Orémosle al Señor en esta mañana. Seguimos en la misma tónica que había estado desarrollando nuestro hermano pastor, que es con mensajes concernientes al Antiguo Testamento, y en cierta manera hay un vínculo entre el mensaje que quiero compartir con ustedes en el día de hoy y lo que él ha estado predicando. El mensaje que vamos a estar predicando en esta mañana le he puesto como título: “Eligiendo entre dos caminos. Exhortación final de Josué”. Vamos a estar analizando prácticamente el capítulo completo, el capítulo 24 del libro de Josué. Orémosle al Señor para que Él nos guíe en este tiempo y podamos ser enseñados y redargüidos por su palabra.
Señor Jesucristo, bendito y alabado seas, con humildad de corazón nos presentamos delante de ti con un corazón, Señor Jesús, dispuesto a recibir instrucción de tu parte. Nos preparamos a ser confrontados, a ser redargüidos por tu palabra. Te ruego, Señor Jesús, que asumamos una actitud humilde y no rebelde, de aceptar, Señor Jesús, tu guía y tu dirección. Danos, oh Dios, sabiduría para poder escoger entre el camino de servicio a ti, Señor, y no el camino al servicio de los otros dioses. Yo te ruego que tú bendigas esta congregación, yo te ruego que desciendas sobre nosotros el Espíritu Santo para que prepare nuestros corazones. Y en el caso particular mío, para que hables a través de mí. Me dispongo, Señor Jesús, a ser usado con humildad para que seas tú el que nos hable, háblame a mí también, Señor Jesús.
Porque tu palabra siempre es pertinente, Señor Jesús, el llamado de atención que tú pones en nosotros siempre es pertinente, porque es parte del cuidado, Señor Jesús, que tú tienes para con nosotros, de manera que nosotros podamos parecernos a ti cada vez más. En el nombre poderoso y santo de Jesús, oh Padre amado, te entregamos este tiempo para que sea un tiempo glorioso, para que sea un tiempo de edificación. Amén, amén.
Miren, lo que yo me he propuesto en esta mañana es que podamos tomar conciencia del camino que debemos de escoger para servirle a Dios con integridad y en verdad, si en efecto confesamos ser creyentes. Leo la introducción: todo aquel que se confiesa creyente, desde el mismo momento en que acepta al Señor Jesucristo como Señor y Salvador, inicia un camino en el cual luchará con los dioses de este mundo. ¿Cuáles son esos dioses? Placeres mundanos, deseos de la carne, todo tipo de cosas que no glorifican al Señor y que eran parte de nuestra pasada manera de vivir.
Si no contamos con la determinación de pedir ayuda a Dios, muchas veces bajaremos la guardia y perderemos la vista en las cosas del Señor para ponerla en las cosas del mundo. Y más que una lucha, lo que eso se va a convertir es en una trampa en la cual volveremos a deleitarnos en nuestros antiguos pecados. Solo cuando tenemos la valiente y sincera decisión de servirle a Dios de todo corazón, dejando atrás nuestra pasada manera de vivir, y nos sometamos en obediencia a Él solo, a partir de allí empezaremos a tener victoria en esas áreas de nuestra vida. Empezaremos a contar con la aprobación del Señor, empezaremos a tener la guianza del Espíritu Santo, comenzaremos a parecernos más a Cristo, contando con la bendición y el cuidado de nuestro Dios.
Últimas palabras de los líderes y énfasis en el pacto
Tal como la semana pasada, este es un discurso final. La semana pasada, nuestro hermano pastor analizó, expuso el discurso final del profeta Samuel ante el pueblo de Israel cuando le habían pedido rey. Aquí en esta mañana tenemos ante nosotros también las últimas palabras de quien fuese la mano derecha de Moisés: un gran estratega militar, pero más que un estratega militar, también un gran líder espiritual del pueblo de Israel. Así como tuvimos las últimas palabras de Moisés, la semana pasada nuestro pastor expuso las últimas palabras de Samuel. Luego David, cuando está transicionando para dejarle el reino a su hijo Salomón, también tiene unas últimas palabras.
¿Pero qué hay en común en estas últimas palabras? Sencillo: que estas últimas palabras enfatizan en la fidelidad al pacto entre Israel y Jehová. Vamos a ver en esta mañana cómo cuando nosotros aceptamos al Señor Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, somos parte de un nuevo pacto, y la Escritura dice que somos parte de un pacto que ha sido concertado con la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Y nosotros no debemos de perder de vista lo que fundamenta ese pacto, que es la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y no tomarlo como algo a la ligera, sino que nosotros debemos de asumir un compromiso serio. Hay que tomar decisión.
Habrá un momento en la decisión de nosotros como cristianos en que estamos compelidos, obligados a elegir: servir al Señor o servir a los dioses de este mundo. En esta mañana vamos a estar analizando eso. A manera de un análisis retrospectivo de esto, la relación se guarda de la manera siguiente: hace una semana nuestro pastor predicó un mensaje titulado “Conquistando nuestro hombre interior”, en el cual se basó al principio del libro de Josué, en la manera, en las instrucciones que le había dado el Señor de cómo ellos apoderarse de la tierra la cual le había prometido. Con Josué es que se inicia la conquista de la tierra de Canaán.
Pero vamos a ver que aún a su muerte quedaban territorios por conquistar, que en el libro de los Jueces —que también él tuvo un mensaje referido a eso— podemos ver cómo diferentes tribus todavía no habían tomado la tierra que se les había mandado que conquistaran. Es decir, que la conquista había iniciado, pero se había hecho de una manera parcial. Quiero concatenarlo con otro sermón, que es el de la semana pasada: “Un buen consejo para un pueblo malo”, que fueron las últimas palabras del profeta Samuel al pueblo. Y es que si ellos hubieran permanecido fieles a la decisión de servir a Jehová que les exhortó Josué en este capítulo, el periodo de los jueces no hubiera sido tan tristemente célebre en la falta de devoción al Señor, en la falta de obediencia a Él y en el abandono de la ley de Jehová.
