Después de 10 años de predicación, este púlpito hermano, yo no encuentro otra cosa por predicar que no sea de mi Señor Jesucristo. Le invito a que abra sus Biblias, me acompañen al Evangelio de Mateo. Vayamos hasta Mateo, capítulo 16. Les invito a que se pongan un momento sobre sus pies para leer la sagrada Escritura.
Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas.
¿Y vosotros, quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
— Mateo 16:13-16
Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos. Hay dos áreas en las cuales todo discípulo de Cristo debe aspirar a crecer. La primera gran área en la cual un discípulo de Cristo debe aspirar a crecer es tener cada vez un conocimiento más perfecto, más claro, más cabal acerca de quién es nuestro Señor Jesucristo. Año tras año, un discípulo debería aspirar en su corazón a conocer un poco mejor a nuestro Señor Jesucristo, y este es un proceso que nos tomará toda la vida.
Usted tiene ya un conocimiento de mi Señor Jesucristo, si usted es un creyente. Pero es un conocimiento que debe ir creciendo año tras año. Usted debería tener una apreciación más clara acerca de la persona de nuestro Señor Jesucristo. Y la segunda área en la cual todo discípulo de Cristo debería crecer es que todo discípulo de Cristo debe aspirar a tener año tras año un entendimiento más claro de qué es la iglesia de Cristo.
Quizás son estas, hermanos, las dos grandes patas del caminar cristiano. Lo primero es entender quién es Cristo y lo segundo entender qué es la iglesia de Cristo. Y esta porción de la Escritura, Mateo capítulo 16 desde el versículo 13 y hasta el versículo 20, es un muy buen punto de partida para mostrar quién es nuestro Señor Jesucristo y qué es la iglesia del Señor.
La pregunta decisiva de la vida
Dice, en nuestra introducción, que cuando nuestro Señor llegó a la mitad de su ministerio público, después que ya tenía un gran tiempo, había dado gran parte de su enseñanza, había realizado grandes milagros, fue con sus discípulos a un lugar distante y tranquilo para confrontarlos con la pregunta más importante que un hombre puede recibir en esta tierra. La pregunta más importante que un hombre puede recibir en esta tierra es: ¿Y ustedes, quién creen que soy?
La manera en que se responde esa pregunta es decisiva, con implicaciones eternas. Nos coloca en uno de dos lugares: o entre el común de los hombres que han visto en Jesús un gran personaje de la historia, como fue Juan el Bautista, como fue Elías, como fue Jeremías o alguno de los profetas; o le coloca entre el grupo de quienes, providencialmente, sus ojos espirituales han sido abiertos y ven en Él al Cristo, al Hijo del Dios viviente.
Son dos grupos posibles: usted hoy está en el grupo de la humanidad que ve en Jesús un gran personaje histórico, o usted está hoy en el grupo de la humanidad que ve en Él al Cristo, al Hijo del Dios viviente. Quienes están en este segundo grupo componen la iglesia del Señor, un gran edificio que le tiene a Él como su firme fundamento.
Y en este encuentro trascendental de Cristo con sus discípulos se nos muestra, en primer lugar, la necesidad de tomar parte con relación a Jesús. En segundo lugar, lo sobrenatural del hecho de llegar a conocerle. Y en tercer lugar, las tres cosas que es Cristo para su iglesia: su fundamento, su arquitecto y su guardián.
Yo quisiera confrontar hoy a mi iglesia y a esta congregación que está aquí reunida con la misma pregunta con que confrontó el Señor a sus discípulos: ¿Quién creen ustedes que es Jesús? La mejor pregunta que podemos hacer es esa. La mejor pregunta no es: ¿Estás tú congregándote en una iglesia? ¿Eres tú un cristiano? ¿Estás tú madurando en la vida cristiana? Todas esas preguntas pueden ser importantes, pero la pregunta buena, la pregunta fundamental, aquella pregunta que todo hombre en algún momento debe poder responder es: ¿Quién es para ti Jesús?
No hay punto medio con Jesús
En este momento Cristo está pasando balance a la primera etapa de su ministerio. La primera etapa del ministerio de nuestro Señor Jesucristo fueron grandes enseñanzas y grandes milagros y prodigios. Y Él está preguntando a sus discípulos a ver si han tenido el correcto aprovechamiento del ministerio de nuestro Señor: ¿Quién dicen ustedes que soy yo?
Lo que está por venir, lo adelante en el ministerio de Cristo, es sufrimiento, sufrimiento y padecimiento. Pero antes de comenzar a hablar de sufrimiento y padecimiento, el Señor quiere preguntarles: ¿Quién han llegado ustedes a entender que soy yo? Él introdujo la pregunta primero preguntando acerca de qué dice la gente que soy yo. Pero después entonces los fue confrontando hasta que yo imagino al Señor mirando a los ojos directamente a sus discípulos y preguntándoles: ¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?
Yo creo que esta pregunta es buena tanto para los creyentes aquí congregados como para las personas que vinieron hoy a responder una invitación. Que nadie se vaya de este auditorio en esta mañana sin haber respondido esta pregunta. La pregunta es: ¿Quién es para ti Jesús?
Yo quisiera mostrarle que estamos llamados a hacer algo con lo que hemos recibido de Él. Que la predicación cristiana tiene un propósito, que la enseñanza cristiana no es solamente filosofía que ha sido lanzada al aire. La meta de todo esto es que todo hombre esté preparado para responder hoy esta pregunta, y eventualmente, en la presencia del Señor, quién es para ti Jesús.
Cuando hago estos espacios es porque quiero que la congregación piense. Yo quisiera que ustedes hoy traten de responder la pregunta. Ustedes han escuchado hablar de Jesús, quizás han leído las Escrituras, quizás visitan una iglesia o quizás hasta son parte de nuestra congregación regular. Es posible que usted sea ya un miembro de nuestra iglesia local, pero me interesa en sobremanera que todos podamos hoy responder la pregunta: ¿Quién es Jesús?
En esta pregunta no hay respuesta de punto medio. Con relación a quién es Jesús, el Jesús de la historia, en esto no hay ambivalencia: todo hombre está en un punto o está en el otro. No responder la pregunta no es una opción. Sería fácil decir: Yo no voy a tomar partido, algunos dicen una cosa, otros dicen otra. El asunto es: ¿Quién dices tú que Jesús es?
