Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Exhortación a la alabanza

Salmo 117

Al salmo más corto de la Biblia le bastan dos versículos para llamarnos a una alabanza universal, fundamentada en la misericordia que nos ha vencido y en la fidelidad eterna de Dios, hasta coronar todo con un aleluya sentido.

Predicado3 de enero de 2021
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que el Señor les bendiga hermanos queridos, que el Señor les guarde. Tengo el gusto en este culto de Acción de Gracias de predicar la Sagrada Escritura y también, como lo ha dicho el ministerio de adoración, yo puedo decir que el pueblo del Señor dice gracias en medio de cualquier aflicción que tengamos en este momento. En medio de cualquier limitación, en medio de cualquier asunto lamentable, las misericordias del Señor han sobreabundado. Y cuando miramos hacia atrás podemos decir que nuestro Dios es efectivamente fiel.

Y, cómo no, también tengo hoy el privilegio de predicar un salmo corto de la Sagrada Escritura, el más corto de todos ellos, pero que trata precisamente de esto. Es una exhortación a la alabanza de nuestro Dios y dos razones para hacerlo. Acompáñenme en la Sagrada Escritura, en el Salmo 117, para leer solamente dos versículos de la Palabra del Señor, pero qué dos versículos, hermanos. Es un salmo relativamente corto cuando lo comparamos con el Salmo 119, que está dos capítulos después, y ese es un salmo al cual le invertimos algunas horas el año pasado; vemos un alto contraste y en esto nos gozamos.

No hay que tener mucho texto para escuchar la voz de Dios. A veces nuestro Dios nos ministra en largas disertaciones y a veces con tan solo dos versículos. Este es el caso. Acompáñenme en la Palabra del Señor, dice así la Sagrada Escritura, Salmo 117:

Alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos, alabadle. Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Jehová es para siempre. Aleluya.

— Salmo 117

Podemos leerlo nuevamente, no nos tomará mucho tiempo:

Alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos, alabadle. Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, y la fidelidad de Jehová es para siempre. Aleluya.

— Salmo 117

Comenzaré mostrando esta exhortación a la alabanza que hace el salmista. Luego, las dos razones que nos da para hacerlo, y terminaré mostrando —y que el Señor me ayude a mostrarlo con toda la potencia que tiene esta sola palabra— este gran aleluya que corona el final de este salmo. Hablemos primero de la primera parte. Aquí hay dos términos que parecen iguales en nuestra traducción: dice “Alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos”, y después dice “alabadle”. En el original son palabras sinónimas, ambas transmiten diferentes matices de lo que debe ser la adoración a nuestro Dios. La primera probablemente alude a hacer que algo brille, que resplandezca, aumentar la percepción que nosotros mismos tenemos sobre algo.

Qué significa “alabad”: que Dios brille más ante nosotros

Y esto es, hermanos, la razón por la cual estimulamos a la iglesia a que alabe al Señor: para que nuestro Dios se vea mucho más brillante, para que su nombre se vea mucho más esplendoroso. Nosotros no podemos hacer que su nombre lo sea; ya su nombre lo es. Pero podemos mejorar nuestras percepciones, podemos animarnos los unos a los otros a reconocerlo, a alabar el nombre del Señor. El primero de los términos alude a esto: hagamos que su nombre se vea brillante, hagamos que Él se vea en toda su gloria, en todo su esplendor, en toda su majestad.

El segundo término, el que parece ser el mismo en el español, pero que en el original tiene pequeños matices de diferencia, es el que está al final donde dice “alabadle” de nuevo. Transmite la idea de elogiar o hablar bien de alguien, es reconocer con palabras lo que alguien es para nosotros. Entonces, cuando invitamos al pueblo del Señor a que dé acción de gracias, a que alabe el nombre del Señor, alabadle, le estamos diciendo que nuestro Dios hoy brille más de lo que brillaba para nosotros ayer, que percibamos todos los matices de su luz.

