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La depresión del justo

1 Samuel 30

Aun el justo puede caer en profunda depresión, pero en medio de la cadena de tribulaciones que lo agobian, Dios lo preserva, lo corrige y lo fortalece cuando vuelve a refugiarse en Él.

Predicado3 de agosto de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Y le voy a pedir a los más grandecitos que se acerquen un poco, para que compartamos la palabra del Señor. Oremos al Señor para que sea Él quien nos acompañe en este tiempo de enseñanza. Hoy comenzamos el día con mucha lluvia, ya se ha calmado un poco, pero también que eso sea un motivo de oración, a pesar de que, como decía Rocío, nuestro país necesita agua ahora. Pero oremos al Señor para que no sea tanta agua, sino solamente la necesaria.

También muchos hermanos de nuestra iglesia quizá no están aquí hoy por esta situación meteorológica. Yo tenía el deseo de venir a predicar hoy esta porción de la Escritura. Yo estaba en Higüey, estaba ya leyendo la palabra del Señor, he estado preparando todo este material y estaba deseando que llegara el domingo. Hay veces que uno tiene como el deseo de darle la palabra del Señor a la iglesia, de compartir lo que uno ha visto en la Escritura, como que uno ha estado saboreando todas estas cosas y quisiera compartirlas con los demás.

Y esta es la sensación que he tenido; he tenido el deseo de que llegue el domingo para poder compartir con mis hermanos esta palabra de aliento que está en el primer libro de Samuel, ya al final. He estado predicando sobre reyes de Israel; desde la semana pasada comenzamos con la historia de Saúl. Bueno, desde la semana antepasada ya vimos cómo se pasó del tiempo de los jueces al tiempo de la monarquía, pero el domingo pasado estuvimos viendo el primer rey de Israel, que fue el rey Saúl. Hoy veremos otro rey de Israel, que fue el sucesor de Saúl, ese rey David, pero no veremos a David en su reinado, sino que veremos a David en el momento previo a su reinado, el momento de transición, en el cual después de ser ungido está esperando para comenzar a gobernar sobre Israel y veremos lo que sucedió en su vida durante este tiempo.

Antes de orar, les leo nuestra introducción acerca de este tema, sobre la depresión del justo. Dice que la historia del rey David es una de las más extensas que se documentan en las Escrituras. Se documenta su niñez cuidando las ovejas de su padre, su juventud sirviendo y huyendo del rey Saúl, su adultez reinando sobre Jerusalén y su vejez, lidiando con las consecuencias de los errores de su juventud. Esta no es una historia perfecta, sino una historia real. Sale a relucir, como el sol, su vigorosa fe, pero también las sombras de la noche con sus múltiples faltas y luego las primeras luces del amanecer con su sincero arrepentimiento.

Su historia refleja la nuestra, pues a pesar de nuestra fe, no estamos exentos de cometer errores y, al igual que David, podemos volver arrepentidos al Señor y seremos recibidos. Hoy veremos uno de sus momentos oscuros, la depresión que le sobrevino luego de una serie de sucesos traumáticos que le llevaron a tomar malas decisiones y la forma en que se fortaleció en Jehová su Dios y pudo reponerse.

Oremos al Señor. Nos encomendamos, Señor, como hijos tuyos, para que sea tu palabra penetrando nuestro corazón. Te encomiendo nuevamente, Señor, a mis hermanos en sus necesidades y sus tribulaciones particulares. Mira aquellos, Señor, que están en una situación difícil o en otra. Te pido, Señor, que seas tú en medio nuestro, animándonos, y que al ver, Señor, cómo la tribulación y la depresión afectaron al rey David y tú le ayudaste a sobreponerse, asimismo nosotros seamos alentados.

Te pido que cuides tú a tu iglesia, que enfrenta diferentes momentos de dolor, diferentes momentos difíciles. Y que al igual que el rey David, Señor, podamos nosotros encontrar en ti nuestra esperanza, encontrar en ti nuestro aliento y también nuestro socorro. Para la gloria tuya te pedimos esto, en Cristo Jesús. Amén.

Destruyendo el mito sobre la tristeza del creyente

He venido, hermanos, a exponer la Escritura acerca de un tema que es la depresión del justo. Quizás cuando te anuncian el tema “depresión” tú piensas que esto no se trata de ti. Entre los propósitos que tengo para exponer este tema desde esta porción de la Escritura está el destruir un mito. Quizás tú has escuchado un corito que dice que no puede estar triste un corazón que tiene a Cristo, que no puede estar triste un corazón que tiene a Dios.

Yo entiendo la intención que pudo haber tenido el compositor de ese coro al hacerlo. Quizás lo que está diciendo es que Cristo es suficiente para nuestra tristeza, que Cristo es suficiente para nuestro dolor. Pero al mismo tiempo tengo que reconocer y recordarte que gran parte de la vida cristiana quizás se componga de tribulación, y que quizás tú estás más cerca de lo que piensas de una pronta depresión. Es más, si acaso no podré decir, como dicen las personas en programas de televisión, que “estadísticamente hablando, el tanto por ciento…”, yo te diría, hermano, cada año usted va a tener una gran depresión; quizá le toquen dos por año.

Momentos donde te asiente una profunda tristeza, momentos donde pienses que no vas a salir de ahí, momentos donde te sientas que los problemas aumentan, aumentan, aumentan y nunca se detienen. Los justos no estamos exentos de la tribulación. Si usted lee la vida del rey David encontrará que el rey David vivía de tribulación en tribulación. Si ustedes leen la vida de Elías encontrarán que Elías vivía al borde de la muerte y la desesperación. Consideren la vida del apóstol Pablo y entenderán que el apóstol Pablo vivía de problema en problema y de situación difícil en situación difícil; y cuando no tenía la piedra sobre su cabeza, entonces tenía un aguijón en su carne, y cuando no era un aguijón en su carne, entonces tenía que las iglesias que había sembrado estaban persiguiéndole.

Si quieren ver otro justo atribulado, consideren a Cristo. El mismo Cristo dijo:

En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.

— Juan 16:33

Yo podría tomar cualquier personaje de la Escritura y predicar esto. Hábleme de Job: dice que estaba rascándose la llaga con un cocito. Podría tomar cualquier, cualquier personaje de la Escritura: hábleme de Samuel, que ya les prediqué; hábleme de Moisés; hábleme de José. Es más, esto es un motivo casi universal: podría tomar cualquier personaje bíblico y predicar el mismo sermón desde ahí. He elegido a David porque estoy predicando a los reyes de Israel, pero cualquier personaje bíblico podría ser el ejemplo perfecto de que los justos seremos atribulados.

Lo que pretendo hacer hoy es responder tres preguntas. La primera será: ¿cómo se llega a la depresión? La segunda: ¿qué produce la depresión en nosotros? Y la tercera: ¿cómo se sale de este asunto? Yo he visto en las series de televisión que hacen como un ejercicio que le llaman “flashback”; es que enseñan una escena y uno no entiende del todo lo que está pasando ahí, entonces después le dan para atrás y nos enseñan al personaje, cómo llegó hasta ahí. Es lo mismo que pretendo hacer hoy: vamos a leer una porción de la Escritura y después les voy a explicar cómo David llegó ahí y después entonces iremos adelante y veremos cómo el Señor sacó a David de donde estaba.

