía hacia los niños el reformador de Alemania. Y ustedes me preguntan qué estamos haciendo en iglesias contemporáneas respecto de esto: todavía no estamos claros. En algunos vamos más avanzados, en algunos vamos más lentos. Lo que quiero transmitirles es que los medios de gracia pueden llegar a la mente de un niño desde temprana edad.
Relaciones cristianas, contexto y vocación temprana
Desde temprana edad, por medio de la preservación, por medio de la memorización de las Sagradas Escrituras. Les doy otro más: por medio de relacionarse con otros creyentes. Miren, las decisiones de sus hijos, la vida de ellos, estarán determinadas principalmente por sus relaciones. Llega un momento en la vida de una persona que ya no tiene flexibilidad para las relaciones. Llega un momento que eso está petrificado. Por eso es tan difícil para un adulto enrolarse en la vida cristiana, porque enrolarse en la vida cristiana no es solamente tener un nuevo cuerpo de conocimientos; es tener un nuevo número de relaciones. Y llega un momento en el corazón del ser humano en que él cierra sus relaciones y se queda con los mismos amigos de siempre.
Qué bendición sería para los niños que vienen a nuestra iglesia que sus amigos de siempre sean los amigos cristianos, que sus amigos de mayor intimidad y confianza sean aquellos que aman al Señor y a su Palabra, que sus principales referentes para tomar decisiones de su vida sean personas temerosas de Dios. La gente toma decisiones de su vida por sus conocimientos y por sus relaciones. Cuando vas a decidir algo importante, tú piensas —y eso es razonable— y, por otro lado, piensas cómo será vista esta decisión en el contexto de mis relaciones. Qué hermoso sería si los niños que asisten a nuestra iglesia tuvieran relaciones y años en la casa del Señor, eventualmente esas relaciones les ayudan a vivir para Dios y de acuerdo a su Palabra. Que los niños sean traídos a la iglesia y que desarrollen relaciones dentro del pueblo del Señor, esos son medios de gracia, un tesoro utilizado por el Señor para el beneficio de su alma.
Pero hay, hermano, en esto una experiencia ministerial, un trasfondo que también es necesario. Recuerdo haber predicado de esto hace cerca de un año y medio, y les decía a mis hermanos la tristeza: hay algunos que tienen ya conocimiento de la Escritura, pero les falta contexto. Hay un bagaje que se da al vivir en la casa del Señor desde temprano que no se improvisa. Y hay hermanos que llegan a los caminos del Señor y rápido quieren una gran cantidad de conocimientos, pero todavía les falta algo. Esos elementos de bagaje, de contexto, de experiencia práctica en los caminos del Señor son importantes.
Ilustro esto cuando menciono nombres, hermano, no es de gente que no son ni amigos míos ni nada, son cosas que yo veo y que me permiten ilustrar la verdad. Hay una familia que tiene negocios, la familia Socías, que es la familia de impresores. Yo no los conozco a ellos, pero yo sé que todos ellos son impresores de más de tercera generación. Han estado trabajando en artes gráficas desde el abuelo. El abuelo trabajó en artes gráficas, después el papá trabajó en artes gráficas. Yo hablo con ellos y les pregunto: “¿Cómo tú llegaste a esto?” “Porque mi abuelo tenía un taller, después mi papá tenía el mismo taller”. Ahí me dijo Carlos que se encontró en el litera que está uno de los nietos estudiando también. Sí, esa familia completa se dedica a eso. Es una experiencia enorme. Quizás ellos dicen: “Yo sé hacer componer”, pero al mismo tiempo recuerdan cuando había tipos móviles y cuando las imprentas eran rotativas. Recuerdan esa experiencia práctica. Hermano, eso hace que esas personas sean exitosas en el área en que se han dedicado a desarrollar su vida profesional.
Hay una experiencia práctica que nuestros niños toman cuando son puestos temprano en contexto, en contacto con la Palabra del Señor. Ellos vienen aquí y conocen las alabanzas, conocen las Escrituras, conocen los hermanos, conocen los predicadores, conocen los pastores y llegan a tener grandes relaciones. Arraigo se llama eso dentro del pueblo del Señor. Y hay algunos que tardarán años en tener ese arraigo, porque aunque es verdad que son creyentes verdaderos, por mucho sentido todavía son advenedizos, todavía se están sorprendiendo. Le doy las gracias al Señor por todos aquellos que el Señor ha permitido tener no solamente conocimiento, sino también contexto: que conocen diferentes iglesias, que conocen diferentes ministros, que conocen diferentes alabanzas, aquellos que conocen la música cristiana histórica. Eso es un acervo que el Señor le pone a ese corazón y se convierte en una bendición para ellos y también para el pueblo del Señor en su conjunto. Gloria al Señor por la experiencia ministerial que podemos tener en su casa desde la niñez.
La llenura del Espíritu Santo, el llamamiento del Señor, eso llega temprano. Recuerdo a Juan el Bautista: Juan el Bautista fue lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre, hermano. Y fue seleccionado por el Señor para una gran obra desde que había nacido. Y hay hermanos míos que están esperando que sus hijos cumplan dieciocho años a ver si tienen vocación ministerial. Bueno, si tú estás esperando a los dieciocho y todavía no has estado siendo diligente en eso, quizás se te ha ido el tiempo. Juan el Bautista desde temprano fue lleno del Espíritu Santo y llamado para una gran labor. Gloria al Señor por aquellos padres diligentes y sabios que no esperan la mayoría de edad, sino que temprano van identificando las señales espirituales en el corazón de su hijo. Qué hermoso es un hijo que tiene vocación y al mismo tiempo tiene un padre que está en capacidad de reconocer esa vocación y que lo alienta.
Que lo estimula. Hermanos, la llenura del Espíritu Santo puede posar en el corazón de tu hijo, y gloria al Señor por los padres que tienen ese precioso privilegio de que su hijo haya sido seleccionado por el Señor para una gran obra desde el vientre de su madre. Es un medio de gracia del Señor y un motivo de celebración para cualquier padre. Eso llega temprano. “Ah, pues yo estoy esperando a ver cuál será su identidad, qué identidad, la que el mundo le da, para ver lo que sucede”. No, no esperes que el mundo le dé una identidad a los pequeños. Permitamos que los pequeños vengan.
