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El consejo de Jetro a Moisés

Éxodo 18:13-27

El Señor enseñó a Moisés, por medio del consejo de Jetro, la necesidad de multiplicar el liderazgo para cuidar mejor al pueblo de Dios y sostener la obra por muchos años. Como iglesia, debemos ser enseñables y prepararnos para que el Señor levante muchos líderes fieles entre nosotros.

Predicado16 de julio de 2017
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Aconteció que al día siguiente se sentó Moisés a juzgar al pueblo, y el pueblo estuvo delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde. Viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo, y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana hasta la tarde? Y Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen asuntos, vienen a mí, y yo juzgo entre el uno y el otro, y declaro las ordenanzas de Dios y sus leyes. Entonces el suegro de Moisés le dijo: No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo tú, y también este pueblo que está contigo; porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo. Oye ahora mi voz; yo te aconsejaré, y Dios estará contigo. Está tú por el pueblo delante de Dios, y somete tú los asuntos a Dios. Y enseña a ellos las ordenanzas y las leyes, y muéstrales el camino por dónde deben andar y lo que han de hacer. Además, escoge tú entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia, y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga sobre ti, y la llevarán ellos contigo. Si esto hicieres, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar.

— Éxodo 18:13-23

Y oyó Moisés la voz de su suegro, e hizo todo lo que dijo. Escogió Moisés varones de virtud entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre diez. Y juzgaban al pueblo en todo tiempo; el asunto difícil lo traían a Moisés, y ellos juzgaban todo asunto pequeño. Y despidió Moisés a su suegro, y éste se fue a su tierra.

— Éxodo 18:24-27

Pueden sentarse, amados hermanos. Introduzco este capítulo 18 del libro de Éxodo diciéndoles que el peregrinaje de Israel hacia la tierra prometida es la más amplia ilustración del peregrinaje de la Iglesia que tenemos en las Escrituras. Casi cada cualidad, casi cada aspecto, cada necesidad que podamos tener hoy como pueblo del Señor, podemos rastrear un buen ejemplo en el Antiguo Testamento, en el peregrinaje del pueblo de Israel. Allí encontramos aliento, dirección y preciosas lecciones para el tiempo presente, entre ellas la necesidad de multiplicar el liderazgo.

Moisés fue el gran líder de Israel, utilizado por Dios para sacar a su pueblo de Egipto, darles la ley y conducirlos por el desierto camino a la tierra prometida. Moisés sobresale por su gran sabiduría, por ser poderoso en palabras y obras y también por su intimidad con Dios. Aun así, durante mucho tiempo fue un líder solitario. Asumía con fidelidad y mucho fruto una pesada tarea, pero ni él ni su pueblo habían visto la necesidad de delegar en otros. Diferente a otras ocasiones, en este asunto Dios no habló a Moisés directamente; utilizó para esto la visita de su suegro Jetro, que le dio un consejo muy apropiado, notable en dos sentidos.

Es un consejo notable por la forma misma en que fue dado, con mucha prudencia y sabiduría, una evidencia de la experiencia que tenía Jetro en estos asuntos y que quería transmitir. Y es notable también por el contenido mismo del consejo: la necesidad de multiplicar el liderazgo y cómo hacerlo. En ambas áreas necesitamos seguir creciendo como iglesia, hermanos queridos. Cada cierta temporada en nuestra iglesia ponemos un énfasis; es algo que toma años, pero cada cierto tiempo comenzamos a hilar en un sentido.

Una visión de cinco años: multiplicar el liderazgo

Recuerdo que el último gran énfasis que pusimos en nuestra iglesia local fue hace dos años, acerca de la importancia de participar en la adoración. Gloria al Señor que comenzamos a ver fruto al respecto. Estas cosas tenemos que seguir moviéndolas como pueblo. Si usted me preguntara: de aquí hacia los próximos cinco años, ¿hacia dónde, como iglesia, estaremos hilando? Después de haber orado al Señor, de buscar su dirección, de ver diferentes cursos de acción en la mano, me siento seguro al decirle que lo que tenemos que estar haciendo como iglesia de aquí a los próximos cinco años es multiplicando nuestro liderazgo.

No será un asunto que lo lograremos en un domingo, no será un asunto que lo lograremos en un mes, no será un asunto que lo lograremos necesariamente en un año. Pero con la ayuda del Señor y para su gloria, en los próximos cinco años en nuestra iglesia local queremos y trabajaremos para multiplicar el liderazgo. Por eso expongo este texto de las Escrituras. De hecho, tengo una perspectiva mucho más amplia. El domingo pasado les estuve diciendo que tengo pasión y espero delante del Señor que de la familia suya el Señor nos levante líderes.

Si tengo una perspectiva a veinte años, yo le diré: trabajaremos al día de hoy para que la familia suya sea un lugar apropiado y propicio en el cual el Señor pueda levantarnos líderes. Si tenemos una visión aún más cercana, no de veinte sino de cinco, les diré que oramos y trabajamos para que en los próximos cinco años el Señor comience a levantar entre nosotros líderes. Si me dijeran a un año, les diré que queremos cuidar lo que ya tenemos, queremos guardar y fortalecer lo que el Señor ya nos ha dado.

Esta porción de la Escritura frecuentemente se utiliza para enseñarle al liderazgo la importancia de multiplicarse. Yo quisiera hoy enseñarle a la iglesia la importancia de que se multipliquen sus líderes. De hecho, hermanos, no hay ninguna porción de la Escritura que sea de interpretación privada, pero tampoco de aplicación privada. No se puede presentar una porción del texto como que se diga: esto aplica a unos y no a los otros. Yo quiero predicarle hoy a mi pueblo el consejo de Jetro a Moisés y quiero que mi iglesia esté preparada para una transición de este tipo.

Hermano, cuando Dios está por mover a su pueblo, frecuentemente levanta líderes, y yo quiero que mi pueblo se mueva. Cuando el Señor quiere transicionar de un punto a otro punto, normalmente levanta líderes y yo quiero que esos líderes sean levantados. Antes de poner todo esto, le diré que lo que estoy por mostrarles es un consejo general, mandado en la Escritura, que en el Antiguo Testamento tiene ejemplos positivos y negativos. Esto no es una ley.

He visto personas que se aproximan a los consejos del Antiguo Testamento como si esto fuera ley para la Iglesia. Eso es legalismo, hermano. No necesariamente la Iglesia el día de hoy tiene que hacer todo lo que hizo Israel en el Antiguo Testamento. Sin embargo, es un buen ejemplo, y lo que estaré mostrando hoy no es la forma obligatoria en que debe funcionar el liderazgo de la Iglesia. Lo que quiero mostrarle es un buen ejemplo de cómo multiplicar el liderazgo, que podríamos nosotros extrapolarlo a nuestro tiempo presente de acuerdo a nuestra necesidad y en nuestro contexto particular. Pero esto no es una ley universal; no significa que todas las iglesias tienen que hacer esto de esta manera.

No es un problema, es una oportunidad

Desestimo cualquier intento de que ustedes piensen que yo quiero parecerme a Moisés. Hermano, yo no soy Moisés en ningún sentido. Ni manejamos un pueblo tan grande, ni tenemos todas las mismas condiciones, ni vengo yo a aproximarme a ustedes como que ustedes piensan que: “¡Guau, el pastor se está quejando porque no hay líder!”. Hermano, yo me siento muy acompañado en mi iglesia local. Yo he tenido un gran privilegio, y es que casi desde el comienzo del ministerio el Señor ha enviado gente con dones preciosos, con los cuales yo me siento extremadamente a gusto y agradecido del Señor.

Yo no predico estas cosas porque sienta como que hay un problema grave. No es porque los líderes no estén funcionando. Quiero decirle que el énfasis de los próximos cinco años en nuestra iglesia local es que queremos multiplicar los líderes, queremos tener más manos. No porque tengamos un problema grave al día de hoy, sino porque queremos movernos como pueblo, necesitamos más liderazgo. Estaré mostrando que Moisés necesitaba multiplicar el liderazgo y cómo fue, o qué medio utilizó el Señor para que esto sucediera.

