Pueden ir buscando, hermanos amados, en sus Biblias la epístola a los Hebreos. El programa decía que es Hebreos capítulo 12, pero es un error; es Hebreos capítulo 5. Pueden buscarlo ahí en sus Biblias. Estaremos viendo Hebreos capítulo 5, Hebreos capítulo 5. Cada vez que voy a exponer Hebreos, yo le digo a los hermanos que tengo el deseo de predicar el libro completo en algún momento, pero el Señor me da la gracia, me da la forma de entrar y salir del libro de Hebreos y que dé bendición cada vez que visitamos este libro. Estaremos hoy considerando desde el versículo 11 hasta el versículo 14. Estaremos viendo hoy del capítulo 5 del libro de Hebreos.
Pueden buscar sus Biblias para que estemos juntos en la palabra del Señor, Hebreos 5 desde el versículo 11 hasta el versículo 14. Pónganse un momento sobre sus pies para que leamos la Escritura. Dice así la palabra del Señor:
Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír. Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.
— Hebreos 5:11-14
Puede sentarse, hermanos amados. En nuestra introducción dice que el autor de la carta a los Hebreos estuvo profundizando en su exposición sobre el conocimiento de Cristo, pero al hacerlo reconoció con tristeza que sus hermanos no estaban en capacidad de aprovechar el conocimiento a ese nivel. La dificultad no estaba en el maestro ni en la palabra, sino en ellos, pues eran tardos para oír, como dice el versículo 11 del capítulo 5. Así, el autor se lamentó de la situación que tenían estos hermanos y eligió escribirles brevemente, esperando que pudieran soportar esta corta exposición. Ellos tenían mucho tiempo en el Señor, pero este tiempo no había sido bien usado.
Necesitaban una base, y sin ella seguir siendo edificados no sería posible. Hoy veremos que no basta con tener la palabra de Dios, no basta con tener buenos maestros; para que la iglesia crezca también necesitamos un mejor pueblo que no sea tardo para oír. Y que si no tiene todavía un fundamento, que reconozca que necesita un fundamento mejor. Acompáñenme, hermanos, en Hebreos capítulo 5 y veamos estos versículos. Quiero hoy solamente mostrar una necesidad, y quisiera pedirles, hermanos, a modo de preámbulo, que reciban esto con la mayor humildad; que permitan que la palabra del Señor descubra sus corazones. Que permitan, hermanos, que esto sea un momento de gracia donde uno pueda reconocer cuál es su verdadera condición delante del Señor, y si usted es sorprendido, si usted es confrontado por el Señor, que no huya del Señor, sino que busque la respuesta, porque aquí mismo también el Señor nos da cuál es la respuesta para nuestra necesidad. Estaré hablando acerca del aprovechamiento de la palabra de Dios. Parto, hermanos, de una preocupación pastoral.
Buenos maestros y mejor pueblo: la desproporción actual
Estaba reunido el sábado pasado, sábado antepasado, con un hermano en Florida, y me decía este hermano acerca de la imperiosa necesidad que hay en Latinoamérica de tener buenos maestros. Yo comparto su sentir, comparto su pasión, comparto su carga. Me dice que Latinoamérica necesita ser instruida, que necesitamos mejores maestros, maestros más dotados. Y mientras le escuchaba, hermano, comparto su inquietud, comparto su carga. Pero a mí me parece que necesitamos dos cosas: necesitamos mejores maestros, pero sobre todo necesitamos un mejor pueblo.
Porque usted puede tener los mejores maestros, puede tener los mejores sermones, puede tener los mejores libros, y si usted no tiene el corazón indicado, los oídos indicados, llega un momento que la palabra del Señor está por encima del pueblo. Y mi temor en Latinoamérica en este momento no es que no tengamos buenos maestros, mi temor es que la enseñanza esté por encima del pueblo, que el pueblo no esté al nivel de la exposición.
El autor de Hebreos ha estado hablando acerca de Cristo y ha estado entrando en más profundidades de la revelación, que cuando uno comienza a verlo es sobrecogido en esto. Y llega un momento, entonces, que él detiene la exposición por un momento y parece que se lamenta. Él ha estado exponiendo acerca del sacerdocio de Cristo, y parece que mientras exponía llegó a la conclusión: esta gente no me va a entender. Yo quisiera llegar a un nivel más sublime, quisiera llegar a un nivel más alto, pero el pueblo no me está acompañando.
No sé, hermanos, si te ha tocado a ti la oportunidad de tener que explicarle algo a alguien y tú sientes que lo perdiste. Tú estás explicando y dices: ya no me está acompañando, los ojos me dicen que no me está entendiendo. La enseñanza rebozó al pueblo. Lo que sucede en el capítulo 5 del libro de Hebreos es que el autor choca con esta realidad: él tiene más de Dios que compartir con el pueblo de lo que el pueblo puede recibir en ese momento. Dice el versículo 11: “Acerca de esto —de esto que estamos exponiendo— tenemos mucho que decir, y es difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír”. Él se está lamentando, él dice: hermano, yo te quisiera dar más todavía, pero se te cae. Yo quisiera transmitirte todavía más del conocimiento de Dios, yo quisiera transmitirte todavía más de la revelación de Dios, pero en este momento no estás apto para recibir más del consejo del Señor. Qué impotencia.
Pretendo hoy enfocarme en el pueblo. De nuevo, hermano, y le digo esto para cuidarle: yo le digo al Señor que me ayude cada día a conocer mejor las Escrituras, cada día a ser un mejor maestro, pero yo también le pido al Señor que cada día seamos un mejor pueblo. Que no solamente tengamos aquí predicaciones, exposiciones de la palabra del Señor; que no sea solamente venir aquí a presentar el buffet delante de los hermanos, sino que nuestros hermanos tengan el oído adecuado para que la palabra del Señor tenga en sus corazones su santo aprovechamiento.
Esta desproporción, hermanos, es en los dos sentidos: Latinoamérica necesita mejores maestros, pero Latinoamérica necesita también ser un mejor pueblo. Ese es el camino al aprovechamiento humano, cómo aprovechamos la palabra del Señor.
Expectativas de Dios: llamados a la maestría
Quiero decirte, en primer lugar —y voy ahora mismo al versículo 12, iré palabra por palabra—, si quieres colocarte en el carril correcto para que seas edificado, te diré: necesitas más que un púlpito. Si quieres colocarte en el carril correcto para que el carácter de Cristo se manifieste en ti, necesitas más que buenos libros. Necesitas más que exposiciones de la palabra del Señor, necesitas algo más.
Cuando le hablo de estas cosas es que yo no pretendo invertir años en esta iglesia yendo cada vez más alto en la revelación del Señor si mis hermanos no me van a acompañar. Yo quisiera saber que predicador y pueblo están en la misma página; que estamos desarrollando algo a un punto tal que vamos creciendo juntos progresivamente y que esto no está desproporcionado. Hermanos, el problema no es que falten maestros, es que necesitamos maestros y necesitamos pueblo.
