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Un desafio a la obediencia

Josué 1

Seis veces le fue dicho a Josué «esfuérzate y sé valiente», porque hacer la voluntad de Dios —sobre todo en las cosas pequeñas— exige esfuerzo y valentía. Un llamado final a salir del templo con una resolución de obediencia y no solamente con información.

Predicado24 de abril de 2016
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Y antes aún de abrir la palabra del Señor, hermano, le invito a que resuelva hacer la voluntad del Señor. Perdemos el tiempo si solamente exponemos la Escritura; se requiere obediencia, hermanos, se requiere una resolución de obediencia. Y cuando uno va a buscar el consejo del Señor, es una buena actitud tener la resolución de obediencia ya tomada. El que espera que el Señor le dé una vuelta larga de explicación para hacer su voluntad, no la hace. Uno llega a su presencia con la resolución de hacer su voluntad antes de saber, hermano, antes de que el Señor le diga; porque lo que él da no son recomendaciones: son órdenes.

Entonces, antes de abrir la Escritura, hermanos —ni siquiera antes de abrirla—, quisiera decirle que resuelva temprano hacer hoy la voluntad del Señor; que tenga ahí esa resolución de obediencia, esa disposición, esa predisposición, de manera que lo único que falte sea el consejo, pero que cuando usted sepa lo que Dios está demandando, lo haga, y ya.

He estado meditando sobre esto esta semana y me ha dado un poco de carga pensar en las veces que uno pone la Escritura de manera informativa y la gente la toma como una información. Hermano, esto no es información: es la palabra del Señor, y si no hay la obediencia debida, estamos perdiendo el tiempo. Si puedo utilizar este último domingo en que estaré exponiendo la Escritura desde la Francisco Prat Ramírez 632, hermanos, lo mejor que puedo darles es un desafío a la obediencia. No es traerles necesariamente una nueva información, sino provocar una resolución de obediencia. Acompáñenme en sus biblias al libro de Josué, en el capítulo 1, y veamos esta solemne invitación del Señor, este solemne llamado.

Lo que haremos es leer la Escritura, luego nos encomendamos al Señor en oración y estaremos exponiendo este llamado del Señor a Josué como si fuera un llamado a nosotros mismos. Dice así la Escritura:

Aconteció después de la muerte de Moisés siervo de Jehová, que Jehová habló a Josué hijo de Nun, servidor de Moisés, diciendo: Mi siervo Moisés ha muerto; ahora, pues, levántate y pasa este Jordán, tú y todo este pueblo, a la tierra que yo les doy a los hijos de Israel. Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie. Desde el desierto y el Líbano hasta el gran río Éufrates, toda la tierra de los heteos hasta el gran mar donde se pone el sol, será vuestro territorio. Nadie te podrá hacer frente en todos los días de tu vida.

— Josué 1:1-5a

Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé. Esfuérzate y sé valiente; porque tú repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual juré a sus padres que la daría a ellos. Solamente esfuérzate y sé muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó; no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien. Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.

— Josué 1:5b-9

Pongámonos, hermanos, en las poderosas manos de Dios. Aquí estamos, Señor, en tus manos. Te presento, Señor, a este pueblo mío; te presento esta congregación que tú compraste por tu sangre. Te encomiendo, Señor, a cada hermano mío aquí congregado, del cual un día tendré yo que dar cuenta al Señor de los pastores. Mira la carga que hay en mi corazón, Señor; el temor que hay en mí de estar dando sermones solamente como si fuera filosofía. Mira lo que yo puedo darles y mira lo que yo no puedo darles: yo puedo darles tu palabra, Señor, pero es en ellos que está el obedecerla.

Mira este último domingo, Señor, en la Francisco Prat Ramírez 632, y levanta corazones obedientes. Mira esta oportunidad, Señor, después de haber considerado tu Escritura de etapa en etapa, en diferentes partes. Mira este solemne llamado que hago a mis hermanos, y permite tú, por la agencia de tu Santo Espíritu, que caiga en buena tierra. Trae, Señor, valentía; trae esfuerzo para hacer tu santa voluntad. Mueve a este pueblo, Señor, a que no solamente escuche; mueve a este pueblo a que no solamente se informe; mueve a este pueblo, Señor, para que resuelva, para que resuelva cosas en su corazón. Resoluciones de obediencia, Señor. Determinaciones firmes, feroces, de hacer tu voluntad. Usa, Padre, el solemne llamado de Josué para llamarnos también a nosotros.

Mira el pueblo, Señor, que está aquí presente; mira tu palabra. Despierta tú obediencia; levanta tú resolución. Muévenos de nuestra comodidad. Mira aquellas decisiones que se han quedado en la casa, Señor; mira aquellos que vinieron aquí y dejaron la decisión en la casa. Permite, Padre, que hoy no se trate tanto de conocer una nueva área de responsabilidad cristiana, sino de resolver, Señor, hacer aquellas cosas que temo, como su pastor, que ellos ya saben. Todo esto, Padre, para la gloria tuya, y te lo pedimos en el nombre de Jesucristo.

Esfuérzate y sé muy valiente

Sospecho, hermanos míos queridos, que ya ustedes saben en qué área de su vida el Señor les está demandando algo. Sospecho, hermanos, que ustedes ya están informados de cuál es la voluntad del Señor, agradable y perfecta. Aun temo, hermanos, que ustedes no necesiten un nuevo sermón. La carga de mi corazón es que esta iglesia ya es una iglesia informada, una iglesia que ya sabe lo que tiene que hacer, y que quizás lo que le falta es como el empujoncito.

Es más, yo creo que aquí hay hermanos que ya tienen la decisión que honra al Señor; ya la tienen de hecho tomada en su corazón. Está ahí la resolución de hacer algo que los va a colocar en una posición incómoda, pero que glorificará al Señor. El asunto, hermano, es que vengo a decirte que hay que hacerlo. El Señor está llamando a Josué, y cuando llama a Josué no le da a Josué el libro de la ley, porque de hecho Dios ya había dado la ley. Lo que le dice a Josué es: esfuérzate y sé valiente.

Miren, saber que hemos sido escogidos por Dios para desarrollar una determinada tarea puede ser emocionante, pero al mismo tiempo es estremecedor. Sentimos la carga de su llamado, y esto debe llenarnos de un temor reverente. Dios no solamente nos llama a hacer algo, sino a hacerlo de una manera específica, que alcanza un resultado y que también le da a él la gloria. Subestimar el costo de las demandas de Dios no es sabio; por eso, cuando Josué fue llamado para entrar a Israel en la tierra prometida, escuchó cuatro veces la misma expresión: esfuérzate y sé valiente. El Señor nos ha dado preciosas promesas, pero quiere que tengamos muy presente que hacer su voluntad será un enorme desafío. El llamado no es sencillo, pues la lucha es real; solamente con esfuerzo y valentía cumpliremos bien la tarea.

El Señor está llamando a Josué y le está advirtiendo: esto para lo cual yo te estoy llamando no te será una cosa cómoda. No será sencillo hacer mi voluntad, no será una tarea manejable acompañar a este pueblo y entrar a la tierra prometida. Esto te desafiará en áreas que tú no estás contando. Por eso, Josué, esfuérzate; por eso, sé muy valiente. Miren: el esfuerzo y la valentía no eran para la batalla militar. Lo que había en el corazón de Dios no era decirle: Josué, yo pienso que no tienes el entrenamiento necesario y puede ser que me falles en la batalla. No era un asunto de estrategia militar. El esfuerzo que se le estaba demandando a Josué no era el de tomar las armas para ir de manera aguerrida a conquistar una tierra; eso el Señor lo hacía con el poder de su palabra. El esfuerzo principal y la valentía eran para una batalla que se libraría en el corazón de Josué.

Durante décadas, Josué sería probado por Dios en áreas que quizás él no estaba considerando. Lidiar con el pueblo de Israel para entrar a la tierra prometida colocaría a Josué en situaciones de estrechez en las cuales tendría que esforzarse y ser valiente para, aun en esas situaciones, hacer la voluntad del Señor. Miren, Josué era un líder militar, pero todos nosotros luchamos por hacer la voluntad de Dios en nuestros roles particulares. Y lo que yo veo, hermano, es que como que no se nos advierte. Quizás el rol solemne que el Señor te ha dado a ti es ser cabeza de una familia, y quizá no tenemos ningún amigo que nos haya advertido que ser cabeza de una familia te desafiará en áreas en las cuales tú tendrás que esforzarte y ser muy valiente.

