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El enojo de Jonás

Jonás 4

Dios utiliza el enojo de Jonás frente a la misericordia mostrada a Nínive para confrontar el egoísmo, el sentido de merecimiento y la compasión selectiva de su pueblo.

Predicado12 de junio de 2016
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Lleguemos a Jonás capítulo cuatro. Damos las gracias al Señor que, con su ayuda, hemos podido ya considerar tres capítulos de Jonás, y al concluirlos siento que me estoy poniendo viejo, porque cada vez que cierro la exposición de un libro de la palabra del Señor me llega como una tristeza, como un pensar: ¿y cuándo será que regresaremos a él de nuevo? No se ve que para los próximos años podamos regresar a Jonás con tanta dedicación. Y al mismo tiempo, hermano, hay tanta sabiduría de la palabra del Señor que a veces uno tiene la mala conciencia de si estaremos teniendo todo el aprovechamiento de cada una de estas partes de la Escritura, como de hecho podríamos tenerlo.

Ya hemos visto al profeta Jonás desobedeciendo el llamado del Señor en el capítulo 1. Hemos visto al profeta Jonás arrepintiéndose con vehemencia en el capítulo 2. Hemos visto al profeta Jonás siendo llamado nuevamente por el Señor a cumplir su labor como profeta, yendo a Nínive; vimos a Nínive arrepentirse en el capítulo 3. Ahora veamos el capítulo cuatro: el enojo del profeta Jonás con el arrepentimiento de Nínive. Leamos desde el versículo 1 hasta el versículo 11, luego oremos al Señor y consideremos su palabra. Dice así la Escritura, después que Nínive se arrepiente, esto es lo que continúa, Jonás capítulo cuatro:

Pero Jonás se apesadumbró en extremo, y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis; porque sabía yo que tú eres Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte, y de grande misericordia, y que te arrepientes del mal. Ahora pues, oh Jehová, te ruego que me quites la vida; porque mejor me es la muerte que la vida. Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto? Y salió Jonás de la ciudad, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad. Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás, para que hiciese sombra sobre su cabeza, y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera. Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera, y se secó. Y aconteció que al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano; y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba, y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida. Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte. Y dijo Jehová: ¿Tuviste tú lástima de la calabacera en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació, y en espacio de otra noche pereció; y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?

— Jonás 4:1-11

Y ahí termina. Pongámonos en las manos del Señor en oración. Tienten ahí sus manitos, o alguna persona que tengan cerca, en un reconocimiento de que estamos juntos en esto, que es considerar como iglesia la palabra del Señor. Cuidamos que es el Señor que dio su palabra. Que nos dé sabiduría para entrar a ella, deleitarnos en ella y vivir de acuerdo a ella.

Gracias, Señor, que nos has acompañado en Jonás 1, 2 y 3. Gracias, Señor, porque hemos sentido de nuevo el privilegio de exponer tu palabra y vemos, Señor, cómo ella comienza a cotejar cosas en nuestro hombre interior. Mira aquí, Señor, once versículos más de tu palabra de sabiduría y una iglesia, Señor, que está atenta a tu proclamación. Permítenos entender tu intención en estos versos. Permítenos, Señor, poder llegar a las profundidades de tu revelación. Permítenos, Padre, salir de allí con resoluciones de obediencia. Usa, Señor, el enojo de Jonás para disciplinar esta iglesia local. Permítenos vernos como en un espejo en la vida y labor del profeta.

El carácter de Dios y la tesis del sermón

Y hacer nosotros los correctivos de lugar que hagan falta. Bendícenos con el pan de tu palabra, Señor, bendice tu iglesia con los nutrientes de vida. Fortalece a cada persona aquí congregada, Señor, llévanos a una relación más correcta contigo. Que hoy, Señor, salgamos de aquí con actitudes expuestas, confrontanos, Señor, pon el foco en nosotros. Que seamos, Señor, removidos por tu palabra por un momento, para que seamos cimentados bien en ti. Permítenos, Señor, estar a la altura de tu revelación y que cuando tu pueblo, Señor, sea bendecido con entendimiento, lo que responda el pueblo en consecuencia sea obediencia. En todo esto, Señor, te honramos a ti, honramos tu palabra, nos humillamos ante ti, en el nombre de Cristo.

Dice el hermano, nuestra introducción, que el final del libro de Jonás no es positivo. Yo quisiera que lo fuera, hermano, pero no lo es. El profeta que días atrás, escasos días, unos cuantos días atrás, se había arrepentido con vehemencia desde el vientre del pez, con tanta poesía, hermanos, con tantas palabras, con tantos versículos, con tantos salmos, al ver ahora que Nínive se arrepiente, recupera su actitud inicial y expresa abiertamente la razón de su desobediencia, quedando en evidencia que no era otra que el egoísmo nacional, tan común entre los judíos hasta los tiempos de Cristo. Jehová le confronta con paciencia y, por medio de una señal sobrenatural, le enseña que su piedad por todas sus criaturas, no solamente por Israel, es completamente apropiada y termina así el libro de una forma abrupta.

Y hasta en la ausencia, hermano, de un final más expresivo, el Señor nos habla fuertemente desde el libro de Jonás. Hoy veremos que la misericordia es un rasgo distintivo del carácter de nuestro Dios, y que la misma, cuando es ofrecida soberanamente por él a quienes aparentemente no la merecen, puede ser un instrumento para disciplinar a su pueblo. Aprenderemos que no debemos dar por sentado que merecemos ni siquiera las cosas más pequeñas que hemos recibido de Dios. Sobre todo, hermano, aprenderemos a estar muy agradecidos por todo lo que el Señor ha hecho por nosotros.

Como preámbulo le diré, hermano, que este fue un libro escrito para los judíos. No pierdas eso de vista, porque aunque el objeto del arrepentimiento fue Nínive, este libro el Señor permitió que estuviera en las Escrituras principalmente, primeramente, para enseñar a su pueblo. Y les decía, cuando comencé esta serie de exposiciones, que una de las cosas que a mí me da constancia de que este es un libro inspirado es que es el tipo de literatura que un judío no quisiera tener en su Biblia. Si por los judíos fuera Jonás no aparece, Nínive no se escribe, este libro no se publica; pero el Señor, en su soberanía, permitió que el libro de Jonás se escribiera y que eso fuera parte de las Escrituras sagradas judías, para que haya un recordatorio constante en la mente de un judío de cuál fue la actitud de Nínive y cuál es la actitud de ellos.

La respuesta de Jonás al arrepentimiento de Nínive

Lo que pretendo hacer, hermanos, es mostrarles primero la respuesta de Jonás ante el arrepentimiento de Nínive. Cualquier predicador quisiera ver algo así: el anhelo de cualquier persona que expone la Escritura, ver un pueblo completo humillándose delante del Señor. Es más, la desesperación de la mayoría de los maestros de Escritura es ver poca reacción del pueblo ante algo tan precioso que han recibido, que es la palabra del Señor. ¡Guau, hermano, cuánto quisiera yo tener una audiencia que fuera como tipo Nínive! Un pueblo, como quien le dice una palabra sencilla que es del Señor y que responde con vehemencia y con arrepentimiento, y manda ayunar hasta los animales. ¿Qué pastor no daría por tener una congregación de ese tipo?

Cuántos evangelistas quisieran ver algo así: ir a un pueblo y predicar la palabra del Señor y que un pueblo completo, desde el pueblo llano hasta las autoridades, respondan afirmativamente a la invitación del Señor. ¿Cuál fue la respuesta del profeta Jonás? Dice que él se apesadumbró en extremo y se enojó. Oigan, hermano, qué asunto más desproporcionado. Lo que quisiera cualquier mensajero es que el pueblo reciba el mensaje. Jonás tiene la ocasión donde predica un sermón sencillo y el pueblo se arrepiente en pleno. Entonces, en vez de alegrarse y celebrar la obra que el Señor ha hecho, lo que hace es que sale del pueblo y se enoja.

