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La dependencia de Dios en la predicación

Marcos 4:26-29

La parábola del crecimiento de la semilla nos enseña que nuestra parte en la evangelización es sembrar y cosechar, mientras que el crecimiento lo da solo Dios. Debemos trabajar con diligencia y descansar confiando en el poder de la Palabra y en la obra soberana del Señor.

Predicado2 de julio de 2017
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pueden ir buscando, hermanos queridos, el Evangelio de Marcos. Pueden buscar, hermanos amados, abrir la Escritura en el Evangelio de Marcos, en el capítulo cuatro. Estaremos exponiendo, con la ayuda del Señor, la parábola del crecimiento de la semilla. Quiero mostrarles hoy, hermanos, la necesidad imperiosa de depender del Señor en la predicación. Ese Evangelio de Marcos, capítulo cuatro. Si ya lo buscaron, pueden ponerse, por un momento, sobre sus pies para que leamos la Sagrada Escritura. Es la parábola sobre el crecimiento de la semilla. Dice así la Palabra del Señor. Decía además, esto es nuestro Señor, después de haber explicado otras cosas, decía además: así es el Reino de Dios. Todavía Marcos, capítulo cuatro, versículo 26 en adelante.

Decía además: Así es el Reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra; y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo. Porque de suyo lleva fruto la tierra: primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, enseguida se mete la hoz, porque la siega ha llegado.

— Marcos 4:26-29

Pueden sentarse, amados hermanos. Introduzco este texto relativamente corto, una parábola corta de nuestro Señor, diciéndoles que, entre las parábolas sobre Reino, esta es la más corta. También es la menos conocida, la menos frecuentada. Ella complementa a las demás parábolas y contiene un mensaje sumamente importante para todos los obreros del Señor.

Sembrar y cosechar son dos cosas que están a nuestro alcance y deberíamos hacer con diligencia, pero hacer que la semilla brote, crezca y lleve su fruto es algo que Dios ha reservado para sí mismo y no está a nuestro alcance. Aquí tenemos que esperar y depender. Aunque se nos ha dado el privilegio de participar en el avance del Evangelio, no tenemos capacidad para hacerlo en nuestras propias fuerzas. La parte principal del proceso no es ni la siembra ni la cosecha, siendo el crecimiento, y eso solamente lo da Dios en una forma que no podemos entender del todo, pues no nos ha sido revelada. El mensaje de esta parábola es relativamente fácil de entender y necesitamos tenerlo muy presente: después de haber sembrado la semilla, mantenemos la expectativa de una gran cosecha, pero podemos retirarnos a dormir confiando en que Dios hará su trabajo.

Si tú puedes recordar algo hoy, hermano, recuerda eso: Dios está haciendo y hará su trabajo. Tengo razones, hermanos, para exponer este corto texto, varias razones. La primera razón que tengo para exponer este corto texto es este proyecto, hermano, de buscar huecos en la Escritura que, como iglesia, todavía no hemos visitado y tratar de visitarlos. Cada parte de la revelación del Señor es un deleite. No hay una porción de la Escritura en la cual la iglesia pueda quedarse armada; en nada sobra, hermano, todo hace falta, todo es necesario. El año pasado pude exponer, año antepasado pude exponer gran parte de las parábolas sobre Reino, expuse la parábola del sembrador, la parábola de la semilla de mostaza.

Campamento de la iglesia, estuvimos exponiendo otras más, pero esta se nos había quedado, hermano. Tocó el día, gloria al Señor, porque podemos también visitar esta porción de la Escritura. Al mismo tiempo pretendo hoy dos cosas al mismo tiempo: quiero evitar que mi iglesia se desanime si no ha visto brotes. Si mi iglesia ha sembrado y todavía no ha visto brotes, yo quiero evitar el desánimo. Si usted puso la semilla bajo la tierra, hermano, si usted esparció semilla, yo quiero evitar que usted se desanime. Yo quiero llevarte a confiar que poderoso es Dios para hacer que la semilla crezca. Y al mismo tiempo quiero evitar que mi iglesia se envanezca si el Señor manda una gran cosecha.

Dos peligros para los obreros y la sencillez de la tarea

Dos grandes peligros, hermanos, de los obreros: primero desanimarnos y después envanecernos. Nos desanimamos si no sucede al tiempo de nosotros o a la manera nuestra, y nos envanecemos si vemos mucho fruto. Yo estoy preparado para recibir de mi Señor una gran cosecha de almas y estoy preparado para decirle a mi hermano que poderoso fue Dios para hacer clase de milagro. Cuántas cosas, hermano, pretendo yo con estos cortos textos. Quiero preparar mi iglesia para enviar obreros, mostrar que esto es relativamente sencillo. Yo quiero desmitificar la tarea de la predicación, la tarea de la evangelización, para que usted entienda que esto está a su alcance, que no hace falta ser un experto agrónomo para poder hacer la obra del Señor; que con esparcir semilla, confiar en el Señor y ser diligente en buscar la cosecha basta. Yo quiero simplificar el proceso, yo quiero ponerlo al nivel tuyo, quiero implicarte, quiero invitarte a participar en la obra del Señor.

Tengo también asunto personal, hermano, porque les he dicho que yo tengo alma de campesino. Esto de la siembra y todo, hermano, gran parte de las parábolas de nuestro Señor, gran parte de las referencias de la Escritura en el Antiguo y en el Nuevo Testamento son asuntos agrícolas, vienen de la tierra, y a quien le gusta la tierra tiene un deleite especial cuando expone estos textos. Lo último que sembré en mi patio, hermano, fue cereza de Surinam. Y usted se sorprenderá porque yo tengo un semillero de cereza de Surinam y yo no sé dónde la voy a sembrar, pero tengo semillero. Es que quien tiene pasión por la tierra tiene imperiosa necesidad de sembrar, usted encuentra algún fruto interesante y usted siembra; es parte de tener este espíritu de campesino, esta vocación de la tierra.

