Dice en nuestra introducción que Samuel fue el más grande profeta en Israel después de Moisés, instrumento para una de las más grandes reformas espirituales que tuvo esa nación y el último de los jueces que levantó Dios para libertar a su pueblo. Sin embargo, a pesar del carácter piadoso de este juez, que fue una excepción entre sus iguales, y de las grandes obras que hizo Dios por este instrumento, la respuesta del pueblo no fue muy distinta a las respuestas anteriores. Samuel tuvo que presenciar uno de los momentos más tristes en el Antiguo Testamento: el pueblo de Dios rechazando a Dios como su Rey y pidiendo que sea un hombre que conduzca sus destinos. En esta historia se evidencia que un buen liderazgo y su consejo no son suficientes para cambiar un pueblo, pero que a pesar de esto, el liderazgo es necesario y el buen consejo tiene que ser dado, aunque sea por convicción y por obediencia. Eso es transportado de la Escritura. Muy triste, hermano.
Es como que usted está presenciando a una persona que usted ama caminando hacia un despeñadero. Pónganse en la situación de Samuel. Samuel estaba haciendo todo lo que estaba a su alcance, humanamente hablando y con dependencia del Señor, para cuidar al pueblo de Israel. Ahora el pueblo de Israel ha pedido un despropósito y el Señor, en su providencia, le dice a Samuel: “Samuel, dale al pueblo de Israel lo que está pidiendo, instálale un rey”. Y después de Samuel haber dedicado toda su vida a pastorear espiritualmente, a cuidar civilmente el pueblo del Señor, ahora tiene que presenciar este momento donde el pueblo camina hacia el despeñadero. Me gustaría que mientras predico de esto, te pongas en el lugar de alguna persona que tú ames mucho.
Que quizás veas algún familiar tuyo, que quizás veas algún hermano de tu iglesia, que quizás veas algún ser querido tuyo tomando una decisión que no glorifica al Señor y que tú tienes la convicción que a donde camina eso es hacia la perdición. ¿Qué harías tú? Estamos por ver un discurso. No es un discurso alegre, es un discurso triste, pero en este discurso triste podemos extraer nosotros lecciones espirituales que pueden ser útiles al día de hoy. Acompáñenme al primer libro de Samuel, en el capítulo 12. Es “Un buen consejo para un pueblo malo”. Israel había pedido rey. Samuel sintió la tristeza al ver el desaire del pueblo. El Señor le dijo a Samuel: “Samuel, no te entristezcas porque el pueblo no te ha rechazado a ti, sino que es a mí a quien ha rechazado de ser Rey”. Samuel les ha dado rey.
Lectura de 1 Samuel 12 y la despedida del juez
Ya el rey ha enfrentado su primera batalla y salió victorioso. El pueblo, me imagino, que estaba en ese momento efervescente. El rey, acabado de ser instituido, ha ganado su primera batalla. Estamos por entrar al tiempo de la siega, qué más se podía pedir. Aquí está Samuel y Samuel se despide. Hermano, póngase un momento usted en la situación de Samuel, para que usted pueda sentir lo que había en el corazón de Samuel cuando estaba expresando estas palabras. Samuel se despide de su cargo como juez. Dice así la Palabra del Señor, primer libro de Samuel, capítulo 12:
Dijo Samuel a todo Israel: He aquí, yo he oído vuestra voz en todo cuanto me habéis dicho, y os he puesto rey. Ahora, pues, he aquí vuestro rey va delante de vosotros; yo soy ya viejo y lleno de canas, pero mis hijos están con vosotros; y yo he andado delante de vosotros desde mi juventud hasta este día. Aquí estoy; atestiguad contra mí delante de Jehová y delante de su ungido, si he tomado el buey de alguno, si he tomado el asno de alguno, si he calumniado a alguien, si he agraviado a alguno, o si de alguien he tomado cohecho para cegar mis ojos con él; y os lo restituiré. Entonces dijeron: Nunca nos has calumniado ni agraviado, ni has tomado algo de mano de ningún hombre. Y él les dijo: Jehová es testigo contra vosotros, y su ungido también es testigo en este día, que no habéis hallado cosa alguna en mi mano. Y ellos respondieron: Así es. Entonces Samuel dijo al pueblo: Jehová, que designó a Moisés y a Aarón, y sacó a vuestros padres de la tierra de Egipto, es testigo. Ahora, pues, aguardad, y contenderé con vosotros delante de Jehová acerca de todos los hechos de salvación que Jehová ha hecho con vosotros y con vuestros padres. Cuando Jacob hubo entrado en Egipto, y vuestros padres clamaron a Jehová, Jehová envió a Moisés y a Aarón, los cuales sacaron a vuestros padres de Egipto, y los hicieron habitar en este lugar. Y olvidaron a Jehová su Dios, y él los vendió en mano de Sísara, jefe del ejército de Hazor, y en mano de los filisteos, y en mano del rey de Moab, los cuales les hicieron guerra. Y ellos clamaron a Jehová, y dijeron: Hemos pecado, porque hemos dejado a Jehová, y hemos servido a los baales y a Astarot; líbranos, pues, ahora de mano de nuestros enemigos, y te serviremos. Entonces Jehová envió a Jerobaal, a Bedán, a Jefté y a Samuel, y os libró de mano de vuestros enemigos en derredor, y habitasteis seguros. Y habiendo visto que Nahas rey de los hijos de Amón venía contra vosotros, me dijisteis: No, sino que ha de reinar sobre nosotros un rey; siendo así que Jehová vuestro Dios era vuestro rey. Ahora, pues, he aquí el rey que habéis elegido, el cual pedisteis; ya veis que Jehová ha puesto rey sobre vosotros. Y si temiereis a Jehová, y le sirviereis, y oyereis su voz, y no fuereis rebeldes a la palabra de Jehová, y si tanto vosotros como el rey que reina sobre vosotros servís a Jehová vuestro Dios, haréis bien. Mas si no oyereis la voz de Jehová, y si fuereis rebeldes a las palabras de Jehová, la mano de Jehová estará contra vosotros como estuvo contra vuestros padres. Esperad aún ahora, y mirad esta gran cosa que Jehová hará delante de vuestros ojos. ¿No es ahora la siega del trigo? Yo clamaré a Jehová, y él dará truenos y lluvias, para que conozcáis y veáis que es grande vuestra maldad que habéis hecho ante los ojos de Jehová, pidiendo para vosotros rey. Y Samuel clamó a Jehová, y Jehová dio truenos y lluvias en aquel día; y todo el pueblo tuvo gran temor de Jehová y de Samuel. Entonces dijo todo el pueblo a Samuel: Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros. Y Samuel respondió al pueblo: No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso, no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón. No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran, porque son vanidades. Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo. Así que, lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto. Solamente temed a Jehová, y servidle de verdad con todo vuestro corazón, pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros. Mas si perseverareis en hacer mal, vosotros y vuestro rey pereceréis.
