Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Dios y los pactos, ¿para qué sirve la ley?

Gálatas 3:19-29

Dios ha tratado con los hombres por medio de pactos que revelan su carácter, su misericordia y su sabiduría. La ley, lejos de ser inútil para el cristiano, hace evidente nuestro pecado, nos encierra bajo condenación y sirve como ayo que nos conduce a Cristo, para que entendamos y valoremos plenamente la grandeza del nuevo pacto en su sangre.

Predicado17 de noviembre de 2013
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

¿Sabemos que la palabra del Señor es viva, que ella es eficaz, que ella es más cortante que una espada de dos filos? Oremos al Señor para que, con la exposición de su Palabra, llegue sabiduría a nosotros y que sea esto verdad, un instrumento utilizado para la gloria suya. Cierren ahí sus ojitos un momento y presentémonos ante el Señor. Nos disponemos, Padre, ahora, como hacemos en este púlpito cada domingo. Nos disponemos a exponer la Escritura. Mira qué tremenda oportunidad esta, Señor, para que tu gloria sea manifestada a los hombres, para que tu sabiduría nos alcance, para que la salvación corra, Señor. Mira esta congregación aquí que está dispuesta a escuchar. Permite que tu Palabra predicada hoy sea recibida con la dignidad que ella tiene.

Que tengamos claro, Señor, que no es un libro más, que no es una exposición más, sino que es la exposición de tus sagradas Escrituras. Permite que algo cambie, Señor. Permite que, al entrar esta congregación en contacto con tu revelación, algo cambie. Permite, Padre, que dejemos de un lado lo que antes entendíamos y recibamos tu consejo como autoritativo. Permite, Padre, que este pueblo entienda. Permite que aquellos, Señor, que ya han sido alcanzados con salvación, hoy tengan al final de la exposición un entendimiento más cabal de lo que realmente ha sucedido y de tu obra preciosa en la cruz. Permite que aquellos, Señor, que todavía no han sido alcanzados con salvación, a través de la predicación y de la exposición sean alcanzados. Permite, Padre, que cada persona aquí congregada, en su diferente momento ante ti, por la ayuda de tu Santo Espíritu y tu Palabra viva, al final de la exposición algo cambie en ellos. Bendícenos con el pan de tu Palabra. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.

Yo tenía deseo, hermanos, de volver a la enseñanza bíblica expositiva, porque a pesar de que el domingo pasado hicimos un paréntesis, tomando en cuenta nuestra reunión de miembros que iba a ser en la noche y tuvimos aquí un espacio de preguntas y respuestas, lo que yo más disfruto es poner la Palabra del Señor delante del pueblo y, en los últimos años, hacerlo versículo por versículo, palabra por palabra. Por sugerencia de mi hermano Virgilio, en el campamento, el mismo pastor decía: “Yo quisiera que se predicara acerca de Romanos, acerca de Gálatas”. Él tenía como ese deseo. Y ayer miércoles también, en casa de Edgar y de Julisa, surgió el tema de la ley y los cristianos; y cómo deberíamos los cristianos actuar con respecto a la ley. Esto entonces ha creado la condición favorable para que prediquemos respondiendo a esta pregunta, que la hace el texto bíblico y también el texto bíblico la responde: ¿para qué sirve la ley?

Antiguo y Nuevo Testamento, testamentos como pactos

A modo de introducción, que está en su programa, les diré que de todos los libros de la Biblia, el mayor número de ellos, estos son 39 libros, componen lo que se conoce como Antiguo Testamento, y los restantes, estos son 27 libros, que es la sección más pequeña, componen el Nuevo Testamento. La Biblia tiene como esas dos grandes secciones: el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Me gustaría que busquen su Biblia y la abran en Mateo, ahí donde comienza Mateo. Si ustedes abren su Biblia en Mateo 1, se encontrarán que está en el centro temático de las Escrituras. Hay una gran sección, que es la sección más grande, que va desde Génesis hasta Malaquías, y hay otra sección, que es la sección más pequeña, que va desde Mateo hasta Apocalipsis. A esas dos grandes secciones se les llaman “testamentos”. ¿Y qué es lo que significa testamento?

El término “testamento” también puede ser traducido como “pacto” o “alianza”, y significa que Dios, condescendientemente, entra en una relación con el hombre, otorgando una promesa de bendición bajo unos parámetros determinados. En el Antiguo Testamento se documentan seis pactos diferentes: el pacto con Adán, el pacto con Noé, el pacto con Abraham, el pacto con Israel antes de entrar a la tierra prometida, el pacto con Israel por medio de la ley de Moisés y también el pacto con David. En el Nuevo Testamento se documenta solamente el nuevo pacto en Cristo. Todos los pactos guardan una estrecha relación progresiva, pero al ser el nuevo pacto superior a todos los demás, regularmente se hacen dos divisiones: solamente se habla del antiguo pacto y del nuevo pacto, del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento. La pregunta aquí está: ¿por qué razón nosotros, que somos firmantes en el último de los pactos, que es el pacto con Cristo, deberíamos entender todos los pactos anteriores y, entre todos estos pactos, por qué deberíamos conocer la ley?

¿Por qué estudiar los pactos del Antiguo Testamento?

Alguien me preguntará: “Pastor, pero si nosotros somos cristianos, ¿por qué no solamente tenemos el Nuevo Testamento, que va de Mateo hasta Apocalipsis, y dejamos de utilizar los libros que van desde Génesis hasta Malaquías, que son pactos que no fueron firmados con nosotros?”. Esta es la pregunta que he venido, a grandes rasgos, a responder: por qué los cristianos tenemos que considerar todos los pactos que han sido dados por Dios y, al mismo tiempo, por qué la ley tiene una tremenda utilidad para el pueblo cristiano, a pesar de que nosotros mismos no estamos bajo la ley.

Lo que haré es que vamos a tener dos secciones: la primera será una sección más tópica, donde trataremos de responder la importancia de todos los pactos, y la segunda será una predicación expositiva de Gálatas capítulo 3, desde el versículo 19 hasta el versículo 29, respondiendo a la pregunta: ¿para qué sirve la ley? Les diré también, como preámbulo, que a pesar de que uno podría entender y llegar a ser un cristiano solamente utilizando el Nuevo Testamento y las enseñanzas de Cristo –esto es perfectamente posible–, es más, con un fragmento solamente de las Escrituras una persona podría obtener salvación. Sin embargo, para tener un entendimiento cabal de la salvación que hemos adquirido en el Señor, para tener un disfrute todavía más completo y un deleite al ver la manera gloriosa en que nosotros hemos llegado a ser salvos, es necesario considerar no solamente fragmentos de las Escrituras, sino todo el consejo de las Escrituras.

Es muy válido que un nuevo creyente solamente quizá haya leído el Evangelio de Juan o Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna”. Aunque es perfectamente posible que con Juan 3:16 solamente una persona alcance salvación, cuando uno considera la salvación desde el punto de vista global y completo de las Escrituras, uno llega a entenderla todavía de manera más plena. Uno llega a gozarse más y uno llega a cultivar un mayor agradecimiento al Señor por la obra histórica que ha hecho a favor de su iglesia, algo que no comenzó en un momento reciente, sino que comenzó desde la fundación del mundo. El objetivo que vengo a traerles es enamorarles a ustedes con toda la Escritura desde el punto de vista de su salvación.