Samuel, hermano, temprano estaba en el santuario. El gran profeta, el gran juez, el último de ellos. ¡Gloria al Señor por la vida de Samuel! Samuel no fue una improvisación. Temprano, temprano, temprano, hermano, marcando diferencias, el Señor llamó a Samuel. Él escuchó su voz siendo un niño. Temprano ya Samuel fue llamado y va donde Elí y le dice: “¿Me llamaste?” “No, mira, cuando digas ‘Señor, habla, que tu siervo escucha’”. Siendo un niño. ¡Guau! Quiere el Señor llamar a un niño que trajiste tú. Quiere el Señor llamar a tu hijo de ese modo, desde la temprana edad, y que él pueda decir: “Habla, que tu siervo escucha”. ¿Y por qué va a responder así? Porque tiene un adulto sensible espiritualmente que sabe lo que está pasando: “Es que el Señor está tratando contigo desde tu temprana edad, el Señor te está invitando, el Señor te está llamando”. Qué triste sería que Samuel sintiera la voz del Señor y no haya un adulto presente para decirle que esa es la voz del Señor, que sea reverente y atento, que el Señor te está llamando.
Adoración, necesidad de liberación y testimonio personal
Hermano, la adoración al Señor es perfeccionada de la boca de los niños. Es que todavía no saben levantar las manos, pero sí saben abrir la boca: los niños son profesionales de la alabanza. Sabe la Escritura que cuando el Señor estaba entrando en Jerusalén eran los niños que decían: “¡Hosanna, hosanna, el que ha venido!” “Hosanna, hosanna”. Hermanos, los niños pueden adorar al Señor, de hecho, deben adorar al Señor, y esto debe ser la carga de todo padre diligente, de todo tutor diligente: querer enseñar a sus niños la correcta adoración. Y tú dices: “Ah, que ellos no saben”. En los medios de gracia de un niño eso es importantísimo. Un adulto puede integrarse en un tiempo de adoración de ocho canciones, estar de pie, estar siempre gozoso con las manos levantadas. Un niño a veces tiene un tiempo de adoración de dos minutos en la casa del Señor, pero un padre debe atesorar esos dos minutos como si fueran horas para su pequeño corazón. Para su tierna mente, dos minutos de concentración, haciendo así en la casa del Señor, ya eso es ganancia. “Ay, por acá ellos no participan en todo el culto, solamente en un momento”. Ese momento valió la pena, y gloria al Señor por ese tiempo.
No es un tiempo muy extenso, los niños tienen microatención, es que ellos no se concentran mucho, es que no participan mucho. Para que tu niño participe de dos minutos en la alabanza, tienes que tenerlo una gran cantidad de tiempo expuesto a la alabanza del Señor. Pero año tras año trata de que eso vaya en aumento, que cada vez tu niño esté más involucrado, que cada vez ese niño que has traído tenga más pasión por estar en la casa del Señor. Que los niños adoren al Señor en la iglesia. “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidan”.
Entro a la parte que es más triste, pero real: sí, hay niños que necesitan ser libertados. El Señor expulsó un demonio de un niño. Hay niños que necesitan ser sanados. Hay niños que necesitan ser corregidos por el Señor. La maldad llega tan rápido, hermano, que hace su gran obra en corazones tiernos. Y desde pequeños hay niños que necesitan ser tocados por el Señor para ser sacados de allí, para tener liberación del Señor. “Ah, que estamos esperando que sean grandes, guardémoslos por ahí, tráigalos cuando sean grandes”. No. Dejemos que los niños vengan, permitamos que los niños estén aquí porque los medios de gracia pueden visitarles desde la más tierna y temprana edad. Que el Señor sea exaltado en todas estas cosas.
En lo personal, yo doy gracias al Señor porque yo muy temprano conocí estas cosas, y eso a mí me da una satisfacción enorme. En algún momento de mi vida yo pensé que eso era pérdida, porque Satanás, tan malvado como es, es el engañador, que hace que uno vea como que eso es algo malo y no un privilegio. Yo decía: “Bien están aquellos que pudieron ‘desperdiciar’ su vida y después vinieron a Cristo, porque tienen un testimonio que contar”. ¿Y qué testimonio voy a contar yo? Hermano, yo fui preservado por el Señor desde mis primeros años, y eso a mí no me avergüenza, me llena de satisfacción. Yo recuerdo que desde muy pequeño yo tenía convicción de pecado, tenía temor a Dios, y una conciencia de la necedad, me arrepentía.
Algunos se burlaban de mí y me decían: “Que, Señor, sí, Señor”. Pues yo entendía, hermano, que había maldad en mí y me arrepentía. Iba para el colegio caminando, casi siempre a pie, y me paraba y lloraba al Señor: “Señor, sí, Señor”. Y parece que lloraba en voz alta. Son cosas de niño, hermano, pero los niños saben arrepentirse, los niños saben orar a Dios, los niños saben reconocer a su Creador. Desde muy temprana edad yo reconocí que había un Dios y tuve conciencia de que había pecado en mí y de que yo tenía dos caminos. Temprano yo tuve conciencia de que había cosas prohibidas. Temprano a mí me enseñaron que los vicios, el Evangelio enseña: “No participes en eso”, y le doy la gloria al Señor por ese asunto.
A mí me enseñaron que la idolatría, las imágenes, son ofensivas para Dios, y me lo enseñaron cuando era un niño. Y yo estudié en colegio de monjas, hermanos. Yo les contaba cómo era esa historia. A mí me enseñaron que tenía que entrar y hacer las reverencias. Yo entraba al salón y no me paraba, porque a mí me enseñaron que eso es ofensivo a Dios, que uno no se arrodilla delante de santos, que no se arrodilla delante de estatuas. Y me llevaban a la misa las monjitas católicas y me ponían delante de un santo nuevo cada vez que me llevaban a la misa, y yo estaba ahí reprendiendo con mi tierna mente de niño.
