Pueden abrir la Palabra del Señor en el libro de Salmos y estemos juntos en el Salmo 119. Es el Salmo 119. Leeremos la Sagrada Escritura en el Salmo 119 a partir del versículo 127… perdóneme, es 137. Es el Salmo 119 a partir del versículo 137. Pocas veces uno puede decirle a su hermano que vayan al versículo 137, pero hasta aquí el Señor nos ha ayudado. Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra del Señor, Salmo 119 a partir del versículo 137 y hasta el 144. Mostraremos desde aquí a Dios, mostraremos su Palabra y también cómo ella interactúa con nuestras emociones o sentimientos. Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra del Señor, Salmo 119 a partir del versículo 137:
Justo eres tú, oh Jehová, y rectos tus juicios. Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles. Mi celo me ha consumido, porque mis enemigos se olvidaron de tus palabras. Sumamente pura es tu palabra, y la ama tu siervo. Pequeño soy yo y desechado, mas no me he olvidado de tus mandamientos. Tu justicia es justicia eterna, y tu ley la verdad. Aflicción y angustia se han apoderado de mí, mas tus mandamientos fueron mi delicia. Justicia eterna son tus testimonios; dame entendimiento, y viviré.
— Salmo 119:137-144
Pueden sentarse, mis hermanos. Con esta serían ya dieciocho exposiciones del Salmo 119 y desde el mes de febrero no volvíamos a este Salmo. Este es el capítulo más largo de toda la Biblia.
En 176 versículos, el salmista se encarga de destacar los diferentes atributos de la Palabra del Señor. Todo gira en torno a la Palabra, pero no siempre con el mismo matiz, no es un solo tema repetido; y este Salmo 119 es como si estuviera dividido en muchos salmos más pequeños, segmentos o subsecciones. En esta específicamente, en esta estrofa del Salmo 119, se pone en paralelo las fuertes emociones del salmista con el justo y recto carácter de Dios y la confianza que él tenía en Su Palabra. Mientras leemos cada uno de estos versículos, uno llega a sentir empatía con el salmista, con sus emociones profundas, que son realmente fuertes y muy comunes a todos nosotros.
Emociones como un celo que consume, emociones como el sentimiento de pequeñez y rechazo, emociones como la angustia y las aflicciones. Sin embargo, las emociones no son el centro ni el destino del salmo, sino solamente el punto de partida para volver a Dios. Este salmo comienza en Dios, vuelve cada vez a Dios y termina en Dios. Ciertamente se ocupa de tres emociones importantes, pero su propósito no es escudriñar las emociones, sino confrontar las emociones con la Palabra de Dios. Asimismo, cada emoción se enumera y luego se describe un atributo de la Palabra: las emociones cambiantes, subjetivas; la Palabra del Señor segura, concreta y permanente. Vemos cómo el salmista logró anclar su corazón con la Palabra de Dios. No quiero yo hacer frío en extremo, hermano.
El lugar de las emociones en la vida cristiana
Y reconozco que a veces puedo serlo, pero no me niego, debo trabajar en eso. Sin embargo, las emociones tienen un lugar dentro del pueblo del Señor, aunque hoy me encargaré de demostrarle que no debe ser el lugar preponderante. Vivimos en un siglo emocional, donde las personas ya no andan buscando ideas rectas, sino que andan buscando a alguien que acaricie las emociones. Y dondequiera que alguien se dedica a hablar de emociones, entonces se produce cierta empatía. Sin embargo, las emociones son un mundo complejo, y tratar de escudriñar emociones es un barril sin fondo.
Una emoción que parece sencilla, como ese celo que consume, si usted se dedica a “verse” ese celo que consume, no termina nunca. Por lo cual, lo que hace el salmista es enunciar la emoción y luego entonces confrontar la emoción con la Palabra de Dios. Pero él no comienza por las emociones, comienza en Dios. Entonces veremos a Dios, veremos también Su Palabra y veremos cómo ésta interactúa con nuestras emociones. ¿Con qué comienza el salmista? El salmista comienza destacando a Dios en dos versículos: dice él, “Justo eres tú, oh Jehová, y rectos tus juicios. Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles”. Yo me pregunto por qué el salmista comienza destacando algo que no tiene que ver directamente con nuestras emociones para luego hablar de las emociones.
Es que yo creo que así es que se debe comenzar y también terminar. Uno no comienza por sus sentimientos. Uno comienza por Dios, y luego de haber visto a Dios uno considera sus sentimientos y vuelve a Dios. Esa es la dinámica esperable. Se introduce mostrando el carácter de Dios: dice que Dios es justo y que los juicios de Dios también son rectos. En este salmo, Dios es el protagonista y no mi emoción. Yo también soy un ser humano y cada uno de nosotros tiene un deleite cuando alguien quiere escuchar sobre mi emoción: “Dame decirte cómo me siento”. No me río porque las personas dicen “¿Cómo te sientes?”, pero muchas veces esa persona no quiere saber cómo tú te sientes.
“¡Guau, cómo estás! ¡Tiempo sin verte! ¿Cómo te sientes? —Bien”. Esa es la conversación. “Guau, cuánto tiempo sin verte, ¿cómo te sientes?”. ¿Realmente tú quieres saber cómo yo me siento? Siéntate y te diré cómo me estoy sintiendo, y pon un café y si tienes algo de pan sácalo. Cuando uno habla de las emociones, los ojos se ponen grandes: “Sí, hablemos de cómo yo me estoy sintiendo”. Yo no quiero hablar en primer lugar de cómo tú te estás sintiendo o cómo me estoy sintiendo. Yo no quisiera hablar en primer lugar de nuestras emociones. Yo quiero hablar en primer lugar de algo que es seguro, y es el carácter de Dios.
Comenzar por Dios y no por los sentimientos
El centro del salmo es Dios. Este es el punto de partida para no ser dominados por nuestros sentimientos. Yo podría hablar de cualquier emoción, pero quiero hablar primero de Dios, porque si hablo primero de Dios, entonces mis emociones se podrán expresar de manera segura. Él no comienza diciendo: “Déjeme decirle cómo yo me siento”, él comienza diciendo: “Déjeme decirle quién es Dios, cuál es Su carácter y cómo son Sus preceptos”. Hay una tentación en explorar indefinidamente las emociones, y eso no termina. De hecho, el consejo cristiano y la consejería bíblica no es una exploración emocional.
La consejería cristiana, la consejería bíblica, no se trata de ver el caleidoscopio de mis emociones; la consejería bíblica se trata de ver en primer lugar a Dios, y luego de haber visto a Dios entonces vemos cómo te estás sintiendo, y luego volvemos a ver a Dios. Si tratamos de ver las emociones primero, no llegaremos a ninguna parte. Dice la Escritura en el libro de Jeremías que engañoso es el corazón del hombre. Entonces nuestras emociones no son seguras. De hecho, uno a veces ni siquiera sabe lo que está sintiendo, y cuando tú crees que le encontraste pies o cabeza a una emoción, ya es otra, y luego otra, y luego otra, y eso nunca termina.