La escena en Siclag: el momento de la depresión

En gran medida utilizo este formato porque, para hablar del rey David, hermano, yo tendría que predicar aquí en un sermón quizá dos libros completos de Escritura: primer libro de Samuel y segundo libro de Samuel. Y como no tengo tanto espacio, entonces lo que haré es que enseñaré el resultado: veremos cómo David llegó hasta ahí y al final veremos cómo el Señor le sacó.

Acompáñenme inicialmente al primer libro de Samuel, en el capítulo 30. Encontraremos a David en su depresión. ¿Pueden buscar la Escritura? Dice así la palabra del Señor, primer libro de Samuel, capítulo 30; encontramos a David en medio de una profunda tristeza:

Cuando David y sus hombres vinieron a Siclag al tercer día, los de Amalec habían invadido el Neguev y a Siclag, y habían asolado a Siclag y le habían prendido fuego. Y se habían llevado cautivas a las mujeres y a todos los que estaban allí, desde el menor hasta el mayor; pero a nadie habían dado muerte, sino que sólo se los habían llevado al seguir su camino.

Vino, pues, David con los suyos a la ciudad, y he aquí que estaba quemada; y sus mujeres, sus hijos e hijas habían sido llevados cautivos. Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar. Las dos mujeres de David, Ahinoam jezreelita y Abigail, la que fue mujer de Nabal el de Carmel, también eran cautivas.

Y David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus hijos y por sus hijas; mas David se fortaleció en Jehová su Dios.

— 1 Samuel 30:1–6

Hago aquí una pausa. Encontramos a David habitando una ciudad que no es el pueblo del Señor. ¿Qué buscaba David en Siclag? Encontramos a David en medio de una tragedia: aquella ciudad que había sido su ciudad durante dos años; él salió un momento y cuando regresó la encuentra quemada y encuentra que se han llevado a su familia, que se han llevado al mismo tiempo a la familia de sus soldados. Él no sabe si va a recuperar a los suyos.

Entonces hacemos ahora una pausa. Encontramos a David aquí, pero carguemos ahora a David: ¿qué ha sucedido en la vida de David los últimos veinte años? Lo que estoy tratando de responder es cómo se llega a la depresión. La respuesta sencilla sería que a la depresión se llega como una cadena de tribulaciones que nos conduce a un profundo desaliento. ¿Qué pasó en David? Permítanme resumirles, así picadito, alrededor de veinte años de historia.

Lo primero que sucede es que David, cuando era jovencito, fue ungido para que sea rey sobre Israel, y fue ungido a pesar del deseo de su papá, que ni siquiera lo consideró. Samuel fue enviado a ungir un rey, y cuando fue Samuel enviado a ungir un rey, Isaí le enseñó todos sus hijos y Samuel le dijo: ninguno de esos ha sido seleccionado del Señor. “¿Falta alguno?” “Sí, falta uno, pero ese está por ahí cuidando las ovejas.” Bueno, entonces le ungen; cuando le ungen pasa el tiempo y no es que en su casa hay una gran celebración porque quizá hay un hijo de Isaí que va a ser rey. Parece que en su familia eso fue como un asunto que ni siquiera se consideró. Con toda su unción, David volvió a cuidar las ovejas.

Cuando llegó el tiempo de la guerra, los hermanos de David se fueron a la guerra y a David le dejaron cuidando las ovejas. Después papá le dice: “Mira, ve donde tus hermanos que están en la guerra y llévales quesos y pan y todas esas cosas y pregunta a ver cómo están ellos,” y cuando él llega donde sus hermanos, entonces sus hermanos acusan a David de que David es un pendenciero, que está descuidando las ovejas de su papá, que es un soberbio y que es un malicioso.

Después de eso, lo que sigue es que David mata a Goliat, y el hecho de que David matara a Goliat se convirtió en el aguijón de su vida. Es más, después de haber leído aquí cerca de diez capítulos de Escritura, he llegado al convencimiento de que David deseó nunca haber matado a Goliat. El hecho de que David matara a Goliat produjo un celo en Saúl que hizo que Saúl le persiguiera durante toda su vida. A pesar de eso, entonces David fue y siguió tocando el arpa para Saúl. Saúl intentó dos veces atravesarle con la lanza.

Perdónenme, con la lanza. Después de esto, ¿qué hizo David? Se fue, pero no quería dejar a Saúl, y Saúl entonces quería matarlo y le dijo: “Mira, yo te voy a dar a mi hija para que tú te cases con ella. Ve donde los filisteos.” La intención que él tenía no era darle la hija; lo que quería era que los filisteos lo mataran. David fue, peleó contra los filisteos, el Señor le dio la victoria, y cuando llegó donde el rey Saúl, Saúl no le dio la hija, sino que se la dio a otro.

La larga cadena de tribulaciones de David

Yo soy David y yo me apeo aquí, hermano. Si fuera yo, yo soy cortico, y ya yo estuviera deprimido. Si fuera yo, aquí ya yo llegué; ya está bueno, aquí ya me deprimí. Este es el paso seis, hermano. Después, lo que sucedió fue que Saúl se enteró de que ya le había dado su hija a otro, pero había una hija suya que verdaderamente estaba enamorada de David, y él le dijo: “Mira, esta es la oportunidad de que, a través de esta hija mía que verdaderamente está enamorada de David, yo logre matar a David.” Y le dijo: “David, ve donde los filisteos y tráeme cien prepucios; si tú me traes cien prepucios, entonces te voy a dar a mi hija.”

Hermano, en ese tiempo, en Israel, nadie quería luchar contra los filisteos. Miren, cuando David conoció a Goliat, él llegó y había un gigante, y nadie quería pelear contra el filisteo, y ahora le dice: “Ve tú y tráeme cien.” Y no solamente eso, sino que mandó a sus sirvientes para que le calentaran los oídos diciéndole: “Mira, tú vas a ser el yerno del rey; el rey quiere juntarse contigo; consígueme los cien prepucios de los filisteos.” Él mandó, quizá pensando en que en el prepucio cinco ya Saúl estaba seguro de que David perdía la cabeza, pero David fue, consiguió no cien, sino doscientos prepucios, se los trajo al rey. El Señor cuidó a David, y cuando David le llevó los prepucios, parece que se enojó tanto que entonces sí le dio la hija, pero se convirtió en su enemigo público.

Hermano, uno lo ve como una historia heroica, pero póngase en el corazón de David: “Mi papá y mis hermanos no cuentan conmigo; yo mato el gigante que nadie quería matar, y lo que me consigue es toda una tragedia.” Después de esto, sin yo aspirarlo, el rey comienza a buscarme al lado, que me va a dar una hija suya por mujer, y cada vez que lo hace, entonces lo que hace es que me engaña. El rey quiere matarme; ahora públicamente me está persiguiendo. Le dijo Saúl a sus siervos y a Jonatán: “Vayan y maten a David.” Y los siervos de Saúl fueron los que persuadieron al rey; le dijeron: “Rey, pero este hombre lo que te ha hecho es que te ha matado el gigante; este hombre lo que ha hecho es que ha librado tus batallas, ¿cómo lo vas a matar?” Y Saúl se detuvo ahí un momentito.

