Dios les bendiga, hermanos queridos. Vayamos a la Sagrada Escritura. Le invito a que me acompañe en el libro de Job. Es Job, capítulo 19. Póngase ahí un momento sobre sus pies.
Año tras año aprovechamos el culto de resurrección para traer en la iglesia convicción y esperanza. Esto no es solamente una doctrina para creer; es al mismo tiempo algo para ponerlo en el corazón. Esta es la doctrina cristiana, hermanos: la resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Esto es lo que nos constituye la iglesia del Señor. Nosotros somos la iglesia de un Señor resucitado.
Quizá la principal diferencia entre el catolicismo romano y el cristianismo protestante es el énfasis. El cristianismo protestante ha puesto un énfasis necesario en que nuestro Señor no está en una cruz. Que esa cruz quedó vacía. La tumba está vacía. También nuestro Señor se levantó de entre los muertos, hoy vive y en este momento está presidiendo su iglesia.
Hoy estaremos tomando un texto del Antiguo Testamento para mostrar esta preciosa doctrina, hermanos. Y es que las grandes doctrinas de la Escritura usted podría predicarlas desde toda la Escritura. Así como el hecho de que nuestro Señor iba a pagar por nuestros pecados usted puede rastrearlo a través de toda la Escritura, el hecho de la resurrección también. Job, capítulo 19, hermanos. Job es uno de los primeros libros en escribirse de todo el canon de la Sagrada Escritura, y quiero que vayamos como iglesia aquí para buscar la idea central de este capítulo.
El corazón palpitante de todo este texto es esta preciosa expresión: “Yo sé que mi Redentor vive”. Leámoslo completamente desde el versículo 1 y hasta el final. Y luego entonces detengámonos; iremos ascendiendo hasta que lleguemos al centro del pasaje y nos detendremos en aquella preciosa expresión extraordinaria, pronunciada por Job en un momento de aflicción: “Yo sé que mi Redentor vive”.
Dice así la Sagrada Escritura, libro de Job, capítulo 19:
Respondió entonces Job y dijo: ¿Hasta cuándo angustiaréis mi alma, y me moleréis con palabras? Ya me habéis vituperado diez veces; ¿No os avergonzáis de injuriarme? Aún siendo verdad que yo haya errado, sobre mí recaería mi error. Pero si vosotros os engrandecéis contra mí, y contra mí alegáis mi oprobio, sabed ahora que Dios me ha derribado, y me ha envuelto en su red.
— Job 19:1-6
Aquí Job está respondiendo a sus amigos, pues después de diferentes aflicciones que le sobrevinieron en su vida, todos sus amigos sacaron sus propias conclusiones al respecto de por qué Job estaba en esa situación.
Leo ahora del 7 en adelante:
He aquí yo clamaré agravio, y no seré oído; daré voces, y no habrá juicio. Cercó de vallado mi camino, y no pasaré, y sobre mis veredas puso tinieblas. Me ha despojado de mi gloria, y quitado la corona de mi cabeza. Me arruinó por todos lados, y perezco, y ha hecho pasar mi esperanza como árbol arrancado. Hizo arder contra mí su furor, y me contó para sí entre sus enemigos. Vinieron sus ejércitos a una, y se atrincheraron en mí, y acamparon en derredor de mi tienda.
— Job 19:7-12
Está describiendo lo que Dios había hecho en él. Me ha despojado de mi gloria y quitado la corona de mi cabeza. Me arruinó por todos lados y perezco, y ha hecho pasar mi esperanza como árbol arrancado. Hizo arder contra mí su furor y me contó para sí entre sus enemigos. Vinieron sus ejércitos a una y se atrincheraron en mí, y acamparon en derredor de mi tienda.
Hizo alejar de mí a mis hermanos. Ahora, ojo, comienza a describir cómo la aflicción la experimentó en su familia: hizo alejar de mí a mis hermanos, y mis conocidos como extraños se apartaron de mí. Mis parientes se detuvieron y mis conocidos se olvidaron de mí. Los moradores de mi casa y mis criadas me tuvieron por extraño; forastero fui yo a sus ojos. Llamé a mi siervo y no respondió; de mi propia boca le suplicaba.
Mi aliento vino a ser extraño a mi mujer, aunque por los hijos de mis entrañas le rogaba. Aún los muchachos me menospreciaron; al levantarme hablaban contra mí. Todos mis íntimos amigos me aborrecieron, y los que yo amaba se volvieron contra mí. Mi piel y mi carne se pegaron a mis huesos, y he escapado con solo la piel, la piel de mis dientes. Oh vosotros, mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí, porque la mano de Dios me ha tocado.
¿Por qué me perseguís como Dios, y ni aun de mi carne os saciáis? Oh, quién diese que mis palabras fuesen escritas, quién diese que se escribiesen en un libro; que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre! Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios; al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro, aunque mi corazón desfallece dentro de mí.
— Job 19:22-27
Puede sentarse, hermanos queridos.
Nuestra introducción dice que con la victoria de Cristo sobre la muerte viene la promesa de que nos levantaremos nosotros con Él. La doctrina de la resurrección se ve en su máximo esplendor ahí; es donde más brilla la resurrección, hermanos: mi Señor levantado de entre los muertos y diciéndonos a nosotros que eventualmente nos levantaremos con Él.
Sin embargo, la luz de esta doctrina puede rastrearse desde el Antiguo Testamento, siendo motivo de consuelo y aliento para todos los creyentes. En el libro de Job encontramos una de las declaraciones más impresionantes sobre ella. Impresiona tanto por el momento en que Job la proclamó: estas eran sus convicciones antes de la venida de Cristo. ¿Qué Job estaba hablando de esto? Se parece mucho a Isaías, que antes de que Cristo se encarnara y padeciera ya estaba hablando acerca del sufrimiento de nuestro Señor, de su muerte en una cruz.
Job vio claramente la resurrección de Cristo tiempo antes de que Cristo fuera encarnado. Esto es impresionante también por el contexto en que lo hizo. Él encontró esperanza en medio de su sufrimiento al pensar en la resurrección. En este momento Job está siendo especialmente atribulado, pero al mismo tiempo está siendo especialmente consolado en la doctrina de la resurrección.
La resurrección en el Antiguo Testamento y el consuelo divino
También esto impresiona por el contenido mismo de las declaraciones. Son declaraciones muy vívidas y precisas que concuerdan completamente con las enseñanzas más amplias dadas por los apóstoles. Usted podría poner una sobre otra las cosas que Job dijo de la resurrección y concuerdan con aquellos testigos presenciales de la resurrección del Señor.
En esto a mí me maravilla porque yo veo la inspiración de las Escrituras. Yo veo a Dios detrás de las palabras. Job, por sus propios medios, no pudo haber descrito estas cosas. Evidentemente Dios estaba acompañando a Job en el sufrimiento y lo inspiró para que proclamara estas preciosas declaraciones. Es tanto el nivel de convicción y de detalle en Job y en otros libros antiguos que alguien afirmó que la doctrina de la resurrección es un cuerpo extraño en el Antiguo Testamento, pues le parecía que esas expresiones eran inconcebibles en ese momento de la historia.
