Dios les bendiga, hermanos queridos. Les invito a que se pongan ahí un momento sobre sus pies y vayamos a la sagrada Escritura. Alcancemos juntos el Evangelio de Juan, y en Juan vayamos a la última parte, capítulo 19. Estaremos leyendo desde el versículo 25 hasta el versículo 27. En ocasión de que hoy se celebra el día de las madres, permítanme mostrarles una madre ejemplar de las sagradas Escrituras: la madre de nuestro Señor Jesucristo. Y permítanme mostrarles esta madre en uno de los momentos más difíciles de su vida, cuando pudo contemplar con sus propios ojos a su hijo en sacrificio, haciendo la voluntad de su Padre.
Dice así la palabra del Señor, Evangelio de Juan, capítulo 19 desde el versículo 25 hasta el versículo 27. Nuestro Señor está en la cruz, María, su madre, está entre la multitud, y así Juan, que fue otro de los testigos presenciales, describió el hecho, describió lo que allí estaba sucediendo:
Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofás, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.
— Juan 19:25–27
Pueden sentarse, hermanos queridos. Hemos leído una descripción de lo que estaba sucediendo al momento de la cruz, y es más rápido leerlo que procesar todas estas cosas. Estamos hablando de una madre que está mirando a su hijo siendo crucificado. Estamos viendo a una madre mirando a su hijo no solamente en un momento de dolor, sino en un momento de dolor humillante, y esta madre piadosa no cubre sus ojos, no se marcha de allí, tampoco parece estar desesperada. No vemos aquí una madre histérica, fuera de sí, descompuesta; vemos una madre piadosa que está muy consciente de lo que en esa cruz está pasando. Esa es la madre de nuestro Señor Jesucristo.
Al considerar la última intervención que tuvo María con su hijo, ya en la cruz, varios detalles que saltan de la historia evidencian el carácter, la convicción y las actitudes de esta madre. Son cualidades impresionantes, pero todas las mujeres a las que el Señor les ha concedido este precioso don de la maternidad podrían también cultivarlas, en especial aquellas mujeres que son piadosas y que han conocido al Señor. Comúnmente se presenta esta historia desde la perspectiva del Hijo, que en medio del sufrimiento en la cruz se ocupa de su madre; hoy veremos la perspectiva de la madre, que desde la multitud ve sufrir a su Hijo, una mujer que crió a su Hijo según el propósito de Dios y el llamado particular para su vida. Una mujer que permaneció a su lado valientemente aun en el momento más difícil, y una mujer que extendió este instinto maternal que el Señor le ha dado a las mujeres para bendecir aun a otros más allá de sus propios hijos.
Me gustaría usar hoy el ejemplo de esta madre, María, para edificar a través de este ejemplo a la iglesia local. Tengo que, como preámbulo, decirles que esto no es un ejemplo directo en el sentido de que usted pueda participar de lo que ella participó. Usted puede seguir algunos de los ejemplos, algunas de las cualidades de María, pero usted nunca va a poder participar de lo que ella participó. El Señor se encarnó una sola vez y la eligió a ella. Usted no va a ser, cuando el Señor vuelva, el vientre donde Él se encarne; Él no se encarnará, Él volverá en gloria, no necesitará una madre. Esta es una madre singular porque fue la mujer elegida por el Señor para encarnarse. Sin embargo, las cualidades que adornan el carácter de María me gustaría hoy destacarlas delante de toda la iglesia para que sepamos nosotros cuáles son las cosas que tenemos que valorar.
María ejemplo, no objeto de adoración
Al respecto de esto, hermanos, quiero quitar cualquier prejuicio que haya acerca de ver a María como un ejemplo. Hace cientos de años, los creyentes protestantes nos separamos completamente de cualquier atisbo de adoración a María que se pueda encontrar. Nosotros estamos en la acera del frente. Nunca hemos visto a María como una mujer que requiera adoración, que la necesite. No hemos sido instruidos en la Escritura acerca de que María deba tener un lugar especial de veneración por encima de otros creyentes. María, para nosotros, está en el mismo nivel de otras mujeres piadosas de las sagradas Escrituras, como Ruth, como Noemí, como Ana, como su familiar Elizabeth. Son mujeres piadosas que fueron utilizadas por el Señor para alcanzar su propósito; pero nosotros no adoramos a María, adoramos al único que puede y merece ser adorado, que es nuestro Señor Jesucristo.
No estamos tratando aquí de inculcar tener a María en un lugar especial de una vehemencia exagerada, nada parecido. Usted nunca encontrará eso en las Escrituras. En las Escrituras se presenta a María primero como una joven piadosa y después como una madre piadosa. Impresiona su testimonio desde cuando era una jovencita. Recuerdo haber predicado en esta iglesia tanto de la piedad del padre, aunque sea tutelar del Señor, que fue José, el instrumento elegido por el Señor, como de la piedad de María en su juventud. María, ya una mujer entrada en años, como era probablemente cuando estaba a los pies de la cruz de Cristo, seguía siendo una mujer piadosa, y el Señor le permitió contemplar aquellas cosas que se anunciaron cuando ella era una joven, meditar en esto durante años en su corazón y después llegar a ver la consumación en una cruz.
Tengo que decir también, hermano, que como iglesia estamos muy prestos a darle aliento a las madres. No celebramos las madres como un objeto de idolatría. Nuestras hermanas primero no lo merecen en ese sentido de adoración, y después tampoco creo que lo requieran, que se les adore. Nuestras hermanas están asumiendo un rol que el Señor les ha dado y nosotros celebramos al Dios que les dio ese rol. Sin embargo, tampoco dejemos nosotros de dar aliento. Del mismo modo, nos ocupamos cada cierto tiempo de alentar a los padres que tienen otro rol delante del Señor; hoy queremos decirles a las madres que están presentes: hermanas, cuenten con nuestro apoyo. El Señor les ha elegido para este rol particular y nosotros, como iglesia, nos ponemos al lado suyo y les decimos que para nosotros son en extremo importantes.
Están haciendo para la gloria del Señor una preciosa tarea, y queremos motivarles al respecto. Hay toda una serie de principios en la Escritura que durante años hemos mostrado acerca de que las madres deben ser honradas, de que es un asunto agradable delante del Señor cuando una madre es colocada en un lugar privilegiado, en un lugar de reconocimiento. Siempre recuerdo a Salomón en sus mejores años, al principio de su reinado, quizás el primer encuentro que tuvo con su madre después de haber sido hecho rey. La madre vino donde Salomón a presentar una solicitud, y lo que hizo Salomón es que mejoró su trono en el fondo: su madre se inclinó, él la acercó, buscó una silla, la colocó al lado de su trono y tuvo ahí, en el trono, una conversación con su madre. Salomón está diciendo que las madres son importantes, que merecen reconocimiento, que merecen ser destacadas.