— 1 Samuel 12
Aquí vemos, hermano, a Samuel despidiéndose, rindiendo cuentas ante el pueblo y ante Dios, en un momento solemne y doloroso, pero al mismo tiempo profundamente instructivo.
Rendición de cuentas y buen testimonio del último juez
Y esto que sigue a continuación, hermano, a mí me sobresalta. En medio de su tristeza, en medio del sentido de rechazo que debía de estar sintiendo, en medio del dolor de ver el pueblo del Señor caminar hacia el despeñadero, en medio de su efervescencia, el juez Samuel se para y le da a este pueblo, un pueblo que no lo llamo yo, sino que el mismo Señor dijo que era un pueblo malo, un pueblo duro, un pueblo que su profeta más grande, que fue Moisés, le dijo: “Ustedes son un pueblo loco”. A este pueblo, entonces, Samuel, en medio de su despropósito, se para, yo me imagino, en un atril y le da este dulce consejo. Hermano, yo creo que este fue el momento más alto del juez Samuel, cuando pudo sobreponerse a la tristeza, al dolor, a la pérdida, a los errores de los demás y decir lo siguiente, a pesar de todo.
Ahora, pues, he aquí el rey que habéis elegido, el cual pedisteis; ya veis que Jehová ha puesto rey sobre vosotros. Entonces él les dice: Si temiereis a Jehová, y le sirviereis, y oyereis su voz, y no fuereis rebeldes a la palabra de Jehová, y si tanto vosotros como el rey que reina sobre vosotros servís a Jehová vuestro Dios, haréis bien.
— 1 Samuel 12:13–14
Como el pueblo no quiere oír este consejo, Samuel sabe que el pueblo está contento porque el Señor les dio un rey. El rey ha ganado su primera batalla. Es más, Samuel, yo no quiero decírtelo así directamente, pero el pueblo tampoco quiere saber ya mucho de ti. Pero Samuel, en este momento de la historia, hace lo que tiene que hacer y les dice: “Mas si no oyereis la voz de Jehová, y si fuereis rebeldes a la palabra de Jehová, la mano de Jehová estará contra vosotros como estuvo contra vuestros padres”. Él los llama a esperar y mirar la gran cosa que Jehová hará delante de sus ojos.
Hermano, quisiera partir esta larga porción en tres partes específicas para sacar algunas lecciones. La primera es los versículos del 1 al 6: ahí analizaremos el carácter del último juez de Israel. ¿Cuál era el propósito de este discurso? ¿Era un discurso de vanidad? ¿Hacía falta que Samuel trajera aquí su expediente, su currículum, para decir que no había quitado nada a nadie? No, hermanos, esto es un discurso de rendición de cuentas. Había un cambio de administración. Así como cuando en República Dominicana cada cuatro años cambia el gobierno y un presidente rinde sus cuentas a la nación para recibir a otro presidente, lo que está sucediendo aquí es un cambio de mando. Samuel entendió: “Terminó mi momento y comienza el momento del rey Saúl. Pasemos balance”.
Por otro lado, él estaba renunciando públicamente al poder civil. Es un acto de desprendimiento. Samuel no se aferró a decir: “Yo, desde mi niñez, he estado conduciendo los destinos de Israel y soy yo el que tengo que quedarme”. Él entendió: “Si el pueblo pidió rey y Dios le dio el rey, entonces ha terminado mi momento, tengo que públicamente renunciar”. Pero al mismo tiempo, este discurso deja constancia de la verdadera razón que tenía Israel para pedir un rey. No es raro, no está mal, no es falsa modestia. El buen testimonio es un instrumento de la gracia común del Señor para preservar los pueblos. El hecho de que Samuel dijera que desde su niñez había habitado en este pueblo y que a nadie le había faltado nada, está subiendo un listón, por así decirlo, para el que viene entrando, Saúl: “Tú no tienes razones para ser un perverso, porque te he dado buen testimonio”.
Es más, yo digo, hermano, que en diferentes ámbitos de la sociedad hace falta que gente como Samuel se levante y que diga lo que ha hecho, para la gloria del Señor. Quizás las cosas no están mejor porque no aparecen padres de familia como Josué que digan: “Yo y mi casa serviremos a Jehová”. Quizás las cosas no están mejor en los negocios porque no hay empresarios que se paren de dos pies y digan: “Después de veinte ejercicios fiscales, aquí estoy yo, revisen mis libros”. Quizás las cosas no están mejor porque no aparecen personas en las iglesias que digan: “Después de cincuenta años de ministerio, aquí está el servicio que yo he hecho para el Señor”. Tristemente, los ejemplos que se reciben casi siempre son los ejemplos negativos: una persona que terminó mal, alguien que tuvo que ser echado por los hombres. Cuando se despiden, no dan su discurso. Quizá por eso la obra del Señor no está mejor que como debería de estar.