Si le hubieran hecho caso a Josué, o hubieran permanecido, porque ellos vamos a ver que en el mismo instante dijeron: “Sí, serviremos al Señor”, pero después se olvidaron. Quizás si hubieran permanecido en la decisión de servir a Jehová no se hubieran convertido en el pueblo malo al cual Samuel recriminó en su despedida.
Lectura de Josué 24: la misericordia de Dios y el llamado de Josué
El pasaje lo hemos dividido, vamos a estar leyendo desde el versículo 1 hasta el versículo 28. Lo hemos dividido en tres grandes partes. La primera, que va desde los versículos del 1 al 13, es la manifestación del cuidado y la misericordia de Dios para con su pueblo. La segunda parte es la exhortación de Josué para que sirvieran a Jehová, que son los versículos del 14 al 21. Y por último, las señales del testimonio del pacto en el pueblo, en su elección de servir al Señor, en los versículos del 22 al 28. Leemos la palabra del Señor en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo:
Reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y sus oficiales; y se presentaron delante de Dios. Y dijo Josué a todo el pueblo: Así dice Jehová, Dios de Israel: Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río, esto es, Taré, padre de Abraham y de Nacor; y servían a dioses extraños. Y yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del río, y lo traje por toda la tierra de Canaán, y aumenté su descendencia, y le di a Isaac. A Isaac di a Jacob y a Esaú; y a Esaú di el monte de Seir, para que lo poseyese; pero Jacob y sus hijos descendieron a Egipto. Y yo envié a Moisés y a Aarón, y herí a Egipto conforme a lo que hice en medio de él; y después os saqué.
Saqué a vuestros padres de Egipto; y cuando llegaron al mar, los egipcios siguieron a vuestros padres hasta el mar Rojo con carros y caballería. Y cuando ellos clamaron a Jehová, él puso oscuridad entre vosotros y los egipcios, e hizo venir sobre ellos el mar, el cual los cubrió; y vuestros ojos vieron lo que hice en Egipto. Después estuvisteis muchos días en el desierto. Yo os introduje en la tierra de los amorreos, que habitaban al otro lado del Jordán; los cuales pelearon contra vosotros; mas yo los entregué en vuestras manos, y poseísteis su tierra, y yo los destruí de delante de vosotros. Después se levantó Balac hijo de Sipor, rey de Moab, y peleó contra Israel, y envió a llamar a Balaam hijo de Beor para que os maldijese. Mas yo no quise escuchar a Balaam; por lo cual os bendije repetidamente, y os libré de sus manos.
Y pasasteis el Jordán, y vinisteis a Jericó; y los moradores de Jericó pelearon contra vosotros, los amorreos, ferezeos, cananeos, heteos, gergeseos, heveos y jebuseos; y yo los entregué en vuestras manos. Y envié delante de vosotros tábanos, los cuales los arrojaron de delante de vosotros, esto es, a los dos reyes de los amorreos; no con tu espada, ni con tu arco. Y os di la tierra por la cual nada trabajasteis, y las ciudades que no edificasteis, en las cuales moráis; y de las viñas y olivares que no plantasteis, coméis.
Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de en medio de vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. Y si mal os pareciere servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.
Entonces el pueblo respondió, y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses; porque Jehová nuestro Dios es el que nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre, el que ha hecho estas grandes señales, y nos ha guardado por todo el camino por donde hemos andado, y en todos los pueblos por entre los cuales pasamos. Y Jehová arrojó de delante de nosotros a todos los pueblos, y al amorreo que habitaba en la tierra. Nosotros, pues, también serviremos a Jehová, porque él es nuestro Dios.
Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados. Si dejareis a Jehová, y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá, y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien. El pueblo entonces dijo a Josué: No, sino que a Jehová serviremos. Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos. Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel. Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.
Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem. Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de una encina que estaba junto al santuario de Jehová. Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová ha hablado con nosotros; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios. Y envió Josué al pueblo, cada uno a su posesión.
— Josué 24:1-28
Dios escoge, guarda y multiplica a su pueblo
¿Qué tenemos aquí? Josué conocía bastante bien este pueblo. Primero, él había sido esclavo en Egipto. Segundo, pudo ver las manifestaciones extraordinarias del poder de Dios para sacarlos de Egipto. También fue, como le digo, la mano derecha; estuvo ahí codo a codo, hombro a hombro con Moisés en los cuarenta años que duró el pueblo en el desierto. Es decir, que Josué conocía muy bien el pueblo de Israel, y por tal motivo les declara de una manera detallada, de una manera específica, con sumo cuidado, lo que está demandando Dios y que ellos no debían asumir ningún voto a la ligera.
¿Qué podemos ver? Primero, según dice la Escritura, el Señor sacó a Abraham de una nación pagana. Cuando dice que lo sacó del otro lado del río, es del río Éufrates. Estamos hablando de que el mismo núcleo de la familia de Abraham, esa gente no conocía a Jehová, no le rendía culto a Jehová, no servían a Jehová. Sin embargo, el Señor escoge a Abraham de una nación pagana, para que a partir de allí surgiera una nación que serviría de instrumento dentro del plan de redención para la humanidad, que era el pueblo de Israel. Empieza recordándoles Josué eso: de dónde sacó a su padre Abraham, de una nación pagana, de su familia.
Lo segundo, cuando Abraham ya era viejo, porque lo sacó viejo, dice que le dio descendencia. El Señor le hizo una promesa a Abraham, y el primer hijo de Abraham lo tuvo a los cien años. Y miren qué interesante: cuando se habla de la descendencia, Abraham tuvo un hijo sobre el cual estaba la promesa. Abraham tuvo más hijos con otra persona que se casó después de que se murió Sara, que fue Cetura, y también en el caso de Ismael con Agar, pero el Señor había sido claro y específico, que inclusive a través de la misma Sara le había dicho que el hijo de la promesa sería Isaac.
