Y en una manifestación de que participamos juntos, oremos al Señor. Gracias, Padre nuestro que estás en el cielo, por tu palabra. Gracias por este tesoro. Gracias por tanta sabiduría, Señor. Gracias por tantas posibilidades de instrucción. Permite que este momento que hemos reservado, Señor, para que nuestros oídos estén atentos a tu voz, sea un momento donde tú seas exaltado.
Permite que cada persona aquí congregada entienda. Permite que sea tu Santo Espíritu, Señor, acompañándonos en este proceso. Permite que cada persona aquí congregada entienda. Y permite también que sea tu Santo Espíritu trayendo a nuestro hombre interior las fuerzas necesarias para dejar de ser oidores y pasar a ser hacedores. Expongo hoy tu palabra, Señor, con el convencimiento de que sí, tu palabra es poderosa.
Y puede producir en nuestras almas el efecto necesario para remendar, Señor, aquello que no esté correcto delante de ti, para ponernos, Señor, en la dirección apropiada, para permitir que cada 1 de nosotros se parezca un poco más a ti. Permite que la historia antigua, Señor, se haga nueva para nosotros el día de hoy. Danos entendimiento, danos capacidad, Señor, permite que tu palabra nos transforme en Cristo nuestro Señor.
He venido, hermanos, hoy a concluir esta larga serie de exposiciones de la palabra del Señor sobre el tiempo de la monarquía. Recuerden que he estado predicando en el 2014 exclusivamente del Antiguo Testamento. No significa esto, hermano, que el Nuevo Testamento no sea importante; claro que lo es.
La escuela bíblica hemos considerado porciones del Nuevo Testamento. He predicado en el 2014 específicamente del Antiguo Testamento para que mis hermanos tengan una concepción más completa de todas las Escrituras y que vean cómo una parte se corresponde con la otra. Quizás sea muy apropiado, para los nuevos creyentes, como regularmente les aconsejo, comenzar por los evangelios. Pero después de haber considerado los evangelios, es necesario pasar al Antiguo Testamento para que tengamos una concepción completa de la historia.
Les resumo un poco lo que hemos visto. En estos últimos meses les he predicado acerca de Samuel, que fue el último juez de Israel y quien dio paso a la monarquía; exponía la Escritura con la historia de Samuel el 13 de julio. Luego, el 27 de julio, pasamos a exponer el reinado de Saúl, que fue el primer rey de Israel, en tiempos donde todavía la monarquía estaba unida, el reino no se había dividido.
Recapitulación de la monarquía y ubicación en la historia bíblica
Eventualmente también expusimos acerca de David en dos semanas: primero, el 3 de agosto, hablando acerca de la tribulación del justo; y después, el 10 de agosto, hablando acerca de la misericordia mostrada por David hacia Mefiboset. Luego nuestro hermano Edwin, el 17 de agosto, expuso la Escritura acerca del reinado de Salomón y nos enseñó esta gran paradoja: el hombre que recibió más sabiduría, cómo terminó en la última parte de su vida entregado tristemente a la idolatría.
Luego pasábamos en septiembre, luego de un salto donde estuvieron los maestros de escuela bíblica exponiendo la palabra del Señor. Recomenzamos la historia de los reyes con la predicación acerca de Roboam, hijo de Salomón. Eso fue el 14 de septiembre. Y el 28 de septiembre, que fue el domingo pasado, estuvimos exponiendo la palabra del Señor acerca de uno de los últimos reyes de Israel y el último de los llamados reyes buenos. Y les recuerdo que no eran “buenos” moralmente, sino que su reinado fue bueno porque trataron de hacer en su tiempo la voluntad del Señor.
Fue el reinado de Josías. Hoy terminamos la exposición hablando del final de la monarquía y expondremos cuatro reyes cortos, cortos, cortos. Pero ya no tanto enfocados en los reyes, sino enfocados en qué pasó con Israel al final de la monarquía. Quisiera que ustedes tengan ese índice en su mente de cómo sucedieron estos acontecimientos en la historia general.
Por ejemplo, la historia comienza con la creación en Génesis, entonces Génesis 1 hasta Génesis 12; después, con la historia de los patriarcas, Génesis 12 hasta Génesis hasta el final. Después se nos habla del pueblo del Señor siendo cautivo en Egipto, el libro de Éxodo. Después, de la liberación de Egipto en tiempos de Moisés. Después de Moisés se nos habla acerca de los jueces, que estuvieron sucediéndose en el liderazgo después de haber pasado Moisés.
Eventualmente llegamos a la monarquía con el rey Saúl, después la monarquía dividida en dos reinos: reino del norte, reino del sur, y hoy estamos al final de la monarquía. ¿Qué viene después de la monarquía? El pueblo del Señor cautivo 70 años en Babilonia, y después de eso el pos-exilio, el pueblo regresando en tiempos de Esdras a su tierra. Y después pasamos a 400 años de silencio y vienen los evangelios. Ese es el Antiguo Testamento completo para que mantengan la ubicación.
Lectura de 2 Crónicas 36 y estructura del sermón
Les pido que me acompañen al libro de Segunda de Crónicas, capítulo 36. Es el último capítulo de las crónicas. Y en este último capítulo se resume la historia de los cuatro últimos reyes; estos fueron reyes malos, reyes que no hicieron en su tiempo la voluntad del Señor. Es la historia del rey Joacaz, del rey Eliaquim, que después se le cambió su nombre a Joacim, del rey Joaquín y del rey Sedequías, que fue el último rey de Israel.
Recuerden, hermano, que los libros de Crónicas son paralelos a los libros de Reyes. Dos juegos de libros: Primer Libro de Reyes y Segundo Libro de Reyes, Primer Libro de Crónicas y Segundo Libro de Crónicas. Narran la misma historia de manera paralela; lo único que cambia es el enfoque. Los libros Primero y Segundo de Reyes hablan del reino junto, de los reinos del norte y del sur, y los libros de Crónicas se enfocan solamente en los reyes del sur, que fueron los reyes que permanecieron y de los cuales viene la genealogía de nuestro Señor Jesucristo.
Lo que haremos es leer rápidamente el capítulo 36 desde el versículo 1 hasta el versículo 21. Veremos en primer lugar la constante decadencia en Israel, a pesar del reinado del rey Josías. Luego veremos los instrumentos utilizados por el Señor para disciplinar a su pueblo. En tercer lugar, la forma progresiva en que llegó este cautiverio. Y terminaremos con una conclusión, aplicando esto a nuestra realidad presente el día de hoy.
Leemos la palabra del Señor, Segundo Libro de Crónicas, capítulo 36:
Entonces el pueblo de la tierra tomó a Joacaz hijo de Josías, y lo hizo rey en lugar de su padre en Jerusalén. De veintitrés años era Joacaz cuando comenzó a reinar, y tres meses reinó en Jerusalén. Y el rey de Egipto lo quitó de Jerusalén, y condenó la tierra a pagar cien talentos de plata y uno de oro.
Y estableció el rey de Egipto a Eliaquim, hermano de Joacaz, por rey sobre Judá y Jerusalén, y le mudó el nombre en Joacim; y a Joacaz su hermano tomó Nechô, y lo llevó a Egipto.
