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Grande delante de Dios

Lucas 1:5-25

Juan el Bautista fue determinado por Dios como un instrumento grande delante de Él, levantado desde una familia piadosa para preparar un pueblo bien dispuesto. El predicador llama a las familias a anhelar y orar para que sus hijos sean grandes delante de Dios más que grandes delante de los hombres.

Predicado9 de julio de 2017
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden buscar la sagrada escritura, hermanos amados, y vayamos juntos hasta el Evangelio de Lucas en el capítulo primero, primer capítulo del Evangelio de Lucas. Estaremos leyendo con la ayuda del Señor desde el versículo 5 hasta el versículo 25. Pueden buscar la escritura y ponerse sobre sus pies para que leamos la palabra del Señor. Es el capítulo 1 del libro de Lucas. Estaremos leyendo a partir del versículo 5. Tenemos 20 versículos de la escritura por delante, hermanos, y antes de leer les animo a que mantengamos siempre la expectativa de que la palabra del Señor es viva, eficaz, hermanos. Nunca deberíamos aproximarnos a la palabra del Señor solamente por hacerlo. Cada vez que como iglesia vamos a la sagrada escritura deberíamos ver esto como una gran oportunidad, como un gran privilegio, como provisión del Señor que permitió que su palabra estuviera disponible.

Y a la disposición de nosotros. Estaremos viendo hoy el nacimiento de Juan el Bautista. Este Evangelio de Lucas, capítulo 1, a partir del versículo 5. Doy un momento para que todos puedan tener la palabra del Señor. Dice así la sagrada escritura, anuncio del nacimiento de Juan:

Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet. Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor. Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada.

Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso. Y se le apareció un ángel del Señor, puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.

Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos; para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.

Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada. Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo, y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.

Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario. Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había visto visión en el santuario; él les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.

Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.

— Lucas 1:5-25

Tengan su manita, hermanos queridos, y pidámosle al Señor que nos acompañe en su palabra. Aquí estamos, Señor, nosotros como los que piden, como los que claman, Señor, como los que esperan, como los que tienen hambre. Aquí estamos nosotros, Señor, como los que necesitan dirección. Aquí estamos prestos, Padre, para seguirte en tu palabra, para permanecer en ti, Señor, a través de la escritura. Gracias por el hermoso privilegio, Señor, de que tu palabra sea abierta en esta congregación. Permite, Señor, que este libro que está vivo hoy cale profundo en la mente de mis hermanos y se convierta, Señor, en estímulo en las decisiones que ellos pronto están por tomar.

Permite, Padre, que seamos guiados por tu palabra, que permanezcamos en tu palabra, que los ejemplos de hombres y mujeres piadosos de otro tiempo alimenten hoy nuestra mente, Señor, y nos ayuden a tomar mejores decisiones. Pastoréanos, Señor, a través de la escritura. Dirígenos tú a través del texto. Que sea tu Santo Espíritu, Señor, llevándonos a toda verdad; que sea tu Santo Espíritu descubriendo, Señor, nuestras áreas de oportunidad; que sea, Señor, el poder tuyo operando en nosotros. Que veamos desde lejos, Señor, tu voluntad, a la luz de nuestras capacidades. Permítenos, Señor, hoy ver tu palabra desde arriba, con la confianza de que tu poder, Señor, que nos ha traído hasta aquí, sea el mismo que nos llevará hasta allá.

Permite que tu pueblo no se detenga, Señor, hacia donde ha llegado; que calemos más profundo, Señor, que vayamos más lejos. Ay, Padre, te pido también esto especialmente: pon en nosotros deleite en tu palabra.

Que no falte el día, Señor, en que en este púlpito se abra tu palabra y que tu pueblo espere tu palabra con ansias, Señor. Haznos hambrientos para ti, Señor, y satisfácenos tú en tu verdad. Gracias por el hermoso privilegio, Señor, de poder exponer tu mente, Señor, y tu voluntad delante de los hombres. En el nombre de Jesucristo. Amén, amén. Siéntense, hermanos amados.

He expuesto en otras ocasiones acerca de Juan el Bautista. De hecho, lo expuse desde Mateo, este personaje de la sagrada escritura que antecede a nuestro Señor Jesucristo. De su ministerio se habla en todos los evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan. Cada uno de los evangelios toma la historia de Juan desde un momento. Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo, en el Evangelio de Juan, se describe ya el ministerio de Juan el Bautista cuando era un adulto, pero solamente Lucas describe su nacimiento milagroso y sorprendente. Quiero hoy mostrarles, hermanos, el nacimiento de este hombre que, tal cual dijo el profeta, tal cual dijo el ángel y cumplió el Señor, de su vida, fue grande delante de Dios.

Tengo tres razones principales para seleccionar hoy esta porción de la escritura y ponerla delante de ustedes. Lo primero es continuar otros hilos de enseñanza que en este año he estado desarrollando en la iglesia local. Estuvimos exponiendo todo Malaquías. Por ejemplo, en Malaquías capítulo cuatro termina señalando el ministerio de Juan el Bautista. De hecho, un versículo textual de Malaquías capítulo cuatro aparece también en el primer capítulo de Lucas en el contexto de la historia de Juan el Bautista.

Hilos previos y contexto de la enseñanza

Recientemente terminé una serie de exposiciones sobre Ruth, donde les expliqué a la iglesia la importancia de que no solamente el Señor responda a nuestras oraciones, sino de que nuestras familias estén en el centro del propósito del Señor, y que a través de nosotros el Señor alcance su propósito. Hoy veremos una familia utilizada por el Señor para alcanzar sus propósitos. Pero sobre todo, hermanos, hace muchos años ya que vengo acariciando la posibilidad de predicar estos temas que frecuentemente son navideños, predicarlos en verano. No toqué este año, hermanos, pero voy caminando hacia allá. Yo quiero que ustedes se vayan abriendo la perspectiva de que probablemente los próximos años estemos predicando de Navidad en verano y de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo en diciembre.

De hecho, yo disfruto más predicar de los primeros capítulos de Lucas en esta temporada que en diciembre. Esto se ha vuelto ya tan comercial, se ha vuelto, hermanos, tan gravoso traer esto, porque siento que estoy uniéndome a la misma bulla que hace el mundo sin ningún tipo de sentido. Prefiero tratar historias como esta en esta temporada, para que la iglesia tenga su entendimiento puesto aquí y que no se deje llevar solamente por una propaganda. También tengo que aprovechar el momento de la iglesia. Cada iglesia tiene su temporada, tiene su momento, tiene su jornada, y aunque como pastor yo tengo que cuidar la congregación en todos sus momentos —por eso predico desde la vejez hasta la niñez— lo que prevalece ahora mismo son familias en nuestra iglesia que tienen niños pequeños, familias que están comenzando.