Estaré mostrando hoy cuatro cosas distintas: primero, el instrumento que utilizó el Señor; segundo, el peligro que estaba corriendo Moisés y también el pueblo; en tercer lugar, estaré mostrando el consejo que Moisés recibió; y después estaré explicando la actitud de Moisés al recibir este consejo. Tengo que moverme rápido para mostrarle las cuatro partes: primero el instrumento, después el peligro, más tarde el consejo y después la actitud.

¿Cómo imaginamos nuestra iglesia, hermanos, dentro de cinco años? Nosotros necesitamos líderes fuertes que asuman diferentes áreas de la Iglesia, y de los cuales la iglesia se sienta confiada para transicionar del punto A al punto B. Comenzaremos a hacerlo desde hoy. Moisés no era un hombre distante de Dios. Es el único en la Escritura de quien se dice que hablaba con Dios cara a cara. Dios había hablado a Moisés por diferentes medios: utilizó a veces una zarza ardiente, a veces le habló desde una nube. Frecuentemente le habló con voz audible; el Señor dirigía a Moisés, hermano, de tú a tú.

Pero tengo que mostrar cuál fue el instrumento que utilizó el Señor en este caso. El instrumento que utilizó el Señor aquí fue un instrumento humano. Dice el versículo 13 y el 14: “Aconteció que al día siguiente se sentó Moisés a juzgar al pueblo, y el pueblo estuvo delante de Moisés desde la mañana hasta la tarde. Viendo el suegro de Moisés todo lo que él hacía con el pueblo, dijo: ¿Qué es esto que haces tú con el pueblo? ¿Por qué te sientas tú solo y todo el pueblo está delante de ti desde la mañana y hasta la tarde?”. En este momento el Señor está utilizando un instrumento humano.

Dios habla también por instrumentos humanos

Iglesia, yo quiero enseñarte que el Señor habla a su pueblo de diferentes maneras, en diferentes formas, y no deberíamos nosotros hacer exclusividad con un solo medio. Frecuentemente el Señor utiliza instrumentos humanos con un buen consejo, para llevarnos a nosotros a un área de oportunidad donde podemos crecer y alcanzar sus propósitos. Tengo que mostrar a Jetro en este momento, porque Jetro no es una nube, Jetro no es una zarza.

Hay hermanos míos queridos que están aferrados a que el Señor solamente habla de un modo, y cuando aparece un hombre como Jetro dicen: “No, ¿dónde está tu nube?, ¿dónde está tu fuego? Tú no tienes las cualidades extraordinarias que yo tengo acostumbrado a ver, tú no tienes truenos”. Cuando Jetro llegó no llegaron truenos; llegó de una manera sencilla. Era un hombre con sabiduría y fue utilizado por Dios para instruir al gran líder de Israel acerca de cómo tenía que multiplicar el liderazgo.

Hermanos queridos, el Señor utiliza a veces instrumentos sencillos, a veces instrumentos distantes, por donde tú no lo estás esperando, para llevarte a donde están las áreas de oportunidad. El instrumento utilizado en este momento fue un instrumento humano. Quiero animar a la iglesia a que entienda el valor que tienen los buenos consejos, que no necesariamente deben venir acompañados de asuntos extraordinarios para entender que Dios ha estado hablando. El Señor puede hablarnos de manera muy sencilla y también puede hacerlo de manera extraordinaria, pero por Jetro también Dios habla.

Y lo que hace Jetro es alertar a Moisés acerca de un peligro. Primero estamos mostrando el instrumento: fue un hombre, suegro suyo, que vino a visitarle. Y cuando le visita, el Señor permite que vea algo que él no estaba mirando. ¿En cuántas áreas de nuestra vida nosotros podríamos estar haciendo así, haciendo las cosas como siempre las hemos hecho, tomando las decisiones como siempre las hemos tomado? Hermanos queridos, ábranse a la oportunidad de que el Señor puede mandarles un Jetro, una persona con sabiduría que les ve desde lejos y les da un consejo práctico; le dice: “Si Dios te dirige, consulta a Dios, pero entiendo que esto puede ser provechoso para ti y para el pueblo”.

Gloria al Señor por instrumentos sencillos y discretos de este tipo. Hermano, no nos cerremos diciendo: “Solo si veo la nube”, no nos cerremos a tener que ver que el humo sube, no nos cerremos a una zarza ardiente. Pero les digo que frecuentemente el Señor también manda un Jetro. En todo esto yo quiero que la iglesia vaya entendiendo cuál era el carácter que tenía el líder de Israel, que era Moisés.

El carácter enseñable de Moisés y el triple peligro

Yo no creo que muchos de ustedes pasarían de largo esta historia del versículo 13 y 14; muchos se quedarían allí. Porque si recibimos el consejo por medio de asuntos extraordinarios, la gente le gusta; pero si los reciben de manera sencilla, como que parece que no. Moisés pudo haber reaccionado diciendo: “Pero yo acabo de libertar al pueblo de Egipto. Yo hablo con Dios, el Señor me escucha y me responde. De hecho, cuando el Señor a mí me habla, frecuentemente me habla de manera tan extraordinaria que todo el pueblo sabe que Dios habló”.

Dios está utilizando a Jetro para bendecir a Moisés y, a través de Moisés, bendecir a todo el pueblo. Ya le he mostrado en primer lugar, hermanos, cuál fue el instrumento que el Señor utilizó. Permítame mostrarle ahora el peligro, el triple peligro del liderazgo solitario. Antes de mostrarle las tres cosas, tengo que hacer ahí un interludio, y es que Moisés le está dando una explicación razonable. Él le está diciendo: “La razón por la cual yo lo hago así es esta”. ¿Cuál es la razón que está mostrando Moisés? “Moisés respondió a su suegro: Porque el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen asuntos vienen a mí, y yo juzgo entre el uno y el otro, y declaro las ordenanzas de Dios y sus leyes”.

Entonces el suegro de Moisés le dijo: “No está bien lo que haces. Desfallecerás del todo tú y también este pueblo que está contigo, porque el trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo”. Y en todas estas cosas, Moisés atiende. Él escucha, oye. Mientras yo he preparado estas cosas, yo le he pedido al Señor que me dé el temple, el carácter que tenía Moisés para ser enseñable.

¿Cuántas veces el Señor quiere hablarnos a nosotros a través de instrumentos sencillos y, adentro, tenemos una conversación negativa? “¿A eso fue que aquel vino? Ese viene desde lejos, de Madián, a decirme a mí cómo tengo que hacer las cosas en Israel. ¿Acaso no escucho yo a Dios directamente? ¿No he visto yo al Señor directamente? ¿No ha resplandecido mi rostro?”. Hermanos, quiere el Señor darnos a nosotros como iglesia la actitud humilde que tuvo el gran legislador de Israel, que cuando el Señor le habló, él escuchó el consejo.

Y en vez de rebatir, está tratando de dar una respuesta razonable. Lo que él dice, hermano, no está mal ni es mentira. Dice: “El pueblo viene a mí para consultar a Dios”. Quiero establecer en la iglesia que la norma general en la Escritura es que el pueblo viene a sus líderes; esa es la norma general. Si usted busca cómo funcionaba Israel en tiempo de Moisés, cómo funcionaba en tiempo de los jueces, cómo funcionaba en tiempo de los reyes; si usted busca cómo era el orden en la iglesia primitiva, el pueblo viene a sus líderes.