David volvió a tocar el arpa para Saúl. Y cuando volvió a tocar el arpa para Saúl, entonces en el tercer intento le manda otra vez una lanza; atraviesa la pared. Lo que hace David es que va y se esconde en su casa. Cuando David se esconde en su casa, entonces a la casa manda Saúl a que lo maten. Después de esto, es la mujer de David la que le salva, dejándolo que baje por la ventana; lo desciende por la ventana y le dice: “Vete, que mi papá te quiere matar.” Saúl manda de nuevo los mensajeros a su casa y la mujer le dice que está enfermo, que no puede ir. Al final les dice Saúl: “Mira, tráiganmelo, y si es necesario, tráiganmelo en la cama.”

¿Qué hace David? David se refugia donde Samuel. Samuel es el profeta del Señor. Y allá, donde Samuel, Saúl manda a buscarlo; cuando la gente vuelve, entonces va él mismo y le busca, y el Señor hizo un milagro, hermano, y el rey Saúl entró en un trance profético, comenzó a danzar y a profetizar, y así el Señor cuidó a David. Pero lo que estaba buscando Saúl no era la presencia del Señor; lo que Saúl estaba buscando era llevarle la cabeza a David.

Después de esto, David manda preguntarle a Saúl; le dice a Jonatán: “Pregúntale al rey a ver si el rey me va a recibir de nuevo en su presencia. Yo no quiero estar corriendo, yo no tengo nada contra Saúl.” Cuando Jonatán le pregunta al papá si acaso el papá va a dejar de perseguirlo, lo que hace es que manda una cuarta lanza hacia Jonatán y le dice: “¿Tú quieres salvar a David? Ahora te voy a matar a ti.” Jonatán le dice: “Mira, David, mi papá definitivamente no va a dejar de perseguirte.”

Lo que hace David es que sale entonces corriendo y va donde el profeta, va donde el sacerdote Ahimelec; y cuando va donde el sacerdote, éste le ayuda. Después huye hacia territorio de los filisteos y literalmente se tiene que hacer el loco para salvar la vida. Comienza a babucear, a dibujar en los postes y demás, y en Gat, hermano, la gente de los filisteos dice: “¿Qué hace este hombre aquí? Aquí estamos llenos de locos, no cabe otro loco más; expúlsenlo de la ciudad.” Y sale expulsado de Gat. Ese es el rey David, hermano. Esta es su historia.

Yo no sé hasta dónde tú llegas, pero yo en el paso siete ya yo estuviera soltando el asunto, olvidándome, renunciando, olvidándome de que yo voy a ser rey en algún momento, olvidándome de la promesa del Señor. Pero David sigue corriendo. Entonces lo que hace es que se esconde en la cueva de Adulam, y en la cueva de Adulam se rodea de una multitud que dice la Escritura: una multitud de hombres afligidos, endeudados y con amargura de espíritu. ¡Qué compañía!

Un hombre con problemas, lo menos que necesita alrededor de él es una multitud de endeudados, amargados y gente entristecida de corazón, pero esa era la compañía de David. Y después de esto, entonces, allá en la cueva de Adulam, va Saúl a buscarlo, y él tiene que mandar a su familia que se refugie en Moab. Hermano, por culpa de David, entonces Saúl mató al sacerdote Ahimelec y a ochenta sacerdotes más, con toda su familia y hasta los animales, y David carga con eso en su conciencia, es decir: “Guau, por este hombre haberme ayudado, ahora el rey se ensañó contra él; no me mató a mí y a mi familia, pero mató a Ahimelec y mató a ochenta sacerdotes del Señor.”

David se entera de que hay una ciudad, que es la ciudad de Keila, que está siendo invadida, y le ora al Señor y el Señor le dice: “Ve, ayuda a la ciudad de Keila.” Cuando va a la ciudad de Keila, entonces los vecinos de Keila le delatan delante de Saúl. David les defiende, y cómo le responden de esta manera, como que no pegaba una. Pero él sigue avanzando, hermano. Después de la ciudad de Keila, lo que hace David es que se refugia en el desierto y comienza a vivir errante, y al desierto sale Saúl a buscarle.

Dos veces el Señor puso hasta ahora la vida de Saúl en la mano de David, y David, hermano, tenía otro problema mayor: que, aparte de estar siendo perseguido, también tenía convicciones, y eso cansa. El Señor ponía a Saúl sobre su mano, pero él decía: “Yo no puedo ponerle la mano al ungido del Señor.” ¡Qué problema! Uno lee eso muy fácil, hermano, pero ¿tú sabes lo que es tener cerca de quince años siendo perseguido por un perverso y cuando tú tienes al perverso en la mano, que tus convicciones no te dejen llevarle la cabeza?

Yo no sé si te ha pasado, pero hay veces que yo he deseado, carnalmente podré decir, decir malas palabras y poder insultar y decir diez cosas más, pero como mis convicciones no me dejan, eso produce impotencia. Que tú dices: “Oye, ya está en mi mano, yo quisiera agredirle.” Pero es que yo soy un cristiano; es que yo tengo fe en el Señor; es que es el ungido del Señor.

Saúl era tan perverso que cuando David le decía: “Saúl, aquí estoy,” él le decía: “¿Qué, hijo mío David, ese eres tú el que estás ahí? Ven acércate, para mandarte la quinta lanza.” Y en medio, hermano, en medio de su persecución, Saúl hizo que David le prometiera que nunca le pondría la mano a su familia, y David fue tan bueno que hasta se lo prometió.

Después de esto, se estaba muriendo de hambre y sale corriendo; va donde un hombre, Nabal, y Nabal le dice todo: que él es un delincuente que está corriendo. De pronto se muere Samuel, que era quien le protegía, quien le había ungido. Todas estas cosas, hermano, se van llegando al corazón, se van asentando en el corazón de David.

“Al fin seré muerto…”: el paso a la tierra de los filisteos

Y en el capítulo 27, en el versículo 1, dice:

Dijo luego David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada por tanto me será mejor que fugarme a tierra de los filisteos, para que Saúl no se ocupe de mí, y no me ande buscando más por todo el territorio de Israel, y así escaparé de su mano.

Se levantó, pues, David con los seiscientos hombres que tenía consigo, y se pasó a Aquis hijo de Maoj, rey de Gat. Y moró David con Aquis en Gat, él y sus hombres, cada uno con su familia; David con sus dos mujeres, Ahinoam jezreelita, y Abigail la que fue mujer de Nabal el de Carmel. Y vino a Saúl la nueva de que David había huido a Gat, y no lo buscó más.

— 1 Samuel 27:1–4

¿Cómo llegó David a habitar en medio de los filisteos? Cansado de correr, cansado de tener la vida en un hilo. Parece que esa frase de David en el capítulo 27 fue como: “Ya está bueno. Este hombre comoquiera me va a matar. Yo, desde mi adolescencia casi hasta mi adultez he estado corriendo. Yo no aguanto una tribulación más.”