En el corazón, hermano, el padre estaba diciendo una cosa y yo estaba reprendiendo a ellos: “Señor, reprendo tal cosa, los ídolos”. Yo había escuchado eso en la iglesia. Hermano, tuve un temor reverente a mi Dios y entendía que es ofensivo a mi Señor. Usted me dice: “Yo voy a esperar que mi hijo tenga dieciocho para enseñarle eso”. No, hermano, enséñeselo temprano. Había casas en el barrio donde yo vivía donde tenían altares, y a mí no me gustaban esas casas. Y había una señora que yo sentía que tenía prácticas de tipo santería; hacía unos dulces muy buenos. Ella me decía: “Ven a comer dulces”, y yo no me los comía. Lo que le quiero decir con esto, hermano, es que yo quería comerme el dulce, yo quería comerme el dulce, pero de esa señora, que tenía cosas raras, santería y demás, eso a mí no me gustaba.
Lo que le quiero decir con esto es que un niño puede aprender a temer a Dios desde muy temprano. Que no debemos esperar que sean viejos para decirles que existe un Dios que es celoso de su gloria, que no comparte su gloria con nadie. Eso hay que enseñarlo temprano. Lo vi, hermano. Yo rehuí eso desde temprano. Me recuerdo el cigarrillo, lo veía como algo pecaminoso, el alcohol. Yo tengo unos tíos que me mandaban a comprarles cigarrillo y me decían: “Ve, cómprame, sobrino, media Marlboro”. Yo decía: “Yo soy evangélico, gloria al Señor”. Le doy las gracias al Señor y no me avergüenzo de que desde temprano yo tuve un testimonio público como un niño cristiano.
Y mi padre no lo era. Yo recuerdo andando con mi papá en un motor por un campo de Azua, que se paraban, ustedes saben que en el campo se estilaba darle trago a los niños. Iba en un motor con mi papá atrás y se paraba alguien y decía: “Péguese uno y dele uno al niño”. ¿Y sabe lo que dijo mi papá, no evangélico? “Al niño no”. Mi papá no era cristiano, quizá él para preservarme, para evitar que a un niño le dieran un asunto. Y yo en el corazón dije: “Es verdad”. No es que yo recuerde racionalmente que dije “es verdad”, pero no me fue vergonzoso tener un reconocimiento público como un niño cristiano. Los niños desde temprana edad asumen un rol como niños cristianos en su colegio, su escuela, en el lugar donde están. Llega un momento que saben qué rechazar, saben qué evitar. Hermano, dejemos que los niños vengan porque pueden ser objeto desde muy temprano de los medios de gracia de nuestro Señor Jesucristo.
Me muevo dentro de un momentito, pero tengo que hacer una observación: hay que predicar el Evangelio a los niños. Aunque entendemos que los niños, hasta una edad de responsabilidad, no son culpables delante del Señor, hago aquí una corrección. Una cosa es que expongamos los niños a los medios de gracia, entendiendo que pueden ser preservados por el Señor, entendiendo que podemos ser instrumentos para que el Señor los alcance con salvación. Otra cosa es que entendamos que los niños están condenados delante de Él, como ha predicado históricamente la iglesia católica y determinadas iglesias reformadas. Nosotros no compartimos esa doctrina.
Nosotros entendemos que los niños tienen una naturaleza pecaminosa y que su corazón va mal desde temprano. Dice el salmista:
En maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.
— Salmo 51:5
La naturaleza pecaminosa y caída está entre nosotros desde que nacemos. Usted es un embrión y ya es un embrión torcido. Nosotros tenemos una depravación radical, hermano. Hay entre nosotros una raíz de la maldad.
Pecado, culpa y la inocencia de los niños
Sin embargo, entendemos a la luz de Romanos y de otras porciones del texto bíblico que los pecados que nos llevan a la condenación son actos deliberados y conscientes en contra de Dios. Por eso les he dicho consistentemente: un niño puede ser mentiroso, violento, un niño puede ser egoísta, y de hecho lo es. Aquí, padre, tenga un poquito de paciencia, pero no hay ser más egoísta en esta tierra que un bebé. “Mío, mío, mío, mío”. El niño es un ser egoísta. Ellos saben bien. No porque estemos en la ternura del niño deje de ser realidad lo siguiente: sus ojos son más grandes que su cabeza. Esa es la realidad. Un niño es atractivo en gran medida porque tiene los ojos grandes. Después su cabeza va creciendo, su cuerpo va creciendo y ya no se ve tan tierno, pero él está inclinado a la maldad desde que era un embrión.
Entendemos que el hombre tiene una depravación que es total, que es radical, que no hay nada en él desde temprano que pueda ser digno de gloria. Lo único es que ese pecado no ha sido practicado de manera intencional. ¿Qué es lo que condena, según el libro de Romanos? Lo que condena es el conocimiento y los actos deliberados contra Dios. Llega un momento en que ese niño llega a la edad de la conciencia, y hay texto bíblico que hablan de eso, que llega un momento en que un niño sabe discernir entre lo que conviene y lo que no conviene, entre lo correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal. Esa edad del discernimiento es la edad de la culpa.
Frecuentemente, un niño que ha sido instruido en la casa del Señor, cuando llega a la edad de la responsabilidad, del conocimiento, tiene el Evangelio ahí. Él dice: “Yo tengo este problema, pero yo sé dónde está la solución de mi problema”, y camina hacia la cruz de Cristo. ¿Qué pasa con otros niños que no fueron instruidos en los caminos del Señor? Que, cuando llega la edad de la responsabilidad, lo que hacen es silenciar su conciencia con entretenimiento, con alcohol, con consumismo, con vanidad y con otras cosas. Un niño cristiano conoce desde temprano que él está inclinado a la maldad y, cuando tiene una conciencia reprobada, abraza a Cristo.