Jesús no acepta la indecisión
Algunas personas han apostado al punto medio, a la indecisión, a la ambivalencia de decir: En este momento no me siento preparado para responder la pregunta, yo quisiera dejar el asunto inconcluso. Jesús, fuera quien fuera, en algún momento todos lo sabremos. Estoy de acuerdo contigo: en algún momento toda rodilla se doblará ante el nombre de Jesús. Pero el momento bueno de responder la pregunta es ahora, porque esta pregunta tiene connotaciones eternas. Poder reconocer a Jesús marca la diferencia.
Si habías aspirado a salir por la tangente diciendo: Yo no voy a responder en este momento la pregunta, déjame decirte que el mismo Jesús dijo en Mateo 12:30 que la indecisión no es una opción.
El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no recoge, desparrama.
— Mateo 12:30
Estoy polarizando los grupos en este momento: no hay aquellos que han reconocido a Jesús como el Cristo, aquellos que han reconocido a Jesús como un personaje histórico y los indecisos. Solamente hay dos grupos: usted entiende que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, o usted entiende que Jesús es un personaje nada más. La indecisión en este momento no cuenta. Dijo el Señor que el que con Él no recoge, desparrama, y que el que no es con Él, contra Él es.
Diferentes personas tienen diferentes connotaciones acerca de quién es mi Señor Jesucristo. Para muchas personas, mi Señor es un punto de referencia, sí, un punto de referencia de qué es la verdad, para algunos. Para otras personas, Cristo es el destino de una adoración etérea, impersonal. Como fuimos creados para adoración, necesitamos adorar a alguien, entonces tenemos un Jesús.
Todo hombre que es relativamente coherente debe concluir que Jesús es un personaje histórico. Esto no está en discusión. De hecho, es el personaje histórico mejor documentado por sus amigos, sus enemigos y sus indecisos. Todos los hombres de su tiempo hablaron de un tal Jesús. Ahora, quién usted concluye que es ese tal Jesús tiene implicaciones.
¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?
— Mateo 16:13
Las tres respuestas que dan los discípulos pueden englobar la totalidad de la humanidad.
Más que Juan, más que Elías, más que Jeremías
Hay hombres que han concluido que Jesús es la persona más influyente que hayan conocido. Dicen los discípulos: Unos dicen que Jesús es Juan el Bautista. Están pensando que Juan, que había sido decapitado, volvió a vivir. ¿Y por qué? Porque Juan el Bautista fue el personaje más influyente que ellos llegaron a conocer.
Por ejemplo, Juan el Bautista tuvo un ministerio con alcance regional, un reconocimiento público, reconocido por las autoridades políticas, las autoridades religiosas y también por el pueblo llano. El mayor hombre de su tiempo contemporáneo que ellos habían conocido era Juan el Bautista. Entonces, concluyeron que Jesús era Juan el Bautista.
¿Quién es para ti Jesús? Quizá para ti Jesús es el personaje más grande que tú has conocido. Eso se escucha precioso, eso es bueno y es verdad, pero Jesús es algo más. Y quisiera llevar cada vez la congregación a un punto más cercano. Algunos concluyeron de Jesús que era alguien tan influyente como Juan el Bautista. Pero no, Jesús es diferente a Juan el Bautista.
De hecho, el mismo Juan el Bautista dijo que él estaba predicando para arrepentimiento, era un bautismo simbólico lo que él hacía, pero que después de él vendría uno que estaría bautizando con Espíritu Santo y fuego. O sea que si tú has concluido que Jesús es un personaje tan relevante como Juan el Bautista, Juan el Bautista no lo consideraba tan relevante como él. Decía Juan el Bautista que él mismo no era digno de desatar la correa de su calzado.
Algunos dicen que Jesús es como Juan el Bautista, pero el mismo Juan el Bautista está diciendo acerca de mí que él no era digno ni de mi calzado. Ese trabajo de desatar la zapatilla de una persona era el trabajo de un esclavo, casi del esclavo de menor jerarquía en la casa. Juan el Bautista entendía que él no era ni siquiera como el esclavo de menor jerarquía delante de Jesucristo. Subamos entonces el estándar, porque Jesús no es Juan. El mismo Juan el Bautista dijo que Cristo era mucho más: él dijo que él era el heraldo, pero que Cristo era el Rey.
Otros dijeron: ¿Quién dicen los hombres que soy yo?, dice Él. Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías. Y decirle que Cristo era como Elías, eso era un piropo muy grande.
Los milagros como señales del Cristo
Elías fue el profeta más poderoso que conoció la antigüedad. Los grandes milagros del Antiguo Testamento fueron hechos por Elías. De hecho, Elías es un antes y un después dentro del Antiguo Testamento. La cantidad de milagros, en volumen, en esplendor, en renombre, que se hicieron en los tiempos de Elías, eso es incomparable a cualquier otro tiempo profético.
Cuando están diciendo que Jesús es como si fuera un Elías, están diciendo: es el hombre más poderoso que nosotros hemos conocido. Era un gran piropo, pero insuficiente. Mira, Elías fue tan poderoso que él predijo la sequía y después le dijo al rey: Ahora va a llover, y llovía y dejaba de llover cuando el Señor hablaba por medio del profeta. Fue tan poderoso que en un momento fue alimentado por cuervos, revivió al hijo de una viuda, derrotó a los profetas de Baal.
Era tan fuerte el ministerio de Elías, hermanos, que fue arrebatado al cielo y no vio la muerte. Decirle a una persona: Mira, Él es como Elías, eso pareciera que es el non plus ultra de lo que tú puedes decir acerca de Jesucristo. ¿En qué sentido Cristo era diferente a Elías? Es verdad que Elías hizo muchos milagros; el Señor hizo más milagros que Elías. Sin embargo, los milagros de Jesús tenían una particularidad con relación a los milagros de Elías, y es que los milagros de Jesús no eran solamente manifestaciones de su poder, sino que eran señales para revelarse a los hombres.
Cuando Cristo hace un milagro, no solamente estaba haciendo algo a favor de la humanidad; estaba haciendo algo para abrir los ojos de la humanidad. Usted no debería ver los milagros de mi Señor Jesucristo solamente como actos providenciales a favor del bienestar material del pueblo. Los milagros de mi Señor Jesucristo eran señales poderosas de que Él era el Cristo, el Hijo de Dios, de que Él era uno que era distinto a Elías y a cualquier otro profeta.
El Evangelio de Juan describe una gran cantidad de milagros, es milagros detrás de milagros, milagros detrás de milagros. Pero cuando Juan terminó su Evangelio, una de las últimas cosas que Juan dijo fue:
Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro; pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.