Hermano, ¿cómo se llega a la depresión? Una cadena de tribulaciones que manda a uno al desaliento. Te pongo algunos ejemplos: quizá tú te dices: “Mis problemas familiares nunca van a acabar.” Situaciones con tu esposo, con tu esposa, y en medio se te enferma un hijo. Son como esos pequeños combos que hacen que uno se deprima. ¿Cómo se llega a la depresión? Quizá tú dices: “Yo siempre seré vencido por la tentación, y para colmo yo hablo con el Señor y siento como que Dios está lejos, lejos, lejos, como que Dios no responde.”

Quizá tú dices: “La situación de salud nunca para; esto va de mal en peor; entonces pierdo el trabajo.” Son combitos, hermano, que hacen que uno pierda toda la esperanza y se refugie en el desaliento. “Las deudas y la carencia, eso son mi día a día; el dinero nunca da, y para colmo me quieren quitar la casa. Mi motivo de oración, eso que tengo tanto tiempo orando al Señor, el Señor nunca me ha dicho ni un sí ni me ha dicho un no; no dice nada.”

Mire, nosotros somos más vulnerables a la depresión de lo que uno piensa. Y esto es peligroso. La razón por la cual vengo a predicar esto, hermano, no es para que ustedes se sientan entendidos y digan: “Está bien deprimirse.” No, es para que entiendan el peligro que tienen de la depresión espiritual, y fue el peligro en que cayó el rey David. El mayor logro en la vida de David había sido destruir a los filisteos, y David termina refugiándose en la ciudad de los filisteos.

David llegó a entender que lo suyo era un caso perdido, que no había manera en que el Señor respondiera a su necesidad. Ya hasta se murió Samuel, que era el que le había ungido. “¿En qué momento voy yo a reinar sobre Israel?” ¿Qué es lo que produce la depresión en nosotros? Deseos carnales, emprendimientos que son impropios de un cristiano y una falsa justificación para nuestros pecados. Este es el momento, hermano, en que mucha gente pone su fe en pausa.

Después de haber cogido tanta lucha, después de tu caminar de mal en peor, entonces tú vas a decidir en un momento de tu vida: “Mira, ya esto no va para ninguna parte y yo lo que voy a hacer es que voy a poner mi fe en pausa.” Primera de Samuel 27, ¿qué dice que hizo David? Dice: “Dijo David en su corazón: Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl; nada por tanto me será mejor que refugiarme en la tierra de los filisteos.” David, ¿pero los filisteos no son los enemigos de Israel? ¿No es contra el filisteo que tú has estado peleando durante toda tu vida? Los filisteos son el pueblo que ha estado destruyendo al pueblo del Señor. ¿Qué haces refugiándote donde los filisteos?

Decía Spurgeon, predicando acerca de esta misma porción de la Escritura, que cuando mengua la fe, el pecado sobreabunda. Si fuera solamente porque mis hermanos están tristes, a mí no me preocuparía tanto. El problema, hermano, está en que un abismo llama a otro abismo, y que de estas profundas tristezas a veces se cometen errores garrafales que nos acompañan durante toda la vida. ¿Por qué estoy predicando esto? Porque tengo el temor de que muchos hermanos míos que están experimentando tribulación en su salud, o en su familia, o en su trabajo, a la luz de esa pequeña tribulación, con relación al mar de consecuencias que eso va a producir, se den un pequeño permiso que termina acompañándoles durante toda su vida.

Ciertamente el Señor perdonó todos los pecados de David, pero las consecuencias de sus pecados le acompañaron hasta su vejez. Y decisiones como esta de mudarse entre los filisteos, ustedes van a ver la profunda devastación que produjo en David. Ciertamente los cristianos seremos afligidos, pero los cristianos no podemos responder a la aflicción del mismo modo que responden los incrédulos. Estos pequeños permisos, estas licencias…

David en Siclag: deseos carnales y falsa calma

¿Qué fue lo que hizo David? David decidió seguir su propia senda. Nunca consultó con Dios. Aprovechó la hospitalidad del impío. Y cuando estaba entre los impíos, miren qué sucedió. Dice el versículo 5 del capítulo 27:

Y dijo David a Aquis: Si he hallado gracia ante tus ojos, se me dé lugar en alguna de las aldeas del campo, para que habite allí; pues ¿por qué ha de morar tu siervo contigo en la ciudad real?

Y Aquis le dio aquel día a Siclag; por lo cual Siclag vino a ser de los reyes de Judá hasta hoy. Y fue el número de los días que David habitó en la tierra de los filisteos un año y cuatro meses.

— 1 Samuel 27:5–7

Hermano, durante un año y cuatro meses, David decidió que iba a vivir “por la libre”, lejos del pueblo del Señor, lejos de la ley de Dios, en relativa paz. Saúl, por primera vez, dejó de perseguirle. Son muchos los hermanos míos que, después de aflicción, después de tribulación, hacen una pausa en su vida cristiana y comienzan a vivir como más cómodo, “sea como sea”. Y ya cuando estaba viviendo allí, hermano, ¿qué hizo David? Versículo 8:

Y subía David con sus hombres y hacían incursiones contra los gesuritas, los gersitas y los amalecitas; porque estos habitaban de largo tiempo en la tierra, desde antiguo… Y asolaba David el país, y no dejaba con vida hombre ni mujer; y se llevaba las ovejas, las vacas, los asnos, los camellos y las ropas. Y regresaba a Aquis.

— 1 Samuel 27:8–9

David se volvió muy violento. Hermano, ¡qué momento más oscuro para el rey David! Este que hablaba en los salmos que no deberíamos desear la maldad del impío, que no deberíamos seguir al violento, se convirtió durante un año y cuatro meses en un hombre violento, en un asesino. Y dice el libro de segunda de Crónicas que esta fue la razón por la cual a David no se le permitió construir un templo. Pasó el tiempo; el rey David, después que llegó a disfrutar de verdadera paz, le dijo al Señor: “Señor, permíteme construir un templo,” y el Señor le dijo a David: “No, David, tú no me vas a construir un templo porque tus manos han derramado mucha sangre.”

Hermano, mi temor por la tribulación no es que tú te me apagues, que bajes los brazos. Mi temor es que la tribulación puede llevarte a cometer errores que te van a acompañar durante toda tu vida. No es un permiso para que te deprimas; es una alerta para que no cometas los errores que cometió el rey David.

Analicemos un poco esto. David, que le cortó la cabeza al filisteo, ahora está disfrutando de la hospitalidad de Aquis. Siempre da una mala señal cuando un cristiano comienza a disfrutar de la hospitalidad del impío. Nunca el impío será más hospitalario con el justo que cuando vea la oportunidad de que el justo deshonre a su Dios. ¿Tú quieres saber cuándo es que mejor vas a ser tratado por tus amigos impíos? Cuando vean la oportunidad de que tú te comportes como se comporta el impío. Te ofrecerán cosas que quizá en otra condición nunca se las ofrecerían a otro que es igual que ellos.