Llegará una temporada, quizá dentro de quince años, donde mi tema serán acerca del nido vacío, hermanos. Ahora a mí me interesa que las familias de esta iglesia comiencen bien su proyecto familiar y con unas perspectivas ajustadas a la palabra del Señor. Sospecho que la mayoría de mis hermanos que tienen niños pequeños ahora mismo, las expectativas que tienen sobre sus hijos quizás sean las mismas expectativas que tiene el mundo, y tristemente lo digo. Quieren que sus hijos tengan una buena profesión y un buen matrimonio. El deseo de todo padre es que a sus hijos les vaya bien.

Ay, hermano, yo vengo hoy a ponerte la perspectiva de que ores y anheles que tus hijos sean grandes delante de Dios, que esperes en tu corazón que de tu familia el Señor se levante un gran instrumento. Dice nuestra introducción: el trabajo que desempeñan, el trabajo que desempeñarán nuestros hijos no puede ser impuesto por nosotros, pero el mayor regocijo de un padre creyente debería de ser que un hijo suyo llegue a ser grande delante de Dios, de gozo y alegría para él, pero también de regocijo para otros, siendo un instrumento para la bendición de su pueblo.

Ese fue el caso de Juan el Bautista. Sus padres oraron por un hijo y el Señor les visitó en su vejez, y aun antes de su nacimiento ya se había determinado soberanamente su nombre, su llamado, el fruto de su ministerio. Hoy veremos la necesidad de orar al respecto de los hijos, sabiendo que tanto su concepción como su llamado dependen de Dios; la importancia de involucrarnos en que sean preservados para el servicio al Señor; y la urgencia de modelar ante ellos una vocación ministerial. El fracaso de una familia de creyentes, hermanos, sería tener hijos que no aman el servicio a su Señor.

El deseo de todo padre piadoso debería de ser que su hijo, antes que un gran profesional o tener una gran familia, sea reconocido como un grande delante de Dios. El anhelo, la pasión de un padre creyente debe ser que su hijo sea el número uno de los grandes delante del Señor, pero para eso se comienza temprano. Me llama la atención que el Señor iba a hacer todas estas cosas que dijo, lo supiera Zacarías, lo supiera Elisabet o no lo supieran: el Señor lo iba a hacer. Dios es soberano y alcanza sus propósitos.

Sin embargo, antes de hacerlo, puso a sus padres en aviso para que estén atentos. Yo quisiera mostrar hoy, hermanos, la importancia de la familia en el desarrollo de un instrumento. Cada vez que el Señor ha querido que su propósito avance en la historia ha seleccionado un instrumento, y frecuentemente la cantera donde Dios va a buscarlo es la familia.

Antes de desarrollar este texto tengo que decir que esto no es una norma, no es una ley universal, pero el principio se mantiene: frecuentemente el Señor utiliza familias para que sus propósitos sean alcanzados. Usted me dirá: “Pero hay casos en la escritura de grandes instrumentos de Dios que ni siquiera conocemos sus padres”. Los hay. Dios es soberano y alcanzará su propósito de un modo o del otro. Pero lo que más frecuentemente vemos en la escritura es que cuando el Señor quiso hacer algo grande delante de su pueblo visitó una familia.

Yo vengo, hermano, a abrirte la expectativa de que tu familia sea visitada por Dios; vengo a abrirte la expectativa de que tus hijos sean claves e instrumentales en los planes del Señor. Vengo a mostrar a mi iglesia que esto no es norma, pero el principio universal de la escritura es que cuando Dios ha querido levantarse un instrumento Él visita una familia. Que no sea una ley no significa que no se cumpla. Pasa lo mismo con los proverbios. Dice el libro de Proverbios: “Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él”. Alguien me dirá: “Tal niño fue instruido y se apartó”. Hermano, el principio se mantiene.

Quiero mostrarles hoy que las familias son cardinales en los propósitos de Dios y que frecuentemente familias piadosas le levantan a Dios. Dios se levanta de ellas un instrumento. Comienzo, hermano, mostrando desde el versículo 5 hasta el versículo 13 que unos padres como éstos serían un buen modelo para su hijo. ¿Cuáles son los padres en los cuales el Señor se ha fijado? Nos los presenta así Lucas en el versículo 5: “Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote llamado Zacarías, de la clase de Abías; su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet”. El Señor seleccionó una familia de sacerdotes.

Dios estaba por levantar el instrumento que prepararía el camino a nuestro Señor, y cuando iba a levantar ese instrumento entonces pensó en Zacarías y pensó en Elisabet, una familia sacerdotal. Esta familia sacerdotal era sacerdotal por los dos lados. Tanto el esposo venía de la línea de Aarón como la esposa también venía de esa línea. Esto no era absolutamente necesario. De hecho, era por el lado del marido que se esperaba; se esperaba que un hombre como Zacarías se casara con una mujer piadosa. De hecho, la escritura dice cuáles son las cualificaciones que debe reunir la esposa de un sacerdote.

Sin embargo, aquí, hermanos, toca un asunto afortunado: tanto él como ella son de la familia de Aarón, son de la familia de sacerdotes. No era un requisito, hermano, pero ayuda mucho. Estas personas entendían el servicio a Dios a un punto más profundo que el pueblo común. Cuando el Señor quiso levantarse un hombre como Juan el Bautista pensó en Zacarías y pensó en Elisabet, una familia sacerdotal.

Una familia sacerdotal y piadosa

Esta gente tenía una perspectiva favorable —es esperable— acerca del servicio a Dios y el autosacrificio. Pero no solamente nos dice que era una familia nominalmente sacerdotal. También Lucas quiere que sepamos que, más allá de un oficio, de formar parte de la casa del Señor, esta gente tenía el corazón correcto. La familia que aquí se nos está presentando, hermanos queridos, era una familia que dice el versículo 6:

Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.