El problema del pueblo: corazón mundano, no malos jueces
El buen testimonio no garantiza un resultado, pero aún así es muy útil para el Señor. Aquí queda evidencia, hermano, de que a pesar de lo despropósito de esta cadena de jueces, era una cadenita de jueces perversos, de personas moralmente licenciosas como Sansón, de otros que el Señor los usaba, pero a pesar de sus faltas, aparece un juez santo, un juez justo. Y a pesar de eso, en ese momento, el pueblo sigue procediendo como siempre ha procedido. Esto evidencia que el problema de Israel no era el juez, era un problema del corazón. Bueno, eso es común, que la gente diga: “No, nosotros estamos así porque no tenemos buenos gobernantes”. Miren, aunque en este país se levantaran “Samuels”, República Dominicana no sería muy distinta. Y después que Samuel da testimonio de su judicatura, entonces comienza a reprender al pueblo por sus desatinos.
En los versículos 7 en adelante, él les dice: “Ahora, pues, aguardad, y contenderé con vosotros delante de Jehová”. Algo interesante de esta expresión, hermano, es que él dice: “Yo voy a contender contra ustedes, pero no es Samuel contra ustedes, yo voy a contender y yo seré el abogado de Jehová. Yo asumo el caso”. Él les dice: “Jehová los libró de Egipto y ustedes se olvidaron de Jehová”. Dice en los versículos 8 y 9 que Jehová los libró de los pueblos enemigos. ¿Qué hicieron ustedes? Ustedes pidieron rey, versículos 10 y 12. Ahora, la pregunta clave aquí es: ¿qué hizo que el pueblo llegara a pedir un rey? Podríamos entender que el pueblo está pidiendo un rey por el mal comportamiento de los jueces. Paradójicamente, a esta generación que ha pedido rey le tocó el mejor juez que generación alguna pudo tener, Samuel.
Hermano, yo entendería que Israel pida rey en el tiempo de Sansón, que buscaba prostitutas, que era una persona un poco licenciosa, que se olvidaba de su voto delante del Señor. En tiempo de Sansón que pidan rey. Pero en tiempo de Samuel, ¿a pedirle un rey al Señor? Se podría entender que el pueblo estaba pidiendo un rey porque había tenido ciertos fracasos en las expediciones militares. “Oye, nos está yendo mal en la batalla, hay que quitar a ese juez y poner un rey”. Pero, ¿qué era lo que había sucedido? Que en trescientos años de historia, el Señor le había dado, por medio de jueces, victoria tras victoria. El primero fue Otoniel, después Ahod, y Ahod él solo mató al rey de Moab. Después vino Samgar y él solo, con un bastón de bueyes, mató seiscientos.
Después vinieron Débora, Barac y Jael, y el Señor enseñó que protegía a su pueblo utilizando a una mujer para destruir al rey Sísara. Después de ella vino Gedeón, y Gedeón tenía un ejército, y el Señor le dijo: “No con el ejército completo; no, solamente con trescientos”, y solamente con los trescientos Gedeón destruyó a Madián. Después se levantó Sansón, un juez díscolo, y este juez primero mató treinta filisteos, después mató mil con una quijada de burro y después destruyó una torre donde estaban todas las figuras importantes de ese reino. Después vino Samuel, y Samuel no tuvo ni que pelear. Dice que Samuel oró al Señor y el Señor mandó truenos del cielo y gran temor, y con eso Israel tuvo la victoria.
Entonces, ¿por qué Israel pidió rey? Dios le está dando victorias, victorias que ellos ni siquiera han tenido que librar, y Dios se las está dando. Entonces, ¿por qué Israel pide rey? No era por la falla de los jueces, no era por el fracaso en las expediciones militares. La verdadera razón es la siguiente: eso se llama mundanalidad. ¿Qué es la mundanalidad? Es cada vez que tú reemplazas a Dios y pones algo en su lugar. Ellos mismos dijeron cuál era la verdadera razón. Cuando Samuel intentó persuadirlos, mira lo que dijo el pueblo:
Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel; y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros, y nosotros seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de nosotros, y hará nuestras guerras.
— 1 Samuel 8:19–20
¿Por qué Israel quería rey? Porque todo el mundo tenía. Porque era muy raro eso de que nosotros tengamos trescientos años ganando batallas, pero no hay un rey para aplaudir, un rey al cual acudir. Hermano, ¿y qué tiene que ver eso con la iglesia local?
Mundanalidad en la iglesia y en el corazón
La iglesia local se vuelve mundana cada vez que quiere utilizar los recursos del mundo para lograr las victorias de Dios. El problema no era pedir un rey, sino pedir un rey, ¿para qué? Para mantener un reino. El Señor ya desde antes había decidido que Israel eventualmente tendría rey. Hermano, hay veces que nuestro problema no está en lo que pedimos, sino para qué lo pedimos. ¿Tú estás pidiendo eso porque eso glorifica al Señor, o estás pidiendo eso porque quieres reemplazar al Señor? Primera de Juan 2:16 dice que lo que se opone a Dios son los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida. Ten cuidado con esto, hermano, porque te advierto: a veces Dios castiga concediendo.
Una de las cosas que más a mí me atemorizan de Dios es que a veces Dios, para corregir, concede. Y esos despropósitos que tú en tu carnalidad llegas a desear, llega un momento que Dios te lo da. Ya les enseñé el domingo pasado que Israel quería estar entre las naciones. El Señor les dijo: “¿A ustedes les gusta estar entre las naciones? Habiten en medio de ellas”, y los soltó. Ya les leí en el libro de Romanos que aquellos que aman esta mente reprobada, dice que el Señor les entrega a una mente más reprobada. Y aquellos que piden rey, saben que el Señor les da rey. Y cuando el Señor les da rey, el Señor le da a la gente lo que está pidiendo.
Pero miren lo que el Señor le dijo en 1 Samuel, capítulo 8, versículo 9 en adelante:
Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos. Y refirió Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le había pedido rey. Dijo, pues: Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará a vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro; y nombrará para sí jefes de miles, y jefes de cincuentenas; los pondrá a sí mismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y lo dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día. Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel, y dijo: No, sino que habrá rey sobre nosotros.
— 1 Samuel 8:9–19
Vamos, Israel no pidió un rey porque los jueces eran malos. Israel no pidió un rey porque les estaba yendo mal en las batallas. Israel pidió un rey porque se dejó vender a una mente carnal, reprobada y mundana. ¿Y qué tiene que ver eso conmigo?, dirás tú, hermano. Que eso somos nosotros. Dios es nuestro proveedor, Dios es nuestro guardador, Dios es quien nos libra, pero nosotros queremos un hombre, nosotros queremos un medio, nosotros queremos un recurso del mundo.