Sin embargo, como iglesia, no encuentro otra manera mejor de bendecir, destacar y reconocer a las madres que instruirlas acerca de buenos ejemplos, de los cuales se encuentran pobladas las sagradas Escrituras. Hoy he seleccionado a María para mostrar sus cualidades ejemplares. En primer lugar, estaré mostrando que María en la maternidad no alcanzó los sueños suyos ni los sueños de sus hijos. Alcanzó ella el propósito del Señor. Lo primero que puedo decirle a cualquier madre que esté aquí hoy congregada, que es mi deseo como su pastor, es que asuma el rol de la maternidad no tanto como que este es el sueño suyo particular o que este es el sueño de su esposo. No: los hijos son un proyecto de Dios y usted debería ver esto del mismo modo que lo vio María cuando lo recibió, que dijo ella: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”.
Criar hijos para los propósitos de Dios
Una mujer piadosa asume la maternidad como un rol que ha recibido, un privilegio que ha recibido del Señor. Esta última etapa del ministerio de nuestro Señor, sospecho que fueron días muy amargos para María. Estamos viendo esta semana final en la cruz, hermano, pero semanas antes todo era tensión, todo era sobresalto. Su Hijo está siendo públicamente cuestionado, su Hijo está siendo perseguido, lo están buscando para matarle. Yo estoy imaginando el corazón de esta mujer, como en su aspecto humano debía haber sido sometido al estrés más grande. Pero al mismo tiempo me consuela mirarla a los pies de la cruz, no como una mujer desconsolada, sino como una mujer con entereza que está mirando que su Hijo alcanzó los propósitos del Señor.
Hermanas queridas, salvando toda la diferencia, los hijos suyos también han sido creados por Dios con un propósito, y la mejor tarea que puede asumir una madre es asumir la vida con sus hijos, la vida de sus hijos, a la luz de los planes y los proyectos del Señor. Lo que se ve en toda la Escritura es que un hijo que alcanza en su vida los propósitos del Señor frecuentemente es ayudado por unos padres que han asumido esta solemne responsabilidad, no solamente como asunto de proveerle, como asunto de criarle; ellos lo están criando para que alcancen en su vida el propósito del Señor. Hay cantidad de casos que podría citar en la Escritura de padres que entendieron que sus hijos no eran unos más.
Hermano, si el Señor le ha dado hijos y le ha dado la bendición de llegar a ser madre, entienda que no es solamente para satisfacer un rol social. Usted está siendo en este momento utilizada por el Señor como un precioso instrumento; lo mejor que usted puede hacer es asumir su rol materno para alcanzar los propósitos del Señor. Entre los casos que puedo mencionar, recuerdo, por ejemplo, el caso de Samuel. La madre de Samuel entendió que su hijo podría ser valioso para los propósitos del Señor. Ella no solamente estaba criando; ella estaba criando un hijo para Dios. Juan el Bautista, por ejemplo, primo del Señor, fue un niño deseado, protegido y criado por Zacarías y Elizabeth para que alcanzara en su vida los propósitos del Señor.
Hermana, quisiera colocarte hoy en el rol de ser un instrumento. Entiende que el Señor te ha permitido concebir para que se alcancen sus propósitos. Este caso, hermano, es consistente en la Escritura: hombres y mujeres que llegaron a ser muy útiles para el Señor vienen de familias muy piadosas, que asumieron que la maternidad era más que criar; era criar a la luz de los propósitos de Dios. En un momento de mucha oscuridad dentro del pueblo de Israel, en los tiempos de la monarquía, hubo un rey que muy probablemente iba a morir siendo un niño, pero aparecieron unos tíos suyos que lo ahijaron, lo protegieron, lo llenaron de tierno cuidado, y a través de ese cuidado el Señor se levantó un instrumento en la historia preciosa del rey Joás, del sacerdote Joyada y su esposa, que no siendo suyo, lo criaron para el Señor.
Hermana que estás aquí presente, quisiera motivarte, animarte, alentarte a que críes con propósito, que no solamente digas: “Yo quisiera que mis hijos lleguen a ser profesionales, yo quisiera que sean felices, yo quisiera que hagan una familia”, sino que digas: “Yo quiero que mis hijos en su vida alcancen los propósitos del Señor”.
Quizás este es el ejemplo más recurrido, pero Timoteo fue formado por mujeres para que alcanzara en su vida los propósitos de Dios. Hay en todo esto, al día de hoy, mucha controversia en la sociedad. Yo le doy seguimiento a la BBC, lo que publica en español; la BBC tiene un plan de contenido, hermano, que está orientado a minar los fundamentos mismos de la sociedad. Mensualmente usted encontrará uno o dos artículos acerca de liberalismo sexual, de la homosexualidad, de todo esto, y encontrará artículos en contra de la maternidad: por qué razón hay mujeres que no quieren ser madres, mujeres que quedaron frustradas después de concebir, por qué razón es “injusto” que las mujeres conciban. Usted encontrará una sociedad que está bombardeada respecto de estas cosas.
Contrarrestamos todo esto, hermano, diciéndole que usted no está alcanzando en su maternidad los sueños suyos ni los sueños de sus hijos. Usted está alcanzando los sueños y propósitos del Señor. Cuando una madre concibe, no está dejando sus propios sueños; le dicen: “No, yo no quiero concebir porque tengo que alcanzar mis propios sueños”. Cuando concibes no estás abandonando tus sueños para asumir los sueños de tus hijos, ni estás abandonando tu sueño para asumir el sueño de otro; estás asumiendo el propósito y los planes eternos de Dios. Estás entendiendo que tu vida tiene valor de acuerdo a los planes y propósitos del Señor.
Me emociona que en los tiempos de nuestro Señor Jesucristo se levantó un fenómeno interesantísimo: toda una generación de mujeres le criaron hijos a los propósitos de Dios. Mientras me preparaba para predicar esta semana estuve retrotrayéndome en el ministerio del Señor y traté de pensar, hermano, qué sucedió en la familia del Señor que se levantaron ahí mujeres piadosas que criaron hijos para el Señor. Si usted ve la vida de María, María era una jovencita excepcional, una jovencita piadosa, una jovencita que amaba al Señor y venía de una familia que tenía las mismas características. Si usted busca a sus parientes, salga a buscar a Elizabeth, salga a buscar a Salomé, y todas eran mujeres piadosas que asumían la maternidad no solamente en el rol de criar hijos; estaban criando hijos para que fueran instrumentales en los propósitos de Dios.
Una generación de madres piadosas
De hecho, estas que están congregadas en la cruz son madres de hombres que fueron muy útiles para Dios. Por ejemplo, está Salomé, la madre de Jacobo y de Juan, familiar de María también. Uno dice: pero ¿qué pasó en esta familia que tanto el Hijo de María fue utilizado por el Señor, como también el hijo de Salomé fue utilizado por el Señor, y también los hijos de Elizabeth? Hermano, toda una generación de mujeres fueron utilizadas por el Señor para cambiar la historia. El Señor quiso hacer algo grande y aparecen los nombres de estas mujeres piadosas que fueron utilizadas por el Señor como un instrumento. Qué hermoso sería si entre las mujeres que están hoy congregadas el Señor comienza a hacer algo grande, algo poderoso, y estén en este momento en sus casas criando los hijos que estarán tornando esta sociedad para bien, los hijos que alcancen en su vida los propósitos del Señor.