Yo fui muy marcado por todo esto, hermano, porque mi papá también disfruta la tierra. Recuerdo que tenía semilleros en mi casa, tomaba un galón, lo cortaba a la mitad y sembraba diferentes semillas en arena y luego iba conmigo y las trasplantaba a un pequeño terreno que tenía. También mi madre trabajó en almacén agrícola, era gerente de Fersán, y yo recuerdo la revista “Fersanito”, Fersán, la confianza del agricultor —que nos den los créditos por el anuncio—. Estas parábolas de la tierra, hermano, son muy interesantes porque nos permiten aplicar de manera muy preciosa y muy profunda, que esto haga raíz en nosotros, la preciosa semilla de la Palabra del Señor.

Pretendo, hermanos, comenzar. Primero mencionaré una cosa que está a nuestro alcance; la primera cosa que está a nuestro alcance. Después mencionaré una cosa que no está a nuestro alcance, pero que sucede. Y terminaré exponiendo una segunda cosa que también está a nuestro alcance.

Lo que sí está a nuestro alcance: esparcir la semilla

Comienzo, hermano, hablando de nosotros, del pueblo de Dios, y después vuelvo a hablar de nosotros. Yo quiero mostrarle, hermanos, hasta dónde llegar, dónde detenerse y después dónde recomenzar. Comienzo mostrando la primera cosa que sí está a nuestro alcance como obreros del Señor. Está en el versículo 26. Dice la Escritura: “Decía además: Así es el Reino de Dios, como cuando un hombre echa semilla en la tierra”.

Si usted, hermano, es un poco elaborado de pensamiento, dirá: “Qué forma burda de sembrar la semilla: echarla sobre la tierra”. Me llama la atención que es consistente en las parábolas sobre el Reino de nuestro Señor Jesucristo que la manera en que el sembrador saldría a sembrar no era una manera muy puntual, una manera muy especializada. Era una manera relativamente sencilla. Lo primero que me llama la atención es la forma en que este hombre está sembrando: dice que “echa semilla”, y ese “echa semilla”, hermano, es muy propio porque el original lo que eso significa es esparcir, arrojar, lanzar; es como tomar un saco de semillas y comenzar a lanzarlas a diferentes lugares.

No estamos hablando aquí de un sembrador que toma tres metros de tierra, hace hoyitos a un metro de distancia cada uno, trata de poner tres semillas por si acaso una se pudre y la otra suba. No. Estamos hablando de una persona que toma mucha semilla y la lanza a diferentes lugares. Hermanos queridos, yo quiero avisarles que la tarea de la evangelización es una tarea relativamente sencilla y de amplio alcance; no hace falta tanta especialización. Con tomar semillas y esparcirlas es suficiente. Esta manera, hermano, era la única manera de alcanzar una gran porción de tierra. De hecho, yo tengo ciertos prejuicios con los ministerios evangelísticos sobre-especializados al día de hoy: tanta técnica, tanta estrategia de evangelización, que uno se pregunta si todavía la Palabra tiene poder de hacer su santo efecto.

Son tantos los recursos especializados… No es que me oponga, hermano, lo que tengo en esto es cierto prejuicio, porque se busca tanta especialización que yo me pregunto si alcanzaremos a la tarea de la evangelización. Hermano, la evangelización necesita de obreros que tomen sacos de semilla y que comiencen a esparcirla. Lo que este hombre está haciendo es echar semillas, es lanzarlas, permitir que la semilla caiga a la tierra. Si usted puede detenerse, hacer hoyos de a metros de distancia cada uno y sembrar dos y tres semillas, hágalo, pero no deje de esparcir la semilla en aquellos lugares por los cuales usted camine.

Les he mostrado en otra ocasión que la semilla del Evangelio, hermano, es una semilla universal. El poder del Evangelio no tiene coordenadas geográficas a las cuales está limitado. Esto no es un fruto especializado que hay que sembrarlo en el valle de Constanza. Esto funciona al sur, funciona al este, hermano, funciona en todas las regiones; no hay corazón en el cual no pueda germinar la semilla del Evangelio. Podemos lanzarla con confianza.

De hecho, hermano, este asunto de la eficiencia agrícola es algo relativamente nuevo. En el mundo antiguo, en los tiempos de nuestro Señor Jesucristo, la gente no tenía tanto detalle al sembrar: sembraba mucho, y para evitar morirse de hambre, sembraban todavía más. Esta forma de sembrar es consistente con la parábola del sembrador. Si usted lee la parábola del sembrador, parece que ese hombre es descuidado. Dice la parábola del sembrador que entre los lugares que lanzaba una semilla cayó junto al camino, otra en pedregales y otra… Uno diría: “Qué hombre más descuidado”. No. “Qué hombre apasionado con que la Palabra del Señor llegara”.

Oye, se me quedó mi himnario, Padre, mi Reina. Alcanzamos un himnario de mi librero. Yo tengo que leer, hermano, el himno número 8:

“Sembraré la simiente preciosa del divino Evangelio de amor. Sembraré, sembraré mientras viva, dejaré el resultado al Señor”.

Y no sembraré solamente en algunos lugares; sembraré en el corazón tierno y también sembraré en el corazón de mármol. Ay, hermanos queridos, yo quiero desalentar cualquier intento de hacer la obra de evangelización con tal nivel de especialización que nos volvamos estériles. Yo quiero invitar a mi iglesia a que esparzan la santa semilla en diferentes lugares.

Eso, hermano, me trajeron el himnario de “Gloria y triunfo”, es que en aquello me muevo en mis aguas. Yo me muevo de lo contemporáneo al histórico, hermano, pero este fue el primer himnario que yo conocí. El 8, hermanos: “Sembraré la simiente preciosa del glorioso Evangelio de amor. Sembraré, sembraré mientras viva, dejaré el resultado al Señor”. Hermano, está ahí. No es un himno muy preciso con relación a Marcos, capítulo cuatro a partir del versículo 26, porque él está diciendo que hará la labor de esparcir la semilla y que él no está preocupado por el resultado. Él está diciendo: “Dejaré el resultado al Señor”.