La gente piensa que una iglesia mundana es una iglesia licenciosa en lo sexual. No. Una iglesia mundana es una iglesia que quiere lograr con dinero, con poder, con prestigio, las cosas que solamente Dios puede darles. La mundanalidad, hermano, es cada vez que tú buscas un recurso del mundo y tratas de que ese recurso del mundo reemplace a Dios. Alguien me ha preguntado: “Pastor, ¿y es malo tener luces y flashes en la iglesia?”. Yo te pregunto, ¿cuál es la actitud? Bueno, alguien te dirá: “Queremos tener en la iglesia música muy, muy elaborada, queremos tener luces para que cuando nuestros amigos vengan no se avergüencen de la iglesia”. Eso es mundanalidad.
Hermano, ¿para qué tú quieres más instrumentos? Yo les pregunto: ¿ustedes creen que más instrumentación es pecaminosa? Para nada. Yo quisiera que tengamos clarinetes, flautas dulces, transversales y todo lo demás. Sí, hermano, son maravillosos. Ahora, si la razón por la cual tú quieres tener violín, chelo en el púlpito y todo eso es para lograr ser más potable al mundo, eso es mundanalidad. Tener un templo bonito, eso es bueno. Quisiera yo, hermano, que el Señor nos lo conceda. Ahora, yo les pregunto, hermano: si usted quiere condicionar el avance de la obra del Señor a eso, eso es mundanalidad.
Escuché de un constructor que fue donde el pastor y le dijo: “Pastor, tenemos que rediseñar el templo porque se ha demostrado que cuando el templo se pone esto, esto y aquello, la gente entonces viene más a la iglesia”. Mundanalidad. Ahora, ¿eso es más razón para que no pongamos bonita la casa del Señor? No. El problema no estaba en el rey, sino en la actitud que eso enseñaba. Te repito, hermano: ten cuidado con la carnalidad en tu corazón, porque Dios a veces reprende concediendo. “¿Ustedes quieren de eso? Tómenlo. ¿Ustedes quieren un rey? Aquí está”.
Recordar las liberaciones de Dios y nuestra seguridad
Les dice Samuel en el versículo 11 de 1 Samuel 12:
Entonces Jehová envió a Jerobaal, a Bedán, a Jefté y a Samuel, y os libró de mano de vuestros enemigos en derredor, y habitasteis seguros.
— 1 Samuel 12:11
Hermano, yo tengo que cuidar a mi iglesia de la mundanalidad, y como cuido mi iglesia de la mundanalidad es diciéndole dos cosas: “Dios te libró y tú hoy habitas seguro”. “Pastor, pero que me están por echar del trabajo”. Dios te libró y tú habitas seguro. “Pastor, porque me están por abandonar, mire, yo no sé de qué agarrarme”. Dios te libró y tú habitas seguro. Si Dios te ha librado, ¿por qué no te librará mañana? ¿Y por qué no te librará pasado mañana? El Señor te ha proveído de tantas cosas que llega un momento que tú tienes que decir: “El Señor me ha cuidado hasta hoy, ¿por qué no me cuidará mañana?”. Y cuando dejas de considerar que Dios te libró y que estás habitando seguro, estás en el camino de pedir un rey.
Miren, gran parte de mi tarea pastoral estos siete años ha sido dos cosas: reunirme con mis hermanos y decirle: “Hermano, usted está ya, Dios le libró de sus delitos y pecados. Usted está mejor de lo que merecía”. Y por otro lado: “Materialmente, usted está mejor de lo que le corresponde”. “Oye, pero que me falta lo otro, yo quisiera, cuando yo tenga lo otro…”. Ten cuidado con eso, porque esos sentimientos de dejar de entender que Dios te ha librado y que te ha puesto a habitar seguro te conduce a pedirle a Dios un rey.
Lo primero que les he enseñado es el carácter piadoso del juez Samuel, testimonio para Israel, testimonio para Saúl. Lo segundo que les he enseñado es la reprensión por los desatinos del pueblo. Paso ahora al consejo, capítulo 12, de los versículos 14 en adelante. Esto es lo que a mí me parece más estremecedor. ¿Por qué es significativo este consejo? Lo primero es que Samuel se sobrepuso al rencor. Es muy natural en el ser humano que cuando se siente rechazado no tenga la misma disposición.
Y yo sé que Samuel es un hombre que nació de una mujer, y si uno tiene sus sentimientos, yo creo que él también lo podía tener. No sé si te ha pasado que alguien te hace el desaire y después te pide ayuda. Y tú, que sabes ayudar, pero… Yo supe de alguien que lo echaron de un trabajo y después querían llamarlo para que trabajara de gratis en diferentes cosas. “Yo no les servía antes, pero ahora sí necesitan mis servicios”. “Ustedes no quieren que yo sea su juez, quieren que les ponga un hombre, les puse el hombre, entonces ahora hay que dar el consejo”.
Obediencia en el consejo, aunque el pueblo muerda
Samuel se sobrepuso a eso, hermano. Y en esto hay un llamado a cualquier maestro de escuela bíblica, cualquier persona que tenga responsabilidad sobre alguien. Uno a veces tiene que sobreponerse a lo que le dicen sus intestinos para uno hacer lo que tiene que hacer para la gloria del Señor. Hay veces que tú vas a tener que volver a aconsejar a una persona que ya tú antes le aconsejaste, y en vez de un “te lo dije”, lo que tú vas a tener que decirle es “y te lo diré de nuevo”. Hay algo muy carnal en nosotros, entonces: una gente “te lo dije” y tú no se lo dices, pero te lo imaginas. “Ah, mira, este ahora viene a decirme que está trancado; pero si yo se lo dije a él que eso era lo que iba”.