Cuando comenzó a reinar Joacim era de veinticinco años, y reinó once años en Jerusalén; e hizo lo malo ante los ojos de Jehová su Dios. Y subió contra él Nabucodonosor rey de Babilonia, y lo llevó a Babilonia atado con cadenas. También llevó Nabucodonosor a Babilonia de los utensilios de la casa de Jehová, y los puso en su templo en Babilonia.
Los demás hechos de Joacim, y las abominaciones que hizo, y lo que en él se halló, está escrito en el libro de los reyes de Israel y de Judá; y reinó en su lugar Joaquín su hijo.
De ocho años era Joaquín cuando comenzó a reinar, y reinó tres meses y diez días en Jerusalén; e hizo lo malo ante los ojos de Jehová. A la vuelta del año el rey Nabucodonosor envió, y lo hizo llevar a Babilonia, juntamente con los objetos preciosos de la casa de Jehová, y constituyó a Sedequías su hermano por rey sobre Judá y Jerusalén.
De veintiún años era Sedequías cuando comenzó a reinar, y once años reinó en Jerusalén. E hizo lo malo ante los ojos de Jehová su Dios, y no se humilló delante del profeta Jeremías, que le hablaba de parte de Jehová. Se rebeló asimismo contra Nabucodonosor, al cual había jurado por Dios; y endureció su cerviz, y obstinó su corazón para no volverse a Jehová el Dios de Israel.
También todos los principales sacerdotes, y el pueblo, aumentaron la iniquidad, siguiendo todas las abominaciones de las naciones; y contaminaron la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalén. Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación.
Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.
Por lo cual trajo contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, sin perdonar joven ni doncella, anciano ni decrépito; todos los entregó en sus manos. Asimismo todos los utensilios de la casa de Dios, grandes y chicos, los tesoros de la casa de Jehová, y los tesoros de la casa del rey y de sus príncipes; todo lo llevó a Babilonia.
Y quemaron la casa de Dios, y rompieron el muro de Jerusalén; y consumieron a fuego todos sus palacios, y destruyeron todos sus objetos deseables. Los que escaparon de la espada fueron llevados cautivos a Babilonia, y fueron siervos de él y de sus hijos hasta que vino el reino de los Persas;
para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubo gozado de reposo; porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueron cumplidos.
— 2 Crónicas 36:1-21
Hermano, terminamos esta serie de la monarquía en Israel con una historia triste. Esta historia no termina de manera positiva. Uno quisiera que terminara con un gran final: que el pueblo, el ciudadano, se arrepintió, que hizo la voluntad del Señor. Parecía que con el reinado de Josías las cosas iban a cambiar, pero tal como les enseñé el domingo pasado, las reformas fueron importantes, pero no muy profundas.
La idolatría continuó enraizada en el corazón del pueblo y al final terminó viniendo lo que el Señor les dijo que iba a venir. Dice así nuestra introducción: es común escuchar a la gente decir que Dios es fiel a su promesa. ¿Han escuchado eso? Eso lo dicen creyentes y no creyentes. “Dios es fiel, yo sé en quién he confiado, fiel es el que prometió, Dios es fiel a su promesa”. Casi siempre lo dicen pensando en la bendición y no en el castigo.
La fidelidad de Dios también en el castigo
Para esa gente, Israel debe ser un ejemplo aleccionador. Israel fue una nación creada por Dios desde sus cimientos. Comenzó con los patriarcas, llamando a Abraham; luego los introdujo en Egipto; más tarde los sacó de allí con su mano fuerte y los estableció en la tierra prometida. Les prometió que si le servían serían prosperados, pero si se entregaban a la idolatría serían desterrados. Esto está en Deuteronomio, capítulo 4, versículo 25 al 27.
Cuando hayáis engendrado hijos y nietos, y hayáis envejecido en la tierra, si os corrompiereis e hiciereis escultura o imagen de cualquier cosa, e hiciereis lo malo ante los ojos de Jehová vuestro Dios para enojarlo; yo pongo hoy por testigos al cielo y a la tierra, que pronto pereceréis totalmente de la tierra hacia la cual pasáis el Jordán para tomar posesión de ella; no estaréis en ella largos días sin que seáis destruidos. Y Jehová os esparcirá entre los pueblos, y quedaréis pocos en número entre las naciones a las cuales os llevará Jehová.
— Deuteronomio 4:25-27
Hoy veremos a Dios cumpliendo fielmente su promesa, sin escatimar los años dedicados a ellos, su histórica relación con ese pueblo, lo mucho que su paciencia los soportó, y hasta lo que pudieran pensar de Él. Los otros pueblos podían pensar que Él no era el Dios verdadero, que no era un Dios amoroso, que no era un Dios poderoso como para preservar su nación. Terminó entregando Israel en manos de sus enemigos, derrumbó los muros que eran el símbolo de la identidad particular de Israel, permitió que su propio templo fuera destruido, que era el símbolo de su presencia, y deportó a sus habitantes.
Fue tal su resolución a cumplir su promesa que le impidió al profeta Jeremías orar por su pueblo, pues decía Él que ni que Moisés y Samuel mediaran sería detenido el castigo. Hoy veremos que Dios también cumple su promesa de castigo, y que no deberíamos permitir que su gran amor, que es parte de sus atributos, nos lleve a ignorar su justicia.
Quizás cuando tú has compartido el evangelio con algún compañero de trabajo, con algún familiar o con algún amigo, te ha dicho: “Al final de los tiempos el Señor va a buscar la manera de hacer misericordia. Dios es un Dios de amor, nosotros somos sus criaturas. ¿Tú crees que es verdad que el Señor va a terminar destruyendo esta tierra con fuego, esta tierra que es su creación? Algún mecanismo va a buscar el Señor”.
Quizás el Señor haga una curva. Algunos maestros cuando dan exámenes dicen: “Vamos a hacer una curva”, y en vez de evaluar todo en base a cien, si todos se cayeron en ese punto, ese punto lo vamos a sacar del examen y no lo vamos a tomar en cuenta. “El Señor quizá dé una segunda convocatoria”, como hacen en la prueba nacional, que me enteré que no hay solamente hasta la tercera sino hasta la cuarta. “Al final de los tiempos el Señor buscará la manera de salvarnos a todos”.
Hermano, precisamente una de las razones por las cuales Israel se entregó de manera tan abierta a la idolatría es que ellos entendían que eran el pueblo del Señor y que era imposible que el Señor destruyera su propio pueblo.
Obstáculos: orgullo, falsos profetas y malentender la paciencia de Dios
“Nosotros somos hijos de Abraham”, decían ellos. Abraham tiene la promesa del Señor y el Señor no se puede negar a sí mismo. Son las mismas razones que tienen los hombres al día de hoy para evadir la predicación del evangelio e ignorar el castigo que está por venir para todos aquellos que no procedan al arrepentimiento.
Exageran la valía del propio pueblo, racionalizan su pecado: “Mira, yo no estoy tan mal, porque esto lo hace todo el mundo”. ¿Han escuchado ese comentario? “¿Cómo va a ser, Rica, que ustedes consideran que eso es pecaminoso, y esa es la cosa que todo el mundo lo hace? En los países desarrollados lo hacen”. Confunden la paciencia de Dios con tolerancia. Que el Señor no destruya en este momento al impío no significa que lo está aprobando. Nosotros todos merecíamos la muerte, pero el Señor, en su misericordia, ha extendido su paciencia esperando que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.
