En otros días, todavía el Señor ve a su pueblo como un pueblo. Es una extensa porción de la Escritura, pero consideraremos primero los primeros cinco versículos de Josué, capítulo 7, inicialmente desde el versículo 1 y hasta el versículo 5. Dice así la palabra del Señor:
Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema; porque Acán, hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá, tomó del anatema; y la ira de Jehová se encendió contra los hijos de Israel.
Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén, hacia el oriente de Bet-el, y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai.
Y volviendo a Josué, le dijeron: No suba todo el pueblo; sino suban como dos mil o tres mil hombres, y tomarán a Hai. No fatigues a todo el pueblo yendo allá, porque son pocos. Y subieron allá del pueblo como tres mil hombres, los cuales huyeron delante de los de Hai. Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres; y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua.
— Josué 7:1-5
Puede sentarse, hermanos queridos.
Dice nuestra introducción que al comienzo del liderazgo de Josué, Israel aprendió dos lecciones importantes de dos ciudades distintas. La primera ciudad que conquistaron bajo el liderazgo de Josué fue Jericó.
En Jericó hizo el Señor un gran milagro, de forma tal que Israel no tuvo ni siquiera que pelear, sino que, con el fuerte poder del Señor, cayeron los muros y el Señor les entregó la victoria. En Jericó, que fue la primera ciudad, Israel aprendió que contando solamente con el poder de Dios y no con las armas y destrezas de un ejército humano, una gran ciudad podría ser tomada. Pero luego fueron a una segunda ciudad; eso fue el capítulo 7, lo que acabamos de leer. Y en esta segunda ciudad, Israel también aprendió otra lección importante. Si en la primera ciudad aprendieron que solamente contando con el poder del Señor la obra podría ser hecha sin el esfuerzo o el ejército humano, en esta segunda ciudad aprendieron la responsabilidad colectiva que ellos tenían ante Dios.
Esto es, que el pecado de un solo hombre tendría consecuencias desastrosas para todos los demás. Uno de los principales valores del mundo actual es el individualismo. La gente dice “vive y deja vivir”, “no te preocupes por cómo viven los demás, vive tú”. Y aun entre la iglesia, hermanos, este pensamiento va avanzando: ese entender que podemos tener relaciones con Dios individuales, que lo importante es cómo esté mi comunión con Dios, cómo esté mi situación delante de Dios, y lo que pase en la vida de mi hermano, eso tiene que ver entre mi hermano y Dios. Los creyentes hemos muerto al ego para integrarnos al cuerpo de Cristo. Fuimos bautizados en un mismo Espíritu, de forma que las consecuencias de nuestras acciones llegan a tener implicaciones que son congregacionales.
Quiero advertir hoy a mi iglesia que lo que está pasando en mi corazón está afectando tu vida, lo que está pasando en tu corazón está afectando la vida mía. Estamos llamados a cuidarnos nosotros, porque cuando nos cuidamos nosotros estamos cuidando al pueblo del Señor. Si somos parte del pueblo del Señor, ya nuestras acciones no son solamente individuales, sino que el Señor tiene una perspectiva colectiva.
Aprovechando que hoy nuestra iglesia está recibiendo nuevos miembros, veremos que llegar a ser parte del pueblo del Señor es una gran responsabilidad, un asunto serio que no puede ser tomado a la ligera, ni por quienes están siendo recibidos ni por quienes les reciben. Hermano querido, yo quiero tomar esta porción de la Escritura para mostrarle que, así como el pecado de un solo hombre en Israel trajo destrucción sobre todo el pueblo, del mismo modo nuestras situaciones individuales delante del Señor tienen importancia.
Dios acusa al pueblo por el pecado de uno
Estaré mostrando en primer lugar la forma colectiva en que Dios ve a su pueblo. Si la primera lección que aprendieron ellos en Jericó es que Dios es poderoso para hacer grandes obras en medio de nosotros, no contando con nuestras capacidades, sino contando con su sola fuerza, la segunda gran lección, lección importante, es que el Señor nos ve a todos nosotros como un pueblo.
Quisiera que mientras voy predicando el Antiguo Testamento recuerden el libro de los Hechos, porque ambas historias están estrechamente relacionadas. Estuve predicando la semana pasada respecto de cómo el Señor repitió de algún modo la misma historia cuando derramó el Espíritu Santo, como cuando dio la ley, y lo que pasó inmediatamente después es que el Señor confrontó el pecado en la iglesia, del mismo modo que confrontó el pecado en Israel. Ambas historias son paralelas.
El libro de los Hechos comienza con un hecho trágico: dos personas provocaron al Espíritu Santo y el Señor les cortó la vida. Israel, saliendo con Josué, lo primero que el Señor le da es victoria, pero les recuerda: “piensen, ustedes son un pueblo, no son entes individuales, tienen responsabilidades colectivas”.
Comienzo mostrando desde el versículo 1 que fue un hombre que pecó, pero el Señor acusó colectivamente al pueblo de prevaricación. Es un pecado grotesco. Dice el Señor en el 7:1: “Pero los hijos de Israel cometieron una prevaricación”. ¿Cómo que los hijos de Israel, si quien pecó fue Acán? Más tarde, el Señor explica en el versículo 11 qué fue lo que sucedió:
Israel ha pecado, y aún han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres.
— Josué 7:11
Hermano querido, quien lo hizo fue un hombre, pero todos están siendo acusados corporativamente delante del Señor. De hecho, cada detalle puntual del pecado de Acán le está atribuyendo corporativamente al pueblo de Israel. Uno podría decir: “Señor, fue uno solo que pecó, ¿por qué estás hablando en este momento de todos?”. Hermano, cuando usted suelta el individualismo y se entra en el pueblo del Señor, sus consecuencias ya no son consecuencias aisladas o particulares; hay responsabilidades corporativas que tenemos como pueblo, que tenemos como iglesia delante del Señor.
Por eso es que es tan complicado ser miembro de una iglesia. La membresía en la iglesia local se ha venido relajando, hermanos queridos. Ser miembro de una iglesia local tiene altas responsabilidades delante del Señor. Si alguien entendiera lo que son los aspectos congregacionales, corporativos, de ser pueblo del Señor, creo que consideraría su membresía en la iglesia de Cristo con un poquito más de seriedad.
Y si la iglesia entendiera eso, creo que la iglesia misma también llegaría a entender, desde una perspectiva más seria, cuál es su responsabilidad delante de Dios. Dice el Señor de ellos: “los hijos de Israel cometieron prevaricación”. Señor, el que pecó fue uno. No: el que pecó fue el pueblo. Dice el Señor, versículo 11: “han pecado”, o sea, todos han pecado, en plural. Después dice: “han quebrantado mi pacto”; todos han quebrantado mi pacto, en plural. Después: “han tomado del anatema”, en plural; todos han tomado del anatema. “Han hurtado”; todos han hurtado, en plural. “Han mentido y lo han guardado entre sus enseres”.
Y así mismo como el pecado de uno es atribuido a todo el pueblo, las consecuencias del pecado también todo el pueblo comienza a cosecharlas. Las consecuencias se dan en el versículo 12:
Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.