Eso no fue lo que escribió el apóstol Pablo. El apóstol Pablo estaba escribiendo a los filipenses y les dice: “A mí no me es molesto el escribirles de nuevo las mismas cosas, y para ustedes es seguro”. Hermano, en nuestra iglesia, cuando nosotros tenemos que aconsejar a una persona, muchas veces vamos a aconsejar y la gente va a volver a hacer las mismas cosas, pero hay que repetirlo vez tras vez. Dice Gálatas 6: “No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo segaremos si no desmayamos”. La labor de la iglesia local es a veces decir la misma Palabra del Señor vez tras vez, la misma cosa, la misma cosa, la misma cosa, y tú te preguntarás: “¿Pero eso no es como que aparece una locura?”. No, eso se llama obediencia.
Uno a veces predica lo que tiene que predicar, no porque el pueblo tenga la capacidad de obedecer. Uno sabe que no tiene la capacidad, sino porque uno espera que el Señor pueda hacer un milagro. Y regularmente uno no ve el milagro, la gente camina hacia el despeñadero. Es que la orientación no se da por el resultado, sino por la obediencia. Samuel decía una y otra vez lo que tenía que decir, porque Samuel no lo decía para complacer al pueblo, lo hacía para complacer al Dios que le puso como juez del pueblo.
Miren, uno de los pastores de la antigüedad que yo admiro, así, y se lo he mencionado vez tras vez, es Jonathan Edwards. Dicen los norteamericanos que su mayor teólogo es este hombre, que vivió en los años 1700, acompañó a Estados Unidos en su momento de mayor lucidez durante el gran avivamiento. ¿Saben qué pasó con Jonathan Edwards? Que Jonathan Edwards pastoreó durante años a una iglesia carnal, de gente licenciosa. Él había heredado la iglesia de otro ministro, y ese ministro malacostumbró la iglesia. Los biógrafos lo dicen de manera más bonita, yo le hago el resumen: estaba pastoreando una iglesia carnal.
¿Y qué sucedía? Que él predicaba la Palabra del Señor, y lo que él predicaba ofendía, y la gente dejó de gustarle los sermones de Jonathan Edwards. Esos sermones, al día de hoy, los volvieron libros, y esos son bestsellers. Pero la gente a la que se los predicó le tiraba piedras. Ese es un símbolo de que tú estás haciendo bien tu trabajo. Yo le diría a un ministro del Señor: preocúpese cuando usted predique y le lancen flores, porque cuando Cristo predicaba lo querían echar por el despeñadero, y cuando Pablo predicaba lo dejaban por muerto a las afueras de la ciudad.
Jonathan Edwards predicó sus mejores sermones, y cuando él predicó sus mejores sermones, lo que logró fue “chupipiti”, lo que logró fue pico largo, lo que él logró fue cuestionamientos. Y él seguía predicando la Palabra del Señor, el pueblo la seguía cuestionando. Lo toleraron durante cinco años. Llegó un momento en que había un desorden e inmoralidad entre los jóvenes, y él citó a una cantidad de jóvenes de la iglesia para reprenderles como su pastor.
El costo de ser fiel: ejemplo de Jonathan Edwards
¿Qué hicieron las familias de estos jóvenes? No pidieron que sus jóvenes vayan donde el pastor para que el pastor les reprenda, sino que pidieron que el pastor sea destituido. Y efectivamente, Jonathan Edwards fue destituido de la iglesia. El más grande teólogo norteamericano, la persona cuyos sermones hoy son bestseller, fue destituido de una iglesia porque predicó la Palabra del Señor. Pero el momento más alto de Jonathan Edwards, hermano, yo lo encuentro cuando él se paró y, al final de su ministerio, lo fueron de la iglesia y él predicó un sermón que no tenía que ver nada con lo que él estaba sintiendo, sino que él predicó la Palabra del Señor como la había predicado año tras año.
Y él se despidió de la iglesia con las siguientes palabras. Les dijo:
“Ahora me separo de ustedes, me despido de todos, deseando y orando por su mejor prosperidad. Ahora les encomiendo sus almas inmortales a Aquel que antes me las había encomendado a mí, en espera del día en que me reúna de nuevo con ustedes ante Él, quien es el Juez, quien es el Juez que ha estado encomendado a mis cuidados especiales por largo tiempo. Y les pido que no cesen nunca, les pido que no cesen nunca de orar con fervor por mí. Que Dios los bendiga con un pastor fiel, que esté bien familiarizado con su mente y su voluntad, y que sepa advertir con claridad a los pecadores, buscar con habilidad a los profesantes y guiarlos en el camino de la bienaventuranza eterna. Es mi deseo que se ponga realmente en este candelero suyo una luz que arda y resplandezca, y que no solo por un tiempo, sino durante toda su vida, y que sea larga, y estén dispuestos a regocijarse en su luz. Y quiero ser recordado en las oraciones de todos aquellos dentro del pueblo de Dios que tengan un espíritu tranquilo, y que sean pacíficos y fieles en Israel, cualquiera que sea la opinión que tengan con respecto a las normas de la comunión de la iglesia. Y recordemos todos, y nunca olvidemos, nuestra solemne reunión futura, ese gran día del Señor, el día de la infalible decisión y de la sentencia perdurable e inalterable. Amén”.
Y Jonathan Edwards se fue para su casa. Y usted me dice: “Ah, bueno, maravilloso, se despidió así, ¿y qué pasó con él?”. Lo que le diré que pasó con él es que se encontró desabastecido. Esta iglesia más nunca cubrió ningún tipo de sus necesidades, y él tenía nueve hijos.
Hermano, si usted quiere saber en qué necesidad estaba Jonathan Edwards cuando fue despedido de su iglesia, él escribió una carta a un amigo, una carta privada que los biógrafos después hicieron pública, y él le decía a su amigo:
“No tengo nada visible de qué depender, en cuanto a mi futura utilidad o a la subsistencia de mi numerosa familia, pero mi esperanza está puesta en que tenemos un Dios del pacto que es fiel y totalmente suficiente, y de Él es de quien dependemos”.