Hay gente que han tomado la extensión de un plazo como el perdón. Otros que acusan a los creyentes de ser muy celosos: “Dios, la verdad es que no exige tanto; lo que pasa es que los evangélicos son demasiado celosos por las cosas del Señor, se cogen eso demasiado a pecho y le quieren imponer a uno su propia carga”. Hermanos, lo mismo decían en tiempo del reino de Sedequías, del profeta Jeremías.
El profeta Jeremías, “solamente nos dice cosas malas; lo que pasa es que es un hombre raro que vive por ahí en las afueras. Mira que anda ahora con un yugo ahí de animal en el cuello, es un excéntrico”. Bueno, el profeta Jeremías era raro. Vivía fuera de la ciudad y cuando entraba a la ciudad siempre traía palabras de condenación. En un momento el Señor le dijo: “Ponte ahí como se ponen los animales, como le ponen a los chivos, ponte ahí un yugo y profetiza contra Israel”.
“Dios no es tan celoso como Jeremías dice, lo que pasa es que Jeremías, esos profetas, viven metidos por ahí en el desierto y cuando vienen para acá piensan que todo el mundo tiene que vivir como ellos”. Es lo mismo que dicen de los cristianos al día de hoy: que estamos cogiendo la palabra del Señor demasiado en serio, que estamos exagerando la justicia de Dios, que hemos deformado al Creador, haciendo que sea un Dios intolerante, un Dios lleno de ira. No, lo que pasa es que nosotros sabemos.
Sabemos que nuestro Dios es un Dios amoroso, pero al mismo tiempo es un Dios completamente justo, y que un atributo de Dios no entra en conflicto con el otro atributo. Que el Señor logra que armoniosamente converjan en Él el amor y la justicia, y que no dejará de ser un Dios justo por ser un Dios amoroso.
Otro obstáculo: que ponen su oído en los falsos profetas. Cada generación tiene profetas que vienen a decirle al oído las cosas que esa generación quiere oír. Uno de los problemas para predicar el evangelio en este tiempo es una cantidad de falsos maestros que están en todos los lugares diciendo a la gente: “Tú estás bien. En tu vida no tiene que haber un gran cambio. Con que tú hagas pequeños ajustes, ya tú eres un cristiano”.
“Es más, tú puedes vivir tu vida como bien te parezca, siempre y cuando tú vengas a la iglesia y participes aquí. No hay que coger esto tan a pecho. Hay personas que están más comprometidas y hay otros que no lo están tanto”.
En tiempos de Sedequías, en tiempos de los últimos cuatro reyes de Israel, había un falso profeta, lo llamaban Hananías. Le decía al rey lo que el rey quería escuchar. ¿Qué decía? Le decía: “Nosotros somos el pueblo del Señor, el Señor va a tener misericordia. Jeremías se lo ha tomado muy en serio”. Es más, fue donde Jeremías y le rompió el yugo que tenía en el cuello, y le dice: “Así mismo el Señor quita la cautividad”.
¿Saben qué le dijo el Señor a Jeremías? “Ve y dile a ese profeta que en un año él se muere”, y se murió. El tiempo de los reyes se complementa con el tiempo de los profetas. Por ejemplo, en esta última parte estuvo profetizando Jeremías. Dice así Jeremías 23, escuchen lo que profetizaba Jeremías en este tiempo:
Así ha dicho Jehová de los ejércitos: No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan; os alimentan con vanas esperanzas; hablan visión de su propio corazón, no de la boca de Jehová. Dicen atrevidamente a los que me irritan: “Jehová dijo: Paz tendréis”; y a cualquiera que anda tras la obstinación de su corazón dicen: “No vendrá mal sobre vosotros”.
— Jeremías 23:16-17
¿No es lo mismo que pasa hoy? La gente está en sus despropósitos y aparece un maestro “cristiano” que le dice: “Tú estás bien, lo que pasa es que tú eres de los que no están en el centro, sino que tú eres un cristiano de los que están como en la periferia. No todo el mundo está tan en serio en esto”.
Rechazo al mensajero y ejemplo de Jeremías
Dice 2 Timoteo, capítulo 4, versículo 3, que en los postreros tiempos amontonarán maestros que le predicarán a la gente según los deseos de su corazón: “Te va a ir bien, Dios te ama, tú vas a ser prosperado, bendecido eres, todo está bien”. Otro obstáculo: el orgullo ante el mensajero. Miren al último rey, a Sedequías. El Señor le mandó varias veces a Jeremías a predicarle, y le decía: “Rey, arrepiéntete, que si tú te arrepientes será postergada la maldad”. Pero parece, hermano, ¿qué pasó con Jeremías?
Miren, cuando Jeremías comenzó a predicar, los mismos profetas, o sea, sus hermanos, lo querían matar. O sea, los hermanos suyos, los profetas, los compañeros de ministerio querían matar a Jeremías. Después de esto, los hombres de guerra querían matarlo, porque decían: “Este lo que está es desmoralizando el pueblo; el pueblo no va a poder pelear con valor cuando Jeremías lo que está diciendo es que el Señor nos ha entregado”. Después vino el rey y lo mandó a apresar.
Cuando lo apresaron, después la gente entendió y buscaron la manera de conspirar contra él y lo pusieron dentro de una cisterna llena de lodo, y lo dejaron ahí. El rey vino donde él y le dijo: “Dime, Jeremías”, y Jeremías podía haber estado preso, haber estado dentro de una cisterna, y aún así el rey le dijo: “Dime ahora la palabra del Señor”. “Rey, la destrucción viene y usted va a ser primero”.
Hermano, esta es la realidad de este tiempo. Estamos rodeados de profetas que le dicen a la gente: “Tú estás bien, tú no tienes que arrepentirte, tú no tienes que hacer la voluntad del Señor, con que tú te quedes en un detallito, tú estás bien. Es más, ya tú eres un cristiano, hermano. ¿Con qué autoridad tú dices que una persona que no se ha arrepentido de corazón y se ha bautizado, que es un cristiano? El que creyere y fuere bautizado será salvo”.
Cuando uno lo dice, no es por elitismo, no es que no quiere decirle, es por su seguridad, es porque te amamos. No queremos crear una falsa confianza. Gente que viene a la iglesia del Señor y siente como que “me tratan bien, me tratan como cristiano”, y es que es verdad que lo que hay sobre ti es destrucción.
“Pero, ven acá, yo no soy tan malo”. ¿Estás racionalizando tu pecado? Lo mismo decía Israel: “Nosotros no somos tan malos; malos son los caldeos”. Es más, el profeta Habacuc se quejó amargamente ante el Señor. Decía: “Señor, pero es que tú estás diciendo que vas a utilizar a un pueblo que es peor que nosotros para castigarnos a nosotros. No te entiendo. ¿Cómo va a ser que tú vas a utilizar a los caldeos, que son un pueblo malvado, para castigar a tu amado pueblo Israel?”.
Hermano, en esto hay una gran lección espiritual para el pueblo del Señor. Nuestro Dios es un Dios justo que aborrece el pecado. Si ustedes no han entendido lo que nuestro Dios aborrece el pecado, déjenme ponerles una ilustración práctica. Nuestro Señor Jesucristo, cuando estaba en medio nuestro y comenzó su ministerio público, fue bautizado por Juan el Bautista, y dice la Escritura que el cielo se abrió, descendió una paloma representando al Espíritu Santo y se escuchó una voz que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. Dios habló desde el cielo.
