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El día de pentecostés

Hechos 2:1-42

Pentecostés marca el nacimiento de la iglesia y el inicio de una nueva relación de Dios con su pueblo por medio del Espíritu Santo, quien da poder, de nuevo y entendimiento para testificar y vivir la palabra. Así como el Sinaí definió a Israel por la ley, Pentecostés define a la iglesia por la presencia del Espíritu.

Predicado11 de marzo de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Es Hechos capítulo dos. Cuando lo tengan pueden ponerse sobre sus pies. Es el libro de los Hechos en el capítulo dos. Es una porción extensa de la Escritura. De hecho, es una de las porciones más extensas de la Escritura. Estaremos viendo la primera parte del capítulo, desde el versículo 1 y hasta el versículo 13. Y también, con la ayuda del Señor, estaremos por lo menos leyendo la porción final hasta el versículo 42. Esta exposición de la Escritura la comenzamos hace tres semanas. Ya vimos los primeros versículos del capítulo 1. Teníamos pendiente considerar también la segunda parte, que es el capítulo dos con la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.

Leamos la palabra del Señor, Hechos capítulo dos desde el versículo 1 y hasta el versículo 13:

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos; y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados. Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

— Hechos 2:1-6

Y estaban atónitos y maravillados diciendo: mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes; les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿qué quiere decir esto? Mas otros, burlándose, decían: están llenos de mosto.

Pueden sentarse, hermanos queridos. Dice nuestra introducción que así como para entender a Israel como nación es necesario estudiar los acontecimientos del monte Sinaí con la llegada de la ley, si usted quiere conocer el pueblo de Israel tiene que conocer que ese pueblo tenía una ley que le fue dada en el monte Sinaí. Y se podría afirmar que en el monte Sinaí nació Israel como les conocemos hoy como nación, porque aunque como pueblo había estado siendo formado por Dios desde tiempo atrás, desde el tiempo de los patriarcas, cuando recibió la ley llegó a vincularse profundamente a Dios. Asimismo, Pentecostés es necesario para entender la iglesia del Señor.

Pentecostés era una fiesta judía, porque Pentecostés era una fiesta en la que se celebraban los frutos de la cosecha y se traían las primicias. Fue elegida por Dios para dar testimonio del nacimiento de un nuevo pueblo. Si en el monte Sinaí la ley de Dios se entregó escrita sobre piedras en medio de humo y sonido de bocina, en Pentecostés escribió en nuestros corazones con la llegada del Espíritu Santo en medio de señales igualmente asombrosas.

Pentecostés como fiesta de cosecha y nacimiento de la iglesia

Las señales fueron llamas de fuego que se posaban sobre los discípulos y un fuerte estruendo. Ambos momentos son únicos y marcan puntos de transición en la historia de la humanidad. En el monte Sinaí Dios declaró la particularidad de Israel dándole la ley, y en Pentecostés declaró la particularidad de su iglesia: un nuevo pueblo compuesto por multitud de etnias, bautizándoles a todos en un mismo Espíritu. Hoy veremos el significado y el impacto del día de Pentecostés. Ya antes, hermanos, hemos hablado de Pentecostés, pero quiero enfatizar un poco más. Así como hablamos hace tres semanas acerca de la necesidad del Espíritu Santo, yo quisiera mostrarles ahora a la iglesia cuál fue el significado y cuál fue el impacto de la llegada del Espíritu Santo.

Si antes estábamos hablando acerca de que necesitamos al Espíritu, quisiera mostrarle ahora qué sucede cuando llega el Espíritu. Esta porción de la Escritura en el libro de los Hechos es casi característica del pueblo pentecostal. Si usted conoce iglesias pentecostales, usted ha escuchado hablar de Pentecostés. De hecho, su nombre viene de allí. Pero Pentecostés, hermanos, no es para un grupo de iglesias; Pentecostés es para todos los cristianos. Y estoy convencido de que como iglesia necesitamos enfatizar aún más el rol de la tercera persona de la Trinidad. Quiero mostrarles que, así como no podemos imaginar a Israel sin la ley del Señor que le fue dada en el monte Sinaí, no podemos conocer ni concebir la iglesia del Señor sin el poder y la presencia del Espíritu Santo.

Se puede decir que la iglesia cristiana formalmente nació aquí. Si tuviéramos que responder un examen y la pregunta fuera: ¿dónde nació la iglesia del Señor?, podemos decir que formalmente la iglesia del Señor nació en Pentecostés. Quiero hoy instruir, animar y hasta corregir algunos malentendidos al respecto de la persona del Espíritu Santo. Comenzaré mostrando cuál es el significado que tiene el día de Pentecostés para la iglesia del Señor. Ya les he dicho: Pentecostés era una fiesta. El pueblo de Israel tenía una gran cantidad de fiestas nacionales, pero había principalmente tres fiestas. Estaba la fiesta de la Pascua, era una fiesta principal. Estaba la fiesta de los Tabernáculos, era otra fiesta principal. Y estaba la fiesta de la cosecha. La fiesta de Pentecostés era la tercera gran fiesta de Israel.

Y toda la Escritura, hermanos, tiene una armonía que el Señor fue hilando a través de los años. Estas fiestas tenían significado. Por ejemplo, esta fiesta, la fiesta de Pentecostés, se celebraba cincuenta días después de la Pascua y era la fiesta donde se recogían los primeros frutos de la cosecha de cebada y se traían las primicias delante del Señor. Era una fiesta tan importante para el Israel nacional que los judíos, sin importar dónde estuvieran viviendo, una vez al año, que era la fiesta de Pentecostés, se trasladaban desde sus países, cualesquiera que fueran, y venían a residir durante un tiempo en la ciudad de Jerusalén. Tan importante era esa fiesta.

Quiero comenzar a aplicar inmediatamente, hermanos. Así como en Pentecostés se celebraban los primeros frutos de la cosecha de cebada, el día de Pentecostés el Señor está celebrando los primeros frutos de su iglesia, la primera gran cosecha de almas: tres mil. Llegó el día de Pentecostés. El Señor utilizó el mismo simbolismo de una gran cosecha para enseñar la gran cosecha de almas que vendría a través de la iglesia del Señor.

La gran cosecha de almas y la expansión del ministerio de Cristo

En Juan, por ejemplo, lo había dicho hablando acerca de su muerte, de la importancia que tenía para la iglesia:

De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.

— Juan 12:24

El día de Pentecostés estamos recordando que la muerte de nuestro Señor Jesucristo tuvo valor y significado, que Él era un grano de trigo que cayó en tierra, y cuando cayó a tierra entonces se multiplicó. Pentecostés, hermanos, anunció la gran cosecha de almas que habría de tener el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Los cristianos tenemos la tentación de ver en los evangelios un fruto inmenso, un fruto despampanante, pero la realidad, hermanos queridos, es que tomando en cuenta la población mundial y el lugar donde sucedió el ministerio público de nuestro Señor Jesucristo, fue un ministerio relativamente local.

