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Un llamado a pedir por el Espíritu Santo

Lucas 11:1-13

Después de enseñarnos el modelo del Padre Nuestro, Jesús dirige a sus discípulos a pedir con urgencia y perseverancia por el Espíritu Santo, sin el cual no podemos vivir ni orar conforme a la voluntad de Dios.

Predicado6 de mayo de 2018
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que el Señor les bendiga, hermanos, amigos queridos. Siempre es hongo compartir la palabra del Señor con expectativa de lo que la palabra del Señor puede hacer en nosotros con la ayuda del Espíritu Santo.

Les invito a que se pongan un momento sobre sus pies y vayamos juntos al Evangelio de Lucas. Lucas, capítulo 11. Les doy un momento para que todos puedan buscarlo, compartir con alguien la sagrada Escritura. Es el Evangelio de Lucas, en el capítulo 11. Estaré exponiendo, con la ayuda del Señor, desde el versículo 5 y hasta el versículo 13 pero, para tener el contexto general, leamos desde el versículo 1. Es el Maestro enseñando acerca de la oración. Dice así la palabra del Señor en el Evangelio de Lucas, capítulo 11.

Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos. Y les dijo: Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal.

Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquel, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos? Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.

Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

— Lucas 11:1-13

Podemos leer todos juntos ese último versículo, el versículo 13: “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Pueden sentarse, hermanos, amigos queridos.

Con la ayuda del Señor estaré hoy guiando a mi iglesia en un llamado a que pida por el Espíritu Santo. Si quizás en unos 50 domingos en el año tengo la oportunidad de predicar la Escritura en este mismo púlpito, cada vez que tengo que hablar acerca de una de las personas de la Trinidad, ese es un momento especial. No es que una doctrina y la otra tengan una importancia primaria o secundaria en la Escritura; toda la palabra del Señor es inspirada, toda la palabra del Señor es útil. Pero cada vez que podemos hablar acerca de nuestro Dios, entonces ese es un domingo aún más especial.

Hoy tengo el privilegio de hablarle a mi iglesia de la tercera persona de la Trinidad, de Dios Espíritu.

Conociendo a Dios Padre, Hijo y Espíritu

Ayer estuve predicando en un retiro de jóvenes y tuve la oportunidad de predicar dos sermones acerca de Dios el Hijo. Eso es para mí especial, estoy hablando de mi Señor. Pero hoy pretendo animar a mi iglesia a que entendamos y busquemos con la misma vehemencia conocer la persona del Espíritu Santo, como hemos buscado conocer la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Yo creo que como iglesia ya aprendimos que Jesucristo es el Señor. Ya esto está como enraizado en la vida de nuestra iglesia. No le llamamos al Señor solamente “Jesús”; le llamamos “Señor Jesucristo”, porque sermón tras sermón hemos enraizado esta verdad en nuestra congregación de que Jesús no es uno más, de que Él es nuestro Señor.

Hace unos ocho años estuve predicando acerca de teología propia, acerca de Dios el Padre, el Dios que se reveló a sí mismo. Enfatizamos en nuestra iglesia vez tras vez acerca de Dios el Padre. Recuerdo que estábamos todavía en la Plaza de la Telefónica y en aquel momento le enseñaba a la iglesia que no deberíamos inferir quién es Dios, sino que teníamos que conocer a Dios tal cual nuestro Dios se reveló en su palabra.

En los próximos meses y aún en los próximos años, como iglesia estaremos enfatizando la persona del Espíritu, la persona del Espíritu Santo. Esto no es algo raro. En el texto bíblico sucede, hermanos, que cuando uno está buscando algo, entonces uno lo encuentra. Por ejemplo, si usted no tiene un modelo de vehículo y usted compra ese carro y ese modelo, yo le aseguro que por donde quiera que usted conduzca verá ese carro y ese modelo, y usted se preguntará: ¿y es que son tantos? No; es que en este momento usted está predispuesto a ver ese vehículo y ese modelo.

En este momento yo no puedo leer la Escritura, en el Antiguo, en el Nuevo Testamento, en las cartas pastorales, en Apocalipsis, en Génesis, donde yo no vea la persona del Espíritu Santo. La Escritura está inundada del Espíritu de Dios.

El lugar del Espíritu Santo en la oración cristiana

Quiero mostrarle a la iglesia que estamos llamados a pedir al Espíritu Santo porque tengo el temor de que mis hermanos estén luchando en sus propias fuerzas. Les decía hace cerca de dos meses que es peligroso predicar las Escrituras sin ir rápido al Espíritu Santo. Esto es un asunto de urgencia. Por nuestros propios medios nosotros no podemos entender ni hacer la voluntad de nuestro Dios; necesitamos el poder, la ayuda, el socorro del Espíritu Santo.

Entonces es peligroso seguir de largo, predicar las Escrituras vez tras vez sin apuntar a la persona del Espíritu Santo. Me gustaría hoy que la iglesia se refugie en el Espíritu Santo. Más que una explicación, hoy he venido a hacer un llamado. Este es un texto sencillo.

De hecho, se predicó acerca del Padre Nuestro no desde Lucas, sino desde Mateo, donde también aparece la oración. Hoy no he venido a predicar el Padre Nuestro, pero me veo en la necesidad de explicarle a la iglesia el lugar que ocupa el Espíritu Santo al final de este modelo de oración.

Si son cuidadosos al estudiar el texto bíblico verán que Lucas dos veces pone “y les dijo” y “les dijo también”. Primero “y les dijo”, y después “y les dijo también”. O sea, que las dos cosas las hizo el Señor en el mismo momento. En el mismo momento en que el Señor Jesucristo les enseñó a sus discípulos cómo orar, uno podría dejarlo ahí, pero si usted lo deja ahí tendrá la mitad de la enseñanza del Maestro.

Después de enseñarles, inmediatamente después de enseñarles cómo orar, entonces el Maestro puso todo el foco, toda la atención en la persona del Espíritu Santo. Dice el versículo 2: “Y les dijo: cuando oréis…”, y aquí está lo que se conoce como el Padre Nuestro; e inmediatamente después, en el versículo 5, dice: “Y les dijo también…”. O sea, que si usted va a aprender a orar, usted debería, por un lado, aprender a orar, y por otro lado, usted debería aprender a orar por el Espíritu Santo.

Este texto bíblico como tal es un texto bíblico que frecuentemente es incomprendido. Se habla acerca de pedir, se habla acerca de buscar, se habla acerca de llamar, pero todo en este llamado obviamente está dirigido a que busquemos, a que pidamos, a que toquemos, para que el Espíritu Santo sea derramado en nosotros. Lo que dice el texto al final es:

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

— Lucas 11:13

O sea, que todo este texto desde el versículo 5 hasta el versículo 13 es un llamado a los discípulos del Señor para que, después de haber aprendido a orar, por lo primero que ellos oraran fuera porque venga el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo: nuestro aliado en la oración y la vida

¿Cuál es el lugar que ocupa el Espíritu Santo dentro del Padre Nuestro? ¿Qué función hace el Espíritu Santo dentro del modelo de oración? ¿Por qué el Señor, después de enseñarnos a orar, nos enseñó que oráramos en primer lugar por el Espíritu Santo? El Señor está poniendo el énfasis, está poniendo el enfoque en algo prioritario que deberíamos hacer. Usted puede pedirle al Señor por muchas cosas, pero por lo primero que un creyente debería pedirle al Señor es por el Espíritu Santo.

