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El proceso de un gran cambio

Jeremías 6:16

Los grandes cambios espirituales comienzan cuando hacemos una pausa, aceptamos ayuda y volvemos al camino antiguo que trae paz con Dios. Este sermón nos llama a detenernos, pensar y regresar a la senda de la comunión con el Señor.

Predicado27 de noviembre de 2011
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Aprovechamos hoy, Señor, pues mañana se conmemora otro año más desde la Reforma Protestante, para orar por nuestro propio corazón. Sabemos, Señor, que no conducimos a ninguna parte, y a ningún buen lugar podemos llegar si primeramente tú no haces una gran obra al interior de cada uno de nuestros corazones. Permite que cuando vayamos a la Reforma Protestante, Señor, no solamente veamos un momento en la historia; permite, Señor, que veamos ahí un ejército de corazones transformados por tu gracia que se levantaron en el mundo a marcar una diferencia. Te presento esta congregación que está aquí reunida, te presento sus diferentes momentos, Señor, te presento a aquellas personas que necesitan una reforma hoy en sus vidas, te presento, Señor, cada corazón que está aquí presente que necesita ser reformado por tu gracia.

Permite, Padre, que no solamente veamos la Reforma como un hecho del pasado, sino que veamos la Reforma como un hecho para el presente. Permite, Señor, que así como tú levantaste el corazón de Martín Lutero para entender que teníamos que volver a la fuente, que teníamos que volver al camino que un día dejamos, así mismo, Señor, tú levantes el día de hoy gente que se detenga, que haga una pausa en el camino, mire atrás, Señor, y vuelva a la senda antigua. Te presento cada corazón aquí reunido, Señor, te presento mi corazón. Estamos ahora por predicar tu Palabra, Señor, por abrir tu Escritura. Queremos ir a la fuente, Señor, para recordar aquel camino, Señor, para recordar, Padre, que todavía podemos volver a ese camino y para encontrarlo con tu ayuda, Señor.

Por tu amor y tu infinita misericordia, permite que no solamente miremos hacia atrás y entendamos que tenemos que volver, sino que realmente tu pueblo vuelva. En el nombre de Jesús, amén. La Reforma no fue solamente un momento histórico. Yo estaba estudiando sobre la Reforma en esta semana y a la conclusión que llegamos es que lo que más valoro de la Reforma Protestante fue el legado de saber que podemos cambiar después de muchos, muchos años. No sé si te sucede a ti, pero muchas personas entienden que, porque han vivido durante años en una conducta, en una actitud, en una situación, ya su vida llegó como a petrificarse y que no hay ninguna posibilidad de cambio. Lo mismo sucedía en tiempos de Lutero; en tiempos de Martín Lutero la iglesia había vivido durante decenios, durante cientos de años, un proceso de decadencia en el cual ya todo el mundo se había llegado a acostumbrar y entendían que las cosas tenían que ser así.

Sin embargo, Lutero y otros cristianos más, comunes y corrientes como todos nosotros, porque dentro de ellos lo único que había, pese a la presencia de Dios, eran hombres comunes como todos nosotros. Ellos se levantaron y se les abrieron los ojos a una posibilidad de que la iglesia del Señor podía realmente cambiar. La de Lutero fue la primera Reforma; tampoco sería la última. En el Antiguo Testamento también se anuncian reformas, como las de Josías, y también se nos enseña a nosotros cómo podemos realmente llegar a ser reformados. Yo quisiera compartirles así, de una manera expedita pero muy clara, cuál sería el proceso que podría suceder en tu vida para que dejes de caminar por la senda donde hasta ahora has caminado y puedas ir atrás, y que realmente en tu vida haya un cambio que sea un cambio permanente y un cambio significativo. Eso está en la misma Escritura.

El mapa del tesoro y el tesoro escondido

Ven conmigo un momentito, me sale una pequeña historia. Mira, en mi casa, donde vivo, hay un patio grande; yo no sé si ustedes tienen patios en su casa, pero ese patio fue el patio donde yo crecí en mi primera niñez. Ese patio tenía diferentes árboles y la manera en que uno se entretenía era que uno se entretenía en el mismo patio, y uno de mis entretenimientos favoritos era jugar al tesoro escondido. Y el tesoro escondido era que cuando pasaba quizá un día especial y me daban algo de dinero, porque el niño todo lo consume, si te dan un peso tú corres con mami y compran algo, pero a veces había algún tipo de dinero especial que tú podías guardarlo. Yo lo que hacía era que tomaba un papel y escribía un mapa.

Entonces ponía: cinco pasos hacia el frente, partiendo desde la mata de mango; doble a la izquierda; camine veinte pasos en esta misma dirección, encontrará la mata de coco; gire cuarenta y cinco grados; camine dos pasos más; cave profundamente. Entonces yo escondía un peso. Ese era el entretenimiento. Yo me entretenía haciendo diferentes planos. Quizá yo vi alguna caricatura donde había un niño que tenía algo así, pero yo clavaba mi peso, enterraba mi peso y lo dejaba debajo de la tierra. Entonces en algunos momentos yo decía: en algún momento se me va a olvidar, en algún momento se me va a olvidar, pero todavía tengo el mapa. En algún momento se me va a olvidar y la verdad es que como yo no esperaba el momento en que se me olvidaba, porque después que tenía el peso ya yo lo había comprado y se había parecido, yo soltaba el mapa y lo botaba, pero los mapas me permitían encontrar nuevamente la dirección de un tesoro que estaba escondido.

