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El peligroso punto medio

Apocalipsis 3:14-22

Un recorrido por las siete cartas de Cristo glorificado a las iglesias de Asia para detenerse en Laodicea: la tibieza es el peor lugar donde estar delante de Dios, porque da la sensación de estar bien mientras se pierde todo, y aun así el Señor sigue tocando la puerta.

Predicado14 de octubre de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Acompáñame en el libro de Apocalipsis. Estaremos hoy hablando acerca de las cartas que envió Cristo ya glorificado a las siete iglesias de Asia Menor a través del apóstol Juan. Es la primera parte del libro, que son los capítulos 1, 2 y 3. Quiero hablar de estas cartas que fueron siete, pero quiero hablar de una específicamente: la carta que le envió el Señor a la iglesia que estaba en una ciudad pequeña llamada Laodicea. Para que podamos entender el contexto, leeremos de refilón y de manera rápida todas las cartas, desde la primera; y cuando lleguemos a la última, que es la carta del Señor a la iglesia de Laodicea, entonces hacemos una pausa y la vemos más detenidamente.

Comencemos en el libro de Apocalipsis desde el capítulo 1 y hasta el capítulo 3. El título del libro significa revelación, y hay personas que piensan que este libro es un libro misterioso, que se presta a eso. Hay personas que piensan que es imposible de entender, que es un libro que está lleno de misterios. Ciertamente tiene un lenguaje simbólico, pero que tenga un lenguaje simbólico no significa que sea un libro imposible. Si acaso fuera imposible, entonces el Señor no hubiese permitido que estuviera incluido en el canon de las Escrituras para que nosotros podamos leerlo y entenderlo. No es la voluntad del Señor confundir a nadie; no es la voluntad del Señor que la gente lea la Biblia y se quede con los ojos grandes. Ahora, sí es la voluntad del Señor que nosotros hagamos un poco de ejercicio. Así como la Escritura a veces nos habla con un lenguaje narrativo, en otras ocasiones nos habla por medio de un lenguaje simbólico. No significa que sea imposible de interpretar o de entender; significa que requiere un esfuerzo.

Así como cuando usted va a estudiar álgebra usted se esfuerza especialmente, porque no está hablando de aritmética, lo mismo cuando se va a leer la literatura apocalíptica. Hay que tener una disposición especial para apropiarse del significado que allí está. Pero no es este un libro oscuro, no es un libro imposible, no es un libro de misterios: es un libro simbólico que tiene mensajes muy relevantes para la iglesia del Señor.

Comenzamos desde el principio. Voy a leerlo rápido, desde el capítulo 1 y hasta el capítulo 3. Dice así la palabra del Señor:

La revelación de Jesucristo, que Dios le dio para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.

Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros, del que es y que era y que ha de venir, y de los siete espíritus que están delante de su trono; y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre, y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre; a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén. He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso.

— Apocalipsis 1:1-8

El Cristo glorificado en medio de los candeleros

Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación, en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo. Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta, que decía: Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo a las siete iglesias que están en Asia: a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea.

— Apocalipsis 1:9-11

Ahí no está el lenguaje simbólico, hermano. Lo que pasa es que son ciudades antiguas. Todas estas son ciudades que existieron, y que al día de hoy ustedes podrían buscar sus ruinas y también podrían buscar qué ciudad contemporánea está ahora en el lugar de aquella ciudad antigua. Eran siete ciudades dispersas que estaban en un radio de quizás 150 kilómetros, y a estas iglesias el Señor envió siete cartas específicas.

Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto, vi siete candeleros de oro, y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos como llama de fuego; y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza.

— Apocalipsis 1:12-16

¿Qué diferencia al Cristo que aparece en Apocalipsis del Cristo de los evangelios? Este Cristo ya no es el Cristo sufriente que estaba revestido con vestiduras humildes; ya es un Cristo glorificado a la diestra del Padre. Y qué Cristo más sorprendente: este es un Cristo lleno de poder, lleno de gloria. Hay personas que se quedaron solamente en el Cristo de la cruz; veamos ahora un Cristo ya glorificado, que aparece en toda su dignidad. Es un Cristo muy distinto al Cristo que está sobre la cruz. Es un Cristo que está ahora en su majestuosidad; dice que era resplandeciente.

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.

— Apocalipsis 1:17-18

No solamente se veía distinto, sino que también hablaba distinto. Ya no era solamente el Cristo humilde que daba consejos; ahora es el Cristo que está lleno de su gloria, y dice que su palabra era tan fuerte que parecía que de su boca salía una espada, o sea, como que su palabra penetraba hasta lo profundo del ser.

Candeleros y estrellas: qué significan los símbolos

Escribe las cosas que has visto, y las que son, y las que han de ser después de estas. El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias.

— Apocalipsis 1:19-20

Me detengo aquí un momento para explicar el simbolismo. Las iglesias estaban representadas por medio de candeleros. Un candelero ustedes quizás lo conocen: es una manera de iluminar en la cual se ponen encima de un objeto diferentes velas. Un candelero podría tener siete velas, un candelero podría tener doce velas, y era una manera de que la luz fuera todavía más refulgente. En vez de tener una sola luz en una sola vela, que daba una luz discreta, se disponían muchas velas sobre un candelero y la luz era todavía más refulgente. Era una manera de iluminar en la antigüedad, cuando no existían lámparas eléctricas poderosas como las que tenemos hoy.

Cada iglesia de Asia el Señor, en su simbolismo, la representó por medio de un candelero. Y a cada pastor de esa iglesia, a cada mensajero de esa iglesia, el Señor lo representó con dos símbolos. Uno es una estrella: las estrellas eran utilizadas para fines de orientación, y está diciendo el Señor en su simbolismo: «aquel que puse para orientación en la iglesia». Y también utiliza el término de ángel. No es que tenían alas, no es que eran seres angelicales, sino que eran mensajeros del Señor e instrumentos del Señor. En el vocabulario apocalíptico, las iglesias son representadas por medio de candeleros, y los pastores, líderes u obispos de estas congregaciones son representados por medio de estrellas y por medio de ángeles, o sea, mensajeros e instrumentos de orientación.

Nos movemos ahora a los mensajes específicos. El Señor le va a decir al ángel de la iglesia de Éfeso que le escribe «el que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro». O sea, aplicando el simbolismo: el que se ha estado moviendo entre las iglesias, el que tiene los mensajeros de su iglesia a su diestra, yo mismo les escribo esto. El Señor de algún modo anuncia que la vida en las diferentes congregaciones no es ajena para él, sino que él mismo está entre los siete candeleros y él mismo tiene a los ángeles, a las estrellas de estas iglesias, a su diestra.