Quizá el llamado solemne para la vida tuya es ser una esposa. Ay, qué bien, soy una esposa. No: esfuérzate y sé valiente, porque cumplir el rol que el Señor te dio en tu casa te desafiará en áreas para las cuales, sin esfuerzo y valentía, no podrás hacer la voluntad del Señor. Quizá el llamado solemne para la vida tuya es ser un hijo. Hijos, esfuércense y sean valientes, porque sin la ayuda del Señor y sin una resolución fuerte de hacer su voluntad con valentía no podremos glorificarlo como hijos. El rol de Josué era un rol militar; el nuestro quizás está en otra área, pero el desafío sigue siendo el mismo: hacer la voluntad del Señor no es sencillo.

Quizás tu momento es que te estás preparando para el bautismo y estás por entrar a practicar la vida cristiana. Esfuérzate y sé valiente. No es que quiera yo crear un temor para desanimar a los otros; es que quiero decirles la realidad: hacer la voluntad del Señor no es fácil. Hay que morirse en el medio. Y a menos que uno comience con la expectativa de que este es un camino difícil, que este es un camino angosto, que hacer la voluntad del Señor no es un fly al catcher, que no es algo que puedas hacer en tu tiempo libre, sino algo que te va a demandar veinticuatro horas, siete días a la semana para mantenerte en la voluntad del Señor, serás vencido. Esfuérzate y sé no solamente valiente, sino muy valiente.

Miren el contexto en que sucedió este llamado. ¿Cuál fue? Él le dice: mi siervo Moisés ha muerto. ¿En qué momento fue llamado Josué? En el momento en que se detuvo la obra que Moisés había estado desarrollando. Moisés no entró a la tierra prometida. Y yo me imagino el momento emocional que estaba viviendo Israel: su mayor líder, aquel que lo sacó de Egipto, el instrumento que utilizó el Señor para libertarlo de la esclavitud; el instrumento seleccionado por el Señor para darle la ley; como dice el libro de Deuteronomio, el más grande profeta que se ha levantado en Israel, el único que habló con Dios cara a cara; el que tenía una autoridad moral sobre ese pueblo, de manera que cuando Moisés hablaba, Moisés hablaba. Moisés fue reprendido por el Señor, y por no haberse esforzado y ser muy valiente en hacer la voluntad del Señor, Moisés no entró a la tierra prometida.

Y, ¿por qué no entró a la tierra prometida? Porque en un momento bajó la guardia, entró a su zona de comodidad y, en vez de hacer con precisión lo que Dios le demandaba, hizo lo que él quiso. Él entendió: yo tengo toda la vida haciendo la voluntad del Señor, yo salí de Egipto, yo dejé cualquier cosa, yo renuncié a lo mío, yo estoy siguiendo al Señor, ¿y ahora me dice que no haga un asunto que es muy sencillo? Y cambió las palabras de la ley. Eso fue lo que Moisés hizo.

El pecado de Moisés fue darse un permiso

El pecado de Moisés, la verdad, hermano, no fue un asunto aberrante. No fue que Moisés se echó a la idolatría; no fue que Moisés hizo un becerro de oro; no fue que Moisés adulteró las Escrituras, ni que le puso palabras a Dios o se las quitó. Fue un asunto muy sencillo. Se le dio una encomienda ligera: háblale a la roca. Y en vez de hablarle, le dio a la roca. Estaba siendo zarandeado por el pueblo, estaba molesto, estaba en un momento de debilidad, y le dio dos veces con la vara. Y cuando Moisés le dio con la vara en vez de hablarle, yo siempre he dicho, hermano, que no era a la roca a quien él quería darle, sino al pueblo.

Zarandeado, hermano, en un momento de debilidad, zarandeado por el pueblo —que si nos vamos a morir, que si esto, quejándose—, le dio con la vara dos veces a la roca, y la roca sacó agua; salió el agua, el milagro se hizo. Lo que me sorprende es que el Señor mandó el agua aun a través de aquel darle dos veces a la roca. Pero le dijo: por cuanto no me honraste, por cuanto no me santificaste delante de mi pueblo, no vas a entrar a la tierra prometida. Josué, ¿por qué te estoy llamando a ti para que entres al pueblo a la tierra prometida? Porque mi siervo Moisés, al cual yo hablé cara a cara, al cual yo amé, al cual yo determiné como el que iba a entrar, no va a entrar. ¿Y por qué Moisés no va a entrar? Porque no se esforzó ni fue muy valiente para hacer mi voluntad en las cosas pequeñas.

Oye, hermano, el hombre más manso de Israel fracasó en hacer la voluntad del Señor en un asunto que parecía menor. Vamos, después de haber podido hablarle al mar y que el mar se abriera, ¿qué tan grande te crees, hermano, que es hablarle a una roca? Hermano, la voluntad del Señor no es asunto de grande o pequeño: es hacer la voluntad del Señor. Yo pudiera darle mil atenuantes; yo le digo: Señor, pero tome en cuenta que era un hombre desesperado; tome en cuenta que son años, décadas, lidiando con un pueblo difícil; tome en cuenta su carácter, es un hombre manso. El más manso de los hombres, en un momento así, golpea y hace lo que no tiene que hacer. La verdad, hermano, eso para mí es atenuante, eso llena la expectativa mía; si usted me lo dice a mí, yo le digo que lo dejen entrar.

Pero la desobediencia, hermano, en ningún aspecto podrá ser atenuada ante la presencia del Señor. En las cosas pequeñas es que está el detalle. Por eso dice Eclesiastés:

Las moscas muertas hacen heder y dar mal olor al perfume del perfumista; así una pequeña locura, al que es estimado como sabio y honorable.

— Eclesiastés 10:1

Si algo te puedo decir hoy, es esto: no te des permiso. La tragedia en la vida cristiana comienza cuando uno comienza a darse el permiso. Yo tengo tanto tiempo sirviéndole al Señor; es un asunto menor, está bien, vamos a hacerlo. Esfuérzate y sé valiente, porque a menos que tengas esfuerzo y valentía, no podrás hacer la voluntad del Señor en las cosas más pequeñas.

Lo que se está revelando aquí es que el Señor no solamente quiere que tú hagas las cosas: él espera que las hagas a la manera suya. Y siempre las cosas se pueden hacer, pero hay una manera de hacer las cosas en la cual se hacen las cosas y se desobedece. Obediencia no es solamente alcanzar el resultado; es alcanzar el resultado a la manera de Dios. No puedes hacerlo a la manera tuya y decir: Señor, yo lo hice. Recuerde el caso de Saúl, que mencioné semanas anteriores. Saúl dijo: ahí está, yo lo hice. Pero no lo hiciste con la precisión que el Señor estaba demandando. Esfuérzate, hermano, y sé muy valiente, porque desviarte de hacer la voluntad del Señor traerá daño a tu vida.

Déjenme a Moisés, hermano, que yo lo defiendo. Pero por muy buena defensa que yo haga, yo no podré lograr que Moisés entre en la tierra prometida. Y oiga, hermano, yo volví a leer esta semana esa parte de Deuteronomio donde el Señor despachó a Moisés, y yo mismo me sentía como hasta medio airado. Un hombre que ha botado el forro, un hombre que se ha dado entero a un pueblo, un hombre que estaba soportando a esa gente, un hombre que lo dejó todo por seguirte, un hombre que se ha sacrificado por ti, y el Señor le dijo: Moisés, te llegó el momento. Dice que Moisés estaba, hermano, en ciento y pico de años, pero todavía tenía todo su vigor.

Aquel caso remoto, hermano, había pasado tiempo atrás; y cuando llegó el momento de entrar a la tierra prometida, el Señor le dijo: Moisés, prepárate, sube al monte para que la veas desde lejos, porque te vas; despídete, que vas a morir. Ya tú no vas a entrar; recuérdate que no vas a entrar por lo que te dije en aquel momento frente a la piedra. Y uno dice: pero, Señor, ¿y esa resolución, y ese pragmatismo, y ese carácter? Hermano, así es Dios. Los seres humanos matizamos la obediencia; decimos que hay cosas que son pecados y otras que son pecaditos. Para Dios, hermano, no hay asuntos menores; por eso te digo que hacer la voluntad del Señor es un asunto de precisión quirúrgica.

No hay instrumentos imprescindibles

No solamente hay que hacer la voluntad del Señor en las áreas grandes; en las áreas grandes todo el mundo la hace. Es en las áreas pequeñas. Josué, esfuérzate y sé muy valiente, porque tú eres sucesor de Moisés, y Moisés no entró porque no se esforzó y no fue muy valiente. Para hacer la voluntad del Señor, hermano, en las áreas que son amplias, la verdad es que como por empuje uno lo hace. Hay pecados que uno no va a practicar porque son pecados de los que tú dices: la verdad es que ese pecado despertaría una alarma en el pueblo entero. Pero hay cantidad de cosas, hermano, que son pequeñas, que quizá tú estás dejando pasar. Se requiere esfuerzo, se requiere sacrificio, se requiere diligencia para hacer la voluntad del Señor en esas áreas que son áreas pequeñas.