Pero las mismas solamente confirman la realidad de que Dios ha estado desde la antigüedad confortando a los suyos con una esperanza que vence las aflicciones del tiempo presente y se proyecta más allá de la muerte. Como lo dijo también el apóstol Pablo en otro tiempo:
Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres. Más ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.
— 1 Corintios 15:19-20
Quisiera traer hoy consolación a mi iglesia a través de la resurrección de su Señor. Quisiera que experimentemos el poder de la resurrección en nuestro sufrimiento particular. Yo sé que no todos los hermanos tienen el mismo nivel de sensibilidad. Hay hermanos, por ejemplo, que van por la vida como que no tuvieran estorbo: caminan con cierto donaire, con cierto denuedo, como que las aflicciones pareciera que no les alcanzan. Quizá tienen la piel más dura o son menos expresivos.
Hay otros hermanos que viven en un paño de lágrimas, donde por donde quiera que se mueven hay sufrimiento, hay persecución, hay dificultades. Los unos y los otros terminarán siendo vencidos en este mundo si no miran la resurrección de Cristo. De este mundo nadie sale limpio. Usted va a caminar por las calles y encontrará la aflicción, y en algún momento usted va a poder sobrellevar eso, va a poder administrarlo, va a poder manejarlo, pero tarde o temprano experimentará en esta tierra un sufrimiento que hará que la vida misma se vuelva amarga y tendrá que buscar una confianza que está más allá de esta tierra.
Yo no sé si usted llegó ya, o si está de camino, o si lo está viviendo, pero tarde o temprano tendremos que poner en Cristo toda nuestra confianza. Yo he leído el libro de Job varias veces. A veces lo he leído más detenidamente; este año lo he leído rápidamente, y cuando lo leí rápido me di cuenta de las emociones que se fueron tornando de una a la otra en el corazón de este hombre.
En el primer momento de su tribulación, cuando le dieron la noticia —Job está en los primeros capítulos—, le dicen que sus hijos habían muerto, que su patrimonio había sido menguado, que muchas cosas le habían sobrevenido de un momento. Job responde de manera estoica: “Jehová dio, Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Y uno dice: ¡Guau, qué hombre del Señor!
Después viene el Señor y permite que la enfermedad toque el cuerpo de Job, y cuando la enfermedad toca el cuerpo de Job dice el capítulo dos: “En todo esto no pecó Job ni atribuyó a Dios despropósito alguno”. De hecho, él corrige a la esposa, que le habló como las incrédulas. Tú estás hablando mal. Dios es perfecto. Es verdad que estoy enfermo, que he perdido los hijos, pero todavía Job está resistiendo.
Ahora, tú lees del capítulo 3 al 19 y el hombre progresivamente se va volviendo un manojo de emociones. Aquel que está respondiendo en los primeros capítulos con convicción, cuando llega al capítulo 19 está ya desesperado. Aquel que inicialmente estaba administrando sus palabras en este momento le está dando “play” a todas sus emociones. Él se está quejando amargamente, y en medio de su queja más amarga entonces encuentra esta luz que resplandece: la doctrina de la resurrección.
Hermano querido, las largas temporadas de desesperación piadosa que podemos experimentar en esta tierra solamente pueden ser soportadas mirando la doctrina de la resurrección. Y es que Cristo fue levantado de entre los muertos, y para nosotros hay una esperanza que trasciende esta vida presente. Desde el texto estaré mostrando hoy: primero, lo que Job llegó a experimentar, y en segundo lugar, lo que Job llegó a conocer. Son dos grupos de cosas distintas y están separadas la una de la otra.
Primero se muestra lo que está sintiendo. En este capítulo, el capítulo 19, no se describe lo que Job está padeciendo, sino lo que él siente a la luz de su padecimiento. Ya no es lo que le pasó, sino cómo él se siente a la luz de eso.
El combo de aflicciones: palabras, juicios y redes
Comienza describiendo, por ejemplo, en los primeros versículos del capítulo 19, lo que a él le llegó de parte de sus amigos. Es como un “combo” de aflicción que viene por diferentes lugares, y Job en este momento se da el permiso de decir cómo él se está sintiendo.
Lo primero que dice de sus amigos, en los versículos 1 y 2, es que ellos le habían angustiado con sus palabras y que lo habían molido. Quizás hay alguien aquí que se puede identificar porque se ha sentido molido por las palabras de alguien. Tú estás padeciendo algo que te está desesperando, y la desesperación misma del padecimiento te carga, pero los comentarios que te vienen en el momento del padecimiento te cargan aún más.
Job dice: “Yo no solamente estoy afligido por la llaga que tengo en el cuerpo, por las pérdidas familiares que he tenido. Yo estoy afligido por ustedes, porque sus palabras me han molido”. Después que se siente molido por la palabra, dice él —parece que lo estuvo contando de manera precisa y contó cada discurso—: “Ustedes me han vituperado diez veces y me han injuriado”, dice el versículo 3.
¿Dónde está aquel hombre del capítulo dos, del capítulo 1, que decía ‘Jehová dio, Jehová quitó’? ¿Dónde está el entusiasmo, dónde está el ánimo? Hermanos, tarde o temprano a todos se nos va el vapor. Tarde o temprano todos menguaremos, todos nos cansaremos. Y aquel que comenzó con los brazos levantados, cuando vaya por el ‘round’ 7 de la vida se le caen los brazos y comienza a sentir que necesita algo más que fuerza. Lo que necesitamos, hermanos, es esperanza.
En el versículo 4 está desesperado y les dice: “Pero si yo he pecado, déjenme tranquilo, que mi pecado está sobre mí”. Yo veo a Job como el que se está removiendo un asedio de encima. Me gusta como lo traduce la Nueva Traducción Viviente: “Aunque yo hubiera pecado, esto es asunto mío y no de ustedes”. Job está diciendo: “Suéltenme. Déjenme tranquilo, déjenme en paz. Ya la llaga es suficiente, ya las pérdidas son suficientes. ¿Hasta cuándo me estarán golpeando con sus palabras?”
Hermano, ser afligido en este mundo caído es complicado por eso: porque si la aflicción fuera solamente la aflicción sería relativamente manejable, pero nosotros tenemos aflicción y comentario; aflicción y opiniones; aflicción y un mareo de gente que está alrededor tuyo diciéndote la razón de tu aflicción, y llega un momento que tú dices: “Déjenme en paz. Yo me estoy muriendo, me estoy secando. ¿Hasta cuándo me molerán con sus palabras?”
Después dice en los versículos 5 y 6 que ellos se habían sentido superiores a él a causa de la situación en la cual Dios lo puso. Él les dice: “Ustedes están engrandeciéndose ante mí, porque en este momento yo estoy siendo afligido”. Eso es lo que hace el hombre natural. El hombre natural está buscando que otro hombre natural caiga para él sentirse superior a los hombres.
Dice el 5 y el 6: “Pero si vosotros os engrandecéis contra mí…”, o sea, se están sintiendo que son más grandes porque en este momento yo estoy enfermo, estoy siendo tribulado, me estoy sintiendo desesperado y porque no puedo guardar silencio. Hago aquí una pausa, hermano: miren, se requiere mucha madurez cristiana para estar ante un hombre piadoso que tiene un largo período de sufrimiento y está expresando su malestar.