Comienza mirando a Dios, y luego mira la emoción, y luego vuelve a mirar a Dios. Por momentos en nuestro corazón todo se mueve, pero hay un punto de partida; ese punto de partida es Dios. Nunca he corrido un maratón, hermano, pero leí en algún sitio cómo se preparan las personas para correr un maratón. Y una estrategia para correr un maratón es poner tu vista en un lugar fijo distante, en un punto que no sean los técnicos que están en la orilla ni la gente que se está moviendo todo el tiempo. Tú vas a correr un maratón, tú pones tus ojos en un lugar distante, un punto fijo y tratas de llegar allá.
El punto fijo en el cual tú te vas a concentrar es Dios, y luego de haber puesto tus ojos en Dios entonces tú puedes poner los ojos en las emociones. Y luego entonces vuelves a poner tu mirada en Dios, hermano. No se trata de explorar tus sentimientos; se trata primero de conocer a Dios. Y cuando conozcas a Dios, entonces vas a confrontar tus sentimientos con lo que has conocido de Él. Yo sé que estas cosas son más fáciles de decirlas que de vivirlas.
Teología propia en medio de emociones cambiantes
Porque a veces tú tienes un sentimiento que lo sientes como aquí, que te ahoga. Hay sentimientos que tú los sientes como que te ahogan, y tú lo que andas buscando es desahogarte. Pero solo con desahogarnos no se resuelve. “Wow, qué bien, me escuchaste, esa empatía emocional”. Esa empatía emocional no resuelve el problema. El problema del hombre se resuelve cuando tú miras a Dios y después tú miras cualquier situación y tú vuelves a mirar a Dios. Si no vas a ver a Dios, por más que veas tus emociones durante un año, durante dos o durante diez, no se resuelve.
Yo sé que esto es algo desesperante para los no creyentes, porque ellos quieren que les demos consejería, y cuando tú les das consejería cristiana aparte de entender que en el cielo hay un Dios… “No, yo no creo en Dios, pero yo quisiera que tú me des consejería”. Tú quieres hacer gimnasia emocional, eso es. Tú andas buscando empatía y te la podemos dar, hermano. Mire, todo ser humano necesita empatía y merece recibir empatía, pero la respuesta a las necesidades de las cambiantes emociones del corazón humano no está en ser empáticos, está en mostrar a Dios. Realmente, tú quieres escuchar: “Justo eres tú, oh Jehová, y rectos son tus juicios”. Y tú dices: “En este momento tengo una emoción que me está agobiando y tú me estás hablando de que existe un Dios que es recto”. Es por ahí que se comienza: “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles”. Hablemos ahora de tus emociones.
Por regla general, el conflicto en el corazón del hombre se resuelve con algo que se llama teología propia, y es entender quién es Dios y quién soy yo. Y cuando tú entiendes quién es Dios, de pronto entiendes quién eres tú a la luz de lo que es Dios. Entonces las emociones se cotejan. Digo por convicción que mi corazón es cambiante, mas Dios es inmutable. Eso se llama teología propia. Cuando todo está en veremos, en el cielo está sentado un Dios que no cambia, y mi corazón a veces me manda hacia allá, y luego me manda hacia acá, y después como que me remenea, pero Dios sigue sentado en Su trono, en el mismo lugar. Eso se llama teología propia.
“Ah, entonces esta persona en medio de mi conflicto quiere que yo me ponga a estudiar”. Es que si tú no has conocido a Dios, no se resolverá el conflicto. Primero tú partes por conocer quién es Dios: Dios es un ser inmutable. Yo quiero que tú sepas cómo yo me estoy sintiendo; primero yo quiero que tú sepas que en el cielo hay un Dios inmutable que Él conoce tus sentimientos.
Providencia, omnisciencia y soberanía en tiempos de aflicción
Mis planes son inciertos, pero Su providencia es fiel. Algo que me ha generado a mí aflicción por temporadas es conocer planes y ver que los planes no se concretan. En esta tierra uno tiene sueños y los sueños no se cumplen. Pero yo me gozo en saber que en el cielo hay un Dios que Él es fiel y tiene algo que se llama providencia. Providencia significa que Dios está moviendo los hilos de la historia, y si Dios está moviendo los hilos de la historia, entonces yo no estoy tan ansioso al respecto de que mi plan no se concreta. No soy yo el que tengo que tener todo bajo control, entiendo que Dios tiene algo que se llama providencia, y en la providencia de Dios yo puedo encontrar descanso.
Miren, a veces uno está tan agobiado con sus emociones que llega a dudar de su propia percepción de la realidad. Donde tú dices: “Lo que yo estoy mirando, ¿es lo que estoy mirando? ¿Y lo que estoy oyendo es lo que estoy oyendo?”, y tú dudas de ti mismo. Cuando yo dudo de mi propia percepción de la realidad, cuando yo tengo dudas de que mis ojos están mirando o mis oídos están oyendo si es cierto o no es cierto, yo creo que en el cielo hay un Dios que es fiel y omnisciente, que Dios conoce todas las cosas. Y cuando mis ojos están nublados y mis emociones se están moviendo, yo creo que en el cielo hay un Dios y Él conoce todas las cosas.
Yo le pondría una ñapa: y Él me ama y tiene cuidado de mí. De forma tal que yo no tengo que dominar las minucias de las situaciones, sino que yo descanso en la omnisciencia de Dios. Y si Él me ama y Él lo ve todo, Él tiene cuidado de mí. Hermano, las emociones no encuentran reposo porque tú las mires mucho. Tú primero mira mucho a Dios y después mira la emoción. Tú miras a Dios y miras la emoción. ¿Te has sentido a veces ante tus conflictos, ante tus angustias, que tienes poca capacidad de acción? Hay cosas que están cerradas. Hay situaciones en las cuales nosotros somos un cliente de esa situación y no tenemos alcance.
Y tú dices: “Por ahora estoy aquí como atado de pies y manos, no puedo moverme a izquierda ni a derecha; me siento que estoy como en una cárcel donde si hablo me va mal, si guardo silencio también me va mal. ¿Qué puedo hacer? No tengo capacidad de acción”. Pero Dios es soberano. Y mis emociones necesitan conocer a un Dios que es soberano, porque mis emociones por momentos parece que me gobiernan, pero ellas no me gobiernan ni yo me gobierno a mí mismo. Dios tiene gobierno sobre esta creación. Ha habido esta situación que ocurre en nuestros diferentes conflictos de saber quién tiene la razón, quién es justo. Justo es Dios. Se introduce el tema de nuestras emociones mostrando el carácter de Dios: Dios es justo, Sus juicios son rectos, y antes de yo hablar de cómo me estoy sintiendo, yo quiero saber lo que Dios es.
Era y será mañana. Dios no cambia, Él es inmutable. Y lo segundo en el texto es la consecuencia de lo primero. Después de hablar sobre Dios, dice él en el versículo 138: “Tus testimonios, que has recomendado, son rectos y muy fieles”. Hermano, por lo general si usted no tiene a Dios en una posición muy exaltada, usted no va a obtener una confianza profunda en la Palabra.