Algunas ciudades de la provincia de Judea conocieron que había un maestro, Jesús de Nazaret, pero no fue un ministerio expansivo. De hecho, si se compararan uno con el otro, el ministerio del apóstol Juan quizás tuvo más incidencia más allá de su lugar que el ministerio de nuestro Señor Jesucristo. Sin embargo, el ministerio de nuestro Señor no se quedó en Jerusalén, no se quedó en la provincia de Judea. En este momento comienza a ser una gran cosecha; en este momento un grano de trigo comienza a multiplicarse. El día de Pentecostés marca un antes y un después.

Es el comienzo de la multiplicación de la iglesia. Comparemos, por ejemplo: en el aposento alto, cuando estaban reunidos, quizás había 120 congregados. Si usted quiere dimensionar el ministerio de nuestro Señor Jesucristo, póngale 120. Pero en el primer sermón de Pedro, tres mil personas en un solo día fueron agregadas a la iglesia. La proporción, hermano, entre semilla y fruto es magnífica. El Señor está demostrando el poder de su palabra, está demostrando el poder de su ministerio. Pentecostés, una fiesta donde se celebraba la cosecha, es la primera cosecha de almas para el pueblo del Señor.

El paralelismo que hay entre Pentecostés y el monte Sinaí, yo creo que frecuentemente ha sido pasado por alto. Hubo otro momento en que el Señor hizo señales maravillosas para darle algo a su pueblo. Ese momento fue el monte Sinaí. Israel venía de salir del cautiverio en Egipto y aproximadamente cincuenta días después, un tiempo cercano, el Señor invitó al pueblo a que se reuniera porque le iba a dar la ley. En ese momento Moisés purificó el pueblo y subió con Aarón, y fueron a recibir la ley directamente de parte del Señor. Y las cosas que sucedieron cuando la ley estaba siendo dada son similares y se podrían contraponer a las cosas que sucedieron cuando el Espíritu Santo estaba siendo dado.

Acompáñenme un momento a sus Biblias y consideremos Éxodo capítulo 19. Quiero mostrarles en este momento la cercana relación que guarda el día de Pentecostés con el día en que el Señor dio la ley en el monte Sinaí. Es Éxodo 19 a partir del versículo 18. Quisiera contraponer esto a Hechos capítulo dos desde el versículo 1 y hasta el versículo 7.

Sinaí y Pentecostés: fuego, estruendo y nuevo pacto

Dice así la palabra del Señor, Éxodo 19 del 18 al 25:

Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante. Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte; y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte, y Moisés subió. Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos. Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová, para que Jehová no haga en ellos estrago. Moisés dijo a Jehová: El pueblo no podrá subir al monte Sinaí, porque tú nos has mandado diciendo: Señala límites al monte, y santifícalo. Y Jehová le dijo: Ve, desciende; y subirás tú, y Aarón contigo; mas los sacerdotes y el pueblo no traspasen el límite para subir a Jehová, no sea que haga en ellos estrago. Entonces Moisés descendió y se lo dijo al pueblo.

— Éxodo 19:18-25

¿Qué sucedió cuando el Señor iba a dar la ley? Que todo el monte Sinaí humeaba porque Jehová había descendido sobre él en fuego. Primera señal: un fuego que hacía que todo el monte humease. Y el humo subía como el humo de un horno y todo el monte se estremecía en gran manera. El sonido de la bocina iba aumentando en extremo; Moisés hablaba, y Dios le respondía con voz tronante. Hermano, las cosas que están sucediendo aquí son cosas excepcionales.

¿Y qué sucedió en Hechos 2? Dos señales, cuando el Señor iba a dar la ley primero mandó fuego y después mandó un estruendo. Dos señales, cuando el Señor dio al Espíritu Santo: primero apareció visiblemente como lenguas de fuego sobre la cabeza de ellos, el mismo símbolo, el símbolo del fuego; y después apareció un estruendo. Cada vez que el Señor ha querido, hermano, hacer algo importante, ha dado señales extraordinarias. Es evidente que el Señor quería que el día de Pentecostés sea un día recordado. En ambos acontecimientos se enmarcó el inicio de algo. Así como en el monte Sinaí se enmarcó el nacimiento de la relación íntima y cercana de Dios con Israel por medio de la ley, en el día de Pentecostés se marcó el nacimiento de una nueva relación de Dios con su pueblo por medio de la persona del Espíritu Santo.

Ambos acontecimientos fueron recordados con las mismas señales: fuego y un sonido fuerte. Quiero mostrar esto, hermano, porque no quisiera que termináramos nosotros relajando el día de Pentecostés, pensando que esas son experiencias regulares. No es una experiencia regular. Pentecostés es un momento singular en la historia de la iglesia, del mismo modo que el monte Sinaí fue un acontecimiento particular y singular en la historia de Israel. No significa que nuestro Dios no pueda seguir haciendo grandes cosas. Dios, de hecho, hizo grandes cosas después del monte Sinaí, pero estos momentos son momentos irrepetibles.

Son momentos memorables. El Señor quiso dejar en nuestra imaginación un sonido, un fuego, un estruendo, para que recordemos la importancia que ese momento tenía para Él. Así como la ley caracterizó a Israel como nación, el Espíritu Santo es el elemento característico en la iglesia del Señor. Es tan importante, hermano, que despojar la iglesia del Espíritu Santo sería igual que despojar a Israel de la ley. Así como Israel no sabía ser el pueblo del Señor sin la ley, la iglesia del Señor no sabe ser el pueblo del Señor sin la ayuda del Espíritu Santo. Tan importante es el Espíritu Santo entre nosotros.

Por eso mi preocupación, porque yo siento que cuando desatendemos el Espíritu Santo, es como si Israel estuviera desatendiendo la ley. Así como Israel no se imaginaba sin una ley, nosotros no nos imaginamos sin la presencia del Espíritu Santo. Ambos son acontecimientos únicos, ambos son acontecimientos necesarios para entender el plan de Dios. Ambos, el uno anuncia al otro. De hecho, el Señor dijo por medio de Jeremías que en un momento, así como Él dio la ley físicamente en tablas de piedra, eventualmente pondría la ley en nuestros corazones y habló Jeremías de eso como si fuera un nuevo pacto.

Eventos únicos, ley en el corazón y fenómenos extraordinarios

Es tan importante el Espíritu Santo en la vida de la iglesia que es como si fuera, hermano, que el Espíritu Santo marcara el inicio de un nuevo pacto, de una nueva relación entre Dios y su pueblo. Anteriormente la ley estaba lejos de nosotros; ahora la ley ha sido escrita en nuestros corazones. Aquí hay un elemento adicional. Los dos elementos similares es que tanto en Sinaí como en Pentecostés el Señor dio una señal por medio de fuego y dio una señal por medio de un estruendo, y no eran cosas normales. Por favor, al día de hoy yo puedo encontrar una persona que le dice: estamos viviendo el Pentecostés. Y frecuentemente solamente hablan de que hay alguien que está hablando en lenguas.