— Lucas 1:6

Y yo creo que en cada parte del texto bíblico hay intencionalidad. Dice ahí “ambos”. Estamos hablando aquí, hermanos, de una familia donde ambos vienen de la clase sacerdotal, familia que está habituada al servicio al Señor por generaciones, y ambos, no uno sino los dos, eran justos delante de Dios y andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.

Alguien me va a decir: “Pero aparece un instrumento cuyo padres no eran creyentes”. El Señor hace esas cosas, pero lo que la escritura enseña de manera consistente es que familias piadosas proveen grandes instrumentos para la causa de Cristo. De hecho, hay casos paralelos, hermanos, a este. Miren: cuando nuestro Señor quería encarnarse Él describió cuáles eran los familiares que estaba esperando, y cuando se describe a José y a María nos presentan también personas piadosas en Israel, hermanos queridos. Quiero mostrarles que las familias deben ser canteras en las cuales el Señor se levante instrumentos, familias piadosas.

De hecho, hay otros casos. Busquen el caso de Rut y Booz en la escritura y encontrarán que cuando el Señor quiso visitar a su pueblo para hacer grandes cosas seleccionó familias con intencionalidad. Ay, hermano, lo que quiero es estimularte a que veas tu proyecto familiar como un lugar del cual el Señor puede levantarse un instrumento. De hecho, hermano, esto de tener tutores que forman los instrumentos de Dios es consistente en todo el texto bíblico. Y uno lo encuentra en todos los formatos, pero siempre es la misma lección: hombres piadosos forman recursos piadosos para el Reino.

Se parece esto, hermano, a los deportes de alto rendimiento. Usted puede encontrar, lo más frecuente, si usted sigue las ligas mayores, que estas personas que van a las ligas mayores vienen de una liga menor, después de una liga infantil, vienen de un proceso donde han estado enrolados durante quince años algunos de ellos. Y hay casos excepcionales, que un scout encuentra a un muchacho talentoso que no estaba haciendo eso, ve que tiene brazo, ve que corre y lo recluta. Hermano, esa es la excepción, no es la norma.

Lo mismo pasa con el mundo académico. Usted puede encontrar un gran profesional que quizá “va y él mismo desde que llega ya voy”, pero lo que se espera siempre es que entre por los niveles más básicos y que alguien lo mentoree hasta el final. Casos así que les muestro, hermanos, son paralelos, aunque quiero extenderlo no solamente a padres. Por ejemplo, madres piadosas le han levantado grandes instrumentos al pueblo del Señor. Hay casos en la escritura donde encontramos madres que ni siquiera se menciona el nombre del papá. Dígame: ¿quién era el papá de Timoteo? Pero se dice que Timoteo tuvo una madre y una abuela que tenían una fuerte raíz en Dios, y esas mujeres piadosas levantaron al pueblo del Señor tremendo instrumento.

Ah, pues alguien me va a decir: “Es que tenemos madres que están criando solas”. Hermana, lo importante es que ese muchacho, en su casa, tenga la influencia necesaria para levantarle en piedad y que Dios alcance en él su propósito. Quizás el papá de Samuel no era el mejor ejemplo del mundo, hermano, pero el Señor tenía a Ana. De hecho, uno de los casos que más me gustan en la escritura es el caso del sacerdote Joiada y su esposa. Tomaron a un rey que no era ni siquiera hijo suyo, lo adoptaron como suyo, lo protegieron durante años, le inculcaron la palabra del Señor, y el Señor se levantó ahí tremendo rey.

Hermano querido, lo que estoy haciendo es establecer que el estándar de la escritura es que familias piadosas levantan instrumentos al Señor, y que tu familia debería ser atesorada, acariciada, como un lugar en el cual el Señor puede levantarse sus instrumentos. Esta familia era una familia que había sido visitada por la esterilidad, que también es consistente en la escritura. Frecuentemente, cuando el Señor quiere hacer una gran obra, Él selecciona una gran oposición. Él diseña algo de forma tal que tenga que quedarse establecido que Dios intervino.

El caso que estaba aquí sucediendo es que estas personas, piadosas, personas que andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor, dice el versículo 7:

Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril, y ambos eran ya de edad avanzada.

— Lucas 1:7

Frecuentemente, cuando el Señor quiere levantarse un instrumento, busca una familia en la cual hay una gran oposición. El caso de la infertilidad en la escritura, hermanos, es recurrente en los momentos en que el Señor ha estado levantando instrumentos. Parece que el Señor quiere dejar su sello allí establecido. El Señor quiere enseñar que es Él el que está por irrumpir en la historia para alcanzar sus propósitos. La esterilidad en la escritura, hermano, tiene sentido y tiene propósito. Es usada por Dios para destacar su obra. Ellos no podían; el Señor puede.

También nos presentan aquí, hermanos, una familia que está en su mejor momento. Era una familia sacerdotal. No había espacio para tantos sacerdotes trabajando durante el año. De hecho, se esperaba que un sacerdote tuviera el privilegio solamente una vez en su vida de ofrecer el incienso durante una semana. Cuando al sacerdote Zacarías le toca —porque se echaba suerte a ver cómo iban a hacer los turnos— habían diferentes casas; dice que él era de la casa de Abías, era una de tantas. Había tantos sacerdotes que no cabía en el calendario para que todos lo hicieran. De hecho, había sacerdotes que nunca tenían el privilegio.

Está sucediendo aquí que encontramos al sacerdote Zacarías, que es un hombre piadoso, que es un hombre temeroso del Señor, que es un hombre que anda rectamente en los caminos del Señor, que también está en su semana afortunada. Yo imagino la alegría que hay en este hombre piadoso porque por primera vez en su vida, y única —porque después lo sacaban del sorteo, cuando ya tú lo hacías no se repetía— él está en el momento de su vida donde tiene el gran privilegio de por una semana, hermanos, entrar al lugar santo del templo a llevar el incienso. Tremendo privilegio. Y en ese momento el Señor le está visitando.

Un momento único en la vida, un momento anhelado por todo sacerdote, el momento donde él estaba más cercano a la presencia simbólica del Señor en el lugar santo, su momento de privilegio, la semana más memorable de su ministerio. Yo imagino la alegría que había en esta familia de que le ha tocado a Zacarías. Con todo esto, hermano, yo quiero mostrarles que Juan el Bautista no fue un accidente en la historia, que tuvo unos padres piadosos que el Señor intencionalmente seleccionó para que a través de ellos el Señor levantase un instrumento.