Se requiere un carácter relativamente alto para tú acompañar a una persona, no una persona que ha tenido una pérdida, sino una persona que ha tenido pérdidas consistentes. Este tipo de personas cantan su situación; ante su situación tú solamente puedes guardar silencio y decir: “Mira, no sabemos por qué ha sobrevenido todo esto, pero Dios algo está haciendo. Yo no soy un experto, yo no tengo la capacidad para ver; lo único que puedo decir es: yo soy tu amigo y estoy al lado tuyo, y estoy esperando ver lo que Dios está haciendo en ti”.
Se requiere cierto carácter cristiano, porque la tentación está en opinar, en vilipendiar, en sacar conclusiones. Eso es lo que hace el hombre natural. Job está diciendo: “En este momento ustedes están engrandeciéndose; piensan que yo he sido afligido y por eso entonces se sienten superiores a mí”.
Después de decir lo que le vino a través de sus amigos, entonces él da una lista todavía más amplia de lo que le vino, no por medio de sus amigos, sino de Dios soberanamente. Y si acaso él se podía quejar de sus amigos porque lo que le había venido era injusto, lo que viene de Dios, hermanos, no es injusto, sino soberano.
Y cuando Dios receta sufrimiento, el sufrimiento es real y duele mucho. Él primero dio una lista corta y profunda de lo que los amigos le habían hecho, y después da una lista extensa de lo que Dios le había hecho. Y si usted sentía que la llaga era difícil, si usted sentía que las pérdidas familiares eran difíciles, mire ahora el listado de cosas que él está sintiendo de parte de Dios. Dice el versículo 6: “Dios me ha derribado y me ha envuelto en una red”.
Todo creyente verdadero en algún momento de la vida tendrá este tipo de experiencia donde se va a sentir atrapado por Dios mismo. Y este Dios que estamos predispuestos a verlo como nuestro amigo, un Dios afable, a veces nosotros sentimos la poderosa mano de Dios en nosotros solamente y decimos: “Señor, ¿pero yo soy el único hijo que tú vas a castigar? ¿Yo soy el único que tú vas a zarandear? ¿Yo soy el único que tú vas a mover?”
Hay veces que el Señor nos permite experimentar el sufrimiento a un nivel tal que tú sientes que estás envuelto dentro de una red. Es un asunto del cual tú no te puedes salir. Yo sé que ustedes no son peces enredados dentro de una red, pero una red es un asunto que mientras más tú te mueves más te atrapa. Cuando tú extiendes el brazo sientes que se te engancha el brazo; cuando tú mueves una pierna sientes que la pierna queda atrapada. Eso es lo que Job está describiendo que está sintiendo de parte de Dios. Dice: “Fue Dios que me atrapó en una red”.
Parece que estoy haciendo una mala promoción de mi Dios, pero la realidad es que yo quisiera que usted tenga unas expectativas realistas de lo que es relacionarse con el Dios omnipotente. Dios está más interesado en nuestro carácter que en nuestra comodidad. Y hay veces que nosotros sentimos que el tratamiento de Dios para su pueblo es como si nos tuviera envolviendo en una red de situaciones, y las personas dicen: “Yo vine a los caminos del Señor porque me dijeron paz y tranquilidad, pero después que yo vine a los caminos del Señor yo siento que estoy envuelto”.
En los talleres de membresía, el comentario más frecuente que yo escucho es: “Wow, después que yo comencé a hacer la voluntad del Señor, siento que se me cayeron como todos los palitos de la casa. Yo siento que todo es oposición. Lo que anteriormente no molestaba, ahora molesta; lo que anteriormente estaba bien, ahora va mal”. Hay veces que un creyente piadoso se siente que está envuelto en la red de Dios.
“Dios me ha derribado y me ha envuelto en una red”, dice el 6. Después presenta en el 7 a Dios como un juez injusto. Aparece como un hombre al que le han negado su derecho. Él dice: “He aquí yo clamaré agravio y no seré oído; daré voces y no habrá juicio”.
¿Cuántas personas al día de hoy están vaciando su corazón delante del Señor y el Señor no responde? Dicen: “Señor, ¿por qué tanta injusticia contra mí? ¿Tú estás mirando esta situación? ¿Acaso tú estás ciego? ¿Acaso, Señor, no oyes? ¿Tú no ves mi agravio? ¿Tú no sientes lo que estoy sintiendo?” Hermanos, hay veces que el pueblo del Señor delante de su Dios se siente como un hombre al que le han negado un derecho, que está clamando justicia delante de un juez y el juez no oye.
El versículo 8 describe esta experiencia que uno tiene a veces en la vida: uno siente que trata de avanzar en las cosas y como que no avanzan; uno les pone fuerza y no. “Cercó de vallado mi camino, y no pasaré; y sobre mis veredas puso tinieblas”. Dios puede interrumpir el camino de un hombre. Y este Dios que uno está acostumbrado a entender como: “No, el Señor te abrirá puertas”, a veces Dios pone vallado en tu camino. Y sobre tus veredas pone tinieblas. Está diciendo: “El Señor me ha puesto oscuridad y obstáculos”.
Imagínese lo que es caminar en medio de obstáculos y al mismo tiempo de oscuridad, las dos cosas. Job siente que en su vida está tratando de avanzar y no avanza, que está buscando dirección y no la encuentra. La gloria que anteriormente lo acompañó, él que era Job: un hombre respetable, un hombre lleno de honra, un hombre con testimonio, con prestancia. En este momento dice que el Señor le quitó su gloria y la corona de su cabeza. Cualquier asunto que le generara honra y reconocimiento.
Hay veces que Dios a sus hijos los pone ahí, donde tú sientes que no hay nada celebrable en ti, que no hay nada que tú digas. Hay veces que en la vida la aflicción y la satisfacción vienen en un paquete, y tú dices: “Mira, en un lado aunque hay aflicción encuentro contentamiento en esto”. A Job le habían despojado de cualquier cosa que le pudiera dar satisfacción en sí mismo. El Señor lo está despojando poco a poco. Lo único que le ha dejado es la vida.
De hecho, él dice que lo único que salvó fue la piel de los dientes. Miren a ver si los dientes tienen piel. Dice: “Me ha arruinado por todos lados”, como un árbol me arrancó de raíz, dice el 10. Hermanos, estamos acostumbrados a esperar un Dios que hace solamente asuntos que están a favor del bienestar material de su pueblo. Yo estoy mostrando en este momento un Dios que está amando a Job adentro de una red, que está amando a Job a través de la tribulación de Job.
Dice: “Me ha tratado como un enemigo”. Mire, la cosa más dura que tú puedes tener es cuando eres tratado como enemigo de alguien que tú quieres mucho. De esa persona de la que tú te has habituado a su amor, a su afecto, a sus expresiones tiernas, en este momento te está tratando como el peor de sus enemigos. Hermano, ser un enemigo de Dios es difícil.
Porque los enemigos son difíciles según el poder que tengan. El Dios omnipotente… dice él: “Me contó para sí entre sus enemigos”. Entre un amigo mío está Dios. Él está sintiendo que él es un enemigo de Dios. En este momento muchas personas aquí… es que yo tengo que ver la gracia del Señor. Miren, cuando el Señor ha llamado a una persona para salvación, puede estar en el momento más amargo, y aun en el momento más amargo el Señor le da puerta, le da salida y le da esperanza.