Estaré hablando sobre el don de lenguas en un momento. Yo le diré: para que usted piense que algo sea Pentecostés, hace falta lenguas, hace falta estruendo y hace falta fuego. Como mínimo, tres elementos para que sea Pentecostés. Por otro lado, le mostraré que el pueblo del Señor no necesita el día de hoy estar repitiendo estruendo y fuego para ser el pueblo del Señor, porque el Espíritu Santo ha sido derramado en nuestros corazones. Del mismo modo, el pueblo de Israel no necesitaba regresar al monte Sinaí para ver el fuego, el humo y el estruendo para hacer la voluntad del Señor, porque la ley había sido dada. En el momento inaugural el Señor deja una señal visible, un asunto maravilloso, algo que sobrecoge, y después lo rutinario es obedecer la ley y responder la guianza del Espíritu Santo.

Hermano, lo que estoy corrigiendo es porque al día de hoy encuentro iglesias que andan buscando tener este tipo de fenómenos extraordinarios para entender que Dios está moviéndose en la iglesia. Israel visitó el monte Sinaí con fuego una sola vez, y de ahí en adelante hicieron la voluntad del Señor para siempre. Pentecostés es un evento único, pero nos dejó el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo está con nosotros para siempre.

Dice el elemento singular que hay en Pentecostés: recuerden los elementos comunes, hay fuego y hay estruendo, pero hay un elemento nuevo, y es que aparece el don de lenguas. Dice la Escritura, versículo 4 del capítulo dos de Hechos: “Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen”. Comprendo que esto ha generado gran desorden entre las iglesias, a un punto tal que ha hecho que algunas personas terminen minando las Escrituras. No quisiera que como iglesia vayamos ni a un extremo ni al otro.

Por un lado, nosotros no podemos dejar de afirmar lo que Dios hizo. El Señor hizo un milagro extraordinario, de forma tal que personas que no conocían un idioma pudieran hablarlo. Pero, por otro lado, también quiero mostrarle que era un asunto excepcional. Por eso era maravilloso; si fuera un asunto común y normal no llamaría la atención. Así como no esperamos que el Señor, cada vez que va a dar su palabra, mande fuego y queme el monte, no esperamos que cada vez que el Señor quiera manifestar su presencia en medio de nosotros tengamos nosotros que hablar idiomas que no hemos aprendido.

Corrijo aquí algunas cosas sobre el don de lenguas. La primera aclaración que tengo que hacer es que estas lenguas eran lenguas reales. Uno va a cantidad de iglesias donde encuentra personas diciendo cualquier jerigonza, cualquier “raba, baba, baba”, y dicen que ese es el don de lenguas. Cuando el libro de los Hechos habla del don de lenguas eran lenguas reales. Quiero demostrar eso en primer lugar.

El don de lenguas en Hechos 2 y las “jerigonzas” modernas

Hermano, no es que quiero burlarme o hablar de manera despectiva, pero esas lenguas que uno frecuentemente escucha se llaman jerigonzas, son personas que dicen un lenguaje extraño que nosotros no podemos discernir, nadie puede entender, y dicen que es el don del Espíritu Santo. Hermanos queridos, las lenguas que estaban hablando en Hechos capítulo dos eran lenguas reales. ¿Cuáles eran las lenguas? ¿Por qué digo que eran lenguas reales? Dice aquí el versículo 6: “y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua”. No les escuchaban decir lenguas raras; les escuchaban hablar en sus propias lenguas.

¿Cuáles eran sus propias lenguas? La lengua de los partos, medos, elamitas; la lengua de Mesopotamia; las lenguas de Judea, de Capadocia, del Ponto, de Asia, de Frigia y de Panfilia; las lenguas de Egipto, de África más allá de Cirene; las lenguas de los romanos; las lenguas de los árabes y de los cretenses. El don de lenguas en el libro de los Hechos estamos hablando de lenguas reales. Hermano, eso debe ser sobrecogedor. Ya se imagina que usted se encuentre en Rusia y que el Señor permita que usted, de manera extraordinaria, pueda hablar ruso. O que usted se encuentre en China y que de manera extraordinaria pueda hablar chino mandarín y le entiendan.

Yo no niego que el Señor pueda hacer eso, hermano, pero particularmente nunca lo he visto. Yo estoy abierto a que mi Dios pueda hacer todavía señales extraordinarias. Yo quisiera verlo, hermano, pero todavía yo no he visto una persona que no haya aprendido el lenguaje de otro pueblo y que pueda hablarle. He escuchado testimonios de tercera mano de que ha sucedido. Nunca lo he visto. Pero porque yo no lo haya visto, hermano, no significa que yo no lo crea. Yo creo que mi Dios es poderoso y puede hacerlo. Yo no creo las cosas que mi Dios hace porque yo tenga que verlas.

Es un chiste, una anécdota. Eso lo había compartido, y es de una niña que aprendió en la escuela bíblica con “pez traga Jonás”. Y cuando llegó a su escuela le dijo: “Profe, yo aprendí lo de la Biblia con pez traga Jonás”. Y la profesora le dijo: eso es imposible, un pez no se puede tragar un ser humano. Y le pregunta la niña: ¿y cómo tú crees eso? Y ella dijo: porque la Biblia lo dice, y como yo creo que lo que la Biblia dice es verdad, si la Biblia dijera que fue Jonás que se tragó el pez, yo también lo creo.

Hermano, si aquí dice que estas personas están hablando en lenguas, y dice que son lenguas reales, yo creo que Dios lo hizo, como creo que en el monte Sinaí había humo y había fuego, y como creo, hermano, que en el monte Sinaí había un sonido de bocina que llenó a todo el pueblo de temor. Mi Dios hace y puede hacer cosas muy grandes. Lo que le quiero decir a la iglesia es que son cosas extraordinarias, asuntos maravillosos, asuntos que sobrecogen. Que mi Dios lo haya hecho, hermano, no significa que nosotros tengamos que verlo.

Imagínese usted que usted sea un judío, ya no de los tiempos de Moisés sino de los tiempos de Josué. Usted dice: si yo no veo el fuego, yo no creo que la palabra de Dios es verdad. Ya Dios mandó el fuego cuando estaba dando su palabra. Tenemos que creer que la palabra de Dios es verdad. Lo mismo, hermanos: nosotros creemos que la experiencia de Pentecostés fue real, que fue sobrecogedora, que las personas escucharon el testimonio en su propia lengua, aunque nosotros no hayamos presenciado la misma experiencia.

He estado demostrando que las lenguas son reales, no son lenguas extrañas. Yo sé que todos ustedes han sabido de alguna iglesia evangélica donde algunas personas están supuestamente hablando en lenguas. Yo le diré, hermano, que usted no está llamado a estar haciendo confrontación, a ser contencioso. Dice la Escritura que el siervo del Señor no debe ser contencioso, pero no se deje confundir. Usted afirme que Dios puede hacer milagros, pero si estas lenguas… ya el día de hoy, hermano, sabemos si alguien está hablando inglés, aunque usted no sea full bilingüe usted sabe que suena como inglés.

