Pueden buscar sus Biblias, libro de Números. Nos preparamos para buscar juntos el consejo de la sagrada Escritura. Pueden buscar la Palabra del Señor, libro de Números. Vayamos juntos al capítulo 9. Si ya lo tiene, ponga su momento sobre sus pies para que leamos. Libro de Números, capítulo 9, desde el versículo 15 y hasta el versículo 23. Estaremos viendo hoy cómo vivir bajo la dirección del Señor. Números capítulo 9, desde el versículo 15 y hasta el versículo 23. Leeremos todo el texto de la manera como a veces lo hacemos: yo leeré el primero, ustedes el segundo. Comenzaré leyendo el versículo 15, ustedes leen el 16, yo el 17, ustedes el 18 y así sucesivamente. Leemos la Palabra del Señor.
El día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio, y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana.
Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel.
Cuando la nube se detenía sobre el tabernáculo muchos días, entonces los hijos de Israel guardaban la ordenanza de Jehová, y no partían.
Y cuando la nube se detenía desde la tarde hasta la mañana, o cuando a la mañana la nube se levantaba, ellos partían; o si había estado un día y a la noche la nube se levantaba, entonces partían.
Si la nube se detenía sobre el tabernáculo dos días, o un mes, o un año, los hijos de Israel permanecían acampados, y no se partían; mas cuando ella se levantaba, ellos partían.
Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían; guardando la ordenanza de Jehová, como Jehová lo había dicho por medio de Moisés.
— Números 9:15-23
Podemos leer todos juntos el versículo 23: “Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová, como Jehová lo había dicho por medio de Moisés”. Puede sentarse, hermanos, amigos queridos. Esta expresión de todo el texto es como un estribillo que se repite tres veces: “Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían”. Estaremos viendo hoy cómo podemos nosotros vivir del mismo modo, bajo la dirección del Señor.
Dice nuestra introducción que ser el pueblo del Señor no es solamente un asunto nominal o un asunto simbólico, como aquellas cosas que reconocemos pero que no tienen efectos sobre nuestro día a día. Ser el pueblo del Señor es un asunto práctico. Quienes hemos muerto al mundo y al pecado y hemos nacido para Cristo, debemos aspirar a tener, en primer lugar, una conciencia permanente de su presencia en nosotros y, en segundo lugar, a ser permanentemente dirigidos hacia su voluntad. Si somos el pueblo del Señor, no es solamente decirlo, es serlo, y para ser el pueblo del Señor usted necesita tener una conciencia de que nosotros no estamos solos, de que su presencia está con nosotros.
En segundo lugar, usted tiene que aprender a ser dirigido por su Señor. Cuando Dios dijo que haría un pueblo, pretendía tener comunión con ellos y dirigirlos en sus jornadas. Era el Señor que estaba encabezando las jornadas de Israel, y es el Señor que está encabezando hoy la jornada de su iglesia. En ningún momento el pueblo del Señor ha salido por sus propios medios; nosotros salimos en la presencia del Señor, con la conciencia de que él está con nosotros. Esto fue real para Israel y es real también para la iglesia. En Números 9, estos dos aspectos de ser el pueblo de Dios —primero, tener conciencia de su presencia y segundo, disposición a ser dirigidos por él— se hacen especialmente evidentes.
Después que fue erigido el tabernáculo, que simbolizaba esto, el encuentro entre Dios y su pueblo, una columna de nube lo cubrió de día y una apariencia de fuego en la noche, símbolos estos de su presencia en medio de Israel. Pero cada cierto tiempo la nube se movía. Esto simbolizaba la dirección del Señor y el pueblo se movía con ella. En este segmento, entre el versículo 15 y el versículo 23, se repite tres veces el mismo estribillo: “Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían”. Si yo lograra hoy, hermano, que usted se entusiasmara al respecto de acampar o partir al mandato de Jehová, yo creo que habré logrado mi propósito. Pretendo hoy que mi iglesia se deje dirigir por el Espíritu Santo. Pretendo hoy que mi iglesia tenga una conciencia renovada de que nosotros no estamos solos.
Un retrato ideal del pueblo dirigido por Dios
Este estribillo entre el versículo 15 y el versículo 23 se repite tres veces para reiterar la idea de que el pueblo estaba viviendo bajo el mandato de su Señor. Esta narración de Números capítulo 9 desde el versículo 15 hasta el versículo 23 parece una narración ideal. Este quizás es un buen momento del pueblo del Señor. En el libro de Números se describen varios desaciertos del pueblo de Israel en su relación con Dios, pero en esta parte precisa, que es el capítulo 9 de los versículos 15 al 23, aparece un retrato, hermano, que es quizás un buen retrato de lo que debe ser el pueblo del Señor. Aquí no hay reprensión, aquí no hay vergüenza, aquí no hay corrección. De hecho aquí se está tomando la conducta y actitud del pueblo de Israel como un paradigma para todos nosotros.
Se nos está enseñando en tres estribillos diferentes: “Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían”. Si yo logro hoy que mi iglesia primero tenga una conciencia renovada de que no está sola y después que mi iglesia se entusiasme con la idea de que Dios está dirigiendo su pueblo, creo que habré alcanzado mi propósito. Son dos partes muy claras en las cuales se puede dividir este texto. Primero, los dos versículos, el 15 y el 16, nos hablan de la evidencia de la presencia de Dios en medio del pueblo. Después, los versículos del 17 en adelante nos hablan de cómo Dios estaba dirigiendo su pueblo.
Dos aspectos de nuestra relación con Dios: si somos el pueblo del Señor, tenemos conciencia de que Dios está encabezando la jornada de su pueblo, y si somos el pueblo del Señor tenemos que ser sensibles para recibir la guianza y dirección del Señor. Los primeros dos versículos que leímos, 15 y 16, nos hablan de su presencia. Lo que nos dicen es que el día que el tabernáculo fue erigido, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio, y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego hasta la mañana. El simbolismo aquí es extremadamente importante: dos símbolos distintos, primero una nube y después fuego. Estos símbolos no son nuevos, son consistentes en toda la relación de Dios con Israel.
De hecho, estos mismos símbolos los utilizó el Señor cuando estaba hablando, no con el pueblo, sino inicialmente con Moisés solamente. Lo primero que vio Moisés cuando Dios le estaba llamando era una zarza, era un arbusto que estaba encendido en fuego. Y desde ese arbusto, desde esa zarza ardiente, entonces el Señor comenzó a hablar a Moisés. Y después el Señor permitió que una nube se posara y desde la nube entonces hablaba. Moisés estaba en el monte Sinaí. Ambos acontecimientos, primero el acontecimiento de Moisés con la zarza ardiente y después el acontecimiento de Dios en una nube hablando a Moisés, comenzaron a dar forma a las maneras en que Dios estaba representándose para que su pueblo le entienda.
Más tarde, estos mismos dos elementos, una columna de fuego y una columna de nube, los utilizó el Señor como medios para preservar a Israel de sus enemigos. Estoy apuntando en este momento a la consistencia del simbolismo: este símbolo de nube y fuego usted lo va a encontrar en todas las partes de la Escritura para describirnos a nosotros la presencia del Señor en medio de su pueblo. No quiero ser exhaustivo al respecto de esto, pero una razón que tenemos es que Dios es espíritu, Dios no es un ser físico. Ahora, Dios tomaba apariencias físicas, estándares, apariencias físicas consistentes para que el pueblo pudiera reconocer que Dios estaba en medio del pueblo. Lo que el Señor hizo fue dejar una imagen visible, recordarle al pueblo: “Yo estoy aquí, estoy en medio de ustedes”.
Más adelante, cuando se construyó, ya no un tabernáculo sino un templo más definitivo, vino una nube del Señor y llenó todo el templo, la misma consistencia del simbolismo: el fuego, la nube, símbolos de la presencia del Señor en medio de Israel. En la escuela bíblica los jueves han estado estudiando la historia de Ezequiel. Cuando Ezequiel vio a Dios, ¿qué vio? Un fuego y un viento tempestuoso. “Y mire, y he aquí venía del norte un viento tempestuoso, y una gran nube con un fuego envolvente”. Eso fue lo que vio Ezequiel. Y después, cuando Ezequiel vio la imagen de la presencia del Señor abandonando el templo, mostró asimismo que la gloria del Señor, como si fuera una nube, se fue de allí.
Con todo esto, hermano, estoy apuntando a que nosotros vayamos creciendo en este simbolismo. Cada vez que la Escritura quiere representar la presencia de Dios en medio de nosotros, habla de fuego, habla de viento o habla de nube. Son elementos muy estándar en la revelación de Dios. Esto no termina en el Antiguo Testamento.
