Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

Una actitud cristiana ante la autoridad

Romanos 13:1-5

En medio de un proceso electoral tenso, el creyente está llamado a ver la autoridad civil como algo establecido por Dios y a actuar ante ella con sujeción, discernimiento y buena conciencia.

Predicado5 de julio de 2020
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Dios les bendiga, hermanos. Le damos la bienvenida a nuestro culto de hoy a todas las personas que se conectan a la transmisión. Hoy tenemos un domingo particular en la República Dominicana, pues son las elecciones en nuestro país; diferentes autoridades están por ser electas. Son unas elecciones reprogramadas después de la suspensión del proceso anterior y sabemos que hay un poco de tensión en el ambiente, normalmente en medio de estos procesos, pero también sabemos que nuestro Dios está en control y que, sin importar los resultados del proceso electoral, no será ni más ni menos de lo que nuestro Dios ha determinado o nuestro Dios ha permitido.

Quizá ya usted tempranito fue y ejerció su derecho al voto, algunos lo hicieron, otros lo harán después; les animo a que lo hagan, porque como ciudadanos de este país es nuestra responsabilidad. Y también, como siempre les recuerdo, es una oportunidad para ejercer el discernimiento y tratar de alinear nuestro voto con nuestras convicciones. Hoy estaremos cantando algunas alabanzas al Señor, predicando su palabra y animando a las personas; estaremos orando por la República Dominicana. Le damos la bienvenida a nuestro culto y nos preparamos para exaltar el nombre del Señor.

Sólo Jesús es suficiente para nosotros, hermanos. Sólo Él es nuestra roca, nuestro sostén, nuestro fuerte. Cantamos a tu nombre, Señor: sólo en Jesús está mi fe, mi esperanza y mi paz, piedra angular, firme sostén, inconmovible en la aflicción. Cuán grande amor y me sostienes en el temor; en la adversidad, amigo fiel, por eso en Él reposaré. En su lugar, Jesús, Hijo de Dios, se humilló por nuestro bien, Cordero de mi salvación, por este mundo herido fue.

Alabanzas a Cristo, nuestra roca y nuestro sostén

Era a una cruz que fue a morir y Dios mostró su gracia en Él, pues mi pecado Él llevó. En su aflicción, dinámica, cruel pasión, el cuerpo inerte del Señor, mas el tercer día llegó, resucitó en gloriosa luz. Y al triunfar sobre el mal, perdió el marco, perdió la potestad; del suyo soy, del mío es, pues su sangre me compró. Desde el nacer hasta el morir sé el poder de Cristo en mí; no temeré, seguro estoy, mi vida yo a Él le doy.

Ningún poder, ninguna fuerza me podrá arrebatar hasta que Él venga otra vez. Después decimos: ningún poder, ninguna fuerza me arrebatará hasta que Él venga otra vez. Y seguimos cantando: en reposo tendré, hasta que Él venga, hasta que Él venga otra vez; es su poder, reposo tendremos, sólo en ti, Señor. En Él reposaremos, sólo en ti, Señor.

El Señor está con nosotros, no nos abandona, no nos desampara, por eso alabamos y bendecimos su nombre. Aunque yo esté en el valle de la muerte y dolor, tu amor me quita todo temor; si estoy en el centro de la tempestad, no dudaré porque estás ahí. Y no temeré del mar, pues mi Dios conmigo está; y si Dios conmigo está, ¿de quién temeré?, ¿de quién temeré?

Decimos: no, no me soltarás, en la calma o la tormenta; no, no me soltarás, en lo alto o en lo bajo, no, no me soltarás, Dios nunca me dejará. Él se acerca al que busca de ti; gloriosa luz cuál otra no hay. No terminarán los problemas mientras llega el fin, viviremos conociéndote a ti. Y no temeré del mar, pues mi Dios conmigo está; y si Dios conmigo está, ¿de quién temeré?, ¿de quién temeré?

“No me soltarás”: Dios nunca nos deja

Cantamos una vez más: no, no me soltarás, en la calma o la tormenta; no, no me soltarás, en lo alto o en lo bajo; no, no me soltarás, Dios nunca me dejará. Repetimos: no, no, no me soltarás, en la calma o la tormenta; no, no, no me soltarás, en lo alto o en lo bajo; no, no, no me soltarás, Dios nunca me dejará. Y seguimos: no, no, no me soltarás en la calma o la tormenta; no, no, no me soltarás en lo alto o en lo bajo; no, no, no me soltarás, Dios nunca me dejará.

Proclamamos una y otra vez: no, no me soltarás, en la calma o la tormenta; no, no me soltarás, en lo alto o en lo bajo; no, no, no me soltarás, Dios nunca me dejará. Gloria al Señor. Hermanos, adoremos todos juntos, alabemos el nombre del Señor en esta mañana, a Él que es nuestro Rey, nuestro Rey de gloria, como dice esta alabanza. Vengamos todos juntos humillados delante de Él, reconociendo que nosotros no somos nada delante de su presencia, que Él es nuestro Rey, que Él es nuestro Salvador; a ti te cantamos, Señor.

Él es Rey de amor y paz, Señor del cielo y tierra, el único Creador. ¿Quién es el Rey de gloria? Eres todo para mí. Su nombre es Cristo, Jesús, Cristo. Declaramos que Él es el Rey de gloria.