No basta con enseñar; hace falta liderazgo aplicado

De hecho, cuando es el líder que tiene que ir al pueblo, debe ser por asuntos excepcionales, pero lo normal es que el pueblo venga a sus líderes. Esto llama la atención porque es una evidencia de la devoción que tenía el pueblo en tiempo de Israel; es realmente que el pueblo quería resolver sus dificultades a la luz del consejo de Dios. Me llamó la atención que aquí había cierto avivamiento en Israel. Cuando el pueblo funciona bien, cuando las cosas están bien, el pueblo viene a sus líderes, y el pueblo quiere resolver sus asuntos de acuerdo a la voluntad de Dios.

De hecho, hermano, esto habla muy bien de Israel. Esto confirma también que no es suficiente con exponer la ley. El pueblo necesita aplicación y consejo, y por eso hacen falta líderes. Hermanos, si la iglesia solamente necesitara que se expliquen las cosas, no tuviéramos líderes, sino profesores: personas que vienen y transmiten la lección. Pero como el pueblo necesita aplicar esas lecciones, como el pueblo necesita tomar decisiones a la luz de lo que está escuchando, como el pueblo necesita responder a la instrucción, hace falta que el pueblo tenga líderes.

Moisés no era solamente un profesor. No era solamente una persona que se paraba en una piedra y explicaba al pueblo cuál era la voluntad del Señor. Era una persona que recibía al pueblo y ayudaba al pueblo a tomar decisiones a la luz del consejo del Señor. Hermanos queridos, la instrucción de una iglesia es solamente la mitad de la ecuación. Si usted está viniendo a la iglesia cristiana y solamente está recibiendo una instrucción desde el púlpito, usted está perdiendo el 50% de la instrucción bíblica.

El 50% de la instrucción bíblica llega al pueblo a través de sus pastores, a través de sus líderes, a través de aquellas personas que han sido establecidas para llevar al pueblo no solamente al conocimiento, sino a la aplicación de la voluntad del Señor. Lo más precioso es que cuando una persona recibe la palabra del Señor, después va a sus líderes y sus líderes le ayudan a aplicar la palabra del Señor a diferentes áreas de su vida.

Dice él: “Tienen asuntos, y yo juzgo entre el uno y el otro”. Miren, la mayoría de los problemas del pueblo cristiano no son problemas de conocimiento; son problemas de relaciones. La mayoría de los casos que se ven en la consejería de un líder que hace seguimiento no son asuntos necesariamente de dilemas escriturales de por qué dice esto o dice aquello, sino de cómo yo puedo vivir eso a la luz de mis relaciones.

La carga de aconsejar y el agotamiento del líder único

Es que el pueblo tenía dificultades entre ellos y necesitaba líderes que ayudaran al pueblo a estar de acuerdo. Me gozo en ver que la salida a todo conflicto es declarar las ordenanzas de Dios y sus leyes. Moisés dice: “Cuando ellos tienen dificultades, yo no respondo con mi consejo; yo les muestro las ordenanzas de Dios y sus leyes”. Hermanos queridos, yo quisiera llevarlos a ustedes a una confianza plena en que en la Escritura tenemos solución para todas nuestras necesidades.

Yo quisiera llevarles a una confianza plena de que no hay dilema humano, de que no hay nudo en el corazón del hombre que no pueda ser desatado desde las ordenanzas y los ejemplos de la Escritura. Yo quiero poner confianza en mi iglesia local acerca de que cuando hay líderes cualificados para aconsejar bíblicamente, al pueblo le va bien. No porque los líderes sean muy grandes, sino porque los líderes lo que dan son las ordenanzas y los decretos de Dios.

El poder en esto no estaba en Moisés. El poder, si podía decirse, estaba en la ley, pero más que en la ley, estaba en Dios, porque el Señor siempre ha honrado su palabra. Cuando el pueblo discutía, cuando el pueblo tenía dilemas, cuando el pueblo tenía diferencias, venía Moisés y les declaraba las ordenanzas del Señor. ¡Ay, que quiera el Señor bendecir esta iglesia local con líderes cualificados bíblicamente que puedan llevar al pueblo a ponerse de acuerdo a la luz del consejo de la palabra del Señor!

Yo me limito al texto, hermano. Me ciño al texto; tengo que doblar la mente, pero sin embargo, identificándome y tratando de entender, puedo inferir lo que probablemente aquí estaba pasando. Moisés no era un neófito. Moisés era un hombre sabio. No era nuevo en estos asuntos; era un hombre experimentado. No era un hombre seco por dentro, un hombre que no corría nada en él; era un hombre que tenía una relación vibrante con el Señor.

Lo que probablemente estaba pasando con Moisés, hermano, es que el nivel de urgencia que estaba manifestando, ese nivel de urgencia le estaba impidiendo a Moisés mirar más allá del momento preciso, del momento puntual, del momento presente. Entre los regalos que puede tener un pueblo, hermano, está tener líderes reposados.

Líderes reposados y el peligro de depender de un solo hombre

Uno de los regalos que puede tener una iglesia es tener líderes reposados, líderes que tengan perspectiva, líderes que no estén siendo llevados solamente por la urgencia. Y donde no hay muchos líderes, el líder que hay siempre está reaccionando a las urgencias, y Moisés, un hombre sabio, estaba entrampado en un círculo vicioso donde él quería aconsejar él solo a todo un pueblo, un pueblo multitudinario.

¿Por qué Moisés quizá no había visto esta necesidad? Porque no tenía la perspectiva. A veces la urgencia, hermano, nos ciega de ver cosas a las cuales el Señor está guiando. Quizá lo que estaba sucediendo era que la carga del trabajo le impedía discernir correctamente el mejor curso de acción. Cada situación, hermano, carga. No es una queja de Moisés, sino que es la realidad: aconsejar cansa.

Cualquier persona que pretende dar consejos es una persona que estará muy cansada. Las cosas grandes y pequeñas cansan. De hecho, un líder cristiano no puede aconsejar como lo hace solamente un psicólogo o un psiquiatra. Un psicólogo, un psiquiatra está preparado para aconsejar sin implicarse, aconsejar sin involucrarse, sin dejar que eso llegue a su corazón. Un hombre piadoso, una mujer de Dios, no puede aconsejar a nadie acerca de la voluntad del Señor sin sentir la carga de esa otra persona.

Yo me imagino a Moisés aconsejando, y no era solamente un asunto de que “hay diferencias en el pueblo”; era que Moisés estaba sintiendo las diferencias de su pueblo. Cuando los líderes cristianos nos disponemos a juzgar, aconsejar, a dirigir al pueblo acerca de los propósitos del Señor, no lo hacemos como lo hace un terapeuta que no conoce al Señor. Lo hacemos con un profundo interés en las necesidades de la gente, y eso cansa.

No es un cansancio del que diremos: “Ah, estamos cansados de esto”, sino que el corazón tiene un límite, hermano, y eso se agota. Lo que Jetro está diciendo es: “Terminarás tú exhausto, y también todo este pueblo”. Lo que estaba pasando, hermano, era que quizás el sentido de responsabilidad le impedía hacer cualquier pausa. Todos los días surgen necesidades.

Quizás, hermanos, las expectativas del pueblo también influían. Si el pueblo quizá decía: “Queremos un consejo seguro de un hombre que con seguridad ha sido oído por Dios: Moisés”. Oye, hermano, si yo viviera en el tiempo de Moisés, yo no quisiera que me aconsejara ningún otro hombre. Yo diría: “Yo quiero a ese cuyo rostro está resplandeciente”.

El pueblo y el caudillo: romper el modelo del cacique

Y esas expectativas del pueblo ponían toda la atención en él. Ay, hermano querido, no piensen que esto no nos toca. A veces el pueblo piensa que solamente el pastor puede, que solamente un hombre. Yo he conocido ministros del Señor que desarrollan un ministerio de cincuenta años, y tienen hasta como temor de salir de su iglesia. Nunca toman vacaciones, nunca pueden ausentarse; cuando se ausentan siempre se piensa como que el pueblo se va a caer. Y yo me pregunto: ¿Es el Señor quien movió al pueblo, o es ese hombre?