Pero viene Isaac; dos hijos. Dice la misma Escritura: “A Jacob amé y a Esaú aborrecí”. Tuvo dos hijos, Esaú y Jacob. Dice la misma Escritura que el Señor permitió que Esaú poseyera el monte de Seir, pero en Jacob se iba a perpetuar la herencia, la descendencia que el Señor había prometido a Abraham. Luego, ya Jacob no tiene dos, sino que tiene doce. Miren cómo de una generación a otra el Señor va bendiciendo a nivel de mayores personas en cuanto a la promesa. Ya cuando fue uno con Isaac, inclusive ni siquiera uno; un hombre que no tenía descendencia, que era Abraham; ya tenemos en el caso de Jacob doce, que dice que fueron los que descendieron a Egipto.
Mientras estaban ahí, dice aquí la Escritura que acabamos de leer, el Señor los saca de Egipto porque pasó el tiempo, surgió un faraón que no conocía lo que José había hecho en el reino de Egipto, y los egipcios llegaron a dominar, a esclavizar al pueblo de Israel. Dice la misma Escritura que el pueblo clamó, clamó para que se les sacase de allí, y el Señor escuchó y los sacó con su mano fuerte, con su mano poderosa. Luego, después que salen, el Señor, para irlos preparando, cuando están allí frente al Mar Rojo para pasar a la tierra prometida, las huestes de Faraón los persiguen. Ante la aniquilación total, el Señor proveyó salvación, pudieron cruzar el Mar Rojo en seco y sus perseguidores fueron exterminados.
Luego, cuando iban ahí en el camino, se encuentran con Balac, rey de Moab, que dice: “Óyeme, ese pueblo viene arrasando con todo, yo necesito antes de que ellos se establezcan tratar de reducirlos, de eliminarlos”, y se auxilia de Balaam para que los maldijera. Sin embargo, el Señor primero los libra de la mano del rey de Moab, y la maldición que estaba esperando Balac que profiriera Balaam la convierte en bendición, dice la Escritura, no una vez, sino repetidas veces.
Memoria, idolatría y nuestra condición hoy
Luego, en su entrada a la tierra prometida, un grupo de pueblos allí establecidos, una nación que viene del desierto, prácticamente nómada, sin ninguna estructura, el Señor le da la victoria sobre esos pueblos que estaban allí establecidos, que eran más fuertes que ellos. Por último, dice que ciudades que ellos no edificaron, dice que la tierra que no era de ellos, el Señor les permitió que entraran y la poseyesen, la habitaran, y más aún, árboles que ellos no habían plantado, el Señor les permitió que les sirvieran de sustento, que pudieran comer de allí.
¿Qué podemos ver aquí? Que el Señor había manifestado su misericordia en este pueblo. Tal como decía nuestro hermano Nicolás, para nosotros tener gratitud de servirle al Señor, nosotros tenemos que tener gran memoria de lo que el Señor ha hecho. Pero aparte de la memoria, vamos a estar mirando que, por nuestra propia naturaleza pecaminosa, muchas veces nuestro instinto carnal hace que se nos olviden estas cosas y, en vez de servirle al Señor con verdad y en integridad, estemos sirviéndole a los Baales, estemos sirviéndole a los dioses de este mundo, estemos apartándonos de lo que es el servicio al Señor.
Dios manifiesta primero su misericordia sobre nosotros, dándonos vida y preservándonos. El hecho es que muchos no están conscientes de que han pasado de muerte a vida y se empecinan en vivir como verdaderos muertos en vida. Según la palabra del Señor, el apóstol Pablo en Efesios, capítulo 2, versículo 5, dice que nuestro Padre celestial, Dios, nos ha dado vida juntamente con Cristo. Un gran beneficio. Nosotros estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, incapacitados de poder restablecer nuestra relación con el Señor, apartados de Él, enemistados, y por medio de Jesucristo, su sacrificio en la cruz, nosotros podemos disfrutar de todas estas bendiciones, aparte de las bendiciones y el cuidado inherente que tiene el Señor sobre su pueblo.
Que no solamente somos destinatarios de la gracia común, sino que una vez nosotros hemos aceptado al Señor Jesucristo, empezamos a disfrutar de la gracia especial que tiene el Señor para con nosotros. Y aun así, nosotros, aun reconociendo que ya hemos pasado de muerte a vida, nos empecinamos en vivir como muertos, y se nos olvida que el Padre nos ha dado vida juntamente con el Señor Jesucristo. Definitivamente los israelitas estaban mejor de lo que ellos merecían. El Señor había tenido un cuidado extraordinario de ellos hasta ese punto, mejor de lo que merecían.
Porque yo les voy a decir una cosa, y por eso el énfasis de Josué de que abandonen los dioses. En los estudios bíblicos de los miércoles hemos podido determinar lo siguiente: que aun cuando el Señor tiene ese encuentro con Jacob, esa lucha en Peniel, cuando ve cara a cara al Señor, todavía la familia de Jacob estaba sirviéndole a los ídolos. ¿Acaso no recordamos que Raquel se llevó los ídolos de su papá Labán? Y nosotros nos hemos tratado de romper la cabeza de cuál fue el propósito de eso, de por qué la persona a la cual Jacob amaba se llevó esos ídolos. Más aún, en el mismo libro de Josué hay un personaje llamado Acán, que cuando iban a la conquista de Hai, después de haber destruido a Jericó, dentro del botín de Jericó se dieron unas instrucciones específicas de qué era lo que se iba a hacer con ese botín, y este señor Acán decidió reservarse, sustraerse, desviar de lo que era la intención original parte de ese botín y se quedó con él.
Ah, caramba, cuando el pueblo intenta conquistar a Hai, tuvo que salir el pueblo de Israel despavorido, y el Señor le dice: “No, mira, tienen que quitar el pecado dentro de ti, hay una persona que definitivamente cogió”. ¿Y acaso el servirle a la riqueza no es un ídolo? Ídolos. Todavía, más aún, en el periodo de los jueces era un pueblo idólatra, no se había despojado totalmente de esa inmundicia, de esa carga que le impedía tener una relación fluida, una relación íntima, una comunión cercana con el Señor. Estaban viviendo entre dos aguas, dos lugares.