“Lenguas angelicales” y la exageración en 1 Corintios 13

De hecho, hasta el ruso ya sabemos más o menos cómo suena, y usted puede decir: mira, suena como ruso o chino; usted sabe más o menos cómo suena. Que una persona diga un lenguaje extraño, usted no se debe confundir acerca de que sea ese el don que vimos en Hechos capítulo dos. El contexto de esto, hermanos, es necesario para entender el don. Recuerden lo que les dije en la introducción: que la fiesta de Pentecostés reunía una multitud de judíos que vivían en diferentes lugares y moraban durante un tiempo corto en la ciudad de Jerusalén.

El fenómeno fue que estos judíos, que probablemente ya no conocían el lenguaje de la provincia, pero al mismo tiempo se mantenían históricamente vinculados, pudieron escuchar el testimonio del Señor en la lengua en que ellos habían sido criados, la lengua que ellos habían conocido. El Señor permitió un milagro extraordinario para dar testimonio a cada cual en su propio idioma.

Hay un argumento que esgrimen algunos, y es que dicen: esas lenguas que se hablan al día de hoy no son lenguas reales y por eso ustedes no las entienden. Le llaman lenguas angelicales, y dicen: lo que pasa es que ustedes no lo conocen porque son el lenguaje de los ángeles. Y apelan para esto a Primera de Corintios 13. Yo quiero mostrarle a mi iglesia, hermanos, perdónenme que le dedique tiempo a esto, pero me he dado cuenta como pastor que tenemos que cuidar al pueblo, porque así mismo muchas personas son confundidas.

La confusión viene porque te hacen sentir que tienes una experiencia inferior, que si tú no escuchaste el estruendo, si no te apareció una llama de fuego, es otra cosa. Hermanos, estas iglesias frecuentemente te crean un sentido de inferioridad porque te dicen: tú no hablas lenguas. Pero a ninguno de ellos les aparece una llama de fuego en la cabeza, y nadie se preocupa si esa es la experiencia de Pentecostés. Hermano, las tres cosas deberían estar presentes: una señal visible, fuego; un estruendo; y al mismo tiempo poder dar testimonio del Señor en un lenguaje que tú no conoces.

Han dicho algunos: estas lenguas populares que ustedes escuchan ustedes no pueden discernirlas ni pueden entenderlas porque no son lenguas humanas, sino que son lenguas angelicales como las que aparecen en Primera de Corintios capítulo 13. Hermanos, en Primera de Corintios capítulo 13 el apóstol Pablo está desarrollando un argumento acerca de la superioridad del amor.

Y cuando está argumentando acerca de la superioridad del amor él pone un argumento en tres partes diferentes. Y lo que hace, hermano, es un recurso de exageración, de enseñar algo desproporcionado para que nosotros entendamos la importancia de lo que está enseñando. Dice el apóstol Pablo: “Si yo hablara lenguas humanas…” ¿Cuáles son las lenguas humanas? La de los partos, medos y elamitas, las lenguas que conocemos. “Si yo hablara lenguas humanas”, y después dice él: “y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe”.

El apóstol Pablo está exagerando. Él dice: si yo no solamente hablara estas lenguas sino que aún yo supiera hablar el lenguaje de los ángeles, y no tengo amor, de nada sirve. Después pone otro caso exagerado. Dice él: “Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda la ciencia…” ¿Quién entiende todos los misterios y toda la ciencia, hermanos? Nadie. Solamente Dios, el mismo que sabe el lenguaje de los ángeles. El argumento que Pablo está haciendo es: así como si yo conociera el lenguaje de los hombres y aún el lenguaje de los ángeles, después dice: “y si yo conociera no solamente algunas cosas, sino todas las cosas y toda la ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy”.

El apóstol Pablo está primero exagerando para después enseñar su punto. La exageración más grande la hace en el versículo 3. Dice él: “Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres…” Eso es difícil, hermano, pero alguien podría hacerlo; alguien podría decir: yo puedo repartir todos mis bienes. Pero él exagera aún más el argumento. Él dice: “y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve”.

No se nos ordena hablar lenguaje de ángeles, sino amar

El apóstol Pablo no nos está diciendo aquí que debemos entregar nuestro cuerpo para ser quemados. Sería una aberración, hermano, sería herejía. Él está exagerando el punto. Él dice: si aún yo no solamente me despojara de mis bienes; si aún dijera: ataquen mi cuerpo, y no tengo amor, nada soy. Por favor, cuando alguien le diga que en Primera de Corintios 13 se dice que podemos hablar el lenguaje de los ángeles, dígale primero que eso no es necesario, porque cuando se hablaba en lenguas era para dar testimonio, y a los ángeles, más que testificarles, ¿qué?

Y lo segundo: que ahí no está diciendo que lo vamos a hablar. Pablo está diciendo “si yo lo hablara”, como tampoco Pablo está diciendo que va a quemar su cuerpo. Él dice “si yo diera mi cuerpo”. Es un recurso de exageración. Con esto, hermanos, lo que le estoy mostrando es que asumimos como verdad que en el libro de los Hechos, en el capítulo dos, personas que no habían nacido en Mesopotamia pudieron hablar esas lenguas. Fue un milagro, un asunto extraordinario. Pero al mismo tiempo rechazamos que cualquier persona que dice cualquier lenguaje extraño en nuestros días está manifestando el don que vimos el día de Pentecostés.

¿Por qué ambos acontecimientos fueron tan dramáticos? ¿Por qué el Señor no dio su Espíritu y ya? De hecho, en otras ocasiones el Espíritu Santo había sido dado temporalmente. Por ejemplo, el Señor sopló el Espíritu sobre sus discípulos, y ellos de manera puntual pudieron entender las Escrituras, y en ese momento no hubo estruendo ni hubo señales de fuego. ¿Por qué el Señor en este momento hace que el momento sea excepcionalmente dramático?

Imagínese usted, hermano, tener una habitación donde comienzan a suceder estas cosas. Primero un ruido, “un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados”. Imagínese un ruido, hermano, que llena toda una casa. Quizá usted ha tenido la experiencia de escuchar un árbol caer; miren, eso impresiona. Uno escucha el viento y uno escucha también los elementos sonando, y cuando cae, ¡paz!, o ha escuchado una pared caer; esos estruendos de ese tipo. El Señor permitió un estruendo a ese nivel, algo excepcional.

Y después “se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos”, una señal visible que tú podías ver. Y después “comenzaron a hablar en otras lenguas”, un asunto extraordinario. ¿Por qué el Señor permitió que fuera un momento tan dramático?