Ay, hermano, qué primera lección encontramos aquí: que aún después del arrepentimiento, nuestra naturaleza anterior sigue operando. Y aquello que fue un rasgo distintivo del carácter de Jonás en el capítulo 1 fue distintivo en el carácter de Jonás en el capítulo 2 y en el capítulo 4 vuelve a aparecer la misma actitud. Jonás capítulo 3 es como un paréntesis de gracia donde vemos un Jonás un poco distinto, pero pronto regresa Jonás a su comportamiento regular. Y estos son los altibajos, hermano, en el caminar cristiano de una persona normal. Uno quisiera tener victorias sobre áreas de su carácter, donde uno diga: ya eso jamás va a volver a visitarme, pero el egoísmo que tenía Jonás en el capítulo 1 aparece nuevecito en Jonás capítulo 4.

Entonces aquí uno se pregunta: ¿no fue genuino el arrepentimiento? ¿No hizo el Señor una obra? Hermano, es que lucharemos contra nuestra naturaleza pecaminosa al principio y también al final; moriremos luchando. Jonás, hermano, es paradigmático; se parece a nosotros. ¿Cuántos de ustedes quisieran calzar luchas espirituales, quizás con el egoísmo de Jonás, o quizás con cualquier otro pecado que ofenda al Señor, que fueron asunto del pasado, pero luego se dan cuenta que los pecados del pasado tocan la puerta y vuelven a visitar? Y luchas, que uno entendió que había dejado por los años 90, entonces uno se encuentra que quieren mandar invitación para entrar nuevamente a la casa. Hermanos, estás luchando contra el pecado, estás luchando contra la naturaleza, estás luchando contra el enemigo de tu alma hoy y seguirás luchando mañana.

El etnocentrismo y el sentido de merecimiento

Jonás no debía bajar la tensión, la guardia, porque el egoísmo que era característico en él fue característico desde el principio y hasta el final. Pero ahora viene rebozado, hermano; ahora se hace evidente cuál fue el verdadero motivo de su desobediencia. Cuando prediqué eso yo le dije que podía especular, como si acaso no conociéramos el capítulo cuatro, pero el capítulo cuatro evidencia qué era lo que operaba en el carácter de Jonás.

¿Por qué Jonás no quería la salvación de Nínive? Es muy sencillo, hermano: eso se llama etnocentrismo, creer que tu terruño es el terruño perfecto, y lo otro mirarlo con un sentido de superioridad, superioridad y merecimiento. Detrás de ese sentido de superioridad lo que hay es la mente de un judío que dice: nosotros somos el pueblo del pacto, nosotros somos el pueblo elegido, nosotros somos superiores a los otros pueblos. ¿Superiores en qué sentido? Nosotros somos superiores porque el Señor nos eligió para ser su pueblo especial. ¿Pero por qué? ¿Porque nosotros no éramos tan pecadores como los otros? Eran tanto o más.

La realidad, hermano, es que Israel fue seleccionado por el Señor para ser de bendición para todas las naciones de la tierra, no porque fuera el pueblo perfecto, no porque fuera el pueblo más grande, solamente por su pura gracia. Pero entre los judíos prevalecía la idea de que ellos efectivamente eran superiores a la media de los hombres y que la media de los hombres no podía tener la misma misericordia que tenía Israel. Hermano, eso mismo lo que hay detrás es un sentido de salvación por obras, que visitó el carácter de Jonás, pero también visita frecuentemente la iglesia local. Dés un tiempecito en su militancia cristiana y usted va a terminar creyendo que realmente usted merece cosas.

Dese un tiempecito en su militancia cristiana y usted va a llegar a entender que usted tiene derechos, que usted tiene puntos, que el Señor debe darle algo. ¿Y por qué? Por mi perseverancia. Quince años en los caminos del Señor. Conocí al Señor siendo un niño, otros hermanos por su testimonio trascendental: el Señor me sacó a mí de la muerte y desde allí el Señor me rescató. Yo merezco. Hermano, no hay ningún merecimiento. Hay otros que piensan que no haberse apartado del camino como se apartaron otros les da méritos. Me recuerdan al hermano del hijo pródigo, que cuando llegó el hijo pródigo y el papá le hizo fiesta, entonces el hermano le dice: le está haciendo fiesta a él que se fue, y a mí que no me fui, yo que he estado aquí al pie del cañón contigo, yo que no he estado disipando, yo que he sido fiel, ¿a mí qué?

Hay otros, hermano, que sienten que lo merecen por los sacrificios que han hecho. Por ejemplo, “he dejado tal pecado, por favor la alfombra”. ¿Y por qué tú mereces la misericordia del Señor que te saca del pez y ellos no merecen que el Señor tenga misericordia de ellos? “Porque yo soy judío”. Y aquí, hermano, uno ve claramente una actitud que parece vergonzosa. El versículo 1 le dice: “Pero Jonás se apesadumbró en extremo y se enojó. Y oró a Jehová y dijo: Ahora oh Jehová, ¿no es esto lo que yo decía estando aún en mi tierra?” Él está diciendo eso. Oye, pero parecía que Jonás en el vientre, hermano, había aprendido todas las lecciones que debía aprender y que después de esa crisis ya Jonás jamás iba a pensar ni siquiera en cuestionar a Dios; vuelve a hacerlo.

Son muchos los hermanos míos que tienen un “vecino Nínive” y por eso piensan que son buenos. Porque “nosotros somos buenos, porque mira, nosotros somos distintos a ellos”. Hay una canción que dice así, hermano: que el bueno deja de ser bueno sin el malo. Y el negro deja de ser negro sin el blanco. Hay muchos, hermano, que funcionan por contraste y piensan que son buenos por lo derribado que está el mundo, por lo desviado que está el mundo, y como el mundo está viviendo en su abierta pecaminosidad, nosotros, que en la verdad no estamos haciendo nada que sea muy distinto, más allá de la misericordia del Señor, entonces parece que somos más buenos.

Ese Nínive vecino violento y pecador hacía que Israel pareciera que fuera más de lo que realmente era. Y se activó, hermano, ese Jonás, y yo te digo: tú también tienes tu Jonás interno. Esta actitud es esa bondad de pensar que somos superiores, que merecemos más y que el Señor tiene que tener con nosotros un trato particular. Se activa también en nosotros. Por diferentes cosas, hermano, pero esas ondas internas y cositas que yo podría acomodar. Hay hermanos míos que se les activa su zona interna y se sienten apesadumbrados y enojados. A veces, hermano, con nuevos creyentes que son muy activos.

El “Jonás interno” frente a nuevos creyentes y crecimiento de la iglesia

Hay un nuevo creyente que llega a la casa del Señor y se mueve mucho, y ese hermano que tiene años en la casa del Señor dice: no debería moverse tanto, va muy rápido. Y, para dejarlo en serio, dice: “dice la Escritura que no debería ser un neófito, porque después se envanece”. Sí, es verdad, la Escritura dice que los ancianos, los pastores de una iglesia no deberían ser los neófitos, pero no dice en ninguna parte que un nuevo creyente no puede hacer ninguna otra cosa en la casa del Señor.

Pero hay hermanos míos, nuevos creyentes, que despiertan el Jonás interno que hay en el corazón; se están moviendo mucho, hay que como que jalarlos un chin. Sí, hermano, ese sentimiento de Jonás: “tú estás llegando ahora a las filas; yo tengo más tiempo, y hay que venir donde mí, ese hay que venir donde mí”. El Jonás interno, hermano, así mismo, eso mismo. No es el movimiento del nuevo creyente lo que le inquieta, sino que los nuevos creyentes reciben atención, como todo el que viene llegando. Todo el que llega a un lugar, hermano, se le da más atención, se le da más tiempo, porque está llegando.

Hay una de las lecciones, así, que yo he visto, lecciones que yo he aprendido de la Escritura y otras cosas que las he aprendido en mi caminar cristiano. Recuerdo aquel precioso momento en la iglesia Asamblea de Dios de Lucerna, donde el Señor alcanzó en una sola temporada cerca de setenta nuevos creyentes. Y yo recuerdo cómo cambió la iglesia, hermano. Yo esperaría, hermano, que el Señor haga entre nosotros una obra como esa, que nos multiplique así de repente, pero yo sé lo que va a venir después.

