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El milagro mas grande

Marcos 2:1-12

El milagro más grande que Cristo ofrece no es la sanidad física ni los regalos temporales, sino el perdón de los pecados y la salvación del alma. Todo lo demás es secundario frente a ser pasado de muerte a vida.

Predicado7 de octubre de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Excelente, oremos al Señor para que sea Él que nos dirija en este tiempo de enseñanza. Nos encomendamos, Señor, en oración delante de ti. Señor, hoy más que nunca nosotros reconocemos que tenemos el tesoro más grande. Hoy más que nunca, Señor, reconocemos que la iglesia tiene el mensaje más poderoso que se puede dar en esta tierra. Hoy más que nunca, Señor, reconocemos nuestra necesidad de ti. En oración, Señor, vengo a interceder por mí, vengo a interceder por mis hermanos, por los amigos que están aquí hoy presentes. Vengo a decirles, Señor, cuál es el regalo más grande, vengo a decirles, Señor, cuál es el milagro más extraordinario que sucede sobre esta tierra. Permite, Señor, que hoy no solamente hablemos de estas cosas, sino que presenciemos estas cosas.

Permite, Señor, que hoy, cuando tu palabra sea predicada, suceda este milagro extraordinario, Señor, y es que los ojos del ciego sean abiertos. Es que la voluntad del paralítico, Señor, sea reforzada. Es que la enfermedad, Señor, de la lepra sea quitada. Permite, Padre, que hoy, cuando tu palabra sea predicada, tu palabra sea entendida y, por el efecto de tu Santo Espíritu, Señor, se ponga convicción en nuestra mente, que los pecadores se arrepientan, Señor, y que aquellos que han sido arrepentidos ya, Señor, puedan ser rectificados para la gloria tuya. Permite que el milagro más grande, Señor, pueda suceder hoy en medio de esta humilde congregación. Para la gloria tuya te pedimos esto, Señor, en el nombre de Jesús, amén.

Hermanos, hace dos domingos estábamos aquí y yo les dije cuáles eran las cuatro características que tenía toda iglesia cristiana, y les dije en aquel momento que tenían que ser muy cuidadosos, porque si acaso se ponían a buscar otra cosa podrían perder el tiempo, que busquen las características que toda iglesia cristiana debería de tener. Hoy lo que vengo a decirles es cuál es la cosa que tiene la iglesia y que no está en ninguna otra parte del mundo. Lo que vengo a decirles es que lo que les predicaré hoy es la cosa que se podría conseguir en la iglesia del Señor, y usted no podría conseguirla en ninguna otra parte del mundo. Los gobiernos más poderosos no tienen esto, los empresarios más exitosos tampoco lo tienen, es una cosa que solamente la tiene la iglesia del Señor. A esto yo le llamo el milagro más grande del mundo.

La segunda parte del mensaje y lectura bíblica

También les diré que la mitad de la enseñanza de hoy yo se la daré aquí, pero la otra parte, era un sermón muy largo, ya está en internet. Entonces, cuando ustedes salgan, ustedes van a su casa, se conectan a internet, buscan pezmundial.com y ahí tendrán la segunda parte de la enseñanza. Les vengo a predicar por carta que se la mandé por internet, entonces también les vengo a traer la enseñanza por aquí. La mitad del sermón está en nuestra página, usted lo busca allá, que es, digamos, la continuación de lo que estaremos viendo hoy. Acompáñenme en sus Biblias en el libro de Marcos, el Evangelio de Marcos, en el capítulo dos. Estaremos hablando del milagro más grande del mundo. ¿Cuál es la cosa más extraordinaria que podría suceder sobre la tierra? Es el Evangelio de Marcos, en el capítulo dos, está justo después de Mateo. Es la sanación y la salvación de un hombre paralítico. Capítulo dos del Evangelio de Marcos, podemos leer allí la palabra del Señor, veremos el milagro más grande del mundo.

Dice así la palabra del Señor en el libro de Marcos, en el capítulo dos:

Entró Jesús otra vez en Capernaúm después de algunos días; y se oyó que estaba en casa. E inmediatamente se juntaron muchos, de manera que ya no cabían ni aun a la puerta; y les predicaba la palabra. Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla este así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Entonces él se levantó enseguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.

— Marcos 2:1-12

Un milagro dos en uno y el regalo más grande

Nunca hemos visto tal cosa. Hermanos, el milagro más grande del mundo acaba de suceder aquí en la vida de este paralítico. Les leo la introducción a nuestra enseñanza, que está dentro de su programa: Cristo no le preguntó al paralítico cuál era su expectativa, pues si le preguntaba, difícilmente el paralítico aspiraría a resolver su problema moral con Dios de pecado o a llegar al cielo, sino simplemente a algo mucho más temporal y, si se quiere, humano: poder usar sus piernas para moverse de un lado al otro y llegar hasta su casa. Al verlo postrado, no preguntó, lo dejó a ras del suelo y le entregó lo que necesitaba y probablemente nunca pediría: el perdón de sus pecados.

Para mí este paralítico fue afortunado, pues no hay peor desgracia que estar al lado de Cristo, recibir de Él algún regalo temporal y seguir por nuestro camino rumbo a la perdición eterna. Asimismo, no hay regalo más grande que la salvación. Miren, este milagro del paralítico es extraordinario porque es un milagro dos en uno. Él vino buscando algo delante del Señor, pero cuando él vino buscando algo, el Señor le dio otra cosa que él no se la pidió, pero el Señor se la dio. Estamos aquí ante la presencia de un milagro dos en uno: el milagro de la salvación del paralítico, un milagro extraordinario, y al mismo tiempo de un milagro que yo le llamaría un milagro menor, un milagro de lo chiquito.

El milagro más grande fue el milagro de su salvación, pero el milagro pequeño fue que él recuperó la movilidad en su cuerpo. Hay cinco preguntas que me gustaría responder para ustedes. La primera de ellas nos dice: ¿Cuál era el principal atractivo en el ministerio de Cristo? Esa es la primera pregunta que estaremos respondiendo hoy. La segunda pregunta que estaremos respondiendo es: ¿Cuál era principalmente el mensaje de Cristo? La tercera es: ¿Cuál era el primer objetivo que tenían los milagros en el ministerio de Jesús? La cuarta y la quinta: ¿Cómo podemos nosotros imitar a los cuatro amigos de este paralítico? Y, en quinto lugar, ¿cómo reaccionó Jesús ante su necesidad?