Lo mismo encontraron los Reformadores. Ellos encontraron la ruta para redescubrir el precioso tesoro que estaba escondido. Ellos caminaron en la dirección que decía el mapa y realmente lo encontraron, y cuando encontraron ese pozo, lo que estaba perdido, entonces la iglesia comenzó a cambiar. Quiero que me acompañen al libro de Jeremías, en el capítulo 6, para que veamos un solo versículo y otra porción de la Palabra del Señor, donde entiendo que hay algunas indicaciones para que todos nosotros volvamos a encontrar este tesoro escondido en una paz permanente: la presencia del Señor. El versículo está también en sus bosquejos, pero búsquenlo en su Biblia, que es mucho más práctico, mucho más provechoso. Capítulo 6 del libro de Jeremías, y en el versículo 16. Les doy un instante para que puedan buscarlo en su Biblia, marcarlo ahí si no está en sus bosquejos.

Luego, en la introducción, yo decía que el legado de la Reforma Protestante se resume en la máxima: “Una iglesia reformada siempre reformándose.” Significa que sin importar los años que tengamos caminando en la dirección incorrecta, si tenemos el valor y la humildad para detenernos, podemos mirar hacia atrás y retomar el camino perdido. Dice así la Palabra del Señor:

Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos.

— Jeremías 6:16

Esto es un versículo corto, pero incluye por lo menos dos notas distintas. Lo primero es una expectativa de que podemos encontrar algo, pero lo segundo es una gran negativa para encontrarlo. El Señor le habla a su pueblo: “Aquí está la forma en que ustedes podrían devolverse y retomar el camino”, y al final el pueblo responde rápido: “No andaremos”. El versículo muestra estas dos emociones: en la primera, la respuesta del Señor de la manera en que ellos podrían retomar un camino perdido; y lo segundo, la respuesta que le dio su pueblo, que es una respuesta con resistencia. Yo quisiera preguntarte: ¿cómo es posible que llegue a suceder un gran cambio?

Los grandes cambios comienzan con una pausa

Lo primero, hermanos, que veo en el versículo es que para que suceda un gran cambio todo comienza con una pausa. Dice el Señor: “Pueblo mío, paraos en los caminos y mirad”. Yo no sé si tú te has visto agotado por la vida, pero detrás de cada reforma sucedió una pausa. Y fue una pausa donde alguna persona como que se detuvo en el camino y dijo: “Caramba, ¿a dónde yo voy?”. Es más, cada persona que hoy dice que es un cristiano, si es honesto, tiene que reconocer que en su vida, en algún momento, hizo una pausa y dijo: “Caramba, ¿dónde estoy?”. Lo primero que tengo para compartirles es que regularmente los grandes cambios comienzan con una pausa.

En el libro de Génesis, si vemos la creación, entendemos que el Señor ha diseñado su creación para que funcione en base a pausas. Hay como unos ciclos donde sale el sol, se oculta el sol, sale el sol, se oculta el sol. Luego vemos que comienza la semana y termina una semana, comienza una semana y termina una semana, y uno dice: ¿y por qué razón el Señor no hizo semanas de veinticuatro días, sino de siete? Y en medio de esa semana colocó una pausa. Es que, al parecer, la creación funciona en base a pausas. Los años comienzan y los años terminan. Y esto no fue un invento nuestro nada más, sino que el mismo Señor colocó en la creación un sistema de pausas.

Hay una lección espiritual en esto, y es que los grandes cambios en la vida de un hombre comienzan con una pausa. Yo no sé cómo está tu ajetreo en este momento, pero normalmente uno vive en un trajín, un trajín, y en ese trajín uno nunca se detiene. Y como nunca se detiene, entonces nunca cambia. Por lo mismo le dice el Señor: “Hagan una pausa en el camino, deténganse y miren”. Esto de “mirar” significa que tú vas a tener que detenerte en algún momento y decir: “¿Dónde estamos?”. Sucedió en la vida de Martín Lutero, y miren, quizá uno puede decir que fue una coincidencia, pero tenemos que ver la mano de Dios obrando en eso.

Martín Lutero estaba muy preocupado por su vida sacerdotal, muy inquieto en su conciencia, pero en un momento apareció su superior y le hizo una pausa, y lo mandó a Roma. Ah, caramba, Martín Lutero fue de camino a Roma y de Roma para atrás, y entonces pensó. Y cuando hizo una pausa en su vida sacerdotal, en su vida académica, entonces él se detuvo, dejó la rutina, caminó hacia Roma y cuando estuvo allá, vio cosas. ¿Les dije a ustedes que Martín Lutero fue el primer reformador? Tampoco sería el último. En la vida de los grandes hombres de Dios regularmente encontramos una pausa, y una pausa es un momento con el que uno no quiere encontrarse, porque definitivamente tiene que pensar y decir: “¿Dónde estamos?”.

Pausa, desierto y cultura de la prisa

Miren la vida de David: él recibió un llamado del Señor de que Dios iba a hacer grandes cosas con él. Pero inmediatamente después de ese llamado terminó viviendo, ¿dónde? En una cueva, en la cueva de Adulam. Veamos la vida de Moisés: Moisés tenía definitivamente un llamado del Señor para hacer una cosa, pero terminó llevando un tipo de vida que era un tipo de vida de pastor de ovejas. Él estaba en el fragor de la vida, en un palacio, en Egipto, y ¿cómo es que sale a vivir en los montes, a cuidar ovejas? Y en esa pausa entonces escuchó la voz de Dios. Hermano, amigo, quiero invitarte a que dejes de mirar la Reforma solamente como ese hecho histórico y comiences a ver la posible reforma que el Señor pueda hacer en tu corazón. Y la manera en que comienza esta reforma es con una pausa.