Hermano, los líderes como Samuel no predican y aconsejan porque sea agradable hacerlo, lo hacen en obediencia a la Palabra del Señor. Este consejo de Samuel es algo que a mí me emociona, no solamente porque Samuel se sobrepuso al posible rencor que podía estar anidando en su corazón, sino porque se sobrepuso a la justicia del hombre que te dice que eso no merecía misericordia. El mismo libro de Hebreos dice que el mundo no era digno de esos hombres. Él se sobrepuso a la apatía.
Aún no es tarde: llamado al arrepentimiento
Lo más difícil es usted dar el consejo correcto cuando la gente no se lo ha pedido. “Deja que hable el rey, deja que hable Saúl, Samuel, quítate, que hable el rey”. No. Samuel dio el consejo y se sobrepuso a la apatía. Por otro lado, hermano, me parece sorprendente que se sobrepuso a la estadística. Estadísticamente hablando, dijo Jesucristo que Israel era el pueblo que mataba a los profetas. ¿Sabe cómo terminó Moisés su ministerio? Bueno, Moisés terminó su ministerio y él llamó al pueblo, le dio un discurso y una canción. Y lea esa canción, hermano.
Está en Deuteronomio 32. Desde el versículo 4 en adelante dice:
Él es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud; Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él; es justo y recto. La corrupción no es suya; de sus hijos es la mancha, generación torcida y perversa. ¿Así pagáis a Jehová, pueblo loco e ignorante? ¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció.
— Deuteronomio 32:4–6
Así terminó Moisés, diciéndoles: “Generación torcida y perversa… pueblo loco e ignorante”. “Acuérdate de los tiempos antiguos, considera los años de muchas generaciones…”. Hermanos, si esto lo hicieron con Moisés, ¿qué podía esperar Samuel? Él está al final de trescientos años donde el pueblo hacía cada uno lo que bien le parecía, y trescientos años después el pueblo todavía está haciendo lo que bien le parece. Aun así, Samuel dio el consejo.
¿Dónde está la esperanza en esto, hermano? Y quiero animar a mi iglesia con esto: que aún no es tarde. Que congregaciones completas hayan caminado al despeñadero, aún no es tarde para dar un consejo. Que tu hermano esté caminando en un despropósito, aún no es tarde. Dice la Escritura: “Un abismo llama a otro abismo a la voz de tus cascadas”. Por eso es que cuando un hermano cae lo primero que hay que hacer es levantarle, porque si lo sueltas, hermano, se hunde más.
Samuel le dio el consejo y miren cuál fue el consejo de Samuel. Él está diciendo que aún no es tarde. Versículos 14 y 15 de 1 Samuel 12:
Si temiereis a Jehová y le sirviereis, y oyereis su voz, y no fuereis rebeldes a la palabra de Jehová, y si tanto vosotros como el rey que reina sobre vosotros servís a Jehová vuestro Dios, haréis bien.
Aún no es tarde para temer a Jehová, para servir a Jehová, para oír la voz de Jehová y para dejar la rebeldía. “Ustedes y su rey, aún no es tarde”. Samuel podía haber dicho: “Recta coronada de recta, peleando contra ustedes, ¿y qué hacemos? ¿Les quitamos el rey, les damos hacia atrás?”. No. Él deja el rey ahí, pero aún no es tarde.
Son muchas las personas que no se arrepienten porque piensan: “Ya a mí me tomó la hora. Yo tengo veinte años en mi pecado, ya yo no puedo volver a hacer las cosas de antes”. Aún no es tarde. Después que Israel desechó a Dios y puso un rey, aún después de eso estaba Samuel diciéndole al pueblo: “Aún no es tarde para arrepentirse. Aún no es tarde para dejar la rebeldía”.
Los truenos de Dios: advertencia misericordiosa
Es difícil a veces uno salir a rescatar a un hermano que ha caído en pecados graves, en asuntos que avergüenzan el nombre del Señor. Pero te diré, iglesia: aún no es tarde. Y quizás, como Samuel, hay veces que hay que morderse la lengua y venir al pueblo y aconsejarle y decirle: “Aún no es tarde para arrepentirse”. Les dice en el versículo 16 al 18:
Esperad aún ahora, y mirad esta gran cosa que Jehová hará delante de vuestros ojos. ¿No es ahora la siega del trigo? Yo clamaré a Jehová, y él dará truenos y lluvias, para que conozcáis y veáis que es grande vuestra maldad que habéis hecho ante los ojos de Jehová, pidiendo para vosotros rey. Y Samuel clamó a Jehová, y Jehová dio truenos y lluvias en aquel día; y todo el pueblo tuvo gran temor de Jehová y de Samuel.
— 1 Samuel 12:16–18
Aún no es tarde para una última advertencia. Truenos. Dice que llovieron, hermano. Israel se merecía esos truenos, y más. ¿Para qué eran los truenos? Era un modo en que el Señor estaba llamando la atención del pueblo hacia Él. Aún no es tarde para una última señal. Los truenos fueron lo mismo que recibió Israel cuando Dios les estaba dando la ley. Éxodo 20, al final de lo que estudiamos hoy en la escuela bíblica, después que el Señor dio el decálogo, dice que los truenos se oían desde el cielo y el pueblo se llenó de gran temor. Trueno fue lo que utilizó el Señor para darle la última victoria a Israel en el tiempo de los jueces, a través de Samuel. El Señor tronó desde el cielo, los filisteos se llenaron de miedo e Israel venció.
Hermano, cuando Israel escuchó esos truenos, yo le aseguro que recordaron: “Ah, pero es verdad, cuando dieron la ley se escuchó el trueno del cielo”. ¿Qué es lo que representa el trueno del cielo? Es la voz de Aquel que hizo el cielo y la tierra, es el poder de su Palabra diciéndoles: “Ustedes han cambiado el poder de Aquel que hace temblar los truenos por un rey que es peor que todos ustedes”. El Señor tronó y les está diciendo: “Aún no es tarde para una señal de advertencia”.
Hermano, esos truenos no son solamente de castigo, esos truenos son una hermosa invitación del Señor para que el pueblo vuelva a su cordura. Hay gente a la que el Señor tiene que mandarles truenos a su vida, porque si no fuera con truenos se quedarían en su despropósito, no reaccionan. Hay veces que las tribulaciones que le sobrevienen a personas uno tiene que entender que es la amorosa mano de Dios llamando a esa persona a la cordura. El cielo te está hablando, tus circunstancias te están hablando. Aún no es tarde para ponerte en paz con Dios.