Yo no reniego esto, hermano. El pueblo tiene líderes que el Señor le ha dado, y eso es un regalo para su pueblo. Pero el pueblo del Señor tiene ante todo al Dios del pueblo, y necesita confiar en que si Moisés, el líder o la persona que sea, el Señor también le va a levantar frecuentemente a otro instrumento. Cuando esos pastores se van o se jubilan, el Señor levanta otro instrumento y el pueblo descubre que a través de otros instrumentos también el Señor habla.

Y ese que entendía que era imprescindible para los propósitos del Señor termina entendiendo que no, hermano, que es más importante la ley de Dios que el instrumento de Dios. Esto se vuelve como un ciclo vicioso: le consulto a él y me va bien; entonces vuelvo a él. Ai, hermano, que no era Moisés; era la ley del Señor que enseñaba Moisés.

Los tres peligros que Jetro le está mostrando: el primer peligro que le dice es: “Desfallecerás del todo tú”. En primer lugar, menguarían sus fuerzas, hermanos, porque eran fuerzas limitadas. No hay ningún instrumento humano que no sea limitado. De hecho, hermanos, los instrumentos más efectivos y eficientes que el Señor ha utilizado en la historia frecuentemente son instrumentos disminuidos.

Son gente que pueden, para la gloria del Señor, hacer algo muy bien, pero no son personas que tengan fuerzas inagotables. Menguarían sus fuerzas. Si el pueblo confía en un hombre, el pueblo está limitado a las fuerzas, a las energías, a la disponibilidad que tenga ese hombre. Pero cuando el pueblo confía en Dios, entenderá que Dios levantará en cualquier momento otros instrumentos.

Queremos muchos caballos para el mismo mensaje

Esto impediría también que Moisés fuera tan útil a Dios como podría ser consistentemente por muchos años. La meta de un líder cristiano debe ser, hermano, estar en el campo ministerial tantos años como el Señor se lo permita. Como decía el apóstol Pablo: “Para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia”. Yo estar en la presencia del Señor está bien, pero mientras tanto estoy trabajando para el Señor.

La meta de cualquier ministro cristiano no debe ser ser como las estrellas fugaces, estos líderes que suben rápido, explotan y desaparecen, sino rendir servicio al pueblo del Señor por muchos años. Recuerdo la experiencia de Robert Murray, un predicador escocés presbiteriano del siglo XIX. Él comenzó su ministerio a los 23 años y lo terminó a los 29, pastor de una iglesia de miles de miembros en aquel momento. Comenzó a los 23, terminó a los 29. Cuando murió, murió de agotamiento.

Miren, uno de los oficios más peligrosos que hay es el liderazgo cristiano. Eso no lo estoy inventando yo; lo dicen las estadísticas. Es una labor hasta cierto punto estresante. Es una labor que genera insatisfacción en muchas áreas; hay que depender del Señor todos los días. El que pretende liderar el pueblo del Señor debe entender que esto es un oficio de alto riesgo.

Este instrumento, Robert Murray, lo levantó el Señor a los 23 años y le fue útil hasta los 29: 23, 24, 25, 26, 27, 28 y 29, y se acabó. Cuando murió agotado, él escribió: “Dios me entregó un mensaje y un caballo. Yo maté el caballo, ya no podré entregar el mensaje”. Hermano querido, el pueblo del Señor no puede ser un pueblo de un solo líder. Necesitamos muchos caballos, necesitamos mucha gente que entregue el mensaje.

Si ponemos toda nuestra esperanza en un paladín, hermano, no llegaremos muy lejos como pueblo. Necesitamos que los líderes se multipliquen, porque tenemos un mensaje y un caballo. “Desfallecerás tú del todo”, le está diciendo Jetro a Moisés. Le está diciendo: “Mermarán tus fuerzas, esto impedirá que seas útil al Señor por muchos años”, como de hecho fue. Moisés le rindió un servicio al pueblo del Señor por muchos años. Pero no solo eso.

La gente me dice: “¿Y por qué el pastor estará preguntando esto?”. Porque cuando comencemos a establecer líderes, usted va a decir: “¿Por qué el pastor no está? ¿Por qué ahora se hace distinto?”. Ay, hermano, que este pueblo ha sido movido por el Señor, no ha sido movido por un líder. Ha sido movido por el Señor, y yo quiero mostrarle a mi iglesia que tiene que estar preparada para ser movida por cualquier instrumento cualificado que el Señor le traiga.

El daño al pueblo y la cultura del caudillo latinoamericano

No es uno, es Dios. No es el líder del pueblo, es el Dios del pueblo que manifiesta su voluntad a través de sus líderes. El modelo en la Escritura, hermano, es este. Pero dice Jetro que también traería daño al pueblo, y esto es lo que la gente debe considerar. “Desfallecerás del todo tú y también este pueblo que está contigo”. No te conviene a ti, pero tampoco le conviene al pueblo. Moisés, les va a ir mal a los dos.

¿Por qué no le convenía esto al pueblo? Primero, porque limitaría el avance a las fuerzas de Moisés. Si Moisés tiene fuerzas, caminamos; y si no, no. De hecho, hermano, muchas iglesias evangélicas en Latinoamérica van a ese ritmo. Si el pastor está muy disponible, entonces la iglesia está muy disponible. Si el pastor está muy motivado, la iglesia está muy motivada. Y se espera que un pastor esté motivado y disponible, hermano, pero se espera también que haya más de un caballo para entregar el mismo mensaje.

Hermoso es cuando en una congregación hay líderes fuertes que mueven diferentes áreas; todos estamos mejor. Esto dañaría al pueblo también limitando el avance a los días de Moisés. ¿Y cuando Moisés se muera, qué hacemos? De hecho, hermano, una de las transiciones más bonitas que hay en la Escritura es la transición con la muerte de Moisés. Moisés se murió y el pueblo entró.

Muerto Moisés, uno podría decir: “¿Y quién nos va a sacar ahora?”. El Señor había levantado una multitud de ancianos en Israel y también levantó otro paladín a través de Josué. ¿Y qué pasó con la muerte de Moisés? Que el pueblo quedó, hermano, mejor quizá que lo que había estado antes, y entró a la tierra prometida. Uno se da cuenta, hermano, de que un líder lo ha hecho bien en una iglesia porque cuando sale, el pueblo queda mejor.

Yo les anuncié eso una vez: usted se da cuenta cuando ha hecho liderazgo bien porque usted sale y el pueblo triunfa. Hay un pensamiento malvado que enseña que cuando el líder se va, entonces todo se cayó; entonces el líder trabajó mal. Cuando un líder ha hecho las cosas bien, sale y el pueblo queda en mejor posición que cuando estaba el líder mismo.

De Josué, el sucesor de Moisés, se dice que su generación, la generación que siguió a Josué, tuvo tanto fruto como Josué también. Es un proverbio africano, hermano, que dice: “Si tú quieres ir rápido, ve tú solo; pero si tú quieres ir lejos, ve acompañado”. Si queremos que todo esto corra, lo podemos hacer de a uno, hermano; pero si queremos llegar muy lejos y que los propósitos del Señor alcancen a más de una generación… Miren, mi deseo para esta iglesia siempre ha sido que esta iglesia alcance un mínimo de tres generaciones.

El problema latinoamericano con el liderazgo de cacique

No podemos ser una iglesia de un solo tiro, no podemos ser una iglesia de un solo momento. Queremos, hermanos, que esta sea una iglesia que alcance generaciones. Y yo siento, como le dije hace un año, que nosotros estamos todavía en los prolegómenos. Nosotros estamos en los ministerios en la introducción. Todavía, hermano, estamos en la introducción; no hemos llegado a concretar muchas cosas para el Señor, y esperamos con el Señor poder hacerlo.

Si el ministerio era limitado solamente a Moisés, esto haría que el pueblo reaccionara ante su ausencia con temor, con tensión, con conflicto, en vez de preparar una transición, que de hecho es lo que más frecuentemente sucede. Esto detendría el uso de dones que el Señor ya había provisto, y todo esto, hermano, es un peligro real en Latinoamérica.