— Juan 20:30-31
Las señales que apuntan a una gloria mayor
Usted ve los milagros de Elías y usted no es salvo por ver los milagros de Elías. Pero si usted, a través de los milagros de Cristo, llega a entender que Él es un hombre singular, que en Él hay más que el poder que había en Elías, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, entonces creyendo en Él usted llega a tener vida eterna. El propósito de los milagros del Señor es distinto al propósito de los milagros de Elías, porque los milagros de nuestro Señor Jesucristo todas eran señales ilustradas de las cosas que había en Él, que anunciaban que Él era Dios.
Uno de sus primeros milagros, por ejemplo, fue cambiar el agua en vino. ¿Qué anuncia cambiar el agua en vino? ¿Que Él tiene el poder para hacerlo? No. Anuncia que lo que hay en Él es mejor que lo que había antes. Lo que había antes era el viejo sistema de la ley, el sistema levítico. Y cuando Él cambió el agua en vino, Él está demostrando que lo que hay en Él es mejor, es superior, es mucho más deseable que cualquier cosa que hubiéramos probado antes. Cristo no solamente está multiplicando el agua en vino, Cristo estaba enseñando que en Él hay un momento, una dispensación que es mucho mejor que la dispensación anterior.
En otro momento vino el Señor Jesucristo y alimentó a cinco mil. Y uno dijo: ¡Guau, qué bueno, el Señor comenzó una ONG ahora! Estará dando panes para alimentar a cinco mil. No. Después estas mismas personas vinieron a buscarle y Él no quiso volver a alimentarles. El propósito del Señor no era desarrollar un activismo social para que entiendan que yo doy panes y doy peces. No. El Señor quería que entiendan que Él tenía poder, potestad para saciar verdaderamente el hambre que hay en el corazón del hombre, sin importar que sean unos cuantos o que sean cinco mil. En Cristo hay suficiencia.
Después Él dijo: Yo soy el pan de vida. Si usted solamente comió los panes y comió los peces, entonces usted se perdió el propósito principal de ese milagro del Señor, porque el propósito principal de ese milagro del Señor era mostrar que Él también puede satisfacer el hambre espiritual que hay en el corazón de los hombres.
Ver más que el milagro: ver al Cristo
Después vino mi Señor y curó a un ciego de nacimiento. Y usted dice: Guau, eso nadie lo había visto. De hecho, las autoridades religiosas de su tiempo estaban sorprendidas, le preguntaban al muchacho: ¿Qué fue lo que Él te hizo, qué fue lo que pasó? Ellos estaban maravillados del milagro, pero había algo más detrás del milagro. Era mostrar que el Señor puede, figuradamente hablando, abrir de par en par los ojos de los hombres de forma tal que puedan verle a Él, el esplendor, y que viéndole entonces tengan vida eterna.
No es solamente hacer un milagro para recuperar la vista, porque si no, los oftalmólogos podrían dar salvación. Lo que el Señor da es algo que va más allá de la vista física o material. El Señor está mostrando que Él tiene poder para abrir los ojos físicos y también espiritualmente. Les dijo a los hombres que vinieron a preguntarle que ellos estaban ciegos por el pecado.
Uno de sus milagros más contundentes fue levantar a Lázaro de entre los muertos. Y usted me dice: ¿Qué es lo siguiente, va a levantar a todos los muertos que han vivido alguna vez? El propósito no era dejar los sepulcros vacíos. El propósito era demostrar que Él tiene poder en este tiempo y más allá de la muerte, que Él es aquel que dice: Lázaro, Lázaro, ven fuera. Y hasta la muerte tiene que obedecer.
El propósito del milagro no era solamente devolverle a Lázaro unos cuantos años más, porque Lázaro eventualmente murió, como morimos todos los hombres. El propósito del milagro era levantar un muerto físico para demostrar que los muertos espirituales también, en Cristo, pueden tener vida.
Unos dicen que Juan el Bautista; otros dicen que es Elías. Las dos cosas, hermanos, le repito, son elogios, son expresiones interesantes acerca de quién puede ser Jesús, pero insuficientes. El tercero, hermanos: primero Juan el Bautista, unos dicen como el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas. ¿Y por qué Jeremías? Ah, ¿pero por qué no mencionó Jonás, por ejemplo? Es que para un judío Jeremías llenaba los cánones de lo que un profeta cualificado debería verdaderamente ser.
Mencionar a Jonás quizá podría levantar alguna objeción, porque Jonás, bueno, fue un profeta que profetizó a un pueblo extraño, es un profeta trabajoso. Ahora Jeremías, ese era el profeta que llenaba las expectativas. Para algunos, Jesús es la persona más influyente; para otros, es la persona más poderosa; aun para otros, es la persona que llena las expectativas de un verdadero profeta. Si alguien es bueno, debe ser como Jesús. Si alguien es grande, debe ser como Jesús. Si alguien tiene cualidades morales, Jesús. Pero Cristo es algo más. ¿Por qué Jeremías también se queda insuficiente?
Cristo superior a todo profeta
Miren que Jeremías era un profeta poderoso. Todo lo que profetizó Jeremías se cumplió. Cada vez que Jeremías habló, el Señor lo hizo. Y no eran ni profecías de que: No, que el Señor dice que tú te vas a mejorar un poquito. No. Eran asuntos contundentes: en tal fecha va a suceder esto, y sucedía.
De hecho, a Jeremías en algún momento lo apresaron porque decían: Este hombre está operando en contra nuestra. No, en contra de ustedes no, es que ese es un verdadero profeta del Señor, que cuando habla las cosas suceden. Jeremías profetizó por largo tiempo, era considerado entre los judíos como profeta mayor. Un profeta mayor no era mayor de edad, sino que desarrolló un ministerio muy dilatado, un ministerio muy extenso, y en todo ese ministerio, momento tras momento, el pueblo vio el poder y la mano del Señor detrás de Jeremías.
Decir que Jesús era como Jeremías, están diciendo: Él es uno de los profetas, tan grande como los profetas de la antigüedad, o Jeremías u otro profeta. ¿En qué sentido Cristo es superior a Jeremías y a cualquier otro profeta más? Miren, cuando Cristo hablaba, Él no hablaba en nombre de Dios solamente, Él hablaba como Dios. Decían los que le conocían: Es que Él habla como quien tiene autoridad.