Cristo, Rey de gloria, Dios poderoso

Su nombre es Cristo. Decimos: Cristo, Dios poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria. Tu nombre es Cristo, Dios poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria. Y decimos todos, cuando te pregunten cómo es su nombre, dile su nombre: Cristo, Jesús, Cristo.

Repetimos: Cristo, Dios poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria. Su nombre es Cristo, Dios poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria. Y seguimos exaltando: Cristo, Dios poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria. Fuerte decimos: poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria; poderoso, Rey de mi ser, Rey de gloria.

Acompáñenme ahora a la Sagrada Escritura, a la palabra del Señor. Estemos juntos en el libro de Romanos, en el capítulo 13. Estaremos leyendo desde el versículo 1 y hasta el versículo 5; estaremos viendo “Un cristiano ante la autoridad”. ¿Cuál debe ser el rol de nosotros como cristianos ante la autoridad?, ¿cuál es nuestra responsabilidad?

Lectura de Romanos 13:1-5 y contexto del sermón

Ante la autoridad leeremos el libro de Romanos, en el capítulo 13, desde el versículo 1 y hasta el versículo 5. Dice así la palabra del Señor:

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten, acarrean condenación para sí mismos. Porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás alabanza de ella; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia.

— Romanos 13:1-5

Este domingo particular, domingo de elecciones, entiendo muy apropiado, muy propicio, recordarle a mis hermanos cuál debe ser nuestro rol al frente de la autoridad. Cómo debe un cristiano relacionarse con aquellos que están en autoridad: con los magistrados, con las autoridades de su nación. Este ha sido uno de los procesos electorales más accidentados en la historia reciente, no solamente por el hecho de que las elecciones anteriores fueron suspendidas, sino por el activismo que han manifestado diferentes hermanos nuestros al respecto de cuál debe ser nuestra participación en estas elecciones y cómo han fraguado sus esperanzas algunos en el hecho de que pase uno u otro candidato.

No puedo evitar recordar el consejo que le dio el profeta Isaías al pueblo del Señor cuando les dijo:

He aquí que confías en este báculo de caña frágil, en Egipto, en el cual si alguien se apoyare, se le enterrará por la mano y la atravesará; tal es Faraón rey de Egipto para con todos los que en él confían.

— Isaías 36:6

Hermanos queridos, mientras estamos en esta tierra hay una gran tentación a poner nuestras esperanzas en un hombre o en otro. Es propicio el momento para recordar que nuestra esperanza sigue estando puesta en nuestro Dios.

Iglesia y Estado, y la tentación de poner la esperanza en gobernantes

Aquellas iglesias que venimos de la Reforma Protestante pueden ser divididas en dos grandes ramas. Hay iglesias que responden más a una reforma magisterial y otras que responden más a una reforma radical. Las iglesias que son parte de la reforma radical tratan siempre de mantener una saludable separación entre la iglesia y el Estado, y entienden como un principio evitar ser relacionadas con estas luchas de poder que están en el terreno humano. Por otro lado, las iglesias que vienen del ala magisterial de la Reforma ponen a veces sus esperanzas en incidir en los magistrados, esperando que cuando la iglesia llegue a tener incidencia en los magistrados, entonces logrará que avance hacia sus perspectivas la cosa pública.

Nosotros, como iglesia local, siempre recordamos que entendemos que la iglesia y el Estado deben estar saludablemente separados; y mientras hacemos todo lo posible para servir a todos los hombres, al mismo tiempo recordamos que nuestra esperanza está puesta en el Rey de reyes y Señor de señores. Aunque participamos en procesos electorales y tratamos de hacerlo con diligencia y discernimiento, al mismo tiempo confiamos en que Dios puede tener misericordia de nuestra nación. Podemos tener diferentes preferencias electorales, podemos tratar de que nuestro voto esté alineado a nuestras convicciones, pero más allá de las capacidades que tengamos para incidir, confiamos en que nuestro Dios puede alcanzar sus propósitos hasta en maneras que para nosotros parezcan enrevesadas.

Quisiera darle, desde este texto de las Escrituras, a nuestra iglesia local algunas directrices bíblicas para construir su perspectiva al respecto de los asuntos públicos. ¿Cómo podemos tener perspectivas bíblicamente informadas al respecto de los procesos electorales? ¿Cómo podemos aproximarnos a nuestra relación con el Estado desde una perspectiva bíblicamente informada? ¿Cómo logramos que el evangelio ilumine y radie nuestras perspectivas al respecto de lo que es la vida civil? Estamos dentro de una nación y no ignoramos que tenemos inquietudes políticas, y no está mal tenerlas.

Deberíamos desmitificar un poco los asuntos políticos. Hay personas que dicen que de religión y política no se debe hablar; nosotros entendemos que se debe hablar de ambas cosas. De hecho, la última pregunta que le hicieron los apóstoles a nuestro Señor Jesucristo, justo antes de que nuestro Señor Jesucristo ascendiera hacia el cielo en aquella oportunidad magnífica que tuvieron con Él para hacerle las últimas preguntas, fue una pregunta política.