Que el sueño de estas madres que están aquí congregadas no sea solamente buscar que sus hijos tengan reconocimiento de los hombres en diferentes facetas, sino que el sueño para ellas sea decir lo mismo que dijo María: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”. Veo que estas mujeres encontraron deleite en alcanzar el propósito del Señor por medio de la maternidad. No es su sueño, no es el sueño de otro: es el propósito de Dios. Y lo relaciono con María de manera puntual.
A mí me emociona que, siendo una madre singular, extraordinaria en su rol, asumió su rol con absoluta discreción. No hay dos que vayan a concebir al Hijo de Dios, no hay dos; María era única en ese sentido, pero no encontramos a María en el texto bíblico siempre llevando gloria a su propio nombre, diciendo: “Yo, María, consideraba…”. No; María consideraba que era la sierva del Señor. Entre las cosas que menciono con relación a lo discreto que fue el rol de María, la madre del Señor, en la iglesia primitiva, menciono otras cosas para contrarrestar a aquellos que dicen: “No, porque las madres no tienen mucho reconocimiento, las madres no son muy celebradas”.
Hermano, María en la iglesia del Señor no estaba buscando el aplauso de los hombres; estaba buscando que se haga en su vida el propósito de Dios. María no estaba esperando los aplausos: “¡Wow, qué bien lo hiciste!”. De hecho, tampoco el Señor estaba muy interesado en que se le dieran aplausos a María. En un momento alguien le gritó: “Bienaventurado el vientre que te trajo y los pechos que mamaste”, y Él le dijo: “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan”. O sea, el primero que disuadió la adoración a María fue su propio Hijo.
María fue una madre singular y extraordinaria, y ella misma no escribió ningún libro. Uno podría preguntar: “¿Pero dónde está el Evangelio de María?”. No existe. Usted encuentra el de Mateo, el de Marcos, el de Lucas y el de Juan, y con toda seguridad, todos los evangelistas consultaron a María; pero ni siquiera le dan el crédito. Ninguno de ellos dice: “Yo tuve una reunión hoy con la madre del Señor y en la reunión me dijo…”. No. A María no le interesaba salir en los créditos, hermano. Muchas de las historias que tanto comentan los evangelios definitivamente las vivió alguien que tuvo con Él un contexto hogareño, y probablemente fue su madre, y estaba disponible, pero usted no encontrará aquí testimonio de María diciendo: “Déjenme decirles cómo era…”. No, hermano.
María estaba enfocada en alcanzar en su vida los propósitos del Señor en la maternidad, aunque no recibiera aplausos. María no fundó ninguna iglesia. Sí, porque la iglesia en tal ciudad la fundó tal apóstol, la iglesia en otra ciudad la fundó tal otro, y esta la fundó María… No. María no fundó ninguna iglesia, hermano. De hecho, después de esta semana en la cruz, María en la iglesia primitiva tiene absoluta discreción. La última referencia que tenemos de ella es que estaba en el aposento alto junto con otros discípulos y otras mujeres, orando y rogando al Señor, y aun así hay algunos que quieren cambiar luego lo que nosotros vemos.
Hermano, ella misma tenía necesidad de Dios y estaba orándole a su Dios, teniendo una vida normal como cualquier otra mujer piadosa. Su nombre no tiene preponderancia en las Escrituras. Cuando se menciona a María, primero se mencionan los apóstoles, después los otros discípulos, otras mujeres y también María. Y tampoco aparece María aquí diciendo: “Denme los créditos, yo fui quien lo crié, este muchacho fui yo que lo formé”. No. María entendía que ella estaba siendo instrumental para el Señor, pero que ese muchacho era de Él. Ella fue utilizada por el Señor, gloria al Señor por eso, pero nunca intentó ostentar esa posición.
Con esto quiero decirte, querida hermana, que si el mundo en este momento no te aplaude, tú no estás trabajando para el mundo, tú estás trabajando para alcanzar los propósitos de Dios. No digas: “Es que la sociedad no me aplaude, el marido no me aplaude, las otras mujeres no me aplauden”. Hermano, espera tú un día encontrarte con el Señor de su propia presencia y que el Señor te diga cosas que tú no supiste, pero de qué manera fuiste utilizada por Él para alcanzar, en la maternidad, sus propósitos.
Entregar los sueños a la voluntad de Dios
Me llama la atención el hecho de que María no se aferró nunca a su sueño para su Hijo y no estaba cerrada a la voluntad de Dios. Encuentro muchas madres que ya tienen un sueño muy concreto para la vida de sus hijos: “Mi hijo será tal cosa”. Hermano, no se aferre a eso; aférrese a Dios, a lo que Dios puede hacer con la vida de su hijo. Dice Lucas 2:19, hablando de cuando María recibió esta noticia y después lo que pasó en los primeros años, por ejemplo, con la visita de los magos, lo que ellos dijeron: “Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”.
Y tuvo treinta años para meditar en estas cosas, y por eso, treinta años después, usted encuentra a una María al pie de la cruz que no está descolocada, porque tuvo treinta años para entender que Jesús no era uno más. Tuvo treinta años para entenderlo a la luz del propósito del Señor, tuvo treinta años para interiorizar que aun en el sufrimiento Dios podía alcanzar su propósito. María en la cruz no está descorazonada ni desesperanzada porque María tuvo treinta años meditando en los planes y en los propósitos del Señor.
Hermana, si tú piensas más en los planes y los propósitos del Señor que en tu sueño para tus hijos, te irá mejor, porque tú entenderás que el Señor alcanzará sus propósitos aun en el sufrimiento. En esta etapa del ministerio del Señor, María, si se deja llevar del instinto maternal solamente, quizás hubiese intentado salvar al Señor: “¿Que me lo van a crucificar? ¿Quién, a mi hijo Jesús?”. Mire, una madre en la carne, hermano, lucha con un soldado romano; una madre en la carne que ve que le están sacrificando a su hijo lucha con un soldado. Ana María, en la cruz, hermano, está presenciando esto, y yo imagino cuando pusieron los clavos en sus manos, yo imagino cuando levantaron la cruz, imagino cuando la lanza atravesó su costado y María vio eso, hermano.
La entereza de una mujer piadosa se ve ahí. María, no hay evidencia aquí de que intentara disuadirlo. Pedro intentó disuadirlo: “Maestro, que tal cosa no te acontezca”. María no. Así como dijo de ella misma: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra”, así también podía decir: “Que se haga con Él conforme a la palabra del Señor, y si el Señor lo llamó para eso, eso toca”.