Pues vamos a responder a estas preguntas, de la uno hasta la cinco. ¿Cuál era el principal atractivo en el ministerio de Cristo? Miren, muchas personas creen que lo que de Cristo era atractivo era que Cristo sanaba, pero tengo para decirle que Cristo no sanaba siempre. Los milagros de Jesús ciertamente fueron muchos, pero lo que Jesús más hizo cuando estuvo en medio nuestro no fue el sanar. Lo que más Jesús hizo cuando estaba en medio nuestro fue enseñar.

El principal atractivo del ministerio de Cristo: la Palabra

Dice que Cristo les estaba predicando la palabra y que esta palabra había atraído a las multitudes. Miren, antes de que llegara el paralítico cargado, ya esa casa estaba llena de gente. Antes que el paralítico llegara y existiera ahí una oportunidad para el milagro, ya la gente estaba ahí, que había ocupado toda la sala de la casa, que había cerrado la puerta, eso estaba tupido de gente. ¿Y qué era lo que estaba haciendo Jesús? Dice que Jesús les estaba predicando. Hay personas que dicen, “¿Y qué era lo que tenía el ministerio de Cristo? Pero me gustaría que eso mismo esté en la iglesia el día de hoy”. El mayor atractivo en el ministerio de Cristo era que Cristo predicaba la palabra.

Miren, no eran los milagros, no eran los panes ni eran los peces. Lo que de Cristo principalmente atraía era que Cristo enseñaba la palabra, y la forma en que la enseñaba generaba un atractivo especial en la gente. Hay congregaciones que han pensado que dando panes y peces podrían atraer multitudes. No, las multitudes venían después, y después que las multitudes estaban congregadas alrededor de Jesús, entonces Jesús daba los panes y daba los peces. Lo que hacía especialmente atractivo el ministerio de Cristo era que Cristo predicaba la palabra, y de eso, en parte, es de lo que se trata el asunto.

Por ahí comienza. Tengo que establecer que la iglesia de Cristo, sus principales recursos para atraer la multitud, no debe de ser nunca el recurso del milagro, ni debe de ser nunca el recurso de los panes y los peces. El recurso que era más atractivo en el ministerio de Cristo era que Cristo enseñaba la palabra y la forma en que lo enseñaba. Hay otros que han pensado que la gente venía a Cristo porque Cristo era como un poco “mujercita”, y cuando la gente venía Cristo decía: “Ay, mira, tú, pobrecito… ay qué triste me siento por ti”, y como que Cristo se derr derretía. No, hermanos, Cristo no era así. Es más, hay congregaciones que piensan que si se vuelven serviles ante los hombres entonces los hombres van a venir, y han hecho de la iglesia de Cristo un maternal, y todo el que viene a la iglesia comienzan a hacerle la “gugú gagá”, y a nadie se le puede poner la mano porque, “hermano, la iglesia de Cristo no es un maternal”.

Lo que hace interesante a la iglesia de Cristo no es que aquí damos muchos besos y muchos abrazos. Gloria al Señor por la iglesia que es amigable, gloria al Señor por la iglesia que da besos y abrazos, pero lo que hace especialmente atractivo el ministerio de Cristo no era que Cristo daba besos y daba abrazos, era que Cristo predicaba la palabra. No eran los panes, no eran los peces, no eran los milagros, no era que Cristo era un mojigato entre los hombres. Era que Cristo predicaba la palabra. Lo repito.

La atracción de la predicación con autoridad

Yo a veces me pongo a pensar qué es lo que hay que hacer para que la gente realmente venga a escuchar la palabra del Señor y se arrepienta. No son recursos, no son artilugios, es que cuando la palabra del Señor es predicada correctamente, eso genera en los hombres un interés especial. Era un asunto como magnético. Miren, en el ministerio de Cristo, cuando Cristo predicaba y el Espíritu Santo permitía que la gente entendiera, la gente se aglomeraba alrededor de Jesús y le decía: “Ábrenos la ley, enséñanos”.

Yo recuerdo que la primera vez que yo sentí el Espíritu Santo obrando en mi vida de una manera así, quizá había obrado antes, pero que yo recuerde de una manera muy vívida, de una manera muy especial, fue cuando yo tenía cerca de 15 años. Yo era un adolescente y yo por primera vez a los 15 años pude entender los evangelios cuando los leía. Hermanos, eso para mí fue una experiencia que marcó un antes y un después. Yo había escuchado la palabra del Señor desde niño, yo había ido a la iglesia, pero a los 15 años yo recuerdo que tuve como una iluminación especial del Señor, y cuando yo leía la Biblia yo sentía que la Biblia como que se abría delante de mí y yo no podía desconectarme de ella.

De todas maneras en mí, hermanos, había como una pasión especial. Era el Espíritu Santo, que me había permitido entender la palabra del Señor, y cuando la palabra se predicaba yo abría así los ojos, yo entendía. Ustedes no lo saben, pero una persona cuando está muerta en sus delitos y pecados muchas veces no entiende el tesoro que tiene la palabra del Señor. Dice que su entendimiento ha sido entenebrecido. Eso es lo más parecido a que tú vayas a un país que no habla el lenguaje tuyo, y cuando están hablando entre ellos, tú te cansas.

Yo recuerdo que estuve en Costa Rica hace un tiempo, dando una conferencia para Sociedades Bíblicas Unidas, y en la conferencia, cuando yo llegué, hermanos, había personas de diferentes países del mundo.

Y los ponentes eran de los lugares que tenían los lenguajes más variados. Yo recuerdo que llegué a la conferencia, el que estaba hablando estaba hablando en inglés, y yo más o menos le entendí. Yo digo que yo le entendí del 20 al 30% de lo que esa persona había dicho, pero ya a la hora, hermanos, yo estaba cansado así, yo estaba… Y apareció un aparatito —estaban haciendo traducción simultánea— y alguien, parece que me vio a mí en mi fatiga y me vio así en mi desespero, y me acercó un aparatito de esos. Hermano, yo lo puse en mi oído, y yo escuché al conferencista hablando en mi idioma, y a mí me quitaron como un peso de encima.