De algún modo esto también debería ser un mensaje de celebración para nosotros: el saber que el Señor no solamente mantiene el candelero iluminado y mantiene la iglesia dando luz al mundo, sino que el Señor también se pasea en medio de sus iglesias, y que el Señor tiene el liderazgo de una iglesia —dice que lo tiene a su diestra, dice que lo tiene en su mano.

Las cartas a Éfeso, Esmirna y Pérgamo

Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.

— Apocalipsis 2:1-4

Parece que esta iglesia era una iglesia muy activa en defender la fe, en probar a las personas a ver si eran ministros genuinos, pero al mismo tiempo era una iglesia muy poco devocional. Era una iglesia que dice que había perdido este enamoramiento inicial que había tenido con su Señor.

Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.

— Apocalipsis 2:5-7

Nos movemos al segundo mensaje. El primer mensaje fue a la iglesia de Éfeso; el segundo mensaje, a la iglesia de Esmirna.

Y escribe al ángel de la iglesia en Esmirna: El primero y el postrero, el que estuvo muerto y vivió, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu tribulación, y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás.

— Apocalipsis 2:8-9

No temas en nada lo que vas a padecer. He aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel, para que seáis probados, y tendréis tribulación por diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte.

— Apocalipsis 2:10-11

Segundo mensaje, este va para la iglesia de Esmirna. Movámonos al tercer mensaje, la tercera carta, el mensaje a Pérgamo.

Y escribe al ángel de la iglesia en Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto: Yo conozco tus obras, y dónde moras, donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre, y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás.

— Apocalipsis 2:12-13

Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas a los ídolos, y a cometer fornicación. Y también tienes a los que retienen la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco. Por tanto, arrepiéntete; pues si no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada de mi boca. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.

— Apocalipsis 2:14-17

Balaam eran las personas que se alquilaban por dinero, la persona que requería dinero para predicar la palabra.

Tiatira, Sardis y Filadelfia

Pasamos al siguiente mensaje, el mensaje a la iglesia de Tiatira.

Y escribe al ángel de la iglesia en Tiatira: El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego, y pies semejantes al bronce bruñido, dice esto: Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras. Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que toleras que esa mujer Jezabel, que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar y a comer cosas sacrificadas a los ídolos. Y le he dado tiempo para que se arrepienta, pero no quiere arrepentirse de su fornicación. He aquí, yo la arrojo en cama, y en gran tribulación a los que con ella adulteran, si no se arrepienten de las obras de ella; y a sus hijos heriré de muerte.

— Apocalipsis 2:18-23

Y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la mente y el corazón; y os daré a cada uno según vuestras obras. Pero a vosotros y a los demás que están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No os impondré otra carga.

— Apocalipsis 2:23-24

Esta carta de algún modo nos dice que el Señor ve la vida de la iglesia y la pasión que tiene la iglesia por la santidad; pero a pesar de que él tiene una imagen global de la iglesia, también él conoce nuestros corazones individuales. Hay personas que tienen cierto temor porque piensan: «mira, en la iglesia donde yo me estoy congregando tal persona está participando en tal cosa». Ciertamente todos deberíamos tener preocupación por eso, pero también de algún modo descansa el saber que el Señor ve en nuestros corazones de manera individual. Pero la carta a la cual yo he venido a predicar hoy tampoco es esta. Seguimos avanzando un poco más.

Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

— Apocalipsis 2:26-29

Mensaje a la iglesia de Sardis.

Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto.

— Apocalipsis 3:1

Hermano, este parece el mensaje más triste que el Señor le dio a todas las iglesias que había en Asia. Él le dice que tenía nombre de que estaba viva, pero que estaba muerta.

Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios. Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas. El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

— Apocalipsis 3:2-6

Penúltimo mensaje.

Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre: Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.

— Apocalipsis 3:7-8

De toda la carta, Armando, este es el mayor elogio.

He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado. Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra. He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

— Apocalipsis 3:9-13

La carta a Laodicea

Y aquí llegué, mi hermano; aquí quería llegar. Toda esta carta que hemos leído para llegar a la última, que es la carta a la iglesia de Laodicea, que me parece que es la carta más relevante dado el estado de la iglesia hoy, no solamente en Santo Domingo, sino en diferentes otras partes del mundo.

Y escribe al ángel de la iglesia en Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el principio de la creación de Dios, dice esto: Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.

— Apocalipsis 3:14-18

Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:19-20

Me detengo aquí un momento. Es la última carta a las iglesias. Quiero hacer un resumen rápido, hermano, porque la verdad es que uno recibe los mensajes y los va pasando rápido, pero yo me imagino que cada una de estas iglesias recibió la suya con temor y temblor. Yo imagino que cada iglesia, hermano, cuando le llegó su carta personal, su carta directa del Señor, la recibió temblando y la recibió con mucha expectativa.

Primera lección: la carta llega al líder

A vuelo de pájaro le diré algunas cosas que son lecciones generales que aprendemos de las diferentes cartas a las siete iglesias. La primera lección, hermano, a mí me toca de cerca: es que el Señor envió esas cartas directamente a la iglesia, pero hablándole personalmente al líder que el Señor había puesto en cada iglesia. Eran cartas para las iglesias, pero el Señor se las remitió directamente al pastor, al obispo, al anciano que él mismo había depositado allí. No solamente le dice que tenía el liderazgo de la iglesia en su mano derecha, sino que le dice: esta carta va para la iglesia, y si es una reprensión, coge tú inicialmente la reprensión como si fuera para ti y después dársela a la iglesia; y si acaso es un elogio, coge tú el elogio como si fuera para ti y después comparte el elogio con la iglesia.

Eso a mí me toca de cerca como pastor de esta congregación. Miren: el clima de una iglesia de algún modo es el clima que el liderazgo de esa iglesia tiene en su corazón. De algún modo, el estado del evangelio en una congregación en gran medida se debe al estado de cómo está el evangelio en el corazón del líder que el Señor ha puesto allí. Es un asunto que se ha hecho evidente a través de la historia: iglesias que tienen un liderazgo carnal terminan siendo congregaciones de gente carnal; iglesias que tienen un liderazgo devoto y espiritual terminan siendo iglesias devotas. Al parecer el Señor le escribió directamente al ángel, a su mensajero de su iglesia, a su instrumento en su iglesia, porque el clima de la congregación en gran medida es el clima del liderazgo que esta congregación pueda tener.