Yo sé: la gente no va donde el pastor a quejarse, la gente siempre va donde alguien que es cercano al pastor. Entonces, como yo era cercano al pastor, venían donde mí. Así es que funciona, hermano, o sea, cuando eso sucede, yo sé que casi nadie va a quejarse al pastor; va siempre donde alguien que es cercano al pastor. Yo recuerdo que venían, hermano, y me decían: “yo he sido en esta iglesia presidenta de damas veinte años en esta congregación, yo he estado aquí desde que nos reuníamos allá en la marquesina de la hermana fulana; cuando se pusieron los cimientos del templo yo estuve aquí, pero ya el pastor no tiene tiempo para nadie más, ya solamente con los nuevos creyentes”.

“Ya en esta iglesia no hay programa para los viejos, todo es para nuevos creyentes”. Y de verdad, hermano, estábamos volcados a servir a los nuevos creyentes. Yo mismo, hermano, a mí me faltaban manos para hacer cosas: que si los programas de discipulado por aquí, que vamos a ver cómo lo organizamos. Yo recuerdo ese precioso bautismo, hermano, yo quiero traerle fotos; ahí está nuestra hermana Maribel bautizando una fila así, que recuerdo al pastor Parra aquí, al hermano Darío por allá, la hermana Maribel participando ahí, y yo empujándolo desde atrás, hermano, una fila de gente que va a ser llevada a las aguas del bautismo. Había gente con venditas.

“Ya solamente son los nuevos creyentes, ya no hay tiempo ahora; esta iglesia, una iglesia que no…” ¿Y qué es lo que pasa? Que viene entrando Nínive, eso es lo que pasa. ¿Y por qué Jonás está guapo? Porque el Señor ha alcanzado en un momento a muchas personas. Cómo se activa el Jonás interno, al ver que la iglesia local le dedica el tiempo que hay que dedicarle al que está dando los primeros pasos en la fe cristiana. Hermano, ese es un Jonás interno que se activa: “no, ya no hay tiempo para nosotros”. Son como niños, son actitudes infantiles, actitudes Jonás.

Cosas así, hermano, que activan el Jonás interno. Hay dones y actitudes cristianas que se manifiestan en otras personas que no se han manifestado en ti y a ti te molestan. Jonás representaba a todo Israel; a Jonás le molestaba que un pueblo completo, pagano, se arrepintiera tan rápido y con tanta vehemencia, porque Israel nunca se arrepintió como se arrepintió Nínive. Y la actitud de arrepentimiento que él vio en esos paganos nunca la había visto dentro de su pueblo. El que debía arrepentirse como se arrepentía Nínive era Jonás.

Y en vez de quejarse, él debería aprender cómo se arrepiente. Pero hay hermanos míos que ven determinadas actitudes correctas que otros manifiestan ante el Señor y, en vez de celebrar la actitud o imitarla, lo que hacen es que la persiguen. Activan algo “Jonás interno” y, ¿qué fue lo que Jonás vio? Que un pueblo completo se arrepintió. Hermano, qué hermoso sería: ¿en qué momento Israel se arrepintió así? En pocas ocasiones hubo arrepentimientos así como mesas, hermano, pero esa vehemencia que hubo en Nínive en ningún otro momento en Israel la hubo y nunca se manifestó. Pero a él le molestaba ver que los otros se arrepentían como de hecho él tenía que haberse arrepentido.

Crítica a la obediencia ajena y la espera del castigo

Son muchos los hermanos míos que al ver determinadas actitudes, hermanos, en vez de imitar eso dicen: “hermano, yo quisiera que todos nos arrepintiéramos igual que Nínive”. Lo que Jonás tenía que hacer era ir a su casa y decir: “mira, así es como se arrepiente esta gente; llegaron de último y se nos están yendo delante en su vehemencia al Señor, en su arrepentimiento de rechazar el pecado”. Pero dice que él se apesadumbró, se enojó y después salió de la ciudad, se fue como al oriente, a la parte alta, a ver qué iba a pasar; estaba esperando la destrucción de Nínive.

Hermano, ¿cómo reaccionas tú cuando ves que un hermano tuyo manifiesta ante el Señor la actitud que tú deberías manifestar? Yo pienso que hay hermanos que son críticos de actitudes cristianas. “Tú estás duro, hay como un palo”. Yo he visto, hermano, oye, en medio de la adoración, tan duros ahí, parece que son soberbios; y tú ves un hermano que está derramando lágrimas en la presencia del Señor: “ese es imprudente, ese es tal”. Hermano, ese tiene lo que te falta a ti. Y la realidad, hermano, es que en la casa del Señor hay actitudes que el Señor permite que afloren en ti más temprano que en otros, y que afloren en otros más temprano que en ti.

Y para colmo, hermano, tú vas a ver al hermano que le molesta la generosidad. Ustedes no saben que ese se está desbordando en generosidad para con el Señor: “no, no, que vaya un poco más despacio, eso es mucha cosa”. Hay otro hermano que le molesta la diligencia. Miren, hay hermanos que quisieran en la iglesia ponerle la mano a cada cosita; son diligentes. “Ese hermano debe ir más lento”. Pero tú no tienes la misma diligencia. Hay otros muy sensibles a la voz del Señor, hermano, no pueden escuchar la voz del Señor sin derramarse. Sé sensible tú a la voz del Señor.

Hay otros que se arrepienten pronto, como Nínive. “No, hay que darle un momentito, no sabemos, yo me imagino a Jonás haciendo teología”. Dice el texto que él se fue: “Y salió Jonás de la ciudad y acampó hacia el oriente”. Me imagino ahí a Jonás en el oriente, haciendo teología, diciendo: nadie se ha arrepentido tan pronto, no puede ser sincero ese arrepentimiento. “¿Cómo va a ser que hayan puesto a ayunar los animales?” Me imagino a Jonás, hermano, ahí, razonando. Eso es lo que pasa: cuando alguien le molesta la vehemencia, cuando alguien le molesta la obediencia del otro, entonces comienza a analizarlo. “Yo le voy a dar tres días a ver si lo mantienen”.

Él se fue, hermano, al oriente, como esperando. Yo me imagino qué estaba esperando Jonás en el oriente, hermano; quizás él pensaba que eso iba a ser como Sodoma y Gomorra, que el fuego iba a descender y él iba a estar, hermano, ahí en los palcos, mirando cómo Nínive completa era destruida. En él no había un deseo de que esa actitud permaneciera. Cuántos hermanos, cuando ven actitudes correctas, dicen: “yo le doy dos meses, no creo que eso sea sostenible, no”. Yo espero que sí, yo anhelo que sí. Quiera el Señor, hermano, que esa actitud de arrepentimiento en Nínive permanezca, yo quisiera que sí.

Personas que nos han dañado y la salvación a última hora

Escucha tu Jonás interno cuando alguien te ha dañado a ti específicamente, viniendo en los caminos del Señor, y ahora tú tienes que tratarlo como un hermano. Esa persona que te hizo daño, esa persona que te maltrató, esa que te desconsideró, ahora entonces es tu hermano. “No, no puede ser mi hermano”. Sí, mira, hay personas que te han dañado a ti; el Señor te va a utilizar a ti como un instrumento para traerlas a sus caminos, y tú verás que así es. Y no van a devolver lo que te hicieron.

Hay otros que se molestan porque gente viene al Señor en el último momento de su vida. Dio una parábola el Señor que habló de una serie de obreros que contrató, y dice que a algunos los contrató desde temprano, a otros los contrató al mediodía y a otros los contrató ya al final de la tarde. Y les fue pagando así mismo, hermano, en orden: al que vino de último le pagó de primero, le dio un denario. Ese hermano contentísimo: “trabajé poco y me pagaron mucho”. El que vino al mediodía recibió su denario. El que había estado desde temprano estaba esperando que ya el Señor había cambiado la condición, porque si él contrató de último y a esos los pagó más, pues no va a ser que a nosotros nos pague igual. Y ya está pagando un denario, cuando viene un denario. Pero se le quejaron, le dijeron: “nos diste un denario, lo que yo le ofrecí”.