Doy más pruebas, hermano. Quiero demostrar hoy que los niños tienen una raíz de pecado, tienen naturaleza pecaminosa, tienen la corrupción en ellos desde temprano, pero que son inocentes delante del Señor y son sin culpa. Quiero darle algunos textos bíblicos, hermano, y aprovechar que estoy hablando de “dejad que los niños vengan” para saber quiénes son los que van a venir. El rey David estuvo orando para que el Señor preservara la vida de su hijo, pero cuando el Señor determinó que la vida de su hijo no sería preservada, dice que el rey David se levantó, dejó de llorar y adoró al Señor. Y le preguntaron, y él dijo:
Yo voy a él, mas él no volverá a mí.
— 2 Samuel 12:23
El rey David está diciendo: “Yo tengo la expectativa de que con ese niño yo me voy a encontrar”.
Esto es distinto a la doctrina católica. Saben que el catolicismo romano ahí fue que terminó inventando el limbo. Eso del limbo, de que “Fulano está en el limbo”, es una doctrina medieval católica. Ellos decían que como los niños no habían sido bautizados y morían, morían sin tener los medios de gracia imputados que, según ellos, da el bautismo. Cuando un niño moría, decían que iba a un lugar que era el limbo. Y ellos no sabían describir bien qué era el limbo, pero decían que el limbo era algo que está como entre la presencia del Señor y el infierno: no tiene fuego, pero no está en su presencia porque no tuvieron el medio de gracia. Un católico romano concluye que un niño es condenado si no alcanza ese procedimiento. Hay iglesias reformadas que también terminan del mismo modo.
¿Qué entendemos nosotros de la Escritura? Entendemos que el niño tiene la maldad en el corazón, pero una cosa es el pecado como naturaleza —como dice Romanos— y otra cosa son nuestros actos deliberados pecaminosos. Una cosa es nuestra naturaleza, la cual permanece con nosotros. Solo que algunas personas no han querido admitir, cuando leen los capítulos del Señor, es que sus actos pecaminosos son justificados, pero todavía nosotros somos una máquina de pecado. El pecado está ahí, hermano. La naturaleza pecaminosa, la inclinación. Un niño tiene una naturaleza pecaminosa, pero todavía no tiene un acto por el cual va a ser condenado, no tiene capacidad.
Dice al mismo tiempo el libro de Jeremías que había un dilema: padres que sacrificaban sus hijos a Moloc. ¿Y estos niños que eran sacrificados a Moloc, qué culpa tiene un niño de que su papá sea un idólatra y que pase a su hijo por el fuego? ¿Sabe cómo llama el Señor en Jeremías a esos niños? Los llama “mis inocentes”. ¿Por qué inocentes? Porque los niños no querían ser sacrificados a Moloc. Sus padres los sacrificaron a Moloc, pero el Señor llama a esos niños sacrificados a Moloc por los idólatras “niños inocentes”.
¿Qué más podemos decir al respecto? Hay más evidencia bíblica. Hoy mismo estuvimos viendo en la Escuela Bíblica al comienzo el libro de los Jueces y se leyó el texto bíblico de Deuteronomio 1:39. El Señor permitió a los niños entrar a la tierra prometida, pero no a sus padres. ¿Y por qué los niños sí? Porque los niños no habían deliberadamente pecado contra Dios; sus papás sí lo habían hecho. Dijo el Señor:
Y vuestros niños, de los cuales dijisteis: “Por presa serán”, y vuestros hijos, que no saben hoy lo bueno ni lo malo, ellos entrarán allá; y a ellos la daré, y ellos la heredarán.
— Deuteronomio 1:39
¿Y por qué los niños la heredan y los papás no? Porque los padres habían deliberadamente pecado contra Dios. La herencia era para los pequeños, no para los adultos. En esto el Señor está estableciendo un criterio: un niño, aunque tenga una inclinación a la maldad, todavía no puede ser culpado de sus actos porque no tiene entendimiento, no tiene conciencia, no es un acto deliberado.
Les doy más: la misma ley que dio el Señor no permitía que un niño fuera imputado con la pena del papá. El padre peca, el niño no. Él decía: “No pueden culparlo de esto”. Una cosa es tener el mal ejemplo, tener una herencia, tener una inclinación a la maldad, y otra cosa es que debamos cargar en ti los pecados de tus padres. Por eso concluimos, a la luz de la Escritura, que un niño, todavía en su tierna edad, es inocente delante del Señor.
Doy dos más y me muevo: yo no veo a Cristo en ninguna parte del Evangelio llamando a los adultos para bendecirlos y orar por ellos. De hecho, lo que hacía era reprenderlos por su maldad. Pero cuando vienen los niños, dice que toma a los niños, los carga, ora por ellos, los bendice. Pero si fueran seres pecadores y fueran pequeños recipientes de pecado y de maldad, ¿qué hace el Señor bendiciéndolos?, ¿qué hace el Señor orando por ellos, intercediendo? El Señor lo que tendría que hacer era reprenderles. Si el Señor está bendiciendo a esos niños, los está tomando en sus brazos, los está usando como ejemplo, parece que desde su perspectiva un niño es inocente todavía de cualquier falta, aunque tenga inclinación a la maldad.
Y si me dan una ñapa más, hermano: yo no imagino un bebé compareciendo ante el trono del Señor. No imagino a ese inocente caminando hacia el trono del Señor y siendo condenado por algo que no ha estado en capacidad de elegir. Pongo ejemplos tristes: la estadística de niños no natos, solamente por el crimen del aborto que hay a nivel mundial. Hermanos, esto está haciendo un aluvión de personas que van directamente a la presencia del Señor. “Ah, que su padre fue el que lo hizo”. ¿Y cómo podemos cargar a ese niño con el crimen del padre? ¿Cómo podemos imputarle a él la pena de los padres?