El Dios personal detrás de la Escritura
Si Dios es fiel, Su Palabra es la consecuencia natural del carácter de Dios. Tengo una situación donde le digo a la persona que lea la Biblia, que mire la Biblia como consejo, pero yo no quisiera que ustedes vean la Biblia solamente como que esto es un libro que tiene hojas, tiene páginas, tiene libros, tiene textos. Yo quiero que ustedes entiendan que detrás de este libro hay un Dios que lo inspiró.
Y que Dios cumple Su Palabra y la sustenta. Yo no puedo desconectar el estudio de la Biblia del hecho de que existe un Dios personal. El salmista no está hablando aquí de Dios como si Dios fuera una institución. Él dice “tus testimonios”, como que Dios es una persona y ha dejado Sus testimonios. ¿Ven la relación? “Mira, yo tengo en este momento conflictos emocionales y yo quisiera hacer un estudio bíblico”. Tú no necesitas solamente hacer un estudio bíblico; tú necesitas conocer al único Dios verdadero, y esto que se llaman Sus testimonios. Y si tú lees la Biblia con esta perspectiva, esto podría traer una revolución en tu estudio bíblico, porque ya tú no estás leyendo la Biblia como si fuera un libro de autoayuda.
Tú estás leyendo la Biblia como que son los testimonios del Dios que te creó, que conoce tus emociones. Hermano, esa es la revolución en el estudio bíblico. No es un plan de lectura bíblica lo primero; es colocar a Dios en el lugar que le corresponde. Y si Dios está en tu vida en el lugar que le corresponde, entonces Su Palabra tendrá para ti una perspectiva diferente. “Ah, que yo voy a leer la Biblia porque yo entiendo que leyéndola voy a tener la sabiduría para poder enfrentar mis conflictos emocionales”. No es eso solamente. Es que yo creo que Dios todavía está en medio de mi conflicto emocional, y yo puedo orar a Dios, pero yo sé que Él me ha dejado Su testimonio. Yo no quiero dejar de ver qué Dios ha dicho al respecto de mis emociones.
Primero coloco a Dios en el lugar correcto y luego Su Palabra en mí tendrá una posición autoritativa. Él no está hablando de Dios como una institución; él está hablando de Dios como una persona. Se ha vuelto denso el asunto, hermano. Yo no quisiera que ustedes hablaran de mi Dios como si Dios fuera una institución, un ser etéreo que está por ahí en el aire.
Devoción, disciplina y la Palabra viva
Dios es una persona. Él ve, Él siente, Él oye, Él habla y Él nos dejó Sus testimonios. El salmista no está diciendo “los testimonios de Dios” como si Dios fuera algo etéreo, no; él está hablando de Dios como una persona: “tus testimonios que has recomendado”. ¿La ley esta que tenemos que nos dicen que tenemos que leerla? No, no, no. Hay un Dios personal, primero, que me ha creado, y Él tiene unos testimonios y Él los ha recomendado, los ha ordenado, dice también otra traducción. Y esos testimonios son rectos y muy fieles. Leer la Biblia sin tener a Dios en una posición de autoridad no trae provecho. Hay gente que piensa que lo que necesita es disciplina en el estudio bíblico; no, lo que necesita primero es devoción.
Y cuando haya devoción, el estudio bíblico entonces tendrá aprovechamiento. Tú puedes tener mucha autodisciplina en la Biblia y poca devoción. Si tú tienes devoción, la devoción te va a llevar a tener la disciplina. Tú vas a querer escuchar los testimonios de este Dios que existe. Perdóname un momento de locura, hablaré de mí mismo. Cuando yo tenía la edad que tal vez es la media de los adolescentes de tu iglesia, yo tuve un encuentro con el Dios personal. Y la gente decía: “Guau, que a ti te gustaba mucho leer la Biblia”. No, no es que me gustaba mucho leer la Biblia; yo estoy convencido de que Dios se encontró conmigo.
De forma tal que cuando yo leía la Biblia, yo no solamente veía la Biblia como si fueran páginas que se tiraban para la izquierda. Yo llegué a entender que había un Dios personal que había dado Su Palabra y que Dios me estaba hablando en Su Palabra. Y por momentos, en esa temporada de mi vida de la adolescencia, yo sentía que la Palabra del Señor como que emergía y me agarraba y me capturaba, y yo decía: “Pero que este libro como que está vivo”. Es que hay un Dios vivo y poderoso que dio Su Palabra y respalda Su Palabra. “Ah, yo quisiera que mis hermanos hagan un estudio bíblico”. No, yo quisiera que mis hermanos se encontraran con el único Dios verdadero.
Y que tomaran entonces Sus preceptos en serio. “Ah, no, de autodisciplina: yo quisiera hacer un plan de lectura bíblica”. Yo quisiera primero que tú colocaras a Dios en el lugar correcto de tu corazón, y si Dios en tu corazón ocupa el lugar correcto, Su Palabra de manera natural lo ocupará. Yo sé que a veces uno está tan desconectado de Dios que necesita hacer esfuerzos que parecen mecánicos. Pero primero comienza diciendo que Dios es fiel, para después hablar de los juicios y de los testimonios que Dios ha recomendado. Aquí hay un punto de transición: él dice que estos testimonios son rectos y muy fieles porque está por hablar de sentimientos. Las emociones no son ni rectas ni fieles.
El contraste entre la Palabra y nuestras emociones
No debemos hablar de nuestras emociones como si fueran verdad absoluta. No pensaba, hermano, que a veces usted lo que está sintiendo eso fue una comida que le cayó mal. Y somos tan complejos los seres humanos que de acuerdo a lo que desayunamos, despertamos con un estado de ánimo distinto. Somos tan cambiantes, hermano, que quizá la cosa que has comido en el día está afectando cómo te estás sintiendo. Y en esto tú estás poniendo tu confianza. Es un asunto que se mueve como un banco pequeño. “Rectos y muy fieles”, porque mis emociones no lo son. Y vamos para la emoción en un momento. Está el punto de transición en la sección: se van a contrastar tres emociones profundas del ser humano.
En nuestro hombre natural, nos encanta “bailar” las emociones. Bailar la emoción: “Nadie sabe cómo yo me estoy sintiendo, nadie me comprende, yo estoy solo con mi soledad y mis sentimientos, y mi aflicción es mía. Tú no sabes lo que yo estoy viviendo y quizás nunca puedas saberlo”. Pero en el cielo hay un Dios. Él sí sabe. No hablemos de mí y de mis sentimientos; no, primero hablemos de Dios y Sus preceptos. El punto de transición es que Sus testimonios son rectos y muy fieles: rectos, no tienen culpa, no cambian, no se doblan. Me doblo yo, pero no ellos. Muy fieles, completamente confiables. Yo he tenido discusiones por cosas que yo digo, y yo luchaba por eso como si eso fuera oro.