Después, en su ministerio público, en su momento de mayor enseñanza, se volvió a escuchar desde el cielo la voz que decía: “Yo le he glorificado y le glorificaré hasta el final”. El Padre habló desde el cielo, confirmando el ministerio de su Hijo. Ahora, cuando ya Cristo había asumido que iba a la cruz a morir por nuestros pecados y que había cargado el pecado de nosotros, dice que Él estaba en Getsemaní orando al Señor y le dijo al Señor: “Padre, si te es posible, pasa de mí esta copa”.
El Padre se quedó callado. Y lo que recibió del Señor no fue: “Está bien, mi Hijo, ven, vuelve aquí, dejemos las cosas como están”. No. Mandó un ángel para que le consolara, para que le acompañara. El Señor está diciendo: “Yo, que soy un Dios amoroso, ni siquiera escatimé a mi propio Hijo. Si Él es el que va a llevar el pecado del mundo, Él llevará el pecado del mundo”, y estando Cristo en la cruz, en un momento dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”.
El que no escatimó ni a su propio Hijo, ¿tú crees que va a tener misericordia de ti, pecador? ¿Tú crees que va a aumentar más allá de su misericordia, cuando Cristo cargó nuestros pecados? El Padre, que es un Padre amoroso, miró hacia otra parte. Y me dicen aquellos, diligentes, que se les predica la palabra del Señor y no responden: “No, al final del tiempo Él va a tener misericordia, va a mandar a Cristo otra vez, y nos vamos a salvar por otro lado”. No vamos a mandar a Cristo de nuevo a morir por ti.
La falsa seguridad de la posición y la decadencia de los últimos reyes
Hermano, me gustaría cargarte de urgencia al respecto de esto. Nuestra posición no garantiza nada. Así escucho en estos días la predicación de aquellos que dicen que “si eres salvo, serás siempre salvo; no importa, hermano, tú puedes vivir en inmoralidad; si tú fuiste salvo, serás salvo, lo importante es que tú estés en el pueblo del Señor”. Mira, dice la Escritura en el libro de Primera de Corintios, capítulo 1, versículo 2:
a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo…
— 1 Corintios 1:2
Pablo a los santos, llamados a ser santos, dos veces. O sea, no te está diciendo… Es verdad, nosotros tenemos una santidad que es posicional por nuestra relación con el Señor, pero también hay una santidad que es una santidad intencional, que hay que buscarla. Oigan cómo dice Pablo: Pablo, escribiendo a la iglesia, primero le llama santos por su relación con el Señor, pero también les llama a santificarse.
“Israel, tú eres el pueblo del Señor, pero si te entregas a la idolatría, tú mismo serás deportado”. Les muestro la constante decadencia a pesar del rey Josías: cuatro reyes que eran reyes malos. Primero vino Joacaz. Joacaz era el hijo menor de Josías. Lo que me llama la atención es que comenzamos la monarquía con Roboam; vimos la historia: hijo de un papá sabio, un hijo necio. El rey Josías, un buen rey, y los cuatro descendientes suyos, perversos todos.
El primero fue Joacaz, que era su hijo menor. Le correspondía al mayor, pero el pueblo entendía que él era más guerrero que los otros, lo establecieron a él. Dijeron: “En ese es que está nuestra fuerza, él es que va a poder defendernos. A él es que le vamos a dar el reino, no al que le toca, pero vamos a coronarlo a él, porque él es más aguerrido, más belicoso que su hermano. Su hermano no es tan dado a la guerra y él nos puede proteger”.
Tres meses reinó. Tres meses, hermano, ¿ustedes se imaginan un reinado de tres meses? Ese duró más en la ceremonia que reinando. Después viene el rey de Egipto, que el Señor pone a su pueblo en las manos del rey de Egipto, y cuando viene el rey de Egipto lo quita a él y se lo lleva cautivo, y deja a su hermano. Y a su hermano entonces viene el rey egipcio y le cambia el nombre: le quita Eliaquim y lo llama Joacim, y lo deja reinando once años.
Y termina también cautivo en Babilonia. Después viene Joaquín: tres meses y diez días. Y en ese tiempo fue suficiente para que de Joaquín se diga: “E hizo lo malo ante los ojos de Jehová”. Qué rápido.
“O sea, mi hijo, tú estás comenzando”. Tres meses y diez días fueron suficientes para que este rey se ganara el apelativo de “e hizo lo malo ante los ojos del Señor”. No, pero él tenía la maldad ya premeditada. Hermano, hasta a los gobernantes de esta tierra se les dan 100 días, que fue lo que más o menos gobernó este hombre, y en 100 días hasta la prensa entiende que cuando un presidente tiene sus primeros 100 días hay que dejarlo tranquilo porque está todavía cogiéndole el piso al asunto.
En sus primeros 100 días ya este se ganó el atributo de “e hizo lo malo ante los ojos de Jehová”. Y después vino Sedequías, que fue el último, que gobernó durante once años. Mostrando una constante decadencia. ¿Y en qué consistía el pecado? Primera cosa, era idolatría. Dejaron de adorar al Señor, se contaminaron a un punto tal que se volvieron aborrecibles, pero también dice la Escritura que cuando el Señor les mandaba profetas ellos no se humillaban.
Ellos se endurecían, eran como de cuello duro. Esa gente eran obstinados: “Nosotros estamos bien”. Endurecían su corazón. A la falta de idolatría le agregaron la falta de arrepentimiento. ¿Y qué lección aprendemos de esto, hermano? Que te vuelves más aborrecible ante Dios mientras más se te predica y menos te arrepientes. Es más aceptable quizás delante del Señor un pecador que no ha escuchado todavía directamente la predicación, que aquel al cual la profecía le está dando, le está dando, le está dando.
Hermanos, en el último momento de Israel, el ministerio profético fue más fuerte que en cualquier otro momento. Jeremías predicaba y predicaba y predicaba. Dos profetas más vinieron a hablar. Un libro completo de Jeremías, Lamentaciones, retrata ese periodo profético. La profecía aumentó cuando aumentó la maldad.
Sin ánimos, hermanos, una de las cosas por las cuales tenemos el convencimiento de que estamos en los últimos tiempos es que al día de hoy ha abundado la predicación de la palabra del Señor más que en cualquier otro momento de la historia, y así mismo abunda la maldad. En este momento de la historia nos encontramos como al borde de Israel al final de la monarquía: el hombre justificándose, los falsos maestros diciéndole a todo el mundo “ustedes están bien, no tienen que hacer nada más”, y el pueblo entregado.
Pero la maldad era generalizada. Dice que se había entregado el rey, se habían entregado los sacerdotes y se había entregado todo el pueblo. Una constante decadencia en la parte final de la monarquía.
Instrumentos de disciplina: Egipto y Babilonia
Ahora déjenme explicarles los instrumentos que el Señor utilizó, y son instrumentos altamente simbólicos. Miren, el Señor utilizó dos pueblos para disciplinar a Israel. El primer pueblo utilizado fue Egipto. ¿Y qué les recuerda a ustedes Egipto? El Señor los libertó de Egipto. “Nos hemos entregado a la idolatría, y ahora viene el rey de Egipto y nos establece tributo”. O sea, los hace vasallos de él, y al mismo tiempo él les cambia el rey y les pone rey.