De la nube del Antiguo Testamento a la presencia de Cristo en la iglesia
Cuando nuestro Señor Jesucristo estuvo en medio nuestro, en un momento se transfiguró y dice que una nube también le cubrió y desde la nube era Dios que estaba hablando. En el monte de la transfiguración una nube cubrió a nuestro Señor Jesucristo, una evidencia de que la presencia de Dios estaba allí. Después, cuando nuestro Señor Jesucristo fue alzado al cielo, dice que una nube vino también y lo cubrió, simbolizando que había regresado el que primero había encarnado y se había despojado de parte de su gloria. En este momento fue recibido en toda la gloria y esplendor, en la presencia de la completa Trinidad. El símbolo de la nube, del fuego y del viento son muy consistentes en toda la Escritura para hablarnos de la presencia del Señor.
En Pentecostés, como estuvimos viendo en días pasados, ¿cómo se manifestó el Espíritu Santo? Vinieron lenguas de fuego y se posaron sobre cada uno de los creyentes, el mismo simbolismo, y un viento recio. Hay en esta progresión algo que me llama la atención: que Dios primero se posó sobre un tabernáculo, después dice el Evangelio de Juan que él puso su tabernáculo en medio de nosotros, “y vimos su gloria, gloria como la del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”, y después él hizo de su iglesia su tabernáculo.
Hermanos queridos, el libro de los Hechos consiste principalmente en que el pueblo del Señor entienda que, aunque Cristo fue recibido en el cielo, todavía Cristo está en medio de su pueblo; lo está representando, lo está protegiendo, lo está dirigiendo. La iglesia del Señor no es solamente un culto, no es solamente una actividad. Nosotros entendemos que somos una asamblea solemne donde la presencia del Señor habita en medio de la alabanza de su pueblo. Nosotros por fe sabemos que Dios está aquí.
Esta misma imagen que veíamos, de Dios posándose sobre una columna de nube, una columna de fuego, para que se reconozca que su presencia estaba allí, del mismo modo los creyentes por fe sabemos que el Espíritu de Dios, su fuego, su viento recio, sus nubes, ha sido derramado abundantemente sobre cada uno de nosotros, y el Señor habita corporalmente en nosotros y por eso está en medio de este lugar. El término tabernáculo a veces se describe como tabernáculo de reunión, a veces como tabernáculo de testimonio. No eran reuniones, hermanos, porque las asambleas del pueblo se hicieran allí. Lo que el tabernáculo estaba anunciando es que en ese momento había una reunión, y era Dios que habita la eternidad, luz refulgente, que en este momento se estaba encontrando con su pueblo.
Es tabernáculo de reunión porque está reuniendo a un pueblo con su Dios. También se le llama tabernáculo de testimonio. Los primeros dos versículos de lo que leímos están apuntando a que el Señor dejó una imagen visible para que el pueblo recordara que no estaba solo, que Dios estaba encabezando, representando, dirigiendo, protegiendo, cuidando a su pueblo. Hermanos queridos, yo quisiera crear una conciencia en mi iglesia local de que la iglesia del Señor no es solamente un programa, no es solamente canciones, no es solamente un discurso, no es oratoria. La iglesia del Señor es una asamblea solemne que Cristo, en este momento, en la persona de su Santo Espíritu, la está encabezando. Mi Dios está aquí, el Señor está en medio de su pueblo.
Tener esta conciencia clara de su presencia es lo que nos encamina a después tener una conciencia de su dirección. Si nosotros no entendemos que Dios está aquí y que él se está manifestando, que él nos está cuidando, que él nos está encabezando, tampoco tendremos una expectativa de que Dios puede guiarnos. Primero usted entiende que Dios es real, que su presencia está aquí, y después se abre a que el pueblo del Señor puede ser dirigido por su Dios. De hecho, los pastores cristianos no dirigimos el pueblo por nosotros mismos, escuchamos la voz de Dios y hacemos como Moisés que les decía: “Atiendan cuando se mueva la nube”. No se trata de que sigan a un nombre, se trata de que entiendan que Dios todavía está realmente en medio de nosotros, que él está vivo. Cristo resucitó de entre los muertos, él está con nosotros.
Él ha dado evidencia de que su poder sigue operando en nosotros, de que su presencia es real. Es también lo que anuncian nuestra oración y nuestra adoración. Cuando el pueblo ora buscando la presencia del Señor, está entrando del mismo modo que entraba Moisés al tabernáculo, la nube se posaba y había cierta comunión, cierta comunicación. Todo eso anuncia el tabernáculo, anuncia la nube y anuncia el fuego.
Confianza en medio del desierto: la presencia continua de Dios
Me llama la atención lo continuo de estas evidencias. Dice asimismo el versículo 16: “Así era continuamente”. Hermanos, continuamente Israel podía mirar hacia el santuario y podía ver una nube o podía ver el fuego; continuamente Israel tenía conciencia de que Dios estaba en medio de ellos. Si como iglesia no aprendemos nosotros por fe a entender que continuamente Dios está aquí, hemos perdido el rumbo. Si como iglesia nosotros no podemos ejercitar nuestra convicción y afirmarnos en esta verdad de que Dios es real y que habita en medio de su pueblo, hemos perdido el rumbo. Israel cada mañana, cada tarde, podía mirar hacia el santuario y en el santuario se anunciaba que ahí estaba la presencia del Señor.
Esto yo espero que le diera al pueblo un sentido de confianza. Uno habla estas historias y puede quizás cometer errores de atribución, de mirarlas con unos lentes contemporáneos. El desierto, para los antiguos, era un lugar de perdición; era un lugar peligroso, era un lugar tétrico. Salir al desierto errante era un asunto absolutamente peligroso. Israel estaba moviéndose en medio de un desierto que no conocía, pero ellos tenían la confianza de que el Dios que se había revelado les estaba encaminando, les estaba dirigiendo.
No era solamente un “bonito” desierto, hoy quizás como aparece en la televisión. A mí me gustan esos programas; de hecho, los canales que más disfruto son NatGeo y canales de ese tipo que enseñan paisajes, que enseñan viajes, expediciones, y se habla del desierto al día de hoy como una aventura. Miren, quien iba al desierto en la antigüedad era una persona que estaba corriendo riesgo, estaba poniendo en riesgo su vida. Israel se movía en el desierto, pero en medio de la soledad del desierto, en medio de los peligros del desierto, en medio de la hostilidad del desierto, ellos podían mirar hacia el santuario y todavía la nube estaba allí, todavía el fuego estaba allí.
Yo infiero, hermano, y lo veo a la luz de la Escritura, que esto no era una nube, era un fuego estándar. De hecho, la nube, como la conocemos, es una nube dispersa. Esta nube tenía forma de columna. Las nubes que uno ve se mueven de un lugar al otro: uno ve una nube en este momento y dentro de otro momento ya la nube no está. Esta era una nube permanente en forma de columna. No era solamente un fenómeno natural, era una señal extraordinaria de que Dios estaba en medio de su pueblo. Y cuando ellos miraban esa nube extraordinaria, cuando veían esa columna de nube extraordinaria —que fue la misma nube y columna de nube que les movió para sacarles de Egipto y protegerles en el camino— ellos podían sentir la confianza de que Dios estaba en medio de su pueblo.
Hermano, nosotros tenemos que tener esta confianza. Cuando venimos a la casa del Señor entramos a su presencia y podemos sentir a su Espíritu. Hay testimonio en nuestro espíritu de que somos suyos, de que Dios está aquí, de que él nos está mirando, de que estamos en unas manos seguras, de que no estamos solos. Así como el desierto era peligroso para Israel, el mundo es peligroso para los creyentes. Pero cuando un creyente mira el mundo tiene que mirar la presencia del Señor y entender que Cristo está encabezando su iglesia, que la iglesia está segura, no porque esté en lugar seguro, sino porque está en las seguras manos de Dios.
Así como Israel podía sentir la confianza mirando nube y mirando fuego, nosotros podemos sentir una absoluta confianza deleitándonos en la presencia del Señor. Por eso anhelamos estar en su casa, por eso anhelamos la alabanza, por eso anhelamos la oración, porque cuando vemos el rostro del Señor hay un testimonio en el corazón, hay una paz, hay una confianza de que Dios está con nosotros, de que nosotros no estamos solos. Hermanos, la iglesia del Señor nunca ha estado sola.
Alguien nos ve desde fuera y piensa que solamente somos un grupo reunido. No. Nosotros somos un grupo reunido en el nombre y en la presencia de nuestro Señor. Somos más que un grupo. Dice la Escritura que donde están dos o tres reunidos en su nombre, ahí está él en medio de ellos. Hermano, la dignidad que tiene esta asamblea es que esto no es solamente asamblea, esto no solamente es reunión, esto es una reunión de personas, y la persona más importante que está aquí no se ve, pero nosotros le vemos con los ojos de la fe. Yo creo que cuando estoy alabando a mi Dios, mi Dios está escuchando. Yo creo que cuando mis manos están levantadas él las está mirando. Yo creo que cuando yo le oro, él me oye. Yo creo que cuando yo le busco, él me responde.