Si usted aprendió a orar y usted todavía ignora al Espíritu Santo, usted tiene la mitad de la oración. Es que dice la Escritura misma que nuestro mejor aliado al momento de orar es la persona del Espíritu Santo. Dice el libro de Romanos en el capítulo 8, desde el versículo 26 en adelante:

Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.

— Romanos 8:26

Hermano, si usted aprendió el modelo de oración y usted no está orando por el Espíritu Santo, usted tiene la mitad de lo que es la oración según el Nuevo Testamento. La oración según el Nuevo Testamento no es solamente venir al Padre a pedirle cosas; es pedirle al Padre que nos dé el Espíritu Santo, y cuando tengamos el Espíritu Santo, entonces estaremos orando correctamente.

Al mismo tiempo, esto debe ser tomado como una advertencia para evitar compensar la falta del Espíritu Santo con otras cosas. Hermano, hay muchas cosas que el Señor quiere darnos como pueblo, pero sobre todo el Señor nos ha dado su Espíritu. Y cuando usted tiene su Espíritu, hay muchas otras cosas que ya llegan a ocupar un lugar secundario. De hecho, usted pide muchas cosas hasta terciarias porque todavía no está lleno del Espíritu Santo.

Un creyente que no se ha llenado del Espíritu Santo, sus motivos de oración siempre serán motivos de oración superficiales, siempre serán motivos de oración accesorios. Pero una persona que está llena del Espíritu Santo y el Espíritu Santo abunda en su corazón, llega a pedir con más sentido, llega a pedir con más propósito, llega a pedir con más intencionalidad. Una persona que no es ayudada por el Espíritu Santo y que no ha sido llenada por el Espíritu Santo siempre estará pidiendo por asuntos secundarios.

Peligro de reemplazar al Espíritu con conocimiento o persuasión

El Señor no solamente quería que usted aprenda a orar, Él quería que después de que usted tomara el modelo de oración, usted pidiera al Espíritu Santo para que su vida de oración entonces florezca. Hay hermanos que dicen: “Yo no sé cómo orar”, otros dicen: “Yo no quiero orar”. Hermanos queridos, sé que cuando el Espíritu Santo ha sido derramado, ha entrado Dios en nuestros corazones, la oración deja de ser un asunto mecánico y se convierte en un asunto dinámico. La oración deja de ser un momento árido y comienza a ser un momento florecido. Comienza a ser un momento fructífero. La oración toma otro ribete cuando se acompaña por la persona del Espíritu Santo.

Hermano, no solamente quiero que ustedes aprendan a orar; yo quisiera que ustedes oraran con la ayuda del Espíritu Santo. “Y les dijo”, dice el versículo 2; y después “y les dijo también” en el versículo 5: que aprendan ambas cosas, que aprendan el modelo de oración y al mismo tiempo que aprendan la potencia de la oración, el dinamismo de la oración, que está en ser ayudado por el Espíritu Santo.

De hecho, en el contexto: no basta el modelo de oración, refúgiese en Romanos. Nosotros no sabemos pedir como conviene. La vida cristiana no es una vida mecánica de que “yo sé los dos pasos, yo sé los tres elementos de la oración correcta y por eso yo voy a orar”. No. Nosotros tenemos que reconocer delante del Señor que, aunque tengamos el modelo de oración, no sabemos pedir como conviene, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Cuando alguien no tiene el Espíritu Santo, tratará de compensar la falta del Espíritu con otros asuntos. Hay un conocimiento que tiene una apariencia de piedad, un conocimiento que tiene apariencia de profundidad, pero no tiene profundidad; solamente tiene altura. Es un conocimiento superficial de la Escritura. Porque cuando una persona no ha conocido al Espíritu Santo, tenderá a reemplazar al Espíritu Santo —y digo esto con cuidado— por la sagrada Escritura, y no se hace así.

De hecho, la sagrada Escritura funciona de manera dinámica con el Espíritu Santo, porque el Padre inspiró su palabra y nos dio el Espíritu para que nos llevara a toda la verdad. Si usted tiene solamente la Escritura y no tiene el Espíritu Santo, la Escritura para usted es filosofía. Si usted tiene la Escritura pero no tiene el discernimiento del Espíritu Santo, la Escritura no se abrirá para usted. Usted podrá leer la Escritura, pero la leerá con unos ojos y un entendimiento carnal y material. Cuando el Espíritu Santo viene sobre nosotros, la Escritura se torna en mano como lo sobrenatural de Dios. Ya no solamente es una palabra inspirada que produce en nosotros una sabiduría que alcanza para salvación.

Muchos hombres leen la Escritura y no tienen el mismo aprovechamiento, porque la Escritura por sí sola no aprovecha; la Escritura aprovecha cuando es leída con la ayuda, con el desprendimiento del Espíritu Santo. Dice ella misma que el Señor estaba hablando y decía que cuando venga el Espíritu, el Espíritu revelará a Cristo, porque “tomará de lo mío y os hará saber”, dice Él.

Entre iglesias como las nuestras y parecidas a la nuestra, tenemos nosotros la tentación de hacer de la Biblia el Espíritu Santo. Y usted le pregunta a una persona: “¿Por qué tú vas a crecer espiritualmente?” Y responde: “Porque yo tengo la Biblia”. No. Usted crecerá espiritualmente porque el Espíritu de Dios producirá, a través de las Escrituras, en nosotros su santo provecho.

La Escritura por sí sola, hermano, es filosofía, es conocimiento humano. Ahora, la Escritura, cuando ha sido potencializada por el Espíritu Santo, cuando los ojos espirituales han sido abiertos, cuando los oídos han sido destapados, cuando nuestra capacidad de movimiento ha sido impulsada por el Espíritu Santo, entonces la Biblia produce en nosotros su buen efecto.

Porque prediquemos la Escritura no alcanzaremos el propósito del Señor. El propósito del Señor se alcanza cuando se predica en el poder del Espíritu Santo y cuando se recibe en el poder del Espíritu Santo. No solamente la Escritura debe ser predicada con potencia desde lo alto; al mismo tiempo debe ser recibida por una naturaleza, por un cuerpo, por un espíritu que ha sido despertado por el Señor.