Esta es la diferencia entre un creyente y un incrédulo: un verdadero creyente, en el momento de mayor aflicción, lo que hace es que crece en su conocimiento de Dios, crece en su carácter, y el impío es destruido. El Señor permite que a veces uno experimente una ensarta de asuntos que son hostiles. Y, paradójicamente, uno mira hacia atrás y dice: “Guau”. Pero solamente el hecho de que todavía yo tengo conciencia de que tengo un Redentor. A mí me emociona que después de toda esta cosa termine él diciendo que él sabe que su Redentor vive.
Es de aquel que te está golpeando, es de aquel que te está maltratando, de ese es de quien tú puedes decir: “Yo sé que mi Redentor vive y que con mis ojos veré a mi Dios”. Y de pronto tú dices: “¿Y para qué tú quieres ver a Dios después que te ha quitado la salud, después que te ha quitado los hijos, después que te ha quitado la honra? ¿Para qué tú quieres ver a Dios?” Es la paradoja de un creyente: que el Señor parece que nos está matando, pero de todos modos nosotros queremos verle.
Uno dice: “Guau, el Señor me tiene en esta situación, y de todos modos yo quiero verle”. Ahí es que uno confirma que verdaderamente es del Señor. Job hace un apéndice para decir cómo ya lo experimentó ante sus amigos. Después dice cómo lo está experimentando en diferentes áreas. Ahora va a hablar de cómo está experimentando él el sufrimiento en su casa.
Miren, las crisis siempre son asuntos multifactoriales. La mayoría de los seres humanos soportan una o dos cosas bien. De hecho, uno tiene una capacidad de aguante. Yo he visto que el ser humano puede aguantar dos cosas: un trabajo incómodo y una enfermedad. La crisis viene cuando llegan tres al mismo tiempo.
Un trabajo incómodo, una enfermedad, pero al mismo tiempo un asunto en la casa: ahí viene la crisis. Él va a describir ahora cómo está experimentando su aflicción en su propia casa. Todo esto va desde el versículo 13 hasta el 17. Dice él: “Hizo alejar de mí a mis hermanos”. Lo primero: alejó a sus hermanos. “Mis conocidos como extraños se apartaron de mí”. Esa soledad que se puede sentir a veces, esa desprotección.
“Mis parientes se detuvieron y mis conocidos se olvidaron de mí. Los moradores de mi casa y mis criadas me tuvieron por extraño; forastero fui yo a sus ojos”. Los sirvientes, está hablando aquí de sus sirvientes, de su criada; lo están tratando como si fuera un extraño, un extranjero. Hay un tipo de satisfacción pequeña que te da que por lo menos en tu casa te oyen. Tú dices: “Mira, las cosas están mal aquí y aquí, pero por lo menos yo digo algo y en mi casa me oyen”. Ni siquiera en su casa lo están oyendo en este momento.
Dice que fue un forastero a sus ojos: “Llamé a mi siervo y no respondió”. “Fulano, ven acá”, y habló con una piedra. No me interesa relajar la Escritura, hermano, pero yo quisiera como tropicalizar esto, ponerlo a un punto que ustedes puedan identificarse con lo que él está sintiendo. Si yo fuera a hacer una paráfrasis en un lenguaje popular, diría: “Tengo toda la familia en mi contra. El vigilante del edificio ni siquiera me abre la puerta. La señora que cocina en mi casa me tiene mala voluntad. La esposa hace días que ni siquiera me mira a los ojos. Ni siquiera el del ‘delivery’ del colmado me hace caso”.
Él está sintiendo como una horda de todas sus relaciones contra él. Dice, con relación a su esposa: “Mi aliento vino a ser extraño a mi mujer, aunque por los hijos de mis entrañas le rogaba”. “Aún los muchachos me menospreciaron; al levantarme hablaban contra mí. Todos mis íntimos amigos me aborrecieron, y los que yo amaba se volvieron contra mí. Mi piel y mi carne se pegaron a mis huesos, y he escapado solo con la piel de mis dientes”.
Job está describiendo una ensarta de situaciones que le han sobrevenido, y no está describiendo las situaciones en sí, sino cómo él se está sintiendo. A duras penas, dice él, salvó la vida. Hay un comentario que hizo al respecto de esto, en los años 1500, Juan Calvino, que a mí me emocionó. Dice él: “Dios permite que los hombres nos fallen, que cada uno se aparte de nosotros, para que cuanto antes podamos volver para verle a Él. En efecto, mientras tenemos algún sostén del lado del mundo, no esperamos en Dios como debiéramos”.
Hermanos queridos, a veces el Señor nos quita todo nuestro confort, nos quita toda nuestra seguridad, nos quita toda nuestra honra, nos quita todo esto para que nosotros podamos ver algo: y es que la doctrina cristiana, para saberla, uno necesita tener los ojos despejados para verla. Hay preciosas doctrinas en la Escritura, hermano, que nosotros tenemos tanto ruido alrededor que no podemos ver esa doctrina en su esplendor. Y yo sospecho que la doctrina de la resurrección es una de ellas.
De hecho, un hombre amará más la doctrina de la resurrección cuando sienta que se está muriendo, que se está desmoronando; cuando toda seguridad ha sido quitada, cuando todos sus amigos se fueron, cuando toda su honra le fue removida. Entonces Job llegó a entender que había una esperanza más allá de la muerte.
El camino de todo esto, hermanos, es que el Señor te deja como por muerto para que cuando tú te ves como medio muerto entonces puedas abrir los ojos a que hay una realidad más allá de la vida presente. Esta abundancia de bienes que recibimos del Señor podría estar compitiendo con el bien más grande que el Señor quiere darnos: que hay vida más allá de esta vida.
Job entendió esta doctrina, hermano, en medio de la aflicción. Él entendió, cuando ya solamente le quedaba la piel de los dientes, que debía haber algo más que esto. Él calculó, hermano: “Dado que Dios me ama y que Él es bueno y que me ha colocado en esto, parece que hay una vida más allá de esto, porque esta vida se está terminando”.
A mí me impresiona porque uno de los sentimientos de la larga aflicción es la futilidad: ese sentido de que la vida no vale la pena, el sentido de que nada va para ninguna parte. Y lo único que puede remediar eso… Mire, cuando tú estás muy afligido tú vas a sentir que tu vida no tiene propósito: “Mi vida no tiene sentido, nada vale la pena, mientras más me muevo más me dan”. Ese sentimiento. Lo único que puede anularlo es una expectativa más grande respecto de lo que es la vida.
Antes de esto, en el capítulo 7, dijo él: “He recibido meses de calamidad y noches de trabajo me fueron contadas”. Otra traducción dice: “Meses enteros he vivido en vano”. Esa realidad de sentir como que tu vida no va para ningún lado, que la vida no tiene propósito. Él no era un muchachito. Él siente: “Mi vida se está terminando, y así que termina. Si mi vida está terminando así, Dios tiene que tener algo más allá de esta vida. Si yo soy de Él, si Él me llamó, debe haber algo más que yo no estoy mirando”. “Yo sé que mi Redentor vive y que con Él yo me levantaré”.