Yo no creo que el problema esté en la palabra del Señor. Yo no creo que el problema esté en el autor de Hebreos. Yo creo que el problema lo tenían los hebreos. Dice él: “Porque debiendo ser ya maestros…”. Hermano, para colocarte en el carril correcto que te llevará a la edificación y que permitirá que aproveches cada exposición de las Sagradas Escrituras y que esto se quede prendado a tu alma, necesitas entender las altas expectativas que tiene Dios sobre ti. Y estoy convencido de que la expectativa marca diferencias. Si estás militando la vida cristiana, si eres un principiante en la vida cristiana, si estás comenzando a caminar el camino del Señor, tengo que decirte que el Señor tiene sobre tu alma enormes expectativas.
¿Cuál es la voluntad del Señor para su pueblo? Que todos nosotros lleguemos al nivel de maestría. Yo quisiera, a veces, hermanos, que la casa del Señor tuviera graduación, porque por lo menos si el hermano reprueba, él sabe que quemó el curso, y sabe que va a tener que darlo de nuevo. Y habría algo objetivo que le dice: hermano, no estás bien. Pero un creyente puede permanecer veinte años en los caminos del Señor, reprobando la materia, y él pretende seguir igual. Hermano, la vida cristiana tiene este peligro, y es que no hay asuntos que sean concretos, objetivos, tan claros, que nos den una evidencia tan indudable de que las personas puedan ver si están o no están siendo aprobadas. Y alguien podría esperar treinta años pensando que está siendo edificado y todavía estar en los primeros niveles. Quiero decirle a mi iglesia hoy que el camino que te llevará al aprovechamiento de la palabra del Señor es entender que Dios tiene sobre ti altas expectativas.
Usted me dirá: Pastor, ¿hasta dónde el Señor está esperando de mí? Al nivel de maestro. Comienzo hablando de expectativa porque al inscribirse uno sabe cuál es la expectativa que tiene. Si usted se inscribió para llegar a ser un maestro, si no es un maestro todavía, todavía le falta. Si usted se inscribió para hacer una licenciatura en la universidad, usted sabe que todavía no es licenciado, y seguirá dando materias y tratando de aprobar hasta que complete el pensum. Hermano, la vida cristiana se completa cuando uno llega al nivel de maestría: “debiendo ser ya maestros”.
Amados hermanos queridos, la expectativa que el Señor tiene para su pueblo es el nivel de maestría. Y quiero mostrarles que la maestría está al alcance de todos los creyentes. Aquí viene entonces la dificultad, porque un buen hermano va a decir: a mí no me gusta hablar en público. No, no estoy hablando de oradores. Alguien me dirá: pero es que yo no doy una clase de escuela bíblica. No, no estoy hablando aquí de maestros de escuela bíblica. Estoy hablando de un asunto cualitativo, de un rasgo de carácter, de un nivel de experticia tal que eres reconocido como un maestro en la palabra de justicia.
Si pudiera poner un ejemplo, quiero sacar el concepto: no estoy hablando aquí de un maestro con pizarrón, no estoy hablando de un aula. Estoy hablando de una persona que llega tan alto en la práctica de la piedad y en la práctica de la vida cristiana que llega a tener un reconocimiento público: él es un maestro. Él tiene la capacidad, la experiencia, el conocimiento, el carácter para contagiar a otros con estos mismos bienes que ha recibido, para transmitir a otros, con fidelidad, lo mismo que ha recibido del Señor.
No estoy diciendo que en la iglesia se necesite que todos sean maestros de escuela bíblica. Estoy diciendo que la meta de todos nosotros es llegar al nivel de maestría en la práctica de la piedad y de la vida cristiana. Es quizás como un maestro de ajedrez. Lásker o un gran maestro internacional quizá nunca tuvo un aula, pero llegó a tener tal nivel de destreza en el ajedrez que es reconocido como gran maestro internacional. Usted me dirá: pero él tiene tiza en la mano, él tiene un borrador. No, no es un profesor; es un gran maestro. Es una persona que en el arte y ciencia del ajedrez llegó a tener tal nivel de habilidad, tal nivel de experiencia, tal nivel de trayectoria y prestigio que es gran maestro internacional. Hermano, el llamado del Señor para tu vida es muy alto: tú tienes que llegar a ser maestro.
Un maestro no es un orador, no es un profesor. Dice la Escritura que las mujeres, por ejemplo, deberían llegar a tener un nivel tan alto en la piedad que sean “maestras del bien”. Y usted me dirá: y el borrador, la tiza… No, no hay, no está hablando de que las hermanas tengan que estar en un aula. La Escritura, en Tito, podría decir que las hermanas enseñen, pero aquí está hablando de que las hermanas deberían tener tal nivel de piedad, tal nivel de reconocimiento, que sean maestras del bien para las más jóvenes. Hermano creyente que está aquí congregado, lo primero que quiero es elevar la expectativa. La expectativa del Señor es que todos nosotros lleguemos a ser maestros. Yo tengo el convencimiento de que el Señor lo demanda y que eso es posible.
El Señor no nos llamaría a hacer algo que no tenemos la capacidad para alcanzar, o que Él no pueda ayudarnos a que esa cosa sea concreta. El hermano que se siente más desposeído de cualidades de comunicación, de oratoria, ese hermano podría ser un gran maestro en los caminos del Señor. Dios no demanda, hermanos, aquello que nosotros no podemos alcanzar. Él dice: “debiendo ser…”. Escuchen: es un deber. No es “pudiendo ser”. Aquí hay otro problema en la vida cristiana: que esto parece opcional. Hermano, la madurez cristiana, la maestría en la práctica de la piedad, no es un asunto opcional. Él no está diciendo: wow, tú tienes tanto tiempo en los caminos del Señor que ya tú podrías ser un maestro. No, él está diciendo: ya tú debías ser un maestro.
Es un deber, no una opción. Lo que la Escritura te está diciendo es: el tiempo ha pasado, y a este nivel, “después de tanto tiempo”, ya tú debías ser un maestro. Miren la diferencia. No estoy hablando con una persona que está perdiendo el tiempo y vas con una actitud de: mira, si tuvieras esa otra cosa ya tú podrías ser tal cosa. No, no es “podrías ser”, es “debías ser”. Hermano, siente la carga del “debías ser”, que el Señor te está mirando, el Señor espera que todos nosotros lleguemos a la maestría en la práctica de la piedad. Lo primero es eso, hermano: subo la expectativa. Hermano querido, Dios no te ha llamado a ser un creyente que estás aquí solamente; te ha llamado a ser un gran maestro en la práctica de la piedad. La expectativa del Señor para todos nosotros es maestría.
Tú me dices: pero yo todavía no lo soy. No estoy hablando de lo que eres ahora mismo, estoy hablando de lo que deberías ser. Es un sentido de urgencia. Le digo a este autor: después de haber tratado de que el avión despegara, y él tiene a todos sus hermanos congregados y están ya por alcanzar las nubes, se da cuenta: no vamos a subir, esto no va a prosperar. Dice: tengo que dejarlo aquí.
El tiempo: “después de tanto tiempo…”
En el capítulo 13, dice en el versículo 22:
Os ruego, hermanos, que soportéis la palabra de exhortación, pues os he escrito brevemente.