El candelero: la luz que se enciende junta

Por otro lado, me llama la atención que al líder de la iglesia le llama ángel y a la congregación le llama candelero. De algún modo nos anuncia que hay veces, Armando, que la luz de una iglesia está como a medias. Uno alumbra mucho, pero a veces queda un chin. En una iglesia uno ve la llama medio apagada. A veces el Señor tiene una pequeña velita, así que su llama como que se está yendo de lado, y a través de esa pequeña velita podría ser que el Señor en su misericordia vuelva a lograr que el candelero completo encienda.

Nos dice esto que las iglesias tienen diferentes temporadas. El candelero, hermano, a veces está encendido en todo su potencial, y a veces todas las pequeñas llamas del candelero logran hacer una luz refulgente y alumbrar al mundo con claridad. Y a veces la luz de la iglesia está como medio apagada, así que hay una velita aquí y una velita allá. Te estoy diciendo esto, hermano, porque muchas veces la iglesia tiene tiempos de sombras. Muchas veces la congregación se nota como apagada, muchas veces las velas han sido disminuidas, pero el Señor en su misericordia puede hacer que la iglesia brille de nuevo en todo su esplendor. Y nuestra oración como miembros de la iglesia debe ser: «Señor, permite que mi luz alumbre, pero, Señor, permite que también alumbre la luz de mi hermano, y permite que todos nosotros, cuando brillemos juntos, entonces seamos luz al mundo».

El hecho de que la iglesia sea candelero y no vela debe darnos esperanza. El hecho de que la iglesia sea candelero y no vela debe darnos motivación. Quiere el Señor que la iglesia PezMundial no sean unas cuantas velitas encendidas, sino que sea una luz, hermano, que alumbre a Santo Domingo y que la luz llegue a todas partes.

El cristianismo no es un asunto individual

Por otro lado, las iglesias recibieron la carta en plural. Y esto se opone al individualismo con que se ha querido vivir la vida cristiana en los últimos años. La gente ha creído que el cristianismo es una religión individual, pero no es así. Lo que es individual es tu salvación; pero inmediatamente has sido salvo de manera individual, el Señor espera que tu salvación se exprese de manera plural. A pesar de que en cada iglesia sospecho que había luces encendidas, el Señor envió la reprensión completa para la iglesia completa, y el Señor envió el elogio completo para la iglesia completa.

Esto debe llamarnos la atención. Debe llamarnos a que no solamente veamos nuestra propia salvación, sino que también cuidemos el estado de nuestra iglesia. ¿Cuántas personas quizás has visto tú que son parte de tu congregación y su luz está tambaleante, pero tú piensas: «mi luz está encendida y el Señor me recompensará a mí»? No digamos que eso está del todo mal, pero diré, hermano, que es mejor aspirar a que no solamente alumbre tu luz en la iglesia, sino que la iglesia completa, como candelero, esté ardiendo delante del Señor. Que entendamos que al cristianismo todos nosotros llegamos de manera personal, pero que el Señor anhela que, como somos un candelero, nosotros brillemos de manera conjunta. Que no solamente te preocupes por tu estado personal, sino también que te preocupes por el estado de tu hermano, y si acaso tu hermano perdió la llama, que tú, con misericordia, te acerques a él y permitas que su luz alumbre nuevamente.

Cada iglesia con su necesidad, y ninguna sin salida

¿Qué otra cosa aprendemos de esto? Aprendemos que las iglesias, aunque estaban en un radio de 150 kilómetros, cada una de las siete tenía necesidades y fortalezas muy variadas. La gente habla de la iglesia como si la iglesia fuera una sola cosa, y ciertamente es una sola cosa, pero con diferentes necesidades. La iglesia de Laodicea no tenía la misma necesidad que tenía la iglesia de Sardis. La iglesia de Sardis no tenía la misma fortaleza que tenía la iglesia de Filadelfia. Cada una de las iglesias estaba en su momento particular, pero en su momento particular el Señor en su misericordia se movía en medio de ese candelero.

Algo que veo también, hermano, alrededor de los mensajes generales para cada una de las iglesias, es que la intención que había en el Señor en cada una no era destrucción. Han visto que el Señor a cada una de nuestras iglesias le decía «arrepiéntete»; el Señor a otra iglesia le decía «mira, vuélvete atrás»; a otra le dijo «vuelve a hacer tus primeras obras». Qué diferente es el Señor, Armando, cuando se refiere a la iglesia, y qué diferentes somos nosotros cuando nos referimos a nuestros hermanos. Yo mismo a veces le he perdido la expectativa a determinadas velas. Yo a veces he perdido la esperanza de que ahí vuelva a salir luz. Personas que yo he visto así inmersas en su oscuridad, y yo como que ya perdí la expectativa de que esa luz fuera a alumbrar nuevamente. Pero el Señor le dice a cada vela del candelero: «vuelve a hacer tus primeras obras». Él le dice: «arrepiéntete». Él le dice: «suelta eso». Él le dice: «no permanezcas en tu pecado». Tan misericordioso es el Señor, que en esta carta de advertencia él también, junto con la reprensión, da también la salida.

Miren, la intención que debemos tener nosotros como iglesia no es perder ninguna luz. Hago una pausita. Ciertamente dijo Cristo ya glorificado: si no se arrepienten, borraré su candelero. O sea, no me llevaré solamente la vela, sino que el candelero completo será borrado. Y en la historia de la iglesia de Cristo hemos visto iglesias que asimismo han sido borradas de la faz de la tierra: congregaciones que se levantaron y dieron un poco de luz, y después fueron derribadas a un punto tal que solamente hubo que barrer lo que allí quedó.

Debe ser nuestra intención, lo primero, que toda luz de nuestra iglesia alumbre; y lo segundo, que el candelero nunca sea quitado de Santo Domingo. Le decía yo a los hermanos hoy en el taller de membresía lo mismo que le hemos dicho a cada uno de ustedes cuando comenzamos el trabajo en esta congregación: anhelamos que esta iglesia sirva por más de una generación. Es el deseo del corazón de mucha gente aquí que esta pueda ser no solamente la iglesia nuestra, sino la iglesia de nuestros hijos; que pueda ser quizá la iglesia de nuestros nietos, que el candelero de la iglesia PezMundial no sea quitado. Pero recuerda que dice el Señor que si acaso no volvemos atrás, no solamente será quitada la vela, sino que será quitado el candelero completo. Pero la intención inicial que hay en él es la reprensión para arrepentimiento.

