Jesús y Nicodemo
Durante todo este mes hemos estado predicando acerca de encuentros con Jesús. La semana pasada estuvimos en el encuentro de Jesús con el joven rico y hoy estaremos viendo el encuentro de Jesús con Nicodemo. Acompáñenme al Evangelio de Juan, capítulo 3. Leeremos desde el versículo 1 hasta el 15. Dice así la palabra del Señor:
Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.
Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.
Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto? Respondió Jesús y le dijo: ¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto? De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto, testificamos; y no recibís nuestro testimonio. Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
— Juan 3:1-15
Pueden sentarse, mis hermanos.
Aún le faltaba lo más importante
Este hombre, Nicodemo, era un maestro de la ley. Era un fariseo. Y a pesar de sus múltiples estudios y de su posición pública —era un principal entre los judíos— aún no había conocido el aspecto más importante de la salvación, y el aspecto más importante de la salvación es el nuevo nacimiento. Probablemente había nacido dentro del judaísmo y quizás ya era un hombre entrado en años. Sabemos, a la luz de otra porción de la Escritura, que era miembro del Sanedrín, una gran autoridad religiosa. Y aún desconocía la parte más importante de nuestra salvación.
Al encontrarse con Jesús, Nicodemo fue confrontado con la necesidad de nacer de nuevo: una experiencia espiritual trascendental, muy diferente a cualquier programa de estudio, muy diferente a pertenecer a un pueblo o a una secta religiosa, muy diferente a un reconocimiento o a un posicionamiento social, muy diferente a un buen comportamiento. Una obra de Dios, una obra impresionante, profunda. Y al escuchar de ella, Nicodemo se maravilló.
Yo quisiera presentar hoy el encuentro de Jesús con Nicodemo sin asumir que todo aquel que dice ser cristiano ya es cristiano. De hecho, cuando uno predica el evangelio, la respuesta inicial que tenemos casi todos es: «ya yo tengo una relación con Dios, ya yo soy cristiano». Es poco común en nuestro entorno encontrar personas abiertamente irreligiosas; la mayoría entiende que tiene alguna relación con Dios. Quisiera presentar este encuentro para mostrar que aun aquellos que tienen años militando en diferentes religiones —en el cristianismo evangélico, en el cristianismo católico, en diferentes corrientes de pensamiento— podrían desconocer todavía la parte más importante de la salvación.
A lo largo de los Evangelios hay diferentes encuentros con Jesús, pero este tiene para mí un interés muy especial, porque muestra que aun después de años de estudio y militancia, una persona puede nacer de nuevo. Hay quienes se han sorprendido: después de decir durante treinta años que son evangélicos, después de haber sido bautizados y hasta de haber alcanzado posiciones de liderazgo en una iglesia local, dicen: «pero yo desconocía la parte más importante; es necesario nacer de nuevo». La salvación no es un formalismo, no es una inscripción, no es una militancia. La salvación comienza con un asunto sobrenatural que solamente está al alcance de Dios, donde una persona recibe un nuevo nacimiento.
Y si tú no has vivido un nuevo nacimiento, yo quisiera que te abras hoy a la oportunidad de nacer de nuevo. Sin importar los años de estudio, sin importar que seas un fariseo, sin importar que seas un principal entre los judíos. Tú podrías ser el más evangélico entre nosotros y todavía puedes nacer de nuevo.
Algunos de mis hermanos dirán: «pastor, usted me está tratando como un incrédulo». Quiera el Señor que no sea tu caso. Pero qué desperdicio sería que una persona viva cuarenta años con una falsa profesión de fe y se dé cuenta de que todavía, como Nicodemo, le falta lo más importante. Yo no quiero asumir que todos mis hermanos ya nacieron de nuevo. Usted puede ser miembro de esta iglesia, usted puede ser parte de una congregación cristiana, y todavía puede necesitar un nuevo nacimiento. Por eso me llama la atención este encuentro.
También este encuentro dio lugar a una de las enseñanzas más profundas sobre la naturaleza providencial de la salvación. Nicodemo, maestro de la ley, al haber venido a Jesús de noche, tuvo la oportunidad no solamente de que el Maestro respondiera a una pregunta, sino de recibir una enseñanza profunda. Es una porción amplia de la Escritura: llega hasta el versículo 21, y en todo ese tiempo el Señor habló mucho acerca de lo que es la salvación. Y algo más que hace interesante este pasaje: el versículo más conocido del mundo está aquí. Juan 3:16. El primero que lo escuchó fue Nicodemo: «porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». El contexto en el cual se dio esa expresión fue el encuentro de Jesús con Nicodemo.
Quién era este hombre
Comenzaré mostrando la visita. ¿Quién era este hombre? Dice que Nicodemo era un hombre de los fariseos, y en el versículo 10 se le llama maestro de Israel. Los fariseos eran dedicados al estudio de la ley y muy celosos en su cumplimiento. Si había alguien que podía responderte una pregunta, era un fariseo. Si había alguien que tenía reconocimiento público porque había dedicado su vida al estudio, era un fariseo. Si había alguien que conocía la ley y conocía al Dios de Israel, era un fariseo. Pues aquí hay un fariseo que necesita conocer el aspecto más importante de la salvación.
Hermano, no quiero quedarme en el mismo punto, pero yo quisiera sacarlos a ustedes de ese entendimiento de que porque una persona conozca mucho ya es salva; de que porque haya leído mucho ya es salva; de que porque es reconocido como un fariseo, un principal entre los judíos, ya tiene salvación. Hermano querido, la salvación no se consigue en las bibliotecas. La salvación es un acto del Señor, es un asunto providencial, y quien no tiene salvación, por muchos libros que haya leído, todavía está muerto en sus delitos y pecados.
Los fariseos eran la secta más estricta de los judíos, y de este dice la Escritura que era un principal, es decir, miembro del Sanedrín. El Sanedrín era un conjunto de aproximadamente setenta hombres que tenían autoridad civil y espiritual, compuesto por sacerdotes, escribas, nobles y maestros de la ley, como Nicodemo.