Estos padres, es esperable, serían un buen ejemplo, un buen modelo para su hijo. Ahora queremos mostrar, desde el versículo 14 en adelante, que unos padres como éstos eran muy apropiados porque era esperable que cultivaran en Juan el Bautista esta vocación. Hay una presentación de Juan que está haciendo el ángel. Dice el versículo 13 en adelante. Voy a leerlo desde antes, estaré leyendo desde el versículo 8 para ayudar al entendimiento. Dice:

Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio delante de Dios según el orden de su clase, conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor. Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora del incienso.

Y se le apareció un ángel del Señor, puesto en pie a la derecha del altar del incienso. Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió temor. Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.

— Lucas 1:8-13

Quiero detenerme aquí un momento, hermano. Muy probablemente esa oración no era una oración reciente. Muy probablemente Zacarías y Elisabet estuvieron orando en su juventud para que el Señor les diera la posibilidad de ser padres. Muy probablemente, hermano, ya él ni siquiera tenía esto como una posibilidad. De hecho, se manifiesta que él tenía duda de que fuera posible. Ay, hermano querido, yo quiero aprovechar esto para hacer una pequeña digresión y decirle que nuestras oraciones no van al vacío, que cuando uno ha clamado al Señor por algo uno tiene que tener la confianza de que su oración ha sido oída por el Señor.

Miren cómo el Señor ahora visita a Zacarías para responderle una oración que quizá ya él ni siquiera está contando con eso. Ya son viejos él y su esposa. La presentación que se nos hace de Juan el Bautista está en el versículo 14:

Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán de su nacimiento; porque será grande delante de Dios. No beberá vino ni sidra, y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre.

— Lucas 1:14-15

La presentación que se está haciendo de él, hermano, aún antes que naciera. Con esto ya primero le introduje la oración. Ahí, hermanos, que nuestras oraciones no van al vacío, pero también quiero introducirle indirectamente que el Señor está atento a la vida desde antes de su concepción.

Dignidad de la vida y grandeza delante de Dios

La vida tiene dignidad desde la concepción hasta la vejez. Yo me gozo en ver que aun antes de que este hombre naciera ya el Señor estaba contando con él, le había puesto su nombre, le había puesto su plan, le había puesto su propósito. Yo quiero mostrarle a mi iglesia que cuando nosotros decimos que la vida debe ser respetada desde la concepción hasta la muerte, hermano, es porque Dios respeta esa vida, porque Dios cuenta con ella.

Juan el Bautista tenía dignidad aun antes de nacer. Ya Dios había determinado su nombre, ya Dios había determinado su oficio, había determinado su carácter, había determinado que sería lleno del Espíritu Santo. Por eso es que como iglesia afirmamos una y otra vez que la vida en ningún momento debe ser interrumpida.

Porque cada vida está dentro del plan y propósito del Señor. Cuando alguien te diga que el embarazo puede ser interrumpido, tú le dices: “Ten cuidado, porque Juan el Bautista, aun antes de ser concebido, ya tenía nombre, tenía llamado, tenía propósito; ya se había dicho que el pueblo entero iba a celebrarlo, que él iba a ser alegría para sus padres”. Este niño no nacido, y ya sabemos, hermanos, cuál es su historia. Con esto quiero mostrarles que ninguna vida es accidental. Dios tiene el nombre de cada persona escrito, hermano. Dios tiene el tiempo de cada persona. Dios es el autor de la vida.

La razón por la cual los creyentes estamos a favor de la vida, desde la concepción hasta la muerte, hermanos, es porque Dios así lo ha establecido. Antes de que él naciera ya se llamaba Juan; antes de que naciera ya el Señor sabía cuál era su propósito. Interrumpir la vida, hermanos, es oponerse al propósito de Dios.

Lo primero que nos dice el versículo 14 es que él traería gozo y alegría. Primero para sus padres: el privilegio de tener tal hijo. Ellos ya viejos; el Señor les da no solamente un hijo, sino tal hijo. Ha sido dado a Elisabet, tal hijo ha sido dado a Zacarías. Gloria al Señor por dar instrumentos de ese tipo. Pero también dice —y es lo que más me llama la atención— que será de regocijo no solamente para ellos: “Tendrás gozo y alegría, tú”, pero “muchos se regocijarán de su nacimiento”.

Quiero aquí establecer, hermano, que cuando el Señor se levanta estos instrumentos eso no solamente debe ser celebrado en su familia, debe ser celebrado por el pueblo completo. De hecho, Dios da instrumentos que son para bendición de todo un pueblo. La actitud de celebración debe estar presente en nosotros. Yo no sé de dónde es, hermano, yo no sé en qué familia es, pero la familia que el Señor levante, el pueblo entero se regocijará por el instrumento que el Señor nos ha provisto.

Israel estará muy contento de tener un profeta como Juan, estará muy contento de tener un instrumento como Juan el Bautista. Quiero invitar a mi iglesia que aprenda a celebrar la provisión de Dios a través de maestros, a través de líderes, a través de pastores. Ellos son un regalo para su pueblo. De hecho, hermano, uno debe mirar alrededor del ecosistema de iglesias y celebrar los grandes instrumentos que el Señor nos ha dado. Ahora mismo nosotros tenemos un gran privilegio, y es que por los medios masivos de comunicación nosotros podemos gozarnos y celebrar desde aquí dones a los cuales quizá nosotros hubiéramos quedado desapercibidos. Nos permite el Señor celebrar donde quiera que ha levantado un líder, donde quiera que ha levantado un instrumento.

El pueblo entero se regocijaría de Juan el Bautista, y del mismo modo me regocijo yo, hermano, por los instrumentos que el Señor se ha levantado en cada parte. Esos instrumentos no son de una ciudad, esos instrumentos no son de una familia, esos instrumentos son para el pueblo del Señor. El pueblo del Señor ha de regocijarse por los instrumentos que el Señor le ha levantado.

Dice también, en el versículo 15, la magnitud de su llamado:

Porque será grande delante de Dios.

— Lucas 1:15a

Pongan ahí el marcador mental, hermanos, porque yo quería llegar a este versículo. De muchos hombres se ha dicho que son hombres grandes. Bueno, de éste se nos dice que es grande delante de Dios. A los ojos de Dios, hermano, él es grande. Ustedes están entendiendo la dimensión de esto: no es que nosotros lo vemos como grande, es que Dios dice que él será grande. Por ejemplo, Herodes se llamaba Herodes el Grande. A Federico se llamaba Federico el Grande. Pedro el Grande. De hecho, hermano, hasta Pedro Martínez se le ha dicho “Pedro el Grande”. O sea, los seres humanos tenemos una concepción de la grandeza: normalmente hombres que logran proezas, hombres que llegan en conocimiento a un punto más lejos. Decimos: “Este es grande”. No: este es grande delante de Dios.