A David le dieron una ciudad completa. Yo me imagino que David en esa ciudad, hermano, la tentación de una ciudad. ¿Qué tenía David en esta ciudad? Lo primero que tenía era una protección aparente. Él podía hacer sus propias reglas. En Israel, hermano, había que vivir de acuerdo a la ley de Dios; allí él podía hacer sus propias reglas. Tenía la valoración de Aquis: él iba donde el rey, y el rey le recibía; a diferencia de Saúl, que le mandaba flechas cuando él iba, el rey de los filisteos le trataba con dignidad. Tenía respaldo, seguidores, estaba acumulando riquezas y, sobre todo, hermanos, durante un año y cuatro meses vivió con relativa paz.

Hermanos, ¿qué están haciendo aquí presentes? Si ustedes no toman control de estas cosas, mañana veremos a alguno de nuestros hermanos que se refugiará en la aparente comodidad del mundo. Y usted le va a preguntar: “Hermano, ¿cómo va a ser que te estás comportando como un impío?” “Mire, es que yo he tenido tantos problemas en mi vida, y ser cristiano no me ayudó de mucho. Es que la salud no me estaba ayudando, es que en la casa tenía problemas.” Hermanos míos, queridos, vengo a advertirle que probablemente la depresión llegue, pero no debe ser una causa para que añadamos un abismo sobre otro abismo y agreguemos maldad sobre nuestra maldad.

Esto no se quedó solamente aquí. En el capítulo 28 aparece que hay guerra ahora entre los filisteos y los judíos, el pueblo de Dios. ¿Y saben de qué lado se fue David? Hermano, el rey David estaba tan confundido, estaba tan ciego, estaba como espiritualmente anestesiado. Miren lo que dice el capítulo 28:

Aconteció en aquellos días que los filisteos reunieron sus fuerzas para la guerra, para pelear contra Israel. Y dijo Aquis a David: Entiendo que tú sabes que has de salir conmigo a campaña, tú y tus hombres. Y David respondió a Aquis: Muy bien, tú sabrás lo que hará tu siervo. Y Aquis dijo a David: Por tanto, yo te constituiré por guarda de mi persona durante toda mi vida.

— 1 Samuel 28:1–2

David, que anteriormente le cortaba la cabeza a los gigantes de Filistea, en este momento entonces está peleando por los filisteos contra el pueblo del Señor. Son muchas las historias que he visto de creyentes que fueron creyentes fieles, con buen testimonio del Señor, que después de un momento de profunda tribulación se fueron al mundo y no solamente se conformaron con la hospitalidad del mundo, sino que comenzaron hasta a atacar la iglesia del Señor.

No sé si esto viene, pero cada vez que un creyente es confundido y cegado por el mundo termina atacando a la iglesia del Señor. ¿Cómo lo hacen? Con cuestionamientos infundados, con críticas injustificadas, con acciones que son inconsecuentes; están como espiritualmente anestesiados. Hermano, si el Señor no intercede aquí, David va a cometer un error que quizás hasta impida que llegue a ser rey sobre Israel.

Cómo se sale de la depresión: providencia y luz

¿Cómo se sale? Ya les he explicado cómo se llega: se llega después de una cadena de aflicciones que te mandan a una profunda tristeza. ¿Qué produce? Produce carnalidad, produce decisiones incorrectas, produce una aparente calma. Hermano, un año y cuatro meses de mucha tranquilidad. Cuando tú te olvidas de vivir para la gloria del Señor, quizá hasta prosperes. Yo he visto gente que dejan de hacer la voluntad del Señor en su vida y hasta les va bien, durante un año y cuatro meses: una aparente calma, una tranquilidad, una libertad.

Miren, por lo menos yo recuerdo dos momentos en mi vida donde yo me sentí cómodo, bien. Y yo sé que era cristiano, pero yo vivía una vida que era una vida mundana. Yo no me limitaba, hacía cosas que eran las cosas que hacía la gente del mundo y yo iba a la iglesia y todas las cosas, pero vivía una vida muy carnal. ¿Y qué es lo que sucede, hermano, en esto? Uno comete errores que, si no fuera por la misericordia del Señor, terminarían siendo destrucción.

¿Cómo se sale de la depresión? Es sencillo. Aquí le voy a entrar a un tema que parece como una contradicción. Acompáñenme al capítulo 29. Dice el capítulo 29:

Los filisteos juntaron todas sus fuerzas en Afec, e Israel acampó junto a la fuente que está en Jezreel. Y cuando los príncipes de los filisteos pasaban revista a sus compañías de a ciento y de a mil, David y sus hombres iban en la retaguardia con Aquis.

— 1 Samuel 29:1–2

Hermano, el rey David, el que llegó a ser rey David, aquí estaba preparado para pelear contra el pueblo del Señor. Este que es el principal guerrero del pueblo del Señor, ahora su principal opositor. El ungido del Señor, hermano, este que ya de parte del Señor va a ser rey sobre Israel, es el que está combatiendo al pueblo del Señor.

Hermano, lo que tengo para decirte es que de todo no sale el hombre por sí mismo, sino que el Señor lo saca. Y la manera en que el Señor sacó a David fue una combinación entre providencia y luz, iluminación. Hermano, esto es un combo. ¿Cómo salió David de esta encrucijada? No quiero adelantarles mucho, pero miren: esa batalla para la cual iba a pelear David fue la batalla donde murió su mejor amigo, que fue Jonatán, y donde murió Saúl. O sea, que quizá David iba a tener en su conciencia que él participó del otro lado de la batalla en la batalla donde murió su mejor amigo.

Miren, cuando murieron Saúl y Jonatán, dice que David endechó a estos hombres, escribió poemas y dijo: “Nadie como ellos en la tierra.” Él dijo que había muerto su amigo entrañable. Imagínese que David, si el Señor no hubiese intercedido, participa en la batalla donde mataron a Saúl y donde mataron a Jonatán; en su currículum, en su conciencia va a estar esto.

Hermano, ten cuidado con esa profunda tristeza de darle rienda suelta a tus sentimientos, porque muchas veces darle rienda suelta a tus sentimientos te va a llevar a cometer errores que te van a dañar a ti, van a dañar tu familia y quizás te acompañen durante toda la vida. Si el Señor no interviene providencialmente, David participa en la batalla. ¿Cómo intervino el Señor por amor a David? Miren lo que hizo el Señor. Versículo 3:

Y dijeron los príncipes de los filisteos: ¿Qué hacen aquí estos hebreos? Y Aquis respondió a los príncipes de los filisteos: ¿No es este David, el siervo de Saúl rey de Israel, que ha estado conmigo por días y años, y no he hallado falta en él desde el día en que se pasó a mí hasta hoy?

Entonces los príncipes de los filisteos se enojaron contra él, y le dijeron: Despide a ese hombre, para que vuelva al lugar que le señalaste, y no venga con nosotros a la batalla, no sea que en la batalla se nos vuelva enemigo; porque ¿con qué cosa volvería mejor a la gracia de su señor, que con las cabezas de estos hombres? ¿No es este David, de quien cantaban en las danzas diciendo: Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles?