El pueblo cristiano tiene la misma comisión que tenía Israel: que mientras tanto nosotros por fe miremos fuego y miremos nube, el Señor nos está guiando. Si no fuera, hermano, por su dulce presencia, el tránsito de un creyente en este mundo fuera desesperante. En medio de este tránsito duro, hostil, tedioso, en medio de peligros por aquí, peligros por allá, nosotros cada cierto tiempo podemos sentir esta paz que sobrepasa todo entendimiento. Podemos sentir la presencia de su Espíritu, podemos sentir el gozo cristiano, podemos ejercitar nuestra convicción y sentir: estamos en medio del desierto, pero estamos seguros, porque estamos en la mano del Señor.
Primero estoy apuntando a la evidencia de la presencia del Señor: Dios estaba presente, puso fuego y puso nube. Esto era algo que rompía el tedio y la monotonía de la vida en el desierto. Me imagino que caminar por el desierto —porque eran lugares agrestes, no eran lugares agradables— pero había algo que era muy agradable, y es el símbolo permanente de la presencia del Señor. Hermano, cuando te falte cualquier cosa en este mundo, que no te falte nunca el testimonio de su presencia, de que Cristo está en medio de nosotros, de que él nos está encabezando. Cuando no te esté pasando nada interesante en tu vida, trata de mirar con los ojos de la fe que Cristo está presente.
Y, hermano, si está presente el fuego y está presente la nube, el desierto se vuelve mucho más interesante, el desierto se vuelve mucho más atractivo, el desierto se vuelve mucho más seguro. Un creyente en este mundo tiene que acostumbrarse a buscar y ver la presencia del Señor, porque sin la presencia del Señor, hermano, estamos muertos. De hecho, una vez el Señor ofreció a Israel: “Salgan ustedes y váyanse”. Y el pueblo dijo: “No. Si tu presencia no va con nosotros, nosotros no queremos salir”. Hermano, que no nos quiten a nosotros, como iglesia, el derecho de gozarnos en la presencia de nuestro Dios.
Atesorar la presencia para poder recibir la dirección
Hermanos, su presencia, su gozo, su alabanza, esta tierna comunión que tenemos con él, este santuario, este tabernáculo, esta tienda de encuentro, este punto de reunión entre el hombre y su Dios, que no nos lo quiten, porque si nos quitan eso estamos muertos. El desierto es difícil, pero su presencia va con nosotros, hermanos. Su presencia está contigo, y si su presencia está contigo, el mundo se vuelve más manejable.
Por momentos uno mira alrededor y dice: “No hay nada interesante que esté pasando en mí”, pero podemos mirar el santuario; allí está la presencia del Señor. Y siempre y cuando podamos nosotros, con los ojos de la fe, mirar la presencia del Señor, hermano, estamos seguros y estamos bien. Que nos falte cualquier cosa, hermano, menos la convicción de que Dios está con nosotros. “Y aquí yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, dijo el Señor. Hermano, que nosotros abriguemos esta convicción mientras caminamos en nuestra jornada por medio de este mundo difícil, en medio de este mundo hostil.
Me gozo en el hecho de que esta presencia continua les restaba importancia a Moisés. Bueno, se estaba moviendo fuego y estaban mirando la nube. Moisés se estaba moviendo, pero miren, hay algo más interesante que Moisés que está sucediendo en este momento: la presencia del Señor. Alguien les va a decir a ustedes: “¿Por qué es que quieren congregarse? ¿Qué es lo que está pasando ahí? Un vecino va a ver qué es lo que pasa, por qué quieren estar ahí, qué es lo que tiene interesante”. Lo más interesante que hay aquí, hermanos, es una nube y un fuego que nosotros vemos por fe: la presencia del Señor en medio de nosotros. A eso hemos venido: a encontrarnos con nuestro Dios, a buscar su rostro, a buscar su dirección, a ser representados por Dios corporativamente en su presencia.
Que no nos quite nadie, hermano, el gozo de venir a la casa del Señor, y que cuando nos pregunten a qué vamos, podamos decir: “Vamos a ver el fuego y vamos a ver la nube. Queremos sentir que somos el pueblo del Señor y sentir la presencia de nuestro Dios en la casa del Señor”.
Este texto no es nuevo. Me emociona al ver que lo que Moisés está describiendo fue lo mismo que describió en Éxodo. Es en Éxodo que de manera extensa se describe cuando se construyó el tabernáculo y cuando la presencia del Señor llenó el tabernáculo. El propósito que tiene Moisés en este momento, cuando está describiendo la historia, no es un propósito descriptivo, es un propósito devocional. Al parecer, él estaba previendo un tiempo en que el pueblo no buscaría la dirección del Señor ni atesoraría la presencia del Señor.
En todo el texto de Moisés se siente un estímulo por el buen ejemplo y también cierta preocupación. Parece que Moisés en su sabiduría estaba pensando: “Va a llegar un momento donde el pueblo va a querer caminar solo. Va a llegar un momento en que a este pueblo se le va a olvidar quién fue que le sacó de Egipto. Va a llegar un momento en que este pueblo no va a buscar la presencia de su Señor”. ¿Por qué? Porque ya en Éxodo, por ejemplo, al final, Éxodo 40 del 34 al 38, se describen los mismos hechos. Aquí Moisés no está describiendo un hecho solamente, y el pueblo sabía eso; estaba describiendo una actitud, y es la actitud no tanto de lo que Dios estaba haciendo, sino de cómo el pueblo estaba percibiendo lo que Dios hacía. El pueblo veía con agrado la presencia, y el pueblo se dejaba dirigir por su Señor.
¿Para qué sirve entonces esto, si Moisés lo que tiene —hermano, Moisés tiene agenda—, si Moisés lo que tiene para decirnos es algo devocional? ¿Para qué introduce hablando de su presencia? Ya le mencioné: si usted no aprende a atesorar la presencia del Señor, no aprenderá nunca a ser dirigido por Dios. Una iglesia que no cultiva esta saludable percepción, esta saludable convicción, esta saludable conciencia de que Dios está aquí, es una iglesia que no será nunca dirigida por el Señor.
Para usted entender que Dios dirige a su pueblo, usted primero tiene que entender que Dios está en medio de su pueblo. Yo no puedo decirle que aprenda a ser dirigido por Dios si usted no ha aprendido a mirar a Dios primeramente. Primero, usted entiende de que Dios está en el santuario; después usted entiende que la nube puede moverse. Pero el primer paso no es: “Yo tengo que tomar una decisión y quiero que Dios me diga”. No. El primer paso es: usted está mirando a Dios.
“Yo quisiera que el Señor me dé una respuesta”. El primer paso no es buscar una respuesta; el primer paso es buscar el rostro del Señor. Antes de conseguir la respuesta, tiene que buscar su rostro. Dice la Escritura que para esto hace falta fe. Dice la Escritura que sin fe es imposible agradar a Dios. Es necesario que los que le buscan crean que le hay y que es galardonador de los que le buscan.
Hermanos queridos, si usted no atesora la presencia del Señor, nunca va a atesorar la dirección del Señor. Y aquí está el problema del pueblo de Dios: queremos respuesta del Señor, pero no queremos su presencia. Usted primero quiere su presencia y después quiere respuesta. Los primeros dos versículos, 15 y 16, están para introducirnos. Moisés está hablando de dirección y de movimiento, de acampar o de partir, pero antes está hablando de su presencia. Usted primero atesora la presencia del Señor y después usted aprenderá a ser dirigido por el Señor.
Hermanos, aún sin movernos, aún antes de que el Señor nos diga “a la izquierda” o “a la derecha”, o “ahora” o “mañana”, o “en la noche” o “temprano”, la conciencia misma, la conciencia sola de su presencia ya produce edificación en el creyente. Yo quisiera transmitirle a mi iglesia cierta pasión, hermano, porque suceden cosas a favor nuestro en la presencia del Señor. “En su presencia hay plenitud de gozo”, dice la Escritura. En su presencia, hermano, hay dirección; en su presencia somos llevados a la verdad; en su presencia, un creyente que está mirando la presencia del Señor es como una plantita que cada cierto tiempo mira el sol, y cuando deja de mirar el sol se seca.
Un creyente que viene frecuentemente a buscar el rostro del Señor es un creyente que está rozagante, es un creyente que está reverdeciendo, es un creyente que está fructífero. Hermano, estar solamente en la presencia del Señor, aunque usted no escuche nada directamente, aunque no haya nada objetivo que le diga: “Nos estamos moviendo”, ya por estar en la presencia del Señor hay medios de gracia que se nos están comunicando.