Esparcir mucho y confiar en el poder de la Palabra

Hermanos queridos, yo he venido a decirles que podemos esparcir semilla y dejarle el resultado al Señor. Este que escribió el himno, creo que se llama Elizabeth… Elizabeth Mills me parece que es la autora; se ve que conocía con precisión la tarea de evangelización. Dice ella que sembrará en corazones sensibles en la segunda estrofa, pero después, en la tercera estrofa, ella dice: “Sembraré en corazones de mármol”. En mármol no se siembra, dicen algunos. Yo diré, hermanos: “Esparza la semilla del Evangelio en cualquier parte”, porque tú no sabes dónde el Señor puede hacer que florezca, dé su fruto y podamos poner la hoz. Gloria al Señor por esta preciosa tarea. El poder no es nuestro, el poder es suyo.

Le estoy mostrando, hermano, la cosa que está a tu alcance. La cosa que está a tu alcance es esparcir semilla. Y hay cosas que, cuando esparcimos semilla, sí podemos hacer. Si usted no va a sembrar a metros de distancia dos semillas, tres, tratando de ponerle agua a cada cierto tiempo, sino que usted va a sembrar y se va a ir a dormir, como dice aquí, quizás usted pueda salir a buscar mucho más terreno, como no está limitado a un asunto tan pequeño. Hermano, yo estoy animando aquí a mis hermanos a que asuman la tarea de evangelización con tal nivel de diligencia que no tengan que ser demasiado puntillosos de dónde van a sembrar, sino que lancen, tomen semilla y láncenla, tomen semilla y láncenla.

De hecho, en algún momento yo hice eso: tomé maíz y lancé maíz en diferentes lugares, hermano, y nace. Solamente el Señor sabe si alguien habrá tomado alguna mazorca. Yo lancé maíz hasta desde el carro, hermano, en movimiento. Y es interesante porque en pocos días crece, o sea, crece. Solamente el Señor sabe, hermano, quién se ha comido maíz porque alguien lanzó semilla.

¿Qué podemos hacer, hermano? Podemos buscar nuevo terreno, donde las oportunidades son casi… miren, cuando uno asume la evangelización con esta perspectiva, las oportunidades son casi ilimitadas. Ya no es de que este terreno, que si hay una fuente de agua cerca, que si yo estoy cerca y puedo… Hermano, si usted evangeliza con este principio, el principio de echar semilla, ya las oportunidades al mismo tiempo aumentan. Cuando uno le pregunta, le hablo a los hermanos de evangelización, dicen: “Es que no tengo territorio a mi alcance, yo no sé nadie que esté interesado”. Cuando usted lo asume desde esta perspectiva, usted tendrá hectáreas en las cuales puede sembrar y esparcir la semilla.

Lo que usted puede hacer es salir a buscar más terreno. Lo que usted puede hacer es marcar el terreno para estar atento. En la antigüedad los linderos eran sencillos: una piedra era suficiente. El lindero del mundo antiguo era desde la mata hasta el río, y si usted sembraba en un lugar… no, si usted esparcía semilla en algún lugar, quizá usted ponía una piedra grande para volver a ver si la semilla germinó. Lo que usted puede hacer es buscar aún más terreno. Lo que usted puede hacer es poner una piedra para recordar que ahí cayó la semilla, a ver si el Señor ha hecho su milagro y las buenas obras. Sembrar mucho.

Esta tarea se nos presenta como una tarea que es sencilla, que es concreta, que es conocida. No hace falta ser un experto para esparcir la semilla; todo cristiano está capacitado para hacerlo. Los elementos, semilla y tierra, hermano, están a la disposición y abundan. La confianza no está en nosotros, está en el Señor.

En primer lugar le estaba diciendo, hermano, la primera cosa que sí está a tu alcance. La primera cosa que está a tu alcance es tomar la semilla del Evangelio y esparcirla. Hermano, nos hemos llevado el susto, la impresión de ver que en mármol el Señor hace obras, y que en los lugares donde usted pensaba que no era posible el Señor ahí logró germinar; y que allí donde usted entendía que estaban las mayores probabilidades, porque estaban las fuentes de las aguas, no fue el lugar donde el Señor hizo su buena obra. El Señor se goza en manifestar su poder salvando en corazones de mármol.

Primera cosa, hermano, esto está a tu alcance: esparcir, esparcir semilla, esparcir como el sembrador, aunque caiga entre espinos, aunque caiga en el camino. Hermano, sal, sal, que tomes puños de la Palabra del Señor y la esparzas, que siembres en diferentes lugares. Ahora tengo que comenzar a explicar a dónde quería llegar: qué es la cosa que no está a nuestro alcance, donde tenemos que depender del Señor.

Lo que no está a nuestro alcance: el crecimiento misterioso

Son los versículos 27 y 28. Me gusta lo curioso de este versículo, hermano. Dice: “Y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo”. Aquí tenemos un agricultor, hermano, que él no pierde el sueño por la semilla. Ay, ay, hermano mío, que cuando evangelizan ellos pierden el sueño, dicen: “Ay, que yo tengo una semillita que yo puse en ese lugar y yo tengo que estar atento, y tiene que suceder, ay, qué va a pasar y yo quiero ver”. Hermano, si usted va a sembrar en un solo lugar, usted va a tener ese nivel de atención, pero si usted va a sembrar hectáreas de la Palabra del Señor, hay que dormir.