Yo temo por mi gente en este contexto, porque en Latinoamérica el problema sí está en líderes, en el líder, es cierto. Pero el pueblo, hermano, tiene un problema más grave que el líder mismo: nuestro pueblo latinoamericano es una gente que pide caudillos, caciques. El liderazgo que gusta en Latinoamérica es un liderazgo de caciques, de caudillos, de un líder fuerte que habla duro, este líder que él solo empuja. Y eso tiene una vocación carnal.

Yo tengo años analizando ese fenómeno. En Latinoamérica tuvimos dictaduras. La gente normalmente piensa en el dictador, pero normalmente esos dictadores fueron pedidos por el mismo pueblo. No está bien la tiranía, no está bien la dictadura. Lo que quiero decir es que el conflicto en Latinoamérica, el problema en Latinoamérica, es que al latinoamericano medio le gusta ese lidercito tipo cacique que consigue todo el poder por sus propios medios y lo reparte con un círculo íntimo que no tiene influencia por la autoridad, sino que tiene una relación con el líder.

Porque a la gente le gusta la tiranía cuando el tirano es amigo mío; entonces me va bien. En Latinoamérica, hermano, tenemos esta necesidad que probablemente arrastramos de atrás; de dónde viene eso ya es más sociología. Lo que quiero decir es que el problema es real: que a la gente en Latinoamérica le gusta ese tipo de liderazgo.

Un liderazgo de servicio según Cristo

Un liderazgo centralizado, un liderazgo firme, un liderazgo donde el líder es “mi amigo” y él reparte el poder entre nosotros. Pero esto de salir personas a tomar la responsabilidad por el pueblo, de sacrificarse ellos mismos, de doblarse por los otros, como estableció nuestro Señor Jesucristo, un liderazgo de servicio que se valida en autoridad y después es reconocido, a Latinoamérica no le gusta. Luchamos, hermano, con viento en contra, y con la ayuda del Señor, en cinco años estaremos multiplicando el liderazgo.

De hecho, casi todas las iglesias en Latinoamérica tienen un solo pastor, y gran parte de ellas son pastores que ejercen el ministerio pastoral no necesariamente porque al día de hoy puedan rendirle al Señor el mejor fruto, el mejor servicio, sino por un asunto de la fuerza de la costumbre. Ay, hermano, qué triste sería si al final de esta generación en nuestra iglesia nosotros terminamos con un líder viejo que nunca formó ningún otro líder, sino que se sembró ahí hasta de modo perpetuo.

Y en vez de la iglesia alcanzar su propósito, ya solamente se dedican a atender al pasado y tratar de honrar ese tipo de cosas. Que el Señor levante en esta iglesia una multitud de líderes, muchos caballos para entregar el mismo mensaje para la gloria del Señor. La tercera razón: lo primero, que desfallecería Moisés; después, que desfallecería todo el pueblo; pero después la razón más grave que le dice: “No lo van a poder hacer. El trabajo es demasiado pesado para ti; no podrás hacerlo tú solo”.

Ah, yo quisiera que alguien aquí sienta la impotencia de la dimensión, de la magnitud de la obra del Señor. Hermano, lo que el Señor está por hacer en la tierra es que la gloria del Señor sea manifestada, y que su palabra abunde en esta tierra. Es una obra tan grande que un solo no puede hacerla, y uno debería sentir la magnitud de la obra que viene encima.

Una obra demasiado grande para uno solo

Hermano, lo que el Señor está por hacer en la tierra, manifestar su gloria de una manera tan extraordinaria en estos últimos tiempos, uno debería sentir esa carga de que se nos viene un trabajo encima que no podremos soportar. La mayoría de la gente vive en la iglesia pensando en un modo de resistencia, pensando en que: “Ay, ¿qué va a pasar? ¿Creceremos, no creceremos?”. Hermano, nosotros deberíamos tener más bien una santa urgencia.

Que Dios está por hacer una gran obra en medio de nosotros, y tenemos que estar preparados y apercibidos para poder reaccionar con recursos dispuestos, preparados con antelación para la gran obra que el Señor está por hacer en medio de nosotros. El Señor alcanzará su propósito, hermano; las multitudes vendrán a Dios. Yo tengo convencimiento de que en este último tiempo, tal cual estoy viendo, ya está sucediendo: la gloria del Señor está por llenar la tierra.

El Señor está haciendo una obra tan grande que uno debería desde ahora moverse al fuego y preparar todos los recursos que podamos preparar con antelación. Y tras la gran cosecha de almas que el Señor hará al final de los tiempos, si tenemos la mentalidad de fracaso, lo que diremos es: “Quedémonos como estamos; qué palo con lo que el Señor está haciendo; con uno basta”. Yo le diré: preparémonos desde ahora, porque la obra que el Señor hará, no necesariamente solo entre nosotros, sino en esta tierra, es mucha, y queremos nosotros participar de esa gran obra.

Formemos hoy los obreros, hermanos. El Señor dijo: “Ya los campos están blancos”. Gloria al Señor, yo veo los campos que están blancos no solamente en la República Dominicana, hermano. La obra de crecimiento del Evangelio que se ha hecho en los últimos veinte años, nadie se lo hubiera pensado. Usted le pregunta a una persona por este fenómeno que ha sucedido en la República Dominicana del gran avance del Evangelio en los últimos veinte años, y nadie pudo haberlo pronosticado.

Nosotros vamos contra pronóstico. Lo que está sucediendo ahora mismo en Latinoamérica, hermano, es contra pronóstico; el Señor está alcanzando su propósito. Nosotros queremos producir líderes que sirvan a los propósitos del Señor. Les he mostrado en primer lugar el peligro; en primer lugar el instrumento. Les he mostrado en segundo lugar el peligro.

El consejo de Jetro: cambiar de reacción a capacitación

Déjeme mostrar ahora el centro del texto y presentarles el consejo dado por Jetro a Moisés. Son los versículos 21 al 23, dice él:

“Además, escoge tú entre todo el pueblo varones de virtud, temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia, y ponlos sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. Ellos juzgarán al pueblo en todo tiempo; y todo asunto grave lo traerán a ti, y ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga sobre ti, y la llevarán ellos contigo. Si hicieres esto, y Dios te lo mandare, tú podrás sostenerte, y también todo este pueblo irá en paz a su lugar”.

Quiero mostrar el consejo, hermano, y primero darle algunas instrucciones de buenas prácticas para aconsejar. ¿Qué consejo más delicado! Si yo quisiera que alguien me reprenda, yo creo que me reprendan así. Si uno va a ser aconsejado, que el consejo no venga a trompadas, sino con la gracia que tuvo Jetro al aconsejar a un líder como Moisés.

Miren, la manera en que se da un consejo es la mitad del pleito. De hecho, muchos consejos no alcanzan su propósito por la manera en que son dados. Hay que tener cierta gracia para aconsejar, sobre todo para aconsejar a un líder como Moisés. En esto hay que ser hasta cierto punto sabio, precavido, hasta respetuoso. No podemos buscar a una persona y aporrearla, avergonzarla. Jetro está hablando con cierta delicadeza.

Si pueden anotar, hermano, yo quiero mostrar aquí cuatro buenas prácticas para aconsejar. La primera buena práctica para aconsejar, que quiero mostrar, depende de los versículos del 1 al 12, es que Jetro mostró un genuino interés en Moisés, en su pueblo y en su familia antes de darle un consejo. ¿Usted quiere aconsejar a una persona con relativo éxito, con relativo fruto, o usted solamente quiere anunciar?

Hay personas que no tienen el profundo interés, sino que solamente quieren decir: “Yo tuve la visión de ver el problema”. A Jetro no solamente le importaba ser reconocido como el que vio el problema, él quería, hermano, ser parte de la solución. Él quería que Moisés alcanzara el propósito de Dios, y para esto tenemos que mostrar un genuino interés hacia las personas que estamos aconsejando.