La pregunta política de los apóstoles y el anhelo de un mejor reino

¿Qué le preguntaron los apóstoles a nuestro Señor Jesucristo? “Señor”, le preguntaron ellos, “¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?”. Evidentemente, los apóstoles de Jesucristo tenían aspiraciones, tenían inquietudes, tenían la necesidad de que existiera un mejor reino. Ellos habían sido consistentemente oprimidos por un reino y por el otro: primero vinieron los persas, después vinieron los griegos, después vinieron los romanos, y cada uno de estos grandes imperios humanos le puso el pie en el cuello al pueblo de Israel, a la nación de Israel.

Y cuando vino Cristo, entonces le preguntan los discípulos al Señor: “Señor, has estado con nosotros durante todo este tiempo, has anunciado tu reino, has dicho que tu reino vendría; ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo?”. Es una pregunta política y al mismo tiempo es un anhelo profundo. Quizás parafraseado, ellos lo que le están diciendo es: “Señor, estamos sufriendo, ¿hasta cuándo? Señor, hay dolor, ¿hasta cuándo? Señor, hay corrupción, ¿hasta cuándo?”.

En Romanos 13 creo que podemos encontrar nosotros los recursos para desarrollar esta necesaria perspectiva cristiana al respecto de la autoridad temporal y responder lo que los discípulos querían responder: “Señor, ¿hasta cuándo?”, o hasta una pregunta más profunda: “Señor, ¿para qué? ¿Para qué existen las autoridades? ¿Por qué existen las autoridades? ¿Por qué tenemos que estar eligiendo y cambiando aceleradamente los gobiernos?”.

¿Cuándo nos encontraremos verdaderamente satisfechos? Lo primero que voy a mostrarles desde el capítulo 13 de Romanos es que la existencia de la autoridad es algo bueno. Dice asimismo la Escritura: “Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad sino de parte de Dios y las que hay, por Dios han sido establecidas; de modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste, y los que resisten acarrean condenación para sí mismos”.

El apóstol Pablo está escribiendo a los hermanos que vivían en Roma, que era la sede del poder político, que era quizás la ciudad más politizada del mundo antiguo. Y estos hermanos era esperable que en su caminar diario estuvieran interactuando con muchas discusiones políticas: algunos que decían que había que rebelarse, otros que decían que había que cambiar las autoridades, otros que estaban en posición de oprimir, y les dice el apóstol Pablo a la iglesia en Roma: sométanse.

La autoridad como algo bueno y la resistencia natural de nuestro corazón

Este capítulo 13 comienza con un balde de agua fría a las expectativas que probablemente tienen muchos hermanos míos antes de cualquier instrucción. Comienza con un imperativo que es difícil para nuestro hombre natural: sométanse. Palabra gravosa para la mentalidad contemporánea: sométanse. “Sométase toda persona a las autoridades superiores”. Con esto quisiera mostrarle que la autoridad es algo bueno y que un cristiano no podrá ser nunca un anarquista. Nosotros entendemos la autoridad como algo necesario, como algo bueno, como algo establecido por Dios.

Frecuentemente se esgrimen razones para no someternos, que más que justificar lo que hacemos evidencian el estado de nuestro corazón. Y es que después de la caída, a causa de la injusticia, el pecado y la maldad, someterse para cualquier ser humano es difícil, y no solamente es difícil someterse al Estado, a las autoridades civiles, sino a cualquier tipo de autoridad. Nuestro hombre natural riñe con la autoridad. Por eso nunca ha habido un padre que llene completamente las expectativas de los hijos. Pregúntale a un hijo inmaduro y casi siempre entenderá que sus padres no son una autoridad legítima por un pliego de razones.

Eventualmente, ese hijo madurará y encontrará que sus padres, aun siendo una autoridad imperfecta, eran una autoridad razonable, y sobre todo, si es un creyente, entenderá que era una autoridad establecida por Dios. Pero lograr que, naturalmente, los hijos entiendan que la autoridad de los padres es un asunto legítimo, hace ronchas en nuestra mente caída y en nuestro hombre natural. Ningún líder cristiano llenará nunca completamente las expectativas de su iglesia, y eso está bien. No conozco ningún feligrés que esté completamente de acuerdo con sus pastores en todo. Siempre hay divergencia, y esa divergencia es saludable.

Sin embargo, debería existir una saludable sujeción, como indica asimismo el libro de Hebreos. Y del mismo modo diré que ningún gobernante de esta tierra satisface completamente a sus ciudadanos. Podría hacerlo temporalmente, pero tarde o temprano se agota, y aquellos más populares terminan siendo los más indeseables. Llega un punto que tú miras su promoción de campaña y al mismo tiempo ves sus discursos finales y te preguntarás: ¿se trata de la misma persona? El mismo que inicialmente fue seleccionado con vítores por el pueblo prontamente será también aborrecido.

El deseado de todas las naciones y nuestra insatisfacción con las autoridades

He estado mostrando que la autoridad es buena, pero que nuestro hombre natural lucha con la autoridad. La razón que encuentro en las Escrituras para que esto sea así es, como dijo el profeta Hageo en el capítulo 2, versículo 7, que tarde o temprano llegará uno que será el deseado de todas las naciones. La razón por la cual toda autoridad temporal nos parece insuficiente, insatisfactoria, es que nuestro corazón y mente fueron creados para una autoridad superior, para una autoridad perfecta, y esta autoridad es Cristo.