Yo como que dije: “¡Ah, traducción simultánea!”. Hermano, lo mismo pasa con la palabra del Señor. La palabra del Señor, cuando el Espíritu Santo no nos está ayudando para que la entendamos, eso es una carga pesada y la gente ve la Biblia y dice: “Uy, la Biblia…”. Pero cuando el Espíritu Santo te permite entender la palabra del Señor, tú lees la palabra del Señor y eso es verdadera comida. Lo que sucedió en el ministerio de Cristo fue que Cristo predicaba la palabra, el Espíritu Santo permitía que la gente entendiera, y venían multitudes a escuchar a Cristo. Venían también los enfermos, pero cuando el enfermo llegó, ya la gente estaba allí, al punto tal que hubo que hacer un hoyo en el techo para bajar al enfermo. La gente no vino a ver a Cristo porque Cristo estaba sanando, la gente vino a ver a Cristo porque Cristo estaba enseñando y decían ellos mismos que Cristo enseñaba como quien tiene autoridad.

Hermanos que están aquí, que ya se han convertido a Cristo, el recurso más poderoso que tiene la iglesia en este tiempo es que nosotros somos el depositario de la palabra del Señor. Nosotros estamos llamados a predicar la palabra del Señor. A nosotros el Señor nos permite entender su palabra, y eso el mundo no lo va a conseguir en ninguna otra parte. Hermano, es el poder que tiene el Evangelio. Este es un mensaje que parece un mensaje muy sencillo, pero que es un mensaje que genera una atracción especial en la vida de la gente. Cristo predicaba la palabra, y la predicaba de primera mano. Lo que sucedía con Cristo, hermanos, es que, bueno, nosotros podríamos testificar de lo que la palabra ha hecho en uno, pero cuando Cristo predicaba, Él predicaba como que tenía al Padre al lado.

Cristo predicaba desde la intimidad con el Padre

Y cuando Él a la gente le hablaba, el Padre decía: “Pero tú estás catado con Él, ¿eh?”. Es que Él decía: “Así es, lo que yo les digo a ustedes es lo que yo he escuchado del Padre”. Y la gente por acá decía: “Los fariseos no hablan así. Cuando ellos nos hablan, nos hablan de un Dios que está como distante, un Dios que está como lejos, un Dios antiguo, pero cuando tú nos hablas es como que tú viste a Dios en la mañana y lo predicaste en la tarde”. Él les decía: “Así mismo es”. No hay una foto que a mí me aburra más que la foto de la Torre Eiffel. Todo el que va por ahí por Europa viene con la… Pero cuando esa persona te trae la foto, que es la misma foto —¿quién no ha visto la foto de la Torre Eiffel?— todo el mundo ha visto la foto de la Torre Eiffel, pero cuando alguien va a Europa y trae su foto a la Torre Eiffel y te habla de la Torre Eiffel, es otra cosa.

Ya no es una foto solamente, es una foto y es una experiencia al mismo tiempo. Es distinto, hermanos, qué tan interesante es cuando una persona acaba de llegar del país que visitó y te habla de ese país. A ti como que se te abren los ojos, dices: “Oh, me están hablando de Europa”, y es lo mismo que todo el mundo siempre ve en donde quiera, pero te lo está diciendo una persona que acaba de estar allí. Cuando Cristo predicaba era tan interesante su enseñanza porque Cristo hablaba como que acababa de estar con el Padre. Él no hablaba como que: “Esto ya me lo aprendí para decírtelo”. Es: “Esto yo lo acabo de ver”.

Hermano, Cristo traía la multitud porque Cristo predicaba la palabra. Un asunto característico en todos los avivamientos históricos ha sido una pasión por la palabra del Señor. Miren, en el avivamiento de Inglaterra quizá no hubo muchos milagros, pero hubo una generación de jóvenes que se apasionó por la palabra del Señor, parecían llamas encendidas. Ellos leían la Biblia, hermanos, y tenían que predicarla. Tú quieres saber si el Espíritu Santo está contigo: cuando tú lees la palabra, ¿tú sientes pasión?, ¿hay algo dentro de ti como que vibra, hay como una emoción especial?

Yo recuerdo eso, hermanos, y yo me estremezco. Miren, en mi adolescencia yo tenía una pasión por predicar la palabra del Señor que eso era un asunto incontenible. Yo recuerdo que yo iba a un matutino que daba Pablo en la mañana en la iglesia. Yo salía del matutino, yo buscaba a mis amiguitos y les decía: “Vengan, que les voy a dar un estudio bíblico”. Me decían: “¿Que tú nos vas a dar un estudio bíblico?”. “Sí, es que les voy a dar un estudio bíblico”. Hermano, es que yo acababa de entender la palabra del Señor, y cuando el Señor te permite entender su palabra, la cosa más natural del mundo es que tú quieras también compartir la palabra del Señor. Cristo era atractivo principalmente más allá de sus milagros, más allá de sus panes y sus peces, más allá de que Cristo le hablaba duro a los fariseos.

Ciertamente había personas que venían por los panes y los peces, pero estoy seguro que no era la mayoría. Había personas que venían por un milagro, pero no era la mayoría. Había gente que venía donde Cristo, ¿saben por qué? Porque Cristo le daba duro a los fariseos. Y a cualquiera le gusta oír a una persona que le está dando duro al que está por encima de ellos. Los fariseos que los tenían aquí sujetos, y viene este hombre que está reprendiendo a los fariseos. Eso atraía a algunas personas, pero más allá de esa atracción por el mensaje duro de Jesús, la principal atracción que había en el ministerio de Jesús es que Jesús predicaba la palabra, y la predicaba con autoridad, la predicaba con claridad. Él como que permitía que sus ojos fueran abiertos.

Primera pregunta se la contesté: ¿cuál era el principal atractivo del ministerio de Cristo? Predicaba la palabra del Señor. Hermanos, iglesia Pez Mundial, miren, los artilugios humanos a veces han desplazado este privilegio que tiene la iglesia. Lo que hace especialmente interesante a nuestra iglesia es que cuando la gente viene aquí va a escuchar la palabra del Señor, y eso, hermanos, no hay programa de televisión que compita con la palabra del Señor. La iglesia es la depositaria de la palabra del Señor.