Y tanto que el Señor envió a sus profetas, y les dice: “Miren, ustedes de labios me honran, pero su corazón está lejos de mí”. Aún en la época de los reyes, el pueblo de Israel tenía ese comportamiento. Pero les tengo una mala noticia: no es solamente el pueblo de Israel, así somos nosotros. Así mismito somos nosotros. Nosotros, sabiendo de la misericordia que el Señor ha hecho en nuestra vida, seguimos todavía anhelando cosas de nuestro pasado, y muchas veces ni siquiera anhelando, sino participando. Y muchas veces queremos justificar eso que evidentemente es pecado, porque va en contra de lo que es la voluntad de Dios, y lo justificamos.
Y tal como decía nuestro hermano Rafael en uno de sus sermones anteriores, nosotros menguamos. “Ah no, el Señor sabe, el Señor me lo quitará”. Pero es usted que tiene que tomar la decisión de despojarse de eso. Evidentemente, por la ayuda del Espíritu Santo usted podrá obtener victoria en ese asunto, pero si usted no decide, no toma la determinación de dejar eso atrás, definitivamente usted va a estar cargando con ese lastre que está impidiendo que usted pueda ver la bendición del Señor y que usted pueda tener una comunión íntima con Dios.
“Temed a Jehová y servidle con integridad y en verdad”
Vamos ahora a entrar en materia en lo que tiene que ver con la exhortación de Josué para que el pueblo le sirviera a Jehová. Versículo 14:
Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de en medio de vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.
— Josué 24:14
Lo mismo que yo les decía. Josué conocía totalmente ese pueblo. Josué sabía que todavía había gente que caminaron con ellos en el desierto, que disfrutaron de la misericordia del Señor y que estaban sirviéndole a los ídolos, estaban sirviéndole a los ídolos. Entonces él viene y les dice: “Miren cómo es que ustedes tienen que servir al Señor: en integridad y en verdad. Quiten eso, despójense. Permitan que esa ropa inmunda el Señor la quite y les ponga un nuevo ropaje para que nosotros podamos presentarnos delante de Él”.
En esta mañana estuvimos estudiando un poquito acerca de las vestiduras sacerdotales, y analizábamos el caso de por qué eran tan elaboradas ese tipo de vestiduras. Y a la conclusión que nosotros pudimos llegar —y es lo que indica el material, la misma Escritura— es que ese tipo de vestidura era para honrar la posición a la cual ellos estaban llamados a desempeñar. Ellos no podían tener cualquier ropa. El hijo del Señor, para poder presentarse delante de Él, tiene que despojarse de la ropa del pecado y asumir la ropa blanca, la ropa lavada en la sangre del Señor Jesucristo, para que podamos acceder a Él y tener comunión con Él.
Dice Josué: “Quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres”. ¿Raquel, tú has oído? Todavía habían pasado ya cientos de años, cientos de años, porque el pueblo de Israel duró esclavo en Egipto 430 años, y todavía el pueblo de Israel tenía devoción hacia esos otros dioses. Temed a Jehová impone una rendición ante la ley del Señor, un sometimiento de uno mismo a sus mandamientos. No se puede temer a Dios y al mismo tiempo servir a otros dioses. Hay que temer y servir al Señor con gratitud, a su favor por su gracia inmerecida, por su cuidado, por su amor, ya que el amor es el único principio genuino del cual puede provenir el servicio aceptable a Él.
Si usted no ama al Señor, usted lo que está haciendo es un vano ejercicio de devoción, un ejercicio vacío. Usted tiene que tener conciencia de dónde el Señor lo ha sacado, quién era usted, quiénes éramos nosotros, de dónde venimos, la gracia y la misericordia que el Señor ha tenido en nosotros durante todo este trayecto, este caminar que hemos tenido con el Señor. Y entonces, entonces y solo entonces eso genera en nosotros un amor que permitirá que podamos servirle, como exhortaba Josué, en integridad y en verdad.
Vamos a ver más adelante que por nosotros mismos es imposible. En este punto debemos de resaltar que el hombre carnal es incapaz de una adoración espiritual; de allí la necesidad de que nosotros quitemos esos dioses de entre nosotros. El apóstol Santiago lo pone claro, capítulo 4, versículo 4:
¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.
— Santiago 4:4
Lilian dijo algo esta mañana en la Escuela Dominical, y es que hay muchas personas que todavía entienden que deben de participar en cosas que eran parte de su antigua vida y que evidentemente ni glorifican al Señor en eso, sino todo lo contrario, contristan al Espíritu Santo con el cual nosotros fuimos sellados para salvación. Frecuentar lugares que harían que yo le esté sirviendo más a los dioses del mundo que a Dios, que me ha traído de muerte a vida, que ha manifestado su misericordia en mi vida.
Los designios de la carne definitivamente son enemistad con el Señor.
“Escogeos hoy a quién sirváis”: decisión y costo
Versículo 15, esta partecita que me gusta:
Y si mal os pareciere servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.
— Josué 24:15
Dice Josué: “Y si mal os pareciere servir a Jehová”. Es decir, como que esa gente todavía estaba dudando de que servirle al Señor era algo bueno, era algo agradable. Al parecer, para ellos, el servirle al Señor con devoción, con integridad y en verdad, les era algo gravoso. Dice: “Si mal os pareciere servir a Jehová”. Es decir, que había gente dentro del pueblo de Israel que consideraba: “Mira, servirle al Señor, eso para mí me causa dolor, me causa angustia, no me siento cómodo”.
Si después de todo el cuidado, de toda la misericordia, de toda la protección que les brindó el Señor, si ustedes consideran malo el servir al Señor, elijan. Tal vez nos parezca mal que debamos de evitar lugares en los cuales nuestro testimonio es afectado. Hay gente que viene y dice: “No, yo no me acerco a una iglesia, yo no acepto al Señor Jesucristo porque evidentemente yo voy a dejar de hacer cosas, habrá lugares a los cuales ya yo no podré ir porque el Señor me ha comprado a precio de sangre y yo no pertenezco a ese lugar”.