Él le dice: levántate y pasa este Jordán, tú y todo el pueblo. Los planes del Señor no terminan con Moisés. Y aquí lanzo, hermano, una solemne advertencia: la verdad es que no hay instrumento imprescindible para el Señor. Tú puedes haber sido fiel, tú puedes haber sido usado, hermano, pero los propósitos del Señor se van a cumplir contigo o sin ti. Todos los días hay gente que está saliendo: personas que han sido utilizadas por el Señor poderosamente, personas que fueron usadas para dar fruto, gente que subió así, al ajuste del liderazgo, y mañana no están aquí, y los propósitos siguen igualito. La cristiandad lo ha demostrado en dos mil años de historia, hermano: no hay nada que se detenga porque alguien salga. Uno dice: mira, esa persona ya no está, ¿se murió Moisés?, ¿cómo vamos a entrar? El Señor sacó a Moisés de circulación y el propósito del Señor sigue igual; no ha cambiado nada. Lo único que cambió es que anteriormente era Moisés y ahora es Josué; pero yo soy el mismo Dios y sigo teniendo el mismo propósito.

No hay instrumentos imprescindibles para el Señor. No hay nadie que haya sido tan fructífero que el Señor diga: guau, pero ha dado tanto fruto que vamos a hacer una excepción. Hermano, si con Moisés no hizo una excepción, ¿qué podemos esperar nosotros? Se dice de Moisés:

Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra.

— Números 12:3

Y ese que era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra, no entró. Si a Moisés no le permitieron ese desliz pequeño, ese rasgo de su carácter, ese darse el permiso… Ese pecado, hermano, yo lo he analizado: eso de Moisés es fuerte, esa atracción que eso genera, eso que uno a veces llama desahogo. Dale duro, dale una manotada; la persona está en la discusión y da dos veces en la mesa, así, duro. Eso fue lo que hizo: le dio a la piedra duro. Moisés, no te corresponde; no te des el permiso. No fue el becerro de oro —el del becerro de oro no fue Moisés, fue su hermano—; él no hizo ningún becerro de fundición. Lo que hizo, hermano, fue darse un pequeño permiso, ese rasgo de su carácter de desahogarse. Y yo de nuevo tengo un caso, yo lo defiendo, yo le digo: Señor, fue hasta bueno que lo hiciera así, porque se evitó partirle la cabeza a uno de esos hombres. Es un hombre manso, tan manso que en vez de darles a los hombres le da a las piedras. Pero, hermano, eso no se corresponde contigo.

Iglesia, estoy hablando de esos pecaditos pequeños que tú dices que son asuntos que tú te permites porque ya te apartaste de lo grande. Son esas debilidades de tu carácter que tú no notas y que la gente te dice, y tú no las notas y las justificas. Son esos asuntos, hermano, los que te pueden sacar de circulación. Josué, esfuérzate y sé muy valiente. Es como si el Señor le dijera: para que tú sepas que si Moisés, que era Moisés, no pudo, Josué, ¿cómo no te vas a esforzar tú? Miren, no siempre la generación que comienza es la generación que termina. La meta de un creyente, hermano, debe ser ser tan útil como siervo del Señor por tantos años como el Señor se lo permita.

Pero hay gente que solamente tira un tiro y sale. Nosotros queremos tener una larga trayectoria de obediencia al Señor, hermano; queremos ser fructíferos durante muchos años. Pero esas cosas pequeñas hay que quitarlas, porque no se corresponden con el carácter de un creyente. No va contigo eso que tú piensas que Dios no ve porque es tanto lo que tú has renunciado. Eso el Señor lo está mirando. Esfuérzate y sé valiente, que Moisés era Moisés y no entró.

Los hombres tenemos esta tendencia de aferrarnos a los instrumentos. Y es verdad, hermano, que nos aferramos. Uno dice: no, tiene que ser fulano; el que entra es fulano, ese fulano que conocemos, él es el que… Hermano, no te aferres a los instrumentos: aférrate a los propósitos del Señor, porque los instrumentos van a cambiar, y cambian mucho. Miren, doy el caso más grande, pero también el caso micro: una iglesia local. Quien conoce tu iglesia hace ocho años se dará cuenta de que no necesariamente el que comenzó con mucho empuje lo tiene en el momento actual. Yo recuerdo que yo veía a mi pastor, a Parra, y yo pensaba que eso era una debilidad en él. Una vez, estudiando —porque uno llega a conocer a su pastor por los sermones y por todas las cosas—, yo analicé que Parra cada tres años tenía un equipo de trabajo diferente. Y yo decía: pero, mi pastor, hace tres años, ¿quiénes eran? En las iglesias siempre están los diáconos, que hacen los asuntos; pero los pastores tienen su equipo, que es la gente con quien están haciendo el trabajo, su equipo pastoral. Y decía: mira, hace tres años la gente cercana, el equipo pastoral de mi pastor, eran fulano, fulano y fulano; y fulano ya no está aquí, y fulano tampoco. Parra como que cambia mucho.

Hermano, no es que Parra cambia mucho: es que para dar fruto para la gloria del Señor durante muchos años hay que ser fiel. Y lo que yo entendía que era una debilidad, quizá era algo que él sufría en su corazón, porque había aprendido la lección: que no hay nadie imprescindible para la causa de Cristo y que el Señor levantará instrumentos hasta debajo de las piedras. Y tú dirás: no, que fulano de tal es el que tiene que hacer el trabajo. Quizá ya el Señor está preparando un Josué por allá, hermano. Él se para como se para el mánager a pedir la bola: dame la bola, y saca al pícher. Y tú dices: pero mira, yo contaba con que fulano iba a ser una luz encendida en nuestra iglesia local durante generaciones, durante veinte años, durante cuarenta. Hermano, si ese no se esforzó y no fue muy valiente, el Señor llevará a otro; y si no, llamará a otro; pero el propósito del Señor permanece. No hay nadie que esté por encima de la voluntad del Señor y no hay nadie que sea imprescindible para que el Señor cumpla su voluntad.

Hermanos de esta iglesia local, esfuércense y sean valientes; pero si no es una generación, el Señor levantará otra. Con Israel, hermano, el Señor levantó un pueblo de adentro del pueblo. En un momento, por la desobediencia, el Señor dijo: ninguno de esos va a entrar; y tuvo la paciencia de esperar que otra generación se levantara, y esa otra generación fue la que entró. Dice uno: ¿pero qué Dios es este? Ese es el Dios al cual tú estás sirviendo. Por eso es que vengo a decirte: esfuérzate y sé muy valiente. Dar fruto para el Señor, hermano, es un privilegio, pero es algo que hay que hacer con precisión. No, no es el ánimo de entristecerlos innecesariamente.

Pero miren, cuando el Señor me llamó a comenzar este proyecto, yo recuerdo que el primer mes me reunía con un grupo de personas y nos tomábamos de las manos —yo les he contado esa historia antes— y hacíamos la oración. En aquel momento, en el 2008, yo idealizaba el servicio al Señor. Yo pensaba que todo el que comenzó tiene que terminar, y que si alguien vino aquí a poner la mano en el arado, nosotros queremos seguir con la mano en el arado hasta el final. Yo agarraba a todo el mundo por la mano y le decía: Señor, permítenos llegar juntos hasta el final. Yo andaba, hermano, en un momento ideal, donde todo el que comenzó iba a terminar, donde todo el que estaba dado de la mano iba a llegar hasta el final agarrado de la mano.

Al segundo año comenzó a cambiar la oración, hermano. Ya muchos se habían ido, ya otros habían tenido caídas, a veces estrepitosas. La oración al segundo año era: Señor, permite que de esto que hemos comenzado un número significativo llegue junto hasta el final. Primero yo quería llegar con todos, hermano; ya la coloración era distinta: Señor, permite que muchos lleguemos juntos. Al tercer año la oración volvió a cambiar, y ya mi oración al Señor era: Señor, permite que lleguemos; quizás no juntos, quizás cada uno por su parte, pero permite que lleguemos. La verdad, hermano, es que en el servicio cristiano no hay nadie imprescindible: él saca a un Moisés y levanta a un Josué. Y tú dices: pero el Josué que el Señor levantó nunca va a ser igual que Moisés. Quizá no.