Y después yo miro para atrás la discusión en perspectiva y digo: “¿Realmente esto valía tanto?”. Aquí hay algo que sí vale la pena: he estado mostrando lo que el salmista sabía de Dios. Él quizás no sabía mucho de sus emociones, pero él sabía algunas cosas sobre Dios, sobre todo de Su carácter y Su confiabilidad. Ahora él muestra tres emociones y las vuelve a contrastar con la Palabra. Primera emoción, dice así el versículo 139.
Primer emoción: celo que consume
“Mi celo me ha consumido”. Tome un momento ahí, hermano, para que usted trate de recordar momentos en su vida donde su celo lo ha consumido. Ese sentimiento de sentirte enardecido, sientes que la sangre como que te sube, como que te hierve la sangre, ese fervor. “Mi celo me ha consumido, porque mis enemigos se olvidaron de tus palabras. Sumamente pura es tu palabra, y la ama tu siervo”. Él no se queda en el sentimiento, él vuelve a la Palabra. Me resultó realmente difícil sentir empatía con el salmista en este momento, porque yo decía: “¿Y por qué él siente ese celo, ese ardor, porque sus enemigos dejan la Palabra de Dios? Siéntate tú contento de tú tener la Palabra”.
He estado leyendo ese texto desde febrero: “¿Y por qué es que él se siente como enardecido porque los enemigos de Dios, que son enemigos suyos, dejan la Palabra? Siéntate tú privilegiado de tenerla”. Yo no entendía su emoción, e hice algún esfuerzo de explicar lo que he podido inferir. Realmente, lo que nos aflige en la tierra y hace que tengamos un celo que nos hace sentir enardecidos, que nos consume, no es solo cómo nosotros nos sentimos bien o mal, es que algo ha ocurrido y cuando eso ocurrió no solamente te afectó a ti: afectó a Dios en primer lugar.
Cualquier persona que me haya dañado a mí, si realmente me dañó, primero dañó a Dios, porque Dios anda buscando mi bien y no mi mal. Y si yo te dañé a ti, en primer lugar yo ofendí a Dios. Detrás de cada ofensa que en esta tierra ocurre, el primero que ha sido ofendido es Dios. De forma tal que yo puedo decir por convicción que antes de que tú a mí me ofendieras, tú ofendiste a Dios, y que tú me ofendiste porque no hiciste en tu vida la voluntad de Dios; y si te ofendí yo a ti, sucedió lo mismo.
Por otro lado, hermano, nosotros no podemos evitar compartir esta creación con personas que no aman la ley de Dios. Y como ellos no aman la ley de Dios, toman malas decisiones, y sus malas decisiones, ¿saben lo que pasa?, que me alcanzan a mí. No vivimos en una burbuja; nosotros compartimos esta creación con gente que no ama a Dios, y esas personas que no aman a Dios no solamente se hacen daño a sí mismos, también te dañan a ti. Y tú dices: “¿Por qué me tiene a mí que alcanzar la consecuencia del pecado del otro?”. Porque hay algo que los seres humanos han olvidado, y es que nosotros tenemos un sentido corporativo y Dios nos ve a todos nosotros en Adán, de forma tal que somos solidarios.
Y esta tierra es como una junta de vecinos, donde usted vive en la cuarta y en la tercera, y la música de la segunda se escucha arriba. Y si dejan una llave abierta, está filtrando el agua: “Vecino, se me mete el agua, cierre eso”. Así es que vivimos en esta creación, de forma tal que la negligencia de los otros de cumplir la ley de Dios te está alcanzando a ti. Parte del problema en esta tierra es que la gente quiere vivir en un absoluto individualismo, y no se puede vivir en un absoluto individualismo. Sus decisiones tienen impacto en mi comodidad, sus decisiones tienen impacto en mi confort y por eso nos ofendemos. No podemos evitar que las consecuencias temporales de las decisiones de los otros nos afecten.
Celo santo, conflicto y la pureza de la Palabra
Tú estás ofendido probablemente con alguien, pero esa persona te ofendió a ti en segundo lugar; primero ofendió a Dios. Y en cualquier ofensa en esta tierra primero se ha ofendido la ley de Dios. Si todos hiciéramos la ley de Dios, esto fuera el jardín del Edén antes del pecado. Quizás ni siquiera entrara la serpiente. El detalle es que no vivimos según la ley de Dios. Y si todavía tú no sientes la emoción del salmista, deberías pensar que si realmente amamos a Dios y Su Palabra no podemos ser indiferentes cuando los demás se olvidan de ella. En una temporada yo vivía en eso: “Bueno, yo no sé la ley de Dios porque ellos no son cristianos, soy yo que soy cristiano, ellos no deberían hacerlo”. Pero deberían, porque Dios es soberano.
¿Usted entiende que no hay un metro de esta tierra sobre el cual los hombres puedan reclamar soberanía sobre Dios? Esta tierra se debería vivir a la manera de Dios, y cuando otros no viven a la manera de Dios, yo no podría regodearme en decir: “Bueno, ellos no viven a la manera de Dios, pero es que ellos no son cristianos”. Bien, deberían, porque están en rebeldía contra Dios. Y ciertamente nosotros tenemos un privilegio muy alto, que hemos sido salvos, pero aquí todo el mundo debería hacer la ley de Dios. De forma tal que él dice que “mi celo me ha consumido, porque mis enemigos se olvidaron de tus palabras”.
Yo creo que esa es la mejor manera de ser sal y ser luz en la tierra. Uy, mis hermanos que dicen: “Bueno, yo soy sal y soy luz, yo me comporto como un cristiano”. Cuando usted sea explícitamente cristiano, usted se va a dar cuenta de que los enemigos de Dios no aman la Palabra de Dios y la atacarán a usted porque usted en su vida sí quiere hacer la Palabra de Dios. No quisiera como extenderme indefinidamente, hermano, pero hablaba hace poco y decía: “Es que yo como que no tengo enemigos, como que… no veo solamente enemistades como personas con quienes te andan mirando como si fueran dos boxeadores que están amarrados y que van a pelear; no necesariamente es así”.
Enemistad es no estar de acuerdo, son personas que se encuentran encontradas, desencontradas, son gente de conflicto. Y conflicto todo tenemos. Tú dices: “No, yo no tengo ningún enemigo”, pero hay gente con quien tú como que no… no cuajas, y tú dices: “¿Qué es lo que está pasando ahí? ¿Qué es lo que no estamos haciendo en nuestra vida en la voluntad de Dios?”. Si alguien me dice: “Descríbeme qué es lo que es un conflicto”, yo diría: un conflicto son dos seres humanos donde o los dos, o uno de los dos, no hizo la voluntad de Dios.
El conflicto, Dios ofendido y la falsa pureza de nuestro celo
Y es una buena manera de hablar del conflicto esa expresión del salmista: “Mis enemigos se olvidaron de tus palabras”. ¿Sabes lo que ocurre? Que en un conflicto uno anda siempre buscando también la emoción: “Me ofendió, me hizo daño, me pisó, no me saludó”. Esas son como las trivialidades en las cuales vivimos en esta tierra. Un creyente debería de ver en su conflicto, y a veces uno dice: “Yo no sé cuál de los dos fue, pero yo creo que fue él que no hizo la voluntad de Dios”. Eso es lo que es un conflicto. Y qué hermoso es cuando tú hablas así de tu conflicto, que ya no es un asunto emocional o egocéntrico, donde yo quiero sentirme bien, donde a mí es que me han faltado, sino que tú dices: “Mira, uno de nosotros dos no está honrando a Dios”.