— Josué 7:12
Por esto los hijos de Israel, no un hombre, no una familia, no solamente una casa, sino todos los hijos de Israel, no podrán hacer frente. Hermanos queridos, estoy convencido que hay gran cantidad de cosas que el Señor quiere hacer en medio de nosotros, pero para que el Señor haga esas cosas en medio de nosotros no basta con que uno quiera que eso suceda, no basta con que uno se prepare, es necesario preparar al pueblo colectivamente para ser instrumento del Señor.
Imágenes corporativas de la Iglesia
Tengo que comenzar a aplicar inmediatamente, y es que todas las imágenes de la Iglesia en el Nuevo Testamento son imágenes corporativas. Son imágenes colectivas, son imágenes de pueblo completo. Todas anuncian la colectividad. Dice el Señor que nosotros somos una nación, somos un pueblo, somos una plantación, somos un edificio, somos un cuerpo.
No hay manera en que la acción aislada de un miembro se quede solamente en ese miembro. Si usted es parte del cuerpo del Señor, usted debería tener cuidado, porque la acción mínima en su vida implica mi vida; la acción mínima en la vida mía también impacta la vida suya. La Iglesia es un edificio. A veces yo hablo con personas de edificaciones y piensan que yo soy ingeniero, porque tengo interés, hermano, en los asuntos de edificaciones.
Tengo amigos que son estructuralistas, tengo por lo menos dos amigos que saben de cómo funciona un edificio. El otro día conseguí un libro, se llama así mismo “Cómo funciona un edificio”, y son las fuerzas estructurales que hacen que esto funcione, por qué las paredes no se caen, qué función hace cada parte. Hermano, el detalle más pequeño en un edificio tiene impacto sobre toda la estructura. La situación particular de un miembro del pueblo del Señor tiene impacto sobre todo el pueblo del Señor.
Por eso es tan difícil remover una pared. No quiero asustarlo, pero por ahí mismo donde ustedes están, ahí había una pared. Por aquí desfilaron cinco ingenieros distintos, dando opiniones técnicas y haciendo cálculos. Uno dijo: “No, lo que pasa es que este edificio, según la fecha de edificación, se hizo con los cálculos viejos y, según los cálculos viejos, el margen es tanto”. Otro vino y calculó.
Hermano, mover un elemento de un edificio tiene impacto sobre el edificio completo. Componer el pueblo del Señor, ya sea como edificio, ya sea como plantación, ya sea como cuerpo, tiene amplias responsabilidades. No podemos imaginarnos a nosotros mismos de manera individual con una relación con Dios. Deberíamos pensarnos en la relación colectiva que tenemos como pueblo del Señor.
Bueno, yo creo que si nosotros llegamos a comprender profundamente este principio espiritual, tendríamos un mayor cuidado de cómo nos aproximamos en nuestro testimonio. Ya no se trata solamente de mí, se trata de nosotros. Llegar a ser miembro de una iglesia no es solamente congregarte en ese lugar. Hay personas que piensan que la iglesia es como un conjunto, otro conjunto, y yo soy una parte; una parte de mí que es en la iglesia y otra parte que es fuera de la iglesia. Hermano, usted es la iglesia de Cristo; usted ha sido puesto en Cristo.
No es posible que nos llamemos pueblo del Señor y que tengamos solamente aproximaciones individuales; todo es colectivo. Doy dos alertas aquí. La primera alerta que quiero dar es que quien participa de un pecado, aunque sea parcialmente, se involucra completamente e involucra al pueblo. Dice el Señor que ellos habían vuelto anatema. Primero se volvió anatema quien participó, y después dice: “En este momento todo el pueblo es anatema”.
“Anatema” era un tipo de pecado aberrante que había en determinados lugares, era algo que el Señor desechaba completamente. La anatema tenía que ser destruida. Esa ciudad, la ciudad anterior, la ciudad de Jericó, era una ciudad que se había vuelto aborrecible delante del Señor. El Señor decretó anatema; esto significaba que de esa ciudad no se podía guardar nada, toda la ciudad tenía que ser destruida, todo tenía que ser quemado. El Señor dijo “anatema”; nada de eso podía ser ni siquiera tocado. Vino un hombre, tomó algo de la ciudad, participó en un pecado, y dice que él se convirtió en anatema. Pero ya el Señor está diciendo en el versículo 12 que ahora todo Israel se volvió anatema.
Ay, hermano querido, cuando tú comprometes tu testimonio, cuando tú comprometes delante de otros tu condición delante del Señor, nos estás comprometiendo a todos nosotros. Deberíamos luchar contra el pecado, deberíamos luchar contra el mundo, deberíamos luchar contra la carne, porque esta lucha no solamente es una lucha individual, es una lucha colectiva. Si somos parte de un ejército, el ejército del Señor, lo que le sucede a uno nos sucede a todos.
Dice el versículo 11: “Han tomado del anatema”, pero dice el versículo 12: “han venido a ser anatema”. Hermano querido, cuando participas de un pecado, aunque sea parcialmente, te estás comprometiendo totalmente con ese pecado, estás comprometiendo totalmente al pueblo del Señor. Esas leyes son similares a la ley de la lepra.
Estuve leyendo en el libro de Levítico que cuando una persona era declarada leprosa, inmunda, eso era algo inmediato, era algo trascendental. Si se levantaba una llaga y la llaga permanecía, todavía no había tomado todo el brazo, todo el cuerpo, y ya esa persona era considerada inmunda: lepra, lepra; anatema, lejos.
Son muchos los hermanos queridos que pretenden participar parcialmente de un pecado sin comprometerse completamente en él. Nadie puede participar parcialmente. El que tomó un poquito del anatema se convierte en anatema, y cuando te conviertes tú en anatema, nos estás convirtiendo en anatema a todos nosotros. Parece difícil eso, hermano, sí; eso es ser parte del pueblo del Señor. Son responsabilidades colectivas que llegamos a tener delante del Señor.
Formas parciales de pecar y el peligro de racionalizar
No quiero quedarme aquí dando vueltas, pero tengo que hacerlo todavía más explícito, mostrarle algunas maneras parciales de pecar. Leo desde el 6 en adelante:
Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas. Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán. ¡Ay, Señor! ¿Qué diré, ya que Israel ha vuelto la espalda delante de sus enemigos? Porque los cananeos y todos los moradores de la tierra oirán, y nos rodearán y borrarán nuestro nombre de sobre la tierra. Entonces, ¿qué harás tú a tu grande nombre?
Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado, y aún han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres. Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.
Levántate, santifica al pueblo y di: Santificaos para mañana, porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayas quitado el anatema de en medio de vosotros.
Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare se acercará por sus familias; y la familia que Jehová tomare se acercará por sus casas; y la casa que Jehová tomare se acercará por los varones. Y el que fuere sorprendido en el anatema será quemado, él y todo lo que tiene, por cuanto ha quebrantado el pacto de Jehová, y ha cometido maldad en Israel.
— Josué 7:6-15
Voy a leer todo el texto hasta el final y después pongo algunas partes:
Josué, pues, levantándose de mañana, hizo acercar a Israel por sus tribus, y fue tomada la tribu de Judá. Y haciendo acercar la tribu de Judá, fue tomada la familia de los de Zera. Y haciendo luego acercar la familia de los de Zera por los varones, fue tomado Zabdi. Hizo acercar su casa por los varones, y fue tomado Acán, hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá.
Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza; y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras. Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho: pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
— Josué 7:16-21
Hermano, vuelvo al mismo punto: por más que este hombre quiso entender que sus acciones eran acciones individuales, sus acciones están impactándole a él y están impactando a todo el pueblo. Si uno calcula todo lo que se había destruido de la ciudad de Jericó, lo que él había tomado de Jericó, hermano, era un asunto mínimo.
Yo creo que un juez de esta tierra podría haber disculpado al hombre. Diría: “Miren, con relación a todo lo que ahí se quemó, con relación a todo lo que ahí se desperdició, con relación a toda la anatema que el Señor dijo que no podía ser tomado, lo que Acán está tomando es un asunto mínimo”. No quiero yo ahora ser el abogado de Acán, pero yo puedo inferir algunas razones que quizá él tenía para tomar eso.
La primera razón que podemos decir es que era una práctica de la guerra que, cuando usted luchaba contra una ciudad, usted podía tomar una parte del botín. De hecho, los ejércitos se financiaban tomando una parte del botín. Era algo natural, era algo esperable.
El asunto es que el Señor declaró que esa ciudad era anatema y que nada de eso se podía retener. Él tomó un poquito quizá parcialmente de algo y se convirtió completamente él en anatema. Quizás haga otro esfuerzo de defender a Acán. Es posible que él haya pensado: “Aquí hay tanta abundancia de bienes”, porque Jericó era una ciudad muy rica. “Ya que está, yo no soy el único que está tomando un poquito. Es probable que hayan otros hombres en Israel que también hayan visto tiempo un lingote de oro y hayan dicho: ‘¿Y yo lo voy a dejar ahí?’”.
Hermano, a mí me llama la atención que, en un caso dramático como este, el pecado era en su casa que estaba. Son muchas las personas que se entregan al pecado pensando: “Yo estoy seguro que hay muchos otros que están practicando lo mismo”. Hermano querido, en este caso, por lo menos en este caso puntual en Israel, el pecado era el pecado de Acán.
Hay veces que las personas se entregan a esto de “todo el mundo lo hace”. “Yo pienso que otros también podrían estar practicando”. Hermano querido, no se lleve de eso; es probable que usted esté pecando solo, guardando un tesoro de pecado.
Algo que a mí me llama la atención es que, en un pueblo tan grande y en un botín tan grande como el de la ciudad de Jericó, el único que haya retenido un poquito fue Acán. La realidad es que eso parecía como un desprestigio: “¿Y por qué es que no puede tomar un poquito del botín, una de eso, de lo que se está desperdiciando?”. Nos racionaliza el pecado, hermano querido. Cuando el Señor llama a una cosa “anatema”, es anatema y no se retiene.
Yo creo que puedo abogar esto y puede ser de bendición para el pueblo en un futuro: “Ya que está, yo…” Él se habrá dicho eso. Pero doy una razón más: cuando salieron de Egipto, el Señor permitió que ellos despojaran a los egipcios. Fue el Señor que les dijo: “Vayan y pídanles, que ellos les darán joyas, les darán esto, les darán esto, y así yo los despojaré”. Él está pensando: “Si el Señor anteriormente lo hizo ante Egipto, ¿qué importa que lo hagamos ahora ante Jericó?”.
Hermano, cuando el Señor llama objetivamente que algo es malo, no lo racionalices. Es anatema. Cuando el Señor te dice “limítate”, limítate. Aunque el sentido común te diga otra cosa. Los mandamientos del Señor se obedecen, hermano. No es por un asunto de conveniencia, es que Dios es soberano. Y el soberano de Israel, que era quien les había dado todo el tesoro de Egipto, el mismo que les había entregado la ciudad de Jericó, es el mismo que en este momento está diciendo: “No toquen nada”.
Me llama la atención que eventualmente lucharon contra la misma ciudad, ahora consagrados al poder del Señor, y el Señor permitió que tomaran el botín de Hai. Y dicen: “¿Pero qué Dios es este?”. La gente dirá: “¿Qué Dios es este que parece inconsistente?”. No, no es que Dios es inconsistente; es que Dios es soberano. Pero cuando usted trata al soberano como si fuera una de las naciones soberanas desde su perspectiva carnal y humana, la obediencia le parecerá inconsistente.
Dios es santo, Dios es sabio, Dios decreta. Lo que Dios decretó fue: “Destrúyanlo”. Aunque sea parcialmente que él haya participado, dice que se comprometió completamente, llegó a ser anatema. Les mencionaba, hermanos, que Acán, en un pecado muy grande, tomó un poquito. Dicen: “Mira, hasta cierto punto, pecar con prudencia”, quizá dirán algunos.
Algo que me llama la atención aquí, hermano querido, y con lo cual le doy otra alerta, es que mientras estaban siendo utilizados estos hombres para destruir a Jericó, uno de ellos, Acán, terminó convirtiéndose él mismo en anatema. Y con esto levanto una gran alerta para el pueblo del Señor: hay cosas que el Señor nos ha mandado a hacer, hermanos, que son peligrosas.
Por eso dice así mismo la Escritura que el que piensa que está firme, mire que no caiga. Y que si alguno de los nuestros ha caído, dice la Escritura que le restauremos, pero con mansedumbre, teniendo cuidado de nosotros mismos. El momento en que terminó convirtiéndose en anatema Acán fue el momento donde él estaba destruyendo a otro pueblo que el Señor había declarado anatema.
Dice Gálatas 6:1:
Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.
— Gálatas 6:1
Quiero levantar las alertas de mi iglesia con relación al pecado. No lo relativice, no lo enseñe como algo simple. El pecado es un asunto complejo, donde podemos nosotros, tratando de hacer hasta la voluntad del Señor, terminar siendo entrampados.
Asuntos a evitar, por ejemplo: recuerdo que cuando estuve dando un curso sobre consejería bíblica di algunas recomendaciones al respecto de estas cosas, pero tengo que reiterarlas. Miren, no hay que tener un interés en asuntos pecaminosos, y ante eso la irrelevancia de la manera en que se ha practicado, cometido o participado en determinado pecado. Si usted puede no enterarse, no se entere.
No fantasear con el valor de lo que Dios ha desechado
Este hombre fue a destruir una ciudad y terminó él participando del mismo pecado de esa ciudad. ¿Cuántas son las personas que, tratando de ir a ayudar al otro, terminan ellos mismos participando en la misma cosa? Con esto lo que le estoy recomendando es que quedarnos más tiempo del absolutamente necesario donde Dios nos ha mandado a estar de manera temporal es peligroso. No se quede ahí.
Me llama la atención que Acán, yendo a destruir a Jericó en el nombre del Señor, terminó él convirtiéndose él mismo en anatema. Asunto que quiero desestimular en mi iglesia: hermano, no hay que fantasear sobre el valor de los asuntos que Dios ha desechado, como si esas cosas fueran legítimas. Si ya usted sabe que algo es reprobable delante del Señor, deje de estar calculándole el valor.