La realidad, hermano, es que hay personas que van a venir a Cristo después que han desbaratado su vida en el mundo, después que ya solamente traen el bagazo, y aun así el Señor a esos les dará lo mismo. Y tú dirás: “¿y a mí, que estoy aquí perseverando desde muchachito?”. A ti te dio la perseverancia desde muchachito, la bendición de participar en su presencia desde temprano, y también la salvación igual que se la dio al otro. Es que ese pensamiento mundano, hermano, nos enseña que realmente estamos perdiéndonos de algo, cuando en verdad es ganancia.

Hay gente que piensa que es desperdicio, “no, yo tengo más tiempo”. Hermano, has ganado más. Es lo del hermano del hijo pródigo; el Señor le dijo: “pero tú siempre estás en mi casa, ¿qué te ha faltado? Tú no has tenido que comer algarrobo; tú has ganado más que él y te molesta ahora porque le hago una fiesta”. No, no, hay personas que vendrán a los caminos del Señor más temprano, otros vendrán bien tarde, y al final todos tendremos la misma dignidad, tendremos los mismos derechos y nos darán la misma salvación.

Miren, Israel recibió mucho más que Nínive y no se arrepintió. Recibió más profetas que lo que recibió Nínive y no se arrepintió. Recibió más instrucción de la que recibió Nínive y no se arrepintió, y recibió más tiempo y paciencia del Señor que los cuarenta días que recibió Nínive, y no se arrepintió. Cientos de años después, todavía ya Cristo mediando, Israel seguía con su misma soberbia, su mismo sentido de merecimiento y no se arrepentía. Al final les dijo: “tendré que buscar otro pueblo que dé los frutos que sean frutos necesarios”.

La paciencia de Dios con Jonás y la calabacera

Hay gente que ha recibido, hermano, menos que nosotros y ha tenido mejores actitudes ante el Señor que nosotros. Lo que me llama la atención aquí es que Jonás, hermano, guau, mientras más yo estudio a Jonás, más yo me deleito en el carácter de mi Dios, porque qué paciencia le tuvo el Señor a Jonás. Jonás dejaba al Señor hablando. ¿Y quién es este? Yo estaba leyendo ese asunto, hermano, yo me indigné: “¿y quién se cree que es Jonás?”, dejando a mi Señor hablando con la palabra en la boca. Dice: “Y Jehová le dijo: ¿Haces tú bien en enojarte tanto?”. No le respondió, se fue. El texto dice: “Y salió de la ciudad y acampó hacia el oriente”.

Pero escúchalo, Jonás, ¿tú estás oyendo? La verdad es que el Señor tiene una paciencia con nosotros que después uno mira eso… Yo me imagino contento en la presencia del Señor, el Señor le enseña la actitud y tú dices: “Ay, Señor, tu misericordia es muy grande”. Y en todo esto el Señor está manifestando que tiene tanta o más misericordia por Jonás que la misericordia que está teniendo por Nínive, porque en ese momento Jonás tenía que ser destruido; él no merecía estar en la presencia del Señor con esas actitudes, cuestionó el carácter del Señor.

Decía: “yo sé”, está enseñando a Dios, hermano, como un Dios un poco débil: “tú no quemas, tú no destruyes; tú eres un Dios así”. Así dicen a veces de los padres: “no, tú no tienes mano dura con ese muchacho”. El papá dice: “yo le estoy teniendo instrucción, yo le quiero salvar la vida a mi hijo”. Pero él le dice: “¿no es esto lo que yo decía estando en mi tierra? Yo tuve una conversación interna y en mi tierra yo me decía eso a mí mismo; por eso me apresuré a huir a Tarsis”. Él se está justificando todavía, hermano, está diciendo que es correcto que él haya desobedecido al Señor, tiempo después.

“Porque sabía yo que tú eres un Dios clemente”, oye la “ofensa”. ¿Cuál es la “ofensa” de nuestro Dios, hermano? Él es un Dios que es clemente. “Clemente y piadoso, tardo en enojarte, grande en misericordia, que te arrepientes del mal. Tú eres un Dios débil, yo sé que tú tienes como cierta debilidad; yo soy bien, yo tengo la actitud correcta, yo soy de mano dura, a Nínive había que destruirla; tú eres un Dios débil”.

Hay hermanos míos que están pensando al día de hoy que ese Dios que uno predica es un Dios débil, porque dicen: “no es tan soberano, porque si Dios se arrepiente…”. Mano, en su soberanía Dios puede hasta hacer eso, porque si él es soberano, él debe poder hacerlo. Él es soberano también para salvar. Y dice que se sentó a las afueras a ver lo que sucedería, estaba esperando, hermano, que el azufre era lo que iba a subir desde allá; y lo que vio, hermano, fue misericordia.

Me recuerda Pedro, hermano. Dice que Pablo tuvo que reprender a Pedro porque Pedro vivía en una simulación. Cuando estaba con los gentiles, él se hacía como ellos; pero cuando llegaban los judíos, él no quería que los judíos lo vieran con los gentiles y participaba en esa simulación, y por eso fue reprendido. Uno dice: oye, pero tú vas a un lugar donde se arrepiente todo un pueblo y tú quisieras quedarte ahí. Dice el texto: “Y salió Jonás de la ciudad”. Ahora, él debió decir: “yo soy quien le voy a enseñar los rendimientos básicos de la fe cristiana, ahora voy a discipularlos”. Pero él salió, hermano; cuando alguien debe ser arrepentido, él salió. Él no quería tener comunión con esa gente.

Una posibilidad es que se haya sentado a ver cómo el Señor ponía a Nínive “a pagar por su pecado”. Ese es el ser humano, hermano: “sí, el Señor les va a dar salvación, pero va a tener que pagar lo que ha hecho Nínive; yo voy a ver qué es lo que el Señor hace”. Nada, hermano, el Señor le exigió a Nínive lo mismo que te exigió a ti cuando te sacó de adentro del pez. ¿Qué pagaste tú?

Es necesario, hermano, en una actitud cristiana, este predicado que es una tristeza local: en la medida de lo posible devolver a quien tú le hayas faltado. Pero en lo que tú le has faltado al Señor, el Señor no anda cobrándote. Y tú quisieras que el Señor se la cobre a otro después de tantos años: “ese debería hacer tal cosa”. Quizás Jonás estaba esperando el castigo, aunque sea secundario, y no vio nada.

Déjeme mostrarle la forma en que el Señor le mostró a Jonás su misericordia: le dio algo muy pequeño, inmediatamente se lo quitó. Qué lección objetiva, hermano. Dice que después de que “salió Jonás de la ciudad, versículo 5, y acampó hacia el oriente de la ciudad, y se hizo allí una enramada, y se sentó debajo de ella a la sombra, hasta ver qué acontecería en la ciudad”. Versículo 6. ¿Qué hizo el Señor? “Y preparó Jehová Dios una calabacera, la cual creció sobre Jonás para que hiciese sombra sobre su cabeza y le librase de su malestar; y Jonás se alegró grandemente por la calabacera”.

La calabacera, el gusano y nuestra reacción exagerada

Ese es mi Dios: su cuidado tierno, del Señor, ahí, que uno ve, hermano, guau, el Señor me está cuidando. Mira, hizo crecer una calabacera para que me tape el sol. “Sí, sí, Señor, cuida de mí”. Guau, hermano, ahí es como que siento el cuidado amoroso del Señor y tierno; él ve que su siervo se está quemando, que el sol le está maltratando, que la enramada no es suficiente, permite que crezca una planta para que haga sombra sobre él. Dice que él se alegró grandemente.