Cuando un profeta decía: Dios me ha enviado y yo les digo esto de parte de Dios; después decía: Bueno, me voy. No. En un momento uno de sus discípulos dijo: Muéstranos al Padre y nos basta. Y Él le dijo: Felipe, pero hace rato que estoy con ustedes, ¿y todavía tú quieres ver al Padre? Jesús está diciendo que Él es lo mismo que el Padre. Ningún profeta de la antigüedad se endilgó el tener la misma cualidad de Dios. Cristo hablaba como si fuera Dios.
Oh, pero Él perdonaba los pecados como si fuera contra Él. En un momento le trajeron a un hombre y le dijo: Tus pecados te son perdonados. Oh, pero ¿quién eres tú para perdonar los pecados? Es que los pecados están ante mí, que soy el acreedor, la deuda está conmigo. O sea, Él es el acreedor de la deuda, y Él puede perdonar la deuda. Y después les dijo: Para que vean que el Hijo del Hombre tiene poder no solamente para perdonar los pecados, levanta tu lecho y vete.
El Señor lo hace así. El milagro demuestra que tiene poder sobre lo físico, sobre lo espiritual. Cristo hablaba como Dios, actuaba como Dios, se movía con ese donaire que era como si tú estuvieras viendo a Dios en medio de nosotros. De hecho, Él mismo se atribuyó superioridad antes de cualquier profeta.
En un momento estaban hablando y Él les dijo: Miren, a ustedes no les será otra señal que la señal de Jonás, y es más, uno mayor que Jonás está delante de ustedes. Y con Salomón, la reina de Sabá y tal cosa; después dice: Y uno superior a Salomón está en medio de ustedes. O sea que Cristo es superior a los profetas, Cristo es superior al rey más magnífico, de mayor esplendor, que ellos llegaron a tener. Cristo era superior a Salomón, Cristo era superior a Jonás.
Después estaban hablando de Moisés y Él dijo: No, pero Moisés fue de mí que escribió. Yo dicté, yo inspiré lo que Moisés escribió. Moisés era gran cosa, señores. Moisés escribió Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio y sacó al pueblo de Egipto. Y Cristo está diciendo: Todo eso que Moisés escribió fue de mí que él estuvo escribiendo.
Jesús, el alfa y la omega
¿Él va a dejar algo con cabeza este hombre, si es un hombre? ¿Va a dejar algo sin cabeza? Ya dijo que era mayor que Jonás, mayor que Salomón, mayor que Moisés. No, pero lo último: que mayor que Abraham. Dice Él: Abraham, el patriarca, se gozó de cabría de ver el día del Señor, y ese era mi día. O sea, está diciendo que Abraham se estaba gozando en su día, que Él es superior a Abraham.
Es que Cristo no es Juan el Bautista: es superior a Juan el Bautista. Cristo no es Elías, más poderoso que Elías. Y Cristo no es un profeta: Él es el que mandaba a los profetas. Los profetas iban, salían, entraban en nombre suyo. Él es Dios.
Cualquier entendimiento de Jesús que sea comparable a otro personaje de la historia, eso es insuficiente, por bonito que suene. Cristo es singular. Jesús es único, irrepetible, no habrá otro como Él. Usted busca en Génesis, comienza: En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Después Juan dice que todo fue hecho por Él, y de poco a Apocalipsis en la consumación de la historia vuelve y enseña a Jesucristo. O sea, Cristo es el que comienza, desarrolla y termina la historia. No hay nadie como Él, ni habrá nadie como Él. Él es el Alfa y la Omega, principio y fin.
¿Quién es Jesús? Vuelvo y le pregunto: ¿Un hombre más, un personaje histórico? Eso es insuficiente.
Después de haber especulado qué dice la gente acerca de quién es Jesús, entonces ahora ya tuvieron que responder.
Él les dijo: ¿Y vosotros quién decís que soy yo?
— Mateo 16:15
Esta es la pregunta que le haría temblar la sangre a cualquiera. Ok, ustedes han convivido conmigo, han visto mis milagros, han escuchado mi enseñanza, han estado comiendo, viviendo conmigo, se mueven como mis discípulos, van conmigo a todas partes. ¿Cuáles son sus conclusiones después de mi primera parte del ministerio? ¿Quién dicen ustedes que yo soy?
Pedro confiesa al Cristo
Yo creo que hay razones por las cuales es necesario hacernos esta pregunta aún entre creyentes. El Señor está tomando un riesgo grande aquí, porque fácilmente se lleva un desencanto. Yo mismo me lleno de temor y temblor al preguntarle a mi iglesia quién piensa mi iglesia que es mi Señor. ¿Un gran maestro? Ay, hermano, no, no me entristezca. Si después de 10 años todavía entendemos: Jesús es un gran maestro, hermano, hemos estado cavando en piedra.
Yo pienso en el Señor: Oye, hay que ser fuerte para preguntarle a sus discípulos: ¿Y ustedes quién dicen que soy? Fácilmente se lleva aquí que batean de foul con facilidad, hermano. Oh, pero les estoy diciendo que Felipe, después de tanto tiempo con Él, le pidió que le mostrara al Padre. Tomás le dijo: Yo tengo que ver las marcas de su mano y su costado, tengo que poner el dedo ahí, ahí donde estaba el clavo, poner mi dedo; cuando yo lo vea, entonces yo creeré. Eso dijo Tomás.
Después el Señor lo reprendió:
Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.
— Juan 20:29
Tomás todavía quería poner el dedo. Quien respondió fue Pedro. Y lo que Pedro respondió, hermanos, eso fue un honor en su ministerio. Oye, yo quisiera que el Señor nos permita a nosotros tener como esos momentos de luz, donde tú, por revelación del Señor, tú hablas y tú… Óyeme, qué personaje es Pedro, hermano. Pedro, un personaje que da una respuesta tan contundente como esta, y después, no cuántos versículos luego, miren esto curioso.
Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
— Mateo 16:16
Guau, Pedro, pero por los 400. Es una respuesta con seguridad, con visión, con claridad, con precisión, ese tipo de respuesta que un creyente maduro da. Él no dijo: Me parece, podría ser. No, no: Tú eres el Cristo.
Entonces le respondió Jesús:
Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
— Mateo 16:17
Guau, Pedro. O sea, un dominicano diría: Te la comiste, Pedro. Yo creo que los discípulos que estaban al lado dijeron: Guau, Pedro, qué bueno que respondiste tú, porque mira, yo mismo estaba pensando… ¿No te ha pasado que a veces usted sabe una respuesta correcta y está buscando explicarla, y cuando trata de explicarla enreda entre las patas a los caballos?