Job está deseando ya que debe haber algo más que esto. La clave está en la resurrección, hermano. Lo que él está diciendo aquí es lo mismo que dijo Pablo en 1 Corintios 15:
Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres. Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho.
— 1 Corintios 15:19-20
Si solamente esperamos esto, si solamente esperamos algo para la vida terrenal, esta vida terrenal es corta y es difícil. Debe haber algo más. Mi deseo como tu pastor sería que el Señor te permita llegar a la misma conclusión de Job, sin tener que pasar por todos los capítulos que van del 3 al 18. Si tú pudieras hacer como un “shortcut” y entender: “Mira, yo debería caminar por la vida como por encima, entendiendo que nada de esto me va a satisfacer profundamente, porque hay una esperanza de vida más alta en el Señor”.
Yo creo que habría logrado el propósito. Mi deseo sería que tú no tengas que ser despojado para que te abraces de la hermosura que es la doctrina de la resurrección. Algunos dicen que esto no tiene propósito. Entonces tú lo pones y dices: “No, es resurrección”. Es un poco incómodo no conocer esto, porque entonces cuando uno está afligido uno se siente obligado a aprenderlo, y es incómodo porque tú dices: “Guau, la verdad es que yo siento que mi vida en este momento no tiene ningún sentido… pero hay resurrección. En este momento esto no va a ninguna parte… pero hay resurrección. En este momento yo siento que nada está a favor mío… pero hay resurrección”.
Y el hecho de que hay resurrección es lo que cambia todo el panorama.
Estoy casi llegando a lo que Job llegó a conocer, pero tengo que mencionar que del versículo 21 al 22 él pidió a sus amigos que ya dejen de perseguirle, pues Dios lo ha hecho. Les dice: “Miren, es tanto lo que Dios me ha dado que ya ustedes no tienen que darme más”.
Oh vosotros, mis amigos, tened compasión de mí, tened compasión de mí, porque la mano de Dios me ha tocado. ¿Por qué me perseguís como Dios, y ni aun de mi carne os saciáis?
— Job 19:21-22
Recuerdan otra persona en el Antiguo Testamento que dijo algo parecido a eso: fue Noemí. Ella dijo: “No me llamen Noemí, llámenme Mara”, que significa amargura, “porque Dios está contra mí”. El Dios que me lo ha permitido. Esta convicción la tenían los antiguos, hermanos: que hay veces que Dios parece que está contra nosotros.
Yo creo que una de las carencias de la iglesia contemporánea es que tenemos una perspectiva de la vida cristiana de demasiado confort, una perspectiva de que ser cristiano es una vida feliz, un asunto que está todo en ok, que ser cristiano es no tener enfermedad. Hermanos, ser cristiano no es eso. Ser cristiano es vivir como por muerto, entendiendo que toda una vida —la eternidad— está por delante. La expectativa de la vida cristiana es que podemos tener aflicciones en el tiempo presente, pero nos está reservada en el Señor la vida eterna.
Job lo experimentó en la tribulación. Yo quisiera que ustedes no tengan que experimentarlo para conocerlo. ¿Qué fue lo que Job entonces llegó a conocer? Desde el versículo 23 en adelante.
Job desea que su convicción quede esculpida
Me emociona que él no conoció esto porque salió de la situación. Si tú estás esperando que termine la aflicción para llegar a afirmar tu corazón en las profundas doctrinas del Señor estás perdiendo el tiempo, porque probablemente la aflicción, ya sea durante esta temporada o nunca, termine en la vida presente. Job no está reconociendo esto porque el Señor quitó su llaga. Job no está reconociendo esto porque el Señor le devolvió sus propiedades. Job no está reconociendo esto porque el Señor le dio más hijos.
No. Job está todavía en su misma miseria, pero desde aquí, como desde el pozo, él está clamando: “Yo sé que mi Redentor vive”. Aún antes de que el Señor quitara la aflicción, Job estaba reconociendo. Me gustaría que si estás en este momento especialmente afligido entiendas que no es necesario que termine la aflicción para que comiences a afirmar tu corazón en las profundas verdades del Señor.
El Señor no la ha quitado, pero ya Job lo está entendiendo. ¿Cuál es la profunda convicción? Dice:
¡Quién diese ahora que mis palabras fuesen escritas! ¡Quién diese que se escribiesen en un libro, que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre!
— Job 19:23-24
La razón por la cual está haciendo el preámbulo, hermanos, es para enfatizar lo que va a decir después. Él está diciendo: “Yo quisiera que esto se pusiera por escrito, porque esto yo lo estoy creyendo hoy y lo voy a estar creyendo dentro de 200 años”. Él está diciendo: “Esto en mí no es una convicción de temporada”. Él está convencido de lo que está por decir.
Les dice a sus amigos, que son los que lo han matado diciendo discursos en contra suya: “Si ustedes quieren, escríbanlo. Si ustedes quieren escribirlo, escríbanlo sobre piedra y pónganle plomo encima. Si ustedes quieren saber si esto es verdad para mí, pónganlo en su libro más apreciado, porque yo estoy convencido”.
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios.
— Job 19:25-26
En medio de su aflicción él está diciendo: “Yo no sé si yo voy a comer mañana, yo no sé si tendré dientes para comer, yo no sé si tendré tranquilidad, yo no sé si tendré apetito, yo no sé esto, pero hay algo que yo sé”. Y lo sé a un punto tal que si ustedes quieren escríbanlo sobre piedra. “Esto sí yo lo sé: yo sé que mi Redentor vive”.
La expresión en Job ha sido colocada de forma tal que nos dé a nosotros como un ‘shock’ de esperanza. Él está creando el contexto. Él dice: “Escríbanlo. ¡Quién diese ahora que mis palabras fuesen escritas! ¡Quién diese que se escribiesen en un libro, que con cincel de hierro y con plomo fuesen esculpidas en piedra para siempre!” Hermano, él está convencido de que lo que está proclamando no es una convicción de hoy, de mañana, no es un asunto temporal. Él entiende que esto es algo que puede permanecer para siempre, y lo que puede permanecer para siempre es:
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.
— Job 19:25
La convicción que permanece para siempre con el pueblo del Señor es que nosotros sabemos que nuestro Señor se levantó y que nos levantaremos con Él. Él dice que la escriban porque eso es seguro.
Voy a ir cada expresión, hermano, porque cada palabra aquí tiene sentido, tiene significado. Lo primero que está diciendo es: “Yo sé”, no “yo supongo”. Él no está filosofando. Los amigos de Job estaban filosofando: “Yo pienso que lo que te está pasando es esto, yo entiendo que te sobrevino por lo otro; mi opinión, mi posición”. Él no está hablando en este momento de una posición, de una opinión, de un sentimiento. Él está hablando de una profunda convicción. Lo que él está diciendo es: “Yo sé, yo sé”.
Y es que cuando todo se va, hermano, cuando se va la comunidad, cuando se va la amistad, cuando se va la sabiduría, nuestras convicciones pueden permanecer. Él está diciendo: “Esto no es algo que yo lo siento; esto es algo que yo lo sé”.