Jetro construyó con Moisés una relación que venía de tiempo atrás: cuarenta años tuvieron juntos. De hecho, a veces uno lamenta que llega el momento en que ve una oportunidad en la vida de alguien y no tiene la cercanía para darle a esa persona un consejo desde adentro. Dar un consejo “desde adentro” me refiero a un consejo en el cual ya tú tienes una relación establecida, una persona que es tuya, una persona en la cual hay una relación de afectividad.

Consejos que nacen de relaciones y de la misma autoridad

Mucha gente ve oportunidades en la vida de los otros y no puede transmitirles la oportunidad porque no está conectada con esas personas. Jetro sí estaba conectado con Moisés. Estaba tan conectado que en un momento Moisés mandó a su esposa y a sus dos hijos a casa de Jetro, y él se los recibió. Y ahora vino él personalmente a traérselos y a ver a Moisés, y cuando le recibe, le mandó avisar: “Vengo a verte”. Y Moisés salió a recibirle; se besaron, comieron juntos. Invitó a todo el liderazgo de Israel a comer con él.

Estoy hablando de que para Jetro aconsejar con efectividad tuvieron que establecer una relación. Los buenos consejos no caen en el vacío; primero son sazonados con sal. Establecemos una relación de afectividad, de afinidad, y eventualmente a través de esa relación fluyen consejos muy fructíferos. Me llama la atención que Jetro supo ajustar los roles. Inicialmente él era un tipo de empleador para Moisés, pero en este momento ya Moisés no es el que está cuidando las ovejas de Jetro en Madián; es aquel que viene liderando el pueblo del Señor desde el éxodo de Egipto.

El trato, hermano, tiene que ser distinto. Aprendamos a transicionar las relaciones y a reconocer cuando otros han crecido en su liderazgo. No podemos aconsejar a las personas como si fueran niños, como si siempre tuvieran el liderazgo inicial. Tenemos que reconocer cuando han crecido en el Señor, y gloria al Señor por su crecimiento.

Hermano, esto no nos garantiza que el consejo sea recibido. Usted puede tener la relación más bonita con la persona y la persona no recibe el consejo, pero ayuda, ayuda. No dejemos de sazonar con sal. Segunda recomendación para aconsejar, tomando el ejemplo de Jetro: miren, Jetro y Moisés tenían la misma fuente de autoridad. Este hombre madianita, evidentemente, conocía al Dios de Israel. Eran descendientes de Abraham. Dios tenía un pacto perpetuo que estableció con Israel, pero otros pueblos también conocieron al Señor, y evidentemente este hombre era un creyente.

Tenían la misma fuente de autoridad. Él tres veces le dijo: “Si Dios te dirige, Dios estará contigo”. Hermano, así sí da gusto recibir un consejo. Qué distinto hubiese sido si Jetro hubiera traído idolatría. Ellos hasta sacrificaron juntos al Señor, hermano. Cuando el consejo viene de un creyente, uno lo recibe con mucha más confianza.

Miren, el Señor en su gracia común puede utilizar hasta los perversos para dirigirnos, pero frecuentemente no recibimos el consejo con mucha seguridad si viene de un hombre que no tiene nuestras convicciones. Sobre todo tenemos cierto resquemor a dejarnos aconsejar de los incrédulos en cuanto a los temas del Señor. Un incrédulo le puede dar a usted consejos de finanzas, de contabilidad, de arquitectura, pero el consejo para hacer la voluntad del Señor, para él eso es locura.

Jetro no fue alarmista ni pistolero; buscó soluciones

Dice la Escritura que lo que para ellos es la cruz es locura; por eso ellos no tienen la autoridad para aconsejar al pueblo del Señor. Jetro sí tenía la misma fuente de autoridad. Me gozo en ver que Jetro, antes de hablar, buscó oportunidades. Él se sentó a ver a Moisés trabajando. Hay personas que no se toman el tiempo de buscar la oportunidad, sino que solamente vienen a anunciar el problema: “Te veo cansado, Moisés. Moisés, tú estás durmiendo”.

La media de cualquier persona productiva que estamos viendo en su vida algo importante, ¡va a estar cansada! Si usted le dice a una persona productiva: “Te veo cansado”, se le va a reír. “¿Y no ves que estoy trabajando?”. Moisés pudo haberle dicho: “¿No ves que vengo de Egipto, de sacar al pueblo, de caminar con todo un pueblo fresco? Claro que estoy cansado”. No es por ahí.

Quiero invitarles a no ser ese tipo de persona que ante el consejo lo único que sabe anunciar es: “Te veo como cansado”. Jetro se sentó, hermano, a ver a Moisés trabajar, porque él entiende que normalmente que estemos cansados, eso no es un problema. Él está mirando la estructura. Se sentó a buscar la oportunidad.

Hay gente que son expertas en enunciar problemas: “Aquí hay un problema, ¿eh? Esto está mal. Así no se hacen las cosas”. Son alarmistas. Hay personas que pretenden ser líderes, pero andan con la trompeta siempre bajo el brazo, y ante cualquier situación sangrando pequeña: cucurrucucú, “¡un problema!”, y el pueblo en actitud de batalla. “¿Y qué hacemos?”. Nada. Ellos solamente quieren anunciar que están mirando.

A veces lo que quieren es mostrar que tienen “visión”, como el que juega ajedrez que, desde afuera, todo el mundo ve la jugada. Usted juega ajedrez y se para así. Un juego de ajedrez, siempre está viendo no solo el mate: usted puede ver hasta el jaque y la jugada siguiente. Hay otro que nunca logra nada fructífero porque no son alarmistas, sino pistoleros.

Nunca resuelven un problema, sino que dañan una relación. Jetro visita a Moisés para ver si el Señor le da la gracia para resolver un problema, y cuando viene otro tipo de persona, usted escucha, por allá: ¡el tiro, pa! Y usted dice: “¿Resolví el problema?” No, lo mató. Señor, yo conozco gente así en el pueblo del Señor, que no resuelven, para la gloria del Señor, ningún problema, sino que siempre trabajan por destrucción.

Hay un conflicto entre dos, y yo digo que son pistoleros de esos que lo mandaban “el viejo oeste” sobre un problema, y siempre iban con el revólver. Bueno, no para todos los problemas hay que usar la pólvora. Jetro tuvo la gracia de mirar una situación desde lejos, buscar una oportunidad y enseñar el mejor ángulo para que a Moisés le vaya bien.

Tuvo observando a Moisés detenidamente y identificó cuál era la raíz del problema. Le mostró una salida prudente. Ay, hermanos queridos, para hacerlo de este modo nosotros tenemos que salir de la bola de los que solamente traen malos augurios y juntarnos con la gente que quiere que el pueblo del Señor avance y alcance su propósito. Por último, les digo, respecto de esto del consejo de Jetro mismo, que Jetro no pretendió controlar a Moisés, sino que sugirió algo y dejó la decisión en sus manos.

Dar consejo sin dominar ni exigir decisión inmediata

“Si Dios te dirige”, le dice. Hermanos, cuando usted dé un consejo, trate de no apropiarse de la aplicación del consejo. Evitemos ser esa persona que cuando viene a dar un consejo, a veces muy bien intencionado, quiere que la persona tome una decisión en el momento, y tiene que hacerlo así: “No te veo haciéndolo. Te he dicho que esa es la solución: hazlo”.

Hermanos, las personas tienen cierto espacio de dignidad, cierto espacio de decisión. Somos seres humanos. Parte de la libertad humana es la capacidad de aplicar los consejos en la medida que lo entienden conveniente. Usted puede dar el mejor consejo del mundo, pero tiene que esperar con paciencia. Jetro da el consejo y espera que Moisés, si el Señor lo dirige, aplique el consejo.