“Pero al venir el alba del día siguiente, Dios preparó un gusano, el cual hirió la calabacera y se secó. Y aconteció al salir el sol, preparó Dios un recio viento solano, y el sol hirió a Jonás en la cabeza, y se desmayaba y deseaba la muerte, diciendo: Mejor sería para mí la muerte que la vida”. Oigan cómo el Señor le mostró a Jonás la desproporción de su actitud. Él se quejaba por una misericordia tan grande que el Señor tuvo sobre Nínive, y ahora el Señor le permite, con una planta que crece sobre él y luego permite que la planta se seque, que él se quede sin sombra, y él se queja.

Quiero mostrarle, hermano, aquí que Jonás deseaba la muerte por la carencia de algo temporal y transitorio: el calor, hermano. Por eso él deseaba, él quería morirse por un calorcito que le estaba dando. La verdad, el profeta estaba engreído, hermano. Un calorcito y él decía que por eso era mejor la muerte. Parece ser un hijo malcriado, que el Señor le ha estado dando su misericordia, y ahora él piensa que le han quitado lo más grande, como que lo han matado. Hay unas personas que viven en un engreimiento tal, que usted les pone un dedo y sienten que les han quitado la mano. Son intocables, piensan que el Señor fue injusto.

El Señor: tú no estabas contando con la calabacera, y el Señor permitió que creciera la calabacera; ahora manda un gusano para secarla, entonces tú estás deseando la muerte porque el Señor en un día hizo algo y después lo quitó.

Miren, hasta las cosas más básicas son la expresión del amor de Dios. Y quiero decirle a mi iglesia, miren, hay cosas que hemos dado por sentado, que son provisiones preciosas del Señor, y uno piensa que eso son cosas normales, que son derechos que tenemos, y cuando nos faltan esos “derechos” entonces reaccionamos desproporcionadamente. Nosotros no merecíamos eso. Jonás no merecía la calabacera. El Señor permitió que floreciera en un milagro, hermano, que en un día creciera y que diera sombra. Y después permitió providencialmente que un gusano la secara. ¿Y para qué? Esa calabacera, hermano, evidenciaba la maldad de Jonás.

Dice que él tuvo misericordia de la calabacera y de su malestar, pero no tenía misericordia de Nínive, que era un pueblo completo. Dice el Señor que la gente no puede distinguir su mano izquierda de su mano derecha. Hermanos queridos, la realidad es que nosotros vivimos una compasión que es un tipo de compasión selectiva. Y hay cosas que nos hacen un ruido tremendo, sobre todo porque nos afectan a nosotros. Pero hay cosas que estamos dejando de hacer, que afectan a multitudes, que no nos importan. Te molesta mucho tu calabacera, ¿verdad? Y el gusano que mandé. ¿Y por qué no te afecta tanto que un pueblo completo, no solo que el sol les está maltratando, sino que por su pecado completamente van a ser destruidos y tú no te compadeces de ellos?

Y mire, la palabra del Señor es tan actual, hermano. Pues la semana antepasada, la semana pasada, eran dos noticias que llenaron los medios. Primero, un hombre que va a un zoológico y intenta suicidarse tirándose a los animales. Se tira, hermano, a los leones para que los leones se lo coman. Y en el zoológico son tan compasivos, como hay que manifestar, que priorizan la vida de un hombre sobre la vida de dos leones: matan los leones. Todo un movimiento de que “sobre todo los leones”, los leones también tienen derecho y tienen dignidad. En el zoológico priorizaron la vida de él, aunque la persona quería morir, era un suicida, él quería suicidarse, pero que los leones se lo comieran. Mataron dos leones para salvar a un suicida.

Todo un movimiento detrás de eso: “que los leones, que la vida de los leones también importa, que los leones también tienen derechos, ¿y quién va a defender a los leones?”. Inmediatamente después, otra noticia: un niño cae donde hay unos gorilas; el gorila toma al niño y comienza a arrastrarlo. Y quien tiene la decisión dice: bueno, tenemos dos opciones: o le mandamos un dardo al gorila y esperamos doce minutos a que se duerma, o matamos al gorila y salvamos inmediatamente la vida del niño. Matan al gorila.

Compasión selectiva en la sociedad contemporánea

La petición en internet, el movimiento, dice, hermano, ahora cada cosa tiene un movimiento detrás. El gorila se llamaba Harambe. Y hay un movimiento en internet, todavía está funcionando, “Justicia para Harambe”. Más de medio millón de firmas: que Harambe tiene derecho, que hay que hacerle justicia a Harambe, que Harambe también tiene dignidad. “¿Y cómo va a ser que ese niño, que fue responsabilidad de la madre que se cayera ahí, se priorizara la vida de un niño sobre un gorila?” Así está el ser humano.

En otros días, hermano, al día de hoy, la vida de un perrito chihuahua produce más vehemencia entre los mismos creyentes que la salvación de un pueblo. De lo cual el Señor le está diciendo a Jonás: tú tienes compasión por una planta del reino vegetal, que no tiene comunión conmigo, que creció sin que tú la mandaras a crecer y te dio sombra, y después se secó porque la mandé a secar. ¿Y no tendría yo compasión de un pueblo completo?

Hermanos, la compasión selectiva que como creyentes a veces podemos tener atestiguará contra nosotros, porque la actitud de Jonás… Hay hermanos míos que han seleccionado estratégicamente sobre qué cosa compadecerse. Qué bonito es eso, hermano. Pero hay hermanos míos muy tiernos, que tienen una amplia compasión hacia sus hermanos de la iglesia, en especial aquellos hermanos de iglesia que están firmes en los caminos del Señor; ellos son muy compasivos. Ese hermano, si se le está desbaratando la vida a un familiar, pero “mis hermanos de la iglesia” van primero, los hermanos de la fe.

Qué vehemencia, qué provisión. No hay necesidad que tenga un hermano de la iglesia que él no pueda suplir, pero puede ser que un hermano de su familia natural se esté muriendo de hambre y él no acciona. Puede ser que sus padres estén siendo desabastecidos y él está muy concentrado en sus hermanos de la iglesia. Dice la Escritura que aquel que no provee para los suyos, y está hablando en ese momento de su familia natural, ha negado la fe.

Es compasión selectiva, hermano: la compasión hacia la calabacera, pero ignorar que pueblos enteros se están perdiendo. Hay otros hermanos que tienen mucha compasión por premiar al que se ha esforzado por lograr algo con diligencia: “mira, fulano lo intentó y no lo logró, pero hay que ayudarlo, porque él se esforzó”. Y si alguien demuestra arrojo en la sociedad, hay miles de fundaciones que van a ayudar al que tiene arrojo para lograr algo en lo académico, en los deportes, en las finanzas. Cuando alguien ha demostrado tener cierto arrojo para algo, hay miles de gente que le están ayudando.

¿Y qué hacemos con esos que no tienen arrojo, pero también tienen la necesidad? “No, a ese no, ese se lo merece”. Compasión selectiva. A la calabacera sí, pero a Nínive completo no. A los animales, sí; hay personas, sobre todo con animales exóticos, si son animales poco comunes, ahí todo tiene movimiento, tiene fan page; pero si son… Hay gente que tiene una pasión por los animales, la defensa de los animales y la dignidad del animal, que permitirían que el animal, que el gorila, se coma al niño.

¿Y qué hay de las almas de la gente que está al borde de su vida? El objeto que tiene valor emocional: personas que algo que tiene un valor emocional para ellos se extravía y eso es un caos: “ajá, se me perdió tal objeto, tiene un valor emocional”. ¿Y qué tal al Señor, que se están perdiendo pueblos completos, que fueron creados a su imagen? Jonás, si tú tienes compasión de una calabacera, ¿no tendría yo compasión de Nínive?

Lo que quiero mostrarles con esto, hermano, es que muy probablemente nuestra compasión selectiva testifique contra nosotros, y que la vehemencia que tú estás manifestando por cosas que no tienen el valor que tiene la vida para el Señor es contraproducente. Al Señor la vida de la gente le importa mucho. Y aunque no haya compasión general, el cuidado especial que tenemos hacia determinados asuntos secundarios es ofensivo ante el Señor.