El Señor conoce lo que necesita cada congregación

Le doy una ñapa más acerca del mensaje general, y es que el Señor conocía de manera precisa lo que necesitaba cada congregación. ¿Te has puesto a pensar alguna vez que el Señor conoce lo que necesita nuestra iglesia, y que el Señor sabe cuál es el pecado más recurrente que aquí hay, y que el Señor sabe cuál es nuestra principal luz y también conoce cuál es nuestra principal sombra? Que el Señor no ve a la iglesia como un grupo de gente que ahí está reunida, sino que el Señor conoce el clima que hay en cada lugar y la necesidad particular que tiene cada congregación.

Me llama esto la atención, hermanos, porque aunque el Señor no se ve, dice que se mueve en medio del candelero. Y aunque quizás tú no veas físicamente aquí a Cristo entre nosotros, él ha dicho que dondequiera que estén uno o dos de sus hijos reunidos en su nombre, allí está él. Y que el Señor ahora mismo, hermano, sabe cuáles son las luces de nuestra iglesia que están encendidas y también conoce cuáles son las velitas que están apagadas. Y que el Señor conoce, como iglesia, la fortaleza que tiene PezMundial, y al mismo tiempo conoce, como iglesia, cuál es la vergüenza que nuestra congregación tiene. El Señor conoce todas las cosas.

El Señor en su misericordia describe estas cosas, y lo hace, hermano, para que a través de cada una de estas siete iglesias nosotros también veamos reflejadas nuestras características particulares. Les digo, por ejemplo: la iglesia de Éfeso había perdido su devoción. ¿No has sentido tú alguna vez en nuestra iglesia como que hemos perdido la devoción? Yo a veces como pastor he sentido como que no cantamos con el ímpetu que pudimos cantar otras veces. ¿Esto es razón para borrar el candelero? No, hermano; esto es razón para volver a cantar con la devoción de antes. Lo que el Señor le dijo fue: vuelve a tu primer amor. Le digo esto porque hay gente que son tan fatalistas que desde que se apaga una vela quieren botarlo todo, y no es así.

Ninguna iglesia, hermano, tiene toda la luz al potencial que pudiera tener. Cada una de ellas tenía oportunidades. ¿Qué vemos en Esmirna? Dice que era una iglesia que estaba en tribulación y que vivía en una aparente pobreza, pero el Señor le dijo: ustedes creen que son pobres, pero son ricos. Luego nos movemos a la iglesia de Pérgamo. La iglesia de Pérgamo era una iglesia indiferente hacia la falsa enseñanza y permitía que en la iglesia se predicara cualquier despropósito que no estaba ajustado a la palabra del Señor. Hermano, si acaso en mi iglesia en algún momento nos hemos desviado de la sana doctrina, no es una razón para decir que todo se perdió; la razón es para volver a hacer las primeras obras.

¿Y la iglesia de Sardis? Viste que era una iglesia moribunda. Ahí como que quedaba poca cosa. Era una iglesia que estaba a punto de desaparecer; dice que había perdido la vitalidad. ¿Saben qué es una iglesia moribunda? Una iglesia en la cual la presencia del Espíritu Santo no se deja sentir. El poder que tiene una iglesia, la vida de una iglesia, es la misma vida de Cristo, la persona de su Santo Espíritu. Una iglesia moribunda es una iglesia que hace las cosas del corazón para fuera, pero con el corazón para dentro como que queda poco. Es una iglesia que ya no siente, una iglesia que está dormida, una iglesia que está inmóvil, una iglesia que ya no tiene mucha movilidad espiritualmente hablando.

Vamos entonces a la iglesia de Filadelfia, la iglesia a la que mejor le fue. Dice el Señor que la iglesia de Filadelfia era una iglesia obediente a la palabra de Dios; y cuando una iglesia tuvo el mayor piropo del Señor, lo tuvo porque había sido obediente a la palabra del Señor.

Laodicea: la ciudad rica, vestida y sanadora

Nos vamos entonces ahora a la iglesia de Laodicea. Miren, todo este preámbulo y todavía no le he leído la introducción. Veamos la característica. Dice nuestra introducción: la carta a la iglesia de Laodicea es la última de las siete cartas enviadas por Cristo a las iglesias de Asia. De todas, es la más dura por la forma en que se describe a la iglesia, pero al mismo tiempo es la carta que más claramente deja ver el amor de Dios manifestado en su reprensión, en su iniciativa de venir a tocar la puerta y en su promesa de salvación para quien responde al llamado. Retrata a aquellos que han tenido avance y prosperidad, pero que al mismo tiempo, y en gran medida debido a sus seguridades materiales, se mantienen en un peligroso punto medio.

Qué metafórico fue el Señor, y qué desagradable esto parece. Dice el Señor que esta es una iglesia que está a punto de ser vomitada de su boca. Era tan desagradable lo que allí estaba sucediendo, que dice el Señor que en su garganta no podía tolerarla. Cada una de las metáforas en la carta a la iglesia de Laodicea apunta a circunstancias históricas que esta misma iglesia tenía.

Le cuento un poco. Sucedía que Laodicea era una iglesia adinerada. De algún modo decirlo: era una iglesia de gente que estaba en comodidad, que estaba en opulencia. Era la iglesia que estaba en la ciudad donde estaban los bancos y las casas bancarias; era una iglesia que tenía dinero. Al mismo tiempo, era una iglesia que se ufanaba de que en su ciudad estaban las grandes fábricas de tejido, y allí salía la lana y salía un tejido específico, un tejido de color negro; y cuando las personas se vestían con el tejido que salía de la ciudad de Laodicea, sentían que eran las personas más dignas que caminaban sobre la tierra. Pero no solamente esto: era una ciudad que tenía hospitales y tenía también fama de tener médicos que podían curar la vista, que tenía oculistas, y allí mismo también fabricaban un famoso medicamento que era exportado a diferentes partes del mundo, que era el colirio frigio.