Eso llama la atención a Dios, en lugar de que llamemos la atención hacia nosotros. Eso evita que nos coloquemos nosotros en una posición moral superior. “Dios fue ofendido, no yo”. Eso nos obliga a pensar en Dios en medio de los conflictos. Hay tensión en alguna relación, y tú dices: “¿Cómo que es Dios quien está siendo ofendido en esta situación?”. Ya no es cómo yo me siento, cómo te sientes tú. Yo me he dedicado a mirar unos cuantos conflictos así, hermano, y yo creo que soy yo el que ofendí a Dios en primer lugar, ¿me siguen en esto? A Dios en primer lugar, con acciones u omisiones. Pero si tú colocas a Dios en el primer lugar de tu vida, ya a ti no te interesa tanto que a ti se te disculpen, que tú faltaste, que los conflictos, que mi enemigo; tú andas buscando que Dios sea honrado en todas tus situaciones.
Después contrasta y dice: “Sumamente pura es tu palabra”, y porque él habla de la pureza, porque el enardecimiento, esa cólera que sube, eso no es puro. Eso no es confiable. “Pura” aquí equivale a un material que ha sido revisado minuciosamente, exhaustivamente, de forma tal que no tiene en él imperfección alguna. Él dice: “La Palabra tuya, en ella no hay imperfección alguna”. Pero mi celo me ha consumido. Tu celo no es perfecto, Dios lo es. Esa emoción de celo que consume puede ser fuerte en extremo, pero también es impura, llena de imperfecciones, de incongruencias, de exabruptos. Pura y perfecta es la ley de Dios. ¿Sabes qué es lo que pasa en los conflictos? Que uno siempre se aferra a que uno sí es puro.
“Yo te lo voy a explicar para que tú veas que yo tengo la razón”. Yo no quiero tener la razón, yo sé que Dios tiene la razón. Estaba recordando hoy por lo menos dos conflictos, hermano, de mi vida, donde yo entendía que yo era puro y que tenía la razón. Un profesor me puso 99 en un examen. Bueno, la sangre casi corrió por un punto. Yo estaba enardecido; el celo se apoderaba de mí. Y ahora yo miro para atrás y digo: “Realmente eso no era para tanto”. Me siguen en este pensamiento. O sea, tú dejas que la cólera, el celo, te domine y tú te haces sabio en tu propia opinión, eres justo en tu propia justicia, tú te evalúas a ti mismo y dices: “Yo tengo toda la razón, a mí hay que darme mi punto”.
Celo, ego y el peligro de la indignación permanente
Todavía el año pasado yo decía: “Sí, que yo me lo gané mi punto”. Doy gracias al Señor que al día de hoy yo digo: “Mira, quizá el punto no era tan importante como la cólera que se montó en mí. Que se cojan el punto ese”. ¿Me siguen en el pensamiento? ¿Por qué él habla de lo pura que es la Palabra del Señor? Porque mis sentimientos no son puros, pero uno cree que realmente lo son: “Yo sí estoy en la razón”. Recuerdo otro conflicto, hermano, en el cual no participé solo yo, sino también Lillian; casi nos expulsan de una universidad. Tengo un dilema con esto, hermano, porque uno no puede dejar de mencionar la familia, entonces recuerden que Julia ya no quiere que la mencione, y la mamá a veces como que me mira raro, pero Lillian no me ha dicho que no la mencione, entonces vamos allá.
Hermano, yo ahora pienso: es verdad que la profesora quizá estaba cometiendo una injusticia, pero ahí hubo una revolución tan grande que un piso entero en la universidad se dejó de dar clase para atender el conflicto que yo monté. Y yo miro para atrás ahora y digo: “Oye, pues yo lo que debía haber hecho era tirar la materia, si ella no da la clase; busco otra profesora”. Pero uno se aferra: “Que yo tengo razón, que yo tenía un derecho, que a mí hay que reconocerme, que nadie me va a pasar por encima”. Ese celo que se apodera de ti no es puro; pura es la Palabra de Dios, puros son los juicios de Dios. Entonces te aferras a ese tipo de cosas y tú tienes que contrastarlo, y luego lo vuelves a mirar en retrospectiva y dices: “La verdad es que exageré”.
Más no, y ya tratando las cosas espirituales pasa así. Miren, entre el 2004 y 2008 yo me dediqué a escribir en internet acerca de todos los problemas que tienen las iglesias, y yo daba las recetas para todas las cosas y hablaba con unos niveles de seguridad, y yo era un experto en identificar cuáles eran los problemas: “Eso está mal, aquello también, eso no lo están haciendo como deben hacerlo”. Y ahora yo miro para atrás y digo: “Oye, la verdad es que yo escribí enardecido”.
Y había una audiencia que leía eso, hermano, y el entusiasmo no me falta porque a la gente le encanta cuando alguien está como encendido en llamas. A la gente le encanta esa pasión del enardecimiento: “Este sí habla duro, este dice lo que nadie dice”. Y yo ahora leo, y un amigo me dijo: “Mira, ya tú no eres valiente como antes, ya tú no escribes como tú escribías”. Me dice: “Tú te avergüenzas de cómo tú escribías”. De verdad, hermano, yo busqué todos esos artículos y los guardé para mí, para mis recuerdos, pero dejé de publicarlos porque eso no edifica.
Segunda emoción: pequeñez y rechazo
Tú estás siempre con enardecimiento, y hay gente que vive en el pueblo del Señor siempre enardecida: “Eso está mal, aquel no lo hace bien, aquel todavía se salió, no ha alcanzado el nivel…”. Hermano, bajemos el celo en eso. El que tiene perfección es Dios, y si alguien se va a montar en correr cólera, Él y no nosotros. Ahora yo reconozco, hermano, que entre el 2004 y 2008 tenía demasiada energía montado en ese enardecimiento de que las cosas no se hacían como deberían hacerse, que probablemente no me movía el celo por la causa del Señor, sino algo que se llama ego.
El ego es “Yo quiero decir que yo sí lo vi, yo sí hablo duro, yo sí tengo razón”. Aquí está hablando primero de una emoción, ese celo que consume. Y si tú estás siendo consumido por ese celo, yo te invito a que pienses que tu emoción no es pura, que tu emoción no es confiable, que probablemente cuando tú revises tu celo en retrospectiva te des cuenta de que exageraste, que probablemente no había que detener la clase en una universidad completa por un asunto que solamente exaltaba tu ego, porque a mí me gustaba decirlo, hermano; yo decía: “No, y le dije esto, y le dije aquello”. Yo recuerdo el insulto que le dije a esa profesora, hermano, y todavía yo acariciaba ese insulto: “Le dije tal cosa…”.