Las iglesias evangélicas nos reunimos el domingo en la mañana porque entendemos que nuestra ciudad necesita pausas. Y nosotros promovemos que el domingo no se trabaje porque entendemos que en algún momento de la semana de un hombre, ese hombre tiene que detenerse y mirar, hacer pausa. Las personas que no tienen pausas en su vida entonces nunca cambian de dirección, y esta pausa es una oportunidad maravillosa en la cual el Señor puede conducirnos hacia una nueva dirección. Te estoy animando a que hagas un stop en el camino, y cuando haces el stop en el camino entonces tienes la oportunidad de mirar.

Quizá algunos de ustedes han tenido la oportunidad de caminar en una caminadora. Al principio, cuando tú vas caminando en la caminadora todavía tú tienes cierta libertad: tú puedes mirar hacia un lado, mirar hacia el otro, pensar, pero llega un momento en que la caminadora acelera y la coordinación entre poner un paso y otro paso se vuelve tan intensa que lo único en lo que puedes concentrarte es en seguir caminando y poner otro paso sobre el camino. Yo he vuelto a caminar y conseguí una herramienta que me permite, cuando voy caminando, que me avise hasta qué velocidad debo ir.

Entonces, cuando voy caminando, esta herramienta me dice: “Usted va caminando a tantos kilómetros; debe avanzar hasta tal velocidad”. De momento, la caminata la disfruto mucho porque es un momento donde voy caminando y, al mismo tiempo, voy planificando el día de mañana; cuando voy caminando, al mismo tiempo, voy analizando lo que he dejado de hacer. Pero también, como dice la herramienta: “Avanza hasta tanto por ahora”, y cuando yo puedo ir a toda velocidad, la verdad es que mi corazón está latiendo tan fuerte y mi cerebro no está tan libre que lo único en lo que puedo concentrarme es en seguir caminando y poner otro paso sobre el camino.

La falsa urgencia y la necesidad de reflexionar

No sé si te está pasando algo parecido en tu vida personal, pero a veces vamos corriendo tan deprisa que no hay tiempo para escuchar la voz de Dios. Detente, pausa. Le dijo el Señor a Israel: “Paraos en los caminos y mirad”. Una situación constante cuando una persona está perdida buscando una dirección es que la persona quiere seguir buscándola, buscando la dirección y buscando la dirección, y normalmente el pasajero que va al lado, asomándose, le dice: “Pero vamos a detenernos, vamos a preguntar”. “No, no te preocupes, que yo lo consigo, lo consigo”, y da vueltas y vueltas y vueltas. Pues lo mismo dice el Señor: “Párense en el camino y miren”.

Dejen de correr y hagan pausa. La religión cristiana, nuestra fe, es una fe profundamente reflexiva. Los grandes hombres de Dios han sido hombres de desierto. Nuestra fe no es una fe solamente de ejecución, de hacer cosas; es una fe de pensar en cosas. Por eso, la meditación cristiana no consiste en dejar la mente en blanco, como suspenderse así en el infinito; no. La meditación cristiana consiste en una reflexión activa, en meditar sobre las grandes obras de Dios. Pero en este tiempo donde todo es inmediato entonces no hay tiempo para pausas. Detenerse totalmente es contracultural. Se ha fijado que quien está detenido es como que está mal. Esa cultura que tenemos nos pinta a la persona que no está haciendo nada como una persona que está mal.

Ahora mismo, si tú dices: “No, yo estoy en una pausa, yo ahora me he tomado un tiempo para esperar que el Señor me lleve en alguna dirección, porque la verdad es que no sé si lo que estaba haciendo está bien”, ¿qué te dice la cultura local? “Pero tú no te estás moviendo”. La cultura local nos etiqueta al que ha decidido detenerse como una persona que está mal. Por eso todo el mundo anda con una agenda y dos celulares. Miren, yo trabajé en cosas muy grandes y ahorita empezaremos a arreglar mucho el camión, y me di cuenta de personas que entendían que siempre tenían que estar ocupadas. Andaban con dos agendas así, y tomaban la agenda contra el pecho; llevaban dos agendas y dos celulares, siempre con los celulares aquí pegados, como diciendo: “Yo estoy muy ocupado”.

Tú no entrabas a una reunión sin tener que decir: “Tengo que contestar, tengo que salir”, porque siempre había algo. Yo a veces pensaba: ¿realmente estas personas están ocupadas o le parece a ellos? No se trata de que yo esté fuera del mundo corporativo; es que nos han enseñado que si tú no tienes dos agendas y cinco celulares, entonces estás mal. Hermano, amigo, el hecho de detenerse, de pausar, de decir: “Voy a tomar un tiempo para hacer un viaje a Roma” o para hacer un retiro, normalmente es visto como algo negativo. Pero los grandes cambios en la vida de un hombre comienzan con eso. Por eso decía el Señor: “Deténganse, párense y miren”.