— 1 Samuel 29:3–5

Hermano, si el Señor no mueve, providencialmente, a estos hombres para que expulsen a David y le impidan entrar a la batalla, David comete un error que debe ser un error casi irrecuperable. Póngase ahora en el lugar de David: usted ha estado habitando entre esta gente, pero ni siquiera esta gente ya está disfrutando su compañía y lo expulsan. Miren, fue tan vergonzoso el asunto que Aquis le dijo a David: “David, vete de madrugada para que la gente no te vea.”

Y Aquis llamó a David y le dijo:

Vive Jehová, que tú has sido recto, y que me ha parecido bien tu salida y tu entrada en el campamento conmigo, y que ninguna cosa mala he hallado en ti desde el día en que viniste a mí hasta hoy; mas a los príncipes no les agradas. Vuélvete, pues, ahora, y vete en paz, para no desagradar a los príncipes de los filisteos.

— 1 Samuel 29:6–7

Otro rechazo más, hermano, sobre David, pero este rechazo es un rechazo providencial. Hago aquí una pausa, hermano. Miren, el Señor a veces ha permitido que ustedes sean expulsados de lugares; ustedes no lo van a entender, pero denle gracias al Señor porque los expulsaron. Quizá tú nunca entenderás por qué perdiste ese trabajo; dale la gloria al Señor que te sacó de ese trabajo, porque sacándote de ese trabajo el Señor está cuidando tu alma.

Cantidad de cosas que uno no entiende. El Señor a veces cuida a sus hijos de manera que uno no puede explicar inicialmente. Versículo 8:

Y David respondió a Aquis: ¿Qué he hecho? ¿Y qué has hallado en tu siervo desde el día que vine delante de ti hasta hoy, para que yo no vaya y pelee contra los enemigos de mi señor el rey?

— 1 Samuel 29:8

Hermano, David llegó a estar en tan profunda oscuridad que llamaba al pueblo del Señor “sus enemigos” y al rey de los filisteos “su señor”. Quizás tú no te lo imaginas, tú no piensas que tú puedes llegar a ese lugar, pero es muy probable, hermano, que si tú no tomas control de tu tristeza de aquí a poco estés considerando al pueblo del Señor tu enemigo y estés considerando al mundo tu señor.

Y Aquis respondió a David y dijo: Yo sé que tú eres bueno ante mis ojos, como un ángel de Dios; mas los príncipes de los filisteos han dicho: No venga con nosotros a la batalla. Levántate, pues, de mañana, tú y los siervos de tu señor que han venido contigo; y levantándoos de mañana, marchad al amanecer.

Y se levantó David de mañana, él y sus hombres, para irse y volver a la tierra de los filisteos; y los filisteos fueron a Jezreel.

— 1 Samuel 29:9–11

¿Qué fue lo que el Señor hizo para sacar a David de esta depresión? Lo primero que hizo fue utilizar circunstancias adversas: un rechazo de los filisteos. Pero no solamente esto, hermano. Cuando David llega a su ciudad, entonces llegamos ya al lugar donde comenzamos.

Cuando David y sus hombres vinieron a Siclag al tercer día, los de Amalec habían invadido el Neguev y a Siclag; y habían asolado a Siclag y le habían prendido fuego.

— 1 Samuel 30:1

Hermano, el Señor está utilizando circunstancias adversas para sacar a David de su adormecimiento. Primera circunstancia: los filisteos lo rechazan. Segunda circunstancia: cuando llega a la ciudad impía donde él había hecho su ciudad, encuentra la ciudad quemada.

Miren, a veces uno ya está como en el hoyo, y el Señor lo que hace es que lo hunde más, porque si el Señor no te hunde más tú nunca abrieras los ojos a la realidad de Dios. Escuché una vez un rescatista que me dijo que una técnica que se utiliza para cuando alguien se está ahogando es que lo hunden más, porque cuando alguien se está ahogando está tan desesperado que cuando el rescatista entra a buscarlo, lo que hace es que le da manotazos, le golpea y demás. Entonces lo que hace el rescatista es que lo hunde más, y cuando lo hunde más, entonces la persona abre los brazos y cuando abre los brazos se deja sacar.

Hermano, a veces el Señor tiene que utilizar circunstancias que parecen desproporcionadas para sacar a sus justos de su adormecimiento. Si una tribulación muy fuerte como esta no le llegara a David, David tendería a pensar que esa era su ciudad, que esos eran su gente. Dos circunstancias utilizó el Señor para “remenear” a David. La primera circunstancia: los filisteos expulsaron a David y a sus hombres, dijeron: “No queremos que vengan con nosotros.” En segundo lugar: cuando volvió a la que él había hecho durante un año y cuatro meses su ciudad segura, la encontró quemada.

Entonces aquí comienza ya el Señor a darle luces espirituales. Dice 1 Samuel 30:3–6:

Vino, pues, David con los suyos a la ciudad; y he aquí que estaba quemada; y sus mujeres, sus hijos e hijas habían sido llevados cautivos. Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz y lloraron, hasta que les faltaron las fuerzas para llorar.

Las dos mujeres de David, Ahinoam jezreelita y Abigail, la que fue mujer de Nabal el de Carmel, también eran cautivas. Y David se angustió mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus hijos y por sus hijas; mas David se fortaleció en Jehová su Dios.

— 1 Samuel 30:3–6

Hermano, si el Señor no permite que los filisteos echen a David, si el Señor no permite que la ciudad donde él se había refugiado sea quemada, quizá no encontráramos nosotros 1 Samuel 30:6, que dice: “Mas David se fortaleció en Jehová su Dios.” Primera cosa que utilizó el Señor para sacar a David: una circunstancia muy adversa que le hizo tener que refugiarse nuevamente en su Señor.

Me llama la atención que David no se refugió en un vano arrebato, como hacía Saúl. Cuando a Saúl le sucedían cosas como estas, lo que él decía era: “Aquí nadie come, y hasta que no maten a toda esa gente, nadie come.” David no. David dice que se refugió en el Señor. No se refugió en sus victorias pasadas; quizá David carnalmente hubiese dicho: “Yo tengo toda mi vida matando gente; yo salgo y los traigo; no se preocupen que yo los recupero.” No. David se refugió en el Señor. No en el coro de sus amigos, porque no estaban ahí para ayudarlo. No en la posibilidad de la recuperación de su gente; David no tenía todavía ni siquiera la esperanza de recuperar a sus esposas y recuperar a sus hijos; pero dice que David se fortaleció en el Señor.

Mis queridos hermanos, la lección espiritual que hay en esto es que en medio de una profunda necesidad, los justos podemos refugiarnos en el Señor, aunque aparentemente no haya nada de que agarrarse. No dice aquí que el Señor le devolvió todos sus bienes y entonces por eso David se fortaleció. No. Lo que dice aquí es que después de una profunda tristeza David encontró en el Señor fortaleza, y después de eso entonces el Señor respondió.