No lo quiero es regodearme de eso, hermano, lo que quiero mostrarte es el nivel tan bajo al que uno puede llegar movido por una emoción profunda, sin entender que pura es la Palabra de Dios y no nosotros. Primera emoción: un celo que consume. Hablemos de la segunda. Es un sentido de insignificancia y rechazo. Versículos 141 al 142, dice así: “Pequeño soy yo y desechado; mas no me he olvidado de tus mandamientos”. Esa emoción yo creo que es la emoción más prevaleciente en nuestros días. Quizás sean esos los dos sentimientos que más visitan al hombre contemporáneo. ¿Cuáles son esos dos sentimientos? El sentimiento de “yo soy insignificante” y el sentimiento de “me están rechazando”.
No se imaginan las guerras que se han armado porque alguien dejó de saludar a otro ser humano: “No me saludó, ya no es igual conmigo”. Nosotros nos sentimos tan importantes, como si nuestros sentimientos fueran los reyes que están rigiendo sobre esta tierra. Son cosas que son variantes. Pero somos humanos, hermanos, y por momentos nos visita ese sentido de que somos insignificantes, somos muy pequeños. En el mundo contemporáneo, nadie quiere sentirse pequeño. Todos queremos sentirnos grandes, relevantes, notorios.
Cuando te dejan ver que tú no eres tan grande, tú dices: “Ah, tú estás diciendo que yo no soy tan grande como yo creo que soy”. No, no lo eres. “Pequeño soy yo”, dice él, “y desechado”. ¿Cuántos amigos tienes? ¿Cuántos seguidores? ¿Qué tan importante es tu trabajo? A la gente le encanta mostrar su trabajo como un trabajo muy relevante. Y si tú eres un jubilado, si eres un ama de casa, si probablemente eres un peón en un sitio, si el trabajo tuyo solamente es darle a un botón, entonces tu trabajo no importa. Tu perfil no importa. No es por lo que importa; tú vales porque fuiste hecho a imagen de Dios.
Verdadero valor: conocer a Dios y amar sus mandamientos
Y tú tienes algo que es más importante que las realizaciones personales, y es que tú tienes la Palabra de Dios y conoces a un Dios personal. Tú no tienes que conocer 500 personas y tener un círculo de contacto tan amplio para sentirte valioso. Tú conoces al único Dios verdadero y tú amas Sus preceptos, y esa es la cosa más importante en el ser humano. Sin embargo, hermano, todos vivimos en la tarea de demostrar que somos relevantes. Por momentos se nos olvida que eso no nos lleva a ninguna parte. ¿Qué dicen los demás sobre ti? “¿Ya lograste esto, aquello? ¿Eres famoso, reconocido? ¿Qué dice de ti tu ropa, tu vehículo, dónde vives?”. Son las cosas que mueven al ser humano, de forma tal que uno dice: “Guau, pero es que yo soy pequeño”. Cada vez que alguien dice “pequeño” está pensando que hay un ser humano que es más grande que él.
Cuando te visiten los sentimientos de pequeñez e insignificancia, recuerda que si tú te comparas con otro ser humano tú siempre te vas a ver chiquito, pero cuando tú te comparas con Dios te das cuenta de que no hay un ser humano grande, que el único grande es Dios. Los más jóvenes viven una presión constante por sentirse apreciados, aceptados: “Que alguien me aprecie, que alguien me acepte, que alguien me diga que soy valioso”. “Tú importas, tú eres valioso”. Like, like: “Ay sí, me siento bien, me siento bien”. “Pequeño soy yo”, dice. Bueno, está bien, sé pequeño, siempre y cuando tú conozcas a un Dios muy grande.
Ahora, tampoco debemos denigrarnos; porque la imagen de Dios en nosotros es real. No es un martirizarse, un tirar la autoestima en el suelo. Una autoestima saludable te dice: “Yo valgo porque tengo la imagen de Dios en mí, y la cosa más valiosa que tengo no son mis realizaciones, sino que aun en mi pequeñez e insignificancia yo no me he olvidado de tus mandamientos”. El gozo tuyo debería estar en que hay gente que, humanamente hablando, es más notoria que tú y se olvidó de los mandamientos de Dios, y tú, siendo más pequeño que ellos en estatura, en físico, en hermosura, en intelecto, todavía amas los mandamientos de Dios.
Hablo de los más jóvenes, que viven esa necesidad de que alguien les diga que valen: “Si conoces a alguien que vale, guau…”. Pero los más adultos tratan de explicar su trayectoria siempre en forma tal que parezca más importante o notoria de lo que es. “No, tú no sabes, pero ya por los años 70… No, mira, por los 80…”. Hablaba con uno y me decía: “Yo tenía hasta una escolta…”. Como que eso vale, como que eso te hace importante.
Lo efímero de la fama y lo eterno de la Palabra
En el fondo, esa es su consuelo: “Yo soy pequeño, insignificante, soy desechado, pero mira quién yo era”. Todo el mundo quiere ser aceptado: “Me invitan, me invitan, quieren estar conmigo. ¡Guau, cuántas invitaciones, qué agenda social tan apretada!”. Dice él: “Yo soy pequeño y desechado. A mí nadie me toma en cuenta”. Esos sentimientos visitan a todo ser humano, no son cosas raras: ese sentido de que no me aman, de que alguien no me quiere, de que alguien no me busca. Consuélate en lo que él dice después: “Mas no me he olvidado de tus mandamientos”. La grandeza de un hombre no está en tener realizaciones, la grandeza del hombre está en seguir recordando los testimonios de su Dios.
Y luego también contrasta aún más: “Tu justicia es justicia eterna, y tu ley la verdad”. El contraste está en su aparente insignificancia y el hecho extraordinario de que él permaneciera en Sus mandamientos. En este mundo siempre habrá gente más notoria, pero tú tienes algo que es eterno y algo que es verdadero, no como la fama y el reconocimiento, que son efímeros. Ya da tristeza ver a los famosos de antes. “No, mira, yo salía en televisión”… ya la gente ni ve televisión. Y los más jóvenes le dicen: “¿Y qué es eso en lo que tú salías?”. “Sí, yo salía en el 9”. —“¿Qué es el 9? ¿Qué canal es ese?”. “¿Cuántos seguidores tú tenías?”. Entonces la gente no entiende.
“No, hombre, yo tenía una oficina, un salón de conferencias”, y él te dice: “Yo trabajo remoto”. Eso es lo que es la vida, hermano: vanidad. En este momento hay gente, hermano, que está en crisis, personas de más de 60 años, porque ya ese trabajo de antes se está acabando. Yo tengo clientes que son así, que a ellos les gusta llegar y como pasar balance, y que todo el mundo en su escritorio; y cuando llega don Fulano: “Ah, don Fulano”, a despachar para el escritorio. Ya no se despacha, ya se mandan los emails. La gente ya va entregando las oficinas.