Cuando luches para someterte a tus padres, entiende que tus padres no son Cristo; ellos pueden representarlo figuradamente, pero no lo son. Cuando luches para someterte a tus líderes espirituales, entiende que ellos representan a Cristo, pero no lo son. Y cuando luches para someterte a la autoridad civil, entiende que fue establecida por Cristo, pero no lo es, pero que al final de los tiempos vendrá el deseado de todas las naciones y su gobierno será satisfactorio para todos nosotros, y su gobierno será permanentemente satisfactorio.

Hoy, que nuestro país está por elegir autoridades, entendamos que pueden ser razonablemente satisfactorias, pero no permanentemente. Estamos eligiendo a hombres como nosotros, pero que su investidura es más importante que ellos mismos. No nos sometemos a la autoridad a causa de la autoridad misma, sino por lo que la autoridad significa: algo que ha sido establecido por Dios. Dice asimismo que “no hay autoridad sino de parte de Dios”. En este momento, el apóstol Pablo está hablando de la autoridad como institución, o sea, la institución del Estado como tal es algo bueno.

Las diferentes formas de gobierno, con sus diferencias, con sus fortalezas y sus debilidades, son mejor que la anarquía. Es interesante que aquí el apóstol Pablo no está haciendo una apología a un sistema de gobierno; él está haciendo una apología a la autoridad necesaria, sin importar el mecanismo que la misma haya tomado. En los años recientes, los hombres hemos llegado a persuadirnos de que quizás el mejor gobierno sea la democracia representativa, pero ha habido otras formas anteriores, algunas más mejorables que otras, pero siempre han habido figuras de autoridad.

El apóstol Pablo, entonces, dice como creyente: sométanse a las autoridades. Lo que sabemos desde el Génesis es que la autoridad es la manera natural en que ocurre la mayordomía de la creación. Esta creación tiene determinado orden, y ese orden no lo inventamos los hombres. Aquel que hizo el mundo con el poder de su palabra también ha colocado figuras de autoridad, y estas autoridades, en el mejor de los casos, se saben representantes de Dios, y en el peor de los casos ignoran que esta es una autoridad delegada, pero siempre lo son, créanlo ellos o no lo crean.

La autoridad como institución de Dios y las personas que la ejercen

Frecuentemente la gente dice oponerse a la autoridad, pero realmente no se opone a la autoridad filosóficamente, lo que se opone es a la autoridad de turno. Entendamos, hermanos, que esto es necesario que sea así; nuestros gobernantes siempre nos dejarán insatisfechos y siempre vamos a luchar porque venga el gobierno perfecto. Mientras tanto, prevalezca el estado de las cosas y hasta que nuestro Dios lo determine, las cosas serán imperfectas. Encontremos consuelo en que llegará el deseado de todas las naciones, y cuando Él venga establecerá un gobierno perfecto, un reino de paz que se postergará hasta el fin.

He estado mostrando la primera parte de este versículo: “Sométanse”, y después una apología a la autoridad como institución: “no hay autoridad sino de parte de Dios”. Y el apóstol no se queda allí. A mí me llama la atención estos pasajes de la Escritura que van desde la periferia al núcleo: primero comienza con una perspectiva muy amplia –sométase a la autoridad–, después nos dice: la autoridad como institución fue colocada por Dios, pero después el apóstol Pablo va de manera más específica, no sólo a la institución de la autoridad, que podemos decir el Estado.

Podríamos hablar del gobierno que en este momento administra el Estado como institución; muy bien. Ahora él pone el foco en las personas mismas. Dice él: “y las que hay”, y aquí ponga el nombre que se ha anunciado como autoridades para nuestro país al final del día de hoy, “y las que hay”, o las que vengan, “por Dios han sido establecidas”. Aquí estamos hablando no de la institución, sino de la gente temporal, específica. Y tú dirás: me es difícil conciliar la idea de que el gobierno que se elija ha sido establecido por Dios.

Yo también lucho con la idea de que Israel entrara a Egipto bajo un Faraón y después cambiara, y este Faraón le fuera contrario, los esclavizara. Y usted me dirá: ¿cómo podemos nosotros, como cristianos, conciliar el hecho de que creemos en la soberanía de Dios sobre su creación y al mismo tiempo admitimos que muchos de estos gobernantes son perversos? Yo le diré, hermano, de la misma manera en que conciliamos la idea de la soberanía de Dios en la salvación. Entendemos que Él tendrá misericordia de quien tendrá misericordia; del mismo modo reconciliamos la idea de la soberanía de Dios en la cosa pública con nuestras perspectivas humanas.

Aunque a mí me sea desagradable, yo sigo diciendo que Dios es soberano, está sentado en el mismo lugar, y que aun gobernantes perversos como Nabucodonosor o Ciro, rey de Persia, el Señor les llamó “mis siervos”; no porque tuvieran ellos contentamientos con Dios, sino porque ellos estaban gobernando sobre una creación que no fue hecha por ninguno de ellos, y que estaban gobernando por la autorización del único que autoriza un gobierno sobre esta tierra.