La reacción del pueblo y la ternura de Samuel
El versículo 19, hermano, si no fuera Samuel, si a mí me dejan el 19 y quitan a Samuel y ponen a Rafael Pérez, yo les doy por la mano con el palito. Dice:
Entonces dijo todo el pueblo a Samuel: Ruega por tus siervos a Jehová tu Dios, para que no muramos; porque a todos nuestros pecados hemos añadido este mal de pedir rey para nosotros.
— 1 Samuel 12:19
Si no fuera Samuel, si fuera Rafael Pérez, yo digo: “Pandilla de sinvergüenzas, toditos ustedes. Después de haberse pasado la vida arrepintiéndose, pero no se arrepienten de verdad. Ahora es que se van a arrepentir porque oyeron truenos”. Pero Samuel… ¿Cuántas veces Israel dice que se arrepintió en el tiempo de los jueces? Por lo menos diez. Y volvían a hacer la misma cosa. Pero Israel vuelve diciendo: “Ay, estamos arrepentidos, Samuel”, y Samuel entiende su arrepentimiento y él lo toma como que es verdadero.
Oye, de verdad que Samuel era un santo ese hombre. Era un siervo de Dios. Porque después de un pueblo pasarse la vida disque arrepintiéndose, ahora vienen: “Samuel, ruega por tus siervos”. Hermano, nunca es tarde para el arrepentimiento. El arrepentimiento nos avergüenza. Es triste el hombre que viene a arrepentirse ante el Señor, y en vez de tú restaurarle, tú lo avergüenzas. “Ah, que ese ya se ha dicho tres veces que se ha bautizado y se ha descarriado, no se bautice más”. No. Si él se ha arrepentido, que vuelva, hermano, que vuelva.
Mira, el que ya dijo que viene que es cristiano, las veces que ha venido y se ha descarriado, haz como Samuel, hermano. Respóndele. Y Samuel respondió al pueblo: “No temáis”. ¡Guau, hermano, cuánto amor! Cuánta ternura. Es que Samuel verdaderamente amaba a ese pueblo. Le amaba tanto que cuando el Señor coronó a Saúl, dice que Samuel lloró cuando quitaron a Saúl. A él lo quitaron para poner a Saúl, y cuando el Señor desechó a Saúl, el Señor tuvo que decirle hasta cuándo iba a estar llorando por Saúl. Lo que pasa es que Samuel amaba el pueblo del Señor a un punto tal que él entendía: “Sea conmigo o sea con un ungido, el pueblo de Dios debe estar bien”.
¿Tú quieres saber dónde está el verdadero corazón de un ministro, un ministro que tiene el corazón de un padre? Son las dos mujeres que vinieron donde Salomón y le dijeron que partieran el muchacho, y la mamá dijo: “No, déselo a ella entero, porque yo lo parí”. Tú quieres saber dónde es que un ministro realmente evidencia amor por una congregación: cuando ante un problema en la congregación, donde él se da cuenta que él mismo puede ser un obstáculo para que el pueblo del Señor avance, él se ausenta y dice: “Hermanos, busquen entre ustedes a alguien que los pastoree y sigan unidos, pero que no sea yo el instrumento de tropiezo”.
Alguien me preguntaba: “¿Cuál es el valor de que un pastor siembre una iglesia?”. El valor de que un pastor siembre una iglesia es que si alguien amó una congregación alma tras alma, y la congregación está por dividirse, él mismo se ausente, y diga: “Hermanos, sigan junticos ahí donde están, y yo los visito de vez en cuando, pero no se separen”. Samuel quería el bienestar de Israel con él o sin él. Se acabó Samuel, pero sea con Saúl o sin Saúl, que el pueblo del Señor avance. Y por eso lloró sinceramente por Saúl.
Un liderazgo que ora, enseña y no se cansa
Hermano, nunca es tarde para una palabra de ánimo a un pecador arrepentido. Samuel respondió al pueblo: “No temáis; vosotros habéis hecho todo este mal; pero con todo eso, no os apartéis de en pos de Jehová, sino servidle con todo vuestro corazón. No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran, porque son vanidades. Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo”.
Miren, hay un punto álgido en la vida de alguien, donde comete un pecado y después de que comete ese pecado, peca, peca, peca y peca al punto tal que se vuelve un desperdicio. La sabiduría está en tú perdonar a tiempo. La sabiduría está en tú restaurar a tiempo. La sabiduría está en tú buscar a alguien a tiempo. “No os apartéis en pos de vanidades que no aprovechan ni libran”. Hermano, un rey es vanidad, el dinero es vanidad, el prestigio en esta tierra es vanidad, la sensualidad es vanidad. Dios quiere darte todas estas cosas por otros medios, y te las quiere dar de manera real. No os apartéis en pos de vanidades.
“Pues Jehová no desamparará a su pueblo por su grande nombre, porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo. Así que, lejos sea de mí que yo peque contra Jehová cesando de rogar por vosotros”. Guau, hermano, aquí uno ve lo que es un líder espiritual, aquí uno ve lo que es una persona que Dios ha puesto sobre su pueblo. Él dice: “Lejos esté de mí yo dejar de orar”. “Ya yo no voy a ser quien les va a conducir sus batallas, ahí tendrán a Saúl, pero yo seguiré orando por ustedes, y más que eso: antes os instruiré en el camino bueno y recto”.
“Samuel, no te estamos pidiendo un consejo”. “No, pero ustedes lo necesitan”. Total, ¿para qué predicamos la Palabra del Señor? “Pero esa gente no te están oyendo”. “Pero la necesitan”. Hermano, a veces uno predica la Palabra del Señor con emoción a un pueblo obediente. Pero la prueba es cuando uno predica la Palabra del Señor con convicción, por el poder de su Palabra, a un pueblo terco. Y ahí, hermano, uno predica la Palabra del Señor en obediencia a un pueblo necio. Hay gente que, humanamente hablando, no merecería recibir la Palabra del Señor, pero es un asunto de obediencia. Tú eres como el cartero, que tú no miras la dignidad que tiene el destinatario, pero tú cruzas ríos, tú cruzas monte para llevar la carta, porque tú eres el mensajero.