Y al mismo tiempo estamos invitando al pueblo a que salga a buscar las mejores palabras, por vocabulario, la mejor expresión de su corazón para, con palabras, elogiar, magnificar, destacar, reconocer el gran nombre de nuestro Dios. Esta manera de reiterar cosas con algo, en este caso la alabanza, es una manera hebrea, es una manera que tenían los orientales de hacer enfática una cosa. Lo que está enfatizando aquí el salmista es que debemos alabar el nombre de Jehová, debemos hacer que brille, debemos destacarlo utilizando también las palabras.

Universalidad del llamado: naciones todas, pueblos todos

Luego está la generalidad de este llamado. Dice él: “naciones todas y pueblos todos”. Es la misma expresión anterior: destacar con dos palabras que parecen sinónimas una cosa, para hacerla mucho más enfática, en este caso la universalidad de la alabanza de nuestro Dios. Podemos decir al respecto de esta cosa que la adoración al Señor es una experiencia universal, así lo distorsionada a consecuencia del pecado, pero todo ser humano tiene un aparato para la adoración, tiene una capacidad para adoración.

Nosotros fuimos creados para la alabanza de su gloria, no fuimos creados para nuestra propia vanagloria. No fuimos creados para otra cosa más grande que no sea esta. ¿Cuál es el propósito más grande de toda vida? ¿Cuál es el propósito más grande del ser humano? La exaltación del nombre de su Creador. Por eso dice el salmista con confianza: “naciones todas, pueblos todos, alabadle”. En cuanto a naciones, probablemente el autor del salmo estaba refiriendo a todas las etnias que adoren al Señor: los judíos que adoren al Señor, los árabes que adoren al Señor, los filisteos que adoren al Señor, todos los gentiles y también el pueblo de Israel.

Pero después, cuando alude a pueblos, probablemente se está refiriendo a todas nuestras expresiones culturales. En una misma etnia puede haber más de una expresión cultural, la más remota, la más cercana; que todas las expresiones culturales también, que todas adoren el precioso nombre de nuestro Señor. Esto al mismo tiempo se puede decir que es una profecía, que es un mandato y que es un recordatorio. Es una profecía porque en el momento que se escribió parecía inconcebible que todas las naciones adoraran al Dios verdadero, pero el Señor está pensando en cómo Él ha entretejido el curso de la historia de forma tal que los gentiles también conoceríamos al Dios de Israel.

Profecía, mandato y corrección a nuestros falsos dioses

Él no está diciendo en este momento que Israel adore a Dios, sino que “todas las naciones, pueblos todos, alabadle”. Hay una vocación universal en la adoración, y de hecho, tarde o temprano toda rodilla se doblará ante el poderoso nombre de nuestro Dios. Es esto en un sentido profético, pero al mismo tiempo es un mandato: nos está diciendo, dejen atrás sus falsos dioses y adoren a Jehová. Qué específico es el mandamiento del salmo, qué específica es la Palabra del Señor. En toda cultura, en toda nación, hay falsos dioses de los cuales bien hacemos en alejarnos.

Quizás no son deidades como las antiguas, pero cada cultura ha sido dominada de forma tal que ha restado la gloria y la alabanza al Dios verdadero. Toda cultura debe ser postrada y exaltar el nombre de nuestro Dios: “naciones todas, pueblos todos, alabadle”. Aquí debo hacer una clarificación, y es que reconocemos que en nuestra cultura hay asuntos rescatables y asuntos que deberíamos llevar ante nuestro Dios como adoración. Pero nunca deberíamos celebrar más nuestras expresiones étnicas y culturales que como celebramos al único Dios verdadero.

Y bien hacemos nosotros, como iglesia local, en dejar atrás estas guerras culturales. Nuestro trabajo no es hacer que nuestra cultura se vea más grande, nuestro trabajo no es hacer que nuestra etnia sobresalga sobre las demás. Nuestro trabajo es hacer que el precioso nombre de nuestro Dios brille. La cultura, para un creyente, es un asunto secundario. Defenderla más allá de lo prudente podría ser una forma de idolatría. Dios es más glorioso que la dominicanidad. Dios es más glorioso que Israel mismo, como etnia o como nación.