El Espíritu Santo y la verdadera transformación

Hay otros que, al no buscar la ayuda, al no pedir al Espíritu Santo —hermano, que es la palabra correcta, al no pedir, porque el Señor dijo “pídanlo, yo se lo daré”— lo terminan reemplazando por persuasión humana, consejos y hasta reprensiones. La gente no cambia porque se reprenda; la gente cambia porque el Espíritu Santo produce en ellos convencimiento de pecado. La persuasión racional y humana puede hacer que alguien se abra a una posibilidad, pero lo que transforma el corazón y la mente del hombre es el poder que viene desde lo alto.

Cuando no confiamos, cuando no pedimos por el Espíritu Santo, terminamos como iglesia persuadiéndonos los unos a los otros. Y yo te diré: “Hermano, este es mi punto de vista”, y tú me dirás: “Hermano, este es el punto de vista mío”. Yo te pregunto: ¿y el del Señor? El Señor no solamente dice cosas en medio de nosotros; el Espíritu Santo es quien nos convence de pecado, de justicia y de juicio.

El convencimiento que produce el Espíritu Santo está años luz de la persuasión humana. La persuasión humana te puede llevar ahí cerquita, pero el Espíritu Santo te lleva hasta la presencia del Señor y hasta la perfecta voluntad de tu Señor. Él toma de lo suyo y te lo hace saber.

Hermano, yo confío en el Espíritu Santo; no confío en mi razonamiento ni en mi capacidad de persuadir. “Ay, habla tú con él que yo creo que tú podrías llevarlo a la verdad”. ¿Acaso seré yo el Espíritu Santo? “Sí, yo creo que tú eres un hermano muy respetable”. Si tú hablas, por ser respetable quizá no te insulten. Pero ningún hermano, por respetable que sea, ha llevado a ningún hermano suyo a la verdad. Es el Espíritu Santo que nos convence de pecado, de justicia y de juicio.

Si no pedimos por el Espíritu Santo, entonces terminamos nosotros convenciéndonos, persuadiéndonos los unos a los otros con sabiduría, con consejos y hasta con estratagemas humanas. “Ay, yo no sé si soy salvo”. Bueno, yo podría leerte la Escritura, yo podría decirte algo, y por ahí viene un convencimiento… Hermano, hay un convencimiento que viene desde arriba. Y es que el Espíritu de Dios le da testimonio a nuestro espíritu de que nosotros somos hijos de Dios. Eso lo dice Romanos, el capítulo 8, en el versículo 16:

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios.

— Romanos 8:16

Qué hermoso es cuando no es solamente un asunto de que yo me convertí, yo fui bautizado, yo me he arrepentido de mis pecados; no, es que yo siento que el Espíritu de Dios le da testimonio a mi espíritu de que yo soy hijo de Dios.

Es un testimonio que todo creyente debería poder tener: decir “yo no soy cristiano porque tengo una foto de mi bautismo, yo soy cristiano porque el Espíritu Santo da testimonio a mi espíritu de que yo soy hijo de Dios”. Esa es una seguridad que viene como desde adentro.

Seguridad, compromisos humanos y fruto del Espíritu

Qué hermoso sería si la seguridad de salvación en esta iglesia no es solamente un asunto mecánico, sino que sea, hermano, un asunto espiritual; que no solamente digamos: “Estamos seguros de nuestra salvación porque fuimos bautizados, o porque hemos creído, o porque nos hemos arrepentido del pecado, o porque no practicamos el pecado”. Todo eso ayuda, hermano. Pero qué hermoso es cuando estás seguro de salvación porque el Espíritu de Dios le da testimonio a tu espíritu de que tú eres hijo de Dios. Eso es un convencimiento demasiado profundo; esto es algo que viene desde arriba.

¿Cuántas personas, porque no tienen el Espíritu Santo, terminan haciendo compromisos heroicos, vehementes, que siempre terminan en fracaso? “Yo estoy esperando el día primero del mes porque quiero hacer un compromiso en este mes: a partir de este momento yo jamás vuelvo a las bebidas; a partir de este momento jamás vuelvo a las mujeres; a partir de este momento los vicios ya no tienen dominio sobre mí”. Ahí hay un hombre muerto en su pecado, en sus incapacidades, tratando de impresionar a los hombres con palabras.

Mire, nuestros compromisos más vehementes no pueden reemplazar el fruto del Espíritu Santo. “Más el fruto del Espíritu”, dice el libro de Gálatas, el capítulo 5. No los compromisos humanos, no las decisiones: “júramelo, júramelo ahí, prométemelo, levanta tu mano y di que jamás volverás a hacer eso”. ¿Para qué? Para ser avergonzado, para terminar de nuevo en las mismas cosas de siempre, para terminar en el mismo círculo vicioso, para terminar resolviendo cosas y después volver a las mismas cosas de siempre.

Dice la Escritura en el libro de Gálatas, el capítulo 5, del 22 en adelante:

Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

— Gálatas 5:22-23

No son nuestros compromisos, obviamente, no son las manos levantadas, no son los testimonios públicos de que “jamás volveré a eso” lo que produce la diferencia. Lo que produce la diferencia en la vida de un creyente es el fruto del Espíritu Santo.

Hermanos, las precauciones espirituales son necesarias. Alguien que quiere militar en un mundo caído haciendo la voluntad del Señor tiene que tomar decisiones radicales de apartarse del pecado, de cuidarse, de cuidar el testimonio del Señor, de cuidar el nombre del Señor. Sobre todo si usted es un obrero del Señor, usted debería espiritualmente tener precauciones espirituales aún más radicales.

Yo he sabido de hermanos que han hecho compromisos delante del Señor para buscar la pureza en determinadas áreas, hermanos que son radicales: “Mira, jamás yo permitiré que tal cosa me impresione”. Por ejemplo, las resoluciones de Jonathan Edwards. Jonathan Edwards decía: “Resuelvo esto, esto…”. Hermano, eso es un asunto, sobre todo en el aspecto de la precaución espiritual. Es necesario. Un creyente no debería exponerse al pecado.

Sensores espirituales y el celo del Espíritu

Hay vehículos que están llenos de sensores. El mío no es muy nuevo, y cuando alguien no se ha puesto el cinturón, grita como él solo. Y es un grito de manera molesta; una persona que va ahí no puede dejar de ponerse el cinturón: “Pi, pi, pi, pi, pi, pi… póngase el cinturón”. O sea, aunque no es un carro muy nuevo, cuando el conductor o el pasajero no lleva el cinturón de seguridad, grita.

Hermano, usted puede llenar su vida de sensores y de precauciones espirituales para cuidar su hombre espiritual. Pero nada, hermano, nada puede competir con una alerta que da el Espíritu Santo. Y es que Él nos anhela celosamente. Dice Santiago 4:5:

¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El Espíritu que Él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?

— Santiago 4:5

Un creyente puede saber que no debe correr un riesgo espiritual exponiéndose a determinadas cosas, pero qué hermoso cuando el Espíritu Santo te contrita, te llama, te recuerda: “No corras riesgo, no te expongas, tú eres del Señor”.