Dios por encima de los gobernantes y el peligro de la anarquía

Hermanos, ¿qué perspectiva distinta nos da esto sobre los procesos electorales, sobre la cosa pública, sobre el Estado, sobre los sistemas de gobierno? Podemos ver a Dios más arriba del gobernante y, cuando el gobernante ignore la verdad de nuestro Dios, nosotros decimos: él tiene una autoridad, pero hay uno que está por encima de él; hay una autoridad todavía más alta, y él no estará ahí para siempre.

El cierre de todo este punto dice de la manera siguiente: “De modo que quien se opone a la autoridad, a lo establecido por Dios resiste; y los que resisten acarrean condenación para sí mismos”. Oponerse, y no estoy hablando en este momento de partidos políticos específicos, no estoy hablando de candidatos políticos específicos; estoy hablando de la autoridad como agente de Dios, de la autoridad como institución establecida por Dios. Estoy diciendo que quien se opone a la autoridad es un anarquista, es una persona que goza del desorden y no está en la agenda de Dios, sino que se parece más al enemigo de su alma.

La única persona que anda buscando el caos, el desorden, que prevalezca la ley del más fuerte, es el diablo, que se opone al ordenamiento creado por Dios. He mostrado primeramente que la existencia de la autoridad es algo bueno. No aspiro en este momento, hermano, a que ustedes digieran en unos cuantos minutos estas ideas; yo lo que espero es que se mantengan reflexionando al respecto, de forma tal que estas ideas bíblicas informen su perspectiva.

Primera idea que le he compartido: la existencia de la autoridad es algo bueno. Usted dirá: “Pastor, estoy luchando con la idea”. Lo admito, yo también lucho. Cuando veo la autoridad y lucho con creer que es buena, yo digo: más allá de la gente de turno, yo sigo creyendo en la necesidad de la autoridad. Yo sigo creyendo en el Estado, sigo creyendo en el ordenamiento, sigo creyendo en los poderes del Estado, sigo creyendo en la institucionalidad, porque todo esto se parece a lo que mi Dios ha establecido.

Segunda idea que espero dejar hoy en sus mentes, de forma tal que informe sus perspectivas al respecto de la autoridad, es que el ejercicio mismo de la autoridad, primero era la autoridad, pero también el ejercicio de la autoridad, también es bueno. Dice así de los versículos 3 al 4: “porque los magistrados no están para infundir temor al que hace el bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no temer la autoridad? Haz lo bueno y tendrás alabanza de ella, porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme, porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo”.

El ejercicio de la autoridad: temor al malo, alabanza al que hace el bien

Yo infiero que el apóstol Pablo, cuando escribió esta carta, tenía una audiencia muy amplia en mente. Del mismo modo la debemos tener nosotros cuando predicamos la palabra del Señor; no predicamos la palabra del Señor solamente para el pueblo de Dios. A veces, cuando predicamos la Escritura, hasta los enemigos del pueblo del Señor escuchan esta predicación, y es esperable que la carta a los Romanos haya sido una carta que circuló no solamente en el ambiente de las iglesias locales que había en Roma, sino que llegara también a detractores en Roma.

Algunos pensaban de los cristianos como revolucionarios que se oponían al Estado, que se oponían a los reyes, que se oponían a las autoridades superiores. El apóstol Pablo, con esto, yo infiero que está hablando también a esas autoridades. Si algún gobernante romano leyó esta carta, yo espero que al leerla tuviera dos impresiones. La primera impresión es que los cristianos no somos rebeldes, que los cristianos no somos malos ciudadanos, que los cristianos no somos anarquistas, que los cristianos no nos oponemos a su poder.

Y al mismo tiempo yo esperaría que, si un gobernante romano leyera Romanos capítulo 13, llegara a la conclusión de que los cristianos estamos persuadidos de que hay alguien que está por encima de ellos. Y que cuando él, que en este momento está ostentando quizás el cargo más grande que existía sobre el mundo antiguo, leyera esto, dijera: “Guau, pero estas personas realmente son buenos ciudadanos”. Pero al mismo tiempo, son buenos ciudadanos porque se sujetan a alguien que está por encima de mí mismo. Cuando se sujetan a mí, no se están sujetando a mí porque yo sea bueno o sea malo; se están sujetando a mí porque ellos están persuadidos de que su Dios fue quien me puso a mí en este lugar. Eso sería lo esperable en un gobernante romano.

Lo mismo pasa con otras autoridades, como la familia. Nosotros no asumimos nuestros roles en la familia porque entendamos que somos los mejores padres, sino –esperaría yo– porque entendemos que Dios nos colocó en esa posición de autoridad y que nuestro Dios nos ayudará. Y lo mismo pasa con hermanos nuestros que estén en este momento en el rol de hijos ante padres que a veces no son creyentes o no son el mejor ejemplo de paternidad que ellos pudieron haber tenido. Mientras ellos rechazan el mal ejemplo, al mismo tiempo afirman la justa necesidad de la existencia de los padres y pueden decir: quizá no me tocó el mejor ejemplo, pero yo sigo creyendo en la institución de la paternidad como algo establecido por Dios, y aunque yo no haya tenido con ella la mejor experiencia, sigo creyendo que es algo bueno.