No quiero dar una lista exhaustiva, hermano; lo que le quiero decir es que al Señor algo se le perdió y lo está buscando. Los hombres fuimos hechos para tener comunión con Dios, y cuando esa comunión se rompió, al Señor se le perdió eso y lo está buscando. Y tú dices: “Señor, yo no te puedo ayudar a buscar eso que se te perdió, que es un pueblo completo que anda a la deriva, sin Dios; yo no puedo hacer ningún esfuerzo para buscar eso, porque a mí se me ha perdido un anillo, a mí se me ha perdido una prenda, porque a mí se me ha perdido un poco de comodidad, un poco de calor; esa gente va a experimentar el fuego, la destrucción; un poco de calor es lo que a ti te está dando”.

Cosas así, hermano, que… miren el carro. Hay gente que le dedica una atención al carro, hermano, si le dedicaran… Nunca se ha perdido. Si tú le dedicaras la mitad de esa compasión que le dedicas al carro a hacer la obra del Señor, otra cosa fuera. Y no está mal cuidar el carro. Hay otros con los compromisos asumidos. La segunda: hay gente que es muy responsable, dice: “Mira, yo tengo un compromiso, tengo pendiente eso, a mí me hace un ruido enorme, me quita el sueño y demás”. Son aquellos que pagan la tarjeta de crédito al corte, hermano; no esperan los días, sino que por todas partes están ahí, “chan con chan”: “ay, yo soy muy responsable, yo no dejo nada”.

Se están perdiendo pueblos completos que al Señor se le han ido. Todas, hermano, las enseñanzas del Señor, las parábolas del Señor nos dicen la pasión que el Señor tiene por algo que se le perdió. Es la parábola de la oveja perdida: él dejó ahí noventa y nueve y salió a buscar la que se le había perdido. Oye, si nosotros como iglesia, hermano, al final de Jonás pudiéramos tener un poquito en casa de la pasión que el Señor tiene por rescatar lo que se le ha perdido, eso sería gran parte de la enseñanza del Señor. Miren nada más los textos: la samaritana, la sirofenicia, todos son ejemplos. Por ejemplo, está diciendo: “tengo pasión por buscar lo que se me ha perdido”.

La dignidad de la vida humana y el orden de la creación

El Señor está buscando lo que se le perdió, y tú tienes compasión de una calabacera. En esto, hermano, quiero mostrarles que la vida humana tiene un alto valor para tu Dios. Hermanos míos han llegado a pensar que solamente la vida humana, cuando es la vida de un creyente, eso tiene valor para el Señor, y que el Señor se deleita en la pérdida de la vida. No, mira, cualquier persona, creyente o no creyente, tiene valor para Dios y la vocación del Señor es salvarle, porque tiene su imagen.

Dios anda buscando que esa imagen que él puso tenga un provecho, que su creación vuelva, que se restauren todas las cosas. Le dijo así mismo a Jonás; le dijo, versículo 9: “Entonces dijo Dios a Jonás: ¿Tanto te enojas por la calabacera? Y él respondió: Mucho me enojo, hasta la muerte”, por una calabacera, hermano, con la cual él no tuvo una relación. Él no sembró la calabacera, él no hizo crecer milagrosamente la calabacera, pero ya lo había dado por sentado, que él merecía una calabacera. Él no estaba contando con una calabacera, y aún así dice: “Me enojo hasta la muerte”.

“Dijo Jehová: ¿Tuviste tú lástima de la calabacera en la cual no trabajaste, ni tú la hiciste crecer; que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció; y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?”. Con esto quiero enseñar, hermano, que hay un orden en la creación de Dios, y que en ese orden los seres humanos, según la Escritura, son corona de la creación.

Por eso los cristianos, históricamente, hemos defendido la vida que sucede en cualquier contexto. Nosotros no defendemos la vida de un creyente solamente, nosotros defendemos la vida, hermanos, desde la concepción hasta que el Señor la pide, pues entendemos que Dios es el autor de la vida. Y no hablamos con ligereza de la destrucción de pueblos. “Sitúame la que se ha destruido…”. No, nosotros lo que anhelamos es que el Señor tenga misericordia, y sabemos, hermano, que al final de los tiempos habrá destrucción, pero lo que el Señor ha buscado consistentemente, a través de la historia, es la salvación de los hombres, porque la vida humana para Dios tiene valor.

Por eso los creyentes estamos siempre del lado de la salud, hermano; estamos del lado de la vida, del lado, hermano, de aupar la vida que sucede en cualquier contexto. Hay vidas que suceden en contextos vergonzosos; nosotros estamos a favor de esa vida. Hay vidas que suceden en contextos de precariedad; estamos a favor de esa vida. Hay vidas que suceden en contextos donde parece que no tendrán una expectativa muy larga, que hay vidas que son cortitas; estamos a favor de las vidas que son cortitas.

Por eso un creyente nunca es pragmático cuando habla de la vida humana; nosotros entendemos que la vida humana tiene un alto valor para el Señor y que siempre y cuando suceda la vida, donde quiera que suceda, estamos a favor de eso. La dignidad humana, hermano: nosotros fuimos creados a imagen de Dios. Una vez les enseñaba respecto de esto en Génesis 3, y quiero reiterar la enseñanza, hermano: tengan pasión por la imagen que el Señor ha puesto en sus criaturas.

Y hay rasgos muy hermosos que el hombre, aun en su degeneración, todavía manifiesta. El ninivita más desarmado muy probablemente tiene compasión por lo que sean sus hijos. Dice: “Pero ese que es tan violento…” Sí, hermano, en la sociedad más violenta hay expresiones de ternura, expresiones de compasión. En los contextos más grotescos, donde la dignidad humana se ha perdido, ahí, hermano, aparecen; me recuerda aquella película “La vida es bella”; en medio de la guerra, hermano, en medio del genocidio, ahí todavía hay rasgos de humanidad. El Señor tuvo compasión por Nínive.

No quiero mostrar, en último lugar, hermano, la forma abrupta en que termina el libro. ¿No le sorprende a usted eso? Dice: “¿Y no tendré yo compasión de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?”, y termina el libro. Yo quisiera saber qué hizo Jonás, hermano, de poder. Yo quisiera saber eso, después que el Señor le comparó su impiedad con la calabacera y se lo demostró dramáticamente con una calabacera, ¿qué hizo Jonás? No sabemos, hermano.

El final abierto de Jonás y el enfoque en Dios

Y aquí yo quiero enseñarle algo que le va a ser útil para todas las Escrituras. Mire, la Biblia no trata de Jonás, no trata de David. El tema central en la Escritura no es Sansón. El tema central en la Escritura no son los profetas. El tema central en la Escritura es Dios, su carácter y sus planes. ¿Por qué termina así el libro, hermano? Porque yo quisiera saber qué pasó con Jonás. Es que Jonás no importa tanto. Lo que queremos no es que usted sea un especialista en Jonás, es que usted conozca el carácter misericordioso de Dios.

No leemos Jonás, hermano, para ser un experto en Jonás, en saber que Jonás, que el pez; lo que leemos en Jonás es para conocer más perfectamente a este Dios que tuvo misericordia de Nínive y que también tiene misericordia de nosotros. Dios es el tema central de la historia. El libro se llama Jonás, hermano, es verdad, libro de Jonás, pero a través del libro de Jonás lo que queremos es aprender el carácter misericordioso de Dios. Ningún personaje bíblico es protagonista, y hay mucha gente que se confunde un poco. Los personajes bíblicos son personas dubitativas, personas con carácter difícil, que son utilizadas providencialmente por el Señor.

Y la gente me dice: “Pero había que dedicarle tantos capítulos del Antiguo Testamento…”. Es que esos capítulos no son para que usted vea a David, son para que usted vea la mano de Dios en David. Los cuatro capítulos de Jonás no son, hermanos, para que nosotros conozcamos a Jonás, sino para que conozcamos a Dios a través de Jonás. El libro termina no hablando de Jonás, sino hablando de Dios y de su carácter. El propósito de este libro es manifestar el compasivo, misericordioso y paciente carácter de Dios; no es conocer a Jonás, es conocer bien a Dios.