Fortalecerse en Jehová y volver a consultar a Dios

¿Por qué es tan significativo esto, hermano? Porque David todavía no tiene la certeza de que va a recuperar sus propiedades, de que va a recuperar su familia, pero David se fortaleció en el Señor. Avanzo un poco más. Después de esto, que se fortalece en el Señor, entonces hace una segunda cosa:

Y dijo David al sacerdote Abiatar hijo de Ahimelec: Yo te ruego que me acerques el efod. Y Abiatar acercó el efod a David. Y David consultó a Jehová, diciendo: ¿Perseguiré a estos merodeadores? ¿Los podré alcanzar?

— 1 Samuel 30:7–8a

Hermano, miren qué distinto. Yo me pongo en el lugar de David: a mí me dicen que vinieron unos merodeadores y se llevaron a Carolina y a Yuli, y yo me mando y lloro en el camino. Esa es la reacción natural: usted está teniendo una gran pérdida familiar; usted se manda y después pregunta. David no. David todavía no sabe si su familia la va a volver a ver, pero dice que ya se fortaleció en el Señor y en segundo lugar consultó a Dios.

Cerca de un año y cuatro meses donde él había estado actuando “por la libre”, donde no había estado consultando al Señor, ahora David vuelve a consultar al Señor. Y condiciona su salida a la respuesta del Señor. Hermano, ¿qué lección espiritual hay aquí? Uno no debería esperar que el Señor dé un sí por respuesta, uno no debería esperar que el Señor solucione el problema para encontrar en el Señor la fortaleza. Dice la Escritura que el Señor, en medio de nuestra tribulación, puede darnos una paz que sobrepasa todo entendimiento, y después que el Señor te ha dado una paz que sobrepasa todo entendimiento, puede ser que el Señor te diga lo que tengas que hacer.

Inmadurez espiritual es esperar a que el Señor dé una buena respuesta para entonces comenzar a encontrar en el Señor refugio. Yo me preguntaba, hermano: ¿en qué se pudo haber refugiado David? ¿Cuál fue su fortaleza? Quizás recordar que el Señor durante toda su vida le había acompañado. Quizás recordar que el Señor le había dado esperanza cuando nadie creía en él. Quizás recordar que, a pesar de sus errores, el Señor le había cuidado. David primero se fortaleció en el Señor y en segundo lugar consultó a Dios.

Y Jehová le dijo: Síguelos, porque ciertamente los alcanzarás, y de cierto librarás a los cautivos.

— 1 Samuel 30:8b

Después que David consultó al Señor, entonces el Señor le dijo que el proyecto iba a ser posible. Versículo 9:

Partió, pues, David, él y los seiscientos hombres que con él estaban, y llegaron hasta el torrente de Besor, donde se quedaron algunos.

Mas David siguió adelante con cuatrocientos hombres; porque se quedaron atrás doscientos, que cansados no pudieron pasar el torrente de Besor.

— 1 Samuel 30:9–10

Y miren cómo el Señor comienza a dirigirle. Versículo 11:

Y hallaron en el campo a un hombre egipcio, el cual trajeron a David; y le dieron pan, y comió, y le dieron a beber agua. Le dieron también un pedazo de masa de higos secos y dos racimos de pasas; y luego que comió, volvió en sí, porque no había comido pan ni bebido agua en tres días y tres noches.

— 1 Samuel 30:11–12

Y le dijo David: “¿De quién eres tú y de dónde eres?” Y respondió el joven egipcio: “Yo soy siervo de un amalecita, y me dejó mi amo hoy hace tres días, porque estaba yo enfermo. Pues hicimos una incursión a la parte del Neguev que pertenece a los cereteos, y a Judá y al Neguev de Caleb, y pusimos fuego a Siclag.”

Hermano, miren qué instrumento utilizó el Señor para devolverle a David su familia: utilizó a un egipcio que su señor lo había dejado enfermo. ¿Qué le quiero decir con esto? Que antes de tú recibir la dirección del Señor es posible que encuentres fortaleza en el Señor. Quizá uno está acostumbrado a que cuando el Señor resuelve un asunto, cuando uno está esperando y hay un testimonio favorable, entonces uno decir: “Estoy fortalecido en el Señor.” David se fortaleció en el Señor cuando no había expectativa; después consultó al Señor y el Señor entonces le dio respuesta.

Versículo 13–15:

Yo soy siervo de un amalecita, decía él… Y le dijo David: ¿Me llevarás tú a esa tropa? Y él dijo: Júrame por Dios que no me matarás, ni me entregarás en manos de mi amo, y yo te llevaré a esa gente.

— 1 Samuel 30:13–15

Aquí vemos al Señor ya dirigiendo a David para que recupere lo que tenía. Hermanos, el mismo caso de David es el mismo caso de Job: primero se alegró en el Señor y después el Señor le devolvió a Job sus posesiones. Es el mismo caso de Pablo: Pablo no glorificó al Señor porque el Señor quitó su aguijón; a Pablo le dijeron: “Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad.” Pablo primero se alegró y después entonces el Señor hizo cualquier cosa. Es el mismo caso de David: David primero se alegró en el Señor y después el Señor respondió, y está respondiendo ahora por medio de un egipcio.

Versículo 16–19:

Lo llevó, pues, y he aquí que estaban sobre toda aquella tierra, comiendo y bebiendo, y haciendo fiesta por todo aquel gran botín que habían tomado de la tierra de los filisteos y de la tierra de Judá. Y los hirió David desde aquella mañana hasta la tarde del día siguiente; y ningún hombre de ellos escapó, sino cuatrocientos jóvenes, que montaron sobre los camellos y huyeron.

Y libró David todo lo que los amalecitas habían tomado; y asimismo libertó David a sus dos mujeres. Y no les faltó cosa pequeña ni grande; así de hijos como de hijas, del robo y de todas las cosas que les habían tomado; todo lo recuperó David.

— 1 Samuel 30:16–19

David tomó también todas las ovejas y el ganado mayor, y trayéndolo todo delante, decían: “Este es el botín de David.” ¿Qué vemos aquí? Vemos que el Señor sí responde; por lo que la alegría puede llegar primero que la respuesta. Que primero podemos alegrarnos en el Señor y después entonces el Señor nos responde. Vemos aquí que a veces el Señor utiliza dos aflicciones como estas, que los filisteos te expulsen y después que te quemen tu seguridad aparente, para que tú abras los ojos a que en el Señor puede estar tu verdadero consuelo y tu verdadera respuesta.

Recuperar la cordura espiritual: el verdadero liderazgo de David

¿Qué vemos después? Vemos que David comienza ahora a actuar como actúa verdaderamente un rey del Señor. Parece, hermano, que después que David recuperó su discernimiento espiritual, también le volvió su cordura y comenzó a actuar como un líder, ya no como un matón que sale con un grupo de hombres por ahí quitándole a cualquiera las cosas, sino como el rey de Israel. Como que recupera su elegancia, como que recupera su porte. Ya no aparece aquí David como un renegado que sale y mata, sino que aparece David como un rey.

Hermano, miren ahora lo distinto que se ve al rey David, lo distinto que decide David, los sentimientos diferentes que tiene David cuando el Señor está con él. Versículo 21:

Y vino David a los doscientos hombres que habían quedado cansados, y no habían podido seguir a David, a los cuales habían hecho quedar en el torrente de Besor; y ellos salieron a recibir a David, y al pueblo que con él estaba. Y cuando David llegó a la gente, les saludó con paz.