Una persona que nos visitó una vez decía: “Óyeme, wow, ahora yo estoy empezando a leer las Escrituras, porque yo antes tenía el concepto de que todo lo que decía ahí en la Escritura era algo prohibitivo, que el cristianismo era la religión del ‘no’”. Tú puedes ir; dice el apóstol Pablo que “todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna, ni todas edifican”. El asunto es que si el Señor lo sacó del mundo, ¿a que usted vuelva a revolcarse en el fango?
Es difícil, y hay gente que yo sé que eso le duele. Tal vez nos parezca mal que debamos de cortar relaciones que me ayuden a permanecer en el mundo y que entonces dificulten la búsqueda del rostro del Señor. Hay gente que dice: “No, mira, ese es mi amigo de la niñez, mi amigo de la infancia, ese es mi primo, ese es mi hermano”. Él no va a dejar de ser familia suya, pero evidentemente, ya que usted decidió decirle “sí” al Señor, si es una persona que es un blasfemo, malapalabroso, una persona carnal, evidentemente a usted no le conviene esa relación, aunque sea su hermano.
Aunque sea su hermano. Ore por él para que el Señor lo alcance con su gracia, y esperemos que el Señor lo haya escogido para salvación y prontamente pueda dar testimonio, pero definitivamente no se comunique con él de esa manera, no se sienta cómodo en esa misma dinámica. Tal vez nos parezca mal que debamos dejar actividades que no honren al Señor y contristen al Espíritu Santo: prácticas, trabajos, hábitos.
¿Ustedes saben qué es lo interesante? Hay incrédulos que tienen un concepto más claro de lo que es servirle al Señor en integridad y en verdad que a veces hasta que nosotros mismos, porque tú ves que son gente que uno los invita a la iglesia, y ellos saben que ellos están atados, ellos saben que son esclavos del pecado, pero dicen: “No, es que yo no me siento”. Sin embargo, hay gente que viene y te dicen: “Sí, sí, sí, no hay problema”, como el pueblo: “Sí, serviremos al Señor”, y todavía no dejan lo que están haciendo.
Todavía no hacen el switcheo, no interiorizan lo que verdaderamente significa el cristianismo, no interiorizan, no hacen propio, no asimilan que ya nosotros no nos pertenecemos, que nosotros fuimos comprados a precio de sangre. De que ya nosotros, como dice la Escritura en primera de Pedro 2:9, nosotros somos linaje escogido, de que nosotros somos una nación santa, de que nosotros somos un real sacerdocio, de que nosotros somos un pueblo adquirido por Dios. ¿Pero para qué? ¿Para yo ufanarme de eso, para decir: “No, mira, yo soy una nación santa, yo soy un linaje escogido”? No, no es para eso.
Es para que nosotros andemos en el mundo mostrándole a aquellos las virtudes del Dios que nos permitió ser parte de ese combo y que nos ha trasladado de las tinieblas a su luz admirable. Tal vez me parezca mal que tenga que considerarme muerto al pecado, muerto al mundo, a los deseos carnales, a la vanagloria de la vida, a los deseos de los ojos, tal y como dice la primera carta de Juan, capítulo 2, versículo 16, para ir en pos de la voluntad de Dios. Hay gente que no quiere dejar la vanagloria de la vida, están sirviéndole a ese dios. Hay gente que no quiere dejar los deseos de los ojos.
Hay gente que tiene apetitos carnales y no se dejan dominar por ellos, y dicen: “No, mira, yo decidí no luchar, porque yo en mi pecado tengo, de manera efímera, un placer que no me lo da otra cosa”. Pero sin embargo, usted está cavando su propia tumba, porque usted cada día más se muere y no va a poder disfrutar de la vida eterna con el Señor.
Si a mí me parecen mal todas esas cosas, yo habré elegido servir a los dioses antes que a Dios. Pero miren qué interesante: a través de toda la historia del pueblo de Israel, el Señor en su gran misericordia ha provisto de líderes espirituales en su pueblo para advertirles y guiarles a evitar las consecuencias del pecado.
Aquí hay algo interesantísimo: dice la Escritura que los dioses no es de un solo lado que están. Dice: “Si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres”, una herencia de allá atrás, “cuando estuvieron al otro lado del río”, evidentemente. Ellos no están del otro lado del río, ellos están en la tierra prometida, pero todavía los dioses están allá atrás y tienen influencia sobre ellos. Y miren aquí: “O a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis”. Es decir, que el cristiano donde quiera que se mueva va a tener el asedio de esos dioses, va a tener la propensión a que su corazón se incline al servicio de esos dioses, donde quiera que usted esté.
No es de que sencillamente: “No, yo mientras esté dentro de la iglesia… No, si yo me mudo a una comunidad un poquito más sana, más tranquila…”. Donde quiera usted va a tener el asedio de eso. Entonces usted lo que tiene que estar es vigilante y estar consciente de eso, y entender cuál es la decisión que usted está tomando.
Dijo Josué finalmente en el versículo 15: “Pero yo y mi casa serviremos a Jehová”. Miren, usualmente hay una expresión que se usa, que es la famosa “raya de Pizarro”. No sé si ustedes la han escuchado. La raya de Pizarro tiene su origen en un suceso verídico, que es cuando el conquistador Francisco Pizarro, conquistador del Perú, estaba en sus aprestos para la conquista del Perú. Ellos llegan a una islita, que es la Isla del Gallo, que actualmente le pertenece a Colombia, y están ahí. Esa gente, esos soldados de él, estaban cansados, estaban extenuados y estaban prácticamente hartos, por así decirlo, de la campaña de la conquista hacia el Perú. Habían pasado múltiples vicisitudes, naufragios y todo lo demás.
Entonces, ¿qué pasa? Pizarro ve que los soldados lo que quieren es desertar y regresar. Entonces trata de convencerlos, intenta y no puede convencerlos. Él viene con su espada, y cuando todo el mundo cree que él se va a abalanzar sobre alguien, lo que viene es que traza una raya de oeste a este en la playa, una raya, y volviéndose hacia ellos les dice lo siguiente —cito—:
“Camaradas, este es el lado. En este lado están los afanes, el hambre, la desnudez, la tempestad destructora y la muerte. En ese lado está el Perú con todas sus riquezas. Del otro lado de la raya está Panamá y su pobreza. Escoja cada hombre lo que corresponda a un valiente castellano. Yo, por mi parte, voy hacia el sur”.