Usted va a sembrar mucho y se duerme. Es intencional cómo Marcos describe esto. Lo que dice es: sí, el obrero está durmiendo. El autor quería, hermano, puntualizar que no depende de nosotros. Como él duerme y se levanta… hay otra traducción que lo traduce: “aunque se duerma o se quede despierto, aunque venga de noche o de día, de todos modos el Señor hará su obra sin saber nosotros de manera precisa cómo es que lo está haciendo”.

Yo me gozo, hermano, porque Dios actúa cuando nosotros no estamos presentes. Si yo necesitara presenciar de manera puntual cada vez que el Señor está germinando la semilla en el corazón de alguien, hermano, no lo haría. Yo sé que Dios trabaja en diferido. Yo hago la tarea de poner la semilla y le dejaré el resultado al Señor, como dice el himno, hermano. Esto se trata de uno hacer lo que puede hacer y depender de que el Señor hará lo otro. Hay una parte, hay un paso, que no está a nuestro alcance; por eso podemos dormir.

Dios actúa cuando nosotros no lo estamos viendo. Miren, Dios sigue obrando aun cuando nosotros ya nos hemos ido. El Señor lo hace así. Cuentan los historiadores que el dominio en la guerra que tuvo Inglaterra dependía de que tenían un tipo de flecha específico. Cuando la lanzaban —eran primero arcos largos— y cuando se lograba dibujar el arco y se lanzaba una flecha, la flecha a veces impactaba al soldado contrario. El soldado, el soldado bravo, que sacaba la flecha y seguía luchando. Pero dicen los historiadores que a la segunda batalla no volvían.

Investigaron qué era lo que tenía la flecha, pero no volvían a la segunda batalla. Podía ser un soldado bravo que se sacaba la flecha y lograba seguir peleando, pero al día siguiente no estaban disponibles, y el ejército contrario cada vez era menguado y era disminuido. Hermano querido, la semilla del Evangelio funciona en diferido, donde uno no lo está mirando. Son como flechas que el Señor lanza. El Señor a veces impacta una persona hoy y uno dice: “Cayó la flecha”, y la iglesia no hace más porque siempre está esperando que el soldado caiga, siempre está esperando: “Se levantó uno, se arrepintió uno y dio testimonio”. Hermano, esto a veces funciona en diferido. Frecuentemente la gente aquí es herida, herida por la Palabra del Señor. Muere en su casa, hermano, y allí el Señor lo pasa de muerte a vida.

A veces uno quisiera ver el proceso completo: donde uno lanza, cae, el Señor levanta. Hermano, el Señor frecuentemente termina su obra en la almohada, frecuentemente a las 3:00 de la noche en su casa. A veces la gente viene a la casa del Señor a recibir la Palabra y va a su casa, y allá es que el Señor termina la obra de salvación. Me recuerda la muerte del rey Acab. El Señor le dijo por medio del profeta… estaba diciendo el Señor, el profeta dice: “Dice el Señor: ¿quién inducirá a Acab para que vaya a tal lugar y ahí muera?”. Y Acab fue a ese lugar. Dice que se disfrazó, le dio sus vestiduras a otra persona. La otra persona entró en la batalla y lo capturaron. “Tenemos al rey”. Después él habló y dijeron: “No, pero ese no es”. Pero alguien lanzó una flecha al aire.

Y esa flecha entró, hermano, y el rey dijo: “Ay, sáquenme de aquí, que me han herido”, y se murió en la tarde. El pecado a veces muere así: alguien viene a la casa del Señor, es logrado, uno dice: “Oye, ¿y de dónde viene? ¿Cuándo será?”. Hermano, dejemos eso al Señor. Pongamos nosotros la semilla, mandemos nosotros la flecha de la Palabra, que el Señor haga su obra. Es la dependencia del Señor en la evangelización. Nosotros no sabemos dónde caerá, nosotros no sabemos dónde germinará, el Señor lo sabe, y esa es su parte.

Quiero dar una alerta aquí, hermano. Es que un obrero que duerme después de haber trabajado no es necesariamente malo. Yo quiero llamar a mis hermanas, a mis hermanos, a que duerman: vayan, duerman. Pero trabajen primero, hermanos. Dormir es un humilde reconocimiento: “Dejé una nota en otro alcance”. Una iglesia que, después de haber sembrado, hermano —así como lo estoy hablando, ese tipo de siembra de tomar sacos de semilla y lanzarlas— que duerme, lo que está demostrando, hermano, es una santa dependencia. Es un reconocimiento primero de que conoce cómo es que el Señor hace su obra a la luz de la Palabra: que no depende de nosotros, depende del Señor.

Una iglesia que está reposada es una iglesia que no está: “Ay, caramba, ¿y qué va a pasar? ¿Y podrá germinar?”. Cuidado, hermano, el Señor hará su obra. Una iglesia que reposa después de haber trabajado está manifestando que conoce hasta dónde el Señor esto lo permite desde su Palabra, cómo es que funciona la evangelización. Una iglesia que reposa, una iglesia que duerme después de haber sembrado la Palabra, es una iglesia que manifiesta su confianza absoluta y dependencia del Señor. Una iglesia que reposa, una iglesia que duerme después de haber sembrado la Palabra, hermano, es una iglesia que entiende que es una imprudencia tratar de transgredir el límite que solamente el Espíritu Santo puede cruzar: tratar, hermano, de que esa semilla germine a los medios nuestros y no a los medios del Señor. Una iglesia que lo hace está manifestando que está esperando que el Señor haga su obra y que cuando el Señor haga su obra, entonces estará dispuesta.

El poder está en la Palabra, no en el predicador

Porque el poder no está en nosotros, sino que está en la semilla misma. Hermano, yo tengo el convencimiento, y por eso la predico con pasión, de que esta Palabra está viva, hermano; de que esto es eficaz, de que esto penetra profundamente. Cuando nosotros predicamos la Palabra del Señor no estamos apelando a filosofías, a recursos humanos; estamos apelando a que este libro es un libro vivo que hace su santo efecto. Por eso, hermano, lo estudiamos con pasión, por eso lo predicamos con pasión, porque esto es un libro vivo y poderoso.