El problema de este hombre es que parece que tenía cierta experiencia, porque miren, valorar un manto se ve que hay que tener cierto conocimiento. Estuvo pensando acerca de su manto babilónico, y parece que eran unos mantos tejidos que eran populares en la ciudad de Jericó, muy parecidos a las alfombras persas. Era un tejido especial que llamaba la atención. Parece que tenía algún criterio y él dijo: “Guau, pero eso tiene valor”. Ese es el asunto: ponerte a considerarlo. Si el Señor dijo “quemenlo”, quemenlo ya. Si el Señor dijo “destrúyanlo”, destrúyanlo; dejen de estar calculando si el manto babilónico…
Mira, cuando te aproximas a la voluntad del Señor, trata de tener, donde hay pecado, los ojos un poco cerrados. Trata de no ver lo que no haya que ver para que no se contamine. El problema de él es que él llegó a percibir el valor que tenía el manto. “Es un manto babilónico”, dice él.
A mí me impresiona que cuando lo presenta, él lo presenta hasta como algo atractivo. Dice el versículo 21:
Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno…
— Josué 7:21a
Diciendo: “Josué, es verdad que yo agarré el manto, pero mira, es que el manto era muy bueno”. Ese “muy bueno” es peligroso. Parece un contrasentido, hermano: por ahí hay asuntos que nosotros como creyentes nos oponemos, que pueden sernos atractivos.
Hay cosas que usted no participa como creyente, pero usted sabe que en su hombre natural eso despierta algún tipo de deseo. Tenga cuidado cómo usted se refiere a esa determinada cosa, porque eso es anatema delante del Señor, y lo que el Señor llamó anatema no hay que estarlo considerando.
Después, tanto la plata como el oro, él lo pesó. Yo me imagino: “Yo lo voy a destruir ahora, espérese. Yo sé que todo esto es anatema, el Señor dijo que nada de esto podíamos guardarlo, pero…”. Parece que él tomó los lingotes, hermano, y dijo: “Está como pesadito”. El manto lo vio como “muy bueno”, y el lingote: “¿Cuánto tú crees que hay aquí de ciclos de plata? Yo lo calculo como…”. “¿Y cuánto tú crees que tenga?”. Siguió diciendo: “Guau, mira, y el oro parece que es puro”.
Hermano querido, lo que le estoy diciendo es que cuando el Señor ha declarado algo anatema tenga cuidado de sus ojos, tenga cuidado de su oído, tenga cuidado de su hombre natural, porque usted está inclinado al pecado y esas cosas pueden ser que lo derriben.
De hecho, ese fue el mismo pecado que cometió Giezi, el ayudante del profeta, que cuando vinieron con algo él dijo: “¿Qué es lo que le están trayendo?”. Y él fue y preguntó. Hermano, hay cosas que es mejor no enterarse. Yo mismo he tomado la resolución, en ámbitos como las noticias acerca de narcotraficantes, de droga, de dinero mal habido, que pululan en la televisión. Y se dan las noticias como si fuera promoción.
Se habla de su estilo de vida, se habla de cuántos eran los millones, se habla de cómo era que vivían y usted ve a la persona y dice: “Oh, guau”. Tenga cuidado, porque muy probablemente usted tiene el lingote de oro en la mano. Hay cosas que es mejor no leerlas, hay cosas que es mejor no sentirlas, hay cosas que es mejor no verlas, hay cosas que es mejor no cuantificarlas.
Lo que le estoy animando es a que en ese tipo de cosas trate de ni siquiera que sus ojos se queden por allí. No fantasee sobre el valor de esos asuntos. Hay hermanos que dicen: “Hay un negocio en el cual me invitaron a participar, pero yo soy cristiano, le dije que no. Pero me hubiera ganado ahí cinco millones de pesos”. Hermano, ya lo cuantificó.
Entienda la advertencia que estoy levantando aquí. Hay asuntos que, si usted sabe que es un negocio ilícito, si usted sabe que es algo que ofende al Señor, no le ponga el precio, porque cuando usted le ponga el precio lo va a desear. De hecho, hay gente que habla: “No, mira, a mí me hicieron tal oferta, yo dije que no”. Se está regodeando en algo que el Señor ya llamó anatema.
Si ya usted ejercitó el discernimiento y entendió que eso delante del Señor es reprobable, que el Señor no tiene agrado en eso, deje de estar preguntando si el manto babilónico, si la plata es tanto, si el oro es tanto. No lo mida, no lo cuantifique, no lo desee, por cuidado de usted mismo. “Ten cuidado de ti mismo”, dice la Escritura.
“Yo tuve la oportunidad de haberle sacado provecho a esa situación y yo no lo hice”. Hermano, ya lo estás deseando, te estás regodeando en eso y fácilmente te devuelves. El que se pone a considerar eso hasta se devuelve a buscarlo, porque en un momento de fortaleza, cuando la cuenta está holgada, quizás tú miras esas cosas con victoria, pero cuando las cosas bajan, fácilmente entonces todavía está la oferta.
El manto babilónico sigue siendo el mismo. Hay quienes creen que… “Ay, el manto…”. Lo que te estoy animando es que tengas cuidado de ti mismo. El problema de Acán fue que la codicia le venció, porque quizá su conocimiento acerca de las ropas lo traicionó, su estar agarrando las cosas, cuantificando el manto.
Cuando Dios te ha llamado a que destruyas algo, destrúyelo, porque si no destruyes esas cosas, esas cosas te destruirán a ti. Como iglesia, hermano, tenemos que proponernos destruir el pecado entre nosotros, llamar eso “anatema”, destruirlo irremediablemente. Porque si no lo hacemos, el pecado nos destruirá a nosotros.
En primer lugar, he estado mostrando la forma colectiva en que Dios ve a su pueblo: el pecado de uno, el pecado de todos, tanto en su accionar como en sus consecuencias. Lo que uno hizo lo están haciendo todos.
Quisiera mostrarle ahora la forma dramática en que el Señor permitió que ellos recordaran que estaban verdaderamente unidos, y cómo lo permitió fue que perdieran la batalla.
Derrota en Hai: Dios afirma la identidad corporativa
El Señor permitió que ellos pudieran cuantificar lo insignificante que era la ciudad de Hai con relación a Jericó. Hermano, Jericó tenía muros de metros; Hai no era nada. Era una ciudad grande, pero es que ellos vienen de destruir a Jericó. Jericó parecía la ciudad invencible y los muros de Jericó cayeron por el poder del Señor.
Delante de la victoria contundente que tuvieron recientemente, ellos están pensando: “¿Qué es la ciudad de Hai? Nada”. De hecho, los espías dijeron: “No manden mucho ejército, dejen que los hombres descansen, que eso es insignificante”. El Señor permitió que viéramos que Hai es insignificante para que entendiéramos que el poder de la ciudad grande y el poder de la ciudad pequeña no dependen de nosotros, dependen del Señor.
Miren mis Jericó, miren mi Hai. El éxito no dependía del poder de los hombres; era el poder del Señor al final. La diferencia es que cuando tomaron Jericó, el pueblo se había santificado delante del Señor y estaba presto, estaba preparado; por eso fueron usados por Dios. Y cuando fueron a conquistar Hai, aunque Hai era más pequeña, el pueblo no estaba presto delante del Señor. La diferencia no estaba en el tamaño de la ciudad, estaba en la consagración.
Yo quisiera mostrarle que el Señor nos permita a nosotros participar como instrumento para alcanzar su obra, hermano, pero el poder y la gloria siguen siendo suyos. La gloria en Hai iba a ser del Señor y la gloria de Jericó también. La única diferencia entre una ciudad y la otra es que en una ciudad el pueblo estaba espiritualmente preparado y en la otra ciudad no lo estaba.