Quizás nosotros también teníamos una respuesta a quién era Jesús, pero había que arriesgarse a que te reprendieran en un tema sensible como ese. Pedro se arriesgó, hermano, y la sacó por los 400. El Señor le dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque eso no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Guau, Pedro.
Vayan unos cuantos versículos después, comenzando el 21:
Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día. Entonces Pedro, tomándole aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. Pero Él, volviéndose, dijo a Pedro: Quítate de delante de mí, Satanás; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
— Mateo 16:21-23
Un creyente como nosotros: firme y vacilante
¿Y qué hombre es este, hermano? Un creyente común y corriente, paradigmático, que se parece a nosotros. Esos somos nosotros: un creyente cuyas fortalezas de sus convicciones frecuentemente contrastaban con su carácter, porque Pedro era impulsivo. Fue el mismo que cortó una oreja en un momento.
Que la fortaleza de sus convicciones frecuentemente contrastaba con su dependencia a los asuntos terrenales, porque parece que Pedro tenía cierta debilidad hacia los asuntos materiales. Él está reconviniendo al Señor: Eso no te va a pasar a ti. Él mismo trató de que eso no le acontezca. El Señor le dijo que él estaba aferrado a las cosas de la tierra.
En otro momento el Señor estaba hablando de desprendimiento y preguntó Pedro: ¿Y qué de nosotros, que lo hemos dejado todo y te hemos seguido, qué pues tendremos, qué hay para mí? Él está diciendo… Pedro era un discípulo que tenía una convicción en el nivel 100, pero al mismo tiempo cancaneaba de vez en cuando, estaba aferrado a asuntos.
Y su constancia, hermanos, dejaba mucho que desear, porque en el momento que había que decirlo, no delante del Señor, sino delante de los hombres: Él es el Cristo, el Hijo de Dios… huyó. Bueno, esos somos malos creyentes: tenemos unas convicciones claras, pero no necesariamente nuestro carácter, no necesariamente nuestra dependencia al Señor, no necesariamente nuestra constancia anuncia el nivel de nuestras convicciones.
Pero Pedro en este momento tiene claridad meridiana. Pedro dijo lo que cualquier persona tiene que decir para ser salvo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Tú no eres Juan el Bautista, tú no eres Jonás, tú no eres un profeta, tú no eres Moisés, tú no eres Jeremías, tú eres singular, tú eres Dios mismo, el Hijo del Dios viviente.
Esta respuesta de Pedro impresiona, porque las diferentes opiniones que tenía la gente no afectaron la convicción que él tenía. Yo sé que alguna gente dice que tú eres Juan el Bautista, yo sé, pero para mí tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Es un creyente que cree, hermano, en medio de una multitud de incrédulos, en medio de un grupo de gente que no han tomado una resolución acerca de quién es Jesús. Un creyente dice: Ya yo tomé mi decisión. Otro toma otra decisión, otro cree. Usted puede creer lo que usted quiera, pero para mí Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Estoy medularmente convencido de eso. Ese es un creyente verdadero.
Aunque había opiniones divergentes, Pedro sabía en quién había creído. Me impresiona que él habla de esto, hermano, no como una opinión. Pedro no está intentando poner la respuesta correcta a un examen. Es como una persona que conoce esa respuesta, que la habita. No es una persona que está discutiendo, en un examen, cuál es la respuesta correcta que tú pusiste. Dejen de discutir que la respuesta es esa. Pedro sabe cuál es la respuesta del examen.
Yo me reía la semana pasada porque estaba corrigiendo exámenes en una materia que estuve dando en el seminario. Los estudiantes me mandaron su examen y tuve que corregirlo. Hay unos estudiantes, a veces, que una pregunta de falso y verdadero me la convertían en un desarrolla. Una pregunta de falso y verdadero: me ponían “verdadero” y un párrafo: “Esto es verdadero por la razón esta, esta, esta”. Pero si tú estás seguro de que es verdadero, pon verdadero. Ese tipo de persona es el que quiere que el profesor vea por qué es que está poniendo verdadero. Si es de selección múltiple, el examen no desarrolla el punto. Es selección múltiple: ¿cuál es tu selección?
Pedro en este momento no es ambivalente: para él, Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. ¿Quién es el Cristo? El Cristo, entre los judíos, era aquel en el cual se cumplían las profecías. El Señor se había encargado por más de 600 años de darle profecías al pueblo judío acerca de quién iba a ser el Mesías que iba a ser enviado. Mesías y Cristo significan lo mismo.
Profecías que señalan al Mesías
Hay un conjunto de profecías que se llaman profecías mesiánicas, que nos dicen dónde iba a nacer el Señor, los milagros que iba a hacer el Señor, los padecimientos que iba a padecer, la muerte que iba a experimentar y también su resurrección. Y en Cristo las profecías se cumplieron milimétricamente, las grandes profecías y las profecías chiquitas. Decían las profecías de la tribu en que iba a nacer, de la familia en que iba a nacer, el nombre que iba a tener, el momento en que iba a nacer. La profecía te decía el precio por el cual le iban a vender, y eso es difícil de establecer. Trate usted de estimar el valor que tiene una vida de aquí a 100 años: por cuánto van a vender a alguien.
Un profeta lo había dicho. Isaías, hermanos… si usted quiere saber por qué Pedro decía que Jesús es el Cristo, acompáñenme al libro de Isaías, miren Isaías 53. Cada vez que tengo que hablar de las profecías mesiánicas, no puedo dejar de leer Isaías 53.
El profeta Isaías, 600 años antes de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo, describió vívidamente el tipo de padecimiento que Cristo estaba en este momento por comenzar a experimentar. Isaías no conoció presencialmente a Cristo, vivió 600 años antes de Él. Pero 600 años antes el Señor documentó, por medio de un profeta verdadero, el profeta Isaías, la crucifixión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Dice Isaías, 600 años antes y sin ser un testigo presencial:
¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de Él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en Él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de Él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados.
— Isaías 53:1-5
¿De quién ustedes creen que está hablando? 600 años antes.
Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros. Angustiado Él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes; y por la rebelión de mi pueblo fue herido. Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.
— Isaías 53:6-9
Jesucristo: Jesús, el que es el Cristo
¿De quién están hablando ahí? De Jesús, 600 años antes de que naciera. Crucificado entre ladrones. Cuando murió, un hombre rico pidió su cuerpo, lo puso en una tumba nueva de un rico. Porque la profecía se cumple o se cumple.