— 1 Samuel 30:21

No les recriminó, no les dijo: “Ustedes se quedaron atrás, ustedes no me acompañaron.” No. Él reconoció que la gente se cansa. Él reconoció que la gente no siempre tiene las mismas fuerzas. Versículo 22–25:

Entonces todos los malos y perversos de entre los que habían ido con David respondieron y dijeron: Porque no fueron con nosotros, no les daremos del botín que hemos quitado, sino que a cada uno le daremos su mujer y sus hijos; que los tomen y se vayan.

Y David dijo: No hagáis eso, hermanos míos, de lo que nos ha dado Jehová, quien nos ha guardado y ha entregado en nuestra mano a los merodeadores que vinieron contra nosotros. ¿Y quién os escuchará en este caso? Porque conforme a la parte del que desciende a la batalla, así ha de ser la parte del que se queda con el bagaje; les tocará parte igual.

Desde aquel día en adelante fue esto por ley y ordenanza en Israel, hasta hoy.

— 1 Samuel 30:22–25

Hermano, David no era rey sobre Israel todavía, pero ya la decisión de David tenía peso de ley. Y el buen juicio de David ya era recibido por sus iguales. Versículos 26–31:

Cuando David llegó a Siclag, envió del botín a los ancianos de Judá, sus amigos, diciendo: He aquí un presente para vosotros del botín de los enemigos de Jehová. Lo envió a los que estaban en Betel, en Ramot del Neguev, en Jatir, en Aroer, en Sifmot, en Estemoa, en Racal, en las ciudades de Jerameel, en las ciudades de los ceneos, en Horma, en Cor-Asán, en Atac, en Hebrón, y en todos los lugares donde David había estado con sus hombres.

— 1 Samuel 30:26–31

Lo que sigue después de esto, hermano, es la muerte de Saúl. Pero quiero volver a la depresión. David tuvo un momento de profunda oscuridad; durante un año y cuatro meses se le olvidó que era ungido del Señor; durante un año y cuatro meses tomó decisiones que eran decisiones imprudentes; durante un año y cuatro meses se comportó como un carnal, un violento, uno que mataba animales, mataba mujeres y hasta niños. El rey de Israel se convirtió en un forastero, una persona que no medía su amistad con el impío. El rey de Gat, que era su enemigo, se convirtió él en el escudero del rey de Gat, y si el Señor no interviene, hermano, la historia de David quizá hubiera sido una historia peor que la historia de Saúl.

Termino con esto, hermano. Yo entiendo que tú puedes estar triste. Yo entiendo que quizá en tu negocio no te está yendo tan bien como tú esperaría que te fuera. Yo entiendo que probablemente el Señor no te ha dado la respuesta que tú estás esperando en una oración. Yo entiendo que tu padecimiento de salud puede ser que venga uno sobre otro, y quizá de esto, hermano, hasta te mueras. Yo entiendo que en tu trabajo quizá las cosas no mejoren al ritmo que tú esperarías. Pero en medio de todas estas cosas, yo te diré lo mismo que te dije cuando comenzamos el culto de hoy:

Muchas son las aflicciones del justo; pero de todas ellas le librará Jehová.

Él guarda todos sus huesos; ni uno de ellos será quebrantado. Matará al malo la maldad; y los que aborrecen al justo serán condenados. Jehová redime el alma de sus siervos; y no serán condenados cuantos en él confían.

— Salmos 34:19–22

Hermano, yo no te diré que tu tristeza va a desaparecer. Quizá a ti te toque lo que le tocó a Pablo; quizá te toque lo que le tocó a Cristo, que dijo al Padre: “Pasa de mí esta copa, pero que se haga tu voluntad y no la mía.” Quizás te toque lo que le tocó a Job; quizá te toque lo que le tocó a David. Pero yo te diré, hermano, que de todas las tribulaciones que tengas, de todas ellas te podrá librar el Señor.

Cierra tus ojos un momento y permíteme orar al Señor por la tristeza de la iglesia, y oraré por algo específico: que tu tristeza no se convierta en un permiso para tu pecado. Que puedas sobrellevar la tristeza como sobrelleva la tristeza el justo. Que no te refugies en tu dolor temporal para tomar decisiones que tienen consecuencias eternas.

Oro por mi iglesia. Te pido, Señor, por mis hermanos en sus tribulaciones, en sus depresiones, en sus tristezas. Te pido que les preserves, del mismo modo que preservaste tú al rey David. Mira a aquellos de mis hermanos que quizás, Señor, están por pasarse al otro bando para respirar un poco. Mira a aquellos que quizás están cavilando la idea, Señor, de asumir un comportamiento mundano para tener un poquito de mejoría en su calidad de vida.

Mira a aquellos, Señor, que están siendo atribulados en sus trabajos, en sus casas, en sus cuerpos. Mira a aquellos, Señor, que están lidiando con cosas quizá hace veinte años. Mira a aquellos, Señor, que tienen la tentación de decir, como David: “Tarde o temprano estas cosas me vencerán; lo mejor que puedo hacer ahora es comportarme como se comportan los filisteos.”

Te pido por mis hermanos en su tribulación, Señor. Te pido que les guardes. Te pido que les cuides. Te pido que nos preserves a todos nosotros, Señor, del mismo modo que cuidaste tú al rey David, Señor, cuando estaba allá desfilando con el bando contrario para dañar al pueblo del Señor. Te pido que cuides tú a mis hermanos y que me cuides a mí.

Líbranos, Señor, de tener que ver a algunos de nuestros hermanos prontamente luchando del otro lado, siendo engañados por las cosas de este mundo. Mantén tus ojos cerrados, hermano, ahí; permíteme orar por tu alma.

Ay, Señor, cuida mi iglesia de la hospitalidad del impío. Cuida mi iglesia, Señor, de aquella mundanalidad que le invita a entregarse a sus brazos y olvidar la dignidad especial que tenemos como pueblo del Señor. Protege tu iglesia, Señor, en medio de su tribulación.

Por último, Señor, te pido que alegres a aquellos de mis hermanos que están tristes. Antes de que llegue la respuesta, manda primero la alegría, Señor, y después manda la dirección. Permítenos, Señor, deleitarnos primero en ti, para que tú después concedas las peticiones de nuestro corazón.

Mira a aquellos de mis hermanos, Señor. Yo quizá entienda que mi tribulación es amplia, pero yo sé que muchos de ellos están siendo especialmente atribulados. Te pido que les cuides, Señor. Te pido que guardes su alma. Te pido, Señor, que si acaso ellos tendrán que entrar al cielo en medio de afanes y tribulaciones, que entren así. Permite, Señor, que no cambien la gloria de la paz eterna por un mes, por un año y cuatro meses de aparente tranquilidad.

Bendice mi iglesia, Señor. Bendice a mis hermanos. Guárdales en su tribulación. Te pedimos todo esto en el nombre de Jesús. Amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les anime y que el Señor les cuide. Nos vemos el próximo miércoles para nuestro culto y estudio bíblico.

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