Hago la comparación, hermanos, con cuidado, pero como si su cónyuge fuera un cónyuge celoso: “¿Para dónde tú vas?” —“Que voy para el súper” —“Yo voy contigo”. Hermano, el Espíritu Santo va con nosotros. Y cuando miramos lo que no hay que mirar, nos clava el codo y dice: “Cuidado”. Es que el Espíritu de Dios nos anhela celosamente.

Usted puede tener mil precauciones espirituales para cuidar su hombre interior, pero nada se compara, hermanos, con la temprana alerta del Espíritu que nos anhela celosamente. Por eso un creyente verdadero no puede practicar el pecado, porque el codo del Espíritu Santo no lo deja. Usted puede ir en contra de la alerta, que está diciendo “pi, pi, pi, pi… no lo hagas, no corras, no avances, detente, detente”.

Un creyente verdadero, hermano, él tiene que venir a la verdad. Él tiene que decir: “Es que yo no me siento bien, yo no siento paz”. Hay veces que uno racionalmente todavía no sabe cómo está ofendiendo al Señor, pero el Espíritu Santo hace rato que está gritando a unos decibeles que no podemos ignorarlo, y después confirmamos su palabra, que era el Espíritu Santo que nos estaba inquietando.

Ay, hermano, tenemos que pedir por el Espíritu Santo porque es que esto es muy necesario. La vida cristiana, un creyente que avanza sin la ayuda del Espíritu Santo, es un creyente que no tiene sensibilidad espiritual, es un creyente que no tiene alertas respecto del peligro. Me voy a mover, hermanos, un momento, pero todas estas son las razones por las cuales el Espíritu Santo está dentro del Padre Nuestro: no solamente “y les dijo”, sino “y les dijo también, pidan por el Espíritu Santo”.

El Padre Nuestro y la imposibilidad sin el Espíritu

Hermano, cuando tenemos el Espíritu Santo, las partes difíciles del Padre Nuestro son posibles. Uno ha repetido tantas veces el Padre Nuestro que uno entiende que eso cualquiera lo hace. Hermano, miren, eso no es fácil. Dedicarse a vivir a la luz del Padre Nuestro, hermano, eso no es fácil, eso es difícil. El Padre Nuestro tiene secciones completas que desafían a nuestro hombre natural, que no va a querer hacer eso.

En nuestra relación con Dios, por ejemplo: “Hágase tu voluntad en la tierra, del mismo modo que se está haciendo en el cielo”. ¿Usted sabe lo difícil que es eso? Hermano, en el cielo una hoja no se cae sin que el Señor soberanamente lo determine. En el cielo hay una perfecta obediencia, en el cielo no hay rebelión. Pero en este mundo caído en el que nosotros vivimos, aquí la voluntad del Señor no se hace como en el cielo. Y el Padre Nuestro dice: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Eso solamente con la ayuda del Espíritu Santo.

Hermano, ¿cómo un creyente podría tener un nivel de relación con el Señor de tal forma que el Reino del Señor avanzó en ese corazón, que así como el Señor en el cielo dice “a la izquierda” y se va a la izquierda, “a la derecha” y se va a la derecha, un creyente pueda tener ese nivel de obediencia radical? Solamente con la ayuda del Espíritu Santo. Pero repetimos vez tras vez: “Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra”. Poéticamente suena bonito, pero vivirlo, hermano, hay que morirse. Y para hacerlo, solamente con la ayuda del Espíritu Santo.

¿Y qué tal hemos hablado acerca de nuestra relación con Dios? ¿Qué tal acerca de nuestra relación con otros? Dice que perdonemos otras ofensas, así como también nosotros vamos a perdonar a los que nos ofenden. ¿Usted sabe lo difícil que es perdonar a los que nos ofenden?

Me ha pasado viendo este texto por mi mente que el Señor nos dice a nosotros como hombres esposos que amemos a nuestras esposas como Cristo ama la iglesia. Hermano, estuve analizando las diferentes expresiones del amor de Cristo hacia mí y de su paciencia, y decía: “Señor, lo que tú estás pidiendo es demasiado. ¿Que yo ame a mi esposa como tú me has amado? ¿Que yo soporte lo que tú me has soportado? ¿Que yo me extienda hasta donde tú te has extendido?” ¿Dónde está el Espíritu Santo? No puedo solo.

Hermanos, perdonar la falta, perdonar la ofensa, solamente por la ayuda del Señor. Uno vive ofendiéndose todos los días, nos dañamos todos los días, y solamente por la gracia que el Señor derrama por su Espíritu en nuestro corazón nosotros podemos perdonar como el Señor lo hace.

¿Y qué tal, hermano, nuestra relación con nosotros mismos frente a la tentación? Sabes que la tentación es un asunto insoportable humanamente hablando, porque es reincidente. Ahí donde estás siendo tentado, y muy probablemente dentro de 50 años todavía tú sigas siendo tentado. Y va a llegar un momento en que tú digas: “No, porque yo no puedo luchar contra esto toda mi vida; esto es algo instintivo, es algo que está en mí, mi carne me lo demanda, mi carne me lo pide. ¿Cómo puedo yo vencer la tentación?”

“Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal”. Solamente con la ayuda del Espíritu Santo. Es con el Espíritu Santo que el Señor nos libra del mal. Eso que su hombre natural le demanda que haga, eso que sus instintos caídos le están invitando a que haga, solamente se puede vencer con la ayuda del Espíritu Santo. La manera en que se vence la carne, la tentación, es con la ayuda del Espíritu Santo. Para vivir a la luz del Padre Nuestro hace falta el Espíritu Santo.

Les he estado mostrando, en primer lugar, qué lugar ocupa el Espíritu Santo dentro del modelo de oración. Pedimos el Espíritu Santo, hermanos, porque el Señor lo dijo dos veces: primero “oren así”, y después “pidan por esto”. Las dos cosas. No se quede en la mitad, hermano; viva a la luz completa del modelo de oración.

El amigo inoportuno: cómo pedir por el Espíritu

Les muestro ahora un ejemplo de cómo pedir al Espíritu Santo. Esto da un poco de risa, cómo el Señor lo describe, porque es muy inoportuno el que está pidiendo. Y Él dice: “Pídanmelo así”. Desde el versículo 5 hasta el versículo 10 nos da el ejemplo de importunar a un amigo:

Les dijo también: ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido de viaje, y no tengo qué ponerle delante; y aquel, respondiendo desde adentro, le dice: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis niños están conmigo en cama; no puedo levantarme y dártelos? Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.

— Lucas 11:5-8

El Señor te está diciendo: aunque te digan que no, sigue pidiendo. Es una manera de pedir, hermano, una manera de pedir extraordinaria. Está diciendo que aunque tu amigo no se levante para abrirte, vuelve a pedirle.

“Mis niños están conmigo en cama, no puedo levantarme y dártelos”. Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, sin embargo, por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite. “¿Cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Bueno, el ejemplo que nos están dando de cómo pedir por la ayuda del Espíritu Santo es un ejemplo de un amigo inoportuno.