Algo que me llama la atención es que el Señor ha condicionado la manifestación de su poder en determinadas circunstancias a cómo está la condición del pueblo o a un ejercicio espiritual. Dios, que puede hacer todas las cosas con el poder de su palabra, ha condicionado que nosotros experimentemos su poder según la condición espiritual del pueblo o según determinadas prácticas espirituales.
Uno dice: “Pero Dios, obrando, lo puede hacer con nosotros o a pesar de nosotros”. Sí, pero Dios, en su orden, ha elegido hacer las cosas en medio de nosotros cuando el pueblo está apto para recibirlas.
Solamente menciono listas generales. Por ejemplo, una necesidad imperiosa del pueblo son los obreros. ¡Guau, qué dificultad es conseguir obreros, levantar obreros! Dice el Señor:
Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.
— Mateo 9:38
O sea, que el Señor ha condicionado que emerjan obreros a que el pueblo ore respecto de eso. Uno dice: “Pero el Señor podría hacerlo sin nuestra oración”. Pero Él ha elegido hacerlo cuando el pueblo ora.
Dijo en 2 Crónicas 7:14, el versículo preciso, famoso, hermano:
Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.
— 2 Crónicas 7:14
Y uno dice: “Señor, pero tú puedes perdonar los pecados y sanar la tierra soberanamente”. El Señor ha elegido hacer esas cosas cuando el pueblo se humilla y busca su rostro. No es que Dios sea menos soberano, hermano. Es que el Señor, en su soberanía, ha puesto Él mismo la prerrogativa de hacer las cosas cuando su pueblo se humilla y busca su rostro.
Dice la Escritura que debemos reconciliarnos con nuestro hermano para que así Dios escuche nuestra oración. Si vienes delante del Señor y te das cuenta que hay un conflicto con tu hermano, dice: “Deja todo en el altar y ve y trata con tu hermano”. Y tú dices: “¿Pero qué tiene que ver mi hermano con mi relación con Dios?”. Dios ha elegido que tengas una buena relación con tu hermano para responder y recibir tu ofrenda.
Es tan impresionante esto, hermano, que hasta la relación que tienen los esposos con sus esposas el Señor la considera. Lo que quiero decir es que Dios es soberano, Dios es altamente poderoso, pero el Señor ha elegido hacer algunas cosas después de ver la condición del pueblo.
Un hombre soberbio puede decir: “¿Qué tiene que ver mi esposa? No importa la relación con mi esposa, importa la relación con mi Dios”. Pero dice la Escritura:
Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente… para que vuestras oraciones no tengan estorbo.
— 1 Pedro 3:7
En otra ocasión, los discípulos del Señor fueron a expulsar demonios y no pudieron, y vinieron delante del Señor: “Señor, ¿qué pasó?”. El Señor les dijo: “Ah, es que ese género puntualmente no sale sino con ayuno y oración”.
Hermano, estoy mostrando que Dios es un Dios soberano, pero Él ha elegido hacer determinadas cosas de acuerdo a la condición del pueblo. Dios pudo haber destruido a Hai con el poder de su palabra, pero en este momento permitió que su pueblo fuera golpeado para que el pueblo entendiera que no solamente basta ser el pueblo del Señor; que hay que estar todo el pueblo en comunión con Dios para que Dios haga lo que Dios quiere hacer.
Yo estoy convencido, hermano, que hay cantidad de cosas en la iglesia del Señor que no avanzan más rápido, o que ni siquiera avanzan, porque el pueblo no se dispone a sacrificarse, porque hay cosas ocultas en medio de nosotros. Cuando esas cosas emergen, entonces el pueblo tiene victoria.
Dice que tres mil hombres salieron huyendo, hermano, y murieron treinta y seis. El corazón del pueblo desfalleció. Ellos llegaron a entender que Dios no estaba con ellos. Los líderes quedaron consternados, dolidos y confundidos. Hasta Josué, uno de los líderes más devotos que aparece en la Escritura, hermano, terminó cuestionando a Dios.
Para que vea las consecuencias que tiene el pecado de uno solo de los integrantes del pueblo del Señor: Josué cuestionando a Dios. Es que el Señor permitió que todo el pueblo experimentara la consecuencia del pecado de un solo hombre. Lo experimentaron los soldados, el pueblo llano, Josué y los ancianos, para que todos pudieran afirmar su identidad corporativa como pueblo de Dios.
Hermano, es que estamos unidos, estamos amarrados en este barco.
Yo quisiera que el Señor haga cosas en medio de nosotros. No debemos querer que el Señor haga cosas en medio de nosotros. Pero no basta con que uno lo desee, no basta con Josué, no basta con los ancianos, no basta con que el grueso del ejército esté listo. El Señor quiere que todo su pueblo esté preparado.
Está afirmando esta identidad corporativa como pueblo del Señor. Les he mostrado en primer lugar que el Señor nos ve así, y en segundo lugar que el Señor lo demostró permitiendo que el pueblo perdiera una batalla.
Quería llegar aquí, hermano: la forma extraordinaria en que Dios evidenció este pecado. Pareciera que estamos expuestos y que estamos ya desarmados, no hay nada que hacer. Cuando se asoma uno al pueblo del Señor y el Señor lo está mirando corporativamente, entonces estos no van ni para adelante ni para atrás, porque ¿cómo tenemos nosotros la seguridad de que todos estamos bien delante del Señor?
Hermano, Dios tiene sus formas. Alguien podría decir: “Ah, mire este asunto, que ahora el avance del pueblo del Señor depende de que todo el mundo esté recto. ¿Y cómo lo vamos a ver?”. Entonces imaginemos a Josué rompiéndose la cabeza: “¿Y cómo ahora yo voy a saber dónde es que está? Pues somos muchos”.
Hermano, Dios conocía al pecador desde el primer momento. Pero le está mostrando que el pecado debe ser evidenciado. El Señor sabía quién era que había pecado, pero el Señor buscó una manera de evidenciarlo.
Dios lo sabe todo y puede evidenciar el pecado oculto
Algo que a mí me impresiona es que, para nosotros, esto es un problema grave. Uno dice: “Guau, pero un pueblo numeroso, de miles y miles de personas, ¿cómo vamos a ver que se levanta aquí?”. Hermano, no se levantaba. “¿Y cómo vamos a ver dónde es que está el anatema? ¿Cómo vamos a ver quién fue que pecó?”. Dios tiene sus formas, y, hermano, las formas de Dios pueden ser relativamente agresivas.
Les mencioné, en la introducción, el hecho triste que se menciona en la iglesia primitiva: el pecado de Ananías y Safira, en el libro de los Hechos, capítulo 5:
Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajesses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
— Hechos 5:1-4
Hermano, el peligro de esto es que los pecados ocultos, cuando no se reconocen, cuando no se sacan a la luz, el Señor busca la manera en que el pecado emerja. Alguien podría decir: “Pastor, pero eso parece un asunto improcedente. ¿Cómo va a ser que vamos a condicionar el estado de la iglesia al estado de un solo hombre?”. Hermano, es que Dios es soberano en su iglesia, y Él tiene cuidado de nosotros. Él está purificando todos los días, Él está atento. Cuando en la iglesia del Señor algo no está caminando como debe ser, eso ya subió a los oídos del Señor, y el Señor busca la manera de evidenciar lo que está pasando.