Lo que es incorrupto al aconsejar es dar un consejo y esperar una decisión inmediata; dar un consejo sobre un asunto importante sin construir una relación. Miren, hay áreas en la vida de una persona que, a menos que usted muestre cierta gracia en establecer una relación, usted no está autorizado para dar ese consejo, sobre todo si esa persona no está bajo usted en una posición de autoridad.

Si usted tiene una posición de autoridad —estoy hablando de padre-hijo, de oveja-pastor, de empleador-empleado— usted puede aconsejarle hasta donde su ámbito le permite. Pero si es un desconocido para usted, hay áreas donde usted primero tiene que hilar y después aconsejar. Hay otro que da un consejo y condiciona la relación a su ejecución: “Si tú quieres otro consejo de mí, o quieres ser amigo mío, tienes que hacerlo así”. Eso es dominar, hermano, y no se parece a lo que Jetro está haciendo con Moisés.

Él le dijo: “Te estoy aconsejando esto, y si el Señor te dirigiera, entonces hazlo así”. Donde tengo que explicar, hermano, ya el consejo mismo. El consejo de Jetro consistía en cambiar el enfoque de reacción a capacitación. El corazón del consejo de Jetro estaba en: “Moisés, tú estás reaccionando a los imprevistos, estás reaccionando a las necesidades, y esas necesidades nunca se van a detener. Tienes que cambiar el enfoque de reacción a capacitación. Comienza a instruir al pueblo en la ley del Señor. Hazlo tú, y establece líderes que juzguen las cosas pequeñas delante del pueblo”.

Tres cosas puedes hacer, le dice: presenta el pueblo ante Dios. Hermano, yo creo que muchos de ustedes están subestimando el valor que tiene la oración de un líder por su pueblo. De hecho, esto está consistente con toda la Escritura. Cuando los apóstoles se sentían muy saturados de trabajo, dijeron: “Busquen gente que hagan eso, y nosotros nos dedicaremos a dos cosas principales: a la oración, en primer lugar, y al ministerio de la palabra”.

Las tareas indelegables del líder: orar y enseñar

Hay muchas cosas que un líder puede hacer por su pueblo, pero hay dos cosas que un líder espiritual no puede delegar: la urgencia de orar por el pueblo y la de instruir al pueblo en las sagradas Escrituras. Dice Jetro: “Está tú por el pueblo delante de Dios y somete tú los asuntos a Dios”. Hermano, el orar por el pueblo, el presentar el pueblo delante del Señor, esa es una labor preciosa que el Señor le ha dado a los líderes del pueblo.

“Moisés, busca gente que hagan otras cosas, porque lo más importante es presentar ese pueblo delante del Señor, y eso tienes que hacerlo tú mismo”. Hay una labor que yo no puedo delegar, hermano, y es orar por ti. Hay una labor que yo no puedo tercerizar, y es administrar a mi pueblo la palabra del Señor. Y hay otras labores donde el Señor puede traer a otras personas que ayuden dentro del pueblo, y es aconsejar los asuntos menores y traer sabiduría práctica a la luz de las Escrituras.

Presenta el pueblo ante Dios, enseña las Escrituras delante del pueblo y establece líderes para asuntos menores. Moisés seguiría siendo siempre, hermano, el que presenta e instruye, y la segunda parte, la de aconsejar, la haría de manera excepcional, cuando hubiera la necesidad. En esto también me llama la atención el consejo de Jetro porque se establece que no todo el mundo tiene la misma capacidad.

Hermano, hay líderes que son más diestros que otros. Hay personas cuyo límite es de mil, y hay otros… Mire lo dispares que son las habilidades de liderazgo, que eso puede ir desde uno que arranque con mil hasta uno que arranque con diez. Y usted dice: “Guau, pero mira aquel de mil y este de diez”. Hermano, el Señor le da fuerza a cada uno; el Señor diseña a cada quien según su capacidad.

Hay líderes que son más diestros, más experimentados. Hay gente que tiene mucha más capacidad, hay hermanos que tienen un corazón mucho más amplio para toda esta cosa, y eso hay que respetarlo. Otros somos de lo chiquito, y no está mal el de lo chiquito, hermano. De hecho, yo tengo gran admiración a determinados pastores que tienen una capacidad… Si yo voy a dar consejo en un tema, hermano, yo tengo que prepararme para ese consejo.

Hay hermanos que el Señor les ha dado una gracia que son como Salomón: ellos rápido pueden identificar cuál es la raíz del problema, pueden buscar el pecado, pueden buscar la palabra, pueden traer arrepentimiento y traer rápido una solución. Uno dice: “Guau, qué capacidad el Señor le ha dado. Gloria al Señor”. Pero también hay otros que van de a diez en diez, o de a cincuenta, o de a cien.

No absolutizar modelos; respetar capacidades distintas

No estoy estableciendo un número; de aquí que viene el legalismo. Hay hermanos que les encanta buscar las partes de la Escritura donde anda un número para decir que así es que eso va. “Todo el mundo arranca en diez”. Bueno, espérese. Esto es una referencia que es útil como ejemplo. Eso fue popular hace cerca de diez años: le llamaban “el modelo de Jesús”. El modelo era que lo primero tiene que ser de doce en doce, y que la clave era que fuera de doce en doce.

Entonces viene alguien y dice: “Y el modelo de Jetro y Moisés es de a diez”, y así uno puede buscar el modelo de los diáconos en Hechos, y el modelo de los líderes de Pablo. Hermano, no es el modelo. Son diferentes aproximaciones que nos dicen que en el liderazgo hay hermanos que tienen más capacidad y hay otros que van más lento, pero todos pueden hacer algo para la gloria del Señor.

El contacto de Moisés con el pueblo no era que Moisés se desaparecía. Él va a seguir instruyendo al pueblo, instruyendo al pueblo siempre; siempre Moisés está instruyendo al pueblo. Y en esto yo me gozo porque dice Jetro: “Establecelos tú”. Quiero decirle, hermano, después de haberle dado la Escritura en diferentes partes y con limpia conciencia, no hay ninguna evidencia en la Escritura de que sean sabios esos modelos donde hay que hacer unos concursos o unas elecciones de popularidad para establecer líderes.

Esto no es magisterio público, que ahora mismo tienen que estar debatiendo eso para establecimiento de jueces humanos. Esas cosas se hacen así: un concurso, un consenso, una elección de popularidad o lo que fuera. Pero esto es una democracia representativa en el mundo, no en la Iglesia del Señor. Aquí, en el pueblo del Señor, según la Escritura, lo que nos da son principios.

Como esto funciona es que Moisés establece líderes para el pueblo. Un líder establece otros líderes. Y el modelo más hermoso en la Escritura, en esto, se puede decir, hermano, alguien me puede decir: “Ah, pero sabe que yo soy ducho en la Escritura: Deuteronomio 1 habla de la misma historia, y se dice que Moisés permitió que el pueblo eligiera”. Es el mismo caso que pasa con los diáconos: cuando los apóstoles vieron la necesidad de delegar en otros para dedicarse a la oración y al ministerio de la Palabra, permitieron que el pueblo trajera candidatos, pero fueron ellos quienes ordenaron.

El pueblo, hermano, puede recomendar, y de hecho un líder sabio consulta a su pueblo. Uno no vive con los ojos cerrados. Tú te das cuenta dónde hay virtud, te das cuenta dónde hay experiencia, te das cuenta hacia dónde el pueblo está yendo naturalmente. Y esa sería la labor de un líder que antes de ordenar otros líderes considera hacia dónde está yendo el corazón del pueblo. Gloria al Señor por eso. Pero es Moisés que los está ordenando; él es quien los está estableciendo. “Elige los tú”, le dice Jetro. “Establécelos tú”.