Y a esta iglesia que tenía las fábricas de tela, a esta iglesia que tenía los grandes bancos, a esta iglesia que estaba en la ciudad donde se sanaban los ojos, le dice: ustedes creen que están vestidos, pero están desnudos. Ustedes creen que son ricos, pero son miserables. Y al mismo tiempo, ustedes piensan que sus ojos están limpios, pero unten a sus ojos el colirio para que puedan ver y discernir claramente las cosas espirituales.

Miren, el poder económico que tenía esta gente era tal que en un momento un terremoto derribó la ciudad de Laodicea, y los miembros de esta ciudad no permitieron que el Estado viniera a auxiliarlos, que el imperio los ayudara, sino que su orgullo fue: de nuestro propio bolsillo reconstruimos la ciudad de Laodicea.

El agua tibia y el peligro del punto medio

El único problemita que tenía esta ciudad era la ausencia de aguas potables. Pero lo resolvieron fácil. Había otras ciudades que estaban cerca, que tenían aguas termales, fuentes de agua caliente y muy mineralizada, y lograron traer por medio de un acueducto rudimentario aquellas aguas termales desde la ciudad de origen hasta la ciudad de Laodicea. Sin embargo, cada ciudad que tiene su fortaleza tiene su debilidad. La única circunstancia es que cuando el agua termal llegaba a la ciudad ya no era caliente, y para el baño termal ya no era un agua útil; al mismo tiempo era un agua como mediotibiosa. Y dicen ellos que cuando bebían esta agua, aparte de que era tibia, era muy mineralizada, como que inducía al vómito. Así como algunos médicos para inducir al vómito a las personas les dan agua tibia, dice el Señor, utilizando la misma necesidad que tenía la ciudad de Laodicea: ustedes, que son una ciudad que lo único que se le podría destacar es que tienen un agua tibiosa, que ni para el baño sirve ni para tomarla tampoco, así mismo son ustedes ante mí; me dan deseos de vómito.

Oigan qué características tenía esta iglesia, hermanos. Dice que era una iglesia que no era fría y que tampoco era una iglesia caliente. El peligro del punto medio. Dice el Señor que preferiría que fueran una iglesia fría, congelada, a que sean una iglesia que ni es caliente ni es fría. Y es que le digo, hermano, el peor lugar para estar en la presencia de Dios es quedarse en medio.

Miren, el punto medio es peligroso por diferentes circunstancias. El primer problema que tiene esta tibieza es que da una sensación de que estoy bien, y como tengo esa sensación de que estoy bien, entonces no busco la mejoría delante de Dios. Y cuando el Señor nos dice cómo realmente estamos, dice: no, ustedes no están ni siquiera bien; ustedes son vómito ante mi presencia. ¿Sabes cuál es el problema que tiene el cristiano tibio? El problema que tiene el cristiano tibio es que él siente un poco del calor de Dios, pero al mismo tiempo el pecado que hay en él hace que ese poco de la presencia de Dios que él pueda percibir no sea ni siquiera agradable ante su presencia.

El peor lugar para estar ante Dios es el punto medio, hermano. Eso pasa en la construcción. Usted comienza a construir un edificio y se para, y fácilmente se le cae encima. La construcción hay que agarrarla en caliente: poner un blok y el otro y el otro y el otro. Es más, yo no soy constructor, pero yo le aconsejaría, si usted alguna vez va a construir una casa, junte los bloks, junte el cemento, junte la varilla y comience a construir cuando tenga todas las cosas listas; porque si usted se para, fácilmente se le cae la construcción, termina siendo más cara, no hay expectativas, y termina siendo un edificio que nunca se ve nuevo. Hay edificios que pasan de ser mejora a ser ruina.

Cuando se estaba construyendo se paró y no se continuó y no se llegó a pintar, y después, cuando se terminó, ya uno dice «ay, por fin lo terminaron». Hermano, lo mismo pasa en la vida de mucha gente que iba caminando con el Señor, caminando con el Señor, y llega un momento en que se detuvo y se quedó donde estaba. Ni llegó a ser un edificio ni tampoco se quedó donde estaba. Dice el Señor que la gente que es así, tibia, él la vomitará de su boca.

El tibio se muere cómodo

Miren, el tibio es peligroso porque lo tibio a veces tiende a ser cómodo, pero fácilmente usted se muere ahí dentro. Muchos de ustedes conocieron a Donald Adrian, que fue el padrino de la boda mía y de Carolina. Donald tiene una tina en su casa que siempre tiene agua tibia, pero él me dice: cuando yo entro en la tina, el médico me recomendó que yo tengo que poner el reloj para que me avise, porque el agua está tibia, pero así mismo yo me voy relajando, entonces me baja la presión y puede ser que me quede allí. Hermano, lo tibio es peligroso porque probablemente te quedes allí. Hay una anécdota que se cuenta de que el sapo, cuando cae en la olla, si el agua está tibia, allí se muere; sin embargo, si saltara el sapo en la olla y el agua estuviera caliente, entonces salta. Lo tibio es peligroso porque nos hace que apaguemos las alertas, y tú piensas que estás bien, pero ante Dios estás mal. La persona tibia, hermano, la persona que está como en un punto medio, donde dice «mira, yo no quiero ser un creyente muy fervoroso, pero yo quiero ir a una iglesia, quiero estar como entre un agua y la otra», dice el Señor que la gente que es tibia él la vomitará de su boca.

Wesley y Whitefield: predicarle a los que necesitan nacer de nuevo

En Inglaterra hubo un gran avivamiento en el siglo XVIII, y este movimiento se debió en gran medida a la predicación de dos grandes hombres del Señor. Uno era Jorge Whitefield, que tenía un mensaje poderoso, un mensaje de avivamiento; pero al mismo tiempo estaba Juan Wesley. Cuando se ha buscado en la historia de la iglesia, la gente pregunta: ¿qué tenía el mensaje de George Whitefield y el mensaje que tenía John Wesley que era distinto a los mensajes que tenían otros predicadores de la Iglesia de Inglaterra, y realmente pudo convertir el corazón de la ciudad? Es sencillo, le explico cuál es la diferencia. Predicaban las mismas cosas. Ustedes buscan lo que predicaba John Wesley y lo que predicaba Jorge Whitefield y lo que predicaban diferentes maestros —había maestros que quizás eran hasta más elocuentes que ellos—, pero partían de un punto muy distinto. Cuando predicaba Wesley y cuando predicaba Whitefield, ellos entendían que las personas, a pesar de que eran miembros oficiales de la Iglesia de Inglaterra, necesitaban salvación; y cuando predicaba cualquier otro ministro, ellos entendían que las personas ya habían sido salvas y solamente necesitaban mejoría.