— Hebreos 13:22
Yo me pregunto: pero si este hombre hubiera dicho todo lo que se podía decir del Señor, ¿qué habría sido? Hebreos es un libro de trece capítulos, hermanos, y miren, ahí hay mucho que ver. Y él dice que él no ha despegado muy alto, que él está todavía en lo introductorio. Estamos en los prolegómenos de la revelación del Señor. Él dice: esto no fue todo, no piensen que esto es todo; esto es un “chin” de la revelación del Señor, a ver si ustedes lo soportan. Hermanos queridos, todavía hay más de Dios que tú puedes conocer. Hay todavía más de la piedad que podrías practicar. Hay todavía más del carácter de Cristo que podrías tener. Esto que él está diciendo en Hebreos —Hebreos, hermanos, que es un libro denso— él dice: esto es breve, un “chin” de la revelación del Señor, a ver si podrían ustedes soportarlo.
Crecer no es una opción, es un deber. Y un creyente que se sienta está en falta: “debiendo ser ya maestros…”. No es que quiero avergonzarle o cargarle, pero sí quiero cargarle. Yo quiero que usted sienta la reprensión del Señor, que si usted no está avanzando al nivel que debería estar para este momento, hermano, sienta la carga del Señor. Lo primero es eso: entienda las altas expectativas que Dios tiene sobre su vida, el nivel de maestría; gran maestro en la práctica de la piedad.
Lo segundo, hermano: yo creo que mi iglesia debe ver el reloj con sentido de urgencia. El tiempo no siempre juega a favor, a veces juega en contra. Hay un hermano mío que dice: tengo ya cinco años en los caminos del Señor. Y otro dice: tengo quince, y otro dice: tengo veinte. Y probablemente uno que solamente tiene meses en los caminos del Señor tiene más del carácter de Cristo y practica más la piedad que este que tiene treinta. Es el sentido de urgencia. Tanto tiempo, dice con lamento: “después de tanto tiempo…”.
Sean sabios, iglesia. El Señor está atento a tu crecimiento; el Señor está atento a cómo se está manifestando la piedad en ti. El Señor quizá no te está observando todos los días, pero te observa y te mide, y está esperando que algo en ti se manifieste. Él dice: “después de tanto tiempo…”. Me impresiona esto, hermanos, que el Señor tiene un criterio. Hay gente diciendo: no, eso no importa, lo importante es permanecer; lo importante es estar en Cristo; lo importante es que todos vamos para el mismo lugar. Hermano, este pragmatismo no aplica. “Todos tenemos a Cristo, es lo mismo”. No, no, no es lo mismo. “Tengo treinta años en el Señor”. La pregunta es: ¿esos treinta años han sido aprovechados?
Llega un momento en que los años, hermano, no son de gozo, sino que son de tristeza. Y yo quisiera transmitir a mis hermanos esa santa tristeza. Eso de que si ya tú dices: “ay, tengo cinco años en el Señor”, y yo te pregunto: ¿y te parece que has aprovechado bien el tiempo, o estás todavía en lo introductorio, o todavía estás cancaneando las mismas cosas, todavía estás resbalando en los primeros rudimentos? Hermano, no es cuánto tiempo tienes, es cuánto has aprovechado el tiempo. Mire el reloj con un sentido de urgencia.
El Señor lo enseñó a sí mismo una vez, dándonos una enseñanza figurada. Quiero apelar a la parábola de la higuera estéril. Estoy en Lucas 13:6:
Dijo también esta parábola: Tenía un hombre una higuera plantada en su viña; y vino a buscar fruto en ella, y no lo halló. Y dijo al viñador: He aquí, hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo hallo; córtala; ¿para qué inutiliza también la tierra? Él entonces respondiendo, le dijo: Señor, déjala todavía este año, hasta que yo cave alrededor de ella, y la abone. Y si diere fruto, bien; y si no, la cortarás después.
— Lucas 13:6-9
Hermano, parece que nosotros somos más complacientes con esto que nuestro Señor. Parece que nosotros somos más orientados a la relación que al resultado. El Señor se orienta a las dos cosas: quiere una relación y quiere un resultado. No es: “lo importante es tener una relación con el Señor y no importa el resultado”. No; lo importante es que estamos en Cristo dando fruto.
“Porque debiendo ser ya maestros…” Alta expectativa. “Después de tanto tiempo…” Entienda que los años pueden ser un indicador negativo. Te he movido el tiro, hermano. Llega un momento en que la gente no despega, la vida cristiana no despega y se queda ahí para siempre, y eso es peligrosísimo. Mire, la vida cristiana debe ser un asunto continuo al alza. Esa ilustración, apelo a eso: es un avión que va despegando. Hermano, eso debe mantener, mantener, mantener. “Ah, ya estamos en el aire; apague los motores”. No, hermano, la vida cristiana no se detiene; esto es un continuo, un continuo.
“Después de tanto tiempo…” Él está diciendo: miren, cuando alguien se distrae en la vida cristiana es peligroso, porque comienza a pensar lo que no tiene que pensar, comienza a hacer lo que no tiene que hacer. Yo sé que ustedes han vivido esa experiencia conmigo. Tú estás en el aula y te dan un temario, el profesor está desarrollando unos temas, y usted perdió el hilo. Y todo el mundo siguió con el profesor, y usted está mirando: oye, pero esa banda, como que cada vez que gira suena. Esa pizarra es más grande que la otra. El profesor tiene tal cosa, y tú miras alrededor, y ves que está todo el mundo con el profesor, y ellos van por el ejercicio tres, y usted está mirando a ver si una pizarra es más grande que la otra. Hay gente que en la vida cristiana hace rato que le perdió el rumbo a su Señor, y están mirando a ver si una cosa es la otra, mirando asuntos exteriores, distraídos.
Hermano, aproveche el tiempo, porque si usted no alcanzó esto se perdió, y cuando se pierda se va a distraer. Mi temor es tener una congregación de gente distraída. Usted va acompañando a su Señor donde su Señor se va moviendo; usted se queda mirando alrededor, en los asuntos exteriores. Te pregunto, hermano, directamente, quiero confrontarte más: ¿hace cuántos años fuiste bautizado? Anota el año de tu bautismo ahí. ¿Cuánto tiempo tienes en los caminos del Señor? ¿Ha sido un tiempo aprovechado? Hermano, ¿hay lagunas? ¿Ha habido un fruto consistente o hay lagunas? Hermano, ay, hermano… Mira, yo no he venido a avergonzarte, te amo en el Señor; lo que quiero es que aproveches. Lo que no quisiera es perder el tiempo tratando de subir un poquito más en la predicación, un poquito más, si todavía hay que ir a los primeros rudimentos.
Reconocer la verdadera condición y las lagunas
Mira el reloj con sentido de urgencia, eso es lo segundo. Lo primero: entiende las altas expectativas que Dios tiene de ti. “Ay, pero Pastor, es que yo me afirmo en la perseverancia de los santos; el Señor me ha preservado durante tanto tiempo”. Gloria al Señor porque estás en su camino, pero Él te ha preservado para que des fruto, para que des fruto.
“Estoy en Cristo”. Gloria al Señor porque estás en Cristo, pero ¿y el fruto? “Un año más, y después córtala…”. Hermano, ¿el fruto dónde está? Vamos entrando un poquito más de profundidad. Quiero poner el dedo un poquito más allá. Le he hablado primero de que Dios tiene expectativas sobre usted: gran maestro en la práctica de la piedad. Y usted dirá: ¿y el aula, y el pizarrón? No, no es eso: que usted tenga una práctica tan consistente, tanta experiencia, tanta sabiduría, que usted pueda con fidelidad transmitirle a otro el carácter de Cristo. Eso es lo primero. Lo segundo: el tiempo, mírelo con urgencia. Diga: “un año más; guau, se me está yendo el 2017 y todavía esa área en mi vida no se parece a Cristo y ya yo la vi”. Hermano, aproveche bien el tiempo.