Pero sí, hermano, yo me arriesgo diciéndole posibilidades para un final tan abrupto. Parece que este es como un epílogo en el libro; el libro, con el arrepentimiento de Nínive, cerró la historia: “Nínive se arrepintió”. Y ahora un epílogo para enseñarnos qué fue del profeta que el Señor utilizó para predicarle a Nínive. La última idea es la idea más importante y memorable. Si queremos que usted recuerde algo en Jonás, hermano, ¿qué debemos recordar de Jonás 4:11? “¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?”. Recuerde eso, hermano: lo último que le debe quedar en la mente es el carácter compasivo de Dios.

Pero yo encuentro aquí algo, hermano, que es todavía más importante, y es que Jonás representa no solamente la actitud de Jonás, sino la de todo un pueblo completo. Jonás está representando la actitud de Israel. Y a través de la predicación de Jonás el Señor está disciplinando a su pueblo Israel. ¿Qué haría un judío cuando le llegó el libro de Jonás? Imagínate lo que habrá sido. Un balde de agua fría para su aspiración nacionalista de que “nosotros somos el pueblo perfecto, nosotros somos el único pueblo”.

Jonás como espejo de Israel y de la iglesia

Hermano, ¿qué le diría Jonás a un judío? Había judíos a los que les daba duro. Jonás estaba representando no la actitud de un profeta, sino la actitud de todo un pueblo. En tiempos de Jonás había profetas que estaban llegando a Israel y predicaban, y no se arrepentían. Al mismo tiempo que Jonás estaba profetizando en Nínive, habían profetas que estaban en Israel, y Israel cerraba los oídos al profeta. El Señor está diciendo a Israel, a través de Jonás: “Miren cómo estos que tienen menos que ustedes se arrepienten, y miren cuál es la actitud que ustedes tienen”.

Ese final abierto, hermano, yo pienso que busca involucrar a los lectores, producir una inquietud, un debate, implicarlos, hermano, un final abierto que no se ha cerrado es para que tengamos que hablar de eso. Un judío iba a preguntar: “¿Qué habrá pasado con Jonás?”, no “¿qué pasó contigo?”. Me recuerda algunas películas que dejan ese final abierto y después uno sale del cine hablando: “¿Y tú crees que él hizo esto? ¿Y tú crees que ella…?”. Es para producir, hermano, esa inquietud en nosotros. No sabemos qué pasó con Jonás, hermano; ahora te pregunto: ¿qué pasó contigo?

Imagino en Israel, hermano, cuando aparece el libro del profeta Jonás y termina así: “¿Y qué hacemos ahora?”. Hermano, no está claro si el profeta entendió la lección, como tampoco estaba claro si Israel entendería la lección. ¿Se arrepintió Jonás? ¿Se humilló? ¿Fue y buscó a Nínive? Usted puede especular por ahí, hermano, no haga de eso un dogma; “seguro se quedó en Nínive, regresó a su tierra…”. No sabemos, hermano. Israel, ¿qué hizo? De ese sí sabemos lo que hizo Israel.

Tiempo después, hermano, el Señor les dijo: “Los publicanos y las prostitutas van delante de ustedes al reino de los cielos”. Tiempo después. Claro, yo no quisiera perder la oportunidad, hermano, de implicar a mi iglesia local. ¿Y tú, cuál vas a ser, hermano? ¿Cuál? Con esa cosita pequeña que se pusieron a quitarte, tú sentirías que te han quitado la vida. Y ese algo grande que tú le estás negando a otra persona.

Así rapidito, hermano, si yo dijera tres “calabaceras” que me gustaría que ustedes consideren. La primera calabacera que me gustaría que mi iglesia considere son asuntos que usted no merece, pero que el Señor se los dio a usted. Cuando uno viene el Juan, menos del Señor, el Señor permite que crezca de repente algo que la Escritura le llama “una paz que sobrepasa todo entendimiento”. Eso crece, hermano, como creció la calabacera. Esa paz que sobrepasa todo entendimiento no es un conductismo, no es cuando sale la cucharita, hermano; el Señor hace que eso en la vida de un creyente aparezca como de repente.

Las “calabaceras” de paz, gozo y presencia

Y gente que habían tenido una vida atribulada, gente que habían tenido una vida tensa, una vida, hermanos, de poco sosiego, cuando vienen al Señor se sienten como ligeritos, sienten como que el Señor permitió que esa calabacera, esa paz, les hiciera sombra. Ojalá nublara el sol. Si el Señor manda el gusano y te quita esa paz, ¿tú miras contra él? ¿No piensas mejor que hay más gente que necesita eso, que el Señor te estaba dando esa sombrita y el Señor también podía darle la salvación de su alma?

No veas la paz que sobrepasa tu entendimiento como un derecho: “Eso me toca a mí, porque yo soy…”. No, hermano, son misericordias del Señor que permite que en ti florezca una paz que sobrepasa todo entendimiento. Hermano, y el gozo cristiano. Oye, un creyente, hermano, parece un niño cuando viene al camino del Señor, parece un niño: uno se siente así, ese fervor, ese gozo, esa alegría, ese entusiasmo, hermano, por las cosas de arriba. ¡Guau! A veces el Señor manda el gusano y como que nos desinfla. Dice: “Ya el Señor no me ama, el gozo se me fue”. ¿Y por qué tú no piensas mejor que tú tenías ese gozo por dentro, que ese gozo a ti no te permitió compartirlo con alguien?

Tú tienes, se te fue el gozo a ti, ese pueblo está completo viviendo ahora mismo en su miseria. ¿Tú no piensas que ese pueblo también necesita del Señor? “No, es mi paz, es mi gozo; él me la dio a mí”. Hermano, miren, anoten en primer lugar: una paz que sobrepasa todo entendimiento. Cuando uno cambia al Señor, es una calabacera que crece de repente, un milagro. Le digo que es un milagro, hermano, porque mire, las calabaceras crecen, pero no tan rápido; por eso es que es un milagro. La paz, hay gente que llega a tener relativa paz, hermano, pero esa paz que llega, que sobrepasa todo entendimiento, que tú no sabes de dónde viene ni por dónde entró, pero que tú no quieres que salga, el Señor permitió que creciera en tu vida como una calabacera.

El gozo, hermano, el gozo cristiano, el entusiasmo, ese fervor por las cosas del Señor. Cuando tú tienes gozo, tú participas en la adoración del Señor y tú como que flotas en medio de la alabanza; tú te sientes efervescente en el Señor. Ahí, a veces, el Señor manda el gusano y tú como que no subes, como que el gozo, como que no está: “siento como cierta nada de nada en el Señor”. Ese gozo era sobrenatural; fue una calabacera que el Señor te mandó para recordarte su misericordia. ¿No habrá más gente en Santo Domingo que quisiera entender el mismo gozo? ¿No habrá gente al día de hoy que se están comiendo ellos mismos su vida, se están secando y quieren eso que tú tienes?

Tú sientes compasión de ti, y de un pueblo completo tú no sientes compasión. Ay, hermano, lo tercero. Eso se llama su presencia. Es un milagro, hermano. Cuando Cristo fue crucificado y dijo “Consumado es”, y el velo del templo se rasgó, a un punto tal que podemos tener libre acceso a su presencia. ¡Guau, hermano, y qué hermoso es cuando el Señor nos confirma su presencia! Que tú entras en su presencia y tú sientes como que del otro lado hay un “sí”. Dice: yo vengo a la presencia del Señor y yo siento que del otro lado hay una retroalimentación: el Señor me responde, el Señor… Yo siento su aliento, siento su dirección.

Y tú te sientes tan particular, hermano, porque el Señor te permite tener acceso a su presencia, y tú dices: “Guau, pero si el Señor hizo que creciera esta calabacera, yo soy bueno; si el Señor me ha dado esta paz, significa que me aprobó; si el Señor me ha dado este gozo, significa que yo soy perfecto”. No, hermano, significa que Dios es misericordioso y te ha dado más de lo que te corresponde. Nada de eso son derechos, querido; todo son expresiones de su gracia.