¿Y cuál es la razón de su grandeza? Hay tres cosas principales. Yo te quiero, hermano, abrirte el hambre, la expectativa de que quizá un grande venga de ti, que un grande salga de tu casa, que el instrumento que el pueblo del Señor está necesitando el Señor ahora mismo lo esté levantando en tu propia casa. ¿Tú te imaginas qué privilegio sería eso, que lo que nosotros estamos esperando, hermano, ese paladín, ese gran líder, ese instrumento, ese que va a ser de edificación no solamente para una nación sino para varias, este que va a lograr que la causa de Cristo sea empujada, que ahora mismo tú lo tengas en tu casa y no te estés dando cuenta, hermano?

Yo quiero alentar en esta iglesia la pasión de que el Señor traiga un Juan el Bautista. La pasión de que ese sea tu nieto, de que sea tu hijo, de que tú fueras su tutora. Yo quiero levantar en ti, hermano, la expectativa de fe de que el Señor pueda darnos a todos nosotros un gran instrumento a través de tu casa.

La magnitud de su llamado, hermano, tiene tres razones principales. Él será grande. Dice “grande delante de Dios”. Me llamó la atención la curiosidad de que lo mismo se dice de Cristo, algo parecido, pero no se dice “será grande delante de Dios”; se dice “será grande”, lo dejan ahí. Es que Cristo no está delante de Dios: Él es Dios.

De Cristo se dice lo mismo, hermano, pero no se nos dice que Cristo es grande delante de Dios; se dice que Cristo es grande. Hermano, Cristo no es grande delante de Dios, Cristo es grande porque Él es Dios. Juan el Bautista está en paralelo, hermano: Cristo comparte la misma esencia de Dios, no hay que ponerlo al lado. Juan el Bautista es grande delante de Dios. De hecho, Dios, cuando se encarnó, dijo que de los nacidos de mujer él ha sido el más grande.

Nazareo, lleno del Espíritu y llamado especial

Primera razón, hermano, por la cual este hombre será grande: de la magnitud de su llamado. Será grande delante de Dios. Lo primero es que tendría una formación especial: sería nazareo. No está ahí descrito por el nombre, pero las cualidades que se están diciendo —“no beberá vino ni sidra”— eran las cualidades que tenía un nazareo. Un nazareo era un muchacho, un hombre que era consagrado a Dios, alguien que era apartado solamente para Dios.

Una formación especial. Entre las cosas que hacía un nazareo era manifestar físicamente, por medio de su cabello, que estaba apartado para eso, pero también se abstenía de muchas cosas en las cuales los hombres normales participaban. Ay, hermano querido, yo quiero mostrarte que en el pueblo del Señor siempre ha habido gente más consagrada que otros, gente que intencionalmente es dedicada para un servicio especial al Señor. Juan el Bautista era de ese tipo. Era un muchacho que desde que nació fue dedicado a que sea consagrado al servicio al Señor. Él tenía que externamente manifestarlo; tenía que abstenerse de determinadas cosas para una tarea especial.

Y en esto se diferencia quizá de otro nazareo como Sansón. ¿Cuál es la diferencia, hermano, entre Sansón y Juan el Bautista? Sansón también era nazareo, pero hay algo que se dice de Juan el Bautista que no se dice de Sansón. Es que este hombre, hermano, sería lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Y eso marca todas las diferencias. Es una combinación, hermano, de elementos donde uno dice: “¡Wow!”, pero miren, el Señor permite que venga esto, después que venga aquello. La combinación que hay en Juan, por eso llegó a ser tan grande, es que no solamente tenía una formación especial como nazareo, apartado desde el vientre de su madre, sino que también tenía una llenura especial del Espíritu Santo. Hermano, lo que estaba al alcance de los hombres, que era consagrarlo, se hizo; y lo que estaba al alcance de Dios, que era llenarlo, también se hizo. Esa combinación, hermano, es una combinación muy potente.

Una persona que tiene tanto la formación como nazareo, pero también una llenura especial del Señor. Gloria al Señor por eso. No quiero disgregar, pero alguien está oyendo “lleno del Espíritu Santo”. Lo que significa esto, hermano, es que se iba a manifestar en él ciertas reverencias tempranas, cierto deseo de apartarse del pecado, cierto conocimiento, cierto talento especial, cierta sensibilidad, cierto dominio propio, interés por la casa del Señor, liderazgo parecido al que tenían los jueces de Israel, cuando dice: “Y el Espíritu venía sobre él”, pero en este estaba de manera permanente. Entonces imagínense que Sansón hubiera estado al Espíritu Santo permanentemente en él, que no sea solamente, como dice, “y el Espíritu Santo vino sobre Sansón”, sino “el Espíritu Santo llenó a Sansón desde el vientre de su madre”. Entonces, imagínate: hubiéramos tenido un Juan el Bautista en el Antiguo Testamento.

Primero, hermano, una formación especial nazarea. Un nazareo era alguien que llegaba su consagración al Señor a un punto más profundo. Era una persona que tanto externa como internamente manifestaba su consagración. Ay, hermano querido, que algo así se haga en tu casa, que en tu casa haya votos de ese tipo. Miren, sin ánimo de extender la aplicación de la escritura, yo les diré que no en todos los hogares cristianos están los mismos requisitos. Hay hogares cristianos donde se espera de sus hijos una alta consagración. Son padres rectos en eso, dicen: “Aquí no participamos en esto, no participamos en aquello”. Y tristemente hay muchos hogares cristianos donde sus padres tienen concesiones un poco más liberales y les permiten a sus hijos participar de cosas, o les permiten hacer determinadas cosas.