Por encima de la cultura y los estilos: la gloria de Dios

Dios es más glorioso que nuestras tradiciones, que nuestros estilos. Lo tradicional y lo contemporáneo, lo rural y lo urbano, nada debe ser protagonista, todo debe ser traído hacia nuestro Dios. No estamos aquí para difundir una cultura, no estamos aquí para difundir un estilo, no estamos aquí para difundir nuestras preferencias particulares. Estamos aquí para difundir el grandioso nombre de nuestro Dios: “alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos, alabadle”.

Hace unas cuantas décadas fue común entre el pueblo dominicano cierta guerra cultural entre las iglesias. Se nos decía que nosotros no deberíamos adorar al Señor con la música de los anglosajones. Y esto fue cierta curiosidad porque se buscaba que los pueblos adoraran al Señor por las características particulares de cada una de sus etnias, y se hablaba al respecto de nuestros ritmos tropicales como si fueran una cosa muy valiosa. Yo le diré al respecto de esto, hermano: adore al Señor con lo que usted tenga a mano, pero adore al Señor.

Ahora, le diré que no estamos aquí para difundir que nosotros somos los representantes de adorar al Señor con un estilo, con un género musical, con una característica. Nosotros no estamos aquí buscando nuestra cultura, estamos buscando la gloria de nuestro precioso Dios. Para nosotros, lo étnico es secundario. Todo pueblo, toda nación, toda lengua debe hacer que su nombre brille, debe buscar palabras para exaltar su grandeza. No está mal, hagámoslo si podemos con nuestras experiencias particulares, pero no hagamos de esto una cosa importante; que lo importante sea el precioso nombre de nuestro Dios.

El problema no es expresar, sino adorar al objeto correcto

Hay una necesidad, hermano, de aprender a adorar al Señor. De hecho, el salmista asume que ya nosotros sabemos adorar; el aprendizaje debe estar en adorar el objeto correcto. ¿Y cuál es el objeto correcto de nuestra adoración? El objeto correcto de nuestra adoración es Jehová. La adoración al Señor es una experiencia inevitable; todo ser humano adora. No adorará quizás a Jehová, pero está adorando algo, porque la capacidad para la adoración la tiene.

Cuando un instrumento ha sido diseñado para algo, para algo se usará, aunque no sea el propósito original, pero algún uso se le dará. Y el ser humano es un buen instrumento, un buen instrumento de adoración. Lo que dice el salmista es: adorad, alabad, exaltad a Jehová. La clave aquí, en aprender a adorar, no está tanto en la expresión, sino en el objeto al cual estamos expresando. Con mucha facilidad los seres humanos terminamos llamando la atención hacia nosotros mismos, hacia nuestras creaciones, hacia nuestros logros, hacia nuestros dolores, nuestras vivencias, nuestras historias, nuestras carreras, nuestros méritos.

La tentación del ser humano es poner el foco, el reflector, en nosotros y no en Dios. “No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria”. La tentación aquí está en adorar otra cosa que no sea Jehová, en utilizar nuestras palabras para destacar otra cosa que no sea Jehová, en hacer que brille otra cosa que no sea Jehová. Hermanos queridos, la tarea que tenemos por delante es evitar que nosotros brillemos más que Él, es evitar que nuestras creaciones brillen más que Él, es evitar destacarnos a nosotros mismos. Y la tarea principal del hombre sin Dios es destacarse a sí mismo. “Alabad a Jehová, naciones todas; pueblos todos, alabadle”.

Hay algunos que dicen que no alaban el nombre de Jehová porque quizás… o, mejor dicho, algunos dicen que están alabando el nombre de Jehová, pero lo hacen discretamente. Sin embargo, en estos términos se infiere una expresión hacia afuera, de forma tal que no solamente lo notes tú o lo note Jehová, sino que se haga notorio alrededor. Es que algo brille, que se ha visto no solamente por nosotros, sino también por los otros.

La falsa discreción y la exposición de nuestro orgullo

Estas personas que dicen que no expresan porque son muy discretas, frecuentemente lo que están haciendo de manera velada es evitar exponerse, es evitar reducirse a sí mismos, es evitar quitarse algo que ellos entienden que es importante: ellos mismos. Hermanos, nosotros no somos importantes; importante es Él. Y nuestra discreción podría, de manera velada, estar anunciando un deseo de que seamos nosotros los brillantes, que seamos nosotros los exaltados, que seamos nosotros los destacados.