El mensaje esencial de Cristo: Él mismo

Vamos entonces a la segunda pregunta: ¿Cuál era esencialmente el mensaje de Cristo? ¿Qué era lo que Cristo predicaba? Hermanos, si Cristo predicaba esto y era atractivo, a mí me gustaría predicar lo mismo. Dice el libro de Lucas, al final del Evangelio, Él está haciendo un resumen de su ministerio. Son Lucas 24, en el versículo 44. Cuando Cristo predicaba, ¿saben lo que Él decía? Él abría, por ejemplo, el libro del profeta Isaías, y decía: “Profetizó el profeta Isaías tal cosa”, y después decía: “Hoy se ha cumplido esta profecía ante ustedes”. Él buscaba la Ley, buscaba los Salmos y buscaba los Profetas y les decía: “Esto es lo que de mí está escrito en la Ley, en los Profetas y en los Salmos”.

Lo que Cristo predicaba en gran medida era a sí mismo a través de todas las partes de las Escrituras. ¿Por qué era tan interesante? Porque cuando Cristo lo leía, Él decía: “Miren, soy yo, y fue de mí que escribieron ellos”. Cuando una persona lee los evangelios tiene que llegar a dos conclusiones: o ese hombre se volvió loco, o es el Hijo de Dios, porque Él afirmaba ser el Hijo de Dios. Él no rehuía su deidad.

Pero entonces lo que Él predicaba era: “De mí habló Isaías de la siguiente manera, y así estoy yo aquí”. “De mí habló la Ley y de mí se dijo que iba a tener tales características. Aquí estoy, y estas son las características de mí. Fue de mí que cantaron los Salmos, y aquí estoy”. Lo que Cristo de algún modo predicaba era a sí mismo a través de todas las Escrituras del Antiguo Testamento.

¿Cómo podemos aplicar esto, hermanos? Miren, la centralidad y la primacía de Cristo debe ser un asunto que esté presente en cada una de nuestras lecturas de la palabra de Dios. ¿Para qué leemos esencialmente los cristianos el Antiguo Testamento? Para encontrar a Cristo cada vez más claramente. ¿Para qué nosotros leemos los Salmos? Para, de algún modo, identificar qué dijeron los Salmos sobre nuestro Cristo. El tema central en la Escritura es Cristo. Las Escrituras son cristocéntricas desde Génesis hasta Apocalipsis, y en todos los libros de la Biblia usted podría encontrar a Cristo.

Es más, se podría predicar a Cristo de todas las partes de la Biblia. No hay un libro de la Escritura, hermano… Usted busca Ester y, desde Ester, usted podría predicar a Cristo. Busca Cantar de los Cantares, y desde Cantar de los Cantares podría predicar a Cristo. Busca a los profetas, y desde las profecías del Antiguo Testamento podría predicar a Cristo. ¿Qué era lo que Cristo esencialmente enseñaba? A Él mismo. Avanzamos un poco más: ya sabemos, hermanos, cuál era el principal atractivo del ministerio de Cristo: el principal atractivo del ministerio de Cristo era que Él enseñaba la palabra.

Lo segundo: ¿y cuál era su principal mensaje? Él mismo. Él decía: “De mí fue que se escribió eso”. Y lo tercero, hermanos: ¿cuál es el principal objetivo de los milagros? Aquí hay mucha confusión. Hay personas que han pensado que los milagros son un recurso para una cosa o para la otra. ¿Para qué esencialmente servían los milagros en el ministerio de Cristo? No era para atraer a la gente.

El propósito principal de los milagros

No era para hacer de la salud el Evangelio, porque siendo así, entonces los médicos actuales serían evangelistas, ¿verdad? Si la razón del Evangelio fuera la salud del cuerpo, entonces aquí tendríamos, ¿verdad?, aquí el evangelista entonces serían los médicos, el personal médico. Entonces podrían decir que ellos también son Cristo, porque también sanan. Ciertamente, cuando Cristo sanaba, la persona se beneficiaba, pero el principal objetivo de los milagros de Cristo, el principal, no el secundario, el principal objetivo en los milagros de Cristo no era necesariamente la salud del hombre, no era la salud física.

Es más, dice John Stott que los milagros de Cristo, de algún modo, son metáforas de salvación. Por decirle un ejemplo, cuando Él sanaba al ciego, ¿sabe lo que le estaba diciendo al hombre? “Ustedes están cegados en sus delitos y pecados, y así como ese hombre necesitó que se le abrieran los ojos, así mismo ustedes necesitan que se les abra el entendimiento espiritual para que reconozcan a Cristo”. Cuando Cristo sanaba al leproso estaba dando una metáfora, estaba diciendo: “Ustedes están podridos en sus pecados, y así como la lepra está royendo el cuerpo de ese hombre, del mismo modo el pecado está royendo el alma de ustedes”.

Cuando Cristo sanaba al paralítico y lo ponía a caminar, ¿sabe lo que estaba diciendo Cristo? “Este hombre estaba atado ahí a su lecho y no podía pararse por sus propios medios, no tenía la fuerza para pararse. Así mismo están ustedes atados a su fuerza de voluntad, y aunque ustedes quieran hacer la voluntad del Señor, están atados a su lecho. A ti te digo: levántate”. Hermanos, los milagros de Cristo de algún modo son anuncios de salvación.

Los milagros del ministerio de Cristo de algún modo son un anuncio del poder que Cristo tiene. De algún modo los milagros de Cristo anuncian, hermanos, por medio de hechos extraordinarios, una necesidad todavía más grande que tienen todos los seres humanos. Más que abrir los ojos para ver la creación, nosotros necesitamos abrir los ojos para ver a Cristo. Más que caminar para llegar a nuestra casa, nosotros necesitamos tener la voluntad que nos da el Espíritu Santo para caminar hacia Dios y hacer su voluntad. Hermanos, más que ser sanados de la lepra, nosotros necesitamos ser sanados de un problema de pecado que hay en el centro de nuestro corazón.