Razones para estudiar todos los pactos: conocer a Dios y su hilo conductor

¿Por qué estudiar todos los pactos? Esta parte será más temática, la otra será más expositiva, pero tengo que explicarle por qué estudiar todos los pactos. El primer pacto establecido por Dios con los hombres fue el pacto que estableció el Señor con Adán: enormes bendiciones, ¿a cambio de qué? A cambio de obediencia, representada en abstenerse de tomar un fruto. El siguiente pacto celebrado por Dios con los hombres, el pacto con Noé, donde le estaba prometiendo enormes bendiciones. El tercer pacto celebrado por el Señor, el pacto con Abraham, donde hubo una bendición para todas las naciones de la tierra a través de un descendiente suyo. Y siguen avanzando los pactos. ¿Por qué entender estos pactos, a pesar de que el pacto que a nosotros nos beneficia es el último de ellos? En primer lugar les diré que todos los pactos son creación de Dios.

Y, a pesar de que tú no estás firmando los pactos anteriores, cuando tú estudias detenidamente estos pactos, tú llegas a entender un poco mejor el carácter de Dios. Así como cuando uno estudia el antiguo Israel y sus instituciones y el sacerdocio y la monarquía, uno llega a entender rasgos del carácter de Dios que de otra manera no podría entender, a pesar de que nosotros no vivimos en el antiguo Israel ni en una monarquía. Cuando estudiamos los pactos de Dios podemos entender todavía un poco mejor a aquel autor de todos los pactos. Es como conocer a un hombre. Si tú me conocieras aquí… bueno, yo tuve el privilegio de conocer al hermano Isabel en un pequeño trayecto manejando un vehículo, pero si acaso el hermano Isabel me conociera en mi casa, allá conocería un poquito mejor a Rafael.

Hay cosas que tú vas conociendo de una persona y, mientras más conoces las obras de esa persona, mejor conoces la persona misma. Tenemos que estudiar el pacto de Dios con Abraham, el pacto de Dios con Moisés, el pacto de Dios con Adán, porque en todos estos pactos Dios ha estado presente. Cuando conocemos las obras de Dios, entonces conocemos mejor a Dios. Nos vemos a ver con el carro. Usted conoce a una persona, mira su carro por dentro, pero donde el carro habla es en el baúl. Bueno, el baúl de un vehículo habla mucho sobre una persona. Es mucho lo que se conoce de una persona mirando el baúl de su carro. Hermano, estudiamos todas las obras de Dios porque al estudiar todas las obras de Dios, entonces conocemos a Dios todavía un poco mejor. En los pactos de Dios conocemos su misericordia.

La misericordia, sabiduría y progresión de los pactos

Respóndase usted lo siguiente: ¿por qué razón el Dios omnipotente que creó el cielo y la tierra trata al hombre con tanta dignidad y, en vez de relacionarse con él como con un vasallo distante y lejano, el mismo Señor que creó el cielo y la tierra le dice a Adán: “Quiero entrar contigo en un pacto”, a Noé: “Quiero relacionarme contigo en el contexto de un pacto establecido entre dos partes”? ¿Por qué razón el Dios omnipotente firma pactos con el hombre? Eso nos habla de su misericordia. Él no tenía que haberlo hecho. Dios no tenía que haber firmado un pacto con ninguno de nosotros, pero lo hizo, y en eso manifiesta al hombre su misericordia. ¿Por qué estudiar los pactos? Porque a través de los pactos conocemos la sabiduría de Dios al regir cosas que vienen en beneficio de la sociedad. Miren, todas las constituciones del mundo –yo no he hecho un trabajo exhaustivo, pero he estudiado unas cuantas–, casi todas las constituciones del mundo, por no generalizar que todas, tienen sus orígenes en estas primeras constituciones que el Señor utilizó para regir su relación con los hombres.

¿Por qué estudiar los pactos? Porque en ellos conocemos la sabiduría de Dios. Pero al mismo tiempo en ellos conocemos su carácter, las cosas que a Dios le agradan. Si Dios reguló esas cosas, significa que para Dios esas cosas son importantes. Pero no solamente porque todos son obras de Dios, sino también porque en los acuerdos nuevos regularmente se citan como preámbulo los anteriores. ¿Dónde está nuestra hermana abogada? Cada vez que se rige una nueva ley, dice el abogado, dice el jurista: “Habiendo considerado, visto la ley…”. Cada vez que hay un nuevo pacto se citan los pactos anteriores, porque conociendo el pacto anterior, conociendo el contexto anterior, de algún modo queda de manera más clara lo que en este nuevo pacto se está rigiendo. Hermano, hay que conocer la ley de Moisés. Hay que conocer el pacto con Abraham. Hay que conocer el pacto con Adán, porque cuando uno entiende estos pactos uno tiene todavía un entendimiento más claro del último y más grande pacto que el Señor ha celebrado con el hombre a través de Cristo.

Pero no solamente por esto. Miren, todos los pactos de la Escritura mantienen un hilo conductor ascendente, de forma que cuando usted conoce el pacto celebrado con Adán, usted conoce mejor el pacto celebrado con Noé; y cuando conoce el pacto celebrado con Noé, usted entiende mejor el pacto celebrado con Abraham; y cuando entiende el pacto celebrado con Abraham, la promesa que le fue dada, entonces entiende mejor la ley de Moisés; y cuando usted entiende mejor la ley de Moisés, entonces entiende mejor la gracia de Cristo. Es algo que va ascendente.

El hilo conductor bíblico y la dificultad de Romanos, Gálatas y Hebreos

¿Por qué estudiar todos los pactos, por qué considerar toda la Escritura? Porque esto tiene un mismo hilo conductor que va desde Génesis hasta Apocalipsis. Es más, parte de los firmantes de los antiguos pactos también firman los pactos nuevos. Me preguntaba alguien: “¿Y por qué Romanos, Hebreos y Gálatas son libros tan densos?”. Y es así. Hermano, uno lee los evangelios, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y los evangelios como que todo el mundo los entiende a la primera. Pero cuando uno llega a Romanos, cuando uno llega a Gálatas, uno dice: “Pero, uy, Gálatas es un libro como más legal, es más técnico, es más enrevesado; Romanos es un libro denso; y Hebreos, hay que sentarse”. Hermanos, esos son libros del Nuevo Testamento que uno tiene que leer detenidamente y con la cabeza tranquila, a poca diferencia de los evangelios. Son libros donde se hablan asuntos que son muy técnicos, asuntos que son legales.

¿Y cuál era la utilidad? Los firmantes de los pactos anteriores tenían que hacer la transición al nuevo pacto, y la manera en que se hace la transición es conociendo las dos cosas. Samuel –quien utilizó el Señor, al apóstol Pablo, que era un maestro entre los fariseos–, el apóstol Pablo, con los dos testamentos en la mano, les dijo: “Miren, según lo que dijo ya Levítico, ahora dice Cristo esto…”. El mismo Cristo enseñaba así. Cristo decía: “Oísteis que fue dicho… mas yo os digo…”. Hermano, para usted abrogar algo usted tiene primero que entenderlo. Yo no he entrado todavía en el texto, pero tengo que dar ñapa.