Este texto se entendía más en el contexto en que fue dado. La casa suya es una casa muy probablemente de tres habitaciones. Isaac vive en un apartamento en un quinto. Están describiendo aquí una casa de la provincia de Judea, un asunto provincial, que eran casas que estaban al lado de la otra y tenían, como mucho, una habitación y una azotea. En la habitación dormía toda la familia: los padres, los hijos, todos dormían en el mismo cuarto.

Estuve leyendo que hasta para abrir la puerta era difícil, porque usted podía estar interrumpiendo a alguien. O sea, una familia que tiene una casa pequeña, están todos durmiendo en el mismo cuarto. No es el caso suyo muy probablemente, y por eso usted no lo entiende. Si alguien va a su casa donde usted vive, invariablemente hay que hablar primero con el vigilante. Si lo dejan entrar, después hay que pasar cinco puertas para llegar a su cama.

En el tiempo de Jesús, y en la casa que esta persona vivía, si usted abría la puerta podía hablar con el que estaba durmiendo. En los pueblos era así; yo vengo de Asua, y las casas muchas daban a la calle. Sabes, cuando se tocaba duro se despertaba al vecino.

Además, las costumbres de hospitalidad del tiempo de Jesús, hermano, eran muy distintas de las costumbres de hospitalidad de nuestro tiempo. En el tiempo de Jesús, una persona que recibía un amigo tenía que hacer todo lo que estuviera a su alcance para proveer para ese amigo, y no ser hospitalario era la vergüenza más grande que una persona podía pasar.

Este hombre puso en comparación dos vergüenzas: la vergüenza de no poder dar pan para este que le llegó de noche, o la vergüenza de que este amigo suyo le deba la negra y le diga que no, que no le va a dar los panes. Él compara una cosa y la otra y dice: “Yo prefiero el riesgo de pararme en la puerta de éste, decirle: ‘Hazme los panes, dame los panes’”.

Él eligió entre dos vergüenzas; una es no agradar, no ser buen anfitrión, y la otra es ser tomado por un inoportuno. Él prefirió ser tomado por un inoportuno. Estas son las actitudes, hermanos, que deben estar presentes en nosotros cuando vamos a pedir por la ayuda del Espíritu Santo. Si ustedes sienten que están siendo inoportunos en la presencia del Señor, hermano, sean inoportunos. Rueguen por eso, pidan por esto, hermano, porque de esto depende su vida.

No es un asunto de que usted va a deshonrar al personaje que le llegó a su casa; es que si usted no tiene la ayuda del Espíritu Santo usted no podrá hacer la voluntad del Señor en su vida. Usted no podrá ser preservado en los caminos del Señor. Usted no podrá testificar y glorificar a Cristo en su vida. Usted necesita pedir por el Espíritu Santo, hermano, como si ésta fuera su comida, como si esto fuera un asunto de vida o muerte. “Pídanme así mismo”, está diciendo: pídanme con necesidad, porque de la respuesta del amigo de ahí estaba toda su esperanza.

Urgencia, decisiones y discernimiento espiritual

Él está parado en la puerta del amigo, tocando, diciendo: “Ahí dentro yo sé que hay panes; no son míos, pero yo sé que ahí hay”. Hermano, esa es la convicción de que nosotros sabemos que en el Señor, hermano, en Él está el Espíritu y Él puede dárnoslo a nosotros. Nosotros estamos a la puerta del Señor tocando, pues sabemos que Él tiene el Espíritu. El Espíritu del Señor, Él tiene el Espíritu. Él ha derramado su Espíritu sobre nosotros.

“Padre, yo estoy aquí pidiendo, siendo inoportuno, dámelo, Señor, yo lo necesito”. Es que el Señor quiere que nosotros clamemos por el Espíritu, hermano, y que tengamos que importunarlo. Hagámoslo. Él está diciendo: Él es el amigo, Él es el que está durmiendo y Él es quien tiene lo que nosotros estamos necesitando. Él está diciendo: “Pídanme eso que ustedes están necesitando, porque yo lo tengo, yo quiero dárselo, pero háganlo con vehemencia, háganlo con necesidad”.

Hermano, si tú consideras que la única manera en que tú estarás firme en los caminos del Señor es con la ayuda del Espíritu Santo, si tú tienes que tumbarle la puerta al amigo, tú se la tumbas: “Padre, eso que tú tienes, yo lo necesito; eso de lo cual tú estás lleno en tu presencia, yo necesito de eso en este lado de la existencia, en este lado de la historia. En este lado de la ecuación, del lado mío hay carencia, hay necesidad y debilidad, y del lado tuyo hay abundancia, hay poder, hay fortaleza. Yo quiero, Señor, de eso que tú tienes”.

Todo depende de la necesidad. Mire, si usted tiene una necesidad muy grande, usted se da el permiso para importunar siempre y cuando tenga necesidad. Hay alguno que dice: “Ay, amigo, hermano, mira, si yo no lo necesitara yo no te lo pidiera. Pero…” y más de uno abusa de nuestra amistad. Miren, hay favores que derriban las amistades, y uno coloca esa amistad en peligro para que le concedan eso, porque uno sabe que lo que está pidiendo es tan gravoso que probablemente se lo den y hasta se muden del lado suyo.

Es que tú tienes que entender que eso es tan necesario para ti que tú dices: “Mira, si acaso yo tengo que correr vergüenza, si acaso nuestra amistad quedará malograda después de yo pedirte esto, yo voy a hacer un sacrificio extraordinario, voy a tocar la puerta y decirte: por favor, dámelo. Señor, dame tu Espíritu”.

Tenemos que pedirlo con urgencia, hermano. Esto no lo puedes dejar para mañana. Él vino a medianoche porque la urgencia es urgencia de medianoche. Bueno, hay momentos en la vida cristiana que uno tiene que clamar al Señor por poder desde lo alto porque no hay un mañana. Si a las diez de la noche tú tienes la necesidad espiritual de tomar una decisión de glorificar al Señor, y tú sientes que lo que estás enfrentando te desborda, hermano, a las diez de la noche tú tienes que ir a la presencia del Señor a decirle: “Señor…”.

Si usted tiene que trancarse en el baño de su trabajo, tránquese en el baño de su trabajo. Si usted tiene que esconderse en su casa en el rincón más recóndito, recóndese allá y dígale: “Señor, dame poder desde lo alto. Padre, estoy aquí clamando con necesidad; es que mi visitante ya está en la casa, yo no tengo con qué responder. Padre, yo estoy enfrentando en este momento un asunto que siento que está por desbordarme. Si no es por tu ayuda, perezco”.

Es plantarse en la presencia del Señor, ahí, hermano: “Padre, dámelo, me muero. Señor, si tú no me ayudas en este momento en mi vida, yo no voy a poder permanecer en tus caminos, yo no voy a poder permanecer en santidad. Estoy por tomar una decisión, Señor, que me va a alcanzar a mí, me va a hacer daño, va a dañar a mi familia, va a dañar a mis hijos, va a dañar a mi iglesia. Señor, si tú no me ayudas en este momento, me muero”.