De la presencia a la dirección: seguir la nube
Su sola presencia produce en nosotros santificación, produce en nosotros convicción, produce en nosotros fortaleza, produce en nosotros, hermano, una conciencia de que somos suyos. Estar en la presencia del Señor es algo que como iglesia tenemos que aprender a atesorar; es un asunto muy rico, es un asunto muy bueno. Yo a veces veo al pueblo que quiere dirección, quiere dirección. Hermano, queremos dirección, pero también queremos su presencia. Si solamente podemos nosotros tener la conciencia de que sus ojos se posaron sobre nosotros, ¡wow, hermanos!, solamente eso ya produce en nosotros edificación, ya produce en nosotros cierta gratificación, cierto entusiasmo.
Y si el Señor se mueve y el Señor da dirección a su pueblo… En primer lugar he estado hablando acerca de su presencia, los versículos 15 al 16. Lo que hacen los versículos del 17 al 23 es que nos hablan de la dirección del Señor. Vuelvo atrás: si usted no aprendió a cultivar su presencia, a estar con él, a disfrutar, a deleitarse, a mirar hacia el santuario, ver la columna de fuego y ver la columna de nube, si usted no ha aprendido eso básico, usted tampoco va a ver cuando la nube se levante. Este es el asunto, hermano, por lo cual muchas personas dicen: “Yo como que siento que Dios no me dirige”, pero es que tú no le estás siguiendo.
La realidad es que los discípulos de Cristo, hermano, tuvieron más revelación del Señor y su voluntad, muy precisa, muy tierna, muy directa. Ellos recibieron más que la multitud. Pero claro, porque vivían con él. Usted quiere ser muy dirigido por el Señor, aprenda a estar mucho en la presencia del Señor, aprenda a deleitarse en la presencia del Señor. Primero, la conciencia de su presencia, después la evidencia de su dirección.
Dice el versículo 17: “Cuando se alzaba la nube…” Claro, si usted no está mirando para el tabernáculo, no va a ver si al rato la nube se alza. “Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban los hijos de Israel”. Ahora vamos a comenzar a hablar de movimiento. Dios no solamente encabezaba su pueblo. Hermano, yo me gozo cuando imagino el pueblo del Señor mirando hacia el santuario, diciendo: “Ahí está mi Dios; él nos está encabezando, él es el primero entre nosotros, él tiene la primacía, él nos está representando, él nos está protegiendo, él nos está cuidando”. Todo eso sucede, hermano, pero queremos tener la conciencia.
La ansiedad en el corazón de la iglesia sucede cuando nosotros dejamos de entender que Dios nos está cuidando, cuando comenzamos a entender que estamos expuestos. Hermano, si la columna está ahí, esa misma columna fue la columna que nos defendió. Esa misma nube fue la nube que nos defendió. Mientras más tengamos conciencia de su presencia, más seguro estará el corazón del pueblo. Hablemos ahora de su dirección.
Quiero mostrarle primero que este asunto era impredecible. No había agenda, no había calendario: “Primer día del mes nos vamos a mover, en la mañana, en la tarde”. Usted no sabía cuándo el Señor decía: “Muévanse”. El primer elemento de la manera en que Dios dirige a su pueblo es que era un asunto impredecible. Dice: “Cuando se alzaba la nube”. ¿Y cuándo es que la nube se alza? Puede ser que se alce mañana, puede ser que se alce el año entrante. Pero si la nube está ahí, preocúpese cuando usted deje de ver la nube.
Hermano, hay veces que uno no ha sentido directamente la dirección del Señor al respecto de un asunto, pero sí ha sentido su presencia. Uno ha ejercitado la convicción de que Dios está aquí, hermano, de que Dios es real, de que él nos está dirigiendo, aunque objetivamente todavía no sepamos para dónde. Pero sabemos que estamos en sus manos. Yo me preocuparía si un día, imaginando que yo estoy viviendo con Israel en sus jornadas, un día me levanto y miro para allá, hermano, y está vacío el santuario. ¿Hacia dónde se nos fue nuestro Dios? Estamos en problemas; no vemos la nube, no vemos el fuego. Hermanos, mientras tanto los vemos, mirando, el Señor lo está haciendo.
Habían dos cosas que no dependían de ellos: no dependía de ellos el momento de partir ni dependía de ellos el momento de acampar. Hermano, la soberanía de Dios en el movimiento de su pueblo. Miren, yo he hecho paz en que Dios no está obligado a darme una revelación milimétrica de cuál es su voluntad para mi vida. Con yo saber que Dios tiene una voluntad para mi vida, basta. Hay personas que se han entregado a la ansiedad porque dicen: “Yo siento que tengo mañana que tomar un asunto y Dios todavía no me ha hablado con voz audible para decirme”. Hermano, el saber que estamos en el centro de su propósito, de su voluntad, basta.
“A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a aquellos que conforme a su propósito son llamados”. La pregunta es: ¿usted ama a Dios? “Yo tengo que mañana tomar una decisión importante, no sé encontrar ni cómo salir y siento que Dios no me ha hablado”. La pregunta clave es: ¿usted ama a Dios? Pues eso —aunque usted no sepa si izquierda-derecha o derecha-izquierda— eso ayudará a bien, eso ayudará al propósito que Dios tiene para su vida. Hermano, con yo saber que Dios me está dirigiendo, yo no tengo que ver que la nube se esté levantando, siempre y cuando sepa que el Señor dirige a su pueblo, yo estoy en paz.
Soberanía de Dios, nuestra agenda y la paciencia en el desierto
Sí, para mí es más fácil decirlo, hermano, que vivirlo. No crean que les está predicando un ángel. Frecuentemente a mí se me pone el corazón chiquito, porque yo quiero ayuda muy puntual. Yo recuerdo una persona que una vez se acercó a mí: “Pastor, yo sé que Dios… yo lo que quiero, si él me dijera que él me está mirando; yo sé que él ve. Ahora, si él me dijera a mí que él me está mirando…”. Para eso sirve la fe y la convicción, hermano, porque hay momentos en que nosotros no sabemos cómo entrar o cómo salir, pero sabemos que Dios nos está mirando. La nube está ahí, el fuego está ahí, y él no se ha ido.
Hermano, Dios estaba permitiendo moverse cuando levantaba la nube, pero no les estaba indicando hacia dónde se iban a mover. Ellos no tenían su propia agenda, Dios tenía una agenda. Uno de los impedimentos que hay para ser dirigido por Dios es que Dios no te dirige hacia donde tú quieres ir; Dios te dirige hacia donde él te quiere llevar. La realidad es que Israel, hermano, en el desierto, no sabía para dónde iba. Ellos tenían la promesa de que el Señor les llevaría a una tierra prometida, pero no conocían la ruta precisa. “Señor, muéstrame el mapa”. No había un GPS, no había un mapa. Hermano, tuvieron cuarenta años errantes en el desierto, y estaban errantes desde la perspectiva del hombre; desde la perspectiva de Dios iban por la ruta indicada.
Por la ruta del Señor, para llevarnos a su propósito a veces da vueltas, y en esas vueltas a veces uno llega a pensar que Dios no nos está dirigiendo. El Señor te está dirigiendo, aunque tú no sepas la vuelta que está dando en este momento tu vida. El asunto importante es: ¿has sido llamado conforme a los propósitos de Dios? Y si has sido llamado conforme a los propósitos de Dios, hermano, la Palabra de Dios se cumplirá en tu vida, las promesas de Dios se cumplirán. ¿Quién soy yo para hacer que mi Dios fracase, hermano? ¿Quién eres tú para hacer que tu Dios falle? ¿Serás tú el primero que podrá decir: “Wow, tengo yo el mérito de que Dios me prometió algo y no se cumplió”?
Hermano, la cosa grande, la cosa pequeña que Dios le ofreció a su pueblo se cumplirá. Cómo, eso solo Dios lo sabe, pero lo hará. La cosa que ellos no conocían, ellos estaban completamente en la mano de Dios. Sin él, hermano, ellos no sabían ni siquiera quizás regresar a Egipto. En un momento dijeron: “¿Y si vamos a Egipto?”. Pues salgan débiles, fácilmente de camino a Egipto se les sale otro pueblo y los destruye. Salgan sin rumbo. Ellos no sabían ni siquiera cómo regresar al lugar de donde salieron.
Ellos no conocían la ruta que les llevaría a la tierra prometida, ellos no conocían el tiempo que les tomaría llegar, ellos no conocían la manera precisa en que su entrada sería posible. ¿Qué hará el Señor para entrarnos, hará un ruido como hizo en aquella ciudad, o mandará un ejército como lo hizo en la otra, o mandará plagas como hizo en Egipto? Ellos no sabían la agenda. Hermano, Dios está obrando y él no reveló los detalles. Lo que Dios reveló es que ellos llegarían a la tierra prometida.