Por eso concluimos desde la Escritura —y esa es la razón por la que en nuestra iglesia no bautizamos niños— que esperamos que llegue la edad de la responsabilidad. Les predicamos, los evangelizamos, los preservamos, les damos todos los medios de gracia, pero esperamos que llegue la edad de la responsabilidad. Alguien me va a decir: “¿Y más o menos cómo?” Yo quisiera poder decirle, hermano, con precisión. Sin embargo, le doy un consejo: todo padre que ha caminado con su hijo sabe cuándo su hijo ya tiene conciencia de lo que está haciendo. Y sabe cuándo su hijo está pidiendo separadamente la cruz de Cristo. Y sabe cuándo el niño ha estado luchando por hacer la voluntad del Señor y ha fracasado. Y es el momento, hermano, de enseñarle Cristo y de que ese niño dé un testimonio público de que ha recibido a Cristo por sus propios medios, como Señor y Salvador de su alma.
En primer lugar, le he enseñado a mi iglesia que los niños desde muy temprano pueden ser objeto de los medios de gracia del Señor.
Obstáculos y prejuicios que alejan a los niños
Déjenme enseñarles ahora, hermanos, que debemos evitar alejar a los niños. “Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, no se lo impidan”. Al respecto de esto, lo primero que quiero explicar a mi iglesia es que nuestros prejuicios sociales operan de manera automática, y usted va a tener que hacer un esfuerzo intencional por poner ese asunto en pausa. Eso funciona, hermano, no hay que salir a buscar un prejuicio, eso está ahí operando. A usted le va a parecer que es inapropiado que los niños entren aquí, a otro le va a parecer que eso no es cómodo. Eso funciona, hermano. Para usted vencer ese prejuicio social que estaba en los discípulos y está en nosotros, tenemos que hacer una labor que es intencional. Eso funciona de manera automática. Tenemos que estar atentos para que los niños vengan al Señor. El obstáculo principal somos nosotros. Para que ese obstáculo mengüe, para que ese obstáculo sea puesto en pausa, nosotros tenemos que ser muy intencionales.
Los discípulos ni siquiera preguntaron, dijeron: “Niños no, adultos sí”. “Que no vengan, que no vengan a distraer al Maestro, no hay lugar para ellos”. Si el Maestro tuvo que salirlos a buscar. Miren, eso que hicieron puso a sus discípulos en evidencia de que estaban lejos de la prioridad del Señor, que el Señor tenía un plan y ellos tenían otro, y eso frecuentemente pasa en la iglesia cristiana. El Señor está haciendo algo en medio de nosotros y nosotros tenemos otra agenda. Asegurémonos como iglesia de estar a la par de la agenda del Señor. Si el Señor quiere a los niños aquí, yo quiero también tenerlos. Y usted me va a decir: “Mire, yo no soy apasionado a los niños, a mí como que no me sale eso”. Eso se cultiva. “Es que yo no tengo niños”. Eso se cultiva, eso se aprende. Pero si el Señor quiere tener a los niños, yo también los quiero. Pongo en pausa mis prejuicios y glorifico a mi Señor.
Miren, la actitud de los discípulos evidenciaba que desconocían completamente las necesidades de la gente. Yo quisiera también que la iglesia entienda, hermano, que ese niño necesita ser puesto en contacto con los medios de gracia del Señor, que entienda que ese niño tiene necesidades espirituales. Así como hay un asunto de nutrientes, de hacer que los nutrientes lleguen al niño, así como hay un asunto de socialización, de hacer que el niño salga del apartamento y comparta con otros niños, los niños tienen necesidades espirituales que tenemos que atender, y las necesidades espirituales son tanto más urgentes que las necesidades materiales.
Leí un artículo de una revista de negocios que hablaba acerca de la familia Green, el padre, Mr. Green, de Hobby Lobby. Decía él, de la familia que más aporta a diferentes ministerios cristianos en Estados Unidos. Dice: “Yo aporto principalmente a ministerios que hacen que los niños sean alcanzados con la Palabra del Señor”. Y le dice el periodista: “Señor Green, ¿y usted no piensa que es injusto que usted dedique tanto de sus recursos personales a hacer que esos niños sean puestos en contacto con la Palabra del Señor, habiendo tantas necesidades materiales en tantos niños del mundo?” A mí me pasmó cómo respondió este hombre, de una familia millonaria, una familia que pone gran parte de su patrimonio para que los niños sean alcanzados con la Palabra del Señor. Dice él: “Sí, eso es verdad lo que usted dice. Sin embargo, si yo tuviera que elegir entre que un niño hoy muera de hambre sin conocer a Cristo y podría elegir entre que un niño sea puesto en contacto con la Palabra del Señor, yo creo que es prioritario que un niño sea puesto en contacto con la Palabra del Señor”.
Hermano, yo le digo: yo no comparto textualmente la cita de Green, pero entiendo su corazón. A veces tenemos más carga por hacer llegar el agua y los nutrientes y olvidamos que una vida completa también necesita la Palabra del Señor. UNICEF no lleva la Palabra, las organizaciones mundiales no llevan la Palabra. Como iglesia a veces yo veo la carga de mis hermanos por llevar tanto las necesidades prácticas y materiales, y hermanos, los niños también tienen alma. Y esa alma necesita ser bien proveída, esa alma necesita ser alimentada, esa alma también necesita ser preservada e instruida en los caminos del Señor.
Quiero mostrarles, hermanos, algunas formas sutiles, no explícitas, en que usted puede estar impidiendo que los niños vengan. Pude compartir el jueves pasado algunas de estas cosas con los padres de doctrina. Cuando un niño venga a la iglesia, usted va a tener que agacharse. Usted no lo va a ver, no están en su frontera. Usted está a ese nivel de altura, eso es lo que usted ve; si alguien tiene de ahí hacia arriba, usted lo ve. Pero usted va a tener que intencionalmente hacer así, inclinarse, al menos que tenga un corazón grande. Hermano, va a tener que agacharse para entender que aquí hay niños.
Va a tener que tener contacto visual con los niños, agacharse a veces para decirle: “¿Cuál es tu nombre? Bienvenido a la iglesia”. Un niño, hermano, necesita ser notado en la iglesia, y usted va a tener que agacharse porque quizá su actitud de altura sea un obstáculo para que ese niño entre en contacto con la iglesia del Señor. Iglesias, vamos a tener que agacharnos de vez en cuando para ver a un niño.