Y así como Cristo sanaba el cuerpo para usar estas cosas, las está usando a ti hoy. La razón principal en el ministerio de Cristo era anunciar, a través de los milagros, la salvación de Cristo. En primer lugar. Lo segundo: Cristo estaba estableciendo su deidad. Por ponerte un ejemplo, miren, Cristo demostró a través de sus milagros que tenía poder sobre la creación. En un momento Él estaba en la barca con sus discípulos y vino un viento así, una tempestad, ellos pensaban que se iban a ahogar, y ¿saben qué hizo Jesús? Le ordenó a la naturaleza, y dijeron los discípulos: “¿Pero y quién es este, que aún el viento le obedece?”.

Miren, Cristo demostró que tenía poder sobre el mar, y por eso reprendía a los demonios, y cuando Cristo les hablaba a los demonios, los demonios salían corriendo. En un momento vinieron los demonios y le dijeron: “Jesús, Hijo de David, ¿qué tú tienes contra nosotros? No ha llegado nuestra hora”, y Cristo los reprendió y los sacó, los expulsó. Demostró Cristo que tenía poder no solamente sobre la naturaleza, sino que también tenía poder sobre las fuerzas del mal. Pero al mismo tiempo, hermanos, demostró Cristo un poder extraordinario que nadie más había demostrado, y era el poder sobre la muerte.

Cristo y su poder sobre la muerte

En un momento resucitó a la hija de Jairo, resucitó a Lázaro. ¿Qué estaba diciendo? Que Él tiene poder no solamente sobre las fuerzas de las tinieblas, que Él tiene poder no solamente sobre la creación, que Él tiene un poder extraordinario también sobre la muerte, y este que es nuestro enemigo principal, hacia el cual todos estamos caminando a enfrentar, dice Cristo que Él lo venció en nombre nuestro. Es más, en un momento Él quiso que su milagro sea tan extraordinario que Él permitió que un amigo suyo se muriera y que se pudriera ya muerto, y le dijeran los discípulos: “Ay, Señor, pero tu amigo Lázaro murió, ¿tú vas a dejar de ir?”. “Date un tiempo todavía, que no se ha podrido lo suficiente”.

Y en un momento caminó Jesús hacia allá, y cuando llega donde estaba Lázaro, le gritó a un Lázaro putrefacto. Hermanos, el poder que Cristo ha demostrado sobre la creación, el poder que Cristo ha demostrado sobre las fuerzas del mal, el poder que Cristo ha demostrado sobre la muerte para llamar a un hombre… Le dijo así mismo la hermana, la hermana que era la principal que quería que le resucitara, le dijo: “Señor, pero ya hiere”. La hermana de Lázaro, cuando el Señor fue hacia allá y pidió que se le removiera la piedra, ¿sabe lo que dijo la hermana? “Señor, ya hiere, ¿cómo tú vas a exponer a esta gente a ese dolor fétido?”.

Pero el Señor le gritó: “¡Lázaro, ven fuera!”. ¿Y sabe qué pasó, hermanos? Que las puertas de la muerte tuvieron que humillarse así, decir: “Wow, nos ha pedido el muerto el que creó la vida, es Él que está gritando a ese hombre que venga fuera”, y las cuerdas de la muerte tuvieron que entregar al amigo de Jesús. ¿El milagro principal ahí era demostrar y permitirle a Lázaro que viva un año, dos o cuarenta años más? No. Lo que Cristo estaba demostrando es que así como tiene poder sobre la muerte, al mismo tiempo tiene poder sobre las fuerzas del mal, y el que pudo sanar al cojo, sanar al ciego, levantar al muerto, también puede levantar a su creación del poder del pecado.

Cuando Cristo hace milagros, de algún modo estaba anunciando que Él podía hacer por ti algo más que el milagro físico. Aquí no para el milagro que tenemos ante nosotros, el milagro del dos por uno. Este hombre recibió un milagro, el Señor… Él vino buscando una cosa y le dieron la otra. Este paralítico vino delante del Señor, vino a buscar algo, pero cuando él estaba buscando una cosa, el Señor por su beneficio le dio la otra. ¿A qué fue que vino el paralítico con sus cuatro amigos que le cargaban? A sanarse. ¿Y qué le dio el Señor? “Tus pecados te son perdonados”. “Pero no fue eso lo que yo pedí”. “Pero es eso, mi hermano, lo que tú necesitas”.

Pedir lo principal antes que lo secundario

A mí también me da pique, porque yo veo gente que viene donde Cristo a pedir cualquier cosa y todavía no ha rogado por su alma. Hay gente que está muerta en sus delitos y pecados, hay gente que está ciega, hay gente que está en lepra y viene a Cristo —hablando espiritualmente— y viene a Cristo: “Ay, Señor, ¿tú podrías permitir que yo pase el examen?”. Hermano, lo que tú más necesitas no es pasar el examen, tú lo que más necesitas es que Cristo perdone tus pecados.

¿Cuánta gente viene a una iglesia a clamar por salud? ¿Cuánta gente viene a una iglesia a clamar por un marido? ¿Cuánta gente viene a una iglesia a clamar por un hijo? El milagro más grande que puede hacer el Señor por ti fue el milagro que le dio a este paralítico. Antes de levantarlo del suelo, el Señor le dijo: “Tus pecados te son perdonados”. Ahí está el milagro más grande. Y yo quisiera entender por qué el Señor primero lo salvó y después lo paró. Probablemente este señor, si le pone a usar las piernas antes de ponerlo a usar el alma, se manda corriendo como aparecieron nueve leprosos malagradecidos y jamás vuelve a buscar salvación.

El Señor lo agarró ahí agachado, a ras del suelo, y le dijo: “Mira, tus pecados te son perdonados, ajá, sí”. Habló ahí con unas cuantas personas y después le dijo: “Y ahora levántate y anda”. Dos milagros en uno, hermanos, pero el milagro más importante se lo dieron primero, ya estaba pago. Es más, Jesús no tenía que darle nada más y ese hombre tenía que sentirse satisfecho, porque sus pecados habían sido perdonados.