Es más, la Palabra del Señor a veces se predica y lo único que va a servir la Palabra del Señor al final de los tiempos, como dice el Salmo 51, es para que Dios sea tenido por justo en su juicio. Nunca es tarde. “Solamente temed a Jehová y servidle de verdad”. Oigan lo que dice Samuel: “Te has relajado tantas veces con esto, lo único que yo les voy a pedir ya es que solamente temáis a Jehová y le sirváis de verdad, con todo vuestro corazón”. Que dejen el jueguito, que dejen el relajito, que dejen ese ir y venir. Lo que Samuel está desesperado no es por su propio nombre, por su propia obra, él está cuidando la honra de Dios.
La expresión, hermano, qué hermosura: “Ay, hermanos míos, y qué bueno que se han arrepentido. Ahora yo les voy a pedir, lo único que les voy a pedir es que lo hagan de verdad, con todo vuestro corazón”; o sea, que lo hagan desde adentro, que no sea como lo han hecho antes. “Pues considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros”. Pero después vuelve y les dice: “Mas si perseverareis en hacer mal, vosotros y vuestro rey pereceréis”, como de hecho sucedió.
Aplicaciones: soportar la mordida y renunciar a nuestros reyes
Con esto termino aquí mi sermón. ¿Con qué te animo? Si tú tienes responsabilidad espiritual por alguien, si tú has estado tratando de traer a alguien a la verdad, si tú has estado tratando de aconsejar a alguien, y lo que ha hecho esa persona es lanzarte piedras, como normalmente sucede, mira, no hay nadie que reciba la reprensión con buen ánimo. Siempre lo va a recibir con un tromú, con una descalificación personal, hasta con un insulto.
Eso es como el perro que se está ahogando con la cadena. Eso es lo que es el pecador, hermano, cuando es reprendido en su pecado. ¿Tú has visto un perro que se está ahogando con una cadena y tú vas a quitarle la cadena del cuello y te muerde? Y tú quisieras darle al perro. “Pero si yo lo que he venido es a traerte la Palabra del Señor y a enmendarte en tu despropósito para que te vaya bien, y tú lo que haces es que me muerdes”. Eso es lo que hace el pecador. El pecador normalmente, cuando él se ve confrontado en su pecado, te muerde.
Termino con dos palabras de ánimo. Si tú tienes responsabilidad espiritual por alguien que has estado llamando, que has estado aconsejando, que has estado persuadiendo de que glorifique al Señor en su vida y la persona te ha mordido, que seas como Samuel, que soporte la mordida del mismo modo que Cristo nos ha soportado a todos nosotros. Si te está siendo difícil acompañar a tus hermanos a que se parezcan a Cristo, piensa tú lo difícil que es para Cristo soportarte a ti. Da por gracia lo que por gracia se te ha dado.
Y el segundo consejo con el que termino: hermano, ¿acaso has participado tú en algún despropósito grande como pedir un rey sobre tu vida? De diferentes maneras, porque no es solamente un rey físico. Tú puedes estar pidiendo un rey sobre tu vida cuando tú quieres tener un sustento más seguro, un poquito más de holgura en el presupuesto, y tú llegas hasta entender que Dios no te está proveyendo. Si tú has pedido un rey sobre tu vida, hermano, yo te pido que tú te arrepientas de corazón y te ruego, del mismo modo que le rogaba Samuel a su pueblo: “Servidle de verdad con todo vuestro corazón. Considerad cuán grandes cosas ha hecho por vosotros”.
Oración final por la iglesia y el liderazgo
Termino orando por mi iglesia. Mire este rebaño, Señor, que tú me has dado el privilegio de alimentar con tu Palabra. Mira este rebaño, Señor, que tú me has dado el privilegio de pastorear. Mira a mis hermanos y mírame a mí, que nos desviamos todos los días, Señor, en despropósitos que te ofenden. Mira aquellos de mis hermanos, Señor, que han sido reprendidos, mira aquellos, Señor, que han sido llamados la atención. Permite, Padre, permite que entiendan que es por el bien de su alma.
Mira aquellos, Señor, que han estado arrepintiéndose para volver a las mismas cosas, como el pueblo de Israel. Permite, Señor, que como Samuel le pidió a su pueblo de corazón, así mismo suceda en ellos, que se arrepientan de verdad, con sinceridad. No solamente para complacer a Dios en un momento y que Dios no los destruya, sino, Señor, que lo hagan porque sepan cuán grandes cosas tú has hecho por ellos. ¡Guau, Señor, tú diste tu vida por nosotros! Tú diste tu vida, Señor, por nosotros. Si acaso tú has dado tu vida por nosotros, cuán grandes cosas tú has hecho por ellos.
Mira a mis hermanos, Señor, que se han sentido mordidos, que se han sentido, Señor, como se sentía Samuel, se han sentido desairados. Permite que sientan la intención de volver a hacer una y otra vez, como decía el apóstol Pablo, que para él no era gravoso volverles a decir las mismas cosas, y para ellos era seguro. Que no nos cansemos de hacer el bien, porque a su tiempo, Señor, segaremos si no desmayamos.
Bendice esta congregación, Señor, con arrepentimiento sincero. Bendice esta congregación, Señor, con un liderazgo que ame la iglesia y que ponga el bienestar del pueblo por encima de su propio bienestar, como hizo Samuel. Bendice esta iglesia, Señor, cuando yo esté y cuando yo no esté, con pastores, Señor, del mismo modo que oraba Jonathan Edwards, que sean candeleros que iluminen al pueblo y que el pueblo, en su luz, Señor, se sienta refugiado.
Bendice tu iglesia, tú que eres el Señor de los pastores. Señor, bendice tu iglesia. En el nombre de Cristo Jesús, amén. Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les guarde, y nos vemos el próximo miércoles para nuestro culto de estudio bíblico.