Hay iglesias, hermano, y yo no quisiera pensar que la nuestra está ahí, que ven los niños como un problema. Algunos ven a través de los niños un indicador negativo, y aquí yo meto mi pecado. Un misionero me invitó a un lugar donde él está desarrollando una labor, y cuando fui al lugar con el misionero le digo: “Más o menos, ¿cuántas personas vienen aquí y se reúnen?” Y me dice: “Bueno, estamos recibiendo aquí un grupo como de setenta”. “Ah, qué bueno”. “Sí, pero de esos setenta hay como cuarenta que son niños”. Yo, enseguida, comienzo como a especular: “¿Pero qué pasa aquí? ¿Cómo que cuarenta y treinta? Uno esperaría como un asunto más cercano”. Yo digo: “Parece que el hermano no ha tenido mucho fruto trabajando”. “Sí, porque hay un hermano que trae una guagua de niños de un barrio y él los trae aquí, los evangelizamos con la Palabra”. Inmediatamente el prejuicio fue ese, hermano, que si en un lugar hay más niños que adultos, como que las cosas no están bien. Hermano, los niños tienen un alma tan importante como cualquier otra, y el que no ha entendido la prioridad que tiene el alma de un niño en el Evangelio no ha entendido la prioridad del Maestro, no ha entendido que así comenzó la iglesia en Latinoamérica.
Yo les he contado esas historias. Cuando los primeros misioneros llegaron a nuestro país, los adultos no querían a los evangélicos. Decían que los evangélicos eran diabólicos, decían que los evangélicos tenían rabo, literalmente. Hay un caso documentado en la historia de la iglesia donde un hermano predicador fue apresado por su fe y dice que los católicos fueron a ver si lo que le decía el padre era verdad, que si era verdad que él tenía rabo. Ese es el nivel de ignorancia que tenían estas tierras. Y cuando llegaron los primeros misioneros, los misioneros trabajaron con niños. ¿Y por qué trabajaron con niños? Porque los niños estaban en la calle. Los misioneros buscaron a los niños y les daban escuelita bíblica. Esos niños, al día de hoy, componen gran parte del liderazgo nacional y son medios que el Señor ha utilizado para bendecirle a usted y bendecirme también a mí. Una iglesia que no cultiva una relación con los niños es una iglesia que está dando una mala señal espiritual.
Maneras de dejar a los niños afuera, de impedir que los niños vengan al Señor: esperar que sean adultos para atender sus necesidades, pretender que ellos no aportan a la iglesia. Eso es difícil de hablar, hermano, pero hay más énfasis en alcanzar adultos que en alcanzar al niño, porque el niño como que no aporta igual. Se dice: “Bueno, pero que un niño no cumple un ministerio, un niño no ofrenda”. Miren, se requiere sacrificio, hermano, para atender a un adulto en la iglesia. Con un metro cuadrado lo hacemos. Para atender a un niño, ¿saben cuánto hace falta? Cuatro. Con un metro cuadrado usted puede atender el alma de un adulto; para atender el alma de un niño hacen falta cuatro metros cuadrados. El nivel de sacrificio que debe tener una iglesia que se está abriendo a permitir que los niños vengan al Señor es muy amplio. Eso requiere mucho más infraestructura.
Disciplina, falsas seguridades y maestros de niños
Le digo: a un adulto, en un metro, usted le pone una silla y lo sienta. A un niño hace falta por lo menos cuatro. Mire la cantidad de hermanos que dedicamos en nuestra iglesia a nuestro ministerio de niños, porque el ministerio de niños en la iglesia requiere muchos más hermanos. Con uno solo usted le da clase a un adulto; para discipular al niño usted necesita dos o tres. Entonces ese nivel de sacrificio, hermano, a menos que esté en nuestra iglesia, nosotros no vamos a poder estar cerca del pensamiento del Señor. Dejemos que los niños vengan, quitemos los obstáculos.
Maneras de impedir que los niños vengan: padres que han sido engañados y piensan que sus hijos son buenos. Mientras más entienda que tus hijos son buenos, menos urgencia tendrás en que los niños vengan. “¿Y los niños, dónde están?” “No, es que ellos no tienen mucho problema”. Vamos a pensar, hermano: ese niño tiene una naturaleza caída igual que un anciano, y esa naturaleza está creciendo rápidamente. Y a menos que sean puestos en contacto con la Palabra del Señor, ese círculo vicioso no será detenido.
Hay otros que impiden que los niños vengan asignándoles tareas que están por encima de su capacidad, han hecho de sus hijos un circo. He visto por ahí toda una tendencia de tener niños pastores, niños evangelistas, niños misioneros. Hermano, un niño todavía no está a ese nivel. Podemos tener un niño que tenga corazón hacia el ministerio pastoral, un niño que tenga corazón hacia las misiones, un niño que tenga corazón hacia el evangelismo, pero tal cosa no hay como oficio. No podemos poner a los adultos a ser instruidos por los niños; tenemos que poner a los niños a ser instruidos por los adultos. Cuando usted le da a un niño una responsabilidad que está por encima de su capacidad, lo está dañando. Veo iglesias, hermanos, que utilizan los niños como si fuera un circo, poniéndolos a hacer asuntos que son de adultos. Hermano, aguanten ahí: “Ah, pero un niño no puede predicar”. Un niño puede decirle a una persona que Cristo es real, puede decirle determinadas cosas, pero el mensaje racional del Evangelio el Señor se lo ha dado a los adultos, a hombres idóneos, para que puedan transmitirlo con fidelidad.
“Ah, vamos al estudio bíblico de Romanos, lo va a dar ahora Juliette”. No, hermano. Los hermanos están contentos porque los niños están participando, pero lo que están haciendo es repitiendo cosas que todavía ellos no saben las implicaciones. Alguien me dirá: “¿Y el Señor no puede hacer un milagro extraordinario?” Ah, no, eso entra dentro de la soberanía del Señor. Pero no podemos hacer de eso la práctica en la iglesia, porque estamos dañando a los niños.