En nuestro tránsito por este mundo, hermano, a veces nosotros no sabemos cómo entrar, cómo salir; pero de que llegamos, llegamos. De izquierda o derecha, o derecha-izquierda, hermano, pero lo que Dios ha dicho sobre su pueblo se cumplirá. Yo no tengo la seguridad de los detalles minuciosos de Dios para mi vida; ahora, el plan grande general es que esto termine en victoria, hermano, y que un día yo me veré en su presencia, y que veré su rostro, y que de manera contra pronóstico yo mire para atrás y diré: “Yo no sé cómo el Señor lo hizo, pero me preservó aquí, me preservó aquí, me preservó allá y hoy estoy seguro en su presencia”.
Algún día eso sucederá, hermano. No tenemos el mapa de los detalles puntuales, pero sabemos que Dios nos está guiando. Se levantaba la nube y ellos tenían que seguir la nube. El problema del pueblo de Dios en este tiempo es que todo el mundo quiere que Dios les responda su agenda: “Señor, yo quiero que tú me digas cómo llegar a donde yo quiero ir”. Dios no te va a llevar a donde tú quieres ir; él te llevará conforme a su propósito. Cuando tú llegaste a Cristo, cuando tú te bautizaste, cuando tú fuiste puesto en su pueblo, tú estabas renunciando a tu agenda, tú estabas muriendo al mundo, estabas muriendo al ego, estabas muriendo al “yo”, estabas muriendo a tus planes particulares, estabas consumiendo el propósito de Dios para tu vida.
Ser un cristiano es no tener una agenda precisa para nuestra vida. Nuestra agenda es la agenda de Dios. No hay tres agendas en el pueblo del Señor. Nosotros tenemos una sola agenda: Dios corporativamente nos está guiando, con propósito a su presencia. Todo lo que somos llamados conforme a su propósito llegaremos a su propósito; se cumplirá en nosotros. Pero no es nuestra agenda, es la agenda suya. Yo no sé para dónde voy, el Señor sabe para dónde nos está llevando.
Mandato, frugalidad y aprender a acampar
No se preocupe. La frustración del ser humano está en que su plan puntual no se está alcanzando. Es que no se trata de tu plan, se trata de la agenda de Dios para su pueblo, y la agenda de Dios para su pueblo se alcanza. Habían dos cosas que ellos sí conocían: ellos conocían a Dios y su promesa. Al “Yo soy” que se le reveló a Moisés y que Moisés lo presentó a ellos; ellos llegaron a conocer el “Yo soy”. Y ellos le conocieron con tanto poder como Moisés, porque Dios no fue desconsiderado. Moisés conoció a Dios en una zarza ardiente, escuchó su voz y estaba temblando de miedo y la voz le habló, pero después Dios le habló a todo el pueblo.
Y desde la nube todo el pueblo, hermano, supo que ahí había un Dios que estaba hablando. Hubo truenos, Dios estaba demostrando su poder. Dios se reveló con mano fuerte a Israel. Israel conoció a un Dios poderoso y conocía las promesas tiernas de su Dios para su pueblo. Los detalles puntuales, ni ellos ni nosotros los conocemos.
Me emociona la seriedad con que ellos tomaban la dirección del Señor. Hermano, para Israel su dirección era mandato. Dice que “al mandato” —y eso lo dice tres veces. Escuche, lo dice el 18: “Al mandato de Jehová los hijos de Israel partían, y al mandato de Jehová acampaban”. Escuche cómo ellos le hablaban al movimiento de la nube, le hablaban de eso como mandato. Después reitera lo mismo el 20: “Y cuando la nube estaba sobre el tabernáculo pocos días, al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían”. Para ellos, hermano, la dirección de Dios era mandato.
Y cierra el texto en el 23 diciendo: “Y al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová partían”. Hermanos, el Señor está hablando de su dirección para su pueblo como mandato, no son sugerencias. Quiero enseñarle hoy a mi iglesia que cuando Dios le dirija entienda que no son recomendaciones generales. Dios no es un guía turístico que te va a enseñar cinco atracciones a ver en cuáles de ellas tú quisieras participar. Dios es un Dios soberano que te reclutó para alcanzar su propósito, no los tuyos. Y Dios espera que su dirección el pueblo la entienda como mandato.
Ese término “mandato” es un término militar, es un comando, es como cuando un general dice: “Fórmense”, el pueblo se pone en formación. “Marchen”, el pueblo marcha. Cuando Dios dirige, hermano, Dios manda. Deja de ver a Dios como un director general, como un consultor, como un coach; Dios no es eso. Dios es Dios, él es soberano. Cuando Dios está dirigiendo él no está sugiriendo, él está mandando. Israel tres veces dice: “Al mandato de Jehová, al mandato de Jehová”.
Lo que se requiere es una actitud alerta: si Dios está mandando, hermano, el que tiene un jefe complicado, ¿qué hace? Llega un correo del jefe y usted lo ve. Sí, hay gente que tiene jefes que son difíciles. Con un jefe difícil usted tiene el oído abierto, usted está atento, usted está en estado de alerta. Hermano, Dios requiere un estado de alerta de su pueblo. El Señor requiere de nosotros un estado de alerta. Nosotros queremos ser dirigidos, nosotros queremos ver a Dios; cuando Dios está moviendo y va hacia donde va Dios, vamos nosotros.
Y también requiere esto cierto ánimo de frugalidad. Miren, el pueblo del Señor no se mueve más con su Dios porque estamos demasiado aferrados en cada parada; nos aferramos de algo. Israel en el desierto caminó por muchos pueblos, caminó por muchas veredas, caminó por muchos lugares. Cada vez que caminaba, alguien se agarraba y se aferraba. Y Dios dijo: “Se levanta la nube, nos vamos”. “Señor, no tenemos que irnos ahora mismo, porque mira…”. “Nos vamos de verdad, Señor. Oye, pero yo tengo ya dos años aferrado a este asunto. Vamos a esperar cinco años más y nos movemos”.
Tu problema para escuchar la voz de Dios es que cuando Dios dice que te muevas tú entiendes que Dios no está hablando, porque estás aferrado a tres o cuatro cosas. La vida de un cristiano requiere cierta frugalidad, cierta capacidad de renunciar al mundo, renunciar a la carne, renunciar a la vanidad de la vida, asumir como la prioridad número uno en tu agenda el plan de Dios para su pueblo. Si tú no te has muerto a ti mismo y asumido el plan de Dios —escuchen lo que estoy diciendo— no es el plan de Dios para mi vida, es el plan de Dios para su pueblo. En este momento mi agenda es el plan de Dios para su pueblo. Tu agenda es el plan de Dios para su pueblo.
Si tú estás aferrado a algo te va a ser imposible moverte. Israel tuvo que aprender a vivir en el desierto con frugalidad, a ser errantes, a ser peregrinos, a ser extranjeros. Lo mismo le dice el Señor a su iglesia, que somos peregrinos y extranjeros en esta tierra. Hermano, no puede ser el mundo mi hogar. Dice ese himno que tanto cantamos: “No puede el mundo ser mi hogar”. Mientras más tú te aferras a las cosas de aquí más difícil será escuchar la voz de Dios, su dirección, su señal de que nos estamos moviendo.
Estamos mostrando primero que el gran asunto era imprevisto; eso podía ser mañana, podía ser en la tarde, no había agenda para cuando Dios se movía. Después muestra lo aleatorio de ese asunto, y el énfasis en todo esto está en acampar. Hermano, dice: “Al mandato de Jehová acampaban”. Lo que más se repite es acampar. Parece que las dificultades nuestras no están en entrar en movimiento; el problema del hombre no es moverse, cuando la nube se movía hay entusiasmo: “La nube se está moviendo, vámonos”. El problema es cuando no pasa nada.
Fe, paciencia y peligros de adelantarse a Dios
Miren, la vida cristiana es un asunto donde por temporadas no pasa nada. Y la gente dice: “Yo siento que yo no soy cristiano, yo siento que Dios no me ama, yo siento que Dios me abandonó porque la nube no se ha levantado”. Miren, ser parte del pueblo del Señor requiere mucha paciencia. Esto es lento. La gente que quiere vivir como en un chat de WhatsApp con Dios, conversación continua, mensajito y mensajito y Dios responde y le mando otra cosa… Hermano, no es así. Hay veces que Dios por temporadas no dice nada y todavía somos el pueblo de Dios.
A veces por un año completo, por dos años, la nube no se movía, y eran el pueblo de Dios. “Oye, ¿y el Señor nos llevará a nosotros en algún momento a tierra prometida? Porque hace rato que no nos movemos”. Pero aún eran el pueblo de Dios. Lo que nos muestran luego los versículos del 19 al 22 es que esta jornada era muy aleatoria, pero el énfasis está en que ellos acampaban. Hermano, esa paciencia es muy necesaria en la vida cristiana. ¿Tú sabes lo que es esperar dos años? ¿Tú sabes lo que es dos años sin tener dirección precisa de Dios al respecto de lo que él está haciendo? Hermano, dos años.