¿Alguno de ustedes lidió con el Álgebra de Baldor? El Álgebra de Baldor era un libro magnífico. El Álgebra de Baldor tenía ejercicios resueltos y tenía ejercicios propuestos con la respuesta al final del libro. O sea, usted podía tomar el Álgebra de Baldor y el ejercicio 25 al final del libro ya tenía la respuesta: “x es igual a 10”. El detalle en el Álgebra de Baldor es que con la respuesta no era que se pasaba los exámenes, sino con el planteamiento. Y para usted sacar un 100 en álgebra, usted no solamente tenía que haber dicho que la respuesta era 10, también tenía que organizar el planteamiento. Hermano, la ñapa es esta.

La ley como planteamiento para entender a Cristo

Para tú entender la respuesta de Dios por medio de Cristo es necesario que tú entiendas el planteamiento propuesto desde Génesis hasta Malaquías. Había un predicador que se paraba en el parque y decía: “¡Cristo es la respuesta, Cristo es la respuesta, Cristo es la respuesta!”. Y alguien le dijo: “¿Y cuál es la pregunta? ¿Y cuál es la pregunta?”. Hermano, si uno no entendiera la ley, si uno no considerara los anteriores pactos, si uno no quedara en evidencia ante Dios por todo lo que el Antiguo Testamento dice contra nosotros, uno ni siquiera deseara a Cristo. Un cristiano que conoce lo que el Antiguo Testamento dice de la real condición del hombre, cuando ve la gracia manifestada en el Nuevo Testamento, entonces recibe la gracia no solamente como “ay, qué bueno que llegó”, sino “¡esto era lo que yo estaba esperando!”.

Mi meta es que mi iglesia no solamente sepa valorar el sacrificio de Cristo, sino que sepa ver el sacrificio de Cristo en el contexto de todo lo que se dice de Cristo en todas las partes de la Escritura, desde Génesis hasta Apocalipsis. Cristo es el tema central en toda la Biblia. Bueno, entonces vamos a las Escrituras. Después del preámbulo, Gálatas capítulo 3, versículos 19 en adelante: ¿para qué sirve la ley? La ley, hermanos, fuera del pacto con Cristo, es el más grande pacto de la antigüedad, el más extenso de todos, el más amplio, el más citado en las Escrituras.

Es tan amplio que los primeros cinco libros de la Biblia, en gran medida, contienen ese pacto con el Señor, y los restantes libros muestran el uso que se hizo de ese pacto y cómo este pacto cambió la vida nacional de un pueblo. ¿Qué dice Gálatas capítulo 3, versículo 19 en adelante? Aquí quería llegar. El apóstol hace una pregunta y él mismo la responde. Gálatas capítulo 3, versículo 19 en adelante. De manera retórica, Pablo plantea la pregunta e inmediatamente después entrega las respuestas: ¿para qué sirve la ley? Dice así la Escritura. Leemos la Palabra del Señor:

¿Para qué sirve la ley? Fue añadida a causa de las transgresiones, hasta que viniese la simiente a quien fue hecha la promesa; y fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador. Y el mediador no lo es de uno solo; pero Dios es uno. ¿Es, pues, la ley contraria a las promesas de Dios? En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley. Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes. Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada. De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.

— Gálatas 3:19-29

Está muy denso el texto. Estamos como avanzando un poquito más, ¿verdad? No nos quedemos solamente en la orilla de la revelación de Dios, sino vamos un poquito más en profundidad. Ya que quizá usted fue salvo, entienda cómo usted fue salvo. Ya que usted es firmante del nuevo pacto en Cristo, entienda cuál era el pacto anterior. Ya que usted tiene la promesa de Abraham, entienda cómo llegó usted a ser parte de esta promesa. Respondamos la pregunta: ¿para qué sirve la ley? Versículo 19. Lo primero que dice el versículo 19 es lo siguiente: que la ley fue añadida.

La promesa de la simiente y la ley añadida como “adéndum”

¿Y añadida a qué, hermano? La promesa más grande que hay en la Escritura fue una promesa que el Señor le dio a Abraham, y esta promesa es grande porque no comenzó con Abraham, viene desde el huerto del Edén. La primera promesa del Señor al hombre, y en todas las promesas se menciona la misma palabra. La palabra clave es “simiente”. Espero que todos puedan entenderme en esto, pero entender esto es clave para entender toda la Escritura. La palabra clave es simiente. Había una promesa que se iba a cumplir por medio de una simiente. Anoten la cita, aunque no me voy a detener para que la busquen, pero se la leo rápido. Primera vez que aparece el término aparece temprano en la Escritura, Génesis capítulo 3.

Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.

— Génesis 3:15

Primera promesa de simiente, aparece en Génesis capítulo 3 y versículo 15. Bueno, pero también a Abraham le mencionaron el asunto de la simiente. ¿Qué le dijeron? A Abraham le fue prometido, en Génesis capítulo 22, versículo 18, lo siguiente:

En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.

— Génesis 22:18

Hermano, esa es la promesa más incluyente de toda la Escritura. Y no solamente se queda ahí, sino que en el Nuevo Testamento el mismo término “simiente” vuelve a ser explicado y dice, del Antiguo Testamento, ahora en Gálatas capítulo 3, versículo 16:

Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.

— Gálatas 3:16

Hermanos, desde Génesis, pasando por todo el Antiguo Testamento, hay un mismo hilo conductor en toda la revelación de Dios, y es que por medio de un descendiente de Eva, de su simiente –simiente es hijo, un descendiente de Eva–, y después le dijeron a Abraham, que también Abraham viene de ella: le dijeron “un descendiente tuyo”. Y después sigue caminando y se lo dicen a David: “un retoño tuyo, un vástago tuyo”. Y después sigue avanzando y aparece el que es hijo de la simiente. ¿Y cómo se llamaba? Cristo. Cristo decía que él era el Hijo del Hombre.

Y después, más adelante, dice Pablo: “Y esa simiente… está hablando… esa simiente es Cristo”. Hermano, la promesa más incluyente que hay en toda la Escritura fue la promesa dada a Abraham, de que en Abraham y en su simiente, por medio de la simiente de Abraham, iba a venir una bendición para todas las naciones de la tierra. Dice que la ley fue añadida a esa promesa de bendición. Lo que Pablo está aquí estableciendo es que la ley no es un asunto muy distinto, sino que es un pacto que se coloca al lado de la promesa. Yo no sé si ustedes han hecho algún contrato laboral que después hace una revisión de ese contrato y se le pone un adéndum al contrato.

Usted firma bajo unas condiciones, le dicen: “Mira, las condiciones van a ser tal cosa”, y se reúnen de nuevo las partes y le dicen: “Vamos ahora a extender el contrato, o vamos a redefinir mejor una parte, o vamos a darle más claridad”, y se le pone un adéndum, algo que no cancela el contrato anterior, pero que a veces lo clarifica, lo hace más manejable. Dice la Escritura que la ley en el Antiguo Testamento fue añadida a la promesa de bendición para todas las naciones de la tierra que fue dada a Abraham. ¿Y qué es lo que Pablo está estableciendo aquí? Que la ley no estaba anulando la promesa, sino que fue puesta al lado de la promesa. Fue como un apéndice, fue algo que no derogó lo anterior, sino que con esto lo ayudó.