Al mismo tiempo hay hermanos que son la otra contrapartida: desalientan su vocación ministerial. Hay un niño que dice que él quiere ser astronauta, llegar a la luna, ir en el Challenger, y hay padres que se vuelven locos y le van a buscar un cohete. Hay una niña que dice: “Yo quiero ser misionera y permitir que otros niños amen la Palabra del Señor”, y los papás le dicen: “¿Y tú no quisieras ser analista financiera? ¿Tú no pensarás en otra cosa?” He visto yo padres cristianos que, cuando sus niños manifiestan vocación ministerial, como Samuel, les juegan y le dicen: “Vete un poco al paso, no te comprometas demasiado, no lo tomes muy en serio. Trata de otra cosa primero y después vamos a ver”.
Digo, en mi caso, hermano, la gente te llena de temores, te llena de prejuicios, te llena de cosas. Hay que tener a veces un poquito de entereza y celebrar un niño. Un niño te dice: “Papi, yo quiero ser pastor”. “Sí, mi amor, es el Señor el que llama, y si Él quiere que tú seas pastor, Él te llamará. Pero para mí sería eso muy satisfactorio y sería un privilegio”. Ay, hermano, si el Señor te diera a ti un ministro, qué regalo sería para el padre al que el Señor le ha dado un ministro. Y cuando el hijo le dice: “Papi, yo quisiera ser pastor”, “No, mi hijo, te vas a ser ingeniero”. Como si fuera algo inmoral. Hermano, no hay una cosa más preciosa que un niño sea utilizado como un instrumento del Señor. El papá de Juan el Bautista estaba contento de que su hijo fuese seleccionado por el Señor para tan alto privilegio.
Maneras, hermano, un poco tristes de impedir que los niños vengan: iglesias que están orientadas a alcanzar niños que vengan con familias completas. Eso es algo hasta vergonzoso. “No, si él viene con su papá y su mamá que lo traen, entonces que venga”. Hermano, la iglesia no es solo para los niños de los hermanos que vienen los dos juntos. En un mundo caído esas cosas no siempre son posibles. A veces montan a un niño en un triller, se lo trae una vecina. A veces vamos a traer niños en un trailer, los va a traer su mamá. A veces vamos a traer niños en trailers, los va a traer su papá. Esa imagen de tener familias completas que vienen a adorar al Señor juntos es sublime, pero eso es irreal.
“Ah, pero y los niños que vengan así”. Gloria al Señor por el niño que viene con su papá y su mamá, pero si eso hubiera sido así en la iglesia donde yo conocí al Señor, yo no hubiera estado dentro de la esfera de alcance, porque mi padre no ama al Señor, pero mi mamá me trajo. “Ah, pero vamos a esperar que venga el papá y la mamá”. No. Que venga la mamá con el niño, que venga el niño solo, que venga el niño con un tutor, que venga el niño con la tía, porque ese niño, su corazón, necesita que la Palabra del Señor florezca también allí. Una iglesia que tiene un prejuicio, un paradigma muy cerrado acerca de los niños, que “tienen” que venir solamente si vienen sus padres, es una iglesia que tal vez no está atendiendo la Gran Comisión.
Asimismo, hermano, debemos ser persuadidos de la resistencia de los niños. Un niño no sabe lo que le conviene. “Ah, es que él no quiere venir y yo no quiero obligarlo”. Y a veces no quiere comer y usted se lo da. “¿Sabe? Yo no estoy viniendo los jueves porque es que al niño no le gusta, no le gusta venir”. Y a veces la medicina tampoco le gusta, y tú se la das. “Ah, pero si sus hijos fueran a la escuela solamente cuando ellos quisieran ir, ¿adónde van a llegar?” A veces no quieren ir y tú los mandas. A veces no quieren ir, tú los dejas llorando. Hay que traerlos. Hermano, de nuevo: no es que vamos a maltratar al niño, no es que lo vamos a obligar a la fuerza, pero un padre tiene que ser un poco enérgico para traer a los niños a la casa del Señor. Y con el tiempo eso se va haciendo cada vez más amigable.
Otras formas sutiles, inintencionales, de impedir que los niños vengan: hay padres que traen a sus hijos, pero cuando los traen permiten que se distraigan en otra cosa. Permiten que no cultiven la disciplina en la casa del Señor. Aguanten ahí. Es verdad que queremos atender a la iglesia con niños, hermano, pero un niño tiene que aprender a comportarse en la casa del Señor. Y si usted trae al niño y lo suelta y espera que el niño entienda solo que está en la casa del Señor, que hay límites y que hay orden, le está haciendo un daño. Un niño no solamente debe venir a la casa del Señor, también necesita ser instruido en cómo comportarse en la casa del Señor.
En esto seamos pacientes con los padres. Miren, los padres de nuestra iglesia están haciendo un trabajo que es de ellos: lograr que su niño aprenda a comportarse en la casa del Señor. Pero la iglesia no es un lugar solamente para venir y traer a los niños para que los medios de gracia funcionen; la disciplina es un medio de gracia también. Un niño debe aprender que hay un momento en la iglesia, que hay un tiempo de adoración, que hay espacios en la iglesia que están reservados para determinadas cosas, que hay un porte que se debe tener en la casa del Señor. Un padre que trae a su hijo y lo deja suelto no está permitiendo que los niños vengan a Cristo, porque se lo está impidiendo.
Yo quisiera poder compartirlo todo; doy dos más. Cuánto daño han hecho aquellos hermanos evangélicos que dicen que sus hijos son hijos de la promesa. ¿Han escuchado eso? “Mi hijo no está perdido, él grita y peca, pero él es hijo de la promesa”. Ese “hijo de la promesa” le da como un compás de que no importa, tarde o temprano va a venir: “Como es hijo de la promesa, sí, porque para ustedes es la promesa y para vuestros hijos”, dice el libro de los Hechos. Espérenme ahí, hermano. Hechos capítulo 2, ¿qué dice? Es verdad que hay una promesa. Dice así:
Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
— Hechos 2:39
Aguánteme. “Para vosotros es la promesa”. ¿Qué es lo que está sucediendo? Es el primer discurso de Pedro en Pentecostés, y Pedro está llamando al arrepentimiento. Dice el versículo 38, antes del 39:
Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.