Pausa semanal y sabiduría bíblica

Yo sé que cuando tú le dices a una persona que viene el domingo a la iglesia, hay gente que entiende que es una pérdida de tiempo sacar una mañana. Dicen: “Pero, ¿y esa mañana? Ese es el tiempo en que yo puedo resolver tal diligencia”. Y yo te pregunto: ¿en qué momento haces pausa? La verdad es que estás donde estás, no consigues lo que quieres, y no llegas a ningún lugar, porque tampoco sabes para dónde vas, y al menos que te detengas no podrás entender. Dice el libro de Proverbios:

No es bueno el afán sin reflexión; las muchas prisas provocan errores. La necedad del hombre le hace perder el camino, y luego el hombre le echa la culpa al Señor.

— Proverbios 19:2–3, paráfrasis

Párate, detente, baja las revoluciones del motor para que puedas escuchar la voz de Dios. Deja de correr a toda velocidad, y por lo menos tropieza, porque si tropiezas por lo menos piensas.

Me muevo al segundo punto, hermanos. Vine a decir cosas muy concretas, y antes de pasar al segundo punto tengo que decirlo. Miren, la herramienta que utiliza Satanás para mantener a las personas confundidas es el cansancio extremo, la distracción y la falsa urgencia. Eso de que “hay que correr de un lugar a otro” lo que provoca en nosotros es que nunca reflexionemos y pensemos cuáles son nuestras reales necesidades. Esta continua diversión de los sentidos, este estar siempre con un aparato en la mano, con un botón que tú le das y miras hacia alrededor, y luego le das a otro botón, y miras otra cosa, produce un estado constante de distracción.

Y esa falsa urgencia, ese “tengo que hacer, tengo que salir, tengo que ir”, muchas veces lo que esconde es que evitamos pensar. Y quiero decirte, hermano, que llega un momento, dice la Palabra del Señor, en que es necesario que los hombres piensen. Y que no está mal si haces una pausa en la semana. Y que no está mal a veces tomar unas vacaciones de tus diferentes proyectos para analizar si ese proyecto te está llevando a alguna parte, si realmente está Dios contigo. No está mal hacer una pausa.

Preguntar por las sendas antiguas: dejarse ayudar

Lo primero de este versículo, entonces, es: “Paraos en los caminos y mirad”. Haz una pausa para que llegues a algún sitio. Segundo: para encontrar el camino necesitamos ser ayudados. Es interesante que el versículo no se queda en “paraos en el camino y quedémonos ahí detenidos”. No. Dice: “Paraos en los caminos y mirad, y preguntad por las sendas antiguas cuál sea el buen camino”. Una de las razones por las cuales las personas permanecen en su estado de conflicto con Dios es que no quieren ser ayudadas. La mayoría de las personas quisieran arreglar su vida con Cristo, pero a su manera y sin ayuda.

“Óyeme, si tú me regalas un libro, yo lo leo; si acaso hay un congreso y yo escucho desde allá, bien”. Pero la mayoría de las personas no quieren ser ayudadas de una forma personal, no quieren ir donde alguien con humildad a preguntar. Una pausa en el camino implica también preguntar. Alguien me dijo: “Es que ahora mismo hay tantas personas que predican diferentes cosas y yo no sé si cuando yo le pregunte a una persona más me van a confundir”. Y yo le digo: esa es una expresión de estancamiento. “Estoy esperando que Dios me toque, estoy esperando que Dios me toque”. Hermano, eso muchas veces lo que revela es un corazón orgulloso, vano, autosuficiente.

Estoy esperando que Dios me toque, pero no soy capaz de ir donde una persona de carne y hueso y decirle con humildad: “Mira, ¿tú sabes cómo se llega a tal lugar?”. Me quedo aquí parado, esperando que el Señor descienda del cielo, con trompetas y relámpagos, y venga a hablar conmigo personalmente, porque yo soy demasiado orgulloso, demasiado vano, demasiado altivo. Ah, caramba. El Señor le dijo a Israel: no solamente “paraos y mirad”, sino “preguntad”. No te quedes esperando así, que el Señor te mande un ángel, que te diga: “Salve, muy favorecido; bendito tú eres entre todos los hombres, y bendito es el fruto de tu llamado, y a ti ahora estoy llamando”. No, hermano, ve y pregunta.

Si tú me dices que “no, lo que pasa es que si yo pregunto me van a confundir más”, hermano, es evidente que el Señor siempre ha tenido un remanente. En los momentos más oscuros de la historia de la iglesia siempre hubo un grupo de personas que no se doblaron. Ah, pero eran muy pocos. Eran tan pocos que ni siquiera se veían, pero estaban ahí. Y en los momentos más oscuros de la historia de la iglesia del Señor siempre hubo personas como Elías, que pensaban que estaban solas, y Dios les decía: “Yo he reservado para mí un pueblo”. Una vez hubo un profeta que se creía que él era como el más grande de todos los demás. Salió corriendo, se escondió, y el Señor le dice: “¿Qué haces aquí oculto?”. Y él le dijo: “Nada, que todo el mundo se fue, te dejaron, y solamente yo he quedado”.

Y el Señor le dice: “¿Cómo que solamente tú has quedado? Mira que yo tengo aquí una cantidad de hombres que no han doblado su rodilla”. Tú no eres el único. Todas esas cosas de que “no hay que aprender doctrina, todas las iglesias están dañadas, todo el mundo anda buscando lo mismo”, en esa excusa lo que hacemos es evadir nuestra responsabilidad. Ciertamente todas las iglesias están compuestas por hombres mejorables, pero también hay cantidad de iglesias —y de hermanos dentro de las iglesias— que tienen luz. Pero llamarle a todo oscuridad es una exageración que muchas veces usamos para evadir nuestra responsabilidad delante de Dios. Y un día te vas a encontrar delante de Dios, y le vas a decir: “Señor, la verdad es que yo no podía preguntar a nadie, porque pensaba que todos estaban confundidos”, y el Señor te dirá: “Mentira, porque mira que yo tenía ahí, en ese momento de la historia, un remanente”. Segundo punto, hermanos: para encontrar camino necesitamos ser ayudados.