Hay dos casos aquí. En el libro de los Hechos, el Señor se lo reveló directamente a Pedro: “Pedro, ahí hay un problema”, y el problema era que ellos habían mentido sin necesidad, porque los apóstoles no le pidieron que lo hicieran. Este caso parece un caso complejo y Josué quizá no sabe lo que debe hacer, pero él sabe lo que hacen los líderes espirituales cuando las cosas del pueblo no caminan.
Lo que estaba haciendo Josué en el versículo 6 es que él mismo se humilló:
Entonces Josué rompió sus vestidos, y se postró en tierra sobre su rostro delante del arca de Jehová hasta caer la tarde, él y los ancianos de Israel; y echaron polvo sobre sus cabezas.
— Josué 7:6
Hermano querido, no subestimen el lugar que tiene el liderazgo en el pueblo del Señor, porque Dios cuida a su pueblo a través de los líderes. Y no es que los líderes sean más grandes, no que los líderes sean más sabios. Josué y los ancianos de Israel, en sus propios medios, no tenían la capacidad para identificar dónde estaba la anatema.
¿Quién lo sale a buscar? El anatema no solamente estaba debajo de la tierra, estaba enterrado y encima había una carpa. ¿Quién iba a lograr que eso surgiera? Nadie. Ahora, Dios tiene sus formas.
Dos atributos de Dios, hermano: Él en primer lugar es omnisciente; Dios lo sabe todo. Y al mismo tiempo, Dios es omnipotente; hermano, Dios lo puede todo. Son dos atributos de Dios que nos desarman. ¿Quién va a huir de Dios, si Él lo conoce todo y Él lo puede todo?
Humanamente hablando, nosotros no tenemos ni siquiera la capacidad para cuidar a esos niveles la iglesia, hermano, pero Dios tiene su forma.
Por eso, aquel que ha entendido que puede burlarse de Dios, aquel que ha entendido que puede practicar el pecado, puede permanecer en el pecado y ser parte del pueblo del Señor y todo está bien, que tenga cuidado, porque Dios tiene sus formas. Y Dios es celoso de su pueblo. Hermano, si eres parte del pueblo del Señor y estás viviendo una vida desordenada, tenga cuidado, porque Dios tiene sus formas.
Con Ananías y Safira cayeron los dos muertos: cayó primero uno y después el otro; los recogieron. Veamos qué pasó con Acán. Acán, hermano, parece que era el más sabio de todos: el que tiene experiencia, el del manto babilónico, el que puede medir las cosas, el que puede guardar y nadie se da cuenta, el que puede enterrar y nadie lo busca. Miren la manera extraordinaria en que el Señor evidenció el pecado.
Primero lo mandó Dios a que santificara el pueblo. Le dijo: “Levántate, Josué; santifica al pueblo”. ¿Para qué Dios manda a santificar al pueblo? ¿Y qué es santificar al pueblo? Cada vez que Israel iba a participar en un momento importante donde necesitaba tener discernimiento espiritual, el Señor lo mandaba a que se santificara. Y la manera de santificarse era lavar las vestiduras y otros procedimientos; era una manera de tener sensibilidad espiritual, prepararse para estar ante Dios.
El doble propósito de esto, en primer lugar, era hacerlo espiritualmente sensible para que pueda rechazar el pecado. Saben que uno de los problemas que hay con el pecado oculto en el pueblo del Señor es que el mismo pueblo, a nivel colectivo, llega a tener poca sensibilidad al pecado, y no le molesta.
Y la gente hace y deshace, las personas piensan: “No, eso es aceptable, eso es normal”. Por eso les escribió el apóstol Pablo a aquellos en Corinto, que estaban participando de inmoralidad donde aun uno tenía por mujer a la mujer de su papá. El apóstol Pablo les dice:
Y vosotros estáis envanecidos. ¿No deberíais más bien haberos lamentado…?
— 1 Corintios 5:2a
Ustedes han llegado a entender que lo malo es bueno y que lo bueno es malo. El pueblo necesita santificarse en esta circunstancia, porque necesitamos elevar la sensibilidad espiritual. Si a nosotros no nos molesta la santidad de Dios, no nos molestará tampoco el anatema de nuestro hermano.
Un método milagroso: Dios señala a Acán
Lo que pasa frecuentemente en medio del pueblo del Señor es que gente deshonra al Señor y el pueblo mismo se pone a favor de la gente: “Es que Josué es muy injusto, que los líderes, que los ancianos son demasiado duros”. Hermano querido, quien trata de jugar con Dios está en un terreno peligroso, porque Dios tiene la manera de evidenciar su pecado.
Quiero alertarles aquí, y es bueno repetirlo, hermano: esto que vemos aquí no es un método. La manera milagrosa que el Señor utilizó no es el método que nosotros tenemos que repetir. No estoy diciendo aquí que cuando hay un pecado tenemos que comenzar a llamar familia por familia, clan tras clan. No. El Señor le dijo a Josué, en ese caso puntual, que lo hiciera así; y con relación a Pedro, el Señor se lo reveló directamente a su corazón.
Lo que quiero mostrarles es que el método utilizado por el Señor fue un milagro, un asunto extraordinario, pero el Señor respondió a la valoración sincera que tenían los líderes del pueblo. Los líderes estaban diciendo, en proporción: “Nosotros estamos sirviendo a Dios y estamos siendo avergonzados. ¿Cómo va a ser que, dadas las circunstancias de que el Señor acaba de destruir una ciudad tan grande, ahora caemos como muertos delante de una ciudad más pequeña? Algo está pasando; nosotros no sabemos lo que es”.
El liderazgo, hermano, cuando los líderes del pueblo se ponen de acuerdo al respecto de esto, el Señor enseña dónde es que está la falta.
¿Cuál fue el método? Iban a estar primero por tribus. Doce tribus. “Que venga la primera tribu”. Yo infiero que, cuando venían, se me parece a cuando el Señor estaba buscando un rey para Israel, que mandó a Samuel, y le fueron trayendo todos los hijos de Isaí, y Él decía: “Ese tampoco”. “Y el otro”. “Ese tampoco”. Hermano, no trate de repetir ese método, que esas son maneras de Dios.
Ahora, le diré que Dios habla al corazón de sus siervos, y el Señor dirige. Yo podría hacerle un estudio sistemático de las maneras en que el Señor ha utilizado para evidenciar el pecado; no es estándar, pero Dios tiene sus maneras. Yo lo que le quiero decir es que el Señor buscará la manera de que el pecado emerja, porque Él no quiere que el pueblo pierda todas sus batallas. El Señor nos ama entrañablemente y cuida a su pueblo.
Primero van a tener cada tribu. Después, dentro de cada tribu, el Señor va a enseñar qué tribu era. Cuando sabíamos ya la tribu, entonces vamos de lo macro a lo micro.
Ay, hermano, cuando estaba leyendo ese asunto yo sentía hasta frío por dentro. ¿Usted sabe lo que es que el Señor lo vaya mirando, y primero comienza con un universo muy grande, después están todos? Después era un grupo más pequeño, y Acán está pensando: “Me están llegando”. Y después vamos con grupos más pequeños. Y después está cerca. Y después uno más pequeño. Y después Acán: “Tú eres el hombre”. El sudor, hermano.