Sujeción a los delegados como sujeción al líder

Estos líderes tenían toda la confianza de Moisés, y en estos líderes el pueblo se sujetaría. Al sujetarse a ellos, estaría sujetándose también a Moisés, que es lo que hay gente que ignora. Cuando hay un líder como Moisés, hermano, que tiene otros colaboradores en el ministerio, cuando usted se sujeta a ese liderazgo, está siguiendo el mismo liderazgo de Moisés.

Y como yo le enseñaba el domingo pasado: Gabriel, cuando viene a darle un mensaje a Zacarías, Zacarías duda, y él le dice: “Pero yo estoy delante del Señor; yo vengo en nombre suyo. Si yo te estoy dando el mensaje, es como si el mismo Señor te lo está dando”. Un delegado de un líder es como si fuera el líder mismo. Eso no lo entiende el mundo contemporáneo, pero en el mundo antiguo el enviado de una figura de autoridad tenía la misma dignidad y la misma autoridad que si la persona misma estuviera ahí presente.

Estos líderes que trabajan con Moisés es como si Moisés mismo estuviera trabajando él mismo y con sus manos delante del pueblo. Termino, hermano, mostrando la actitud de Moisés. He mostrado en primer lugar el instrumento: Jetro, un hombre, no una nube. He mostrado en segundo lugar el triple peligro. He mostrado en tercer lugar el consejo mismo que Jetro está dando: que Moisés presente primero el pueblo ante el Señor, que siga instruyendo la ley y que establezca líderes.

En cuarto lugar, permítame mostrarle la actitud de Moisés al recibirlo. Son los versículos 24 al 27. Vamos, estamos hablando de Moisés; aguántenme aquí. No estamos hablando de Josué, no estamos hablando de un líder emergente, no estamos hablando de una persona que está comenzando en el liderazgo. Estamos hablando de una persona experimentada, validada, con prestancia, con fruto.

Estamos hablando de alguien que si fuera en modo contemporáneo, le dicen “un modelo de éxito”. Es de Moisés que estamos hablando, hermano. Esto no es un lidercito cualquiera; es el gran líder de Israel.

Moisés: un líder humilde y enseñable

Y cuando su suegro le ha dado este consejo con tanta gracia, hermano, yo tengo que reconocer el nivel de liderazgo que evidencia Jetro al dar un consejo de ese modo: una persona que sabe dar el consejo en el momento adecuado, que sabe colocarlo así. ¡Guau! Eso es precioso. Y este, el gran líder de Israel, el que acaba de sacar al pueblo de Egipto, mire cómo reaccionó ante el consejo de Jetro. Ese versículo 24, hermano, debe ser atesorado en el corazón:

“Y oyó Moisés la voz de su suegro, e hizo todo lo que dijo”. Cuando en la Escritura dice “oyó la voz de…”, eso tiene una connotación: le prestó atención, le hizo caso. “Y oyó Moisés la voz de su suegro, e hizo todo lo que dijo. Escogió Moisés varones de virtud entre todo Israel, y los puso por jefes sobre el pueblo, sobre mil, sobre ciento, sobre cincuenta y sobre diez; y juzgaban al pueblo en todo tiempo”.

Aquí lo que me llama la atención, hermano, es que cuando el pueblo hace esto, lo que se gana es que el pueblo del Señor puede ser juzgado en todo tiempo. Hermano, yo estoy soñando un momento para nuestra iglesia donde haya buen consejo en todo tiempo. Donde una persona no tenga que tomar una decisión imprudente porque no encontró el momento, porque no tenía la relación, sino que en todo tiempo abunde el consejo de Dios en esta iglesia.

Para que el consejo de Dios abunde en todo tiempo en esta iglesia, necesitamos una multitud de líderes que hagan esta labor delante de su pueblo. “Y juzgaban al pueblo en todo tiempo. El asunto difícil lo traían a Moisés, y ellos juzgaban todo asunto pequeño. Y despidió Moisés a su suegro, y éste se fue a su tierra”.

Moisés evidenció que él era enseñable. Y es que un líder verdadero no está aferrado al pasado ni a los medios, sino a los resultados. Lo que quiere es que el pueblo avance. De hecho, si usted está más aferrado a los medios que al propósito del Señor, usted no es un líder; usted es una persona que está encaprichada con una manera de hacer las cosas.

En nueve años en esta iglesia hemos tenido diferentes aproximaciones al liderazgo, y vamos a seguir intentando hacer la voluntad del Señor al respecto. Y si anteriormente no lo hemos logrado, hermano, yo espero que el Señor nos visite con Jetro, que el Señor se encargue de proveernos con sabiduría práctica, por algún modo, para que este pueblo alcance su propósito en el crecimiento.

Un llamado a ser una iglesia enseñable y a multiplicar líderes

Hermanos, en el liderazgo en estas cosas muchas veces hay que volver a aprender. Me llama la atención de que Moisés, con toda la experiencia de haber cruzado el mar Rojo, de haber salido de Egipto con mano fuerte, todavía mostraba la actitud de aquel que es enseñable. Que esta iglesia, hermano, de aquí a cinco años, yo no levante una multitud de líderes, y que podamos ser un buen ejemplo a la cristiandad acerca de que cuando los líderes se multiplican, se multiplica la sabiduría del Señor.

Oro por la iglesia para que el Señor permita que su palabra caiga en buena tierra y que pronto comencemos a ver el fruto de la multiplicación del liderazgo. “¿Dónde está José? ¿Ya llegaron?” Que venga, que venga Jesús José; José va a orar conmigo al final. Es el compromiso. Eso es; o sea, yo voy a orar primero por la iglesia, y después tú oras por todos los hermanos. El Señor les bendiga. Eso es, ahí donde está, hermano, extienda su manita sobre alguna persona que tenga cerca.

Primero oro por este deseo de que los líderes sean multiplicados, y después José ora por toda la iglesia, que el Señor nos bendiga y que él nos despida. Después de José, nuestro ministro de adoración nos trae alabanza.

Señor, mira este deseo que hay en nuestra iglesia después de haber tenido un retiro de oración, después de haber buscado tu dirección. Hemos sentido, Señor, la urgente necesidad de multiplicar la sabiduría práctica entre nosotros a través del liderazgo. Mira, Señor, la necesidad que hemos percibido por los instrumentos que tú has querido traer de que necesitamos hermanos con virtud para llevar la sabiduría práctica a las decisiones de sus hermanos.

Levanta líderes, Señor, en nuestra iglesia. Permítenos ser una cantera, Señor, de la cual tú levantes líderes. Permite que de aquí a poco tiempo, Señor, el fruto sea tan amplio que podamos hasta enviar líderes a otras partes. Permite, Señor, que esta iglesia se destaque por ser una iglesia que aprende, que sea enseñable, Señor, y que en todos los momentos de su peregrinar hacia tu presencia pueda recibir el consejo, Señor, y aplicarlo.

Padre, te pido por el pueblo mismo. Mira este escollo que tenemos en Latinoamérica, Señor, este estorbo de fijar nuestra atención en un solo hombre, de depender, Señor, de los hombres y no de Dios. Enséñale a este pueblo, Señor, que lo más importante no es el instrumento, sino el Dios que va a usar el instrumento; que con instrumentos más duchos, Señor, o instrumentos más pequeños, tú puedes alcanzar el mismo propósito, porque el poder está en ti.

Entusiasma a este pueblo, Señor, con este sentido de dependencia. Bendice, Señor, así mismo a José, que ahora ora por la iglesia para despedirnos en oración.

Oración final y despedida en adoración

Ok, Señor, miramos aquí, Señor, que siempre nos reunimos, Señor, por adorarte, Señor. Mira a todas las personas que están aquí, Señor. Yo quiero que tú les bendigas, Señor, y que ellos sigan firmes en tu camino, Señor, y que no se salgan del camino de la salvación, Señor. Estamos todos unidos porque sabemos que tú eres el Señor que nos vas a salvar, Señor, y tú pagaste con nosotros. En el nombre de Jesús, amén.

Gloria al Señor. Nuestro ministerio de adoración nos despide con canciones.

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