Me muevo a lo tercero. ¿Cuál es el camino al aprovechamiento? Primer lugar: entiende las expectativas de Dios, muy altas. Segundo lugar: el tiempo, míralo con urgencia. Lo tercero: tú debes reconocer cuál es tu verdadera situación y no jugar con eso. Hermano, no se engañe a usted mismo, no se engañe. Dice la Escritura: no os engañéis a vosotros mismos. Entender tu verdadera situación. Si usted realmente está interesado en su salud y va donde el doctor, usted le dice al doctor: doctor, dígame claramente qué es lo que yo tengo. “Es que yo no te lo quiero decir…” No, doctor, yo quiero saber lo que tengo. “Es que yo no quiero…” Aunque sean asuntos médicos, explíquemelo; yo lo busco después en internet, pero dígame qué es lo que pasa.
Dice el texto: “Tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios…”. O sea, esto es necesario, necesitan eso: que se les vuelva a enseñar. Hermano, usted tiene que reconocer que tiene una verdadera necesidad de saber cuál es su situación y de que eso le sea hablado. Yo he sabido de personas que no quieren escuchar diagnósticos médicos. Hay toda una serie de prejuicios de gente que piensa que si se nombra una enfermedad se va a morir. Claro que hay gente que no quiere verbalizar la enfermedad: “no, yo me resisto, no quiero que la nombren”. Pero, hermano, a menos que usted sepa lo que tiene objetivamente, usted no se va a sanar. Para aplicar el tratamiento es necesario que usted reconozca su necesidad.
Por eso es que el doctor en el consultorio invierte tanto tiempo diagnosticando como persuadiendo. Y hay determinados padecimientos donde el doctor le invierte tiempo para explicarle objetivamente la gravedad de su enfermedad para que usted aplique el tratamiento. El hombre nuestro natural vive en autoengaño. Por eso dice la Escritura, en el libro de Romanos: “nadie tenga mayor concepto de sí que el que debe tener”. Todo creyente, hermano —y yo soy uno de ellos—, siempre se sobrestima. Entonces dice: no, yo tengo un tiempo, pero lo que pasa es que yo tuve una lagunita ahí, eso se completa más adelante. Hermano, la laguna no se devuelve.
Hay gente que tiene lagunas en su formación, y eso es un problema, porque tiene al día de hoy muchos años en el Señor, pero tiene esa laguna. Yo estoy hoy en una tarea complicada: decirle a hermanos míos que tienen años en esto que quizá tengan que atender la laguna, porque si no atienden la laguna, lo otro les va a pasar por encima. A menos que usted busque esa base que hace falta. Eso me lo dijo a mí un profesor: “es que usted tiene laguna; usted tiene laguna”. ¿Se lo han dicho? “Usted tiene laguna”.
La laguna, hermano, en la vida cristiana es que hay gente que tiene lagunas. Él siguió, y uno lo ve muy alto, pero le falta algo, y eso que falta es lo que impide que lo demás se quede. Yo pudiera ilustrar esto: es una persona que usted se encuentra que se está titulando el día de hoy como profesional, pero usted habla con la persona y se da cuenta de que la probabilidad de que esta persona tenga una vida productiva en el mercado laboral es ninguna. Y tú dices: tiene la titulación, tiene la toga, tiene su birrete, fue graduado, tiene la fotografía. Pero ¿qué probabilidades hay de que esta persona haga algo productivo con eso? Poner un título en una pared y decir que se graduó.
Si tiene laguna, no lo hará. Qué probabilidad hay de que usted contribuya al avance de la causa de Cristo porque tenga diez años. Puede tener tiempo, puede tener veinte, si tiene laguna no lo hará. Hermano, reconozca eso y salga a buscar los conocimientos. Hay gente que ha logrado aprobar, pero tú hablas con ellos y te das cuenta de que les falta algo. Reconoce tus necesidades. Ustedes tienen la necesidad de que se les vuelva a enseñar. Es el plan de enseñanza. Yo quería hablarles a ustedes acerca de esto: del sacerdocio de Melquisedec y de cómo eso habla de Cristo. No voy a poder seguir por ahí; tengo que decirles: ustedes tienen laguna.
Hermano, el autor de Hebreos le está diciendo a su auditorio —yo se lo leí y es así mismo—: yo he estado enseñándoles estas cosas. Les dice a la iglesia: acerca de esto que les estaba hablando, de Cristo, sumo sacerdote. Dice: “acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír”. Ahí es que está la cosa complicada, hermano. Tú vas aprendiendo, vas llegando, vas llegando, y si te detuviste, los demás siguieron. Y después dices: “yo lo agarro más adelante, yo junto una cosa con la otra…”. No siempre sucede.
Reconoce cuál es tu necesidad. Si hay lagunas en tu vida cristiana —si hay cosas que son base que tú todavía no has dominado— estaremos mostrando un poco más adelante que no solamente es un asunto de conocimiento, que es de práctica y de cómo eso se ha integrado en tu corazón. No podrás seguir creciendo. Hace falta humildad, es verdad. Recuerdo hace unos años alguien vino y me dijo: “yo tengo tiempo en el Señor, pero siento que he perdido el tiempo. Siento que no he aprovechado tanto; yo veo otras personas, veo a este que ya está en tal nivel, y yo todavía siento como que no, que siguieron y me dejaron detrás”. Hermano, uno escucha eso y se alegra. Dice: esa persona está en el carril correcto de llegar a ser un maestro en la práctica de la piedad, porque ya reconoció su verdadera condición. Reconoció que perdió el tiempo.
Yo quiero confrontar a mi iglesia, porque si aquí hay alguien que ha perdido el tiempo tendrá que reconocer cuál es su necesidad, porque si no, no podremos ayudarlo. Primero, hermano: entiende las altas expectativas que Dios tiene. En segundo lugar: mire el reloj con sentido de urgencia. Lo otro: reconoce cuál es tu verdadera situación.
Leche y alimento sólido: fundamentos y orden
Cuando tú reconoces cuál es tu verdadera condición, ahí mismo el Señor te da la respuesta con qué eso se cura. ¿Cómo puedo hacerlo? Hay unos principios elementales, unos rudimentos. Aquí tengo que hacer una aclaración: no se trata de que hay doctrinas que sean superiores a otras. Cuando él habla de la leche y del alimento sólido, no está diciendo que el alimento sólido sea mejor que la leche. Lo que está diciendo es que eso tiene un orden.
Entiende: no hay tal cosa en la doctrina cristiana como que una doctrina sea “una doctrina y la otra no”. Hermano, todo esto viene de Dios. Sin embargo, hay un orden de prioridad. No es un asunto de importancia, es un asunto de orden. Si usted no tiene el fundamento, no vamos a tratar de poner las ventanas. “Ah, pero es que los fundamentos no son tan interesantes como las ventanas”. Por eso es que a la gente le gustan los accesorios de la vida cristiana: los temas, las curiosidades, los asuntos de escatología y aquello, porque todo eso adorna el gran edificio de Dios. Pero el fundamento, lo estructural del edificio, es prioritario.