Vino de noche: las preguntas no avergüenzan
También se nos habla del momento de su visita: vino a Jesús de noche. Y no hay ningún prejuicio al respecto de que haya venido de noche. Alguien dirá: «no, tienes que venir de día». Bueno, casi todos nosotros venimos al Señor, figuradamente hablando, de noche. Por qué vino Nicodemo de noche, no podría decirlo con certeza, pero puedo inferir algunas cosas. Él era una autoridad judía, tenía una posición de principal entre los judíos; si Nicodemo venía donde Jesús de día, probablemente el encuentro se prestara más a la controversia que a la instrucción. «¿Qué hace Nicodemo hablando con Jesús?». Y los discípulos iban a comenzar a opinar. Vino de noche, probablemente, para evitar la controversia.
Pero al mismo tiempo, él era un maestro de la ley que tenía preguntas. Y cuando uno tiene preguntas, uno no quiere interrumpir al maestro en medio de la multitud; uno quisiera que el maestro le haga un aparte. Si hay gente que tiene preguntas, yo creo que en el Señor hay respuestas. Y no nos avergonzamos de que la gente haga preguntas. De hecho, las preguntas frecuentemente son los medios de gracia por los cuales nosotros venimos a la salvación. Hay cantidad de personas que tienen preguntas importantes en su vida y no se atreven a externalizarlas porque sienten vergüenza. Si no se atreve de día, venga de noche. Pregúntele primero al Señor en oración y después busque un creyente y dígale: «mira, yo tengo tales inquietudes». No se avergüence de sus inquietudes, porque a veces hay que avergonzarse un poco para terminar siendo salvo.
Cuesta que un maestro de la ley venga a que le den las clases más importantes; pero hay que darle a veces el a, b, c de la vida cristiana, y el a, b, c de la vida cristiana es el nuevo nacimiento. No hay prejuicio alguno aunque este hombre haya venido de noche. Venga usted de noche y haga usted preguntas. Yo no me avergüenzo de recordar que en la temporada en que el Señor me salvó yo estaba lleno de preguntas, y pareciera que yo era un irreverente, pareciera que era un incrédulo, un cuestionador. No, hermano: es la sinceridad con la cual uno tiene sus preguntas. Hay cosas que son difíciles de entender, hay cosas que nosotros no vamos a poder entender. Las dudas no avergüenzan, la pregunta no avergüenza, y frecuentemente son el medio de gracia a través del cual el Señor te está llamando. Hay gente que me dice: «yo tengo cierto interés de conocer de Jesús, pero todavía no logro conciliar esto, me parece una abierta contradicción». Bienvenida sea tu pregunta; a mí también me respondieron algunas.
Y no me avergüenza tampoco decir que hay preguntas que, creciendo, todavía no he podido responder. Hasta he llegado a pensar que quizás soy yo quien no tiene la capacidad de entenderlas. Pasa, hermano. Yo quiero desmitificar un poco la vida cristiana, porque la gente piensa que los cristianos sabemos todas las cosas. Nosotros no sabemos todas las cosas; conocemos las cosas importantes. Y somos funcionales: en mi entendimiento ante el Señor hay funcionalidad, o sea, yo conozco todo lo necesario para obedecerle. Y sobre todo conozco las cosas esenciales para ser salvo. ¿Y qué más quiero yo que ser salvo y obedecer a mi Señor? Porque de aquí a poco yo estaré en su presencia con una mente perfecta, y todo lo que tenía dificultad para entender lo voy a entender de golpe y porrazo. Gloria al Señor por ese tipo de cosas, porque lo que no entendemos ahora lo entenderemos después.
Ahora, si usted tiene preguntas, yo quiero decirle que no se sienta mal de tenerlas. Y no se sienta mal de venir de noche. Hay gente que dice: «ay, yo no sé si eso se debe preguntar». Pregunte; quizá el Señor le está salvando. «Pero yo no sé si esa pregunta sea inapropiada». Hágala con humildad y espere del Señor respuesta. Yo he encontrado personas que tienen preguntas sinceras, el Señor les ha dado buenas respuestas, y a través de sus respuestas han entendido la salvación. Tener preguntas y evitar la exposición no avergüenza, hermano. De hecho, yo creo que es una buena señal: significa que usted se está tomando esto en serio.
Hay gente a quien el Señor salva mientras van caminando, y de repente les alcanza la realidad de Cristo y caminan en arrepentimiento y fe. Pero frecuentemente las personas vienen a Cristo mirando primero a la distancia. Quieren constatar quién es realmente Jesús antes de hacer un compromiso público. Yo entiendo todo eso; a mí me pasaba lo mismo. Uno primero viene a Cristo y comienza a leer la Biblia, uno pasa tiempo con otro creyente y todavía uno no quiere decir nada. Es natural, y frecuentemente es una buena señal: significa que esa persona va en serio, que está buscando hacer un compromiso importante. Todo verdadero creyente terminará dando testimonio público de su fe, pero terminará dándolo.
¿Y saben quién buscó el cuerpo de Jesús al final de su ministerio? Nicodemo. Nicodemo, cuando vino, vino de noche. Pero a la luz del día, cuando era el momento verdaderamente comprometedor —porque Cristo había sido crucificado como se crucificaba a los delincuentes—, este hombre fue y buscó el cuerpo. A mí no me preocupa mucho que usted venga de noche, pero tarde o temprano un creyente da testimonio público. Aquello fue a la luz del día.
Con esto quiero animar a mi iglesia a que no vayamos tan rápido, presionando, «tiene que ser hoy». Hay gente que se congrega durante un año completo escuchando la palabra, y entonces hace profesión de fe. Otro lo hace el primer día. Hermano querido, no nos desesperemos respecto de esto. Y si usted está escuchando, venga y siga viniendo.
Porque hay quien dice: «yo no sé si quiero volver el próximo domingo, porque entonces voy a tener que convertirme». Nadie lo va a convertir a usted. Quien convierte el corazón del hombre es Cristo; pero la fe viene por el oír la palabra. Hay gente que dice: «no, yo tengo que tener cuidado porque me agarran». ¿Y cómo lo vamos a agarrar? ¿Quién tiene esa capacidad? ¿Quién pudo haberme agarrado a mí? ¿Quién tiene la elocuencia para poder encantar a los hombres? Si usted va a ser agarrado por alguien, será agarrado por su Dios, y esas son las mejores manos. Digo esto porque la gente teme: «me están invitando a la iglesia, pero voy a tener que convertirme». No, hermano. Sí hay gente que se convierte, porque el Señor comenzó esa obra desde antes. Hay personas que vienen a la iglesia a convertirse, hay personas que están esperando una ocasión, pero hay otros que simplemente están escuchando. Nicodemo tenía preguntas.