Los discípulos de Cristo creían que Él era el Mesías no solamente porque estaban emocionalmente impresionados de este hombre que nos ha dado un trato tan magnífico, que nos ha dado un trato tan acogedor, que nos trata con tanto cariño. No. Lo que los discípulos de Cristo vieron cuando comenzaron a seguirle, sobre todo aquellos que inicialmente habían seguido a Juan, es que en Él se estaban cumpliendo las profecías. Cuando salieron a buscar a otros, dijeron: Ven y ve, hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés. Hemos encontrado a Jesús, hemos encontrado al Mesías.
Con esto quiero mostrarle que la convicción de Pedro no era solamente que él estaba impresionado del Maestro, sino que Pedro estaba convencido de que en Él se habían cumplido las profecías. Tengo que añadir que el mismo cielo habló y dijo:
Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a Él oíd.
— Mateo 17:5
Los discípulos de Cristo estaban convencidos de que Jesús era el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Con todo esto, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándolo a padecimientos. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada. ¿Quién es este? Es Jesús.
Por eso los discípulos de Cristo no le decimos simplemente “Jesús”; preferimos decirle “Jesucristo”. No está mal decirle Jesús. Jesús es su nombre. Pero decir “Jesús” le dice a los historiadores: Jesús, el hijo de María, Jesús, el hijo de María, el que padeció en tiempo de Poncio Pilato. Eso dicen los historiadores. Ahora, los discípulos de Cristo saben cómo se referían a Él: Jesucristo. Jesucristo significa Jesús, el que es el Cristo.
¿Quién dicen ustedes que yo soy? Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
— Mateo 16:15-16
No solamente su nombre, también su título: el Hijo del Dios viviente. Bienaventurado eres, Simón Pedro, dice Él, porque eso no te lo reveló carne ni sangre.
Les he estado mostrando, hermanos queridos, en primer lugar, la necesidad de tomar partido con relación a quién es Jesús. Si usted todavía no ha tomado partido, o si usted piensa que todavía no ha tomado partido, ya tomó partido: no elegir es elegir.
El que conmigo no recoge, desparrama.
— Mateo 12:30
O usted cree que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y actúa en consecuencia, o cree que es como Juan el Bautista, como Elías, Jeremías o alguno de los profetas. Los cristianos no creemos que Jesús es un profeta: nosotros creemos que Él es Dios mismo hecho hombre. Por eso hablamos de la encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
Ver a Cristo es un milagro del cielo
Después Cristo le dijo a Simón que esto era un hecho sobrenatural. Mire, nosotros no hemos llegado a ver a Cristo porque somos más inteligentes que nadie. Yo todavía estoy maravillado de que yo haya llegado a ver que Jesús es Cristo. Hermano, un creyente vive deslumbrado ante esta realidad de que estaba muerto en sus delitos y pecados y, providencialmente, sus ojos fueron abiertos y vieron a Cristo en su esplendor.
Yo me pregunto por qué familiares míos directos, que tenemos la misma composición genética, para mí Cristo refulgente, para ellos se ve apagado. Yo veo a Cristo, hermano, en 3D, en vivo y directo, en toda su gloria y su esplendor. Y mis familiares que no han creído ven a Cristo todavía como un gran maestro. Y digo: ¿Y cuál es la diferencia? Es que los ojos de uno fueron abiertos providencialmente, y todavía hay otros que permanecen en sus delitos y pecados, en su ceguera espiritual.
Para usted poder ver a Jesús como el Cristo, sus ojos tienen que ser abiertos.
Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
— Mateo 16:17
Ay, si aquí hay alguien que ha visto a Cristo, no a Jesús; si hay alguien que en Jesús vio al Cristo, Él lo vio porque el Padre celestial, desde el cielo, abrió su entendimiento. Por eso la salvación es un milagro, porque los hombres más sabios de esta tierra todavía no lo han visto.
El mismo Señor, impresionado, dijo:
Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños.
— Mateo 11:25
¿Quiénes son los niños? Aquellos que tienen la suficiente humildad para reconocer su soberbia, reconocer que han estado obrando por sus propios medios, reconocer que han sido sabios en su propia opinión. Un niño tiene una capacidad de humillarse y de aceptar simplemente: Mira, lo que me dijeron, eso es. Gloria al Señor que algunos sabios de esta tierra, poderosos intelectualmente, todavía en esto son ignorantes, y hay personas indoctas que son sabios para saber lo que alcanza para salvación. Gloria al Señor por aquellos cuyos ojos fueron abiertos.
Si tú has visto hoy a Cristo, entiende que el cielo está conspirando a tu favor. Yo miro atrás, yo puedo recordar la temporada de mi vida donde yo vi en Jesús al Cristo. Yo me emociono, porque yo recuerdo esa temporada en mi vida. Y yo tengo que ver a Dios, desde los cielos, que me estaba llamando.
Yo no recuerdo el momento puntual, hermano, yo vine al Señor muy temprano, pero recuerdo una temporada donde yo comencé a leer las Escrituras con hambre, con sed, con deseo. Yo recuerdo aquellos tiempos de apagón, donde uno veía las cosas con lámpara. Yo, con lámpara, leía la Biblia, y mientras más la leía yo veía a Cristo en el Antiguo Testamento, yo veía a Cristo en los Evangelios, yo veía a Cristo en las cartas pastorales, yo veía a Cristo en Apocalipsis. Yo no podía dejar de ver a Cristo. Ahora entiendo que el Señor había abierto mis ojos de par en par.
Quiere el Señor hoy abrir los ojos de alguien, para que entienda que en Jesús hay algo más, no que en Jesús hay alguien más. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Bienaventurado eres si hoy tus ojos, que anteriormente estaban cerrados, pueden ver a Cristo en su santidad, en su gloria, en su majestad y esplendor. Bienaventurado eres si tú puedes decir: Jesús no es Juan el Bautista, ni Elías, ni Jeremías. Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Es un conocimiento que viene de lo alto, es algo que ha estado oculto.
El efecto de ver a Cristo: denuedo y obediencia
Cerraré mostrando lo que dijo después Cristo de su iglesia, pero les digo el efecto de la revelación de Cristo. Los creyentes, normalmente, cuando sus ojos han sido abiertos, usted tiene como un denuedo especial para tomar partido. Antes, no venir a Cristo, uno se siente un poco vergonzoso, y dice: Yo como que estoy creyendo, pero todavía estoy ahí. Pero mira, cuando Cristo ha abierto tus ojos, tú dices: Aunque me maten, Él es el Señor, Él es Cristo.