Alabemos el nombre de Jehová. Las dos razones que da el salmista para hacerlo están en el versículo 2: “Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia y la fidelidad de Jehová es para siempre”. ¿Cuáles son las dos razones? La primera razón es que ha engrandecido su misericordia. Y esta semana, mientras me preparaba para exponer este texto en nuestro culto de Acción de Gracias, este término especialmente a mí me pastoreó. El término es “ha engrandecido”. Hay dos ocasiones en el Antiguo Testamento donde se utiliza el mismo término.

La primera ocasión es cuando hay un pueblo luchando contra otro y este pueblo viene y se engrandece sobre el otro, o sea, que le vence. Hay una lucha entre dos naciones y una nación se engrandece sobre la otra. ¿Qué es lo que está haciendo esta nación? Está triunfando sobre la otra, está venciendo la otra, está demostrando su superioridad sobre la otra, está mostrando que el intento de batalla de la otra nación era un intento inútil. ¿Qué es lo que dice el Señor con nosotros? Que su misericordia se ha engrandecido sobre nosotros, o sea, que la misericordia del Señor nos ha vencido, nos ha demostrado algo. ¿Qué es lo que ha demostrado la misericordia de Jehová? Que Jehová es más fuerte que nosotros, que Él es más bueno que nosotros, que es más digno que nosotros, que es más paciente que todos nosotros.

Esta expresión también se utiliza cuando las aguas cubrieron la tierra. Dice que prevalecieron las aguas: inundaron, algo que te superó, algo que hizo que tú no te vieras, algo que logró que tú te sintieras impotente. ¿Qué es lo que ha hecho la misericordia del Señor sobre nosotros? Se ha engrandecido sobre nosotros. ¿Qué puedo decir al respecto de esto, hermano? Que es una demostración de su prioridad que hace que nosotros seamos muy agradecidos.

Una misericordia que nos vence y una fidelidad que no falla

Nuestro pecado intentó prevalecer, pero ¿sabe lo que hizo la misericordia del Señor? Que se engrandeció sobre nuestro pecado, su misericordia dominó. Por eso dice la Palabra que donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. Es una misericordia que nos inunda, es una misericordia que nos vence, es una misericordia que nos domina. Nuestra indiferencia y endurecimiento dominaban, pero su poder nos despertó de un sueño muy profundo. El Señor fue más fuerte que nosotros, Él prevaleció con misericordia sobre nosotros.

Un pecador que realmente su corazón ha sido convertido tiene que reconocer que operó en él una fuerza mucho más grande para sacarle de su rebeldía y de su indiferencia. Esa fuerza, esa potencia que estaba operando, eran las misericordias del Señor. En esta lucha contra nuestra carne, contra el mundo, contra el diablo, contra el ego, la misericordia del Señor prevaleció sobre nosotros. Algunos lo han intentado y todavía no han podido; la misericordia del Señor llega mucho más allá de cualquier esfuerzo humano. Nuestra inconsistencia parecía más fuerte: nuestra carne, los afanes, las aflicciones.

Por eso termina, en un largo discurso, el apóstol Pablo diciéndole a los romanos, en Romanos 8, del 35 en adelante —el apóstol estuvo explicando muchas cosas, pero al final termina expresando—:

¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito: “Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; somos contados como ovejas de matadero”. Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

— Romanos 8:35-39

Hermano, las misericordias de Cristo se han engrandecido sobre nosotros, nos han dominado, y esto es una razón para alabarle. La otra razón que nos da es su fidelidad. Dice que su fidelidad es para siempre. Algunos sinónimos del término fidelidad son continuidad, estabilidad, firmeza, algo con lo que realmente se puede contar. Ay, hermano, la misericordia del Señor nos alcanzó, pero su fidelidad nos da mucha esperanza.