Pero también nos dice aquí, en el versículo 19, que fue añadida a causa de las transgresiones. ¿Y qué significa esto? Hermanos, las leyes del Antiguo Testamento, de algún modo, lo que nos decían a nosotros era dónde había pecado. ¿Y para qué? Miren, después que el hombre cayó por medio de Adán, dice la Escritura que su entendimiento fue oscurecido, y las cosas de las que su conciencia antes le daba testimonio ya como que la conciencia se embotó. Y el Señor tuvo que decirle al hombre de manera explícita, a través de más de 600 acápites: “Robar es malo. No hiciste a ningún hombre para que le quitaras la vida. El núcleo familiar hay que mantenerlo”. Y el Señor se dedica durante más de 600 disposiciones a decirle al hombre directamente: “Ya que tu conciencia no responde, yo vengo a decirte que eso es pecado”. ¿Y para qué?

Lo primero: para hacer el pecado evidente. ¿Para qué sirve la ley, para qué sirve el Antiguo Testamento? Cuando uno lee la ley del Antiguo Testamento dice: “¡Guau! Y Dios es así… y qué lejos estoy yo de Dios. Y Dios pide todas esas cosas, pero yo no puedo hacerlo”. Fue añadida a causa de las transgresiones porque la ley en el Antiguo Testamento hace que el pecado se haga evidente. Es como un diagnóstico. Hermano, uno de los problemas que tienen los servicios de salud es que, para que los servicios de salud funcionen, es necesario que sean diagnosticadas las enfermedades. Y hay gente que se muere porque nunca llegó al tratamiento, y ¿por qué no llegó al tratamiento? Porque nunca se le diagnosticó.

La ley como diagnóstico y freno, y su función de despertar el deseo de Cristo

La ley dada por medio de Moisés, de algún modo, era el diagnóstico del Señor de la condición del hombre, y cuando leemos la ley, entonces las transgresiones se hacen evidentes. ¿Por qué más? Porque la ley, de algún modo, refrena el efecto destructor del pecado. La ley no vivifica al hombre –dice ahí mismo un poco más adelante–, sin embargo, hace lo siguiente: cuando tú sabes que lo que ofende a Dios te daña a ti, entonces tú ves al ofender a Dios y te va mejor. La ley del Antiguo Testamento no resolvió el problema del pecado, pero limitaba el avance destructor del pecado. Porque dice aquí que fue añadida a causa de las transgresiones: porque las hace evidentes, porque refrena el efecto destructor del pecado y porque nos hace desear a Cristo.

Es más, sería muy bueno que los nuevos creyentes consideraran el Antiguo Testamento para que vieran lo que Dios piensa de ellos. ¿Saben que casi todo ser humano piensa que Dios tiene buena opinión sobre sí mismo? Tú le dices a alguien: “¿Qué tú piensas que Dios piensa de ti?”. “Ah, no, que yo soy una persona buena, que yo no hago mucho daño…”. Pero cuando uno lee más de estas seiscientas sentencias del Antiguo Testamento que nos condenan ante el Señor, uno dice: “Guau, si Dios es así y yo soy asá, ¿qué opinión tendrá Dios de mí?”. Hermano, uno de los problemas en este tiempo es que la gente tiene una conciencia endurecida y no entiende su necesidad de Dios.

Uno le dice a la gente: “Cristo es la respuesta, Cristo es la respuesta”. Pero la gente dice: “¿Respuesta de qué? Yo vivo bien”. Cuando tú lees la ley del Antiguo Testamento y ves lo que Dios le dijo al hombre: “¿Ustedes quieren entrar en comunión conmigo? ¿Ustedes verdaderamente quieren hacer mi voluntad? Agarren esto…”. Y yo leo eso, hermano, y digo: “Pero, ¿y estos hombres eran locos?”. Pero eso somos nosotros mismos, ahí representados. Cuando el Señor le dio la ley a Israel, ¿sabe cómo lo hizo? Le dijo a Moisés: “Sube al monte y deja al pueblo a la falda de la montaña. Sube tú solo”. Y cuando subió allá Moisés al monte, dice que bajaron rayos y centellas desde allá.

Hermano, aparece ahí el doctor Owen –yo digo “umomio”, pero es Owen–, que dice que el Señor le dio la ley a Moisés rodeado de millares de ángeles. Y el pueblo, en la falda del monte, escuchaba esos rayos que bajaban desde allá, y dice que el pueblo se llenó de gran temor y le dijo a Moisés: “Sube tú solo; no nos acerques, porque puede ser que Dios nos destruya”. Y este Dios que es todo santo, que el pueblo no pudo subir allá a la cúspide de la montaña para encontrarse con él, sino que tuvo que subir Moisés, previa preparación, encontrarse con Dios a recibir la ley, a este pueblo el Señor le dice: “Miren, ustedes que quieren hacer mi voluntad: esta es mi voluntad expresa”. Y Moisés bajó desde allá y le dijo al pueblo: “Ay, ustedes que vieron qué tremendo Dios estamos sirviendo, qué Dios tan poderoso, qué Dios tan santo. Ustedes no podían ni siquiera ponerle el pie al monte porque la santidad de Dios les iba a cortar de la tierra. Él nos ha dado la ley…”.

¿Y sabe qué dijo el pueblo? “Así está bien, la vamos a cumplir”. Habiéndose encontrado cara a cara con un Dios tan fuerte, debieron pedir misericordia. O sea, ¿cómo tú que dices: ‘Nosotros vamos a cumplirlo’? ¿Qué es lo que Dios le está diciendo al pueblo? “Yo soy en extremo santo, ustedes son en extremo perversos. Yo soy en extremo bueno, ustedes son en extremo malos. Yo soy en extremo riguroso y ustedes son muy livianos”. La ley, hermano, fue dada para que nosotros entendamos cuál es el nivel de requerimiento que hace falta para relacionarnos con Dios, y cuando el Señor nos imputa la justicia de Cristo, nos hace decir: “Guau, descansé, porque yo, en mis propias fuerzas, no podría”. La ley nos hace desear a Cristo.

Dice la Escritura: “hasta que viniese” –¿qué?–, versículo 19, “la simiente”. Vuelve de nuevo el tema de la simiente. Es algo que hay que manejarlo, hermano, porque ese es el hilo conductor de toda la Escritura: la simiente. La simiente se profetizó su nacimiento en Génesis, se esperó su nacimiento, llegó la simiente en Cristo y la simiente, entonces, ahora ha sido puesta dentro de nosotros y somos vivificados. Dice la Escritura: “hasta que llegase la simiente”. La simiente fue anunciada en el Edén, fue prometida a Abraham, fue revelada en Cristo y fue puesta en nosotros. Dice la Escritura, en la primera carta de Pedro, capítulo 1:

Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.

— 1 Pedro 1:23

Vamos a una pausita aquí, hermano.