Primero la tribu, después la familia, después la casa, después los varones en esa casa, después un varón específico:
Os acercaréis, pues, mañana por vuestras tribus; y la tribu que Jehová tomare se acercará por sus familias; y la familia que Jehová tomare se acercará por sus casas; y la casa que Jehová tomare se acercará por los varones.
— Josué 7:14
Y ese “que Jehová tomare” es, de algún modo, el Señor diciendo a los líderes en su corazón: “Ahí es que está el asunto, sigan buscando”. Y:
…el que fuere sorprendido en el anatema será quemado, él y todo lo que tiene, por cuanto ha quebrantado el pacto de Jehová, y ha cometido maldad en Israel.
— Josué 7:15
La razón por la cual será quemado es que ese es el castigo de la anatema. Cuando algo era declarado anatema no se podía guardar, tenía que ser destruido. Y como él participó del pecado, él se volvió él mismo el pecado.
Bueno, quiero aquí advertirle: Acán ha tenido innumerables oportunidades de arrepentirse y confesar su pecado, pero él entendía que estaba muy oculto. “¿Quién me va a venir a encontrar eso aquí?”. Primero hay que sacar toda mi familia de la casa, y después hay que levantar la carpa. Primero hay que saber que somos nosotros, después sacar toda la familia, después levantar la carpa, y después buscar ahí dentro. Enterrado estaba el manto, y quizá ya hasta la tierra se había movido.
Él tuvo todas las oportunidades de levantar la mano temprano, antes de que comience el conteo: “Yo fui, aquí está; misericordia, Señor. La anatema está en mí”. Esperó el último momento. No entendía que podía burlarse de Dios. Dios no puede ser burlado.
Por eso dice Proverbios 28:13:
El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.
— Proverbios 28:13
Ay, hermano querido, yo lo que estoy llamando hoy es a que, miren, todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino. Pero hay bendición en arrepentirse temprano y en deponer la conducta, antes de que el Señor comience a buscar familia por familia. Hermano, entrega y dice: “Señor, misericordia, misericordia, misericordia”.
El proceso de la codicia y la confesión de Acán
Del versículo 19 al 21 viene la confesión, una confesión tardía. Lo fueron buscando casa por casa, casa por casa, hasta que llegaron delante de él. Y cuando llegaron delante de él, entonces Acán terminó confesando.
Hermano, ¡qué hermoso son los hermanos que confiesan voluntariamente su pecado delante del Señor! A veces en la privacidad de una oración, antes de que el pecado ya alcance un nivel público y que el Señor tenga que tomar una decisión más drástica.
Hace muchos años, Spurgeon predicó un sermón de esto, y él hablaba acerca de Acán. Él decía: “Acán era un hombre que casi sabía arrepentirse”, como que estaba en esa frontera donde algunas personas no saben si realmente alcanzaron o no alcanzaron misericordia, porque queda como ese manto cubierto.
Miren qué fue lo que sucedió:
Entonces Josué dijo a Acán: Hijo mío, da gloria a Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza; y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras. Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho.
— Josué 7:19-20
Hermano, así fue: él le dio gloria al Dios de Israel. Saben que sea Dios veraz y todo hombre mentiroso. No hay nadie que se pueda burlar de Dios. Al final, estuvimos leyendo hoy en el culto de servidores temprano en Filipenses, hermanos, dice que toda rodilla se doblará para gloria de Dios Padre. O sea, al final todo el mundo va a tener que reconocer que Dios es veraz.
Hay personas que piensan que van a poder sostener su pecado para siempre. Va a llegar un momento en que todos nos tendremos que ver cara a cara delante del tribunal de Dios y ya no habrá excusa. Cuando el Señor ha confrontado a un hombre con su pecado, tiene que terminar confesando. Al final, todos los hombres terminarán confesando que Jesús es el Señor.
Dice: “He pecado contra Jehová”. Sí, es que cuando tú pecas no estás pecando primero contra el pueblo, no estás pecando primero contra alguien; estás pecando primero contra Jehová. Dice él: “Sí, yo he pecado contra Jehová”.
Después describe todo el proceso tal como Jehová lo había dicho. Jehová lo dijo sin nombre, y él termina diciendo: “Yo soy el que lleno esa descripción que se ha dado”. En su confesión, él está evidenciando qué era lo que estaba moviendo: lo que estaba moviendo era la codicia.
El pecado, la codicia, puede alcanzarte aun si tú estás buscando no dejar que los ojos se detengan, no dejar que los oídos oigan. Hermano, las tres cosas: un manto babilónico, dice él, “muy bueno”; evaluó su calidad. Después, “doscientos siclos de plata”; después, “un lingote de oro”.
Y me llama la atención el proceso del pecado que él describe. Dice el versículo 21:
…lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido…
— Josué 7:21b
El proceso es: lo cual codicié, primer asunto: codicia. Segundo: tomé; no quedarte deseando, sino ir y tomarlo. Después dice: “y he aquí que está escondido”. Lo tercero: esconderlo. Usted podrá buscar cualquier proceso de pecado, hermano, y están los tres pasos: primero desearlo en tu corazón, después tomarlo, y después tratar de esconderlo.
En primer lugar hemos visto la responsabilidad colectiva; en segundo lugar, cómo el Señor lo demostró de manera dramática permitiendo que perdieran la batalla; después, la manera extraordinaria, hermanos: Dios tiene sus formas. No juegue con Dios. Dios es sabio, Él es omnisciente y Él es omnipotente. Y usted conjuga, usted combina esas dos características de Dios, y eso es atemorizante. Es impresionante.
Déjeme mostrarle, en último lugar, la forma drástica en que Dios eliminó el anatema.
La eliminación drástica del anatema y la advertencia a nuestras familias
Versículo 22 en adelante hasta el final:
Entonces Josué envió mensajeros, los cuales fueron corriendo a la tienda; y he aquí que estaba escondido en su tienda, y el dinero debajo de ello. Y tomándolo de en medio de la tienda, lo trajeron a Josué y a todos los hijos de Israel, y lo pusieron delante de Jehová.
Entonces Josué, y todo Israel con él, tomaron a Acán hijo de Zera, el dinero, el manto, el lingote de oro, sus hijos, sus hijas, sus bueyes, sus asnos, sus ovejas, su tienda, y todo lo que tenía; y lo llevaron todo al valle de Acor. Y dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos. Y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta hoy. Y Jehová se volvió del ardor de su ira. Y por esto aquel lugar se llama el valle de Acor, hasta hoy.
— Josué 7:22-26
Josué entonces envió mensajeros, los cuales fueron corriendo. Yo quiero pensar que estos mensajeros salieron corriendo, hermano, no entusiasmados por el lingote, no entusiasmados por el manto. Yo creo, hermano, que huyendo del pecado que estaba allí. Pero los hombres tenemos que ser cuidadosos. Vuelvo y le repito: muchas personas, tratando de cuidar algo, terminan ellos mismos participando.