Lo que quiero decirte a ti, hermano, es que no busques el milagro secundario antes de buscar el milagro primario. Que pidas primero por tu alma y después pidas por tus piernas. ¿Cuánta gente viene a la casa del Señor a buscar milagros menores? Yo por eso me pregunto… Yo veo qué piden, por eso me pregunto: “¿Tú estás pidiendo por eso, pero ya tú fuiste salvo? ¿Ya el Señor perdonó tus pecados? Ya el Señor abrió tus ojos, ya el Señor te permitió tener uso de tu voluntad y levantarte de la cama del pecado”. “No, todavía no, pero yo quisiera que el Señor me ayudara a conseguir trabajo”. Hermano, dice el Señor que es mejor entrar al reino de los cielos ciego, manco o como quiera, pero entrar.

Hay un caso excepcional, hay gente, hermanos, que antes de pedir lo que hay que pedir comienza a pedir caballadas. Yo no sé a qué que ellos vienen. Dice la Escritura que sucede algo, y es que tienen el entendimiento entenebrecido. A lo bueno le llaman malo y a lo malo le llaman bueno. Cantidad de gente pidiéndole al Señor trivialidades, pero no le piden por su alma. Y el Señor, a veces en su misericordia, les da su trivialidad y los manda solos por ahí.

Hermanos, la mayor desgracia que le puede suceder a un ser humano es estar ante la presencia de Dios hecho hombre en Cristo y recibir de Cristo cualquier beneficio material y seguir caminando por ahí campante rumbo a la perdición. La peor desgracia que un hermano puede tener es decir: “Cristo a mí me sanó, pero me dejó en pecado; Cristo a mí me recobró los ojos, pero me dejó muerto en mis delitos y pecados; yo estuve al lado de Cristo y no tengo la salvación”.

En tiempos de Balaguer, una vez una mamá mandó a la hija y le dijo: “Ve donde el doctor y dile que nos dé una casa, dile que nos dé un apartamento”. Y mandó a la hija. Cuando el doctor Balaguer hacía sus inauguraciones, venía el pueblo y le pedía cosas. “Hay una niña aquí que le va a pedir algo al doctor”. “Ah, que venga la niña, que le pida cosa al doctor”. Y la niña fue. La mamá le había dicho: “Tienes que pedirle al doctor que nos dé una casa, que nos dé un apartamento”, y mandó la niña, porque quizá la niña tiene ese elemento emocional que quizá el doctor recibe mejor a una niña que a la doña.

Entonces la doña mandó a la hija: “Ve, dile al doctor que nos dé una casa, que tu mamá quiere que le dé un apartamento”. Y la niña caminó hacia el doctor, y cuando llegó donde el doctor: “Dime, niña, ¿qué tú quieres?”. “Ay, doctor, yo quiero que usted me mande una muñeca y una bicicleta”. Yo me imagino la mamá lo que habrá dicho: “Muchacha, tú lograste estar ante el presidente de la República y en vez de pedir un apartamento pediste una muñeca”. “Denle una muñeca y una bicicleta”.

Hermano, cuántas personas vienen a la casa del Señor y en vez de recibir del Señor la casa en las moradas celestiales le piden al Señor muñecas y bicicletas. Cuántas personas vienen a una iglesia y llegan a su casa acariciando su muñeco nuevo, pero no llegan a la casa celebrando que sus pecados han sido perdonados. El milagro más grande del mundo: la salvación del alma de un pecador.

El poder incomparable de la iglesia y el Evangelio

Al mismo tiempo te diré, hermano, que la iglesia tiene una herramienta con la que no hay institución en este mundo que pueda competir. La iglesia, hermano, el Señor le ha dicho que las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. No hay banquero poderoso en esta tierra que tenga más poder que la iglesia más humilde sobre esta tierra. ¿Por lo siguiente? El banquero, a pesar de que esté sobre montones de dinero, está muerto en sus delitos y pecados, y tendrá que humillarse ante el Señor y venir a la iglesia para recibir lo que su alma necesita. Dice la Escritura que las puertas del Hades no prevalecerán contra la iglesia.

A mí me entristece que a veces veo ministros cristianos que quieren competir con el mundo. Hermano, el mundo no compite contra nosotros. Cuando nosotros pensamos que la gente va a elegir entre venir a un culto de la iglesia del Señor, donde se va a dar salvación, o ir a Ágora Mall a comerse un helado, perdimos el rumbo, hermano. Eso no es competencia para nosotros. No hay competencia en este mundo para el poder que tiene la iglesia, porque en Ágora Mall la gente puede comprar helados, pizza y vitrinear un poco, pero solamente en la iglesia del Señor se predica la salvación de su alma, el milagro más grande.

El Señor lo ha reservado para la iglesia más humilde. Dice el apóstol Pablo en el libro de Corintios que tenemos nosotros un mensaje que ante el mundo es locura, pero que es el poder de Dios para salvación. Es el Evangelio, y al mismo tiempo ese mensaje es predicado por un grupo de hombres que —dice él— que nosotros somos los despreciados del mundo. Un instrumento, hermanos, que yo primero me pregunto: ¿cómo es que el Señor ha elegido depositar la palabra del Señor en un instrumento tan humilde como somos los predicadores?

Pero dice el apóstol Pablo que el Señor nos ha dado un mensaje que parece pobre y que el mundo le llama locura, y que lo ha enviado a través de mensajeros débiles como él y como todos nosotros, y al mismo tiempo se lo ha mandado a un pueblo que es un poco torpe y no sabe recibirlo. Es la triple locura, la triple locura del Evangelio. El Evangelio es poder de Dios, pero los hombres no lo entienden. Es predicado por instrumentos muy débiles, pero es el mismo poder de Dios, y al mismo tiempo el hombre no tiene capacidad de recibir eso y necesita que sus ojos sean abiertos.

Cualquier persona que se haya convertido a Cristo recientemente va a decir: “¿Y cómo es que yo antes no vi?”. Cualquier persona que haya entregado su vida a Cristo recientemente va a decir: “¿Qué era lo que pasaba conmigo?”. Es que estabas muerto en tus delitos y pecados, es que estabas ciego, es que estabas muerto en lepra. El Señor tuvo que levantarte, el Señor tuvo que abrirte los ojos, el Señor tuvo que abrirte el entendimiento para que puedas entender la hermosura del Evangelio. El regalo, hermano, el milagro más asombroso es la salvación del alma de un pecador.