La Palabra del Señor, hermano, cuando el Señor quiere, hace su santo efecto en el corazón de los hombres. Cuando nosotros estamos predicando la Palabra, iglesia, aunque inmediatamente no veamos el brote, confiemos que poderoso es Dios para hacer aquello que Él se ha reservado para sí mismo. El poder no está en nosotros, está en su Palabra. El Señor honra la predicación de su Palabra. El Señor se goza cuando su Palabra ha sido sembrada. Y cuando nosotros sembramos la Palabra, seamos diligentes en sembrarla tantas veces, en tantos lugares como podamos. Podemos, con limpia conciencia, ir a nuestras camas y dormir. Y sea que usted se duerme, sea que se levanta; sea que se duerme, sea que se levante, el Señor, cuando quiera, lo hará.

Así fue que se lo aplicaron a Nicodemo. Nicodemo quería explicaciones, le dijeron: “Esto es como el viento. Sopla el viento, y tú no sabes de dónde viene; el viento se mueve y tú no sabes hacia dónde va”. Lo mismo sucede, hermano, con la semilla. ¿En qué momento germinó? ¿Cuándo germinó? ¿Cuál de ellas germinó? No lo sabemos.

De hecho, hermano, a mí me impactó el año pasado. Yo tuve el privilegio… los libros de escuela bíblica que utilizamos, el libro del maestro, eran editados por Editorial Vida hace muchos años. El editor de todos los libros fue el fundador de la editora; es Bob Hoskins. Y yo tuve el gozo de conocer a Bob Hoskins el año pasado. Es un señor, ya está enfermo, ahora mismo tiene una situación de salud muy grave. Estaba enfermo cuando le conocí, pero todavía viajaba, y fue un gusto para mí conocer a este hombre. Él tiene una pasión de hacer que la Palabra del Señor llegue a los niños.

Yo recuerdo haber visto a Bob Hoskins durante cuarenta minutos repetir, con diferentes palabras, una sola cosa delante de un grupo de pastores, una sola cosa. Él decía: “Este es un libro que está vivo. Este es un libro que está vivo. Mandemos la Palabra del Señor. Este es un libro que está vivo”.

De ese modo nació el ministerio de “Libro de Vida” (OneHope). Lo que sucedió es que en El Salvador él regaló una Biblia al presidente. El presidente de El Salvador dice que el Señor tocó su corazón a través de la Palabra y le mandó una carta diciéndole a Bob Hoskins que por favor haga que la Palabra del Señor llegue a cada niño de El Salvador. Dice él que, con tanta pasión en hacer que la Palabra del Señor abunde, él le dijo a la secretaria: “Devuélvele el telegrama y dile que todos los niños en El Salvador tendrán acceso a un ejemplar de la Palabra del Señor”. Luego le preguntó a la secretaria que cuánto costaba y se dio cuenta que era una labor titánica.

Mandarle una Biblia como la que le mandó al presidente, hermano, a un niño que ya no podía ni siquiera cargarla. Yo pregunté que cuál Biblia fue y parece que era una Biblia de estudio Thompson. Imagínese cada niño con una Biblia de estudio Thompson. Usted se pregunta, primero, dónde se imprimen Biblias en esa cantidad para mandar a cada niño de El Salvador; después, cómo, dónde se le entrega cada Biblia en la mano; después, qué hace un niño con una Biblia de ese tamaño, que él quizá no sabe leerla. Así nació el “Libro de Vida”, que son porciones ilustradas de la Palabra del Señor, para hacer que la Palabra del Señor llegue a cada niño. A través de “Libro de Vida” se toman porciones de las Escrituras y se mandan.

Yo escuché a Bob decir delante de un grupo de pastores: “Es que esta es una Palabra que está viva y es eficaz, y ella hace su santo efecto”. Él tiene el convencimiento de que cuando los niños leen la Palabra del Señor, el Señor puede tomar la mente de un niño. Ay, hermano, lo que nosotros estamos haciendo es sembrar la Palabra del Señor; hagámoslo por montones, mandémosla, hermano, y dejemos los resultados al Señor. Tengamos pasión por enviarla, tengamos pasión por sembrarla, y confiemos que el Señor hará su santo efecto.

Aquí tengo que admitir que la vida espiritual, la manera en que el Señor levanta vida espiritual, es un misterio. Lo que dice es que no sabemos cómo. Y miren, yo he visto muchas personas pasar de muerte a vida, pero todavía me pregunto “¿cómo?”, y el Señor no lo ha revelado, hermano. Yo he escuchado discusiones, le he explicado esto: el “ordo salutis”. Esto se trata de explicar: primero el Señor hace esto, después lo otro. Hay una controversia contemporánea de cuál es el proceso correcto por el cual un hombre tiene que confesar los pecados, decir esto primero y aquello después. Hermano, no trate de establecer esto en orden, porque el Señor sopla de donde quiere.

Lo que yo he visto es que es real. La manera puntual en que sucede la conversión no está a mi alcance explicarla. Cosa, por ejemplo: no ignoramos, hermano, el momento preciso en que la semilla germinó. Ay, yo quisiera saber, yo quisiera que el Señor me dijera: “Fue septiembre 3 de 1994, a las 3:15 de la tarde”. No intenten, hermanos, hurgar en esas profundidades de Dios que usted no sabe. Hay hermanos que recuerdan su día de conversión, pero frecuentemente testifican que desde antes el Señor los venía tratando.