Resumen intermedio y transición: limitaciones de la ley y superioridad de Cristo

Hago un resumito así rápido: tema conductor de toda la Escritura, la simiente. El Señor se ha relacionado con los hombres por medio de pactos. El pacto más grande fue el pacto que vino a través de Cristo. La ley ha sido quizás el pacto anterior más extenso que el Señor ha dado. ¿Para qué estudiamos la ley? Porque la ley nos permite entender la necesidad que tenemos de Cristo. Tengo que cerrar el versículo 19, pero dice ahí que fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador. Cuando la ley fue dada, dice la Escritura que había multitudes de ángeles con el Señor. ¿Y quién era el mediador? Era Moisés. Moisés fue puesto –dice asimismo la Escritura– fue puesto entre el pueblo y Dios. Él como que intercedía a Dios por el pueblo.

Nos movemos y quiero considerar el versículo 21 y siguientes, que dicen de la manera siguiente: “Luego, ¿la ley es contraria a las promesas de Dios?”. A lo que Dios había prometido: si el Señor prometió bendición por medio de Abraham, ¿entonces anuló el Señor la promesa de bendición? “En ninguna manera; porque si la ley dada pudiera vivificar, la justicia fuera verdaderamente por la ley”. Aquí tenemos el gran problema y la gran deficiencia que tiene la ley, y la gran superioridad de Cristo. ¿Qué sucedía en tiempo de la ley? Que la gente sabía que era pecadora, pero ¿qué hacía con su naturaleza? Nada podía hacer. ¿Qué sucedía en tiempo de la ley? Que el diagnóstico era bueno, pero no había un remedio.

Hermano, una de las razones por las cuales el pacto con Cristo es superior al pacto dado por medio de la ley de Moisés es que el pacto de Cristo no solamente vivifica nuestra conciencia para que entendamos la voluntad de Dios, sino que también fortalece nuestro carácter para que podamos hacerlo. ¿Por qué razón es superior Cristo a la ley de Moisés? Porque la ley solamente te decía: “Mira, violaste uno de los 600 mandamientos establecidos por el Señor”. ¿Qué hace Cristo? Cristo no establece una serie de 600 ordenanzas; Cristo te da su propia mente para que tú entiendas su voluntad a través de su Palabra revelada, y al mismo tiempo Cristo te da su misma naturaleza y te da una capacidad no solamente de entender lo que es bueno y lo que es malo, sino de hacerlo.

¿En qué sentido es superior el pacto con Cristo? Porque el pacto de Cristo no solamente te dice: “Tú estás allá y yo estoy aquí, y estas son las ordenanzas”. El pacto de Cristo te dice: “Yo voy a poner mi ley en tu corazón, la voy a poner dentro de ti, y voy a poner en ti mi propia naturaleza para que, así como yo vencí cuando estuve en medio de vosotros, también ustedes puedan vencer”. Por eso la ley solamente diagnostica, pero no vivifica; no justifica al hombre delante de Dios. Son complementarias: la ley y la promesa de salvación de Dios son complementarias. Una hace que el pecado se haga evidente, lo diagnostica, y la otra elimina el pecado aplicando el tratamiento. Ahora vamos a considerar dos metáforas que Pablo explica.

A estos que se les ponen como los ojitos chiquitos cuando uno aplica, esto mismo Pablo parece que lo entendía y decidió explicárselo de manera visual. Les dijo: “¿Cómo es que funcionaba la ley?”. Hay dos metáforas que él utiliza. Lo primero es el confinamiento y lo segundo es un ayo, que le voy a explicar en un momentito lo que es. Dice el apóstol Pablo, versículo 22: “Mas la Escritura lo encerró todo bajo pecado, para que la promesa que es por la fe en Jesucristo fuese dada a los creyentes”. Hermano, oigan la manifestación de la gracia del Señor. Dice la Escritura que la Escritura –o sea, el Antiguo Testamento– lo encerró todo bajo pecado. ¿Qué es esto? Hermano, usted se movía a la izquierda y se daba cuenta de que era un pecador, se movía a la derecha, pecador, iba arriba, pecador, iba abajo, pecador. “También estoy encerrado”.

¿Y para qué el Señor nos enseñó nuestra real condición ante él en esa encerrona? Aquí está también explicado, para qué. Lo dice el mismo versículo. Para qué el Señor permitió que nosotros viviéramos en esa encerrona. Dice en el versículo 23: “Pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley, encerrados para aquella fe que iba a ser revelada”. Y en el versículo 24: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo…”. Aquí está la siguiente metáfora. La primera metáfora es la de una prisión. Hermano, vivir en el Antiguo Testamento, de algún modo, era como vivir en una jaula. Uno decía: “Pero me muevo a la izquierda y soy pecador, y no puedo resolver”. Por eso dijo el salmista: “¡Ay de mí!”.

Es como el desespero. Yo quisiera poner esto de manera vívida. Imagínate que tú vas caminando por la calle y pasa un carro y te llena de lodo, y cuando tú llegas a tu casa no encuentras ni siquiera agua. Tú dices: “Ay de mí, que estoy lleno de lodo y no tengo con qué quitarme el lodo de encima”. Es la incapacidad que tiene el ser humano cuando la ley evidencia su pecado y él dice: “¿Qué voy a hacer con mi pecado?”. Esperar aquella promesa que ha sido dada y que se manifiesta por medio de Cristo. La ley nos encierra, es la primera metáfora, la metáfora de una prisión.

La ley como prisión y como ayo (tutor)

Miren la Escritura, el testimonio objetivo y escrito, nos acusa de pecado y nos condena, esto es lo que nos encierra. Y precisamente este es uno de los beneficios de considerar toda la Escritura: que se haga evidente nuestra real condición ante Dios como pecadores condenados, que al mismo tiempo, por la gracia suya, quienes reconocen su condición pasemos a ser pecadores perdonados. ¿Por qué razón la gente tiene que considerar la Escritura? Porque la Escritura, hermano, da testimonio en contra de nosotros. Usted lee el Antiguo Testamento y dice: “Guau, pero esos eran los requisitos de Dios. Yo no puedo llenarlos”. Un resumen: agarren los diez mandamientos. Si usted no quiere considerar los 600 que dan testimonio en contra de todos nosotros, agarre los diez. Dígame uno de los mandamientos, ¿quién me dice primero?

“No matarás”. Pero dice la Escritura que si usted… –solamente un pensamiento, no diga que lo que dice la Escritura– solamente con que tú llames a otro “necio”, ya es como si lo hubieras asesinado. Otro mandamiento, dígamelo. “No codiciarás”. Bueno, tú dices: “Es que yo soy una mujer casada, o soy un hombre casado, que nunca le he sido infiel a mi marido en ningún sentido”. Ajá, ¿nunca te ha pasado un mal pensamiento por la mente? “Sí, quizá en algún momento, pero yo no lo ejecuté”. Hermano, dice la Escritura que el que deseara solamente con su mente, ya es como si lo hubiese hecho. Otro mandamiento, démelo alguien, que estoy dando un testimonio en contra de ustedes. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. ¿Y usted siempre lo ha hecho?

“Bueno, yo podría haber dicho que lo hice el 60 % de las veces. A veces sí, a veces no”. Es que dice la Escritura que si alguien faltara en una pequeña pizca de la ley, ya como si la hubiera incumplido completamente. “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. ¿Ciertamente tú siempre has tenido a Dios en primer lugar en tu vida, por encima del trabajo, por encima de la familia, por encima del matrimonio, por encima de tus intereses personales? ¿Realmente Dios siempre ha sido la primera parte en tu vida? “No, a veces yo he puesto otra cosa que son prioridades en mi vida, pero Dios lo entiende…”. No, Dios no lo entiende. Otro más: “Amarás al Señor tu Dios sobre todas las cosas”. Así mismo es. Hermano, solamente diez, y son más de 600, y en esos diez uno queda trucho.