“No, pero yo le daría dos días, dos semanas quizás. Señor, tómate seis meses, pero por favor, si en seis meses tú no lo has hecho, yo voy a seguir mi propia agenda”. Hermano, hay veces que por dos años la nube no se movió. ¿Y qué hizo el pueblo? “Al mandato de Jehová acampaban, y al mandato de Jehová se movían”. Hermano, yo quiero animarte hoy a que aprendas a acampar al mandato de Jehová, y a que si el Señor no te ha dicho que te muevas, no te muevas, y haz la paz con eso: que por tiempo el Señor quizás no te diga nada y todavía tú eres el pueblo del Señor y el Señor está alcanzando su propósito en ti.
Ay, pero es que la gente ha relacionado el movimiento, hermano, con la espiritualidad. Piensan que lo más espiritual es movimiento. Miren, la paciencia es tan espiritual como el movimiento. Estarse quieto es reconocer que Dios es Dios; es más espiritual que un corredor continuo, sin saber para dónde vas. De hecho, si tú tienes madurez espiritual, tú tienes la capacidad de soportar con paciencia hasta que el Señor levante la nube, y si la nube se tarda dos años, espera dos años.
Dice Hebreos 6:12: “A fin de que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”. Ay, hermano, heredar las promesas del Señor requiere dos elementos: requiere fe, que Dios está aquí, y requiere paciencia, cuando Dios no se mueve. ¿Saben por qué fracasamos más en la vida cristiana? Porque nos falta la fe en que Dios está aquí y nos falta la paciencia.
Esa paciencia a veces se traduce como longanimidad, y fue gran parte del origen de los pecados de Israel. ¿Por qué pecó Abraham? El Señor le dijo que le iba a dar descendencia. “Señor, ha pasado el tiempo y no llega”. Hermano, el Señor iba a mandar a Isaac en algún momento, pero Abraham pensó: “Vamos a hacer un shortcut, vamos a adelantarnos”. Y de ahí vino una gran destrucción que ha acompañado a Israel hasta el día de hoy. Se adelantó.
Hermano, la diferencia entre un hombre y un metralla es el momento en que sale el bate; no bate adelantado a la dirección del Señor, ni bate atrasado. ¿Cuál fue el problema de Aarón, hermano? “Ay, que Moisés no baja, el Señor se ha tardado”. Y en lo que bajó, cuando bajó Moisés ya habían hecho lo hecho. La falta de paciencia produce idolatría, la falta de paciencia produce malas decisiones. ¿Cuál fue el problema de Saúl? Saúl, comenzando su reinado, estaba esperando a que viniera el profeta porque iban a la batalla y querían sentir que Dios estaba encabezando a su pueblo. En lo que llega el profeta Samuel, dice que Saúl se desesperó y dijo: “No, vamos a tener que hacer algo”, y él mismo hizo lo que no le correspondía hacer. Ahí mismo entonces llegó el profeta Samuel y le dijo: “Saúl, locamente has actuado. Si hubieras esperado un momentito, tu reino hubiera sido afirmado”.
Cuando creyentes salen despavoridos tratando de acercarse a la voluntad del Señor, hermano, su Dios está detenido en el santuario. Por mucho que usted corra, usted no va a llegar a la voluntad de Dios. Porque nosotros seguimos al Señor. ¿Para dónde tú vas a correr si Dios está detenido? ¿No estás corriendo? ¿Para dónde estás corriendo tú? ¿O tú eres más sabio que Dios, tú eres más fuerte que él, tú tienes más soberanía que Dios para poder salir delante, dejar a Dios detrás y entender que vas a llegar? Hermano, no te adelantes al plan de Dios. Es paciencia.
Quiero llevar esto, hermano, a nuestras decisiones diarias. Tenemos que tener la paciencia de que el Señor mueva la nube. Estuve leyendo ahí una historia que me edificó mucho esta semana. Era un creyente, pastor, de mucho tiempo atrás. Se llamaba Charles Simeon. Simeon tuvo un ministerio pastoral muy difícil. Él era pastor en Cambridge, en una capilla de la universidad, la capilla de la Trinidad. A él le ordenaron como pastor por la gente de esa capilla. Eran intelectuales, parece que no les gustaba el pastor que les habían mandado. Y dicen sus biógrafos que esa iglesia se opuso a su pastor durante años.
Él anhelaba pastorear esa iglesia y sentía que Dios le estaba guiando a pastorear esa iglesia. Dice él: “Muchas veces cuando pasaba por la iglesia de la Trinidad en Cambridge pensaba: cómo me gustaría que Dios me diera esa iglesia para predicar el Evangelio y ser su representante en medio de una universidad prominente, donde se educaban a los mejores y más brillantes de Inglaterra”. Él quería pastorear esa iglesia. Y el Señor en su providencia permitió que las autoridades de la Iglesia anglicana le enviaran a él, precisamente a pastorear la iglesia. Cuando llegó a pastorear la iglesia, dice que la organización eclesiástica tenía el derecho de imponer pastores y controlar los cultos dominicales, pero la iglesia local controlaba lo que pasaba en el edificio.
Ellos no podían evitar que Simeon predicara los domingos, pero podían quitar las bancas y evitar que la gente se sentara. Y cuando el pastor venía a predicar, los bancos no estaban presentes. Pero él sentía que Dios lo había llamado a esa iglesia, y la iglesia se le oponía; no querían que el pastor estuviera. Usted sabe lo difícil, hermano: como obrero del Señor usted quiere predicar, y primero solamente le dejaban pasar los domingos. Los guardias de la iglesia no dejaban entrar al pastor el resto de la semana. Por lo tanto, el ministerio de Simeon consistía en predicar a tanta gente como pudiera en los pasillos de la iglesia los domingos por la mañana y reunirse con tanta gente como pudiera en su diminuto departamento el resto de la semana. Esto resume los primeros diez años de Simeon como pastor de la iglesia de la Trinidad: diez años, hermano, en ese asunto.
Un ejemplo de paciencia: Charles Simeon
Yo estaba pensando: “No, pero ese hombre tenía medio cuerpo ya en la presencia del Señor”, porque no es un hombre natural; no opera así. Diez años, hermano, en esa zozobra. Diez años en esa inmadurez, diez años en esa indisciplina, diez años en esa oposición. ¿Usted sabe lo que es diez años predicando y cuando usted viene no están los bancos? Diez años intentando entrar a la capilla, a la iglesia a la cual le mandaron, y no poder entrar. Él dice que soportó ese asunto ahí, diez años.
El pastor Simeon se encontraba atrapado entre la espada y la pared. Había sido asignado a esa congregación por la denominación que le había hecho pastor. Él creía que había sido llamado por Dios, no solo a una iglesia, sino a esa iglesia en especial, y él quería ser fiel. Pero también amaba la iglesia y no quería montar un espectáculo en oposición que dañara la congregación. Sencillamente él no podía hacer eso. Entonces Simeon escogió beneficiar la iglesia al humillarse a sí mismo. Diez años, hermano; no estamos hablando aquí de diez días: llegó el pastor, “a mí fue que me asignaron, ¿dónde están los bancos?, esos bancos salen”. En esa situación, ahora con sus palabras, dice él:
“En esa situación yo no vi más remedio que tener fe y paciencia”. El pasaje de la Escritura que repetía en mi mente era este: “Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso”. Claro que era doloroso ver la iglesia casi olvidada, pero pensaba que si Dios daba el doble de bendiciones a la congregación que seguía asistiendo sería más provechoso que el doble de personas con la mitad de bendición. Él entendía, hermano, que predicando la mitad de la congregación en los pasillos de la iglesia el Señor podía darle el doble de bendición, y que era mejor una congregación pequeña con el doble de bendición que una congregación numerosa con la mitad de eso. Dice: “Eso me daba consuelo”.
Muchas veces, cuando me agobiaba la carga —diez años, hermano, con esa carga— Simeon perseveró. Se negó a ejercer sus derechos como ministro, y eso significaba no dar razón para separar la iglesia. ¿Por qué? Dice: “Sentía una responsabilidad permanente con Dios por esa iglesia”. Aunque podría haberse ido a cualquier lado, Simeon decidió quedarse y que lo consideraran un fracaso. Entonces se quedó durante toda su vida. Con el tiempo Dios cambió la iglesia; los corazones de algunas personas fueron movidos y disminuyó la influencia de otros que se le oponían. Eventualmente Simeon dirigió la iglesia y permaneció allí durante 54 años.