En el caso de Juan el Bautista, sus padres desde temprano lo consagraron completamente al Señor, y había cosas en las cuales Juan no participaría. Y después vino el Señor y lo llenó del Espíritu Santo, hermano, ya es la combinación completa. Después de tener una formación especial, ¿por qué fue grande? Por una formación particular, hermano. ¿Por qué fue grande? Por la llenura del Espíritu Santo. ¿Y por qué fue grande? Porque hay algo que ni tú ni yo podemos determinar, pero el Señor le da: le dio tremendo trabajo el Señor, hermano. Y yo quiero que ustedes oren por sus hijos, hermanos, para que el Señor les dé un gran trabajo en su Reino. Órenle al Señor, díganle: “Señor, utiliza a mi hijo para algo grande. Utiliza esta hija mía, Señor, para que tu propósito avance; utilízale para algo grande”. Pidan al Señor grandes cosas para sus hijos.

¿Qué le dijeron estos padres? Escuchen el trabajo que iba a tener. Desde el versículo 16 al 17 dice el trabajo que Juan el Bautista iba a tener aun antes de que fuera concebido, hermano. Ay, hermano querido, si todavía usted no ha llegado a esto, yo quisiera que usted llegue hoy a esa convicción, de que la vida es determinada por el Señor antes de que esta persona llegara a concebir. Ya el Señor le tenía un nombre, le tenía un trabajo, le tenía un carácter, había determinado la llenura del Espíritu Santo sobre él aun antes de su concepción, hermano. La soberanía de Dios en cada vida es que entendamos esto: que Dios es el autor de la vida.

El trabajo de Juan, que es la tercera cosa de su grandeza. Hay hombres de Dios que han tenido una formación piadosa. Ya es ganancia. Hay otros que desde temprano han sido tomados por el Espíritu Santo de manera permanente, han sido llenos: eso es ganancia. Y son instrumentos, hermano, pero el plus de esto, lo que lo hace más grande, hay cosas que no podemos hacer nosotros. Es que el Señor quiere usarle para algo muy grande. Entonces tiene una persona que tiene la formación como nazareo, una persona que tiene la llenura del Espíritu Santo, pero usted va a ver para qué el Señor quiere usarlo. Esto tampoco podemos determinarlo nosotros. Orar, hermanos, y esperar.

Oigan el trabajo de Juan:

Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos. E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.

— Lucas 1:16-17

No imagino la emoción de Zacarías: “¿Y ese va a ser hijo mío?”. Yo quisiera verlo así, hermano, pero veremos después que lo que está produciendo en él es cierta duda, de que “¡Guau!, ¿y eso será posible? ¿Y cómo va a hacerlo el Señor?”. Un llamado especial. Primero, hermano, una formación como nazareo, especial; después, una llenura completa del Espíritu Santo desde el vientre de su madre; ahora veremos el llamado, hermano. Al que le dan un llamado de ese tamaño, hermano, ¡qué privilegio!

Primero, la conversión de muchos en Israel. Es diferente a Cristo también en esto, porque Cristo sería la alegría para todas las naciones. Este sería para el pueblo de Israel. Son paralelismos y diferencias entre Juan y Cristo. Dice que iría delante de Dios, o sea, iría delante de Cristo. Me detengo aquí. Dice que con el poder de Elías. Ambas cosas: “E irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías”. O sea, que hay un paralelismo entre Elías y Juan el Bautista.

¿Cuáles eran las similitudes entre estos dos personajes? Ambos personajes, hermanos, comenzaron grandes reformas espirituales en el pueblo de Israel. Fue tan grande la reforma espiritual que comenzó Elías en su tiempo como la reforma espiritual que comenzó Juan en su tiempo. Se parecen mucho Juan y Elías. Ambos estuvieron en permanente confrontación tanto con el pueblo como con los gobernantes. Consistentemente, Elías fue a reprender al pueblo y a sus gobernantes, y consistentemente fue Juan el Bautista a reprender al pueblo y a sus gobernantes. El Señor se levantó ese instrumento.

Aguánteme ahí, hermano. Miren, esa vocación de Juan y de Elías, eso no es que alguien decide eso: eso es una pasión que pone el Señor, es un llamado de Dios. Desconocemos casi por completo la vida personal de Elías. No hay muchos datos. Sabemos su ministerio. De Juan el Bautista, lo mismo, hermano. Este hombre desaparece aquí temprano y aparece reprendiendo al pueblo, llamando al arrepentimiento y bautizando. Desconocemos cómo era su vida el día a día. No sabemos; hasta cierto punto es un misterio. Ambos establecieron escuelas de discípulos. Elías estableció escuela de discípulos y Juan también, y todavía aparecen allá en el Nuevo Testamento discípulos de Juan.

Ambos, hermanos, tanto Elías como Juan, confrontaron con un gobernante importante. En el caso de Elías fue con el rey Acab, una reprensión constante de Acab, y Acab quería apresarlo para matarlo. Elías con Acab. Juan el Bautista con Herodes. Ambos tuvieron confrontación. Y ambos confrontaron con esposas dominantes de algún rey. Elías tuvo confrontación con Jezabel, y Juan el Bautista tuvo confrontación con Herodías. Son un paralelismo en el espíritu, hermanos. El Señor se goza a veces repitiendo personajes. Levanta uno y después levanta otro personaje con la misma característica.

Ambos tuvieron un régimen de alimentación muy severo y extraordinario. Por ejemplo, Elías era sustentado por los cuervos. Aparece Juan el Bautista, que come langostas y miel silvestre. En su vestimenta lo mismo: se dice que vestían igual. ¿Cómo vestía Elías? Ropa de pelo de camello y un cinturón. Así mismo vestía Juan el Bautista. Es como que su dieta alimenticia y su vestimenta, los dos tenían una manera severa de vivir: pelo de camello en la vestimenta.

Algo distinto aquí, hermano: quizás, por ejemplo, Elías salió de un modo; Juan murió de otro. Ahí, en un momento, se diferencian, pero hasta cierto punto su ministerio se parece mucho. A la luz de esto, yo quisiera mostrar razones que son muy propicias para seleccionar una familia como ésta para un instrumento como Juan, hermanos. Si a ustedes les presentan que su hijo se va a parecer a Juan el Bautista, quizá a usted le da miedo. Dice: “¿Que va a ser así? Caramba, yo que quería que fuera ingeniero”. De hecho, para valorar un hijo así se necesita gente como Zacarías y como Elisabet, hermanos.

Si usted tiene un hijo doctor, médico, sus relacionados constantemente se lo están reconociendo y felicitando: “El hijo tuyo fue el que me atendió, el que me ayudó”. Yo imagino que Zacarías lo que recibiera fuera reprensión: “Ese hijo tuyo que es demasiado inquieto, él no nos dice nada bueno. Es un hijo severo”. O sea, “Zacarías, mira, habla con Juan, que yo me imagino que Zacarías… Mira este hijo que te ha salido, que está por los montes llamando al pueblo al arrepentimiento, que está…”.