Eso es lo que está diciendo Josué: “Yo y mi casa serviremos al Señor”. La historia cuenta que, aun después de que él puso la raya y les habló con esa vehemencia, el conquistador Francisco Pizarro, solamente trece personas cruzaron. Evidentemente, con esas trece personas él logró la conquista del Perú, y hay un término histórico —que evidentemente no debemos de asumirlo como algo espiritual, sino que es un término histórico— que se le denomina a esas personas “Los Trece de la Fama”, porque fueron las personas que fueron motivadas por ese llamamiento que hizo Pizarro y finalmente conquistaron el Perú.
Y como ustedes saben, el Perú fue una de las colonias más ricas, llenas de oro, en ese sentido. En este caso, Josué trazó su raya de Pizarro. Dice: “Miren, yo no sé, ustedes son los que saben; lo que yo sí sé es que yo y mi casa le serviremos al Señor”. Una exhortación que hace Josué no es solamente al pueblo y a nosotros en sí mismo, sino también de manera clara y específica a los varones, que somos cabeza de hogar. Nosotros tenemos la responsabilidad de que nosotros y nuestra casa le sirvamos al Señor. Evidentemente es una tarea que, humanamente hablando, puede ser difícil, pero acompañados del Señor es posible.
Ahora, está en que nosotros tenemos que tomar la determinación de que eso sea así. A mis hermanos que están aquí, que estamos recién iniciando familia, que ya tenemos un par de añitos casados, otros que no tienen tanto, que ya cuando los hijos empiezan a llegar a nuestra vida, ese versículo tiene que estar grabado en nuestro corazón con el fuego del Espíritu Santo: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”.
Josué muestra su calidad de líder espiritual, la cual valida con un ejemplo personal. Él no sencillamente se quedó en: “Miren, ustedes saben lo que ustedes van a hacer, si el Señor está de este lado y los dioses de este lado”. No, sino que vino y le puso su sello personal. Dice: “Bueno, yo y mi casa le serviremos al Señor”. No lo dejó solo, sino que dijo: “Miren, ustedes han visto cómo yo me he conducido, ustedes han visto la manera en la que el Señor ha tenido misericordia de nosotros. El que quiera irse por otro lado, perfecto, pero yo les exhorto que, con mi ejemplo de que yo voy a poner primero mi ejemplo —yo y mi casa le serviremos al Señor— ustedes también sirvan al Señor”.
Estaba dispuesto a vivir de acuerdo al compromiso que había hecho.
Testimonio, reprensión fraterna y la incapacidad humana
Muchas veces nosotros hacemos un compromiso de la boca para afuera. Ojo con eso. Muchos hermanos, yo mismo a veces he hecho compromisos de la boca para afuera y no los honro, compromisos con el Señor. Como dice la Escritura, por su misericordia que es nueva cada mañana yo no he sido consumido, porque grandes son sus misericordias. Pero, de hecho, en esto yo me estoy predicando a mí mismo, en este sentido, de que yo debo de vivir acorde al compromiso que he hecho. Lo mismo para ustedes. La manera en que vivimos les demuestra a los demás la seriedad de nuestro compromiso.
Si nosotros somos medio displicentes, si nosotros somos medio descuidados, la gente va a decir: “Bah, ¿y qué es lo que tú eres? ¿Tú dices que tú eres evangélico, cómo es posible que tú te estés manejando de esa manera? Yo no quiero entonces ese evangélico. Para estar siendo como tú, no tiene sentido. Déjame aquí, que yo vivo mi vida tranquilo, me gozo en mis asuntos, me gozo en mi pecado; tú dices que está mal, pero sin embargo mírate a ti”.
El testimonio de nosotros es algo poderoso. Usted puede tener un sermón de un millón de palabras y proferirlo siete veces a la semana, y eso no va a hacer mucho, pero la manera en la cual usted vive definitivamente le llama la atención a los otros. La manera en la cual usted reacciona en diversas situaciones le llama la atención a los demás. Usted tiene que vivir conforme al compromiso que usted ha hecho. Si usted hizo un compromiso de servicio al Señor, sírvale al Señor, sírvale al Señor.
Lamentablemente, nosotros nos enfadamos y nos molestamos cuando algún hermano, o incluso algún incrédulo, nos llama la atención o nos increpa de que estamos haciendo nos llamar cristianos y vivimos de una manera que en vez de honrar al Señor, honramos las malas cosas del mundo. Miren qué cosa: a veces uno en amor viene y le dice: “Óyeme, pero yo pienso como que esa conducta tuya no se corresponde. Mira, tú dijiste que tú confesaste a Cristo, te bautizaste, tú estás visitando la iglesia, pero eso yo entiendo que no…”. Sin embargo, se enfadan, sin embargo te rechazan.
Pero yo les voy a decir una cosa a ustedes: tal como los sacerdotes del Antiguo Testamento, esto no es una cuestión social. Uno, en amor y en sabia mansedumbre, tiene que hacer lo que tiene que hacer. Tiene que hacer lo que tiene que hacer. Ustedes me ven por ahí en una actitud media rara, vengan donde mí, díganmelo, vengan donde mí, díganmelo, porque es que definitivamente eso es parte del amor y del cuidado que tiene el Señor para con nosotros, que la misma comunión que tenemos unos con otros nos preserva.
No debemos de sentirnos aludidos ni de sentirnos enfadados, ni sentirnos molestos cuando sentimos la reprensión de parte del Señor por parte de un hermano.
Versículo 16:
Entonces el pueblo respondió, y dijo: Nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses.