¿Qué significaba el cambio de nombre? Cuando se le cambia el nombre a alguien significa: “Tú me perteneces, yo tengo dominio sobre ti”. Miren, por eso los apodos son tan odiosos. Porque cuando tú le pones un apodo a una persona, tú le estás diciendo: “Yo tengo dominio sobre ti a un punto tal que te puedo cambiar el nombre”. Por eso es tan desconsiderado ponerle un apodo a una persona, porque su nombre se lo puso su papá; es de él, su muchacho.
Y su papá lo llamó Juan; dígale Juan, no esté llamándole: “Tú eres tal cosa, tú eres lo otro”, y la gente quiere que su apodo prevalezca, porque cuando tu apodo prevalece, ese fui yo el nombre que se lo puse. Hermano, el rey de Egipto vino y al rey de Israel le cambió el nombre y él le puso el suyo. Simbólicamente está diciendo: “Tú me perteneces”.
Y hay tanta sabiduría en el Señor que el nombre que le puso… Anteriormente su nombre significaba “Dios levanta”, y saben lo que significa el nuevo nombre que le pusieron: “Jehová levanta”. Providencialmente, el Señor permitió que el rey de Egipto le mantuviera un nombre piadoso, pero en el nombre está anunciando que Jehová es el que ha permitido que el rey de Egipto esté en control del rey de Israel a un punto tal de que le ponga el nombre.
“Y si tú te sorprendes de que te ponga el nombre, fue Jehová que me levantó sobre ti”. El Señor le está diciendo: no es casualidad. Si hubiese sido casualidad, el rey de Egipto lo pone “Ra levanta”, “el sol levanta”, “el Nilo levanta”, pero ¿cómo le puso “Jehová levanta”? Con eso está diciendo: “Yo me estoy levantando contra ti, y es Jehová, el Dios verdadero, que me lo ha permitido”.
El otro pueblo que selecciona, hermanos, los caldeos, Babilonia. ¿Quiénes son estos? ¿De dónde ellos salieron? Miren, Abraham fue llamado de Ur de los caldeos. El Señor le dijo: “Sal de tu tierra y de tu parentela, y yo te llevaré a un lugar”. Cuando el Señor quiso disciplinar a su pueblo Israel, primero utilizó a Egipto para que se recordaran de su esclavitud y después lo mandó a Babilonia, al lugar del cual había salido Abraham.
“Ustedes están tan seguros de que son hijos de Abraham que por eso no los voy a castigar, pues yo los voy a mandar a ustedes para el lugar del cual yo saqué a Abraham”. Miren, este lugar era tan perverso, Ur de los caldeos, que es el mismo que eventualmente se llamó Babilonia, que Abraham, cuando estaba buscándole esposa a su hijo, mandó a su sirviente y le dijo: “Mira, júrame que tú nunca permitirás que un hijo mío vuelva a ese lugar”.
Dos instrumentos simbólicos usados por el Señor: primero Egipto, para recordarles su esclavitud; y después los caldeos, para recordarles que los está mandando al lugar donde todo comenzó. Hay un salmo donde dice: “Nos acordábamos de Sion cuando estábamos junto a los ríos de Babilonia”. Los ríos de Babilonia son los ríos Éufrates y el río Tigris, ahí comenzó la civilización. El Señor le está diciendo a esta gente: por su pecado, por su maldad, ustedes están involucionando, están caminando para atrás.
En primer lugar les he dicho: la constante decadencia en tiempo de estos reyes. En segundo lugar, los instrumentos utilizados por el Señor. Ahora déjenme resumirles el castigo.
Un juicio progresivo y una pausa de misericordia
¿En qué forma llegó el castigo? Fue progresivo y hay como una pausa en medio. No todo el castigo llegó junto, hermanos, fue progresivo. El Señor permitió que la maldad les fuera como cubriendo y después los soltó. En la primera parte del castigo miren lo que va llegando. Lo primero que el Señor permitió fue que el rey fuera quitado. Quitar al rey, hermanos, es muy simbólico. Eso significa que ya ustedes no son una nación, no tienen una cabeza que sea de ustedes.
Y al que no sea nacionalista como Israel, esto es vergonzoso. Usted escucha la historia dominicana, cuando la invasión norteamericana, ellos eran los que gobernaban, ellos eran los que disponían, y la vergüenza que eso producía porque no somos una nación libre. Así es lo que el Señor les está diciendo: “Ustedes ya no son una nación libre”. Todavía está el pueblo para que se arrepientan, no lo he borrado totalmente, no los he desplazado, pero vamos a comenzar quitándole el rey para que entiendan que ya no son una nación libre.
Pero, por otro lado, también es simbólico: “Ustedes no quisieron que yo sea rey sobre ustedes, ahora yo permito que Egipto sea su rey”. Después se llevan cautivo al rey encadenado. Bueno, simbólicamente, al que se lo llevaran encadenado, el Señor está diciendo: “Así dominado que está tu rey, esa es la verdadera condición que tienen ustedes: están encadenados”.
Personas que están aquí presentes que no tienen al Señor, sin importar tu aparente libertad, dice la Escritura que tú eres esclavo del pecado, que tú estás muerto. El Señor dramáticamente le está mandando angustias al pueblo, pero todavía no lo ha desplazado. Primero permitió que Egipto les cobrara tributo, y ahora permite que ellos vean a sus propios reyes saliendo.
Qué vergonzoso, hermano, tú ver a tu propio rey saliendo encadenado. Y en medio el Señor hace una pausa. Versículo 15. Ya se han llevado dos reyes encadenados, ya Egipto está dominando. El Señor hace una pausa, versículo 15:
Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo, y de su habitación.
— 2 Crónicas 36:15
“Ustedes ya han visto dos reyes que salen de aquí encadenados, ¿verdad? Pero aún hay tiempo, aún hay misericordia”. Jehová, el Dios de sus padres, envió constantemente. Oigan la Escritura: constantemente. Miren, el mensaje de Dios al pecador no es un mensaje aislado, no es un asunto de “a veces”. “Es que yo oí una vez…” No. Constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros, porque Él tenía misericordia. ¿Tú quieres misericordia del Señor? Aquí está. ¿Tú quieres misericordia? Aquí está la misericordia. Tú merecías que yo te desplazara hace rato, pero yo comencé quitándote el rey, sacándolo encadenado para que tú te vayas imaginando, y ahora te mando el mensajero.
Porque Él tenía misericordia de su pueblo y de su habitación. Hermano, esos dos “su” deben darle a uno ahí en el corazón: su pueblo, su habitación, su pueblo en su lugar. Él tiene misericordia de ustedes todavía. No ha llegado la destrucción tan grande. Vamos por partes, y ahora mismo han llegado dos asuntos muy simbólicos: es quitado el rey y puesto otro, y se le cambia el nombre, “ya tengo dominio sobre ustedes”; y dos reyes son llevados cautivos a Babilonia: “recuerden cuál es su verdadera situación”.
Y en medio mucho mensajero, mucho mensajero, hermano. Jeremías… uno de los problemas que tiene Jeremías es que Jeremías entendía la realidad, y cuando Jeremías se iba a la ciudad… hay un libro completo que él escribió, se llama el libro de Lamentaciones. Él lo escribió en ese momento donde veía al pueblo del Señor siendo desplazado.