«Sabemos que has venido de Dios»
Hablo ahora un poco del versículo 2 y de la forma en que se introdujo. Dice él: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces si no está Dios con él». Esa es su introducción.
Comienza llamándole rabí, maestro. Y no creo, hermano, que sea un formalismo; realmente lo reconoce, de maestro a maestro. Se ve que Nicodemo estaba escuchando al Señor un buen rato, y él, que era maestro de Israel, lo reconoce. Eso se nota: una persona reconoce que otro tiene un nivel de maestría más alto. Él, que era principal entre los judíos, fariseo y maestro de la ley, viene donde el Señor y prácticamente le dice: yo podría ser tu discípulo, maestro. Rabí. Así lo saluda.
Después expresó que habían estado debatiendo acerca de él: «sabemos». Ah, ¿ustedes han estado hablando acerca de él? Hemos estado debatiendo acerca de quién eres. Porque todo el mundo tiene que tomar una posición respecto de Jesús, todo el mundo. Y ellos habían estado debatiendo: ¿quién es este hombre? Él se reclamaba ser el mismo Dios. Pero Nicodemo dice: «sabemos que has venido de Dios como maestro». Lo está clasificando, ya le puso una categoría: maestro. Y lo impresionante es que lo dice aquí, pero públicamente no lo decían. Los fariseos, el Sanedrín, no decían que Jesús había venido de Dios; de hecho, decían que él echaba fuera demonios por Beelzebú.
Y dice la forma en que llegaron a esa conclusión: por medio de las señales. Es interesante que en su introducción Nicodemo se presenta colectivamente y no personalmente: «sabemos». ¿Es un mecanismo de defensa? Los maestros de la ley estamos aquí y yo he venido a representarlos; no quiero exponerme, no soy yo el que sabe.
Quiero explicar aquí unas cuantas cosas. Nosotros no deberíamos generalizar la intención de alguien por el grupo al que pertenece. «Ay, ¿qué te digo de los fariseos? Esa gente son así». Ten cuidado, porque hay fariseo y fariseo. Nicodemo estaba entre los fariseos, pero él era un fariseo que había tenido un encuentro particular, que había tenido inquietudes, que tenía preguntas. ¿Y uno dice: todos los fariseos eran como Nicodemo? No. ¿Todos eran como Nicodemo? No.
Lo digo, hermano, porque un obstáculo, un estorbo para la evangelización es que la gente le pone una etiqueta al otro en la frente. «Ese es así. Él es religioso, tú sabes». «Ah, sí, es que ese es ateo». «Él es liberal». «Él es muy secular, él es del grupo de los seculares». Ten cuidado con lo colectivo, porque la gente está ahí dentro, pero ahí dentro no todo el mundo está en el mismo momento, y hay personas que Dios está salvando en todos los colectivos, en todos los grupos de esta tierra. Si tú lo clasificas, entonces ni siquiera intentemos, porque ¿quién va a poder sacar a Nicodemo, maestro de la ley, principal entre los judíos, una persona que se ha pasado la vida estudiando eso? ¿Quién le va a enseñar el nuevo nacimiento? Cristo. Y de ahí venimos muchos de nosotros. Yo tenía una etiqueta de todo el tamaño, y al Señor no le importó tu etiqueta para salvarte; fue allá con su mano poderosa y te sacó.
No digamos: «yo no quiero predicarle porque mira, yo le veo, es una persona que vive de manera muy liberal, es muy secular, él tiene otra filosofía, él tiene otra religión». Hermano querido, ese no es el tema; el tema aquí es Cristo. No estamos preguntando de cuál grupo tú eres; lo que estamos preguntando es si tú tienes preguntas.
También veo aquí que Cristo tiene un interés universal, tanto por el pueblo llano como por los principales. Hay gente que piensa que Cristo es para las personas iletradas. No, hermano: si hay conocimiento en esta tierra, él es el autor de todo conocimiento; si hay sabiduría en esta tierra, él es el padre de toda sabiduría. Y es verdad que el iletrado puede encontrar en Cristo interés, pero también el ilustrado puede encontrar en Cristo interés. Y hermano querido, cuando me dicen «es que él lee mucho», yo mismo pienso que si una persona lee mucho es un buen candidato para ser cristiano, porque los cristianos también leemos mucho. Aunque no será por leer mucho que va a ser salvo. Si había alguien de quien los discípulos dijeran «ese no es predicable», era Nicodemo; pero Nicodemo también encuentra en Cristo interés. Cristo es para todo el mundo.
Y aun antes del nuevo nacimiento, la persona de Jesús tiene un atractivo para el hombre natural. Aun antes de que nazca de nuevo, una persona dice: «yo quiero saber por qué ese hombre es tan singular». Jesús todavía sigue siendo la persona que partió la historia en dos. Hablo esto como hablaría una persona no creyente: es la figura religiosa más trascendente en la historia universal. Alguien va a ver a Jesús y Jesús le va a resultar interesante. Los discursos de Jesús son interesantes. La narrativa de Jesús es interesante. Las consecuencias de la vida de Jesús todavía tienen implicaciones al día de hoy. Cristo es en este momento tema debatido, y tarde o temprano en toda discusión emerge la cosmovisión que aprendimos de Jesús.
Jesús va al centro de la necesidad
Entonces les estoy mostrando con esto que Jesús es interesante para todo el mundo; tiene un atractivo universal, no es solamente para un grupo de personas, esto es para todo el mundo.
Hablé un poco de la visita; hablemos ahora de lo que el Señor le enseñó a Nicodemo. Es interesante que el Señor, en casi todos los encuentros que tuvo con personas, no fue a lo que la persona le preguntó, sino que saltó el hilo natural de la conversación. ¿Recuerdan al joven rico, a quien el Señor le dijo «ve, vende todo lo que tienes»? Espérate, no estamos hablando de mi patrimonio en este momento; ¿por qué esta conversación va tan rápido? ¿Recuerdan a la mujer samaritana, que viene a hacerle preguntas geográficas, históricas, y el Señor le dice «ve, busca a tu marido»? ¿Qué tiene que ver mi marido con esta conversación?