Señales dramáticas para afirmar presencia y autoridad apostólica

La primera razón que encuentro por la cual el Señor quiso que fuera así es porque le estaba demostrando que Él estaba presente en medio de su pueblo. Del mismo modo hizo el Señor en la antigüedad. Cuando Él quería que Israel supiera que no estaba solo, sino que el Señor estaba con ellos, mandaba señales. La tristeza que había en la iglesia, hermanos, era que habían perdido a Cristo. “¿Y qué vamos a hacer ahora, que el Maestro no está con nosotros?” El día de Pentecostés el Señor demostró su poder, del mismo modo que cuando los discípulos pensaban que estaban solos el Señor mandó a que en aquel momento el viento y el mar le obedecieran. Él está demostrando que Él tiene poder sobre todos estos elementos para demostrar que el Señor está presente en medio de su pueblo. El Señor quería que recordáramos: no estamos solos, el Señor está aquí.

El Señor lo hizo así, hermano, porque Él estaba endosando a estos líderes. Así como cuando en Sinaí Él le dijo a Moisés y a Aarón: “Suban ustedes”, y el pueblo que se quedara abajo; y Moisés y Aarón estuvieron cerca del Señor y vieron todas estas señales, y cuando bajaron el pueblo reconoció que ellos habían estado con el Señor a través de las maravillas y las señales. El Señor permitió que los apóstoles, que estos colaboradores cercanos suyos, pudieran experimentar su poder a este nivel para que todas las personas en la ciudad entendieran que esos hombres no estaban solos.

El Señor les mandó a hacer una misión especial, y en este momento los está endosando. Les está diciendo: “Yo estoy con esos hombres”. Ese era el temor, hermano, que infundían los apóstoles. Dice la Escritura que grandes señales y prodigios y maravillas eran hechas por los apóstoles. ¿Y por qué por ellos, hermano? Porque el Señor, así como endosó a Moisés, también estaba endosando a Pedro, también endosando a Juan, estaba endosando a todos sus colaboradores.

Y es la misma razón, hermanos, por la cual nosotros entendemos que los apóstoles eran un grupo singular. Cuando el Señor los mandó a establecer la iglesia dio señales contundentes por medio de ellos, porque quería que entendiéramos que ellos estaban siendo usados por el Señor. Después de estas señales, hermanos, dice —estoy libremente hablando—, pero nos habla de la dimensión de los milagros. Nos dice que con la sombra de Pedro se sanaban los enfermos. O sea, que Pedro caminaba, y sucedía el milagro. Cuando Pedro se sentaba a enseñar, hermano, la gente decía: “Este hombre tiene autoridad para enseñar; si con su sombra se sanan los enfermos, entonces que enseñe”.

Ese temor reverente que el Señor infundió a través de sus apóstoles permitió que cuando los apóstoles hablaran la gente entendiera que era Dios mismo que estaba hablando por medio de estos hombres, que no eran hombres comunes y corrientes, que eran hombres autorizados por Dios directamente.

Espíritu y Palabra: no contradecirse en la vida de la iglesia

Por eso la enseñanza de los apóstoles, esa enseñanza autoritativa, después de todo esto, ¿cómo termina su unidad? Nos dice que ellos estaban sentados a los pies de los apóstoles. ¿Y por qué? Porque el Señor enseñó que los apóstoles tenían la autoridad para enseñar por medio de señales y por medio de prodigios. Lo mismo hizo el Maestro cuando estuvo entre nosotros: primero señales y prodigios, y después grandes discursos. Primero validó y después entonces instruyó.

A pesar de todo esto, hermanos, yo quisiera mostrar que la llegada del Espíritu Santo no reemplaza la autoridad objetiva de la palabra del Señor. Yo quisiera mover a mi iglesia en dos aguas. En primer lugar, que dependa del impulso del Espíritu Santo, pero por otro lado que entienda que Dios nos ha dado normas objetivas y que ambas cosas no se contradicen, que podemos ser una iglesia guiada por el Espíritu Santo y al mismo tiempo una iglesia sustentada en la palabra del Señor.

Yo quisiera, hermano, que como iglesia alcanzáramos ese nivel de madurez; que no terminemos siendo una iglesia acartonada, donde solamente sea la predicación, pero al mismo tiempo que no seamos una iglesia enloquecida donde nos dejamos llevar por cualquier viento de doctrina sintiendo que es el impulso del Espíritu Santo. Lo que mantiene la salud en la iglesia del Señor es que somos impulsados por el Espíritu Santo, pero al mismo tiempo somos preservados por la palabra del Señor. Si Dios fue el que dio Espíritu, el Espíritu de Dios nunca contradecirá la palabra del Señor.

Estoy convencido, hermano, de que el Espíritu Santo nos lleva hacia la verdad. Si estamos en la sala del Espíritu Santo no iremos ni más allá ni más acá de las palabras del Señor. Después de este ruido, de este estruendo, después de la señal visible, después de un asunto extraordinario donde hay una multitud de idiomas que están siendo hablados al unísono, ¿qué fue lo que pasó? Después de todas estas cosas, dice el versículo 42, que después de todo esto… Leo el versículo 41 para darle el contexto: “Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas”.

Y entonces:

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones.

— Hechos 2:42

Hermano, que dependamos del impulso del Espíritu Santo no significa que podamos dejar la doctrina de los apóstoles. Una iglesia madura, una iglesia sabia, es una iglesia que es impulsada por el Espíritu Santo. ¿Hacia dónde? Hacia la verdad. Lo que dice la Escritura es que quien tiene el Espíritu es llevado a la verdad. ¿Cómo el Espíritu Santo nos lleva a la verdad? Mire, alguien que está siendo lleno, que está siendo movido por el Espíritu Santo, alguien que ha sido llenado por el Espíritu Santo, tiene una santa inquietud, hermano, que esa inquietud no tendrá reposo hasta que él no encuentre la confirmación en la palabra de Dios.

El Espíritu produce hambre por la Palabra y transición ley-gracia

Eso a veces es como una espina atravesada, es un desasosiego que pone el Espíritu Santo, es un deseo, es un hambre por la palabra del Señor. Si alguien tiene el Espíritu Santo frecuentemente tiene pasión, tiene ardor, tiene hambre por la palabra del Señor. El Espíritu Santo te está llevando a la verdad. Quiero mostrar que es real, hermano, el poder del Espíritu Santo en nosotros, pero al mismo tiempo quiero mostrarle que su poder lo que hace primeramente es que nos lleva a la palabra del Señor.

Quien tiene el Espíritu predica la palabra. Lo que Pedro hizo, hermano, cuando fue lleno del Espíritu Santo es que se puso en pie y predicó las Escrituras. Y así como el Señor comenzó su ministerio leyendo Isaías, apelando a los profetas, Pedro comenzó su ministerio apelando a Joel, leyendo las profecías. Si alguien tiene el Espíritu de Dios, ama, tiene ardor por la palabra del Señor, pero al mismo tiempo predica la palabra de Dios. Y algo extraordinario, hermano, es el entendimiento que llegó a tener Pedro de la profecía de Joel. Cuando usted ve cómo Pedro interpreta a Joel, hermano, usted se da cuenta de que este hombre está lleno del Espíritu Santo.