Ese es el problema en la iglesia de hoy: que nosotros estamos predicándole las hermosuras del evangelio a personas que necesitan nacer de nuevo. Y aquellos que no han nacido de nuevo entonces creen que eso es para ellos y se sienten bien. Hermanos, lo peor que le puede pasar a una persona que no ha nacido de nuevo es ser puesta en contacto con la hermosura de la revelación de Dios que va más allá de la salvación, porque entenderá que, como el sol sale para todos y el Señor permitió que ellos respiraran el aire, así mismo está bien el estado de su alma. Y no es así. Hay personas que vienen y reciben cualquier aspecto de la predicación cristiana y van a morir en sus delitos y pecados; no fueron nunca cristianos. La principal diferencia entre Whitefield y Wesley es que le predicaban a los miembros oficiales de la Iglesia de Inglaterra como si fueran pecadores, y allí permitían que la luz de ellos alumbrara; mientras que otros ministros entendían que las personas ya habían sido salvas.

Lo mismo está pasando en Santo Domingo. No vean esto como una crítica gratuita, pero miren: al día de hoy hay congregaciones que están reunidas en Santo Domingo donde hay un grupo de personas que están muertas en sus delitos y pecados, y quieren que se les predique sobre las hermosuras de la palabra del Señor. ¿Saben lo que dijo Cristo? No les den las perlas a los cerdos. Eso parece muy fuerte, hermano, pero la verdad es esa: una persona que todavía no nació de nuevo, antes de pedirle a alguien que le regale la ventana, debería pedirle que le eche las zapatas. Si usted va a construir una casa, antes de pedirle a la gente que le dé la pintura, pídale a la gente que le dé la varilla. Si usted quiere entregar su vida a Cristo, antes de pedirle al Señor que le pinte la casa, pídale al Señor que le construya correctamente la casa.

¿Cómo te ves tú y cómo te ve Dios?

El problema de la iglesia de Laodicea es que había un grupo de personas que se creían que estaban en opulencia, y ante el Señor realmente lo que eran era un grupo de personas miserables. Le pregunto a ustedes, hermanos que están aquí: ¿cómo te ves tú? Y te pregunto: ¿cómo te ve Dios? ¿Saben por qué razón uno normalmente, cuando se autoevalúa, queda bien? Porque uno se mide con relación al hombre. Si yo te pregunto «¿cómo es tu vida cristiana?», tú dirás: «mira, pero fulano es cristiano y yo soy mejor que él». Bueno, si tú te echas uno a uno con otro hombre, en la mayoría de los casos vas a salir ganando. Ahora yo te pregunto: ¿y ante Dios, qué? Compárate con Cristo. ¿Quién es Cristo y quién eres tú? Hay un abismo de diferencia entre Cristo y yo, hermano. La comparación no debe ser con otro hermano nominal igual que tú; la comparación debe ser hacia Cristo.

Según se veían los hermanos que estaban en la iglesia de Laodicea, ellos eran ricos, ellos habían sido prosperados, ellos estaban en paz con Dios; pero según los veía Cristo, eran pobres, estaban desnudos y necesitaban que fueran abiertos sus ojos. El problema de esta iglesia, hermano, era la tibieza.

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo

Movámonos un chin y hablemos de la solución. Me llama la atención que era la iglesia que al parecer el Señor más rechazaba, pero en medio de esto, hermano, fue la iglesia a la que el Señor más claramente le invitó a volver a rendirse. Dice la Escritura que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia, y esta, que era quizás la iglesia más vomitiva ante la presencia del Señor, al mismo tiempo fue la iglesia donde el Señor más se detuvo a provocar en ellos un arrepentimiento. Y lo hizo a través de una bella metáfora. Él le dice:

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Es una metáfora en tres partes, hermano. Lo primero que dice el Señor es que él está a la puerta y llama. Y quien está a la puerta y llama es una visita que tú no estabas esperando. Muchas de las personas que han sido visitadas por Cristo no son personas que estaban esperando que Cristo las visitara. Miren, la mayoría de los cristianos podemos testificar que Cristo no se encontró con nosotros como de carambola en medio de la calle. Cristo, en nuestro corazón, muchas veces se siente como un imprevisto: una persona que tú tenías planes para otra cosa y apareció en la puerta de tu casa y te tocó.

La gente piensa que se va a hacer cristiana como que un día va a arreglar la casa. Es más, hay gente que me ha dicho a mí: «mira, yo no me voy a convertir hoy porque yo quiero arreglar la casa, y todavía hay cosas en mi vida que yo sé que no están bien, que yo quisiera poner en orden antes de decir que voy a ser cristiano». Hermano, el Señor va a venir y va a tocar tu puerta cuando tu casa no está digna de recibir un visitante. Hay personas que piensan —han escuchado esos comentarios—: «mira, yo no me voy a convertir todavía porque es que yo todavía fumo»; «yo no me voy a convertir todavía porque es que yo todavía tengo cierta debilidad con la bebida»; «yo no me voy a convertir todavía porque es que todavía yo estoy deseando una mujer o un hombre que no me pertenece; yo quisiera esperar a resolver ese problema en mi vida y después venir limpio donde el Señor».

Mire: Cristo está a la puerta y llama, y cuando la gente toca la puerta muchas veces te encuentra en ropa de estar en casa. Hay gente que Cristo la va a encontrar en pijama, y hay gente que Cristo la va a encontrar que todavía no se ha bañado. Hay personas a las que Cristo va a encontrar y va a encontrar que los zapatos están rodando y que encima de la mesa no hay comida, sino que hay ropa. Y hay gente que cuando escucha que Cristo toca la puerta va a decir: «ay, no, Señor, vete y ven en otro momento». Hermano, dice el Señor: yo soy un visitante inesperado, estoy a la puerta y llamo. Casi siempre Cristo llega así, como de imprevisto. Hermano, lo mejor que tú puedes hacer es hacer un espacio así y quitar todos los libros de la mesa, quitar toda la ropa, quitar los zapatos, recoger las cosas que estén en medio: ven, Señor, y entra, y vamos a ponerle orden a este asunto.