Y ya ese sentido de que tú eres grande porque tú eres jefe o el dueño y tú llegas y te regodeas y te paseas, ya eso no existe. Bueno, todo es vanidad en esta tierra. ¿Cuál es el contraste que hay? El contraste es que hay cosas que sí permanecen: “Tu justicia es justicia eterna y tu ley la verdad”. La fama es mentira y no dura. He mostrado ya dos emociones: un celo que consume y un sentido de pequeñez y rechazo.
Tercera emoción: aflicción y angustia
Si tú te sentías rechazado, ama a Dios y ahí se resuelve. No quiero ser, hermano, indolente; hay gente que está todavía esperando que aparezca alguien que no le amó para que le ame. En este mundo de pecado, de injusticia, de maldad, las cosas no son perfectas. Hay personas que no van a conocer a algunos de sus padres, gente que va a sentir sinceras sensaciones de abandono, de que alguien no me abrazó cuando me tenía que abrazar, de que alguien no estuvo para mí cuando debió de estar, de “¿por qué se fue?”. Y no vas a poder resolver eso, y no hay vida suficiente para resolverlo. Esta vida es un pestañear. Lo que resuelve esas cosas es agarrarte a tu Padre celestial. “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá”, y ahí está tu dignidad.
“Ah no, yo estoy esperando mi historia de realización y cierre, donde papi va a venir un día y me va a cargar y me va a dar todo el amor que no me dio”. Nunca te va a dar ese amor, eso no va a llegar. Probablemente papi no está pensando en ti, ni mami tampoco, pero Dios está ahí. Y si tú conoces a Dios, siéntete realizado, porque yo no te puedo buscar a tu papá, pero te puedo presentar a Dios, y ese es el gran problema del ser humano. Gente vieja anda todavía con padres que ya están en el cementerio, esperando el abrazo o el plato de comida que papi y mami no le dieron. Eso no se recupera, en Dios es que está la salida.
Vamos a la tercera emoción. Fíjense, hermano, que después de cada emoción vuelve a la Palabra, vuelve a la Palabra, vuelve a la Palabra. No se trata del sentimiento, se trata de Dios. Tercera emoción: aflicción y angustia. “Aflicción y angustia se han apoderado de mí”. Tú dices: “A mí el celo no me consume”. O tú puedes decir: “Yo nunca he tenido el problema de la pequeñez; de hecho, yo he tenido el problema inverso”. Pero en esta yo creo que todos podemos encontrarnos. ¿Quién en esta tierra no tiene aflicción y angustia que por momentos se apodera de él? Todos. Dijo el Señor: “En el mundo tendréis aflicción”. Ese es el día a día, el arroz con habichuela y carne de esta tierra: las aflicciones.
Y lo extraño es cuando tenemos tiempos como de sosiego. Y él dice que “aflicción y angustia se han apoderado de mí… ¿de ti solamente?”. Ajá, como si eso fuera algo extraño. Escuchaba en algún momento a un artista que en medio de un concierto hizo una pausa; era una muchacha, y ella hizo una pausa en el concierto. La gente fue a escuchar sus canciones, e hizo una pausa para hablar del divorcio de sus padres, cómo eso la marcó, y duró ahí como 20 minutos hablando de eso. Y yo digo: “Aquí deben haber cerca de 6000 personas que han vivido lo mismo que tú estás viviendo, pero quizá no tienen la oportunidad que tú tienes de ponerte ahí, a que 6000 personas, o 12 000, qué sé yo, te escuchen hablar de tus sentimientos”.
Es el pan con queso de esta tierra: la aflicción. Lo que quiero mostrar, hermano, es que si uno exagera su aflicción nunca encontrará consuelo. “No, porque nadie me entiende, nadie ha vivido lo que yo viví”. Cosas peores han vivido otros. “No, que a mí me crió mi abuelo porque ni mi mamá ni mi papá tuvieron para mí”. Hay gente que no tuvo ni un abuelo. Dice: “Aflicción y angustia se han apoderado de mí”, y de mí también.
Delicia en los mandamientos en medio de la aflicción
Pero después dice: “Mas tus mandamientos fueron mi delicia”. La expresión da a entender como si una ciudad ha sido tomada repentinamente: “se han apoderado de mí”. Otra traducción dice algo como “vinieron de repente”, y eso es lo que pasa con la aflicción: donde estaba todo bien y después ya está todo mal. Y en esta tierra eso sucede de manera dramática, donde está todo bien y como que todo check, todo “ok” y después: “Guau, ¿qué fue?”. Y de repente comienzan a llegar aflicciones: “Se han apoderado de mí”, como una ciudad que la invaden.
Ambas cosas son frecuentes en la dispensación actual. Por momentos tú vas a sentir que la angustia se apoderó de ti, y por momentos es manejable. Y ya hay otro día en que uno dice: “Señor, yo estoy esperando que venga tu reino y se haga tu voluntad. Yo estoy esperando que lleguen las cosas perfectas”, porque en esta tierra uno tiene pequeños recreos, pero no hay tranquilidad completa. Y cuando logras que algo como que dices: “Guau, ahí sí está bien”, otra cosa se cae y tú dices: “¿Qué es lo que pasa?”. Es difícil vivir, hermano. Esta tarea de vivir es difícil. Y tú vas a tener que aprender a lidiar con esa emoción porque si no siempre vas a estar amargado.
¿Saben quién es el que se amarga? Una persona que siempre está esperando, que considera injusta la aflicción: “Eso no debería suceder”. Sucede. El Señor dijo que va a suceder. Ten expectativas razonadas y razonables. Dice él que en medio de esa aflicción, interesante, él no dice que la aflicción desapareció; él dice: “Mas tus mandamientos fueron mi delicia”.
Tú dices “amén” a eso, y después te luchas con eso, porque no es fácil, a menos que tú utilices los tiempos de paz para hacer disciplina espiritual y aprender a encontrar deleite en la Palabra. Es muy difícil encontrarle el paladar a la Palabra en medio de la aflicción. Han sucedido casos providenciales: una persona está muy afligida con la aflicción cruzada, y al mismo tiempo, en esa misma temporada él tiene un encuentro con el Dios de la Palabra y con la Palabra. Eso sucede. Pero yo les animo a que si todavía la aflicción no se ha apoderado de usted, sino que está ahí, permanezca en la Palabra, ore.
Hacerle el paladar a la Palabra y pedir entendimiento
Porque es más fácil encontrar el deleite en los mandamientos y hacerle el paladar antes de que llegue la aflicción. Es duro lidiar con la aflicción y también con las disciplinas espirituales. Yo veo eso, hermanos: gente que le pregunto: “Hermano, ¿y cómo va? ¿Estás permaneciendo en la Palabra? ¿Qué tal tus disciplinas espirituales?”. “No, es que yo no estoy… bueno, está difícil ahora mismo; el agua está aquí, ¿no ves cómo se está metiendo el agua, que hay que buscar la cubeta para sacarla? Y de que la Biblia, que vamos a permanecer en la Palabra…”. Mire, la aflicción se apodera de uno por momentos.