Quizás María pudo ir donde las autoridades y confirmar lo que las autoridades decían; decir: “No, es verdad, Él es hijo de José”. Si ella dice que es hijo de José, le salva la vida. “Este no es hijo de Dios, es hijo de José, yo lo sé”. Cuando debieron haberlo apresado, podría decir: “Bueno, mejor mi hijo preso que muerto, le salvé la vida”. No. María no hizo eso. Quizá pudo haber dicho: “Es un enfermo mental”, ir donde las autoridades y decir: “No lo hagan caso, es que él está loco, es un enfermo mental”. No. María entendió: “Mi hijo es un instrumento para alcanzar los propósitos del Señor; que se haga con él también conforme a la palabra del Señor”.
Este silencio suyo, hermano, y al pie de la cruz evidencia lo que le profetizó Simeón. Cuando Simeón oró por el Señor, le dijo a María: “He aquí, este ha sido puesto para caída y levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha”, y le dijo: “Y una espada traspasará tu misma alma”. El llamado del Señor sobre la vida de María fue un llamado duro: es ver un hijo que iba a ser el Siervo sufriente, un hijo que iba a estar clavado en una cruz, un hijo que iba a ser avergonzado por toda la sociedad, un hijo que su pueblo completo iba a rechazar, un hijo por el que todos gritaron: “¡Crucifícale!”. Una espada estaba atravesando su propia alma, pero los propósitos del Señor estaban siendo alcanzados.
Al respecto de esto, hermano, quisiera invitar a todas las madres a que mediten respecto de “¿Para qué el Señor me dio este hijo? ¿Qué quiere Dios hacer a través de la vida suya?”. A que sean en esto intencionales. ¿Cómo puede usted meditar en el propósito de sus hijos? María guardaba todas estas cosas en su corazón, dice la Escritura. Si el Señor le dio a usted la bendición de concebir, usted debería ocuparse en conocer aún mejor las sagradas Escrituras, porque en las Escrituras está el gran proyecto de Dios para la humanidad, que es la redención.
Discernir dones y encaminar a los hijos
En las Escrituras, una madre aprenderá lo que Dios está haciendo. Lo primero que debería saber es que su hijo nació dentro de la historia; la historia es la consumación del propósito de Dios. ¿Qué Dios está haciendo? Es lo primero que una madre debe saber. Lo segundo que debería considerar una madre siempre son los dones particulares que el Señor le ha dado a su hijo. Su hijo tiene unos dones que son únicos, que servirán para el propósito de Dios, y no son los dones del hijo del vecino; son los dones que el Señor le dio al hijo suyo, y que deben ser utilizados para edificación.
Una madre piadosa trata de observar a su hijo, lo considera desde afuera, lo revisa. Miren, hay madres que son obsesivas con el cuidado físico de un hijo. Escuché hace días a una que decía: “Yo todos los días lo reviso, cada uñita le reviso, les reviso cada dedito”. Bueno, trate de revisar su corazón, trate de revisar sus dones, sus actitudes, su personalidad única. Cada niño es un proyecto y puede ser atesorado para el Señor. Atesórelo para el Señor, vea las inclinaciones que tiene él y canalice eso como una mujer piadosa.
Su hijo tiene dones, hermano, esos dones emergen, esas cualidades están ahí; trate de cultivar esas cualidades para el Señor. Lo primero, hermano, conozca las Escrituras, porque ahí está el gran lienzo de Dios, el gran propósito del Señor para la humanidad. Después considere a su hijo detenidamente a la luz de las Escrituras: “Si Dios está disponiendo hacer esto, ¿puede ser mi hijo usado para aquello? ¿Quiere el Señor usarlo en ese sentido?”. La tercera cosa que una madre piadosa debería hacer es alentar a sus hijos desde el sentido del propósito del Señor. “Mi amor, por ahí, por ahí, por ahí”.
Miren la influencia de una madre. Ese dicho que se conoce: “Detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, aplica también aquí. ¿Cuántas madres están perdiendo el tiempo el día de hoy dando un direccionamiento carnal? ¿Cuáles son los comentarios que se escuchan de la mamá? “Yo le he dicho a él cuál es la mujer que debe seleccionar”, “yo le he dicho a ella cuáles son los hombres que debe evitar”. Hermano, todas esas cosas son secundarias. Dígale a él o a ella que Dios tiene propósitos y que él tiene dones, así que los dones suyos deben ser utilizados en los propósitos del Señor y lo otro será añadidura y asuntos secundarios.
Lo más importante que una madre puede hacer es entender el propósito del Señor, entender los dones de su hijo y tratar de que esas cosas se encuentren. “Mijo, que tu vida valga la pena, que esa inclinación que el Señor te ha dado sea utilizada para bendición de alguien más”. Saque a su hijo del egoísmo. “¡Wow, mi hijo, mira, el Señor te hizo muy inteligente, tú te vas a hacer rico!”. Eso es egoísmo. Dígale: “El Señor te ha dado sensibilidad, te ha dado dones, te ha dado capacidad; que eso sea utilizado y que repercuta en bendición de mucha gente”.
Ese propósito de edificación corporativa debe ser inculcado desde temprano. Dígale a un niño, dígale a una hija: “Mira, que tu vida valga la pena de aquí hasta la eternidad y que sea de bendición para mucha gente”. Ore respecto de eso. Pídale al Señor: “Padre, usa a mi hija; Padre, usa a mi hijo; Padre, que su vida valga la pena; Señor, levántalo como un instrumento para bendición de mi iglesia local, para bendición de tu iglesia en la República Dominicana, para bendición de tu iglesia mundial. Señor, levanta de aquí un instrumento”. Tener esa hambre, respecto de que en la vida de nuestros hijos se alcance el propósito del Señor, debe ser prioridad en la agenda de una madre.
Recuerdo hace mucho tiempo haber mencionado la anécdota, la ilustración en la iglesia, pero vuelvo a leerlo. Es un hijo de este famoso predicador Charles Stanley. Su hijo escribió un libro acerca de inculcar visiones en nuestros hijos y él estuvo testificando en su libro acerca de cómo su padre le inculcó una visión piadosa. Él se llama Andy, es hijo de Charles Stanley, de “In Touch Ministries”. Dice él en su libro:
“En muchos sentidos siento que soy el producto de una visión que mi padre me comunicó siendo un niño. Desde muy temprana edad me solía decir: ‘Andy, Dios tiene algo muy especial para tu vida; te va a usar de una manera poderosa’. Sus palabras se abrieron camino hasta mi corazón. Durante mis días en la escuela secundaria aquellas palabras me flotaban en la mente en unos momentos que yo consideraba muy poco apropiados: ‘Andy, Dios tiene algo muy especial para tu vida; te va a usar de una manera poderosa’. Es probable que su visión para mi vida fuera lo que más me ayudó a caminar sin peligro por el camino minado de la adolescencia”.
Hermana, inunda la mente de tus hijos con visiones piadosas. “Mijo, tú tienes dones; mijo, el Señor te ha dado una gracia; mi hijo, mi hija, tú tienes una facilidad especial para estas cosas; ora al Señor, yo oro al Señor por ti para que tus dones sean utilizados para edificación”. Dejar a tus hijos como nacieron es dejarlos en el egoísmo. Ábreles la ventana de oportunidad de que su vida puede ser valiosa para alguien más, de aquí y hasta la eternidad.