Clamar a Dios y aceptar la ayuda de otros

Dice la Escritura:

Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.

— Jeremías 33:3

Toma la expresión: “Clama”. No es “mira a ver”; no es “piensa en eso”. Es clama, pídemelo, y te lo voy a mostrar, dice el Señor. Y de manera muy práctica, cuando clamamos a Dios, regularmente Dios nos responde de una forma muy concreta: enviando un hermano, una hermana. Yo he contado lo siguiente: cuando clamamos al Señor para que nos muestre el camino, él, en lugar de mandar un rayo, un trueno, lo que hace muchas veces es que te manda un hermano de carne y hueso, común y corriente, igualito que tú.

Había un hombre muy vano que se llamaba Saulo, y Saulo entendía que él era el que más hacía por la causa de Cristo, aunque estaba persiguiendo a los cristianos. ¿Qué hizo el Señor? Lo dejó ciego y lo mandó donde un hombre que no tenía mucha prestancia. Le dijo: “Mira, ve a tal lugar, te van a tomar de la mano, te van a llevar, y él va a orar por ti”. Un hermano común y corriente que estaba en su casa; el Señor lo mandó a aclarar la vista de Saulo. El orgullo y la autosuficiencia nos alejan del camino. La gente no quiere ser ayudada. Y cuando tú ores al Señor para que te diga: “Señor, revélame el camino”, ¿sabes con qué el Señor te va a responder? Te va a mandar un hermano que te va a llevar por la mano. No va a ser un superhéroe espiritual, no va a ser alguien de otro planeta, será alguien común.

Regularmente, cuando amas a Dios, él te responde por medio de un hermano, igualito que tú, para que crezcas en humildad, para que te dejes guiar, para que abandones tu autosuficiencia. Dice un salmo, que es un salmo precioso:

Anduvieron perdidos por el desierto, por la soledad sin camino, sin hallar ciudad en donde vivir. Hambrientos y sedientos, su alma desfallecía en ellos. Entonces clamaron a Jehová en su angustia, y los libró de sus aflicciones. Los dirigió por camino derecho, para que viniesen a ciudad habitable.

— Salmo 107:4–7

Clama a mí y yo te responderé. Lo primero, hermano, es que tenemos que hacer una pausa; lo segundo es que tenemos que ser ayudados. Y en tercer lugar, tengo que decir esto: hay un principio que mueve la iglesia de Cristo, y es el principio de “los unos por los otros”.

La vida de iglesia y el descanso verdadero

A ti te va a ayudar un hermano que también ha sido ayudado. A ti te va a instruir un hermano que también ha sido instruido. A ti te va a llevar a las aguas, para bautizarte, un hermano de carne y hueso, igualito que tú, que también alguien lo llevó a las aguas a él. Te invito a entrar en este proceso de humildad: sí, a ti alguien te instruye y tú instruyes a alguien; a ti alguien te lleva y tú llevas a alguien. Hay gente que mira la iglesia del Señor auténtica, la iglesia local, y como que no llena sus expectativas porque no hay muchas luces, no hay espectáculo, no hay alguien “especial” que haga algo “especial”. Y entonces dicen: “Bueno, ¿y a mí quién me va a discipular? ¿Me van a poner a alguien especial?”.

Y muchas veces lo que hay es una gente normal, de la iglesia, y luego hay otro más, y no hay alguien “más grande”; lo que hay es alguien igualito que tú. Normalmente, cuando amas a Dios, él te responde con un hermano. Me muevo al último punto de esta parte: la única provisión que trae completo descanso al corazón del hombre es volver a tener paz con Dios. El hombre sin Dios vive en un estado constante de insatisfacción, y trata de llenar eso que hay por dentro, porque como que él sabe que algo le está faltando, pero él no sabe lo que es.

Y probará llenar ese hoyo profundo que hay en su corazón por medio de comida, y no lo logrará. Probará llenar ese hoyo profundo que hay en su corazón con muchos placeres, y no lo va a lograr. Tratará de llenarlo con poder, tratará de llenarlo con fama, tratará de llenarlo con dinero, y al final terminará más desesperado que antes. Es un caso muy triste ver personas que duraron años trabajando para acumular fortuna, pero al final de su camino se sienten más vacías que antes, y dicen: “Yo quisiera volver a mi niñez. Vivía en una casa de madera, que se caía de lado, allá sí yo era feliz. Ahora vivo en esta casa, en esta mansión, y entonces me siento más vacío que nunca. Esta casa como que es muy grande para mí”.

¿De dónde viene ese vacío de insatisfacción? Hermano, lo que te hace falta no es la casa; no es el dinero; no es tener más poder. Lo que te hace falta es un asunto que el hombre perdió hace muchos años, y eso se llama paz con Dios. Y la paz con Dios no es un asunto metafísico o esotérico, como nos lo han querido presentar, como que tú vas a cerrar los ojos y vas a sentir una cosquillita por dentro. No, no es eso. Es que estás en deuda con Dios.