Aquí está hablando del ejercicio de la autoridad. Se esperaría que estos magistrados entendieran que su rol es infundir confianza al que hace el bien y al mismo tiempo temor al que hace lo malo. Se esperaría que la iglesia asuma que la autoridad es necesaria y que infunda algo de temor. Llama la atención que Pablo menciona espadas. Y estas espadas que están aquí, hermanos, no eran espadas decorativas, eran espadas para hacer que la autoridad se sienta.

La espada del magistrado y expectativas realistas de los gobiernos

Hay hermanos míos que tienen unas ideas de la autoridad un poco ilusas. Piensan que las autoridades no deberían portar armas, piensan que las autoridades no deberían hacer valer la ley y el orden, piensan que la policía, el ejército, deberían existir solamente para dar charlas motivacionales. Hermanos queridos, la espada existe para usarla, y como creyentes estamos muy de acuerdo con que las autoridades no solamente existan, sino que las autoridades ejerzan su autoridad, y una de las maneras de ejercer autoridad es infundir temor a quien hay que infundirlo.

A mí me parece un asunto muy saludable que una autoridad local –hablemos en este momento de la Policía Nacional– entienda cuál es su rol y utilice las armas para hacer que el malvado pueda sentir el temor. No puedo moverme de este segundo punto, donde he estado hablando acerca del ejercicio mismo de la autoridad, sin decir lo siguiente: lo que aparece aquí es lo idóneo, lo que aparece aquí es lo aspiracional, lo que aparece aquí debería ser el deseo, lo que aparece aquí son las expectativas que como cristianos deberíamos tener acerca de las autoridades electas.

¿Cuál es la expectativa que debería tener un cristiano al respecto de las autoridades civiles electas? No estamos en este momento eligiendo diputados, senadores y un presidente para que salgan por las calles a predicar el evangelio; por favor, hermano, eso lo hacemos nosotros, tenemos ese privilegio. A veces he visto que hay pastores cuya expectativa es que seleccionemos diputados, senadores y presidentes para que nos hagan nuestro trabajo. Ay, hermano, si nos permiten hacer nuestro trabajo, ya ganamos.

No estamos eligiendo autoridades para que salgan a predicar el evangelio. Elegimos autoridades para gobernar sobre justos y sobre injustos, sobre cristianos y sobre personas que no tienen nuestras convicciones, sobre creyentes y sobre no creyentes, para que gobiernen sobre la creación completa, del mismo modo que gobierna nuestro Dios sobre justos y sobre injustos haciendo que sobre ellos salga el sol. No dice aquí que tengamos autoridades para que ellos nos den los medios para que prediquemos el evangelio; no. Si nos permiten que aquí estemos reposadamente haciendo la misión que el Jefe de todos nosotros, que es el Rey de reyes y Señor de señores, nos ha encomendado, ya ganamos.

Qué debemos pedir a las autoridades y el peligro de expectativas desmedidas

Las expectativas razonables que podemos tener al respecto de un candidato electo son estas: que infunda temor al que hace el mal y al mismo tiempo que reconozca al que hace el bien. Es una moral relativamente básica. No queremos que por favor nos permitan que se haga por ley esto, que se haga por ley lo otro. Hermano, nosotros no necesitamos leyes para que nos recuerden lo que tenemos que hacer; con que vivamos quietos y reposadamente y eso nos permita predicar la palabra, ya ganamos.

Pretender que, para obtener nuestro voto, los candidatos deben tener nuestras convicciones exactamente, eso no es solamente un eufemismo, eso casi raya en el chantaje. Nosotros no elegimos autoridades para esta nación porque sean miembros de nuestras iglesias. Si una persona está en capacidad de reconocer al que hace el bien y al mismo tiempo de reprimir al que hace el mal, de acuerdo a algo que entendemos que es objetivo, algo que entendemos que es razonable, algo que entendemos que está al alcance de los hombres, a una moral, a un entendimiento del bien y del mal, entonces creo que ya ha valido la pena.

Un gobierno y tener autoridades, hermanos. El consejo que estoy dando es que no esperemos tanto al respecto de candidatos electos; tengamos expectativas razonables. Pregúntate: ¿podemos predicar el evangelio? Si nos permiten predicar el evangelio, ya es ganancia. ¿Nos permiten vivir de acuerdo a nuestras convicciones? Si nos permiten vivir de acuerdo a nuestras convicciones, ya es ganancia. ¿Nos permiten que podamos glorificar a nuestro Dios? Si permiten que podamos glorificar a nuestro Dios, ya es ganancia.

A veces he sentido que se transmite la idea de que estamos viviendo como Israel bajo Faraón, que no le permitía ir muy lejos a adorar el nombre del Señor. Hermano, por lo menos no es nuestro caso; en nuestro contexto no es el caso. Admitimos que hay gobiernos que se han desconectado tanto de la autoridad de Dios que hasta esto han intentado vejar; sin embargo, también sabemos que hay razones para oponerse si ese fuera el caso. Digamos como los apóstoles: las autoridades en algún momento les dijeron: “Vamos a darle libertad, pero le impedimos predicar el evangelio”, y ellos dijeron: “No podemos dejar de hablar lo que hemos visto y oído”.

Hay razones para desconocer la autoridad porque hay una autoridad que está por encima de ellos. Lo mismo pasa en el rol de padre e hijo: cuando un padre quiere imponerle a un hijo asuntos que contradicen la voluntad de Dios, asuntos que hacen transgredir la ley de Dios, un hijo tiene razones legítimas para desconocer la voz del padre, pero no para entregarse a la anarquía, no para entregarse al desorden, sino para seguir glorificando el nombre del Señor.