Dice también este mismo autor: “Madres y padres, nosotros somos los principales lanzadores de visiones. Debemos pintar un cuadro intensamente claro en la mente y el corazón de nuestros hijos acerca de lo que ellos pueden llegar a ser, en cuanto a personalidad, conducta e incluso profesión. Debemos derramar en su alma, tan absorbente como una esponja, una visión sobre lo que podrían realizar en la vida. Al fin y al cabo, nosotros vemos su potencial mucho mejor que ellos”.
¿Cuántos casos ha habido en la historia de madres piadosas que inundaron la mente de sus hijos con una visión? Les he mencionado en otra ocasión a Susana Wesley, madre de los Wesley: oraba todos los días por sus hijos y les daba un testimonio piadoso. Cuando ellos llegaron a ser hombres y mujeres, tenían esto muy vívido en su mente, que su madre amaba al Señor y que oraba por todos ellos.
Orar y sufrir con los hijos
Al respecto de orar por los hijos, hermanos, hay una anécdota un poco curiosa, de otro predicador, Charles Spurgeon, hablando él de su mamá. Decía: “No podría decirles cuánto debo a las solemnes palabras de mi buena madre. Cuando éramos todavía unos niños nos sentábamos en torno a la mesa y leíamos versículo por versículo la Biblia, y ella nos explicaba las Escrituras. A continuación venía el momento de las súplicas; posteriormente venía la oración de nuestra madre”.
Recuerdo que en una ocasión su oración fue así. Decía su madre, orando: “Ahora, Señor, si mis hijos continúan en sus pecados, no será por ignorancia que perezcan; y mi alma ha de ser un testigo dispuesto contra ellos en el día del juicio, si no se aferran a Cristo”. Esta idea de una madre sirviendo de testigo voluntario en contra de mí traspasó mi conciencia y sacudió mi corazón. Esta intercesión por ellos ante Dios y por Dios ante ellos es el verdadero camino de llevar los hijos a Cristo.
Madres que están aquí presentes, entusiasmen a sus hijos acerca de que pueden ser útiles al Señor y recuérdenle al Señor frecuentemente el nombre de sus hijos. Les he estado mostrando en primer lugar que María, en su vida y en su rol de maternidad, no alcanzó el sueño de un esposo, no alcanzó el sueño de un hijo; alcanzó los planes y propósitos del Señor. Ella se despojó a sí misma para que Dios obrara. Cuando una madre asume su rol con responsabilidad, no está abandonando su propio sueño; está asumiendo los planes y propósitos del Señor.
Quiero destacar en segundo lugar la valentía que mostró María en el momento más amargo, de qué manera fue, como una espada, traspasado su alma en este momento y en las semanas finales que condujeron al Señor a la cruz. Hermano, digo esto no desde una perspectiva fría, sino desde una perspectiva de convicción. Yo sé que estas cosas es más fácil afirmarlas que sentirlas, porque el momento es difícil. No quiero ser irrespetuoso, hermano, hacia el dolor de una madre que está sufriendo ante el sufrimiento de un hijo.
Sin embargo, digo esto desde mis convicciones: yo puedo ver el caso de María y sospecho que en la cruz María, por sus convicciones, estaba presenciando un asunto agridulce, pero que, desde sus convicciones, era el momento más alto en la vida de su Hijo. Así como una madre se emociona cuando ve a un hijo desfilando en graduación, por ejemplo, o dando el discurso de fin de año, diciendo: “Lo logré como madre, logré que mi hijo fuera bachiller”, yo imagino a María al pie de la cruz viendo a Cristo triunfando. Y por dentro ella se está desgarrando, porque su humanidad está presenciando el sacrificio de su Hijo, pero al mismo tiempo sus convicciones están en este momento aflorando, diciendo: “Para eso ha nacido y eso ha alcanzado. Ha alcanzado el propósito de Dios en su vida”.
Así como quizás a otra madre le entusiasmaría el matrimonio de un hijo, su éxito profesional, su salud, a María le estaba entusiasmando en este momento que se estaba cumpliendo en su Hijo lo mismo que se había profetizado sobre Él. Es esperable, hermano, que del mismo modo que el Señor preparó a sus discípulos, y en esa semana estuvo diciéndoles que va caminando a la cruz, que eso tiene propósito y tiene sentido, se haya reunido con su madre. Es esperable, porque así lo hizo con Pedro y con los demás discípulos; ¿por qué no lo haría con su propia familia natural?
Y así como en la cruz el Señor está siendo obediente hasta la muerte, también está siendo obediente María desde la multitud. Ella sabe que no es el momento de desesperarse. Ella sabe que es un momento profetizado. Ella sabe que su Hijo en la cruz triunfó desde la perspectiva humana y también desde la perspectiva divina, porque Él mismo oró: “Padre, que se haga en este momento tu voluntad y no la mía”. Su Hijo humanamente triunfó, y también el Padre en su propósito eterno está triunfando. Para María es un momento agridulce, por eso no está desconsolada.
Sin embargo, me veo en la necesidad de traer aliento a las hermanas que están aquí y que están criando. Miren, en un mundo caído, una madre tendrá que depender del Señor y llenarse de entereza. Hermanos, ser madre trae unos sufrimientos que son especiales; yo, desde la perspectiva de un padre, no necesariamente puedo entenderlo completamente. Quiero invitar a los padres que están aquí hoy congregados a que entiendan que el nivel de vinculación que llega a tener una madre con sus hijos es muy profundo. Nosotros podemos decir que es lo mismo, “somos una sola carne”, pero ella fue quien lo tuvo en su vientre durante nueve meses.
El dolor particular de las madres
Y después lo amamantó, y el calor de su cuerpo y el latido de su corazón… La vinculación que llega a tener un hijo con una madre, hermano, eso es demasiado profundo, y eso hace que el dolor en una madre sea aún más profundo que el dolor en el padre. Es cierto que los padres sufrimos; nosotros podemos decirlo poéticamente: “Sufrimos al mismo nivel”. Hermano, yo le diré: deberíamos sufrir al mismo nivel, pero ella fue quien lo concibió en su vida, ella fue quien lo gestó en su vientre, ella fue quien lo parió con dolor, ella fue quien lo cuidó cuando estaba más desprotegido. Además, ella ha volcado su vida completa y ha puesto en él todo su futuro, toda su esperanza, todo su plan, toda su diligencia. Una madre llega a sufrir a unos puntos, hermano, que es más profundo que el sentimiento que cualquiera de nosotros como hombres pueda llegar a empatizar.
Madre que estás aquí presente, tendrás que sufrir porque tus hijos van a lidiar con enfermedad, peligro y tristeza. Nosotros no estamos en una burbuja, sino en un mundo caído. Esa desesperación que tiene una madre, que se desespera al ver que su hijo no ha alcanzado el percentil de crecimiento, que no ha alcanzado determinadas actitudes, habilidades; la ansiedad de una madre genera, hermano, una cantidad enorme de preocupación acerca del futuro de sus hijos. Madres que están aquí presentes y congregadas, les diré: sus hijos nacieron en un mundo caído y es la voluntad del Señor también que sus hijos sufran, y una madre tendrá que llenarse de entereza porque usted tiene que criar a sus hijos según el Señor se lo ha dado.