¿Pero cumplirá el Señor su propósito en él? Cada vez, hermano, que alguien sale de circulación, alguien dice: mira, ¿y alguien lo hará como lo hacía fulano? Quizás no, pero el Señor aun así lo hará; y el Señor puede tomar a alguien que quizá tiene la mitad del potencial para hacer el doscientos por ciento del resultado. Así es nuestro Señor, hermano. Le estoy diciendo: el momento en que Josué fue llamado no fue de alegría, fue de tristeza. Moisés fue sacado de circulación, y fue tan fuerte que el Señor le dijo: sube al monte. ¡Ay, hermano, qué asunto! ¿Y por qué el Señor quiere que suba al monte? Sube para que veas la tierra prometida. ¿Pero si no va a entrar, para qué se la muestra? Para que tú veas, Moisés, que yo cumpliré mi propósito y cumpliré mi promesa contigo o sin ti. Míralo de lejos, para que sepas que Dios es veraz y todo hombre mentiroso; tú no entraste, pero yo alcancé mi propósito; tú no entraste, pero mi promesa es firme y permanece para siempre.

Son muchas las personas que verán la promesa del Señor desde lejos. Esfuérzate, Josué, y sé valiente, que acabo de sacar a Moisés. Deuteronomio, capítulo 34:

Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, y todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar. Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te la he hecho ver con tus ojos, mas no pasarás allá.

— Deuteronomio 34:1-4

Y murió allí Moisés, siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. Hermano, el Señor mismo lo enterró. No murió en su cama; no murió, vio el asunto y ahí cayó, y nadie sabe dónde está enterrado. ¿Sabes por qué la gente no sabe dónde está enterrado? Pues porque nosotros nos aferramos a los líderes, nosotros nos aferramos a los instrumentos. Si a Moisés lo entierran ahí, todavía tuvieran la procesión para el monte Nebo a buscar la tumba de Moisés. El Señor se lo llevó y usted no sabe dónde está; no sabemos.

Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy.

— Deuteronomio 34:6

Oye, hermano, el Señor lo advirtió, el Señor lo llevó allá arriba y él mismo lo enterró. Y si eso fue con Moisés, Josué, si eso fue con el más grande líder, esfuérzate y sé valiente; esfuérzate y sé muy valiente. Hermanos que están aquí presentes, que tienen por la misericordia del Señor el privilegio de poner la mano en el arado: esfuércense y sean valientes. No te permitas las cosas pequeñas, porque si no fue así con Moisés, tampoco lo será con nosotros. «Yo os he entregado, como lo había dicho a Moisés, todo lugar que pisare la planta de vuestro pie.» Miren, el pueblo tiene que aprender rápido a hacer esas transiciones.

Israel lloró a Moisés los días que le tocaban, y después de eso siguieron; seguimos, seguimos, pasó a la historia. Hay gente que se queda sufriendo, hermano, durante mucho tiempo; mira el instrumento que el Señor va levantando en el camino: fue Josué. Nos fuimos, nos fuimos por lo que el Señor está haciendo; no se quede en el pasado. He conocido con tristeza hermanos que están esperando al pastor que los pastoreó allá por los setenta. Gente que ya se casó, gente que salió, algunos se fueron del país, otros ya están en la presencia del Señor. Gente que detuvo su militancia cuando se detuvo un ministro.

Seis veces la misma palabra

Y todavía, hermano, congelados en los años setenta, en los tiempos de… Hermanos que fueron instrumentos del Señor, que fueron fieles. El asunto, hermano, te repito, es que el propósito del Señor sigue igual, con ese instrumento o sin ese instrumento. Permítanme decirle aquí, y me muevo un poco: dice «como estuve con Moisés, estaré contigo». Miren, las grandes obras del pasado son aliento para las obras siguientes; por eso es sabio leer biografías de personas que el Señor utilizó, para que uno entienda no a la persona, sino que Dios utiliza esos instrumentos. Por eso es sabio hacer memoria de lo que Dios ha hecho anteriormente. El pueblo había conquistado ya algunas cosas; mira, como estuve con Moisés, estaré contigo. El mismo Dios. Dios no ha cambiado; todo sigue, Dios sigue siendo Dios.

Ahora, les llamo la atención aquí, hermano, a la forma reiterada en que recibió el mismo mensaje: esfuérzate y sé valiente. Porque mira, no fueron cuatro, fueron seis veces en total las que le dijeron eso. Primero se lo dijo Moisés, en Deuteronomio, cuando el Señor le dijo: mira, Josué es el que va, que ya tu tiempo se terminó. Moisés le dijo: Josué, esfuérzate y cobra ánimo, que es lo mismo que esfuérzate y sé valiente. Después, cuando fueron al tabernáculo, el Señor ya lo estaba estableciendo y ahí le dijo: esfuérzate y cobra ánimo. Y ahora, cuando el Señor ya se lo presenta al pueblo, le dice tres veces «esfuérzate y sé valiente», y en una de ellas le dice «esfuérzate y sé muy valiente». Y al final de la historia, el pueblo en pleno le dice a Josué: te vamos a seguir dondequiera que vayas, solamente esfuérzate. Seis veces, hermano, le dijeron lo mismo.

Y yo no creo que el Señor tenga problemas de memoria. Si el Señor repite algo dos veces, hermano, yo creo que le está poniendo vehemencia; pero si lo repite seis, yo creo que ahí hay algo. Si a mí Dios me repitiera un asunto seis veces —esfuérzate y sé valiente— y quiere decir que me están llamando, yo me preocupo: esto como que es serio. A Josué, en todo el discurso, lo que le dijeron fue seis veces lo mismo. No le dieron una ley nueva, no le dieron un mandamiento nuevo, no le dieron una estrategia: esfuérzate y sé valiente.

Oye, yo quisiera que cuando alguien se va a casar en nuestra iglesia… siempre se le dan los consejos matrimoniales, que mira, toma en cuenta esto y aquello; pero a nadie le hemos dicho: esfuérzate y sé valiente, que eso aprieta.

Hacer la voluntad del Señor en una familia no es sencillo: esfuérzate y sé valiente. Alguien consiguió su primer empleo. Oye, las tentaciones que trae un trabajo, hermano. Miren cómo un empleador desafía el corazón de un empleado; eso no es sencillo. A todo el mundo se le dice: llega temprano, trata de esto, trata de ascender; a nadie le dicen: esfuérzate y sé valiente. Y con la universidad, alguien va a entrar a la universidad, y nadie le dice eso: pasa tus materias, que tal cosa, que lo otro, que después tu primer trabajo. A nadie le dicen: mira, en tu universidad esfuérzate y sé valiente, que hay que hacer la voluntad del Señor.

Hay algún hermano que juntó un capitalito y quiere poner un negocio. A ningún comerciante como que se le dice eso. ¿Tú sabes lo que el comercio desafía el carácter de un creyente? Esfuérzate y sé valiente. Miren, Josué tenía que tomar decisiones que no iban a ser decisiones agradables, pero que glorificaban al Señor. La dinámica del liderazgo, hermano, te hace tomar decisiones que los hombres no entienden. Y va a tener que vivir lo mismo que estaba viviendo Moisés cuando fracasó: la presión de un pueblo. Lo va a tener que experimentar. Josué, esfuérzate y sé valiente, porque las decisiones que tú vas a tener que tomar a favor mío dentro de tu pueblo no son decisiones sencillas.

Esfuérzate y sé valiente, porque el pueblo tampoco es fácil. El Señor sabía qué pueblo tenía. Y es a ese pueblo al que tú le vas a distribuir la tierra. Esfuércense y sean valientes, hermanos, porque obedecer al Señor produce un cansancio natural. Yo le pregunto, hermano: ¿usted no se ha sentido a veces fatigado del estado de alerta que un creyente tiene que tener? Eso produce a veces cierto cansancio. Uno dice: oye, yo tengo ya cinco años haciendo la voluntad del Señor, cinco años cuidando mis ojos, cinco años cuidando mis oídos, cinco años cuidando mis manos, cinco años cuidando mis labios. ¿Y cuándo esto va a terminar? Cuando estés en su presencia, hermano; allí encontrarás descanso. Mientras tanto, esfuérzate y sé valiente.

Porque esto es a largo plazo. Por ahí viene, hermanos —ya tengo la fecha—, el sermón sobre la vejez. Hay gente que piensa que a medida que vaya envejeciendo se va santificando. La vejez no santifica, hermano. La gente piensa que cuando ya vaya descendiendo y envejeciendo, y la cabeza se va tornando blanca… Hermano, el pecado está en nosotros; nuestra naturaleza no envejece. A veces ya no tenemos los medios para darle tan duro a la roca; no le damos duro, le damos el toquecito, así, solamente; pero le damos. Esfuérzate y sé valiente, porque hacer la voluntad del Señor no es el primer año de la vida cristiana: esto es un continuo y no se agota. Te lo digo yo, que tengo unos cuantos añitos ya en esto, y uno a veces dice: Señor, dame un poco de aliento. Pues mira, a Jeremías le dijeron esto: Jeremías fue a la presencia del Señor y le dijo: Señor, nadie está haciendo tu voluntad, yo soy el único. Esta gente no hace tu voluntad y tú ni los reprendes. Estoy viendo un pueblo que no hace tu voluntad; el único soy yo. Y a los que no hacen tu voluntad, tú los dejas reverdecer. El Señor le respondió:

Si corriste con los de a pie, y te cansaron, ¿cómo contenderás con los caballos? Y si en la tierra de paz no estabas seguro, ¿cómo harás en la espesura del Jordán?