¿Para qué sirve la ley y el Antiguo Testamento? Porque nosotros estamos predicando a un grupo de gente que se han validado en sí mismos y creen que son buenos. ¿Por qué hay que predicarle la ley a esta generación, a este tiempo? Porque uno sale a la calle y dice a la gente: “Aquí está Cristo, que es la promesa de redención del Señor”. “¿Cristo? ¿Yo necesito a Cristo? Yo estoy muy bien”. Lee las Escrituras, porque son las Escrituras que dan testimonio contra ti mismo. Y, a menos que reconozcas tu real condición ante Dios de pecador condenado, que estás en la encerrona del pecado, nunca vas a desear a Cristo.

¿Por qué hay que predicar toda la Escritura y no solamente el Nuevo Testamento? Porque cuando se predica toda la Escritura, la gente llega realmente a desear a Cristo. Tú lees el Antiguo Testamento y ves el alto estándar de la moralidad de Dios y ves dónde te quedaste tú, y tú dices: “Misericordia, Señor, misericordia”. Primera cosa que hace la ley: la ley te encierra, la ley te condena. Hermano, hay que ser muy, muy testarudo para uno leer el Antiguo Testamento y entender que uno es bueno. Pero no solamente la ley. El Señor dijo: “Mira, les voy a documentar la ley palabra por palabra, y les voy a narrar la historia de aquellos que vivieron bajo la ley”. Agarren a David.

¿Tú te crees que tú eres mejor que David? Y ni siquiera David pudo contener sus bajas pasiones y se cedió ante cosas que no debían haberse hecho. David, hermano, se fue… David. ¿Usted sabe para qué están ahí esos testimonios de los hombres que vivieron bajo la ley del Señor? Para que uno vea lo que es realmente el pecado. Y Sansón. La gente habla de Sansón como “Ah, un hombre poderoso, muy fuerte”. Es para que nosotros veamos el efecto destructor del pecado cuando la gente se deja llevar. Ese eres tú. ¿Para qué existe el Antiguo Testamento, hermano? El Antiguo Testamento existe para condenarnos y, después, levantarnos en el Nuevo. Cuando uno lee el Antiguo Testamento dice: “Guau, Señor, pero ese soy yo. Yo no puedo llenar tus expectativas, no he podido, me declaro incapaz”.

Había una canción que decía así mismo: “Incapaz, hoy me declaro incapaz. No he podido hacer tu santa voluntad, demasiado he recibido de tus manos…”. Él sí tiene la capacidad. ¿Para qué leemos el Antiguo Testamento, hermano? Porque hay una generación de personas que leen solamente el Nuevo y entienden que el cristianismo es un asunto más: “Ay, yo soy cristiano”, y es como “yo fui a la tienda y compré unos jeans”, “ay, yo soy cristiano”, es como “yo me acabo de mudar a una casa nueva”. Cuando tú dices “yo soy cristiano”, lo que estás diciendo es: “Yo he resuelto el problema más grande que el hombre ha podido enfrentar, que es el problema de que estaba condenado y lo que le esperaba era la muerte”.

A menos que entiendas cuál es tu real condición ante Dios –y para eso existe la ley del Antiguo Testamento–, tú nunca entenderás claramente el gran sacrificio que Cristo ha hecho por todos nosotros. La promesa de Abraham es grande, pero la ley fue puesta ahí al lado de la promesa de Abraham para que nosotros podamos valorar la promesa en su justa dimensión. Si no, quedaríamos solamente en que “Ah, bueno, heredamos la promesa de Abraham y vino Cristo”, y no entenderíamos, hermano, el gran problema que resuelve esta promesa. Entonces la salvación fuera para nosotros solamente un accesorio. Es más, yo tengo temor de que en este tiempo hay personas que se llaman cristianos y realmente no valoran tanto su salvación porque nunca entendieron cuál era su anterior condición ante Dios.

En cuanto a que hay personas que se llaman cristianos al día de hoy, y es como que fueron a un lugar y cambiaron de actitud: “Mira, ya yo me hice cristiano”. No. Una persona, cuando se hace cristiana, lo primero que dice es: “Me quitaron este saco de pecado de encima. Uf…”. Pablo decía: “Miserable de mí…”. Uf. Hermano, es que tú pasaste de muerte a vida. Pero, a menos que consideres la ley y que esta ley dé testimonio en contra tuya, tú no vas a ver el gran problema que tú tenías ante Dios. Esta es la primera metáfora que él dijo, que es la metáfora de una cárcel. Dice que la ley nos condena y nos encierra. Pero la segunda metáfora: ¿para qué sirve la ley? Pablo se lo explicó a los gálatas, está aquí la segunda metáfora. Dice él –versículo 24–: “De manera que la ley ha sido nuestro ayo…”.

La figura del ayo y la ilustración del buró de crédito

¿Y qué es un ayo? Le explico lo que es un ayo. Un ayo era un esclavo de confianza que el señor le ponía para que le cuidara a su hijo, que era un niño, hasta que llegara a la adolescencia. Un ayo podría ser un asistente, una nana, un mentor, alguien que acompañaba al niño en sus primeros años. ¿Y para qué? ¿Qué hacía este ayo? Esto viene de la cultura de entonces. Un hombre tenía un niño y decía: “Ok, yo tengo un niño, pero yo quiero que aparezca un hombre que instruya al niño hasta que llegue a la adolescencia, de forma que aprenda a comportarse en la sociedad como hombre”. Entonces esta persona era un tutor, un ayo, un tutor. Era alguien que tomaba al niño en sus primeros años, le enseñaba los rudimentos básicos, le enseñaba quién tú eres, le enseñaba cuál es tu pueblo, le enseñaba cuál era tu condición. Y después entonces iba y se lo presentaba a su padre.

Y cuando el ayo se lo presentaba a su padre, ya se entendía que el ayo, el tutor, había completado su labor y no hacía falta. ¿Qué es la ley, hermanos? La ley es nuestro tutor, que nos encamina de la manito hacia Cristo. ¿Qué es la ley? La ley nos dice: “Mira, tú eres un pecador, tú estás muerto en pecado, tú necesitas de Cristo. Es necesario que camines hacia Cristo”. Y te va llevando como de la mano. Dice la Escritura que la ley es un ayo, la ley es un tutor, la ley es alguien, un asistente, que nos ayuda en nuestros primeros años para que podamos desear a Cristo. “La ley ha sido nuestro ayo”, ha sido nuestro tutor, ha sido puesto al lado del muchacho para acompañarle en sus primeros años y eventualmente llevarlo ya instruido hacia su padre. ¿Qué es la ley, hermano? La ley es la provisión del Señor para que nosotros seamos pasados de la ignorancia a la luz.