La iglesia de la Santa Trinidad lo mantuvo como su pastor hasta el día de su muerte. En el santuario de la iglesia hay una inscripción en su honor: “En memoria del reverendo Charles Simeon, miembro del Kings College, párroco de esta iglesia durante 54 años, quien, ya sea como fundamento de su propia esperanza, o como tema de todo su ministerio, se propuso no conocer cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado”.
Hermano, yo no sé en qué área de tu vida es que tú has estado esperando la dirección del Señor, pero yo sé que Dios puede dirigirte, y quizá al Señor le tome diez años darte paz, pero el Señor puede darte paz. Quizás tú seas un padre esperando que el Señor obre en el corazón de tu hijo y tu hijo no cambia, o quizá tú seas un hijo esperando que el Señor obre en el corazón de tu padre y tu padre no cambia. Simeon esperó, hermano, diez años y después de diez años tuvo 54 años de ministerio fructífero. Quizás tú seas un esposo o una esposa esperando que el Señor cambie tu cónyuge, o viceversa, quizá tú tengas ya 15 años, 20 años de matrimonio y las cosas no cambian. Simeon esperó diez años, hermano, y tuvo 54 años de feliz ministerio.
Quizás tú eres un hombre piadoso que está luchando contra la corriente del mundo, que te dice que te unas. Te recomiendo el Salmo 37, hermano: no te apresures, no te apresures. Que imitemos a aquellos que por la fe y la paciencia alcanzan las promesas del Señor.
El asunto que pasaba con la nube es que eso era muy aleatorio. Tú no podías contar con el movimiento de la nube, tú no podías ponerlo en el calendario, tú tenías que estar listo a que el Señor se tardara en diferentes períodos. Dice el versículo 19 que a veces la nube podía estar por algunos días, y dice “por muchos días”. Y dice el 20 que a veces podía estar pocos días. Dice el 21 que a veces podía ser de día y a veces podía ser de noche; era horario rotativo. Oye, qué difíciles son los horarios rotativos. La nube se movía en horario rotativo, hermano, eso era imprevisible, a veces por períodos cambiantes: dos días, a veces tardaba, a veces un mes, a veces un año.
Las aplicaciones de esto son que quien quiera hacer la voluntad del Señor tiene que estar disponible a moverse cuando el Señor quiera moverlo. Las aplicaciones de esto son que este estado de imprevisión era muy seguro para el pueblo. Hay gente que piensa que eso es una posición precaria: no tener como clara dirección. Pero eso es lo que hace, hermano, que tú tengas que tener una expectativa de fe, cultivar la fe, ahí la fe y la paciencia. Eso santifica, eso consagra, eso hace que tú madures.
Cinco recomendaciones para recibir la voluntad del Señor
Un hijo que al padre le viva al salto de la pulga, respondiéndole todas las cosas que está pidiendo, no tendrá un carácter fuerte. Un hijo con carácter fuerte es aquel cuyo padre le pueda decir: “Mi hijo, eso te va a tocar; te va a tocar en tal fecha, y por mucho que tú vayas a insistir, te va a tocar en tal fecha”. Eso hace que tú madures como creyente. Hermano, la falta de respuesta puntual, directa; la falta de movimiento, lo que hace es que ejercitemos la fe y la paciencia. Es un medio de gracia del Señor.
Te pregunto: ¿tú estás listo para recibir la dirección del Señor? “Bueno, si él me avisa con tiempo, si él me lo dice, aunque sea de jueves para domingo; si él me dice, yo me muevo”. Hermano, si tú eres del pueblo del Señor, tú no sabes cuándo tú te mueves, pero cuando el Señor se mueve, tú te mueves. A donde él vaya, vamos nosotros.
Voy cerrando, hermanos. Cinco recomendaciones para recibir la voluntad del Señor. La primera recomendación: si tú estás esperando dirección, si tú estás esperando que la nube se mueva y no se mueve, la primera recomendación que puedo darte es que entiendas que a Dios le interesa tanto tu carácter como tu destino. Dios no solamente quiere llevarte, él quiere llevarte a una mejor condición. Dios quiere llevarte a consagración. Ese tránsito de Israel el Señor lo pudo lograr en un año y lo hizo en 40. En 40 hizo la identidad de ese pueblo, hizo el carácter de ese pueblo, se reveló a ese pueblo a favor de todos nosotros.
Hermanos, que Israel tuviera 40 años en el desierto ha beneficiado a toda la cristiandad por generaciones. El Señor pudo hacer eso en un tránsito exprés: de Egipto a la tierra prometida exprés. Lo hizo en 40 años por amor a ti, lo hizo en 40 años por amor a mí, lo hizo en 40 años para revelarse a un pueblo, en 40 años fortalecer su carácter. Hermanos, las aflicciones, la leve tribulación momentánea —tantas veces he citado ese versículo— no hace más que producir en nosotros un mayor peso de gloria.
Las aflicciones en la vida de un creyente no hacen más que que ese creyente conozca profundamente a Dios. Recuerdo un libro que escribió Martyn Lloyd-Jones en medio de un tiempo de tristeza. Él le llamó al libro “Una pena en observación”. Él tenía un dolor que le atormentaba y se dedicó a ver lo que el Señor le estaba hablando a través de su dolor. ¿Qué el Señor te está diciendo a través del conflicto? ¿Qué el Señor te está diciendo a través de las dificultades? Hermanos, las dificultades para un creyente tienen un propósito. Los 40 años no son de desperdicio, son de edificación. Israel en 40 años creció como pueblo, sobre todo en su conocimiento de Dios.
Primera recomendación: entiende que a Dios le interesa tanto tu carácter como tu destino. Él no solamente quiere que tú llegues, quiere que tú llegues santificado. Él quiere que tú llegues y en el trayecto le conozcas. Él quiere que tú llegues y pasar tiempo contigo. Si a Israel lo hubieran llevado de un momento a otro a la tierra prometida, se hubiera desperdiciado la tierra prometida. Hermano, no la hubieran aprovechado. El tránsito difícil en esta jornada, en esta tierra, nos prepara a nosotros para conocer perfectamente a Dios.
Segunda recomendación: entiende que Dios no solamente te está llevando a ti, que nos está llevando a todos nosotros contigo. Por favor, tengan expectativas congregacionales de la voluntad del Señor. Entiende que no solamente hay una agenda para mí; Dios tiene una agenda para su pueblo. El Señor está moviendo su pueblo. No te preguntes tanto “qué Dios está haciendo en mí”; pregúntate “qué Dios está haciendo en nosotros”. “¿Qué Dios está haciendo en nuestra iglesia local? ¿Qué Dios está haciendo en nuestra generación? ¿Qué Dios está haciendo en nuestro tiempo?”
Hermano, no seamos egoístas. Dice la Escritura: “No mirando cada cual por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”. Entendamos que el Señor no solamente quiere satisfacerme a mí, sino satisfacernos a nosotros, dirigirnos a nosotros. Tenga una perspectiva corporativa acerca de la voluntad del Señor. Esto te llevará a que acampes y te muevas junto con otros.
“Bueno, hace mucho que yo no escucho la voluntad del Señor”. Ahora la pregunta es: ¿tú estás acampando con alguien más? ¿O estás elevado por allá, como un satélite, esperando que el Señor solo te muestre su voluntad? Frecuentemente el Señor ha mostrado su voluntad para su pueblo cuando su pueblo está reunido. En Pentecostés, cuando el Señor se derramó, el pueblo estaba unánime, juntos. Cuando fue liberado Pedro de la cárcel, el pueblo del Señor estaba orando. Cuando Pablo y Bernabé fueron apartados para la obra del ministerio, el pueblo estaba orando. Hay bendición en acampar junto con el pueblo y esperar juntos la dirección del Señor. La bendición que Dios quiere darte no es solamente para ti, es una bendición congregacional. Dios quiere bendecir a su pueblo corporativamente. Esa es la segunda recomendación.
Tercera recomendación: que tengas encendidos los sentidos espirituales. Si usted quiere saber si la nube se mueve, mire hacia el tabernáculo. La oración, la lectura de las Escrituras, el ayuno, son necesarios. Tenga los ojos espirituales, los oídos espirituales, los sentidos espirituales despiertos para que sepa cuando el Señor le está moviendo.
La cuarta: reduzca el ruido del mundo. El pueblo de Dios necesita tiempo de quietud, retiros espirituales, momentos donde el ruido se apaga y puedes escuchar la voz de tu Dios. ¿Cómo tú vas a ver si Dios te está hablando si vives con la mente a mil, pensando en mil cosas al mismo tiempo? Frecuentemente Dios ha dado dirección a su pueblo después que el pueblo se va a un lugar, se aparta durante un tiempo —un día, dos días— y después, quizá del día segundo, cuando se fue el ruido, Dios te está hablando.