Enfrentar la tentación, enfrentar decisiones. Necesitamos ese poder que viene de lo alto. El Señor, seguramente, está describiendo a un hombre que está plantado a medianoche en la casa de su amigo, buscando lo que solamente su amigo puede darle.

Miren, en 24 horas se toma una cantidad impresionante de decisiones con consecuencias importantes. Si usted no tiene el Espíritu Santo para tomar esas decisiones, muy probablemente tome una mala decisión. Esaú, en un momento de urgencia, tomó una mala decisión. Y esa decisión, hermano, qué dolorosa decisión. Se toma muy rápido la decisión, pero tienen consecuencias permanentes. Después él quiso venir atrás con su decisión; se acabó. Y Jehová tomó su decisión de forma tal que el Señor permitió que las consecuencias lo alcanzaran: la providencia del Señor dándole la herencia al otro y no a él. Lo rechazaste en un momento.

Ay, hermano, en momentos álgidos como esos nosotros necesitamos tener la ayuda del Espíritu Santo para decidir lo que hay que decidir para la gloria del Señor.

Un instante sin discernimiento y la necesidad de guía

En sólo un instante sin discernimiento espiritual nos puede sobrevenir un gran desastre. ¡Ay, qué hermoso sería si en aquel momento en que David estaba en su palacio, mirando por la ventana, mirando desde arriba, o como fuera que David veía, hubiese sentido, hermano, el llamado del Espíritu que le dijera: “David, no; David, vuélvete”! Son momentos como ese, hermano, donde por un momento, un momento, las consecuencias permanecen con nosotros, son desastrosas. Un momento sin discernimiento espiritual puede traer gran destrucción sobre tu vida. Por eso tú necesitas clamar por el Espíritu Santo.

Esta semana tuve la experiencia de tener que salir por tres peajes distintos de la ciudad: primero al sur, después al este, luego al Cibao, en menos de cinco días. Y en uno de esos viajes, caminando hacia el este, estaba la carretera muy lluviosa. Llevaba el limpiaparabrisas puesto por una lluvia intermitente. En un momento dejó de llover, pero el agua permanecía en la carretera.

Del otro lado venían los vehículos cruzando, yo iba en el carril izquierdo. En un asunto de milisegundos cruzó un vehículo alto al lado mío. Al parecer pisó el charco de agua y llenó todo mi cristal de forma tal que yo quedé sin visibilidad. Fue un asunto de milisegundos donde yo, casi instintivo quizá, moví el retrovisor y vino la luz por el cristal. Piensen que voy quizás a 90 km/h en una carretera peligrosa. Voy a metros de distancia del muro de contención, quizás en una curva, y por haber sido desbordado en este momento, mi perspectiva y mi visión… quizá por ahí se me va la vida.

Hermano, esa es la necesidad de discernimiento espiritual. Es que hay momentos álgidos en tu vida que, si tú no tienes el discernimiento del Espíritu Santo que te ayuda y abre tus instintos espirituales y tú puedas ver con claridad, te vas al precipicio. Es que cuando tú sabes que algo es valioso y necesario, como la dirección, la guianza, el compañerismo del Señor, hermano, tú te plantas y te quedas hasta que eso llegue.

Todavía hace escaso tiempo yo tenía esta imagen de las personas ahí plantadas en la Máximo Gómez haciendo fila, esperando a ver si alguien les da una visa. Y uno dice: “Pero qué imagen”. Ha evolucionado un poco el proceso de visado, pero las necesidades de viajar —porque ellos veían que su futuro estaba en otra parte, porque entendían que su familia estaba en otra parte, porque entendían que su sustento estaba en otra parte— hacía que las personas llegaran ahí desde las tres de la mañana y se sentaran a esperar un turno: a ver si alguien puede recibirme y me da con qué reunirme con mi familia, me da con qué salir a buscar mi futuro en otra parte.

Hermano, es que si usted percibe su necesidad, usted va a rogar al Señor porque mande el Espíritu Santo.

Yo diría, hermano, la primera característica con la cual tenemos que pedir esto es necesidad. La segunda, urgencia. La tercera, desesperación. Es cuando tú estás habituado a algo. Hablo en este momento de los hermanos que han disfrutado tener la dulce comunión del Espíritu Santo, la presencia del Señor en su vida. Cuando eso se suspende, por la razón que fuera, hermano, eso es desesperante.

Añoranza de la comunión y búsqueda desesperada

Cuando usted llega a percibir que hay una separación, este asunto, hermano, de estar separados de la dulce comunión con Dios que tenemos por el Espíritu Santo, es un asunto que produce un corazón desesperado. Una persona que siente que está como un alma en pena: “Es que yo no encuentro mi lugar si no es en ti”. Es como dos cónyuges que han estado unidos durante tanto tiempo y han tenido una relación tan amorosa, y por alguna razón no pueden estar juntos. Hermano, eso es una desesperación. Es que tú no te sientes habituado a estar así. Si tú has disfrutado de la tierna comunión del Espíritu Santo, tú vas a pedir: “Padre, dame tu Espíritu Santo; que no se vaya tu comunión de nosotros”.

Es la soledad, es la añoranza, es el recuerdo, es el anhelo de su regreso: “Padre, danos el Espíritu Santo”. ¿Cuántos recuerdos? Cantares capítulo 3, donde la mujer dice que salía por la calle a buscar a su amado, y decía: “¿Dónde está? Si alguien lo ha visto, díganme dónde se fue”. Si alguien ha llegado a experimentar la dulce presencia del Espíritu Santo, y por la razón que fuera, hermano, perdió esa comunión, por la razón que fuera perdió esa ternura, ese calorcito de estar en la presencia del Señor, usted se sentirá como se sentía esta mujer, que salía y decía:

Por las noches busqué en mi lecho al que ama mi alma; lo busqué, y no lo hallé. Y dije: Me levantaré ahora, y rodearé por la ciudad; por las calles y por las plazas buscaré al que ama mi alma. Lo busqué, y no lo hallé. Me hallaron los guardas que rondan la ciudad, y les dije: ¿Habéis visto al que ama mi alma?

— Cantares 3:1-3

Si está perdida la tierna comunión con el Señor que nos da su Espíritu, usted va a buscar eso con desesperación. “Y si está ahí dentro, que salga. Padre, danos tu presencia, danos tu poder, danos tu comunión”. Hermano, probar la comunión del Espíritu Santo y que eso se sienta interrumpido, sea por la razón que fuera, eso es desesperante.

¿Cómo le respondió el amigo? El amigo inicialmente se resistió a levantarse: “Yo estoy acostado, mis niños están durmiendo, yo no quiero pararme”. Pero él no se fue. Hermano, siguió pidiendo: “Sal, dame los panes, que tengo urgencia”. Y la razón por la que el amigo le responde es precisamente porque fue inoportuno. ¡Wow! El Señor está tan deseoso de que le pidamos… “Pidan hasta que se vuelvan necios pidiéndome por ese asunto. Clamen a mí, hasta que tengan que oírles”.