Cuando uno tiene el Espíritu Santo puede entender la palabra del Señor. Es frecuente que alguien testifique que antes de venir a Cristo él leía las Escrituras y las Escrituras estaban como cerradas, pero cuando vino la verdad, cuando vino el conocimiento del Señor, su devoción diaria, su lectura de la palabra del Señor, como que llega a tener entendimiento, llega a ser palabra entendida, llega a ser palabra vivida. El Espíritu Santo nos lleva a la verdad, hace que prediquemos la verdad y nos permite entender la verdad.

Tengo que moverme un poco más, hermano, pero sobre el significado de Pentecostés le diré que en este momento el Señor estaba marcando un punto de transición. Así como en Sinaí hubo una transición de los patriarcas a la ley, en Pentecostés hubo una transición de la ley a la gracia, del tiempo en que éramos movidos solamente por la palabra al tiempo en que la palabra y el Espíritu mueven al pueblo del Señor.

De hecho, Moisés quiso este tiempo. En un momento sucedió un caso en Israel donde el Espíritu Santo vino y posó sobre el pueblo, y los ancianos comenzaron a profetizar en el poder del Espíritu Santo. Y Moisés también profetizaba, y profetizaba Josué. Y vino uno que no estaba en el grupo y también comenzó a profetizar, Eldad y Medad, de hecho. Y vino alguien y le dijo: “Moisés, manda a que esos hombres se callen, porque están profetizando”. Y él le dijo: “No, pero yo quisiera que no solamente profetice yo, ni que profetices tú, sino que todo el pueblo sea lleno del Espíritu Santo y comience a profetizar”. Profetizar es enseñar guiado por el Señor.

Hermano, lo que sucedió en Pentecostés fue lo mismo que Moisés estuvo anhelando. Fue un día extraordinario donde no solamente un grupo corto, no solamente uno o dos, sino una multitud de personas comenzaron en el poder del Espíritu Santo a dar testimonio del Señor. Y lo que estas personas testificaban, hermanos, era de Cristo. Comenzaron a enseñar, comenzaron a dar testimonio del Señor, de la profecía, una cosa que anteriormente no sucedía; en este momento comenzó a suceder.

Razones para ver Pentecostés como nacimiento de la iglesia

Estaré mostrando dentro de un momento —ya después de haberles mostrado cuál fue el significado, que era significativo el día de Pentecostés—, quisiera mostrarles el impacto. Pero hago un paréntesis para resumir las razones por las cuales creemos que la iglesia del Señor nació allí. Si usted anda buscando una placa: “Aquí nació la iglesia del Señor”, busque el aposento alto, el día de Pentecostés. Si usted le pone así mismo la placa: “Aquí nació la iglesia del Señor, el día de Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua”.

Cuarenta días después que nuestro Señor resucitó, nuestro Señor fue levantado, fue ascendido, y diez días más el Espíritu Santo fue derramado sobre la iglesia, tal cual el Señor lo dijo. La primera razón que tenemos para decir que la iglesia nació aquí es que Cristo siempre habló de su iglesia en futuro. Él dijo: “Yo edificaré mi iglesia”. O sea, que aunque Él estaba preparando los instrumentos, que eran sus apóstoles, la iglesia nacería un tiempo después.

Y tenía que ser así porque el fundamento de la iglesia es la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Entonces la iglesia no pudo haber nacido en tiempo suyo porque todavía no había ocurrido la muerte y la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Las doctrinas cardinales del pueblo del Señor son esas dos: Cristo murió y Cristo resucitó. Y todo esto pasó después de los acontecimientos de la Pascua.

La segunda razón que tenemos para decir que la iglesia nació en Pentecostés: primero, que Él habló de su iglesia en futuro; y después, que estos dos acontecimientos eran absolutamente necesarios para la iglesia, testificar que Cristo murió y Cristo resucitó. La tercera razón por la que decimos que la iglesia nació aquí es que la iglesia sería edificada por los apóstoles, pero no por los apóstoles en sus propias fuerzas. El Señor les dijo:

pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

— Hechos 1:8

Los apóstoles en sus propias fuerzas no podían establecer la iglesia. Era un grupo de hombres débiles, de hombres que fácilmente podían ser confundidos, pero en el poder del Espíritu Santo hicieron lo que el Señor dijo que se iba a hacer. Esa es la tercera razón: el Espíritu Santo, el poder del Espíritu Santo, era necesario para poder establecer la iglesia.

La cuarta razón es que la iglesia del Señor nacería con vocación universal. No sería una iglesia para los judíos de la provincia, no sería una iglesia para los judíos que vivían en otras partes. La iglesia del Señor nació con vocación universal. Por eso el milagro de las lenguas: para que entendamos que Cristo no es para un pueblo, que Cristo no es para una etnia, que Cristo es para todas las naciones. La iglesia del Señor nació el día de Pentecostés y nació con vocación universal.

Todos estos son motivos por los cuales decimos que Hechos 2 es el nacimiento de la iglesia. Les he mostrado, en primer lugar, por qué la fiesta de Pentecostés, por qué el día de Pentecostés fue significativo como momento para el derramamiento del Espíritu Santo: un antes y un después, una gran cosecha de almas. Déjenme mostrarles cuál fue el impacto de Pentecostés en los apóstoles, en el pueblo y también en la vida de la iglesia.

Impacto en Pedro y los apóstoles: de miedo a denuedo

El primer impacto en los apóstoles aparece ahí mencionado en el versículo 14:

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras.

— Hechos 2:14

¿Quién es este que está hablando, hermano? El mismo que, temeroso anteriormente, había negado al Señor. Miren, el apóstol Pedro nunca fue reconocido como un gran orador. Perdón, el apóstol Pedro nunca fue reconocido como un gran orador. No fue Pedro un gran tribuno; era un pescador, un hombre del burgo, uno que cuando tuvo que dar testimonio del Señor ante un grupo pequeño se atemorizó. Y ahora aparece Pedro lleno del Espíritu Santo, hermano, y ante una gran multitud, no ante un grupo pequeño sino ante una gran multitud, no tiene ningún temor de dar testimonio del Señor con denuedo.

¿Qué fue lo que hizo el Espíritu Santo? ¿Cuál fue su impacto? Primero, el impacto en los apóstoles, especialmente en Pedro, es que le dio mucho denuedo. Y ese denuedo no solamente fue un asunto momentáneo, porque después del susto cualquiera testifica. Uno diría: bueno, después de un estruendo, después de fuego, después de una lengua que no conocía, muy entusiasmado, cualquiera se pone en pie. No, hermano. Tiempo después, en Hechos capítulo cuatro, Pedro y Juan todavía estaban dando testimonio con denuedo de nuestro Señor Jesucristo, y dice la historia de la iglesia que el apóstol Pedro murió dando testimonio de nuestro Señor Jesucristo en el poder del Espíritu Santo.

Pedro testificó a multitudes con el poder del Espíritu Santo, y Pedro testificó hasta la muerte. Este no fue el Pedro débil que aparece en los evangelios; este es un Pedro lleno del Espíritu Santo. En un momento le dijeron: “Ya no hablen”. Las autoridades lo llamaron y le dijeron: “Miren, ya no hablen acerca del evangelio”. ¿Y saben qué respondieron? Hechos 4:20: “Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído”.