Se llama Lamentaciones porque es un libro de lamentaciones, es un libro de llanto, de tristeza. El profeta se compungía por el pueblo. Y saben lo que el Señor le dijo al profeta: “Yo quisiera que ustedes sepan…”. Hay un sermón muy famoso que se llama “Pecadores en manos de un Dios airado”. Jonathan Edwards lo predicó a las colonias norteamericanas, recordándoles cuál era su condición. Se llama así mismo, Pecadores en manos de un Dios airado.
Hermano, no sé si tú has tenido la experiencia, conoces a una gente que es tan amorosa, tan bondadosa, que tú dices: “Yo no quisiera ver el lado B. Es tan cariñosa esa persona, tan… que yo no quisiera ver su lado B”. Yo quisiera enseñarles a ustedes el lado B de Dios. Quisiera que ustedes lo lean. Acompáñenme a Jeremías, capítulo 7. ¿Ustedes quieren ver lo que es el Señor justo? Su Dios en su justicia. Miren Jeremías 7, versículo 16, miren lo que es un Dios justo subido en justicia, y extrapolen esto al juicio final, cuando el Señor esté con sus santos ángeles buscando a toda la tierra.
Tú, pues, no ores por este pueblo, ni levantes por ellos clamor ni oración, ni me ruegues; porque no te oiré.
— Jeremías 7:16
El profeta amaba a su pueblo, pero se le fue prohibido que orara por su pueblo. Ahora yo entiendo a Jeremías escribiendo Lamentaciones. Hermano, qué impotencia él ver el pueblo caminando hacia los despeñaderos y no le permiten ni siquiera orar. ¿Llegará el momento en la historia en que nosotros no podremos orar por nuestros familiares? ¿Llegará el momento en la historia en que no podremos orar por nuestros amigos?
Dramáticamente, por medio de una parábola, el Señor nos habló de eso. La parábola del rico y Lázaro dice que el rico, estando en lugar de tormento, le decía al Señor: “Señor, permíteme por un momento bajar y decirle a mis familiares; permíteme salir”. Y no se le permitía.
Este es un Dios airado, un Dios que hasta la cosa más básica que uno hace… El Dios mismo nos pide a nosotros que oremos por nuestros enemigos, dice: “Ahora oren por sus enemigos, para que sean hijos de su Padre”. En este momento el Señor impide la oración. Miren, Moisés vivía constantemente diciéndole: “Señor, no los destruyas”. El Señor le decía: “Vamos a destruir este pueblo, déjame un momento, Moisés, vamos a destruirlo, y vamos a hacer un pueblo nuevo”. Y Moisés: “Señor, por amor a tu nombre no los destruyas, no vaya a ser que los pueblos circundantes entiendan…”.
“…que tengan una visión distorsionada de quién es el Dios de Israel. Déjalos ahí”. Miren conmigo Jeremías 15:1. Dice el capítulo 15, versículo 1: primero el Señor en el 7 le prohíbe orar; hermano, el castigo del Señor y su promesa de castigo es tan fiel, que miren lo que dice el 15:1:
Me dijo Jehová: Aunque Moisés y Samuel se pusieran delante de mí, no estaría mi voluntad con este pueblo; échalos de mi presencia, y salgan.
— Jeremías 15:1
Ay, hermanos queridos, ¿usted sabe lo que es el Dios que hizo ese pueblo diciéndoles: “Échalos de mi presencia y salgan”? Y si te preguntaran: “¿Adónde saldremos?”, les dirás:
Así ha dicho Jehová: El que a muerte, a muerte; el que a espada, a espada; y el que a hambre, a hambre; y el que a cautiverio, a cautiverio.
— Jeremías 15:2
Si aquí hay alguno de mis amigos que todavía está esperando que al final del tiempo aparezca un Dios benevolente, diciendo: “Todas estas cosas eran como un gran ensayo, pero vamos a parar todo esto ahí, y ahora que venga todo el que quiera, ya todo terminó, el infierno no existe, el castigo no es verdadero”… Llegó un momento en que el Señor, a su propio pueblo Israel, un pueblo que Él lo “parió”, y Él les dijo: “Yo los reuní a ustedes como la gallina que sale a buscar sus polluelos”, el Señor prohibió que los profetas oraran por Israel.
Y les dijo que ni aun Moisés o Samuel, si intercedieran, cambiaría el castigo. La risa de Sedequías, cuando Jeremías se lo decía… Entonces, lo primero, lo acusaban de que él estaba conspirando contra el pueblo, lo meten preso. Cuando está preso, entonces después le dicen: “Denle pan ahí para que no se muera de hambre, hasta que el pan se acabe por la ciudad”. Ellos esperaban, eran tan malos, otra gente, que cuando apresaron a Jeremías dijeron: “Vamos a darle pan, pero díganle que él va a comer pan hasta que se acabe el pan en la ciudad sitiada, hasta que se acabe el pan que hay en la ciudad”.
Ellos entendían que cuando al profeta le diera hambre, iba a interceder por ellos ante el Señor. Jeremías les dijo: “Yo me voy a morir con todos ustedes aquí”. Y realmente sucedió así. Al final, hasta Jeremías se fue con ellos.
Hermano, esta pausa es una pausa de predicación, es una pausa de exhortación, es una pausa de arrepentimiento, es una pausa para decirle a la gente: miren, el Señor ya ha dado parte, y es verdad, hermano. La creación gime, dice la Escritura, con dolores de parto. La creación gime, dice la Escritura. ¿Por qué el Señor no acelera más rápidamente su paso? Por misericordia, es lo único que podemos encontrar. Pero cuando el Señor detenga la oración, cuando el Señor detenga el arrepentimiento, será un asunto definitivo.
“No hubo ya remedio”: cierre de la puerta y destrucción del templo
El pueblo no se arrepintió. Dice así mismo Crónicas:
Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.
— 2 Crónicas 36:16
Lo que sucede hoy. El Señor mandó profetas, la gente se burla de eso. ¿Quién predica ahora mismo a un pueblo entregado al hedonismo? El que le predica a ese pueblo el arrepentimiento es un enemigo: “Tú estás en contra de mi placer, tú estás en contra de mi comodidad, tú estás en contra de mi progreso, tú estás en contra de mi buena vida”. Ya han cambiado la verdad de Dios por la mentira.
Mas ellos hacían escarnio de los mensajeros de Dios y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, hermano. Miren esa palabra: “y no hubo ya remedio”.
Hay cualquier persona, cualquier persona que esté aquí y que no tenga la plena certidumbre de fe de que se ha arrepentido con sinceridad del corazón, está corriendo un grave peligro. Y seríamos nosotros, como iglesia, irresponsables si no le dijéramos al pecador que tarde o temprano se va a cerrar la puerta, que tarde o temprano… Miren, uno ahora mismo puede orar por sus amigos; yo oro por mis amigos, yo oro, clamo por ellos. Pero va a llegar un momento en que no podré orar por ti.
Yo oro por mis familiares no creyentes, pero va a llegar un momento en que no podré orar. Yo espero que procedan al arrepentimiento, pero llegará un momento en que va a ser el punto de no retorno. Cuando diga Jehová: “Ya no hubo remedio, se dañó todo, todo se perdió”.