¿A qué me refiero con hacerle el paladar a la Palabra? Haber permanecido en ella el tiempo suficiente para encontrar satisfacción en leerla. Yo no me engaño, hermano: cuando uno comienza a permanecer en la Palabra no siempre encuentra deleite. Pero con el tiempo la Palabra del Señor se vuelve como cosa agradable al paladar. Y tú luchas con ella. Hay cosas a las que hay que hacerles el paladar. Y hay una inmadurez en decir: “Yo no permanezco en la Palabra porque no le entiendo, porque no lo disfruto”. Ahí tú te estás perdiendo de cantidad de cosas buenas porque no le hiciste el paladar.
La comida elemental que come todo el mundo, eso como que está diseñado para que al ser humano le guste: la leche, la papilla. Pero también hay otras cosas que no son leche y papilla, pero hay que acostumbrarse a comerlas. Y cuando tú te acostumbras a comerlas, entonces dices: “Guau, pero finalmente me estaba perdiendo de algo”. No se puede vivir siempre de comer las cosas elementales. Hay que permanecer en la Palabra hasta que produzca en nosotros deleite. Dice él eso, y después de decir que Su Palabra ha sido un deleite, él cierra y dice así: “Justicia eterna son tus testimonios; dame entendimiento y viviré”.
Está hablando de su aflicción y su angustia, y está pidiendo entendimiento. Miren, en medio de cada angustia y cada aflicción hay dos problemas: hay un problema real, fáctico, y hay un problema también filosófico. Las aflicciones nos afligen en los dos sentidos. Cuando te visita la enfermedad en el cuerpo, tú no solamente tienes la enfermedad en el cuerpo; tú también tienes un dilema en tu mente: “Entonces, ¿por qué yo me enfermé? ¿Por qué ahora? ¿Por qué a mí?”.
Un enfermo no solamente está pensando en su salud; un enfermo está pensando también: “¿Y por qué me tengo que enfermar yo? ¿Y por qué me ha sobrevenido esto?”. Por eso el salmista está diciendo en medio de la aflicción: “Dame entendimiento y viviré”, porque la incertidumbre y el desasosiego también matan.
Entendimiento en el sufrimiento y aplicación final
La salida para la aflicción no es necesariamente la tranquilidad; la salida para la aflicción es el entendimiento. A veces el Señor no te quita el dolor; lo que el Señor te permite es entender el propósito que tiene aquello. Y cuando tú tienes entendimiento en medio de la angustia, la angustia se vuelve mucho más llevadera. Y hay casos en la Escritura de personas que murieron en su angustia, pero con entendimiento.
El libro de Job es largo de leer, y en Job 38 y 39 es que las cosas comienzan a cambiar. Job enfermo, lleno de llagas, enfermo y lleno de llagas. El Señor primero le dio entendimiento, y le dejó todavía la llaga. Pero ya Job está hablando de manera diferente. “Pero no le han quitado todavía…”. Es que Job está hablando de manera diferente porque ya va teniendo entendimiento. El apóstol Pablo tenía un aguijón que no sabemos cuál era. Y no se lo quitaron, ¿saben qué fue lo que sucedió? Que le dijeron: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad”. Pablo, no te vamos a quitar el aguijón, pero te vamos a dar entendimiento.
Hermano, en nuestra angustia y en nuestras aflicciones frecuentemente el Señor no te trae un refresco; lo que el Señor permite es que por un momento veas los planes y propósitos que tiene el sufrimiento en esta tierra, de forma tal que para ti ya tú padeces, ya tú sufres, eres afligido, pero eres afligido y sufres con entendimiento. Por lo cual está diciendo aquí: “Dame entendimiento y viviré”. Yo creo que nosotros no nos gozamos más de la vida cristiana porque siempre estamos esperando que nos quiten el aguijón, siempre estamos esperando que nos devuelvan la salud. Pero el Señor primero da el entendimiento.
Y a veces da el otro, y a veces no lo da, porque esta vida, hermano, esto es un pestañear. Y hay una ilusión de que hay gente que está como confortable en esta tierra. No, hermano, todos estamos afligidos de diferentes cosas. Deje de estar mirando esos canales de YouTube que hablan de los ricos y famosos y cómo viven, que están tan afligidos como ustedes. Y hay quien dice: “Yo lo que quisiera es ver cómo se siente la aflicción también así…”. Esa es una carnalidad, pero la verdad es que la gente dice: “Sí, yo sé que dicen que estamos todos afligidos, pero yo quisiera ver cómo la aflicción visita al otro lado de la línea. Porque ya yo he tenido mucho de este lado”.
Vamos a estar afligidos de todos modos.
La misma salida para todas las emociones y oración final
Miren, para cada una de las tres emociones —celo que consume, rechazo y angustia, y aflicciones y angustias— la salida fue la misma: volver a los testimonios de Dios. Y eso a algunos les parece aburridísimo. La gente dice: “¿Y eso es lo que vas a decir, que mi angustia se va a resolver cuando yo permanezca en los testimonios de Dios? ¿Que mi sentido de rechazo, de pequeñez, se va a resolver cuando yo permanezca en la Palabra del Señor? Ah, ok, que esta cólera, este celo va a desaparecer cuando permanezca…”. La salida para las tres emociones fue la misma, y si eso fue para tres emociones, yo creo que aplica para treinta.
“Pastor, la mía usted no la mencionó…”. No hay que mencionar la tuya; eso es como el agua que te ponen en cualquier tratamiento: “Y beba mucha agua”. Eso es como: “Pastor, pero hábleme de la mía específicamente”. Es el mismo tratamiento: permanecer en los testimonios de Dios y poner a Dios en un lugar alto en tu vida. Yo creo que esto guarda estrecha relación con dos consejos parecidos en el Nuevo Testamento. Dice así, 2 Corintios 10:5: “Derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo”. Esa es la clave, hermano, no cada cual con su pensamiento particular; es llevar cautivo a Cristo todo pensamiento.
Y dice Filipenses en el capítulo 4: “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Después dice, y le da una vuelta más a la tuerca: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo es digno de alabanza, en esto pensad”. Hermano, gran parte del confort en esta tierra está en colocar tu mente en el lugar correcto. El lugar correcto es en los justos y rectos testimonios de Dios. Oro por la iglesia, que el Señor te ayude y pastoree tus emociones.
Padre, tú conoces nuestros sentimientos. Ay, Señor, mírame aquí hablando de estas cosas con tanta confianza, y mis sentimientos me sobrecogen. Ten misericordia de mí y de mis hermanos, Señor, y lleva cautivo nuestros pensamientos a tu Palabra.
Llévanos a ti, Señor, a tus preceptos. Ay, Señor, si no vas a quitar las aflicciones que nos están visitando a todos nosotros en manera diferente, por lo menos danos entendimiento. Permite, Señor, que tengamos una perspectiva más alta de cada una de las emociones que nos visitan. Gracias por usar el Salmo 119, Señor, gracias por tu Palabra. Bendice a los más pequeños, bendice también, Señor, a los más grandes, bendice a todos los jovencitos de nuestra congregación. En el nombre de Jesucristo. Amén. Que el Señor les bendiga.