Y ahora viene Nicodemo y le dice: «Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro». Y el Señor le responde: «de cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino». Lo que pasa, hermano, es que el Señor conoce de manera milimétrica a cada persona, cada estructura mental, la necesidad particular que tú tienes. Y tú vienes por las ramas, y el Señor va directamente al centro de tu necesidad.
¿Quién te trajo? ¿Quién fue que te dijo? Él te conoce. Dice el mismo Evangelio de Juan que cuando los hombres venían a él, él no tenía necesidad de que nadie le hablara acerca de ningún hombre, porque él conocía a cada cual. Él tiene un conocimiento perfecto, y él dice: ahí viene este maestro de la ley y yo sé lo que él necesita. Él viene a hablarme de «rabí», él viene a hablarme de «sabemos», pero lo que él necesita es un nuevo nacimiento. Yo te conocí desde el vientre de tu madre, yo te vi cuando tú estabas leyendo la ley, yo te vi buscando en nubes sin agua donde no hay, y yo conozco cuál es tu necesidad.
«De cierto, de cierto te digo» es un modismo en el lenguaje de los hebreos; se usaba para decir un asunto en el cual se tiene absoluta confianza. Esto es completamente confiable: lo que tú realmente necesitas es un nuevo nacimiento. Jesús fue directamente a la necesidad del hombre. Ir a lo que Nicodemo necesitaba está confirmando la deidad de Cristo. Por eso Cristo dejaba a los hombres descolocados: porque la gente venía por las ramas y él iba al tronco. Recuerden a la samaritana, que le dijo: «parece que tú realmente eres un maestro, porque tú sabes lo que hay que preguntar».
Hermano, todo el que aconseja sabe que la gente viene por las ramas hablando de diferentes cosas, pero el tema que le aflige, el tema que le preocupa, el tema que realmente le trajo ahí se lo guarda en el corazón, y te habla de que «mira, es que tengo tal cosa, tal necesidad», pero lo que le está matando no lo revela. A Cristo tú no tienes que revelarle nada; él te está conociendo. Y tú quieres venir a hablar de: «Señor, ¿cuál es la traducción bíblica que debo utilizar?», «¿cuál es la religión verdadera?», «¿y tú crees, Señor, que sea el catolicismo romano, que sean los evangélicos, que sea el adventismo del séptimo día, y los mormones qué tal?», «¿y por qué hay tantas religiones en el mundo, y por qué hay hambre, y por qué hay dolor?». Es necesario nacer de nuevo. Y si tú naces de nuevo, probablemente muchas de las preguntas que tú tienes se te van a responder, porque vas a tener un nuevo entendimiento, vas a tener una nueva naturaleza. El Señor va directamente a la necesidad que tiene el hombre.
Pero digo también, hermano, que el Señor aterrizó a Nicodemo. Porque los maestros tenemos la tendencia de irnos por las ramas y de teorizar sobre diferentes cosas, y se nos puede olvidar lo importante. Mira, vamos a hablar de cualquier cosa después, pero tú necesitas un nuevo nacimiento. La gente debe ser confrontada con sus necesidades prioritarias antes de hablar de lo terciario. Vamos a hablar del nuevo nacimiento, que es la cosa más importante. Si Nicodemo lo necesitaba, ¿no lo vas a necesitar tú? Si este hombre que era principal entre los judíos, fariseo, maestro de la ley, necesitaba un nuevo nacimiento, ¿no lo necesitas tú?
Un asunto personal y providencial
De hecho, el Señor describió la salvación de este modo: «el que no naciere de nuevo». El nuevo nacimiento. ¿Por qué el Señor lo describe así? Miren: el nuevo nacimiento es un asunto personal, no colectivo. El Señor no le está diciendo a Nicodemo: los fariseos necesitan nacer de nuevo. Le dice: tú necesitas nacer de nuevo. Cada uno tiene que tener un encuentro personal con Jesús, de uno a uno. «Señor, mi familia y yo». No, tu familia no; eres tú quien necesita un nuevo nacimiento. «Mis amigos y yo». No; eres tú. «Mi iglesia y yo». No; eres tú quien necesita un nuevo nacimiento. Él está poniendo el foco en Nicodemo. «El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios», dice Jesús.
Y aparte de ser un asunto personal y no colectivo, el nuevo nacimiento es un asunto providencial, no una elección o una decisión. Yo sé que todo verdadero creyente, cuando tiene el entendimiento y el Señor lo ha regenerado, toma una decisión. Yo sé que todo verdadero creyente da testimonio público de su fe. Yo sé que todo verdadero creyente se bautiza. Pero hay algo que va antes de todo eso, y se llama nuevo nacimiento; es un asunto providencial que Dios hace y tú respondes a eso. El Señor lo hace desde adentro, y tú a veces ni siquiera te das cuenta del momento en que el Señor lo hizo.
Fíjate que estoy intencionalmente mostrando que no es un sistema religioso lo que te va a dar la salvación, sino un nuevo nacimiento. No que usted es evangélico, no que usted es adventista, no que usted es mormón, no que usted es religioso: es que nazca de nuevo. Tuve ayer una conversación muy agradable con un hermano querido a quien el Señor salvó hace cerca de siete años. Él era un católico comprometido y el Señor le salvó, ahí dentro, como te salvó a ti. A veces una persona es salvada en una iglesia evangélica, otro en su casa; a él le salvó ahí. Y hablábamos acerca de este asunto misterioso de la salvación, que uno a veces no recuerda el día.
Yo mismo no recuerdo el día en que el Señor me salvó. Hay una temporada de mi vida donde los puntos se unieron y tuvo sentido; hay una temporada de mi vida donde en mi corazón hubo un deseo hacia Dios; hubo una temporada donde ya no fue que me trajeron a la iglesia, sino que yo quise y tuve hambre de Dios. Entonces ahí hay un nuevo nacimiento. Tú no sabes a veces cuándo ocurre. Es como la concepción: ¿cuál fue el día, cuál fue la hora? Deje de cavilar en esa cosa; el muchacho tiene en este momento cinco meses, le faltan tres o cuatro, eso es lo que usted sabe. No es que yo quiero saber si fue concebido a las siete y cuarenta. Deje de buscar, hermano; lo que sabemos es que sucedió un milagro.