— Hechos 2:38
Cuando alguien le diga: “Mi hijo es hijo de la promesa, él va a ser salvo, yo lo sé”, léalo. El versículo 38 dice que el que va antes del 39 es: “Arrepentíos y bautícese cada uno”. Que haya una promesa de salvación no significa que se te aplica automáticamente. ¿Qué hace un padre que entiende que su hijo es de la promesa? Llama a su hijo a que se arrepienta y se bautice. Un padre que confía en una falsa promesa tiene una falsa seguridad y está siendo menos diligente en permitir que los hijos vengan a los caminos del Señor.
Ya termino con esta última: cuántas iglesias, hermano, entregan lo “peorcito” que tienen para la instrucción de los niños. Y cuando alguien está lesionado para dar clase de Escuela Bíblica, alguien que no dio fruto en ninguna otra cosa, dicen: “Bueno, si yo quisiera, oye, yo la mente de su hijo…”. Hermano, usted quisiera que la persona que vaya a poner los primeros cimientos de la fe cristiana en esa mente sea una persona que ame al Señor, que esté llena del Espíritu Santo, que tenga pasión por Cristo. Quizás en algún momento no lo hemos tenido, hermanos que no tienen tanta madurez porque éramos una iglesia de nuevos creyentes en gran medida. Pero en lo adelante, nosotros queremos que lo más granjeado, lo más refinado en nuestra iglesia, sean los maestros de niños.
Porque si no, están dando una base mal formada para trabajar con ellos después. ¿Quién debe ser el que instruye a los niños en una iglesia? Una persona que tenga conocimiento completo de la Palabra del Señor, alguien que pueda instruir a los adultos y tenga pasión por instruir a los niños, alguien que tenga el poder del Señor, alguien que tenga santa carga por ellos. Alguien que no sea “lo que quedó”, sino que sea lo mejor. Qué queremos para un maestro de niños: naturaleza espiritual, que sea alguien que tenga tanta pasión por el Señor, por su Escritura, tanto conocimiento del Señor y tanta presencia de Dios, que pueda hacer un precioso trabajo en la mente de los más pequeños.
Oro por la iglesia. El Señor no solamente mostró a los niños, sino que también los eligió para darnos una lección espiritual.
Entrar al Reino como niños y llamado al arrepentimiento
Hermanos, es el momento, y quizás aquí hay alguien que necesita ser como un niño. “Dejad que los niños vengan a mí. Dejad a los niños venir a mí y no se lo impidáis, porque de los tales es el Reino de los cielos”. Y habiendo puesto sobre ellos las manos, se fue de allí. Y dice asimismo otro evangelista que también oró por ellos y los bendijo. Y dice también el Evangelio de Lucas que después de haber hablado esto, Él dijo:
De cierto os digo que el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él.
— Lucas 18:17
¿Aquí hay alguien hoy congregado que necesita entrar al Reino de los cielos como un niño, que necesita tener la humildad que tiene un niño, la confianza en las promesas del Señor que tiene un niño, la disposición a recibir que tiene un niño, la disposición a aprender que tiene un niño? Dice la Escritura que tenemos que entrar al Reino de los cielos como un niño.
He estado predicando específicamente para padres y tutores de nuestra iglesia, y para la iglesia en general, para que sea más receptiva hacia la niñez. Pero quizá haya alguien que necesita a Cristo aquí hoy congregado. Si alguien necesita a Cristo y está aquí hoy congregado:
Arrepentíos, y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados.
— Hechos 3:19
Y también:
Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros… porque para vosotros es la promesa y para vuestros hijos.
— Hechos 2:38-39
Si aquí hay alguien hoy congregado que no tiene a Cristo, yo quiero hacerle esta invitación: no deje pasar un momento más. Esto va a repercutir en bendición para ti, va a repercutir en bendición para tus padres, va a repercutir en bendición para tus hijos, para la sociedad en general.
Dice la Escritura:
A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.
— Juan 1:11-12
Si hay alguien aquí hoy que ha escuchado la predicación de la Palabra del Señor: el Señor llamó a alguien a quien sus discípulos no le permitían entrar. Si aquí hay alguien que todavía no había tenido acceso al Señor, no había visto a Cristo, si el Señor recibe a un niño, te recibirá a ti también. Es tan sencillo como que confieses tu pecado delante de Él, tomes una decisión de fe y creas, con la confianza que tiene un niño de que las cosas son reales, que fiel es el que prometió. Una confianza de niño hace falta en la promesa del Señor.
Y la promesa es:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Si eres como un niño y puedes creer en la promesa del Señor, puedes creer en la Palabra del Señor, puedes recibir al Señor. Bienvenido a la familia del Señor. Dile al Señor ahí, en tus palabras. No hay un estándar. Dile con sinceridad: “Perdona mis pecados, Señor. Hubo cosas que me habían impedido venir a ti. A partir de este momento yo quiero ser bendecido por ti con tu Palabra y sobre todo con salvación”.
Arrepentíos, decía Pedro, bautícese cada uno. Lo que hace todo creyente adulto cuando ha entendido, cuando ha tenido conciencia de sus pecados, que los ha reconocido, es que da un testimonio público de su fe por medio de las aguas del bautismo: no niños, adultos con conciencia y responsabilidad. Si alguien hoy ha escuchado, si alguien se ha arrepentido, yo lo invito a que se acerque, se acerque a la persona que le trajo, se acerque a un hermano de la iglesia y que camine hacia las aguas del bautismo.
Y si alguien hoy no ha escuchado esto, pero ha escuchado el Evangelio, que siga viniendo. La fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Exaltado sea tu nombre, Señor. Bendice ampliamente a todos los niños de esta iglesia. Bendice también ampliamente, sobre todo con la sabiduría práctica para recibirles, a todos los adultos de esta iglesia. Todo esto, Señor, en el nombre de Jesucristo.