Entonces yo pregunto: “¿Está seguro que fue ese día?”. No es malo mantener un día de conversión, hermano. Hay conversiones, sobre todo extraordinarias, que usted recuerda un día en que el Señor lo levantó. Hay otros que recuerdan su bautismo. Pero el día, hermano, la manera en que el Señor lo alcanzó a usted… usted no sabe, porque miren, el Señor manda unos dardos combinados: alguien le habló a aquellos niños allá, alguien le está dando testimonio hoy, después viene el Señor, le visita dentro de tres años, y él recuerda: “Pero yo iba a una iglesia que me enseñaban eso mismo, y yo recuerdo lo que sentía cuando iba a ese lugar”. Y el Señor viene y lo impacta, y uno dice: “¡Wow!”. El Señor sopla de donde quiere, hermano. Uno no sabe de manera precisa el momento puntual, si cuando estuvimos durmiendo la semilla germinó a las tres, a las cuatro.

Hay unas flores exóticas que florecen una vez cada n años. Y quienes entienden esas flores se quedan esperando ahí; se reúnen, se juntan, se reúnen 50 personas a esperar el día en que esa flor florezca. Hermano, no evangelice de esa manera, por favor. Si usted va a hacer la tarea del evangelismo, hermano, que no se parezca a mí ya en eso; que no sea un asunto de que usted tiene unas flores exóticas en el jardín de su casa y está esperando que cada cinco años florezcan, y que va a invitar a cinco amigos suyos porque hoy es el día que va a florecer. “Sin que él sepa cómo”, dice así. Sin que él sepa cómo. El momento precioso solamente lo sabe el Señor.

Y la semilla precisa que germinó, ¿cuál fue? ¿Fue el que te dio el testimonio, fue quien te trajo a la iglesia, fue quien predicó ese día, fue la alabanza… qué fue? Es un misterio. No sabemos la dinámica específica que hace que una semilla germine y se convierta en una planta y vaya transicionando de una etapa a la otra. Tampoco… Ah, para ser un hermano inquieto me dice: “Claro, sabemos la desmaleización”. Yo leo Wikipedia, hermano. Póngase en el contexto de estos agricultores que estamos sembrando en el tiempo del Señor, que sembramos por convicción de que alguien sembró y floreció, yo vuelvo y siembro, yo veo fruto. No eran expertos en esto; sembraban, hermano, por un entendimiento ciertamente básico acerca de la naturaleza.

Quiero advertir y desalentar a mi iglesia de que no intentemos nosotros hacer que germine. Hermano, dejemos eso al Señor. Y es peligroso, y aquí, hermano, es que yo estoy preocupado. Es peligroso cuando la iglesia pretende lograr lo que solamente Dios ha reservado en su soberana voluntad. Los grandes males de la iglesia contemporánea tienen su origen en iglesias que han sido más diligentes en tratar de que germine que en mandar la semilla, y que nazca donde el Señor quiera que nazca. Nuestra diligencia no está en la germinación; nuestra diligencia está en la siembra, hermano, y en la siega. La germinación es algo que está en la mano del Señor.

Cuando se intenta hacer este proceso por medios humanos, esto termina frecuentemente en manipulación: gente que viene por la razón incorrecta. Y se puede manipular hasta en forma sutil. Cuando se habla de manipulación, no siempre es alguien que está completamente malintencionado, que quiere mentir. Hay veces que la manipulación es tan sencilla como traer la gente a ti en vez de atraerle a Cristo. Miren, lo más atractivo de una iglesia no es la iglesia misma, es Cristo. Y cuando la gente se engancha a ti, la estás manipulando. La gente viene porque se siente bien cuando está contigo. No. Tú no tienes nada que darle, todo es del Señor, nada es tuyo. Y si alguien está aquí porque le trajiste tú, tienes que tener cuidado, porque muy probablemente estás tú atribuyéndote una labor que solamente el Espíritu Santo puede hacer.

Hay gente que está ávida de un reto, y cuando usted le presenta el reto de la vida cristiana dicen: “Yo lo asumo, yo puedo hacerlo”. Hermano, esto no es un reto a asumir, esto no es un maratón, esto no es que vamos a trotar. Es un milagro que el Señor hace, que nosotros no podemos hacerlo por nuestros propios medios. Hay otros que han convertido el poder de Dios en un espectáculo, y gente que está ávida de entretenimiento le gustan este tipo de cosas. Hermanos queridos, solamente el Señor puede hacerlo, y aunque Él lo hace a veces de manera dramática, no estamos llamados nosotros a presentar entretenimiento y diversión. Estamos llamados a lanzar, a veces sin ver mucho muy detenidamente, la Palabra del Señor y esperar que el Señor haga su santo efecto.

Quizá por esto les escribió el apóstol Pablo a los corintios y les dice, en primera de Corintios, capítulo 1, del 22 en adelante:

Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo es poder de Dios, y sabiduría de Dios.

— 1 Corintios 1:22-24

Maneras de manipular: atraer a la gente a la parte superficial del conocimiento de Dios, o la gente que quiere filosofía, que quiere conocimiento. No. Hay gente que hay que desalentarlos al respecto de esto. Esto no es conocimiento humano, esto no es filosofía humana, esto es poder de Dios para salvación. Y en aquellos que el Señor ha llamado, esto, hermano, hace su santo efecto.

Peligros de la germinación artificial y el nominalismo

Los problemas de esto: manipulación, simulación, nominalismo. Ese nominalismo: gente que vino aquí no por el poder de Dios, sino por el poder nuestro. Y cuando están aquí, usted dice: “¿Y los frutos de arrepentimiento dónde están?”. Donde mismo está la germinación. Usted puede simular a una persona a la vida cristiana, pero usted no puede producir, hermano, el fruto de arrepentimiento, la vida gozosa, la vida triunfante. Ese nominalismo son la gente cuyo cuerpo está aquí porque los trajimos nosotros, pero su corazón y su mente están en otra parte. Eso es un peligro: una gente que no ha nacido de nuevo, que hemos traído mecánicamente al pueblo del Señor, no es más que un cristiano acartonado y nominal, una persona que está aquí pero que no tiene el deseo.