Miren, hay gente que está esperando como que la iglesia… como que a la iglesia hay que ponerle muchas columnas y vigas para que la salvación suceda. En el sur del país hay iglesias que están hechas de “tejamaní”, que es una piel de animal con lodo, y hacen casitas de esas que se caen de lado. Y ahí, en esa casa hecha de piel con lodo, el Señor ha alcanzado a hombres con salvación. No es porque la iglesia sea esplendorosa, hermano. Hay ministros analfabetos que han traído miles al reino de los cielos. No es que el ministro sea elocuente, es que el mensaje funciona a pesar del ministro y a pesar del instrumento.

Hermano, ese es el poder del Evangelio y es todo lo que la iglesia tiene. Quiero animar a mi iglesia a que confiemos, hermanos. Miren, más que cualquier cosa, más que un templo grande, nuestra iglesia necesita predicar la palabra del Señor y hacer uso de este poder extraordinario que es el poder del Evangelio. Esto es lo que puede levantar a los muertos de sus pecados, esto es lo que puede abrir los ojos a los ciegos.

La fe de los cuatro amigos y nuestro llamado

Busquen la segunda parte del mensaje en internet, pero lo voy a adelantar. Hermanos, ¿cómo podemos nosotros imitar a estos cuatro hombres que trajeron un amigo paralítico para que el Señor lo sanara? Dice la Escritura que el Señor reconoció la fe de esos hombres. Libro de Marcos, capítulo dos, dice el Señor: “Al ver Jesús la fe de ellos…”. ¿De quiénes? De los cuatro. “Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados”.

Bueno, el Señor vio esta disposición que había en estos amigos de que su amigo se sanara. Entre cuatro lo cargaron. Hay dos cosas que se evidencian en los cuatro amigos del paralítico. Lo primero es que ellos ya tenían expectativas en que Cristo podía hacer un milagro en esa vida. ¿Sabes por qué no se salva más gente en nuestra iglesia? Porque hasta yo mismo a veces he perdido la expectativa de que el Señor va a salvar más gente. Hay gente que yo se la he soltado al Señor y digo: “Ese no va a coger más vueltas”. Gente que yo como que le he dado “bola negra”.

¿No te ha pasado a ti que tú le has predicado tantas veces a una persona que tú dices: “No, ese ya no coge vuelta, se perdió la rosca”? En cuanto al Evangelio, “ese tornillo se corrió”. Hermano, vamos a creer que realmente el Señor puede permitir que el paralítico camine, espiritualmente hablando. Vamos a creer que el Señor puede alcanzar con salvación a las personas a las que ya nosotros les perdimos la expectativa. Y lo segundo: vamos a hacer esfuerzo.

Estos cuatro amigos desmontaron el techo de una casa. El techo de una casa fue desmontado para que este amigo suyo reciba del Señor el milagro en el cuerpo. El Señor, en vez de uno, le dio dos. Iglesia Pez Mundial, yo quiero animarte. Me gustaría que en este mes de octubre vamos a estar predicando el Evangelio domingo tras domingo. El próximo domingo trae un cojo para que camine, el próximo domingo trae un ciego para que vea, el próximo domingo, hermano, trae un paralítico y dile: “Mira, tú no vas a poder levantarte en tu propia fuerza, eso es el Evangelio”. Cuando a una persona tú le dices: “Mira, tú has sido salvo”, lo que el Señor le está diciendo es lo primero.

Recuerden tres componentes de la salvación. Lo primero que te da la salvación es tener paz con Dios, una relación con el Señor. Dice la Escritura que nosotros estamos separados de Dios por nuestros delitos y pecados. Cuando una persona alcanza la salvación, lo que alcanza primero es una relación con Dios. Es: “Mira, lo que tú más necesitas es tener una relación con Dios”.

Pero el segundo componente de la salvación, hermano, dice la Escritura que el Señor no solamente nos hace eso, sino que nos libra de la muerte. Hacia donde va caminando un pecador es hacia la muerte. Lo que pasa, hermano, es que la gente dice: “Pero a mí me falta mucho tiempo todavía”. Dicen que no hay fecha que no llegue ni plazo que no se venza. Tarde o temprano, nosotros estamos todos caminando hacia el abismo, y lo que hacemos nosotros cuando alcanzamos a alguien con el Evangelio es decirle: “Mira, ya tú has sido perdonado, ya tú no vas hacia la muerte, sino que tu vida va ahora hacia la gloria, has pasado de muerte a vida”, dice el Señor.

Primer componente de la salvación: nuestra relación con Dios. Lo segundo: hemos sido pasados de muerte a vida. Y lo tercero, hermano: la salvación nos permite levantarnos espiritualmente hablando. El ser humano natural está muerto en sus delitos y pecados, está en grilletes, y quiere hacer la voluntad del Señor, levanta un dedo y el pecado se lo baja. El pecado, hermano, es una fuerza que te oprime. Cuando el Señor viene a ti, lo primero es que te levanta del poder del pecado. Las tres cosas que da la salvación son esas. Dile a una persona: “Ven a la iglesia para que tengas la salvación”. Si ya tú estás aquí, me gustaría contarle una historia, con esto cierro.

Ana Bolena y el error de pedir lo incorrecto

En Inglaterra, en tiempos de Enrique VIII, hubo una reina que al parecer fue un poco descuidada. Se llamaba Ana Bolena. Esta reina, por diferentes escándalos que hubo en la corte, fue condenada a la incineración, y le dijeron: “Ana Bolena, te has estado comportando indecorosamente; serás condenada a morir en la hoguera”. Esta mujer era un poco fría, era un poco, yo le llamo, un poco torpe. Y en vez de clamar por su vida, miren lo que ella pidió: ella no pidió que sus pecados les fueran perdonados, sino que, cuando ya estuvo ante su propio rey, dijo: “Por favor, permite que en vez de morir incinerada yo pueda morir decapitada. Y que, en vez de que me decapiten con un hacha, como se estila, que permitan que un famoso verdugo francés —que yo he oído que tiene mucha pericia— venga desde Francia con una espada de doble filo y que sea él que me lleve la cabeza”. ¿Y saben qué hizo el rey? Le concedió lo que Ana Bolena pidió.

