Con la ayuda del Señor ya hemos podido exponer la primera parte de Jonás, Jonás capítulo 1, donde veíamos al Señor dándole una encomienda al profeta y el profeta manifestando su desobediencia yendo en la dirección contraria. Hemos visto también, al menos, el capítulo 2 de Jonás, donde el Señor dispone un gran pez y, en ese momento de tribulación, entonces el profeta Jonás se arrepiente, depone su conducta de desobediencia y, allí en el centro mismo de la tribulación, resuelve hacer la voluntad del Señor. Eso es Jonás capítulo 2.
Llegamos así hasta Jonás capítulo 3, donde veremos ahora la manera en que el Señor vuelve a enviar al profeta hacia su comisión, hacia su labor, hacia lo que tenía que haber hecho desde un principio, porque el Señor le manda ahora por segunda vez. Lo que pretendo hacer hoy es leer con ustedes este capítulo y ver dos cosas principales en Jonás capítulo 3. Primero estaremos viendo la labor del mensajero de Dios; aquí tomaremos como ejemplo al profeta Jonás. Y después estaré mostrándole a la iglesia el camino al arrepentimiento. Esto es, aprendiendo de los ninivitas.
Busquen sus Biblias, Jonás capítulo 3, un momento, se ponen sobre sus pies. Leamos juntos estos 10 versículos. Y que sea el Señor glorificándose a través de su palabra, dice así la Sagrada Escritura:
Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré. Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad grande en extremo, de tres días de camino.
Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida. Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos.
Y llegó la noticia hasta el rey de Nínive; y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, y se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna; no se les dé alimento, ni beban agua.
Sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente; y conviértanse cada uno de su mal camino, de la rapiña que hay en sus manos. ¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos?
Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo.
— Jonás 3:1–10
Ahí, parados, hermanos, extiendan su manito sobre alguna persona que tengan cerca y, como iglesia, presentemos delante del Señor lo que hemos hecho tantas veces. Señor, lo hacemos nuevamente, nuevamente, y volveremos a hacerlo. Nos ponemos en tus poderosas manos, Señor. Nos humillamos ante tu revelación. Permitimos, Señor, que tu palabra nos discipline. Traemos, Señor, nuestros corazones, nuestras voluntades, y las ponemos aquí, Señor, ante tu presencia.
Permite, Señor, que este encuentro entre tu pueblo y tu palabra produzca hoy el fruto debido. Dos cosas, Señor, como pastor de esta preciosa iglesia quiero pedirte. Permite que esta iglesia hoy retome su llamado y que haga en obediencia aquello, Señor, que, de hecho, hace años que ha debido estar haciendo. Y al mismo tiempo, Señor, por tu misericordia, enséñanos hoy lo que, Señor, quizás sea hasta inapropiado pedirte, porque no deberíamos pensar necesitarlo, pero lo necesitamos: enséñanos a arrepentirnos, Señor.
Enséñanos el camino al arrepentimiento, enséñanos las actitudes que son agradables a ti cuando tu pueblo, Señor, se ha desviado y tiene que volver a la senda. Permite que estas dos cosas, Señor, hoy sucedan: que tu pueblo retome la misión que tú le has dado y, al mismo tiempo, Señor, que tu pueblo aprenda, a la luz de las Escrituras, cuál es el camino al arrepentimiento.
Oración inicial y propósito del sermón
Bendice, Señor, la iglesia congregada. Bendice también, Señor, la congregación completa. Bendice a uno, Señor, con madurez, con consagración, con santificación; y a otro, Señor, bendícele con salvación. Desde ahora, Señor, porque sabemos que tu palabra cumple, Señor, tu decreto, te damos las gracias por la buena obra que estás haciendo en medio nuestro. En el nombre de Jesucristo, amén.
Siéntense, hermanos queridos. Les introduciré diciéndoles que cuando Jehová ordenó al pez que vomitara a Jonás, esto es lo que vimos en Jonás capítulo 2, lo que esperaba en tierra al profeta era la misma ordenanza que inicialmente recibió y se negó a obedecer: proclamar el mensaje a Nínive, a aquella gran ciudad. Después de las tribulaciones que experimentó el mensajero, no había cambiado ni la voluntad de Dios para que predicara a los enemigos de su pueblo, ni la imagen que Dios tenía de ellos.
Y, al entregar el mensaje, ocurrió lo inesperado: un pueblo completo arrepintiéndose en respuesta a un mensaje sencillo y poco atractivo, entregado a regañadientes por el profeta. Este pueblo mostró más premura y contrición que la que había mostrado Israel. Hoy veremos la labor del mensajero de Dios usando como ejemplo a Jonás y aprenderemos el camino de arrepentimiento usando como ejemplo a los ninivitas.
Lo que pretendo hacer, hermanos, parecería ya innecesario si tuviéramos ya en la presencia del Señor; no haría falta que se predique este mensaje. No es que yo desconfíe de ustedes, hermanos; es que yo participo también de la misma naturaleza de ustedes y sé que en la vida cristiana no solamente hace falta arrepentirse una vez. Yo sé que un creyente aprende el camino al arrepentimiento porque, de hecho, lo necesitará.
¿Y, tomando de partida, hermanos, Jonás capítulo 3, pretendo hacer esto: reiterar a la iglesia cuál es el llamado del Señor y, en segundo lugar, mostrarle a la iglesia cómo arrepentirse. Bueno, pues usted me dirá: “Pastor, el arrepentimiento es en mi día a día. Es más, que de las veces que voy a la presencia del Señor, mayoritariamente yo voy a arrepentirme”. Bueno, hermano, pero ustedes podrían aprender a arrepentirse mejor.
Así como en la oración: una persona puede orar y hablar con el Señor, pero también podría aprender a orar a la luz del Padre Nuestro y tendrá una oración más conforme al propósito de Dios. Con el arrepentimiento sucede lo mismo. Quizás te has arrepentido hasta el momento; el Señor sabemos que te ha recibido, pero podrías aprender, hermano, cómo el Señor encuentra agradable que su pueblo se arrepienta.
La labor del mensajero de Dios y la obediencia sin pausa
Comencemos con la primera parte: es la labor del mensajero de Dios. Jonás acaba de llegar de una terrible tribulación. Experimentó días completos dentro de un pez y, en medio de esa tribulación, Jonás se arrepintió con vehemencia delante del Señor. Y cuando el Señor permitió que el pez le vomitara, le vomitó en el lugar cercano hacia el cual él iba. Sin embargo, la tribulación que trajo su desobediencia no eliminó la voluntad de Dios.
Fue noticia en esta semana un niño japonés que se perdió en el bosque. Era un niño desobediente, que dicen sus padres que había estado tirando piedras a los automóviles y a las personas, y en castigo a la conducta de su hijo entonces resolvieron disciplinar al niño. La disciplina de estos padres fue dejar al niño cuatro horas de castigo en el bosque. El castigo se les fue de la mano y creo que fueron siete días que estuvo el niño perdido.
Al regresar el niño, el padre se sentía afligido porque sentía, como de hecho sucedió, que el castigo había desbordado, que se había ido más allá. Además, la presión mediática: ahora mismo, cada cosa de ese tipo que sucede, hay una presión, hermanos, de las personas: “¿Cómo es posible? Que el castigo físico, que eso no se hace”. Era un niño desobediente que había estado lanzando piedras a los automóviles. Y, sin ánimo, hermanos, de dañar la metáfora, le diré que si uno no entendiera que el niño había estado siendo un niño desobediente y tirando piedras a los automóviles, uno diría: “Es desproporcionado el castigo que se le ha dado por este padre”.
Cuando el niño regresó, el padre admitió ante las cámaras y dijo, no recuerdo sus palabras textuales, pero aproximadamente lo que estuvo diciendo el padre fue: “Lamento mucho haberle causado a mi niño tanto dolor”. Y yo sospecho, hermanos, que por meses jamás se volvió a hablar de piedras y esto de tirarle piedras a los vehículos. Todo eso quedó en pausa. Salvando todas las diferencias, hermanos, el castigo de Dios siempre es un castigo justo y la disciplina de Dios siempre alcanza su propósito.
Y cuando Dios termina un proceso de disciplina, lo que espera del otro lado no es un tiempo de sosiego. Lo que espera del otro lado al pueblo del Señor, cuando el pueblo del Señor ha sido, por su desobediencia, disciplinado, es el mismo mandamiento, la misma ordenanza que el Señor desde un principio había dicho. Lo que el Señor le está diciendo a Jonás es: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad”, por segunda vez. Ni por un momento cambió la ordenanza del Señor, ni cambió tampoco su mandamiento.
Quiero mostrarles, hermanos, que Dios no es como nosotros. Es la misma imagen de aquel hijo que se fue de la casa de su padre porque su padre le corrigió; no quería comerse los vegetales. Cuando regresó, el padre puso el asunto de los vegetales en la dieta en pausa durante una temporada, porque él no quería que su hijo se fuera nuevamente. ¿Qué está esperando a Jonás del otro lado del agua? Lo que está esperando a Jonás es la misma ordenanza que el Señor desde el primer momento le había dicho: “Ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama el mensaje que yo te daré”, hermano querido.
Después de la tribulación, la voluntad de Dios no se pone en pausa. Si yo me pongo en el lugar de Jonás, uno le diría a Dios: “Hay que darle un tiempecito para que regrese a su pueblo, respire, porque después de tres días en un pez hay que tener un tiempo de sosiego, un tiempo de sola. ¿Cómo va a ser que ahora le van a mandar a Nínive? Señor, tú no has visto con qué pez se lo tragó. Permite que el profeta vaya a su casa y descanse, permite que recobre las fuerzas, permite que vaya y cuente el testimonio a sus familiares”. No. Lo que Jonás escuchó cuando escuchó la voz de Dios fue: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré”.
Hermano, cuando el Señor quiere que su voluntad se cumpla, el Señor hace que su voluntad se cumpla, y nunca encontraremos paz si no hacemos en nuestra vida la voluntad del Señor. Son muchos los hermanos míos que, en la consejería pastoral, me dicen: “Pastor, pero yo quisiera un momento así, un momento en que no tenga que hacer esto que usted me dice, que es lo urgente, que tengo que hacer en mi vida a la luz del consejo de Dios. Estoy cansado, tengo un año de crisis, un año de dificultades”. Hermano querido, después de un año de crisis y un año de dificultad, lo que te queda es hacer con tu vida lo mismo que el Señor desde el primer momento te está diciendo que tienes que hacer: “Levántate, ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama el mensaje que yo te diré”.
Nuestras tribulaciones, nuestras aflicciones no ponen en pausa la voluntad de Dios. Uno esperaría que después de este momento Jonás tuviera un tiempo de sosiego; lo que queda, hermanos, es obediencia. Y me quedaré en ese punto detenido, hermano, para que la iglesia entienda que las tribulaciones no eliminan la obediencia, que un creyente no tiene pausas. Por eso dijo el Señor que si alguno quiere ser su discípulo, tome su cruz cada día y sígame. La cruz de Cristo no se toma por temporadas.
Y es frecuente en el caminar cristiano, hermanos, que han sido especialmente atribulados, que sientan que se pueden dar el permiso. He escuchado el comentario de hermanos que, después de un tiempo de aflicción que regularmente vino a consecuencia de algún pecado, dicen: “Yo quisiera ahora en la iglesia quedarme en un tiempo de inactividad. Yo quisiera solamente recibir, yo quisiera venir y sentarme, no hacer muchas cosas, que nadie se meta conmigo, que no me pregunten nada. Yo solamente quisiera estar aquí, estar solamente”. Hermano, no puedes solamente estar; es necesario que estés haciendo la voluntad del Señor.
Un siervo del Señor no pone la obediencia en pausa, ni siquiera después que se lo trague el gran pez. Hermano, no hubo cambio en la ordenanza, no hubo cambio en el mensaje. Y lo que era más gravoso para Jonás, que muy probablemente fue lo que produjo que Jonás terminara yéndose a otra ciudad, es que el Señor todavía seguía considerando a Nínive como una gran ciudad. Jonás era judío. Los ninivitas eran sus enemigos naturales. A Jonás le parecía grotesca la idea de que el Dios de Israel tenga un trato también con Nínive. Y cuando el Señor le dijo que fuera a Nínive, esa gran ciudad, él no quiso ir a Nínive. Ahora el Señor le repite a Jonás que tiene que ir a Nínive, a esa gran ciudad.
Obedecer aunque no nos guste la voluntad de Dios
Miren, todo creyente lucha con algunos aspectos de la voluntad del Señor. Yo no sé con cuál estás luchando tú hoy. Hay hermanos que tienen más facilidad hacia un área de la voluntad del Señor y otros tienen amplias dificultades para otras áreas de la voluntad del Señor. Hermanos, si vas a salir de la tribulación para hacer la voluntad del Señor, no puedes condicionar lo que Dios había dicho. Dios sigue considerando que el mensaje debe ser dado y Dios sigue considerando que Nínive es una gran ciudad a pesar de Jonás.
No te mentiré, hermano: hay veces que uno hace la voluntad del Señor contra sus deseos naturales. Un asunto de la obediencia es que la obediencia no necesariamente requiere gusto; si eso está, estás en el mejor de los escenarios, cuando puedes obedecer y sentirte complacido. A veces la obediencia, hermano, es una resolución estoica, que usted dice: “El Señor lo ha demandado. Yo tengo que hacerlo porque el Señor lo ha demandado”. A Jonás le desagradaba que Nínive fuese salva, le desagradaba que el Señor pensara en Nínive en esos términos, pero tuvo que hacer la voluntad del Señor, hermano querido.
Hay parte de la voluntad de tu Dios que en tu fuero interno quizás tú no compartirás, pero tendrás que obedecer. Dios no cambiará su mensaje ni cambiará su ordenanza, aun estemos en la más profunda de la tribulación. Permítanme mostrarles, hermanos, con relación a la labor del mensajero también, que el mensaje de proclamación no requiere una estrategia elaborada.
Si pudiéramos hacer un lanzamiento, hermanos: “Vamos a lanzar la estrategia de proclamación de la Iglesia Evangélica Pez Mundial, 2016–2020. Plan estratégico para la proclamación de Cristo en la ciudad de Santo Domingo, 2016–2020”. La orden del Señor sería: “Levántate y ve”. “Señor, ¿la estrategia? ¿Cuál es el plan? ¿El vector horizontal, el vector vertical? ¿De qué manera es que tú esperas que yo cumpla?” — “Levántate y ve, Jonás”.
Tengo carga en este asunto, hermanos. Miren, en cuanto a la proclamación, lo más importante no son las estrategias, sino la obediencia. Y algo que detiene el mensaje de proclamación en las iglesias locales es que se quiere compensar con estrategia la falta de obediencia. Hermanos, esto es una ordenanza: “Levántate y ve”. “Señor, ¿tú quisieras que yo esté predicando de a 500 en 500, de a 100 en 100, en grupos pequeños? ¿Tú quisieras que organizara campañas evangelísticas en Nínive? ¿Tú quisieras…?” — “Yo quiero que tú entres a Nínive y proclames este mensaje que yo te daré. Levántate y ve”.
Estaba contando que debo tener, voy para 20 años, hermanos, en los caminos del Señor, y cuántas estrategias hemos visto. En un momento nos dijeron que era Evangelismo Explosivo, después que era grupos celulares, después nos dijeron que eran campañas multitudinarias; después que no, que lo multitudinario no, que era uno a uno. Después nos dijeron: “Por los medios masivos”, después: “Que no, que los medios masivos no”. Hermanos, el mal es que no podemos reemplazar la obediencia por estrategia.
Lo que le están dando a Jonás no es un plan estratégico; lo que le están dando es una resolución de obediencia. Y las estrategias no están mal. El asunto, hermanos, es que cuando falta obediencia, las estrategias sobran. En mi experiencia, los mismos hermanos que fueron fructíferos con Evangelismo Explosivo fueron los mismos que fueron fructíferos con evangelismo celular, y los mismos hermanos que fueron fructíferos con evangelismo de uno a uno, y los mismos que serían efectivos hasta con un megáfono. El mismo, hermano, que tiene la resolución de obedecer podría utilizar una estrategia y podría ir mejor en su proclamación; pero la cosa más básica es: “Levántate y ve”.
Jonás podía elegir una calle primero y después la otra. Lo que no podía hacer era volver a dormir. Iglesia del Señor, tú tienes una ordenanza que el Señor te ha dado: es proclamar un mensaje en esta ciudad. No estás esperando la última estrategia, los últimos recursos, para hacer lo que, de hecho, puede estar haciendo desde ya.
Siento, hermanos, que como iglesia local hemos perdido mucho tiempo, porque cada vez que queremos hacer algo entonces aparece una nueva estrategia. Hagámoslo, hermanos. Por ejemplo, en nuestra iglesia es muy sencillo: aquí queremos proclamar el mensaje del Señor, tenemos dos servicios ahora mismo, uno el domingo y uno el jueves. Y la cosa más sencilla que usted puede hacer en esta semana es decirle a un compañero de trabajo: “Mira, yo te invito a que vayas a mi iglesia el jueves”.
Proclamar sin confiar en estrategias humanas
“Oye, pero si lo pusiéramos, si hiciéramos un cartelón así grande…” Hermanos, cuántas ideas me han dado: “Si pusieran un cartel grande así en la ciudad, si pusiéramos mensajes por internet, si pusiéramos el asunto por televisión, por radio…”. Hermano, cuando falta la obediencia de “levántate y ve”, todo lo otro sobra. La cosa más básica que tiene que hacer la iglesia del Señor es levantarse, ir a dar un mensaje. Usa un burro, puedes ir a caballo para ir más rápido, si quieres utilizar literatura y tratados, utiliza megáfono. Usa el medio que haga falta, pero levántate y ve. Lo que no podía hacer Jonás era seguir durmiendo.
Aquí hay dos cosas, hermanos, que no eran de Jonás. Y les digo lo clave, hermanos, es que en la evangelización lo clave es que hay dos cosas que no son de nosotros. Y cuando te confundes en eso y piensas que son de nosotros, entonces dañas el proceso. Había cosas que no eran de Jonás. Lo primero que no era de Jonás era la iniciativa para salvar. Dios se deleita en salvar, es Él. Innegablemente, hermanos, hay iglesias que son más apasionadas con dar testimonio de Cristo que otras, eso es indudable. Pero la verdad, hermanos, es que ni una iglesia ni la otra puede competir con la pasión que tiene Dios por salvar.
Eso era de Dios, lo tenía en el corazón, hermanos. “Pastor, yo no hablo de evangelizar, porque yo como que no siento… yo no siento que se salve la gente”. Hermano, eso no es su sentimiento; ese es el sentimiento de Dios. “A mí como que no me sale”. No, a usted no le sale, pero a Dios le sale. Hay dos cosas en la evangelización que no son de la iglesia: de la iglesia no es la vocación de salvar, Dios se deleita en salvar. Por eso Jonás dijo, hermano, yo creo que Jonás fue sabio cuando dijo eso; él concluyó, desde el vientre del pez: “La salvación es de Jehová”. No dejó nada de la salvación, hermano.
Yo quiero animar a mi iglesia, yo sé la iglesia que pastoreo, hermano, yo sé: esta iglesia tiene más pasión por la instrucción que por la proclamación, yo lo sé. Ahora, yo sé que esta iglesia sirve a un Dios que se deleita en salvar. Y si Dios se deleita en salvar, importando la pasión que hay en tu corazón, hermano, Dios se deleita en salvar. “Ay, es que hay hermanos que no tienen esa personalidad. Entonces hay hermanos que no son así; yo no, yo soy muy discreto, muy relacional”. Eso eres tú, pero Dios no es así. Dios se deleita en proclamar, y como la intención no es nuestra, nosotros lo hacemos por obediencia.
La evangelización no es nuestro deseo, no lo hacemos porque la gente nos caiga bien, hermano. Se ha cometido un error con la evangelización. Miren, hay un amor cristiano que eso es general, eso se debe manifestar en una acción benevolente hacia el hermano que el Señor te ha puesto en tu iglesia local. Sin embargo, digo esto con todo el amor del mundo: miren, no es la vocación de que todos ustedes tengan una relación que sea como de taxi, uno al lado del otro, siempre con Cristo, sí, hermano; pero definitivamente acá hay hermanos que por afinidad, por sus personalidades, por su momento de vida, van a tener un caminar cristiano más estrecho con algunos que con otros.
¿Saben por qué no hay más gente que proclama el evangelio? Porque dicen: “Cuando yo le proclamo el evangelio, quizás no tenemos afinidad, no estamos en el mismo momento de vida”. Trae a la iglesia del Señor y colócalo en la correcta relación con Dios, y el Señor le dará a él su acompañamiento en su iglesia local. No piensen que es un asunto de que “se parece a mí”. Hay gente que dice: “Ah, sí, él como que se parece a la gente de mi iglesia”. Hermano, no es así, no es por afinidad, es por obediencia. Ningún ninivita le gustaba a Jonás.
Parece raro, hermanos, yo quisiera enseñar evangelismo con un profeta más apasionado, pero yo quiero enseñarlo con Jonás, porque Jonás se parece a nosotros. La realidad es que Jonás dio un mensaje que él lo dio por obediencia, hermano, para no volver al pez. Aquel estaba proclamando, y yo me lo imagino entrando a Nínive, hermano, que él iba a ir, no hay una cosa más difícil que cuando una persona no quiere tu mensaje. Refunfuñando, me lo imagino de camino a Nínive, que se devolvía y decía: “Y ahora voy, pero nada, vamos a hacer la voluntad del Señor”.
Y yo me imagino, hermanos, la pasión que transmitía Jonás a los ninivitas con su predicación: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida; de aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. “¿De aquí a cuánto?” — “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida, de aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. “¿Y tú quién eres?” — “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida, de aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Pareciera una notificación, hermanos, lo que estaba dando. Yo no imagino a Jonás ni por un momento hablando del deleite en su Dios, del amor de su Dios, de la compasión de su Dios. Yo lo imagino notificando personas: “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida, de aquí a cuarenta días”.
“Nínive será destruida. Pero Jonás, deleítate, da el mensaje de compasión”. Hermano, no es un asunto de deleitarse; es de obediencia. Y si yo tengo que pastorear por los próximos años una iglesia que no sea tan apasionada en esto, le diré: “Hermano, usted va a tener que entregar el mensaje de salvación con gusto, sin gusto; o lo entregará con deleite, o lo entregará porque es el mensaje que el Señor mandó, o si no, lo va a tragar el pez”.
“Es que mi iglesia no es tan apasionada, Pastor, usted sabe que nosotros en Pez Mundial no somos así, de verdad”. Hermanos, yo lo he probado, ya tengo ocho años en este pueblo, ni yo mismo soy así, hermano. Cuando yo a una persona le doy testimonio de Cristo, no es lo que me sale naturalmente; yo preferiría ponerle la ventana a la casa, poner la columna, poner la viga. Pero el terreno, el terreno, el terreno es la evangelización. Y cuando yo lo hago, lo hago por obediencia, hermano querido. Esto no es porque nos salga, es porque tenemos que hacerlo.
Y le digo, yo quisiera predicarle, hermanos, no con Jonás; yo quisiera predicarlo con un profeta más apasionado. Pero permítanme predicarles por este, porque este fue obediente a pesar de todo. Este fue obediente y Dios lo usó.
El mensaje que no es del mensajero y la proclamación sencilla
Voy a predicar el evangelio. “Y comenzó a entrar por la ciudad camino de un día y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Les he enseñado, hermanos, que hay dos cosas que no eran de Jonás: no era la intención. Dios tenía más pasión que Jonás, y Dios tiene más pasión que tú. Dios tiene más pasión que tú, Dios tiene más pasión que yo. Dios se deleita en salvar; la salvación es de Jehová, no es de nosotros. Y lo otro que no era de Jonás era el mensaje.
Y si el Señor me permitiera asesorarles, yo le diría: “Ay, Señor, con ese mensaje no. Predica otro. Una ciudad que no te conoce, una ciudad que es hostil, gente que eran guerreros, hermanos. Nínive era una ciudad imponente. Dedica a gente belicosa; ¿cómo tú le vas a decir que su ciudad va a ser destruida en cuarenta días?”. Hay gente que me invita a predicar a un lugar y me dice: “Mira, que sería bueno tal sermón”, porque estratégicamente han seleccionado uno. No está mal, hermanos, eso; ciertamente hay personas que dicen: “Mira, yo quisiera que tú prediques el sermón que tú predicaste aquel día, tú te recuerdas. Yo quisiera que tú prediques ese sermón, porque yo pienso que ese sermón como que puede hacer ‘clic’ con las personas que te van a escuchar”.
Hermanos, el sermón que estaba predicando Jonás nunca haría “clic” con Nínive, ni con Asiria completa, ni Babilonia, ni los macedonios, con ningún pueblo se hace “clic”, hermano. Pero el mensaje es del Señor. Y las dos cosas que no eran de Jonás es que Jonás no era la intención para salvar y Jonás no era tampoco el mensaje que iba a entregar; era el mensaje del Señor. ¿Qué le dijo el Señor? “Ve”. No quiero descontextualizar el tema, hermanos, pero el Señor le dijo primero: “Ve, y proclama en ella el mensaje que yo te daré”, o sea, tuvo que ponerse en camino; en el camino se le iba a dar el mensaje. Es que si le dice lo que iba a predicar, no va.
“No va, Señor. Enséñame primero cuál es el mensaje, qué es lo que tú quieres que yo les diga”. — “Que de aquí a poco Nínive será destruida”. “¿Dónde está el pez, Señor? Ponle reversa al pez, que me vuelva a buscar; ese mensaje yo no lo entrego”, hermano. El mensaje es del Señor, el mensaje es suyo, no nuestro. ¿Y cuánto daño se le ha hecho a la proclamación del evangelio queriendo contextualizar tanto el mensaje del Señor, a un punto tal que se predica otra cosa?
El mensaje del evangelio, hermanos, incluye un componente de condenación que es ineludible. “Ven a Cristo, porque de aquí a poco tú y todo esto que tú ves ahora mismo, que es la tierra, será destruido por fuego; salva tu alma”. Y le sería dado por Dios. Este mensaje no tenía libertad para cambiarlo. Déjenme mostrarles qué no es proclamar.
Hermanos, se nos nubla. Muchos no evangelizan porque no saben que tienen que… ay, hermano, no vayan ahora a llevarse de mí y entregarle el mensaje de mala gana: “Fulano de tal, empleados de esta empresa: el próximo jueves estarán en mi iglesia predicando el evangelio. De aquí a un tiempo, esta tierra completa será destruida, el que quiera venir que venga, el que no que se quede”. “Pasajeros de esta guagua: el próximo domingo en mi iglesia estamos predicando el evangelio; de aquí a poco, la tierra completa será destruida. Nos vemos”.
Pero no lo dudo, hermano: mire, si a usted no le sale otra cosa, diga por lo menos eso, y usted por lo menos habrá sido obediente a la ordenanza del Señor que es proclamar. Eso es proclamar. Más hermanos no evangelizan porque confunden proclamar con otras cosas. Miren, proclamar no es persuadir. “Jonás, ve allá y persuade, lógralo uno a uno, convéncelos”. Jonás no fue a Nínive a convencer a nadie, él fue a proclamar un mensaje: “De aquí a poco Nínive será destruida”; este mensaje que Dios ha mandado.
Pretender llenar nosotros la expectativa de la gente, hermanos, es olvidar que es Dios que salva, no somos nosotros. “Señor, vamos a debatir. Yo haría un plan estratégico para la salvación de Nínive; Señor, lo primero que hay que enseñarle a este pueblo, un pueblo indocto, es quién eres tú. Vamos a darle el ‘Dios de Israel 101’; después que les demos ‘Dios de Israel 101’, ‘El pecado de los ninivitas 201’; y después ‘La respuesta de Dios 301’. Tres cursos, Señor, eso más o menos me tomará como 18 meses”. No. “Jonás, lo que hay que predicar es sencillo: tú vas y les vas a decir a los ninivitas: De aquí a poco, de aquí a cuarenta días, Nínive será destruida”.
Gente que quiere debatir. El Señor dio por sentado cuántas cosas. El Señor dio por sentado primero su existencia. “Yo le preguntaría, Señor: ¿Tú crees que esa gente va a entender quién es el que va a destruir en cuarenta días? Porque quizás se lo preguntaron, ¿verdad?”. Pero no era lo esencial del mensaje. No era una confrontación entre ateos. Hermanos, hay gente que quiere fajarse a debatir acerca de la existencia de Dios, hay otros que quieren la relevancia del mensaje. Miren, dentro de cada ser humano hay una conciencia de que hay un ser creador y hay otra conciencia, ellos no la saben objetivamente, pero es una conciencia de pecado; a pesar de que ellos no lo manifiesten, el pecado en el ser humano produjo una separación de Dios, trae consecuencias dañinas, y el hombre, hasta el hombre más indocto de la ley de Dios, él sabe que dentro de su corazón hay un problema y él sabe que en alguna parte hay un ser que creó esta tierra, la sustenta.
Y cuando usted le predica: “De aquí a poco, ese que tú no sabes bien quién es, va a destruir todas estas cosas”, el Señor puede utilizar ese mensaje sencillo, esa proclamación, para traer la salvación a Nínive.
Ya les mencioné en otra ocasión que la apologética tiene su utilidad, y la utilidad de la apologética, de defender la fe, es cuidar a nuestros hermanos. La apologética, hermanos, el debate acalorado, no es para la salvación de las almas. La salvación de las almas se consigue por medio de la sencilla proclamación del mensaje del evangelio.
Si me dijeran literalmente qué es proclamar, es hacer que un mensaje sea oído, y el contexto del término requiere un asunto que sea como a viva voz. Proclamar es hacer que un mensaje se dé a oír. No es necesariamente clarificar el mensaje, no es corregir el mensaje, no es demostrar el mensaje; es hacer que esto sea oído. ¿Cuántas personas necesitan oír el evangelio? Aunque yo siento que las objeciones se las pone uno.
Un mensaje simple que Dios usa para salvar
Hay cantidad de personas que, con una proclamación sencilla del evangelio, el Señor podría traer salvación. Pero como uno quiere dar algo más… Resumo aquí, hermanos, la labor del mensajero de Dios: dar un mensaje que es de Dios por una iniciativa que es de Dios. Usted no tiene ni que sentirlo, usted no tiene que sentir que se está quemando por dar ese mensaje, hermano; a ver si usted lo hace por obediencia. Y usted tampoco tiene que buscar un mensaje, porque el mensaje ya se lo dieron.
Permítanme por un momento mostrar el camino al arrepentimiento. Consideremos los versículos del cuatro en adelante: “Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Oigan, hermanos, el versículo 5, eso cambia el asunto totalmente, dice: “Y los hombres de Nínive creyeron a Dios y proclamaron ayuno”. ¿Cómo que creyeron a Dios? Con ese mensajero, con ese mensaje, con esas maneras.
Hay cantidad de comentaristas que yo admiro mucho, hermanos, son grandes maestros de la Escritura, que han hecho una vuelta muy larga para demostrar qué fue el medio que el Señor utilizó para que los ninivitas creyeran. Maestros muy serios, que yo admiro, hermanos. Algunos han dicho: “Lo que pasa es que en los vientres del pez había unos líquidos gástricos que tornaron de blanco la piel del profeta y se le volvió como medio arrugada, y cuando él salió entonces la gente se impresionaba y por eso venían buscando…”. Están buscando cómo explicar.
Yo no le voy a mencionar el nombre de los maestros, hermanos, para no predisponerlos; pero son maestros serios. Hay otros que han dicho: “Lo que pasa es que los ninivitas tenían toda una adoración a los peces, y cuando supieron que Jonás había venido desde un pez, entonces entendieron…”. Le dan una vuelta larga, hermanos, para entender que el Señor con algo así puede hacer algo así. Han dado vueltas muy largas para demostrar que el Señor, con un mensaje sencillo, puede traer la conversión de pueblos completos.
Y en la experiencia cristiana que hemos tenido, hermanos, los instrumentos que más han sido utilizados por el Señor no han sido los más profundos, han sido los más obedientes. Hay predicadores itinerantes aquí que llenaron la República Dominicana del evangelio y lo que tenían a nivel de teología sistemática, hermanos, era mínimo. Lo que ellos conocían era algo muy básico: “Arrepiéntete, Cristo viene”, tres versículos, “arrepiéntete, Cristo viene”, tres versículos. No ponle sistematización, ordénalo, ponle puntos, ilustraciones, retórica, usa, hermanos. No: un mensaje sencillo.
Miren, los evangelistas más fructíferos que hemos tenido han sido los más obedientes, los más diligentes, aunque no hayan sido los más profundos. ¿Qué mensaje fue el que trajo la conversión? “De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Eso es un mensaje de destrucción que podía ser ofensivo, es verdad. Que era algo que nadie quisiera escuchar, eso es verdad. Eso no atrae a nadie. Que no da detalles puntuales. Yo me imagino un ninivita: “¿Y cómo nos van a destruir? ¿Vienen por carros, viene un terremoto, son los peces que nos van a tragar?”. Yo no sé cómo es la destrucción. Hay gente que, cuando uno les predica el evangelio, quiere los detalles: “El Señor va a mandar fuego, que si será con agua, será con terremotos…”. No se preocupe por la destrucción, preocúpese por la salvación.
De aquí a poco esta tierra completa, dice la Escritura, será destruida y el Señor hará descender una nueva Jerusalén. Un tiempo limitado, hermanos. Miren, cada vez que usted predica el evangelio, enseñe esto como que es el año agradable del Señor. El evangelismo tiene una santa urgencia. No predique este mensaje como: “Mira, cuando tú tengas tiempo, en cualquier momento”. Usted no sabe si va a haber tiempo. Tú no sabes si habrá el momento. Ponga, hermano, el tiempo. Diga: “Esto es urgente; apela hoy, aplica hoy a esto que el Señor está dando, no lo dejes para muy después”. “Si escuchares hoy mi voz”, ha dicho el Señor.
El mensaje, hermanos, de salvación, hay que ponerle un límite. Enséñele al hombre que no siempre. Esto no es algo que la gente puede tomar arbitrariamente en el momento. Hay un día de salvación que el Señor ha determinado. Hay un momento en que el Señor le abre los ojos milagrosamente a las personas y permite ver la luz. La gente no debe cerrar los ojos. Dígale: “Si escuchares hoy su voz, no cierres tus ojos; tú no sabes qué será de esa vida mañana, no sabes en qué tiempo falta para que el Señor alcance su propósito”. Un mensaje, hermanos, de destrucción y con un tiempo limitado.
Miren, para quien quiere permanecer en su pecado, esa es la realidad. ¿Usted piensa que hace falta más profundidad, más mensaje, que hace falta algo? Quienes quieren permanecer en su pecado, ni el mensaje, ni el tiempo, ni el mensajero será nunca suficiente. No piense que, por más argumentación, la gente va a ceder. Hermanos, mire, el que amó más las tinieblas que la luz, puede tener el mejor mensajero del mundo, puede tener el mejor mensaje, el mayor tiempo. Jonás predicó y era un asunto de 40 días; Cristo estuvo en medio nuestro durante tres años, no un mensajero, sino Él mismo.
La resistencia del pecador y los elementos del arrepentimiento
Estuvo aquí tres años, hermanos, y no predicó mensajes a regañadientes, sino que predicó con compasión: “Vengan a mí”, Él decía, como la gallina reuniendo los polluelos. Dio demostraciones y milagros, señales. Dio discursos, hermanos, los discursos de nuestro Señor Jesucristo eran discursos amplios. Y al final lo que la multitud dijo fue: “Crucifíquenlo, crucifíquenlo”. Escasos algunos abrieron solo a la realidad del evangelio.
No piensen, hermanos, que hace falta un mensajero más fuerte, un mensaje más profundo, más demostraciones. Cristo dio; ¿quién de nosotros va a poder dar más demostraciones que Cristo? Y el incrédulo amó más las tinieblas que la luz. No piense que lo que hace falta es más señales. Con un mensaje sencillo, hermanos, con un mensajero sencillo y en un tiempo corto, el Señor, si el hombre se humilla, puede hacer grandes cosas.
Aquí les doy los elementos puntuales del arrepentimiento. Dice: “¿Cuáles son los elementos?”. Primero, algo que es un asunto… Oigan, esta gente se arrepintió pronto. Por algunos de ustedes tienen ya tres años escuchando esto, cuatro años, y todavía están ahí: “Yo quiero verlo, quiero verlo, quiero ver el mensaje, quiero verlo de lado, quiero verlo por atrás, quiero ver las implicaciones del evangelio hacia allá, quiero que primero me respondan tales preguntas”. Eso que hay en el fondo es incredulidad. En ese buscar siempre más señales.
El Señor mismo le dijo a los judíos: “El pueblo malvado pide una señal”, otra señal. No les agradaba que la señal de Jonás. ¿Qué es lo que hace falta para arrepentirte? ¿Qué es lo que hace falta para entregar tu vida a Cristo? Hay gente que está esperando más señales. “¿Qué es lo que hace falta para comprometerte? ¿Qué es lo que hace falta para militar en la vida cristiana, para bautizarte?”. Hay gente que quiere escuchar un sermón más, un tiempo más. Miren, cuando no se quiere obedecer, nada es suficiente. Si Cristo no fue suficiente para la incredulidad de los judíos, hermanos, ¿qué seremos suficientes nosotros?
¿Qué es lo que hace falta, hermanos? Para arrepentimiento se pueden anotar los pasos. Lo primero que hace falta, hermanos, se llama convicción. Dice que los hombres de Nínive creyeron a Dios. Uno no se arrepiente en el vacío, uno se arrepiente creyendo a Dios. En última instancia, Nínive, hermanos, no creyó ni siquiera el mensaje; creyó en el Dios que había enviado el mensaje. Reitero eso, hermanos: miren, el conocimiento de Dios llena toda la tierra. Y cuando usted le menciona a las personas la verdad del evangelio, usted está apelando a algo que ellos, aunque sea en su ignorancia, conocen. Ellos conocen que debe haber un Dios, hay una autoridad, esto no está al descuido.
¿Qué hace falta, hermanos? Convicción. Esa convicción es más que conocimiento, es creer en el Dios que manda el mensaje y también creer el mensaje que Dios ha enviado. Cuando alguien se va a arrepentir de sus pecados ante el Señor, lo primero que tiene que entender es eso: convicción. Y esto yo creo que ustedes lo tienen, hermanos. Donde quiero llegar es a lo siguiente: ¿qué fue lo otro que ellos manifestaron? Dice: “Ellos creyeron a Dios, proclamaron ayuno y se vistieron de cilicio”.
Ese vestirse de cilicio eran unas telas rústicas que utilizaban los antiguos para manifestar el dolor que había en el corazón. En los momentos de tristeza, en los momentos de amplia necesidad, entonces ellos manifestaban la tristeza del corazón poniéndose ropas muy rústicas. Era como hacer una manifestación visual de la situación en que estaba su corazón. Eso se llama contrición.
Y yo lamento, hermanos, que los creyentes evangélicos protestantes, quizás huyendo a las doctrinas católico romanas, hayan olvidado la contrición. Las monjitas me enseñaron a mí eso. Ellas me enseñaron: cuando alguien se arrepiente, se da duro, que lo sienta. Ellas decían: “Para un católico la contrición es maltratar el cuerpo”, y ahí terminaron con una serie de doctrinas que se daban latigazos, se perforaban y demás, porque con eso entienden que están como llenando la expectativa de Dios.
Hermanos, contrición no es maltratar el cuerpo solamente. Contrición es sentir el peso de tu pecado, que eso que tú hiciste ofendió a Dios, y manifestarlo. Esto es un tema ausente en los púlpitos evangélicos. Yo no sé cuántos de ustedes han escuchado un sermón sobre contrición. Eso es pobremente predicado, muy poco predicado. Es más, lo que prevalece en nuestros púlpitos y en nuestras congregaciones es un arrepentimiento superficial, que apela solamente a la gracia del Señor.
Los hermanos dicen: “No, Señor, yo sé que soy salvo por gracia, yo sé que tú perdonaste mis pecados”. Hermano, ¿y dónde está la contrición? ¿Dónde está un “Señor, me duele el pecado y manifiesto públicamente que estoy sintiendo esto”? Ahí va a aparecer uno que sea muy avispado y dirá: “Los ninivitas no lo hicieron bien, porque pusieron a ayunar los animales, y un animal no entiende”. No, un animal no entiende, pero ellos, en su limitación, hicieron más de lo que nosotros, la media, estamos haciendo.
Contrición genuina versus abuso de la gracia
Lo que están diciendo es: “Esto es un pecado nacional, nosotros estamos sintiendo que hemos ofendido a un Dios que va a destruir esto. Que hasta los animales ayunen”. De nuevo, hermanos, eso no tiene ningún valor por sí mismo; ahora, hay un valor que eso tiene: que tú entiendas la profundidad del pecado, el sentimiento de pecado que había en Nínive.
Miren, la contrición es una obra del Espíritu Santo, que produce una tristeza que el apóstol Pablo llama una tristeza que vale la pena. Es un desagrado interior, donde tú sientes: “Yo he ofendido a Dios, estoy en enemistad con Dios, no me siento bien. Esta relación que para mí es vital ha sido dañada, ha sido contaminada por efecto de mi pecado y me siento sucio”. Eso es contrición.
Y la contrición, hermanos, se manifiesta y debe ser manifestada. Miren, arrepentimiento sin contrición lo que produce es endurecimiento del corazón. Estas personas que viven que se “arrepienten” de su pecado racionalmente, lo rechazan el pecado, pero no han sentido que su pecado ha ofendido a Dios. No sé si eso yo pueda enseñarlo, hermanos, pero yo aspiro enseñarles a mi iglesia local que tiene que sentir dolor sincero por su pecado.
La contrición no elimina la necesidad de la gracia. Somos salvos por gracia, hermanos, pero nuestra contrición realmente debe manifestar que estamos arrepentidos, que hemos ofendido a Dios. Lo contrario a eso se llama altivez. Una oración de arrepentimiento que no tiene contrición es una oración altiva. Por eso dijo el Señor que al corazón contrito y humillado Él no rechaza.
Cuando usted hiere, hermanos, usted no solamente racionalmente busca la manera de remediar: “Mira, te he dañado, yo te lo pago”. No. Espérese. Si yo voy a su casa y rompo el florero, lo primero no es ponerle la mano a la cartera, lo primero no es: “¿Cuánto cuesta el florero?”. No. Lo primero es: “He roto tu florero, en tu casa. Mira, discúlpame, perdóname. Me siento mal por haber dañado tu florero, que quizás para ti tiene un recuerdo, tiene memorias”. Y antes, hermanos, de usted pensar en el precio económico que eso tiene, usted le dice: “¿Hay alguna manera en que pueda resarcirte?”.
Si usted ha pecado ante el Señor, no piense seguido de que la cruz de Cristo es como que fue una tarjeta de crédito de un fondo. “No, Cristo que cargue”. “La cruz de Cristo, que cargue el sacrificio de Cristo, soy salvo”. No, hermano. Usted primero dice: “Señor, yo te he ofendido, me arrepiento”. No le voy a decir, hermano, que salga a buscar lágrimas. Es que lo sienta; pero a veces hay lágrimas. Hay un recogimiento, hay una manifestación sincera.
Lo contrario a eso era cómo oraba, hermanos, dice la Escritura, un judío y un publicano. Se juntaron a orar, y decía uno: “Gracias, Señor, porque yo no soy como este”. El otro, el publicano, solamente decía: “Señor, ten misericordia de mí, que soy pecador”. Un hermano que siente contrición por su pecado dice: “Señor, ten misericordia de mí, que soy pecador”.
Lamento esto, hermanos, pero se han llenado las iglesias evangélicas de gente que abusa de la gracia del Señor y olvida la contrición. Y cuando pecan, “arrepintiéndose” solamente en filosofía, lo que están, cuando oran, no es arrepentimiento, es filosofía. Yo les leo, más o menos, sin ánimo de ofender a la oración, ¿verdad? Pero más o menos cómo es que oran: viene a la presencia del Señor, altivos, filosóficamente, y dice:
“Señor, yo pequé; esto no es raro. Yo pequé ayer, muy probablemente pecaré hoy, Señor; yo voy a pecar mañana. El enemigo de mi alma ha puesto en mí unos sentimientos de culpa que yo te pido que los quites lo antes posible. Declaro que soy salvo por gracia, que mis pecados fueron clavados en la cruz y nada podrá separarme de tu amor, nada. Hay un hermano ahí de mi iglesia local que me quiso confrontar con mi pecado y, en su indelicadeza, afectó mi autoestima; no se lo tomes en cuenta. Sé que en tu soberanía permitiste que yo pecara, pero yo sé que lo hiciste con algún propósito; quizás lo has hecho para que yo pueda conocer de forma más profunda la dimensión de tu gracia. Gracias por todo tu amor, en el nombre de Jesús, amén. Que venga el próximo pecado”.
¿Dónde está el arrepentimiento? Eso no es arrepentimiento; eso no es decir que se ha sentido tu pecado. Esto es ofensivo delante de Dios. Apelar sin más a la cruz de Cristo, en un asunto así, a la ligera, eso es ofensivo delante de Dios. Por eso, hermanos, de los ninivitas tenemos mucho que aprender. Eso de poner a ayunar a todos los animales, hermanos, es una representación nacional de cómo es que nos sentimos: “Nos sentimos en falta”.
Dramáticamente lo estamos diciendo. Tan ofensivo es como que hay una persona que viene conduciendo un vehículo y violó todas las señales, hermanos, violó todas las leyes de tránsito y te desbarató tu carro. Tú saliste para tu trabajo, te desbarató tu carro, y dice: “Vamos para el seguro”. ¿Cómo que vamos para el seguro? ¿No se va a disculpar? “No, yo tengo seguro full”. Sí, pero no en mis planes de hoy… usted sabía que yo no tenía en la mente, y como tengo seguro, ni tenía tampoco en mis planes que usted me iba a desbaratar mi carro.
Y mi carro va a quedar reparado ahora, y es verdad que el seguro me lo va a pagar, pero eso no estaba en mis planes. Lo menos que usted puede decir es: “Mira, cometí un error, he cometido una falta, puse la reversa y no vi si había un carro atrás, y te he desbaratado el frente del carro tuyo. Te pido que me disculpes, he cometido un error, y que, por favor, vayamos al seguro, porque yo quisiera resarcirte, y si te puedo ayudar en cualquier otra cosa”.
Orden correcto del arrepentimiento y frutos visibles
Quien ha pecado, hermanos, ante Dios, lo mínimo que tiene que hacer es eso. Por eso el ayuno, hermanos, que manifiesta tristeza, la contrición, es necesario. En la parte del Padre Nuestro comienza, hermanos, manifestando la santidad de Dios: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre”. Antes de cualquier cosa, recuérdese que el Dios que está recibiendo su oración es un Dios santo, y está poniendo sus ojos, un Dios santo, a que vea la pudredumbre de su pecado.
¿Cómo va a ser que usted se entregó abiertamente al pecado, y viene apelando solamente a la cruz de Cristo: “Señor, perdóname porque te ofendí”? Hermanos, cada vez que un cristiano peca, está mandando mensajes al cielo diciendo: “Yo te creí más al diablo que a Dios, y creí que lo que él me estaba dando era más satisfactorio que lo que Dios siempre ha querido darme”. ¿Cómo va a ser que usted llegue a la presencia del Señor como que si nada ha sucedido?
Se ha comido las algarrobas y no reconoce al Padre, ni siquiera “Padre, he pecado”. La contrición, hermanos, es un asunto que está ausente en las iglesias evangélicas, pero tenemos que traerlo. Y marco la diferencia: el catolicismo romano, en sus despropósitos, llegó a entender que con maltratar el cuerpo podía lograr el perdón de sus pecados y que, por sacrificios… no, hermanos, eso no puede lograr el perdón. Pero es necesario. Son asuntos de orden.
La forma correcta de arrepentirse, hermanos, es teniendo primero convicción y después teniendo contrición. Si me dijeran evidencia de un corazón contrito: una vergüenza, hermanos, usted sentirse avergonzado en la presencia del Señor, la indignidad de que usted está clamando, hermanos, y decir: “Señor, estoy levantando esta mano en clamor, pero yo sé que estas manos no son santas. Misericordia, Señor, misericordia”. Esa era, hermanos, la clave en el arrepentimiento de David, que cuando David se arrepentía no era solamente un asunto racional, decir: “Yo apelo a tu misericordia; Señor, Tú me llamaste, Tú me ungiste”. No. David se tiraba, hermanos, rostro en tierra y ahí a orar, pero tenían que venir sus sirvientes a pararlo, decirle: “Rey, ven”. Y él: “No, es que yo he ofendido a Dios, a mi Dios le he ofendido”.
El pacto de Dios, hermanos, cuando tú violas el pacto, te arrepientes. Apelo, hermanos, a una ilustración que quizás apelo a ella por no tener otra: el pacto matrimonial es así. Lo conoce un marido o una esposa. Viola su pacto matrimonial, en cualquier área, y usted no puede decirle: “Tú dijiste que ibas a estar conmigo hasta la muerte”. Eso no es lo primero. Lo primero es: “Mi amor, te he ofendido, lo reconozco”. Usted tiene el pacto ahí, hermanos, usted sabe que el pacto es un recurso que está ahí, usted sabe que hay seguridad en eso, porque hemos hecho un pacto “hasta que la muerte nos separe”, pero usted manifiesta: “Mira, te ofendí. Eso que hice no debía haberlo hecho; eso que dejé de hacer, yo sé que te ha colocado en una posición ofensiva, en una posición que te ha dañado”. Y antes de apelar al pacto: “No, tú y yo prometimos ante el altar que vamos a soportarnos hasta que la muerte nos separe”, no. Usted primero: “Perdóname, te he ofendido, te pido que me perdones”.
Es lo mismo con el Señor. No piense, hermano, que el Señor no necesita eso. Lo necesitas tú, y si no lo practicas, tu mente, tu conciencia se va a cauterizar. Primer elemento, hermanos, de un arrepentimiento verdadero: debe haber convicción. Si alguien se está arrepintiendo, tú tienes que decirle: “¿Por qué tú te estás arrepintiendo? ¿Qué tú sabes?”.
Poca gente, al día de hoy, se arrepiente; tapa llamar la atención. En el arrepentimiento debe haber una convicción: “¿Qué fue lo que tú hiciste? ¿Por qué estás arrepentido?”. Mira, yo ahora escuché que Dios es Dios, y que Él tiene poder, y que Él va destruyendo otras ciudades, y yo sé que por cosas buenas no es que las va a destruir. Estoy arrepentido.
Después, contrición, hermanos: manifestar, a veces, un silencio reverente, a veces, hermanos, hay que como hasta guardar la forma. Sí. Hay un problema, un asunto, una crisis; en medio de crisis uno se ausenta de otras cosas. El que está de luto deja de comer, y aunque quiera comer, él a veces va a tener hasta que limitarse, porque dice: “Como que no es apropiado que he perdido un ser querido y que ahora voy a ponerme a comer”. Y cuando come, primero es natural que quiera comer poco, pero cuando come hay como hasta quien le pide que: “Coma algo, por favor”, porque él sabe que como que no es el momento. “No es comida lo que me hace falta”.
Si tu relación con Dios, hermanos, el pecado la ha interrumpido, es necesario ausentarte de cosas, no participar en determinadas cosas, tener una condición de vida de recogimiento. Lo otro, hermanos, dijeron ahí: un fuerte clamor. “Los hombres creyeron a Dios, proclamaron ayuno, se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor, y llegó la noticia hasta el rey de Nínive, y se levantó de su silla, se despojó de su vestido, se cubrió de cilicio y se sentó sobre ceniza. E hizo proclamar y anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, diciendo: Hombres y animales, bueyes y ovejas, no gusten cosa alguna, no se les dé alimento ni beban agua; sino cúbranse de cilicio hombres y animales, y clamen a Dios fuertemente”.
Clamor profundo y conversión real
Guau, hermanos, clamar a Dios. Les manifesté eso hace tres semanas: una cosa es orar a Dios y otra cosa es un clamor a Dios. Ese clamor, hermanos, que sale como desde las vísceras, es un ruego profundo, es algo, hermanos, que sale como de allá, de allá; sale de adentro, algo que expresa lo que tiene el corazón, así mismo es. “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos, entonces Yo oiré desde los cielos y perdonaré sus pecados y sanaré su tierra”. Que salga desde adentro.
Y no hay, hermanos, no hay camino al arrepentimiento que no pase por la conversión, una resolución a cambiar de rumbo. Convertirse, hermanos, es eso. La Escritura, el término, es “metanoia”, es como un cambio de mente: ya ese pensamiento que estaba aquí, yo lo depongo. Estoy arrepentido de mi pecado. Debe haber, entre ustedes, convicción; debe haber en ti, es necesario que haya contrición; debe haber un clamor a Dios, una oración que salga: “Señor, clamo por tu misericordia, clamo a ti, Señor”. Y debe haber una resolución de hacer las cosas de manera diferente.
Objetivamente, objetivamente, ¿qué es lo que vas a dejar de hacer? Te arrepentiste, ¿qué es lo que ya no habrá más en ti? Esto el rey lo sabía, hermanos. Los reyes saben que en cada pueblo está su pecado característico, hermanos, sus pecados que le definen. Dijo él: “Que clamen a Dios fuertemente y conviértanse cada uno de su mal camino”. ¿Cuál es el mal camino? “La rapiña que hay en sus manos”.
Ese pueblo, Nínive, eran gente agresiva. La rapiña, hermanos, rapiña es quitarle por la fuerza a alguien algo; es rapiña, es eso: usted quitar, usted por violencia. Arrepiéntanse de la rapiña que hay en sus manos. Una violencia. Se parecía mucho al estado mínimo, se parecía al estado donde estaba Israel en Génesis 6: “El pueblo corrompió la tierra delante de Dios, y toda la tierra se llenó de violencia”.
Si te vas a arrepentir ante el Señor, debe haber en ti una convicción, debe haber en ti, es necesario que haya contrición (y contrición es más que golpear el cuerpo, es más que “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, es más que eso, hermanos), y a veces meditar lo santo que es Dios y lo poco que somos nosotros. Y a veces meditar, hermanos, entre lo mucho que el Señor ha hecho por nosotros, lo poco esfuerzo que nosotros hicimos antes de entregarnos al pecado.
Hay que saber, hermanos, que tú vas a tener que mirar el rostro de aquel que lo ha dado todo y llegar con que tú abiertamente has estado practicando eso que tú sabes que lo ofende. Es saber, hermanos, que has dañado la iglesia del Señor. Miren, lo más trascendente que está pasando en la tierra en este momento de la historia es la iglesia del Señor, a un punto tal que Él dijo que si alguno la dañara, eso Él lo va a dañar a él.
¿Qué tú has dañado? Hay gente, hermanos, que ha dañado la iglesia del Señor y siguen como de largo. Algunos de los que dicen es: “No, yo lo que hice fue que dejé de ir”. Pero, ¿y la ofensa que trajiste sobre el pueblo del Señor y el mal testimonio? ¿Dónde está tu contrición? Clamor, una conversión genuina, hermanos, convertirse es dejar atrás un pecado.
Cada vez, hermanos, que digas que hay en ti arrepentimiento, di qué fue lo que dejaste de hacer: “Qué es lo que ya no hay más en mi vida”. Termino con lo siguiente, hermanos: ¿qué evidencia toda esta actitud en el pueblo de Nínive? Lo primero que esto evidencia es que los grandes avivamientos son reales y son posibles. Parece imposible, hermanos, que pueblos completos vengan al Señor; el Señor hace obras como esas.
Miren, Estados Unidos vivió en el mejor momento de su historia dos momentos que ellos llaman a sí mismos “Gran despertar”, que fueron momentos donde el Señor estremeció a los Estados Unidos de América y trajo un avivamiento genuino, y las iglesias fueron santificadas. En el primer avivamiento fue un avivamiento interno y la iglesia buscó la santidad, la iglesia buscó, hermanos, la presencia de su Dios. Y el segundo avivamiento fue una gran proclamación, que quizás el fruto del segundo avivamiento somos nosotros, es dar testimonio del Señor en otras partes.
Advertencias para nosotros y llamada final al arrepentimiento
Que el Señor traiga avivamiento de este tipo, como el que hubo en Nínive. ¿Qué esto nos muestra, hermanos? Que sí, que hay casos donde primero se convierten los pueblos y después los gobernantes. En el siglo XVI, los reformadores magisteriales decían que, para que un pueblo se convirtiera, primero se convertía el príncipe, después el príncipe entonces traía al pueblo. En este caso, primero el pueblo, humildemente, se convirtió, y después el rey también lo hizo.
¿Qué nos enseña esto, hermanos? Que aun la gente irreligiosa tiene un conocimiento de su propia maldad. Hay gente que no sabe objetivamente cómo es que ofendió a Dios, pero ellos saben que están sucios, ellos saben que necesitan misericordia. Hay un testimonio ahí que le está dando su conciencia. Me llama la atención, hermanos, que el rey de Nínive no dio por sentadas las misericordias de Dios. ¿Qué fue lo que él dijo? Búsquelo en el texto. Él lo dice ahí. En el versículo 9: “¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios?”.
Quizás alguno te dice: “Él tiene que perdonarme, tiene que recibirme. Yo soy hijo suyo, ¿cómo va a ser que no?”. “A mí hay que recibirme, a mí hay que perdonarme”. ¿Quién eres tú, hermano? ¿Quién es? Esa altivez de corazón. Cuando uno se arrepiente, uno viene a la presencia del Señor así: “Ay, Señor, si Tú tienes misericordia de mí”. No dé por sentadas las misericordias de Dios, hermanos, no abuses de su gracia.
¿Qué nos enseña esto, hermanos? Que el arrepentimiento de Nínive era una advertencia fuerte para Israel. Un pueblo irreligioso se convirtió por completo, Israel se quedó, hermanos, en su delito y pecado. Por eso le dijo el Señor a los judíos: “Los publicanos y las prostitutas van delante de ustedes en el reino del Señor”. No piense que el carril del centro para ganar la carrera lo tiene aquel que ya estaba encaminado, hermanos. Hay veces que esos que son casos imposibles son los que el Señor elige para mostrar su gloria.
Les he manifestado en otra ocasión y se lo reitero: cuando piensen en proclamar, cuando piensen en dar testimonio, no apunten necesariamente a alguien que ustedes piensan que está cerca; a veces el que está cerca es el más difícil. Apunten aquel que parece contrario a Dios, que no tiene idea de Dios, que ahí es que el Señor a veces se deleita en mostrar de manera más vívida su gloria.
El arrepentimiento de Nínive, hermanos, es una advertencia para nosotros. Dice así mismo Mateo 21: “Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia y no lo creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron. Y vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para creerle”. Hermanos, si hasta Nínive se arrepintió, ¿qué buscas tú en ese pecado? La verdad, hermanos, que si pudiera terminar con esto, termino con eso: si hasta Nínive, que no tenía el conocimiento de Dios que tienes tú, si hasta Nínive que no tenía la relación con Dios que tienes tú, si hasta Nínive que no tenía la instrucción en las Escrituras que tienes tú, si hasta Nínive que no tenía el privilegio de conocer a Dios como lo tienes tú se arrepintió, ¿qué buscas tú en eso, hermano?
Iglesia del Señor, Jonás 3 es, sobre todo, un llamado al arrepentimiento. Oro al Señor para que permita que esta iglesia proclame, si es necesario, como obediencia, y para que esta iglesia transite semana tras semana, hermanos, el camino de arrepentimiento. Que el Señor ponga contrición en tu corazón.
Gracias, Señor, por tu palabra. Gracias por tu misericordia, Señor. Gracias, Señor, porque tú te arrepentiste del mal que habías dicho que se harías y no lo hiciste. Gracias, Señor, porque no tenemos lo que merecemos. Guau, Padre, por tu misericordia, el daño, el gran daño que venía sobre nosotros fue detenido por tu misericordia.
Te pido por estos hermanos míos, que quizás habían ignorado, Señor, lo ofensivo que son nuestros pecados ante tu presencia, lo desagradable que es el olor, Señor, de nuestra maldad que sube ante ti, lo impropio que es para nosotros, que andamos en la luz, Señor, volver a las tinieblas. Si acaso, Señor, algún hermano mío aquí hoy ha sido especialmente contestado, llamado su atención a través de tu palabra, permite que, como decía tu apóstol Pablo, Señor, sea una tristeza que valga la pena, que produzca de nuevo vehemencia y, sobre todo, arrepentimiento.
Si acaso, hermano, el Señor te ha llamado, responde a su llamado, ya sea proclamar el mensaje. El jueves hay una gran oportunidad para tocar una puerta, para invitar a un amigo, para traer un compañero, en obediencia. O para transitar este camino, que es el camino que nos lleva de nuevo a la comunión con el Señor. “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, limpiándonos de toda maldad”.
Invitación al pecador y explicación del Evangelio
Mantenga sus ojos cerrados, y le pido a la iglesia que clame ahí conmigo un momento. Y si hay algún ninivita aquí presente, alguna persona que no se sabe parte del pueblo del Señor, pero que ha recibido el mensaje; si alguien hoy ha recibido este mensaje sencillo, pero el Señor ha permitido que entienda, ellos saben que hay un Dios; tú sabes que hay un Dios en los cielos, tú sabes que no eres casualidad. Tú eres un ser moral; tú sientes tu pecado, aunque no sepas objetivamente qué parte de la ley de Dios violaste, tú sabes que este Dios es poderoso, y se te ha dicho hoy que este Dios poderoso ahora mismo ha dejado un año de misericordia, un año agradable, pero que eventualmente vendrá y será fuego consumidor.
Si has escuchado la predicación hoy de la palabra del Señor, escucha la buena noticia del evangelio. Mantén tus ojos cerrados, y te digo que fuimos creados a imagen de Dios para tener comunión con Él eternamente. Sin embargo, a consecuencia del pecado hemos sido separados de Dios y destinados a una condenación eterna. El evangelio que te predico es la buena noticia de que Cristo vino al mundo, tomó nuestros pecados y murió en la cruz en nuestro lugar, conforme a las Escrituras, y resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.
La buena noticia es que al creer en Cristo y confesar nuestros pecados somos salvos, volvemos a tener comunión con Dios y esperanza de vida eterna. Si quieres tener esperanza de vida eterna y comunión con Dios, yo te invito a que ahí, en oración, confieses con tus palabras tus pecados. Así como Nínive: arrepiéntete de la rapiña que hay en tus manos. Reconoce ante el Señor tu condición: “Señor, soy sucio ahora mismo en tu presencia; no merezco ni siquiera estar en medio de tu pueblo, y mira qué privilegio tuve hoy”.
Dile al Señor ahí, en oración: “Perdona mis pecados, confieso que soy pecador”. Dile al Señor: “Me arrepiento en este momento, resuelvo volver atrás; no avanzar en el pecado, sino devolverme”. Pídele al Señor, dile: “Ten misericordia de mí”. Esto es lo que pide un pecador: misericordia, no derechos, misericordia. Apela a su gracia. Claro, yo no puedo guiarte hasta ese punto; tienes que decirlo tú con tus palabras.
Y si tú hoy, con sinceridad de corazón, has confesado tu pecado, has tenido convencimiento, has sentido la contrición, has clamado al Señor, hay un clamor que venga desde adentro, aquí puedes confiar. No puedes exigir; puedes confiar en la promesa del Señor. Él ha dicho que todo lo que el Padre le ha dado vendrá a Él, y al que a Él viene Él no le echa fuera.
Oro por la iglesia. Bendice especialmente esta iglesia, Señor, bendícenos con una iglesia que se sepa arrepentir con sinceridad, una iglesia que no se regodee en su pecado, que no se deleite en la maldad, sino en la justicia, una iglesia que conozca, Señor, el camino de arrepentimiento. Bendícenos desde ahora, el próximo jueves, con una noche gloriosa en tu presencia.
Oración final y clamor por proclamación
Y bendice y utiliza especialmente a los jovencitos de nuestra iglesia para, por medio de las artes, proclamar también el evangelio. Gracias, Señor, por este tiempo. En el nombre de Cristo, amén.