Te estoy diciendo: si tú todavía no conoces a Cristo, si no te has comprometido con el Señor, no esperes tener la vajilla limpia. No esperes tener la mesa despejada. No esperes a quitar las sillas que están en medio. El Señor regularmente es un visitante inesperado que llega cuando tú no lo esperas. Da vergüenza a veces, y por eso es que nosotros estamos hablando de humildad, de que de los humildes es el reino de los cielos, hermanos, porque da vergüenza a veces que el Señor entre a la casa que es tu corazón. A veces da vergüenza abrirle el corazón al Señor y que el Señor vea lo que hay ahí adentro. Y uno le dice: «ay, Señor, mira, es que yo no quisiera que tú vieras». Yo estoy a la puerta y llamo.

Oiga, no es eso lo que dice el Señor. Sin importar cómo esté la casa por dentro: yo estoy a la puerta y llamo, soy un visitante inesperado, y no me importa cómo esté la casa, que tú estés en ropa de casa, que no te hayas bañado, que la casa esté sucia, que no haya comida dispuesta. Eso es incómodo. Uno no recibe visitas en su casa cuando la comida allá va quedando lo último. Qué difícil es recibir un gentío en su casa cuando la nevera se abre y solamente queda el agua, un salami, casi siempre lo que queda el zoquito así, y unas verduras repartidas en el cajón de la nevera. «Yo estoy a la puerta y llamo», y tú dices: «Señor, no vengas ahora, que no tengo ni café». Miren, en el Sur se usa que cuando en la casa se acabó hasta el café, era vergonzoso amanecer en una casa sin café; porque si acaso venía una persona y visitaba y ni siquiera había café, hermano, estaba flojo el asunto. Bueno, hay veces que Cristo ha venido y ha tocado la puerta y ni siquiera había café.

«Yo estoy a la puerta y te llamo, tú, que para mí eres un vomitivo. No me importa cómo estés, pero estoy a la puerta y llamo».

El llamado no es un golpe, es un toque delicado

Hermano, el estar a la puerta del Señor es la visita inesperada; pero al mismo tiempo me impresiona el asunto del llamado. Él dice que está llamando. ¿Saben qué es lo que pasa? Que el llamado del Señor a veces no es un llamado impetuoso. El Señor no rompe la puerta, la toca delicadamente; y es tan delicado a veces, que la gente sabe que hay un sonidito en su ser que está sonando, pero lo que hace es que sube la radio. Yo escuché el testimonio de un hombre que era un hombre dado al alcohol, y él testificaba que una de las razones por las cuales no escuchaba la voz de Dios es que cuando sonaba ese sonido, él se daba dos tragos de whisky. Quiere el Señor que cuando escuches la voz de él no subas la radio; quiere el Señor que cuando escuches la voz de él no te hagas el loco.

Yo tengo un jardinero con el que nunca he dado pie con bola. Cada vez que el hombre va a mi casa no terminamos bien, porque es que él va cada vez y toca la puerta, hermano. Y a veces él me toca la puerta y yo todavía ni siquiera he salido bien, pero él va y toca, y yo digo un momentico así: «ojalá que se vaya», a veces pienso, y me hago como el loco. Pero él vuelve y toca el timbre. El jardinero insistente, hermano. Casi siempre yo le doy el dinerito para que me pase la máquina, pero es insistente el hombre; él vuelve, y tin, tin. No se va a ir, voy a tener que bajar y atenderlo.

Hermano, lo que pasa con la voz —mira la tierna voz del Espíritu Santo llamándote—: yo he visto que el Señor llama de diferentes maneras. A veces pone en tu corazón una profunda inquietud, y tú como que no encuentras, y tú dices: «¿qué es lo que me pasa? No encuentro sitio, no encuentro sitio, como que siento que me falta algo». Lo que te falta es Cristo. A veces, hermano, el Señor te coloca ante una necesidad que es insuperable para ti en tu propio esfuerzo, y tú dices: «me muero». Eso que está sucediendo es la tierna voz del Señor que está tocando tu puerta, pero has estado tú subiendo la radio, has estado tú esperando a ver si el Señor se va. «Yo estoy a la puerta y llamo». Te diré, hermano: no esperes que el Señor te derribe la puerta. Hay gente que está esperando eso. «Yo estoy a la puerta y llamo», y él pone aquí una prerrogativa: «si alguno oye mi voz».

Si alguno oye mi voz: la distracción, no la sordera

No es porque esté sordo. «Si alguno oye mi voz.» No diga que el Señor habla tan bajito. No, hermano: el que está hablando es el que dice que su lengua es como una espada de doble filo. Es irresistible un asunto así, que te penetra hasta los tuétanos. Lo que pasa es que muchas personas intencionalmente lo evitan porque saben que están en falta. Evitan aparecerse ante la presencia del Señor. Dice la Escritura que nosotros estamos desnudos ante él, y a quien está desnudo lo que más le convendría es no presentarse donde está la luz. ¿Saben qué es lo que sucede con la presencia del Señor? Que la presencia del Señor es un lugar que da miedo ante la persona que no está bien vestida. ¿Saben a dónde es que le gusta ir al que no está bien vestido? A los lugares medio oscuros, a los lugares medio tenebrosos. Pero cuando tú vienes a la presencia del Señor, lo primero es que tú te ves como realmente eres.

Y cuando tú vienes a la presencia del Señor, Armando, los ojos del Señor, dice que penetran hasta el alma; así, como que se te meten hasta adentro. Y uno dice: «ay, Señor, no veas eso, ay, no, estoy inadecuado». Estás inadecuado, es verdad. Dice que él penetra, hermanos; la palabra de Dios penetra hasta el tuétano —el tuétano, lo que por dentro tienen los huesos—; dice que no penetra solamente la carne, sino que penetra el hueso y hasta dentro del hueso. Hermano, «yo estoy a la puerta y llamo», dice el Señor; «si alguno oye mi voz». No porque mi voz sea muy, muy débil, sino porque su distracción es muy amplia. «Si alguno oye mi voz»: no es porque tú oíste o no oíste; es porque pusiste el corazón, pusiste el oído hacia otro lado. «Si alguno oye mi voz», eso es: si alguno me pone caso, si alguno hace atención.