Hay veces que el Señor manda el gusano, y uno siente que Dios desapareció. Y uno se siente a veces como literalmente en medio de un desierto, donde no está la presencia del Señor. Yo me quejo a veces, hermano, y le dije: “Señor, yo oré bajo uno, hermano, y le decía: Señor, danos eso que es nuestro derecho”. Después yo pienso: ¿nuestro derecho? Yo le decía: “Es nuestro derecho como hijos”. Hermano, es su misericordia. Eso de tú sentir que hay paz con Dios, de tú sentir que Dios no está ausente, que Dios está presente en tu vida, es un regalo, es una calabacera que el Señor permitió que creciera.

Si tú has sentido paz del Señor, si tú has sentido gozo del Señor, si tú has sentido ese acceso a su presencia donde, del otro lado, tú sientes que hay un Dios que te retroalimenta, es una calabacera que el Señor permitió crecer ahí en medio del sol, para que no te consumieras. Y esa calabacera debe recordarte que tenemos que dar por gracia lo que por gracia hemos recibido.

Oración final: compartir la sombra de nuestra calabacera

Que si el Señor tuvo misericordia de ti, deberías tú tener misericordia de otras personas que necesitan esos mismos recursos que tú tienes. Cuántos hermanos míos se están comiendo el gozo solos. Cuántos hermanos míos están disfrutando su paz ellos solamente. Cuántos hermanos míos, en vez de tener acceso a la presencia del Señor y tener una pasión contagiosa de conectar a otros con Dios, están ahora mismo disfrutando solamente lo que el Señor les ha dado. Hermano, que las calabaceras que el Señor te ha dado y que crecieron de repente se conviertan en ti en una pasión para que otros más tengan el acceso a este mismo Dios que ha traído paz, ha traído gozo y ha traído su presencia.

Oro por la iglesia local.

Para que el Señor nos mande el gusano. O para que, si el Señor manda el gusano, recordemos que eso no nos tocaba; el Señor nos ha dado más de lo que estábamos pidiendo. Oro por la iglesia local para que pueda valorar las pequeñas cosas que el Señor le ha dado y entender, a través de esto, que también otros necesitan lo que ellos tienen y dan por un hecho. Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano, y oro al Señor.

Gracias, Señor, por Jonás. Mira esta lección objetiva, la calabacera, Señor. Gracias por las calabaceras que tú me has dado, Padre. Este sosiego en medio del sol, este oasis, Señor, que para nosotros es privado, esta playa privada que tú nos has dado, Señor. Que no hagamos de tu presencia una playa privada, que no pongamos vallas, Señor, para impedir que otros tengan esto que nosotros tampoco merecíamos.

Al final de Jonás, Padre, como pastor de esta preciosa iglesia, te pido que cualquier manifestación de tu gracia sea una invitación a que la demos a alguien más. Ay, Señor, que si has tenido misericordia de uno de estos, ellos tengan misericordia de muchos de los otros.

En tus ojos ahí cerrados, hermano, pido, Señor, primero por una compasión hacia los familiares. Mira cómo tú, Señor, nos has traído a nosotros a este río de tu presencia y nosotros aquí hemos reverdecido, y nuestros familiares están secos. Mira ese familiar, Señor, que se ha entregado a su pecado. Mira ese familiar, Señor, cuyo pecado ha afectado nuestra comodidad. Mira ese familiar, Señor, en el cual nosotros no les tenemos la paciencia que tú nos tienes a nosotros. Permítenos darle por gracia lo que por gracia hemos recibido a nuestros familiares que no han creído.

Permite, Padre, trae a la mente de mis hermanos sobrinos, hermanos, primos, padres que no te aman a ti, pero necesitan tu misericordia. Que sean compasivos, Señor, con los que no tienen la calabacera. Que sean compasivos con aquellos que todavía no te conocen, los que no saben distinguir. Ay, Señor, permite que cuando el pecado de los otros nos afecte, sepamos que están en ignorancia, que están en oscuridad, en prisiones, Señor. Trae compasión hacia los familiares naturales.

En tus ojos cerrados, hay hermanos… Ay, Padre, que no levantemos una valla sobre el lugar donde tú nos has puesto. Cuántas personas que están al lado nuestro el día de hoy están en su desesperación. Tú quieres tener misericordia, Señor. En los trabajos, Padre, en los lugares donde vivimos, las personas que están alrededor nuestro. Que no nos sintamos, Señor, especiales. Permite, Señor, que si hemos recibido mucho nos humillemos más.

Haz que esta iglesia sea una iglesia expansiva, Señor. Ay, Padre, que la calabacera del gozo se comparta, que la calabacera de la paz se comparta, y que la calabacera de tu presencia se comparta. Y que, si acaso la perdemos, Señor, que sea un recordatorio de que tuvimos que haberla compartido. Devuélvenos, Señor, la sombra y permítenos incluir a otros que hay en una enramada, en otra enramada.

Mantén tus ojos cerrados ahí, hermano. Mira la enramada que tenemos aquí en nuestra iglesia local. Ay, Señor, haz de estos tabernáculos lugares donde muchos otros se refugien. Que las puertas de esta iglesia no solamente estén abiertas, Señor, sino que los hermanos de iglesia lleguen con gente agarrados de la mano; que los traigan a la enramada, Señor. Que en vez de huir de la ciudad, Señor, traigamos la ciudad a la enramada. Que compartamos nuestra sombra.

Gracias, Señor, por estas cosas que nos has dado a nosotros, que son regalos de tu gracia; no merecíamos nada de eso. Señor, has dado más de lo que nosotros merecemos.

Por último, Padre, permite que esta iglesia te conozca, que no dude por un momento que tú eres un Dios compasivo y que no vea esto como debilidad, sino como fortaleza. Servimos a este Dios que ha sido paciente, misericordioso para con nosotros y que quiere ser paciente y misericordioso para con todos.

Casi, Señor, como tú no nos has pedido que paguemos lo que debemos, tampoco intentemos ahora, Señor, cobrarle al mundo. Que vaya a tu cuenta, Padre. Llena esta iglesia de una compasión contagiosa.

Oye, permíteme, hermano, orar de nuevo por ti. Si a alguien el gusano se le ha comido el gozo, si a alguien el gusano se le ha consumido la paz, guau, si a alguien el gusano se le ha llevado la sensación de tu presencia, Señor, manda de nuevo la calabacera. Sentimos el sol, Señor, y queremos sentir tu sombra. Sentimos la aflicción, Señor, sobre nosotros, y ahora recordamos qué misericordia has tenido.

Sentimos la tribulación, Señor, y recordamos los años de sosiego que tú nos has dado. Sentimos la crisis temporal, Señor, y recordamos tu fidelidad. Sentimos la enfermedad, Padre, y recordamos los años de salud. Sentimos las precariedades económicas y recordamos, Señor, qué abundancia tú nos has dado.

Permite que ahora, Señor, cuando la calabacera crezca, que crezca también adentro de nosotros el gozo, Señor, por compartir. El denuedo por dar, Señor, de lo que tú nos has dado, que demos por gracia lo que por gracia hemos recibido. Que esta sea una iglesia expansiva, Señor, que no se cierre, sino que se abra.

Pido algo más, Señor. Aquel milagro que un día presencié en la iglesia Asamblea de Dios de Lucerna, y que en vez de producir gozo en los creyentes maduros, Señor, produjo enojo, permite que suceda aquí con alegría. Trae ese día, Señor, en que esta iglesia sea multiplicada por el poder del Evangelio, y que cuando los nuevos creyentes aquí abunden, Señor, al mismo tiempo sobreabunde la gracia. Trae, Señor, una iglesia compasiva, una iglesia paciente con el que comienza a caminar, una iglesia que no le moleste que otros vayan llegando al Señor y que póngan también la mano.

Cuídanos, Señor, de creer que merecemos lo que tenemos. Devuélvenos las calabaceras para tu gloria, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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