Los discípulos dijeron: Nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y hemos oído. Es que si Él es el Cristo. Saulo vio al Cristo resucitado y tuvo que cambiar su trayectoria. Si tú has visto realmente en Jesús al Cristo, tú vas a tener una convicción, un denuedo especial, una resolución de obediencia que tú no sabes de dónde sale. Eso viene desde arriba. Es una convicción que quizás se ve, como dicen, desde afuera, por las señales, pero proviene desde adentro. Hay algo que nos nace desde el corazón.
Y es que definitivamente en Jesús hay alguien más. Jesús no es un hombre común y corriente. Jesús brilla; para un creyente Jesús brilla. Él está en gloria, Él es absolutamente poderoso, sobre todo. Él es el Señor. Y eso es algo que como que nos nace a los creyentes, y las personas muy corrientes ven esto y dicen: Pero ¿qué es lo que ustedes tienen, que están como impresionados? Porque hay otros personajes históricos.
Cuando tú pones a Cristo, un creyente ve a Cristo tres pedestales más para arriba que cualquier personaje histórico. Que tres pedestales: Él fue quien hizo el pedestal. La creación es suya en su plenitud, el mundo y los que en él habitan.
Lo que dijo Cristo después, en el versículo 18, realmente es:
Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.
— Mateo 16:18
Pedro fue el que respondió, y a Pedro fue que el Señor reconoció. Entonces se ha debatido mucho: ¿Cuáles son las razones por las cuales el Maestro se refirió a Pedro directamente y no a los demás discípulos? A que los demás no hablaron. Pedro habló. ¿Quién fue que dijo que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente? Pedro. Y los demás guardaron silencio.
Entonces Él, usando un juego de palabras con su nombre, y dicen algunos historiadores, utilizando el entorno que estaba lleno de rocas, utilizó esto para afirmar la verdad fundamental del cristianismo. La verdad fundamental del cristianismo es Cristo: que Jesús es el Cristo.
Lo que está diciendo: Pedro, sobre esa piedra, sobre esa roca, sobre eso que tú acabas de decir, que eso es como una piedra muy grande, es como una roca muy amplia, una roca muy importante, sobre eso que no puede ser movido estará edificada mi iglesia.
Cristo, fundamento, arquitecto y guardián
¿Cuál es la roca sobre la cual está edificada la iglesia de Cristo? La iglesia de Cristo es la comunidad de personas que han sido reunidas a la luz de una convicción singular. Y la convicción singular que tenemos los que componemos la iglesia de Cristo es que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Cualquier otra doctrina cristiana está encima de esa doctrina principal: que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Hay personas que han argumentado que la roca del cristianismo es Pedro. Y si Pedro es la roca, hermano, ¿en qué manos estamos? Si estamos fundamentados sobre Pedro, temblemos. O sea, si nosotros hemos fundado la iglesia sobre Pedro, temblemos.
Pedro mismo presentó a Cristo como la piedra principal y a los creyentes como piedras vivas, cuando escribió su primera carta. Pedro dijo que Cristo es la piedra angular y nosotros somos piedras vivas en la edificación del Señor.
En su primer sermón después del día de Pentecostés, Pedro dijo que Cristo es la piedra, que Cristo es la roca, que Cristo es el fundamento. Efesios 2:20 dice que el fundamento, la piedra principal de todo fundamento apostólico, es Cristo.
Pedro dijo que Cristo fue una piedra desechada por los edificadores, y sobre esa piedra que desecharon los edificadores, Cristo ha constituido su iglesia.
Algo aún más sobrecogedor es que estas mismas promesas que le están dando a Pedro, aunque parecen promesas muy amplias, están disponibles para todos los creyentes. Eso mismo que el Señor le dijo, eventualmente lo repitió a todos los creyentes:
De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra será desatado en el cielo.
— Mateo 18:18
Hay personas que han llegado a entender que Pedro tuvo un poder singular. No. Pedro tuvo el mismo poder que tenemos todos aquellos que confesamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Se le recordó a él en ese momento porque fue el que dijo la expresión contundente y fundamental: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.
Cualquier otro fundamento que usted entienda que sostiene la iglesia de Cristo es incorrecto. He aprovechado este año 10 para mi iglesia para decirle a mi iglesia otros fundamentos incorrectos para la iglesia del Señor, aparte de Pedro. Porque a mí Pedro no me preocupa, o sea, eso es un asunto inverosímil. Me preocupan otros supuestos fundamentos.
Mira, la iglesia cristiana está fundamentada sobre Cristo mismo. El axioma fundamental del cristianismo es que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Pero muchas congregaciones al día de hoy están establecidas quizás sobre la elocuencia de un predicador. Un predicador elocuente no es el fundamento de una iglesia. El fundamento de una iglesia es Cristo.
Hay otras iglesias que han sido mal fundamentadas en lo impresionante de un edificio físico. ¿Cuántas catedrales al día de hoy están en ruinas? El fundamento de la iglesia no es lo impresionante de su edificio físico.
¿Cuántas iglesias están fundamentadas al día de hoy y descansan sobre el dinamismo de un programa, donde no hay baches, donde todo es dinámico, donde se mantiene la atención del oyente? El dinamismo en un programa no es el fundamento de la iglesia. El fundamento de una iglesia es Cristo.
La prestancia de las personas que se congregan tampoco fundamenta la iglesia. “Esa es una iglesia sólida porque ahí hay mucha gente que tiene muy buen testimonio y personas que tienen prestancia social”. Ese no es el fundamento de la iglesia. Lo único aquí que tiene prestancia es Cristo. Cristo es lo único que es suficiente.
Las tres cosas que es Cristo para su iglesia: en primer lugar nos dice que Él es su fundamento. Sobre esa roca, ese fundamento, esa expresión de que yo soy el Cristo, el Hijo de Dios, yo la edificaré. Lo segundo, Él es su arquitecto. Él es quien la está edificando, nosotros no edificamos la iglesia; nosotros somos edificados en la iglesia. La iglesia es del Señor; Él la compró a precio de sangre y añade todos los días a su iglesia a aquellos que han de ser salvos.