Fueron corriendo, hermano; quieren pronto volver a restablecer la comunión con el pueblo. El pueblo estaba en peligro. Israel vivía a la intemperie, hermano. Lo único con lo que contaba Israel era con el poder de Dios. Y si Dios dijo que “no voy con vosotros”, en este momento estamos desprovistos. Cualquier pueblo puede venir en este momento y destruirnos, porque la protección que teníamos de parte de Dios en este momento ha sido interrumpida. Corriendo fueron; querían resolver pronto la situación.
Después trajeron el objeto, el pecado. Dice el versículo 23: “Y tomándolo de en medio de la tienda, lo trajeron a Josué y a todos los hijos de Israel, y lo pusieron delante de Jehová”. El objeto del pecado, la anatema, fue traído delante de Josué, delante de todo el pueblo y también delante de Jehová. Todo eso públicamente, no en privado.
Después, miren lo que el Señor dijo. Entonces Josué, versículo 24, y todo Israel con él, tomaron a Acán hijo de Zera, el dinero, el manto, el lingote de oro, sus hijos, sus hijas, sus bueyes, sus asnos, sus ovejas, su tienda y todo cuanto tenía. Está pasando con Acán, hermano, lo que debía haber pasado con Jericó. Le dijo: “Si él se volvió anatema, le estamos dando el castigo de la anatema”.
¿Y lo llevaron todo al valle de Acor. “Acor” significa “turbación”. Y dijo Josué: “¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día”. Y todos los israelitas los apedrearon y los quemaron después de apedrearlos. Y levantaron sobre él un gran montón de piedras, que permanece hasta hoy. Y Jehová se volvió del ardor de su ira.
Hermano querido, yo he tratado de hacer un esfuerzo para que mi iglesia entienda que no solamente somos individuos, sino que somos corporativo. Las dos cosas principales que deberían movernos a nosotros para vivir una vida en santidad y consagración al Señor en primer lugar son la gloria del nombre del Señor, como dijo Josué, y después la situación de su pueblo.
Pero si la gloria del nombre de nuestro Dios y el avance del pueblo del Señor no son suficientes para disuadirnos, quizás lo haga el amor natural que tiene cada persona hacia su familia. Yo esperaría, si mi pueblo son pueblos sensibles, que diga: “Guau, solamente por amor a mi Señor yo quiero consagrarme. Eso es algo que me mueve. Señor, solamente la gloria de tu nombre es suficiente para hacer que yo en este momento le ponga freno a mi conducta, yo entregue ese asunto y me consagre. Solamente la gloria de tu nombre es suficiente para moverme”.
Si no le mueve solamente la gloria, piense que todos nosotros estamos comprometidos con usted, y lo mismo pensaré yo al respecto. Todos nosotros pensemos primero en lo que deberíamos ver: la gloria del nombre del Señor y su santidad. Pero si eso no es suficiente, piense que su accionar, sus asuntos ocultos, pueden estar afectando al pueblo del Señor corporativamente, que te están dañando a ti y están dañando a todos.
Pero si usted no piensa que el nombre del Señor, y el celo por el nombre, la gloria del Señor, sea suficiente, y el avance del pueblo del Señor no es suficiente, piense que su pecado no solamente va a ofender a Dios, no solamente va a dañar al pueblo –y todos nosotros vamos a sufrir su pecado–, sino que también te va a dañar a ti, va a dañar a tus familiares.
¿Dirigimos esto? Nuestro pecado traerá sobre nuestra familia vergüenza, dolor, pobreza y hasta muerte. Yo quisiera, hermano, que te impresione el nombre del Señor y su santidad. Yo quisiera que te impresione el pueblo del Señor. Pero si no te impresiona nada de eso, porque usted está en este momento en una situación espiritual tan deplorable que nada de eso te mueve, piensa que cuando tú pecas no solamente estás dañándote a ti; tu familia natural va a ser dañada.
Estoy convencido de que si las personas pensaran las implicaciones que tiene su pecado más temprano, hubieran soltado el lingote, no lo pesaran; más temprano habrían cerrado sus ojos ante el manto babilónico.
Quiero invitarles, hermano, a que consideremos que ser parte del pueblo del Señor es un asunto serio, que ser parte del pueblo del Señor es un asunto que compromete, que ser parte del pueblo del Señor es una gran responsabilidad. Quiero orar por la iglesia, para que el Señor no tenga que utilizar métodos drásticos para hacer que se evidencie el pecado oculto.
Que podamos esta semana, hermanos, revisar nuestra vida espiritual y todo lo que esté alrededor de nosotros, y que el próximo domingo tengamos aquí un momento precioso de decisión delante del Señor, donde busquemos su rostro, y que el Señor nos dé una gran victoria. Estoy convencido, hermano, que muchas cosas que el Señor quiere hacer entre nosotros son detenidas por la imprudencia de unos cuantos. Que el Señor permita que nosotros no compongamos ese grupo.
Padre, mira esta historia dramática de tu pueblo, que fue avergonzado por pecado de uno. Ay, Señor, cuídanos a cada uno de nosotros; que no sea por nosotros, Señor, que el pueblo sufra; que no sea por nosotros que tus propósitos, Señor, se detengan. Ay, Señor, clamamos por misericordia.
Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano. Te recuerdo Proverbios 28: “El que encubre su pecado no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia”. Que el Señor no tenga que venir de manera drástica a intervenir para evidenciar nuestros pecados. Si hay algo, hermano, que tú conscientemente, una actitud, un pecado, una falta, entiendes que no es solamente tuyo, que es nuestro; que el Señor nos ve a todos nosotros a través de la vida de uno solo.
Señor, si acaso hay algo entre nosotros que te esté ofendiendo, que te esté dañando, permite, Padre, que llegue el arrepentimiento temprano, de forma tal que no tenga que venir el castigo tardío.
Ay, hermano, quiero llamarte, hacerte un llamado como tu pastor, a que entiendas cuándo tu iglesia necesita moverse; a que entiendas que tú eres parte del pueblo del Señor, un pueblo santo, un pueblo especial, un pueblo con una dignidad única. Entiende que el Señor es celoso porque ha vinculado su nombre al nuestro, y que cuando nosotros le deshonramos, el Señor lo recordará.
Invito a toda mi iglesia que decida en este momento, si el Espíritu Santo te está dando luz, si el Espíritu Santo te está llevando a la verdad, si el Espíritu Santo está convenciendo de alguna falta en ti y en tu casa, en tu alrededor, algo en lo cual dependa de ti. Yo te invito, hermano, a que ames primero a Dios y después ames a su pueblo, que ya es el tuyo, y que en este momento resuelvas dejar eso atrás y no volver.
Quizás aquí hay personas que han estado jugando con Dios, participando intencionalmente de cosas que saben que le son ofensivas. Tarde o temprano, toda rodilla será doblada delante de Él, pero este es un momento temprano. Dice la Escritura:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Si aquí hay alguien que todavía no es parte del pueblo del Señor, yo lo invito a que confiese ante el Señor su pecado, se arrepienta de sus pecados, los deje atrás, y que se una a este pueblo santo, especial, que es la familia del Señor.
Bendice, Señor, hoy toda la congregación aquí reunida. Permite, Señor, que el tropiezo de Acán no sea el tropiezo de nosotros. Permítenos, como pueblo, Señor, vencer no solamente en Jericó, sino también en Hai, y todas las barreras que tengamos por delante, para la gloria tuya y en el nombre de Jesús. Amén.
Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canciones al Señor.