Eso me parecía a mí, en mis primeros años cristianos, difícil de asimilar, pero cuando yo entendí esto, hermano, yo entendí lo que era un cristiano. O sea, uno está muerto, solito en pecado, uno no tiene idea de la carga de pecado que testifican en contra de uno. Hasta que no se lo enseñan. Y cuando no le enseñan eso, a uno como que se le abren los ojos: “¡Guau, hay que hacer las cosas de manera diferente! ¿Y qué hago si no tengo la capacidad?”. Hermano, ¿qué es la ley? La ley es como un buró de crédito. Yo tengo un cliente que es un buró de crédito, y ellos tienen récord financiero de todos los dominicanos que son financieramente activos. Y yo voy a veces a reuniones de esta gente, y a mí me sorprende porque yo me siento ahí y cuando llega la persona al buró de crédito, lo que dice todo el que llega al buró de crédito es: “Yo no reconozco que yo haya hecho eso. ¿Cómo va a ser que yo tengo esa deuda?”.

O sea, las personas llegan y encuentran ahí compromisos que tienen años, y dicen: “Pero no puede ser. ¿Cómo va a ser que yo tengo un mal historial crediticio si yo no he hecho nada?”. “Pero mire, usted tenía un compromiso que usted dejó de pagar en tal año”. “Ajá, pero yo no sabía que esa gente…” “Sí, mire, esa deuda alguien la compró y aquí está”. Y la gente, antes de ver el buró, no tenía problema ni le debía a nadie. Hermano, ilustrando esto, le diré que la ley es como un buró de crédito que testifica contra todos nosotros. Y cuando tú llegas con tu cara lo más linda a Cristo, Cristo te dice: “Pero mira lo que dice la ley sobre ti: dice que tú eres un pecador; dice que tú eres un fornicario; dice que tú eres una persona que no ama a Dios; dice que tú no tienes a Dios sobre todas las cosas; dice que tú eres un idólatra; dice que tú eres un hombre impulsivo, eres un violento…”. “¿Dios piensa todo eso de mí?”. “No, mira que la ley da testimonio, mira tu historial crediticio”.

Pero al mismo tiempo el Señor toma de sus recursos y paga. ¿Y qué es lo que sucede, hermano? Que si el Señor solamente pagara y no te enseñara el historial, entonces tú no fueras agradecido. ¿Para qué sirve la ley, hermano? Para que la gente no siga de largo. La gente sigue de largo la salvación. Las personas dicen: “Mira, arrepiéntete de tus pecados, y Cristo va a perdonar tus pecados”. La gente dice: “Está bien, Señor, te confieso mis pecados…”. No. No es solamente “ya”. Es que dice aquí que tú tienes una deuda de 4.5 millones de pesos, porque quizá la deuda era de 200 mil pesos, pero los intereses fueron aumentando, y cuando te buscaron en el buró, tú dices: “¿De dónde salió que yo debo 4.5 millones de pesos para saldar mis deudas?”. Y el mismo dueño del buró te dice: “Ok, míralo aquí, aquí están 4.5 millones de pesos, y hay 4.5 millones más por cualquier cosa”.

El bautismo como señal del nuevo pacto y conclusión doctrinal

Y tú dices: “Gracias…”. Pero sin la ley, un cristiano no podría decir plena y de todo corazón: “Gracias, Cristo, por tu enorme sacrificio”. Si la ley no se entiende, no se entiende la Navidad; si la ley no se entiende, no se entiende la Semana Santa. “Ah, que vino Cristo en Navidad, lo celebramos… ¿y para qué? Que murió Cristo por mí… ¿y por qué?”. Porque eran tantos mis pecados, eran tan variados mis delitos, eran tantos, que hacía falta un sacrificio perfecto. La ley es un ayo que te enseña en tus primeros años: “Tú eres un pecador, tú estás condenado, tú necesitas misericordia”. La ley te prepara para llevarte hacia el Señor. Y cuando la ley te prepara, lo que te dice es: “Mira, tú te vas a encontrar con el Señor, pero no seas altivo, sé humilde. El Señor va a ofrecer perdonar tu pecado –te dice la ley–, recíbelo”.

La ley es un ayo, es nuestro tutor. Tengo que terminar aquí porque se me agota el tiempo, hermano, pero permítanme, aunque sea, tres versículos más, del 25 al 27. Dice de la forma siguiente. Así como en los otros pactos había cosas que había que hacer para uno ser firmante de ese pacto –bueno, en el pacto que el Señor celebró con Abraham, él puso una señal de ese pacto–, ¿cuál era la señal del pacto con Abraham? La circuncisión. Si una persona era circuncidada, entonces esa persona se entendía que era parte del pueblo de Dios. El Señor estableció una señal. Así como cuando usted paga la deuda en algún lugar le dan un comprobante de pago. Aprovecho aquí, hermano, para decirle a mis hermanos un asunto: miren, cuando usted paga una deuda, guarde esos comprobantes.

Que usted tiene otra tarjeta de crédito y la paga, guarde eso. Yo tuve que pagar 14 mil pesos de una deuda que se agarró por ahí, y a mí me consta que yo pagué ese asunto, pero decía el buró que no, y hubo que buscar el dinerito y ponerlo. Guarde sus comprobantes. Hermano, cuando usted por fuera era hecho parte de la promesa, le quitaban el prepucio. Y eso parece algo raro –no vamos a entrar al tema porque es otro tema–, pero era una señal visible de que usted ya no era de los otros, sino que usted era de su pueblo. ¿Y cuál fue la señal que el Señor estableció para que, cuando uno era condenado así y le pagaban su deuda, uno tuviera como algún papelito, algo, con que se recuerde de que su deuda fue perdonada? Está ahí también, Gálatas capítulo 3, está ahí.

Dice: “Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo; pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. ¿Y cuál fue, hermano, la señal que el Señor puso ahora para el nuevo pacto, cómo uno entra al nuevo pacto? El bautismo acompañado de fe. Porque, como les he explicado anteriormente, el agua sin fe es solo agua. Hace falta las dos cosas: “El que creyere y fuere bautizado será salvo”. Dice aquí la Escritura, en Gálatas. Yo bromeaba con Carlos y le digo que últimamente cada sermón que predico termina en el bautismo, y no es que yo me lo propongo, hermano, es que la Escritura enseña el bautismo como el punto de entrada a las promesas de este nuevo pacto. Dice la Escritura:

Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo, pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa.

— Gálatas 3:25-29

Hermano, que usted entienda que usted es beneficiario de una promesa que se hizo hace miles de años a un hombre llamado Abraham, y la promesa que fue dada a Abraham es que, en la simiente de Abraham, en el descendiente de Abraham, en un hijo de Abraham –que fue lo mismo que se le dijo a Eva: “un hijo tuyo, simiente tuya”; que fue lo mismo que se le dijo a David; que fue lo mismo que dijo Cristo; y que fue lo mismo que Pablo está estableciendo que sucedió–, que en esa simiente, esa descendencia, esa naturaleza perfecta –eso es lo que es simiente, simiente significa un descendiente que tiene toda la naturaleza de quien lo engendró–, hermano, esa simiente de Cristo, que Cristo, él es hombre, pero él tiene toda la santidad de Dios, tiene toda la capacidad de Dios, tiene toda la naturaleza de Dios, tiene todos los recursos de Dios, dice la Escritura que en esa simiente también nosotros hemos sido vivificados.