Si el Señor se lo dio prematuro, tendrá que criar a un hijo prematuro. Si el Señor le dio un hijo con algún tipo de discapacidad, tendrá que criar a un hijo discapacitado con el mismo gozo y entusiasmo. Lo que le puedo decir a la luz de la Escritura es que todas las vidas, desde la perspectiva del Señor, tienen valor, significado y sentido para el Señor. Todas las vidas son importantes. Una madre no solamente se goza en el hijo “espigado”, intelectualmente alto, que destaca desde su temprana edad; también la madre se puede gozar sinceramente, a la luz de los propósitos del Señor, con aquellos hijos que parecen más lentitos.
Y es que todos tienen valor, significado e importancia desde la perspectiva del Señor. Ese fue el que el Señor le dio; críe ese para la gloria del Señor. No negamos, hermanos, se sufre. Una madre lo sufre especialmente. Toda madre quisiera tener un hijo que no tenga tristeza, que no tenga decepciones, un hijo que no tenga enfermedad, un hijo que siga el curso esperado que tienen todas las vidas. Pero hay hijos, hermano, que tienen situaciones particulares, y esas situaciones particulares le penetran el alma misma a todas las madres.
Madres que están aquí presentes, ustedes lucharán con sus hijos en los momentos de adolescencia, en los momentos de la juventud, y hasta cuando se casen estarán luchando. Hay madres que están aquí presentes que saben que sus hijos van a luchar en sus matrimonios, así como luchó usted. Hay madres que han pensado que ya lucharon por ellas y por sus hijos: “Yo tuve un matrimonio difícil, yo tuve que esforzarme demasiado para resistir, pero mis hijos no van a vivir eso”. Lo vivirán también. Y una madre piadosa tendrá que llenarse de santa entereza para que en los momentos de sufrimiento de sus hijos no deshonre al Señor.
¿Cuántas son las madres que cuando sus hijos están sufriendo se olvidan de que tienen un Dios, se olvidan de que su Dios tiene propósito, se olvidan de que sus hijos están en las poderosas manos de Dios? Hermano, en esta vida todos vamos a sufrir; a todos nos toca. Ustedes sufrirán la enfermedad, sufrirán la decepción, sufrirán las luchas en sus hijos. Sus hijos experimentarán carencias materiales. Hay madres que quisieran que sus hijos nunca pasen hambre; hermano, pasarán hambre. Y no solamente hambre, porque los problemas de estos tiempos no son tanto de hambre como de ansiedad por llegar a fin de mes. Sus hijos lucharán con la ansiedad de llegar a fin de mes, lucharán con esto de que: “Yo no sé si la compra dará o no dará”. En estos días la gente no se muere de hambre, se muere de ansiedad.
Hermano, sus hijos tendrán dificultades haciendo que el Excel cuadre el presupuesto familiar, que llegue a fin de mes. Hay padres que quisieran tener a sus hijos apercibidos, protegidos, que no experimenten nada de eso. Sus hijos lo sufrirán. Y aquí le doy, hermano, quizás el trago más amargo. María, una espada traspasó su propia alma, pero cualquier decepción que pudo tener con su Hijo no fue una decepción ni moral ni espiritual. María tuvo un hijo que en ese aspecto fue perfecto. El sufrimiento suyo fue que, aun en su perfección, su Hijo por el pecado nuestro iba a tener que sufrir.
Ay, hermano, ustedes no solamente sufrirán porque sus hijos, para alcanzar el propósito del Señor, tendrán que sufrir. Es que sus hijos, hermanos, tienen una naturaleza inclinada al mal, tienen naturaleza pecaminosa; sus hijos pecarán y sufrirán también las consecuencias de su pecado. María no tuvo que lidiar con eso, hermano, pero nosotros sí. “Oye, yo quisiera sacar los tiros al corazón de mi hijo para que no pecara”. No, hermano. Su hijo tiene potencial para la maldad y practicará el pecado, y el Señor le perdonará y también sufrirá las consecuencias.
“¡Wow!, si nuestros hijos no pecaran, qué hermoso sería”. En este sentido, a María le fue “mejor” que a nosotros. Es verdad que el de ella terminó en una cruz, hermano, pero por lo menos el de ella no conoció pecado. Padres y madres que están aquí, ustedes tendrán que lidiar con que sus hijos van a deshonrar primero al Señor y después a ustedes, que van a cometer pecados y sus pecados tendrán consecuencias. Y el Señor les restaurará, y usted también tendrá que recibir a sus hijos como hijos pecadores.
Quiere el Señor que sus hijos no practiquen la maldad, sino que temprano conozcan el Evangelio, pero aun si conocieran el Evangelio, en algún momento, hermano, el pecado les alcanzará y tendrá consecuencias. Y nosotros como padres, hermano, tenemos que prepararnos para sufrir, y hasta para soportar eso; el Señor les dará la fuerza. El Señor les dará la fuerza.
Les he mostrado, en primer lugar, hermanos queridos, el sentido de propósito que tuvo María en su maternidad. Ella estaba criando un hijo para los propósitos del Señor. En segundo lugar, la valentía que mostró María aun en el momento más amargo, porque veía la vida de su Hijo a la luz del propósito del Señor. Ay, hermano, no se deje engañar: si sus hijos no sufren, muy probablemente no alcancen el propósito del Señor, porque el Señor en nuestros días alcanza su propósito a través del sufrimiento. Si usted quiere un hijo impoluto que no sufra, muy probablemente usted tendrá un hijo que esté multiplicado por cero a la luz de los propósitos del Señor. Porque aquellos que en su vida quieren vivir piadosamente enfrentarán tribulación, enfrentarán dificultades.
Extender el instinto maternal a la iglesia
Termino mostrándoles que María, como madre, se extendió aun más allá para alcanzar a otros hijos. Eso es lo que dice el texto. Acompáñenme al versículo 26 y 27. En el versículo 25 les he estado mostrando que María presenció de cerca el sufrimiento de su Hijo, y que como madre su alma fue traspasada; esto a la luz del versículo 25. A la luz del versículo 26 quiero mostrarles algo más:
“Cuando vio Jesús a su madre y al discípulo a quien Él amaba que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa”.
Quiero mostrar que María extendió sus instintos como madre para alcanzar a otros que ella misma no había parido. El Maestro está mostrando aquí un cuidado doble: primero, un cuidado hacia Juan, su discípulo querido, su discípulo amado, y un cuidado hacia María, su madre natural.
Sorpréndase de que Juan tenía su mamá: estaba ahí también. Estaba a los pies de la cruz, la mamá de Juan también estaba ahí. Y María tenía otros hijos, que probablemente estaban por ahí cerca también. Pero el Maestro en esto, hermano, está mostrando un cuidado que va más allá del cuidado físico; también está cuidando en el sentido espiritual.