Servimos a un Dios que es fiel por naturaleza; su naturaleza es fidelidad. Él no puede negarse a sí mismo; en Él todas sus promesas son sí y amén. Nuestro Dios es un Dios inmutable, que mantiene firmes sus promesas. Qué estímulo, qué satisfacción da no solamente aferrarse de unas promesas por cortesía del Señor, sino contar con que las promesas eran ciertas por su fidelidad. Hermanos, su Dios es misericordioso, su Dios es al mismo tiempo fiel, y son dos razones que podemos encontrar para exaltar al Señor. Alguien dirá: “Yo no siento hacerlo”. Hermano, la fidelidad del Señor y la misericordia no son asuntos de sentimiento, son asuntos de convicción.

Por eso dice la Palabra que si alguno está triste, cante alabanzas. No porque los ritmos alegres de la alabanza van a hacer algo mágico, no, sino porque las promesas firmes y fieles del Señor bien pueden pastorearnos en la tribulación. ¿Por qué alabamos el nombre del Señor? Por su misericordia y, al mismo tiempo, por su fidelidad que es para siempre. Aquí quería llegar, hermano. ¿Cómo termina el salmo? Yo creo que solamente esta palabra que hay aquí es suficiente para predicar este salmo. De hecho, yo vine hoy a predicar esta palabra. ¿Cuál es la palabra? La palabra es “aleluya”.

El “aleluya” que corona el Salmo y la vida del adorador

Yo leía esto y me gozaba en ese último “aleluya”. ¿Saben ustedes que los salmos fueron escritos por personas que vivían en medio de mucha incertidumbre y tribulación? Pero en medio de su incertidumbre, en medio de sus tribulaciones, ellos se encontraron en sus convicciones. La manera de decir esto, lo que dijeron, fue “aleluya”. Y este “aleluya” tiene la misma raíz que el “alabadle” del principio y que el “alabad”. Pero en este momento el salmista está haciendo suyo el discurso; él no solamente pretendió instruir al pueblo al respecto, lo hace él. Al final de su salmo, él vino y lo hizo, y salió como desde adentro, como desde el alma. Él mismo dijo “aleluya”, y es un “aleluya” muy significativo.

Lo que he visto en la Palabra es que la mejor predicación, la mejor instrucción y la mejor exhortación es el ejemplo mismo. El salmista no abundó con palabras, sus palabras fueron cortas, pero su expresión fue muy amplia: dos versículos solamente, pero ahí hay un “aleluya”. Este hombre no es solamente un filósofo, este hombre no es solamente un disertante, él no es un académico, él no es un estudioso; él también es un adorador. Es una persona que en su corazón hay gratitud, que en su corazón, en su mente, su Dios está brillante.

Sus mejores palabras para instruir al pueblo, pero su mejor adoración para exaltar a su Dios. Qué difícil es intentar cultivar una cultura de alabanza y exaltación cuando con lo único con lo que contamos es también lo último, y es el púlpito. Hermanos queridos, si vamos a cultivar entre nuestra iglesia local una actitud de alabanza, de gratitud, de exaltación, necesitamos nosotros mismos comenzar a decir mucho el “aleluya” bien sentido, no un “aleluya” mecánico, sino un “aleluya” que se conecta con las misericordias y la fidelidad de nuestro Dios. Aleluya.

Qué hermoso es ver no solamente un maestro, sino también un practicante. Este “aleluya”, más que palabras sueltas, es un testimonio de que el salmista estaba vivo, de que él no solamente sabía lo que tenía que decir, de que él hacía aquello a lo cual nos estaba invitando, de que él no era solamente un instrumento para la instrucción. Que esto era más que academia, era una expresión sentida, vivida, real, que Dios ante sus ojos realmente estaba brillando. “Aleluya” es lo que él está diciendo.

Ejecutantes o adoradores: el peligro de la forma sin corazón

Yo creo que el “aleluya” más sentido debe estar en los labios de aquellos quienes están delante y pretenden dirigir al pueblo. Más que una serie de canciones bien entonadas, bien producidas, hace falta una actitud, hace falta una realidad en el corazón, hace falta una sensibilidad, hace falta un sobrecogimiento, hace falta un maravillarse. Qué problema es cuando el pueblo del Señor canta alabanzas bien producidas y bien entonadas, pero muy poco sentidas. Qué desperdicio es cuando hay ejecutantes que no son adoradores.