Mire, un creyente es un testimonio andante en el mundo porque en el momento de la mayor aflicción todavía hay algo que él dice que “yo sé”. De hecho, la iglesia primitiva… muchas personas vinieron a Cristo en tiempos de persecución porque no entendían cómo era que estas personas, en medio del martirio, todavía estaban diciendo: “Yo sé, yo sé”. Les decían en ese momento: “Maldice tu Dios, reniega de tu fe”, y ellos decían: “No; es que esto yo lo sé. Yo puedo perder mi vida y todavía esto lo sigo creyendo. Esta es mi profunda convicción”. Es lo que está diciendo.
Me gozo de saber cómo lo expresa también Pablo, escribiéndole a Timoteo. Decía él:
Por lo cual asimismo padezco esto, pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.
— 2 Timoteo 1:12
Ay, hermano, por favor, cuando te esté afligiendo el Señor no digas: “Yo lo siento, yo como que pienso”. Ten unas cuantas convicciones que sean como piedras en los bolsillos. Que tú puedas decir: “Eso yo lo sé. Eso para mí está escrito en piedra. Eso para mí está escrito en los libros. Eso para mí es una verdad atemporal. Eso no es un asunto de temporada; esto es algo que permanece para siempre”.
Pablo decía: “Yo sé a quién he creído…”. La palabra clave es “yo sé”. Si mi iglesia llegara a tener, hermano, aunque sean cinco convicciones de ese punto, yo creo que esta sería una iglesia madura. Cinco convicciones que sean, hermanos, como roca sólida en tu vida cristiana. No asuntos que tú estás considerando, que tú estás pensando, que tú estás persuadiendo, sino asuntos que tú puedas decir: “Mira, es algo que yo sé”. Algo que cuando ya te falta todo, de todos modos tú estás sabiendo eso.
Hay cosas que están escritas como en el corazón de las personas, ¿verdad?, que son muy profundas. Yo sé que María es mi mamá, por ejemplo. Y aunque yo sea un adulto, todavía es mi mamá. Yo no estoy diciendo: “De chiquito ella fue la que me cuidó, ella fue la que me alimentó”; yo sé que ella es mi mamá. Job llegó a decir: “Yo sé que mi Redentor vive”. Es como cuando a ti te quitan cualquier cosa, pero tu nombre tú te lo recuerdas, porque lo has pronunciado tantas veces que ese es tu nombre. Yo sé que me llamo así. Así como yo conozco el nombre de mi madre, así como yo conozco mi propio nombre, al mismo tiempo yo conozco un Redentor, y mi Redentor está vivo.
“Mi” Redentor que vive ahora mismo
Poco después él dice que lo sabe. A mí me entusiasma la forma en que se refiere a su Dios. Él dice: “Mi Redentor”. Él no está diciendo: “Yo sé que hay un Redentor”. No. Afirmo de nuevo la misma verdad: los creyentes verdaderos, siendo atribulados por su Dios, todavía mantienen con Dios su relación. “Él es mi Redentor”. El mismo que es mi verdugo es mi Redentor. Eso es lo que él está diciendo. Sus amigos no fueron los que le pusieron esta tarea; fue Dios el que lo puso en esta red. “Dejen ustedes de engrandecerse, que el único grande es Dios. Él es el que tiene el poder, Él es el que lo está haciendo”. Le dice él: “Yo sé…”. Él no está diciendo: “Yo sé que va a venir un Redentor”. No.
Yo sé que mi Redentor vive…
— Job 19:25
“Mi Redentor” es una relación personal. Está hablando de un Redentor. En el Antiguo Testamento un redentor era un familiar cercano de una persona que le podía auxiliar en un momento de desesperación. Apelo de nuevo a la historia de Rut y Noemí.
Un redentor es una persona que, cuando un familiar ha perdido sus tierras, cuando un familiar ha sido esclavizado, cuando un familiar ha sido injuriado, es una persona que podría defenderlo. Es alguien que tiene solvencia, es alguien que tiene capacidad. Es un familiar cercano con el cual tú tienes una relación. No todo familiar quería redimir; para que redimiera debía mediar relación, debía querer hacerlo.
Entre las cosas que hacía un redentor, por ejemplo, estaba rescatar financieramente al que por su mala administración haya quedado comprometido. Si una persona se endeudaba a un punto tal que tenía que venderse como esclavo, el redentor podía venir y rescatarlo. Eso era un redentor. Otra de las cosas que hacía un redentor era que podía rescatar con mano fuerte al que haya sido hecho prisionero, por ejemplo, en un conflicto bélico.
Recuerdan cuando Abraham salió a buscar a Lot: él salió a buscar a Lot porque era su pariente cercano, y lo rescató con mano dura. El Señor habla de Israel, por ejemplo, sacándolo de Egipto como si fuera un redentor que le está sacando con mano fuerte:
Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy Jehová; y yo os sacaré de debajo de las tareas pesadas de Egipto, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes.
— Éxodo 6:6
Un redentor era una persona que podía tener esa capacidad militar para rescatar a un prisionero. Un redentor era una persona que podía evitar que el nombre de alguien fuera borrado. Si alguien moría y no tenía hijos, el redentor tenía que darle descendencia. Todo eso hacía un redentor. Un redentor también, según el libro de Números, podía vengar la sangre de un inocente.
Hermano, Cristo, cuando un creyente llega a poner su esperanza en Él, lo ve como su vengador. Llega a ver a Cristo como una persona que va a pagar el precio de su libertad. Llega a ver a Cristo como una persona que le va a socorrer. Llega a ver a Cristo como su pariente redentor. Llega a ver a Cristo como una persona que no es distante, sino cercana. Llega a ver a Cristo como su Redentor. Un creyente está sufriendo, pero sabe que tiene un Redentor: “Mi Redentor”.
Ay, qué precioso sería si aquí alguien que esté escuchando hablar de redentor llegara a tener una relación con Cristo que pudiera llamarle “mi Redentor”, del mismo modo como nosotros le llamamos “mi Señor”, ese trato tierno y respetuoso que los creyentes llegamos a tener con nuestro Señor, que podemos decirle “mi Redentor”.
Job no está hablando aquí de un redentor eventual, que va a suceder en algún momento. Está hablando de un Redentor con el cual tiene una relación personal. Y lo que implica en todo esto es un reconocimiento: él estaba reconociendo su precaria condición, estaba reconociendo su incapacidad, estaba reconociendo la voluntad que tenía el Redentor por hacerlo.
Hermano, me gozo de saber que mi Dios quiere redimir, que mi Dios quiere rescatar, que mi Dios quiere pagar la deuda, que mi Dios quiere hacer todas estas cosas. Porque cuando ninguno de tus amigos quiere hacerlo, todavía nosotros tenemos un Redentor. “Yo sé que mi Redentor…”.
Algo más, hermano: el tiempo preciso en el cual Job coloca su Redentor. Él no habla de que su Redentor vivirá. Cuando tú hablas sobre Cristo no hables de Cristo en el pasado, así como los antiguos no hablaban de Cristo en el futuro. No hables tú de Cristo en el pasado. Para Job su Redentor no “vivirá”. Entiende los dos peligros. Una persona que está de este lado de la cruz tenía la tentación de poder hablar de Cristo en el futuro: “Cristo vendría”. No. Él dice: “Mi Redentor vive en este momento”. Él está hablando de Cristo en la eternidad.