— Jeremías 12:5

Tú estás cansado, Jeremías, y esto se complica. Se te está haciendo difícil hacer la voluntad del Señor, ¿y tú crees que más adelante es más fácil? Hermanos queridos que están aquí presentes: esfuércense y sean muy valientes, porque esto se va complicando. El día malo llegó. No es un asunto de decir: yo pienso que para el 2016 vamos a ver un momento en que va a ser más fácil hacer la voluntad del Señor, que esto se va aligerando y uno le va cogiendo la caja. No, hermano; mira, esto se va apretando cada vez más y más y más. Esfuérzate y sé muy valiente, Josué.

Y está la rebeldía natural. El pueblo, verdad, era un pueblo; pero es que la rebeldía natural del hombre hacia el liderazgo está ahí. El ser humano se rebela naturalmente; tú no tienes que ser un mal padre para que tus hijos se rebelen contra ti. Padres que están aquí presentes, por más preparados que estén para eso, verán hijos que se atraviesan.

Esfuérzate y sé muy valiente, que esto no se va poniendo sencillo. La rebeldía está en el corazón del hombre hacia toda autoridad; ese es el pecado que está ahí. Por eso no hay ningún empleador que sea agradable durante un ejercicio completo. Es que la autoridad como tal le genera algo al ser natural del hombre: la rebeldía. Tú puedes ser el mejor esposo del mundo, tú puedes ser un pan de Amaya de esposo, tú puedes ser un bizcocho de zanahoria de esposo, y no hay una mujer que vaya a tener una sujeción siempre agradable; tarde o temprano, hermano, la rebeldía está ahí.

Y de los pastores, hermano, déjenme hablar. Yo fui pastoreado; yo puedo dar testimonio de primera mano: yo fui pastoreado. No hay ningún pastor que sea agradable todo el tiempo. Y si a usted realmente su pastor le resulta cien por ciento agradable todo el tiempo, usted no está siendo pastoreado. La realidad, hermanos, es que la mano del pastor se siente, y eso no es agradable. Yo le calculo, hermano, que el tiempo que le toma a alguien digerir el consejo pastoral, hasta que entiende que ese pastor lo que estaba era amándolo, lo que estaba era cuidándolo, lo que estaba era buscando el bien de su alma, son diez años. En los primeros tres años todavía tiene el consejo en el buche; todavía está diciendo: mira este mal consejo que me dieron, lo que están buscando es dañarme. Y a los diez años miras para atrás y dices: guau, pero mira, ese hombre realmente me amó, me cuidó, me dijo lo que era difícil decirme, pero era lo que le convenía a mi alma.

No hay liderazgo, hermano, que sea siempre celebrado. Te vitorean primero: estamos contigo, Josué, tal cosa; pero después de la subida viene la bajada, y ahí viene lo que sigue a la celebración: ahí viene el cuestionamiento, viene la confrontación. Esfuérzate, Josué, y sé valiente, porque la verdad es que ahora hay fiesta, hay un nuevo líder, pero mañana lo que hay es incertidumbre, mañana lo que hay es cuestionamiento. Por eso dice Hebreos, capítulo 13, versículo 17:

Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso.

— Hebreos 13:17

No dice que sea porque es agradable. Obedeced a vuestros pastores y sujetaos a ellos. Y permítanme ahí un comentario, provechoso principalmente para ustedes.

El pastor que lo que tiene es un pueblo que lo está zarandeando, no lo hace con alegría; y si él no lo hace con alegría, la verdad es que eso va a venir en detrimento tuyo. Alguien que está en el proyecto de cuidar tu alma… tú quieres que cuide tu alma con alegría, que esté reposado, que esté tranquilo, para que te pueda cuidar. ¿Cómo va usted al médico y se pone a confrontarlo? Una persona que le va a hacer un procedimiento médico del cual depende su vida, ¿y usted se va a poner a confrontarlo? Usted se entrega. Hermano, no te conviene; a tu alma no le conviene. Esfuérzate y sé valiente, porque el pueblo no siempre… A Moisés no lo celebraron; a Samuel tampoco. Si me dicen un líder que fuera dulce de seguir, hermano, un líder del Antiguo Testamento que a mí me dejaran seguir, Samuel. Y hasta Samuel se volvió desagradable.

El líder no suelta la palabra ni la aplaza

¿Cuál es la tarea que Dios tiene en mente? Aquí les reitero, hermano, que la tarea que Dios tenía en mente no era el ejército, no era la guerra, no eran las flechas. Lo que Dios tenía en mente era su perfecta voluntad: esfuérzate y sé muy valiente para hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó. El ámbito de la obediencia, hermano, el ámbito del esfuerzo, el ámbito de la valentía, era la obediencia a la voluntad del Señor. La lucha principal que hay en la vida de todo creyente no es la lucha en el trabajo, no es la lucha en el negocio, no es la lucha en la familia; la lucha principal que hay en tu corazón es la lucha porque prevalezca la voluntad del Señor.

¿Por qué es que uno lucha, hermano, sobre todo para hacer la voluntad del Señor? Porque no es fácil: con una naturaleza caída, en un mundo caído y con un enemigo que lo que está buscando es que no hagamos la voluntad del Señor, hacer la voluntad del Señor no es fácil. Por eso, esfuérzate y sé valiente. Y eso es el liderazgo cristiano, hermano. Si alguien me pregunta quién es un líder para el pueblo del Señor, cuál es la cualificación imprescindible para un líder: una persona que tiene la firme resolución de hacer la voluntad del Señor. Si me dijeran «define líder»: una persona con el suficiente conocimiento, carácter y testimonio para guiar al pueblo a hacer la voluntad de Dios, aun en los momentos más críticos. Un líder en el pueblo del Señor es una persona que conoce la voluntad del Señor, que tiene un testimonio público de militar en la voluntad del Señor, cuyo carácter ya ha sido amoldado para hacer la voluntad del Señor, y que lleva al pueblo a hacer su voluntad.

Por eso, hermano, el esfuerzo y la valentía en el liderazgo son necesarios. Un líder según los términos de Dios no suelta la palabra del Señor: la palabra del Señor aprieta, y él deja que apriete. Que no me diga alguien aquí que no ha sentido el apretón de la palabra del Señor, que tú te sientes incómodo y dices: mírame cómo me está apretando. Y tú vas: pastor, suélteme un poco este asunto. Y ahí tú vas a encontrar un ministro que te la suelta, que te la pone más manejable: no, espérate, que tú lo estás tomando muy en serio, eso no es lo que Dios demanda. Un líder según los términos de Dios es alguien que hace conforme a toda la ley que Dios mandó, y cuando la palabra del Señor aprieta, hermano, él deja que apriete.

Y en cantidad de cosas, la verdad, todo el mundo quiere tener un margen mayor, más despejado, más movimiento. La palabra del Señor, hermano, no la sueltes: deja que apriete. No pone la palabra del Señor en pausa: oye, no has podido hacer la voluntad del Señor, vamos a intentarlo el año que viene; no te sigas cargando con eso ahora mismo, no te sigas afligiendo por hacer la voluntad del Señor, deja eso y vamos a ver si en el futuro tú puedes hacerlo. Hermano, la voluntad de Dios no coge pausa. Si usted no lo hizo, desobedeció. No: yo no lo hice, pero yo hablé con el pastor, me puse de acuerdo con él y él me dice que en este año no, que en el 2017. Nosotros no podemos poner en pausa, hermanos, las demandas de Dios.

Hay veces que yo mismo siento la tentación, hermano. Está una persona luchando por hacer la voluntad del Señor; Dios se lo dijo claramente, qué es lo que tiene que hacer, pero esa persona está luchando, está chocando ahí con su carne, está chocando con el mundo, está chocando con la influencia del diablo, y uno dice: se va a desbaratar, lo vamos a perder, se va a ir al mundo, vamos a aligerarle la carga. Mire: si ese es de Dios, hermano, cinco veces contra la pared, y después la pared se va a romper, si realmente nació de nuevo.