Hay un pasaje que tiene cierto paralelismo, puesto que es una viuda que estaba buscando que el juez le haga justicia; dice que le aparecía por todas partes y el juez, para salir de ella, terminó concediéndoselo:

Había en una ciudad un juez que ni temía a Dios ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.

— Lucas 18:2-5

Hermano, en esta enseñanza la gente toma este pasaje de Escritura para pedir por cualquier cosa. No. Este pasaje de Escritura no es para pedir por un par de zapatos, no es para pedir por un carro con determinadas condiciones, no es para pedir por una casa propia, no es para pedir ni siquiera por un esposo o una esposa. Esta es una oración vehemente para pedir por la ayuda del Espíritu Santo.

No todas las necesidades del ser humano tienen una importancia tan primaria. Esto es de necesidad básica. Después dice todo lo que le dará, y lo que le dará es “todo lo que necesite”. Ya que yo me desperté, quiere también el chocolate, quiere la mantequilla… Dice: “Le dará todo lo que necesite”.

Hermano, cuando el Señor nos da, el Señor nos da hasta que sobreabunde. Cuando usted pida por la presencia del Espíritu Santo, hermano, esté listo para que el Señor pueda sorprenderle con una provisión de su Espíritu, hermano, hasta que sobreabunde. “Ya que yo me levanté, ya que tuve que despertar a los muchachos, ya que tuve que prender una luz aquí dentro para buscar los panes, llévate la cocina entera si tú quieres”.

Hermano, así es que responde el Señor. “Por su importunidad —estoy en el versículo 8— se levantará y le dará todo lo que necesite”. Hermano, pida por el Espíritu Santo con confianza, pida por el Espíritu Santo con consistencia, hermanos, y el Señor le dará todo lo que usted necesite. Tendrá una vida victoriosa; tendrá victoria sobre el pecado, victoria sobre el mundo, victoria sobre la carne. Tendrá un testimonio cristiano agradable, porque el Señor le dará todo lo que usted necesite.

Él reitera y dice: “Pedid, buscad y llamad”. Pedid, hermano, es expresión de dependencia. Buscad, insistencia diligente. Llamad es romper el temor. Llega un momento cuando estás a la puerta del amigo y dices: “¿Y ahora qué hago?” Llamar es lo que hay que hacer, que tu boca se escuche, que el amigo oiga. Llama, ese llamarte: “Amigo, ¿estás ahí?”. “Ay, pero me están escuchando, estoy despertando gente”. Llame, hermano, llame, aunque lo que usted está haciendo corre riesgo. Póngase en la presencia del Señor a pedir el Espíritu Santo.

El padre que da pan, no piedra

Termino, hermano, con el segundo ejemplo que Él pone, y es la confianza que tenemos al hacerlo. La confianza que tenemos para hacerlo, hermano, es como un hijo que está pidiendo alimento.

¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

— Lucas 11:11-13

El Señor está diciendo: cuando ustedes me piden a mí el Espíritu Santo, eso es como si un hijo suyo estuviera pidiendo comida, pero un hijo gritando hambre. Hermano, eso hace que la gente haga lío. Esa imagen de un hijo que tiene hambre hace que los hombres hijos de la tierra muestren diligencia. Hay gente que no quisiera hacer el trabajo que tiene que hacer, pero dice: “Yo no quisiera que mis hijos me griten hambre, y si esto es lo que hay que hacer, piedra pico para darle alimento a mis hijos”.

El recurso humano se titula, como se dice, que un empleado que tiene familia que sustentar es más estable que un empleado que no tiene familia. Ah, porque el que no tiene un muchacho que le grite hambre con facilidad coge un pique y deja su trabajo. Pero el que tiene muchachos que alimentar dice: “Este trabajo es difícil aquí; si hay que perder la dignidad, se pierde; que me avergüencen, que me ocurren, pero que mis hijos no pasen hambre”.

El hambre de un hijo es algo que hace que la gente haga lío. Se ha popularizado esta expresión de “hacer lío”: se quedó la tarjeta social, tarjetazo; si hay que pedir a los familiares, se les pide a los familiares: “Cómprame una leche, aunque sea la chiquita”. Sí, hermano, el Señor te está diciendo: “Un sobre, tráeme dos sobres; y decimos: aunque sea la cena o el desayuno, yo para mi hijo…” Aunque sea agua de azúcar, pero que el niño no pase hambre.

Hermano, mire, el Padre nos está diciendo a nosotros: “Pidan por el Espíritu Santo con la confianza de que yo soy como un padre que siente que sus hijos están pasando hambre”. Es que el instinto de un padre es proteger y proveer; eso es demasiado fuerte. Es un asunto instintivo, es algo, hermano, que hace que tu corazón de padre diga: “Mira, si yo tengo que ir a echar un día de lo que sea, hay que echar mezcla, echo mezcla; hay que picar piedra, pico piedra; qué es lo que hay que hacer, denme lo que haya”.

Hay gente que llega a una empresa a buscar trabajo y dice: “Deme lo que haya”. Le dicen: “¿Qué es lo que usted sabe hacer?” Y responde: “No, ¿qué es lo que aquí se puede hacer? Porque mi hijo está en mi casa y está pasando hambre; lo dejé con una agüita de azúcar en la mañana y yo necesito llevarle alimento, por favor”.

El Padre está diciendo: si esos son ustedes, que son malos, que tienen su nivel instintivo de proveer para que sus hijos no pasen hambre, ¿qué seré yo, que soy bueno, al darle el Espíritu Santo? Hermano, pida el Espíritu Santo, que su Padre se lo dará, porque no es un accesorio. Cuando un hijo pide alimento al padre… el hijo que pide un videojuego, ese videojuego se manda para Navidad si se puede. Un juguete particular… mire, eso no hace que el padre se levante de una cama. Eso no hace que el que no tiene carácter manifieste entereza. Pero el hambre sí.

El Padre nos está diciendo: si esos son ustedes, que son malos, que cuando su hijo le pide, que tiene hambre, le da; ¿qué seré yo cuando ustedes clamen: “Padre, necesito en este momento la ayuda sobrenatural del Espíritu Santo. Padre, en este momento esto está por desbordarme”? Eso es como si el Padre estuviera escuchando: “Tengo hambre. Padre, en este momento yo no puedo”. Clama a mí y yo te responderé. Es pan lo que están pidiendo; no les voy a dar una piedra.

Guau, qué fuerte. Hoy los ejemplos son drásticos. El Padre pone pan/piedra, pescado/serpiente. La serpiente, hermanos, es un asunto universal; los seres humanos le tenemos a la serpiente su pavor. ¿Qué padre va a tentar a su hijo, ponerlo en contacto con una serpiente? Usted se imagina a su hijo con una serpiente en los brazos. Dice: “Ay, esa serpiente, la vida de mi hijo en este momento está peligrosa”. Es un instinto; el instinto de protección.