Una persona que está aquí pero no tiene el deseo, no se integra en la vida de la iglesia, no administra ningún don, no comparte la misión de la iglesia, nunca ha traído otros discípulos. ¿Dónde está el problema? Lo que pasa es que quizá le trajiste tú por tu gracia. Yo he visto, hermano, que las iglesias a veces más fructíferas en la evangelización no son las iglesias más acogedoras; son las iglesias que son más fieles en predicar y más dependen del Señor. El Señor hace aumentar los pueblos que no son necesariamente los pueblos más “chulos” para estar en medio de ellos. No son los pueblos, hermano, que a veces son más desbordantes; son pueblos como más… “¡Wow, qué asunto!”, y ahí el Señor lo hace. Sí, ahí el Señor lo hace, hermano, para que el poder, la excelencia, sea suya y no nuestra. El Señor se goza en salvar, y cuando nosotros intentamos, hermano, nos va mal.

A mí me aterroriza la posibilidad de nosotros levantar un pueblo por nuestros propios medios. Nosotros no podemos levantar un pueblo por nuestros propios medios. Y miren que yo no rechazo las multitudes. Yo quiero, hermano, ver con estos ojos que el Señor nos traiga una multitud, pero que sea una multitud de creyentes que han nacido de nuevo, han pasado de muerte a vida, una multitud que nosotros tengamos que decir: “Lo que ha sucedido en ellos no tenemos nosotros capacidad alguna para provocarlo”. De ese tipo de multitudes vale la pena. Ahora, reunir un pueblo, hermano, acartonado con los medios nuestros… hay recursos que se utilizan para este tipo de cosas, pero no son los recursos del Señor.

Ese paso no es nuestro, es de Dios. Nosotros podemos esparcir, pero el Señor solamente puede germinar. Dirá, hermano, para matizar, que ciertamente no está a nuestro alcance, pero esto se manifiesta y se va manifestando. Dice cómo se manifiesta, asimismo, el versículo siguiente. Es el versículo 27: “Y duerme y se levanta, de noche y de día, y la semilla brota y crece sin que él sepa cómo; porque de suyo —o sea, por los propios medios de la semilla— lleva fruto la tierra: primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga; y cuando el fruto está maduro, enseguida se mete la hoz porque la siega ha llegado”.

Hermano, nosotros no sabemos cómo eso funciona, pero tampoco ignoremos que sí sabemos cómo eso se ve. Y, usted sabe lo que es grano, usted sabe lo que es espiga, usted sabe lo que es hierba; porque tampoco nos vamos a quedar aquí en la indiferencia de que: “No, eso nadie sabe cuándo el Señor está obrando, nadie sabe cómo es”. Sí, hermano, yo siento el viento y sé cuando el viento me está empujando. Sí, hermano, yo sé la diferencia entre una espiga y la hierba y sé la diferencia entre la hierba y el fruto.

Cómo se ve la obra de Dios: frutos visibles y etapas

Sabemos, hermano, nosotros sabemos, hasta cierto punto, cómo se manifiesta lo que el Señor está haciendo. Sabemos que tiene etapas, sabemos que la tendencia es creciente y seguirá avanzando. Sabemos, hermano, cómo se ve el fruto que esto va a producir. Nosotros sabemos que donde hay salvación genuina hay una renuncia al pecado, una renuncia al mundo, un deseo por las cosas de arriba. Ah, porque no nos vamos a quedar ahora en que: “No, como eso es soberanía del Señor, el Señor lo hace, pero nosotros no lo vemos”. No. Nosotros lo vemos.

Nosotros sabemos cuándo hay granos, sabemos cuándo el grano está maduro, sabemos cuándo el campo se ha puesto blanco, hermano, sabemos. Sabemos lo que es esperable, lo que es natural. No es lo mismo hierba que espiga, y no es lo mismo espiga que grano. Hermano, se ve distinto. Con esto diré que la obra del Señor es un misterio, pero la manifestación de la obra del Señor es visible; por eso se llaman “frutos de arrepentimiento”. Y como iglesia tenemos que estar atentos, porque vemos cuáles son los frutos del Señor obrar.

Ay, hermano, cuando usted deja una piedra y después se encuentra que ahí subió algo… ¡qué felicidad! Usted no contaba con eso, pero usted lanzó aquí, lanzó allá, y el Señor… “¡Guau, por aquí!”. Gloria al Señor, porque podemos sembrar en diferentes partes y sabemos cómo se ve lo que el Señor está haciendo.

Le he mostrado, en primer lugar, una cosa que está a su alcance: esparcir, hermano, lanzar semillas. Le he mostrado algo que no está a nuestro alcance: esperar que el Señor germine la semilla. Duermas, hermano, y confía en el Señor, que poderoso es Dios para levantar testimonio. Ninguno de ustedes son los salvadores de la iglesia. Hay hermanos míos que tienen una aflicción: “Ay, que no, que puede ser que si el Señor lo está haciendo, que no lo vemos”. Usted sabe que usted lanzó semilla y que esa semilla es viva. Láncela, láncela, que cuando el Señor levante de ahí pueblo, entonces usted se va a gozar diciendo que es obra del Señor y no suya.

Termino diciendo, hermano, la segunda cosa que sí está a nuestro alcance. La segunda cosa que sí está a nuestro alcance, la segunda cosa que está a nuestro alcance es recoger.

Lo que también está a nuestro alcance: recoger con urgencia

Versículo 29: “Y cuando el fruto está maduro, enseguida mete la hoz porque la siega ha llegado”. El Señor nos permite participar en el principio y en el final. El centro, el corazón de la evangelización, Él se lo ha reservado para sí mismo. El Señor, hermano, nos ha dado los medios, pero el poder, la pólvora, el “dínamo” de Dios, está en Él, no en nosotros. El Señor nos permite sembrar, el Señor nos permite cosechar. Iglesia, tenemos que estar listos para hacer ambas cosas.