La deuda con Dios y el descanso del alma

Levante la mano el que alguna vez ha tenido un préstamo con un prestamista, o con un banco. Sabe lo que se siente tener una deuda. Hay una inquietud, hay una persona que va a ir a tu casa, te va a tocar a la puerta y te va a decir: “Mira, tú me debes tanto”. Y tú dices: “Pero yo no tengo para pagar, yo no estoy trabajando, ten misericordia, espérame”. Y tú estás intranquilo. Pues yo te quiero decir: Dios es tu acreedor, Dios es tu prestamista, y Dios te está “molestando” por diferentes lugares. Te está llamando la atención. Y yo no sé, hermano, si tú has podido pagar una deuda, pero miren, quien ha comprado un carro a crédito, por ejemplo, y ya pudo hacer el último pago, dice: “Ya el carro es mío”. Cuando alguien ha podido comprar una casa y puede ir así a la financiera, al banco, y decir: “Ya, ¿dónde está mi título de propiedad?”. Si alguien ha logrado en algún momento saldar una deuda, tener control sobre sus finanzas, decir: “Mira, ya no debo, ya puedo respirar de nuevo”, hay una sensación de paz.

El hombre que siente ese “uf” de alivio sabe de qué estoy hablando. Hay algo dentro de ti que te está faltando, y es que no hay paz con Dios, y tú fuiste diseñado para tener paz con Dios. El hombre no fue diseñado para vivir en enemistad con Dios; fue diseñado para vivir en comunión con Dios. Y esa comunión se interrumpió, y la única manera en que podrás tener paz duradera es cuando ese vínculo entre tú y tu Dios nuevamente se recompone. Se recompone cuando el pecado desaparece. Dice así la tercera parte del versículo de Jeremías:

Preguntad por las sendas antiguas cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma.

— Jeremías 6:16

Me invitaron hace poco a una empresa; a veces hay empresas que me invitan a que ore en actividades especiales, y siempre a mí me da mucha satisfacción hacerlo. Esa empresa me había invitado el año pasado, y me invitaron de nuevo para que orara por ellos en su aniversario. Y precisamente utilicé este versículo que dice así:

Por demás es que os levantéis de madrugada y vayáis tarde a reposar, y que comáis pan de dolores; pues que a su amado dará Dios el sueño.

— Salmo 127:2

Hay personas que se están dejando el forro en una empresa pensando que eventualmente van a descansar. Hay personas que están metidos en líos de juntas, de proyectos, pensando: “Algún día podré sentarme y tendré descanso”.

Descanso del cuerpo y descanso del alma

Bueno, pues yo vengo a darte la noticia de que el completo descanso no necesariamente se consigue reposando el cuerpo. Porque hay personas que se tiran horizontalmente sobre la cama y no descansan. Es más, hay personas que se paran más cansadas de lo que se acostaron, porque allí tuvieron esos pensamientos de un lado al otro. Imagínate: se tiran en la cama y se levantan más cansados porque el completo descanso no es solamente el reposo del cuerpo, es el reposo del alma.

Hay personas que se tiran en camas king size, en camas enormes, con colchones muy cómodos, hermano, y cuando caen allá en ese colchón empieza la mente a trabajar. Y por eso es que se vende la pastilla para dormir, los relajantes musculares; lo que pasa es que la gente quisiera caer en la cama y apagarse. ¡Ay, caramba, cuánto pagaría mucha gente por tener un interruptor que pudiera decir: “A las diez de la noche, pam, caí; me levanté y no pensé”! Pero el problema es que el colchón no apaga la mente.

Esa constante insatisfacción no se resuelve con el reposo del cuerpo. Tampoco viene con la acumulación de riqueza. Tampoco está reservado para un futuro lejano. El plan de Dios no es que vivamos ahogados hasta los sesenta años y después que nos retiremos entonces descansemos. Ese no es el plan de Dios. El plan de Dios es que podamos disfrutar de completa paz ahora. Por eso dice la Escritura:

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

— Filipenses 4:7

¿Qué es lo que va a guardar? Tu corazón y tus pensamientos en Cristo Jesús. Yo venía hoy a hablar de esto de una manera más rápida, pero termino aquí esta parte: esa paz de la que estamos hablando no es un simple estado de ánimo.

Paz con Dios hoy, no solo en el futuro

Esa paz de Dios, de la que habla la Biblia, no es un estado de ánimo, no es que tú digas: “Mira, ya yo me siento más tranquilo”. No, hermano, no es eso. Es un asunto racional: que tú sabes que entre Dios y tú no hay nada pendiente. Que tú sabes, tienes la plena seguridad, de que cuando tú hablas con Dios no hay nada que estorbe tus oraciones. Eso es paz con Dios: la plena seguridad de que tu vida ahora está segura en las manos de Dios.

Y eso no está reservado para cuando tú tengas setenta u ochenta años. Eso no está reservado para tu retiro. La voluntad de Dios es que podamos vivir hoy en una completa paz junto a Él. Yo no sé cómo está tu momento, cómo está tu corazón, pero si tu corazón y tu mente están divagando en una dirección y en otra, y lo que escuchas es ruido, necesitas hoy detenerte. Necesitas hoy ser conducido. Necesitas que hoy desaparezca el estorbo entre tú y Dios. Y cuando ese estorbo desaparezca, la sensación es la misma que cuando pagaste el banco, cuando pagaste al prestamista, o cuando arreglaste un problema con alguien: una completa paz.