Con el nacimiento espiritual pasa lo mismo. Hay gente que recuerda días, hermanos, y yo respeto eso: «yo recuerdo que un día levanté una mano», «recuerdo que un día repetí una oración». Pero qué quita que el Señor de antes de ayer estuviera inquietando tu corazón. Tú levantas una mano hoy, pero el Señor comenzó a levantar tu corazón el mes pasado. Es un asunto muy subjetivo, hermano, pero el Señor salva, eso yo lo sé. Y hay una temporada donde tú recuerdas que tuviste deseo de Dios, que tuviste un nuevo deseo, una nueva capacidad, una inquietud, un desasosiego. Nicodemo se encontró con el Señor, pero quizás usted no sabe si eso fue el mes pasado, cuando comenzó a decir: este hombre tiene algo más. Yo soy maestro y él es maestro, y yo sé que él es superior a mí. Yo sé que esas señales nadie las ha hecho.
La salvación es del Señor, un asunto providencial que nosotros no necesariamente sabemos cuándo comienza. Lo que quiero mostrar es que no es una decisión, no es ni siquiera una elección. Hay gente que piensa que somos salvos porque alguien nos presionó y nos dijo: «tú tienes que levantar hoy una mano». Usted puede levantar la mano diez veces y todavía tener una naturaleza no regenerada. Usted puede repetir una oración cincuenta veces. Y en cuanto al bautismo, hermano, si por bautizarse la gente fuera salva, Boca Chica fuera una iglesia. Eso no es mecánico.
Lo que no produce el nuevo nacimiento
Es como el viento, entiéndanlo: no es mecánico. ¿Usted va a recordar que el Señor le salvó? Parece, hermano, que aquí hablo como filósofo, pero la verdad es que cuando usted sea salvo, usted se va a dar cuenta. Cuando usted tenga una nueva naturaleza, usted se va a dar cuenta de que tiene una nueva naturaleza. Si usted es un adulto y tiene raciocinio, usted sabe que hay algo en usted que anteriormente no estaba. Hay un deseo que anteriormente no estaba. Hay una capacidad que anteriormente no estaba. Y hay una identidad que anteriormente usted no tenía. Nuevo nacimiento se llama.
Digo todo esto porque cada persona tiene una versión de lo que hace falta para ser salvo. Entonces uno le pregunta a una persona: «¿tú crees que tú puedes ser salvo?». «Claro; de hecho, yo me voy a poner para eso el año entrante, tú vas a ver». No, no se va a poner. No está en sus manos, no está a su alcance. Hay gente que hasta tiene el calendario: «en diciembre yo me voy a convertir». Y hasta se convierten, pero no nacen de nuevo. Sigan este hilo de pensamiento: esto no es una decisión. El nuevo nacimiento se expresa con una decisión, pero lo que te da el nuevo nacimiento no es que tú decidas algo, es que el Señor abre tu entendimiento.
Hay algunos que creen que es un asunto de decisión y resolución, como fuerza de voluntad. Para otros es un asunto de buen comportamiento; eso es salvación por obras. Y ahí hay un lío, hermano, porque si tú no tienes los comportamientos que ese tipo de personas entiende que hay que tener, yo mismo nunca me iba a poder convertir. Por ejemplo, dicen: «yo voy a dejar la bebida», y piensan que convertirse es dejar la bebida. Y si a mí no me gusta el alcohol, ¿entonces qué dejo, de beber agua? Han visto que la gente piensa así: «yo no creo que yo pueda ser cristiano, porque a mí me gustan demasiado los tragos».
Él entiende que un cristiano es alguien que deja los tragos. Usted puede volverse abstemio y dejar los tragos, la sal, el azúcar y todo lo que usted entienda, y no nacer de nuevo. Lo que les quiero mostrar es que cuando uno está nacido de nuevo hay algo que se manifiesta hacia afuera, pero la manifestación externa no produce la conversión interna; eso es un asunto del Señor.
Hay otros que piensan que ser salvo es un asunto de su colectivo. «Yo soy salvo porque yo soy evangélico». Otros dicen: «yo soy salvo porque soy católico; mira, yo tengo esto y esto y esto». Primera comunión, confirmación, catecumenado; usted puede hasta asumir una vocación e inscribirse en algún lugar y no ser salvo así. No es un asunto del colectivo al cual tú perteneces. Él tenía un colectivo, él era fariseo, y por fariseo no nació de nuevo. Y hay otros que dicen: «claro, yo soy bautista», «yo soy bautista reformado», «yo soy pentecostal». No es el colectivo de lo que estamos hablando. El tema no es que si usted es pentecostal, que si es bautista, que si es reformado, que si es presbiteriano, que si es católico; el asunto es si usted nació de nuevo. Esa es la pregunta.
De hecho, hace muchos años tengo esa resolución: cuando alguien me dice que es cristiano, le pregunto cómo conoció al Señor, cómo fueron esos días en que nació de nuevo. Y hay gente que se asusta. Cualquiera te dice «yo soy cristiano», y tú le preguntas: «¿y por qué tú eres cristiano?». «Sí, yo soy de tal iglesia, de tal pastor, y estoy leyendo tal libro». Yo le pregunto: «¿pero cómo fueron esos días? ¿Cómo tú conociste al Señor? ¿Qué tú recuerdas?». Y la gente entonces se molesta: «¿tú estás dudando entonces?». No es ese el asunto, hermano. El asunto es si tú realmente naciste de nuevo. ¿Tú recuerdas que naciste de nuevo y lo que pasó en tu vida? ¿Tú recuerdas que tus ojos se abrieron? ¿Que tú te levantaste espiritualmente? ¿Que tú tuviste una resolución?