Todavía Cristo no ha sido encarnado, y ya Job estaba diciendo: “Yo sé que mi Redentor en este momento, ahora mismo, está viviendo. Él está mirando, Él está atento”.
No hablen nunca de su Cristo como alguien que vivió en el pasado. Cristo es eterno, Él habita la eternidad. Hermano, Cristo no tiene pasado, Cristo no tiene futuro, Cristo no habita en el tiempo y el espacio; Él habita la eternidad. Cristo está en el pasado, en el presente y en el futuro. Por eso dice en Apocalipsis 1:17-18:
Yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Amén.
— Apocalipsis 1:17-18
Job no dijo: “Yo creo que eventualmente van a mandar un Redentor”. Él dijo: “Yo sé que mi Redentor en este momento vive”. Esta convicción en las palabras de Job… Él no está hablando de Cristo diciendo: “Yo creo que eventualmente el Señor va a mandar un libertador”. Algunos profetas vieron a un libertador distante; Job vio a un Redentor cercano. Llegó a sentir la redención como algo tan vívido, hermano, como si él la estuviera comiendo en ese momento.
Job hablaba de la promesa del Señor como si la estuviera disfrutando en ese momento, y por eso pudo sobrellevar la aflicción. Un creyente, mientras más vívida ve la promesa del Señor, más esperanza tendrá en medio de su tribulación.
Eso emociona, hermano, porque saber que hay un Redentor y que es amigable es algo que consuela. Recuerdan en aquel momento cuando Rut vino de la era, y le dijo a Noemí que había encontrado un hombre que le había mostrado su favor y que el hombre se llamaba Booz. Yo me imagino la reacción de esta mujer, que dijo:
Ese hombre es pariente nuestro, de nuestros redentores.
— Rut 2:20
Ella exclamó: “Que el Señor lo bendiga… el Señor no ha dejado de mostrar su fiel amor hacia los vivos y los muertos. Ese hombre es nuestro pariente cercano, es uno de los que nos puede redimir”.
Hermano, tú saber que hay un pariente cercano y que es un pariente cercano que te puede mostrar su favor, y que no es una relación distante, en medio de la profunda aflicción ya eso debería poder pastorearte. Eso debería poder animarte: el saber que hay un pariente redentor.
Yo quisiera que a ustedes les falte cualquier cosa, pero que no les falte la convicción de que tienen un pariente redentor. Por temporada va a faltar la salud, por temporada va a faltar la paz, por temporada van a faltar los recursos materiales, por temporada va a faltar el sosiego, la tranquilidad, hermano, pero que no nos falte la convicción de que aun en una profunda pobreza, como estaban Rut y Noemí, que quizá les faltaba hasta qué comer, estaban mendigando. En una situación mendigante, tú puedes reconocer: “Yo sé que hay un pariente redentor”.
“Se levantará del polvo” y una resurrección corporal
Ese entusiasmo: “Yo sé que mañana puede cambiar nuestra vida, yo sé que el Señor puede tornar las cosas para bien”. Y eso pasó en la historia de Noemí. En el momento en que identificaron que había un pariente redentor se les iluminó el rostro, hermano, y todo comenzó a cambiar para bien. Cuando tú entiendas que cuando se vaya el amigo, cuando se vaya el honor, cuando se vayan los recursos materiales, cuando se vaya todo, aún hay un pariente redentor, entonces tú vas a poder salir de la situación difícil.
Job, después de decir que era su Redentor, después de decir que ese Redentor vivía, entonces va a decir lo que el Redentor haría. Lo que el Redentor haría es, primero, que Él mismo se levantaría sobre el polvo:
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.
— Job 19:25
Aquí está hablando, hermano, y yo infiero, creo, que está hablando como hablaba Daniel, que Daniel hablaba de acontecimientos que eran extemporáneos, y los declaraba con precisión por la inspiración del Señor, pero Daniel no sabía lo que estaba describiendo. O Isaías: Isaías hablaba al respecto de los tormentos de Cristo de manera tan vívida que parece que lo está mirando, pero no lo veía. El Señor permitió verlo.
Job está diciendo: “Yo sé que mi Redentor se levantará del polvo”. ¿Y para qué tiene tu Redentor que levantarse del polvo? Él está hablando aquí de la resurrección corporal de nuestro Señor Jesucristo y no lo sabe. Hermanos, es que las convicciones nos llegan como luz que viene del Señor y te pastorea en la más profunda aflicción con cosas que quizás eran sorprendentes para él y le dieron aliento, y nos dan aliento también a nosotros.
Por Él mismo, dice: “El Redentor se levantará sobre el polvo”. Y en el versículo 26 dice:
Y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios.
— Job 19:26
Ya he tratado de animar a mi iglesia respecto a la resurrección. Yo quisiera decirles que Job tenía una completa seguridad de que su resurrección sería corporal. Hay muchas religiones antiguas que han tenido perspectivas más vagas de la muerte. Eso no es algo novedoso del cristianismo. De hecho, los griegos creían que el espíritu permanecía con cierta conciencia, que esto no se detenía. La eternidad ha sido colocada por Dios en el corazón del hombre, dice también su palabra.
O sea, los judíos no fueron el primer pueblo que llegó a entender que había una conciencia después de la muerte. Lo novedoso aquí es que él está diciendo: “Yo le voy a ver… y con este cuerpo que está desarmado ahora mismo, con este cuerpo que ahora mismo está lleno de llagas, con este cuerpo que ahora mismo solamente le quedan los dientes, con este cuerpo es con el que yo veré al Señor”.
La convicción de Job no era… él estaba contando con un cuerpo, hermano, un cuerpo real, un cuerpo de verdad. Él no aspiraba a ser un espíritu consciente en el Seol. De hecho, algunos judíos tenían ese entendimiento de que después de morir uno iba a un lugar que se llamaba el Seol y los espíritus se quedaban ahí como flotando, con una conciencia pero sin manos, sin pies, sin torso. Él está diciendo: “Este cuerpo que está en este momento enfermo, destruido, que está como un árbol que ha sido arrancado, con este cuerpo yo veré a mi Dios”. Es una convicción profunda en una resurrección corporal.
Miren, los cristianos cuando hablamos de la resurrección no estamos pensando en que hay una conciencia después de la muerte. Lo que nosotros creemos es que este cuerpo nuestro, que en algún momento ha venido del polvo, se va a reconstituir. El Señor nos dará un nuevo cuerpo, y al mismo tiempo creemos que ese cuerpo será mejor, tal como lo explican las epístolas en el Nuevo Testamento.
Esta era también una diferencia principal entre fariseos y saduceos en tiempo de Cristo. Había una discusión. Una facción de los judíos decía que había vida en un cuerpo después de la muerte; había otra facción que negaba la resurrección.
Esa facción que decía que íbamos a resucitar definía resucitar como reunir el cuerpo con el espíritu. Eso es lo que es resucitar. La muerte es la separación entre el cuerpo y el espíritu. Cuando ves un cadáver, un cadáver es cuerpo sin espíritu. El espíritu se fue, la parte inmaterial ya no está ahí. Esto que vivifica al hombre, que lo mantiene despierto, se va. Eso es la muerte: la separación entre el cuerpo, el envase, y la parte inmaterial. La resurrección es la reunión de estos dos elementos.