— Josué 24:16
Aquí el pueblo se apresuró a decir, de la boca hacia afuera, que servirían a Jehová, olvidando algo fundamental. ¿Ustedes saben qué es lo fundamental? Que antes de cualquier decisión que nosotros tomemos en pos de escoger al Señor y servirle en integridad y en verdad tiene que haber un arrepentimiento. Si no hay arrepentimiento, sencillamente usted está haciendo un ejercicio vano. Usted está enunciando una verdad de la boca hacia afuera porque usted no ha sido compungido por su verdadera condición.
Dice la Escritura que antes de llegar a nuestro Señor nuestras obras eran como trapo de inmundicia delante de Él. Nosotros no éramos capaces de hacer nada bueno, nada agradable al Señor. Si verdaderamente no interiorizamos esa verdad y nos arrepentimos de todo corazón, vamos a avanzar muy poco, por no decir que no vamos para ninguna parte.
Versículos 19 y 20:
Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir a Jehová, porque él es Dios santo, y Dios celoso; no sufrirá vuestras rebeliones y vuestros pecados. Si dejareis a Jehová, y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá, y os hará mal, y os consumirá, después que os ha hecho bien.
— Josué 24:19-20
Josué los conocía. A ese pueblo le dice: “Miren, yo lo que conozco de ustedes, yo sé que ustedes no van a poder servirle al Señor, porque Él es un Dios santo y un Dios celoso”. Y en el mismo texto les da la explicación de eso. En la parte del versículo 19, con respecto a la santidad, dice: “No sufrirá vuestras rebeliones ni vuestros pecados”. La santidad del Señor es incompatible con la realidad del pecado de nosotros. Si no hay arrepentimiento, es difícil, no nos podemos acercar a Él.
Celoso, versículo 20: “Si dejareis a Jehová, y sirviereis a dioses ajenos…”. Dios requiere exclusividad de parte nuestra, de que nosotros le estemos sirviendo, de que nosotros estemos buscando de manera exclusiva. No es que yo voy a tener una parte de mí sirviéndole al Señor y la otra parte de mí para acá, que yo me voy a disgregar para el servicio al Señor. No.
Bajo otro contexto, pero la idea la puedo traer a colación: al pastor Tinklen le preguntaban qué opinaba del sacrificio del Señor Jesucristo, y hubo una persona que le hizo esa pregunta con respecto al diezmo, que si en el Nuevo Testamento es aplicable dar el diezmo. Él le dijo estas palabras, le dice: “Mira, el asunto fue que el Señor no se dio en la cruz por un 10 %, Él se dio por completo”. Si dejamos el asunto del diezmo a un lado y lo asumimos ahora de acuerdo al contexto en el cual estamos exponiendo este sermón, el Señor demanda exclusividad. ¿Por qué? Porque Él se entregó por completo en la cruz. Él no entregó su cabeza y el corazón y dejó el resto, no, no. Él se entregó todo por completo.
Por tal motivo yo tengo que ser exclusivo con mi Dios. Yo no puedo estar cavilando entre dos pensamientos. Se puede caer de manera sutil en el servicio a otros dioses siguiendo con nuestra vida a nuestra propia manera, pero se llega el momento de decidir quién o qué nos controlará. Y esta es nuestra elección.
“¿Hasta cuándo claudicaréis entre dos pensamientos?”
Vamos de un pronto al primer libro de Reyes 18, versículo 21. Miren lo que dice aquí. Esto es el famoso encuentro de Elías con los profetas de Baal:
Y acercándose Elías a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra.
— 1 Reyes 18:21
Oigan eso. ¿Ustedes se recuerdan la gente que dice que “sí serviremos al Señor, nunca tal acontezca que nos apartemos”? Unos cuantos años después estaban sirviendo a los Baales. Y el Señor, en su infinita misericordia con ese pueblo, levanta otro líder, aquí levanta a Elías, y les dice: “¿Hasta cuándo, hasta cuándo ustedes van a seguir indecisos, hasta cuándo ustedes van a continuar con ese doble jueguito, hasta cuándo ustedes van a estar vacilando entre dos opiniones, hasta cuándo van a seguir dudando, hasta cuándo van a estar saltando de un lado al otro, hasta cuándo nosotros vamos a estar con Dios y con el diablo?”, como dicen en la calle.
¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo nosotros vamos a dejar de entregarnos totalmente al Señor? ¿Hasta cuándo no nos vamos a consagrar a Él? ¿Hasta cuándo no le obedeceremos completamente? ¿Hasta cuándo vamos a estar retardando el buscar su rostro para que vivamos? ¿Hasta cuándo?
Yo no sé a cuáles dioses usted puede estar sirviendo. Eso es una pregunta que usted tiene que hacerse. Yo la que sí le puedo hacer es la misma que le dijo el profeta Elías al pueblo. Y miren qué interesante: el pueblo se quedó callado. Dice: “El pueblo no dijo ni una sola palabra”. Dice: “Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, bueno, id en pos de él”. ¿Ustedes saben qué es lo que pasa? Como dice el profeta Jeremías, miren, los ídolos tienen boca y no hablan, tienen oídos y no escuchan, tienen ojos y no ven. Y definitivamente, un ídolo lo que me hace es mantenerme en la muerte.
¿Quién es que me da vida, quién es que me escucha, quién es el que está pendiente de mí, quién es que ejerce su misericordia? Jehová, el Señor. Y miren algo interesante: en época de Josué, ellos solamente tenían la ley. Evidentemente habían visto de primera mano el poder de Dios obrando sobre ellos, y ni aun así. En el caso de nosotros, hoy en día, nosotros tenemos más revelación que ellos, porque ellos no tenían conciencia de lo que hizo Elías; nosotros sí, porque fue un tiempo posterior, y así sucesivamente. Nosotros hemos podido ver la misericordia de Dios, que hizo el Señor mandando a su Hijo unigénito para que se hiciera carne, para que pudiera de manera total cumplirse el plan de salvación en la cruz del Calvario.
Ellos no tenían concepto de eso. ¿Hasta cuándo nosotros vamos a estar claudicando entre dos pensamientos, lo del mundo y lo de la voluntad del Señor?
Versículo 23 de Josué 24 dice:
Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel.