Nosotros no seremos juzgados por el Señor por nuestra capacidad para germinar; seremos juzgados por el Señor por cuántos puños de semilla tomamos y lanzamos y qué tan prestos estuvimos para poner la hoz cuando vimos que el campo ya estaba blanco. Hay un momento, hermano, en que el fruto está maduro, cuando indudablemente se han manifestado las señales de arrepentimiento. Me recuerda esto la parábola del trigo y la cizaña: hasta cierto punto usted no sabe, pero cuando usted lo ve, usted lo busca.

Y termino diciendo, hermano, que todo va a hacerse con cierta urgencia. “Enseguida”, dice ahí. Pronto, hermano. Un grano que ya está para tomarlo, eso no se deja palomear tanto, eso no se deja mucho tiempo ahí. Hermano, en el momento en que usted ve señales de fruto de arrepentimiento, usted busca el fruto. Esto hay que hacerlo con urgencia. “Enseguida mete la hoz”. Se toma el grano, hermano, para guardarlo en un lugar seguro, para permitir que el fruto alcance su propósito, que es la alimentación; para permitir que alcance su propósito: que el Señor trajo esa vida a su pueblo, evitar que los frutos sean robados, que se pudran ahí mismo.

¿Cómo la iglesia mete la hoz, hermano? Parece un asunto duro, pero es asegurar el grito… el grano: traerlo al granero del Señor. “Trigo soy, trigo soy del granero, del granero del Señor; por la sangre de mi Cristo y el poder de Jesucristo a su granero yo voy”. Hermano, el granero del Señor es su casa, es su pueblo. Y uno quiere que su grano no esté a la intemperie; uno quiere asegurar el fruto, hermano, asegurar la cosecha. Todo agricultor diligente es diligente en sembrar y es diligente en asegurar la cosecha. Todo el que tiene sembrado ya está pensando dónde va a guardar el trigo.

El trigo del Señor está en la casa del Señor, hermano, y todo aquel que el Señor ha alcanzado con salvación tiene que estar con otros trigos. Grano de trigo, todos los espigadores van y llevan esto al mismo lugar, que es el granero del Señor. El trigo va y se busca, y dice “enseguida”. ¿Cómo nosotros recogemos el trigo? ¿Cómo nosotros buscamos el fruto?

Transición del punto dos al punto tres: si yo te veo que el Señor lo hizo, hay manera en que usted puede constatar que eso ha sucedido ahí. ¿Ves, hermano? Uno toca como puerta y tiene una conversación relevante, a ver si… Hay una pregunta directa, una invitación, un estímulo: “Mira, comprométete con la vida cristiana, tú tienes un tiempo ya viniendo, yo veo que te va interesando, ay, ven, participa”. Esa invitación directa, hermano, es poner la hoz. Por favor, ponga la hoz con cuidado, no, no, no está invitando a todo el mundo. Donde usted ve frutos de arrepentimiento, ahí invite.

Miren, cuando alguien ha sido tocado por el Señor, frecuentemente uno ve un deseo de estar entre el pueblo del Señor. Cuando alguien el Señor lo está tocando, uno le ve un interés genuino en la Palabra del Señor, no un interés superficial, sino un interés genuino. Cuando a alguien el Señor lo está llamando, uno le ve una sed, un deseo mayor. No tengamos los ojos opacos para ver cuándo el fruto, la espiga, ya está; es el momento de poner la hoz.

Dos cosas que dependen de nosotros, una cosa que depende del Señor. Sembremos con tanta diligencia como podamos, cosechemos con tanta diligencia como podamos y esperemos el segundo paso, hermanos, con tanta confianza en el poder del Señor como podamos. Alentémonos los unos a los otros. Oro al Señor para que obreros sean levantados en nuestra iglesia. Obreros sencillos, hermano, con medios relativamente simples, pero que alcancen con sus manos los propósitos eternos de Dios.

Oración final de dependencia y clamor por fruto

Oro por mi iglesia: Señor, dependemos de ti en la evangelización. Hemos estado orando, Señor, por años, por una cosecha de almas. No podemos acelerar el proceso, pero regamos la tierra en oración. Señor, mira a aquellos que han estado congregados el día de hoy; arriega la tierra, Señor, manda tú que tu poder se manifieste, que haya testimonio de poder de Dios, que virtud salga de ti, Señor.

Padre, te pedimos por la semilla que como iglesia hemos sembrado en diferentes lugares. Permite… ay, Señor, gracias por el testimonio que tuve esta semana de encontrar hermanos en talleres de membresía en los cuales había sembrado en otros años. Ay, Señor, gracias porque tú lo vas al ritmo tuyo, a la manera tuya, pero lo vas. Señor, gracias porque no somos sin fruto y vemos obra de salvación. Hemos probado, Señor, que poder hay en la semilla, y tenemos una confianza, Señor, de que de allí se levantará fruto para tu gloria.

Padre, auméntanos asegurando tu gloria. Mira, mira nuestra impotencia, nuestra incapacidad; la reconocemos, Señor. Padre, estamos dispuestos a irnos a dormir, estamos dispuestos a sembrar y a irnos a dormir, Señor, esperando que los brotes nos sorprendan. Levanta brotes, Señor. Que brote, que brote, que brote el brote en medio nuestro. Padre, bendice a mis hermanos con diligencia, con interés renovado. Bendíceles, Señor, con ánimos renovados de dar testimonio, de traer a otros, de hablar de Cristo, Señor.

Permítenos ver paz en diferentes terrenos, en diferentes lugares, que tú te has levantado fruto para tu gloria. Gracias por tu Palabra, Señor. Gracias por esta corta parábola, gracias, Señor, por esta tierna confianza que tenemos en ti: de que allá donde nosotros no sabemos, sabes tú, y que donde nosotros no podemos, lo harás tú. Todo esto, Señor, lo queremos hacer para tu gloria. En el nombre de Jesucristo.

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