Muy probablemente el hecho de que los hermanos naturales del Señor, los hijos de José, no creyeron en Él hasta su resurrección, generó en el Señor la natural preocupación de “¿Qué va a ser de la vida de mi madre?”. Porque mis hermanos naturales no son parte de la iglesia, no están entre nosotros; ella ya está entre nosotros. Muy probablemente se ha estado desvinculando de la familia natural, no tiene con ella tanta vinculación. “¿Qué va a pasar con mi madre?”. Entonces, espiritualmente, Él puso a su madre en las manos de su discípulo y a su discípulo en las manos de su madre.
En este sentido, hermano, el Señor está cuidando de ellos en el sentido emocional y hasta en el sentido espiritual. Y es que Dios ha dotado a las mujeres con un instinto especial, eso que se le llama “instinto maternal”, hermano, eso es real. Y eso lo tienen las mujeres aun aquellas que no han concebido. Hay unas actitudes naturales, una capacidad excepcional que el Señor le ha dado a todas las mujeres, y ellas podrían utilizar eso no solamente para criar a sus hijos, sino también para edificar la iglesia del Señor.
Esto que se le llama frecuentemente instinto maternal son unas cualidades que emergen en toda mujer y que las hacen, hermano, muy útiles para los fines de edificación. Menciono por lo menos cuatro de las expresiones de esto que se llama instinto maternal. Es que dentro de toda mujer el Señor ha puesto una capacidad extraordinaria para mantener más de una cosa funcionando a la vez. Esa capacidad, hermano, de funcionar como si tuvieran cinco brazos y como dos cerebros funcionando en paralelo. Uno dice: “Pero, ¿cómo es que pueden hacer tantas cosas a la vez?”. Es que el Señor ha dotado a estos seres extraordinarios que son las mujeres con estos instintos que les hacen tener esta capacidad extraordinaria para mantener más de una cosa funcionando e individualizar en cada una de ellas.
No quiero en esto, hermano, hacer una generalización muy grande, pero de manera general los hombres no somos así. De manera general atendemos una cosa a la vez y como que nos enfocamos en eso con presión; las mujeres siempre tienen un contexto general, están atentas aquí, también atentas allá, y atienden una cosa y otra. No quiero hacer de esto, hermano, una caricatura de la maternidad, pero frecuentemente una mujer tiene la capacidad de atender unas cosas en la cocina, una actividad en lo que está haciendo un hijo y tener una conversación razonable con su esposo. ¿Y el esposo qué está haciendo? Teniendo una conversación con ella.
Estas cualidades son muy valoradas en las empresas. Usted ve que las empresas prefieren contratar mujeres para determinadas posiciones, es que las mujeres tienen esta capacidad de administrar muchas cosas a la vez y terminan siendo muy útiles también en las empresas. Eso es algo que el Señor le ha dado a las mujeres.
Ténganme ahí cuando les menciono la cualidad. Manténganse recordando que les menciono esto para que entiendan que esas cualidades pueden ser utilizadas para la edificación también de la iglesia local. Esta cualidad que tiene una mujer de mantener más de una cosa funcionando a la vez es preciosa también en la vida de la iglesia.
Miren, a las mujeres el Señor les ha dado, de manera natural, una disposición muy hermosa hasta para trabajar durante largo tiempo por el bienestar de los otros. Y esa capacidad que tiene una mujer de deponer un proyecto, de deponer un plan, para atender el plan y el proyecto de otros, hermano, eso es un asunto que se lo ha dado el Señor. Las mujeres llegan a tener un sincero deleite en que otros alcancen su propósito. Y esto de aupar la vida de los otros para que su vida alcance propósitos es maravilloso en la vida de las mujeres.
Ay, hermano, el Señor les ha dado a las mujeres un instinto de protección que las hace estar especialmente alertas a cualquier cosa que pueda poner en riesgo la vida de sus seres amados. Son “mamá gallina”. Pero las mujeres no se convierten en mamá gallina cuando se casan; aun antes de casarse son sobreprotectoras. Tienen un sano celo, en el mejor de los casos, respecto de su núcleo familiar.
Yo parece que estoy certificando, hermano, porque crecí rodeado de mujeres, y todas son mamá gallina, hermano. Yo busco todas mis primas, todas las mujeres que vivieron en mi casa, todas mis hermanas; es un instinto natural de protección que hay en las mujeres, que el Señor se lo ha dado, y todo eso es hermoso, no solamente en la maternidad directa, sino también cuando utilizan esos dones en la vida de la iglesia local.
Cuando el Señor le dijo a su discípulo: “He ahí tu madre”, está cuidando a sus discípulos. Frecuentemente se dice: “Ah, que el Señor está teniendo cuidado de Juan”, y quién no quisiera tener una madre espiritual como María. Lo que se dice frecuentemente es: “Ah, el Señor cuidó a su madre ya vieja para que su discípulo amado tuviera el cuidado de ella”. No; también estaba cuidando a Juan a través de María. Y yo tengo que ver a María en el ministerio de Juan y solamente sospechar, hermano, de qué valor habrá sido tener viviendo en su casa una mujer piadosa como María. Eso le cambia la vida para bien a cualquiera espiritualmente. ¿Quién no quisiera convivir con una mujer como María? Dice: “Y desde aquella hora él la recibió en su casa”. Inmediatamente, claro, un gusto.
Mujeres que edifican la iglesia
Hermanos, tener mujeres piadosas en nuestra vida es un regalo del Señor, y ese instinto maternal hace que las madres lleguen a proyectarlo en más de un hijo que no necesariamente ellas parieron. Muestro ejemplos de este caso, de mujeres que extendieron su instinto maternal y estas cualidades que el Señor les ha dado de cuidar, de proteger, de sacrificarse a favor de la edificación de la iglesia.
El Maestro, el Señor Jesucristo, no solamente tenía a María, a su mamá, tenía como cuatro Marías más que estaban alrededor de Él y le cuidaban. Pero había un ejército de mujeres que se llaman en la Escritura “las mujeres asimismo”, que cuidaban especialmente del Maestro. El Maestro se movía de una ciudad a la otra y dice que las mujeres iban con Él y le cuidaban. Cristo era servido por una multitud de mujeres.
Pedro tenía una suegra que estaba enferma; el Señor sanó la suegra de Pedro, e inmediatamente la suegra comenzó a servir al Señor y a su núcleo familiar. Es una cualidad que tienen las mujeres que se convierte en mucha bendición para la edificación de la iglesia. No me quiero solamente limitar a los casos de las Escrituras, aunque son los mejores. Grandes instrumentos del Señor que han sido utilizados por el Señor de manera muy fructífera, todos testifican que el Señor les proveyó una, dos o tres mujeres que les fueron de bendición en su ministerio.