Ana Bolena murió decapitada por un verdugo francés. Hermano, lo mismo pasa con el pecador que está en la iglesia, y en vez de decirle al Señor: “Señor, mira, estoy caminando hacia la muerte, ¿tú podrías hacer algo para desviarme? Señor, mira, yo estoy condenado a la perdición eterna, ¿tú podrías hacer algo para que yo sea pasado de muerte a vida? Señor, mira que estoy condenado, ¿tú podrías de algún modo perdonar mis pecados?”, tipo Ana Bolena, están aquí en la iglesia y todavía no tienen la plena certeza de que, en vez de caminar a la muerte, están caminando a la gloria.

Este es tu momento de salvación. No hay que dejar las cosas para muy después. Si tú estás hoy en la iglesia del Señor, es como estar ese paralítico ante Cristo. Hermano, no dejes de decirle a Cristo… no te vayas de la presencia del Señor sin rogar por tu alma. Hay gente aquí a quien el Señor podría ayudarle en su final, hay gente aquí a quien el Señor podría ayudarle en sus negocios, hay otros a quienes el Señor podría ayudarles en su salud, hay otros a quienes el Señor podría ayudarles en su familia, pero yo estoy seguro que aquí hay gente que el Señor podría ayudarle en su alma.

El milagro más extraordinario, hermano, no es que tú tengas dos pesos más en los bolsillos. El milagro más extraordinario es el que seas pasado de muerte a vida y de condenación a libertad. El milagro más grande puede suceder en este momento. Cierre sus ojos un momento.

Llamado a salvación y oración final

Quiero rogar primero por aquellos que no tienen la certeza de que sus pecados han sido perdonados. Ay, hermano, el Señor está aquí hoy. Y desde el libro de Apocalipsis el Señor dice que quiere perdonar tus pecados y que ya murió por tus pecados en la cruz. Él te dice: “Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré, cenaré con él y él conmigo”. Tú que estás muerto en tus delitos y pecados, tú que estás paralítico en tu voluntad y por tus propios medios no podrías caminar hacia Dios, tú que tienes los ojos cerrados y no puedes valorar la hermosura del Evangelio, tú que estás muerto en la lepra y nadie te quiere tener cerca —espiritualmente hablando—, así el Señor hoy puede darte salud en tu alma.

Qué hermoso sería si tú recordarás octubre 7 como el día de tu salvación, el día en que recibiste el milagro más grande en tu vida. Mantén tus ojos ahí cerrados. Ay, Señor, mira que hay gente que quizá no te está mirando, Señor. Mira, aquí hay gente, Señor, que quizá está pidiendo lo que no debe de pedir. Mira, Señor, que quizás aquí hay gente que todavía no ha rendido su vida a ti. Amigo que estás aquí presente, el Señor quizás quiere decirte: “Levántate y anda”, pero antes de eso el Señor quiere decirte: “Tus pecados te son perdonados”. Es tan sencillo como que le digas al Señor en oración. No esperes fuegos artificiales, no esperes emoción, no esperes nada; espera convicción. Es el Señor que te está convenciendo de pecado hoy.

Pídele al Señor: “Señor, te pido que mis pecados sean perdonados”. Mantén los ojos cerrados, ven al Señor con tus palabras, eso, hermano, amigo, pide eso. Antes de pedir por cualquier cosa, antes de pedir por tus piernas, pide por tu alma. Pídele al Señor: “Señor, perdona mis pecados. Mira que estoy caminando a la perdición, líbrame de la muerte. Restáurame a la comunión contigo, tu comunión conmigo. Permíteme de nuevo tener acceso a tu presencia”. Pídele al Señor ahí, en oración, que el Santo Espíritu de Él venga a morar en tu corazón y que te devuelva el sentido de la voluntad y que puedas hacer libremente la voluntad del Señor, ayudado por el Espíritu Santo.

En tus propias fuerzas tú no puedes hacer la voluntad del Señor. Tú necesitas que el Espíritu Santo sea puesto dentro de ti para que produzca frutos que sean dignos de arrepentimiento. Hay paralítico que estás ahí en tus pecados restringido, ciego que estás ahí ajeno a la vida de Dios, leproso que estás ahí aislado y que nadie quiere tener comunión contigo. Antes de que el Señor te diga: “Levántate y anda”, quisiera decirte hoy: “Tus pecados te son perdonados”.

Si tú, con sinceridad de corazón, te has arrepentido, si tú antes habías escuchado el Evangelio pero quizás el Espíritu Santo no había abierto tus ojos, si tú antes habías querido caminar hacia el Señor, pero sentías una fuerza que te retenía en el suelo, recibe hoy el milagro más grande, que es el milagro de salvación. Ha dicho la Escritura: aquel que creyera en el Señor —esto es, el que pusiera en Él su confianza— y se bautizara, dando testimonio público de que sus pecados fueron perdonados y que comenzará a vivir una vida agradable al Señor, ese será salvo.

El próximo domingo en nuestra iglesia tenemos talleres de membresía. Mantén tus ojos ahí cerrados. Si tú hoy te humillaste ante el Señor y recibiste el regalo más grande, yo te invito a que vengas el próximo domingo a las 9:00 de la mañana, que tendremos aquí talleres de membresía para enseñarte más sobre la vida cristiana y ayudarte en tu caminar hacia las aguas, donde confesarás a Cristo públicamente. Todos los cristianos en algún momento nos bautizamos, así es que evidenciamos que el Señor ha perdonado nuestros pecados. Termino orando por toda la congregación.

Ojalá aparecieran cuatro amigos que traigan un paralítico el domingo. ¿Qué tal si apareciera aquí alguien que pudiera comenzar a rogar desde el lunes por la vida de otro? ¿Qué tal si el Señor viera nuestra fe y nuestra entereza, nuestra disposición? ¿Qué tal si el domingo abrimos el techo para bajar un amigo? ¿Qué tal si en octubre nuestra iglesia es aumentada con salvación?

Gracias, Señor, por el milagro más grande. Gracias, Señor, porque lo hemos recibido de ti. Gracias por la salvación de mi alma, Señor, gracias por el perdón de mis pecados, gracias porque me pasaste de muerte a vida, gracias, Señor, por la comunión contigo. Bendice tu iglesia hoy. En el nombre de Jesús, amén. Que el Señor les bendiga mucho.

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