La Gran Comisión y los límites de la autoridad civil

Con esto estoy diciendo, hermano, que el ejercicio de la autoridad también es algo bueno, pero no deberíamos esperar que las autoridades civiles hagan el trabajo de los apóstoles, hagan el trabajo de la iglesia. El trabajo de la iglesia lo hacemos nosotros. La Gran Comisión no se le dio a Faraón, la Gran Comisión no se le dio a César, la Gran Comisión no se le dio a ningún gobernante temporal. La Gran Comisión, cosas que anhelaron ver los ángeles, se nos ha entregado humildemente a todos nosotros.

Tenemos un llamado que es superior y, siempre y cuando podamos hacer nuestro llamado, creo, hermano, que ya es ganancia. Termino hablando de los asuntos de conciencia. Dice el versículo 5: “Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia”. Creo que tenemos razones profundas para anhelar estar bajo autoridad. El hombre natural quiere estar bajo la autoridad porque la autoridad es y la autoridad le conviene: si hay alguien que es afín a mí, claro que disfruto su autoridad; si hay alguien que puede conseguirme un beneficio o un privilegio, claro que amo su autoridad.

Pero cuando no podamos conseguir ningún beneficio material, cuando no podamos conseguir ninguna facilidad de la autoridad temporal –y de hecho, no deberíamos buscarlo–, hay algo que deberíamos perseguir siempre: y es que, como cristianos, amamos tener tranquilidad de conciencia. La paz interior, para un creyente, es más importante que cualquier prebenda. Un creyente en estas cosas es insobornable, un creyente es inconquistable por los poderes temporales. ¿Qué pueden ofrecernos a nosotros que nuestro Dios ya no nos haya dado?

La tranquilidad de conciencia, para nosotros, es un asunto superior. Dice aquí: “Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo…”. Hay personas que dirán: “Vamos a entregarnos a temer a la autoridad por la espada”. Hermano, nosotros le tenemos más miedo a la conciencia que a la autoridad. Se ha dicho, y es sabio, que no es sabio ir en contra de la conciencia. Nosotros no podemos operar en contra de nuestro hombre interior que, ayudado por el Espíritu Santo e informado por la palabra, nos dice lo que es bueno y nos dice lo que es justo.

Conciencia cristiana, voto y rechazo al pragmatismo político

Algunas personas entenderán que los creyentes, a consecuencia de esto, podemos ser una parte del pueblo un poco vulnerable, débil: “Los creyentes no luchan”. Claro, hermano, luchamos, pero no luchamos porque se nos vaya a quitar un beneficio material, no luchamos porque se nos vaya a dar un beneficio material. Luchamos por asuntos de conciencia. Yo mismo estoy persuadido de que, como cristiano, al momento del voto, la razón por la cual yo voto no es primariamente para lograr que gane un candidato.

Yo voto primariamente con el interés de glorificar el nombre del Señor, con el interés de testificar ante mi Dios que he hecho el ejercicio de discernir espiritualmente, de evitar fortalecer la mano del impío, de tratar de que mi voto esté razonablemente alineado a mis convicciones. Pero no es un concurso de popularidad. Los creyentes no votamos porque las masas estén aplaudiendo y entendamos que un candidato o el otro, como si fuera una carrera de caballos, va adelante o va detrás. Nosotros votamos por asuntos de conciencia, participamos por asuntos de conciencia, nos sujetamos por asuntos de conciencia.

Cuando el mundo pide anarquía, nosotros pedimos orden y paz. Los hombres se decepcionan cuando no consiguen algo adicional; hermano, con que se le esté dando al justo lo que es justo y al malvado la justa reprensión, yo creo que ya la autoridad bien nos ha servido. Un cristiano no puede ser nunca un pragmático. ¿Quién es un pragmático? Una persona que prioriza los beneficios prácticos y, a consecuencia de esto, justifica cualquier acción. El pragmatismo no cabe dentro del pueblo del Señor, porque son asuntos de conciencia.

¿Qué es el asunto de conciencia, hermano? La conciencia es esta voz interior que, para un creyente, está informada por la palabra y está siendo revitalizada por el Espíritu Santo. Y si alguien viene y dice: “Les ofrezco esto, pastores, les ofrezco lo otro…”, no es un asunto temporal o material, es un asunto de conciencia. Nos repriman o no, es de conciencia. Nuestra conciencia, informada por la palabra y ayudada por el Espíritu Santo, debería priorizarse.

No votamos para hacer avanzar una agenda meramente humana, lo hacemos por asuntos de conciencia y discernimiento. ¿Cuántos hermanos míos se aproximan al proceso electoral como si fuera una agenda contra la otra, la popularidad de unos contra la popularidad de los otros? Nosotros creemos que hoy pueden ser electos candidatos enemigos a nuestra fe y el Señor podría de todos modos alcanzar sus propósitos.

Preservar la institucionalidad y cómo “ganar” en unas elecciones

Cuando la autoridad no es buena, nosotros no alteramos el orden para cambiarla; esperamos hacerlo por medios legítimos, porque es un asunto de conciencia. Aunque en este momento la autoridad no me sea conveniente, yo sigo afirmando la autoridad como institución y prefiero sacrificarme un poco esperando que la institución sea mantenida, en vez de esperar que venga el caos y el desorden, que se destruya la institucionalidad.