Una casa en construcción guardada por Cristo
Esto es un edificio, un edificio vivo, que está en constante construcción. Por eso les doy aquí una alerta a los creyentes: nosotros vivimos en una casa en construcción. Y vivir en una casa en construcción tiene su particularidad. Nosotros tenemos que aprender a convivir con que aquí hay gente que no está terminada. Alguien se sorprenderá y dice: Guau, pero esta iglesia del Señor… aquí estamos patinando. Esa iglesia, el otro también. Hermano, aguántese. Es que el Señor nos está edificando sobre Él mismo. Él es fundamento, nosotros somos piedras vivas del edificio de Dios. Pero esta casa está en construcción.
Por eso les decía en los anuncios de hoy que si usted conoce esta iglesia hace 10 años, conózcala de nuevo, porque no es la misma iglesia. Yo no soy el mismo pastor, usted no es la misma persona. Si el Señor está obrando con nosotros, nosotros somos diferentes y año tras año nos vamos mejorando.
Cristo está edificando su iglesia, Él lo está haciendo: Él está añadiendo, Él está corrigiendo, Él está consagrando, Él está santificando. Y me emociono saber que también Cristo está guardando su iglesia. Él dijo que ni aun las puertas del Hades prevalecerán contra ella.
Los judíos entendían que el Hades era el lugar al cual iban los muertos. Cuando Él dice que ni aun las puertas del Hades, está diciendo: Vengan a buscarlo. La iglesia está constituida por un grupo de personas que entienden que Cristo venció a la muerte, que para nosotros ya no hay condenación, que nuestra vida está segura en Cristo, que la eternidad ha sido puesta en nosotros. Ya nosotros, por fe, estamos sentados en gloria en las regiones celestiales con Cristo. Ni aun las puertas del Hades prevalecerán contra ella.
Ninguna otra institución de este mundo ha recibido esa misma promesa. Hablaba ayer con una persona que trabaja en una empresa grande de este país, y yo le preguntaba: ¿Qué tal la empresa, cómo está? Me decía la persona: “Las cosas no están bien, han habido despidos, líneas de producto…”. No recuerdo bien lo que me decía, pero la sensación que me dio es que las cosas no están bien.
Mira, las empresas más sólidas de este mundo quiebran. Las economías más estables de esta tierra quiebran. Los gobiernos que más entusiasmo generan en los seres humanos al tercer año desencantan. Pero el Señor ha dicho de su iglesia que ni aun las puertas del Hades prevalecerán contra ella. Qué seguridad, qué confianza nos da, hermano, el saber que nosotros somos la iglesia del Señor, la única institución que tiene la promesa de que ni aun las puertas del Hades prevalecerán.
En 10 años esta iglesia local ha demostrado que ni siquiera nosotros podemos contra la iglesia del Señor. Miren, nuestros egos no han podido destruirla, nuestra experiencia no ha podido destruirla, nuestros desaciertos no han podido destruirla, nuestra falta de devoción no ha podido destruirla. Nuestros pecados no han podido destruirla, hermano; nuestra debilidad no ha podido destruirla.
Yo edificaré mi iglesia, dijo el Señor, y ni aun las puertas del Hades prevalecerán contra ella.
— Mateo 16:18
Nos movemos a los siguientes 10 años de la iglesia confiando en que la iglesia del Señor prevalecerá. Si somos el pueblo del Señor, somos guardados en Él, somos fundamentados en Él y somos edificados por Él.
Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Quiere el Señor que alguien hoy haya abierto milagrosamente sus ojos y pueda ver a Cristo en toda su gloria, en todo su poder y en todo su esplendor.
Llamado a responder y seguir al Cristo
Estaré orando por toda la congregación. Después de orar, todas las clases de niños vendrán, estaremos hoy todos reunidos cantando nuevamente “Su pueblo dice gracias”. Ahí donde están, cierren sus ojos un momento y permítanme orar por ustedes.
Si hay alguien que aquí hoy ha podido ver a Cristo en su gloria y esplendor, yo lo invito a que se humille delante de la poderosa mano de Dios que abrió sus ojos. Si hay alguien hoy que sintió el llamado del Señor, yo lo invito. “Si escuchareis hoy mi voz, no endurezcáis vuestros corazones”, dice la palabra de Dios.
Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.
— Juan 17:3
Él dijo de sí mismo:
Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí.
— Juan 14:6
Si alguien hoy ha recibido la predicación del Evangelio y ha podido ver a Cristo en su gloria, más grande que Juan, más grande que Elías, más grande que Jeremías, y ha podido ver a Cristo en su gloria y su esplendor, yo lo invito a que proceda en consecuencia: a profesar su fe, a manifestar que él sabe que Jesús es el Cristo, a hablar de las aguas del bautismo y a seguir a Cristo en su vida como su Señor y su Salvador.
Si Jesús es quien dijo que era, hay que hacer lo que Él dijo que se haga. Si Jesús es quien dijo que era, tenemos que hacer lo que Él dijo que se haga.
Señor, te pido por todo este pueblo que está aquí reunido, te pido por la iglesia y te pido por los que todavía no han creído, Señor. Y aun te pido por los que creerán por el testimonio de ellos, como lo hiciste tú. Permite, Señor, que los ojos de alguien hoy sean abiertos, que alguien pueda ver a Cristo en su gloria, en su esplendor, y que sea salvo.
Danos, Señor, la entereza necesaria para responder como respondió Pedro, y hacerlo, Señor, con su convicción y también con su precisión: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Oro por la iglesia del Señor. Gracias, Padre, por estos 10 años de predicación; gracias por 10 años de misericordia, 10 años, Señor, de providencia; gracias por 10 años de tierno cuidado y provisión. Te pedimos, Señor, por la foto siguiente. Permite, Señor, que otros sean añadidos hoy a tu casa y que la historia de lo que tú has estado haciendo en 10 años, Señor, en medio de nosotros, también sea la historia de ellos.
Alcanza uno más con salvación, Señor, añade uno más a tu edificio. Abre los ojos, Señor, de ellos como has abierto los ojos de nosotros. Todo esto, para tu gloria, en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor, nuestro Salvador, quien levantó y sostiene esta iglesia local, para tu gloria, Padre, en Jesucristo. Amén.
Nuestro ministerio de adoración nos despide cantando “Su pueblo dice gracias”. Ahora vendrán a cantar con nosotros. Cuando los niños estén cantando, hay hermanos, aprovechen para pedir por ellos, que el Señor también les añada, que el Señor también les traiga. Después de cantar, les invito a que pasen aquí delante, después de haber cantado, para que toda la congregación hoy se tome una nueva foto y que nos preparemos para 10 años más de ministerio. Eso es. Hagamos espacio para los niños. Gloria al Señor.