Hermano, en el Antiguo Testamento recuerdan que el profeta Eliseo tiene una mujer que le recibe en su casa. Esta mujer mandó a preparar una habitación para el profeta. Pero proyecten eso mil quinientos años después: John Stott, que durante cincuenta años desarrolló un ministerio muy fructífero, el Señor le mandó un regalo, una mujer llamada Frances, que cuidaba de John Stott y de su ministerio y tenía tanta influencia como John Stott en el avance de su ministerio.
Una vez le preguntaron a Frances: “¿Y cómo tú pudiste hacerlo?”. Ella dijo: “John Stott escribió cincuenta libros; yo escribí cincuenta libros”. O sea, que ella veía los libros de John Stott como si fueran sus propios libros, porque sirvió a John Stott de manera muy piadosa y con todos sus dones. Fue tan influyente la vida de Frances en Inglaterra, en sus tiempos, que se escribió la biografía de John Stott y quizás unos años después se escribió la biografía de Frances. Ella cuidó de su ministerio, ella cuidó de las personas que trabajaban con él, y se convirtió, hermano, en una madre espiritual para muchos muchachos en Inglaterra. Muchos muchachos que crecieron en el ministerio de Stott testifican que, en gran medida, su ministerio ha sido bendecido e impactado a través de los dones preciosos que el Señor le dio a Frances.
Predicaba en días pasados cómo Pablo mandó a saludar a Gayo y después le dijo: “Salúdame también a tu madre, que es mi madre”. Miren, en las iglesias locales siempre hay hermanas que asumen un asunto de maternidad, por decirlo así, no encontrando otro término. Lo utilizo con cuidado, porque a veces se ha abusado de esto, pero el término es una maternidad espiritual: son mujeres que asumen ser “mamá gallina” espiritualmente para alguien más.
Dorcas, por ejemplo, al parecer una mujer soltera, tenía un ministerio: dice que preparaba vestidos para personas que no tenían. Estaba sirviendo a la iglesia, y cuando murió Dorcas mandaron a buscar a Pedro y le mostraron: “Mira las prendas que ella hacía para sus hermanos”.
Lidia, una mujer adinerada, recibió la iglesia en su casa y proveyó para las necesidades de los apóstoles. En el Antiguo Testamento, Débora dice, cantando: “Me levanté como madre en Israel”, o sea, que ella veía al pueblo de Israel como si fuera sus hijos. Ella quería espiritualmente cuidar del pueblo, quería con sabiduría cuidar de los otros; es como ser una madre espiritual para el pueblo de Israel.
Y digo como testimonio, hermano querido, que los obreros del Señor llegamos a tener muchas, muchas madres espirituales: mujeres piadosas que llegan a cuidar de uno con mucha ternura, que llegan a sustentarlo, que llegan a representarle. Y de eso no rehuimos, hermanos, porque eso mismo recomendó Pablo a Timoteo. Lo dijo Pablo a Timoteo en 1 Timoteo 5:2, que considerara a las ancianas como madres y a las jovencitas como hermanas. Con esto, hermano, hay profunda piedad en las relaciones de la iglesia, pero quiero mostrarle a todas las mujeres que están aquí congregadas hoy:
Si el Señor le ha dado la bendición de concebir, haga las dos cosas: asuma el proyecto de los suyos a la luz de los propósitos del Señor y, al mismo tiempo, extienda estos dones preciosos que el Señor le ha dado a usted como mujer para cuidar de su iglesia. Y si el Señor todavía a usted no le ha permitido concebir o no le va a dar esa bendición, hermano, porque no está garantizado, no está asegurado, deleítese en utilizar estos dones que el Señor le ha dado también para la edificación de la iglesia local. Quiere el Señor levantar mujeres piadosas en nuestra iglesia que asuman el propósito de cuidar espiritualmente de alguien más.
Les he mostrado, en primer lugar, hermanos queridos, que María asumió el propósito del Señor, no sus propios sueños. En segundo lugar: sufriremos, hermanos, pero mostremos valentía respecto de esto, que el Señor alcanza su propósito en el sufrimiento. Y en tercer lugar, les he demostrado que las madres piadosas no solamente hacen esto en su casa, también lo hacen en la iglesia. Que el Señor quiera que estas cualidades únicas que les ha dado a nuestras hermanas emerjan y se manifiesten en bendición para todos nuestros ministerios.
Oración por las madres
Ahí donde están, permítanme orar por todos, pero especialmente por las madres que están aquí hoy congregadas. Oro en este mismo orden, hermano, en que he estado predicando.
Padre, mira cualquier madre que está aquí hoy presente y se haya sentido que sacrificó su sueño para criar hijos. Enséñale, Señor, que se está sacrificando por ti primero y no por ellos. Enséñale, Señor, el precioso privilegio que les has dado: la maternidad. Enséñale, Señor, el impacto y la influencia que pueden tener en sus hijos. Y enséñale, Señor, que la cláusula de reconocimiento la recibirán de ti y no de los hombres. Como estuvimos viendo esta mañana en el culto de servidores, hagamos todas las cosas como para el Señor y no para los hombres.
Padre, te pido por las madres que están aquí hoy sufriendo por las decisiones de sus hijos. Mira aquellas, Señor, que se sienten desconcertadas porque sus hijos van caminando por lugares que ellas no entienden convenientes. Permite, Señor, que sean como la madre de Moisés, que un día lo depositó en una canasta y lo puso en las manos del Señor. Padre, cuida a los hijos de todas las madres que están aquí hoy congregadas, en este río tumultuoso que es nuestro tránsito por este mundo caído. Padre, cuida a los hijos de todas las madres hasta donde ellas no pueden cuidar. Enséñales que aun su instinto fuerte y maternal, Señor, es un instinto limitado. Permite que a sus hijos les vaya bien, porque sus hijos, Señor, sean cuidados por las poderosas manos del Señor.
Padre, dales valentía y denuedo para soportar los errores de los suyos, Señor, para soportar los desaciertos de los suyos y seguir esperando que los suyos puedan alcanzar los preciosos propósitos de Dios. Padre, levanta historias de redención familiar donde las madres puedan decir: “Yo no salvé a mis hijos, lo salvó el Señor, y lo salvó para alcanzar sus propósitos”.
Padre, cómo no te voy a pedir por todas las mujeres, madres o no, que están aquí hoy congregadas. Enséñales que en su rol, su personalidad única, su corazón único, Señor, sus instintos únicos pueden ser utilizados también de manera espiritual. Permite, Señor, que espiritualmente, como madres, Señor, se asuman y edifiquen la iglesia. Permite, Señor, que estas capacidades únicas que tú les has dado a todas las mujeres, si no tienen, Señor, ahora mismo hijos donde puedan ejercitarlas, sepan que ya tienen iglesia y que esta iglesia, Señor, sea adornada por los preciosos dones que tú les has dado a cada una de estas hermanas nuestras.
Padre, bendice a las madres, alienta a las madres, mejora el entendimiento que tienen de su rol, Señor, y el fruto que están teniendo cuando están haciendo todo esto para tu gloria. En el nombre de Jesucristo. Amén.
Que el Señor les bendiga especialmente a las madres que están aquí congregadas. Nuestro ministerio de alabanza nos despide con canción.