Como creyente, entonces, esperamos estar a gusto con los gobiernos electos, esperamos tener libertad de conciencia, esperamos tener tranquilidad ante nuestro Dios. Termino de la manera siguiente: algunos de ustedes ya votaron, algunos van a votar dentro de un momento. Quiero darles una receta para que ganen en estas elecciones, sin importar el candidato que sea electo. ¿Usted quiere resultar ganancioso en las elecciones? Pregúntese lo siguiente: al momento de votar, ¿estoy glorificando a Dios?

Yo, particularmente, tengo cierto entusiasmo en los procesos electorales; cuando yo tengo mi boleta en la mano, yo creo que estoy participando en algo que está glorificando a mi Dios. ¿Qué es? La institución, la institucionalidad del país, evitar el desorden, esperar que al participar en algo tranquilo, en algo calmado, en algo simbólico –en tener una boleta en la mano y ponerla dentro de una urna–, esté ejerciendo un poquito de fuerza, aunque sea simbólica, al respecto de que la institución que en este momento tenemos, que es la democracia, se mantenga en pie.

Pregúntese lo siguiente: ¿he discernido?, aquí están los planes de gobierno, aquí están más allá de los spots publicitarios, más allá de las promesas, están los programas de gobierno. ¿Cuáles representan más lo que yo entiendo que glorifica a mi Dios? Y si un candidato tiene un plan de gobierno y otro tiene otro, tengo que discernir a ver cuál hace un poco más de sentido al respecto de lo que yo he entendido de la voluntad de Dios y por dónde van mis convicciones.

Alguien me dirá: “Pastor, pero hay unos que tienen una cosa y otros tienen otra; no son perfectos”. Hermano, no estamos eligiendo pastores, sino autoridades temporales. Después de esto, afirmo en mi corazón: yo creo que mi Dios es más fuerte que cualquier gobierno. Yo creo que si estoy eligiendo una persona que es un siervo, yo creo que sí estoy eligiendo una autoridad que es superior en la tierra, pero al mismo tiempo inferior a mi Dios.

Confiar más en Dios que en el candidato y oración por la nación

Yo creo que sí, eso me da un poco más de tranquilidad, porque podría estar eligiendo un despropósito, pero yo creo que hay alguien que está por encima suyo. Hermanos, si al votar has discernido, si al votar has glorificado a tu Dios y si al votar has fortalecido la institucionalidad, si al votar has sido humilde en tus expectativas sobre los hombres, si al votar has seguido el consejo de Isaías:

He aquí que confías en este báculo de caña frágil, en Egipto, en el cual si alguien se apoyare, se le enterrará por la mano y la atravesará; tal es Faraón rey de Egipto para con todos los que en él confían.

— Isaías 36:6

Si al votar tú has puesto más tu confianza en tu Dios que en tu candidato, aunque no cuenten los votos, ya ganaste. Si al votar tú has fortalecido tus convicciones, si al votar tú has entendido lo limitado del poder de un gobierno, si al votar tú has confiado más en tu Dios que en el candidato que estás eligiendo, si la mano o la vara no te la atravesó, ya ganaste, aun antes de que nos digan cuál es nuestro próximo presidente, aun antes de que nos digan cuáles son nuestros próximos senadores y diputados. Como pueblo del Señor, ya ganamos.

Oraré por la República Dominicana para que, sin importar las autoridades que sean electas, el pueblo de Dios gane, y para que el Señor, que es el único que puede hacerlo, tenga misericordia de todas las autoridades electas, nos gusten o no nos gusten. Oro al Señor.

Padre, aquí he estado poniendo un poco de dirección espiritual sobre mi iglesia local. Tú conoces, Señor, la intención de mi corazón, y es pastorear a mi pueblo al respecto de tu palabra. Permite que Romanos 13, del 1 al 5, Señor, en esta temporada de nuevas autoridades electas, nos pastoree; afirma tú, Señor, la confianza de tu pueblo en su Dios.

Te pido por las autoridades que, en unas horas, estarán siendo anunciadas. Señor, hemos hecho un esfuerzo de discernir, pero nos gusten o no nos gusten, sabemos que tú les has permitido a cada uno de ellos. Permite que sean humildes, permite que recompensen al bueno y que castiguen al malo. Permite, Señor, que tu pueblo, en este período de gobierno que se está por iniciar, pueda quieta y reposadamente seguir predicando tu palabra.

Danos, Señor, más hambre que nunca para hacer la misión que ningún gobierno temporal podrá hacer: la predicación del evangelio. Bendice a mis hermanos, Señor, que limpies la conciencia, danos tranquilidad de que, en cuanto hemos podido, lo hemos hecho para tu gloria y con tu ayuda. Bendice, Señor, la República Dominicana; bendice, Padre, nuestro próximo presidente; bendice, Señor, los próximos senadores, diputados; bendice, Señor, el próximo gobierno para la gloria tuya. En el nombre de Jesucristo. Amén.

Que el Señor les bendiga. Con la ayuda del Señor, nos veremos aquí congregados el próximo domingo.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio