Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
Saltar al contenido

El interés de Dios en salvar una ciudad

Jonás 1

Dios tiene un profundo interés en salvar las ciudades, y confronta la desobediencia e indiferencia de su pueblo para usarlo como instrumento de salvación en medio de una gran ciudad como Santo Domingo.

Predicado8 de mayo de 2016
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

¿Cuántas personas, Señor, ahora mismo están divagando en un mundo sin dirección? ¿Cuántas personas están ahora mismo ajenas, Señor, a tu voluntad, ajenas a la vida que hay en ti? ¿Cuántas personas están ahora mismo, Señor, llenando su mente de otra cosa? Gracias por esta oportunidad, porque nosotros tenemos el privilegio de reunirnos alrededor de tu palabra. Mira mi iglesia que está aquí hoy congregada, Señor. He venido a poner en ellos urgencias, Señor, pero mis palabras no pueden lograrlo; permite que sea tu Santo Espíritu acomodando cada cosa en su lugar. Permite que al considerar hoy tu palabra, Señor, corazones sean movidos a la obediencia, Señor.

Permite, Padre, que lo que hay en tu corazón sea lo que haya en el corazón nuestro, y que podamos sentir, aunque sea por un momento, Señor, la pasión que hay en ti por la salvación del hombre. Mi oración es esa, Señor: permite que mi iglesia pueda sentir hoy, por un momento, Señor, aunque sea un poco de esto que hay en tu corazón, esta pasión, esta urgencia, Señor, esta diligencia, este profundo interés porque todos te conozcan. Permite que esta iglesia, Señor, por un momento pueda sentir lo que siente el Dios de esta iglesia, y que la urgencia de esta iglesia local, Señor, sea la misma urgencia que tiene el Dios de esta iglesia local. Permite, Padre, que hoy podamos entusiasmarnos.

Abre, Señor, ventanas de oportunidades, pon anhelo, Señor, pon curiosidad, pon expectativa de fe. Y permite, Padre, que pronto esta iglesia local esté llena de caras nuevas que anteriormente no levantaban manos santas. Que estas sillas, Señor, que están aquí… guau, Padre, gracias porque tenemos sillas vacías para presentarte; permite que pronto, Señor, estas sillas se llenen de desconocidos, que pronto lleguen a ser hermanos, Señor. Comienza, Padre, tú a mover el corazón de esta iglesia para mover, Señor, su ciudad.

Mantén tus ojos ahí cerrados, hermano. Mira, Señor, mírame a mí, mira a los hermanos míos que quizás habíamos estado de espaldas, Señor, a la ciudad en la cual tú nos has colocado, que quizás, Señor, habíamos estado indiferentes a lo que tú estás haciendo en la ciudad, que quizás, Señor, habíamos estado retraídos de esta encomienda, Señor, de esta ordenanza y de esta nuestra solemne responsabilidad.

Oración, video y llamado a ver la ciudad como campo misionero

Mira este grupo pequeño, Señor, y levanta aquí un ejército de discípulos diligentes, Señor, en hacer aquello a lo cual tú nos enviaste al mundo. Prepara, Señor, los corazones, prepara las manos, llévanos a la obediencia, Señor, a la Gran Comisión. Para tu gloria te pedimos esto, en el nombre de Jesucristo. Amén.

Damos un momento, hermano, para que veamos este video y luego entonces estaremos considerando la Escritura. Gloria al Señor, hermano, por lo que está haciendo en las ciudades, gloria al Señor por la salvación de las almas. Anteriormente hemos proyectado este video y lo seguiremos haciendo, hermanos, en nuestra iglesia local, hasta que entendamos que el Señor puede alcanzar a gente con la cual uno no está contando. Yo se lo mencioné una vez: cuando vi este video por primera vez, lo que más me llamó la atención es que las personas que aparecen en el video no son la gente que uno frecuentemente ve en su iglesia local.

Personas que le menciono: son personas con tatuajes, personas con aretes, son personas que en su día a día ahora mismo todavía como que no parecen ser cristianos, y es el tipo de personas que el Señor puede estar alcanzando al día de hoy en nuestra ciudad. Acompáñenme en sus Biblias al libro de Jonás y veamos el profundo interés de Dios en salvar una ciudad. Capítulo 1, hermanos. Tengo la intención, con la ayuda del Señor, de exponer los cuatro capítulos del libro de Jonás en las próximas semanas. No serán necesariamente sermones consecutivos, pero les pido que mantengan ahí el hilo, porque quizás entre una cosa y la otra estaremos viendo cada uno de los cuatro capítulos del libro de Jonás.

Este es un libro corto del Antiguo Testamento y, entre los profetas llamados así profetas menores, debe ser, hermano, el más conocido. Dice nuestra introducción que la historia de Jonás es bien conocida, pero mayormente con un entendimiento elemental de la historia de Jonás; es el entendimiento que tienen quizás los niños en las escuelitas bíblicas.

Se conoce mucho esto, pero no sus implicaciones teológicas, que son tan asombrosas como la historia misma. Lo más impresionante aquí no es que un gran pez se tragara a un hombre, sino la iniciativa de Dios para la salvación de una ciudad y todos los medios extraordinarios que utilizó, incluido el pez, para alcanzar su propósito. Utilizó a un profeta hebreo pintoresco que, en vez de desear entregar su mensaje, huye. Utilizó a unos marineros paganos con más devoción, iniciativa y temor de Dios que el profeta mismo, y el ejemplo de una gran ciudad, esta gran ciudad, según Dios mismo la evaluó, que contra todo pronóstico terminó convirtiéndose y siendo objeto de misericordia.

Aquí, en esta historia, se ve más claramente la pasión de Dios por alcanzar a quienes no le conocen. Y Jesús mismo citó esta historia como un ejemplo de una conversión extraordinaria. Leamos Jonás capítulo 1. Dice así la sagrada Escritura. Veamos aquí el interés de Dios en salvar una ciudad, dice así la palabra del Señor:

Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha subido su maldad delante de mí. Y Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis; y pagando su pasaje, entró en ella para irse con ellos a Tarsis, lejos de la presencia de Jehová. Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaron al mar los enseres que había en la nave, para descargarla de ellos. Pero Jonás había bajado al interior de la nave, y se había echado a dormir. Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate, y clama a tu Dios; quizás él tendrá compasión de nosotros, y no pereceremos. Y dijeron cada uno a su compañero: Venid, y echemos suertes, para que sepamos por causa de quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Entonces le dijeron ellos: Decláranos ahora, ¿por qué nos ha venido este mal? ¿Qué oficio tienes, y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres? Y él les respondió: Soy hebreo, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra. Y aquellos hombres temieron sobremanera, y le dijeron: ¿Por qué has hecho esto? Porque ellos sabían que huía de la presencia de Jehová, pues él se lo había declarado. Y le dijeron: ¿Qué haremos contigo, para que el mar se nos aquiete? Porque el mar se iba embraveciendo más y más. Él les respondió: Tomadme, y echadme al mar, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta gran tempestad sobre vosotros. Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra; mas no pudieron, porque el mar se iba embraveciendo más y más contra ellos. Entonces clamaron a Jehová, y dijeron: Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni pongas sobre nosotros la sangre inocente; porque tú, Jehová, has hecho como has querido. Y tomaron a Jonás, y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor. Y temieron aquellos hombres a Jehová con gran temor, y ofrecieron sacrificio a Jehová, e hicieron votos. Pero Jehová tenía preparado un gran pez, que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches.

— Jonás 1:1–17

Hazme el favor, hermano querido, puedes juntar un poquito la puerta. Recuerden, hermanos, que hace muchos años expuse esta historia en nuestra iglesia local. No recuerdo en qué año fue, hermano, pero hace ya un buen tiempo. Me permito de nuevo traer la misma historia a nuestra iglesia local. Permítanme mostrar una perspectiva de Jonás adecuada para un creyente que tiene una solemne responsabilidad delante del Señor.

Jonás como espejo de Israel y de la iglesia

No estaré hablando de la historia de Jonás que se da en aquellas aulas para los niños; estaré hablando de las implicaciones teológicas que tiene la historia de Jonás para nosotros como iglesia local. Como preámbulo, les diré, hermano, que una de las cosas que me da a mí la convicción de que esta es una historia inspirada y digna de estar en las sagradas Escrituras, que no se la inventó un hombre, es que esta precisamente es la historia que un hebreo no quisiera escribir. Un judío no quisiera escribir una historia como la historia de Jonás.

La realidad, hermano, es que Jonás es paradigmático con relación a la actitud que tenía Israel a todos los pueblos que tenía cerca. Israel fue levantado por el Señor como una nación especial para ser testimonio a todas las demás naciones de la tierra, y ellos no respondieron el solemne llamado de Dios para que sean una nación de sacerdotes y que sean de bendición para todas las naciones de la tierra. Israel siempre se quedó retraído. ¿Qué lugar ocupa Jonás en la historia de Dios? Ocupa un lugar para decirle al pueblo del Señor que Dios tiene pasión por los vecinos que ellos tienen cerca y que hay más pasión en Dios que la pasión que hay en el pueblo de Dios.

Y que el pueblo del Señor en todas las épocas —estoy hablando de Israel, pasando por la iglesia primitiva y todos los periodos de la historia de la iglesia— ha sido relativamente lento en atender esto, que es la pasión que hay en el corazón de Dios. Y cuando alguien poderoso tiene una pasión, es peligroso, hermano. No le diga que no a un hombre poderoso que quiera hacer algo, porque lo hará a pesar de usted. Cosa difícil es usted anteponerse a lo que es el anhelo profundo de aquel que tiene poder. Nuestro Dios es un Dios que se deleita en salvar y tiene como propósito y proyecto salvar a todas las naciones de la tierra. ¿Quiénes somos nosotros para oponernos a esto que hay en el corazón de Dios?

El Señor tiene pasión por salvar a Nínive. El Señor tiene pasión por salvar a Santo Domingo. Comienzo exponiendo la actitud que tenía Dios, la forma en que veía Dios a la ciudad de Nínive. Dice la Escritura: “Vino palabra de Jehová a Jonás hijo de Amitai, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad”. Y aquí yo me imagino ya a Jonás comenzando a predisponerse: ¿por qué Nínive es una gran ciudad? Gran ciudad somos nosotros. ¿Por qué Dios le dice a una ciudad pagana y llena de hombres aguerridos y perversos que esa es una gran ciudad? ¿En qué sentido Nínive era grande? Bueno, yo podría mencionar diferentes cosas, hermano, para concluir y demostrar el punto de que Nínive realmente es una gran ciudad.

Quizás fue una de las primeras grandes ciudades del mundo antiguo. Fue fundada por un guerrero y esa ciudad se mantuvo en pie, y se mantuvo en pie, hermano, como una de las ciudades de la antigüedad, de las más grandes ciudades. ¿Por qué es una gran ciudad? Porque fue de los primeros lugares donde el hombre entendió que vivir juntos y vivir en un lugar tenía ciertos beneficios. No recuerdo ya la fuente, hermano, pero en algún lugar, en algún momento leí que quizás en el tiempo de Jonás Nínive llegó a tener una población de hasta unos 700 000 habitantes en el mundo antiguo. O sea, que yo podría comparar Nínive con cualquier gran ciudad de este tiempo.

¿Por qué ante el Señor Nínive era una gran ciudad? Porque ahí vivía mucha gente, porque tenía desarrollo económico y muy probablemente desarrollo cultural. Y en todas esas cosas, hermano, hay imagen de Dios. Hay un pensamiento que hay en la mente del hombre que se piensa que el campo es bueno, la ciudad es mala. La realidad, hermano, es que ni el campo ni la ciudad son buenos ni malos; la maldad está en el corazón de los hombres. Y las ciudades no son más pecaminosas que los campos, lo que pasa es que ahí hay más gente, y el pecado está en el corazón de la gente. El único problema en la ciudad, hermano, no es que la ciudad sea más mala; usted puede vivir donde sea, el pecado estará dentro suyo. El único problema es que en la ciudad cabemos más.

Ahora, yo le diré, hermano, que una ciudad también tiene enormes privilegios. Dice Tim Keller que en una ciudad hay más imagen de Dios por metro cuadrado que en cualquier otra parte de la tierra. Todo esto es la imagen de Dios en el hombre: el desarrollo cultural, mire, hasta el desarrollo armamentista, todo eso manifiesta que el hombre tiene algo que le hace diferente a los animales, y a Dios le importa eso. Quiero mencionar, hermanos, que las ciudades han sido importantes en los planes de Dios. Lean la historia del apóstol Pablo y se encontrarán con que el apóstol Pablo estratégicamente eligió grandes ciudades como punto de predicación y como base de expansión. Pablo no iba para el campo, no; él siempre quería ir a la ciudad más grande.

La estrategia de Dios con las ciudades y Santo Domingo

Iba caminando el apóstol Pablo, predicando, predicando y predicando. Él quería llegar hasta la ciudad más grande, que era Roma, y tenía los planes de llegar hasta España. El Pablo no decía: “vamos para el campo”. Hermanos, es que las ciudades son estratégicas para el avance del Evangelio. En pocos lugares te encuentras tantas almas perdidas por metro cuadrado como en una gran ciudad, y el Señor ve las grandes ciudades y las ve con pasión. Son lugares densamente poblados; hay más compasión ahí. Hermano, me recuerda Mateo 23, el Señor mirando a Jerusalén, esta gran ciudad. Jerusalén dijo: “Jerusalén, Jerusalén, ¿cuántas veces quise reunirlos como reúne la gallina sus polluelos?”. El Señor tiene pasión por reunir la gente en las ciudades.

Quisiera motivarles, hermanos, a tener una expectativa positiva del lugar donde el Señor le ha puesto. Yo no sé de dónde tú vienes. Por favor, me dicen los hermanos que son de aquí, que son “capitales capitales”, que son de aquí, que nacieron en la ciudad de Santo Domingo y esta es su ciudad de origen. Los que son capitales capitales, me levantan la mano así. Ahora bajen las manos. Ustedes, por favor, los hermanos que vienen del campo, que vinieron a esta ciudad, levántenme la mano. Somos más.

Hermano, las ciudades son lugares densamente poblados, ¿y en qué lugar quisiéramos ir nosotros que no sea un lugar donde está densamente poblado de almas? La vida, hermano, es un regalo de Dios y el Señor no rechaza la vida. Dondequiera que suceda la vida humana, el Señor está especialmente atento a ese lugar. Algo tiene la ciudad: en las ciudades hay mucho contacto. Hay una película que se llama así mismo, se llama “Crash”, como lo que sucede en la ciudad, donde todo el mundo está como chocando. Todo el mundo está en contacto uno con el otro. Es lo que sucede en la ciudad, hermano: nosotros estamos en una ciudad que vive en apiñamiento, uno al lado del otro, uno sobre el otro. Usted duerme y encima suyo probablemente hay quince camas más. Y dice la Escritura que nosotros somos la sal de la tierra, y dice la Escritura que nosotros hemos sido enviados al mundo.

Un pescador selecciona estratégicamente los lugares donde los peces se acumulan, porque él sabe que ahí su labor es más efectiva. ¿Dónde quisiera estar un discípulo de Cristo que no sea en una gran ciudad? Hermano, yo vine del campo para Santo Domingo y yo aquí me quedo. Yo de aquí… aquí es el lugar. Yo soy capitaleño en alma, ya a mí me sacaron mis papeles de aquí, el carro me hizo mi cédula. ¿Por qué es esto, hermano? Sí, es verdad, me siento bien en la ciudad, pero sobre todo, hermano, yo entiendo que Santo Domingo es estratégico para el avance del Evangelio en la República Dominicana. Lo que sucede en la capital llega al campo. ¿Por qué Pablo iba a las grandes ciudades, a Éfeso, a Corinto? ¿Por qué Pablo iba a Roma? Porque si el Evangelio llegaba a Roma, de ahí se iba a expandir a todas las partes de ese imperio.

Pero al mismo tiempo les diré, hermanos, que las ciudades tienen dos cosas que son estratégicas para recibir el mensaje. Hay mucho contacto, es verdad, pero al mismo tiempo, en la ciudad, aunque la gente vive una encima de la otra, una al lado de la otra, encima suyo probablemente duermen quince personas más, las ciudades están llenas de soledad. La gente, en medio de las ciudades, tiene más necesidad que en cualquier otro lugar de estar cerca de la gente, porque hay cierta percepción de acompañamiento, pero estamos solos. Y las ciudades también tienen desarraigo. Algo que el Señor estratégicamente ha utilizado a lo largo de la historia es la movilidad para llevar a las personas a que se abran a la realidad del Evangelio.

Miren, muchos de ustedes, si estuvieran en el campo, no estuvieran tan abiertos al Evangelio como estuvieron cuando vinieron a la capital. Hay personas que cuando dejan su familia, dejan su arraigo; entonces se abren a nuevas cosas, y es una oportunidad para que la gente encuentre a Cristo en la ciudad. “Ve a Nínive, a esa gran ciudad”. ¿Y por qué Nínive es una gran ciudad? Porque ahí vive mucha gente, porque yo tengo pasión por salvar a los hombres y ahí hay muchos. Les digo aquí, hermano, que la reprensión del Señor tiene un propósito. Dice ahí: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella”. Pero lo que uno se da cuenta en el libro de Jonás cuando lo lee entero es que lo que el Señor quería era la salvación de Nínive, y el Señor celebró la salvación de Nínive.

Hermano querido que está aquí presente, uno no lleva el mensaje de Dios a la ciudad para reprenderla como un fin en sí mismo. El mensaje del Señor a la ciudad es una reprensión con el propósito de que la ciudad se arrepienta, con el propósito de que el hombre se convierta. Yo siento que hay hermanos míos que han perdido el foco en este asunto. La verdad, hermanos, con vosotros: como cristianos no estamos llamados a abochornar la ciudad, avergonzar la ciudad, a ofender la ciudad. Nosotros estamos llamados a llevar un mensaje a la ciudad, que es un mensaje fuerte, que es un mensaje de reprensión, pero lo que hay en el corazón del Señor es que por medio de esa reprensión entonces venga el arrepentimiento.

El propósito último de la iglesia del Señor no es solamente reprender la ciudad; es reprender la ciudad esperando que el Señor, por medio de esa reprensión profética, pueda salvar a la ciudad. Quiero considerar, hermano, ahora… ya les he mencionado la pasión que el Señor tiene por los lugares donde hay gente y también el porqué: porque su proyecto es salvar al hombre. Si ahí hay muchos hombres, entonces el proyecto es grande. Si usted se dedica a la salvación, si hace suyo el proyecto, si lo que hay en el corazón de Dios es la salvación de todos los hombres, y en la ciudad los hombres viven uno encima del otro, entonces la ciudad es el mejor lugar para hacer la voluntad del Señor.

Déjenme ahora considerar la actitud de Jonás. Veamos del versículo 3 al 6. Dice: “Pero Jonás se levantó para huir de la presencia de Jehová a Tarsis, y descendió a Jope, y halló una nave que partía para Tarsis”. Hermanos, si ustedes buscan un mapa, se darán cuenta de que Jonás lo que trató de hacer fue ir al extremo opuesto de lo que era la voluntad del Señor. Es como que el Señor le diga: “Ve a la ciudad de Higüey, anuncia el Evangelio”, y que tú cojas para Pedernales. Lo que Jonás está haciendo, hermano, es todo lo inverso a lo que el Señor le está mandando a hacer. “Jonás, ve a San Juan y proclama allá en San Juan”, y Jonás cogió para Samaná. Dice que Jonás buscó por ahí huyendo de la presencia del Señor.

La desobediencia de Jonás y la imposibilidad de huir de Dios

Ese “extremo a extremo” al que Jonás está yendo, ¿cuál es la actitud? Una mera, una completa desobediencia en atender el mandato de Dios. El Señor le dijo: “Ve a tal ciudad”, y él se fue para la ciudad inversa. Y no fue, hermanos, por un asunto de ignorancia; no. Él intencionalmente, dice, que de su bolsillo pagó, tomó un barco para que lo llevaran al lugar más remoto. Intentó huir de la presencia de Jehová. Bueno, esto a mí me llamó la atención.

Porque la verdad es que, miren, nuestro Dios no es un Dios local. Hay gente que piensa que la soberanía de Dios… Dios tiene como soberanía en determinados metros cuadrados de la tierra, como Israel: “Si yo estoy en Israel, aquí yo estoy bajo la soberanía de Dios, porque esto es una teocracia, pero si me voy a Tarsis, allá no llegan los dominios de Dios”. Hay gente que piensa eso mismo con relación a la iglesia local. Piensa: “No, si yo estoy en el terreno de la iglesia, aquí uno hace lo que Dios dice, pero si yo voy a otra parte, entonces otra cosa es”. Hermanos, Dios no está sujeto a un tiempo y a un espacio. Dios trasciende.

Por eso decía el salmista, hermano, decía: “¿Dónde yo voy a huir de la presencia de Jehová? ¿Dónde me esconderé de él?”. Escuchen lo que dice el salmista:

Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Aun no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?

— Salmo 139:1–7

Hermano, ¿dónde usted puede huir de la presencia de Jehová? Hay gente que piensa: “Mira, yo me voy a dejar de ser religioso, yo voy a dejar los caminos del Señor, yo me voy a refugiar, yo me voy a esconder”. Hermano, ¿dónde te vas a esconder de la presencia de Jehová?

Mira, tú puedes buscar otra ciudad, tú puedes buscar otra iglesia local, tú puedes buscar otro pastor, puedes buscar otros hermanos, puedes ir al lugar donde nadie te conozca, y Dios te conoció. Por eso doy la lección aquí, hermano, al que conoce la voluntad del Señor: nosotros no tenemos rejuego. Usted puede dejar a alguien que le estaba comunicando la voluntad del Señor y buscar la voluntad del Señor en otra parte, hermano, y Dios irá a esa parte. Dice asimismo el salmista: “Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Aun no está la palabra en mi lengua y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda; detrás y delante me rodeaste”. ¿A dónde me iré de tu Espíritu y a dónde huiré de tu presencia? Donde tú puedes tomar un barco, puedes tomar un barco y tenerlo lejos, lejos, lejos, y allí lejos te alcanzará la soberanía de Jehová.

Hermano querido, me desvío un poco del mensaje evangelístico y le quiero llamar a la obediencia. Mire, usted puede huir, usted se puede ir al lugar más recóndito; puede buscar el mapa, poner el dedo en lo más lejos que usted esté de Santo Domingo, República Dominicana, y allá donde usted vaya a esconderse, allá le alcanzará el Señor. Nosotros no podemos huir de la obediencia. Y algo que tenía claro Jonás —porque en eso él fue sabio— es que él no quería huir solo del mandato, lo que era huir de Dios. No hay manera de usted tener comunión con Dios en desobediencia. Si usted va a huir de la voluntad de Dios, huirá también de su presencia.

Primera actitud de Jonás, hermano: una completa desobediencia, no atendió. Y con esto quiero llamar a mi iglesia local con respecto a la Gran Comisión. Mire, cuando el Señor estaba hablando allá en Mateo 28, Él no estaba jugando. Cuando Él dijo: “Id por todas partes y anunciad el Evangelio”, el Señor no estaba dando una sugerencia, el Señor estaba dando una ordenanza. Y si nosotros no estamos haciendo aquello que dijo la comisión que había que hacer, estamos en la situación de Jonás. Y podemos huir, hermano, al lugar más extravagante, al lugar más lejos, y ahí nos encontrará el Señor. Primera actitud de Jonás: completa desobediencia.

Déjenme mencionar otra actitud más. Yo me río un poco, hermano, porque Jeremías decía: “No, yo no puedo callar”. Él quería callarse, decía: “No puedo callarme”. Elías decía: “El celo por tu casa me consume”; eso era algo que él no podía dejar de hacer. Y Jonás, en cambio, dice: “Déjenme echar un sueñito por aquí, que es más cómodo, y cuando se pare la tempestad, cuando Dios se haya olvidado de mí, cuando el Señor deje de tratar conmigo, entonces ustedes me avisan, ustedes me despiertan”. Hermano, el barco estaba ajetreado.

La indiferencia y el sueño de Jonás frente a un mundo convulsionado

“Pero Jehová hizo levantar un gran viento en el mar, y hubo en el mar una tempestad tan grande que se pensó que se partiría la nave. Y los marineros tuvieron miedo, y cada uno clamaba a su dios; y echaban al mar los enseres que había en la nave para descargarla de ellos”. Dice: “Pero Jonás había bajado al interior de la nave y se había echado a dormir”.

En primer lugar, fue totalmente desobediente con relación a la ordenanza del Señor: el Señor le mandó ir por un lugar, se fue por otra parte. Y lo otro, hermano, fue una completa indiferencia ante su situación particular y ante la situación de todos los marineros que compartían con él un barco. ¡Qué sueño, hermano!

Yo recuerdo haber escuchado un sermón hace mucho, que no era mío sino de Spurgeon, “El sueño del pecador”. Y decía, lo recuerdo claramente, yo era un niño todavía: decía que el sueño es un estado de ignorancia, un estado de insensibilidad y un estado de indiferencia. Así también está la iglesia, hermano. El mundo se nos está cayendo en pedazos alrededor de nosotros y nosotros estamos durmiendo abajo en el barco. Y el Señor está mandando señales, hermanos, de que está haciendo una obra, está por hacer una obra. ¿Qué está haciendo la iglesia? “Vamos a no correr con el mundo, vamos a estar aquí tranquilos”. Es más, hay hermanos míos que están evitando ver el mundo.

Yo lo he hecho, hermano: yo he dejado de ver noticias, porque cuando uno ve noticias, uno entra como en un estado de convulsión. Lea el periódico y usted se va a dar cuenta de que algo está sucediendo y que no es normal, y que lo que el Señor dijo, hermano, se está cumpliendo. Vendrán esto, vendrán aquello, y todo eso está llegando. ¿Dónde está la iglesia del Señor? Está durmiendo. Les menciono, hermano: mire la chikungunya, ¿a quién no le dio eso? Esa era una enfermedad que cuando uno la conoció… yo dije: “La chikungunya, la zika…”. Eso llegó como de repente, hermano, y cantidad de gente cogiendo eso. Y uno dice: “Bueno, sí, y la zika, y como que ahora es como antes no conocíamos las enfermedades, ahora hay enfermedades nuevas que vienen, nuevas cosas”. Y todo el mundo como que: “No, es normal eso”.

Son los marineros los que están corriendo; la iglesia está durmiendo. Hermano, mire, no hay ningún creyente verdadero que lea la Escritura y que vea las señales de los tiempos que dijo el Señor y que no vea lo que está sucediendo, y que tenga que relacionar una cosa con la otra. ¿Y qué es lo que está pasando, hermano? El sueñito ahí. El mundo estaba convulsionado alrededor de Jonás y Jonás estaba pasmosamente quieto en medio de un mundo convulsionado.

Por eso les digo, hermanos, miren, lean las noticias, pero no las lean como las leen los mundanos, los carnales. Un creyente lee el periódico y lee la noticia para ser un entendido en los tiempos. Muchos leen los periódicos con la misma superficialidad con que los leen los hombres de este mundo. No. Lean los periódicos, vean las noticias, y se darán cuenta de que vendrán guerras, hambres, terremotos, enfermedades, y todas esas cosas. El Señor dijo que vendrían, y están llegando, y casi la iglesia está durmiendo abajo en el barco.

Actitudes de Jonás, hermano: en primer lugar, una completa desobediencia al Señor; en segundo lugar, una completa indiferencia con relación a su entorno. Yo veo a mi iglesia, hermano, veo a mis hermanos como los caballos con orejeras, que dicen: “Mira, yo voy a mi casa, voy a mi iglesia, voy a mi trabajo; voy a mi casa, voy a mi iglesia, voy a mi trabajo”. ¿Y usted se preguntó en el trabajo cómo está la gente? Bueno, un creyente no puede aislarse de eso, hermano. Nosotros tenemos un barco en común. Es nuestra responsabilidad hacerlo.

Les he dicho: miren, lean los periódicos, vean noticias, hablen con la gente. Les desafiaría que mañana le pregunten —no le tiren la pregunta así como en frío— a un compañero de trabajo, dígale: “Oye, fulano, ¿a ti qué te preocupa?”. Pregúntele “¿Cómo así?”, como que no quiere la cosa. Y que la gente le dé “play”.

Pregúntele: “¿Qué te pone a ti a huir de un lado? ¿Cuál es tu preocupación ahora mismo?”. Entonces, bueno, cuando la gente te diga lo que le preocupa, te vas a dar cuenta de cómo está el mundo y te vas a dar cuenta de cómo estás tú. Considera el comportamiento del mundo. Detente como un entendido, no como un superficial. Detente como un hombre entendido en los tiempos y considera cómo está el mundo. Mira el comportamiento de tus relacionados, a qué ellos se dedican, qué hacen; su día a día, cómo es: se levantan, hacen tal cosa, hacen esto, mira, quédate así como por un momento y mira el mundo desde arriba.

Y cuando tú veas la situación del mundo, tú te darás cuenta de que el mundo se te está saliendo a pedazos alrededor tuyo y que tú estás durmiendo en la parte de abajo del barco. “Y el patrón de la nave se le acercó y le dijo: ¿Qué tienes, dormilón? Levántate y clama a tu Dios; quizás él tendrá compasión de nosotros”. Hermano, el mundo es el que nos va a venir a llamar a nosotros para clamar. Es más, yo lo veo, hermano, así mismo: el mundo ahora mismo está llamando a la iglesia: “¿Dónde están los cristianos? ¿No hay por aquí alguien que adore a Dios?”.

En Jonás vimos tres cosas: una completa desobediencia, una completa indiferencia y el otro, me anotaba, un completo anonimato. Ellos fueron que le preguntaron: “Entonces le dijeron ellos: Decláranos ahora, ¿por qué nos ha venido este mal? ¿Qué oficio tienes, y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra, y de qué pueblo eres?”. Jonás aspiraba, hermano, a pasarse ese trayecto entre un puerto y el otro en silencio. “Que no me pregunte a mí nadie nada, yo estoy aquí tranquilo”. La verdad, hermano, yo te veo a ti así mismo: callado. “¿Y tú quién eres?”. “No te preocupes, yo estoy callado”. Si tú guardas eso, nadie te pregunta.

El anonimato del creyente y el llamado a dar testimonio

Tuvieron que llamarlo ellos, hermano. Cuando el Señor quiere identificar a un hombre, lo identifica. A veces el Señor le pone el foco así para que se vea. Jonás era el primero que decía: “Yo no voy a atender este asunto”. Hermanos, lean allá en Hechos, cuando el apóstol Pablo iba en un naufragio, para que ustedes vean cómo Pablo enseguida se presentó. Pablo dijo: “Cuidado, que yo estoy aquí; ya el Señor habló conmigo y me dijo que aquí nadie muere, que todo esto el Señor lo tiene bajo control. Coman”. Pablo estaba dirigiendo el naufragio, hermano.

El barco se estaba rompiendo, y dice que estaban a la deriva ahí, y Pablo estaba dirigiendo, con convicción y dependencia del Señor, el naufragio. ¿Y qué estaba haciendo Jonás? Durmiendo. Quizás diciendo: “No, hombre, yo confío en la providencia del Señor; si el Señor quiere, lo hará”. Despiértate, dormilón; dinos quién eres tú. Nadie conocía su identidad.

Ay, hermano, no es que quiero como apretar demasiado, pero, ¿de pronto la gente sabe tu identidad? ¿La gente sabe de qué pueblo eres tú? ¿La gente sabe por qué tú estás en ese barco? Ponte que el barco sea tu empresa, ponte que el barco sea tu barrio, que el barco sea tu casa, que el barco sea tu apartamento. ¿Ahí saben que tú eres un cristiano? Yo digo esto con vergüenza, hermano, por mi casa. Me avergüenzo, hermano, me avergüenzo de eso. Pero por mi casa, al menos, hay algunos a los que yo escojo con muchas ganas. Yo he tenido un esfuerzo para que en ese lugar donde el Señor me colocó la gente sepa que ahí vive un hermano, que ahí vive un cristiano.

Algo que yo he resuelto, hermano: ir al colmado. Las frutas… no me están entendiendo. He resuelto ir al colmado que está en la entrada de mi casa; yo ir al colmado, no llamar. Y voy y me preguntan, y saludo, saludo, saludo, para que por lo menos me escuchen la voz.

He resuelto utilizar el mecánico de la zona, el mecánico del barrio, el de siempre, el que está ahí, y he resuelto utilizarlo a él, porque creo que es necesario, hermano, que en ese lugar se sepa que vive alguien que es un cristiano. ¿Y en tu trabajo alguien sabe? “No, yo no me meto en eso”. Hermano, el barco se está partiendo en dos, ¿y la gente sabe que tú adoras al Dios verdadero?

Hermanos, la gente tuvo que ir donde Jonás a preguntarle. Va a llegar el momento en que la gente va a ir a tu casa y van a tocar la puerta: “A mí me dijeron que tú… que tú eres evangélico, que tú lees la Biblia, que tú eres un… tú”. Nosotros, hermano, cuando no hacemos lo que tenemos que hacer, el Señor nos avergüenza de esa manera. Tu compañero de trabajo está partiendo la familia en dos y tú eres su vecino, tu vecino tiene la vida desbaratándose, y tú estás al lado suyo durmiendo. Despiértate, dormilón. Comienza a clamar a tu Dios.

Le dijeron: “Mira, lo mínimo que hace un creyente en medio de una situación de incertidumbre es clamar a su Dios”. ¿Cuándo fue la última vez que tú oraste por tu ciudad, el lugar donde el Señor te puso, esa gran ciudad donde el Señor te colocó? Actitudes de Jonás, hermano: total desobediencia, total indiferencia. “A mí no me importa que el mundo se pierda”. Hay hermanos míos que están refugiados en unas posiciones escatológicas que ofenden a Dios: “No, el Señor… eso la Biblia dice que iba a venir”. Hermano, la Biblia dice que eso viene, que todas estas cosas son señales.

Hay hermanos que dicen: “No, la Biblia dice que todas esas cosas son normales”. La Biblia dice que eso viene, que cuando eso venga, pongan ojo avizor. Completa desobediencia, completa insensibilidad, completa ignorancia, completo anonimato. Antes, cuando alguien era evangélico, la gente se burlaba de él, y eso era bueno. Ahora el problema es que los evangélicos hemos caído en la irrelevancia. “¿Alguien es cristiano?”. Y eso como que no… eso no hay ni que decirlo. Antes alguien lo veían con una Biblia y los ojos del mundo decían: “Ay, mira, ahí hay uno”. Ahora mismo como que no, eso no es nada.

Sin abusar, hermanos, de la historia de Jonás, yo quiero… yo sé que al final, en el capítulo 4, explica por qué era que Jonás no quería ir a Nínive, pero imaginemos que nosotros no hemos leído ni Jonás 2 ni 3 ni 4. ¿Por qué Jonás, por qué tú, Jonás, por qué yo, Jonás, podemos estar huyendo de la voluntad del Señor de dar un mensaje? Podemos tener total indiferencia y podemos estar en total anonimato cuando hay necesidad de que nosotros abramos nuestra voz profética respecto a la situación del mundo.

Excusas del corazón y el costo de callar el mensaje

Algunos dicen: “Yo soy tímido”. Oye, hermano, tenemos aquí una oportunidad el próximo jueves de traer personas, ponerlas aquí y decirles que hay una iglesia en San Juan… hay gente que no sabe que hay una iglesia. Hay gente que no sabe dónde hay una iglesia. Decirles que hay una iglesia en Santo Domingo. “¿Por qué tú no vas?”. “Yo soy muy tímido”. Esa excusa, hermano, de la timidez, esa no cabe. Hay gente que tiene esa personalidad, tú sabes: “Pero esa no es mi personalidad, yo soy así medio reservado, no…”. La contrataste en un oficio complicado, hermano, el oficio de un heraldo. Es como que tú estuvieras en relaciones públicas y no te gusta que la gente te vea, ni te gusta hablar. Es que su oficio demanda eso.

Usted es un pregonero de la justicia, usted es un heraldo del Señor, usted es un mensajero de Él. A ti te han enviado al mundo, contigo Él está dando un mensaje. Y tú dices: “A mí no me gusta eso. Yo voy a mi iglesia y me congrego y todas las cosas, pero a mí no me manden a decirle nada a nadie, que eso a mí me pone muy incómodo”. ¿Que no, que te pone muy incómodo qué? Eso es de vida o muerte. Es que a alguien le van a llevar la cabeza mañana, y contigo se mandó un mensaje, y tú no quieres dar el mensaje porque tú eres tímido; entonces le vas a dejar que le lleven la cabeza.

Alguien va a perder su vida por tu indiferencia y tú dices que esa es tu personalidad, que eso te saca de tu elemento. Es que por tu indiferencia alguien va a perder su vida. “Ay, pero es que yo soy muy tímido”. No es que eres muy tímido, es que la vida de esas personas corre peligro, y el mensaje se lo mandaron contigo.

Hay otros que son pragmáticos: “De todos modos se perderán ellos; se van a perder de todos modos. ¿Para qué vamos a dar el mensaje?”. “Esa gente… eso se han perdido de todos modos, hermano. A veces el Señor puede mandar a alguien más. ¿Cuántos judíos hay? ¿Cuántos hebreos no hay? Que manden otro hebreo. Yo soy hebreo, pero el único hebreo que puede dar el mensaje soy yo”. Ay, hermano, mira: hay gente que el Señor puede alcanzarla hasta con las piedras, pero el Señor quiere alcanzarla por medio tuyo.

Hay gente, hay gente que el Señor ha dispuesto en su soberanía que a través de ti es que le va a llegar el mensaje. Hay puertas que el Señor ha dispuesto soberanamente que eres tú quien tiene que tocar la puerta, y el Señor no va a mandar a otro a esa Nínive: a esa Nínive el Señor te mandó a ti. Tú eres el instrumento. Hay gente, hermano… no me pregunten por qué, yo sé que no quieren juntar sus relaciones, no quieren mezclar sus relaciones. Una cosa son los hermanos de la iglesia: “Ay, qué bien, yo me siento bien con los hermanos de la iglesia; ellos son mis hermanos de la iglesia, tú sabes”. Y estos son los amigos del trabajo: “Ellos son otra esfera, otro conjunto”.

“No mezclen esos mundos, una cosa soy yo con ellos y otra cosa soy yo con estos”. Hermano, no te bifurques, tú eres uno solo. “Es que si ellos me ven en la iglesia, ellos me van a ver distinto, porque es que yo sé que uno muta, es el ser humano natural, yo sé, hermano. Una cosa es aquí cuando yo me vean adorando al Señor, y otra cosa es allá…”. Hermano, la clave en eso es que tú seas el mismo aquí y allá. Esa es la clave, porque si no, es muy difícil. Si tú me ves con una personalidad bifurcada, hay gente que tiene un lenguaje aquí y un lenguaje allá, un comportamiento aquí y un comportamiento allá, un gusto aquí y un gusto allá. Bueno, tú no puedes gustar de las cosas de Dios y de las cosas del mundo al mismo tiempo; eso se llama mundanalidad, eso bifurca.

Una de las cosas que uno sabe, hermano, cuando está caminando bien en la vida cristiana, es cuando a ti te pueden ver sin problema el mismo comportamiento tuyo aquí y allá; aquí y allá es el mismo. Pero hay, hermano… “Yo sé, porque no les van… no es que yo no quisiera mezclar esos mundos, que no se me solapen”, entonces tú y esa gente no tienen nada en común. Mira, una de las cosas más tristes de que la iglesia del Señor, al día de hoy, no es más efectiva, es porque siente que no tiene un punto de contacto con el mundo: “Yo soy de una forma, ellos son de otra; yo no quiero compartir con ellos, ¿para qué quiero yo ir a esa gente? Esa gente no son como nosotros”.

Es verdad, hermano, no son como nosotros, pero nosotros éramos como ellos, y por la misericordia del Señor, nosotros ahora somos distintos. Por eso decía el apóstol Pablo, decía… menciona pecados, hermano, que son los pecados que un creyente dice: “No, eso no, esto, esto, esto”. Decía el apóstol Pablo: “Miren, ustedes eran esto, esto, esto, esto, esto…”, y después les dice: “Y esto erais vosotros”. O sea, te está diciendo: “Que no se te olvide que tú también eras así, que no se te olvide que ese eras tú anteriormente”. Hermano, la compasión que tendríamos que tener por el mundo es dar por gracia lo que por gracia hemos recibido.

No quisiera que la gente haga tanto esfuerzo… Yo, hace unos años, el Señor me puso esta imagen en la mente: ¿qué tanta diligencia me gustaría que alguien tuviera conmigo al invitarme a la iglesia, si él fuera creyente y yo estuviera perdido en mis delitos y pecados? Ponte al caso, hermano, no deseado, de que tú estuvieras ahora mismo muerto en tus delitos y pecados. ¿Qué tanto esfuerzo tú quisieras que yo hiciera al respecto de tu alma? Tú me dirías: “Mira, llámame todos los días, y cada vez que haya un culto, invítame”. Yo te diría: “Mira, mirando el cassette, yo me doy cuenta: cuando te invité, me rechazaste”. Y tú me dirías: “No, invítame de nuevo, que ahora que yo veo la luz, me doy cuenta de lo necesario que eso era para mi alma. Dame un tratadito, aunque sea”.

Imagínate, hermano, hay otra película que es así, que a una persona le permiten ver su vida. Imagínate que te enseñaran tu vida, y tú estuvieras en este momento perdido en tus delitos y pecados, y tú me dirías: “¿Qué tú quisieras que yo hiciera por ti?”. “Que tú me des tratados, que tú me invites a la iglesia, ay, ora por mí, no dejes de orar por mi alma, invítame de nuevo, dame un tratado, tráeme a la iglesia, regálame una Biblia”. Y dices: “Mira, cuando te regalen la Biblia, aunque tú la dejes, regálamela de nuevo, regálame dos, lléname la casa de la palabra del Señor”. Hermano, qué diligentes fuéramos nosotros si la que se estuviera perdiendo no fuera nuestra alma, sino la del otro.

Hay gente que dice que la verdad, cuando uno mira, predicar el mensaje del Señor es ofensivo. Y ahora mismo el mundo ha llevado la tolerancia a un punto tal que cualquier asunto que sea divergente es ofensivo. Anteriormente lo que ofendía era una cosa grave, pero ahora mismo una persona que le dice: “Mira, tú necesitas de Cristo”, y el otro: “¿Tú qué estás diciendo?”. “¿Ya tú piensas que yo soy pecador, entonces tú eres el único santo? Ustedes son…”. Esa es la actitud. ¿Por qué uno no predica más el Evangelio? Hermano, porque sí, uno le tiene temor al mundo.

La ofensa del Evangelio y el temor de Dios sobre el temor humano

Ahora la pregunta es la siguiente, el dilema de un creyente es este: ¿a quién tú le temes más, al hombre o a Dios? ¿Tú le temes a Nínive, que puede destruir tu cuerpo, o le temes a Dios, que puede destruir cuerpo y alma? Jehová está haciendo que un barco lleno de marineros en este momento se parta en dos. Yo le temo más a Dios que a los hombres. Yo tengo siempre ese dilema, hermano. Mire, cuando yo predico la palabra del Señor, no piensen que yo soy ingenuo: yo sé que ofende, yo sé que hay gente que se va guapa de aquí. Yo lo sé, hermano. Como me voy yo guapo casi todos los días: el Señor cada vez que me clava a mí, el Señor manda… son como dardos, que cuando se le clavan al alma… Hay gente que viene a la casa del Señor y se va guapa.

Ahora mi pregunta es la siguiente: ¿yo le temo más al hombre o le temo a Dios? Si tú le temes más a Dios que a los hombres, da el mensaje que Él te mandó, y a veces es tan sencillo, hermano, que el Señor te lo pone tan fácil que tú ni siquiera tienes que decírselo tú, tú lo traes aquí, y aquí alguien se lo va a decir. No es que quiero que se vayan por ahí, hermanos, pero a veces tú no tienes que decir ni siquiera: “Mira, Nínive, de aquí a poco Nínive será destruida”, sino que tú le dices: “Mira, vamos al jueves, vamos el jueves 12 a la iglesia para que te digan que de aquí a poco Nínive va a ser destruida”. Hermano, el Señor a veces, en su misericordia, te manda a ti a que lo haga así.

Ya he considerado la percepción que Dios tiene de una ciudad: la llamaba “la gran ciudad”. Y a otros pecadores que eran igual que Nínive los llamó “formidables”. Hago ahí una añadidura, hermano. Miren, hay lugares donde, para pecar, hay que ser diligente. Y hay gente que son malvados, hermano, así agresivamente malvados, que tú dices: “Guau, yo ese… no”. No juegue a probabilidades, hermano, que el Señor hace cosas excepcionales. Yo cada vez me convenzo más de que donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia, y que la gente que yo pienso que son cercanos… que están duros, que tú piensas que están “yuros” y tú piensas que están fuera del alcance del Evangelio, hermano, esos son más fuertes a veces que los que están entregados a la maldad.

Y hay gente que, con relación al pecado, ha demostrado una diligencia que asusta a uno como creyente. Tú dices: “Mira, por eso es tan perverso, es tan malapalabroso, tiene un comportamiento tan inmoral, tiene tal cosa que yo no quiero ni siquiera verlo”. Hermano, hágalo, porque a veces está en su maldad y el Señor lo saca de ahí de manera dramática, como sacó a Saulo, ¿para qué? Para mostrar su gloria. No invite sólo para el jueves a los que usted piensa que ya de hecho han venido antes; invite al que usted piensa: “Mire, ese cliente mío… yo tengo uno ahí, hermano, que estoy por invitarlo, y digo: ‘Ay, yo me asustaría de verlo aquí’”. Hay uno que yo quiero invitar que, cuando me lo encuentro, aquel joven, me asusto: “Ay, caramba, si vino”. Y fácilmente el Señor lo salva. ¿No?

Invite al que usted piensa que diga: “Mire, uno que se parezca como a un digno representante de Nínive”, algún hermano aguerrido, guerrero, perverso, formidable en su pecado, a ese que usted ha visto, invite a ese, hermano. Póngale un caso de ese tipo al Señor, y dígale: “Aquí está, mire, este ejemplar del pecado”.

Yo les he mencionado la actitud de Dios hacia una ciudad, hermano, una ciudad grandiosa. Les he mencionado las actitudes de Jonás: total desobediencia, total ignorancia del mundo que tiene alrededor, y al mismo tiempo total anonimato, cuando la gente tenía necesidad, y tuvieron que irlo a buscar para que testifique. Déjenme mencionarles la actitud de los marineros, que paradójicamente eran más devotos que el profeta mismo.

La devoción de los marineros y su conciencia del pecado

Oiga, hermano, ¿cuál es la actitud de los marineros? Miren la actitud aquí de los marineros. Dice, versículo 7: “Y dijeron cada uno a su compañero: Venid y echemos suertes, para que sepamos por causa de quién nos ha venido este mal. Y echaron suertes…”. ¿Cuál era la actitud de ellos, hermano? Dice que estaban clamando cada uno a su dios. Ahora, la actitud de ellos, hermano, la actitud que tiene el dominicano medio… Aquí nosotros le llamamos religiosidad. Clamaban a su dios, hermano. Yo les voy a decir, sin ánimo de ser muy pragmático, que eso es positivo. A la verdad, hermano, que yo veo eso como algo positivo: clamaban a sus dioses. Por lo menos no eran irreligiosos.

“Ay, mira, están adorando a la Virgencita”. La gente ve eso, hermanos, y se pone la mano en la cabeza: “Yo no soy como esos, que son religiosos”. La verdad, hermano, es que esos están por lo menos clamando a su dios. Aunque no claman al Dios verdadero, tienen una intención. El hombre fue creado para la adoración a Dios y tiene un aparato de adoración en el corazón. El corazón del hombre es de hacer así: mira algo y adora. Y cuando no tienen al Dios verdadero, hermano, dice el libro de Romanos que en su vanidad se han ido detrás de los animales, detrás de los objetos, pero eso que está haciendo así, ese aparato, está bueno.

¿Qué día, hermano, es el día de la Altagracia en República Dominicana? El 21 de enero. Hermano, cuando usted vea eso ahí, usted diga: “Mira, esos corazones fueron creados para adorar al Dios verdadero, ahora mismo están entregados a vanidad, pero ahí dentro hay una intención de adorar”. Hermano, el hombre es un adorador. Y tú me dirás: ¿Cuál es peor, el que está delante de un palo, o aquel…? El peor es el que se adora a sí mismo, el que dice: “Yo no adoro ni al Dios verdadero, ni adoro a este, ni adoro al otro, ni soy religioso. Dios… no hay nada, yo soy dios”, diciendo él.

Esos son los marineros, hermano, que en su desesperación están clamando a sus dioses. Y, ¿qué tal? Dicen: “Mira, vamos a clamar el tuyo, que estamos… cada uno clame el suyo, a ver si algún dios responde”. A la verdad que uno, en su puritanismo, hermano, dice: “No, nada de eso”, pero la verdad, hermano, es que ellos fueron más devotos, porque quien debería estar clamando al Dios verdadero no estaba clamando al Dios verdadero. Estoy diciendo, hermano, estoy afirmando que muy probablemente Santo Domingo está entregado ahora mismo a dioses que no salvan porque la gente que adora al Dios que salva está en silencio.

Y eso fácilmente nos lo cargan a nosotros. Están entregados, y no porque ellos sean así naturalmente; están entregados a eso por vanidad. Se evidenció que después adoraron al Dios verdadero, ¿o no? Ay, hermano, estaban preocupados por el pecado oculto, y estos no adoraban a Jehová, y están preocupados por pecado oculto. “Vamos a echar suertes, a ver cuál es el que pecó”. Hermano, ¿cuándo fue la última vez que usted sondeó su corazón para ver cómo estaban los canales? ¿Cuándo fue la última vez, hermano, que usted salió a buscar el pecado oculto, como hacía Job, que dice que Job decía: “Por si acaso algo ha quedado”? Hermano, ¿cuándo fue la última vez que tú saliste a buscar el pecado, a buscarlo, como se sale a buscar la basura?

También hay maneras y maneras de limpiar una casa. Está la manera regular, donde tú limpias, y hay una manera en que tú sales a buscar el sucio. El que sale a buscar el sucio lo encuentra. El que se pone a limpiar una casa buscando el sucio, encuentra el sucio. Es más, se le cae la mano limpiando y no termina, porque siempre aparece sucio. Lo que pasa es que el sucio a veces no se ve. Para limpiar, hay que mover cosas de lugar; hay que limpiar por abajo, limpiar por detrás. ¿Cuándo fue la última vez, hermanos, que tú hiciste eso con tu vida?

Los marineros, aquí en medio del barco, su primera actitud fue: “Vamos a ver aquí dónde está el pecado, porque el pecado está en alguna parte”, y esos son los que adoran a los dioses paganos. A veces nosotros nos burlamos de la falsa adoración que tiene esa gente, pero la falsa adoración de esa gente va a testificar contra nosotros, porque nosotros estamos durmiendo, y ellos están clamando, aunque le estén clamando a los palos.

Yo veo esas procesiones, hermano, la gente detrás de palos, detrás de dioses que no salvan. ¿Y dónde están los creyentes? No, en su sibaritismo espiritual, diciendo: “Eso no… eso no salva”. Pero, ¿tú estás clamando al Dios verdadero? ¿Estás haciendo ejemplo de la verdadera adoración? No. Estás durmiendo. Cuando la iglesia duerme, bueno, la gente clama a cualquier parte.

A ellos les preocupó la poca diligencia en obedecer a Dios que había tenido el siervo del Señor. Cuando él les confesó la razón por la cual huía, se preocuparon por él: “Ay, ¿qué cosa has hecho?”. Guau, hermano, que al impío le espante tu desobediencia. Eso debería avergonzarte: que el impío diga: “¿Tú hiciste eso, y tú eres evangélico? ¿Tú hiciste eso, y tú eres cristiano? Pero a ti, ¿quién te ha ido?”. Guau, hermano, cuando son los incrédulos, cuando son las piedras las que tienen que hablarnos para reprendernos.

La compasión de los marineros y la vergüenza de la iglesia

“Aquellos hombres temieron sobremanera y le dijeron: ¿Por qué has hecho esto?”. Guau, hermano, cuando el Señor tiene que mandarte a ti a los impíos a decirte: “Oye, pero ¿y cómo que tú has hecho eso? Eso no se hace”. Lo que le están diciendo es: “Eso no es correcto”. Dice: “Porque él les había manifestado que huía de la presencia de Jehová”.

Voy caminando hacia el final, hermano. Actitud de los marineros: valoraron más la vida de Jonás que Jonás mismo. Jonás dijo: “Tírenme al mar, tírenme al mar”. Y ellos no lo tiraron. Guau. “¿Qué haremos contigo para que el mar se nos aquiete, porque el mar se iba embraveciendo más y más?”. Él respondió: “Tomadme y echadme al mar; así, así, suéltenme, y el mar se os aquietará; porque yo sé que por mi causa ha venido esta tempestad”. Y tú sabes que por tu causa ha venido, y tú estás durmiendo.

Ay, hermano, pero no lo echaron. Aquí, hermano, a veces el Señor nos da así una galleta sin mano a través del pecador, porque el pecador tiene el comportamiento que debimos tener nosotros, y nosotros tenemos el comportamiento que el pecador debía tener. Él, hermano, que no era sensible a la vida de esa multitud de ninivitas que estaban sin conocer a Dios, que no le importaba que sean destruidos, que no quería su salvación… Ellos ahora no quieren que él se pierda. Y cuando les dice: “Échenme al mar”, dice: “Y aquellos hombres trabajaron para hacer volver la nave a tierra”. ¿Por qué? Porque no querían, hermanos, cargar con la sangre de Jonás.

Ellos tienen compasión por la vida de uno, hermano, y él no tiene compasión por más de un pueblo entero, hermano, que iba a ser destruido. Qué paradójico, que se desborde el impío de compasión hacia nosotros, y nosotros no tengamos compasión hacia la situación de las almas.

Entonces clamaron a Jehová. Guau, hermano, terminaron clamando a Jehová, no por el testimonio de Jonás, sino a pesar del testimonio de Jonás. Miren cómo el Señor nos avergüenza: hay gente que se va a salvar al lado tuyo, y se… “Ay, el Señor le alcanzó, ¿y qué pasó?”. Tú te quedaste callado. El Señor es soberano para hacer su obra. Él no depende de la salvación de otro, y mira cómo el Señor, a pesar de Jonás, da un ejemplo evangelístico, un ejemplo negativo. Encuentran a un hermano haciendo lo que no agrada a Dios y ellos, que no aman a Dios, terminan clamando.

“Entonces clamaron a Jehová y dijeron: Te rogamos ahora, Jehová, que no perezcamos nosotros por la vida de este hombre, ni pongas sobre nosotros la sangre inocente; porque tú, Jehová, has hecho como has querido. Y tomaron a Jonás y lo echaron al mar; y el mar se aquietó de su furor. Y temieron aquellos hombres a Jehová con gran temor y ofrecieron sacrificio a Jehová e hicieron votos. Pero Jehová tenía preparado un gran pez que tragase a Jonás; y estuvo Jonás en el vientre del pez tres días y tres noches”.

Hermano, el Señor sigue cumpliendo su propósito. Lo dejo hasta aquí por ahora, pero te pregunto: yo no sé en qué barco tú estás, hermano, yo no sé dónde estás montado, pero entiende que la turbulencia puede venir a causa tuya. Quiero que pienses, en este momento, en personas que tú tienes en tu mente, gente que… “No, que el Señor va a mandar a otro… no, que el Señor pueda hacer…”. Hermano, sé diligente en obedecer al Señor para que tengas el gozo de que el Señor le salvó, no a pesar tuyo, sino utilizándote a ti, que tú fuiste el instrumento que el Señor utilizó para llevar salvación.

Quiere el Señor, hermano, que esta gran ciudad de Santo Domingo… Mi ánimo, hermano, es que tengamos pasión por la gran ciudad de Santo Domingo. Yo creo que nosotros podemos justificar que es una gran ciudad: bueno, aquí vive mucha gente, aquí hay mucho desarrollo económico, aquí hay mucho desarrollo en las artes. Es una gran ciudad, hermano. Nosotros vivimos en una gran ciudad.

Santo Domingo como Nínive y la misión de la iglesia

Vamos a orar, hermano, porque la ciudad de Santo Domingo… que el Señor nos utilice como instrumento para hacer que esta ciudad sea verdaderamente grande, que esta no solamente sea una gran ciudad, hermano, sino que sea al mismo tiempo un gran ejemplo de la salvación del Señor. Y quiera utilizar el Señor a una humilde iglesia como su instrumento.

Ubícate, hermano: estás en Santo Domingo, en el Caribe insular. Aquí el Señor te ha colocado. El Señor te ha puesto a ti en esta gran ciudad, la primada de América. Ahora mismo tu iglesia local se reúne en una de las primeras ciudades extramuros, en uno de los primeros lugares donde la gente, después de la ciudad amurallada, salió. En Gazcue está tu iglesia, hermano.

¿Cuántas personas tendremos nosotros cerca en el lugar donde trabajamos? Por nuestra casa, ¿cuánta gente vive encima tuyo y no conoce a Cristo? ¿Qué es lo que hace falta para que toquemos la puerta? ¿Qué es lo que hace falta para que vayamos al colmado? ¿Qué es lo que hace falta para que demos testimonio de Cristo? Ay, hermano, te pongo esto en tu conciencia: lo que hace falta no es una nueva estrategia, es un asunto muy sencillo: hacer la voluntad del Señor. Seamos menos estratégicos y más diligentes en obedecer.

Ay, hermano, lo que hace falta no son recursos complicados, no son iniciativas complejas; lo que hace falta es un mensaje sencillo, es algo tan básico como una invitación a que venga alguien a la casa del Señor. Ay, Padre, permítenos sentir por un momento, como iglesia, lo que sientes tú. Permítenos por un momento, Señor, que nuestro corazón pueda percibir la pasión que tienes tú por la salvación de una ciudad. Clamamos por Santo Domingo, Señor.

Mira cada hermano mío que nació en esta ciudad, tú lo trajiste, Señor. Enséñale a trabajar por la ciudad donde tú lo colocaste. Danos hambre por Santo Domingo, Señor. Ay, vuelca ahora el rostro de esta iglesia, Señor, hacia la ciudad, que vean nuestra cara y no nuestra espalda. Permítenos ver a Nínive como la veías tú, Señor: también ver el potencial que hay en Santo Domingo para el avance del Evangelio. Enséñanos, Señor, que donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia.

Ay, Padre, mira las multitudes que están ahí a las 5 de la tarde esperando un carro público; multitud, Señor, que están ahora mismo por entrar al metro de Santo Domingo; multitud de gente, Señor, que se transportan de un lado al otro, a veces cuarenta, a veces treinta, en una guagua. Lleva, Señor, lleva a Jonases al lugar donde tienen que ir. Gracias por habernos colocado en esta ciudad, Señor. Danos pasión por esta ciudad, permítenos verla como la ves tú. Permítenos ver el potencial de Santo Domingo.

Permite que los marineros se conviertan, Señor, y la ciudad también. Ay, Señor, pon diligencia en esta iglesia local. Mira estos esfuerzos, Señor, mira el próximo jueves, que queremos ver caras nuevas aquí, Señor. Inquiétanos, Padre, para ir donde el vecino, ir donde el jefe, ir donde el cliente e ir donde el proveedor. Mira aquellos, Padre, que parecen proyectos imposibles, mira los dignos representantes de Nínive, Señor, que están en nuestro círculo de relacionados. Mira aquellos que están tan ajetreados con sus agendas que parece que no van a venir. Asústanos, Señor. Sorpréndenos, Señor. Deslúmbranos tú, Señor.

Permite que ese que no parecía posible sea alcanzado. Alcanza a Nínive, Señor, para la humillación de tu pueblo. Enséñanos el poder que tiene el Evangelio, Señor. Enséñanos, Padre, la compasión que hay en tu corazón. Permítenos sentir, Señor, el hambre que hay en ti de que los hombres vengan, de que vengan, Señor, a comer verdadera comida, a que vengan a comprar sin dinero, como dice Isaías, Señor. Permite que el jueves venga aquí gente, Señor, a escuchar como Isaías dice: “Vengan, vengan y compren sin dinero; dejen de estar gastando los recursos en lo que no satisface”.

Oración final por el culto evangelístico y por Santo Domingo

Termino orando, hermano, por el culto. Únete conmigo en este clamor por ese culto del jueves, hermano, en que estaremos predicando la palabra del Señor, en que estaremos adorando, en que personas, quizá por primera vez en años, vendrán a la casa del Señor. Haz este lugar acogedor, Señor, para ellos, pero sobre todo, Padre, da el contenido de la vasija. Permite, Padre, que la gente sea impresionada al ver, Señor, a tu pueblo reunido, pero sobre todo, Padre, que se impresione al sentir tu presencia.

Visítanos especialmente el próximo jueves, Señor. Haz tu presencia evidente aquí en la salvación del impío, Señor. Permite que aquellos que están débiles sean fortalecidos, Señor, y los que están en ignorancia, que vean la luz. Mira aquellos que están ahora mismo adorando vanidades, Señor, aquellos que están en idolatría; mira aquellos que claman, Señor: ellos saben que hay un Dios, pero no saben cuál es el Dios verdadero. Permite que vean, Señor, al mar moverse y entiendan quién es el Dios que mueve los mares.

Mira aquellos que están siguiendo vanidades ilusorias en otros círculos relacionados. Mira nuestros familiares que siguen, Señor, la religión tradicional. Mira aquellos, Padre, que ya anteriormente hicimos un intento y desistimos. Hazlo en este momento. Alcanza gente el jueves con salvación. No trazamos tu agenda, Señor: tú salvarás según tu gracia, pero queremos que lo hagas. Queremos ser compasivos.

Ay, Padre, quita de nosotros el espíritu de Jonás, quita el desinterés, Señor. Permítenos estar diligentemente enterados y leer los tiempos. Permítenos ver los periódicos a la luz, Señor, de tu palabra. Permítenos, Señor, ver las noticias a la luz de nuestro entendimiento, y que todas estas cosas coloquen en tu iglesia una santa urgencia. Gracias por la historia de Jonás, Señor, gracias por esta reprensión que nos das por la historia de Jonás.

Gracias, Señor, por este balde de agua fría sobre una iglesia que ha estado durmiendo. Despiértanos, Señor: dormilón, despierta y clama a tu Dios. Hermano, de nuevo clama ahí un momento por tu ciudad; asúmela como tuya. Te doy un momento, hermano, para que levantemos un clamor por Santo Domingo. Clama por tu ciudad. Deja la queja superficial que tiene el impío contra los políticos. No, hermano, clama por tu ciudad. Entiende que lo que Santo Domingo necesita no es un cambio de gobierno; lo que Santo Domingo necesita es un cambio espiritual.

Clama, hermano, por tu ciudad. Pídele al Señor por la salvación. Pide por un Santo Domingo mejor. Pide porque esta ciudad sea grande en verdad, que sea verdaderamente grande. Entusiasma, Señor, a esta iglesia con el Evangelio. Usa, Señor, esta iglesia como instrumento. Permítenos abrazar la ciudad en la cual tú nos has colocado, Señor. Estábamos de espaldas y queremos estar de frente. Quita, Señor, estos pleitos; quita, Señor, estos prejuicios; quita, Señor, esta xenofobia; quita, Señor, esto que hay en nosotros que nos hace, en vez de abrazar, rechazar. Haznos filántropos, Señor. Ayúdanos a abrazar la vida que tú has colocado aquí.

Enséñanos, Señor, a ver valiosa la vida de cada dominicano. Ay, Señor, la vida de los empleados de servicio, la vida, Señor, de los proveedores, la vida del electricista, la vida del plomero. Ayúdanos a considerar su vida valiosa. Permítenos verla como tú la ves. Gracias por tu palabra, Señor, gracias por Jonás, gracias por este tiempo en tu presencia. En el nombre de Cristo. Cantemos al Señor, hermano, terminemos nuestro culto en alabanza.

Recibe lo nuevo por correo

Los mensajes del domingo, los devocionales y los artículos. Sin frecuencia fija y sin publicidad.

Puedes darte de baja cuando quieras.

En vivo PezMundial Radio