Un escorpión por huevo… escorpión, hermano. El Padre no es indolente con nuestras necesidades. Él conoce tu debilidad. Él conoce que, si no fuera por la luz del Santo Espíritu, tú no podrías conocer ni hacer su voluntad. El Padre quiere dárnoslo.

En todas estas cosas, hermano, Él es el amigo que está durmiendo y Él es el Padre que va a dar pan, Él es el Padre que va a dar pescado, Él es el Padre que va a dar huevo. En todas estas cosas, hermano, el Padre tiene el deseo de proveerte el Espíritu Santo. “Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?”

Cómo buscar ser llenos del Espíritu Santo

¿Cómo, hermano, podemos nosotros llegar a ser llenos, a tener la presencia del Espíritu Santo? Nosotros búsquenlo, hermano, con oración y ruego. Clame al Señor por eso, que eso no falte en sus oraciones. Yo resuelvo, a partir de este momento, en mi cuaderno de oración, poner siempre al comienzo de mi oración: “Padre, dame el Espíritu Santo, dámelo hoy”.

Esto no es algo, hermano, que se lo van a dar una sola vez. Hay hermanos míos que se han refugiado en ese asunto de que: “No, cuando nosotros nos convertimos nos fue dado el Espíritu Santo”. Hermano, es que es algo dinámico. Es algo que usted lo recibe cuando usted se convierte, claro; si usted llegó a ver a Cristo, fue porque el Espíritu Santo abrió sus ojos. Es verdad que se lo dieron. Pero al mismo tiempo el Espíritu Santo puede darte una llenura más amplia. El Espíritu Santo puede visitarte de una manera especial.

Hay personas que comenzaron en el Espíritu y terminaron en la carne. El Espíritu Santo es el que te mantiene en el Espíritu. Búsquelo todos los días con ruego y con oración. Dice el libro de los Hechos que cuando el Espíritu Santo fue derramado en los discípulos, estaban juntos y estaban haciendo oración y ruego: “Padre, por favor, te lo pido, mándalo al Espíritu Santo”.

Si usted pertenece a esta iglesia, yo quiero comprometerlo a partir de este momento. Si usted tiene preocupación por su hermano, “Hay un hermano como que no madura, un hermano que no avanza…”, deje de estar pidiendo por su temperamento, deje de estar pidiendo por su carácter. Pídale al Señor que le dé a ese hermano el Espíritu Santo. “Padre, llena a mis hermanos del Espíritu Santo”.

El apóstol Pablo, escribiéndoles a los efesios, dice que él estaba orando. Pablo no solamente mandaba cartas pastorales donde exhortaba, donde daba diferentes recomendaciones. Decía él:

Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu.

— Efesios 3:14-16

Hermano, usted debe orar para que esta iglesia sea fortalecida plenamente por el Espíritu Santo. Ore por todos sus hermanos. Qué cosa más hermosa es que nosotros oremos para que el Espíritu Santo le dé poder a nuestros hermanos. “Padre, yo no te pido que a ese hermano tú le des la capacidad de hacer tu voluntad; no, yo te pido que a ese hermano tú le des el poder que viene desde lo alto para hacer tu voluntad”.

Por último, hermano, busque el poder del Señor en ayuno y en oración, del mismo modo que lo buscó el Señor encarnado cuando estuvo en medio de nosotros. Dice que el Señor fue durante 40 días a orar, a ayunar en el desierto, y de ahí salió en el poder del Espíritu Santo:

Y Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto por cuarenta días… Y Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea.

— Lucas 4:1,14

Quiero abrirles hoy a la realidad de que hay una dimensión de la vida cristiana que quizás muchos de ustedes todavía no han conocido, y es la dimensión de la vida cristiana que no solamente es conocimiento, que no es solamente decisión. Es vivir la vida cristiana en el poder, en la potencia, en la fuerza del Espíritu Santo.

Que el Señor haga de esta iglesia una iglesia que sea movida por su Espíritu.

Clamor final y oración por la congregación

Oro por toda la congregación. Si alguien está aquí hoy congregado y todavía no había visto a Cristo, y hoy ya sus ojos fueron abiertos, si alguien puede ver a Jesús como el Señor, si alguien puede entender que Jesús es el Cristo, que Jesús es un ser singular, es porque el Espíritu Santo le llevó a la verdad.

Yo te invito a que hoy avances hacia el Señor. Si Él permitió que tus ojos fueran abiertos, que tus oídos fueran abiertos, Él es un Padre bueno que sigue dando, proveyendo pan, huevo, sustento desde lo alto, pescado, para que hagas en tu vida su voluntad.

Oro por toda la congregación, oro por mis hermanos. He tenido la carga de que quizás mis hermanos están luchando en sus propias fuerzas. Padre, mira cada uno de mis hermanos que están aquí hoy congregados. Padre, permite que el poder del Espíritu Santo los mueva durante esta semana. Permite, Señor, que tengan victoria sobre las áreas de su vida donde anteriormente habían sido avergonzados. Permite, Señor, sobre todo, que puedan sentir al Espíritu Santo anhelándolos celosamente.

Padre, cuídanos en nuestra soledad, cuando nadie nos ve. Cuídanos, Señor, cuando nuestros hermanos no nos ven, cuando nuestra familia primaria no nos ve. Ahí, cuando estamos solos, Señor, permite que sea el Espíritu Santo anhelándonos celosamente.

Mantén tus ojos cerrados, hermano. Si eres tú como la tsunamita que decía que anda buscando al que ama su alma, si hace mucho que tú no sientes la dirección del Señor, el gozo del Señor, la paz y deleite, la paz que sobrepasa todo entendimiento, este río de agua que salta para vida eterna, si hace mucho que tú no sientes ese gozo que sorprende a los creyentes de repente, que sea el Espíritu Santo derramado en tu corazón.

Clama ahí al Señor, dile al Señor: “Dame lo que tú estás ofreciendo. Padre, estoy a tu puerta, aquí estoy llamando. Ábreme, Señor, atiéndeme, Señor, provéeme, Señor, socórreme, Señor, ante esta necesidad urgente. Padre, se trata de los hijos clamando por pan; aquí están los hijos, Señor, clamando por peces; aquí están los hijos, Señor, pidiéndote un huevo. Dales un huevo, Señor; dales lo más básico, Señor. Dáselo tú a tus hijos: la ayuda, el poder que viene de lo alto, la presencia de tu Santo Espíritu. Padre, queremos sentir que no estamos solos, queremos sentir la ayuda del Ayudador”.

Bendice, Señor, esta congregación reunida. Gracias, Padre, por tu presencia. Gracias, Señor, por tu poder en nosotros. Dirígenos, Señor, en el resto del día de hoy y en la semana también, para tu gloria, en el nombre de Cristo.

Nuestro ministerio de oración nos despide, hermanos, con alabanza.

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