Miren la hermosura de entender la ley. Cuando uno entiende la ley, uno entiende su condición ante Dios, y uno puede decirle al Señor con conocimiento de causa: “Señor, yo vi mi historial. Señor, la ley dio testimonio contra mi conciencia. Yo reconozco que soy pecador. Yo sé que no puedo lidiar con mi problema de pecado. Yo recibo esta promesa que tú le dijiste a Abraham, de que en la simiente perfecta que iba a venir a través de él, que es Cristo Jesús, yo también puedo ser vivificado”. Un cristiano es una persona que reconoce su pecado, se arrepiente de él, lo confiesa públicamente y da testimonio por medio de las aguas. Cierren sus ojitos ahí un momento y permítanme orar.

Llamado al arrepentimiento y a la fe en Cristo

Gracias, Señor, por tu Palabra revelada. Mira aquí que, con tu ayuda, he hecho el esfuerzo de explicarle a mis hermanos y amigos claramente su verdadera condición ante ti. Un paréntesis aquí: le pregunto a la gente, ¿acaso tu conciencia da testimonio? ¿Acaso puedes tú reconocer que estás muerto en tus delitos y pecados? ¿Puedes dejarte de ver como tú crees que eres y verte por un momento como Dios realmente te ve? Quizás el Espíritu Santo ha permitido que tu conciencia sea un poco más sensible hoy, para ver que más de 600 acápites de la ley y los diez mandamientos dan testimonio en contra tuya. Que realmente no estás bien delante de Dios como tú piensas que estás, sino que el mismo que hizo la ley está dando testimonio a tu conciencia de que eres un pecador, de que estás muerto, de que estás condenado, de que estás confinado a vivir sin Dios.

Si el Señor ha permitido hoy que tú veas tu real condición ante él por medio de la ley –pecador, condenado, confinado, muerto en tus delitos; que no hay nada bueno dentro de ti; descarriado, dice la Escritura que eres–, también el Señor quizá pueda permitir hoy que veas a Cristo tan claramente; que veas la simiente de Abraham, esta simiente perfecta que es toda santa, que es toda justa. Y que el Señor ponga en ti su naturaleza, ponga en ti su justicia, y que esta promesa que fue dada a Abraham, con una señal, ahora también tú seas un beneficiario de esta promesa con otra señal. Dice la Escritura:

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Si tú quieres hoy tener una conciencia tranquila delante de Dios, si quieres que todos tus pecados sean limpiados, dice la Escritura, lo tienes que confesar. No lo hagas uno a uno porque no te va a dar el tiempo. Dile al Señor: “Señor, yo confieso que a través de tus Escrituras he sido persuadido de que soy un pecador. Admito delante de ti que no soy bueno, que no soy santo, que no soy justo, que no soy digno. Reconozco que no tengo la autoridad moral para estar de pie ante tu presencia. Reconozco, como el pueblo de Israel, que si acaso pusiera un pie en la falda del monte, este Dios que es todo santo, que es todo puro, un Dios que cuando Moisés se encontraba con él resplandecía su rostro, puede ser que me destruya. Por su misericordia no hemos sido consumidos”.

Quizá puedas decirle ahora al Señor, aquí, con mi carga de pecado, con mis sacos, con mis deudas delante de ti, con mi verdadera condición reflejada por medio de la ley, “ahora estoy listo para recibir de ti toda gracia”. Dice la Escritura, en el libro de Apocalipsis:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Dice el Señor, que es todo santo, a un hombre que es todo pecado; dice el Dios que es todo deleite a este hombre que vive en inmundicia: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta…”. Quizás puedas decir esta mañana de domingo al Señor: “Señor, ya yo sé que soy un pecador, ya yo sé que la vida cristiana no solamente es comportarme de manera distinta”. Puedes decirle ahí al Señor en oración: “Señor, ya yo entendí que con mi esfuerzo yo no puedo hacer tu voluntad; que necesito una nueva simiente, una simiente santa, una simiente viva, una simiente que es perfecta; necesito tu semilla en mí, necesito tu naturaleza en mí”. Puedes decirle ahí al Señor: “Señor, confieso que soy un pecador. Te pido que perdones mis pecados, todos mis pecados en este momento. Te pido, Señor, que me limpies de toda maldad, que me aceptes como hijo tuyo y me des tu naturaleza, que me pases de muerte a vida. Reclamo para mi beneficio, Señor –no con autoridad, sino desde abajo, lo ruego–, ruego que la promesa dada a Abraham también obre en beneficio mío, de que yo sea de aquellos que serán benditos por la simiente suya”.

Si tú puedes confesar ante el Señor tus pecados, dice la Escritura, aquel que creyere con todo su corazón y fuere bautizado en las aguas –recuerda que la señal del pacto es el bautismo–, y fuere bautizado en las aguas dando testimonio público –eso es un recuerdo permanente de que realmente él es un cristiano–, será salvo.

Invitación al bautismo y oración final por la iglesia

No abran sus ojos todavía, quiero de nuevo preguntar: ¿hay aquí alguien que, a través de la Escritura, pueda ser persuadido de que no es bueno? ¿Hay aquí alguien que, a través de la Escritura, pueda ser persuadido de que está muerto? ¿Hay aquí alguien que, a través de las Escrituras, pueda reconocer cuál es su condición ante Dios, y qué misericordioso es el Señor que permite que tú estés en su casa y no seas consumido? ¿Hay aquí alguien que esté listo para pedir misericordia? Si tan solo pudieras humillarte delante del Señor y reconocer tu condición ante él, el Señor, que es rico en misericordia, que es abundante en justicia, el sacrificio perfecto de Cristo puede ser aplicado en favor tuyo. Confiesa tu pecado delante del Señor, cree de todo corazón y bautízate.

Nuestra iglesia estaremos, en las próximas semanas, comenzando talleres de membresía para personas que han confesado en secreto su pecado, que quieren ir a las aguas, a participar de este pacto que tienen las aguas, a confesar públicamente sus pecados. Estaremos prontamente convocando. Te invito a resolver en este momento tu pecado delante del Señor y, al mismo tiempo, a resolver bautizarte. Oro ahora por toda la iglesia. Mantén tus ojos ahí cerrados, permíteme orar por ti.

Gracias, Padre, por toda la Escritura. Gracias, Señor, porque cada uno de estos libros, ¡guau, Padre, qué tesoro! Gracias por la mitad de ellos que me enseñaron que estaba muerto, y gracias por la mitad de ellos que me levantaron para una nueva vida. Gracias por el Antiguo Testamento, Señor, que me enseñó mi condición, y gracias por el Nuevo, Padre, que me enseñó tu misericordia. Gracias, Padre, por tu testimonio escrito. Bendice tu iglesia, Padre. Como te pedí al principio, te pido ahora al final: permite que aquellos, Padre, que ya creyeron y fueron bautizados tengan un conocimiento cada vez más pleno y un agradecimiento cada vez más amplio, Señor, por el sacrificio hecho por ti en la cruz del Calvario. Y permite que aquellos, Padre, que están escuchando la predicación quizá por primera vez y que milagrosamente entienden, pronto puedan ser llevados a las aguas y ser recibidos en un nuevo pacto. Gracias por tu sacrificio perfecto, Señor, muchas gracias. En el nombre de Jesús. Amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos. Nos vemos el miércoles en nuestro culto estudio bíblico. Salúdense con alegría y gozo.

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