Hermano, cuando esto sucedió, que se cerró la puerta, entonces vinieron y lo primero que hicieron fue que quemaron el templo. Y yo me pregunto: “Señor, pero el templo es el símbolo de tu presencia”. Miren, no se lleven de eso, que el Señor no está limitado a un templo. Israel entendía que eso era un asunto imposible, que el Señor permitiera que se quemara su santo templo: “Nunca tal cosa acontezca, el Señor nunca permitirá que se queme su templo”. Lo primero que mandó el Señor fue a quemar el templo, para darle a entender a ellos que su identidad espiritual se había perdido, que ya Él no era el Dios de ese pueblo; estaban sueltos.
Lo primero que mandó el Señor fue a saquear el templo, que se llevaran las cosas del templo, todos los utensilios, y después que lo quemaran. Después derrumbó el muro. Había dos símbolos importantes que todavía ellos tenían. ¿Por qué pelea Israel en este tiempo? Por lo mismo: por su templo y por su muro.
Vayan a Israel nacional y todavía esa gente van al Muro de los Lamentos a llorar y a llorar y a llorar su muro. Y todavía están esperando que ahí donde está esa mezquita, ahí es que debe estar el templo del Señor: “El templo del Señor, el templo del Señor”. El Señor mismo fue que derribó ese templo. El Señor mismo fue que derribó esos muros.
Miren, la iglesia al final, en victoria, será quitada de la tierra. Dice 2 Tesalonicenses que ahora mismo lo que detiene la gran tribulación… Hay algo que lo detiene, y eso que lo detiene es que todavía su iglesia está sobre esta tierra. Pero eventualmente el Señor va a quitar su presencia, va a quitar la predicación, va a quitar el clamor, y los hombres quedarán expuestos a su propio destino.
Derribaron el muro. El muro significaba su identidad, su seguridad. El muro, hermanos. Todavía ellos, después, estaban en la diáspora y decían: “Ay, los muros están destruidos”. Este era el clamor de Nehemías. Nehemías decía, allá en el destierro: “Es que yo he sabido por los que vienen de allá de la provincia, que nos dicen que el templo está en ruinas y el muro destruido”. El muro y el templo. El Señor está destruyendo espiritualmente y nacionalmente a Israel, y es Dios mismo que lo hace.
“Señor, pero Israel es tu pueblo; ese es tu templo, ten misericordia, ten misericordia”. Ya tuvo misericordia. ¿No han escuchado ustedes al impío que dice: “Nosotros todos somos hijos de Dios, Él nos ama a todos porque Él es amor”? No, no es suficiente.
Y al pueblo que quedó entonces se lo llevaron cautivos. Miren con qué nivel, hermano… A la gente le parece algo imposible que un Dios amoroso queme. Dice en el libro de Apocalipsis que al final toda esta tierra será destruida con fuego. Si a usted le parece eso muy drástico, miren aquí lo que dice el versículo 17:
Por lo cual trajo contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, sin perdonar joven ni doncella, anciano ni decrépito; todos los entregó en sus manos.
— 2 Crónicas 36:17
La gente se refugiaba en el santuario. Agustín narra, en la historia de la iglesia, cuando cayó la ciudad, que la gente se refugiaba en el santuario, y en el santuario los mataban.
“Sin perdonar a joven ni doncella”. “Señor, pero cómo va a ser, ¿hasta la juventud tú vas a permitir que se queme, hasta las jovencitas?”. Miren, aquí hay una expresión que a mí me parece curiosa, que dice: “ni anciano ni decrépito”. Hermano, ahí ni a los viejos ya medio acabados se salvaron.
Hermano, eso es lo que le espera a un pueblo que escucha la predicación de la palabra del Señor y, en vez de proceder al arrepentimiento, mantiene su obstinación. Hay gente que piensa que es bueno haber sido muy predicado. Eso no es bueno. Eso lo que hace es que agrava la ira del Señor mientras más tú escuchas la predicación de la palabra del Señor sin tomar una decisión por Cristo; serás más aborrecible a su presencia.
Mayor luz, mayor responsabilidad y la advertencia final
La gente piensa que está haciendo algo positivo y dice: “No, yo vengo a la iglesia y escucho, a mí me gusta, como cristiano me parece que eso es bueno, porque yo espero que en un momento u otro, con un giro y otro de la predicación, proceda al arrepentimiento”. Pero lo que tú estás haciendo es aumentando la ira de Dios sobre ti mientras más tú escuchas. Eso que dicen de que “el que menos sabe, menos golpe lleva”, parece que tiene su origen en lo que dice la Escritura: que a los que sin ley pecaron, sin ley serán juzgados. Dice la Escritura que al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado.
Gente que asume una pasividad y dice… Hay gente que tiene años y años escuchando la predicación, a un punto tal que parecen cristianos. Dicen: “No, ya yo conozco, ya yo conozco de la palabra”. Y tú le preguntas: “¿Y tú procediste al arrepentimiento?”. “No, pero yo conozco de la palabra”. Hay gente que podría estar predicando al día de hoy los sermones que necesitan. Han escuchado tanto la predicación, tanto la predicación, que ellos podrían hoy estar aquí predicando el sermón que ellos mismos necesitan.
Y Jehová el Dios de sus padres envió constantemente palabra a ellos por medio de sus mensajeros…
— 2 Crónicas 36:15
Hay gente que ya conoce la Escritura, que ya conoce la predicación. ¿Qué es lo que falta? Lo que falta es que no menosprecies sus palabras, que no te burles de los profetas, que no hagas escarnio de los mensajeros, que no te obstines, que no endurezcas tu corazón. Y si no lo haces a tiempo, Él traerá contra ti juicio, como trajo contra ellos al rey de los caldeos, que mató a espada a sus jóvenes en la casa de su santuario, sin perdonar joven ni doncella, anciano ni decrépito; todos los entregó en sus manos.
Asimismo, todos los utensilios de la casa de Dios… Aguánteme una pausa aquí, hermanos. Miren, el Señor permitió que sus utensilios se los llevaran, porque con esto le estaba diciendo a Israel: “Yo no estoy limitado a ese templo físico, mi presencia se puede ir de ahí”. Esto tiene una lección, porque eventualmente, cuando esos instrumentos llegaron a estar en la casa de los dioses de Babilonia y apareció un rey de ellos, el Señor obró un castigo que daba una lección.
El Señor estaba utilizando a los caldeos para disciplinar a Israel, pero no es que los caldeos eran buenos. Se volvieron locos los caldeos y entendieron que eran tan buenos que podían hasta envanecerse contra Dios, y apareció uno de ellos que estaba bebiendo y mandó a buscar los vasos del Señor, los mismos vasos que el Señor había permitido que se los llevaran. Pero siguieron de largo, hermano. Él dijo: “No, no es que nosotros somos buenos y podemos hasta beber en los vasos del Señor”. Cuando estaba bebiendo, Belsasar mandó a buscar los vasos y dijo: “Tráiganme ahora los vasos, aquellos que trajimos del templo de Jehová”. Hermano, cuando trajo esos vasos, vino el Señor y lo mató. Castigo vino sobre él.
Con esto les estoy diciendo que el Señor permite que el impío actúe, pero no que se lo apruebe. No es que el Señor estaba a gusto en que el malvado… Él estaba dando una lección espiritual, y cuando el malvado quiso seguir de largo, a los edomitas, por ejemplo, los edomitas dice que hicieron cumpleaños cuando vieron que Israel fue desterrado. Un cumpleaños hicieron, y el Señor los castigó a ellos. Les mandó un profeta y les dijo: “Esos eran familiares de ustedes, y en vez de ustedes llorar, lo que debieron haber hecho era estar llorando con ellos”.