Todo verdadero creyente recuerda esa temporada donde sintió que era del Señor, porque el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos suyos. Y hay algo dentro de nosotros, unos afectos tiernos, paternales, que gritan hacia arriba; y tú miras para arriba y dices: él realmente es mi padre. Ya él no es un maestro, él es mi padre. Y ese sentido de identidad no se produce a través de un discurso. Yo te lo puedo repetir diez veces: «tú eres cristiano, él es tu padre». Pero que tú sientas que Dios es tu padre, que él te ama, y que de su Espíritu te esté dando testimonio a tu espíritu de que tú eres suyo, eso yo no lo produzco, hermano; eso lo hace el Señor. La salvación es de él.
Aún otros dicen que son salvos porque han tenido el reconocimiento de otros. «¿Por qué tú crees que eres salvo?». «Porque mi hermano Jonathan me lo dijo, él me dijo que yo soy salvo». «Porque el pastor fulano me bautizó». Perdóname, hermano, todos los que yo he bautizado: yo puedo haberle bautizado y usted no haber nacido de nuevo. Yo hago la debida diligencia de buscar fruto de arrepentimiento, pero hay gente que se pone para esto de verdad. Hay gente que pasa cuatro meses en el Señor maravillosos, y te da todas las señales que hay que tener y tiene todo el entusiasmo que hay que tener, y pareciera que nació de nuevo, y uno lo bautiza. Y hay gente que ha llegado hasta a ser líder y pastor, y no ha nacido de nuevo. ¿Y qué será de ti?
Voy cerrando esto, hermano, diciéndole que el nuevo nacimiento es difícil de explicar. Nicodemo estaba perdido como está cualquiera. A veces la gente se burla de Nicodemo; así estamos todos. Nicodemo dice: «¿cómo es entonces? ¿Que yo, siendo viejo, debo entrar en el vientre de mi madre y volver a nacer? Esto es absurdo, no me hace sentido». Y después viene el Señor y se lo complica aún más, y él dice: ¿qué hago?
Es difícil de explicar. Y yo entiendo al no creyente. El no creyente piensa que los que hemos nacido de nuevo somos un grupo de simuladores, que estamos viviendo un ejercicio de mimetismo, tratando de aparentar lo que no sentimos, tratando de ser lo que no somos. Yo no comparto su entendimiento, pero lo entiendo. Si alguien ni siquiera entiende que hay un Dios, ¿cómo va a entender que ese Dios me hizo nacer de nuevo, que me dio una nueva naturaleza? Eso le parece chino, hermano, álgebra lineal. Yo entiendo a los que dicen que los cristianos son un ejército de simuladores.
Hay gente que piensa que uno se comporta por miedo. Recuerdo que un compañero de trabajo me decía: «hazlo, nadie se va a dar cuenta». Porque en su entendimiento un cristiano es una persona que vive como con compulsión, «no, que me están mirando y yo tengo que hacerlo así». No es miedo; es nueva naturaleza. Hay otros que quieren persuadirte: «eso no es tan malo, Dios no se ofende». Ese no es el tema. Es que tú no entiendes que yo tengo ahora otra inquietud, que tengo otro deseo, que yo me opero por otro sistema, y que lo que yo siento y quiero no es lo que tú sientes y quieres. Yo entiendo que tú quieres otra cosa, y yo quisiera que tú entendieras que la cosa que yo quiero realmente la quiero; no es que me están obligando, no es que me están presionando. Es que yo he nacido de nuevo.
Hay gente que piensa: «Rafael está en eso desde hace muchos años»; pero si tú tratas de conocerlo, él no tiene ese deseo. Yo mismo me sorprendo de que tengo deseo por Dios, y de que tengo una nueva naturaleza. Y en el momento donde pareciera que ya volví atrás, hay algo dentro de mí que me dice: es que yo soy del Señor. No es un asunto de que mi nombre esté inscrito en ningún registro; es que está inscrito en el libro de la vida y tengo una nueva naturaleza en el Señor.
Y es algo que sale como de adentro, y tú quieres explicárselo a otro. Yo te puedo decir: es como el viento. Tremenda explicación. Que sopla. Por revelación yo sé que esto ocurrió, y por experiencia digo que realmente es así, pero uno es como un niño: hay cosas que tú entiendes después. Tú estás aquí y no sabes cómo llegaste. Le decía ayer de Andrés, mi hijo: él no sabe, quizás él todavía no está consciente ni siquiera de que nació, de que yo soy su papá, de que él está en el planeta tierra, de que está vivo. Él se bebe su leche y come. Ese es el asunto.
Así es un nuevo creyente. Tú caes aquí y entonces: estos son mis hermanos, esto es lo que se hace, esto es ser cristiano. Es el nuevo nacimiento, hermano; son cosas en las que uno cae. Y llega un momento en que tú caes y dices: yo había venido aquí antes y era como un indio, no veía. Y la adoración al Señor, algo que anteriormente era indiferente, ahora tú quieres adorar al Señor, y sientes que el cuerpo se te mueve y tú quieres adorar y dices: ¿qué es lo que pasa? Es una nueva naturaleza.
Nacer del agua y del Espíritu
«De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino». El nuevo nacimiento, hermano, es necesario para ver el reino y para entrar al reino; ambas cosas se las dijo el Señor.
Ahora le dice: del agua y del Espíritu. Se ha especulado mucho acerca de qué es agua y qué es Espíritu, hermano. Pero el Señor reclamó a Nicodemo porque él era maestro de la ley y no entendía el símil. Y esto es así porque el profeta Ezequiel había hablado acerca de lo que el Señor iba a hacer en el corazón de la gente. Si él era maestro de la ley, él conocía probablemente de memoria ese texto; él debía conocerlo. ¿Y qué decía el texto? Dice el Señor en Ezequiel 36, del 25 al 27, hablando a Israel —a Israel el pueblo del Señor de manera física, de manera geográfica; pero espérense, que hay un Israel dentro del Israel, así como hay una iglesia dentro de una congregación y hay un pueblo dentro de un pueblo. Porque la gente habla de Israel de manera nominal y dice: «no, es que Israel, todo el que nació ahí dentro, de manera mecánica…». No: hay un Israel espiritual. Y el Señor le hablaba a ese Israel nominal y le dijo:
Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.