Para que alguien permanezca en los caminos del Señor no hay que ponerle el cinturón más flojo. Lo único que uno puede hacer es orar por él y decirle: mira, vamos a ver si el Señor tiene misericordia de ti; esfuérzate y sé valiente. Sobre todo, yo siento que la expectativa hay que ponerla temprano, porque hay un grupo de gente que después se decepciona: le han vendido que hacer la voluntad del Señor es ligero, que esto se puede hacer fácil. No, hermano, no se hace con sencillez; es algo que demanda todo. Siempre por hacer la voluntad del Señor tendrás que sufrir, vas a dejar el pellejo ahí en la pared; pero si el Señor te ha llamado a hacer su voluntad, la pared se rompe.

¿Y qué es lo que va a hacer el ministro cuando tú vayas? Orar contigo: Señor, mira, él está sufriendo por hacer tu voluntad. Pero él no la afloja, él no difiere la obediencia, hermano. No se adapta a la cultura. El lugar donde Josué estaba entrando era un lugar donde no amaban a Dios, que tenía sus propias prácticas y entendía que sus prácticas eran buenas; y ese pueblo estaba ahí. Cuando el pueblo de Dios entrara en un pueblo pagano, en seguida iba a hacer lo que de hecho hizo: amoldarse al mundo. ¿Y qué es lo que Josué va a tener que decir? Esfuérzate y sé valiente, porque ya Moisés mandó cómo hay que actuar frente a un pueblo pagano.

Mira, la iglesia que yo pastoreo no está en el cielo; tengo un mundo pagano, un mundo que odia a Dios, y en un mundo que odia a Dios, tarde o temprano uno ve las cosas del mundo como normales. Hermano, el que hoy está aquí congregado: esfuérzate y sé valiente, para que puedas, en un mundo caído, hacer la voluntad de Dios. No es que esto sea sencillo, que esto se pueda hacer; no es sencillo ni se puede hacer sino solamente por la agencia sobrenatural del Espíritu Santo. Hacemos la voluntad del Señor en un territorio al cual estamos entrando, un territorio mundano, caído y pagano. La cosa más aberrante que hacían esos pueblos es que quemaban a sus hijos vivos como sacrificio, y los mismos judíos terminaron pasando a sus hijos por fuego. Esfuérzate y sé valiente, para que a lo malo no le llames bueno y a lo bueno no le llames malo.

Cuando encuentro un pastor que transige en hacer la voluntad del Señor, ¿qué sucedió ahí? Que dejó de esforzarse y dejó de ser valiente. No tuvo la suficiente diligencia, no tuvo la suficiente valentía. Y hay momentos en que las congregaciones arropan a los pastores. Comienzan tres o cuatro que son influyentes en la iglesia a entender que algo que ofende a Dios es bueno; y fulano sostiene esa posición, él entiende que eso es bueno; y el otro, que es miembro fundador, dice que eso es bueno también; y el otro, que habla duro y la gente lo oye. Y uno dice: pues yo voy a tener que decir que es bueno, porque no voy a dejar… Hay pastores, hermano, casi acorralados por el pueblo.

Cuando el pecado toca a los tuyos: el caso de Elí

Josué, esfuérzate y sé valiente, para que el pueblo no te acorrale. No reemplaces, hermano, la verdad de Dios por filosofías de hombre; no tengas un doble estándar; no te ajustes cuando el asunto te toca de cerca. Miren, a veces se piensa que el reto principal del liderazgo cristiano está en la congregación; pero está en la voluntad del Señor, no en la congregación: está cuando la voluntad del Señor afecta sus intereses más preciados. Era el caso de Elí, hermano, sacerdote del Señor. Elí sabía la voluntad del Señor, la conocía; el problema de Elí es que quienes estaban desobedeciendo la voluntad del Señor eran sus propios hijos. Elí sabía lo que convenía, sabía lo que tenía que hacer; pero eran sus familiares los que estaban deshonrando al Señor.

Y dice que por temporadas esos dos muchachos estuvieron ahí ofendiendo al Señor en el santuario, en el mismo santuario del Señor. ¿Y qué hizo Elí, aquel que conocía la voluntad del Señor? Guardó silencio. ¿Y por qué Elí guarda silencio? Porque son sus hijos. No es sencillo, hermano, hacer la voluntad del Señor cuando afecta tus intereses familiares. Cuando al que afecta es a tu ser querido, entonces el ser humano comienza a nublarse y dice que lo que anteriormente era bueno ya no es bueno; y ahí viene el doble estándar, hermano. Miren un momento en la historia de Israel. Hermanos, no tengo el deseo de entristecerlos innecesariamente. Primera de Samuel, capítulo dos.

Josué, esfuérzate y sé valiente, porque tú tienes familia. Y son tus propios hijos, o son tus propios padres, quizá el primero que te diga que hagas lo que no conviene a Dios. Escuchen lo que sucedía. Dice así la palabra del Señor, a partir del versículo 12:

Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová.

— 1 Samuel 2:12

Estos eran los hijos de Elí. Oye, quizá Elí a cualquier otro lo hubiera detenido; a cualquier otro le hubiera dicho: no, tú estás ofendiendo al Señor, eso que tú haces no es agradable a Dios. Pero como son sus hijos, entonces lo que están haciendo son cosas pequeñas.

Y era costumbre de los sacerdotes con el pueblo, que cuando alguno ofrecía sacrificio, venía el criado del sacerdote mientras se cocía la carne, trayendo en su mano un garfio de tres dientes, y lo metía en el perol, en la olla, en el caldero o en la marmita; y todo lo que sacaba el garfio, el sacerdote lo tomaba para sí. De esta manera hacían con todo israelita que venía a Silo. Asimismo, antes de quemar la grosura, venía el criado del sacerdote, y decía al que sacrificaba: Da carne que asar para el sacerdote; porque no tomará de ti carne cocida, sino cruda. Y si el hombre le respondía: Quemen la grosura primero, y después toma tanto como quieras; él respondía: No, sino dámela ahora mismo; de otra manera yo la tomaré por la fuerza. Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes; porque los hombres menospreciaban las ofrendas de Jehová.

— 1 Samuel 2:13-17

Y el joven Samuel ministraba en la presencia de Jehová, vestido de un efod de lino, y le hacía su madre una túnica pequeña. Aquí se menciona el caso de Samuel, pero después vuelvo a los hijos de Elí. Dice en el versículo 22:

Pero Elí era muy viejo; y oía de todo lo que sus hijos hacían con todo Israel, y cómo dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión.

— 1 Samuel 2:22

Él lo oía, hermano, y seguía callado. ¿Y por qué calla Elí? Ah, porque son mis hijos. Hermano, la voluntad del Señor se vuelve muy sencilla siempre y cuando se trate de terceras personas. La voluntad del Señor siempre es una cosa clarísima, siempre y cuando el caso no te toque de cerca. Escuché el año pasado el testimonio de un pastor bautista conservador en Estados Unidos que tuvo una posición militante en contra de que se viera la homosexualidad como una práctica normal. Él predicó que la homosexualidad era algo pecaminoso, una aberración delante del Señor; se oponía tajantemente. Hasta que su hijo, en la intimidad del hogar, en un momento de la adolescencia, le dijo: papi, yo soy gay, yo soy homosexual. Y el ministro conservador después testificó ante la congregación que él comenzó a abrirse a que eso no es pecado.

A través del testimonio de su hijo, y viendo la homosexualidad de su hijo, entonces llegó a abrirse a la posibilidad de que eso no era algo pecaminoso, sino que era una alternativa. El pecado es pecado, aunque te toque de cerca. Yo te pregunto, hermano: ¿qué tal si el pecado se manifestara en tu hijo? ¿Aun así dirías que es pecado? ¿Qué pasaría si el pecado se manifestara en tus padres? ¿Aún podrías decir: mis padres se desviaron? ¿Qué pasaría si le toca a tu círculo íntimo?

Elí se acercó después —después de todo ese tiempo de esos muchachos viviendo con mujeres ahí mismo en el tabernáculo—, se acercó y se lo dijo, pero con cariño, hermano, ustedes saben. Claro, con cariño. Y les dijo:

¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo el pueblo vuestros malos procederes. No, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; vosotros hacéis pecar al pueblo de Jehová. Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él? Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir.

— 1 Samuel 2:23-25

El problema no era la fama de tus hijos. El problema era la esencia de tus hijos, su naturaleza, su carácter. Y después dice: «y el joven Samuel iba creciendo, y era acepto delante de Dios y delante de los hombres». Hermano, aquí se enseñan las dos cosas, se las reitero: no hay nadie que sea imprescindible para Dios, y cuando uno falla, ya el Señor está levantando a otro. Y lo segundo, hermano: el Señor desechó a Elí, desechó a sus hijos y desechó a toda la familia. ¿Y cuál fue el pecado de Elí? Sencillo, hermano: que cuando vio el pecado de sus hijos, lo que hizo fue aconsejarlos. No dejen de hacer eso, mis hijos; y después de años: dejen de hacer eso. Josué, esfuérzate y sé valiente, porque tú conoces la voluntad del Señor. La voluntad del Señor se hará en ti, en tu familia y en todo lo demás. Dios no hace acepción de personas tampoco en ese aspecto.