El salmista no solamente era un ejecutante, no solamente era un gran escritor, no solamente era una persona que tenía grandes ideas en su mente; era alguien que tenía gratitud, alguien que podía coronar el salmo diciendo “aleluya”, no porque lo ensayó, sino porque lo sintió. Más que una clase, más que un sermón, más que un estudio bíblico, es una expresión: hacer aquello que él le está indicando al pueblo. “Aleluya, yo ya lo vi y Él brilla. Aleluya, yo ya sentí el sobrecogimiento. Aleluya” es lo que él está diciendo.

Tanto los grupos de ejecutantes como los predicadores que están ausentes en la adoración causan mala conciencia. Un lamento que tengo es que a veces veo predicadores que vienen a la iglesia del Señor y, antes de predicar, cuando el pueblo completo está dando aleluya al Señor, el predicador está estudiando. El predicador está revisando sus notas, el predicador no tiene sus manos levantadas y su mirada espiritual puesta en lo alto. El predicador está tratando de buscar una idea de última hora, de refrescar algo, de buscar una concordancia.

Hermanos queridos, cuando a Dios se le está alabando, estamos aquí para decir “aleluya”. Y qué buena conciencia da cuando un predicador no solamente predica, sino que también dice “aleluya”. Qué buena conciencia da cuando un músico no solamente toca, sino que también sabe decir “aleluya”. Qué buena conciencia da cuando los hermanos no solamente saben dirigir al pueblo, estar aquí, ocupar una participación, sino que están aquí, sobre todo y antes de cualquier cosa, para decir “aleluya”.

Los ejecutantes atienden tanto al tono, a la calidad, a la excelencia musical, que pareciera que ese es su dios, que su dios es la música misma o que están llamando la atención a su capacidad para ejecutar. Hermanos, que nuestro Dios brille más que nuestra música. Aleluya. Ay, hermano, yo mismo a veces he tenido el temor de cometer este pecado, y es hacer que las letras brillen más que el Dios que inspiró la letra. Hermanos, no estamos aquí para impresionarnos los unos a los otros acerca de las palabras; estamos aquí para impresionarnos los unos a los otros con el Dios que inspiró las palabras. Aleluya.

El culto es adoración: un solo gran “aleluya” de la iglesia

La adoración al Señor, hermanos, no es una parte del culto, es el culto mismo. La adoración al Señor no es una parte de la vida cristiana, es la vida cristiana misma. La adoración al Señor no es un recurso, la adoración al Señor es el recurso. Todo lo demás es secundario, es un instrumento para que logremos esto. ¿Qué es lo que estamos tratando de lograr como pueblo? Que todos nosotros, al unísono, estemos tan impresionados, tan maravillados, tan sobrecogidos, que nuestro Dios se vea tan glorioso, que se vea Él en todo su esplendor y majestad, que podamos decir fuerte como iglesia: “¡Aleluya!” en este culto de Acción de Gracias.

Más que cualquier otra cosa, yo quisiera decirle al pueblo esto, hermanos queridos: digamos juntos “aleluya”. Que el Señor nos bendiga, que el Señor nos ayude. Oro por la iglesia: ay, Señor, ten misericordia de nosotros, extiéndida como dice el salmo. Permite, Padre, que tu nombre brille en esta iglesia local. Permite, Señor, que el testimonio de tus obras a favor de nosotros nos mueva, nos sobrecoja, nos impulse a testificar.

Permite, Señor, que nuestros labios se abran más allá, Señor, que para predicar, más allá que para testificar, para exaltar las glorias, Señor, de tu precioso nombre. En este culto de Acción de Gracias, ¿qué más podemos decir, Señor, que “aleluya”? Aleluya por tu misericordia, aleluya por tu fidelidad. Permite, Señor, que esta iglesia levante un fuerte “aleluya” al Dios que hasta aquí nos ha ayudado. Gracias por tu Palabra, Señor, gracias por tus misericordias, gracias por tu fidelidad. En el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Salvador, aleluya, Señor. Amén.

Dios les bendiga, hermanos queridos.

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