— Josué 24:23
¿Qué son esos dioses ajenos, esos ídolos? Son cualquier cosa que obstaculiza mi devoción al Señor, mi devoción exclusiva: avaricia, prioridades equivocadas, placer mundano, celo, prejuicio, todo tipo de cosas que me aparten a mí de la devoción exclusiva a Él. Es todo lo que impida una devoción al Señor. Dios no está satisfecho con que nosotros, de manera parcial, nos entreguemos a Él y que estemos ocultando nuestros dioses, como hizo Raquel o como hizo Acán, sino que sencillamente nos despojemos de eso para que podamos servirle de manera completa, en integridad y en verdad, como exhortaba Josué.
Versículos del 24 al 26:
Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos. Entonces Josué hizo pacto con el pueblo el mismo día, y les dio estatutos y leyes en Siquem. Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomando una gran piedra, la levantó allí debajo de una encina que estaba junto al santuario de Jehová. Y dijo Josué a todo el pueblo: He aquí esta piedra nos servirá de testigo, porque ella ha oído todas las palabras que Jehová ha hablado con nosotros; será, pues, testigo contra vosotros, para que no mintáis contra vuestro Dios.
— Josué 24:24-27
Ellos habían dicho que le iban a obedecer al Señor. ¿Y por qué al poquito tiempo, ya entrando en el periodo de los jueces, ya muerto Josué y muertos los demás líderes, dice la Escritura —empieza y termina con esa frase el libro de los jueces—: “Y cada quien hacía lo que bien le parecía”? Pero lo que bien le parecía no era lo bueno y agradable al Señor, era lo malo. Era la consecuencia de servir a los dioses de la tierra de los cananeos.
Israel estaba llamado a ser un instrumento de Dios, una nación santa, de sacerdotes, para que pudiera convertirse en una influencia para el mundo entero. Todavía ellos no lo entienden al día de hoy, pero eso es otro tema. La conquista de la tierra de Canaán representaba un medio para ese propósito, pero en el camino Israel perdió de vista el enfoque de poner los ojos en Dios, y debido a esto caían, en diversos periodos, en la adoración de otros dioses. Y vez tras vez el Señor les mandaba otro líder, otro profeta, un sacerdote para llamarles la atención, y ellos volvían y caían de nuevo.
Dos caminos, dos señores, dos destinos
Concluyo. Dos caminos. ¿Cuál de los dos? Hay dos maneras de empezar el día: una de ellas orando y otra sin orar. ¿Cómo lo empezamos nosotros? ¿Cómo usted empieza su día, orando o sin orar? Hay dos maneras. Hay dos clases de personas en el mundo: los rectos y los malvados. ¿A qué grupo nosotros pertenecemos, al de los rectos o al de los malvados?
Hermano, mire como dice la Escritura: dice que “el que piense estar firme, mire que no caiga”. Afiáncese de la misericordia del Señor y dígale que le ayude, porque es como decía Josué, dice: “Miren, ustedes no van a poder servir, porque se necesita una comunión íntima con el Señor, se necesita la guianza del Espíritu Santo para que podamos seguir adelante. Solo, nosotros mismos, por nuestra misma naturaleza, nuestra herencia pecaminosa, imposible”.
Miren el pueblo de Israel, que vez tras vez caía. ¿Por qué? Porque perdían de vista el poner los ojos en el Señor por ponerlo en otra cosa. La devoción es fundamental, es imprescindible en el caminar con el Señor. Hay dos tipos de gobernantes en este mundo: el príncipe de las tinieblas y el Señor al cual nosotros le servimos. Hay dos caminos a través del tiempo que llevan a la eternidad: el angosto, que lleva a la vida eterna, o el ancho, que lleva a la perdición eterna. ¿En cuál de los dos estamos andando?
Hay dos maneras en la cual la gente puede morir, son una de dos: algunos mueren en Cristo y otros mueren en sus delitos y pecados. ¿De qué manera vamos a morir nosotros, en Cristo o en nuestros delitos y pecados? Finalmente quiero leer lo que dice la Escritura en el libro del profeta Miqueas, capítulo 4, versículo 5:
Aunque todos los pueblos anden cada uno en el nombre de su dios, nosotros con todo andaremos en el nombre de Jehová nuestro Dios eternamente y para siempre.
— Miqueas 4:5
Ese debe de ser nuestro compromiso.
Oración final y clamor por una decisión sincera
Orémosle al Señor. Bendito y alabado Señor, gracias te damos por tu palabra, Señor, que ha sido refrigerio a nuestra alma. Gracias, oh Dios, porque tú nos has permitido estar expuestos a ella. Solo te rogamos, oh Dios, que podamos asimilarla, que podamos interiorizarla, Señor, que esta exhortación que tú hiciste a tu pueblo por medio de Josué sea, Señor Jesucristo, todavía perfectamente aplicable para nosotros en este día, y que nosotros tomemos decisión, Señor Jesús, entre el camino de servirte a ti en integridad y en verdad.
Que tomemos la fiel determinación de despojarnos de los dioses que nos pueden, Señor Jesús, afectar para que quitemos los ojos de ti y los pongamos en ellos. Señor, permite, oh Dios santo, que nuestro compromiso no sea de la boca para afuera, sino que también haya arrepentimiento. Señor Jesucristo, tú sabes con cuáles cosas nosotros luchamos, qué arrastramos, Señor Jesús, de nuestra vana y pasada manera de vivir. Yo te ruego, Señor Jesús, que podamos obtener victoria, que no nos creamos, Señor Jesús, que por nosotros mismos vamos a poder salir adelante, sino que dependamos de ti.
Por tal razón, Señor Jesús, que nuestra comunión contigo se fortalezca cada día más, que sea más íntima, para que podamos recibir la guianza y la dirección, el espíritu de poder, de amor y de dominio propio para poder, Señor Jesús, representarte dignamente en medio de la tierra. En el nombre poderoso y santo de Jesús, gracias te damos, Señor, y permite que vayamos a nuestros hogares en paz y que reflexionemos en estas palabras toda la semana. Amén y amén.