La quinta recomendación es que tienes que renunciar al mundo. Recuerden lo que les mostré en la ilustración: el Señor movió la nube, pero había algunos que estaban abrazados a una mata: “Señor, ahora no es el momento de movernos”. Cuando Dios dice que te muevas, muévete. Mientras más te aferras a las cosas de esta tierra, al mundo, menos te aferrarás a la voluntad del Señor. No vas a escuchar la voz de Dios cuando te esté guiando si estás aferrado a los bienes materiales, a las relaciones, a una imagen de ti mismo, al ego, a tu propia opinión. Si estás aferrado al mundo, no estás siguiendo la voluntad de Dios.
Medios de dirección: Palabra, circunstancias e interrupciones
¿Cómo Dios nos habla, hermano, en este tiempo? No se habla como un genio. No estamos esperando que venga la nube, venga el fuego. Ya Dios lo hizo en otro tiempo. Israel no tenía lo que tenemos nosotros. Nosotros primero tenemos la presencia del Señor en nuestros corazones y después tenemos su Palabra escrita. Un pueblo del Señor tiene que permanecer en la Palabra del Señor. Salmo 119: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”. ¿Cuántas personas quieren dirección del Señor y no han encendido la luz de su Palabra? Hermano, Dios guía a su pueblo a través de su Palabra. No es la única manera, pero es la manera principal.
Dice la Escritura que es la palabra profética más segura que existe. La Palabra del Señor, hermano, es concreta, es objetiva, no subjetiva. Sí, también Dios nos habla por las circunstancias. Frecuentemente, hermano, Dios te habla por las circunstancias. Hay cosas en tu vida que te están mostrando la dirección del Señor. El asunto con las circunstancias es que por sí solas pueden ser engañosas. Hay que ponerle un asterisco ahí, porque ciertamente Dios habla por las circunstancias, pero frecuentemente la lectura que la gente da a las circunstancias no es conforme al corazón de Dios, sino conforme a su propio corazón.
Por ejemplo, en un momento David estaba huyendo de Saúl y ya los soldados estaban cansados de huir de Saúl. “Dice: ¿Cuándo es que el Señor va a levantar la nube? ¿Cuándo es que el Señor va a quitar ese hombre? ¿Cuándo es que el Señor nos va a dar paz?” ¿Cómo vive Simeon diez años ahí? “¿Cuándo es que el Señor va a cambiar el corazón de tu pueblo?” Estuvieron esperando año tras año y no cambiaba el corazón de Saúl. En un momento el Señor colocó a Saúl en una posición de debilidad y los soldados de David le dijeron a David: “David, el Señor te ha entregado a Saúl en tu mano. Es el momento; Dios está hablando por la circunstancia”. Dios no estaba hablando, hermano. Y dijo David: “Líbrame el Señor de ponerle la mano al ungido del Señor”.
Pero los soldados de David estaban claros, como que dos más dos es cuatro, de que Dios le estaba hablando por las circunstancias: “Míralo ahí, míralo ahí; el Señor lo puso”. Después David entendió por sus circunstancias y dijo: “Tarde o temprano Saúl va a terminar matándome. Lo mejor que yo puedo hacer es irme donde los filisteos”. ¿Quién dijo que Saúl terminaría matándolo? No terminó matándolo. Pero la circunstancia le daba esa señal.
Ten cuidado con las circunstancias porque son engañosas. Natán entendió por la circunstancia que Dios estaba dirigiendo a David a que construyera un templo. David mandó a buscar al profeta Natán y le dijo: “Yo tengo un plan: construir un templo”. Y eso a Natán le hizo mucho sentido: “Eso está bien, Dios te está dirigiendo, el Señor está contigo”. Y después el Señor le habló a Natán y le dijo: “Ve y dile que yo no estoy ahí, que él no me va a construir templo”.
Hermano, lo que estoy diciendo no es que cierre los ojos a las circunstancias, sino que entienda que el corazón del hombre es engañoso. “Ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina”, dice el Señor. Quien se lleva solamente por las circunstancias frecuentemente termina mirando a Dios donde Dios no está, y donde Dios está no lo encuentra. El corazón del hombre es engañoso. Por eso las circunstancias tienen que ser confirmadas con la Palabra del Señor.
También la interrupción: a veces Dios nos bloquea. Hay veces que tú estás convencido de que por ahí va la voluntad del Señor y el Señor se te atraviesa y dice: “No va”. Saulo estaba convencido de que glorificaba al Señor persiguiendo la iglesia; el Señor lo estorbó. Y después, ya siendo Pablo, varias veces quiso ir a determinadas ciudades a predicar y dice que el Espíritu no se lo permitió.
Con esto lo que quiero decir, hermano, es que Dios te habla por su Palabra, te habla por circunstancias, te habla al mismo tiempo con las interrupciones. A veces Dios habla directamente al corazón del hombre, pero cualquier cosa que no sea su Palabra objetiva debe ser confirmada en su Palabra, porque engañoso es el corazón del hombre más que todas las cosas. Es necesario que busquemos ajustar nuestros movimientos a la voluntad revelada de Dios en su Palabra. Algunos son movidos por otras fuerzas que no son la voluntad de Dios, pueden ver la nube levantada en esas cosas. Hay gente que quiere hacer despropósitos muy vergonzosos en su vida y están mirando la dirección del Señor: “No, yo creo que Dios me está guiando a eso, yo creo que veo una nube”. Confirmen en este tiempo la nube en la Palabra objetiva de Dios. Tenemos la palabra profética más segura.
Termino con el versículo 23. Quiero quitar la especulación de que Israel se estaba llevando de cualquier señal, de que cualquier señal es voluntad de Dios: “Ah, pero hay gente que dice: ‘No, yo sentí un pajarito que cantó; eso es que Dios me está diciendo que lo haga. Yo sentí una cosquillita por aquí, yo creo que el Señor me está guiando’”. Sea cuidadoso con eso, porque primero los símbolos no eran arbitrarios, eran los mismos símbolos que el Señor había estado utilizando. Y después, hermano, eran símbolos extraordinarios: eso no fue una llamita que usted vio un día, era un fuego permanente, era una nube permanente que no se iba.
Pero más que todas esas cosas, era el Señor mismo que había dado un mandamiento objetivo a través de Moisés de que él iba a hablar así. Dice el 23: “Al mandato de Jehová acampaban y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová”. Fue Dios que les dijo que se guiaran por la nube y se guiaran por el fuego. “Al mandato de Jehová acampaban y al mandato de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová, como Jehová lo había dicho por medio de Moisés”. Israel estaba siguiendo un símbolo, pero bajo una ordenanza objetiva de Dios para que siguieran ese símbolo.
Por favor, hermano, no se deje llevar de que si truena hoy Dios habló. ¿El Señor le dijo a usted eso? Porque el Señor le dijo a Israel que cuando vean el fuego y la nube se muevan. Ellos estaban siguiendo la ordenanza de Jehová como Jehová lo había dicho por medio de Moisés. Israel estaba siguiendo esos símbolos a la luz de la ordenanza objetiva de Dios. Por favor, hermano, no se dejen llevar de que si truena, si llueve, si veo una luz, si veo algo, porque fácilmente serán confundidos. El que no quiere obedecer, hermano, termina mirando a Dios donde Dios no está.
Oración final y despedida
Oro por mi iglesia para que seamos sensibles a la presencia del Señor y la atesoremos, y al mismo tiempo sensibles a su dirección. Después nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.
Ay, Señor, bendice tu pueblo hoy con tu presencia, un reconocimiento fresco de tu presencia, Señor, una conciencia de que tú estás aquí. Permite que todos estos domingos que tenemos por delante, Señor, domingo tras domingo, vengamos a tu casa de adoración con una expectativa alta de que tú estás aquí. Señor, tú te mueves en medio de la alabanza de tu pueblo. Señor, haz cosas extraordinarias, sobre todo salva, Señor; pasa gente de muerte a vida. Trae tu dirección de forma tal, Señor, que veamos evidencia de tus medios de gracia y nos gocemos con tu presencia.
Ay, Padre, cómo no pedírtelo. Mira mis hermanos que tienen diez años esperando que situaciones de sus vidas sean resueltas. Mira los otros que tienen, Señor, años luchando con enfermedades, años luchando, Señor, con deudas, años, Señor, luchando con aflicción. Cambia tú los tiempos, mueve la nube, Padre, por amor a tu pueblo. Pero mientras tanto, Señor, trae en nosotros amplia edificación. Gracias por tu Palabra inspirada, gracias, Señor, por tu tierna compañía, gracias, Señor, por tu dulce presencia. Permite que seamos el pueblo, Señor, que se mueve y acampa al mandato de su Dios. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Cristo.
Amén. Bueno, nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción. Nos vemos el próximo jueves a las 7:00 de la noche en nuestras escuelas bíblicas.