Un instrumento como Juan el Bautista necesita padres como Zacarías y como Elisabet, hermanos. Las razones por las cuales esta familia era muy propicia: lo primero, ellos responderían con alegría al privilegio del llamamiento de su hijo. “Guau, Señor, Tú estás llamando a un hijo mío para eso. ¡Gloria al Señor! Así mismo era que lo queríamos”. Ay, hermano, quiera el Señor que si Él quiere llamar un Juan el Bautista a la casa tuya, en ti no haya desaliento, sino que haya regocijo delante del Señor.

Para los impíos y carnales sería una pérdida: “¿Que un hijo mío va a ser como Juan el Bautista, que va a vivir en el desierto, que lo que va a estar es confrontando con las autoridades, que lo que voy a recibir de él son noticias desagradables, de que está reprendiendo?”. Para un carnal, impío, tener un hijo con un llamado como el de Juan sería, hermano, cosa penosa. Ellos, Zacarías y Elisabet, responderían con diligencia a su consagración como nazareo. Un nazareo depende de su papá y de su mamá. Eran ellos quienes iban a inculcarle la importancia de abstenerse; eran ellos quienes no iban a cortar su cabello; eran sus padres quienes le iban a explicar la importancia de ser consagrado delante del Señor. Para que un muchacho sea como Juan el Bautista necesita padres dispuestos, piadosos y consagrados como Elisabet y como Zacarías.

Me imagino que ellos le darían el buen consejo, los recursos y el estímulo. Ellos, hermano, le darían un buen ejemplo de evidencia al mismo tiempo, de que se puede servir al Señor y esto produce en nosotros satisfacción. El testimonio de Zacarías muy probablemente alimentaría el testimonio de Juan. Yo me imagino a Zacarías diciéndole que él vio un ángel y que fue un ángel que lo llamó. Ellos entenderían, hermano, con prudencia las peculiaridades de su llamado.

Siempre hay excepción, hermano, pero he visto en la historia que frecuentemente los grandes instrumentos del Señor se levantan desde varias generaciones de creyentes. Ahí están, contemporáneos, cuando les menciono, hermano, “no”: es un instrumento de nuestro tiempo. Están mirando, por ejemplo, el ministerio de John MacArthur; su papá, igual. Y se proyecta como que un papá produce a un hombre como John MacArthur. No es coincidencia, hermano. El Señor busca hogares piadosos donde puedan alimentar la vocación de un hijo.

Ellos entenderían esto, hermanos: que quería un hombre que iba a vivir en permanente persecución, que iba a tener una vida de privaciones, que iba a tener un ministerio severo, y en vez de desalentarlo, lo que iban a hacer era animarlo. Les he mostrado en primer lugar, hermanos, que unos padres como estos serían un buen modelo para su hijo. Les he mostrado, en segundo lugar, que unos padres como estos cultivarían bien la vocación de su hijo.

La duda de Zacarías y la disciplina de Dios

Quiero terminar mostrándoles que Zacarías era un hombre piadoso, hermano, pero no era perfecto. Y de las cosas que más satisfacción a mí me da de la escritura es que la escritura no tiene puntos ciegos, hermano. La escritura no se vende con ningún personaje bíblico. Después de decirnos que esta familia era una familia piadosa, después de decirnos que eran rectos delante del Señor, después de decirnos que eran gente que habían orado al Señor, después de decirnos que eran familia de sacerdote, entonces nos dice, en el versículo 18:

Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.

— Lucas 1:18

Después de todo esto, hermano, cuando uno pone a Zacarías y a esta familia y dice: “¡Guau!, probeta es la familia, personas así, personas asá”, viene el Señor y hace lo que hace con todos los personajes bíblicos, hermanos, y es que los matiza. No hay nadie en la escritura que te presenten como solamente perfección. Este era un hombre piadoso, pero no perfecto.

En el versículo 19 dice:

Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte estas buenas nuevas. Y ahora quedarás mudo, y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.

— Lucas 1:19-20

Amigo, y no con un ángel que usted está hablando. Parece así, hermanos, como que siempre yo me pregunto: “Pero tú tienes al lado a Gabriel. Tú estás dentro del santuario. Tú encuentras que se te pone a la derecha un ángel, que estás interactuando con un ángel ahora mismo, y le estás preguntando que si eso va a ser posible”. Hermano, ese es el ser humano. Ese eres tú y ese soy yo. Uno, en su momento de lucidez, también tiene sus puntos ciegos.

Versículo 19: “Yo soy Gabriel, que estoy delante de Dios”. Un ángel, hermano, una de las definiciones de ángel es “mensajero”, y cuando un ángel hablaba de parte de Dios era como si Dios mismo estuviera hablando. Está diciendo: “No es de parte mía que yo vengo, yo estoy delante de Dios y he venido a darte un mensaje de Dios. Dios no es mentiroso, Él no es hombre ni hijo de hombre para que mienta o se arrepienta. Tú estás hablando con un ángel y el ángel viene a darte un mensaje de parte de Dios”.

Versículo 20: “Y ahora quedarás mudo, y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo”. Entiendan que esto es serio: es Dios que te está mandando el mensaje.

Tengo que ahora como que echarle un balde de agua fría a la familia de Zacarías y de Elisabet, hermanos, para decirles que, a diferencia de María, éste dudó. Él dudó del anuncio cuando se lo dijeron. Ni siquiera José, hermano, cuando se le habló, dudó. José estaba al pie del cañón: “Señor, aquí estoy”. Abraham creyó. Zacarías dudó.

Hermano, solamente Cristo en la escritura es perfecto y magnificado. El personaje que a ustedes más les guste en la escritura, usted encontrará que la imperfección lo visita. David, hermano: lean del rey David, y dicen “¡wow!”, pero David… imperfecto. Ahorita mencioné el rey Joás, hermano. Fue preservado por Joiada y su esposa, uno de los mejores reyes de Israel, grandes reformas religiosas, y al final también se apartó. Sansón, el juez, por momentos díscolo. Samuel, hermano, por momentos también. El único personaje en la escritura que se manifiesta como perfecto, cuando dice que en él no hay imperfección y que es magnificado, es Cristo. No hay ningún hombre en la escritura, hermano, que desmedidamente se celebre: solamente Cristo es perfecto.