La Escritura dice que es una paz que sobrepasa todo entendimiento. Yo lo subrayé, eso de “sobrepasa todo entendimiento”, porque tú no podrás explicártelo bien, pero aún tendrás tu trabajo complicado y estarás en completa paz. Aún tendrás problemas en diferentes áreas de tu vida, pero estarás en completa paz. Por eso dice la Escritura que es una paz que sobrepasa todo entendimiento. Dice la Escritura también que Dios puede hacer andar a sus hijos en las alturas; es como que te saca de eso, y los problemas siguen ahí, pero ya tú los ves distinto.

Mi deseo esta mañana es que tú puedas disfrutar del perdón de pecados que da Dios, que puedas disfrutar de la comunión con tu Dios, para que él te pueda hacer andar en una completa paz. Es que realmente desaparezca la deuda, que haya comunión con Dios, y tus problemas van a estar ahí, pero yo espero que tú puedas ver tu problema y verlo así: “Problema, tú estás allá, pero Dios guarda mi corazón aquí arriba, en completa paz”. Esto es algo que es más difícil explicarlo que vivirlo. Vivirlo es muy fácil.

Oración de confesión y llamado al arrepentimiento

Cierra tus ojos un momento. Piensa en el problema más grande que hay ahora mismo en tu vida, ese que se ha convertido en un impedimento entre tú y Dios. Te dije hace un momento que la manera en que logras disfrutar de completa paz con Dios es cuando tus pecados, tu deuda, es perdonada. Ya has llegado, hermano, en un momento precioso, porque el Señor ha dicho en su Palabra que es fiel para perdonarte. Dice la Escritura:

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

Pero si tú no tienes la plena convicción de que tus pecados han sido perdonados, si tú no tienes la plena convicción de que estás viviendo en paz con Dios, será imposible que llegues a disfrutar esa paz. Y aquí hemos dicho que tener paz con Dios, para tener paz con Dios como anda el texto, hay que tener la humildad necesaria para decir: “Señor, yo voy a dejar de intentar pagarte por mis pecados”, como intentó Martín Lutero la primera parte de su vida, “y yo voy a aceptar que si confieso mis pecados, tú me perdonas, Señor, no por obras, sino por la fe, por tu gracia”.

Lo que te quiero decir es que dejes ya de intentar llenar las expectativas que tiene Dios por medio de tus obras, dejes de tratar de ser “lo suficientemente bueno”, dejes de decir que a partir de ahora no lo vas a hacer más, y tengas la humildad de decir: “Señor, perdona mis pecados”. Yo no puedo hacer esto por ti, pero te puedo decir cómo hacerlo. Hay una oración que tú puedes hacer; tú puedes decirle al Señor, ahí donde estás: “Señor, he escuchado aquí al pastor Rafael, que ha dicho que lo que estoy sintiendo por dentro, esta insatisfacción tan grande, no la llenó el marido, no la llenaron los hijos, no la llenó la casa, no la llenó el carro; que esta sensación de vacío en conclusión se debe a que faltas tú en mi corazón”.

Tú puedes decirle al Señor de corazón: “Señor, yo he escuchado al pastor Rafael, que ha enseñado aquí que el problema que hay en mi corazón no es la falta de dinero, no es la falta de pareja, no es la falta de nada, Señor; el problema que hay es la falta de ti”.

Confesión personal y nueva vida en Cristo

Ponte de acuerdo con el Señor. Él ha dicho que si confiesas tus pecados, él te perdona. Dile: “Señor, recuérdame todas las formas en que te he faltado”. Pero también puedes decirle: “Señor, te he faltado de diferentes maneras, te he dado la espalda. Reconozco que soy un pecador, reconozco que he vivido pecando y pecando. Reconozco, Señor, que hay una deuda entre tú y yo. Reconozco, Señor, que estoy en falta. Y también reconozco que no tengo con qué pagarte. No hay forma en que yo pueda, Señor, saldar esta deuda. Pero Cristo —dice la Escritura— pagó por mí. Perdona mis pecados. Perdona mi deuda contigo. Perdona mis faltas. No tengo con qué pagártelas, por eso lo que te pido es misericordia”.

Si confiesas tus pecados, él es fiel y justo para perdonarte y limpiarte de toda maldad. Puedes decirle ahí: “Señor, ya que te confieso mis pecados, yo te quiero pedir que vengas a vivir en mi vida. Te quiero en mi corazón. Trae tu presencia a mí. A partir de aquí en adelante quiero vivir de una manera agradable a ti y disfrutar de tu comunión”.

Si tú realmente has creído que, a través de Cristo, el Señor ha perdonado tus pecados, dice la Escritura:

El que creyere y fuere bautizado será salvo.

— Marcos 16:16

Será salvo. ¿Has creído? A partir de ahora, te invito a vivir de una manera que agrade a Dios, y a prepararte para ir a las aguas, a bautizarte. Todos los cristianos se bautizan confesando que sus pecados realmente han sido perdonados por el Señor. Empieza a vivir una nueva vida en el Señor, confesando que hiciste una pausa en tu vida y volviste al camino.

Estaremos comenzando talleres para preparar gente que va lo mismo: a confesar públicamente que el Señor perdonó sus pecados, que el Señor les permitió hacer una pausa y les dio una nueva vida. Y también habrá personas que ya habían creído y han sido favorecidas por el Señor, pero que hay partes de su vida que han descuidado. Hermano, haz una pausa. Hermano, déjate guiar. Hermano, no dejes que vuelvan los obstáculos que anteriormente te mantuvieron alejado de Dios.