— Ezequiel 36:25-27
Los judíos participaban en diferentes lavacros rituales donde intentaban limpiarse ceremonialmente. Era un asunto simbólico. Pero el Señor profetizó y les dijo: yo voy a esparcir sobre ustedes agua limpia. Está diciendo: ustedes no se pueden limpiar a ustedes mismos, yo los voy a limpiar. Hay gente que quiere dejar atrás la inmundicia, pero lo que dice el Señor es: yo voy a esparcir sobre ti agua limpia, yo te voy a limpiar de tu inmundicia. Y dice más el profeta: «de todos vuestros ídolos os limpiaré». Israel intentó dejar esos ídolos, y los dejaban y volvían a los ídolos, y los dejaban y volvían a los ídolos. Así hace la gente que quiere servir al Señor por sus propios medios, sin nacer de nuevo: uno suelta una cosa y no la tira muy lejos, porque no quiere caminar mucho para volver a agarrarla.
Después dice el Señor: os daré corazón nuevo y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros, y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne, y pondré dentro de vosotros mi Espíritu y haré que andéis en mis estatutos. Israel no lo logró por sus propios medios; el Señor dijo: yo a ustedes los voy a limpiar, y les daré un nuevo corazón, y pondré mi Espíritu en ustedes, de tal forma que ustedes van a poder hacer mi voluntad. Es el nuevo nacimiento, hermano: algo que Israel no podía tener por sus propios medios, pero que el Señor profetizó que se lo iba a dar. Y ahora se lo dice a Nicodemo, tratando de que el hombre agarre el asunto. Hay que nacer del agua y del Espíritu. Y Nicodemo dice: ¿cómo del agua y del Espíritu? Como dijo Ezequiel: una limpieza que no depende de ti, sino de Dios; y un espíritu que no está en ti, sino que Dios te lo va a dar.
Esto se confirma también en el Nuevo Testamento. Dice Tito 3:5-6 que el Señor:
Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador.
— Tito 3:5-6
Si usted es creyente, usted fue lavado; usted no se lavó. Si usted es creyente, usted no se derramó nada: el Espíritu de Dios fue derramado en ti abundantemente por Jesucristo. Lo que el Señor le está diciendo a Nicodemo es que hay algo que no está a tu alcance, algo que yo puedo hacer en ti: puedo lavarte y al mismo tiempo puedo regenerarte.
Esta experiencia de nacer de nuevo el Señor la ilustró como el viento. Nosotros podemos percibir los efectos, el sonido, pero no lo vemos. Usted no niega que hay brisa; usted siente que hay brisa. Yo no veo el poder de Dios, hermano, pero yo siento que hay vitalidad espiritual. Yo siento que hay algo que es más fuerte que yo, y que cuando se me acababa mi fuerza vino otra fuerza que está por encima de la mía. Esa es la vida del creyente en esta tierra: esta doble naturaleza, esta doble ciudadanía, donde tú dices: con mis fuerzas yo no puedo, pero con el poder del Señor voy hacia adelante. Y tú mismo dices: yo me sorprendo de que todavía estoy en pie; no ha sido en mí, sino que ha sido por él.
Nosotros sabemos que el viento sopla, pero no controlamos hacia dónde. Esa es la sensación de alguien que nace de nuevo: una sensación de poco control, pero de mucha dirección. Tú dices: qué será de mí mañana, yo no lo sé; pero yo sé que el viento todavía sigue soplando, y que el Señor que comenzó en mí la buena obra la sigue perfeccionando hasta el final. El poder que me despertó a la realidad de Cristo todavía me sigue impulsando. Un reconocimiento de algo más fuerte, más grande que nosotros mismos, que nos está impulsando. La gente dice: «yo no puedo ser cristiano». Y yo digo: es verdad. Por tus propios medios tú no puedes; yo tampoco. Pero el Espíritu Santo ha sido derramado sobre nosotros abundantemente, dice la Escritura. No un chin, hermano: ha sido derramado en ti abundantemente. Nosotros estamos aquí todavía por el poder del Señor.
«¿Cómo puede hacerse esto?»
Ahora viene la pregunta de Nicodemo, dice el versículo 9: «Respondió Nicodemo y le dijo: ¿Cómo puede hacerse esto?». El hombre se agotó: no lo entiendo, ¿qué es lo que tú me estás diciendo? Recuerden que Nicodemo está maravillado; el Señor le dijo «no te maravilles», y él estaba maravillándose, estaba en un estado de expectación, sorprendido, porque el Señor conocía su emoción. El Señor vio esa emoción que había en Nicodemo. Estaba sorprendido, y él dice: esto está más allá de mi capacidad; hace sentido, pero yo no puedo percibirlo.
Cuánto me recuerda esto, hermano, a aquellas clases de cálculo. Cuando yo entré a la universidad, estaba con muchachos del Calasanz, muchachos que venían de diferentes colegios, y yo estaba pobre en matemáticas. Explicaban la cosa en la pizarra y esos muchachos la agarraban a la primera. Y decía el profesor: «¿entendieron?». Y el que no entendió no dice que no, guarda silencio. Rellenaba a veces dos pizarras, hermano, y uno pone la cara así, ladeada, como doblándola, como que uno lo está entendiendo. Pero ¿cómo es que él dice esto? Así estaba Nicodemo. Hace sentido, pero no le llega. No puedo.
Es interesante que diga el Señor que estaba maravillado, porque normalmente ese estado de asombro es la antesala de la salvación. Tú primero te sorprendes y después el Señor te explica. Es la sensación de estar escuchando algo nuevo, impresionante: no son las repeticiones de los rituales de los fariseos; este hombre tiene algo que yo no entiendo, pero él tiene algo. Un deseo de experimentar ese nuevo nacimiento junto con la frustración de no saber cómo. Hay gente que ve la vida cristiana y dice: «yo quisiera ver lo que esta gente realmente ha logrado; ser cristiano, yo no sé». También hay un sentimiento de vulnerabilidad: yo soy maestro de la ley y es verdad que yo no sé, no sé explicarlo.