La diferencia entre leche y alimento sólido no es que uno sea mejor que el otro; es que uno va primero y otro después. Un niño es alimentado primero con leche, con algo que puede procesar, que puede digerir. Usted no comienza a darle trozos de carne, un corte, y puede ser el mejor de los cortes. Usted dice: “pero esto está muy bueno”… Espérese, que él no tiene todavía los medios. En la práctica de la piedad, hermano, hay cierto ordenamiento: usted practica unas cosas que le fortalecen para practicar las cosas siguientes.
Es como si fuera un gimnasio: que primero va a un peso, a un ejercicio; luego al siguiente. “Ah, pero yo quiero saltar cinco pisos y comenzar con el siguiente…” Vas a ser destruido; vas a ser destruido. Hay hermanos míos que pueden ser destruidos porque no han practicado todavía la piedad en los asuntos elementales, pero quieren alcanzar los otros que están en las ligas mayores. Hermano, vaya al paso. No hay doctrina superior a otra, pero hay doctrina que se integra primero que otra.
¿Qué dice el autor al respecto de esto? Él dice: “Habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido”. De nuevo le digo, hermano, no es que la leche no sea buena o que el alimento sólido sea mejor; es que ahora voy a tener que ir atrás. Yo, que les estaba hablando del sacerdocio de Jesucristo, que es superior, de Melquisedec, voy a tener que dar hacia atrás para quizás hablarles del sacrificio de Cristo en la cruz. Es la leche, hermano; igual de valiosa, igual de necesaria, pero una cosa primero y otra después.
En la vida cristiana las doctrinas se van integrando. El centro de todo esto es Cristo, es la piedra angular de todo el edificio, pero las doctrinas se integran. Si ustedes tienen problemas de cristología, no podemos entrar después a otros asuntos. “Ah, no, pero a mí lo que me interesa es tal tema…” Espérese: primero se integra esto, practique esto, y después practique lo siguiente. Porque al practicar los asuntos elementales desarrolla la fortaleza para practicar lo siguiente. Y aquí es que la gente me dice: “yo no soporto esto; eso es muy fuerte”. Claro, porque no te comiste lo que tenías que haberte comido.
Ahí hay hermanos que han globalizado el problema. Dicen: “esto es inconsistente; nadie puede vivirlo”. Pues el problema del ser humano es que cuando se quema piensa que el profesor es malo y que el sistema no funciona. Fue usted el que no pudo. Y ahora hay doctrinas cristianas que se han derribado, y uno dice: “la doctrina es mala”. No, el malo es él. Para no soportar, por eso él dice: yo no le he dado a usted todo lo que puedo darle. Él le dice —así mismo se lo leí en el capítulo 13—: “os he escrito brevemente”, a ver si usted puede soportar esto, porque la doctrina cristiana se soporta.
Entonces alguien me va a decir aquí: “¿cómo que se soporta?” Sí, se soporta. Cuando uno va integrando, uno va integrando, y uno va cada vez más fuerte en el Señor, cada vez más fuerte en el Señor, y uno lo entiende. Si usted no ha soportado un poco la doctrina cristiana, cuando le pongan al hermano suyo levantando las 300 libras se va a matar. Le han montado 300 libras encima. Esa es la doctrina cristiana: por no soportarla a ese nivel, uno comienza con 40 libras, practica la piedad en los asuntos elementales y desarrollará el carácter en el Señor para integrar las demás cosas.
Yo no quiero pensar que voy a tener siempre que estar girando alrededor de los asuntos rudimentarios. Yo también quiero subir; yo también quiero que vayamos más y más al conocimiento del Señor. Pero hay que completar la laguna. Yo les he hablado a ustedes de que estaba muy flojo en matemática, y cuando usted tenía problemas con la física, la matemática, la química, el profesor iba a su casa y le completaba, le preparaba la laguna. Hermano, la laguna… si mis hermanos no cubren sus lagunas, siempre como iglesia vamos a estar en los mismos niveles de la revelación del Señor, y vamos a tener que detener el programa. Ya él estaba hablando del sacerdocio de Melquisedec, hermano, y dice: demasiado alto; paren, paren, paren, espérense, espérense, no me están siguiendo, no vamos a poder ir allá.
“Habéis llegado a ser tales…” Es decir, hay que darle lo que ya se entendía que se les había dado. Les muestro con esto que quien no tiene un fundamento trata de aparentarlo, y aquí es que trae problemas. Hay hermanos míos que les falta eso, y lo que quiero no es avergonzarte; lo que quiero es descubrirte para que lo salgas a buscar.
Apariencias sin fundamento: empíricos, bedeles y visitadores
Hay hermanos míos que les faltan asuntos elementales. Entonces confunden los rudimentos, los primeros elementos de la fe cristiana, porque ya no tienen eso, con otras cosas. “Ah, yo tengo mucha experiencia en el campo, ¿sabe? Yo tengo mucha experiencia cristiana…”. Pero ¿tiene los elementos rudimentarios, tiene las cosas más básicas? El bedel de la universidad sabe los horarios, pero él no es el maestro, es el bedel. Hay hermanos míos, en la fe cristiana, que no son ellos los maestros de universidad, sino que son el bedel: él sabe dónde están las aulas, sabe cuáles son los horarios, sabe quién entra y quién sale, sabe abrir y cerrar.
Él puede hacer tal cosa, él conoce a todo el mundo. Hermano, la pregunta no es si usted sabe cuáles son las llaves, si sabe cuáles son las aulas, si sabe cuáles sesiones se están dando y cuáles no, si conoce el número del profesor, si conoce su nombre. El asunto es si usted es maestro. Hermano, pase de bedel a maestro. Entienda que la vida cristiana no es solamente conocer los elementos, sino dominar los fundamentos de la piedad.
Esta es la diferencia entre un doctor y un visitador médico. Usted habla con un visitador médico y él conoce un asunto, conoce una sustancia, pero la medicina no es una sustancia; es conocer el sistema del cuerpo humano completo y cómo se afectan las demás áreas. Usted puede ser un buen visitador médico sin conocer el funcionamiento integral del cuerpo humano: “no, yo visito solamente oftalmólogos y soy bueno hablando de mi sustancia, soy bueno diciendo cómo esto funciona…”. Hermano, no es eso. No es un conocimiento puntual; es que usted realmente sea un médico. No es si usted sabe un asunto puntual de la vida cristiana, es si usted ha permitido que los rudimentos básicos de la fe cristiana entren en usted. No es un conocimiento puntual, no es solamente tener experiencia en el campo. Si usted no tiene el fundamento va a aparentar que lo tiene.
Hay hermanos míos que no tienen fundamento, sino que tienen una disposición al servicio. Y esto es preocupante, porque hay personas que cuando tienen laguna entonces quieren compensar la laguna con disposición. El asunto no es si usted limpia la pizarra, es si puede resolver el ejercicio. “No, pero es que yo soy muy dispuesto, yo voy a la iglesia, ayudo en todo…”. No, no, no es eso lo importante. Lo importante es el carácter de Cristo en ti, si tienes los elementos básicos de la fe cristiana, si hay evidencia de que tienes ya la base sobre la cual seguiremos construyendo.
“Yo no tengo la base, pero yo le cargo al profesor; si es necesario, le cargo el bulto…”. Es que pases el ejercicio, es que estés aprobado por el Señor. Me decía un pastor: “este hermano es mi principal colaborador en el ministerio, el hermano más dispuesto que tengo en la iglesia; él viene temprano, abre el agua para que el césped sea mojado, llega temprano, abre la cocina, hace tal cosa…”. Y yo me pregunto, hermano: eso es una gran cosa, esa disposición de servicio. Pero yo le pregunto al pastor: ¿el trabajo suyo es mantener el edificio o edificar el pueblo del Señor para la obra del servicio? Si usted va a colaborar con el pastor en edificar al pueblo del Señor para la obra del servicio, cuele el café, abra el agua, pero sobre todo, hermano, este es un trabajo espiritual: es integrar asuntos espirituales, el conocimiento del Señor. Usted puede abrir y cerrar todas las llaves de la iglesia; lo importante es el carácter de Cristo tanto en usted.
Un buen colaborador es una persona que no solamente cuida la planta física, es una persona que entiende que el trabajo principal es que el carácter de Cristo se manifieste en nosotros. Hay gente que conoce su denominación, que conoce su iglesia, conoce su concilio. Hay hermanos que conocen más de la historia de determinada denominación que de Cristo, y te pueden hablar de la historia del metodismo, de la historia de los bautistas, de la historia de los presbiterianos. Hermano, no es qué tan orgulloso te sientes de tu denominación —algo que no es malo—, es qué tanto tú conoces a Cristo. Es un documento básico de la fe cristiana.
Hay gente que conoce su concilio, conoce su denominación, conoce su reglamento local. Yo estaba emocionado porque, como pastor, me tocó representar este ministerio, tuve que ir a la convención nacional de una de las denominaciones más grandes, y allí cantidad de amigos queridos, cantidad de gente con los cuales tengo lindos recuerdos. Y yo veía este grupo allí reunido, y había hermanos deliberando y decían: “no, porque nuestro reglamento, el punto 3, en el acápite A…”. Yo veía todo esto, hermano, y recuerdo tener amigos míos que conocían más el reglamento local de tal denominación que el evangelio de Juan.
Hermano, no es qué tanto tú conoces los nombres de una iglesia, los periquitos, la historia, la denominación; es qué tanto el carácter de Cristo está en ti, qué tan aprobado serás por el Señor. Quiero decir que si no tienes fundamento vas a dar una apariencia de piedad: teniendo experiencia, un conocimiento de un asunto muy puntual, una disposición al servicio, un conocimiento de la denominación, fidelidad en algunas cosas. ¿Qué es lo que se mide?
Mano, esto es lo que le había dicho en primer lugar: entiende las altas expectativas. Gran maestro, gran maestro, gran maestro. Hermano, la maestría: ¿para dónde acabamos nosotros? Todos para maestría. Usted no se quede en los elementos básicos; maestría en la vocación del Señor. Lo otro: sentido de urgencia; mire el reloj con preocupación, aprovechando bien el tiempo: “se va a ir este 2017 y todavía voy a seguir ahí cancaneando esas cosas…”. Lo otro: reconoce tu verdadera situación; esto es necesario, a menos que reconozcas la laguna no podremos edificarte. Y lo cuarto: hay que volver a los principios elementales.
Profesionales y empíricos: volver a los principios
La primera cosa, hago aquí una digresión: miren la diferencia entre un buen profesional y un empírico. El buen profesional domina los elementos. Yo aprendí eso tarde, hermano. Pero quien tiene esa disposición de no dejarse ayudar, de seguir un orden, sino que es la autoridad tal, va a su manera y no se deja asesorar, tiene un gran problema: es difícil de ayudar, porque él siente que tiene la experiencia. Y otros dicen: “no, él no es ingeniero, pero resuelve; yo sé más que un ingeniero…”. Espérese, que él no tiene los elementos. Y tarde o temprano, tú puedes resolver a niveles pequeños, pero no te vamos a dar a ti, que eres empírico, para que desarrolles la torre.
Cálculo estructural, diseño estructural, ¿qué es eso? “Pero yo sé hacer una casita…” Espérese, que tú eres empírico; para eso se busca a alguien que domina los fundamentos. Cálculo, cálculo. “¿Cálculo?” Sí, porque es que el proyecto es muy grande. Si fuera para la casita del perro, no hay problema en buscar a cualquiera que venga y que rompa la tablita y la ponga ahí, porque es la casita del perro. Pero si ahí van a habitar ochenta familias, vamos a buscar a alguien que domine los elementos estructurales. “No, pero yo sé lo que es el cemento, el block…”. Mire, hay cantidad de ingenieros que se gradúan y no saben ni siquiera poner un block, pero él tiene los elementos. Él quizá sabe menos que tú de hacer la cosa empíricamente, pero él domina los elementos. Él sabe cuál es el ordenamiento.
Hermano creyente, si tú has sido un empírico en los caminos del Señor, que has aprendido solamente “como vamos”, vamos a ir atrás. Uno comienza por Cristo. Ese es el problema que tenían los hebreos: que él estaba hablando de cristología, y cuando está hablando de cristología se da cuenta: “yo estoy aquí muy alto, y estas personas quizá ni siquiera saben quién es Cristo; hay que ir al nivel uno”.
Dice la palabra del Señor —y con esto paso a lo penúltimo que quiero mostrarles—: luego de esto concluyo. Hermano, tenemos que comenzar a medir las cosas correctas. Quiero dar una fotografía de quién es un cristiano maduro. ¿Qué es lo que es madurez cristiana? Un hermano que tú dices: “mira, ese va de camino a ser un gran maestro en la piedad”. ¿Qué es él? ¿Cómo eso se ve?
También tengo el temor de que mis hermanos estén midiendo las cosas incorrectas; que no estén midiendo las cosas correctas. ¿Cómo esto se manifiesta? Versículo 14: “Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez”. Recuerden: no es leche contra alimento sólido, es que uno va primero y otro después. Lo que viene después, la enseñanza más elaborada, esto que no solamente tiene los nutrientes básicos, sino que es mucho más amplio. El alimento sólido, la doctrina más elaborada, el siguiente nivel en el conocimiento y la práctica de la piedad, es para “los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal”.
Aguánteme: que esto no es solamente conocimiento y filosofía que van a la mente. Él dice “por el uso”. La práctica recurrente, consistente. “Yo lo leí, lo terminé, ya sé las respuestas…” No, no es eso. Es que por el uso, la práctica constante de la vida piadosa en los asuntos elementales, por el uso, tienes los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. Lo primero, hermano, es “por el uso”. Esto es algo muy práctico. La vida cristiana toma los asuntos elementales y practica eso.
Mire, la cosa más básica que usted tiene como para empezar a practicar es el Evangelio. Yo encuentro a mis hermanos, en la consejería pastoral, que están tratando de poner la ventana de la casa, y tú te das cuenta de que no han puesto todavía los asuntos más básicos. Hermano, vamos a detener eso ahí y vamos al Evangelio. ¿Qué es lo que Cristo ha hecho en ti? ¿Qué es lo que Cristo ha hecho por ti? ¿De qué manera el Evangelio se ha sentido en tu vida? Eso es retrotraernos, ir hacia atrás a buscarlo. Practica el Evangelio en ese sentido, implementa ese Evangelio, aplica el Evangelio en ese asunto. Esto llega por el uso: la práctica, la práctica, la práctica. Dice que se ejercita cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte.
No teman, hermanos, que a veces escuchan la predicación y se sienten desbordados. Dicen: “wow, pero eso que se está diciendo ahí, ¿y alguien puede?” Ahí dice —así mismo—: “¿y para esto quién es suficiente?” Dice la Escritura. Ninguno de nosotros, en nuestra forma natural, podemos llegar a hacer la voluntad del Señor; sin embargo, nos ejercitamos. Y no vamos de cero a cien.
Uso, ejercicio y discernimiento: marca de madurez
Yo les he manifestado cómo es ese proceso. Si usted no está acostumbrado al ejercicio, no pretenda completar en un día el ejercicio que usted no ha hecho en veinte años, porque por eso es que los hermanos no terminan. El prejuicio de esto es: “nadie puede, eso es muy abusivo, nadie lo logra”. Espérese, que eso que lo están logrando son hermanos que consistentemente se han ejercitado. Usted no corre un maratón un fin de semana; el asunto es que la gente quiere correr el maratón y se muere en eso.
No es que la palabra del Señor sea peligrosa, hermano; el asunto es que te desafía en áreas de tu vida donde, si tú no estás preparado por el uso para soportar eso, fácilmente eres derribado. Demasiado grande, sobrecogido; se te cae la carga. Llega por el uso; se ejercita, cada vez más fuerte. Y lo que esto te permite es discernir. Y esa es la palabra clave. Aquí quiero detenerme; es lo último que enseñaré hoy.
¿Quién es un creyente maduro? ¿El que conoce el libro, el que se leyó tal cosa, el que se sabe las respuestas rápidas? No, eso no es un creyente maduro. Un creyente maduro es aquel que, por el uso, por la práctica consistente —el uso—, no por la posesión. Ah, aquí está el problema: que la gente confunde posesión con uso. Hay gente que ya tiene la doctrina correcta. Yo dije eso aquí una vez y vuelvo y lo reitero: yo siento que algunos hermanos míos están sobrepredicados en determinado tema. ¿Y qué es lo que falta? El uso. No es un asunto de desconocimiento.
Cuando yo predico la palabra del Señor, no piensen que me estoy engañando a mí mismo y que pienso que estoy tratando cosas que ustedes no han visto. Yo predico la palabra del Señor no siempre trayendo un nuevo conocimiento; a veces lo que estoy buscando es una decisión. “Pastor, eso yo me lo sé…” Sí, yo sé que tú te lo sabes; lo que estoy esperando es que tú lo uses. Ese es el detalle: la gente piensa: “esa palabra no es para mí, porque ya yo eso lo sé”. El problema es que yo sé que tú lo sabes. Mano, la mayoría de las cosas que yo puedo predicar desde el púlpito son cosas que ustedes conocen. Lo que nos falta, a veces, es el uso. Ya tú tienes la herramienta; ¿por qué no la usas?
Cuando uno predica la palabra del Señor, va tras eso mismo que decía el apóstol: “a mí no me es molesto repetirles las mismas cosas, y para vosotros es seguro”. Es que cuando la predico, no la predico solamente para difundirla; la predico para promoverla, para promover el uso. Se llega por el uso; esto se va ejercitando cada vez más fuerte. Llega un momento en que tú estás fortalecido para entender y soportar la voluntad del Señor en determinados asuntos. Dices: “guau, ahora sí, yo siento la fortaleza”.
Un hermano que ha perdido el tiempo viene aquí y dice: “eso nadie lo puede; eso están simulando; eso es imposible…” Es que tú no entiendes lo que es practicar la piedad. “Eso nadie lo ha logrado…” Espérate, que eres tú el que está teniendo la dificultad.
¿Y cómo esto se manifiesta? Una capacidad para discernir. ¡Wow! ¿Quiénes son los que han alcanzado madurez? ¿Qué es un creyente maduro? Es un creyente que, por el uso, por la práctica de la piedad constante, día tras día, día tras día, se ha ejercitado, cada vez más fuerte, cada vez en mejor condición de obedecer a su Señor. Oiga, hermano, y eso sí es bonito: cuando tú estás a la altura del desafío. Hay un momento donde tienes que hacer la voluntad del Señor, como María, y tú dices: “el Señor me ha preparado bien para esto; yo he sido diligente”.
Es como las personas que van a dar el examen y han estudiado. Viene el examen, y hay alguien que está esperando que el examen se postergue, y otro que dice: “yo estoy listo, yo quiero hacerlo; yo quiero demostrarlo”. Hermano, así es la voluntad de Dios: hay creyentes que están listos. Yo les digo: miren, a veces nosotros, como creyentes, tenemos que esforzarnos por hacer la voluntad del Señor porque nos desafía. El Evangelio desafía en áreas donde, a menos que uno esté ejercitado para la piedad, se devuelve. Y hay gente que se devuelve y se queda dentro, pero su corazón se devuelve: dieron eso por perdido. Dijeron: “en esa área yo nunca voy a poder glorificar a mi Señor así”. No. Por la práctica, hermano, por el uso.
Miren, hay asuntos en la vida cristiana que desafían al hombre interior, a ese viejo hombre, y uno dice: “guau, ¿pero podré enfrentar cosas así?” Sí, con el uso, con la práctica consistente de la piedad en los asuntos elementales.
Yo aprendí a usar Photoshop antes de aprender los principios universales del diseño. El problema es esa inquietud: yo bajé el software y lo usé, y qué dificultad me dio después aprender a usar correctamente la herramienta, porque ya yo estaba mal formado. Y cuando me estaban dando la explicación de los asuntos elementales, yo estaba aburrido: “pero yo lo sé hacer…” No, tú no lo sabes hacer. Quien no llegue a una vida que se ha edificado en forma ordenada —una vida cristiana edificada en forma ordenada— tarde o temprano se derrumba. Él dice: “pero yo lo veo igual…” No, no es lo mismo.
Por lo tanto, lamento, hermano: una cosa es el techo y otra cosa es el piso. Hay gente que tiene el piso por techo y el techo por piso. “¿Es lo mismo?” No, no es lo mismo. Hay un uso y hay un orden. En la vida cristiana hay gente que no puede crecer más porque le falta ese elemento, y dice: “pero yo lo veo todo igual…” No; te falta esto, esto es lo que falta. Cuando tú lo integres, entonces te vas a dar cuenta que lo otro podrás soportarlo.
Discernir el bien y el mal: el indicador de madurez
Ahora me pregunto yo lo mismo, hermano: ¿estoy yo como el autor de Hebreos? No sé si ya debemos dejarlo aquí. Estoy yo como el autor de Hebreos ahora, preguntándome si mis hermanos están diciendo que sí. Lo que quiero es advertirte que en la vida cristiana hay áreas donde el Señor te desafiará que tú vas a pensar que no es posible. Es posible. ¿Cómo? Por el uso, el ejercicio. Y esto te permite discernir el bien y el mal.
¿Quién es un creyente maduro? Un creyente que glorifica al Señor en los detalles prácticos de la vida. Él tiene un dilema, tiene una decisión, y sabe rápido qué glorifica a su Señor. ¿Por qué? Por el uso. Tú le has servido tantos años, lo has hecho con tanta fidelidad en los asuntos pequeños, que tú puedes servir bien a tu Señor. ¿Quién es un creyente maduro? Alguien que toma decisiones con sabiduría, que discierne.
Cuántos hermanos míos están compartiendo “despropósito” en cantidad de lugares porque no tienen los elementos. Sus razones no glorifican al Señor. Hay uno que se ha dado todo a la enseñanza, más y más y más, pero le faltan los elementos. Hay otro hermano que enfrenta una decisión, y un creyente sabio —hermano— ya ha glorificado al Señor en tantas decisiones pequeñas que, cuando llega la gran decisión, dice: “eso no aplica; yo sé que eso no se parece a mi Señor”. ¿Y por qué lo sabe? Porque en otros momentos todo el mundo decía: “así mismo”, y él entendió bien esto, esto, esto y aquello.
Es rápido, hermano. Una situación de la vida: ¿qué es lo que rápido es lo que glorifica al Señor? Míralo ahí; eso es sabiduría práctica: la capacidad de discernir, de discernir. Que tú, ante dos opciones, sabes cuál de las opciones es la que glorifica al Señor. Eso es un creyente maduro. Un creyente inmaduro siempre está tomando la opción equivocada, y dice: “pero son iguales…” No, no son iguales. Y en muchas áreas de la vida, hermano, la gente llega a pensar que las cosas son iguales, y no lo son. La práctica ilustra esto.
Mire, un músico con un oído entrenado puede discernir cuál es la nota siguiente. “No, esa no es la nota…” “¿Pero tú estás mirando el pentagrama?” “No, yo no lo estoy mirando, pero esa nota no concuerda: el oído”. A mí me ponen dos notas, hermano, y tienen que estar muy lejos para yo poder identificar; no tengo el oído. Hay personas que, en cuanto a la voluntad del Señor, ya tienen el oído afinado a la voluntad de su Señor.
Ya saben. Un mecánico experimentado, el sonido del motor le anuncia cosas. Un creyente experimentado oye ruidos de asuntos espirituales y rápido dice: “eso glorifica a mi Señor”, o “eso no glorifica a mi Señor”. El discernimiento viene por el uso. Por eso los nuevos creyentes tienen que ser acompañados, porque toman decisiones que no son decisiones sabias, decisiones prudentes. ¿Por qué? Porque les falta el uso consistente en los asuntos elementales para poder glorificar al Señor en las decisiones más grandes.
¿Cuál es el indicador, hermano? El indicador para saber si eres un creyente maduro es: ¿cuál es la fuente de tu decisión? No es cuánto sé, qué tiempo tengo en la iglesia; eso no es un creyente maduro. “Ya yo conozco la Escritura…” Eso no es un creyente maduro. “Tengo mucho tiempo en la iglesia…” Eso no es un creyente maduro. “He desarrollado tales posiciones y tales ministerios en la iglesia…” Mire, tú pudiste haber sido hasta pastor y ser un creyente inmaduro.
¿Qué piensan los otros de mí, el reconocimiento de tus hermanos? Tampoco te hace un creyente maduro. “Porque en el país de los ciegos, el que tiene un ojo es rey”. Hay hermanos que tienen la voluntad del Señor quitada del lugar, y están ellos pensando. Hermano, ¿cuál es el mejor indicador? El mejor indicador para esto es: qué tanto puedes tú discernir cuál es la voluntad del Señor, qué es lo bueno y qué es lo malo, qué es el bien y qué es el mal.
Con todas estas cosas, hermano, solamente he querido poner en ustedes un sentido de urgencia. Que el Señor permita que cuando usted le diga “este año”, hermano, eleve el nivel; que no tengamos que devolvernos. Y si el Señor ha confrontado tu corazón y te ha enseñado lagunas, sé humilde. Sé humilde. Pregunta, acércate. Hermano, mira, ven donde mí con preguntas elementales. “Ay, pero es que soy yo…” Eso no avergüenza; eso te coloca en el carril correcto de glorificar al Señor en decisiones más grandes.
Oro por la iglesia del Señor para que tengamos un buen aprovechamiento de toda la palabra del Señor, que la palabra no esté por encima, hermano, sino que estemos a la altura de la revelación de nuestro Dios.
Oración final y llamado a reflexión
Ay, Señor, mira que he tratado de entusiasmar a mi pueblo, Señor, al respecto de los fundamentos, de lo elemental, Señor, de este camino. Si hay alguien, Señor, que está hoy congregado, gente que tiene más años que madurez; si hay alguien aquí congregado, Señor, que tiene la mala conciencia de haber desperdiciado el tiempo; si hay alguien que está aquí, Señor, que está luchando con hacer tu voluntad en un punto tal que está poniendo en duda tu revelación; enséñale, Señor, que en ti hay fuerzas, que la práctica de la piedad nos capacita para todavía desafíos más grandes.
Permite, Padre, que en este pueblo se levante gente que tenga el nivel de maestría. Levanta, Señor, hermanos que tengan sabiduría práctica, que hayan practicado tanto la piedad que se haga evidente, Señor. Danos sabiduría, la sabiduría práctica, Señor.
Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano. Si tienes años en los caminos del Señor —yo no sé cuál es tu tiempo; hay uno que tiene un año, y uno que tiene cinco, y otro que tiene quince—, yo te invito a que hagas una santa reflexión ahí, comenzando ahora el 2017: hermano, ¿dónde estás en relación a las demandas de tu Señor? “Un año más, y después córtala…” ¿Cómo está el fruto? ¿Cómo van tus decisiones? ¿Cuál es la fuente de tus decisiones?
Si hay alguien aquí que el Señor le ha confrontado en esto, yo le invito a que tome hoy la decisión de reforzar, de revisar la estructura. No sigas construyendo sin revisar los fundamentos. Vamos a revisar si los fundamentos los tienes o no los tienes, para que la casa entera no se derrumbe.
Gracias, Señor, por tu palabra predicada, gracias, Señor, por tu exposición. Permite que este pueblo completo, Señor, crezca, sea edificado como casa espiritual, Señor, y que alcance una altura cada vez más, Señor, que se parezca cada vez más a ti. Completa, Señor, las lagunas que tengamos adentro; si cualquier hermano mío tiene laguna, Señor, complétala tú. Crea tú disposición a tus medios de gracia para que nuestras lagunas sean completadas y podamos glorificarte en nuestras decisiones más grandes.
Oro un momento más por mis hermanos. Si aquí hay algún hermano que tiene que tomar una decisión para glorificar a su Señor y le está haciendo difícil; si aquí hay alguien que tiene que glorificar al Señor en algún aspecto de su vida y ha dejado eso detenido; si hay alguien que tiene que glorificar al Señor en alguna decisión importante, si hay alguien que necesita discernir… Padre, permite, aleluya, que tu palabra nos confronte. Crea tú las condiciones, Padre, para que recibamos eso que nos hacía falta: ese elemento, Señor, esa estructura, esa columna, esa viga, esa parte de la zapata, de forma tal que eso que anteriormente nos había estado resbalando se quede con nosotros.
Permite que alcancemos alturas como pueblo, Señor; que no solamente estemos presentes, sino que cada vez más estemos edificados en ti. Acompáñanos tú en todas estas cosas, Señor. Permite que este sea un año de afirmación para mucha gente, Señor, y que el tiempo por venir sea un tiempo de amplio aprovechamiento de todo el consejo de tu palabra. Todas estas cosas te las pido para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.
Nuestros hermanos de adoración nos despiden con alabanzas al Señor.