Hermano, lo que hizo el Espíritu Santo en la vida de la iglesia, primero en los apóstoles, es que les dio un denuedo que sobrecogía a la gente. Ellos decían: “¿Cómo es que les vemos hablar con tal denuedo?” Y uno lo ve en retrospectiva y no puede sentir el calor que ellos estaban viviendo. Muy probablemente, cuando Pedro testificaba de Cristo con denuedo, iba a experimentar pronto lo mismo que tuvo que experimentar su Señor Jesucristo, porque eran las mismas personas y las mismas autoridades. Si ellos mataron al Señor, ¿qué no podían hacer de Juan y qué no podían hacer de Pedro? Pero esto no les limitó. De todos modos dieron testimonio con mucho denuedo.

También les dio un claro entendimiento de las Escrituras de manera permanente. Miren, cuando los apóstoles instruían, uno como que decía: “Guau, ¿pero y de dónde viene ese entendimiento?” Desde lo alto, hermano. Un entendimiento que antes no tenían, a partir de este momento les llegó. Primer impacto en los apóstoles: denuedo, un mayor entendimiento de las Escrituras, valentía para hablar donde fuera.

Impacto en el pueblo: corazón compungido y la pregunta correcta

Me llama la atención que el impacto no fue solo en ellos, sino en el pueblo que estaba ahí presente. Dicen los versículos 37 hasta el versículo 39 de Hechos capítulo dos que al oír esto, al escuchar a Pedro predicar con denuedo:

Se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.

— Hechos 2:37-39

Hermanos queridos, cuando nosotros hagamos la obra del Señor tratemos de hacerla en el poder del Espíritu Santo, porque si no, seremos avergonzados. Estos dos efectos que hizo la predicación de Pedro en el corazón de esta gente no son efectos naturales; son efectos sobrenaturales, y ambas cosas son necesarias para que las personas puedan venir a salvación.

El primer efecto que hizo es que ellos se sintieron compungidos. Eso literalmente es que sintieron el corazón atravesado. Miren, cuando la palabra se predica en el poder del Espíritu Santo lo que testifica la gente es: “Yo siento como que el corazón se me movió de sitio”. La palabra del Señor, cuando se predica en el poder del Espíritu Santo, lo que hace es que la gente se sienta desarmada. Ellos dijeron: “Estamos compungidos”. Se sintieron descolocados: “¿Qué es esto?” Eso a veces se le llama también contrición, es sentir una carga, un pesar, un desasosiego. Eso lo hace el Espíritu Santo.

Son muchas las personas que han testificado que un día escucharon la predicación de la palabra y hubo como un ardor en su corazón. Otros testifican como una sed. Otros testifican una vergüenza profunda, otros un sentido de culpa. Eso es lo que hace el Espíritu Santo. Primera cosa: los dejó compungidos. Así mismo, el versículo 37 lo dice: “Se compungieron de corazón”.

Hermano, nosotros con nuestras propias palabras no logramos que el hombre natural sienta ese efecto en su corazón. Las palabras del orador más elocuente no logran que el corazón del hombre sienta esa profunda carga. Eso solamente lo hace el poder del Espíritu Santo.

Lo segundo que hace el poder del Espíritu Santo en el corazón de las personas es que los deja en la posición correcta para ser ayudados. El hombre natural, por sus propios medios, no deja la altivez y no reconoce su propia ignorancia. Pero estos hombres, movidos por el Espíritu Santo, dicen que se compungieron de corazón y “dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?” ¡Cuánto me recuerdan al carcelero de Filipos: “¿Qué tengo que hacer para ser salvo?” Esa pregunta, esa ignorancia evidenciada de cuáles son los decretos y los designios del Señor, son las cosas que experimenta una persona que está siendo alcanzada con salvación. Y eso Pedro por sus propios medios no lo hacía, como no lo puedo hacer tú ni lo puedo hacer yo.

Ahora la iglesia, cuando da testimonio en el poder del Espíritu Santo, la gente en su corazón siente que su corazón es traspasado, se sienten compungidos y al mismo tiempo hacen la pregunta correcta: “¿Qué haremos?” Oiga, qué hermoso es cuando un hombre que estaba muerto, sólito de pecado, en su soberbia, dice: “¿Qué es lo que tengo que hacer?”

Romper la soberbia, la racionalización y la burla

Eso me recuerda cuando una persona va al médico y el médico le da un diagnóstico largo, de esas enfermedades muy difíciles, que las personas se quedan y dicen: “¿Qué hago?” Esta persona está reconociendo que lo que le han dicho él entendió de eso ni siquiera la mitad. Que los nombres, los medicamentos, las sustancias, los estudios… no entendió nada. Pero ahora hay algo que él entiende: que el médico sabe más que él. Le dice al médico: “Doctor, ¿qué haremos? Ya no me dé más información, que usted me está confundiendo más de la cuenta. ¿Qué es lo que podemos hacer?”

Cuando alguien siente la carga de sus pecados delante del Señor por la agencia del Espíritu Santo lo que pregunta es: “¿Qué es lo que yo tengo que hacer?”, porque por sus propios medios él no puede entrar ni tampoco puede salir. Hay, hermanos, algo que debe romperse en un hombre para que proceda a salvación. Por eso decimos que la salvación es del Señor. La iglesia necesita el Espíritu Santo porque sin el Espíritu Santo no podemos dar testimonio en el poder del Señor. Y cuando damos testimonio en el poder del Señor la gente siente que el corazón se le mueve y le llega la pregunta: “¿Qué es lo que tengo que hacer?”

Estas barreras solamente pueden ser derribadas por el Espíritu Santo. El hombre natural piensa que está haciendo lo que hay que hacer. El hombre natural piensa que él está acepto delante de Dios. Pero el Espíritu Santo hace que el hombre se vea como Dios lo ve. Y cuando el hombre se ve como Dios lo ve, él dice: “Yo no estoy acepto, yo no estoy preparado”. Hay gente que es sabia en su propia opinión, y si el Espíritu Santo no viene con poder sobre ellos, ellos no preguntan “¿Qué haremos?”

Es el Espíritu Santo que hace que aquel que es sabio en su propia opinión pueda reconocer su ignorancia delante de Dios. ¡Cuántos son los hombres sabios en su propia opinión que han sido humillados por el poder del Espíritu Santo, y terminan preguntando: “¿Qué haremos?”! Mire, cuando usted se da cuenta que aquel que anteriormente entendía que era el “doctor” en este momento está reconociendo que es ignorante delante de Dios, usted tiene que testificar que ahí el Espíritu Santo está haciendo su buen efecto.