Había dos facciones entre los judíos. Una facción eran los fariseos. Los fariseos decían que había resurrección, que eventualmente tendríamos un nuevo cuerpo y que tendríamos una vida de privilegios en un lugar junto con nuestro Dios. Eso creían los fariseos. Los saduceos, por el contrario, decían que no había resurrección, que el Señor tenía un trato con su pueblo que era como que trató con un pueblo hoy; mañana va a tratar con tus hijos, después con tus nietos. Seguimos siendo el mismo pueblo del Señor, pero un saduceo decía: “El trato que Dios tiene con mi bisnieto es como si lo tuviera conmigo”.
Esto tiene implicaciones políticas. Los saduceos, por ejemplo, decían que hay que vivir el aquí y el ahora. Se aliaban con Roma y trataban de buscar el mayor beneficio material que pudieran conseguir en su tiempo. Los fariseos, por el contrario, decían: “Si hay que sacrificarse, nos sacrificamos, porque hay vida después de la muerte”.
Con esto les indico, hermanos, que la doctrina de la resurrección no es un capricho. Si usted cree en la resurrección, tendrá una perspectiva temporal distinta a si usted no cree en estas cosas. Job creía que sí, que había una vida después de la muerte, y que sería en cuerpo, hermano, porque las almas sin cuerpo son fantasmas. Él no está pensando en una existencia fantasmagórica después de que la llaga lo consuma. Está diciendo: “Si acaso la llaga me consume, el Señor me dará de nuevo un cuerpo, y en mi carne yo veré a mi Dios”.
En las tres afirmaciones continúa ahondando todavía más. Dice:
Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro…
— Job 19:27
Este asunto de que no es un nieto mío que va a ver al mío Dios. “Soy yo el que lo voy a ver por mí mismo. Mis ojos lo verán”. Y después, por si hay duda, si alguien está pensando, él dice: “Y no otro. Soy yo que lo voy a ver”. Él no está aspirando a que figuradamente vería a Cristo. Hay gente que habla de las promesas del Señor como que son asuntos así, figurados: “Bueno, el Señor en un tiempo, hermano, yo creo que las promesas del Señor se cumplirán, y que yo gustaré de sus promesas con un cuerpo”. Eso creemos los cristianos.
Él no aspiraba a verle figuradamente, hablando corporativamente, por un descendiente. Tampoco está hablando de la reencarnación. He escuchado esa doctrina oriental de la reencarnación, de que las personas después se mueren, van a otra parte, pero sin conciencia. O sea, tú no recuerdas. Él está diciendo: “No; yo le voy a ver. Yo voy a tener conciencia”.
La resurrección es distinta a la reencarnación, porque cuando tú resucitas, tú resucitas en un cuerpo que es distinguible, y tú tienes memoria, y tú tienes pasado. Un reencarnado no tiene ese pasado. Hay gente que piensa en la reencarnación y piensa como que las personas van mutando de una cosa a la otra. Él lo que dice es: “Yo le veré. En mi cuerpo le veré. Yo le veré con mis ojos, y no es otro el que lo va a ver: soy yo mismo el que lo veré”. Esta es la convicción: es una resurrección corporal.
Voy cerrando, hermanos, porque dice el versículo 27: “Aunque mi corazón desfallece dentro de mí”. Esto es una descripción real de lo que es la vida cristiana. Si tú llegaste hasta aquí esperando: “Wow, y a partir de este momento en que Job reconoció eso, entonces ya se resolvieron todas las dificultades, ya le restauró la salud, ya le devolvieron los hijos, ya volvió el patrimonio, ya volvió la honra, ya volvieron los amigos”… No, hermano. Después que Job dijo eso faltan todavía veintitrés capítulos de aflicción.
Convicciones firmes en medio de una realidad que no cambia
¿Cómo te lo digo, hermano querido? Tú puedes tener unos niveles de convicción que están al día de hoy en nivel 10 y una realidad material que está en el piso -5. Hay personas que piensan que cuando maduren espiritualmente entonces todo se va a tornar bien y ya todo se resolvió. Puede ser que sí, puede ser que no. En este momento Job llegó a comprender cosas que anteriormente no conocía, llegó a tener un nuevo conocimiento, pero todavía tiene la llaga, su cuerpo todavía tiene la tristeza en su corazón.
Él no lo niega; por eso él dice: “Aunque mi corazón desfallece dentro de mí”. Hermano querido, en un creyente a veces llegan primero las convicciones, y puede ser que después lleguen las satisfacciones. Al final, ya en el último capítulo del libro de Job —veintitrés capítulos después, donde Job vuelve y se queja por momentos, donde Job a veces desfallece pero vuelve y se levanta— entonces aparece el Señor y restaura a Job, restaura sus bienes materiales y le coloca una mejor posición que la que tenía anteriormente.
Con esto te diré, hermano, que no estés esperando madurar para no tener tribulación. Hay veces que el Señor permite que tú llegues a tener una doctrina a nivel 10 y tu realidad material todavía esté en el piso -4, pero todavía somos el pueblo del Señor. Job materialmente no mejoró mucho al principio, pero creció en sus convicciones.
Hermano, yo quisiera alentarles por último en que probablemente la tribulación que están teniendo hoy la vayan a tener mañana. Es probable que algunos de nosotros muramos con alguna de las tribulaciones con las cuales hemos vivido siempre. Por eso estas convicciones no han paseado durante nuestra existencia terrenal. Nosotros podemos terminar creyendo.
Me gustaría que leamos todos juntos, hermano, esta misma convicción que fue la convicción que le permitió a Job encontrar sosiego y aliento en medio del momento difícil. Son los versículos 25 y 26:
Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios.
— Job 19:25-26
Job no ha sido sanado; Job no ha sido restaurado. Ahora Job comenzó a madurar en medio de su enfermedad y tribulación. Job pudo manifestar: “Yo sé que mi Redentor vive…”.
Oro por todos ustedes para que la doctrina de la resurrección les pastoree en medio del momento de tribulación.
“Mírenos, Señor, a todos nosotros en nuestros diferentes momentos. Mira esta leve tribulación de momento, Señor, que a veces se queda con nosotros como una nube negra que nos acompaña durante días, semanas, horas y a veces meses. Permite, Señor, que en la más profunda oscuridad podamos ver la doctrina de la resurrección que emerge y resplandece.
Permite, Señor, que en medio de la red podamos clamar como estaba clamando Job. Permite, Señor, que cual Jonás desde el pez podamos nosotros desde la aflicción proclamar nuestras firmes convicciones. Permite, Señor, que hoy este pueblo madure respecto de una esperanza eterna. Señor, enséñanos que hay vida después de la muerte, que si acaso se ha perdido este cuerpo ahora mismo no es fracaso.
Trae esperanza, Señor, trae convicción. Ay, Señor, cómo no pedírtelo: permite, de manera providencial, Señor, que nosotros seamos cuidados en la tribulación, que sean gratos los dichos en nuestra boca, Señor, que sean correctas nuestras decisiones, Señor. Mira cómo el pecado acecha para, en medio de la aflicción, ponernos la oportunidad. Permite, Señor, que si somos afligidos seamos afligidos, pero seamos afligidos en santidad y en convicción.
Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.”
Nuestro ministerio de adoración nos despide con alabanzas.