Aquí han dejado a Zacarías mudo, y después vemos un poco más adelante que también era sordo. Tenían que hacerle señas, era sordomudo. Y este silencio es muy elocuente. Yo veo aquí cierto simbolismo. Antes de Juan, hermano, el Señor había enmudecido por cuatrocientos años: ningún profeta. A Zacarías le dice que el Señor está por comenzar a hacer una gran obra, está por hablar al pueblo; y cuando viene, Zacarías se queda mudo. Y el momento en que puede hablar nuevamente es el momento en que el Señor ha manifestado su gloria y que ha nacido Juan el Bautista.

Dice que se quedaría mudo hasta que el Señor haga todo esto, “por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo”. ¿Saben cuándo volvió a hablar Zacarías, hermano? Cuando indudablemente el Señor ya había alcanzado y cumplido su propósito. Leo la parte final para terminar esta sección:

Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba de que él se demorase en el santuario.

— Lucas 1:21

Detenerse en el santuario, sacerdote, hermano, era muy peligroso. Recuerden que les he explicado antes que usaban unas campanitas que sonaban, atado con una soga. Era, hermano, la concepción que se tenía del santuario. Eso era un lugar importante. Yo quiero animar a mis hermanos que entiendan que la presencia del Señor es algo serio. Cuando ellos iban a la presencia del Señor entraban primero con campanitas, de forma tal que siempre existiera un sonido: “Está en movimiento, está en movimiento, no ha caído”. De hecho, cuando él escuchó al ángel sintió temor. Lo mismo, hermanos, el papá de Sansón. Era percepción, hermanos, de que Dios es tan santo y nosotros somos tan precarios que no es algo liviano estar en la presencia del Señor. Para ellos era, primero, un gran privilegio, pero también era un asunto peligroso.

Si se dejaba de escuchar la campanita, si se tardaba en salir, hermano, muy probablemente era porque estaba muerto. La soga era para halarlo porque si se caía en el santuario no se podía entrar a buscarlo, había que halarlo. “Y el pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaba de que él se demorara en el santuario”. También se esperaba, hermanos, que saliera porque después que salía era que pronunciaba la bendición sacerdotal. O sea, él tenía que salir. El pueblo estaba esperando. Mientras el sacerdote entraba, el pueblo estaba clamando, el incienso simbolizaba las oraciones que subían. Entonces, cuando él salía, él venía y bendecía al pueblo.

Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron que había visto visión en el santuario; él les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su casa.

— Lucas 1:22-23

Cuando pasó su semana, regresó a su casa. “Después de aquellos días”, el lenguaje nos da a entender, hermanos, que esta concepción es natural —para que después podamos ver una concepción que es sobrenatural. Quiero que sean hermanos despiertos cuando en la escritura se hace esa diferencia. Se está diciendo primero que él cumplió su semana, “cumplidos los días de su ministerio se fue a su casa”. Volvió a estar con su esposa.

Después de aquellos días concibió su mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo: Así ha hecho conmigo el Señor en los días en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.

— Lucas 1:24-25

El autor nos está dando a entender claramente que fue una concepción natural: que convivieron, que tuvieron la oportunidad de concebir, y entonces concibieron. Es diferente al anuncio del nacimiento de Jesús a María y a José.

El nacimiento de Juan y la confirmación del propósito

Termino leyendo solamente el nacimiento, aunque ahora mismo no me alcance ya para exponerlo en detalle. Dice, a partir del versículo 57:

Cuando se cumplió el tiempo de Elisabet, para que diese a luz, dio a luz un hijo. Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con ella.

Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar al niño, y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías. Pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan. Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela que se llame con ese nombre. Entonces preguntaron por señas a su padre cómo le quería llamar. Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan es su nombre. Y todos se maravillaron.

Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló bendiciendo a Dios. Y se llenaron de temor todos los que habitaban en sus alrededores; y en todas las montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas. Y todos los que las oían las guardaban en su corazón, diciendo: ¿Quién, pues, será este niño? Y la mano del Señor estaba con él.

— Lucas 1:57-66

Podemos responder, hermanos: “¿Quién, pues, será este niño?”. Un grande delante de Dios. Oro al Señor por toda mi iglesia, que no tengamos que esperar veinte o treinta años, hermanos, para ver claramente estos instrumentos levantados en medio de nuestro pueblo.

Ay, Señor, pedimos como pidió en algún momento Zacarías y Elisabet. Pedimos no solamente, Señor, por aquellos que están deseando poder concebir; te pedimos, Señor, que el fruto de los vientres de esta iglesia sea grande delante de Dios. Ay, Señor, te clamamos para que no dejes de enviar instrumentos a tu pueblo, no dejes de levantar, Señor, hombres como Juan entre nosotros. Manda, Señor, una generación dispuesta que reciba en su casa la formación necesaria, el estímulo necesario, Señor, el ejemplo necesario para ser preservada y que sea gran fruto delante de ti, Padre.

Permite que de esta iglesia se levanten grandes instrumentos. Permite que de este pueblo, Señor, pequeño en número, de aquí, se levante, Señor, alguno que haga volver el corazón de este pueblo; uno, Señor, que llame a este pueblo al arrepentimiento; uno, Señor, que su fruto y su historia, su carácter, sea memorable por generaciones. Levántanos, Señor, entre nosotros, a un Juan el Bautista.

Padre, anhelamos que tú nos levantes paladines, que tú nos levantes un gran juez, Señor, que un gran líder sea levantado en este pueblo pequeño. Ay, Señor, levanta también aquí gente con el ánimo de Zacarías y de Elisabet. Levanta, Señor, familias piadosas que formen hijos piadosos. Gracias por tu palabra predicada, Señor.

Ay, Padre, permíteme ver el fruto de los vientres de mi iglesia en mi ministerio. Permíteme ver, Señor, los grandes instrumentos, y quizá despedirme del ministerio pastoral, Señor, celebrando la siguiente generación. Cuídanos, Señor, de ser sin frutos. Permite que las familias de esta iglesia, Señor, sean la cantera en la cual tú te levantes tus más poderosos instrumentos. Todo esto.

Para tu gloria, Señor, y de acuerdo a tus propósitos. En el nombre de Jesucristo. Amén. ¿Qué?

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