Por nuestros propios medios no podemos convencer al hombre, pero el Espíritu Santo le convence de justicia, de pecado, de juicio delante del Señor. Hay otros, hermanos, que están siendo presa de esta barrera de la racionalización. Son aquellos que dicen: “Yo realmente no estoy tan mal”. Cuando el Espíritu Santo viene con poder, a ellos se les tuerce el corazón, sienten este desasosiego y dicen: “¿Qué es lo que tenemos que hacer? Porque no sabemos”. Aún otros están refugiados en una actitud burladora.

Son aquellos que, de todas las cosas espirituales, se burlan; que para todo tienen un cuento; que de todas las cosas quieren salir con gracia. Mire, cuando el Espíritu Santo viene sobre el corazón de la gente, el gracioso deja de ser gracioso y se da cuenta de que su chiste ya no causa el efecto que anteriormente causaba. Hay gente que siempre quiere salir del paso ante los llamados y las reprensiones del Señor con un chiste, con una burla, con una broma. Cuando el Espíritu Santo viene sobre el corazón de una persona, al oír, la persona se compunge de corazón y dice: “Varones hermanos, ¿qué haremos?”

La respuesta: arrepentimiento, bautismo y don del Espíritu

Quiere el Señor que en esta mañana haya alguien a quien el Espíritu Santo le permita preguntar: “¿Qué haremos?”, para que como iglesia le respondamos lo mismo que respondió Pedro. Pedro le respondió:

Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

— Hechos 2:38

Hermano, cada vez que usted llame a alguien a arrepentimiento y bautismo recuérdele que el Espíritu Santo le ayuda. Qué impotencia se genera en el ser humano cuando entiende que él va a tener que, a partir de este momento, hacer la voluntad del Señor por sus propios medios. Son estas personas que quizás se sienten compungidas, que quizás se sienten sin respuesta, pero cuando les decimos: “Tú lo que tienes que hacer es aceptar a Cristo, bautizarte, hacer su voluntad”, la persona te dice: “Pero es que yo no puedo hacer la voluntad de Dios. Por mis propios medios yo no puedo ser un cristiano”.

¿Cuántas son las personas que, si realmente son sinceras delante de Dios, tienen que testificar: “Yo no puedo ser creyente”? Ahora, como iglesia, lo que decimos a la gente es: “Y recibiréis el don del Espíritu Santo”. Cuando alguien se ha arrepentido de corazón, se ha bautizado en el nombre del Señor, también sabemos que recibe el don del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es el que hace en nosotros la capacidad para que hagamos en nuestras vidas la voluntad del Señor.

¿Cuál fue la triple respuesta de Pedro? Arrepiéntanse, bautícense y reciban el don del Espíritu Santo. Me emociona el saber que eso no solamente fue para ellos, sino la universalidad del llamado. Dice Pedro: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos”. Ahí estamos nosotros. Alguien pudiera estar pensando: “Eso fue para los judíos, para las personas que estaban ahí”. Yo me gozo que el Señor dijo —versículo 39—: “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”.

Y con muchas otras palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: “Sed salvos de esta perversa generación”. Así que los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Gloria al Señor por esa gran cosecha de almas, por esa primicia de los frutos, por esa celebración de la fiesta de la cosecha. Les he mostrado el impacto de Pentecostés, primero en los apóstoles: denuedo. Después, en el pueblo: un corazón compungido, una búsqueda de respuestas en el Señor. Déjenme mostrarles ahora de qué manera esto se manifestó en la iglesia.

Retrato de una iglesia llena del Espíritu Santo

Ay, hermanos, hermoso sería si pudiéramos nosotros describirnos como una iglesia que está llena del Espíritu Santo. Si nosotros decimos que somos una iglesia que está llena del Espíritu Santo, deberíamos vernos como esta foto. Solamente ahora les voy a mostrar una fotografía con palabras. Son los versículos 43 al 47:

Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

— Hechos 2:43-47

Cuando el Espíritu Santo se ha estado moviendo en una iglesia, la iglesia levanta en su entorno un temor reverente. La gente testifica: “En ese lugar está sucediendo algo”. La gente dice: “Ahí hay asuntos que son excepcionales: ahí la gente está pasando de muerte a vida, y la gente está siendo restaurada, y las personas están levantándose para testimonio”. Si el Espíritu Santo se mueve en medio de nosotros debe haber, hermano, en medio de nosotros, un temor reverente, una atmósfera de impresión delante de las obras del Señor. Eso no se produce por nuestros propios medios; es por el poder del Espíritu Santo.

“Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas”. Esa comunión de los santos, hermanos, y ese desprenderse uno para ayudar al otro, eso no se produce de forma natural. Eso es una obra del Espíritu Santo. “Y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno”. No haga eso por sus propias fuerzas. Solamente el Espíritu Santo puede poner ese tierno amor de un creyente sobre otro creyente que hace que él se desprenda para que otro también pueda tener.

“Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón”. Mire dónde nota usted el Espíritu Santo: donde la gente no quiere congregarse, donde la gente no quiere estar junta. Pero cuando el Espíritu Santo nos atrae, cuando el Espíritu Santo nos busca, cuando el Espíritu Santo nos llena, anhelamos estar juntos todos los momentos en la presencia del Señor.

Después dice: “alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo”. Hermano, el testimonio no solamente era un testimonio interno; era un testimonio externo de lo que Dios estaba haciendo en su iglesia. Por último, cuando estamos llenos del Espíritu Santo y somos una iglesia movida por el Espíritu Santo, cuando el Espíritu Santo se derrama en nosotros y vivimos, hermano, en sus alas, dice el versículo 47: “alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”.

Oro, hermano, porque seamos una iglesia que entiende el significado de Pentecostés, que está impactada con el mismo poder que impactó Pentecostés y que el fruto del Espíritu Santo, hermano, se haga palpable y evidente en medio de todos nosotros. Oro por todos ustedes, y nuestro ministerio de alabanza nos despide exaltando al Señor.

Oración final: clamor por el mover del Espíritu en la iglesia

Padre, mira cómo he estado moviendo mi iglesia, moviendo mi pueblo, para que seamos un pueblo movido por tu Espíritu hacia tu palabra. Permite, Señor, que haya testimonio entre nosotros de que tu Espíritu Santo nos está moviendo, nos está inquietando, nos está llevando a la verdad, nos está confrontando, está haciendo que los corazones se sientan compungidos. Padre, trae obras renovadas. Sin duda, las cosas extraordinarias, pero por lo menos las cosas más regulares y recurrentes: trae convicción de pecado.

Señor, trae corazones compungidos, trae gente que se haga preguntas. Si aquí hay alguien que ha sentido el llamado del Señor, si hay alguien que ha sentido la inquietud en su corazón, si hay alguien que se está haciendo preguntas, le respondemos lo mismo que respondió Pedro: arrepentíos, bautícese cada uno, y reciba el don del Espíritu Santo. Permite, Señor, que otro más sea añadido a tu pueblo, a tu iglesia. Llénalo de tu presencia, llénalo de tu Santo Espíritu, Señor, y al mismo tiempo llévanos por tu Espíritu a tu palabra. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén.

Dios les bendiga, hermanos amados. Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas.

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