Hay una lección aquí para la iglesia. Hay gente, hermano, que yo siento que tiene como un deseíto de que el Señor se lleve a los malvados, que le dejan ver a todo el mundo: “Es más que yo…”. Yo pienso que hay gente que, cuando llegue la destrucción final, va a estar como celebrando: “Es bueno, dale más fuego a ese, Señor, quémale otro a ese”. Hermano, ten cuidado. El castigo de Edom vino porque cuando vio la destrucción de Israel, en vez de sufrirla, se alegró.
Es más, nosotros advertimos al malvado de su destino, pero tampoco es que debemos cogerle el gusto a eso y cultivar eso en nuestro corazón, diciendo: “No te preocupes, que a ti te va a llegar tu hora, a ti te veré yo”. No, hermano, ten cuidado, porque ese fue el castigo de Edom. Recuérdate: el castigo es un castigo que Dios soberanamente permitió, pero no porque tú o ellos sean más buenos.
Termino en esto, hermano. Dice que la tierra descansó de este pueblo:
…para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, hasta que la tierra hubo gozado de reposo; porque todo el tiempo de su asolamiento reposó, hasta que los setenta años fueron cumplidos.
— 2 Crónicas 36:21
La mayoría de los comentaristas concuerdan en que lo que había sucedido es que la tierra, cada siete años, había que darle reposo, y esta gente seguían de largo, seguían trabajando cuando había que reposar. Pero sin ánimo de extender esto más allá de lo que es saludable, a mí me parece que la tierra descansó de su maldad. No estaba bueno ya ese lugar en ese punto geográfico. Como pasaba en Sodoma; ¿por qué Sodoma y Gomorra? Porque en ese punto geográfico el hedor de la maldad llegaba a un punto delante del Señor que el Señor desbarató eso.
Durante 70 años esa tierra fue dejada desierta, y esto también es providencial, porque los caldeos no acostumbraban a dejar los terrenos vacíos, sino que cada terreno que ellos conquistaban asentaban a alguien. Durante 70 años el lugar fue dejado en claro. El Señor dio un anuncio dramático de cómo es que Él juzga el pecado.
Aplicación a la iglesia: santidad y urgencia del arrepentimiento
Quise haber cerrado, humanamente hablando, esta serie de sermones sobre la monarquía de manera alegre, hermano, pero esto no termina alegre. Termina con una fuerte advertencia. Me refiero ahora a mi iglesia: que tú seas un creyente, que tú conozcas los caminos del Señor y tengas una nueva posición delante del Señor, no debe ser eso excusa o argumento para no vivir una vida en santidad.
Que el Señor te haya llamado de tus pecados y te haya pasado de las tinieblas a la luz no es razón para que te comportes desordenadamente. Si el Señor no perdonó a su pueblo Israel, ¿qué será de ti? El argumento de los judíos era el mismo argumento que utilizan al día de hoy muchos cristianos: “Nosotros somos el gran pueblo del Señor, somos hijos de Abraham, el Señor no permitirá que su promesa caiga por el suelo a pesar de nosotros, el Señor tendrá misericordia”. Te puede sorprender al final del tiempo caminando hacia la destrucción con ese gran grupo.
Hermano que estás aquí, a los santos del Señor, llamados a ser santos, dos veces: santos por posición y santos también por cultivar la devoción. Quiero animar a mi iglesia a que salga de la pasividad, a que reciba la reprensión, a que cuide sus pasos. No basta con ser el pueblo del Señor, hay que ser el pueblo del Señor haciendo la voluntad de su Señor.
Cierro estos momentos; oro por cualquier persona. Qué bueno que tenemos la buena noticia de que ya Edgar, después de escuchar la predicación del evangelio, resolvió arrepentirse ante el Señor y hacer la voluntad de su Padre, que no esperó un domingo más para que esto suceda. Quiero hacer un llamado a las personas que están aquí presentes, que han escuchado la predicación de la palabra del Señor y, por una razón o por la otra, han procedido del mismo modo que procedieron los reyes de Israel.
El que no escatimó ni a su propio Hijo, si el Dios justo llevó a su Hijo a la cruz, ¿adónde no te llevará a ti? Si acaso has escuchado hoy la predicación, si el Señor, tal como le pedimos al principio, te ha permitido entender, es de esperar que el Señor también te dé las fuerzas para obedecer. Si tú tienes la intención en este momento de arrepentirte, aunque te parezca muy difícil…
La razón por la cual no se arrepintió Sedequías fue porque no quería tirarse el pueblo en contra, a pesar de que él había entendido. Le pedía al profeta, le decía: “Profeta, no le digas al pueblo lo que tú me has dicho a mí. Yo sé que voy a ser destruido, pero no se lo digas a ellos”.
Si tú has escuchado la predicación de la palabra del Señor, dice la Escritura:
Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.
— Hechos 3:19
Es tan sencillo como que con sinceridad resuelvas en tu corazón hacer la voluntad del Señor, y no solamente llamarte de nombre. Dile: “Perdona, Señor, mi pecado, perdona mi necedad. He sido sobrepredicado y no me había arrepentido. Ya yo conocía lo que es bueno y no lo había hecho. Te pido que perdones mis pecados. Apelo en este momento, en este paréntesis de gracia, del mismo modo que tú mandaste paréntesis al antiguo Israel. Apelo hoy a ese paréntesis; te pido que me perdones y que me recibas”.
Arrepentíos y convertíos para que sean borrados vuestros pecados. Dice la Escritura que cualquier persona que pone en Cristo su confianza, lo que debe hacer inmediatamente es convertirse, arrepentirse y bautizarse. El bautismo significa dramáticamente que has resuelto en tu vida hacer la voluntad del Señor.
Oro ahora por mi iglesia local. Hermano, no te confíes. Tu Dios es un Dios celoso. El que te compró a precio de sangre espera que tú valores la sangre de Cristo, que disciernas el cuerpo y la sangre, que entiendas lo que ha sucedido por ti. No te confíes, hermano, no confíes solamente en tu posición. Sabemos que no es justo ni aun uno, sabemos que todos nos descarriamos como ovejas, sabemos que Abogado tenemos para que nos defienda. Hermano, pero no le pongas a tu Abogado el caso demasiado difícil.
Confía en que el Señor te ayudará a hacer su voluntad. Confía en que el Señor perdonará tus pecados. Confía en que si tu intención es hacerla, Él pondrá el querer como el hacer por su buena voluntad. Pero no descanses en una falsa seguridad. Recibe la advertencia, hermano: tarde o temprano los cimientos de la tierra serán consumidos. Descenderá del cielo una nueva ciudad en la cual prevalecerá la voluntad del Señor, en la cual habitarán los justos.
Oro por todos los aquí presentes. Gracias, Padre, por esta serie de enseñanzas sobre la monarquía en Israel. Gracias porque habla fuerte a nosotros sobre nuestra propia necesidad. Permite, Padre, que el ejemplo del pasado se convierta en santidad para el presente y en seguridad para el futuro, para la gloria tuya. En Jesús, amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les guarde. Nos vemos el próximo miércoles para nuestro culto de estudio bíblico.