No hay prosperidad fuera de la voluntad de Dios

Después está la promesa: «para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas». Miren, fuera de la voluntad del Señor no hay prosperidad. Casi todo el que busca un atajo en la voluntad del Señor está buscando llegar más rápido a la prosperidad. Dice: yo voy a tomar un atajo, rápido; en vez de dar la vuelta larga de la voluntad del Señor, yo me voy por este camino que es más cerca y voy a lograr un nivel de prosperidad más alto. Bueno, la realidad es que no hay prosperidad fuera de la voluntad de Dios. La bendición de Dios, hermano, es la que enriquece y no añade tristeza con ella. Tú puedes conseguir ir más rápido temporalmente, pero eso no permanece. Hay atajos que parecen sabios, en los que se logra más rápido; pero él dice aquí: cuando lo hagas, cuando te sujetes, cuando no te desvíes, entonces podrás ser prosperado en todas las cosas que emprendas.

Si alguien me dijera: pastor, defina prosperidad desde una perspectiva cristiana. Miren, prosperidad desde una perspectiva cristiana es acercarnos al tipo de vida que Dios ha diseñado para nosotros. Si tú prosperaste, tú te acercaste a lo que Dios había determinado para ti. Si te sientes más cómodo, pero más lejos del plan que Dios tenía para ti, tú no prosperaste: tú retrocediste. No hay prosperidad alejado de la voluntad del Señor. Ay, hermano, le reitero: esfuérzate y sé valiente, porque sin esfuerzo y valentía no se puede hacer la voluntad de Dios. Hay decisiones en la vida que lo colocan a uno en una situación en la cual, sin una resolución de valentía, sin un esfuerzo estoico, titánico, no se hace la voluntad del Señor, porque no es cómodo.

Sobre todo en los tiempos de crisis, cuando tú sientes que el agua te está llegando y sientes que hace falta ahí una decisión que te va a requerir esfuerzo y valentía. Pero asume, hermano, porque así es que serás prosperado. Después el Señor le recomienda lo que hay que hacer: «nunca se apartará de tu boca este libro de la ley». Eso es lo primero que hay que hacer: tenerla en la boca. Esta recomendación, hermano, hace años que se la estoy dando: incluyan la palabra del Señor en sus conversaciones. Llénate de la palabra del Señor a un punto tal que sea una referencia en tus conversaciones, en tus comentarios, en tu sobremesa. Tú te das cuenta de que estás lleno de la palabra del Señor cuando la palabra del Señor como que se te sale.

Estás hablando de cualquier cosita y vuelves a su palabra; te mencionan cualquier cosita y vuelves a su palabra; te piden una opinión sobre algo y tú partes de su palabra. Dice que no se aparte de tu boca; o sea, que se te esté saliendo. Tengo una santa preocupación, hermanos míos, porque a veces no hablamos durante horas y hablamos de todas las cosas: hablamos de cómo van los negocios, de cómo va la familia, de las vacaciones, de esto y de aquello, pero como que no surge… No voy a decir que surja un versículo entero, citado desde el principio hasta el final, pero a ver si medio versículo. ¿Pero cómo va a ser que siendo creyentes tengamos cuatro horas compartiendo y no haya emergido ni siquiera una puntita de la palabra del Señor?

En una comunión, ni siquiera lejanamente un versículo; a veces parafraseado, tú entiendes: que tú no te sepas el versículo, pero sabes lo que dice. No, hermano; yo pienso que uno dice: como dice la palabra del Señor tal cosa, y tú lo dices por lo menos con tus palabras, pero lo dices. ¿Cómo va a ser que tu mente esté tan alejada de Dios que en tu conversación casual no esté en tu boca su palabra? No hay una referencia, no hay una cita, hermano. Eso es para preocuparse. Dice: tenla en la boca, tenla ahí.

Después dice: medita. Hay que meditar en el libro. Y la meditación cristiana, hermano, no es dejar la mente vacía, sino llenar la mente. La meditación que a veces la gente tiene es la meditación oriental, que uno tose, y cuando el oxígeno se te va, cuando quedas como medio mareado, entras en un estado así, y la mente se te va y quedas con la mente en blanco. Y después tú sientes como una paz, una percepción de paz; de verdad es un mareo que te deja como medio chocado, y tú te sientes bien durante un tiempo. Y la gente comienza su día meditando porque como que se le hace más llevadero: estuve meditando, la mente en blanco, y salen las ideas, salen los problemas, salen las preocupaciones. Y cuando termina: bueno, vamos a comenzar el día. Hermano, la meditación cristiana no es eso. La meditación cristiana es tomar la palabra del Señor y considerarla desde todas sus perspectivas: tú pones ahí un pasaje de la Escritura y lo miras de frente, y después lo miras de lado, y después lo miras por detrás, y lo miras en su contexto, y tratas de colocarte en el momento en que sucedió, y de entender la emoción del pueblo, y después dices: ¿qué me está diciendo Dios a mí a través de esta historia específica?

No es dejar la mente en blanco, hermano; es llenar la mente del consejo de Dios. La meditación cristiana no es la meditación trascendental de los orientales. La meditación cristiana es poner tu mente a inquirir diligentemente todos los aspectos de la voluntad del Señor revelada para tu vida. Eso incluye, hermano, considerarla con detenimiento. Yo amo, hermano, que en mi congregación haya santos dilemas, que haya discusiones: que un hermano vea un pasaje de la Escritura y diga «¿cuál será la interpretación de este pasaje?», y que otro tenga otra posición, y que haya ahí ese careo entre uno y el otro, tratando de llegar a la mente de Cristo. Eso santifica.

¿Cuándo fue la última vez que tú te enfrentaste con un versículo, hermano? No digo hasta sangrar; no es a muerte. Pero, hermano, ¿que tú entiendas que lo que Dios está revelando en ese pasaje es una cosa y otro entienda que es otra? Yo recuerdo en la adolescencia, por ejemplo, un dilema: cuando dice el salmista que en pecado lo concibió su madre, ¿está hablando de que su madre lo concibió fruto de una relación ilegítima, o está hablando de su naturaleza caída? Eso eran debates, hermano; y había un hermano que sacaba cinco versículos más para apoyar su punto, y esos cinco versículos te iban nutriendo a ti. Meditar en ella, hermano, tener un dilema y decir: ¿y por qué el Señor habrá puesto ese versículo ahí? Yo quisiera recibir llamadas de hermanos que están luchando con la Escritura y dicen: yo tengo este entendimiento de lo que ahí dice Dios. Eso es tratar de acercarnos juntos a la mente de Cristo.

Y lo otro que le dice es que tienes que practicarla: «que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito». Oye, qué bonito un creyente que ha dicho: yo todavía no he llevado mi vida a que encaje pieza con pieza con la voluntad del Señor, pero yo estoy dispuesto a quitar los bordes que haya que quitar para que mi vida entre en la voluntad del Señor; que sean como dos piezas, que una complemente a la otra; que yo vea su voluntad y vea mi vida y que no vea otra cosa. Cuando yo digo «esa es la voluntad de Dios y eso es lo que yo hago», que no se vea otra cosa.

A veces uno está así, hermano, y no ve mucho del otro lado; cuando tú pasas una línea así, tú dices: estoy en el lindero de la voluntad del Señor. Hermano, si tú no estás ahí ahora mismo, que haya por lo menos en ti la resolución de estar allá.

La resolución del pueblo

Concluyo aquí, hermano. ¿Cómo terminó el pueblo? ¿Qué fue lo que se hizo al final? Miren lo que dice el versículo 10 en adelante. El pueblo estaba pasivo ahí, hermano; el pueblo estaba en reposo, el pueblo estaba detenido; había unas cuantas tribus que ya habían tenido su territorio, pero faltaba más de la mitad del territorio. Estaba como en pasividad. ¿Cuál fue la resolución?

Y Josué mandó a los oficiales del pueblo, diciendo: Pasad por en medio del campamento y mandad al pueblo, diciendo: Preparaos comida, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán para entrar a poseer la tierra que Jehová vuestro Dios os da en posesión.