Puedes orar ahí: “Señor, quita esta deuda, quita esta deuda del pecado. Perdona mis pecados. Escribe mi nombre en el libro de la vida. Sácame como tu hijo. Llena tú mi corazón”.

Preparación para la Cena del Señor

Si eres un cristiano, pero le has fallado al Señor en algún área de tu vida, este es un buen momento, esta pausa, para volver al camino. Le voy a pedir a mi hermana Yuli, a los hermanos Euro y Edwin, que nos ayuden trayendo el pan y el vino para la comunión. Mantén ahí tus ojitos cerrados, meditando en el Señor. Hace falta en la iglesia que tengamos tiempo para meditar en el Señor, que tengamos pausas.

Hoy es un día especial para todos los creyentes, porque a través del pan y del vino recordamos el sacrificio que Cristo hizo por nosotros para perdonar nuestros pecados. Hay una canción evangélica muy tradicional que dice: “Sopla en mí”. Vamos a escuchar esa canción durante un momento. Cada vez que un cristiano va a la comunión es bueno que tome este tiempo, propicio para esta pausa, para esta meditación delante del Señor, para ver cómo está su vida y pedirle al Señor nuevas fuerzas.

No sé cómo ha estado tu vida durante esta semana, pero te invito ahí a reflexionar. Todos los hermanos de nuestra congregación y hermanos de otras iglesias que nos visitan, personas que han creído en el Señor, que están bautizados y que están en buena comunión con su iglesia, son invitados para participar de la mesa del Señor. Nosotros enseñamos, como Reformadores, que este vino y este pan no tienen ninguna función especial más allá de una función simbólica: nos recuerdan que el Señor pagó en la cruz por nuestros pecados, que su cuerpo es verdadera comida para nosotros.

Mantente en oración, clamando al Señor. Hay cosas que debemos dejar atrás, hay cosas que tenemos que deponer, y el Señor nos ayuda a vivir de una manera diferente.

Instrucciones bíblicas sobre la Cena

Damos gracias al Señor. Oremos: Señor, estos elementos de la comunión, estos símbolos, son símbolo, Señor, de lo que tú has hecho por nosotros. Participamos, Señor, de esta mesa con alegría, por la salvación de nuestra alma. También, Padre, como recomendaba el apóstol Pablo, en un estado de meditación interior, analizando qué sobra y analizando qué falta. Bendice tú nuestra mesa, Señor. Gracias por la salvación de nuestra vida. En el nombre de Jesús, amén.

Invito a nuestra hermana Yuli y a nuestro hermano Edwin que vayan sacando a los hermanos, dándoles pan y vino. Puedes mantenerlo ahí en tus manos por un momento, para que podamos juntos participar de la comunión del Señor. Mantente ahí en oración. Yo voy a leer la Escritura; todos ustedes pueden escucharla ahí con sus ojos cerrados, meditando delante del Señor. Dice así el apóstol Pablo a los hermanos de Corinto:

De manera que cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan, y beba de la copa. Porque el que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí.

— 1 Corintios 11:27–29

Esto significa, hermano, que participar de la mesa del Señor no es solamente un formalismo. No debe ser solamente un rito vacío. No debe ser un asunto sencillo tomado a la ligera, sino que debe ser hecho a conciencia, con cuidado. Aunque el Señor no quiere que nadie se mantenga lejos de la mesa, simplemente, hermano, si acaso sabes que has estado fallándole al Señor en algún área de tu vida, aprovecha este momento antes de participar para arrepentirte delante de Él, enderezar la senda y volver al camino, y participar de su mesa.

Toma un momentito ahí para que puedas orar al Señor, ponerte de acuerdo con Él. El Señor escucha la oración de sus hijos, de su audiencia. Terminaremos orando y luego participando del pan y del vino, leyendo la Escritura que dice de la manera siguiente:

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: “Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí”.

— 1 Corintios 11:23–24

Recordando el sacrificio de Cristo, les invito, hermanos, a que juntos comamos el pan.

Participación del pan y la copa

Muchas gracias, Señor, por tu sacrificio. Gracias, Señor, porque en tus heridas somos nosotros sanados. Gracias, Señor, porque en la cruz pagaste nuestra deuda de pecado. Gracias, Señor, porque por tu sacrificio podemos disfrutar de completa paz con Dios.

Sigue diciendo la Escritura:

Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí”.

— 1 Corintios 11:25

Recordando el nuevo pacto que tenemos con el Señor, un pacto en el cual nosotros tenemos todo el beneficio, porque la verdad es que no teníamos nada para dar. Recordando que tenemos comunión con Él y que esto es un asunto serio delante del Señor, que Él firmó un pacto con nosotros en su sangre, y que Él no dejará su Palabra en vano, recordando el nuevo pacto del Señor, tomando la copa, les invito a que juntos bebamos del vino.

Bendito sea tu nombre, Señor. Solo tu nombre, Señor. Da gracias ahí al Señor por su salvación. Da gracias al Señor por la paz que experimentas. Da gracias al Señor porque hizo por ti lo que tú por tus propios medios no pudiste haber hecho. Gracias por tu cuerpo, Señor; gracias por tu sangre; gracias por tu mesa; gracias, Señor, por este firme recordatorio delante de ti. Gracias, Señor, por la obra que has estado haciendo en medio nuestro.

Y en el nombre de Jesús, amén. El Señor les bendiga.

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