Cenar juntos: amistad, paz y aprobación

Y la parte de la cena tiene también un significado metafórico. En República Dominicana nosotros comemos con cualquiera. En el córner de una plaza me puedo sentar, y tú te sientas con cualquiera; yo mismo no tengo mucho problema, a mí hasta me gusta conocer gente, y demás voy y me siento. Los orientales no meten los pies debajo de la mesa de cualquiera. Es más, en el Oriente Próximo, usted sentarse a la mesa de un hombre de algún modo significa que usted con ese hombre tiene amistad, que usted con ese hombre tiene paz, y que usted a través de ese acto está aprobando, está respaldando el carácter que tiene ese hombre. ¿O acaso no era por eso que decían de Jesús que él era también un engañador, uno que comía con publicanos, que comía con fariseos, que iba a la casa de esa gente? Los orientales no visitaban la casa de todo el mundo ni metían sus pies debajo de la mesa de cualquiera. Bueno, no tenían mesa como la nuestra, pero no se sentaban al lado de cualquiera.

Ir a la cena de alguien significaba aprobación; ir a la cena de alguien significaba que había paz. Lo que el Señor está diciendo es: yo estoy a la puerta y llamo, yo me aparecí aquí aunque no me invitaron. Tú no me invitaste y yo vine, estoy a la puerta y estoy llamando; y si tú abres la puerta, yo entraré, cenaré contigo y tú conmigo. Yo te voy a estar dando mi amistad, va a haber paz entre tú y yo, y al mismo tiempo va a haber aprobación.

Ven a comprar de mí

Dice el Señor también: vengan donde mí a buscar el oro para que sean ricos. Se lo leo de nuevo para dar el orden específico que esto tiene. Le dice a Laodicea:

Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.

— Apocalipsis 3:18

¿Tú crees que tienes dinero? Eso que tú tienes no es nada. Ven donde mí a comprar oro refinado para que seas rico. Ven donde mí, y te voy a dar vestiduras blancas para vestirte y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Y unge tus ojos con colirio para que veas.

Hermanos que están aquí presentes, amigos: yo no sé qué tanto está iluminando tu luz. Hermano que estás aquí, amigo que estás presente, yo no sé si tú eres parte del candelero. Amigo que estás aquí, que estás esperando a hacer correcciones en tu vida, te diré lo siguiente: tú estás desnudo ante Dios, y con tus propios medios, por la lana que hay en Laodicea, sin importar el color que tenga, nadie te puede vestir de la manera que te viste Cristo. Él te viste con vestiduras blancas. Tú que estás aquí, que piensas que no tienes en tu casa el esplendor necesario para recibir a Cristo, te diré: él ha dicho que él es quien puede dar oro refinado para que dejes de ser miserable y seas rico. Y dice el Señor que pases colirio, espiritualmente hablando, en tus ojos.

Porque tú piensas que en tu vida está el hospital, que en ti están cerca los médicos y que tú tienes colirios, pero tú realmente lo que eres es un ciego ante su presencia.

Llamado final

Cierren sus ojos un momento. Me gustaría orar por dos grupos de personas. Con sus ojos ahí cerrados, me gustaría orar por aquellas personas que son parte ya del candelero; por aquellas personas que son luces que están ahora mismo en sombra; por aquellas personas que quizás por sus deslices han permitido que el candelero se opaque y que el mundo no vea la luz de Cristo en su iglesia tan claramente como la debe siempre ver. Pero antes de ellos quiero orar también por aquellas personas que quizás se sientan identificadas con una llamada inesperada. Quiero orar por aquellas personas que quizás no vinieron aquí más que a responder a una invitación, pero con la predicación de hoy escucharon la tierna voz del Señor que está llamando a su vida. Quiero orar por las personas que necesitan vestiduras blancas. Quiero orar por las personas que necesitan hacer tesoro en el cielo. Quiero orar por las personas que necesitan discernimiento espiritual para entender la voluntad de Dios. Ay, Señor, mira las personas que están aquí desnudas; mira aquellos que están aquí, Señor, que son pobres; mira aquellos, Señor, que están aquí y son ciegos.

Puedo oír la voz de Cristo que tiernamente está llamando, dice el himno. Puedo oír el llamamiento. Si tú has escuchado hoy al Señor que está a la puerta de tu corazón llamando —«yo estoy a la puerta y llamo», dice el Señor—, no temas, no esperes a organizar el clóset, no esperes a organizar la cocina, no esperes a fregar los trastes. El Señor está aquí. Abre la puerta de par en par y permite que Cristo entre a tu vida. Es tan sencillo como que le digas: «Señor, mi casa está desordenada». Es tan sencillo como que le digas: «Señor, realmente no contaba con que ibas a venir hoy». Es tan sencillo como que le digas al Señor en oración: «Sin importar cómo esté mi vida, desarreglada ahora mismo, yo quiero que tú vengas a mi casa, yo quiero que tú cenes conmigo, yo quiero que tú te sientes conmigo a mi mesa, yo quiero que tú me apruebes, yo quiero tener paz contigo, yo quiero tu amistad».

Y dice la Escritura: arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados. Dice la Escritura, al mismo tiempo, que aunque tus pecados sean más oscuros, vendrán a ser blancos como la nieve. Amigo, yo no puedo orar por ti, pero te puedo decir cómo hacerlo. Es tan sencillo como que le digas: «Señor, perdona mis pecados». Señor, que estás a mi puerta, ven y entra. Dile al Señor, que está allí parado: «Tú has prometido, yo quiero hacer valer esa promesa; ven, entra a mi casa, recíbela como está y pon tu orden aquí dentro». Si tuviste corazón para confesar hoy ante el Señor tus pecados —no quitando uno a uno, porque son muchos, sino decirle «Señor, perdona todos mis pecados»—, si tú haces eso, por promesa de Dios, no por oferta de Rafael Pérez, yo te diré que el Señor ha perdonado tus pecados; yo te diré que el Señor te está vistiendo de vestiduras blancas; yo te diré que el Señor comienza ahora a enriquecerte; yo te diré que verás tus ojos abiertos como nunca antes, y verás la gloria del Señor y verás su voluntad claramente revelada en tu vida.

Y ahora, por la congregación que tenemos aquí: hermanos, que nuestro candelero brille. Hermanos, como el pastor de la congregación te diré que tengo cierta carga. Veo velas que han dejado de dar su luz. Veo partes de nuestro candelero que comienzan a ser tomadas por la sombra. Hermano, sé humilde y que tu luz alumbre al mundo. Hermano, sé humilde y vuelve a hacer las primeras cosas. Hermano, que te convertiste y te volviste de tus pecados, pero que has vuelto a las viejas costumbres: permite que el candelero de la iglesia PezMundial completo vuelva nuevamente a brillar para la gloria del Señor.

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