— Josué 1:10-11

Una resolución. Es como un remeneo: el pueblo estaba detenido, algunos estaban cómodos, otros no tanto, pero estaba detenido. ¿Qué es lo que se necesitaba ahí, hermano? Una resolución, porque él ya sabía lo que había que hacer. Oye, qué hermoso sería, hermano, si usted sale de este lugar —que ya estamos cerrando, ahorita cerramos la puerta aquí— y alguna de estas exhortaciones, algún consejo de Dios que ya se le dio pero que no se llevó… Como quien dice: me sirve, pero no me gusta. El caso más frecuente con la voluntad del Señor, hermano, no es que a la gente no le entalle: le entalla, pero no le gustan los colores. Dice: a mí me sirvió, pero como que no es mi estilo. Quiera el Señor que el que se vaya de aquí hoy agarre esa prenda que ya el Señor le trajo con un consejo previo. ¿Qué es lo que hubo aquí, hermano? Una resolución: hacer lo mismo que había que hacer hace tiempo y que el pueblo no había hecho: entrar.

Del versículo 12 al 15, hermano, hay un llamado a ver la encomienda de Dios como un proyecto colectivo. Mire lo que él le dice a los rubenitas, a los gaditas y a la media tribu de Manasés —esos eran los que estaban cómodos, hermano; esos fueron los primeros a los que les llegó su tierra, y ellos estaban sentados en su tierra:

Acordaos de la palabra que Moisés, siervo de Jehová, os mandó diciendo: Jehová vuestro Dios os ha dado reposo, y os ha dado esta tierra. Vuestras mujeres, vuestros niños y vuestros ganados quedarán en la tierra que Moisés os ha dado a este lado del Jordán; mas vosotros, todos los valientes y fuertes, pasaréis armados delante de vuestros hermanos, y les ayudaréis, hasta tanto que Jehová haya dado reposo a vuestros hermanos como a vosotros, y que ellos también posean la tierra que Jehová vuestro Dios les da.

— Josué 1:13-15

Yo le pregunto, hermano: ¿tiene usted preocupación porque sus hermanos también hagan la voluntad del Señor? ¿Porque a sus hermanos también les toque? Espero que no sea otro caso, hermano, pero hay creyentes que después que ellos hacen la voluntad del Señor no les importa mucho cómo vaya el pueblo. Yo entré, yo ya crucé, yo ya la hice; mal por ellos. Lo que está diciendo aquí es: vamos a trabajar todos juntos para que todo el mundo haga lo que Dios dijo que había que hacer, los que están cómodos y los que no se han acomodado. Todo el mundo va a hacer la voluntad del Señor.

¿Y cuál fue la respuesta del pueblo completo? Miren, a partir del versículo 16:

Nosotros haremos todas las cosas que nos has mandado, e iremos adondequiera que nos mandes.

— Josué 1:16

Así es, hermano, la actitud que hace falta en esta iglesia. ¿Que Dios dice que hay que entrar? Se entra. ¿Que hay que ir a la izquierda? A la izquierda. ¿Que ahora es a la derecha? A la derecha. Todo el mundo cerrando filas con la voluntad del Señor, hermano.

De la manera que obedecimos a Moisés en todas las cosas, así te obedeceremos a ti; solamente que Jehová tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés.

— Josué 1:17

Ellos obedecieron a Moisés regularmente, pero por lo menos, hermano, la intención era buena. Y ese «solamente» es de sabiduría: solamente que Jehová tu Dios esté contigo, como estuvo con Moisés.

Cualquiera que fuere rebelde a tu mandamiento, y no obedeciere a tus palabras en todo lo que le mandes, que muera; solamente que te esfuerces y seas valiente.

— Josué 1:18

Oración final

Oro, hermano, al cerrar esta jornada de predicación en este lugar. Que traigamos esa actitud, hermanos, esa actitud de cerrar filas con la voluntad del Señor. No era cerrar filas con Josué; ellos decían: vamos a hacer todo lo que tú mandes, porque lo que tú estás mandando es lo que Dios ya mandó a través de ti. Que el Señor traiga a nuestra iglesia local una firme resolución de cerrar filas en torno a las cosas que agradan al Señor y a las cosas que convienen. Que el Señor permita, hermano, que salgamos de aquí y que los pecados que aquí hemos guardado se queden aquí, hermanos; que entremos en una nueva dirección, con resoluciones de obediencia y obediencia implementada.

Permite, Padre, que… mira que con vehemencia he tratado de llamar la atención de mis hermanos acerca de hacer aquellas cosas que ya de antemano tú has mandado a hacer, Señor. Sospecho que ellos conocen áreas de su vida donde hay que hacer tu voluntad y no la están haciendo. Sospecho, Señor, que no hace falta explicar un mandamiento nuevo, sino darles el mismo mandamiento que tenemos desde antes. Ay, Padre, lo que hace falta es obediencia, y esto yo no se lo puedo dar. Yo puedo enseñar tu Escritura, Señor, yo puedo trazarla con precisión, yo puedo traer el diagnóstico, pero cada creyente se tiene que tomar la medicina. Permite, Padre, que mis hermanos que estaban en el claroscuro con relación a tu voluntad, que estaban ahí, Señor, en esa zona gris donde dicen «yo sé que esto te ofende mucho, pero yo sé también que todavía no he pecado»… permite, Padre, que venga una nueva resolución de obediencia.

Tengan sus ojos cerrados, hermanos, que voy a orar por ustedes. Mira, Padre, aquellos que saben cuál es tu voluntad, pero que no la han hecho por no defraudar a nadie. Mira aquellos, Señor, que saben lo que tú les estás demandando, pero no lo están haciendo porque su patrimonio será afectado. Mira aquellos, Señor, que ya conocen tu demanda, pero por no hacer un conflicto con un hermano de su iglesia local no han hecho lo que conviene. Mira aquellos, Señor, que ya saben lo que es agradable a tu nombre, pero por no defraudar a hijos o a padres no lo han hecho. Que escuchen, Padre, seis veces la misma expresión, retumbando en su corazón.

Esfuérzate y sé valiente. Esfuérzate y sé valiente. Esfuérzate, esfuérzate; sé valiente, sé valiente. Ay, Señor, que sintamos el llamado como lo sintió Josué; me imagino el temor reverente que llenó su corazón al salir de tu boca, Señor, este llamado al esfuerzo y a la valentía. Trae una iglesia, Padre, valiente y esforzada en hacer tu santa voluntad. Ay, Padre, mira cómo necesitamos cerrar filas en áreas de la obediencia. Mira este pueblo, Señor, que a veces escucha una cosa y hace otra. Mira mis hermanos, Padre, que reciben el buen consejo y lo toman con cuestionamientos. Mira aquellos, Padre, que siguen su propia agenda; mira aquellos que le hacen daño a su propia alma, Padre, haciendo las cosas que a ellos les conviene hacer y diciendo que lo que están recibiendo, Señor, no es algo que viene de ti.

Permite, Padre, que cuando este pueblo escuche tu palabra, cierre filas con tu palabra. Aléjanos, Señor, de ser una iglesia filosófica; aléjanos, Señor, de ser una iglesia con un púlpito alto y un pueblo que no llega. Quítanos el museo, Señor; no queremos solamente deleitarnos y pasear tu palabra, queremos vivirla. Permite, Señor, que este pueblo se coma el rollo, Padre. Hermanos, cierren sus ojos ahí, que oro por ustedes. Mira mis hermanos, Señor, que están aquí presentes; mira aquellos que ya saben lo que tú les estás demandando, porque están luchando. Que pierdan hoy, Señor, y que se vayan de este lugar obedientes, Padre. Mira la rebeldía, Señor, que viene al corazón; mira el cuestionamiento, mira el desoír, Señor, el consejo que tú mandas.

Mira cómo combaten nuestros corazones, Señor, por hacer lo que siempre hemos hecho, en vez de hacer tu perfecta voluntad. Enséñanos que el camino a la prosperidad pasa por la obediencia. Trae prosperidad a este pueblo, Señor, como consecuencia de la obediencia de este pueblo. Trae, Señor, un pueblo con una resolución de hacer cosas que anteriormente no hacía. Gracias, Señor, por cada sermón que se predicó en este púlpito. Gracias, Señor, por cada alabanza que se te entregó en este lugar. Gracias por cada persona que comenzó a congregarse en este sitio. Gracias por los niños que aquí nacieron, Señor. Gracias porque tu pueblo tiene lugar adonde ir. Gracias, Señor; prepáranos ahora para salir bien, que salgamos obedientes, Señor, que salgamos sumisos.

Señala tú los pecados ocultos, Señor, y que mueran las obras pequeñas. Gózate tú, Señor, en nuevas resoluciones de obediencia. Recibe tú también, Señor, con agrado, nuestra última canción para tu gloria; a ti, Señor, levantamos alabanza. Gracias por tu misericordia. En el nombre de Cristo. Amén.

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