Recuerden que ese estado de asombro frecuentemente es la antesala de la salvación. ¿Recuerdan al carcelero de Filipos, que estaba asombrado? Y asombrado dijo: «señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?». «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa», le dijeron. ¿Recuerdan a Saulo cuando cayó aturdido? Él, temblando y temeroso, dijo: «Señor, ¿qué quieres que yo haga?». Un estado de expectación. Y el Señor le dijo: levántate, y se te dirá lo que tienes que hacer.
La pregunta que hay en Nicodemo es: ¿cómo puede hacerse esto? La respuesta del Señor, hermano, no es para avergonzar al hombre, sino para salvarlo; pero a veces, para tú ser salvo, tienes que reconocer que estabas en el error. Le dice el Señor: «¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?». Lo que el Señor le está diciendo es: tu posición y tu prestigio no te han dado lo que tú necesitas. Alguien está muy orgulloso de su religión: «yo tengo años en tal cosa, yo he llegado a ser tal cosa, soy reconocido». Tantos años y no han nacido de nuevo. Y no tienen una nueva naturaleza, no conocen lo que es que el Espíritu le diga a tu corazón que tú eres suyo. Perdiste los años. Hay gente que ha perdido los años, porque cuando son salvos ven que lo de antes, comparado con lo de ahora, fue tiempo perdido. «¿Eres tú maestro de Israel, y no sabes esto?».
Después le dice en el versículo 11: «De cierto, de cierto te digo, que lo que sabemos hablamos, y lo que hemos visto testificamos; y no recibís nuestro testimonio». El Señor le dice: usted tiene resistencia en el corazón a lo que yo estoy diciendo. Y hay gente que se resiste al testimonio. No se resista. Lo primero es que está buscando donde no hay; y lo otro es que te estás resistiendo por dentro. Hay veces que la persona escucha el evangelio y el Señor quiere salvarle, pero tiene resistencia. Temor a los hombres, a veces. Hay gente que tiene la necesidad de tener todas las cosas en orden antes de tomar una decisión. Bueno, eso no se tiene. Usted tiene certidumbre, usted tiene la conciencia de quién es él, y procede en fe.
Y en los versículos 12 y 13 dice el Señor: «Si os he dicho cosas terrenales, y no creéis, ¿cómo creeréis si os dijere las celestiales? Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo». Esto es tan confuso como lo anterior para quien no ha nacido de nuevo: yo estoy hablando contigo, y tú dices que tú eres el Hijo del Hombre, pero también dices que el Hijo del Hombre está en el cielo. Es que Jesús es Dios y él es omnipresente. Recuerden que Nicodemo ya había clasificado a Jesús como maestro: yo te reconozco como maestro, pero no te me subas de ahí para allá.
Ese es el problema: la gente quiere hacer de Jesús lo que Jesús no es. Jesús es mucho más grande de lo que tú piensas. Debes recibirlo por revelación, como un creyente, y no por deducción, como un filósofo.
El mensaje del evangelio
En los versículos 14 y 15, hermanos, está el mensaje del evangelio. Dice él: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna». Le está diciendo a Nicodemo: en este momento, tú que te estás resistiendo, todavía no tienes vida eterna.
Solamente voy a leer el texto que sigue, esperando que el Señor haga alguna obra mientras se lee. Si el Señor está obrando en ti, yo creo que tú puedes entender esto. Si el Señor te está inquietando, yo creo que tú puedes entender lo que dice el texto. Es el texto conocido, hermano; creo que lo sabemos de memoria.
Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Mas el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
— Juan 3:16-21
Ese es el mensaje del evangelio.
Quizás aquí haya alguien hoy que puede sentir que está siendo llamado. Quizás aquí hay alguien que tiene preguntas, y son las preguntas que conducen a la salvación. Quizás aquí hay alguien que ha comenzado a tener deseos por Dios, un interés por las cosas espirituales. Quizás aquí hay personas congregadas que tienen deseos de algo más profundo, de algo más real, de algo más trascendental, de algo más que el nominalismo, más que el ritual religioso; de algo que sea de verdad.
Que aquí comience un verdadero cambio. No que tú decidas comportarte de manera diferente, no que tú decidas congregarte, no que tú decidas levantar una mano, no que tú decidas repetir una oración: es que tú creas en Cristo. Y cuando tú crees en Cristo, él te da una nueva naturaleza, y esa es la nueva naturaleza que te lleva a la salvación. Ya tú no harás lo que hay que hacer porque te están obligando; tú vas a hacer lo que hay que hacer porque realmente lo estás deseando.
Oro por la iglesia, porque aquí hay personas congregadas. Si hoy tú no lo sentiste, ven el próximo domingo. Ora durante la semana. Pídele al Señor que se te muestre. Él es real. Él es real, y así como le respondió la pregunta a Nicodemo, también te puede responder la tuya.
Padre, mira a esta congregación aquí reunida. Mira a las personas que probablemente tengan treinta años en la fe cristiana, mira a aquellos que tienen diez, Señor, y dudan acerca de su salvación. Dales un nuevo nacimiento, dales una nueva naturaleza, Señor; dales un nuevo corazón, como tú profetizaste en Ezequiel y lo confirmaste en el evangelio. Señor, permite que nazcan del agua y del Espíritu; lávalos tú, Señor, y vivifícalos tú. Mira, Señor, a aquellos que han comenzado a ver: permite que vean cada vez más claro, permite que tú brilles cada vez con más luz, permite que sus oídos sean abiertos, que sus ojos sean abiertos, que sus capacidades sean desatadas y que caminen a salvación. Mira a aquellos, Señor, que se habían resistido; mira a aquellos, Padre, que se habían detenido; mira a aquellos que no se habían atrevido. Si tú los estás despertando, Señor, dales también la valentía y la entereza de proceder y de dar un testimonio público de su fe. Padre, permite que todo verdadero creyente durante esta semana camine en el poder de tu Espíritu Santo y en la confianza, Señor, de que tú lo lavaste en el agua. Y permite, Señor, que aquellos que están abriendo los ojos, que la obra no se detenga; que los abran más y más, y que pronto testifiquen, Señor, que ya ven a Cristo claramente en una cruz, clavado, como su Salvador, como su regalo, como su redentor. Gracias por tu palabra, Señor; gracias por la predicación; gracias por tu pueblo reunido. En el nombre de Cristo, amén.
Que el Señor les bendiga.